La Argentina Manuscrita

Capítulo XV

De la guerra que los indios hicieron en aquel camino a , y su compañía

Caminando el General con buen orden con su gente en demanda del río Paraguay, no tuvo en todo aquel camino hasta el río ningún mal suceso ni pesadumbre con los indios de aquellos llanos. Y estando tres jornadas del pueblo, encontraron una tarde con siete u ocho indios con sus mujeres e hijos, que venían de la otra parte a visitar a los que estaban en esta, por ser todos deudos y parientes, y quedándose aquella noche en nuestro alojamiento, comenzaron algunos soldados a revolverles el hato que llevaban; y hallando un puño, de daga de plata dorada, luego conocieron todos era de la que llevaba en la cinta el mensajero y , de los que ya en este libro tengo hecha mención. Y despachando el General seis soldados en dos carabelas viejas a sacar del agua ciertas barcas y canoas que habían dejado hundidas en una laguna para cuando volviesen, fueron asaltados de los , y presos. Porque su continua malicia, habiendo visto las canoas y barcas con las menguantes del agua, reconoció que habían de ser cebo de alguna presa cuando volviesen por allí los españoles, como sucedió. Porque luego que supieron de su llegada, salieron cantidad de canoas a ponerse cerca del real, con buena cantidad de gente de guerra, y encubiertas con ramas e yerbazales de la orilla del río, se estuvieron aguardando a que saliese alguna gente por las canoas y barcas que abajo estaban; por las cuales se habían despachado los seis hombres, que siendo hundidos en el río por esta gente, con facilidad los prendieron a vista del campo: aunque de ellos los tres se rescataron luego, y los otros tres de ninguna manera los quisieron rescatar. Y así se los llevaron a sus pueblos, aunque de ahí a algunos días vinieron a pedir una trompeta de plata que traía el General, y otras preseas y ropa de colores que ellos estiman, por lo que vinieron a darlos. Y sacando las barcas y canoas mandó el General pasasen a la otra banda veinte arcabuceros para asegurar el paso; y hecho con diligencia, fueron atravesando el río con buen orden y pasó el campo con todo el ganado vacuno, yeguas, etc., que traían. Al otro día partieron del puerto, y caminando por sus jornadas, llegaron al primer puerto de la provincia del Itatin, el cual hallaron sin gente, por haberla retirado con la ocasión de sus malos intentos: y pasando adelante hacia el pueblo principal de aquel distrito, reconocieron los nuestros que estaban metidos en una gruesa emboscada por el lado de un boquerón de quebrada; y así todos fueron marchando con mucho recato y buen orden, cerrados los escuadrones en cinco mangas: hasta que a las diez del día comenzaron los enemigos a acometer por la vanguardia en la que iba el General; juntamente dieron por la vanguardia, y al mismo tiempo por la retaguardia, y esto con tanta fuerza y furor que iban hiriendo a los nuestros, y de tal manera que les parecía imposible poderles resistir. Pero esforzados con el valor de Dios, y el ánimo y valor español, pelearon a pie y a caballo, de suerte que con matarles mucha gente a los enemigos, no se reconoció por grande espacio ventaja. En cuya ocasión el buen Obispo andaba muy solícito por el campo, esforzando a los soldados, junto con otros religiosos, con palabras dignas de quien las decía. Con lo cual se fue ganando tierra al enemigo, procurando el General llevar el bagaje muy apretado y recogido en medio de la batalla, con las municiones, mujeres y demás gente que no era de pelea; guarnecido con muy buena arcabucería, llevando los nuestros conocida ventaja, aunque muchos muy heridos. Y apretando la pelea con valor, comenzaron a huir los enemigos repentinamente, sin que los nuestros pudiesen entender la causa; dejando el campo por nuestro, hasta que de ellos mismos se supo, que la causa de su huida fue el no poder resistir al furor y denuedo de un caballero, que lleno de resplandor, con tal velocidad los alanceaba, que no parecía sino un rayo. Túvose por cierto que aquel caballero y socorro fue el apóstol Santiago, o el bienaventurado San Blas, patrón de aquella tierra; y como quiera que fuese, el socorro fue del Altísimo Dios, que no permitió pereciese allí aquel buen pastor con sus ovejas, dándoles victoria de más de 10000 indios. Lo cual sucedió a 12 de noviembre de 1568. Y por todo aquel camino adelante, siempre tuvieron los nuestros reencuentros con los enemigos; y aunque siempre salieron con victoria, y llevaban estos en la cabeza, no por eso dejaron de seguir la armada, armándola cada día mil celadas, y dándola continuos rebatos, hasta que llegaron a un río que llaman de Jejuí, 24 leguas de la Asumpción, donde fueron saliendo algunos indios de paz. De allí dieron aviso a la ciudad, pidiendo algunas barcas y canoas en que pudiesen bajar, como en efecto se hizo; echando el General por tierra la gente más suelta, con los caballos y demás ganados, hasta tomar el puerto tan deseado. El capitán con los demás caballeros de la república, recibieron con mucho aplauso al Obispo y General, aunque entre los dos venían muy discordes, puesto que por entonces lo disimulaban; pero no pudieron dejar de manifestar lo que tenían encerrado en sus pechos, como se dirá en el discurso adelante. Luego que llegó el General mandó juntar a cabildo, y sin desarmarse ni descansar un momento, se hizo recibir al uso y ejercicio de su oficio, con que por entonces quedó en pacifica posesión del gobierno, que fue al principio del año de 1569; nombrando por su lugarteniente a , y por alguacil mayor de provincia al capitán : acudiendo en todo lo demás a las cosas de la república, como convenía al real servicio; como más largamente se dirá adelante.