La Argentina Manuscrita

Capítulo IV

Cómo los oficiales reales y otros capitanes y caballeros prendieron al Adelantado, y de lo demás que sucedió

Después que el Adelantado volvió de la guerra que tengo referida, se ofreció luego despachar al maestre de campo a la provincia del , a pacificar los indios de aquella comarca que andaban turbados con algunas alteraciones: para cuyo efecto mandó apercibir 250 soldados con cantidad de amigos, llevando consigo algunos capitanes. Partido que fue de la , determinaron los oficiales reales poner por obra lo que muchos días había tenían determinado; para cuyo efecto secretamente convocaron sus amigos y otras personas de su satisfacción para prender al Adelantado, diciendo convenía al servicio del rey; y asimismo que gobernaba tiránicamente, excediendo en todo la orden de Su Majestad e instrucciones que su real consejo le había dado: dándole color y razones tan aparentes, que movieran a cualquiera que no estuviera muy sobre sí. Y quien más atizaba este fuego era , hombre sedicioso, altivo y amigo de novedades, al cual le nació esta enemiga, de que en cierta consulta el Adelantado se había disgustado con él, y habládole con desabrimiento, por haberle él ocasionado, y fue de manera lo que se alargó con el Adelantado, que obligó a su sobrino a que le tirase una puñalada. Y el guardó todo esto para esta ocasión, en la cual supo persuadir a los con quienes trataba este negocio, que sin ninguna dificultad los trajo a todos a su voluntad; y fue a propósito el haber salido fuera el maestre de campo y otras personas de cuenta, amigos del Adelantado, el cual como se dijo, vino enfermo de las cuartanas, y al presente estaba en la cama purgado, como lo dijeron algunos que supieron como sucedió el caso, y que fueron sabedores algunos de sus criados: en especial Antonio de Navarrete y Diego de Mendoza, su maestre de sala, que tenía particular amistad con el contador, y aun posaba en su casa. Halláronse en esta conjuración dos y más personas, y entre ellas, como los más principales factores, el veedor , el tesorero García Venegas, el factor Pedro de Orantes, don , capitán , Jaime Resquin, Juan de Salazar, con otros muchos capitanes, oficiales y caballeros. Los cuales, todos armados, se fueron una mañana a casa del Adelantado, y antes de entrar en el patio, tuvo aviso de su ida, y de que iban armados: con lo cual saltando de la cama se echó una cota: y púsose una celada de acero, y embrazando su rodela, la espada en la mano, los salió a recibir a la sala a tiempo que todos entraban en ella; donde en alta voz les dijo: "Caballeros, ¿qué traición es esta que cometen contra su Adelantado?". A lo que respondieron: "Aquí no hay traidor ninguno, por que todos somos servidores del Rey; y así conviene a su servicio que Vuestra Señoría sea preso, y vaya a dar cuenta al real consejo de sus delitos y tiranías". A lo que respondió el Adelantado, cerrándose con su rodela: "Antes morir hecho pedazos que dar lugar a tan grande traición". Y a este tiempo todos le acometieron, requiriéndole se rindiese; donde no, le harían pedazos. Y cerrando a estocadas con él, y puestas muchas puntas de espadas a pique para atravesarle, llegó Jaime Resquin con una ballesta armada, y poniéndole un pasador al pecho, le dijo: "ríndase luego, sino le pasaré luego con esta jara". Al cual el Adelantado, con semblante grave dio de mano, diciendo: "apártense ustedes que yo me doy por preso". Y corriendo la vista por todos, la fijó en don , a quien llamó y dio su espada: "a usted don Francisco entrego mis armas, y ahora hagan de mí lo que quisieren". tomó las armas, y luego le echaron mano y pusieron dos pares de grillos, y en una silla lo llevaron a las casas de García Venegas, rodeado de toda la gente, y le metieron en un aposento o mazmorra fuerte y obscura, poniéndole cincuenta soldados de guardia. Y a esta misma hora prendieron también al alcalde mayor, , a Alonso Riquelme Melgarejo, a Francisco de Vergara, al capitán Abreu, y a otros caballeros y soldados: y quitándoles las armas, y poniéndoles a recaudo, vinieron a quedarse con la superior jurisdicción y potestad del gobierno, mandando