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                <title>Revista SITIO</title>
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                    <resp>Editado digitalmente por</resp>
                    <name>Federico Cortés</name>
                    <name>Juan Manuel Franca</name>
                </respStmt>
            </titleStmt>
            <publicationStmt>
                <publisher>Revista SITIO</publisher>
                <pubPlace>Buenos Aires, Argentina</pubPlace>
                <date when="1981">1981</date>
                <availability>
                    <p>All rights reserved. Any reproduction, partial or complete, requires express
                        authorization from the magazine.</p>
                </availability>
            </publicationStmt>
            <sourceDesc xml:id="ED_Sitio">
                <bibl>
                    <title>Revista SITIO</title>
                    <author>Ramón Alcalde</author>
                    <author>Eduardo Grüner</author>
                    <author>Luis Gusmán</author>
                    <author>Jorge Jinkis</author>
                    <author>Mario Levin</author>
                    <author>Luis Thonis</author>
                    <pubPlace>Buenos Aires, Argentina</pubPlace>
                    <publisher>Revista SITIO</publisher>
                    <date when="1981">1981</date>
                    <idno>ISSN or other unique identifier, if available</idno>
                </bibl>
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            <editorialDecl>
                <p>This TEI XML encoding was created to represent the editorial, literary and
                    critical content of Revista SITIO.</p>
            </editorialDecl>
            <projectDesc>
                <p>This TEI XML encoding project was undertaken to digitize and annotate the
                    literary, critical and editorial content of Revista SITIO, with focus on the
                    themes and ideological critiques expressed in the text.</p>
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                <keywords>
                    <term>philosophy</term>
                    <term>critique</term>
                    <term>editorial</term>
                    <term>culture</term>
                    <term>ideology</term>
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        <interpGrp xml:id="jinkis_topics" type="theme_concept">
            <interp xml:id="ana_humanism">Concepto de Humanismo</interp>
            <interp xml:id="ana_ideology">Concepto y Crítica de Ideologías</interp>
            <interp xml:id="ana_intelectual">Rol y Critica de Intelectuales</interp>
            <interp xml:id="ana_circunstance">Concepto de Circunstancia. Demanda social</interp>
            <interp xml:id="ana_polcult">Concepto de Política de la Culture / Literatura</interp>
            <interp xml:id="ana_langpower">Poder de las Palabras / Lenguaje</interp>
            <interp xml:id="ana_history">Concepto de Tiempo Histórico</interp>
            <interp xml:id="ana_suplemento">Concepto de Suplemento</interp>
            <interp xml:id="ana_sitio">Concepto de Sitio/Lugar para el Trabajo Intelectual/de la
                Lectura</interp>
            <interp xml:id="ana_theory">Circulación del Saber</interp>
            <interp xml:id="ana_error">Teoría del Error</interp>
            <interp xml:id="ana_literature">Poder de la Literatura: diferencia radical, desvío,
                interrogación, silencio, ausencia</interp>
            <interp xml:id="ana_reading">Poder de la Lectura</interp>
        </interpGrp>

        <interpGrp xml:id="gruner_topics" type="theme_concept">
            <interp xml:id="ana_psychoanalysis">Deseo / Goce / Inconsciente</interp>
            <interp xml:id="ana_writing">Tópico Postestructuralista</interp>
            <interp xml:id="ana_nietzsche">Influencia de Friedrich Nietzsche</interp>
            <interp xml:id="ana_blanchot">Influencia de Maurice Blanchot</interp>
            <interp xml:id="ana_transgression">De géneros, códigos, morales</interp>
            <interp xml:id="ana_structuralism">Presencia del estructuralismo</interp>
            <interp xml:id="ana_treason">Literatura como traición a la lengua</interp>
            <interp xml:id="ana_paradoxa">Contradicción y paradoja como modo del pensamiento y la
                enunciación</interp>
        </interpGrp>

        <interpGrp xml:id="gusman_topics" type="theme_concept">
            <interp xml:id="ana_literary_genre">Géneros literarios (picaresca, parodia, utopía,
                realismo)</interp>
            <interp xml:id="ana_philosophy">Concepto de filosofía</interp>
            <interp xml:id="ana_representacionalism">Literatura como representación de la
                realidad</interp>
            <interp xml:id="ana_rethoric">Procedimientos retóricos y literarios</interp>
            <interp xml:id="ana_resistance">Resistencia de la literatura a la adjudicación del
                sentido</interp>
        </interpGrp>

        <interpGrp xml:id="entredichos2_topics" type="theme_concept">
            <interp xml:id="ana_irony">Ironía</interp>
        </interpGrp>

        <interpGrp xml:id="entredichos4-5_topics" type="theme_concept">
            <interp xml:id="ana_essay">Ensayo</interp>
            <interp xml:id="ana_decay">Decadencia</interp>
            <interp xml:id="ana_new">Novedad</interp>
            <interp xml:id="ana_truth">Verdad</interp>
        </interpGrp>
    </standOff>
    <text>

        <body>

            <div type="editorial" subtype="entredichos">

                <head>Entredichos</head>
                <p>Suele llamarse editorial a esa especie de prólogo de las revistas en el que la
                    voz se vuelve más grave: llamado a la seducción, declaración de principios,
                    hábito de decir lo que se quiere decir antes de decirlo. Casi nunca lleva firma
                    y se atribuye paradójicamente a los responsables. Hay que revelar que no
                    encontramos quien procurara volverse responsable ausentándose de su nombre. Por
                    lo demás, nadie quería evitar un riesgo bajo la forma de controlar lo que se
                    pueda leer antes de escribirlo. No habiendo entonces editorial, nada impide
                    hacer conocer lo que una editorial habría tachado o acallado. </p>

                <p>Las notas que siguen llevan firmas para no sugerir un autor colectivo. Tratan de
                    asuntos ya juzgados, prejuzgados y que, sin embargo, todavía despiertan pasiones
                    y provocan silencios. Asuntos que volvimos a discutir entre todos, a sacudir, a
                    poner en entredicho mientras hacíamos la revista. Aquí se exponen algunos de
                    esos deseos entredichos en aquellas conversaciones.</p>

                <div type="essay" xml:id="Jinkis_Entredichos_1">
                    <byline><persName ref="#jorge_jinkis">Jorge Jinkis</persName></byline>

                    <note type="summary" resp="#ED" target="Jinkis_Entredichos_1">
                        <p><persName ref="#jorge_jinkis">Jorge Jinkis</persName> presenta una visión profundamente crítica y algo pesimista
                            del panorama intelectual y cultural de la época marcada por los años
                            finales de la Dictadura. Expresa su temor y desconfianza ante las
                            soluciones fáciles, las categorizaciones simplistas (como el humanismo o
                            las ideologías políticas) y al modo en que el lenguaje se utiliza a
                            menudo para oscurecer en lugar de revelar. Aboga por un compromiso más
                            riguroso, consciente de sí mismo y tal vez incómodo con el lenguaje, la
                            literatura y la propia tarea intelectual, situando el pensamiento y la
                            literatura genuinos en un «sitio» marginal y difícil, fuera de las
                            normas establecidas. En esencia, <persName ref="#jorge_jinkis">Jinkis</persName> aboga por una práctica
                            intelectual y literaria que abrace la dificultad, se resista a la
                            categorización fácil y a la comodidad ideológica, sea consciente de la
                            compleja vida histórica de las palabras y encuentre su lugar no en la
                            corriente dominante, sino en un «sitio» marginal, crítico y en constante
                            cuestionamiento.</p>
                    </note>

                    <p xml:id="Jinkis_Entredichos_1_p1" ana="#ana_ideology"> No quiero disimular un
                        temor: que florezca un nuevo brote de <term>humanismo</term>, que se le
                        vuelve a ofrecer al hombre-rey-del-universo un nuevo poder, una nueva
                        felicidad, un nuevo placer. Que el hombre ha estallado hace ya mucho tiempo,
                        que vive mutilado en las cuevas de la historia dedicado a la rapiña sobre
                        los cadáveres de algunos pocos cuerpos de sentido que aún yacen en el
                        paisaje cada vez más deshabitado de las religiones, no lo dudo. Pero que en
                        nombre de la intemperie se quiera reunir los fragmentos forjando una nueva
                        forma de la vieja idolatría, me parece una dimisión intelectual. En una
                        doble vertiente: la de responsabilizar a alguna forma social desgraciada de
                        las miserias del hombre y desconocer que ese hombre sufre de su propia
                        mediocridad y estupidez; o declarar a la violencia utópica, y practicar
                        entonces esa estupidez amparada ahora en una impunidad cretinizante. </p>

                    <note type="interpretation" resp="#ED" target="#Jinkis_Entredichos_1_p1"
                        ana="#ana_humanism"><persName ref="#jorge_jinkis">Jinkis</persName> expresa un profundo «temor» ante el resurgimiento
                        del humanismo. No lo ve como un progreso, sino como el retorno a una antigua
                        idolatría: la idea del «hombre-rey-del-universo». Se puede ver en este
                        diagnóstico una influencia del pensamiento de <persName ref="#friedrich_nietzsche">Friedrich Nietzsche</persName></note>

                    <p xml:id="Jinkis_Entredichos_1_p2" ana="#ana_ideology #ana_intelectual"> La
                        filosofía habla de la totalidad, aun habiendo aislado algún rasgo como
                        esencial; las ciencias se despreocupan de lo esencial y la parcialidad de lo
                        real que las ocupa no les resta derecho sobre su poder creciente que
                        pretende legitimarse por asentarse en la lógica; la religión levanta el lazo
                        necesario entre la estructura de la realidad y las medidas del hombre para
                        hacer luego ese lazo la medida del hombre. Pues bien, las ideologías a las
                        que se han lanzado y en las que quedaron enlazados la mayoría de nuestros
                        intelectuales hasta lograr que esta palabra adquiera un valor peyorativo,
                        tienen de la filosofía que se ocupan de todo, de las ciencias nada, esto es,
                        el olvido de la lógica para hacer de alguna parcialidad la base de un
                        maniqueísmo religioso por su valor absoluto. </p>

                    <note type="interpretation" resp="#ED" target="#Jinkis_Entredichos_1_p2"
                        ana="#ana_ideology"> <persName ref="#jorge_jinkis">Jinkis</persName> contrasta negativamente las ideologías con la
                        filosofía (que aspira a la totalidad) y la ciencia (que, a pesar de la
                        parcialidad, utiliza la lógica). Sostiene que las ideologías, sobre todo las
                        que abrazan los intelectuales, adoptan la pretensión de totalidad de la
                        filosofía, pero abandonan la lógica de la ciencia. Se apoderan de un aspecto
                        parcial de la realidad y lo elevan a absoluto, creando un maniqueísmo
                        rígido, casi religioso (el bien frente al mal, el blanco frente al negro).
                        El propio término «intelectual» ha adquirido un valor peyorativo, señala
                        <persName ref="#jorge_jinkis">Jinkis</persName>, precisamente porque muchos intelectuales quedaron «enlazados» en
                        ideologías simplistas.</note>

                    <p xml:id="Jinkis_Entredichos_1_p3" ana="#ana_langpower #ana_circunstance"> Pero
                        el temor no dicta, apenas precipita estas líneas. Y si algunas aclaraciones
                        se vuelven necesarias no es porque la prudencia exige salvedades, sino para
                        que ningún confundido confunda nuestro lugar con alguna precaución
                        circunstancial. ¡Y hemos llegado a la bendita palabra! Casi un dios de
                        nuestro tiempo, invariablemente se la invoca para explicar alguna
                        "servidumbre voluntaria". Omnicomprensiva, la <term>circunstancia</term> es
                        capaz de justificar cualquier cobardía, cualquier debilidad, cualquier
                        impostura. Como una cantera inagotable, en ella se encuentran los mil y un
                        recursos para sustraerse mejor, un tesoro legendario vigilado por más de
                        cuarenta ladrones. </p>

                    <note type="interpretation" resp="#ED" target="#Jinkis_Entredichos_1_p3"
                        ana="#ana_circunstance"> <persName ref="#jorge_jinkis">Jinkis</persName> identifica la «circunstancia» como una
                        «bendita palabra», casi un «dios de nuestro tiempo». La ve con profunda
                        suspicacia, considerándola una justificación omnicomprensiva de la
                        «servidumbre voluntaria», la cobardía, la debilidad y la impostura. Se
                        describe metafóricamente como una «cantera inagotable» o un «tesoro
                        legendario custodiado por más de cuarenta ladrones», que proporciona
                        infinitos recursos para eludir la responsabilidad. Advierte del peligro de
                        confundir «nuestro lugar» con meras precauciones circunstanciales </note>

                    <p xml:id="Jinkis_Entredichos_1_p4" ana="#ana_ideology"> El carácter devastador
                        de estas ideologías en nuestro medio se puede calcular midiendo el hecho de
                        que su dominio se origina desde lo que se llaman las <term>ideologías
                            políticas</term>, precisamente el lugar donde más falta hace la
                        imaginación. Allí, todo parece ordenarse según la percepción más irreflexiva
                        de las lateralidades del cuerpo: se comienza alzando del montón uno por uno,
                        y se van arrojando hacia los costados bautizados "izquierda" y "derecha".
                        Esta diligencia taxonómica no conoce obstáculo, y lo que no encaja también
                        encaja en una categoría residual llamada del "centro", "liberal" o más
                        claramente, pero siempre respetando el valor mágico del tres, "tercera
                        posición"; "no alineados" e incluso, pero más cómico, cuando es el alma
                        bella quien se autodefine "independiente". </p>

                    <p xml:id="Jinkis_Entredichos_1_p5" ana="#ana_intelectual #ana_theory"> ¿Debiera
                        nuestro ser disolverse en la sensibilidad del vértigo por no hallar su lugar
                        en los agujeros de esta rejilla? Recordamos la extrañeza de un estudiante al
                        comprobar la persistencia de nuestros intereses por la fecha de un primer
                        artículo, época de entusiasmos ahora pasados. Pero no todo tiempo pasado fue
                        mejor ni pasajero. Y ahora hablo para algunos que vienen de afuera y sus
                        socios que para radicar su exilio, recién llegaron al tono "científico" de
                        algún <term>neolacanismo</term>, o a la avispada semiología o a la más
                        moderna crítica literaria. Recién llegaron pero pronto se fueron, ya se
                        están yendo sin haber estado. Mejor abandonar la imaginación y dar algunos
                        pasos en una geometría que la excluye para decir que siempre hemos estado
                        bien afuera del adentro, sin confundir la política con el declaracionismo
                        ideológico de la impotencia política. </p>

                    <p xml:id="Jinkis_Entredichos_1_p6" ana="#ana_langpower #ana_polcult"> Me place
                        recordar que una <term><hi rend="italic:true;">política de la
                            cultura</hi></term> se ha vuelto un sintagma impotente, y aunque la
                        palabra "política" resiste inexplicablemente los anacronismos del
                        pensamiento reglamentado, "cultura" se ha corroído hasta pudrirse. Y sin
                        embargo, si hacemos una cuestión de palabras es porque nos parece posible
                        sostener en la palabra una política consecuente que permita no combatir
                        (¿qué más pediría el síntoma?), sino interpretar ese universo de lenguaje. </p>

                    <note type="interpretation" resp="#ED" target="#Jinkis_Entredichos_1_p6"
                        ana="#ana_polcult"> <persName ref="#jorge_jinkis">Jinkis</persName> declara que la frase «política de la cultura» es
                        un «sintagma impotente», sugiriendo que el propio concepto está en
                        decadencia, en parte porque la palabra «cultura» se ha «corroído hasta
                        pudrirse». Sin embargo, propone otro tipo de política "dentro" del lenguaje
                        («sostener en la palabra una política consecuente»). Esta política no
                        consiste en luchar contra los síntomas, sino en "interpretar" el universo
                        del lenguaje.</note>

                    <p xml:id="Jinkis_Entredichos_1_p7" ana="#ana_langpower"> ¿Cómo entender esto?
                        Ante todo descarto cualquier análisis sobre el poder de las palabras, y el
                        homenaje, se sabe, es la vía más rápida para restarles todo poder. No hay
                        palabra que no <hi rend="italic:true;">quiera decir</hi>, pero no se alude a
                        esto cuando se habla de sus significados. Hay una larga, accidentada y a
                        veces trabajosa historia que ha ido construyendo buenas vecindades entre las
                        palabras, privilegiando lazos y congelando sintagmas, consagrando
                        oposiciones, jerarquizando prerrogativas o legitimando afinidades
                        inconfesables. Llamamos significado al <hi rend="italic:true;">status
                            quo</hi> de estas relaciones entre las palabras. Agreguemos ahora
                        algunas fechas en sucesión cronológica y estaremos tentados de precipitarnos
                        en esos moldes para hallar allí el sentido de la historia, y para desconocer
                        mejor que ese sentido nos justifica y nos consuela de nuestro lugar en esa
                        trama. </p>

                    <p xml:id="Jinkis_Entredichos_1_p8" ana="#ana_langpower"> Así, las palabras han
                        configurado territorios de fronteras cada vez más limitantes e
                        infranqueables. Su valor emblemático prevalece sobre cualquier otro, indica
                        pertenencia a un grupo y sobre todo son palabras que ahorran palabras:
                        insignias, contraseñas que suministran confort a quien arriesga hacerse
                        representar por ellas. Estas palabras difícilmente equivocan caminos y
                        amistades. Sólo para dar un ejemplo: un discurso que se afirma
                        “materialista” evitará la palabra “creación” por imaginarle una raigambre
                        espiritualista, la palabra “invención” por imaginarle una vocación
                        subjetivista; casi seguro preferirá la honesta y esforzada producción. </p>

                    <p xml:id="Jinkis_Entredichos_1_p9" ana="#ana_polcult #ana_error"> Si alguien se
                        equivoca de palabra, la crítica construirá una historia sobre el eje de la
                        traición, y esto en el plano de la política como del arte o de la
                        literatura. Se trata de un invento casi argentino: juzgar algo por lo que no
                        es, ante la impotencia de considerarlo por lo que es. Se observa entonces
                        que el personaje no cumple con las ilusiones públicas, o identificándose con
                        el autor se persiguen incoherencias entre la obra y sus propósitos, o se
                        fuerza al texto para satisfacer la alegoría o se amplía la alegoría para que
                        comprenda cualquier texto. Algunos atrevidos han llegado a cambiar de
                        léxico, pero conservando inalterada la sintaxis. Los suplementos literarios
                        recuperan nombres (de prestigio iba a escribir) para legitimar la reducción
                        de la práctica de leer a una función de sentimiento o de rechazo. Allí, al
                        decir de <persName ref="#samuel_beckett">Beckett</persName>, la crítica literaria termina siendo una teneduría de
                        libros. Y el surco del éxito divide los campos de la verdad y del error. </p>

                    <note type="interpretation" resp="#ED" target="#Jinkis_Entredichos_1_p9"
                        ana="#ana_polcult #ana_error"> <persName ref="#jorge_jinkis">Jinkis</persName> critica los típicos «suplementos
                        literarios» por limitarse a legitimar nombres establecidos y reducir la
                        práctica de la lectura a funciones simplistas de sentimiento o rechazo, algo
                        así como una mera «teneduría de libros». Además aquí aparece una de las
                        primeras reflexiones en torno del "error" como modo estructurante de la
                        realidad literaria. </note>

                    <p xml:id="Jinkis_Entredichos_1_p10"
                        ana="#ana_polcult #ana_langpower #ana_intelectual"> Se introduce entonces la
                        función más siniestra del intelectual: enunciar una <term>política
                            literaria</term>. La denuncia y el reproche serán los canales
                        discursivos de palabras que se esgrimen, agitan, se lanzan o retienen, pero
                        siempre en nombre del <term>realismo</term>. Hay un realismo diestro, y esto
                        significa que una política pragmática ha encontrado en una escritura
                        canallesca un mucamo educado que pasa el trapo de la <term>moral</term>
                        sobre las razones del orden. Pero también hay un realismo siniestro, y esto
                        significa que una ideología se agota en el gesto progresista que evita pagar
                        el precio de las verdades que anuncia: aquí el orden de las razones cederá
                        el paso a una convicción que vacila en su paso por falta de una política. El
                        viejo y fácil recurso de leer el horror fascinado en el objeto más odiado
                        aún se revela eficaz: detrás de la indignación más moral todavía
                        encontraremos al cínico. Por supuesto, no nos creemos afuera del síntoma,
                        pero tampoco nos ahogamos en él. Y no es que promueva una actitud más lúcida
                        o más valiente: ¿quién podría mirar de frente a las palabras? Estamos
                        envueltos y rodeados por ellas, pero esto es algo que podemos saber y actuar
                        en consonancia. </p>

                    <note type="interpretation" resp="#ED"
                        target="#Jinkis_Entredichos_1_p9 #Jinkis_Entredichos_1_p6 #Jinkis_Entredichos_1_p10"
                        ana="#ana_polcult"> <persName ref="#jorge_jinkis">Jinkis</persName> critica la práctica común de la «política
                        literaria» (a menudo promulgada por intelectuales) que juzga las obras
                        basándose en criterios externos (como el realismo, la alineación política o
                        la adhesión a las normas esperadas) en lugar de ocuparse de lo que la obra
                        "es". Esto implica a menudo la denuncia y el reproche. Lamenta la tendencia
                        a juzgar la literatura por lo que "no es", forzando los textos a lecturas
                        alegóricas o desechándolos por no satisfacer las ilusiones del público. </note>

                    <p xml:id="Jinkis_Entredichos_1_p11" ana="#ana_langpower #ana_history"> Y sin
                        embargo ocurre lo contrario cuando despojamos a la palabra de su dimensión
                        más verdadera: el angustiante tiempo histórico. A distinguir del
                        historicismo y del relativismo histórico, etiquetas que han ejercido el
                        oportunismo cambiando de palabras como se cambia de vestido: agarrando con
                        las dos manos y poniendo las patas en el agujero. Hay diferencias entre
                        aquel que responde a una llamada cediendo al poder travestista de las
                        palabras y el que entra al vestidor detrás del biombo de las palabras. Pero
                        por desgracia, felizmente se trata siempre de palabras que muestran al
                        disimular. Ocurre que no hay época que haya tenido su palabra aunque más
                        tarde, cuando se vuelve una época pasada, se haga posible afirmarlo. Siempre
                        es la palabra la que crea su oportunidad e inaugura un tiempo ingobernable. </p>

                    <note type="interpretation" resp="#ED" target="#Jinkis_Entredichos_1_p11"
                        ana="#ana_history #ana_langpower"> <persName ref="#jorge_jinkis">Jinkis</persName> insiste en reconocer el
                        «angustiante tiempo histórico» inherente a las palabras, distinguiéndolo
                        tajantemente del historicismo simplista o el relativismo histórico. Se opone
                        a la idea de que una época posea sus palabras definitorias
                        contemporáneamente. Por el contrario, es el propio lenguaje («la palabra»)
                        el que "crea" activamente su momento, inaugurando un «tiempo ingobernable». </note>

                    <p xml:id="Jinkis_Entredichos_1_p12" ana="#ana_langpower"> ¿Cómo devolver este
                        poder a las palabras? ¿Pero no se nos podría acusar de algún ingenuo
                        anacronismo cuando éste parece ser el momento de hablar de las palabras del
                        poder? ¿No debiéramos unirnos al coro unánime que se levanta contra la
                        censura? Pero entonces, ¿ahora no lo habría? Y si la hay, ¿se la estaría
                        criticando según los medios y la medida que esa misma censura permite?
                        Resulta difícil no concluir que la verdad de esta unanimidad actual contra
                        la censura reside en el anterior silencio también unánime sobre la censura.
                        Seguramente, una de las formas más insidiosas de la censura consiste en
                        pretender elegir entre las más benignas. Por eso <persName ref="#leo_strauss">Leo Strauss</persName>. Porque sólo es
                        imposible dejar de decir. Coloquemos ahora la fecha de este artículo, <date when="1941">1941</date>,
                        y recordemos la frase de <persName ref="#ernest_renan">Renan</persName> que parece ubicarse en las antípodas: <q who="#ernest_renan">"Sólo
                        dispone de libertad de pensamiento quien pueda estar seguro de que lo que
                        escribe no tiene consecuencia”</q>. El antagonismo es sólo aparente y convergen
                        en decirnos que se puede escribir para ocasionar esas consecuencias. No se
                        trata de negar la censura, sino de no confundirla con algunos baches
                        semánticos —pero ni tanto, apenas algunos lugares en blanco en un léxico
                        siempre escaso—, que no explican la impotencia sintáctica de nadie. La
                        censura necesita del adversario de la censura y en estos casos, un rodeo es
                        siempre un atajo. </p>

                    <note type="interpretation" resp="#ED"
                        target="#Jinkis_Entredichos_1_p11 #Jinkis_Entredichos_1_p12"
                        ana="#ana_langpower"> <persName ref="#jorge_jinkis">Jinkis</persName> distingue entre hablar "sobre" el «poder de las
                        palabras» y las «palabras del poder» (relacionadas con la
                        censura/autoridad). Afirma que las propias palabras, aunque parezcan
                        ocultar, en realidad revelan («palabras que muestran al disimular»). En
                        última instancia, cree que las palabras poseen un poder generativo: «Siempre
                        es la palabra la que crea su oportunidad e inaugura un tiempo ingobernable».
                        El reto es cómo restaurar/reconocer este poder. También complejiza la noción
                        de censura, sugiriendo que la unanimidad actual contra ella podría
                        enmascarar el silencio pasado, y que la verdadera restricción no son sólo
                        las lagunas léxicas, sino la impotencia sintáctica. </note>

                    <p xml:id="Jinkis_Entredichos_1_p13" ana="#ana_langpower"> Hemos tomado el atajo
                        del <hi rend="italic:true;">Suplemento</hi>, para no complementar los
                        discursos mejor sancionados. También se llamó censura al establecimiento de
                        un censo que permitiría imponer impuestos según los bienes de cada uno del
                        reino y para el bien de todos y del rey. Para hablar con toda la propiedad
                        en la boca, habría que repetir que la violencia es una categoría económica.
                        Pero la economía libidinal no es una metáfora. Por eso comenzamos a hablar
                        del dinero, asunto poco espiritual, como lo muestra <persName ref="#leon_bloy">Bloy</persName> cuando lo
                        identifica al <persName type="deity">Espíritu Santo</persName>. Y ya saben dónde se le apareció éste a <persName ref="#martin_lutero">Lutero</persName>:
                        en el retrete. Pero si un excusado no es para evacuar sospechas, incluiremos
                        hasta la luna del poeta: <q who="#leopoldo_lugones">“Es moneda en mi alforja / Y en mi ruleta es
                            ficha”</q>, dice <persName ref="#leopoldo_lugones">Lugones</persName>. </p>

                    <p xml:id="Jinkis_Entredichos_1_p14" ana="#ana_sitio #ana_polcult #ana_history">
                        Recobremos el tono de nuestra voz. En los bordes de un camino suelen
                        amontonarse ruinas que el progreso llama desperdicios. Este es el
                            <term>sitio</term>, no pavimentado, en el que la distancia más corta no
                        dibuja una línea recta. Los rodeos producen la impresión de una deriva, pero
                        es que en los basurales el paisaje humano se vuelve más abigarrado y puede
                        hacerse forzoso avanzar hasta con los codos. ¿Cómo distinguir —en todos los
                        sentidos del término— a la literatura del uso que cada momento histórico
                        hace de los textos para determinar un sentido y encontrarle una función en
                        la cultura? ¿No ocurre acaso que los textos que no pueden ser asimilados por
                        una cultura (un estado de discurso)—, y que antes de disolverse en un
                        sentido rebotan como insensatos, son los mismos que terminan por hacer la
                        literatura? En algún momento se trataba de escándalo. Pero todavía: el
                        escándalo de transgredir los límites de una demarcación de géneros, de no
                        compartir el mismo estremecimiento estético, de no recoger el discurso sobre
                        los lugares ya autorizados, de no expresar la realidad o de no ser
                        suficientemente hiperreal, de entretenerse en la pedantería querellante de
                        las élites o satisfacerse en la complacencia de una mediocridad mayoritaria.
                        El escándalo de una adjetivación estetizante o el de la empresa varonil de
                        un verbo que no se deja distraer. El escándalo de no provocar escándalo...
                        ¡siempre está la literatura traicionando, siempre en proceso! Y no esta mal
                        que así sea. Pues la literatura vive de esa imposibilidad de responder a las
                        demandas sociales y del disentimiento con el bien supremo de la moral de
                        tumo. ¿Como hacer lugar para este <term xml:id="term_nolugar"
                            ana="#ana_sitio">no-lugar</term> de lo injustificado? </p>

                    <note type="interpretation" resp="#ED" target="#Jinkis_Entredichos_1_p14"
                        ana="#ana_sitio"> <persName ref="#jorge_jinkis">Jinkis</persName> utiliza «sitio» para denotar el lugar adecuado,
                        aunque difícil, para el auténtico trabajo intelectual y literario. Está
                        situado «bien fuera del interior», descrito metafóricamente como un lugar
                        «no pavimentado» en los «bordes de un camino», entre las «ruinas que el
                        progreso llama desechos». Se trata de un espacio donde el camino más corto
                        no es recto, sino que requiere desvíos («rodeos») y una circulación
                        dificultosa («avanzar hasta con los codos»). </note>
                    <note type="interpretation" resp="#ED" target="#Jinkis_Entredichos_1_p14"
                        ana="#ana_literature"> <persName ref="#jorge_jinkis">Jinkis</persName> se pregunta cómo distinguir la literatura de
                        su uso/función histórica. Sugiere que la literatura podría residir en textos
                        que se resisten a la asimilación cultural («rebotan como insensatos»). La
                        literatura implica escándalo, transgresión (de géneros, estéticas, discursos
                        autorizados, principios de realidad) y vive precisamente de su
                        "imposibilidad" de satisfacer las demandas sociales o ajustarse a la moral
                        vigente, ocupando un «no-lugar de lo injustificado». </note>
                    <note type="interpretation" resp="#ED"
                        target="#Jinkis_Entredichos_1_p14 #Jinkis_Entredichos_1_p11"
                        ana="#ana_history"> <persName ref="#jorge_jinkis">Jinkis</persName> relaciona la dificultad de definir la literatura
                        con el modo en que cada momento histórico utiliza los textos según sus
                        necesidades, oscureciendo potencialmente las cualidades que los hacen
                        verdaderamente literarios al imponerles una función o un significado
                        específicos y limitados en el tiempo. </note>

                    <p xml:id="Jinkis_Entredichos_1_p15" ana="#ana_sitio #ana_intelectual"> Ante
                        todo, no haciendo de <term ana="#ana_sitio">sitio</term> un sitio único.
                        Pero no hay peligro; hay entre los que hacen esta revista una amistad que no
                        encubre diferencias, que se nutre de ellas. Si la disparidad no se resuelve
                        en eclecticismo, tampoco se reconocerá una “marca de la casa”: la discusión
                        aquí abierta se puede prolongar en cualquier parte y puede retornar a la
                        revista desde cualquier parte. Sólo que abrir una discusión no es como se
                        dice para dejar abiertas las cuestiones sino para situarlas mejor. Nuestras
                        diferencias sólo se disimulan durante el tiempo de goce de algunos odios
                        compartidos. Se me ha dicho que es un goce intelectual, pero como no reduzco
                        esta palabra a la práctica de edificar la sociedad desde la fisiología del
                        chisme, aclararé entonces qué entiendo por intelectual. </p>

                    <note type="interpretation" resp="#ED" target="#Jinkis_Entredichos_1_p15"
                        ana="#ana_sitio"> El «sitio» específico de la revista se presenta no como un
                        lugar de opinión unificada («sitio único» o «marca de la casa»), sino como
                        un espacio definido por la diferencia y el debate permanente, un lugar para
                        "situar" cuestiones en lugar de resolverlas definitivamente. </note>

                    <p xml:id="Jinkis_Entredichos_1_p16" ana="#ana_intelectual #ana_humanism"> Por
                        supuesto que no significa inteligencia. Ya hubo gente entusiasmada por la
                        idea de que una idea vale por el entusiasmo que es capaz de despertar. A
                        esto se opone —creo que <persName ref="#paul_valery">Valéry</persName> fue el primero— la valiosa apreciación de que
                        un escritor incluye siempre la idea que él mismo tiene de lo que hace.
                        Asunto poco banal, pues aún persiste la oposición banal entre creación e
                        inteligencia para pensar las relaciones entre la literatura y los discursos
                        sobre la literatura. Hace pocos meses el anuncio de una revista que estaría
                        hecha sólo por pintores, precipitó algunos críticos hacia los pinceles. ¡Y
                        no eran japoneses! Pero recurramos a otra figura, cuando la palabra
                        “intelectual” designaba la avanzada de una política. Más tarde llegó la
                        palabra “traición” para metonimizar la primera y hablar del miedo o de la
                        pereza por los que un discurso se somete a los prejuicios o estados de
                        ánimo. La expresión “intelectual comprometido” contribuyó al éxito de un
                        término antagónico cuando la difusión de las ciencias llamadas sociales
                        descubre para el conformismo escondites más recónditos e insidiosos que la
                        mala fe. El compromiso que había sucedido al nihilismo se vio desplazado por
                        una pasión de la modernidad: la indiferencia. No es que falte el entusiasmo,
                        pero es ecléctico; y no escasea la consecuencia ética pero se resuelve en
                        decepción. Si a esto unimos el sentimiento exacerbado del carácter asocial
                        de la democracia entenderemos la desvalorización creciente de cualquier
                        empresa colectiva y el abandono de la función que se creía trascendente del
                        intelectual: cuando no busca refugio en la fantasía de ser el portavoz de un
                        sector, se inclinará decisivamente hacia una modalidad artesanal. La crisis
                        del intelectual como <hi rend="italic:true;">intelligentzia</hi> es la
                        crisis del concepto humanista de libertad. Pero en esta huida hay defensa, y
                        simultáneamente resguardo del deseo. </p>

                    <p xml:id="Jinkis_Entredichos_1_p17" ana="#ana_intelectual #ana_sitio"> El
                        secreto del intelectual está en su origen, o mejor dicho, en su relación con
                        ese origen. El intelectual es literalmente un provinciano, lo que significa
                        autodidacta, lo que no significa nada salvo el sostén de su creencia en un
                        “solitario aprendizaje de la vida en las regiones de la pasión y de la
                        inteligencia”. Su obra se le aparece como fruto del heroísmo y del
                        sufrimiento. El intelectual que se ha arrancado de su origen, que lo ha
                        “traicionado”, tampoco pertenece a ninguna otra parte. Este desarraigo
                        encontrará el consuelo de algún reconocimiento. La tensión de la soledad
                        heroica estalla y la novela familiar busca resolverse en la “originalidad”
                        de una escritura o en el dominio de la confrontación pública. </p>

                    <p xml:id="Jinkis_Entredichos_1_p18" ana="#ana_langpower #ana_sitio"> ¿Son
                        inevitables estas dos formas de institucionalización? No lo creo, pero la
                        alternativa no deja de levantar sospechas por no detenerse a bautizar lo que
                        un nombre interrumpiría. Palabra proseguida, que no se abruma en la
                        continuidad ligera de las seriedades mejor enroladas ni en la discontinuidad
                        aburrida de la frivolidad estructuralista. Palabra que se prosigue creando
                        la franja de su posibilidad. Suponer esta revista es tal vez una
                        equivocación verdadera, aquella que es capaz de inventar las vías de ese
                        error que inquieta y suscita una respuesta singular. </p>

                    <note type="interpretation" resp="#ED"
                        target="#Jinkis_Entredichos_1_p18 #Jinkis_Entredichos_1_p17"
                        ana="#ana_sitio #ana_langpower"> En esencia, <persName ref="#jorge_jinkis">Jinkis</persName> aboga por una práctica
                        intelectual y literaria que abrace la dificultad, se resista a la
                        categorización fácil y a la comodidad ideológica, sea consciente de la
                        compleja vida histórica de las palabras y encuentre su lugar no en la
                        corriente dominante, sino en un «sitio» marginal, crítico y en constante
                        cuestionamiento. </note>
                </div>

                <div type="essay" xml:id="Grüner_Entredichos_1">
                    <byline><persName ref="#eduardo_gruner">Eduardo Grüner</persName></byline>
                    <epigraph ana="#ana_blanchot">
                        <quote rend="italic:true">
                            Identificar separando, habla de entendimiento.
                                Superar negando, habla de razón. Queda el habla literaria que supera
                                redoblando, crea repitiendo y, por infinitas reediciones, dice una
                                primera y una sola vez hasta esa palabra de más en que desfallece el
                                lenguaje.</quote>
                        <bibl><persName ref="#maurice_blanchot">M. Blanchot</persName></bibl>
                    </epigraph>

                    <note type="summary" resp="#ED" target="Grüner_Entredichos_1"> El texto de
                        <persName ref="#eduardo_gruner">Eduardo Grüner</persName> defiende una concepción de la literatura (y de la escritura)
                        radicalmente distinta a las prácticas utilitarias, comunicativas o
                        socialmente integradas. Influenciado significativamente por <persName ref="#maurice_blanchot">Maurice Blanchot</persName>
                        y <persName ref="#friedrich_nietzsche">Friedrich Nietzsche</persName>, presenta la literatura como un espacio peligroso y no
                        inocente de desvío, interrogación y traición, más que de mera transgresión.
                        Está vinculada a una ética del deseo y del goce que se resiste a las
                        respuestas fáciles, a las exigencias sociales y a la ilusión
                        representacional del lenguaje. </note>

                    <p xml:id="Grüner_Entredichos_1_p1" ana="#ana_psychoanalysis"> Vestir de
                        utilidad el propio deseo sería como enmascarar una sombra bajo la excusa de
                        que no hay objeto que la produzca. </p>
                    <p xml:id="Grüner_Entredichos_1_p2" ana="#ana_circunstance"> Esperar la
                        oportunidad de una demanda social, como creer que una respuesta puede
                        erigirse en garantía de alguna verdad. </p>
                    <p xml:id="Grüner_Entredichos_1_p3"> Inventarse compromisos apresurados,
                        sumergirse en la charca de la moralina. </p>
                    <p xml:id="Grüner_Entredichos_1_p4"> Transigir, derrotarse. </p>
                    <p xml:id="Grüner_Entredichos_1_p5"> No hay principios, ni finalidades, que
                        justifiquen la declaración pomposa. Tampoco insatisfacciones que exijan el
                        silencio. </p>
                    <p xml:id="Grüner_Entredichos_1_p6"> No es obligatorio que la paráfrasis devenga
                        alegoría, ni la elipsis evitación, ni la metáfora pretexto hermenéutico: si
                        el goce estético hace eco a una ética del goce, es imposible acomodarse con
                        las bellas almas, temerosas del deseo que las atraviesa, convencidas de que
                        la belleza es una función del sentido. </p>
                    <p xml:id="Grüner_Entredichos_1_p7" ana="#ana_error #ana_writing #ana_langpower"
                        > No es que la escritura sea soporte de ninguna inocencia: ella es
                        insistencia, amalgama, impureza, rencor, traición, singularidad de lo plural
                        y, más acá de todas las palabras, seducción, es decir, una forma de
                        violencia amorosa. Ella conviene a la práctica de una tentación del vacío
                        que se abandona a la magia del desvío. Es ahí donde el terror al error se
                        disuelve en la pasión del errar, multiplicación de las ruinas circulares
                        cuyo centro es el espesor de una ausencia. </p>

                    <note type="interpretation" resp="#ED"
                        target="#Grüner_Entredichos_1_p1 #Grüner_Entredichos_1_p2 #Grüner_Entredichos_1_p3 #Grüner_Entredichos_1_p7 #Jinkis_Entredichos_1_p3"
                        ana="#ana_langpower #ana_sitio #ana_blanchot #ana_circunstance">La génesis y
                        la publicación de la revista se vinculan con una concepción del deseo como
                        fuerza irreductible a la utilidad o la demanda social. Es consonante con la
                        postura de <persName ref="#jorge_jinkis">Jinkis</persName> en contra de la primacía de la "circunstancia" para pensar
                        el trabajo intelectual. La escritura se presenta como la actividad y el
                        objeto del trabajo intelectual, y su conceptualización está influenciada por
                        la obra de <persName ref="#maurice_blanchot">Maurice Blanchot</persName> según tres aspectos: (1) la resistencia de la
                        escritura a la utilidad social, (2) su vínculo con el "errar" como forma de
                        pensamiento no productiva y la afirmación de una ausencia constitutiva en su
                        núcleo, (3) que impide todo sentido acabado o plenitud comunicativa.</note>

