La Argentina Manuscrita

Capítulo XIII

De una jornada que hizo a la provincia de

En este tiempo llegaron a la ciudad de la ciertos indios principales de la provincia de a pedir al General les diese socorro contra sus enemigosTupís, de la costa del Brasil, que con ordinarios insultos los molestaban y hacían muy grandes daños, con muertes y robos, con favor y ayudas de los portugueses de aquella costa: proponiendo la obligación que había, como a vasallos de Su Majestad de ser amparados y favorecidos; por manera que el General, habido su acuerdo, determinó ir personalmente a. aquella provincia a remediar estos agravios: y prevenido lo necesario, aprestó una buena compañía de soldados y cantidad de amigos, y caminó por tierra con su gente; y pasando por muchos pueblos de indios de aquella provincia, con mucho aplauso y amistad de toda la tierra, llegó al , a un puerto que baja sobre aquel gran salto, de que he hecho mención; donde los indios vinieron a recibir al General, proveyéndole de comida, y de todo lo demás que había menester. Y traídas canoas y balsas, pasó a aquella parte a un pueblo de un cacique llamado , de quien fue hospedado. Y convocando a los indios de la provincia, juntó mucha cantidad de ellos, y por su consejo y parecer, navegó por el arriba hasta los pueblos de losTupís; los cuales, con mucha presteza se convocaron y tomaron las armas, saliéndole a resistir por mar y tierra, con quienes tuvo una trabada pelea en un peligroso paso del río, que llaman el del Ayembí; y desbaratando a los enemigos, los puso en huida, y entró en el pueblo principal de la comarca con muerte de mucha gente; y pasando adelante tuvo otros muchos reencuentros, con que dentro de pocos días trajo a sujeción y dominio aquella gente. Y después de algunos tratos de paz, prometieron de no hacer más guerra a los indios guaranís de aquel gobierno, ni entrarles por sus tierras como hasta entonces lo habían hecho: y despachando por aquella vía del Brasil a Juan de Molina, que fuese por procurador de la provincia a la corte, con relación y larga cuenta a Su Majestad del estado de la tierra, dio vuelta con su armada con buen suceso; y llegado al río del , trató con los naturales de él, si habría comodidad y disposición de camino para bajar por aquel salto, dejando el mayor riesgo y peligro a una parte, hasta salir a lo más llano y navegable: a lo cual los indios le pusieron muchas dificultades, por medio de un mestizo llamado . Este era un mozo mal inclinado y de peor intención; y por haber sido castigado del General otras veces, por sus liviandades, estaba sentido y agraviado; y así, intérprete infiel, le dijo: que los indios decían ser fácil el bajar en canoas por aquel río abajo, dejando arriba el salto principal, que este era imposible poderle navegar. Y aunque en lo demás era el peligro muy grande, con todo, se dispuso el General a que se llevasen por tierra muchas canoas y se echasen abajo del salto y de allí con cuerdas y maromas se fuesen poco a poco río abajo, hasta donde se pudiesen cargar y hacer su navegación. Juntaron más de cuatrocientas canoas, y con muchos millares de indios las llevaron más de cuatro leguas por tierra, hasta ponerlas en un pequeño río que sale al mismo : desechando con esto todo lo que les pareció ser malo y peligroso; y bajando con ellas con mucha dificultad, salieron de unos grandes borbollones, donde hicieron balsas, juntando dos y tres canoas para cada una; y cargadas de todo lo que llevaban, navegaron por este río, huyendo de una parte y otra de los riesgos y peligros que a cada paso topaban. Hasta que repentinamente llegaron a uno, que llaman Ocayeré, donde sin poder huir ni apartarse del peligro, se hundieron y fueron sorbidas más de cincuenta balsas y otras tantas canoas, con mucha cantidad de indios y algunos españoles que iban en ellas: donde sin duda ninguna todos perecieran, si media legua antes, el General con toda su compañía no hubiera saltado en tierra: los cuales a vista de las balsas venían caminando por vera del río, por las peñas y riscos que a una mano y otra lleva. Con cuyo suceso el General quedó en punta de perecer, por ser toda aquella tierra asperísima y desierta; donde los más de los amigos naturales de la provincia le desampararon: de manera que les fue forzoso salir rompiendo por grandes bosques y montañas hasta los primeros pueblos; y porque mucha gente de la que traía iba enferma y no podía caminar por tierra, dio orden para que se metiesen en algunas canoas que habían quedado con los mejores indios amigos que traían, y se fuesen poco a poco, llevándolas a la sirga río abajo: yendo por capitán y caudillo un hidalgo de Extremadura, llamado Alonso de Encina. Este acudió a lo que se le encargó, con tanta prudencia y cuidado, que salió de los mayores peligros del mundo; en especial en un paso peligrosísimo del río, de una olla y remolino que como en un abismo se absorbe el agua, sin dejar a una y otra parte de la orilla cosa que no arrebate y trague dentro de su hondura, con tanta furia y velocidad, que cogida una vez es imposible salir de él, y dejar de ir a la profundidad de la olla; que es tal y tan grande que una gran nao de la India se hundirá con tanta facilidad como si fuera un batea. Aquí le hicieron los indios de aquella comarca una celada, pretendiendo echarlos a todos con sus canoas en este remolino. Alonso de Encina proveyó con grande diligencia que todos los españoles saliesen a tierra con sus armas en las manos, y acompañados de algunos amigos, fueron a reconocer el paso y la celada; y descubierta, pelearon con ellos de tal manera, que los hicieron retirar, y después de asegurados, se fueron con sus balsas y canoas poco a poco, asidas y amarradas de las proas y popas, con fuertes amarras, hasta pasarlas de una en una de aquel riesgo y peligro, de que Nuestro Señor fue servido sacarlos de aquel Caribdis y Sila, hasta ponerles en lo más apacible del río, y a salvamento: en tiempo que, por relaciones de los indios, se sabía que habían en la boca del ciertos navíos de España. Sucedido este desbarate y perdición tan grande de tanta gente, el General prendió a , lengua, y estando para ahorcarle, aquella noche antes se salió de la prisión en que estaba, y huyó al Brasil, donde en aquella costa topó con el capitán Hernando de Trejo, e hizo allá otros delitos y excesos, por los que fue condenado a un destierro perpetuo en una isla desierta, de que salió con grandes aventuras que le sucedieron.