los oficiales reales a su sabor, los que les estaba bien, así por bandos y pregones, como por ministros y oficiales; con lo cual no había ninguno que osase hablar ni contradecir ninguna cosa, porque si alguno lo hacía, era castigado severamente y le quitaban cuanto tenía. A más de esto, dieron aviso los oficiales reales al maestre de campo de lo que pasaba, y juntamente le requirieron de parte de todos, no se pusiese a mover algún tumulto, pues lo que se había hecho era con buen acuerdo, por convenir así al real servicio: y así le suplicaban se viniese luego donde le aguardaban, para que se tratase lo que más conviniese al bien propio y utilidad común de la tierra. Sintió el maestre de campo extrañamente este suceso, y mucho más por no poderlo remediar respecto de intervenir en el negocio tanta gente noble y capitanes; y en tiempo que se hallaba muy enfermo de una disentería que le tenía muy fatigado, tanto que ni a pie ni a caballo podía andar. Mas viendo el peso de negocio tan grave, se animó a venir en una hamaca, en que llegado a la , estuvo desahuciado y a pique de perder la vida; y juntos todos unos y otros, acordaron elegir persona que los gobernase en nombre de Su Majestad. Y hechas las solemnidades y juramentos necesarios, dio cada uno su voto por cédulas, como por una real cédula estaba ordenado: y conferidos los votos, hallaron que el más aventajado era el maestre de campo, a quien hicieron saber luego de su elección; el cual envió a excusarse con muy grande afecto, a causa de su enfermedad: diciendo que más estaba para ir a dar cuenta a Nuestro Señor, que para admitir y tomar a su cargo cosas temporales: máxime donde tan principales caballeros había para ejercer aquel oficio; y así no se había de ponerlo en manos de un hombre que estaba oleado. En estas demandas y respuestas anduvieron gran parte del día, hasta que tomando la mano el veedor y capitanes Salazar, , y , vino a condescender en lo que pedían, así de parte de los deudos y amigos del Adelantado, como de los demás: de manera que el mismo día, que se contaron 15 de Agosto de 1543, le sacaron en una silla en pública plaza enfermo como estaba; y fue recibido al gobierno de esta provincia con título de Capitán General, habiendo precedido el juramento ordinario sobre un misal, de mantener en paz y justicia así a los españoles como a los naturales, en nombre del rey Nuestro Señor, hasta tanto que por Su Majestad otra cosa fuese mandado. Y con todo lo procesado se despachó al real consejo la persona del Adelantado, habiéndose determinado en dicha elección se hiciese en una carabela de buen porte, en que fuese preso; la que se vino a acabar muy despacio, padeciendo entretanto el buen Adelantado muchas vejaciones y molestias que le hacían con grande inhumanidad: pues jamás se le permitió tuviese recado de escribir, ni otra cosa alguna que le pudiese servir de consuelo, lo cual todo pasaba con grandísima paciencia; y aunque le tenían secuestrados todos sus bienes y en depósito, y ser de consideración, tan solamente le daban para su sustento una cosa muy tenue, gastando en dicha prisión más tiempo de diez meses, en el cual algunos de sus deudos y amigos pretendieron sacarle de ella; y como esto no se podía hacer sin consentimiento de los guardas que estaban dentro con él, se concertaron con dos de ellos. Y estando ya determinado a ponerlo en ejecución, fueron descubiertos por los oficiales reales, de que tuvieron grande indignación; y como eran en todo tan poderosos, y tenían tanta mano en la república, hicieron al General que castigase a los movedores de este negocio; de que resultó también, que todos los incursos en esta prisión hicieron una conjuración, de que si acaso por algún acontecimiento determinasen sacar de ella al Adelantado, le diesen de puñaladas, y muerto le echasen en el río; y lo mismo al general , sino acudiese a lo que a todos convenía, y a la guarda y custodia del Adelantado de donde resultó encenderse entre los principales, muchas disensiones y discordias, que llegaron a rompimiento; y vinieran a perderse todos, a no acudir al remedio el general con su buen celo y diligencia, como adelante se verá.