                    <p xml:id="Grüner_Entredichos_1_p8" ana="#ana_writing #ana_treason"> No, no
                        podría ser inocente la escritura. <persName ref="#kafka">Kafka</persName>, <persName ref="#james_joyce">Joyce</persName>, <persName ref="#louis_ferdinand_celine">Céline</persName>, <persName ref="#samuel_beckett">Beckett</persName>, <persName ref="#william_faulkner">Faulkner</persName>,
                        <persName ref="#borges">Borges</persName>, lo mejor —es decir, lo peor— que el habla del siglo ha dado la
                        comprometen en la culpabilidad impertinente de un territorio desmedido para
                        las cartografías de la lengua. </p>

                    <note type="interpretation" resp="#ED" target="#Grüner_Entredichos_1_p8"
                        ana="#ana_literature #ana_treason"> Esta lista de obras literarias
                        representa el canon de la escritura no inocente, que se conecta con la idea
                        de literatura y traición que se desarrolla más adelante. </note>

                    <p xml:id="Grüner_Entredichos_1_p9" ana="#ana_langpower"> Pero tampoco el que
                        escribe se hace ilusiones: su delito esencial, la irreductible desconfianza
                        en la palabra, justamente lo vuelve ajeno a la inocencia principal del
                        lenguaje: la de creer que representa al mundo. </p>
                    <p xml:id="Grüner_Entredichos_1_p10" ana="#ana_nietzsche #ana_langpower"> <q>"Se
                        podría hacer el recuento de todas las palabras por las cuales se sugiere
                        que, para decir lo cierto, es necesario pensar según la medida del ojo”</q>.
                        Esta idea tiene la virtud de desnudar el ilusionismo de la escritura como
                        imagen, antiguo y renaciente, tanto casi como la poesía misma; perece que
                        fue el griego <persName ref="#simonides">Simónides</persName> el primero en igualar los métodos de la poesía y la
                        pintura, opinión que luego condensaría <persName ref="#horacio">Horacio</persName> en su célebre expresión <q who="#horacio">ut
                        pictura poesis</q>. Pero lo que se impone como diferencia radical en la
                        literatura, ¿no será precisamente la absoluta distancia con la imagen, esa
                        pérdida sobrecogedora de la unidad que abre la instancia de lo escrito?
                        Parece que fue también el propio <persName ref="#simonides">Simónides</persName>, curiosamente, el primero en
                        hacerse pagar por sus arranques líricos. Mucho ha cambiado los mercados
                        desde que languidecieron las voces de los rapsodas, pero lo que ha
                        permanecido es esa pasión por el <hi rend="italic:true;">intercambio</hi>:
                        palabras por sentido, palabra por dinero. La moneda de lo comunicable hace a
                        la literatura esclava de las “intenciones”, práctica escatológica donadora
                        de certidumbres. En suma: supervivencia de la ilusión de un porvenir. O,
                        como lo decía <persName ref="#friedrich_nietzsche">Nietzsche</persName> <q who="#friedrich_nietzsche">"Temo que no logremos nunca deshacernos de Dios,
                        puesto que aún creemos en la gramática”</q>. </p>

                    <p xml:id="Grüner_Entredichos_1_p11" ana="#ana_literature"> No, no podría
                        hacerse ilusiones el que escribe: si la comunicabilidad tiene sus límites,
                        también los tiene el absurdo. Basta con que uno logre hacerse comprender por
                        la cucaracha, dice <persName ref="#kafka">Kafka</persName>. Si alguna vez se la puede interrogar sobre el
                        objeto de su trabajo, a la vez se habrá exterminado al pueblo entero de las
                        cucarachas. El lugar de lo literario,—de la “literariedad”, como se decía
                        hace un tiempo— es el de esa interrogación. Que no podría coincidir ni con
                        la plena certidumbre ni con la Nada, sino que sobrelleva su vigilia en el
                        acoso insistente de esos dos antagonistas, en permanente estado de <hi
                            rend="italic:true;">sitio</hi>. </p>

                    <note type="interpretation" resp="#ED"
                        target="#Grüner_Entredichos_1_p9 #Grüner_Entredichos_1_p10 #Grüner_Entredichos_1_p11"
                        ana="#ana_langpower #ana_nietzsche #ana_literature">Idea central de <title level="j" ref="#revista_sitio">Sitio</title>:
                        la creencia de que las palabras representan al mundo es una ilusión. Es una
                        de las impugnaciones teóricas centrales contra la crítica ideológica. La
                        literatura no es el lugar de la representación, sino el lugar de la
                        interrogación. Se puede notar la influencia de <persName ref="#maurice_blanchot">Blanchot</persName>, así como también la
                        de <persName ref="#friedrich_nietzsche">Nietzsche</persName>, quien vincula la estructura del lenguaje (la gramática, la
                        estabilidad de la palabra) con las creencias metafísicas fundacionales
                        (Dios, la Verdad), sugiriendo que la crítica de una conlleva la crítica de
                        la otra.</note>

                    <p xml:id="Grüner_Entredichos_1_p12"
                        ana="#ana_literature #ana_error #ana_langpower #ana_structuralism #ana_transgression #ana_treason"
                        > Vacilante rescoldo de equívocos, la escritura sólo comienza realmente en
                        la trascendencia de la oposición entre el puro sonido que se resuelve en
                        musicalidad y el puro sentido que se codifica en Saber; era <persName ref="#paul_valery">Valéry</persName>, entre
                        los primeros en trabajar la oposición saussuriana, quien caracterizaba la
                        literatura por su forma, diciendo que es ella la que produce el sentido,
                        pero que este significado propio de la forma también hace de ésta lo que
                        sólo tiene por tarea expresar este nuevo sentido. Círculo vicioso o vicio
                        circular, la literatura nunca ha dejado de verse abrumada con la tarea de
                        dar cuenta de cierto estado del mundo, estado de <hi rend="italic:true;"
                            >malestar</hi> casi siempre; pero solamente en momentos privilegiados ha
                        sido capaz de dar cuenta del estado de su propia razón, hurtándole el cuerpo
                        de su letra al asedio de la razón de Estado, que se preocupa más de buscarle
                        siempre nuevos amos que de interrogarla por su servidumbre. Cuando se dice
                        que lo propiamente totalitario del lenguaje se define no tanto por lo que
                        prohíbe sino por lo que <hi rend="italic:true;">obliga</hi> a decir, se
                        puede rescatar en la literatura —es decir, sin distinción de géneros, en la
                        práctica de una escritura— la posibilidad y la voluntad de una <hi
                            rend="italic:true;">traición</hi> al destino de la lengua, que
                        transforma lo que hay de saber en el lenguaje no en legalidad epistemológica
                        sino en escándalo trágico. No es suficiente, pues, hablar de transgresión,
                        ya que <hi rend="italic:true;">la</hi> transgresión no existe: su efecto, a
                        lo sumo, es una flexibilización de los límites de la ley, y la literatura,
                        mal que le pese a cierto optimismo telqueliano, no podrá nunca hacer la
                        experiencia de los límites mientras existan límites a su experiencia. No
                        basta que un escritor sea un transgresor si no es capaz de ser un <hi
                            rend="italic:true;">traidor</hi>, un criminal de la lengua: el Mal, el
                        mal decir, es lo diferente que puede transformar en interesante a una
                        literatura. Otra vez los mismos nombres se me precipitan: cuando <persName ref="#james_joyce">Joyce</persName>,
                        cuando <persName ref="#kafka">Kafka</persName>, cuando <persName ref="#samuel_beckett">Beckett</persName> gritan en la oscuridad, haciéndonos escuchar
                        que es inútil hablar de la Nada pero también que es irrisorio decirlo <hi
                            rend="italic:true;">todo</hi>, lo que nos están arrojando a la cara es
                        el horror de su haber encontrado el lugar de lo imposible donde se cruzan la
                        fidelidad al propio deseo con la traición y la renuncia a una herencia.
                        ¿Como puede ser tan difícil identificar, allí, la asunción de la Muerte como
                        único amo, la desesperada denuncia de una ausencia de origen y por lo tanto
                        de una autoexclusión de la esperanza en un destino? </p>
                    <p xml:id="Grüner_Entredichos_1_p13"
                        ana="#ana_literature #ana_circunstance #ana_paradoxa"> Se cree hacerle un
                        favor a la literatura (¿o es a los literatos?) cuando se invoca su
                        “utilidad” social, cuando se convoca en su auxilio a las ideologías, cuando
                        se provoca su inclusión en alguna de las consabidas “prácticas”
                        comunitarias. Pero, ¿no es ella misma lo negativo —si no la negación— de
                        toda utilidad, la aporía de lo ideológico (¿qué decir de los “fascistas”
                        <persName ref="#louis_ferdinand_celine">Céline</persName> o <persName ref="#ezra_pound">Pound</persName>?) la interpelación de cualquier “práctica” en tanto los
                        sujetos que soportan una práctica se definen porque <hi rend="italic:true;"
                            >hablan</hi>? Es fácil por este sesgo la precipitación en el imaginario
                        del "arte por el arte”, reverso ideológico de lo ideológico. No conozco sino
                        una manera, ella misma quizás paradójica, de resolver esa paradoja:
                        renunciar a “salir” de la contradicción, instalarse en ella como quien se
                        sienta a meditar en una cuerda floja, el abismo abierto a sus pies y el
                        cuerpo comprometido en un riesgo perpetuo, en el alejamiento de cualquier
                        ilusión de conformidad con un saber de lo real, en el rechazo de toda
                        esclavitud pero también de un ejercicio del poder... del <hi
                            rend="italic:true;">poder decir</hi> que crea en el otro no un lazo,
                        sino la atadura de una escucha culpabilizada que hace de la obligación del
                        “compromiso” un compromiso con las obligaciones, una componenda deudora de
                        no sé qué imaginería progresista acobardada por sus propios ímpetus
                        parricidas. </p>

                    <note type="interpretation" resp="#ED"
                        target="#Grüner_Entredichos_1_p12 #Grüner_Entredichos_1_p13"
                        ana="#ana_sitio #ana_treason #ana_literature">Idea central de <title level="j" ref="#revista_sitio">Sitio</title>:
                        voluntad de traición de la literatura al destino de la lengua. Esta
                        perspectiva resuena con las ideas de <persName ref="#oscar_masotta">Oscar Masotta</persName> sobre el arte de escribir
                        como un acto intrínsecamente insincero. Para el escritor, no alcanza con la
                        transgresión de la lengua. Este argumento parece posicionarse en contra de
                        enfoques presentes en la revista <title level="j" ref="#revista_literal">Literal</title>, que es señalada como la antecesora
                        de <title level="j" ref="#revista_sitio">Sitio</title> [Es un argumento contra la conceptualización producida desde la
                        sociología de la literatura de <persName>Patiño</persName>]. El escritor debe convertirse en un
                        traidor de la lengua: esta voluntad puede leerse en la literatura que
                        publica <title level="j" ref="#revista_sitio">Sitio</title> a lo largo de sus números. La idea de <title level="j" ref="#revista_sitio">Sitio</title> es que la
                        literatura resiste a la noción de utilidad social, que es heterogénea
                        respecto de ella, es la aporía de lo ideológico. Propone una opción que no
                        cae en el binarismo (ya sea de los posicionamientos políticos como izquierda
                        o derecha, o posicionamientos literarios como el arte por el arte o el arte
                        comprometido. La opción es instalarse en la contradicción como modo del
                        pensamiento, que constituye el posicionamiento ético de no optar entre
                        opciones reductoras.</note>

                    <p xml:id="Grüner_Entredichos_1_p14"> La belleza no tiene objeto, pero tiene
                        causa: a veces hay que buscarla —a la belleza y a su causa— mordiendo contra
                        la corriente, lejos de la calidez tranquilizadora de la costa, bajo cielo
                        encapotado, con timón roto. Otras hay más suerte: el hechizo rígido de unas
                        identificaciones, la magia imperturbable de unos nombres, afirman la tierra
                        bajo los pies. ¿Es mejor, tal vez, hacer caso omiso de los ventarrones, sea
                        para dejarse arrastrar o para oponerles un cuerpo narcisista imaginado como
                        heroico? Es difícil decirlo: una respuesta cualquiera no evitaría
                        involucrarse en alguna esperanza totalizadora y finalista. Y como ninguna
                        estrategia parece suficiente para defenderse del goce, se hace insoslayable
                        la necesidad de continuar formulando las preguntas, empezando por una: ¿es
                        este un <hi rend="italic:true;">sitio</hi> para hacerlas? </p>
                </div>

                <div type="essay" xml:id="Gusmán_Entredichos_1">
                    <byline><persName ref="#luis_gusman">Luis Gusmán</persName></byline>

                    <note type="summary" resp="#ED" target="#Gusmán_Entredichos_1">El ensayo de <persName ref="#luis_gusman">Luis
                        Gusmán</persName> critica las formas literarias que simplifican el significado con
                        fines didácticos o moralistas, contraponiéndolas a un concepto de
                        «literatura» o «escritura» que abraza la ambigüedad, se resiste a la
                        interpretación singular y encuentra su esencia en una «imposibilidad»
                        desafiante más que en un propósito fijo. Esta auténtica literatura habita un
                        «sitio» elusivo de cuestionamiento, desafiando la categorización fácil y la
                        instrumentalización social.</note>

                    <p xml:id="Gusmán_Entredichos_1_p1" ana="#ana_literary_genre"> Predicar con el
                        ejemplo. La petrificación de la frase nos sumerge inmediatamente en una
                        retórica escolar. Los relatos ejemplares se reproducen, es que el modelo, el
                        ideal, está siempre al alcance de la mano, a la altura de los tiempos. De
                        eso se trata justamente, de qué otra cosa sino del tiempo de los justos.
                        Pasado, presente, futuro conocen su ubicación como tópicos a los que se
                        retorna una y otra vez a partir de esos relatos ejemplares. Se hablará
                        entonces de picaresca, parodia, utopía. </p>
                    <p xml:id="Gusmán_Entredichos_1_p2" ana="#ana_history #ana_literature"> Estos
                        sitios que nombramos son sólo algunos de los movimientos en que la montura
                        platónica sigue cabalgando. Y no se puede decir que estos términos no
                        rondan, se dedican suplementos enteros a hablar de ellos, esperando quizá la
                        coyuntura apropiada para volver a hablar de la que ronda. Pero ahora más
                        vale alejarla, <hi rend="italic:true;">sumergirla</hi> en el pasado de la
                        historia. Historia reducida cada día más a una iconografía infantil
                        coagulada en imágenes coloridas y brillantes donde como en los cuentos de
                        hadas siempre <hi rend="italic:true;">érase una vez</hi>. </p>
                    <p xml:id="Gusmán_Entredichos_1_p3" ana="#ana_reading"> Siempre se cuenta una
                        historia sostenida por una “verdad general” que el lector está exhortado a
                        aplicar a su vida. Verdad que se extrae de una reserva social, patrimonio
                        cultural, sentido común. Fundada en la legibilidad más absoluta opera como
                        un sistema de valores duales que impone <hi rend="italic:true;">un</hi>
                        sentido del que se desprende la necesidad de elegir en cada circunstancia de
                        la vida uno de los términos que propone dicho sistema de valores. O bien,
                        historias paralelas que a manera de espejo contraponen relatos para dejar
                        caer como resto algún ejemplo o groseras alegorías en las que, mediante ese
                        procedimiento alguien pretende siempre <hi rend="italic:true;">salvar la
                            cabeza</hi>. </p>

                    <note type="interpretation" resp="#ED"
                        target="#Gusmán_Entredichos_1_p1 #Gusmán_Entredichos_1_p2 #Gusmán_Entredichos_1_p3"
                        ana="#ana_representacionalism"><persName ref="#luis_gusman">Gusmán</persName> inicia su crítica apuntando a la
                        noción de «predicar con el ejemplo», que asocia con una «retórica escolar»
                        estancada. Sostiene que estos «relatos ejemplares», que a menudo se
                        encuentran en géneros como la picaresca, la parodia y la utopía, sirven para
                        fijar significados y valores. Se basan en modelos e ideales fácilmente
                        accesibles y sitúan el pasado, el presente y el futuro como topoi
                        predecibles. Tales narraciones, insinúa, parten de una «verdad general»
                        arraigada en la «reserva social» o el «sentido común», promoviendo una
                        «legibilidad absoluta» que impone una interpretación singular y un sistema
                        de valores dualista, a menudo simplificando la historia en formas fácilmente
                        digeribles o lecciones morales. </note>

                    <p xml:id="Gusmán_Entredichos_1_p4"> Erase una vez. Y basta precipitar la frase
                        para que desde las sombras aparezcan las almas hamletianas a las que el
                        fantasma de la culpa sume en cavilaciones infinitas. Porque entonces ¿de
                        quién es la calavera que, con su peso, hunde esas manos en aguas que, por
                        manchadas que estén, por personajes bíblicos que representen, no nos impide
                        evocar aquella corriente que viene de la lengua y que dice que para poder
                        pescar hay que arremangarse? Pero, como se sabe, la correntada arrastra
                        cualquier basura, y en ese río revuelto la recuperación del pasado es la
                        ganancia que flota como salvavidas posible para que la picaresca tienda sus
                        redes para aquietar en ellas la pesadilla de la historia. </p>
                    <p xml:id="Gusmán_Entredichos_1_p5"
                        ana="#ana_representacionalism #ana_literary_genre #ana_error"> Por eso la
                        picaresca debió ocupar el lugar del populismo que replegó su retórica en
                        función del avance de la censura que operaba sobre lo más explícito, dejando
                        caer su peso sobre aquella literatura que describía en su trama la
                        “realidad”. Realismo que pretende hacer coincidir la realidad puntualmente
                        con un discurso y que, por lo mismo, se refugió en la picaresca que le
                        permitía referirse a la historia desde el presente en una versión que
                        relataba como error, como equivocación, lo sucedido en el pasado. </p>
                    <p xml:id="Gusmán_Entredichos_1_p6" ana="#ana_literary_genre"> En la narración
                        picaresca, el pasado es el tiempo de las debilidades, del deambular, de las
                        tribulaciones. En el relato picaresco, el personaje ha logrado en el
                        presente cierto grado de respetabilidad, de bienestar, y vuelve su mirada
                        hacia un pasado aventurero, hacia sus orígenes marginales: entonces él no se
                        reconocía en el desorden del mundo, era un inocente, su bella alma tropezaba
                        así con todos los abusos, luchaba con todos los poderes opresivos. Para el
                        narrador picaresco, el presente es el tiempo del descanso, de la experiencia
                        al fin ganada, de la integración lograda en el orden social. Por lo tanto se
                        referirá a su pasado con ironía, condescendencia, compasión y alegría. Pero
                        un relato de tales características exige un destinatario, un confidente al
                        que es preciso hacer cómplice indulgente. <hi rend="italic:true;">Erase una
                            vez</hi> la historia que todos querían leer, escuchar, que reflejase a
                        toda una generación con sus ideales aplastados, en cenizas, pero ideales al
                        fin. Sin duda la tarea no es difícil, el hombre es un animal de olvido. </p>

                    <note type="interpretation" resp="#ED"
                        target="#Gusmán_Entredichos_1_p4 #Gusmán_Entredichos_1_p5 #Gusmán_Entredichos_1_p6"
                        ana="#ana_representacionalism #ana_history"><persName ref="#luis_gusman">Gusmán</persName> explora cómo los géneros
                        literarios, en particular la picaresca, pueden utilizarse para
                        instrumentalizar el pasado. Sugiere que el narrador picaresco, desde una
                        posición de estabilidad y «respetabilidad» presentes, relata la marginalidad
                        y las penurias pasadas con cierto grado de ironía o condescendencia. Este
                        encuadre retrospectivo sirve a menudo para «acallar la pesadilla de la
                        historia» o presentar acontecimientos pasados como meros «errores» o
                        «equivocaciones», especialmente en condiciones de censura en las que se
                        suprime el realismo directo. La historia, en este contexto, se convierte en
                        una narración que satisface el deseo de relatos del pasado reconciliados y
                        menos problemáticos. </note>

                    <p xml:id="Gusmán_Entredichos_1_p7" ana="#ana_rethoric #ana_structuralism">
                        Tratando de preservar la unidad de la historia, los procedimientos
                        literarios mencionados se convierten en metáforas (“la máquina del tiempo”)
                        para viajar a través de ella. <hi rend="italic:true;">Ir de un lado a otro
                            de la historia</hi> es la meta a seguir para demostrar que la existencia
                        de la historia escapa a los efectos de la repetición. En estos viajes “el
                        conocimiento histórico permanece intacto, lo que varía es la percepción de
                        los medios que tienden a él: <hi rend="italic:true;">la posición del
                            lenguaje</hi>”. La literatura se convertirá entonces en uno de esos
                        modos de percepción. Hoy por hoy, estructuralismo de por medio, se puede
                        admitir “moderadamente” que varíen las posiciones del lenguaje. </p>
                    <p xml:id="Gusmán_Entredichos_1_p8" ana="#ana_writing"> No es en vano introducir
                        aquí entonces la utopía que ya había hecho su aparición por el tópico del
                        viaje: un mensaje que debe llegar a destino. Si bien ella puede apelar a
                        cualquier género, es el ensayo, el que la expresará mejor, ya que evita las
                        ambigüedades propias de la ficción. Este mensaje debe ser verosímil para
                        alcanzar los fines didácticos y morales que intenta transmitir. Es decir, la
                        escritura no debe servir como obstáculo a la doctrina utópica que se quiere
                        hacer conocer. “Pensamiento plasmado en realidades sociales que debe ser
                        transmitido con claridad y verosimilitud”. Independientemente que la utopía
                        sea o no realizable, es fundamental su <hi rend="italic:true;"
                            >expresión</hi> para provocar el deseo de reforma que es siempre su
                        objetivo último y que, por ello mismo, aparece en su principio. </p>
                    <p xml:id="Gusmán_Entredichos_1_p9"> Si bien utopía se define etimológicamente
                        como <hi rend="italic:true;">ningún lugar</hi>, ese mensaje y la manera como
                        se transmite es el que le da uno y bien definido, aunque sea bajo la forma
                        de utopía negativa o antimodelo, o eutopía, modelo ideal pero posible de
                        realizarse. </p>
                    <p xml:id="Gusmán_Entredichos_1_p10" ana="#ana_writing"> El mensaje utópico
                        sacrifica la escritura en función de la doctrina. Y en tanto el creador de
                        utopías aspira a ideales reformistas no puede dejar de recurrir al ejemplo
                        que, según las reglas de la utopía, debe entrar dentro de los límites de la
                        responsabilidad moral, ya que su modelo aparece como el ejemplo de los
                        ejemplos. La utopía encuentra en la “realidad” el límite mismo de su modelo,
                        aunque más no sea para invertirla (en esas ficciones en que el <hi
                            rend="italic:true;">absurdo</hi> contamina el mensaje), para hacer del
                        contraste, según la regla aristotélica, el recurso preciso para resaltar
                        mejor el defecto. </p>
                    <p xml:id="Gusmán_Entredichos_1_p11"> Así la utopía se ubica dentro de los
                        relatos ejemplares dirigidos a un lector virtual, tendiendo a demostrar la
                        validez de una doctrina. Se trata de persuadir a alguien de una verdad
                        esencial y de modificar su comportamiento a partir de contarle una historia.
                        En dichos relatos, los niveles se articulan jerárquicamente: un nivel
                        narrativo en que se presenta la historia, un nivel interpretativo unívoco
                        que comenta la historia dándole un sentido y un nivel pragmático que hace
                        derivar del sentido una regla de acción bajo la forma de un imperativo. </p>

                    <note type="interpretation" resp="#ED"
                        target="#Gusmán_Entredichos_1_p8 #Gusmán_Entredichos_1_p9 #Gusmán_Entredichos_1_p10 #Gusmán_Entredichos_1_p11"
                        ana="#ana_representacionalism #ana_writing"> <persName ref="#luis_gusman">Gusmán</persName> analiza la utopía como
                        otra forma que busca establecer un mensaje bien definido y un propósito
                        didáctico. Sostiene que el discurso utópico prioriza su doctrina sobre las
                        ambigüedades de la «escritura». Para alcanzar sus objetivos reformistas y
                        morales, los textos utópicos deben ser claros y verosímiles, y a menudo
                        emplean narraciones ejemplares estructuradas jerárquicamente (narración,
                        interpretación unívoca, imperativo pragmático). Esto, para <persName ref="#luis_gusman">Gusmán</persName>, supone un
                        «sacrificio de la escritura» en favor de la transmisión de una doctrina. </note>

                    <p xml:id="Gusmán_Entredichos_1_p12"
                        ana="#ana_writing #ana_literature #ana_blanchot #ana_resistance"> Una
                        literatura que por la posibilidad de teñirse de cualquier sentido por su <hi
                            rend="italic:true;">escritura</hi>, es imposible de incluir en los
                        relatos ejemplares ya que esa escritura la arroja a un lugar cualquiera
                        donde se vuelve inútil hacer algún cálculo sobre ella. Es por eso que tal
                        literatura resiste a los embates de la interpretación que pretende
                        adjudicarle <hi rend="italic:true;">un sentido</hi>. Su existencia es su
                        imposibilidad misma, que no debe ser confundida ni con la impotencia ni con
                        el fracaso, salvo pensar que ella se proponga algo determinado, o el hecho
                        de adjudicarle una misión encontrando un objeto para intercambiar en su
                        camino. La literatura no tiene ningún destino; se diría que lo encuentra,
                        desde <persName ref="#mallarme">Mallarmé</persName>, en esa manera de disponerse que suprime a aquel mismo que la
                        realiza. </p>
                    <p xml:id="Gusmán_Entredichos_1_p13" ana="#ana_literature"> La diferencia que la
                        literatura impone no tiene por qué ponerse de acuerdo con ningún medio <hi
                            rend="italic:true;">sociocultural</hi> por más que ello flote en el
                        ambiente. Ni tampoco con fantasmas ecológicos que acompañan predicciones
                        apocalípticas que, en su reverso, no pueden escapar a ideales de redención
                        que, como se sabe, comprometen el mundo entero. Tal vez por eso se habla de
                        una literatura de <hi rend="italic:true;">post.</hi>
                    </p>
                    <p xml:id="Gusmán_Entredichos_1_p14"> Acordar que se está <hi
                            rend="italic:true;">firme</hi> en algún lado simplemente por no estar de
                        la vereda de enfrente, es demasiado para sostener algún acuerdo que se
                        quiera establecer sobre alguna diferencia. No se trata entonces de ningún
                        frente literario. Y la letra que habla de la <hi rend="italic:true;">frente
                            marchita</hi> retoma en la figura del quiasmo y marca <hi
                            rend="italic:true;">en ese movimiento</hi> una ilusión que sólo puede
                        evocarse bajo la forma de la nostalgia, ya que siempre estuvo cargada de
                        sentimientos y sabemos qué lugar le toca al semejante cuando se trata de un
                        discurso sentimental. </p>
                    <p xml:id="Gusmán_Entredichos_1_p15" ana="#ana_literature"> No es pues el
                        adentro y el afuera lo que está en juego ya que basta soltar el hilo, no el
                        de la historia justamente, para saber que el nudo no tiene principio ni fin.
                        Es entonces que la literatura de <hi rend="italic:true;">post</hi> vendría a
                        ocupar el lugar justo en que se la espera desde <hi rend="italic:true;"
                            >afuera</hi> para “pensar” este <hi rend="italic:true;">adentro</hi>.
                        Erase una vez una literatura de la dispersión, “agrupémonos ahora en busca
                        de la unidad" que por básica que sea para unos y necesaria para otros, no
                        deja de caer en ese lugar en que el discurso del amo la espera. </p>

                    <note type="interpretation" resp="#ED"
                        target="#Gusmán_Entredichos_1_p12 #Gusmán_Entredichos_1_p13 #Gusmán_Entredichos_1_p15"
                        ana="#ana_writing #ana_literature #ana_resistance"> Frente a las narraciones
                        ejemplares, <persName ref="#luis_gusman">Gusmán</persName> defiende un concepto de «literatura» (o «escritura»)
                        definido por su radical ambigüedad y su resistencia a la interpretación
                        singular. Este tipo de literatura no puede subsumirse en marcos didácticos
                        porque su propia naturaleza («teñirse de cualquier sentido por su
                        escritura») la hace resistente a los significados fijos. Su existencia se
                        caracteriza por la «imposibilidad», no como fracaso, sino como condición
                        fundamental. No tiene un «destino» predeterminado ni busca alinearse
                        fácilmente con las exigencias socioculturales o las ideologías redentoras.
                        Esta literatura, inspirada en figuras como <persName ref="#mallarme">Mallarmé</persName>, puede incluso implicar
                        un autodesplazamiento del autor, existiendo más allá de simples binarios
                        como dentro/fuera y eludiendo el «discurso del amo». </note>

                    <p xml:id="Gusmán_Entredichos_1_p16" ana="#ana_sitio"> Porque la cifra se vuelve
                        insoportable es que pasa de boca en boca sin saber que pasa por la boca. El
                        decir estoico ya lo enunciaba de esa forma: si un carro pasa por la boca, un
                        carro pasa por la boca. ¿Sabemos qué es lo que pasa por la boca cuando la
                        cifra insoportable retoma? Porque basta que pase una palabra, una
                        cualquiera, para hacer un nudo en la garganta y esa palabra <hi
                            rend="italic:true;">muda</hi> llega a veces por donde menos se la
                        espera, y basta evocar ese teatro de máscaras del joven <persName ref="#andre_gide">Gide</persName> tal como lo
                        sitúa <hi rend="italic:true;">la letra y el deseo</hi>, para saber que esa
                        muerte que esperaba hiciera su entrada por el lado del patio, ya había
                        entrado en escena por el lado del jardín. ¿Y para qué otra cosa sino para
                        señalar su sitio que ni siquiera es ya necesario que esté vacío? Basta que
                        esté numerado. O, por mejor decir ¿no es la muerte misma el número de los
                        sitios? </p>

                    <note type="interpretation" resp="#ED"
                        target="#Gusmán_Entredichos_1_p16 #Gusmán_Entredichos_1"
                        ana="#ana_literature #ana_sitio #ana_langpower"> <persName ref="#luis_gusman">Gusmán</persName> concluye
                        reflexionando sobre el escurridizo «sitio» de esta auténtica literatura. No
                        se trata de un espacio claramente definido, sino de uno que surge de forma
                        inesperada, quizá relacionado con palabras no dichas, con lo indecible, o
                        incluso con realidades existenciales fundamentales como el deseo y la muerte
                        (como evoca la referencia a <persName ref="#andre_gide">Gide</persName>). Este «sitio» podría caracterizarse por la
                        ausencia o por una numeración que significa un lugar vacío, lo que sugiere
                        la proximidad de la literatura a los límites del sentido y de la propia
                        existencia. </note>

                </div>



            </div>

                <div type="text" subtype="teoría">
                <head>Escribir entre líneas, un arte olvidado</head>
                <byline><persName ref="#leo_strauss">Leo-Strauss</persName></byline>
                <note type="translator">Traducido por <persName ref="#jose_antonio_maravall">J.A. Maravall</persName></note>

                <div type="introduction">
                    <head>Nota introductoria</head>
                    <byline><persName ref="#jorge_jinkis">Jorge Jinkis</persName></byline>
                    <p> Un autor extraño a la modernidad, ni positivista ni romántico, ni marxista
                        ni estructuralista, ni fenomenólogo ni historicista, escribe en alemán y en
                        inglés para hacer retornar las preguntas de los Antiguos sobre las
                        relaciones entre el hombre y la ciudad. La política vuelve entonces a
                        descubrirse como un campo que no es ajeno a la verdad, y como la práctica de
                        una imposibilidad entre la filosofía (en un sentido no profesoral) y el
                        fundamento de la sociedad. Más interesante que catalogar a esta concepción
                        de racionalista, es dejarse invitar por sus sugerencias y someter a las
                        pruebas de la crítica sus elementos esenciales: ¿por qué torsión una
                        pregunta filosófica que se había vuelto histórica, regresa en la historia de
                        la filosofía por el sesgo político de los comentarios de textos? </p>
                    <p> Porque se escribe como se lee, responde <persName ref="#leo_strauss"
                            >Leo-Strauss</persName>. Estudiando algunos escritores antiguos, el
                        autor cree reconocer en ellos la vigencia de una concepción sobre la
                        relación particular entre la sociedad y la búsqueda de la verdad: si la
                        filosofía (o ciencia) es la tentativa de reemplazar la opinión por el
                        conocimiento, y la opinión (la aceptación de la opinión) es el elemento de
                        la sociedad, la filosofía (o ciencia) es la tentativa de disolver el
                        elemento en el que la sociedad respira. Por supuesto, es posible respetar la
                        opinión sin aceptarla, pero quienes sostengan esta concepción y conserven el
                        deseo de decir la verdad que saben, se verán llevados a escribir de una
                        manera particular, y distinguirán una enseñanza esotérica de una enseñanza
                        exotérica, socialmente útil. Así es como <persName ref="#borges"
                            >Borges</persName> lee el <title level="m" ref="#donne_biathanatos"
                            >Biathanatos</title> de <persName ref="#john_donne">John Donne</persName> y
                        opone a su finalidad exotérica de paliar el suicidio -propósito piadoso y
                        consecuente con una religión del amor—, la indicación fundamental,
                        esotérica, de que ese Dios, <q>“ávido de no ser, habría fabricado el universo para fabricar su
                                patíbulo”</q>. </p>
                    <p> El crimen, el suicidio, la religión y el odio no resultan soportes
                        desmesurados para situar la vigencia de esta reflexión sobre las condiciones
                        de posibilidad de la política y los límites de la filosofía. Pero que nadie
                        se confunda: el autor no habla de pensadores que han debido disimular su
                        pensamiento, sino de una incompatibilidad entre la filosofía y la sociedad
                        política que ha engendrado un arte de escribir. </p>
                    <p> Es insuficiente decir que la censura es autocensura y para saber que la
                        política no es toda la realidad de la censura alcanza con descubrir que la
                        política puede prohibirse pero no censurarse. La realización más perfecta de
                        la censura es hablar de la censura para no decir otra cosa. La censura es
                        inherente a todo decir verdadero, y la persecución puede venir a doblar esa
                        censura. De hecho, <persName ref="#leo_strauss">Leo-Strauss (Alemania
                            1899-Estados Unidos 1973)</persName> se ocupa de cuestiones largamente desatendidas en
                        sus libros sobre los pensadores árabes o judíos de la <date notBefore="0500"
                            notAfter="1500">Edad Media</date>, sobre <persName ref="#spinoza"
                            >Spinoza</persName>, <persName ref="#maquiavelo">Maquiavelo</persName>,
                            <persName ref="#tucidides">Tucídides</persName>, <persName
                            ref="#aristoteles">Aristóteles</persName>, <persName ref="#platon"
                            >Platón</persName>, <persName ref="#thomas_hobbes">Hobbes</persName>, y
                            <persName ref="#socrates">Sócrates</persName>. Algunos de sus títulos:
                            <title level="m" xml:lang="de" ref="#strauss_philosophie_gesetz">Philosophie und
                            Gesetz: Beiträge zum Verständnis Maimunis und seiner Vorläufer</title>,
                        <placeName ref="#berlin">Berlín</placeName>, <orgName type="editorial" ref="#ed_schocken">edit.
                            Schocken</orgName>; <title level="m" xml:lang="en"
                            ref="#strauss_on_tyranny">On Tyranny: An Interpretation of Xenophon's
                            Hiero</title>, <placeName ref="#nueva_york">Nueva York</placeName>,
                        <orgName type="editorial" ref="#ed_political_science">edit. Political Science</orgName>; <title level="m" xml:lang="en"
                            ref="#strauss_persecution_writing">Persecution and the Art of Writing</title>,
                        <placeName ref="#glencoe">Glencoe</placeName>, <orgName type="editorial" ref="#ed_free_press">Free
                            Press</orgName>; <title level="m" xml:lang="en"
                            ref="#strauss_socrates_aristophanes">Socrates and Aristophanes</title>,
                        <placeName ref="#nueva_york">Nueva York</placeName>, <orgName type="editorial" ref="#ed_basic_books">Basic
                            Books</orgName>; <title level="m" xml:lang="en" ref="#strauss_liberalism_ancient"
                            >Liberalism Ancient and Modern</title>, <placeName ref="#nueva_york"
                                >Nueva York</placeName>, <orgName type="editorial" ref="#ed_basic_books">Basic Books</orgName>, <title
                            level="m" xml:lang="en" ref="#strauss_plato_laws">The Argument and the Action of
                            Plato's Laws</title>, <placeName ref="#chicago">Chicago</placeName>,
                        <orgName type="editorial" ref="#ed_univ_chicago_press">Univ. of Chicago Press</orgName>. La bibliografía completa del
                        autor figura en <title level="m" xml:lang="en" ref="#strauss_essays"
                            >Political Philosophy. Six Essays by Leo Strauss</title>, <persName role="editor" ref="#hilail_gildin">ed.
                        Hilail Gildin</persName>, <placeName ref="#nueva_york">Nueva
                            York</placeName>.</p>

                </div>

                <div n="I">
                    <epigraph rend="italic:true">
                        <quote>Con frecuencia el vicio resultó ser un
                                emancipador del espíritu, y éste es uno de los hechos más
                                humillantes pero al mismo tiempo más indiscutibles de la
                                historia.</quote>
                        <bibl><persName ref="#william_lecky">W. E. H. Lecky</persName></bibl>
                    </epigraph>
                    
                    <head>I</head>

                    <p> Son numerosos los países que hasta hace aproximadamente una centena de años
                        gozaron de una libertad de discusión pública prácticamente completa, y
                        encuentran ahora esa libertad reprimida y reemplazada por la coerción: la
                        palabra debe alinearse según las concepciones que el gobierno considera
                        oportunas o que sostiene seriamente. Vale la pena examinar brevemente el
                        efecto de esta coerción o persecución sobre los pensamientos y sobre las
                        acciones. </p>


                    <p> Gran parte de la población, probablemente la mayoría de la joven generación,
                        acepta como verdaderas las concepciones patrocinadas por el gobierno, sino
                        desde el comienzo, al menos después de un tiempo. ¿Cómo ha sido convencida
                        esta gente y cómo juega el factor tiempo? No fue convencida por la coerción,
                        pues ésta no entraña la convicción: simplemente pavimenta el camino a la
                        convicción reduciendo la contradicción al silencio. Lo que se llama <term
                            type="concept">libertad de pensamiento</term> en muchos casos equivale,
                        y en la práctica incluso consiste en ser capaz de elegir entre dos o tres
                        puntos de vista diferentes, presentados por una pequeña minoría de personas
                        que son escritores u oradores públicos. Si esta elección se vuelve
                        imposible, queda destruida la única forma de <term type="concept"
                            >independencia intelectual</term> de la que mucha gente es capaz, y ésta
                        es la única forma de <term type="concept">libertad de pensamiento</term> que
                        tiene una importancia política. La persecución es entonces la condición
                        indispensable para el buen funcionamiento de lo que se podría llamar la <q
                            type="term">“lógica de caballo” (lógica equina)</q>. De creer a
                            <persName ref="#parmenides">Parménides</persName>, ese filósofo tirado
                        por los caballos, o de creerles a los <persName type="fictional_race"
                            >Houyhnhums</persName> de <persName type="literary_character"
                            >Gulliver</persName> no se puede decir, o no se puede decir
                        razonablemente “la cosa que no es”; dicho de otro modo, las mentiras son
                        inconcebibles. Esta lógica no es propia de los caballos o de los filósofos
                        tirados por los caballos, pero determina aunque de una manera un poco
                        modificada, el pensamiento de muchos hombres corrientes. Estos admitirán
                        como obvio que el hombre puede mentir y que miente. Pero agregarán que las
                        mentiras tienen la vida breve y no resisten a la prueba de la repetición
                        —aún menos a una repetición constante— y que entonces una repetición
                        constantemente repetida y nunca contradicha debe ser verdadera. Según otra
                        línea de razonamiento, una proposición emitida por un individuo ordinario
                        puede ser mentirosa, pero la verdad de una proposición emitida por un hombre
                        responsable y respetado, y por lo tanto, en particular, por un hombre que
                        ocupa una alta posición de responsabilidad o de prestigio, es moralmente
                        cierta. Estos dos <term type="rhetoric">entimemas</term> conducen a la
                        siguiente conclusión: la verdad de una proposición que es constantemente
                        repetida por el jefe del gobierno, y que nunca es contradicha, es
                        absolutamente cierta. </p>


                    <p> Esto implica que en los países en cuestión, todo aquellos cuyo pensamiento
                        no sigue las reglas de <term type="concept">la lógica de caballo</term>, en
                        otros términos, todos aquellos que son capaces de <term type="concept">un
                            pensamiento verdaderamente independiente</term>, no pueden ser llevados
                        a aceptar las concepciones patrocinadas por el gobierno. Así entonces, la
                        persecución no puede impedir <term type="concept">el pensamiento
                            independiente</term>. Ni siquiera puede impedir <term type="concept">la
                            expresión del pensamiento independiente</term>. Pues es tan verdadero
                        hoy como hace más de dos mil años que se puede sin peligro decir la verdad
                        que se sabe a personas conocidas, benevolentes y dignas de confianza o, más
                        precisamente, a amigos razonables. La persecución no puede incluso impedir
                        la expresión pública de <term type="concept">la verdad heterodoxa</term>,
                        pues un hombre de <term type="concept">pensamiento independiente</term>
                        puede expresar sus concepciones en público sin sufrir por ello, en tanto lo
                        haga con circunspección. Puede incluso hacerlas imprimir, en tanto sea capaz
                        de <term type="concept">escribir entre líneas</term>. </p>

                    <p> La expresión <term type="concept">“escribir entre líneas”</term> indica cuál
                        es el tema de este artículo. Pues la influencia de la persecución sobre la
                        literatura reside en obligar a todos los escritores que sostienen <term
                            type="concept">ideas heterodoxas</term> a desarrollar una técnica de
                        escritura particular, a la que nos referimos cuando hablamos de <term
                            type="concept">escribir entre líneas</term>. Esta expresión es
                        visiblemente metafórica. Intentar traducirla a un lenguaje no metafórico,
                        sería partir al descubrimiento de una <foreign>terra incognita</foreign>, de
                        un continente cuyas dimensiones son aún inexploradas y que ofrecería amplias
                        perspectivas a investigaciones muy curiosas e incluso muy importantes. Se
                        puede decir, sin temor de ser inmediatamente convencido de grave
                        exageración, que el único trabajo preparatorio que pueda guiar al explorador
                        de este continente permanece sumergido en los escritos de los retóricos de
                            <date notBefore="-0800" notAfter="0500">la Antigüedad</date>. </p>

                    <p> Volvamos a nuestro tema, y consideremos un ejemplo simple que, tengo razones
                        para creerlo, no está tan alejado de la realidad como podría parecerlo en
                        una primera instancia. Sea un historiador vivo en un <term
                            type="political_system">país totalitario</term>; es un miembro
                        generalmente respetado y no sospechoso del único partido existente. Podemos
                        fácilmente imaginar que sus investigaciones lo han llevado a dudar de la
                        validez de la <term type="doctrine">interpretación oficial de la historia de
                            la religión</term>. Nadie podría impedirle publicar un ataque apasionado
                        contra lo que él llamaría la <term type="doctrine">concepción liberal</term>
                        de la cuestión. Evidentemente, necesitaría primero exponer la <term
                            type="doctrine">concepción liberal</term> antes de atacarla; lo haría de
                        esa manera tranquila, no espectacular, un poco aburrida que parece de las
                        más naturales; utilizaría muchos términos técnicos, haría muchas citas y
                        dedicaría una importancia indebida a detalles insignificantes; daría la
                        impresión que olvida la guerra santa de la humanidad por las querellas
                        mezquinas de los pedantes. Sólo al llegar al corazón de la argumentación
                        escribiría tres o cuatro frases de ese estilo conciso y vivo que es apto
                        para detener la atención de los hombres que aman pensar. Este pasaje central
                        expondría la posición de los adversarios con mayor claridad, fuerza y
                        nitidez implacable que la que nunca se usó en los más bellos días del
                        liberalismo, pues dejaría silenciosamente caer todas las estúpidas
                        excrecencias de la creencia liberal que habían podido prosperar en la época
                        en la que el liberalismo, habiendo triunfado, comenzaba por esta misma razón
                        a adormecerse. Un joven razonable lector entrevería allí por vez primera el
                        fruto prohibido. El ataque —el cuerpo de la obra—, consistiría en virulentas
                        expansiones de las opiniones más virulentas extraídas del o de los libros
                        santos del partido en el poder. El joven lector inteligente, siendo joven,
                        había sido hasta allí más o menos seducido por esas opiniones inmoderadas;
                        ahora no experimentaría sino disgusto e incluso habiendo gustado del fruto
                        prohibido, aburrimiento. Releyendo el libro por segunda o tercera vez,
                        descubriría, en la disposición misma de las citas de los libros de
                        referencia, complementos significativos a algunas proposiciones concisas que
                        había hallado en el centro de la suficientemente breve primera parte. </p>

                    <p> Así, la persecución da nacimiento a una técnica de escritura particular, y
                        de esta forma a un tipo particular de literatura, donde la verdad sobre
                        todos los puntos de importancia está presentada exclusivamente <term
                            type="concept">entre líneas</term>. </p>

                    <p> Esta literatura no se dirige a todos los lectores, sino sólo a los lectores
                        inteligentes y dignos de confianza. Tiene todas las ventajas de la
                        comunicación privada sin tener su mayor desventaja: no alcanzar más que a
                        las personas conocidas del escritor. Tiene todas las ventajas de la
                        comunicación pública sin tener su mayor desventaja: la pena capital para el
                        autor. Pero ¿cómo un hombre puede lograr el milagro de hablar, en una
                        publicación, a una minoría, permaneciendo silencioso para la mayoría de sus
                        lectores? Lo que vuelve posible esta literatura puede expresarse en el
                        axioma siguiente: los hombres incapaces de pensar son lectores descuidados,
                        y sólo los hombres capaces de pensar son lectores atentos. Por eso un autor
                        que desee dirigirse únicamente a hombres capaces de pensar debe escribir de
                        tal modo que sólo un lector muy atento pueda descubrir el sentido de su
                        libro. Pero —se objetará— puede haber hombres perspicaces, lectores atentos,
                        que no son dignos de confianza y que, habiendo descubierto al autor, lo
                        denunciarán a las autoridades. En realidad, esta literatura sería imposible
                        si no hubiera un fondo de verdad en la palabra de <persName ref="#socrates"
                            >Sócrates</persName> según la cual la virtud es conocimiento, y entonces
                        los hombres capaces de pensar, en tanto tales, no son crueles sino dignos de
                        confianza. </p>

                    <p> Según otro axioma, que sin embargo sólo tiene sentido en tanto la
                        persecución permanece en los límites del procedimiento legal, un escritor
                        cuidadoso de inteligencia normal es más inteligente que el más inteligente
                        de los censores. Pues el peso de la prueba descansa sobre el censor. Es él,
                        o el acusador público, quien debe probar que el autor sostiene o ha emitido
                            <term type="concept">opiniones heterodoxas</term>. Para lograrlo debe
                        demostrar que ciertas deficiencias literarias de la obra no se deben al
                        azar, sino que el autor ha empleado deliberadamente tal expresión ambigua o
                        tal frase mal construida. Dicho de otro modo, el censor no sólo debe probar
                        que el autor es inteligente y buen escritor en general (pues un hombre que
                        comete intencionalmente equivocaciones por escrito debe poseer el arte de
                        escribir) sino, por sobre todo, que estaba en el nivel habitual de sus
                        capacidades cuando escribía los pasajes incriminados. Pero, ¿cómo probar tal
                        cosa si incluso <persName ref="#homero">Homero</persName> dormita de tiempo
                        en tiempo? </p>

                </div>

                <div n="II">
                    <head>II</head>
                    <p> En el pasado, el <term type="concept">pensamiento independiente</term> ha
                        sido a menudo reprimido. Es razonable suponer que las épocas anteriores han
                        producido proporcionalmente tantos hombres capaces de un pensamiento
                        independiente como los que hoy encontramos, y que al menos algunos de esos
                        hombres combinaban el entendimiento con la prudencia. Así, uno puede
                        preguntarse si algunos de los más grandes escritores del pasado no han
                        adaptado su técnica literaria a las exigencias de la persecución, y
                        presentado exclusivamente <term type="concept">entre líneas</term> sus ideas
                        sobre las cuestiones más cruciales. </p>

                    <p> Lo que nos impide considerar esta posibilidad y más aún considerar las
                        cuestiones que allí se anudan, son ciertos hábitos debidos, o ligados, a un
                        progreso comparativamente reciente de la <term type="concept">investigación
                            histórica</term>. A primera vista ese progreso resulta de la aceptación
                        general y de la aplicación ocasional de los siguientes principios. Se exige
                        que cada período del pasado deba ser comprendido por él mismo y no juzgado
                        según patrones que le son extraños. Cada autor debe, en lo posible, ser
                        interpretado en y por sí mismo; ningún término de importancia debe ser
                        utilizado en la interpretación de un autor que no pueda ser traducido
                        literalmente en su propio lenguaje, y que no haya sido utilizado por él o no
                        haya sido de uso común en su tiempo. Las únicas presentaciones de las ideas
                        de un autor que pueden ser tenidas por verdaderas son las que están
                        justificadas en definitiva por sus propias declaraciones explícitas. Este
                        último principio es decisivo: parece excluir <hi rend="italic:true;">a
                            priori</hi> de la esfera del saber humano aquellas ideas de un autor
                        antiguo que están indicadas exclusivamente <term type="concept">entre
                            líneas</term>. Pues si un autor no se cansa de afirmar explícitamente en
                        cada página de su libro que a es b pero indica <term type="concept">entre
                            líneas</term> que a no es b, el historiador moderno exigirá aún pruebas
                        explícitas que muestren que el autor creía a diferente de b. Es imposible
                        administrar tales pruebas y el historiador moderno triunfa: rechazará toda
                        lectura <term type="concept">entrelíneas</term> como conjetura arbitraria o,
                        si es perezoso, la admitirá a título de conocimiento intuitivo. </p>


                    <p> La aplicación de esos principios ha tenido importantes consecuencias. Hasta
                        no hace mucho tiempo —hombres actualmente vivos pueden aún recordarlo— mucha
                        gente, guardando en el espíritu tales declaraciones famosas de <persName
                            ref="#jean_bodin">Bodin</persName>, <persName ref="#thomas_hobbes"
                        >Hobbes</persName>, <persName ref="#edmund_burke">Burke</persName>, <persName
                            ref="#nicolas_condorcet">Condorcet</persName>, creían en una diferencia de
                        concepción fundamental entre el pensamiento político moderno y el de la
                            <date notBefore="0500" notAfter="1500">Edad Media</date> y la <date
                            notBefore="-0800" notAfter="0500">Antigüedad</date>. La generación
                        actual aprendió de uno de los más famosos historiadores de nuestro tiempo
                        que <cit>
                            <quote>“a partir al menos de los juristas del siglo segundo hasta los
                                teóricos de la Revolución francesa, la historia del pensamiento
                                político es continua, cambiante en su forma, modificándose en su
                                contenido, pero siempre la misma en sus concepciones
                                fundamentales”</quote>
                            <bibl>(<persName ref="#thomas_carlyle">Carlyle</persName>)</bibl>
                        </cit>. Hasta <date notBefore="1840" notAfter="1860">mediados del siglo
                            XIX</date> se pensaba que <persName ref="#averroes">Averroes</persName>
                        había sido hostil a toda religión. <persName ref="#ernest_renan">Renan</persName>
                        combatió con éxito esta idea, hoy tratada como leyenda medieval, y los
                        sabios actuales consideran a <persName ref="#averroes">Averroes</persName>
                        un musulmán leal y creyente. Los autores de otrora habían creído que “la
                        abrogación del pensamiento religioso y mágico” era característica de la
                        actitud de los médicos griegos. Un autor más reciente afirma que <cit>
                            <quote>“los médicos hipocráticos... en tanto hombre de ciencia abrazaron
                                un dogma sobrenatural”</quote>
                            <bibl> (<persName ref="#edelstein">L. Edelstein</persName>)</bibl>
                        </cit>. <persName ref="#gotthold_lessing">Lessing</persName>, uno de los más
                        profundos humanistas de todos los tiempos —en quien la erudición, el gusto y
                        la filosofía se combinaban en un grado extremadamente raro—, estaba
                        convencido de que existen verdades que no deben o no pueden ser proferidas y
                        creía que “todos los antiguos filósofos” habían distinguido entre su
                        enseñanza exotérica y su enseñanza esotérica. Desde que el gran teólogo
                            <persName ref="#schleiermacher">Schleiermacher</persName> afirmó,
                        gracias a un argumento de una competencia inusitada, la tesis de la unidad
                        de la enseñanza platónica, la cuestión del esoterismo de los antiguos
                        filósofos se ha reducido en la práctica a la del sentido de los “discursos
                        exotéricos” de <persName ref="#aristoteles">Aristóteles</persName>. Desde
                        ese punto de vista, uno de los más grandes humanistas del presente afirma
                        que la atribución de una enseñanza secreta a <persName ref="#aristoteles"
                            >Aristóteles</persName> es <cit>
                            <quote>“evidentemente una invención tardía que tiene su origen en el
                                espíritu del neopitagorismo”</quote>
                                <bibl>(<persName ref="#gotthold_lessing">Lessing</persName></bibl>
                        </cit>). Según <persName ref="#edward_gibbon">Gibbon</persName>, <persName
                            ref="#eusebio_de_cesarea">Eusebio</persName>
                        <cit>
                            <quote>“confiesa indirectamente que ha relatado todo lo que podía
                                contribuir a la gloria y suprimido todo lo que podía tender a la
                                vergüenza de la religión”</quote>
                        </cit>. Según un historiador contemporáneo, <cit>
                            <quote>“el juicio de <persName ref="#edward_gibbon">Gibbon</persName> según el
                                cual <title level="m" rend="italic:true;" ref="#eusebio_historia">La Historia
                                    eclesiástica</title> es groseramente injusta, es en sí un
                                veredicto de toma de partido”</quote>
                            <bibl>(<persName ref="#james_shotwell">J.T. Shotwell</persName>)</bibl>
                        </cit>. <date notBefore="1870" notAfter="1900">Hasta fines del siglo
                            XIX</date> muchos filósofos y teólogos tenían a <persName ref="#thomas_hobbes"
                            >Hobbes</persName> por un ateo. Ahora, muchos historiadores rechazan
                        tácita o expresamente esta idea; un pensador contemporáneo, que considera
                        que <persName ref="#thomas_hobbes">Hobbes</persName> no era exactamente un hombre
                        religioso, percibe en sus escritos los lineamientos de una <term
                            type="concept">filosofía neo-kantiana</term> de la religión. <persName
                            ref="#montesquieu">Montesquieu</persName> mismo, así como algunos de sus
                        contemporáneos, hallaba bueno y aún maravilloso el plan del <title level="m"
                            rend="italic:true;" ref="#montesquieu_espiritu_leyes">Espíritu de las leyes</title>,
                            <persName ref="#laboulaye">Laboulaye</persName> creía que la aparente
                        oscuridad de ese plan, así como sus otras deficiencias literarias aparentes,
                        se debían a la censura y a la persecución. Uno de los principales
                        historiadores actuales del pensamiento político, sin embargo, afirma que <cit>
                            <quote>“no hay en verdad mucha coherencia en el contenido”, que “la
                                cantidad de detalles sin pertinencia es extraordinaria” y que “no se
                                puede decir que <title level="m" rend="italic:true;"
                                    ref="#montesquieu_espiritu_leyes">El Espíritu de las leyes</title> de
                                    <persName ref="#montesquieu">Montesquieu</persName> tenga el
                                menor arreglo”</quote>
                            <bibl>(<persName ref="#george_sabine">G.H. Sabine</persName>)</bibl>
                        </cit>. </p>

                    <p> Esta elección de ejemplos, que no es arbitraria, muestra que la diferencia
                        típica entre ideas antiguas e ideas más recientes no se debe sólo al
                        progreso de la exactitud científica, sino que además tiende a un cambio más
                        fundamental en el clima intelectual. Durante algunos de estos últimos
                        decenios la <term type="concept">tradición racionalista</term>, común
                        denominador de las ideas antiguas, y que ejercía aún su influencia sobre el
                            <term type="concept">positivismo del <date notBefore="1801"
                                notAfter="1900">siglo XIX</date></term>, ha sido de más en más
                        transformada o totalmente rechazada por más y más personas. Saber si, y en
                        qué medida, ese cambio debe ser tenido por un progreso o un retroceso, es
                        una cuestión que sólo el filósofo puede responder. </p>

                    <p> Una tarea más modesta se impone al historiador. Exigirá simplemente, y a
                        justo título que, a despecho de todos los cambios que se han producido o se
                        producirán en el clima intelectual, la tradición de la exactitud histórica
                        sea mantenida. En consecuencia, no aceptará un patrón arbitrario de
                        exactitud que podría excluir <hi rend="italic:true;">a priori</hi> del saber
                        humano los hechos más importantes del pasado, pero adaptará las reglas del
                        método que guían su investigación a la naturaleza de su tema. Seguirá
                        entonces reglas como estas: <term type="concept">leer entre líneas</term>
                        está estrictamente prohibido en todos los casos en que el resultado sería
                        menos exacto que si no se lo hiciera. Sólo es legítima una <term
                            type="concept">lectura entre líneas</term> que parta de una
                        consideración exacta de las declaraciones explícitas de un autor. El
                        contexto donde se encuentra una proposición, el género literario de la obra
                        entera así como su plan, deben ser perfectamente comprendidos antes que una
                        interpretación de esta proposición pueda razonablemente pretender ser
                        adecuada o aun correcta. No tenemos el derecho de suprimir un pasaje o de
                        corregir el texto mientras no se hayan considerado todas las posibilidades
                        razonables de comprenderlo tal como es, siendo una de esas posibilidades que
                        el pasaje sea irónico. Si un maestro en el arte de escribir comete
                        equivocaciones de las que se avergonzaría un estudiante inteligente, es
                        razonable suponer que son intencionales, especialmente si el autor discute,
                        aunque sea de pasada, la posibilidad de equivocaciones intencionales en los
                        escritos. Las ideas del autor de un drama o un diálogo no deben, sin previa
                        prueba, ser identificadas a las ideas expresadas por uno o varios de sus
                        personajes, o a las ideas sobre las que están de acuerdo todos sus
                        personajes, o sus personajes simpáticos. La opinión real de un autor no es
                        necesariamente idéntica a la que expresa en la mayoría de los pasajes. En
                        síntesis, no hay que confundir la exactitud con el rechazo, o la incapacidad
                        de ver el bosque para no ver más que los árboles. El historiador
                        verdaderamente exacto tomará su partido de la diferencia que hay entre
                        marcar un punto o probar a casi todo el mundo que se tiene razón, y
                        comprender el pensamiento de los grandes escritores del pasado. </p>

                    <p> Se debe entonces contar con que <term type="concept">leer entre
                            líneas</term> no conduce a un acuerdo completo entre todos los sabios.
                        Si hay allí una objeción a la <term type="concept">lectura entre
                            líneas</term> en tanto tal, se puede responder que los métodos
                        generalmente en uso actualmente no han llegado tampoco a un acuerdo unánime
                        ni siquiera amplio, sobre puntos muy importantes. Los historiadores y
                        filólogos del <date notBefore="1801" notAfter="1900">último siglo</date>
                        estaban inclinados a resolver los problemas literarios recurriendo a la
                        génesis de la obra de un autor e incluso a la génesis de su pensamiento. Las
                        contradicciones o divergencias en un libro, o de un libro a otro del mismo
                        autor, eran consideradas como pruebas de que su pensamiento había cambiado.
                        Si las contradicciones sobrepasaban cierto límite, se decidía a menudo sin
                        prueba externa que una de las obras era apócrifa. Desde hace algún tiempo
                        este procedimiento está bastante desacreditado; muchos sabios retornan a una
                        actitud más prudente con respecto a la tradición literaria y se muestran
                        menos impresionados por los datos puramente internos. No por ello el
                        conflicto entre los tradicionalistas y los hipercríticos ha sido resuelto.
                        Los tradicionalistas pueden mostrar en casos importantes que los
                        hipercríticos no han demostrado sus hipótesis; pero, incluso si todas las
                        respuestas sugeridas por los hipercríticos debieron revelarse falsas
                        finalmente, las cuestiones que los separaron de la tradición y los empujaron
                        a adoptar un nuevo camino testimonian a menudo de una cierta conciencia de
                        dificultades que no turban el sueño del tradicionalista típico. Si se quiere
                        encontrar una respuesta adecuada a las más serias de esas cuestiones es
                        necesario reflexionar metódicamente sobre la técnica literaria de los
                        grandes escritores del pasado por el carácter típico de los problemas
                        literarios en cuestión: oscuridad del plan, contradicciones en un libro o de
                        un libro a otro del mismo autor, omisiones de importantes etapas de la
                        argumentación, etc. Tal reflexión trasciende necesariamente los límites de
                        la estética moderna y aun de la poética tradicional y creo que obligará
                        tarde o temprano a los investigadores a tener en cuenta el fenómeno de la
                        persecución. Para mencionar algo que no es más que otro aspecto del mismo
                        problema, se observa a menudo un conflicto entre una interpretación
                        tradicional superficial y doxográfica de un gran escritor del pasado, y una
                        interpretación monográfica, más inteligente y más profunda. Serán ambas
                        exactas en la medida que estén justificadas por declaraciones explícitas del
                        autor en cuestión. Sin embargo, son pocos los que en la hora actual
                        encararán la posibilidad de que la interpretación tradicional refleje la
                        enseñanza exotérica del autor, mientras que la interpretación monográfica se
                        detiene a medio camino entre su enseñanza exotérica y su enseñanza
                        esotérica. </p>

                    <p> La investigación histórica moderna, nacida en un tiempo en que la
                        persecución se había convertido más en objeto de recuerdos confusos que en
                        una experiencia coactiva, ha neutralizado e incluso destruido una tendencia
                        más antigua de los grandes escritores a <term type="concept">leer entre
                            líneas</term>, o a conceder más peso a su propósito fundamental que a
                        las ideas que más a menudo expresaban. Toda tentativa para hacer revivir la
                        concepción antigua en esta era de historicismo choca con el problema de los
                        criterios que permitirían distinguir una <term type="concept">lectura entre
                            líneas</term> legítima de una ilegítima. Si es verdad que hay una
                        correlación necesaria entre la persecución y el hecho de <term
                            type="concept">escribir entre líneas</term>, entonces existe un criterio
                        negativo necesario: el libro en cuestión debe haber sido escrito en una
                        época de persecución, es decir, en un tiempo en que una u otra ortodoxia
                        política o religiosa era impuesta por la ley o la costumbre. Un criterio
                        positivo es el siguiente: si un escritor de talento, dotado de un espíritu
                        claro y de un perfecto conocimiento de la concepción ortodoxa y todas sus
                        ramificaciones, contradice subrepticiamente y como al pasar una de las
                        presuposiciones o un principio de la concepción ortodoxa, reconociéndola y
                        sosteniéndola explícitamente en todas las otras partes, podemos suponer
                        razonablemente que él se oponía al sistema ortodoxo en tanto tal, y debemos
                        ponernos a estudiar su libro entero con mucho más cuidado y menos ingenuidad
                        de lo que jamás lo habíamos hecho. En algunos casos poseemos pruebas
                        explícitas de que el autor ha indicado sus opiniones sobre los temas más
                        importantes exclusivamente <term type="concept">entre líneas</term>. Tales
                        declaraciones, sin embargo, no se encuentran habitualmente en el prefacio de
                        un libro u otros lugares llamativos. Y corremos el riesgo de no observarlas,
                        menos aún comprenderlas, si nos atenemos al candor o sinceridad que
                        prevalecen en la concepción de la persecución y en la actitud hacia la
                        libertad de palabra en el curso de los <date>tres últimos siglos</date>. </p>

                </div>

                <div n="III">
                    <head>III</head>
                    <p> El término persecución recubre una gran variedad de fenómenos, desde los más
                        crueles, representados por la <name type="institution">Inquisición
                            española</name>, a los más benignos, como el ostracismo social. Entre
                        esos dos extremos se sitúan los tipos más importantes desde el punto de
                        vista de la historia literaria e intelectual. Se encuentran ejemplos en la
                            <placeName ref="#atenas">Atenas</placeName> del <date notBefore="-0499"
                            notAfter="-0300">siglo V y IV antes de JC</date>, en ciertos países
                        musulmanes al <date notBefore="0500" notAfter="0800">comienzo de la Edad
                            Media</date>, en la <placeName ref="#holanda">Holanda</placeName> y la
                            <placeName ref="#inglaterra">Inglaterra</placeName> del <date
                            notBefore="1601" notAfter="1700">siglo XVII</date> y en la <placeName
                            ref="#francia">Francia</placeName> y la <placeName ref="#alemania"
                            >Alemania</placeName> del <date notBefore="1701" notAfter="1800">siglo
                            XVIII</date>, todos períodos comparativamente liberales. Pero una ojeada
                        a las biografías de <persName ref="#anaxagoras">Anaxágoras</persName>,
                            <persName ref="#protagoras">Protágoras</persName>, <persName
                            ref="#socrates">Sócrates</persName>, <persName ref="#platon"
                            >Platón</persName>, <persName ref="#xenofon">Xenofón</persName>,
                            <persName ref="#aristoteles">Aristóteles</persName>, <persName
                            ref="#avicena">Avicena</persName>, <persName ref="#averroes"
                            >Averroes</persName>, <persName ref="#maimonides">Maimónides</persName>,
                            <persName ref="#grotius">Grotius</persName>, <persName ref="#rene_descartes"
                            >Descartes</persName>, <persName ref="#thomas_hobbes">Hobbes</persName>,
                            <persName ref="#spinoza">Espinoza</persName>, <persName ref="#john_locke"
                            >Locke</persName>, <persName ref="#pierre_bayle">Bayle</persName>, <persName
                            ref="#christian_wolff">Wolff</persName>, <persName ref="#montesquieu"
                            >Montesquieu</persName>, <persName ref="#voltaire">Voltaire</persName>,
                        <persName ref="#rousseau">Rousseau</persName>, <persName ref="#gotthold_lessing"
                            >Lessing</persName> y <persName ref="#kant">Kant</persName>, y en
                        algunos casos una ojeada a los títulos de sus libros, es suficiente para
                        mostrar que ellos han conocido o sufrido, al menos durante una parte de su
                        vida, una clase de persecución más tangible que el ostracismo social. No
                        olvidemos tampoco el hecho, no suficientemente subrayado por las
                        autoridades, de que persecución religiosa y persecución de la investigación
                        intelectual libre no son idénticas. Hubo tiempos y países en que todas las
                        confesiones o al menos gran parte de ellas eran admitidas, pero en los que
                        la investigación intelectual libre no lo era. </p>

                    <p> La actitud que un hombre adopta con respecto a la <term type="concept"
                            >libertad de discusión pública</term> depende de manera decisiva de lo
                        que piensa de la educación popular y sus límites. Hablando en general, los
                        filósofos premodernos desde este punto de vista eran más reticentes que los
                        filósofos modernos. A partir de <date notBefore="1640" notAfter="1660"
                            >alrededor de la mitad del siglo XVII</date> un número creciente de
                        filósofos heterodoxos que habían sufrido persecuciones publicaron sus libros
                        no sólo para comunicar sus pensamientos sino también porque querían
                        contribuir a abolir la persecución en tanto tal. Creían que la represión de
                        la investigación libre y de la publicación de los resultados de la
                        investigación libre era un accidente debido a un defecto de constitución del
                        cuerpo político, y que el reino de las tinieblas generales podría hacer
                        lugar a la república de las luces universales. Esperaban ver llegar un
                        tiempo en que gracias a los progresos de la educación popular, sería posible
                        una libertad de palabra prácticamente completa o —para exagerar con el
                        objetivo e clarificar— un tiempo en el que no haría mal a nadie escuchar
                        alguna verdad cualquiera que fuera. Disimulaban sus ideas justo lo
                        suficiente para premunirse lo más posible de la persecución; si hubieran
                        sido más sutiles habrían estado contra sus propias intenciones, las de
                        esclarecer a un número cada vez mayor de personas que no eran filósofos
                        potenciales. Por eso es relativamente fácil <term type="concept">leer entre
                            líneas</term> en sus libros. La actitud de un tipo más antiguo de
                        escritores era fundamentalmente diferente. Creían que el abismo que separa a
                        “los sabios” del hombre “vulgar” era un hecho fundamental de la naturaleza
                        humana que no podía influenciar ningún progreso de la educación popular: la
                        filosofía, o la ciencia eran esencialmente el privilegio de “algunos”.
                        Estaban convencidos de que la filosofía en tanto tal es sospechosa a los
                        ojos de la mayoría de los hombres, que incluso hasta la odian. Aún si no
                        hubieran tenido nada que temer de tal o cual potencia política, los hombres
                        que partían de esta hipótesis habrían llegado a la conclusión de que la
                        comunicación pública de la verdad filosófica o científica era imposible o
                        indeseable, no sólo para un tiempo, sino para todos los tiempos. Debían
                        disimular sus opiniones frente a todos salvo los filósofos, sea limitándose
                        a la instrucción oral de un grupo de alumnos cuidadosamente elegidos, sea no
                        escribiendo sobre los temas más importantes sino por <q who="#platon"
                            >“breves indicaciones”</q> (<persName ref="#platon">Platón</persName>). </p>

                    <p> Los escritos son naturalmente accesibles a todos los que saben leer. Así, un
                        filósofo que eligiera la segunda vía no podría exponer más que opiniones que
                        fueran apropiadas para la mayoría no filosófica; todos sus escritos habrían
                        de ser, estrictamente hablando, exotéricos. Esas opiniones no podrían ser
                        bajo ningún punto de vista conformes a la verdad. Siendo un filósofo, es
                        decir odiando sobre todo “la mentira en el alma”, tal hombre no podría
                        engañarse a sí mismo sobre el hecho de que tales opiniones no son más que
                        “cuentos verosímiles”, “nobles mentiras”, “opiniones probables”, y tendría
                        que dejar a sus lectores filósofos el cuidado de desgajar la verdad de su
                        presentación poética o dialéctica. Pero iría contra sus propias intenciones
                        si indicara claramente cuál de sus afirmaciones expresa una noble mentira, y
                        cuál la verdad más noble aún. Para sus lectores filósofos, haría más que
                        suficiente atrayendo su atención sobre el hecho de que no hubiera objeción
                        en contar mentiras nobles o cuentos que sólo se parecen a la verdad. Desde
                        el punto de vista, al menos, del historiador de la literatura, ninguna
                        diferencia es más notable entre el filósofo premoderno típico (que es
                        difícil de distinguir del poeta premoderno), y el filósofo moderno típico,
                        que su diferencia de actitud hacia las “nobles (o justas) mentiras”, los
                        “fraudes piadosos”, el “<hi rend="italic:true;">ductus obliquus</hi>”
                            (<persName ref="#tomas_moro">T. Moro</persName>) o la “economía de la verdad”.
                        Todo lector moderno decente no puede sino ser ofendido por la simple
                        sugestión de que un gran hombre podría haber engañado deliberadamente a la
                        gran mayoría de sus lectores. Y sin embargo, como ya lo ha observado un día
                        un teólogo liberal, esos imitadores del astuto <persName
                            type="literary_character">Ulises</persName> eran quizás simplemente más
                        sinceros que nosotros cuando llamaban “mentir noblemente” lo que nosotros
                        llamaríamos “tener en cuenta nuestras responsabilidades sociales”. </p>

                    <p> Así un libro exotérico contiene dos enseñanzas: una enseñanza popular de
                        carácter edificante, que está en primer plano; y una enseñanza filosófica
                        que concierne al tema más importante, indicada sólo <term type="concept"
                            >entre líneas</term>. Lo que no es negar que grandes escritores hayan
                        podido expresar ciertas verdades importantes abiertamente, poniéndolas en
                        boca de algún personaje poco recomendable: habrían así mostrado cuánto
                        desaprobaban que sean proferidas las verdades en cuestión. No por nada,
                        entonces, se encontraría en la más grande literatura del pasado tantos
                        diablos, locos, mendigos, sofistas, borrachos, epicúreos y bufones
                        interesantes. Sin embargo, aquellos a quienes se dirigen esos libros en
                        verdad no son ni la multitud no filosófica, ni el perfecto filósofo en tanto
                        tal, sino los jóvenes susceptibles de devenir filósofos: los filósofos
                        potenciales son conducidos paso a paso desde las concepciones populares, que
                        son indispensables por razones prácticas y políticas hacia la verdad que es
                        pura simplemente teórica, guiados como lo son por ciertos hierazos
                        bizarramente enigmáticos en la presentación de la enseñanza popular
                        —oscuridad del plan, contradicciones, pseudónimos, repeticiones inexactas de
                        afirmaciones anteriores, expresiones extrañas, etc. Tales huellas no turban
                        el sueño de aquellos a quienes los árboles impiden ver el bosque, pero
                        actúan como piedras de tropiezo para los que son capaces de verla. Todos los
                        libros de ese género deben su existencia al amor del filósofo confirmado por
                        los “jóvenes perros” de su raza, por quienes desea ser amado en devolución:
                        todos los libros exotéricos son “discursos escritos causados por el amor”. </p>

                    <p> La literatura exotérica presupone que existen verdades fundamentales que
                        ningún hombre decente proferiría en público porque harían mal a mucha gente
                        que, herida, estaría a su vez inclinada a herir a quien profiere las
                        verdades displacientes. Presupone, en otros términos, que la libertad de
                        investigación y publicación de todos los resultados de la investigación, no
                        está garantizada como un derecho fundamental. Esta literatura está así
                        ligada a una sociedad que no es liberal. Se puede entonces plantear la
                        cuestión de saber para qué serviría en una sociedad verdaderamente liberal.
                        La respuesta es simple. En el <title level="m" rend="italic:true;"
                            ref="#platon_banquete">Banquete</title> de <persName ref="#platon"
                            >Platón</persName>, <persName ref="#alcibiades">Alcibíades</persName>
                        —ese hijo del hablar franco de una <placeName ref="#atenas"
                            >Atenas</placeName> de hablar franco— compara a <persName
                            ref="#socrates">Sócrates</persName> con ciertas esculturas que, muy feas
                        por fuera, por dentro están llenas de imágenes muy bellas de cosas divinas.
                        Las obras de los grandes escritores del pasado son muy bellas incluso vistas
                        por fuera. Y sin embargo su belleza visible es pura fealdad comparada con la
                        belleza de esos tesoros ocultos que sólo se develan después de un trabajo
                        muy largo, jamás fácil, pero siempre placentero. Ese trabajo, siempre
                        difícil pero siempre placentero es, yo creo, lo que los filósofos tenían en
                        vista cuando subrayaban la importancia de la educación. La educación para
                        ellos era la única respuesta para esta cuestión siempre acuciante, para la
                        pregunta política por excelencia: ¿cómo reconciliar un orden que no sea
                        opresión con una libertad que no sea licencia? </p>

                </div>
            </div>
        
         <div type="text" subtype="crítica">

            <head>El festín de la letra. A la manera de <persName ref="#rabelais"
                  >Rabelais</persName></head>
            <byline><persName ref="#eduardo_gruner">Eduardo Grüner</persName></byline>

            <epigraph>
               <quote>Quien está dispuesto a trabajar engendra a su propio padre</quote>
               <bibl><persName ref="#soren_kierkegaard">Søren Kierkegaard</persName></bibl>
            </epigraph>

            <epigraph>
               <quote>Lo que es terrible de pensar... es que la lengua de <persName ref="#rabelais"
                  >Rabelais</persName> hubiera podido
                  convertirse en la lengua francesa.</quote>
               <bibl><persName ref="#louis_ferdinand_celine">Louis-Ferdinand Céline</persName></bibl>
            </epigraph>
            <div n="I">
               <head>I</head>
               <p> Se cuenta que <persName ref="#bocaccio">Bocaccio</persName>, atravesando el
                     <placeName ref="#reino_napoles">reino de Nápoles</placeName>, y ávido de
                   visitar la biblioteca del célebre <placeName ref="#monte_cassino">monasterio de Monte Cassino</placeName>, solicitó a un monje le hiciera la gracia de hacerla
                  abrir; a lo que aquél, solícito, respondió: “Suba usted, está abierta.” El
                  estupefacto narrador ingresó a un local ruinoso, sin puertas, invadido por tenaces
                  enredaderas que entraban por las ventanas, en el cual se podían ver numerosos
                  volúmenes de los maestros de la antigüedad a los que faltaban cuadernillos enteros
                  y se les habían cortado los bordes de las páginas. Indignado y dolorido, exigió
                  explicaciones a uno de los internos, quien le respondió que los monjes, para ganar
                  unos pocos dineros, arrancaban un cuadernillo de vez en cuando y confeccionaban
                  con él pajaritas que vendían a los niños. Otros, con los márgenes recortados,
                  hacían breviarios que vendían a las damas. </p>
               <p> Hacia la misma época, <persName ref="#petrarca">Petrarca</persName> escribía: <cit>
                     <quote>“¿Por qué trabajar sin cesar en el vacío, oh desdichados, y ejercitar
                        vuestro espíritu en vanas sutilezas? ¿Por qué olvidar la realidad de las
                        cosas para envejecer entre las palabras y, con los cabellos blancos y la
                        frente arrugada, ocuparos aún de <hi rend="italic:true;"
                        >niñerías</hi>?”</quote>
                  </cit>
               </p>
               <p> En la <date notBefore="0500" notAfter="1500">Edad Media</date>, la palabra, en su
                  pura materialidad, es juego de niños o de damiselas frívolas. Mientras que la
                  “realidad” de los sentidos, profana y prosaica, es la estofa folklórica y <hi
                     rend="italic:true;">menor</hi> del pueblo bajo y su espíritu "carnavelesco". Es
                  otra "realidad" (concebida como la única auténtica) la que designará el lenguaje
                  en su pasaje del Mito antiguo al <term type="concept">Símbolo cristiano</term>:
                  detrás de ella, oculto pero incuestionable, el sentido general y eterno de lo
                  propiamente inexpresable que se nombra como la Fe. </p>
               <p> El <date notBefore="1301" notAfter="1700">Renacimiento</date>, por el contrario,
                  hará de la Palabra de los antiguos un espacio cultural con el cual mimetizarse,
                     <hi rend="italic:true;">modelo</hi> de imitación y estima: la dignidad y el
                  orgullo del artista consistirá en su habilidad para el reflejo del <hi
                     rend="italic:true;">ejemplo</hi>, en su fidelidad al original. El Mimo y el
                  Bufón son las figuras que ilustrarán esta doble distancia: entre el original y su
                  simulacro, entre la espiritualidad de los “altos” y el materialismo sensual de los
                  “bajos”. <persName ref="#rabelais">Rabelais</persName> acometerá, con una pasión
                  imposible y utópica, la transgresión de semejante iconografía yuxtaponiendo las
                  dos figuras en una escritura que es un verdadero caldero hereje, aporeico, donde
                  la coexistencia de los contrarios gobierna la diagonal que une la imitación
                  burlona paródica, casi circense, con el rescate de una Palabra radicalmente <hi
                     rend="italic:true;">lúdica</hi>, palabra “infantil” que se goza en una
                  musicalidad rítmica y musical desintegrando la compulsiva subordinación a las
                  lenguas prestigiosas (griego y sobre todo latín) en su recurso a un francés cuya
                  apariencia “baja” no necesariamente lo hace popular, como se ha tendido a pensar
                  demasiado a menudo, y que con el mismo gesto desarticula la vertiente normativa de
                  la lengua materna con sus juegos de palabras, deformaciones, anagramas,
                  invenciones y “chistes” verbales. Con un pie puesto en el manierismo más
                  desenfrenado y una mano tironeando aún de las “niñerías” medievales, <persName
                     ref="#rabelais">Rabelais</persName> lanza sus carcajadas al <term
                     type="concept">Orden Dorado del clasicismo renacentista</term>, si bien, ya lo
                  veremos, no deja de aprovechar muchos elementos de ese Orden, y se apropia los <hi
                     rend="italic:true;">restos</hi> de la cultura medieval —los cuadernillos
                  arrancados, los márgenes recortados, las “vanas sutilezas” que aterrorizan a
                     <persName ref="#petrarca">Petrarca</persName>, la mascarada carnavalesca y por
                  momentos apocalíptica de las masas incultas— para transformarlas en objetos
                  imaginarios de un permanente diferido deseo de llegar a los bordes mismos del
                  lenguaje, con un impulso perverso que ningún temor por las analogías fáciles me
                  impedirá calificar nuevamente de <hi rend="italic:true;">infantil</hi>, por lo que
                  tiene de tal ese goce de una palabra <hi rend="italic:true;">masticada</hi>
                  deglutida, escupida y vomitada con la misma fruición sensual con que los niños
                  transforman su papilla obscena en una materia que se puede agarrar con las manos y
                  arrojar al rostro escandalizado de los adultos. </p>

            </div>

            <div n="II">
               <head>II</head>
               <p>Dato curioso: si <title level="m" ref="#rabelais_gargantua_pantagruel">“Gargantúa y
                     Pantagruel”</title> ha merecido entrar algo oblicuamente en las <hi
                     rend="italic:true;">oralidades</hi> de la literatura por el desvío del cuento
                  infantil, en el interior mismo de su trama el nudo de la transmisión se desata por
                  una palabra escrita. El inventario no poco delirante de las voluntades patemas y
                  su correlato de obligaciones filiales se puede encontrar en una <hi
                     rend="italic:true;">carta</hi> que <persName type="literary_character"
                     >Gargantúa</persName> escribe a su hijo (capítulo VIII del <title level="m"
                     ref="#rabelais_gargantua_pantagruel">Libro de Pantagruel</title>). No es indiferente que
                  ese inventario se refiera a una inaudita acumulación de saberes: lenguas —griego,
                  latín, hebreo, caldeo y arábigo—, ciencias y “artes liberales" -Historia y
                  Cosmografía, geometría, aritmética y música, Astronomia, Derecho Civil y
                  Filosofía, Teología, medicina y anatomía—, sin olvidar, por supuesto, las lecturas
                  bíblicas, talmúdicas y cabalísticas, dejando a un lado tan sólo <q
                     source="#rabelais_gargantua_pantagruel">“la Astrología adivinatoria y el arte de Lulio,
                     como cosas tontas y vanas”</q>. Indudable documento de lo que el <date
                     notBefore="1350" notAfter="1500">primer Renacimiento</date> consideraba como
                  ideal pedagógico para un adolescente, y, también, procedimiento típicamente
                  renacentista de acumulación de objetos de diversa índole, si bien en el discurso
                  del <date notBefore="1301" notAfter="1700">Renacimiento</date> esa figura buscaba
                  la creación de un tipo nuevo —o, más bien, reeditado— de Orden, mientras en
                     <persName ref="#rabelais">Rabelais</persName> parece antes sugerir la
                  posibilidad de socavar cualquier codificación bajo la apariencia de una estricta
                  “racionalidad" taxonómica, a la manera en que coetáneamente acumulaba sus
                  iconografías monstruosas <persName ref="#bosco">el Bosco</persName>, dando cuenta
                  de lo que podía haber de propiamente grotesco y aún siniestro en la aparente
                  generosidad de una Naturaleza asfixiante por su propia abundancia. Así, la ilusión
                  narrativa hace lugar a un dispositivo antinarrativo por excelencia, introduciendo
                  —más como inquieta sensación que como “realidad” aprehensible— el elemento de lo
                     <hi rend="italic:true;">interminable</hi>: la rigidez de una convención
                  identificable como escolástica (el <hi rend="italic:true;">catálogo</hi> promovido
                  al rango de verdadera figura retórica) deja paso a una discontinuidad entre el <hi
                     rend="italic:true;">procedimiento</hi> (renacentista) y el <hi
                     rend="italic:true;">efecto</hi> (grotesco-manierista). En la enumeración, por
                  otra parte, no deja de resonar con notas un tanto irónicas el eco de una ideología
                  donde el Saber enciclopédico es el mejor legado de un Padre.</p>

               <p>Pero donde verdaderamente se articula, en la por cierto pantagruélica carta de
                     <persName type="literary_character">Gargantúa</persName>, la función de lo <hi
                     rend="italic:true;">escrito</hi>, es en la postulación de los <hi
                     rend="italic:true;">modelos</hi> a imitar: <cit>
                     <quote source="#rabelais_gargantua_pantagruel">“que formes tu estilo, en cuanto al
                        griego, a la manera de <persName ref="#platon">Platón</persName> en cuanto
                        al latín, a la de <persName ref="#ciceron">Cicerón</persName> y <persName
                           ref="#quintiliano">Quintiliano</persName>”</quote>
                  </cit>. Mimesis y simulacro de los antepasados, el “estilo” se define como <hi
                     rend="italic:true;">la escritura según el Padre</hi> —el padre de <persName
                     type="literary_character">Pantagruel</persName>, los padres venerables de la
                  retórica y la estilística— y la cuidadosa omisión de la Madre, desde que las
                  recomendaciones valen únicamente para el griego y el latín: nada se dice de la
                  lengua materna. ¿No se querrá decir que la <hi rend="italic:true;"
                     >apropiación</hi> de un estilo es por fuerza enemiga de la <hi
                     rend="italic:true;">propiedad</hi> de un habla contaminada por los flujos de la
                  oralidad en la <hi rend="italic:true;">matriz</hi> lingüística? No se puede evitar
                  la impresión incómoda de estar ante una verdadera teoría de la transmisión, que,
                  como conjetura <persName ref="#gilbert_dubois">Gilbert-Dubois</persName> coloca al
                  hijo en un lugar privilegiado, encrucijada del pasado y el futuro, y hace de él a
                  la vez un receptor y un amplificador.</p>

               <p>El tercer párrafo de la carta es esclarecedor en su estilo a la vez programático y
                  profético: <cit>
                     <quote source="#rabelais_gargantua_pantagruel">“Por este medio de propagación seminal
                        queda y permanece en los hijos lo que se pierde en los padres, y en los
                        nietos lo que se pierde con los hijos, y así sucesivamente hasta la hora del
                        juicio final, cuando <persName ref="#jesus">Jesucristo</persName> haya
                        devuelto a su Padre su reino pacífico, libre de todo mal y contaminación de
                        pecado, porque entonces cesarán todas las generaciones y contaminaciones,
                        quedarán los elementos fuera de sus trasmutaciones continuas, porque la paz
                        tan deseada se verá consumada y perfecta, y todas las cosas habrán llegado
                        al fin y término de su perfección”</quote>
                  </cit>. “El reino del Hijo”, esa cosmología propiamente cristiana, no puede sino
                  ser un interregno <hi rend="italic:true;">histórico</hi> en un doble sentido:
                  porque a partir de su instauración empiezan a contarse las generaciones, y porque
                  reconoce sus límites, que son los limites mismos del Tiempo, en el triunfo del
                  Padre, apoteosis de la absoluta Identificación en el que todas las distinciones
                  quedan abolidas en la in-diferencia de lo Unico y lo Mismo. ¿Se ve aquí cómo la
                  vertiente de lo escrito también puede conducir a la disolución del estilo?
                  Particularmente si en esa vertiente nos limitamos a leer un tanto estrechamente
                  las virtudes de lo simbólico puro, hipostasiándolo como paradigma de lo
                  no-contaminado por los vicios de la “realidad”, o, mejor, de lo real. Hay en la
                  misma carta de <persName type="literary_character">Gargantúa</persName>, una
                  suerte de saber instituido sobre las relaciones entre esas dos instancias: <cit>
                     <quote source="#rabelais_gargantua_pantagruel">“En tí, pues, vive la imagen de mi
                        cuerpo; si en forma parecida no relumbraran las virtudes del alma, no te
                        consideraría como guarda y tesorero de la inmortalidad de nuestro nombre, y
                        el placer que tendría viéndote sería bien pequeño al considerar que <hi
                           rend="italic" resp="#eduardo_gruner">la peor de mis partes, que es el
                        cuerpo</hi>, permanecía, <hi rend="italic" resp="#eduardo_grüner">y la mejor, que es
                           el alma, por la que queda el nombre</hi> y recibe la bendición de los
                        hombres, aparecía degenerada y bastardeada”</quote>
                  </cit>
                  <note type="editorial" resp="#eduardo_gruner">(subrayados míos, <persName ref="#eduardo_gruner">EG</persName>)</note>. Está clarísima
                  la oposición postulada entre <hi rend="italic:true;">lo mejor</hi> del nombre y
                     <hi rend="italic:true;">lo peor</hi> del cuerpo. A este cuerpo que <hi
                     rend="italic:true;">habla</hi>, contaminado, materno, se opone un nombre que
                     <hi rend="italic:true;">escribe</hi>, inscribiendo en la carne transitoria la
                  transitividad de un significante que conduce a la inmortalidad del alma.</p>

               <p>Sin embargo, la imagen del cuerpo degradado en <persName ref="#rabelais"
                     >Rabelais</persName> (y convendría no olvidar, cualquiera sea nuestra
                  repugnancia por el dato biográfico, que <persName ref="#rabelais"
                     >Rabelais</persName> era médico) no parece ser tan simple: <persName
                     ref="#bajtin">Bajtin</persName> ha mostrado que lo <hi rend="italic:true;"
                     >alto</hi> y lo <hi rend="italic:true;">bajo</hi> —la boca y el culo, por
                  ejemplo— se oponen, según una lógica rigurosamente topográfica como el cielo y la
                  tierra, donde ésta última es principio de absorción (la tumba y el vientre) y a la
                  vez de nacimiento y resurrección (el seno materno). Al degradar, al “hacer
                  descender” el cuerpo hacia lo bajo, hacia la tierra, se amortaja y se siembra a la
                  vez, se mata y se da a luz algo superior. No obstante su verosimilitud, no puedo
                  evitar resistirme a esta interpretación simbológica cuya astucia está timoneada
                  por una voluntad de <hi rend="italic:true;">revalorizar</hi> (¿debería decir
                  “sublimizar”?) un cierto goce escatológico del cuerpo que en <persName
                     ref="#rabelais">Rabelais</persName> pasa, precisamente, por la degradación del
                  objeto, por su <hi rend="italic:true;">ridiculización</hi>, efecto que no proviene
                  de ningún otro lado que de un movimiento de defensa ante la puesta en contacto de
                  elementos semánticamente disímiles pero evocadores de una <hi rend="italic:true;"
                     >verdad</hi> aterrorizante: cuando <persName type="literary_character"
                     >Gargantúa</persName> limpia sus excrementos <q source="#rabelais_gargantua_pantagruel"
                     >“con el tapaboca de terciopelo de una señorita”</q> (obsérvese de paso la
                  eliminación de los opuestos alto/bajo, de una supuesta distancia entre la boca y
                  el culo) <q source="#rabelais_gargantua_pantagruel">“y me pareció bueno, pues la blandura
                     de su seda me produjo una voluptuosidad indecible en el trasero”</q>, sentimos,
                  en el inicio del célebre pasaje de la lista de los limpiaculos, que lo cómico, lo
                  ridículo o grotesco, comienza a funcionar como verosimil genérico que permite dar
                  un paso al costado para que se pueda articular una transgresión que desborda el
                  vaso del placer para precipitarse en el <hi rend="italic:true;">exceso</hi>. Para
                  cuando hemos llegado a <q source="#rabelais_gargantua_pantagruel">“limpiándome con los
                     guantes de mi madre, bien perfumados de benjuí”</q>, ya no hay más remedio que
                  considerar seriamente a la Risa como <hi rend="italic:true;">excusa</hi>.</p>

               <p>Admitiré, de todos modos, que la oposición de la <hi rend="italic:true;">boca</hi>
                  —lugar del alimento y la palabra— y el <hi rend="italic:true;">culo</hi> —lugar
                  del excremento y la ventosidad— hace operar, en otro registro, la oposición entre
                  la <hi rend="italic:true;">creación</hi> y el <hi rend="italic:true;"
                  >desecho</hi>, entre la plenitud del sentido y su casi total ausencia (esa
                  “voluptuosidad indecible”) pero donde, por un sutil deslizamiento del tono, del
                  acento, de los subrayados suprasegmentales sólo posibles en una escritura
                  profusamente <hi rend="italic:true;">oral</hi> —nuevamente <persName
                     ref="#rabelais">Rabelais</persName> se ríe de las alteridades topográficas
                  cuando es capaz de <hi rend="italic:true;">hablar</hi> del culo—, es este último
                  término, el “vacío”, el que se encuentra realmente privilegiado. El vacío, es
                  decir la ausencia de un <hi rend="italic:true;">centro</hi> que pueda situarse
                  como eje de un volumen consistente. La desgeometrización del cuerpo corre
                  paralela, a través de todo el texto, con una definición de la divinidad —<q>“esfera
                  cuyo centro está en todas partes y en ningún lugar tiene circunferencia”</q>— que
                     <persName ref="#rabelais">Rabelais</persName> toma de la doctrina de <persName
                     ref="#hermes_trismegisto">Hermes Trismegisto</persName>, y que permite eliminar todas
                  las jerarquías, <hi rend="italic:true;">igualar</hi> todos los <hi
                     rend="italic:true;">lugares</hi>. Al dislocar la diferencia entre lo “alto”,
                  sitial del cielo y la cabeza, de la boca y el pensamiento, y lo “bajo”, residencia
                  del culo y el excremento, del “mal viento” y el Infierno, <persName ref="#rabelais"
                     >Rabelais</persName> se burla, de paso, de las simbologías dualistas medievales
                  y de la concepción del cuerpo como fachada, como superficie cerrada y cárcel del
                     <hi rend="italic:true;">ánima</hi>, para abrirlo a una continuidad con el
                  Mundo, por el que el cuerpo se desparrama, estallando y fragmentándose en una
                  desrealización gozosa que tiene más de retorno de lo infantil reprimido que de
                  explosión psicótica.</p>

               <p>En fin, volvamos a la carta. Otra vez, la evitación de una referencia cualquiera a
                  la “lengua madre” promueve el presentimiento angustiante de que “la inmortalidad
                  del alma” esté trabajada desde su interior por la carcoma de una mortalidad, de
                  una <hi rend="italic:true;">mortificación</hi> inmanente a esas lenguas congeladas
                  a esos estilos petrificados del pasado cuya escritura <persName
                     type="literary_character">Gargantúa</persName> confunde quizá con su propio
                  nombre. Después de todo, ¿qué puede ser más inmortal que lo que ya está
                  muerto?</p>

               <p>Es cierto, como dice <persName ref="#gilbert_dubois">Dubois</persName>, que esta
                  solución de continuidad y progreso entre padre e hijo (y entre modelo e imitación)
                  puede ser tomada como una alegoría de la actitud reverencial típicamente
                  clasicizante que en la lengua francesa continuarán <persName ref="#pierre_ronsard"
                     >Ronsard</persName>, <persName ref="#du_bellay">Du Bellay</persName> y
                     <persName ref="#montaigne">Montaigne</persName>, y entre cuyas bambalinas
                  vendrá a ocultarse la confianza apolínea en un sujeto dotado de una <term
                     type="concept">Razón universal</term>. Pero es imposible no sospechar que el
                  alma “clásica” de la escritura rabelesiana está contaminada por un cuerpo de otra
                  especie (a falta de mejor rótulo lo he llamado manierista), especie de <hi
                     rend="italic:true;">otro</hi> cuerpo cuyas fisiologías hiperbólicas, cuyas
                  opulencias anticlásicas tienen mucho menos que ver con las exactitudes anatómicas
                  de <persName ref="#da_vinci">Leonardo</persName> que con los fantásticos y
                  heteróclitos cuerpos minerales, vegetales o frutimarinos de <persName
                     ref="#arcimboldo">Arcimboldo</persName>, en los que la <hi rend="italic:true;"
                     >risibilidad</hi> alberga siempre una sombra inquietante expresada por un
                  cierto disgusto.</p>

               <p>Una presunta “teoría de las generaciones” en <persName ref="#rabelais"
                     >Rabelais</persName> no podría evitar, por otra parte, una mirada de reojo al
                  hecho real (¿de qué otra manera designarlo?) de que <persName ref="#rabelais"
                     >Rabelais</persName> escribió primero las aventuras de <persName
                     type="literary_character">Pantagruel</persName> y luego “inventó” a su padre
                     <persName type="literary_character">Gargantúa</persName>. Ese gesto —en el que
                  el orden de las generaciones aparece invertido— no es ajeno tal vez en su fecunda
                  negatividad a la <term type="concept">paradoja borgiana</term> según la cual cada escritor crea a sus propios
                  precursores. Pero tampoco es ajeno, por la misma razón a un estilo que hace de la
                  imitación del modelo un dispositivo de utilería en el que la semejanza es la marca
                  misma de la diferencia (como esas escenografías teatrales cuya similitud con la
                  realidad subrayan justamente la convención), pretexto mimético que propicia una
                  identificación auténticamente paterna sin obturar el paso de la lengua materna.
                     <persName ref="#rabelais">Rabelais</persName>, como se sabe, ni siquiera
                  inventó sus personajes: los toma de <title level="m" ref="#cronicas_gargantua">“Las grandes e inestimables
                     crónicas de Gargantúa”</title>, de gran celebridad popular durante toda la
                     <date notBefore="1301" notAfter="1500">Baja Edad Media</date>. Pero que el
                  texto de <persName ref="#rabelais">Rabelais</persName> pueda ser explicado como su
                     <term type="concept"><hi rend="italic:true;">parodia</hi></term>, sin más ni
                  más, no parece tan sencillo.</p>

               <p>Se podría decir que la <term type="concept">parodia</term> es la extensión a la
                  gran sintagmática narrativa del tropo paradigmático conocido por <term
                     type="concept"><hi rend="italic:true;">ironía</hi></term>: para ponerse en
                  funcionamiento exige, en primer lugar, un trabajo de <hi rend="italic:true;"
                     >silepsis</hi> (alteración de la concordancia entre el nivel literal y el
                  referencial), y luego un <term type="concept"><hi rend="italic:true;">acto de
                        lectura</hi></term> dirigido más allá del texto como unidad semántica o
                  sintáctica, hacia la “decodificación” de un sesgo valorativo externo (que en el
                  caso de la sátira, distinguible a su vez de la parodia, alcanza a una conducta
                  social cualesquiera sobre la que se intenta moralizar). Estructuralmente, la,
                  parodia podría pues definirse como una síntesis “bitextual” que funciona siempre
                  de manera paradójica (<hi rend="italic:true;">para/doxa</hi> y <hi
                     rend="italic:true;">para/odos</hi> revelan un origen etimológico compartido)
                  buscando la vía de una transgresión de la <hi rend="italic:true;">doxa</hi>
                  literaria. Así, la parodia operacionaliza en el plano macroscópico (textual) lo
                  que la ironía posibilita en el plano microscópico (semántico), por una
                  superposición de niveles (lo que se dice, lo que se hace escuchar). Si bien no
                  habría que descartar del todo la posibilidad de una parodia “respetuosa” (podrían
                  encontrarse ejemplos no solamente en las llamadas “metaficciones” modernas, sino
                  también en las parodias litúrgicas de la <date notBefore="0500" notAfter="1500"
                     >Edad Media</date>, en el género imitativo renacentista e incluso en el género
                  carnavalesco al que se refiere <persName ref="#bajtin">Bajtin</persName>), no cabe
                  duda que su definición genérica implica una valoración <hi rend="italic:true;"
                     >peyorativa</hi> del texto parodiado.</p>

               <p>No es este exactamente el caso de <persName ref="#rabelais">Rabelais</persName>.
                  La figura que conviene a su escritura, más que la ironía, es el <hi
                     rend="italic:true;">oximoron</hi>, que permite la convivencia contradictoria de
                  los niveles y de los textos. O, más bien, es esa convivencia misma la que produce
                  el texto: lo <hi rend="italic:true;">hace vivir</hi> en un estado de tensión
                  permanente que desnuda la <hi rend="italic:true;">contingencia</hi> (término que
                     <persName ref="#lacan">Lacan</persName> opone a la <term type="concept"
                     >“arbitrariedad” saussuriana</term>) de la articulación del significante con
                  sus efectos de sentido (habría que poner en relación esa contingencia con lo que
                  se podría llamar <hi rend="italic:true;">efectos</hi> de texto, que admiten la
                  proposición de un sentido, pero no su designación). Si la ironía corresponde a la
                  parodia, el oximoron está del lado del <hi rend="italic:true;">enigma</hi> —del
                  cual volveremos a ocuparnos— en el cual no hay referencia a “otro” discurso como
                  es el caso de la parodia, sino que el discurso es la única referencia, revelándose
                  a sí mismo como el misterio del hablar. El oximoron y el enigma rabelesianos son
                  la negación antonomásica de la <hi rend="italic:true;">identidad</hi>, en tanto
                  ésta es corrientemente pensada como oposición a una alteridad que es necesario
                  suprimir, y la afirmación de la <hi rend="italic:true;">identificación</hi>, en
                  tanto ésta puede ser pensada como la dialéctica de las diferencias internas a un
                  espacio sin cortes, diferencias logradas por las alteraciones de tono, por los
                  cambios de ritmo, por el juego sutil de luces y sombras (¿y no es todo un oximoron
                  hablar de sutileza a propósito de las “groserías” de <persName ref="#rabelais"
                     >Rabelais</persName>?): si la dupla ironía-parodia recuerda los juegos ópticos
                  de la <term type="concept">Gestalt</term>, en los que la figura y el fondo son intercambiables pero donde
                  necesariamente debe haber una figura y un fondo distinguibles, la dupla
                  oximoron-enigma evoca más bien ese dibujo de <persName ref="#maurits_escher"
                     >Escher</persName> llamado <title level="m">“El cielo y el mar”</title>, en el
                  que una bandada de patos puede ser <hi rend="italic:true;">al mismo tiempo</hi> un
                  cardumen de peces, más aún, no puede ser bandada si no es también cardumen.
                  Digámoslo brevemente: si en la parodia se opera la metamorfosis, en el enigma
                  opera la anamorfosis. El enigma es el correlato de la mitológica esfinge, de gran
                  predicamento en la época de <persName ref="#rabelais">Rabelais</persName> por obra
                  de <persName ref="#della_mirandola">Pico della Mirandola</persName>,
                  significativamente defensor del más extremo eclecticismo: ser “oximorónico” por
                  excelencia en el que coexisten las especies y los géneros, detentadora de un
                  secreto que no hay que ir a buscar a ninguna otra parte que a su cuerpo imposible.
                  A ese cuerpo irrisorio. O, en el caso de <persName ref="#rabelais"
                     >Rabelais</persName>, <hi rend="italic:true;">risible</hi>.</p>


            </div>

            <div n="III">
               <head>III</head>
               <p>La Risa, claro está, ocurre de la boca para afuera, como la Palabra. Y al revés
                  del alimento y la bebida, que siguen el recorrido inverso. La boca, allí, ocupa un
                  lugar de articulación en posición de límite o frontera, como mojón que separara un
                  adentro y un afuera imaginados como compartimentos irreductibles: no se puede, a
                  riesgo de atragantarse (y, además, por educación) comer y hablar —o reírse— al
                  mismo tiempo. No se puede hacer burla de los antepasados y al mismo tiempo
                  nutrirse de ellos. ¿No se puede? <persName ref="#rabelais">Rabelais</persName> lo
                  hace, quizá de una manera inaugural en la historia de la literatura. Y,
                  simultáneamente, una escritura desaforadamente grotesca hace verosímil ese
                  absurdo.</p>

               <p>En efecto, la gastronomía de <persName type="literary_character"
                     >Pantagruel</persName> es cosmológica. En su boca cabe un mundo entero, que no
                  difiere esencialmente, en apariencia, del mundo exterior, así como sus referencias
                  literarias no se distinguen a primera vista (véase nuevamente la Carta) de las de
                  cualquier autor “clásico”.</p>

               <p><persName ref="#erich_auerbach">Auerbach</persName> hace patente esa semejanza
                  imaginaria lograda mediante un simulado mimetismo: <cit>
                     <quote source="#auerbach_mimesis">“A pesar de recordar prestigiosos modelos literarios,
                           <persName ref="#rabelais">Rabelais</persName> ha plasmado el fantástico
                        mundo bucal según su estilo peculiar. Nada de seres fabulosos semianimales y
                        de unos cuantos hombres que a duras penas se acomodan a las circunstancias
                        encuentra <persName type="literary_character">Alcofribas</persName>, sino
                        una sociedad y una economía bien desarrolladas, donde las cosas ocurren
                        igual que en su propia casa de <placeName ref="#francia"
                        >Francia</placeName>. Primero se asombra de que allí puedan vivir hombres y,
                        sobre todo, de que, en lugar de ser algo muy extraño y diferente, todo sea
                        lo mismo que en el mundo habitual. Lo que se muestra ya en el primer
                        encuentro; no le desconcierta tanto encontrar un hombre en este lugar (ya
                        había visto las ciudades desde lejos) como el que se dedique con toda
                        naturalidad a plantar coles, cual si estuviera en <placeName ref="#turena"
                           >Turena</placeName>”.</quote>
                  </cit></p>

               <p>La construcción de un simulacro de sociedad intrabucal no carece de antecedentes.
                  Aparte de la propia fuente francesa (<title level="m" ref="#cronicas_gargantua">“Las grandes e inestimables
                     Crónicas”</title>) en las <title level="m" ref="#luciano_historias_verdaderas"
                     >“Historias Verdaderas”</title> de <persName ref="#luciano_samosata"
                     >Luciano</persName>, a quien <persName ref="#rabelais">Rabelais</persName>
                  estimaba particularmente, se cuenta de toda una tripulación que cae en las fauces
                  de un monstruo marino donde encuentran poblaciones enteras en medio de bosques,
                  montes y lagos. Pero lo que es absolutamente inédito es la traslación de contexto
                  estilístico —de la narración fantástica a la crónica “realista”—: la imitación del
                  modelo clásico sirve aquí, en realidad, para hacer estallar la referencia y
                  construir con sus fragmentos una <hi rend="italic:true;">diferencia</hi>; el hijo
                  fagocita a su padre, pero expulsa los trozos no alimenticios bajo la forma de la
                     <hi rend="italic:true;">risa</hi>.</p>

               <p>Pero quizá lo que interesa destacar aquí es que <persName ref="#rabelais"
                     >Rabelais</persName> se ríe también de una concepción del <hi
                     rend="italic:true;">espacio</hi>: si dentro de la boca de <persName
                     type="literary_character">Pantagruel</persName> puede duplicarse el mundo
                  dentro del cual el propio <persName type="literary_character"
                     >Pantagruel</persName> vive, es, o bien porque no hay adentro y afuera y esos
                  términos son solamente notaciones imaginarias de un espacio <hi
                     rend="italic:true;">continuo</hi>, de una banda de Moebius, o bien porque (pero
                  ambas proposiciones son tal vez complementarias) son esos significantes mismos los
                  que <hi rend="italic:true;">producen</hi> el espacio y entonces se los puede hacer
                  jugar indiscriminadamente, crear tantos “afueras” y “adentros” como me sean
                  necesarios, descentralizar los <hi rend="italic:true;">topoi</hi> euclidianos y
                     <hi rend="italic:true;">panteizar</hi>, si se me permite la expresión, los
                  lugares, las cosas, duplicar el universo a multiplicarlo hasta el infinito,
                  igualar el microcosmos y el macrocosmos, encontrar todo en todo (nominalismo,
                  panteísmo, duplicación, problematización del tiempo y el espacio: ¿alguien se
                  habrá preguntado por la relación entre <persName ref="#rabelais"
                     >Rabelais</persName> y <persName ref="#borges">Borges</persName>?). De
                  cualquier manera, el mundo pantagruélico es un mundo <hi rend="italic:true;"
                     >utópico</hi>, calcado de la <title level="m" ref="#moro_utopia">Utopía</title> de
                     <persName ref="#tomas_moro">Tomás Moro</persName>, doble especular pero mejor de
                  mundo “real”. Mejor, porque este mundo <hi rend="italic:true;">segundo</hi> goza
                  de un “plus” de saber sobre el “primero”: los habitantes de aquél han oído hablar
                  de éste, pero no viceversa. Las simetrías reconocen, pues, una ligera
                  imperfección, que basta para hacer <hi rend="italic:true;">excéntricos</hi> tanto
                  el Universo como el cuerpo (<persName ref="#rabelais">Rabelais</persName> es
                  contemporáneo de <persName ref="#nicolas_copernico">Copérnico</persName> y de <persName
                     ref="#andres_vesalio">Vesalio</persName>, quienes, ambos en <date when="1543"
                     >1543</date>, publican respectivamente <title level="m">“Sobre las revoluciones
                     de las órbitas terrestres”</title> y <title level="m">“Acerca de la estructura
                     del cuerpo humano”</title>).</p>

               <p>Pero la enigmática sabiduría de <persName ref="#rabelais">Rabelais</persName> nos
                  regala todavía una broma: el aventurado explorador de la boca de <persName
                     type="literary_character">Pantagruel</persName> es bautizado como <persName
                     type="literary_character">Alcofribas</persName>. <persName type="pseudonym"
                     >“Alcofribas Nasier”</persName> es, como se sabe, el seudónimo anagramático de
                     <persName ref="#rabelais">Francois Rabelais</persName>. ¿El personaje
                  engulliendo a su creador, a su “padre”? Más sugestivo que ello, el autor explora
                  el recinto mismo del <hi rend="italic:true;">habla</hi> de su personaje, un poco
                  como si temiera algún enunciado que se escapara de su omnisciente control. Pero no
                  importan mucho las interpretaciones: el caso es que en este episodio se inscribe
                  un rasgo del estilo rabelesiano que apunta a la desarticulación de todo saber
                  constituido (aún internamente al propio texto), lo cual no deja de torpedear la
                  carta de <persName type="literary_character">Gargantúa</persName> con toda su
                  mamotrética acumulación de saber humanista. El recurso al anagrama, por otra
                  parte, se asienta en el mismo lugar de cuestionamiento de las certidumbres de una
                  lengua, y más aún, del reconciliador atributo que disfraza los parpadeos del
                  sentido y que los hombres llaman <hi rend="italic:true;">nombre</hi>...</p>

            </div>

            <div n="IV">
               <head>IV</head>
               <p>El <title level="m">“Diccionario de términos filológicos”</title> define <hi
                     rend="italic:true;">antonomasia</hi> como la <q>“sustitución de un nombre por
                     el de una cualidad que le corresponde de manera inconfundible”</q>. El anagrama
                  es la denuncia de que si el nombre necesita ser sustituido por una cualidad
                  inconfundible, es porque hay algo en él que <hi rend="italic:true;">confunde</hi>
                  (como en el oxímoron, que es la con-fusión de elementos irreconciliables) pero la
                  cualidad, cuando es mediada por la cópula existencial, es predicativa, es decir,
                  en términos aristotélicos, un accidente (que pone en cuestión el propio “ser” del
                  sujeto). Entonces, ¿sólo accidentalmente podría aclararse la incertidumbre
                  nominal?</p>

               <p>El anagrama, al revés de la antonomasia, no suprime al sujeto del enunciado
                  (puesto que funciona como su atributo; si yo escribo “Fedra = dar fe”, es
                  necesario que mantenga el primer término para que el segundo se produzca como su
                  anagrama), salvo cuando es, a la vez, seudónimo, en cuyo caso la proposición se
                  invierte: allí el nombre propio es el predicado (<persName type="pseudonym"
                     >Alcofribas Nasier</persName> es <persName ref="#rabelais">Francois
                     Rabelais</persName>) y el anagrama (supuesta cualidad) sustituye al sujeto y lo
                  hace desaparecer, borrando incluso las marcas del procedimiento anagramático: no
                  es necesario que yo sepa que <persName type="literary_character"
                     >Alcofribas</persName> es <persName ref="#rabelais">Rabelais</persName> para
                  poder leer <title level="m" ref="#rabelais_gargantua_pantagruel">“Gargantúa y
                     Pantagruel”</title>; el anagrama seudonímico es un efecto de verdad que
                  suspende un saber sobre (del) sujeto. Pero si yo sé, puedo reconstruir el anagrama
                  (“¡Ah! ¡Pero entonces, <persName type="literary_character">Alcofribas</persName>,
                  el que se mete en la boca de <persName type="literary_character"
                     >Pantagruel</persName>, es <persName ref="#rabelais">Rabelais</persName>!”):
                  restituir el nombre propio es suponerle un sujeto al saber. El viaje “oral”
                     de<persName type="literary_character"> Alcofribas</persName> es una exploración
                  por la equívoca <hi rend="italic:true;">lengua</hi> de la tópica
                  enunciado-enunciación, territorio del <hi rend="italic:true;">enigma</hi> en cuyas
                  sendas (otra vez, como en los caminos del oxímoron) se pierde la lógica de la
                  no-contradicción y el tercero excluido: jueguitos de palabras, <hi
                     rend="italic:true;">niñerías</hi>.</p>

               <p>La época de <persName ref="#rabelais">Rabelais</persName> no deja de sentir cierta
                  culpable atracción por el ensueño que producen estos paseos por la palabra, a los
                  que calificará de frívolos con esa picardía angélica que caracteriza a los que por
                  la confesión de sus pecadillos creen poder huir de la falta de sentido que
                  atraviesa sus vidas.</p>

               <p>El recurso anagramático en sí mismo será propio del manierismo, y, con ser la más
                  interesante, no pasa de ser una variante más del gusto del <date notBefore="1501"
                     notAfter="1600">siglo XVI</date> por el <hi rend="italic:true;">enigma</hi>, el
                  cual, a su vez, con su inclinación a la elipsis y el rodeo del objeto, es
                  testimonio de una “pulsionización” en el lenguaje (el enigma es una forma retórica
                  de la proposición silogística bautizada por <persName ref="#aristoteles"
                     >Aristóteles</persName> como <hi rend="italic:true;">entimema</hi>, que implica
                  la supresión de una de las premisas que queda así sobreentendida, y en cuya
                  etimología está el griego “thymos”, traducido a veces por “espíritu”, pero no en
                  el sentido del intelecto, sino como “asiento de las pasiones”).</p>

               <p><persName ref="#ernst_curtius">Curtius</persName> distingue en el enigma tres
                  procedimientos diferentes: el <hi rend="italic:true;">lipogramatismo</hi>
                  (evitación deliberada de un fonema), el <hi rend="italic:true;">pangramatismo</hi>
                  (su repetición), y el <hi rend="italic:true;">anagramatismo</hi> (modificación en
                  una palabra o en un sintagma de sus elementos fonéticos). Los tres pueden ser
                  localizados en <persName ref="#rabelais">Rabelais</persName>, y podría mostrarse
                  en cada caso que su función va mucho más allá de la frivolidad que sus propios
                  cultores se atribuyen, mucho más allá de la parodia cuya apariencia banal sirve de
                  coartada (también <persName ref="#baudelaire">Baudelaire</persName> decía: <q
                     who="#baudelaire">“Crear una trivialidad, eso es el genio: debo crear una
                     trivialidad”</q>, ignorando, como <persName type="literary_character"
                     >Edipo</persName>, que en ese <hi rend="italic:true;">trivium</hi>, en esa
                  encrucijada de tres caminos, se jugaba su destino: he ahí cómo las contingencias
                  del significante hacen un trágico de un charlatán). Mucho más allá, hacia el
                  hallazgo de lo que <persName ref="#martin_heidegger">Heidegger</persName> llamaría el
                  decir en lo dicho, ese lugar en el que el hablar queda, sí, custodiado por lo
                  hablado pero al mismo tiempo lo excede. Y es que <persName ref="#rabelais"
                     >Rabelais</persName> se crea un <hi rend="italic:true;">decir</hi> para dar
                  cuenta de aquello para lo cual no hay palabras. El francés de <persName
                     ref="#rabelais">Rabelais</persName> está obligado a empujar y agujerear los
                  límites de la lengua, a fin de que no le suceda lo que todavía un siglo más tarde
                  le ocurrirá a <persName ref="#pascal">Pascal</persName>, cuando deberá interrumpir
                  una carta a <persName ref="#fermat">Fermat</persName> y continuarla en latín,
                  <q who="#pascal">“porque el francés no vale nada”</q>. El fastidio pascaliano deja claro que los
                  límites de una lengua trazan las fronteras mismas de un saber. El francés del
                     <date notBefore="1501" notAfter="1600">siglo XVI</date> ignora términos que hoy
                  damos por sentados y fundamentales: absoluto y relativo, abstracto y concreto,
                  primitivo, trascendental, causalidad, regularidad, concepto y criterio,
                  racionalismo, materialismo, naturalismo, determinismo, etc., etc. Las ciencias se
                  ven obligadas a recurrir al latín o al griego para crear los conceptos de
                  atracción, órbita, elipse, parábola, revolución, rotación, constelación, nebulosa.
                  Los métodos modernos de suma, resta, multiplicación y división tendrán que esperar
                  el comienzo del siglo siguiente para generalizarse. El estado de la óptica y de su
                  terminología encierran la observación en los límites hoy despreciables de la
                  mirada humana. El tiempo, tan poco pasible de un registro preciso, se gasta
                  alegremente (la anal y obsesiva metáfora del tiempo como oro no surgirá hasta el
                  auge del industrialismo). Son todas estas —y tantas otras— <hi rend="italic:true;"
                     >faltas</hi> las que <persName ref="#rabelais">Rabelais</persName> deberá
                  transformar en objetos alrededor de los cuales hacer reptar su deseo de palabras,
                  en un siglo —magnífica ironía— en el que la generalización del más revolucionario
                  invento técnico de la época, la imprenta, hacía posible por primera vez en la
                  historia la ruptura de una vez para siempre con la palabra <hi rend="italic:true;"
                     >hablada</hi> como soporte de comunicación o de goce estético, el único
                  invento, por otro lado, que concernía de manera directa al escritor y lo
                  “inventaba” como figura social.</p>

               <p>Pero esta ausencia de <hi rend="italic:true;">conveniencia</hi> entre las palabras
                  y las cosas requería la producción de un estilo capaz de reírse de ese hiato y aún
                  de exagerarlo, de hacerlo patente con sus hipérboles, su léxico entre arcaico e
                  invencionista, que diera cuenta simultáneamente de la desesperación ante un
                  “estado de lengua” en <hi rend="italic:true;">falta</hi> y el “plus” de goce oral
                  que esa misma carencia permitiera engendrar. Impulso revulsivo, si se tiene en
                  cuenta la “episteme” histórica en que se inscribe, que aplica a todos los dominios
                  del saber el juego conceptual del <hi rend="italic:true;">microcosmos</hi>, de las
                  semejanzas duplicadas que garantizan que cada cosa encontrará, en una escala mayor
                  (y el lenguaje es una principalísima entre esas escalas), su espejo de aumento, su
                  certidumbre macrocósmica; las palabras, en este contexto, valen exclusivamente
                  como signos de las cosas, aún cuando sea necesario <hi rend="italic:true;"
                     >descifrarlas</hi>, encontrar detrás de la apariencia del símbolo la
                  esplendente realidad de la Cosa: celebración de la Hermenéutica. La Literatura,
                  por su parte, arrastra todavía la hipoteca de la <hi rend="italic:true;">voluntas
                     significandi</hi> medieval; como instrumento de cultura, no es un cuerpo
                  textual, ni siquiera un conjunto de normas del bien escribir, sino una operación
                  designativa que comienza con este tipo particular de signo que se llama <hi
                     rend="italic:true;">littera</hi>, la letra. Y la letra escrita, material, no es
                  más que la dimensión extrínseca, epidérmica, del sentido. Es, como dice <persName
                     ref="#michel_foucault">Foucault</persName>, el sentido en <hi rend="italic:true;"
                     >exilio</hi>.</p>

               <p>Sin embargo, aún para ocultarlo (o por eso mismo) la palabra debe permanecer
                  adherida a su referente, plegarse sobre su objeto como la máscara se aplica sobre
                  el rostro y en cierto modo le <hi rend="italic:true;">pertenece</hi>, con una
                  marca de apropiación parasitaria que la hace inválida para una existencia
                  autónoma, y la somete, por otra parte, al infinito imaginario de la
                  interpretación, de la <hi rend="italic:true;">adivinatio</hi> (el término esconde
                  apenas lo “divino” de la Palabra Original) de los rasgos del rostro oculto.
                  “Liberar” la palabra de esa doble esclavitud —la de enmascaramiento del objeto, la
                  de subordinación a un Verbo de Origen que fundamenta pero también limita el
                  movimiento del discurso— y fundar esa “liberación” en los <hi rend="italic:true;"
                     >agujeros</hi> de la lengua, en la insuficiencia de las máscaras, transformarla
                  en la pura <hi rend="italic:true;">seducción</hi> del disparate <hi
                     rend="italic:true;">oral</hi>, es una hazaña que, quizá no sea exagerado
                  afirmarlo, no volverá a reeditarse en <placeName>Occidente</placeName> hasta la descomunal revolución
                  joyceana (tal vez para ir a parar, como sugiere <persName ref="#spitzer"
                     >Spitzer</persName>, al desborde de la “rechirriante verborrea” de <persName
                     ref="#louis_ferdinand_celine">Céline</persName>, donde el sentido queda casi por completo
                  ahogado por el flujo de una musicalidad jadeante, exasperada). ¿<persName
                     ref="#rabelais">Rabelais</persName> se apropia de las <title level="m" ref="#cronicas_gargantua"
                     >“Crónicas...”</title>? Sin duda, tanto como podría decirse que <persName
                     ref="#james_joyce">Joyce</persName> se apropia —se <hi rend="italic:true;"
                     >apodera</hi> sería una expresión más precisa— de la <title level="m"
                     ref="#odisea">Odisea</title> para desplegarla en otro registro, imprimirle su
                  propio ritmo, su cadencia, en suma, <hi rend="italic:true;">hablarla</hi> de otra
                  manera. En literatura, el robo se justifica por el asesinato, por la antropofagia
                  que da vida a un cuerpo diferente. Son pocos los casos —<persName ref="#rabelais"
                     >Rabelais</persName> y <persName ref="#james_joyce">Joyce</persName> entre los más
                  notorios— en que el crimen original produce una auténtica liturgia <hi
                     rend="italic:true;">propiciatoria</hi>, en la que se realiza la absoluta
                  absorción del precursor, esto es, la incorporación de aquél como fuente y su
                  eliminación como <hi rend="italic:true;">fantasma</hi>, su supresión como angustia
                  de las influencias: <cit>
                     <quote source="#bloom_angustia_influencias">“Si los poetas muertos, como insistió
                           <persName ref="#ts_eliot">Eliot</persName>, constituyen el progreso en
                        conocimientos de sus sucesores, esos conocimientos, sin embargo, son la
                        creación de sus sucesores, hecha por los vivos para salir al encuentro de
                        las necesidades de los vivos”</quote>
                     <bibl>(<persName ref="#harold_bloom">H. Bloom</persName>)</bibl>
                  </cit>.</p>

            </div>

            <div n="V">
               <head>V</head>
               <p>El caso de <persName ref="#rabelais">Rabelais</persName> es, desde ya, doblemente
                  apasionante, porque sus “poetas muertos” son <hi rend="italic:true;"
                  >anónimos</hi>, pertenecen a ese habla difusa, compartida, desubjetivizada —quiero
                  decir, carente de sujeto— que se ha dado en llamar mitología popular, y con la
                  cual los “gigantes” (valga el lugar común, hablando de <persName ref="#rabelais"
                     >Rabelais</persName>) construyen sus propias mitologías particulares. Hay que
                  verlo a <persName type="literary_character">Alcofribas</persName> (<hi
                     rend="italic:true;">verlo</hi>, sí, pues es un verdadero espectáculo) borrar
                  sistemáticamente las trazas de sus “influencias”, como el explorador que construye
                  una ruta nueva por el solo hecho de pisotear las huellas de sus antecesores. Los
                  gigantes mismos, seres absurdos, fantásticos por definición, que en la mitología
                  cumplen su rol específico por esta diferencia monstruosa, se vuelven ante nuestros
                  ojos, por un mero artificio discursivo, personajes “normales”, verosímiles, de los
                  cuales tendemos a “olvidar” su tamaño, a pesar de que se nos relata cómo habitan
                  comunidades enteras dentro de su boca, o cómo de “pequeño” se requerían 17.903
                  vacas para su lactancia, o para vestirlo <q source="#rabelais_gargantua_pantagruel">“se
                     trajeron 813 varas de satín blanco. Para la esclavina, 1.509 pieles y media de
                     perro, para sus calzas 1.105 varas y una tercia de tela de estambre
                  blanca”</q>, etc. La <hi rend="italic:true;">exactitud</hi> del número —típico
                  recurso para verosimilizar el desmesurado enunciado— sirve también para hacernos
                  deslizar en el terreno apariencial de lo <hi rend="italic:true;">conocido</hi>, de
                  tal modo que se diluyen, desaparecen ante nuestros ojos, como la carta robada de
                     <persName ref="#edgar_allan_poe">Poe</persName>, los límites de la literatura fantástica,
                  empujándonos a la vorágine hipnotizante de la <hi rend="italic:true;"
                     >creencia</hi>, al espejo mágico del relato realista. Ese pase ilusionista no
                  se sustraería al mero fuego artificial de ingenio técnico, si no fuera porque su
                  serpenteo seductor <cit>
                     <quote source="#de_dieguez_rabelais">“pulveriza <hi rend="italic:true;"
                           >literalmente</hi> el relato, en un decurso enloquecido y fabuloso cuya
                        audacia nos aterra aún hoy como la más fascinante empresa verbal que pueda
                        intentar un escritor”</quote>
                     <bibl>, según lo dice bellamente <persName ref="#de_dieguez">M. de
                           Dieguez</persName></bibl>
                  </cit>. Desde el primer párrafo del Prólogo (cuya “voz” delirante habría que
                  estudiar en relación al Prólogo del <title level="m" ref="#cervantes_quijote"
                     >Quijote</title>) <persName ref="#rabelais">Rabelais</persName> induce al
                  lector a aceptar su historia como “real”, repitiendo su exhortación a la creencia
                  una y otra vez hasta el hartazgo, con una insistencia zumbona que evidentemente
                  logra el efecto contrario: con un solo y mismo movimiento <persName
                     ref="#rabelais">Rabelais</persName> reconstruye y destruye todos los
                  verosímiles trabajosamente acumulados por sus predecesores, desmintiendo (más de
                  cuatrocientos años antes) el <term type="concept">esquema todoroviano</term> sobre
                  la necesidad de que lo Fantástico se encuentre sólidamente anclado en alguna clase
                  de “realidad” mimética, no solamente para aumentar su verosimilitud sino para
                  enfatizar el contraste entre el elemento natural y el sobrenatural. Aquí sucede
                  más bien lo contrario: en un primer momento, son los elementos “reales” los que se
                  recortan con un efecto de <hi rend="italic:true;">extrañeza</hi> sobre la
                  atmósfera fantástica (o “maravillosa”, si se quiere permanecer en el esquema de
                     <persName ref="#todorov">Todorov</persName>) para luego transformar lo
                  fantástico en <hi rend="italic:true;">realidad</hi>; y ambos movimientos son
                  simultáneos, de manera que el discurso se precipita en una enunciación <hi
                     rend="italic:true;">clivada</hi> cuya “esquizia” predetermina una lectura
                  también dividida, tributaria de una ambigüedad que va mucho más allá de la mera
                  polisemia, hacia el cuestionamiento mismo de lo real en su estructura ficcional.
                  El libro se transforma así en una verdadera Fisiología de lo Imaginario, en una
                  denuncia de la ausencia de realidad en la realidad que no se somete a las
                  abstracciones de la metafísica, porque ni siquiera tiene la infatuación de tomarse
                  en serio a sí mismo: la Risa que lo atraviesa (convulsión gratuita, puro “gasto”
                  como diría <persName ref="#georges_bataille">Bataille</persName>, <hi rend="italic:true;"
                     >pérdida</hi> de las energías puestas en el sentido que es en verdad ganancia
                  de lo que puede enunciarse como escritura) desautoriza e inhabilita el recurso a
                  la <hi rend="italic:true;">gravedad</hi>, es decir, a la caída de esos cuerpos
                  monstruosos en cualquier servidumbre ideológica. Es cierto que por este sesgo el
                  texto no se sustrae a la sombra de la teología —no tanto por las referencias
                  explícitas a los debates de la época, sino porque la teología puede ser pensada
                  como el límite y el lugar de absorción de esa “identidad” genérica que al libro le
                  falta— pero <persName ref="#rabelais">Rabelais</persName> podría sostener con
                     <persName ref="#borges">Borges</persName> que la teología no deja de ser una
                  rama de la literatura fantástica: la postulación de un pensamiento cuya radical
                     <hi rend="italic:true;">otredad</hi> respecto del sujeto (ya hemos señalado la
                  futilidad de preguntarse <hi rend="italic:true;">quién habla</hi> en la boca de
                     <persName type="literary_character">Pantagruel</persName>) hace que éste se
                  reduzca a una manifestación de la buena voluntad de la voz que lo evoca. Y allí la
                  “identidad” no es otra cosa que una mera gentileza gramatical.</p>

            </div>

            <div n="VI">
               <head>VI</head>
               <p>Es en este cuestionamiento, en esta <hi rend="italic:true;">puesta en abismo</hi>
                  de las relaciones entre lo “real” y lo “fantástico”, donde hay que ir a buscar lo
                  que se ha llamado el <hi rend="italic:true;">grotesco</hi> rabelesiano: una pasión
                  vertiginosa por llevar hasta el extremo de lo <hi rend="italic:true;">decible</hi>
                  la introducción de una extrañeza en la propia lengua, la fabricación de una
                  distancia con el idioma a partir del remedo de un habla “popular”, de una presunta
                  tradición oral trabajada por un goce sólo pensable en el abono de un saber, sí,
                  pero fundamentalmente de un <hi rend="italic:true;">amor de la lengua</hi>
                  (siempre traicionado, nunca satisfecho) que conduce a la problematización de ese
                  conocimiento por la labor de la letra. <cit>
                     <bibl>Como lo destaca <persName ref="#spitzer">Spitzer</persName>, </bibl>
                     <quote source="#spitzer_linguistica">“un neologismo como <hi
                           rend="italic:true;">pantagruelismo</hi>, nombre con el que bautizó
                           <persName ref="#rabelais">Rabelais</persName> su filosofía
                        estoico-epicúrea (una cierta alegría de espíritu, confitada en el desprecio
                        de las cosas fortuitas), no es sólo una explosión juguetona de auténtica
                        jovialidad, sino también un intento de evasión del dominio de lo real al
                        reino de lo irreal y desconocido”</quote>
                  </cit>. De un lado, la fórmula con el sufijo <hi rend="italic:true;">ismo</hi>
                  evoca, en efecto, una escuela de severo pensamiento filosófico (como
                  aristotelismo, escolasticismo, etc.); del otro, la base <persName
                     type="literary_character" rend="italic:true">Pantagruel</persName> es
                  el nombre de un personaje fantástico (pero, ¿no lo es también el propio <persName
                     ref="#rabelais">Rabelais</persName>, ese atributo de <persName
                     type="literary_character">Alcofribas</persName>? ¿no se dice también de alguien
                  que es un <hi rend="italic:true;">rabelesiano</hi>? ¿no se construye sobre esos
                  términos toda una tipología, un “análisis caracterológico”? El efecto de realidad
                  de esas adjetivaciones, el poder obturante de ese saber, ¿no es <hi
                     rend="italic:true;">risible</hi>?). El solo hecho de poder calificar la
                  “filosofía” rabelesiana de <hi rend="italic:true;">estoico-epicúrea</hi> nos
                  abandona ya al malentendido del oximoron. Pero, más importante que eso —y si puedo
                  parafrasear a <persName ref="#merleau_ponty">Merleau-Ponty</persName>— la “prosa
                  del mundo” de <persName ref="#rabelais">Rabelais</persName> es, justamente, un <hi
                     rend="italic:true;">mundo en prosa</hi>, una entidad sin identidad fuera del
                  lenguaje (que de todas maneras le es escaso, ya lo hemos visto, para dar cuenta de
                  todo lo real) donde la palabra crea un efecto centrífugo con respecto al objeto al
                  cual finge referirse, como en esa precipitación de epítetos contra los enemigos
                  declarados del autor, académicos de <orgName type="university">la
                     Sorbona</orgName>, que no se priva de la fiesta anagramática y anamorfósica:
                  “¡sorbillans, sorbonagros, sorbonígenos, sorbonícolas, sorboniformes,
                  sorbonísecos, niborcisans, sorbonisans, saniborsans!”, etcétera. El listado
                  contabiliza diez o quince lexemas. Podrían ser cincuenta. O mil. El resultado de
                  esta clase de acumulaciones es un efecto de <hi rend="italic:true;"
                     >inacabamiento</hi>: el lenguaje de <persName ref="#rabelais"
                     >Rabelais</persName> —su mundo, por lo tanto— se encuentra en un estado de
                  flujo permanente. Si la novela tiene un punto final, es por pura ilusión
                  tipográfica: no hay nada en ella que no sugiera que se podría haber seguido
                  escribiendo eternamente, así como un niño que comienza a incorporarse el lenguaje
                  transmite la perturbante sensación de haberse montado en un tobogán vertiginoso
                  que no tiene fin pues es por definición in-finito, vale decir incompleto,
                  interminado e interminable. <persName ref="#rabelais">Rabelais</persName> parece
                  haber capturado ese momento de irresponsable omnipotencia capaz de absorber y
                  dejar convivir en la lengua todas las contradicciones semánticas, las aporías
                  retóricas, los disparates lexicales, el estremecimiento de la carcajada
                  inexplicable, del <hi rend="italic:true;">humor</hi> corporal y el exabrupto
                  escatológico, de la voracidad oral y el desperdicio anal y construir con esa masa
                  informe esa “imagen formal del caos” transformadora del comercio inmediato con un
                  cuerpo <hi rend="italic:true;">real</hi>, incluso con sus funciones excrementicias
                  y mortíferas, en un organismo radicalmente literario: después de él, sólo unos
                  pocos privilegiados —a los nombres de <persName ref="#james_joyce">Joyce</persName> y
                     <persName ref="#louis_ferdinand_celine">Céline</persName> me atrevería a sumar el esperpento
                  valleinclanesco— han logrado ese amalgama desconcertante. Porque no es, claro
                  está, que la escritura de <persName ref="#rabelais">Rabelais</persName> sea el
                  producto de una “lengua de niño” (¿qué sería esa entelequia, de todos modos?) sino
                  que es, ella también, el simulacro del “niño” y la desterritorialización del
                  “adulto” (más: es el <hi rend="italic:true;">destierro</hi> de esas categorías
                  banales), la posibilidad misma de una convivencia imposible que hace de esa
                  imposibilidad la condición de un merodeo infinito por las paredes ripiosas no de
                  las “primeras letras”, como se dice de las lecturas infantiles, sino de las <hi
                     rend="italic:true;">últimas</hi>, últimos parapetos antes de la <hi
                     rend="italic:true;">roca viva</hi> que las ensordecería con su Silencio...</p>

               <p>Últimas pero sin fin, sin objeto, más allá de lo representable. En la edición de
                     <date when="1564">1564</date> del <title level="m" ref="#quinto_libro_pantagruel"
                     >Quinto Libro</title>, aparecen dos caligramas de <persName ref="#rabelais"
                     >Rabelais</persName> en forma de botella (ambos serán “plagiados” muchas veces
                  en la historia posterior, la última vez por <persName ref="#romero_martinez"
                     >Miguel Romero Martínez</persName> en <date when="1942">1942</date>) que
                  constituyen una verdadera elegía al vino. Así como el anagrama respecto del
                  enigma, el caligrama (una larga tradición que arranca del griego <persName
                     ref="#simmias">Simmias</persName> en el <date notBefore="-0399"
                     notAfter="-0300">siglo IV a C.</date>) mantiene en la <date notBefore="0500"
                     notAfter="1500">Edad Media</date> una relación de especie a género con el <hi
                     rend="italic:true;">emblema</hi>, variante junto con el jeroglífico de la
                  llamada “escritura cifrada”, metáfora aplicada a la naturaleza, al mundo sensible,
                  a la historia, a la figura humana —metáfora favorita de <persName ref="#borges"
                     >Borges</persName>, entre nosotros—, que Occidente debe a la voz
                  arábigo-española <hi rend="italic:true;">cifra</hi>, término que en el sistema
                  numeral árabe designa al cero y que significa, estrictamente, <hi
                     rend="italic:true;">vacío</hi>. En <placeName ref="#espania">España</placeName>
                  y en <placeName ref="#francia">Francia</placeName> la cifra es el segmento icónico
                  del emblema, y la <hi rend="italic:true;">letra</hi> el segmento escritural. Es
                  casi frívolo extraer una conclusión: la escritura de la letra es lo que viene a
                  taponar ese agujero indescifrable, ese vacío que organiza las endebles plenitudes
                  del sentido...</p>

               <p><persName ref="#miguel_d_ors">Miguel D’Ors</persName> califica los caligramas de
                     <persName ref="#rabelais">Rabelais</persName> de “imperfectos” pues la figura
                  de la botella o vasija no se encuentra conformada por las palabras mismas de lo
                  escrito, tal como obliga cierta tradición, sino que el contorno del recipiente ha
                  sido cuidadosamente dibujado de tal modo que el texto queda como “encerrado”
                  dentro de la figura: ¿descuido, negligencia de <persName ref="#rabelais"
                     >Rabelais</persName>? No podemos saberlo, pero nada me impide edificar esta
                  ficción: si el caligrama es a la vez la ironía y el síntoma de ese lazo entre la
                  cifra y la letra, <persName ref="#rabelais">Rabelais</persName>
                  <hi rend="italic:true;">desintomatiza</hi> ese dispositivo al desnudar el
                  procedimiento, al puerilizarlo y mostrar la “verdad” del encierro de las
                  palabras.</p>

            </div>

            <div n="VII">
               <head>VII</head>
               <p>El lenguaje de <persName ref="#rabelais">Rabelais</persName>: una manipulación de
                  la letra que se instala como un singular <hi rend="italic:true;">sin-lugar</hi>
                  —como una Utopía—, ocupando sin embargo un espesor desaforado, resistente pero
                  traslúcido, entre lo que solemos llamar alegremente “realidad” y una Cosa Otra que
                  no llamamos de ninguna manera porque de “eso”... ¿quién querría saber algo?
                  Seguramente no el “ideal” renacentista, en el que <persName ref="#rabelais"
                     >Rabelais</persName> ha sido a veces precipitadamente encorsetado. En el estilo
                  histórico del <date notBefore="1301" notAfter="1700">Renacimiento</date> se
                  encuentra el esfuerzo de expresar el ideal clásico, reconciliando las bases
                  fundamentales del orden y de la composición de la obra con las de la
                  representabilidad del mundo. En <persName ref="#rabelais">Rabelais</persName>, el
                  orden composicional del texto reina como un mundo en sí mismo, haciendo aparecer
                  lo verdadero de su estilo: ya no se trata solamente de una acumulación, de la
                  producción de un vocabulario inmenso y desorbitado, sino de la sustitución del
                  espesor y la materialidad del mundo (de las “cosas”) por un espesor y una
                  materialidad equivalente de la Palabra. Esa confianza —“humanista” quizá, pero
                  dificilmente renacentista— en un (in)mundo de puras palabras hubiera sido también
                  severamente recusada por el <hi rend="italic:true;">realismo</hi> de los “padres”
                  de la <date notBefore="0500" notAfter="1500">Edad Media</date>, y, sin embargo,
                  muchos de los recursos retóricos explotados por <persName ref="#rabelais"
                     >Rabelais</persName> no se alejan demasiado, a primera vista, de los empleados
                  por los Santos Padres en sus exégesis y alegorías. ¿Se puede pensar en una manera
                  más eficaz de incorporarse a los “antepasados” destruyendo la oposición entre lo
                     <hi rend="italic:true;">real</hi> del fantasma y lo simbólico de la propia
                  invención? Es esta aporía constitutiva lo que provoca <hi rend="italic:true;"
                     >risa</hi> (esa risa cuyas propiedades curativas exalta el Prólogo, siguiendo
                  las doctrinas hipocráticas), risa que no excluye la extrañeza sobrecogedora, como
                  la alegría gélida que se puede experimentar a veces ante el espectáculo de uno de
                  esos carnavales barrocos o uno de esos grabados mexicanos en el que el estallido
                  hilarante se dibuja sobre el rostro descarnado de una calavera... Risa e inquietud
                  ante un indeterminable, imposible proceso de destrucción creadora de la lengua que
                  incorpora los más inauditos procedimientos de un habla delirante, de los cuales un
                  inventario mínimo debería incluir: perífrasis inesperadas, acumulaciones
                  hiperbólicas, parodias estilísticas (de la <title level="m">Biblia</title>, de los
                  tratados retóricos griegos y latinos, de la jerga universitaria, eclesiástica o
                  judicial), confluencia de diferentes lenguas, dialectos o sociolectos,
                  neologismos, anamórfosis textuales, recurso a falsas fuentes, falsas explicaciones
                  pseudocientíficas o falsas citas de libros inexistentes (¿otra vez <persName
                     ref="#borges">Borges</persName>?), alteraciones arbitrarias de frases hechas,
                  metáforas caprichosas, etimologías fantásticas, semantización disparatada de
                  nombres propios, etc., etc... La inquietud, sí, pero también la pletórica,
                  dionisíaca exaltación de una omnipotencia que hace de la lengua un reservorio
                  lúdico donde <hi rend="italic:true;">casi</hi> todo puede ser dicho, donde las
                  palabras recuperan su valor puramente productor depreciando (y despreciando) su
                  valor de cambio y desprendiéndose como pajarracos sardónicos del mundo que dicen
                  representar...</p>

               <p>Y aún así, o por ello mismo, en su tonalidad polifónica y multicolor insiste el
                  eco de una auténtica sensualidad que no se evita la asociación perversa de la
                  palabra y el alimento, haciendo del goce del discurso algo <hi rend="italic:true;"
                     >másticable</hi>, un bocado sabroso y aromático con el cual puedo chorrearme la
                  barbilla, limpiarme con el dorso de la mano y escupir los trozos amargos, pero no
                  sin antes paladear incluso su aspereza. No seré yo quien se sorprenda de encontrar
                  algún día bajo la firma de <persName type="pseudonym">Alcofribas Nasier</persName>
                  <cit>
                     <bibl>estas líneas ahitas de <persName ref="#michel_leiris">Michel Leiris</persName>: </bibl>
                     <quote>“Cualquiera haya sido el papel claramente especulativo que le asignara a
                        la poesía, encontraba en el manejo del lenguaje un determinado placer
                        sensual —saboreando el peso y el gusto de las palabras, haciéndolas
                        derretirse en mi boca como frutas— y ese placer se asemejaba, en el orden de
                        mis preocupaciones, a los goces propiamente eróticos”</quote>
                  </cit>.</p>



               <div type="bibliography">
                  <head>Bibliografía</head>

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         </div>
        
            <div type="prose" subtype="cuento">
                
                <head>El responso del rezante</head>
                <byline><persName ref="#oscar_perez">Oscar Perez</persName></byline>
                <p> Llegamos a saber más tarde que mi padre inició su amistad con el beato, luego de
                    intentar matarlo, durante el velorio de una de las mujeres del prostíbulo.
                    Velorio donde aquél estaba oficiando su servicio de rezante y en donde apareció
                    mi padre, cuchillo en mano, gritando que por encargo de la virgen, había ido a
                    matarlo para evitar que la palabra del señor siguiera rodando entre putas. El
                    beato, en medio del chillón revoltijo de mujeres que trataban de dispersarse se
                    puso de pie enfrentando a mi padre. Lo miró hondamente un segundo, sin prestar
                    atención al cuchillo que se sacudía delante de sus ojos. Luego, levantando el
                    rostro hacia las chapas del techo, recitó con voz firme y pausada: </p>
                <p>—“Porqué no he venido yo a llamar a los justos sino a los pecadores”—. </p>
                <p> Dicho esto se persignó lentamente. Le dio la espalda y volvió a arrodillarse a
                    los pies de la cama de la difunta continuando con el rosario. Al segundo salve
                    mi padre guardó su arma y se arrodilló a su lado. El amén final lo pronunciaron
                    juntos. Sus voces se destacaron claramente sobre el espeso murmullo de las
                    meretrices. </p>
                <p> Eso ocurrió la noche en que lo escuchamos llegar acompañado de alguien,
                    identificado como hombre por la voz, que dos días después —cuando abandonaron la
                    pieza donde se habían encerrado aquella madrugada— supimos era el beato. Nos lo
                    dijo mi padre penetrando en la cocina, donde nos encontrábamos comiendo, seguido
                    por un hombre de pequeña estatura y edad imprecisa, rostro aindiado y barba
                    rala. Mi padre con cierta solemnidad, nos dijo: </p>
                <p>—“Este es el hombre que reza —. </p>
                <p> Mi padre dijo esto cruzando su brazo por sobre los estrechos hombros del rezante
                    que paseó por nuestras figuras sus pequeños ojos, negros y brillantes. Salieron
                    sin pronunciar palabra alguna. Eso es todo. No hay ningún otro detalle que
                    recordar; salvo que cuando se marcharon, nosotros, sin comentarios, continuamos
                    tomando la sopa de crema de arvejas que había preparado tía Rosa. </p>
                <p> Alguna madrugada después regresaron. Volvieron a encerrarse en la habitación que
                    mi padre utilizaba como biblioteca y durante otros dos días, allí permanecieron.
                    Los escuchamos discutir constantemente, rezar a los gritos, llorar, insultarse.
                    Al anochecer del tercer día de su estadía en casa, cruzaron sin mirarnos el
                    pasillo hacia la calle. Cruzaron por el pasillo sin dirigirnos la más mínima
                    palabra. Salían a recorrer novenarios, boliches y velorios; no sólo los de
                    nuestro pueblo, sino también los de los pueblos vecinos. Y en todo lugar,
                    invariablemente mi padre repetía su declamada intención de acuchillar al beato;
                    éste recitaba una plegaria del evangelio, se persignaba y terminaba de rezar el
                    rosario con mi padre arrodillado al lado suyo. Después regresaban. Al encierro,
                    a los insultos, a los rezos desaforados. A nuestra desesperación. Porque ya para
                    entonces nos habíamos descubierto desesperados, acechantes a los menores ruidos.
                    Tratando de distinguir los llantos de las risas, los ronquidos de los
                    estertores, que llegaban desde aquel cuarto al fondo del pasillo. Porque
                    también, ya huidizamente, deseábamos que finalmente mi padre matara al beato.
                    Cada uno de nosotros, en la soledad de nuestras piezas pensábamos lo mismo.
                    Desvelados, con el corazón astillado de angustia, soñábamos que un buen día ya
                    no regresaban, ni partían, ni se encerraban. Que nuevamente éramos libres de
                    acecharnos nuestros propios ruidos nocturnos. </p>
                <p> Pero ellos siguieron entrando, encerrándose, saliendo. Un tiempo larguísimo
                    durante el cual no nos hablaron más de dos o tres palabras y apenas si nos
                    miraron. Como si antes de aquella siesta, cuando regresaron un poco más
                    borrachos que de costumbre, no hubiéramos existido. Salimos de la cocina ante
                    los gritos de mi padre que parado en el centro del patio hacía cruces en el aire
                    con su cuchillo. Tenía la cabeza levantada y el sol daba de lleno sobre su
                    rostro abotagado, los ojos sanguinolentos, el rictus de baba de los labios.
                    Atrás suyo, el beato apoyado en el tosco bastón que nunca abandonaba, miraba
                    fijamente algún punto de la enredadera que cubría una de las paredes </p>
                <p>—“Cada cual
                    tiene que cumplir su penitencia”— gritaba sin dejar de acuchillar el aire —“y yo
                    cumpliré la mía, ofreciéndote, virgen santísima, la sangre de este falsario que
                    corrompe la palabra de tu padre, nuestro señor”— su turbia mirada nos recorrió
                    febrilmente y luego volvió a fijarse en las alturas. </p>
                <p>—“¿No es lo justo madre?”—
                    sollozaba entre hipos que lo sacudían entero. </p>
                <p> —“¿No es lo justo que cada uno cumpla su penitencia?”—.</p> 
                <p>El beato se movió
                    suavemente hasta colocarse frente suyo y levantó una mano a la altura de los
                    ojos de mi padre. Entrelazando los dedos de esa mano levantada, tenía un rosario
                    de pequeñas cuentas oscuras que sacudía suavemente. </p>
                <p>—“Esta es la penitencia por
                    cumplir”— dijo en un susurro.</p> 
                <p>Bajó la mano, le dio la espalda y se arrodilló
                    frente a las macetas, tarros y ollas viejas de las begonias, jazmines y
                    claveles. Mi padre lo imitó en seguida. Lo siguió tía Rosa y luego tú y yo a un
                    mismo tiempo. Fue cuando por primera vez escuchamos cómo su voz, tensa y
                    delgada, desgranaba cantarinamente los misterios del rosario. Sus dedos corrían
                    por las pequeñas cuentas oscuras con la misma unción del rezo.</p>
                <p>—“Unción sobria y
                    precisa”— nos había dicho luego, cuando nos preparaba para que lo acompañáramos
                    en sus letanías. Porque aquella tarde decidieron que debíamos unirnos a ellos en
                    sus salidas de rezantes; y esa misma noche, sentado en la cabecera de la mesa de
                    la cocina, el beato comenzaba a enseñarnos el oficio. Nos recomendaba las pausas
                    y entonaciones, la expresión correcta de cada una de las plegarias. Una y otra
                    vez. Noche tras noche, se repetían infatigablemente sus lecciones. Así,
                    siguiendo sus pacientes correcciones, memorizamos responsos y rosarios.
                    Encontramos el ritmo justo para que sobre la sílaba final de nuestro coro “El
                    señor es contigo” el beato iniciara su “Dios te salve María”. Ese contrapunto,
                    fue el orgullo de mi padre desde nuestro primer velorio. El de aquella vieja con
                    el trapo amarillo atado a las quijadas. Nuestro primer velorio guiados por la
                    voz del beato a un costado de su asiento a los pies del féretro. La noche estaba
                    fría de humedad y apenas si tuvimos tiempo de llegar a casa cuando se descolgó
                    la lluvia. Era muy cerca del amanecer y antes de dormirme estuve largo rato
                    pensando en que las cuentas del rosario del beato eran lentejas. Que pese a
                    ellas mi padre finalmente lo mataría. Que cuándo sería finalmente. Sobre la
                    visión de la rendija desdentada de la vieja que acabábamos de velar, pensé que
                    todo esto era un juego del cual sólo mi padre y el beato conocían las reglas.
                    Entre sueños escuché sus voces apagadas por el caer de la lluvia sobre las hojas
                    de los árboles, sobre la tierra apisonada del patio, sobre una pradera de
                    pañuelos amarillos y cadáveres desdentados. </p>
                <p> Los velorios se sucedían casi indistintos, casi ni los sentíamos pasar. Noches
                    para las cuales vestíamos ropas oscuras y momificamos en nuestros rostros ese
                    gesto de contricción piadosa que el beato tanto nos había recomendado.</p> 
                <p>“Si
                    alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome cada día su cruz y
                    sígame”. </p>
                <p> Nosotros seguíamos. Atravesábamos detrás de ellos por un laberinto de mecheros
                    de aceite, flores, velas. El paso de la noche al día junto a un cadáver. Donde
                    se zurcían medias, se bebía ginebra, se urdían chismes, se lloraba, se hablaba
                    de tal o cual ánima. Las flores se mezclaban, algunas naturales y otras de papel
                    crepé. Vagar el pueblo, los pueblos, buscando muertos para rezar por ellos.
                    Muertos de todos los días presentes en nuestras conversaciones, en nuestros
                    sueños, en nuestras comidas. </p>
                <p> Al volver a casa, el sonambulismo de los amaneceres nos disimulaba las ojeras y
                    lo tenso de nuestros gestos. Ellos, a esa hora se repartían lo cobrado por el
                    servicio de rezo. Terminaban de emborracharse. Mi padre agitaba su cuchillo. Le
                    anunciaba a la virgen que iba a cumplir su penitencia y el beato echaba mano al
                    evangelio.</p> 
                <p>“…porque en adelante se dividirán las casas, se dividirán el padre
                    contra el hijo, y el hijo contra el padre”. </p>
                <p> Divididos en distintos juegos, le dije a tía Rosa cuando regresábamos del último
                    velorio. Ella me dijo que las cuentas del rosario del beato le parecían viejas
                    gotas de sangre. Era un amanecer triste, gris, como si el cielo estuviera hecho
                    de cenizas. Ellos caminaban delante, hablando de que en tal lugar había alguien
                    bastante enfermo, que convendría acercarse para que nos fueran teniendo en
                    cuenta para la mala hora. Jamás decían muerte, sino la mala hora. Se lo había
                    escuchado decir muchas veces, pero esa mañana comprendí que su juego no tendría
                    final por ellos mismos. Que siempre encontrarían la trampa para despistar su
                    mala hora de mártir y penitente. Comprendí esa mañana que el final finalmente
                    tenía que cumplirse como un milagro, que transformándolos al ideal que
                    eligieron, los dignificara. El haber comprendido aquello me llenó de una alegre
                    seguridad y casi sin darme cuenta crucé mis brazos sobre tus hombros y los de
                    tía Rosa cuando ya entrábamos a casa.</p> 
                <p>“Porque quien quisiere salvar su vida la
                    perderá, pero quien perdiere su vida por amor a mí, se salvará”. </p>
                <p> Estaba diciendo el beato cuando recibió la primera puñalada. La que le di en el
                    pecho luego de quitarle el cuchillo a mi padre. Su rostro se contrajo de dolor y
                    sorpresa, abrió la boca como para gritar, pero para entonces volví a apuñalarlo.
                    Quiso levantar la mano para evitar una nueva cuchillada y fue cayendo, despacio,
                    con los ojos bien abiertos, sin decir una palabra. Cayó entre dos sillas, y de
                    las sillas al suelo. Con los ojos abiertos. Vos y tía Rosa arrastraron a mi
                    padre desde el rincón donde lo habían tenido. Se dejó traer sin oponer
                    resistencia, mirando todo con ojos insospechadamente mansos. Les ayudé a
                    arrojarlo sobre el cuerpo ensangrentado y quieto.</p> 
                <p>—"El beato”— gimoteaba mi
                    padre mientras lo aplastábamos contra el moribundo.</p> 
                <p>—“El beato, se muere”—
                    lloriqueaba levantando su rostro hacia nosotros y nosotros dele refregarlo
                    contra el muerto.</p> 
                <p>—"Se muere, el beato se muere” — tía Rosa le dio el último
                    empujón y salimos de la cocina. </p>
                <p> Todo esto tú lo sabes tan bien como yo. Pero me gusta oírme hablar de ello cada
                    vez que nos amamos y sabemos a tía Rosa, con la oreja pegada a la puerta de tu
                    cuarto, haciéndose el amor con los sonidos del nuestro. Cuando nos amamos y
                    sabemos a mi padre, en alguna celda del manicomio cumpliendo por fin su
                    penitencia. Cuando nos amamos y sabemos que nuestro último responso, el del
                    velorio del beato, estuvo muy bien rezado. </p>
                
                
            </div>
            
            <div type="prose" subtype="cuento">
                <head>Dos cuentos</head>
                <div>
                    <head>El abanico o la muerte de la vieja</head>
                    <byline><persName ref="#graciela_lopez">Graciela A. Lopez</persName></byline>
                    <p>Un pesado cuerpo incómodo sobre el pavimento era todo. La muerte, quieta,
                        para siempre.</p>
                    <p>El pleno aire total de la ciudad reinaba. Como lombrices de sus agujeros
                        salió la gente.</p>
                    <p>Un expediente es incómodo para manejar porque tiene las hojas muy desiguales.
                        Tan incómodo como sacarlo del portafolios cuando está con el lomo para
                        dentro.</p>
                    <p>Allí no estaba anotado, faltaba un cuarto más de probanzas para ayudar.</p>
                    <p>Todos los lentes de la ciudad se paralizaron en el cuadro. El camión, una
                        pequeña curva dibujada en la planimetría y muchas cosas más.</p>
                    <p>Pero faltaba el cuarto de prueba que estaba en el círculo de la muerte. De
                        esa muerte despareja de la vieja: un fuerte empujón por el hombro le deshizo
                        la clavícula y otro golpe al dar en el suelo, desacompasado, dio el final.
                        La vejez se desplomó dolorida por todos los costados.</p>
                    <p>Faltaba la claridad de aquella prueba redonda que estaba en aquel sector, en
                        la forma de cuatro testigos de la muerte.</p>
                    <p>Los expedientes son todos derechos, bien alineados, de hojas numeradas,
                        encarpetados, limpios; ordenan la vida, la manejan. Después, ésta desaparece
                        y queda sólo lo que está allí, en el trágico expediente. Pero la lógica no
                        se resiente.</p>
                    <p>Un oficial, clavado, tableteando la máquina. Más frío el segundo
                        interrogatorio y una seriedad que se acentúa. Desde el agente de facción que
                        vio hasta el Juez que sin una molestia apaga su cigarrillo, gira hacia atrás
                        la silla y comienza el paso suave de las hojas. Dieciocho personas dejaron
                        su señal y ninguna puso el cuarto de prueba que faltaba. La señal María
                        Ruiz, Teresa Ysaurralde, Rubén Torres y Gladys Contreras.</p>
                    <p>En sus distintas cosas cada uno lo vio. Y Su Señoría, mirando sobre los
                        anteojos, se sorprende. Vieron, por ejemplo, que el camión cruzó el paisaje,
                        con marcha de alegría, sin cambios, a toda velocidad, sin cambios. Después,
                        un golpe; y la mujer, animal muerto sobre la ruta. La guía de todo estaba en
                        el alcohol: 1,80. La dueña de la vida que se acabó sólo sabía de cruzar
                        lentamente la calzada doblando la vejez y las caderas.</p>
                    <p>El hombre bajó del camión, solo, maloliente, sin emoción, transformado en el
                        canalla que mató a la vieja. Estaba dentro del círculo de la cuarta parte de
                        la prueba que faltaba.</p>
                    <p>Más allá el mundo sería más blando para él. Soslayó el círculo y apeló.</p>
                    <p>Así, los papeles dicen que la vieja pobre con su miedo tembleque iba hacia la
                        muerte, buscándola.</p>
                    <p>Varios hijos comentan apresurados. El destino. Y González, el camionero,
                        apeló a los suyos y a la mano del diablo que pudo más que el comisario.</p>
                    <p>Ahora una losa con un nombre nuevo abre una fecha, inicia otra ceremonia y
                        nuestro amigo del volante pasa olvidado por aquel círculo de los cuatro
                        testigos que no aparecieron para que la cuarta parte de la prueba no dijera
                        que la mancha de sangre estaba del todo en el lado contramano de
                        González...</p>
                    
                </div>
                <div>
                    <head>Pancho bola</head>
                    <byline><persName ref="#graciela_lopez">Graciela A. Lopez</persName></byline>
                    <p>Pancho Bola se apoya en un palo para remediar el peso de su cuerpo sobre la
                        pata a medias que Dios le dio. Nació con los dedos doblados.</p>
                    <p>Hoy sus poderosos años apenas se marcan en el pelo blanco y la barba mora, en
                        las mejillas rosas y los ojos fuertes. Camina con una especie de inclinación
                        suave sobre el lado más corto del cuerpo. Su cuerpo fuerte me atrae. Siento
                        tanta fuerza, tanto aliento, tanto hombre en esa sola cosa. Me atrae de él
                        todo lo que no soy. Su ojo avizor sin cansarse recorre la distancia como
                        posándose en el monte y así, horas sin hablar.</p>
                    <p>La casa de mi abuelo tiene el jagüel, la cama, el mate, la vieja que se fue y
                        la cola de cerda amarilla donde se cuelgan los peines. También hay unos
                        perros dormidos entre los dueños de casa y el portón.</p>
                    <p>¿Cómo llego yo hasta la casa? Espanto recuerdos, el aire transparente y
                        tantas cosas que van del auto a la mesa. Pancho las recibe indiferente pero
                        el rebenque comienza a golpear más rápido en el suelo. Y se acomoda a
                        nosotros.</p>
                    <p>Una larga nostalgia, la poderosa voz de los años, callada, oculta detrás de
                        las tinajas y Pancho gozando la lechuga que con toda locura le llevo en un
                        bolso.</p>
                    <p>No puedo despellejarme, no puedo entregarles mi silencio. Sólo una charla de
                        cualquier cosa que a veces es hiriente. A mí hasta me duele la cabeza. Tanto
                        recuerdo. En aquel suelo seco, en aquel límite de campo dibujado igual.</p>
                    <p>La casa quieta, taciturna, blanca de barro blanco, seco, las paredes muy
                        anchas. Pancho golpea la fuente con el tenedor picoteando la lechuga. Un
                        lujo que le damos. La casa sigue igual. Pancho, muy tranquilo, se duerme y
                        ronca en el catre del corredor que le pertenece. Las crines del techo del
                        rancho son duras. El apero de Jaime, brilloso. Las mujeres, el luto
                        arrastrado en la tarea. Una vieja que se fue.</p>
                    <p>¿Cómo llegó? No puedo tocar lo que ya no es pero el olor del rancho es el
                        mismo y los ángulos, las voces a gritos hasta la represa, también. Sólo este
                        Pancho con su cuerpo tan vivo marcando el suelo con una sola pata no sabe la
                        irreverencia que comete. No sabe nada de bajo del tala, ni del madero fijo
                        para picar la carne, ni de los años que tienen los palos brillosos de la
                        cocina, ni de detrás de la casa que se mira por la misma ventana, ni de esta
                        otra ventana que yo le abrí al mundo sin saber quizá que ya nunca podría
                        cerrarla.</p>
                    
                </div>
            </div>
        
            <div type="poem" subtype="poema">
                
                
                <div>
                    <head>La ventana</head>
                    <byline><persName ref="#leonidas_lamborghini">Leónidas Lamborghini</persName></byline>
                    <lg>
                        <l>Como el que</l>
                        <l>enciende la luz</l>
                        <l>y mira</l>
                        <l>desde la ventana.</l>
                    </lg>
                    <lg>
                        <l>Como el que</l>
                        <l>desde allí</l>
                        <l>mira</l>
                        <l>la noche.</l>
                    </lg>
                    <lg>
                        <l>Como el que</l>
                        <l>con la luz de su cuarto</l>
                        <l>ha creado</l>
                        <l>la noche</l>
                        <l>y la mira desde</l>
                    </lg>
                    <lg>
                        <l>la ventana</l>
                        <l>que lo separa.</l>
                    </lg>
                </div>
                
                <div>
                    <head>Nubes</head>
                    <byline><persName ref="#leonidas_lamborghini">Leónidas Lamborghini</persName></byline>
                    
                    <lg>
                        <l>Como el que</l>
                        <l>observa</l>
                        <l>esa nube</l>
                        <l>de paso</l>
                    </lg>
                    <lg>
                        <l>que pasó antes de que él mismo</l>
                        <l>pudiera darse cuenta.</l>
                    </lg>
                    <lg>
                        <l>Como el que</l>
                        <l>observaba</l>
                        <l>esa nube</l>
                        <l>que pasó</l>
                    </lg>
                    <lg>
                        <l>que pasó antes.</l>
                    </lg>
                    <lg>
                        <l>Como el que</l>
                        <l>observaba</l>
                        <l>esa nube</l>
                        <l>que ahora pasa:</l>
                    </lg>
                    <lg>
                        <l>y pasó antes de que él mismo</l>
                        <l>pudiera darse cuenta.</l>
                    </lg>
                </div>
                
                <div>
                    <head>El feto</head>
                    <byline><persName ref="#leonidas_lamborghini">Leónidas Lamborghini</persName></byline>
                    
                    <lg>
                        <l>Como el que</l>
                        <l>pone oído</l>
                        <l>al croar</l>
                        <l>del corazón del feto.</l>
                    </lg>
                    <lg>
                        <l>Como el que</l>
                        <l>al croar anhelante</l>
                        <l>del feto</l>
                        <l>pone oído.</l>
                    </lg>
                    <lg>
                        <l>Como el que</l>
                        <l>pone oído</l>
                        <l>al feto</l>
                        <l>y tiembla</l>
                        <l>por el croar de ese anhelo.</l>
                    </lg>
                </div>
                
                <div>
                    <head>El lugar</head>
                    <byline><persName ref="#leonidas_lamborghini">Leónidas Lamborghini</persName></byline>
                    
                    <lg>
                        <l>Como el que</l>
                        <l>estuvo en el lugar</l>
                        <l>y trata de recordar</l>
                        <l>pero</l>
                        <l>no recuerda bien.</l>
                    </lg>
                    <lg>
                        <l>Y recordarlo todo de una vez</l>
                        <l>para olvidarlo todo.</l>
                    </lg>
                    <lg>
                        <l>Como el que</l>
                        <l>en la espesura</l>
                        <l>de su mente</l>
                        <l>trata de recordar</l>
                        <l>ese lugar.</l>
                    </lg>
                    <lg>
                        <l>Y recordarlo todo de una vez</l>
                        <l>para olvidarlo todo.</l>
                    </lg>
                    <lg>
                        <l>Como el que</l>
                        <l>no recuerda bien</l>
                        <l>pero algo</l>
                        <l>recuerda</l>
                        <l>en la espesura de su mente.</l>
                    </lg>
                    <lg>
                        <l>Y recordarlo todo de una vez</l>
                        <l>para olvidarlo todo.</l>
                    </lg>
                </div>
            </div>
        
        <div type="text" subtype="crítica">

                <head>Introducción del cine, descomposición del campo</head>
                <byline><persName ref="#mario_levin">Mario Levin</persName></byline>
                <div>

                    <head>Introducción</head>
                    <p>Hace poco más de un año, cuando volvía a <placeName
                            ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos Aires</placeName> luego de ocho años
                        de ausencia, leí en el avión una pequeña noticia policial, de esas que son
                        utilizadas a menudo por los franceses como punto de partida en un guión
                        cinematográfico. Ellos lo llaman <foreign xml:lang="french" rend="italic:true">“faits divers”</foreign>. Algo sin demasiada
                        importancia, casi al margen de las verdaderas noticias. El hecho era una
                        banda de adolescentes anclada en el <placeName>Abasto</placeName>. La
                        noticia, muy breve, mezclaba lo monstruoso de las relaciones personales, la
                        eficacia de los “golpes” y la captura que parecía ser el efecto de la propia
                        desintegración o delación del grupo. La posibilidad de <hi
                            rend="italic:true;">embragar</hi> un guión y una película a partir de
                        esta noticia, me recordó otras del género que podemos llamar
                        “adolescentenegro” como, por ejemplo, <title level="m" rend="italic:true;"
                            >Los Olvidados</title> de <persName ref="#luis_bunuel">Buñuel</persName>,
                        donde el recorrido de tres adolescentes —que mantienen una relación
                        asimétrica respecto de la Ley—, construye una tragedia despojada de lo
                        trágico, que al no poder apoyarse en un discurso coherente de los personajes
                        —todos analfabetos— pone en juego al cuerpo de manera inmediata y
                        fulminante. Esta película de <persName ref="#luis_bunuel">Buñuel</persName>, que
                        no tiene nada que ver con <title level="m" rend="italic:true;">Deprisa,
                            deprisa</title> de <persName ref="#carlos_saura">Saura</persName> (aquí reina
                        el amor y la amistad sublime: el enemigo es la sociedad y la estrategia es
                        la delincuencia apoyada en una ideología ecologista), entraba en resonancia
                        con “la banda del <placeName>Abasto</placeName>” donde también —al menos que
                        esté mezclando dos noticias— la violencia pasaba por el dominio sexual: no
                        hacia afuera, sino entre los miembros. El decorado natural del
                            <placeName>Abasto</placeName>, los camiones, las ratas, las escaleras
                        mecánicas y hasta el nombre de las calles del barrio ponían en marcha una
                        ensoñación de cinéfilo y un gesto instintivo de realizador de cine, que, más
                        que una elección temática, implica el recorte de una zona, que la convierte
                        en un escenario de límites claros, y la transforma—de hecho— en un espacio
                        ficcional.</p>
                    <p>Los ya no tan “nuevos” cineastas alemanes, no se cansan de repetir que el
                        inesperado interés despertado por sus películas (cinefilia y remakes aparte)
                        se debe sobre todo al poder universalista que tienen sus temas absolutamente
                        nacionales. En <title level="m" rend="italic:true;">La Zona</title> de
                            <persName ref="#tarkovsky">Tarkovsky</persName>, la desesperación de los
                        personajes en la búsqueda de un territorio que nunca encuentra sus límites
                        (ni ideológicos, ni geográficos) puede interpretarse como una duplicación de
                        la posición del cineasta que hace una película para denunciar los límites
                        ficticios de una “zona” barrida o inventada a cada golpe de mirada. La
                        “zona” no es nada, y si el campo es el del deseo, no es entonces nada más
                        que el recorrido de una errancia que hace retroceder los límites del abismo.
                        En <title level="m" rend="italic:true;">Los Olvidados</title>, se aclara de
                        entrada: son los barrios marginales de la <placeName ref="#ciudad_mexico"
                            >ciudad de México</placeName>. <title level="m" rend="italic:true;">El
                                Director de Orquesta</title> (<persName ref="#andrzej_wajda">Wajda</persName>),
                        gira alrededor de un personaje que vuelve a su ciudad natal luego de
                        cincuenta años de exilio. <title level="m" rend="italic:true;"
                            >Gloria</title> de <persName ref="#john_cassavetes">Cassavetes</persName> es
                        la reconstrucción violenta de las calles de <placeName ref="#nueva_york"
                            >Nueva York</placeName>. Los recorridos de <persName ref="#alfred_hitchcock"
                            >Hitchcock</persName> delinean un laberinto a fuerza y golpes de
                        suspenso.</p>
                    <p>El trabajo de la imagen en cine pareciera soportar un deseo
                        arquitectónico-escenográfico (puesto de manifiesto, por ejemplo, en <title
                            level="m" rend="italic:true;">Uno Contra La Multitud</title> de
                            <persName ref="#king_vidor">King Vidor</persName>), y el montaje (la
                        idea, el concepto y no sólo el momento técnico), se presenta como una
                        máquina de agenciamientos donde el resultado es la inscripción sincrónica de
                        sus partes, (<persName ref="#alain_resnais">Resnais</persName> da una muestra
                        fantasmática en <title level="m" rend="italic:true;">Mi Tio de
                            América</title>, al filmar de dos modos diferentes las fotos de la
                        película al principio y al final de la misma), y el objeto es el film: la
                        película que pasa a engrosar la masa de celuloide filmado, un cuerpo no
                        exento de deterioro.</p>
                    <p>Este deseo del espacio, plano (la línea en <persName ref="#mizoguchi"
                            >Mizoguchi</persName>, el aplastamiento del télex en <title level="m"
                            rend="italic:true;">Kagemusha</title> o la <term type="concept"
                            >composición eisensteniana</term>) o en profundidad de campo (como en
                            <persName ref="#orson_welles"><choice><sic>Wells</sic><corr>Welles</corr></choice></persName> o <persName
                            ref="#fritz_lang">Lang</persName>), despega al cine de una pretensión de
                        calco o copia de la realidad, e independiza el análisis o la crítica de toda
                        ilusión del referente. Al mismo tiempo, deriva la reflexión sobre el cine a
                        interrogar cualquier película o corriente cinematográfica como un efecto de
                        deconstrucción del espacio que va a la par de la construcción de un universo
                        fílmico. El polo opuesto de esta posición prefiere pensar el cine como una
                        técnica de embalsamador, donde lo que se embalsama es la “realidad”
                            (<persName ref="#andre_bazin">André Bazin</persName>), y se apoya en una
                        crítica (toda en nuestro país) que logra reducir cualquier película a un
                        argumento más o menos novelesco. En cuanto a la crisis del cine nacional, la
                        explicación se reduce a la falta de buenos libros (que no se lo llame guión
                        y que al montaje se lo denomine “compaginación”, muestra claramente que se
                        sigue pensando el cine como literatura), y a la incapacidad de los
                        directores de “contar”. Cada uno tiene lo que se merece: a un cine de la
                        condensación, una crítica de la reseña.</p>


                </div>

                <div>

                    <head>Primer Plano</head>
                    <p>El cine, desde el momento que comienza a trabajar la fragmentación y
                        desprenderse de la rigidez del cubo escénico teatral, no sólo crea la
                        posibilidad de la narración cinematográfica, sino que además plantea un
                        espectáculo donde la síntesis se abandona a favor de una constante
                        reubicación del punto de vista. Esta desestabilización atravesada por
                        diferentes duraciones, se recodifica rápidamente en la medida que cualquier
                        variación escalar de plano no implica una ruptura respecto de la visión
                        geométrica (antropocéntrica), donde el punto de vista se ubica en el
                        entrecruzamiento de líneas de fuga que organizan la escena. De un plano del
                        conjunto a un plano más cerrado, lo que cambia puede ser el sentido, pero en
                        efecto, no se realiza violencia alguna al espacio formulado a “la medida del
                        hombre”, heredero de la <term type="concept">perspectiva
                        renacentista</term>.</p>
                    <p>El único momento en que el espacio sufre una transformación radical, es en la
                        utilización del primer plano o <hi rend="italic:true;">plano de
                        detalle</hi>. Y esto no se debe tanto al carácter monstruoso del objeto o la
                        parte del cuerpo que se apropia de la pantalla, como a la producción de una
                        discontinuidad en el espacio fílmico, (<cit>
                            <quote rend="italic:true">“El primer plano es la trasgresión de la
                                    perspectiva escenográfica normal”</quote>
                            <bibl><persName ref="#sergei_eisenstein">S.M. Eisenstein</persName></bibl>
                        </cit>), que desorienta a una visión organizada, educada a ir al centro y
                        hacer masa en un punto, donde luego de estabilizarse puede arriesgar algunos
                        merodeos en el sin-sentido de la imagen. Esto es cierto en cada caso salvo
                        en uno: cuando el primer plano es un rostro, donde el primer plano pierde
                        toda su eficacia. Se sabe que el rostro, al menos en <term type="concept"
                            >Occidente</term>, es el asiento del reconocimiento de la persona, el
                        lugar elegido de la interlocución y de la identificación inmediata. Cuando
                        esto se olvida, el resultado no puede ser otra cosa que una película
                        anodina, y condena a los actores a pasearse a lo largo de noventa minutos
                        con la máscara hinchada de dramatismo, como puerta al aburrimiento
                        psicologista donde se busca establecer una complicidad rápida con el
                        espectador (la famosa identificación en cine). <title level="m"
                            rend="italic:true;">El Infierno tan Temido</title> (premio de la crítica
                        nacional <date when="1980">1980</date>) es un ejemplo de lo que estamos
                        diciendo, ya que allí no sólo se abunda en resoluciones en primer plano de
                        rostros, sino que la utilización de la luz rebotada impide cualquier matiz o
                        desorganización de la máscara.</p>
                    <p>No obstante, el rostro puede ser el lugar elegido de la descomposición y por
                        ende de la reconstrucción (montaje) de un sentido. Un ejemplo de la
                        literatura donde se describe una fotografía: <cit>
                            <quote source="#masotta_arlt">“<hi rend="italic:true;">Se ve en ella una
                                    cara irregular y un poco mofletuda. La nariz levemente torcida.
                                    La frente, sin arrugas, pero con surcos, cae fláccidamente sobre
                                    las cejas, las que se juntan a la altura del comienzo de la
                                    nariz. La mirada, floja, como incapaz de penetrar nada. Y una
                                    mezcla de estupor y de disgusto (de disgusto concreto, como si
                                    estuviese ante un plato de comida un poco repugnante) envuelve
                                    la zona de la boca, el labio inferior ancho y un poco caído, una
                                    comisura lateral empujando al labio superior hacia arriba. Y
                                    como todavía no había aprendido la ventaja que consiste en
                                    ocultar el tamaño de las orejas llenando de cabello los costados
                                    de la cabeza, las orejas aparecían en su tamaño natural, largas
                                    y un poco separadas</hi>”</quote>
                        </cit>. Esta fragmentación espectacular de un rostro, realizada por
                            <persName ref="#oscar_masotta">Oscar Masotta</persName> en <title
                            level="a" rend="italic:true;" ref="#masotta_arlt">“Roberto Arlt, yo
                            mismo”</title>, también se puede operar en cine. El tipaje
                        eisensteniano, donde se mezcla el estereotipo (un burgués es un burgués) y
                        la absoluta individuación de personaje, instaura el espesor de un cuerpo e
                        historiza (en el espacio de la ficción) política y personalmente cualquiera
                        de esos rostros. En <title level="m" rend="italic:true;">Juana de
                            Arco</title> (<persName ref="#carl_dreyer">Dreyer</persName>), los rostros
                        fueron elegidos en una serie de oposiciones, y se los iluminó oblicuamente y
                        por partes, haciendo resaltar las líneas —marcas, arrugas y verrugas—,
                        exagerando la oblicuidad respecto del punto de vista de la cámara.</p>
                    <p>En <title level="m" rend="italic:true;">El Infierno...</title> la
                        horizontalidad es la norma, y el personaje es la representación repetida de
                        una sola idea: "él está angustiado". Este grado de condensación
                        anticinematográfica es el que prima en cada una de las resoluciones
                        adoptadas en la película: entre los hombres (alto, bajo, gordo o flaco) los
                        diálogos son intercambiables y cualquiera puede decir los parlamentos del
                        otro, y respecto de las mujeres: son todas de la noche, aunque algunas
                        canten y otras no. En cuanto a la referencia del espacio que hacíamos al
                        principio, los bordes de <placeName ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos
                            Aires</placeName> son tan fláccidos como una visión melancólica
                        (supuestamente porteña), que se deshace en un costumbrismo con ideales <hi
                            rend="italic:true;">for-export</hi>.</p>

                </div>

                <div>
                    <head>Deconstruir...</head>
                    <p>La construcción en cine está en todos lados. <hi rend="italic:true;">Primer
                            tiempo</hi>: se de-construye el espacio con la puesta de cámara: cada
                        encuadre es un recorte, y también se deconstruye al personaje al que se lo
                        muestra fragmentado en cada uno de sus rostros y sus gestos, y en relación
                        con los otros personajes y lugares por la <hi rend="italic:true;">puesta en
                            escena</hi>: (¿tragedia comedia?, no hay drama. <persName ref="#lacan"
                            >Lacan</persName>
                        <hi rend="italic:true;">dixit</hi>.). Segundo tiempo (sincrónico del
                        primero): la deconstrucción ya produjo la construcción de un espacio nuevo,
                        esto se llama montaje. El “ritmo” de una película es la construcción a
                        partir de la fragmentación. Cada plano vale lo que muestra, lo que enmascara
                        (respecto del efecto de máscara y la función del fuera de campo, véase el
                        texto de <persName ref="#pascal_bonitzer">P. Bonitzer</persName> en este mismo
                        número), por su duración y por la relación con los otros planos. El cine es
                        metonímico: la parte... por la parte...</p>

                </div>

                <div>
                    <head>Montaje Transversal</head>
                    <p>La voz, dice <persName ref="#lacan">Lacan</persName>, es un órgano y la
                        imagen es una superficie. La puesta en relación será entonces del orden del
                        injerto. Cuando se inventó el cine parlante, las resistencias aparecieron
                        por todos lados. El cine se acercaba a sus ideales naturalistas, y el ritmo
                        puramente visual (no pocas veces asociado a la música) que caracterizaba el
                        montaje cedió el paso a escenas de duración más larga: el tiempo de la
                        escena podía reunirse con la ilusión del tiempo vivido.</p>

                    <p>Uno de los realizadores que más rápidamente dio la alerta fue <persName
                            ref="#sergei_eisenstein">Eisenstein</persName>, para quien la oposición en el
                        interior o entre los planos debía desplazarse entre la imagen y el sonido. Y
                            <title level="m" rend="italic:true;">Tiempo de Revancha</title> de
                            <persName ref="#adolfo_aristarain">A. Aristarain</persName>, es un magnífico
                        ejemplo (como un efecto de guión incorporado a la puesta en escena) donde el
                        cine, sin abandonar los límites de la ficción, puede llegar a preguntarse
                        sobre su función, ya que la imagen gana en importancia —hasta comprometer el
                        cuerpo en un final absolutamente coherente— y rompe la vieja complicidad
                        —entre la imagen y la voz— cuya función es la de reforzar el punto de vista
                        (que ganó territorio a partir de la <date notBefore="1931" notAfter="1940">década del
                            treinta</date>).</p>

                    <p>El cine es trabajo con la imagen y el sonido. Y el cineasta tiene la
                        responsabilidad de mostrar ese trabajo, ya que es ahí que el cuerpo olvidado
                        del actor y del espectador (uno borrado, el otro seducido por la imagen)
                        puede aparecer, así como aparece nuestro cuerpo (escondido en la imagen que
                        cada uno tiene de sí mismo), en un tic, un dolor o el placer que siempre
                        recortan una parte, que nunca alcanzan la totalidad, y que el cine nos
                        permite imaginarla —por eso pagamos— entre el momento que se levanta el
                        telón y la palabra fin.</p>


                </div>
            </div>

            <div type="text" subtype="crítica">

                <head>Desencuadres</head>
                <byline><persName ref="#pascal_bonitzer">Pascal Bonitzer</persName></byline>
                <note type="translator">Traducido por <persName ref="#mario_levin">M. Levin</persName></note>

                <p>La perspectiva, el encuentro de la pintura con la óptica geométrica euclidiana,
                    el sometimiento milagroso de los cuerpos figurados a las idealidades
                    matemáticas, toda esta <term type="concept">ciencia del <date notBefore="1301"
                            notAfter="1700">Renacimiento</date></term> tiene un sentido
                    profundamente equívoco, como lo puso de manifiesto <persName ref="#erwin_panofsky"
                        >Panofsky</persName> en <title level="m" rend="italic:true;"
                        ref="#panofsky_perspectiva_simbolica">La Perspectiva como forma simbólica</title>
                        (<orgName type="editorial" ref="#ed_minuit">Edit. de Minuit</orgName>): <cit>
                            <quote source="#panofsky_perspectiva_simbolica">“La historia de la perspectiva es
                            concebible como un triunfo del sentido de lo real, constitutivo de
                            distancia y objetividad, tanto como un triunfo de ese deseo de potencia
                            que habita en el hombre y que niega toda distancia; como una
                            sistematización y estabilización el mundo exterior y como una ampliación
                            de la esfera del Yo. Al mismo tiempo, la perspectiva, debía obligar
                            necesariamente a los artistas a interrogarse constantemente sobre el
                            sentido en el que debían utilizar este método ambivalente: ¿la
                            disposición en perspectiva de una pintura, debía regularse a partir del
                            punto de vista ocupado efectivamente por el espectador (...) o,
                            inversamente, era necesario pedir al espectador que se adapte por medio
                            del pensamiento a la ubicación adoptada por el pintor?”</quote>
                        <bibl>(<ref target="#panofsky_perspectiva_simbolica">op. cit</ref>,
                                <biblScope unit="page">pp. 160-161</biblScope>)</bibl>
                    </cit>.</p>

                <p>Entre las querellas teóricas engendradas por esta alternativa, <persName
                        ref="#erwin_panofsky">Panofsky</persName> cita el tema de la distancia (larga o
                    corta), y la oblicuidad o no del punto de vista; como ejemplo opone el <title
                        level="m" rend="italic:true;">San Jerónimo</title> de <persName
                        ref="#antonello_da_messina">Antonello da Messina</persName> que por estar pintado a
                    distancia larga sitúa el punto de vista en el centro del cuadro: construcción
                    que mantiene al espectador “en el exterior” de la escena, con el de <persName
                        ref="#durero">Durero</persName>, cuya distancia corta y la vista oblicua
                    produce un efecto de intimidad y provoca la impresión de que se trata de una <cit>
                        <quote source="#panofsky_perspectiva_simbolica">“representación determinada no por
                            las leyes objetivas de la arquitectura, sino por el punto de vista
                            subjetivo del espectador que llega en esos momentos"</quote>
                        <bibl>(<ref target="#panofsky_perspectiva_simbolica">op. cit.</ref>
                            <biblScope unit="page">172</biblScope>)</bibl>
                    </cit>. En cierto modo, la distancia corta y la oblicuidad del punto de vista
                    “aspiran” al espectador al interior del cuadro.</p>

                <p>La pintura clásica llevó más lejos aún —al precio de una asombrosa centrifugación
                    de la composición— el efecto de esta seducción del espectador por el
                    dispositivo. El operador de esta “centrifugación” (no tengo otro término a
                    mano), es la mirada. El <title level="m" rend="italic:true;">San
                        Jerónimo</title> de <persName ref="#durero">Durero</persName> está inclinado
                    sobre su escritorio y hace del espectador el voyeur de su meditación: pero si
                    levantara la cabeza y mirase, ¿qué ocurriría? El cuadro más famoso que pone en
                    juego este efecto es, se sabe, <title level="m" rend="italic:true;">Las
                        Meninas</title> de <persName ref="#velazquez">Velázquez</persName>, que
                    representa una escena cuyos personajes principales están situados en el exterior
                    del cuadro, en el lugar del espectador, y su imagen es fuliginosamente evocada
                    en abismo por un espejo situado en el punto de la fuga de la perspectiva (son,
                    debemos recordarlo, <persName ref="#felipeiv">Felipe IV</persName> y su esposa);
                    pero lo que los vuelve tan presentes, tan necesarios en la escena, son todas las
                    miradas de los personajes del cuadro que están dirigidas hacia ellos mientras
                    posan para el pintor autorretratado. No insistiré sobre las implicancias
                    generales de esta representación, que han sido analizadas por <persName
                        ref="#michel_foucault">Michel Foucault</persName> (<title level="m"
                            rend="italic:true;" ref="#foucault_palabras_cosas">Las Palabras y las Cosas</title>).
                    Quisiera señalar solamente el orgullo y la audacia de esta seducción suprema,
                    que fuerza al espectador a creer que la escena prosigue más allá de los bordes
                    del marco, y que lo mantiene adentro al mismo tiempo que lo empuja hacia afuera,
                    multiplicando la potencia de la representación al evocar allí lo irrepresentado,
                    si no lo irrepresentable, y que lo lleva a abrir un espacio ilimitado (<hi
                        rend="italic:true;">indefinitus</hi>).</p>

                <p>Tal vez, en ninguna otra obra —en la época clásica al menos— las posiciones
                    respectivas del artista y el soberano fueron puestas en escena de modo tan
                    retorcido, con tanta tensión y dramatismo (al hacer del espectador anónimo el
                    testigo fascinado y el árbitro de este drama). Ninguna duda de que <persName
                        ref="#velazquez">Velázquez</persName> no dice mucho más de lo que parece
                    decir, y que toda la ciencia y la astucia desplegada no enuncian sino una
                    tensión entre la humildad del cortesano y el dominio del artista. La
                    representación no es, y jamás lo fue, ese doble maníaco de lo visible: también
                    es evocación de lo oculto, juego de la verdad con el saber y el poder.</p>

                <p>El espacio sin amo de la representación moderna también está atestado de lagunas,
                    de solicitaciones de lo invisible y lo oculto; no obstante este juego se ha
                    complicado o más bien se ha oscurecido al tiempo que se aplanó y simplificó. En
                    la pintura actual, <persName ref="#cremonini">Cremonini</persName>, <persName
                        ref="#bacon">Bacon</persName>, <persName ref="#valerio_adami">Adami</persName>... o
                    algunos hiperrealistas, <persName ref="#ralph_goings">Ralph Goings</persName> o
                        <persName ref="#monory">Monory</persName> —podríamos multiplicar los
                    ejemplos— trabajan mucho las máscaras <note resp="#mario_levin" n="1">El término es
                        cache. En la jerga fotográfica se utiliza tal cual e indistintamente con el
                        español máscara. Respecto del alcance nacional véase la nota 1 del autor del
                        texto</note> y los desencuadres que transforman al cuadro en el lugar de un
                    misterio, una narración interrumpida y suspendida, un interrogante eternamente
                    sin respuesta (los <term type="concept">surrealistas</term> también lo hicieron
                    pero la mayoría de las veces sin sutileza). Quiero insistir sobre el
                    procedimiento que llamo —a falta de algo mejor— desencuadre. No es en absoluto
                    lo mismo que la “visión oblicua” de la pintura clásica. <persName
                        ref="#cremonini">Cremonini</persName> por ejemplo: sus salas de baño,
                    cuartos de amantes, compartimentos de tren (<title level="m" rend="italic:true;"
                        >Les parenthéses de l’eau</title>, <title level="m">Posti occupati</title>,
                        <title level="m" rend="italic:true;">Vertiges</title>, etc.) me parecen más
                    interesantes o más seductores que los Cavaliers y Boufs Tués de sus primeras
                    telas, justamente por los ángulos insólitos, los miembros truncos en detalle,
                        <note resp="#mario_levin" n="2">La expresión es en amorce, traducido en nuestro
                        medio por detalle, pero la terminología española no permite ver la
                        connotación de pedazo o trozo que por lo demás remite al "fragmento"
                        eisensteniano.</note> los reflejos insuficientes en los espejos turbios que
                    invaden sus últimas telas. Es cierto que aquí la invisibilidad parcial del
                    decorado y los personajes, a la inversa de las <title level="m"
                        rend="italic:true;">Meninas</title>, no tiene importancia desde el punto de
                    vista de la identidad, del verdadero rostro de los personajes: se trata de
                    cualquiera y de cualquier lugar: el hombre medio, el hábitat de la masa. Sin
                    embargo el espectador es capturado por un efecto de misterio, angustia o
                    semi-pesadilla. Me asombro lo poco que se ha señalado hasta qué punto, en este
                    caso, la pintura cita o parece citar al cine. ¿Acaso no es el cine quien inventó
                    los campos vacíos, los ángulos insólitos, los cuerpos parcelados en detalle o en
                    primer plano? El despedazamiento de las figuras es un efecto cinematográfico
                    bien conocido; se ha escrito mucho sobre la monstruosidad del primer plano. El
                    desencuadre es un efecto menos conocido, a pesar de los movimientos del aparato.
                    Pero si el desencuadre es un efecto cinematográfico por excelencia, se debe
                    precisamente al movimiento, a la diacronía de las imágenes de una película que
                    permiten reabsorber tanto como desplegar los efectos de vacío.</p>

                <p>Por ejemplo, una mujer arquea los ojos con horror ante un espectáculo visto por
                    ella solamente. Los espectadores ven sobre la pantalla o la tela la expresión de
                    horror de esta mujer, la dirección de su mirada, pero no el objeto, la causa de
                    este horror, fuera del cuadro. Así es como recuerdo una tela de <persName
                        ref="#dino_buzzati">Dino Buzzati</persName> (el escritor) que representa una
                    mujer gritando, aparentemente desnuda, recortada a la altura del busto por el
                    marco de una ventana, creo, o incluso en el marco convencional de una
                    historieta, con los ojos fijos sobre una cosa desconocida situada, según su
                    mirada, más o menos a la altura de sus rodillas, una leyenda inscripta, como en
                    las historietas sobre la tela señalaba con perfecto sadismo a través de una
                    interrogación banal (¿qué es lo que la hace gritar así? —no recuerdo
                    exactamente), el carácter enigmático de la cosa en cuestión. En el cuadro (lo
                    mismo ocurriría en la fotografía), el enigma evidentemente está destinado a
                    permanecer en suspenso —el horror expresado por el rostro de la mujer—, ya que
                    no hay desarrollo diacrónico de la imagen. En el cine en cambio (y en las
                    historietas que imitan el principio), un reencuadre, un contracampo, un plano
                    etc., pueden —y en cierto modo deben, si el autor no quiere ser acusado de
                    mantener voluntariamente la frustración de los espectadores— mostrar la causa de
                    este horror, responder a la pregunta planteada ante los espectadores por la
                    escena trunca, es decir, responder al desafío abierto por esta hiancia: llenarla
                    o producir una apariencia satisfactoria de la causa, tal que, dicho de otro
                    modo, los espectadores puedan experimentar verdaderamente el horror. El suspenso
                    consiste en diferir, para alimentarla, esta satisfacción.</p>

                <p>No hay duda que cualquier solución de continuidad puede ser, según los casos,
                    escenográfica y narrativa. Estos planos no se recubren. El segundo es el
                    producto del primero, en la medida en que hacer del marco una máscara o sea el
                    operador de un enigma, es necesariamente embragar un relato <note
                        resp="#pascal_bonitzer" n="3">Conocemos la distinción baziniana entre marco y
                        máscara. <cit>
                            <quote source="#bazin_cine">“Los límites de la pantalla no son, como el
                                vocabulario técnico permite entenderlo a veces, el marco de la
                                imagen, sino una máscara (cache) que no puede sino desenmascarar una
                                parte de la realidad. El marco polariza el espacio hacia el
                                interior, y se supone que todo lo que la pantalla muestra —al
                                contrario— se prolonga indefinidamente en el universo. El marco es
                                centrípeto; la pantalla centrífuga”.</quote>
                            <bibl>(<title level="m" rend="italic:true;" ref="#bazin_cine">¿Qué es el
                                    cine?</title>, <biblScope unit="page">pág. 270</biblScope>,
                                    <orgName type="editorial" ref="#ed_rialp">edit. RIALP</orgName>)</bibl>
                        </cit>. Nada que agregar a esto salvo que estas dos propiedades pueden
                        pervertirse mutuamente, como por otra parte lo muestra <persName
                            ref="#andre_bazin">André Bazin</persName>.</note>; a cargo del cual queda la
                    tarea de tapar el agujero, la <hi rend="italic:true;">terra incognita</hi>, la
                    parte oculta de la representación. En el cuadro de <persName ref="#dino_buzzati"
                        >Buzzati</persName>, como en cualquier otro, la carga del relato cae sobre
                    el espectador ya que el cuadro sólo puede ponerlo en marcha (<hi
                        rend="italic:true;">l’amorcer</hi>). No es azaroso si uno de los raros
                    cineastas que mutila sin remisión los cuerpos por medio del encuadre,
                    “rompiendo” sistemáticamente y sin arrepentimiento el espacio —hablo de
                        <persName ref="#robert_bresson">Bresson</persName> más que de <persName
                        ref="#sergei_eisenstein">Eisenstein</persName>—, se glorifica pensando el
                    “cinematógrafo” en términos de pintura (cf: <title level="m" rend="italic:true;" ref="#bresson_notas"
                        >Notas sobre el cinematógrafo</title>). <persName ref="#straub"
                        >Straub</persName>, <persName ref="#duras">Duras</persName>, <persName
                        ref="#antonioni">Antonioni</persName> también son pintores debido al uso de
                    encuadres insólitos y frustrantes. Introducen en el cine algo como un suspenso
                    no narrativo. Su escenografía lagunar no está destinada a resolverse en “una
                    imagen total donde se ubican los elementos fragmentarios” como por el contrario
                    lo quería <persName ref="#sergei_eisenstein">Eisenstein</persName> (<title level="a"
                        rend="italic:true;" ref="#eisenstein_montaje38">Montaje 38</title>, en <title level="m"
                            rend="italic:true;" ref="#eisenstein_reflexiones_cineasta">Reflexiones de un
                        cineasta</title>). Una tensión perdura entre plano y plano, que no es
                    liquidada por el “relato”. Una tensión transnarrativa debida a los ángulos de
                    cámara, encuadres, elección de objetos y duraciones que valorizan la insistencia
                    de una mirada (como la tela de <persName ref="#dino_buzzati">Buzzati</persName> lo
                    hace de modo erótico), donde el ejercicio del cine se duplica y se marca en una
                    interrogación silenciosa sobre su función.</p>

                <p>El desencuadre es una perversión que pone un punto de <term type="rhetoric"
                        >ironía</term> sobre la función del cine, la pintura y la fotografía, como
                    formas de ejercicio de un derecho de mirada. Sería necesario decir, en <term
                        type="concept">términos deleuzianos</term>, que el arte del desencuadre, el
                    desplazamiento del ángulo, la excentricidad radical del punto de vista que
                    mutila y vomita los cuerpos fuera del cuadro y focaliza sobre las zonas muertas,
                    vacías, estériles, del decorado, es irónico y sádico (como resulta claro en el
                    cuadro de <persName ref="#dino_buzzati">Buzzati</persName>; me gustaría también citar
                    los dibujos de <persName ref="#alex_barbier">Alex Barbier</persName> que
                    aparecen raramente en <title level="j" rend="italic:true;"
                        ref="#revista_charlie_mensuel">Charlie <choice><sic>mensual</sic> <corr>Mensuel</corr></choice></title>). Irónico y sádico en la
                    medida que esta excentricidad del encuadre, frustrante en principio para los
                    espectadores y mutilante para los “modelos” (término bressoniano), habla de un
                    dominio cruel y de una pulsión agresiva y fría: el uso del encuadre como filo
                    cortante, el rechazo de lo viviente (por ejemplo el abrazo de los amantes en
                        <title level="m" rend="italic:true;">Vertiges</title> de <persName
                        ref="#cremonini">Cremonini</persName>) en la periferia, fuera del cuadro, la
                    focalización sobre zonas sombrías o muertas de la escena, la exaltación equívoca
                    de objetos triviales (la sexualización de lavabos, utensilios de baños, en
                        <persName ref="#cremonini">Cremonini</persName> una vez más), valorizan lo
                    arbitrario de la mirada dirigida de manera tan curiosa, y tal vez gozando de
                    este punto de vista estéril.</p>

                <p>Tal vez. Porque esta mirada, después de todo, sólo tiene una existencia
                    fantasmática. La mirada no es el punto de vista. Podría serlo, si existiese el
                    goce del punto de vista. Lo que la supone es la extrañeza del punto de vista,
                    implicada por el desencuadre, porque lo que llamo —tal vez impropiamente—
                    desencuadre, la desviación del encuadre, que no tiene nada que ver con la
                    oblicuidad del punto de vista <note resp="#pascal_bonitzer" n="4">Sobre la oblicuidad
                        del punto de vista y la sutura de la posición subjetiva del espectador en el
                        cine clásico, cf. <bibl><persName ref="#jean_pierre_oudart">Jean Pierre Oudart</persName>,
                            <title level="a" rend="italic:true;" ref="#oudart_suture">La suture</title>,
                            <title level="j" ref="#revista_cahiers_cinema">“Cahiers du Cinema”</title> <biblScope unit="page">209 y
                        211</biblScope></bibl>.</note> — no es otra cosa que esa extrañeza subrayada. Esta extrañeza se
                    subraya en la medida en que en el centro del cuadro, en principio ocupado en la
                    representación clásica por una presencia simbólica (la imagen de los soberanos
                    en <title level="m">las Meninas</title>, por ejemplo), no hay nada, no ocurre
                    nada. El ojo habituado (¿educado?) a centrar rápidamente, a ir al centro, no
                    encuentra nada y refluye a la periferia, donde todavía palpita algo, a punto de
                    desaparecer. <hi rend="italic:true;">Fading</hi> de la representación, que se
                    refleja también a menudo en las figuras y los temas que se representan: los
                    autos vacíos y los <hi rend="italic:true;">drugstores</hi> desiertos de
                        <persName ref="#ralph_goings">Ralph Goings</persName>, las carnes enloquecidas de
                        <persName ref="#bacon">Bacon</persName>, los ciegos casi cadavéricos de
                        <persName ref="#cremonini">Cremonini</persName>
                    <note resp="#bonitzer" n="5"><persName ref="#louis_althusser">Althusser</persName>
                        comentó (<title level="a" rend="italic:true;" ref="#althusser_cremonini"
                            >Cremonini peintre de l'abstrait</title>) en <persName ref="#cremonini"
                            >Cremonini</persName>, esta ceguera e indiferencia de los rostros y la
                        extraña ausencia que los acosa: <cit>
                            <quote source="#althusser_cremonini">“Una ausencia puramente negativa,
                                la de la función puramente humanista que les es rechazada y que
                                ellos mismos rechazan; y una ausencia positiva, determinada, la de
                                la estructura del mundo que los determina, que los hace esos seres
                                anónimos, afectos estructurales de las relaciones reales que los
                                gobiernan”</quote>
                        </cit>. Un poco más adelante en el mismo artículo: <cit>
                            <quote source="#althusser_cremonini">“Él no puede ‘pintar’ esta
                                abstracción sino a condición de estar presente en su pintura bajo la
                                forma determinada por las relaciones que pinta: bajo la forma de su
                                ausencia, es decir en este caso bajo la forma de su propia
                                ausencia”</quote>
                        </cit>. Esto debemos entenderlo, supongo, como el rechazo de toda
                        idealización especular, narcisista. Lo que es extraño es que este rechazo
                        deja una huella, una ausencia señalada (señalada al menos por <persName
                            ref="#louis_althusser">Althusser</persName>, hasta el punto de verla
                        duplicada). Al mismo tiempo se puede ver en esta “ausencia”, que barre
                        también la tela con grandes líneas que se oponen a la profundidad, la
                        inscripción pura del sujeto-mate <note resp="#mario_levin"><hi rend="italic:true;"
                                >¿sin brillo, apocado, sin profundidad?</hi></note>, evanescente,
                        del “discurso de la ciencia” donde <persName ref="#louis_althusser"
                            >Althusser</persName> tiende a ubicar los enunciados pictóricos de
                            <persName ref="#cremonini">Cremonini</persName>, y que no es otra cosa
                        que esta ausencia subrayada.</note>, los ojos emparchados de <persName
                        ref="#monory">Monory</persName>... la <term type="rhetoric">ironía</term> es
                    mostrar fríamente, decir fríamente, lo cadavérico.</p>

                <p>Esta obsesión del amo en un espacio sin amo, esta obsesión del lugar del amo,
                    correlativo a menudo de un neo-dominio histérico (el hiperrealismo), tiene
                    seguramente en su seducción misma algo displacentero y siniestro. Es el aspecto
                    mortificante del desencuadre que es penoso y sin humor. La fotografía, por
                    ejemplo, que es por excelencia el arte del encuadre y el desencuadre (un pedazo
                    de realidad despegado en vivo o en frío en la instantánea o la composición), es
                    un arte básicamente desprovisto de humor, consagrado a la <term type="rhetoric"
                        >ironía</term>, la denuncia.<note resp="#pascal_bonitzer" n="6">Respecto de la
                        oposición ironía-humor, sadismo-masoquismo, se puede ver <bibl><persName
                            ref="#gilles_deleuze">Gilles Deleuze</persName>, <title level="m"
                            rend="italic:true;" ref="#deleuze_presentacion_sacher_masoch">Presentación de
                            Sacher Masoch</title> (<orgName type="editorial" ref="#ed_minuit">Minuit 10/18</orgName>)</bibl>. <bibl><persName
                            ref="#gilles_deleuze">Gilles Deleuze</persName> y <persName
                            ref="#claire_parnet">Claire Parnet</persName>, <title level="m"
                            rend="italic:true;" ref="#deleuze_dialogues">Dialogues</title>
                            (<orgName type="editorial" ref="#ed_flammarion">Flammarion</orgName>), sobre todo <biblScope unit="page" from="83" to="84">pp. 83-84</biblScope></bibl>. En cuanto a la
                        fotografía, pienso entre otras cosas en un álbum de <persName
                            ref="#helmut_newton">Helmut Newton</persName>, <title level="m"
                            rend="italic:true;" ref="#newton_femmes_secretes">Femmes Secretes</title>
                            (<orgName type="editorial" ref="#ed_flammarion">Flammarion</orgName>), fotos eróticas de lujo, y en una
                        vacilación significativa del prologuista: <cit>
                            <quote source="#newton_femmes_secretes">“El ojo de <persName
                                    ref="#helmut_newton">Newton</persName> es inhumano, frío y de
                                muchas maneras cruel. Ningún calor atempera el humor en el que se
                                baña su obra, y sin embargo el humor —o tal vez sería más apropiado
                                decir la ironía— tiene libre curso”</quote>
                        </cit>. Un poco más adelante: <cit source="#newton_femmes_secretes">
                            <quote>“Estas mujeres de físico siempre asombroso se sujetan sin embargo
                                —en el mundo de <persName ref="#helmut_newton">Newton</persName>— a
                                su ojo de amo y se transforman allí en símbolos cuya atracción
                                erótica está despojada de humanidad: no son personas sino
                                personae”</quote>
                        </cit>. Se trata aquí, desde luego, de un ejemplo un poco particular. Sobre
                        la función de <term type="rhetoric">ironía</term> y denuncia de la foto
                        remito al modo más general del reportaje periodístico, o también a los
                        retratos (<persName ref="#avedon">Avedon</persName>, por
                    ejemplo).</note></p>

                <p>Ahora bien, sobre este ítem el cine presenta más posibilidades, quizás a causa
                    del movimiento que es su ley, y por los hechos que está obligado a producir: los
                    hechos en cine, todo lo que sidera el marco, tiene siempre la forma del humor;
                    el prototipo de hecho cinematográfico es el gag o la catástrofe no trágica, sin
                    ser por eso el comienzo (el pecado) ni el final (el castigo), sino que surge por
                    el medio y procede por repetición. Lo que está en juego y pertenece
                    específicamente al cine, es el poder de hacer bascular el punto de vista y las
                    situaciones. En <persName ref="#jean_luc_godard">Godard</persName>, por ejemplo, no es
                    importante el encuadre ni el desencuadre, sino lo que viene a siderar el marco,
                    como las trazas de video en la superficie de la pantalla, líneas, movimientos
                    que decepcionan toda inmovilidad dominante de la mirada. En los planos fijos de
                        <hi rend="italic:true;">6x2</hi>, lo que importa no es el sadismo aparente
                    del marco estático, sino la duración que allí se combina para producir
                    acontecimientos de voces o de gestos. El desencuadre en este sentido no es
                    divisor, despedazante (sólo lo es desde el punto de vista de la unidad clásica
                    perdida), sino al contrario, multiplicador, generador de nuevas
                    disposiciones.</p>

                <p>También, como lo muestra el apólogo de <persName ref="#jean_eustache">Jean
                        Eustache</persName>, <title level="m" rend="italic:true;">Une sale
                        histoire</title>, la ironía sádica del encuadre excéntrico puede bascular en
                    cualquier momento de un modo humorístico-masoquista al otro lado del decorado.
                    El gran irónico, el maestro, es <persName ref="#alfred_hitchcock">Hitchcock</persName>,
                    que no lo muestra jamás y una de cuyas declaraciones resume así <persName
                        ref="#francois_truffaut">Truffaut</persName>: <cit>
                        <quote source="#truffaut_hitchcock">“Hay algo que el cineasta debería
                            admitir y es que para obtener el realismo en el interior del encuadre
                            previsto, puede ser necesario, eventualmente, aceptar una gran
                            irrealidad del espacio circundante; por ejemplo, un primer plano de un
                            beso entre dos personajes que se supone están parados, puede obtenerse
                            ubicando los dos actores de rodillas sobre una mesa de cocina”.</quote>
                        <bibl>(<title level="m" rend="italic:true;" ref="#truffaut_hitchcock">El
                                cine según Hitchcock</title></bibl>
                    </cit>, cf. también el pasaje concerniente a <title level="m"
                        rend="italic:true;">Psicosis</title> en el mismo capítulo). Pero lo que
                    constituye el encanto de la historia de Piq/Lonsdale, y hace del film de
                        <persName ref="#jean_eustache">Eustache</persName> una lección ético-teórica
                    del cine, se debe a que el agujero esté a ras del suelo y que el voyeur deba
                    operar apoyando la mejilla contra el piso, con sus cabellos rozando casi el
                    charco de orina. El humor es la alegre confesión del <hi rend="italic:true;"
                        >trabajo</hi> que le costó esta postura, y de haber obtenido de allí ese
                    sentimiento de dignidad sobre la palabra con la que se cierra, por dos veces, la
                    película.</p>



            </div>

 <div type="text" subtype="crítica">
            <head>La literatura fantástica. Función de los códigos socioculturales en la
               constitución de un género</head>
            <byline><persName ref="#ana_barrenechea">Ana María Barrenechea</persName></byline>
            <note>Leído en el XIX Congreso del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana
               de <placeName ref="#pittsburgh">Pittsburgh</placeName>(<date when="1979"
               >1979</date>)</note>
            <p>Hoy es casi un lugar común de la critica afirmar que toda obra literaria crea con su
               producción el propio código que la sustenta. Además, una experiencia como la de
                  <persName ref="#roland_barthes">Barthes</persName> en <title level="m"
                  rend="italic:true;" ref="#barthes_sz">S/Z</title> destaca el funcionamiento de los códigos
               del extratexto (incluidos los literarios) en la con formación de un texto.</p>
            <p>En esta comunicación me propongo analizar cómo los datos procedentes de códigos
               socioculturales (extratextuales) son elaborados por el texto en el caso de un tipo
               especial de obras que suelen clasificarse como pertenecientes a la literatura
               fantástica <note resp="#ana_barrenechea" n="1">Es bien sabido que <persName
                     ref="#todorov">Tzvetan Todorov</persName>, <bibl><title level="m" xml:lang="fr"
                        rend="italic:true;" ref="#todorov_intro_lit_fant">Introduction à la littérature
                        fantastique</title> (<placeName ref="#paris">París</placeName>:
                        <orgName type="editorial" ref="#ed_seuil">Seuil</orgName>, <date when="1970">1970</date>)</bibl>, pone como
                  rasgo definitorio de lo fantástico el carácter dudoso de los acontecimientos
                  sobrenaturales para el lector implícito. Véase mi posición y mis objeciones en
                        <bibl><title level="a" ref="#barrenechea_ensayo_lit_fant">“Ensayo de un tipología
                        de la literatura fantástica”</title>, <title level="j" rend="italic:true;"
                        ref="#revista_iberoamericana">Revista Iberoamericana</title>, <biblScope
                        unit="volume">XXXVIII</biblScope>, <biblScope unit="issue">80</biblScope>
                        (<date when="1972-09">julio-setiembre de 1972</date>), incluido en <title
                        level="m" rend="italic:true;" ref="#textos_hispanoamericanos">Textos
                        hispanoamericanos</title> (<placeName ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos
                        Aires</placeName>: <orgName type="editorial" ref="#ed_monte_avila">Monte Ávila</orgName>, <date when="1978"
                        >1978</date>), <biblScope unit="page" from="87" to="103">pp.
                        87-103</biblScope></bibl>.</note>.</p>
            <p>Descarto previamente la discusión sobre la legitimidad de la noción de género en
               teoría literaria, la existencia de lo fantástico como género o subgénero y la
               dificultad de la elección de rasgos para definirlo. Todo eso no invalida el hecho de
               que pragmáticamente se maneja la categoría de lo fantástico en la producción de las
               obras (como tradición literaria que los autores pueden aceptar o rechazar) y en la
               comercialización (puesto que se imprimen, venden y critican colecciones, antologías,
               bibliografías y obras particulares cuyos títulos o subtítulos las califican de
               fantásticas)</p>

            <p>Ahora me interesa destacar: 1) que la correlación con ciertas áreas del código
               sociocultural es indispensable ara la constitución del género; 2) que las relaciones
               entre como esos datos son manipulados por el texto y cómo aparecen organizadas esas
               áreas en el extratexto varían de época a época y de autor a autor; 3) que esa
               relación es muy compleja; 4) que si en la serie extratextual los códigos están
               determinados en el tiempo y en espacio, en cambio el texto goza de libertad para
               elegir y combinar rasgos respetando o no esas determinaciones y creando las reglas
               que rigen internamente sus mundos.</p>

            <p>Dos puntos adicionales quedan sobrentendidos en este planteo, pero no serán tratados;
               5) que no debe con fundirse esta relativa autonomía que postulamos con la negación de
               los condicionamientos histórico-culturales, los cuales rigen la creación de toda obra
               literaria, 6) que no debe deducirse de esa autonomía la idea de que toda obra
               fantástica, por serlo, implica necesariamente una huida de la realidad o una
               alienación <note resp="#ana_barrenechea" n="2"><persName ref="#borges">Borges</persName>,
                  en <title level="a">“La escritura del Dios”</title>, puede proponer el mundo de
                     <persName ref="#pedro_alvarado">Alvarado</persName> y el del sacerdote
                     <persName type="fictional_character">Tzinacán</persName> en la época de la
                  conquista, y construirlo —como observa con humor en el “Epílogo” a <title
                     level="m" rend="italic:true;" ref="#borges_aleph">El Aleph</title>— poniendo <q source="#borges_aleph">“en boca
                  de un mago de la pirámide de <persName type="deity">Qaholom</persName>”</q>
                  argumentos de cabalista o de teólogo.</note>.</p>
            <p>Antes de entrar en materia —para evitar confusiones— diré con qué concepto de
               literatura fantástica opero. Me refiero a un grupo de obras delimitado por medio de
               dos parámetros: uno, los tipos de hechos que se narran, y otro, los modos de
               presentar dichos hechos. En cuanto a los tipos de hechos, llamo obras fantásticas a
               aquellas que ofrecen simultáneamente acontecimientos que se adjudican: unos, a los
               campos de lo <hi rend="italic:true;">normal</hi>, y otros, a los de lo <hi
                  rend="italic:true;">anormal</hi>, según los códigos culturales que el mismo texto
               elabora o da por supuesto cuando no los explicita.</p>
            <p>Pero no basta tener en cuenta lo narrado, hay que contar con el modo de presentarlo.
               El relato puede mostrar esa convivencia de hechos normales y anormales como <hi
                  rend="italic:true;">problemática</hi> o como <hi rend="italic:true;">no
                  problemática</hi>, en el primer caso tendremos la literatura fantástica, en el
               segundo algunas formas de lo maravilloso; por ejemplo, los cuentos de hadas.</p>
            <p>Aquí se hacen necesarias ciertas aclaraciones: unas, relativas al significado que doy
               a los términos; otras, al modo de acotar los acontecimientos que entran en cada una
               de las categorías. Por <hi rend="italic:true;">problemática</hi> entiendo suscitadora
               de problemas, conflictiva para el lector (y a veces también para los personajes); de
               ninguna manera quiero decir dudosa o insegura en cuanto al juicio sobre la naturaleza
               de los hechos. Para comprender el significado que doy a las palabras <hi
                  rend="italic:true;">normal</hi> y <hi rend="italic:true;">anormal</hi> pondré por
               el momento ejemplos tomados de la llamada “realidad”, o sea, de la serie
               extraliteraria.</p>
            <p>En la experiencia cotidiana nos manejamos con códigos culturales para decidir qué
               cosas son pensables en la vida de los hombres, ya sea por las creencias en el orden
               natural físico y psíquico (saber científico, sabes popular) y en el orden
               sobrenatural y parapsíquico (creencias religiosas y míticas, magia, brujería,
               supersticiones). Estos códigos están condicionados por el lugar y el tiempo, como
               todo hecho cultural <note resp="#ana_barrenechea" n="3"><persName ref="#todorov"
                     >Todorov</persName>, <bibl><ref target="#todorov_intro_lit_fant">op.cit.</ref>,
                        <biblScope unit="page">p. 88</biblScope></bibl>, dice que el narrador
                  representado (narrador-personaje) conviene a lo fantástico tal como él lo define,
                  porque deja en la duda sobre el <hi rend="italic:true;">status</hi> de lo narrado
                  (¿ilusión, alucinación, error, superchería?) lo que ha sido visto o experimentado
                  por él. <persName ref="#bellemin_noel">Jean Bellemin-Nöel</persName>, <bibl><title
                        level="a" xml:lang="fr" ref="#bellemin_formes_fantastiques">“Des formes fantastiques
                        aux themes fantasmatiques”</title>, <title level="j" xml:lang="fr"
                        rend="italic:true;" ref="#revista_litterature">Littérature</title>,
                        <biblScope unit="issue">2</biblScope> (<date when="1971-05">mayo
                     1971</date>), <biblScope unit="page" from="103" to="118">pp.
                        103-118</biblScope>,</bibl> y <bibl><title level="a" xml:lang="fr"
                        ref="#gautier_notes_fant">“Notes sur le fantastique (Textes de <persName
                           ref="#theophile_gautier">Théophile Gautier</persName>)”</title>, <title
                        level="j" xml:lang="fr" rend="italic:true;" ref="#revista_litterature"
                        >Littérature</title>, <biblScope unit="issue">8</biblScope> (<date
                        when="1972-12">diciembre 1972</date>), <biblScope unit="page" from="3"
                        to="23">pp. 3-23</biblScope>,</bibl> llama la atención sobre la separación
                  entre <hi rend="italic:true;">protagonista</hi> y <hi rend="italic:true;"
                     >narrador</hi> (pues aunque éste sea la misma persona, cuenta más tarde y
                  alejado de la experiencia) y considera el desdoblamiento entre el héroe y el
                  narrador-testigo (<hi rend="italic:true;">relais</hi>) como fundador del género
                  (que define como <persName ref="#todorov">Todorov</persName> basándose en la
                  duda).</note>. Aclaro, pues: lo admitido en ambas esferas (natural y sobrenatural)
               es un acontecimiento normal para el grupo que lo considera como posible por
               esporádico que sea: cabe dentro de las regulaciones de los hechos humanos y divinos
               en esa sociedad. (Por ejemplo, a un niño enfermo puede salvarlo un médico experto o
               la intervención de la Virgen.) Lo anormal es todo lo que en el nivel natural o
               sobrenatural, físico e metafísico, psíquico o parapsíquico, resulta fuera de lo
               aceptado socioculturalmente por uno o más grupos en cuestión. Así queda aclarado que
               no consideraré obras fantásticas las narraciones míticas (por ejemplo, el <title
                  level="m">Popol Vuh</title>), ni tampoco los relatos medievales sobre lo
               maravilloso cristiano (milagros de la Virgen, vidas de santos) producidos en épocas y
               lugares en que hay homogeneidad de creencias, y ese consenso está inscrito en el
               relato mismo. Lo que ocurre es que las creencias de una sociedad no suelen ser
               homogéneas y lo admitido como norma por unos (especialmente en el ámbito
               sobrenatural) resulta anormal para otros.</p>
            <p>Los problemas se complican cuando se pasa de las sociedades y sus códigos culturales
               al modo en que los textos los reelaboran. Pensemos que el mundo imaginario que ofrece
               la obra puede estar configurado con códigos muy diversos que no tienen que ser
               necesariamente los del propio escritor ni los de su público lector —coincidentes o no
               en tiempo y lugar—, todas entidades extrínsecas al texto. Dentro de las
               consideraciones intrínsecas, el nivel de lo enunciado y el de la enunciación (el de
               los acontecimientos narrados y el del narrador) agregarán también otros motivos de
               convergencias y divergencias. A ello se añade la exigencia genérica de que la
               convivencia de lo normal y anormal plantee problemas. La manera en que están
               presentados los hechos conflictuales sugerirá a veces que los acontecimientos están
               vistos a través de las creencias del narrador, o de uno o varios personajes, o del
               oyente o lector implícito o explícito en la obra. Y éstos pueden coincidir o no entre
               sí y también ser distintos o iguales a los del lector y la sociedad que recibe el
               relato.</p>
            <p>Por mucho que algunas corrientes críticas deseen o hayan deseado separar radicalmente
               el texto del orbe extratextual, es indudable que éste subyace a toda lectura. Aunque
               una obra organice su mundo imaginario con códigos de tiempos y lugares remotos
               siempre será leída contrastando con los del lugar y tiempo de la lectura. Ese
               contraste puede estar explotado o no en el texto mismo, según se verá más
               adelante.</p>
            <p>Una de las fórmulas literarias usuales en la historia de lo fantástico ha sido elegir
               lo que es motivo de creencias contrarias en grupos culturales que conviven (por
               ejemplo, lo demoníaco, las apariciones de ultratumba, etc.) y presentar los hechos a
               través del testimonio divergente de narradores y/o personajes que sostienen
               posiciones opuestas. Entonces el enfrentamiento en las creencias (científicas,
               religiosas, etc.) y el debate sobre su legitimidad marca el conflicto de la
               conjunción de lo normal y lo anormal, pero no es el único recurso empleado en el
               género. </p>

            <p>Otro grupo de obras acepta dentro de su orbe imaginario la existencia de hechos
               anormales sin que provoquen un debate interno. Unas veces los justifica con curiosas
               explicaciones, otras simplemente los presenta. Entre los relatos que ofrecen
               aclaraciones bastará recordar <title level="m" rend="italic:true;"
                  ref="#bioy_invencion_morel">La invención de Morel</title>, de <persName
                  ref="#bioy_casares">Bioy Casares</persName>
               <note resp="#ana_barrenechea" n="4">Sobre el acierto o desacierto del escritor al incluir
                  explicaciones de lo anormal habló <persName ref="#bioy_casares">Bioy
                     Casares</persName> en su <bibl>“Prólogo” a la <title level="m"
                        rend="italic:true;" ref="#antologia_lit_fant">Antología de la literatura
                        fantástica</title> compilada por <persName ref="#borges">Jorge Luis
                        Borges</persName>, <persName ref="#bioy_casares">Adolfo Bioy
                        Casares</persName> y <persName ref="#silvina_ocampo">Silvina
                        Ocampo</persName> (<placeName ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos
                        Aires</placeName>: <orgName type="editorial" ref="#ed_sudamericana">Sudamericana</orgName>, <date when="1940"
                        >1940</date>)</bibl>. Las invenciones de <persName ref="#bioy_casares"
                     >Bioy</persName> y de <persName ref="#borges">Borges</persName> son calificadas
                  por ellos mismos como <q>“<hi rend="italic:true;">fantásticas</hi>, pero no <hi
                     rend="italic:true;">sobrenaturales</hi>”</q>, refiriéndose cada uno a la del otro:
                  véase <bibl><persName ref="#borges">Jorge Luis Borges</persName>, Prólogo a <title
                        level="m" rend="italic:true;" ref="#bioy_invencion_morel">La invención de
                        Morel</title> (<placeName ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos
                        Aires</placeName>: <orgName type="editorial" ref="#ed_emece">Emecé</orgName>, <date when="1954">1954</date>),
                        <biblScope unit="page">p. 14</biblScope></bibl>.</note>, o el caso de
                  <persName ref="#borges">Borges</persName>, que suele concluir sus ficciones (y aún
               sus ensayos) con un abanico de explicaciones posibles, y a veces privilegia la más
               asombrosa. Es obvio que todas las obras que incluyen comentarios (pseudocientíficos,
               filosóficos, teosóficos o sostenidos en creencias populares de ocultismo o de magia,
               etc.) inscriben en su texto los códigos culturales con los que se elaboran las
               categorías de lo anormal y lo normal. La explicación se destaca siempre en contraste
               expreso o tácito sobre el sistema de creencias del lector implícito que el mismo
               texto construye.</p>

            <p>Consideremos ahora el grupo de relatos que insertan el hecho inusitado como
               existente, pero sin explicación: por ejemplo, que el mago de <title level="a">“Las
                  ruinas circulares"</title> sueñe y sea soñado, en <persName ref="#borges"
                  >Borges</persName>; que el tiempo fluya desde la muerte hacia el nacimiento, en
                  <persName ref="#alejo_carpentier">Carpentier</persName>; que existan los trasvasamientos
               de tiempos, de espacios, de individualidades, en <persName ref="#julio_cortazar"
                  >Cortázar</persName> (<title level="a" ref="#cortazar_axolotl">“Axolotl”</title>. <title
                     level="a" ref="#cortazar_otro_cielo">“El otro cielo”</title>, <title level="a"
                        ref="#cortazar_lejana">“Lejana”</title>); que se trastornen las ideas comunes sobre tiempo,
               espacio, causalidad, unidad del yo, materia, mundo y tras mundo, etc. Es indudable
               que la conjunción de opuestos como problema debe estar inscrita de algún modo cuando
               el texto no recurre al debate de narradores y/o actantes para que la obra no caiga en
               lo simplemente maravilloso (el cuento de hadas, lo maravilloso cristiano, etc.). Así,
               en <title level="m" ref="#carpentier_viaje_semilla">“Viaje a la semilla”</title>
               <note resp="#ana_barrenechea" n="5">Véanse, entre otros, los análisis de <bibl><persName
                        ref="#manuel_duran">Manuel Durán</persName>, <title level="a"
                        ref="#duran_viaje_semilla">“Viaje a la semilla: el cómo y el porqué de
                        una pequeña obra maestra”</title>, en <title level="m" rend="italic:true;"
                        ref="#asedios_carpentier">Asedios a Carpentier. Once ensayos críticos sobre
                        el novelista cubano</title> (<placeName ref="#santiago_chile">Santiago de
                        Chile</placeName>: <orgName type="editorial" ref="#ed_universitaria">Ed. Universitaria</orgName>, <date when="1972"
                        >1972</date>), <biblScope unit="page">pp. 63-87</biblScope> y en <title
                        level="m" rend="italic:true;" ref="#recopilacion_textos_carpentier"
                        >Recopilación de textos sobre Alejo Carpentier</title> (<placeName
                        ref="#habana">La Habana</placeName>: <orgName type="editorial" ref="#ed_casa_americas">Casa de las
                        Américas</orgName>, <date when="1977">1977</date>), <biblScope unit="page">pp.
                        295-320</biblScope></bibl>; <bibl><persName>Roberto M.
                        Assardo</persName>, <title level="a" ref="#assardo_viaje_semilla">“Viaje a
                        la semilla”</title>, <title level="m" rend="italic:true;"
                        ref="#explicacion_textos_literarios">Explicación de textos
                        literarios</title>, <biblScope unit="volume">vol. 1</biblScope>, <biblScope
                        unit="page">pp. 39-47</biblScope></bibl>, y <bibl><persName>Eduardo G. Gonzalez</persName>, <title level="a"
                        ref="#gonzalez_viaje_siglo">“Viaje a la semilla” y <hi
                           rend="italic:true;">El Siglo de las Luces</hi>: conjugación de dos
                        textos”</title>, <title level="j" rend="italic:true;"
                        ref="#revista_iberoamericana">Revista Iberoamericana</title>, <biblScope
                        unit="issue">XLI, 92-93</biblScope> (<date when="1975-12">julio-diciembre de
                        1975</date>), <biblScope unit="page">pp. 423-444</biblScope></bibl>.</note>,
               de <persName ref="#alejo_carpentier">Carpentier</persName>, basta la yuxtaposición de los
               dos capítulos que abren y cierran el relato (el I y el XIII con su dirección temporal
               marcada por el sol de Oriente a Occidente, del nacer al morir, en contraste violento
               con los del tiempo invertido), las alusiones a la disolución en una y otra dirección
               temporal (<cit>
                  <q source="#carpentier_viaje_semilla">“cuando llegó la noche, la casa estaba más cerca de la
                     tierra”</q>
                  <bibl>, <biblScope unit="chapter">cap. I</biblScope></bibl>
               </cit>; <cit>
                  <q source="#carpentier_viaje_semilla">“todo se metamorfoseaba, regresando a la condición
                     primera. El barro volvió al barro, dejando un yermo en lugar de casa”</q>
                  <bibl>, <biblScope unit="chapter">cap. XII</biblScope></bibl>
               </cit>; <cit>
                  <q source="#carpentier_viaje_semilla">“porque el sol viajaba de Oriente a Occidente y las
                     horas que crecen a la derecha de los relojes deben alargarse por la pereza, ya
                     que son las que más seguramente llevan a la muerte”</q>
                  <bibl>
                     <biblScope unit="chapter">cap. XIII</biblScope></bibl>
               </cit>). También se agregan en este cuento unas líneas con vaga alusión a las
               prácticas mágicas de los esclavos africanos (caps. Il y IV), y es indudable que
               coadyuvan las tradiciones filosóficas y específicamente literarias del género
               fantástico en la temática con sus juegos temporales y en el estilo narrativo. Pero
               ¿no hubiera bastado acaso la virtuosa, morosa imaginativa descripción de los
               resultados de la inversión temporal y el consecutivo vuelco que destruye y relativiza
               la concatenación causal llevados a cabo por <persName ref="#alejo_carpentier"
                  >Carpentier</persName>?</p>


            <p>No intento agotar la enumeración de las múltiples soluciones aportadas por los
               relatos que no debaten ni explican los acontecimientos sobrenaturales, sino llamar la
               atención sobre algunos caminos seguidos. Por ejemplo, <persName ref="#anderson_imbert"
                  >Anderson Imbert</persName> ha retomado los argumentos de los mitos clásicos o de
               las leyendas medievales en <title level="m" rend="italic:true;"
                  ref="#imbert_gato_cheshire">El gato de Cheshire</title>, pero no clasificaríamos
               sus textos ni entre la literatura mítica ni entre lo maravilloso -cristiano. Así, en
               <title level="a" ref="#imbert_vertigos">“Vértigos”</title> y <title level="a"
                  ref="#imbert_paraiso">“Paraíso”</title> reescribe el milagro del monje trasladado
               al paraíso por el canto de un pájaro y su vuelta a la tierra. Basta la reelaboración
               libre con variantes, a la que se agrega el refuerzo de la <term type="rhetoric"
                  >ironía</term> y los <term type="concept">juegos intertextuales</term> (en el
               primero, la leyenda de tradición islámica sobre la yegua
               <persName>Alburak</persName>, que arrebata a <persName ref="#mahoma"
                  >Mahoma</persName> y vuelca con su pata una jarra de agua, popularizada por
                  <persName ref="#borges">Borges</persName>
               <note resp="#ana_barrenechea" n="6"><persName ref="#borges">Borges</persName> la cita
                  como epígrafe de <title level="a">“El milagro secreto”</title>, en <title
                     level="m" rend="italic:true;" ref="#borges_ficciones">Ficciones, Obras
                     Completas</title>, 5 (<placeName ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos
                     Aires</placeName>: <orgName type="editorial" ref="#ed_emece">Emecé</orgName>, <date when="1956">1956</date>),
                  pero originariamente había puesto la leyenda del monje y el ruiseñor según
                     “<persName ref="#henry_newman">Newman</persName>, <title level="m"
                     rend="italic:true;">A Grammar of Assent</title>, note III” (<title level="m"
                     rend="italic:true;" ref="#borges_ficciones">Ficciones</title>, <placeName
                     ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos Aires</placeName>: <orgName type="editorial" ref="#ed_sur">Sur</orgName>,
                     <date when="1944">1944</date>, p. 181); <bibl><persName ref="#borges"
                        >Borges</persName> y <persName ref="#bioy_casares">Bioy Casares</persName>,
                     en el <title level="m" rend="italic:true;" ref="#libro_cielo_infierno">Libro
                        del cielo y del infierno</title> (<placeName ref="#buenos_aires_ciudad"
                           >Buenos Aires</placeName>: <orgName type="editorial" ref="#ed_sur">Sur</orgName>, <date when="1960"
                        >1960</date>)<biblScope unit="page">, p. 169</biblScope></bibl>, mencionan
                  la leyenda de <persName ref="#mahoma">Mahoma</persName> según “<persName
                     ref="#george_sale">Sale</persName>, Prólogo de <title level="m">Corán</title>”,
                  y también citan a <persName ref="#alfonso_sabio">Alfonso el Sabio</persName>,
                     “<title level="a">Cantiga CIII</title>”, p. 168, y a <persName
                     ref="#godofredo_viterbo">Viterbo</persName> en p. 170.</note>, y la alusión al
                pintor <persName ref="#jacquemart_de_hesdin">Jacquemart de Hesdin</persName>; en el segundo, la
               alusión al <title level="m">Panteón</title> de <persName ref="#godofredo_viterbo"
                  >Godofredo de Viterbo</persName> en boca del ángel, como hecho a la vez
               contemporáneo del lector y alejado por siete siglos). <persName ref="#anderson_imbert"
                  >Anderson Imbert</persName> es el ejemplo nítido del autor que juega con el manejo
               contrastado de dos códigos culturales (cristiano-medieval en lo que se narra,
               ateo-contemporáneo en el tono de la narración) y su <term type="rhetoric"
                  >contraposición irónica</term>.</p>

            <p>Pero la trayectoria histórica del género va acentuando cada vez más su trabajo en la
               experiencia de los limites en el relativismo de todo saber. Llegamos así a un punto
               en la evolución del relato fantástico en el que parece superfluo preguntarse dentro
               de qué pautas culturales se eligen los hechos que representan los campos de lo
               anormal y lo normal. El mundo occidental en el <date notBefore="1901" notAfter="2000"
                  >siglo XX</date> ofrece una historia en la que los grupos más avanzados:
               literarios, psicológicos, filosóficos, científicos cuestionan radicalmente los
               códigos anteriores (citaré unos pocos: el realismo y la verosimilitud, o la obra como
               mímesis, en la literatura; la física newtoniana frente a las teorías de la
               relatividad, o de los cuanta, o la noción de antimateria, en las ciencias de la
               naturaleza; la disolución de un yo unificado, en las teorías freudianas).</p>

            <p>Mencionaré sólo dos casos típicos y muy distintos en la línea de la literatura
               fantástica. En <persName ref="#virgilio_piniera">Virgilio Piñera</persName> (<date
                  when="1912">1912</date>) se muestra el ejemplo de una fabulación que metaforiza la
               disyunción en el absurdo generalizado. Hay una falta de correlación y de lógica en
               los hechos contados (lo enunciado) y en el nivel de la enunciación y sus convenciones
               admitidas, pero también en las relaciones entre ambos niveles.</p>

            <p>Por ejemplo, en los hechos narrados no se produce que se esperaría en la vida: el
               hombre condenado a morir rechaza las mil oportunidades de escaparse que le ofrecen
               (mujer, carcelero, jefe de prisión) y elige buscar la liberación por el desaforado
               ejercicio del raciocinio a la misma salvación (<title level="a">“El
                  conflicto”</title>, 112). Tampoco concuerdan los hechos y las reacciones de sus
               espectadores <title level="a">“El álbum”</title>) ni se da la secuencia esperada
               entre los hechos mismos (<title level="a">“El señor ministro”</title>, 164). Si se
               analizan además las secuencias desde el punto de vista de la narratividad, se
               comprueba que tampoco siguen las pautas tradicionales. El modo de narrar los
               acontecimientos crea en el lector expectativas y luego el relato se corta sin
                  futuro<note resp="#ana_barrenechea" n="7">Cito por la edición de sus relatos
                        <bibl><title level="m" rend="italic:true;" ref="#piniera_vino_salvarme">El que vino
                        a salvarme</title> (<placeName ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos
                        Aires</placeName>: <orgName type="editorial" ref="#ed_sudamericana">Sudamericana</orgName>, <date when="1970"
                        >1970</date>)</bibl> con indicación del número de página.</note> (<title
                  level="a">"El parque”</title>, 99; <title level="a">“El comercio”</title>, 101;
                  <title level="a">“La boda”</title>, 103). Tampoco hay armonía entre la naturaleza
               de los sucesos y la manera de contarlos. En <title level="a">“La caída”</title>,
                  <title level="a">"La carne"</title>, <title level="a">“El caso Acteón”</title> se
               habla de monstruosidades (muertes, despedazamientos, antropofagia) con el tono neutro
               de quien relata acontecimientos que no lo afectan emocionalmente o con el tono
               exultante de quien los valora positivamente, aun a pesar de ser su víctima. Otras
               veces ocurre a la inversa: se intensifica la nota emocional en el relato de asuntos
               sin importancia (<title level="a">“Alegato contra la bañadera desempotrada”</title>,
               167), hasta que sumergido, perdido en el lenguaje de las relaciones comparativas
               espacio-temporales, siente el peligro de quien se pierde en los laberintos terrestres
                  (<title level="a">“La locomotora”</title>, 161-162). El absurdo generalizado
               construye literariamente un mundo en el que ya no es posible funcionar con la
               contraposición de lo normal y lo anormal, porque desde lo nimio a lo de máxima
               importancia todo pierde su condición de clasificable en tales orbes, y el “orden" que
               rige los códigos socioculturales estalla hecho pedazos.</p>

            <p>Analizaré algo más extensamente uno de sus cuentos, <title level="a">“El
                  álbum”</title> (64). En él, las gentes de una pensión interrumpen sus actividades
               cotidianas y se quedan fascinadas durante meses oyendo la descripción que una de las
               pensionistas hace de las fotos contenidas en su álbum (en realidad, de parte de una
               sola foto, que capta parte de una escena de su boda: cuando corta el pastel). Hay una
               puesta entre paréntesis total del “vivir” y de la temporalidad y de la muerte. Por
               ocho meses olvidan lo que no sea la azarosa descripción: no se mueven, comen, defecan
               en el lugar y uno de los personajes llega a morir antes de concluirse la sesión. La
               suspensión del “vivir" queda sustituida por el arte verbal de la descripción de una
               foto, que es a su vez copia de un instante pretérito “vivido". Pero el total azar
               guía a la relatora en la elección de fragmentos de la foto y de fragmentos de memoria
               conectados con ellos en un orden que no está regido por ninguna ley. No los busca ni
               por la importancia, ni por el interés, ni por la belleza, ni por la simple
               distribución especial en la reproducción fotográfica, ni por la supuesta secuencia
               temporal de los acontecimientos registrados, ni por el más leve resquicio de
               finalidad. La descripción empieza por un acto azaroso al abrir el álbum y señalar con
               el índice una foto, se detiene o se apresura, saltea o señala, divaga en el recuerdo
               y concluye tan azarosamente como empezó.</p>

            <p>Agregaré un último caso, el de <persName ref="#garcia_marquez">García
                  Márquez</persName>
               <note resp="#ana_barrenechea" n="8"><persName ref="#garcia_marquez">García
                  Márquez</persName>, como bien lo vio <persName ref="#emir_rodriguez_monegal">Emir
                     Rodríguez Monegal</persName>, puede ofrecer por medio de sus narradores <q who="#emir_rodriguez_monegal">“el mundo de
                  la invención total, el mundo de la invención creada y aceptada e impuesta como
                  ficción”</q>, cuya primera aparición descubre en un párrafo de <title level="m"
                     ref="#garcia_marquez_funerales_mama">“Los funerales de la Mamá grande”</title>, en el que el Papa
                  viaja en góndola desde <placeName ref="#roma">Roma</placeName> por la vía Apia y <cit><quote source="#rodriguez_monegal_novedad_anacronismo">“a través de los caños intrincados y
                  las ciénagas que marcaban el límite del Imperio romano y los hatos de Mamá grande”</quote>
                     <bibl>(<title level="a" ref="#rodriguez_monegal_novedad_anacronismo">“Novedad y
                     anacronismo de <hi rend="italic:true;">Cien años de soledad</hi>”</title>, <title level="j" rend="italic:true;" ref="#nueva_narr_hisp">Nueva
                     Narrativa Hispanoamericana</title>, <biblScope unit="issue">1</biblScope>,<biblScope unit="volume">1</biblScope> (<date when="1971-01">enero de
                  1971</date>), <biblScope unit="page">pp. 25-26</biblScope></bibl></cit>. Pero junto a esta conducta del relator que lo acercaría
                  más al mundo de lo maravilloso ofrece otras variadas conductas, especialmente de
                  personajes (vistos por un relator que no toma partido), los cuales interpretan,
                  rechazan o aceptan los acontecimientos inverosímiles por las razones más
                  inesperadas. Por otra parte, también lo aleja de lo maravilloso el presentar los
                  hechos sobrenaturales en formas que subvierten las convenciones literarias, como
                  se ve en el ángel despojado humorísticamente de todo el prestigio de lo
                  maravilloso cristiano.</note>. En él, los códigos culturales con que configura las
               categorías de hechos normales y anormales no parecen responder a experiencias
               socioculturales, localizables histórica y geográficamente. En las entrevistas
               publicada insiste en decir que en su <rs type="place">tierra colombiana</rs> todas
               esas extrañas creencias pueden convivir, pero no hay que tomar muy en serio sus
               afirmaciones ni basar la crítica en una supuesta correspondencia del mundo de Macondo
               con la “realidad" americana. Hay que entenderlas como elaboración —con desborde
               imaginativo y desaforada exageración superlativa— de variados elementos, toma dos
               unas veces de creencias populares, otras de fuentes literarias (la historia del judío
               errante, la leyenda del buque fantasma, la <title level="m">Biblia</title>, <title level="m" rend="italic:true;">Las mil y una noches</title>, etc.).</p>

            <p>Lo que llama la atención en <persName ref="#garcia_marquez">García
                  Márquez</persName> no es que la gente crea en jóvenes que suben al cielo, curas que
               levitan, alfombras que vuelan, ángeles que caen del cielo. Lo original es la
               distribución de los rasgos que caracterizan a los seres y hechos normales o anormales
               los predicados que los determinan, y también la adjudicación de las creencias y de
               las reacciones entre los distintos personajes o lo inusitado de las proyecciones que
               esos hechos tendrán en el desarrollo de la historia.</p>

            <p>Si recordamos <title level="m" rend="italic:true;" ref="#garcia_marquez_cien_anios">Cien
                  años de soledad</title>, no sólo sor prende que se acepte que los gitanos vuelen en
               las alfombras, sino que eso parezca un recurso poco científico, lo que anula todo
               código de creencias mágicas y de cientificidad que podría haber servido de análogo.
               Los patrones que rigen la credulidad o las suspicacias de <persName
                  type="literary_character">José Arcadio Buendía</persName> y de los demás personajes no
               corresponden a ningún modelo cultural que sea coherente y localizable (incluidas las
               regulaciones literarias). <persName ref="#garcia_marquez">García Márquez</persName>
               parece dotar a cada uno de sus héroes (y a veces a sus narradores) de códigos
               particulares totalmente arbitrarios con respecto a los que rigen o rigieron alguna
               vez en la serie histórica, pero totalmente congruentes con la función que quiere
               hacerles desempeñar en el relato y que justifican sus acciones.</p>

            <p>Del cuento <title level="a" ref="#garcia_marquez_viejo_alas">“Un señor muy viejo con unas alas
                  enormes”</title> no podría decirse que es maravilloso porque los hechos
               extraordinarios no son aceptados sin llamar la atención, pero tampoco sigue los
               cauces en que el género fantástico se desarrolló durante el <date notBefore="1801" notAfter="1950">siglo
                  XIX y parte de XX</date>, porque rompe los cuadros de la distinción normal/
               anormal y trastorna la analogía con las convenciones extratextuales (incluidas las
               literarias). La distorsión de esos patrones, la forma original de hiperbolizar su
               diseño o de borrarlo en una desaparición y aparición espectacular y aparentemente
               arbitraria lo acercan a un manejo de prestidigitador de los códigos paralelo al de
               los truchimanes de feria que se complace en incluir en sus relatos y tan gozoso como
               el espectáculo de ellos.</p>

            <p>De este breve planteo sobre algunos de los modos en que las narraciones fantásticas
               crean las categorías de lo normal y lo anormal, cuya confrontación conflictiva
               constituye la base del género, surgen algunas conclusiones: 1. Que cada obra crea sus
               propias categorías por una compleja red de relaciones textuales (en el nivel de la
               narración y de lo narrado) y extratextuales (con materiales de los códigos
               socioculturales, incluidos los específicos de la tradición literaria y del propio
               género). 2. Que si los códigos con que se ha conformado al lector implícito son
               decisivos en la orientación de la lectura, no dejan de funcionar los códigos del
               lector real en constante contrapunto, nunca totalmente acallado. 3. Que en la
               transformación diacrónica del género, se va acentuando un proceso de cambio en la
               utilización de los códigos. Estos eran al principio fácilmente localizables en
               tiempo, espacio y grupo social que los sustentaba, pero cada vez se han convertido en
               más ambiguos, menos localizables, más heterodoxos en la manipulación de los datos y
               las convenciones del extratexto. Así se nota en muchos una subversión de la tradición
               mimética y del respeto a las reglas de verosimilitud, seguidas anteriormente aun en
               la literatura fantástica.</p>


         </div>
            
            <div type="text" subtype="crítica">

                <head><title level="m" ref="#gombrowicz_ferdydurke">Ferdydurke</title> en español</head>
                <byline><persName ref="#witold_gombrowicz">Witold Gombrowicz</persName></byline>

                <div type="introduction">
                    <head>Nota introductoria</head>
                    <byline><persName ref="#luis_gusman">Luis Gusmán</persName></byline>
                    <p>Este prólogo escrito por <persName ref="#witold_gombrowicz">W. Gombrowicz</persName>
                        acompaña la primera edición de <title level="m" ref="#gombrowicz_ferdydurke"
                            >Ferdydurke</title> en español, aparecida en el año <date when="1947"
                            >1947</date> en la <orgName type="editorial" ref="#ed_argos">Editorial Argos</orgName>.
                        La edición posterior —<orgName type="editorial" ref="#ed_sudamericana">Sudamericana</orgName>,
                            <date when="1964">1964</date>— no reproduce dicho prólogo ni tampoco las
                        notas sobre la traducción que se encuentran en la primera edición,
                        apareciendo en cambio precedida por un prólogo de <persName ref="#ernesto_sabato">E.
                            Sábato</persName>. No hemos de detenernos aquí en los efectos de tal
                        sustitución, ni intentaremos constatar en la comparación la figura adecuada
                        para que una mal llamada “investigación histórica de la literatura” obtenga
                        por las pruebas de lo documental el origen de su fundamento; su publicación
                        tampoco responde a una supuesta “legitimidad”, porque no está en juego
                        ninguna reivindicación; no se trata del rescate o del olvido (zona
                        despreciable que suelen recorrer las revistas literarias), mucho menos de
                        “curiosidad”.</p>

                    <p>Ocurre simplemente que un prólogo es una de las formas de la cortesía, y que
                        a veces bajo el tópico de la amistad o del agradecimiento puede dar lugar al
                        recorrido de una lectura. Tal vez si una mano retenía a la otra en el
                        instante de escribir, el gesto gombrosiano de llevarse la mano a la oreja
                        nos señala el momento mismo de la lectura, porque basta el vuelo de una
                        mosca para que este acto se interrumpa. O porque esas muecas que disponen la
                        escritura de <persName ref="#witold_gombrowicz">Gombrowicz</persName> agrietan
                        siempre, por duro que sea el mármol, el destino de cualquier busto
                        literario.</p>

                </div>

                <div>

                    <p>Este libro vio la luz del día en <placeName ref="#polonia"
                            >Polonia</placeName>, un año antes de la guerra y para comprender su
                        clima no hay que olvidarse de esta fecha. Yo antes había publicado un
                        volumen de cuentos intitulado <title level="m" rend="italic:true;"
                            ref="#gombrowicz_memorias_maduracion">Memorias del período de la
                        maduración</title>.</p>

                    <p>Como la mentalidad polaca de preguerra iba por caminos completamente
                        distintos del que yo había elegido, no abrigaba al publicar <title level="m"
                            rend="italic:true;" ref="#gombrowicz_ferdydurke">Ferdydurke</title> mayores
                        esperanzas de éxito. Si a fin de cuentas las cosas no salieron tan mal, esto
                        se debe a un grupo de decididos y fervientes partidarios de esta aventura,
                        que eran en su mayoría gente joven. Gracias a ellos el libro fue ampliamente
                        analizado y lo que se ha escrito sobre <title level="m" rend="italic:true;"
                            ref="#gombrowicz_ferdydurke">Ferdydurke</title> en estudios polémicas, comentarios,
                        etc., sobrepasa varias veces su tamaño. No obstante, ni yo ni <title
                            level="m" rend="italic:true;" ref="#gombrowicz_ferdydurke">Ferdydurke</title> hemos
                        entrado de lleno en la literatura oficial polaca lo que, por cierto, nos
                        apena muy profundamente.</p>

                    <p>Cuando las olas de la polémica estaban por calmarse y pensaba en escribir
                        algo nuevo, fui invitado a participar en el viaje de inauguración de un
                        nuevo transatlántico nuestro, puesto en servicio entre <placeName
                            ref="#polonia">Polonia</placeName> y la <placeName ref="#argentina"
                            >Argentina</placeName>. Llegué aquí para tres semanas solamente, pero
                        ellas se prolongaron en más de seis años, ya que estalló la guerra. Los que
                        a través de <title level="m" rend="italic:true;" ref="#gombrowicz_ferdydurke"
                            >Ferdydurke</title> captarán ciertas particularidades de mi alma,
                        comprenderán también por qué el alma, en vez de buscar vinculaciones con los
                        “círculos" locales llevaba una vida anónima y bohemia muy cercana,
                        desgraciadamente, a la miseria. Perdido en este país, entontecido y
                        aplastado por los acontecimientos europeos, vagaba por las calles sin ganas
                        de hacer nada, o, bajo una mesa de café, lloraba amargamente. Me alejé por
                        completo de las letras, y sólo debo a mi feliz inclinación hacia el
                        infantilismo que, a pesar de toda índole de desastres y humillaciones,
                        lograra conservar un grano de alegría. Últimamente me ha vuelto el ánimo
                        para el trabajo literario y creo que en breve tendré el placer de publicar
                        alguna nueva obra.</p>

                    <p>Ahora ya sabéis de dónde os cayó este librito. Claro está que no se trata
                        aquí de una novela realista y por lo tanto no hay que imaginarse que
                        —digamos— los escolares polacos en realidad se preocupan hasta tal punto por
                        su inocencia o que los criados fueran abofeteados por sus señores. Tampoco
                        se trata de un libelo político, pues este libelo no tiene nada que ver con
                        la derecha ni con la izquierda. ¿De qué se trata, entonces? Comprobé en
                            <placeName ref="#polonia">Polonia</placeName> que, a pesar de la
                        abundancia de prefacios y aclaraciones, el sentido general de <title
                            level="m" rend="italic:true;" ref="#gombrowicz_ferdydurke">Ferdydurke</title>
                        escapó a muchos lectores, al extremo que varios llegaron a dudar si <title
                            level="m" rend="italic:true;" ref="#gombrowicz_ferdydurke">Ferdydurke</title>
                        tendría algún sentido. Sin embargo lo tiene y no hay inconveniente en
                        exponerlo así nomás —de modo sencillo y sin ninguna clase de muecas— si esto
                        puede facilitar la lectura.</p>

                    <p>Los dos problemas capitales de <title level="m" rend="italic:true;"
                            ref="#gombrowicz_ferdydurke">Ferdydurke</title> son: el de la Inmadurez y el de la
                        Forma. Es un hecho que los hombres están obligados a ocultar su inmadurez,
                        pues a la exteriorización sólo se presta lo que ya está maduro en nosotros.
                            <title level="m" rend="italic:true;" ref="#gombrowicz_ferdydurke"
                            >Ferdydurke</title> plantea esta pregunta: ¿no véis que vuestra madurez
                        exterior es una ficción y que todo lo que podéis expresar no corresponde a
                        vuestra realidad íntima? Mientras fingís ser maduros vivís, en realidad, en
                        un mundo bien distinto. Si no lográis juntar de algún modo más estrecho esos
                        dos mundos, la cultura será siempre para vosotros un instrumento de
                        engaño.</p>

                    <p>Pero <title level="m" rend="italic:true;" ref="#gombrowicz_ferdydurke"
                            >Ferdydurke</title> no sólo se ocupa de lo que podríamos llamar la
                        inmadurez natural del hombre, sino ante todo de la inmadurez lograda por
                        medios artificiales: es decir que un hombre empuja al otro en la inmadurez y
                        que también —¡qué raro!— del mismo modo actúa la cultura. Existen muchas
                        razones por las cuales uno tiene interés en que otro caiga en la inmadurez,
                        pero la más importante es nuestro amor por la inmadurez en sí. Ahora, la
                        cultura infantiliza al hombre porque ella tiende a desarrollarse
                        mecánicamente y por lo tanto le supera y se aleja de él.</p>

                    <p>El héroe de <title level="m" rend="italic:true;" ref="#gombrowicz_ferdydurke"
                            >Ferdydurke</title>, infantilizado primeramente por el temible <persName
                            type="literary_character">Pimko</persName>, se ve arrastrado en el
                        proceso de mutua inmadurización que constituye el gran goce secreto de la
                        humanidad, su diversión más dulce y su dolor más terrible. ¿A qué tipo de
                        psicología nos lleva este proceso? Los personajes de <title level="m"
                            rend="italic:true;" ref="#gombrowicz_ferdydurke">Ferdydurke</title> no tienen
                        ideales, ni dioses sino “mitos inmaduros” que podríamos definir como un
                        ideal adaptado al nivel de la auténtica realidad íntima del hombre (mito del
                        peón, de la colegiala, de la tía, etc.). Ellos no hacen lo que quieren, ni
                        tampoco sienten según su propia naturaleza, sino que la mayoría de sus
                        sentimientos y actos les es impuesta desde el exterior. Se empujan
                        mutuamente hacia actitudes, situaciones, sentimientos o pensamientos ajenos
                        a su voluntad y sólo después se adaptan psíquicamente a lo que se les ha
                        ocurrido cometer buscando <hi rend="italic:true;">ex post</hi> una
                        justificación y explicación... siempre amenazados por el absurdo y la
                        anarquía. Sus dos rasgos característicos más destacados son los siguientes:
                        primero, el aparato de las formas maduras de la cultura no es para ellos
                        nada más que un <hi rend="italic:true;">pretexto</hi> para entrar en
                        contacto entre sí —y para gozar y excitarse recíprocamente— y para
                        armonizarse en sus dolorosos, inmaduros juegos. Lo importante para ellos es
                        bailar; qué baile bailan, no les importa. Segundo: ellos sin cesar producen
                        la forma, pero nunca la logran. No <hi rend="italic:true;">tienen</hi>
                        creencias, ideales, convicciones, aptitudes, sentimientos, sino se los
                        fabrican según sus necesidades y las necesidades de la situación. A cada
                        momento se fabrican entre sí sus personalidades —uno crea al otro.</p>

                    <p><title level="m" rend="italic:true;" ref="#gombrowicz_ferdydurke">Ferdydurke</title>
                        sostiene que es justamente nuestro anhelo de madurez lo que nos arrastra
                        hacia esa inmadurez número dos, inmadurez artificial —y nuestro anhelo de
                        forma el que nos lleva a una forma mala. Parecidos a alguien, que temiese su
                        propia desnudez, echamos mano a cualquier vestimenta a nuestro alcance, aún
                        la más grotesca, y así se crea ese mundo hecho de indolencia, insuficiencia,
                        no-seriedad e irresponsabilidad, mundo de la subcultura, de las formas
                        caducas, malogradas, desviadas e impuras, donde se desarrolla nuestra vida
                        íntima. Allí se fabrican sorprendentes sub-ideales, sub-religiones,
                        sub-sentimientos, y varias otras sub-cosas muy diferentes de las del mundo
                        oficial. Y lo importante es que todo eso se efectúa por vía formal: para que
                        en tal sentido, dos personas se obliguen a la regresión no hace falta que
                        sean pacientes de <persName ref="#freud">Freud</persName> y del freudismo,
                        porque aquí se trata de algo tan elemental como que el estilo de ser de una
                        persona influye sobre el estilo de ser de la otra.</p>
                    <p>¿Cuál debería ser nuestra actitud, en tanto que seres conscientes, frente a
                        aquel infra-mundo? El supremo anhelo de <title level="m" rend="italic:true;"
                            ref="#gombrowicz_ferdydurke">Ferdydurke</title> es encontrar la forma para la
                        inmadurez. Pero esto es imposible. Podemos en forma madura expresar la
                        inmadurez ajena, podemos, por ejemplo, describirla artística o
                        científicamente, pero con eso no logramos nada, porque así no expresamos
                        nuestra propia inmadurez, sino que de modo maduro describimos la inmadurez
                        ajena. Aun si nos pusiéramos a analizar y confesar nuestra propia
                        insuficiencia cultural siempre lo haríamos desde el punto de vista de la
                        cultura y en forma madura. Mas para que esta insuficiencia fuera expresada
                        de modo consciente y a la vez directo, sería menester que nos esforzásemos
                        en escribir no-libros sabios sobre el tema de la tontería, sino
                        sencillamente libros tontos —y malos— e indolentes— lo que, claro está,
                        sería un disparate. Por eso ni la ciencia, ni el arte, ni ningún otro medio
                        de expresión cultural, permite al hombre manifestar por vía directa su
                        propia realidad inmadura, condenada al eterno mutismo. Mas por otra parte,
                        si todos vamos a seguir con esa mascarada obligatoria e inevitable, la
                        cultura irá convirtiéndose en un juego cada vez más mecánico y fragmentario,
                        y por fin perdería todo contacto con nosotros mismos. Si yo, hablando con
                        Fulano, trato siempre de ser lo mejor educado posible y él hace lo mismo
                        respecto de mí, nuestra conversación pronto se volverá tan bien educada que
                        terminaremos por sentirnos muy molestos —y eso es lo que ocurre con nuestro
                        arte que se vuelve demasiado “artístico”, con nuestra sutileza que se vuelve
                        demasiado sutil o nuestro heroísmo que se vuelve demasiado heroico. ¿Qué nos
                        queda entonces por hacer? Estamos en la situación de un niño que se ve
                        obligado a llevar un traje demasiado grande para él y en el cual se siente
                        incómodo y ridículo; el niño no puede quitárselo puesto que no tiene ningún
                        otro, pero, por lo menos, puede proclamar en voz bien alta que el traje no
                        está hecho a medida, y de tal modo establecerá una distancia entre el traje
                        y su persona. Esto significa: tomar distancia frente a la forma. Cuando
                        logremos compenetrarnos bien con la idea de que nunca somos ni podemos ser
                        auténticos, que todo lo que nos define —sean nuestros actos, pensamientos o
                        sentimientos— no proviene directamente de nosotros sino que es producto del
                        choque entre nuestro yo y la realidad exterior, fruto de una constante
                        adaptación, entonces, a lo mejor la cultura se nos volverá menos
                        cargante.</p>

                    <p><title level="m" rend="italic:true;" ref="#gombrowicz_ferdydurke">Ferdydurke</title>,
                        además de plantear este postulado teóricamente, se propone realizarlo en la
                        práctica. Desde luego yo no podía hacer otra cosa sino tratar de escribir un
                        libro bueno y no un libro malo. Pero lo que quería conseguir a toda costa,
                        era una mayor libertad de palabra en este campo de la cultura, donde el
                        escritor malo no puede decir nada porque es malo y el bueno tampoco puede
                        decir algo porque es bueno —esclavo de su nivel y de su estilo— asustado por
                        su grandeza, su situación social y sus múltiples (a menudo ilusorias)
                        responsabilidades. Por eso en vez de ocultar mi propia persona en tanto que
                        autor, la puse en juego junto con las personas de mis héroes. En vez de
                        esconder mi insuficiencia cultural, mi dependencia de la esfera inferior y
                        los móviles personales de mi trabajo, como lo hacen otros autores, los
                        desnudé con toda crudeza y además demostré mi propia inconformidad con la
                        forma de la obra: el lector puede ver cómo me enloquece la tiranía de las
                        formas idiomáticas, el mecanismo del estilo, la construcción y la
                        armonización de las partes, etc., etc. Así que <title level="m"
                            rend="italic:true;" ref="#gombrowicz_ferdydurke">Ferdydurke</title> tiene un doble
                        aspecto: por un lado es un relato y una novela, una descripción y, por otro,
                        un acto de mi lucha personal con la forma. Aquí el autor, confesando su
                        propia inmadurez, consigue —supongo— más soberanía y libertad frente a la
                        forma y, al mismo tiempo, deja entrever el mecanismo de su inmadurez.</p>

                    <p>¡Uff! Este sería el esqueleto intelectual de <title level="m"
                            rend="italic:true;" ref="#gombrowicz_ferdydurke">Ferdydurke</title>. Yo no soy ni
                        filósofo, ni psicólogo, y pido disculpas por las eventuales fallas de
                        exposición. Ni siquiera sé si mis puntos de vista son nuevos y originales; y
                        eso no me preocupa porque no espero realizar descubrimientos, sino proyectar
                        al exterior con la mayor energía posible todo un cúmulo de asuntos, que,
                        indudablemente, me hicieron sufrir mucho. Cada uno se queja de lo que le
                        duele y yo hago lo mismo. Me cuido muchísimo que mi voz no suene nunca como
                        la de un “escritor”, “filósofo", “poeta”, “intelectualista”, sino como la de
                        una persona privada. En verdad, cuando empezaba <title level="m"
                            rend="italic:true;">Ferdydurke</title> no sabía casi nada de esas ideas
                        y ellas me vinieron por sí mismas a medida que escribía. Al crear este poema
                        orgullosamente práctico sabía sólo que debía emprender algo así como una
                        “crítica desde abajo”, y que llegaba la hora de arreglar cuentas tanto con
                        el mundo superior como con el inferior, pues ambos me fastidiaban bastante.
                        Y francamente me cuesta reducir una obra tan alocada en sus absurdos y
                        desenfrenada en sus intenciones a un esqueleto seco, duro y rígido.</p>

                    <p>Me atrevo a creer que en todo caso la publicación de <title level="m"
                            rend="italic:true;" ref="#gombrowicz_ferdydurke">Ferdydurke</title> en la
                            <placeName ref="#america_latina">América Latina</placeName> tiene su razón de ser. Existen
                        varias analogías entre la situación espiritual de <placeName ref="#polonia"
                            >Polonia</placeName> y la de este continente. Aquí como allá el problema
                        de la inmadurez cultural es palpitante. Aquí como allá el mayor esfuerzo de
                        la literatura se pierde en imitar las “maduras” literaturas extranjeras.
                        Aquí y allá los literatos se preocupan por todo menos por verificar sus
                        derechos a escribir como escriben. En <placeName ref="#polonia"
                            >Polonia</placeName> como en <placeName ref="#america_sur">Sudamérica</placeName> todos
                        prefieren lamentarse de su condición inferior de menores y peores, en vez de
                        aceptarla como un nuevo y fecundo punto de partida. Pero mientras en
                            <placeName ref="#polonia">Polonia</placeName> la formidable tensión de
                        la vida echa por tierra toda esa “escuela literaria” (la palabra “escuela”
                        está aquí plenamente justificada) la apacible existencia del feliz
                        sudamericano le permite eludir la revisión básica de esas cuestiones, le
                        induce a menudo al cultivo de cominerías estéticas e intelectuales, y un
                        estéril formalismo sofoca toda su expresión. Dudo mucho si mis razones serán
                        compartidas por los maestros consagrados de ambas literaturas, pero fijo mis
                        esperanzas en los maestros que están por nacer.</p>

                    <p>Esta traducción fue efectuada por mí y sólo de lejos se parece al texto
                        original. El lenguaje de <title level="m" rend="italic:true;"
                            ref="#gombrowicz_ferdydurke">Ferdydurke</title> ofrece dificultades muy grandes
                        para el traductor. No domino bastante el castellano. Ni siquiera existe un
                        vocabulario castellano-polaco. En estas condiciones la tarea resultó tan
                        ardua, como, digamos, oscura y fue llevada a cabo a ciegas —sólo gracias a
                        la noble y eficaz ayuda de varios hijos de este continente, conmovidos por
                        la parálisis idiomática de un pobre extranjero.</p>

                    <p>La realización de la obra se debe ante todo a la iniciativa y el apoyo de
                            <persName ref="#cecilia_de_benedetti">Cecilia Benedit de
                            Debenedetti</persName>, a la cual deseo expresar mi mayor
                        agradecimiento.</p>

                    <p>Bajo la presidencia de <persName ref="#virgilio_piniera">Virgilio
                            Piñera</persName>, distinguido representante de las letras de la lejana
                            <placeName ref="#cuba">Cuba</placeName>, de visita en este país, se
                        formó el comité de traducción compuesto por el poeta y pintor <persName>Luis
                            Centurión</persName>, el escritor <persName>Adolfo de Obieta</persName>,
                        director de la revista literaria <title level="j">“Papeles de Buenos Aires”</title>, y
                            <persName>Humberto Rodríguez Tomeu</persName>, otro hijo intelectual de
                        la lejana <placeName ref="#cuba">Cuba</placeName>. Delante de todos esos
                        caballeros y gauchos me inclino profundamente. Pero, además, colaboraron en
                        la traducción con todo empeño y sacrificio tantos representantes de diversos
                        países y de diversas provincias, ciudades y barrios, que de pensar en ello
                        no puedo defenderme contra un adarme de legítimo orgullo. Colaboraron:
                            <persName>Jorge Calvetti</persName>, <persName>Manuel Claps</persName>,
                            <persName>Carlos Coldaroli</persName>, <persName>Adán
                            Hoszowski</persName>, <persName>Gustavo Rotkowski</persName> y
                            <persName>Pablo Manen</persName> (pacientes pescadores del verbo),
                            <persName>Mauricio Ossorio</persName>, <persName>Eduardo
                            Paciorkowski</persName>, <persName>Ernesto J. Plunkett</persName> y
                            <persName>Luis Rocha</persName> (aquí se juntan <placeName ref="#brasil"
                            >Brasil</placeName>, <placeName ref="#polonia">Polonia</placeName>,
                            <placeName ref="#inglaterra">Inglaterra</placeName> y la <placeName
                            ref="#argentina">Argentina</placeName>), <persName>Alejandro
                            Russovich</persName>, <persName>Carlos Sandelín</persName>,
                            <persName>Juan Seddon</persName> (obstinados buscadores del giro
                        adecuado), <persName>José Taurel</persName>, <persName>Luis Tello</persName>
                        y <persName>José Patricio Villafuerte</persName> (eficaces e intuitivos).
                        Debo también eterno agradecimiento a un simpatiquísimo señor, ya de edad, y
                        muy aficionado al billar, que en un momento de feliz inspiración me procuró
                        la palabra “remover,” de la cual me había olvidado por completo. Tengo que
                        agradecer —¡por Dios!— a todos esos nobles doctores en la “gauchada,” y a
                        los criollos les digo sólo eso: ¡viva la patria que tiene tales hijos! Si a
                        pesar de un número tan serio de colaboradores el texto castellano tuviese
                        alguna falla proveniente, no de las insuperables dificultades de la
                        traducción, sino del descuido, esto se debería, creo, al exceso de amenas
                        discusiones que caracterizaba las sesiones, realizadas casi todas en la sala
                        de ajedrez de la <orgName type="venue">confitería Rex</orgName> bajo la
                        enigmática y bondadosa sonrisa del director de la sala, maestro
                            <persName>Paulino Frydman</persName>. </p>

                    <p>Me alegro que <title level="m" rend="italic:true;" ref="#gombrowicz_ferdydurke"
                            >Ferdydurke</title> haya nacido en castellano de tal modo, y no en los
                        tristes talleres del comercio libresco? Todavía una palabra: a lo mejor el
                        libro pasará desapercibido, pero seguramente algunas personas de mi amistad
                        se sentirán obligadas a decirme una o dos frases, de esas que siempre se
                        dicen cuando un autor publica un libro. Quisiera pedirles que no digan nada.
                        No, no digan nada, porque, debido a toda clase de falsificaciones, la
                        situación social del así llamado “artista”, se ha vuelto en nuestros tiempos
                        tan pretenciosa que todo lo que se le pueda decir suena a falso y, cuanta
                        más sinceridad y sencillez pongáis en vuestro “me gustó muchísimo” o “estoy
                        encantado”, tanta más vergüenza para él y para vosotros. Callaos, pues, os
                        lo ruego. Callaos en espera de un futuro mejor. Por el momento —si queréis
                        expresar que os gustó—, tocad sencillamente, al verme vuestra oreja derecha.
                        Si os agarráis la oreja izquierda sabré que no os agradó, y la nariz
                        significaría que vuestro juicio está en el medio. Con un leve y discreto
                        movimiento de la mano agradeceré esta atención para con mi obra y así
                        evitando situaciones incómodas y aún ridículas, nos comprenderemos en
                        silencio. Muchos saludos a todos. </p>
                </div>

                <div>
                    <byline>Los traductores</byline>
                    <p> Dos palabras sobre <title level="m" rend="italic:true;" ref="#gombrowicz_ferdydurke"
                            >Ferdydurke</title> en español: La lengua usada en <title level="m"
                            rend="italic:true;" ref="#gombrowicz_ferdydurke">Ferdydurke</title> se aparta de la
                        convención general del idioma, de sus leyes universales, de su ritmo regular
                        y diario. Una de las sorpresas de esta obra —entre muchas que ofreció al
                        lector polaco— fue su insólita manera de manejar el idioma. Manera que
                        abarcaba desde la distorsión de la frase o del período hasta la aportación
                        de nuevas palabras o locuciones enteras. </p>
                    <p> El lector español no avisado de estas peculiaridades estilísticas creería
                        que <title level="m" rend="italic:true;" ref="#gombrowicz_ferdydurke"
                            >Ferdydurke</title> ha sido incorrectamente vertido: podría estimar que
                        en algunos pasajes, cierta dureza propia a la frase, cierto sabor arcaico,
                        se deben a incompetencia por parte de los colaboradores en la labor de
                        traducción. </p>
                    <p>Se trata, por el contrario, de un nuevo y distinto enfoque del lenguaje;
                        enfoque que va, en consecuencia, a proponer al lector una nueva y distinta
                        forma de lectura. Por ejemplo, pasajes como el que a continuación
                        transcribimos aparecen persistentemente aquí y allá en <title level="m"
                            rend="italic:true;" ref="#gombrowicz_ferdydurke">Ferdydurke</title>: <cit>
                                <quote source="#gombrowicz_ferdydurke">“Al oír eso perdí los restos de fe en la
                                eficiencia de mis protestas; no, ya no me creerá nunca que soy
                                adulto, pues por efecto de mi presencia gustó más los encantos de sí
                                misma y de su hija. Y cuando a la madre le gusta más su hija con
                                alguien, ya no hay caso, ya tienes que ser así como es necesario
                                para los encantos de la hija. Podría yo protestar,—¿quién dice que
                                no podía?— podía en cada momento levantarme y a pesar de todas las
                                dificultades aclarar sencillamente que no tenía dieciséis años sino
                                treinta. Podía —pero no podía, porque me faltaban ganas.”</quote>
                        </cit>
                    </p>
                    <p> Otro aspecto estilístico lo constituye la serie de palabras inventadas por
                        el autor —unas originadas de otras palabras polacas, las demás, de pura
                        creación— y que, <hi rend="italic:true;">prima facie</hi>, podrían
                        desconcertar a los lectores. Importa decir que dichas palabras no son, en
                        ningún caso, soluciones verbales o puro juego conceptual; todas ellas son
                        “llaves” en la narración. Por ejemplo, la palabra “culeito” (y sus casi
                        infinitas variantes) constituye, por así decir, la simbólica del problema
                        capital en <title level="m" rend="italic:true;" ref="#gombrowicz_ferdydurke"
                            >Ferdydurke</title> —esto es: la infantilización. Asimismo, se
                        encontrarán palabras tales como “podermiento” y “nopodermiento,” “ingusto,”
                        “tial,” “tiobagatela,” “cocinal,” “fachalfarra” y “farra fachal,” “muslano,”
                        “piernal,” “facha” (ésta usada exclusivamente en su acepción latina de cara)
                        y muchas más, que, o por no encontrárseles un equivalente exacto en español,
                        o por tenérselas que usar perifrásticamente, fue preciso crearlas en nuestro
                        propio idioma. </p>
                    <p> Pondremos un solo ejemplo. La palabra “podermiento” expresa, como es lógico
                        presumir, condición o estado de poder. Ahora bien, en la economía propia de
                            <title level="m" rend="italic:true;" ref="#gombrowicz_ferdydurke"
                            >Ferdydurke</title> soluciones perifrásticas o gramaticalmente correctas
                        de nuestro verbo español “poder” hubieran sido letra muerta. Expresar la
                        palabra polaca moznosč a través de frases como “la voluntad de poder” o “el
                        poder posible” significaba nada menos que anular el íntimo sentido y fuerte
                        poder de evocación que dicha palabra encierra en el texto original. Fue
                        entonces que nos decidimos por el barbarismo y neologismo salvador. Así
                        nació “podermiento,” y tantas y tantas otras palabras que galvanizarán
                        constantemente al culto lector. Por otra parte, aunque en principio tomamos
                        como norma al español literario, hemos puesto que <title level="m"
                            rend="italic:true;" ref="#gombrowicz_ferdydurke">Ferdydurke</title> está muy lejos,
                        repetimos, de todo academicismo y purismo idiomáticos. </p>
                    <p> Respecto a la traducción en sí, ya se sabe, por la extensa explicación del
                        Prefacio, cómo fue llevada a cabo y en qué circunstancias. Pero a fin de
                        entregar más claridad a los lectores, añadiremos un breve comentario sobre
                        la técnica que presidió a este difícil trabajo de traducción, retraducción y
                        versión final. Seguidamente, transcribimos unas líneas del comienzo de la
                        obra en las que se podrá advertir cómo se operaba con la “palabra en bruto,”
                        todavía medio polaca y medio española, para llevarla a una decente, honesta
                        propiedad idiomática. </p>
                    <p> El autor nos presentaba su versión de primera mano: <q>“El martes me desperté a
                        esta hora inanimada y vacía, cuando la noche ya estaba acabando y sin
                        embargo todavía no ha nacido la madrugada.”</q> Entonces, con la colaboración
                        del autor y la de “esos pacientes buscadores del verbo,” la cosa quedaba
                        así: <q>“El martes me desperté a esa hora inanimada y nula en que la noche ya
                        está por terminar y sin embargo todavía no ha nacido el alba.”</q> </p>
                    <p> Finalmente, el título mismo de la obra constituye una invención más del
                        autor. Este nos dice que <title level="m" rend="italic:true;"
                            ref="#gombrowicz_ferdydurke">Ferdydurke</title> no tiene género en polaco, o los
                        tiene todos. Así, el <title level="m" rend="italic:true;" ref="#gombrowicz_ferdydurke"
                            >Ferdydurke</title>, la <title level="m" rend="italic:true;"
                            ref="#gombrowicz_ferdydurke">Ferdydurke</title>, lo <title level="m"
                            rend="italic:true;" ref="#gombrowicz_ferdydurke">Ferdydurke</title>. El lector
                        puede escoger. </p>

                </div>
            </div>
            
            <div type="poem" subtype="poema">
                         
                <head>Salvar la ropa</head>
                <byline><persName ref="#ricardo_zelarayan">RICARDO ZELARAYAN</persName></byline>
                
                <lg>
                    <l>La pobre, pobre cortada,</l>
                    <l>para las pisadas que queman.</l>
                    <l>La pata suelta de langosta</l>
                    <l>y la media guacha,</l>
                    <l>cada cual con su trayectoria,</l>
                    <l>mientras la artillería orgánica</l>
                    <l>dispara contra la basura</l>
                    <l>que se lleva el viento.</l>
                    <l>Pata de mosca pelada,</l>
                    <l>nostalgia de la piel venenosa</l>
                    <l>y de la roña que se filtra por la ropa</l>
                    <l>y a la inversa.</l>
                    <l>Nadie se salva del tiempo, guay!</l>
                    <l>crac, crac, crac,</l>
                    <l>de la botella rota,</l>
                    <l>corazón dinamitado.</l>
                    <l>Filo</l>
                    <l>rimimusa</l>
                    <l>y la última cagada encima</l>
                    <l>mientras sale una canción entre los dientes cariados.</l>
                    <l>La boca sedienta se llena de arena</l>
                    <l>y los ojos de la víbora relucen</l>
                    <l>entre los pajonales</l>
                    <l>y un mango de cuchillo</l>
                    <l>a la puña,</l>
                    <l>cuarteado,</l>
                    <l>y siguen las contravenciones mugrientas</l>
                    <l>sentadas en papeles limpios</l>
                    <l>y el río se come las costas</l>
                    <l>hasta que la inundación entra en las cajas de fósforos,</l>
                    <l>los raspados se salvan</l>
                    <l>por los agujeros de las ollas viejas</l>
                    <l>que los tungos patean al voleo,</l>
                    <l>en la resolana</l>
                    <l>o bajo los antifaces de la sombra.</l>
                    <l>Y ya no es cosa de llenar lo que no cabe</l>
                    <l>en medio del galope pringoso</l>
                    <l>de patas de hormiga</l>
                    <l>y patas de anteojos.</l>
                    <l>Ya la rata consume oscuridad</l>
                    <l>para dar dos pasos tambaleantes</l>
                    <l>y sumergirse transparente de barro</l>
                    <l>con un asomo de muerte sin sangre,</l>
                    <l>con troncos pelados como zancos.</l>
                    <l>Y un bocado de sorete</l>
                    <l>recorre el estómago,</l>
                    <l>bote a la deriva.</l>
                    <l>Imposible echarse atrás,</l>
                    <l>entre la punta en blanco acerado</l>
                    <l>y las mil chíspas abortadas por la inundación.</l>
                    <l>Imposible la rebelión de las uñas</l>
                    <l>y de los dientes</l>
                    <l>y de los fósforos encendidos en la planta de los pies.</l>
                    <l>Y las sombras alacranas,</l>
                    <l>putas,</l>
                    <l>cancerosas,</l>
                    <l>sobre la mierda de la carne sarnosa</l>
                    <l>y la comida que flota en la inundación.</l>
                    <l>El zorzal, magistral,</l>
                    <l>se apaga sobre el espinillo,</l>
                    <l>y a la víbora inquilina</l>
                    <l>se le han mojado los dientes.</l>
                    <l>La evaporación es el gato cansino</l>
                    <l>que persigue sin ganas</l>
                    <l>al líquido ratón.</l>
                    <l>El tigre uturunco</l>
                    <l>ha perdido las ganas de descolgarse</l>
                    <l>y el viento en los sauces le hace cosquillas</l>
                    <l>cosquillas de arena,</l>
                    <l>que se descuelgan por el trombón-esófago,</l>
                    <l>y vuelve la roña, la sarna, la cama flotante</l>
                    <l>y las imágenes penetran como balas</l>
                    <l>en los ojos atentos del ñacurutú.</l>
                    <l>La resolana explica todo lo que pudo ser</l>
                    <l>sobre el agua verdosa</l>
                    <l>y las cenizas reinan gloriosas</l>
                    <l>sobre el barro,</l>
                    <l>y la mugre sobre la sarna.</l>
                    <l>Una escupida flor es la respuesta</l>
                    <l>del zorzal que se ha tragado el canto</l>
                    <l>con el agua.</l>
                    <l>Desfondado por la patada en el aire</l>
                    <l>el borceguí va en busca de la media guacha</l>
                    <l>que se arrastra como lampalagua</l>
                    <l>y las escamas se deshojan</l>
                    <l>sobre el conejo colorado.</l>
                    <l>El sonido del timbre pasa de largo</l>
                    <l>como el canto de la lepra</l>
                    <l>y el ahogado verdoso</l>
                    <l>ya no sufre del corazón.</l>
                    <l>El jabalí detiene su marcha</l>
                    <l>con toda la noche encima.</l>
                    <l>Las salidas son las de siempre:</l>
                    <l>ropa roñosa colgada en el alambre de púa</l>
                    <l>y grandes alas de murciélago</l>
                    <l>sobre la inundación nocturna.</l>
                    <l>Pero la podredumbre no se rompe.</l>
                    <l>Los agujeros naturales se le pegan a uno</l>
                    <l>como la canasta de huevos testiculares</l>
                    <l>y las troncales ganas de lanzar excrementos rubios</l>
                    <l>como rayos de resolana</l>
                    <l>Un círculo para el tapir hipnotizado</l>
                    <l>y una pezuña de cabra cubierta de moscas chuecas</l>
                    <l>con dos metros de telas robadas</l>
                    <l>a los turcos sisesteros.</l>
                    <l>Pata de mosca rascadora,</l>
                    <l>entretelada sobre viejas latas al sol</l>
                    <l>sedientas de sangre roñosa.</l>
                    <l>Las viejas se amontonan y las jovencitas se preparan</l>
                    <l>para la bailada.</l>
                    <l>La música de los caranchos y gavilanes</l>
                    <l>hará el resto. . .</l>
                    <l>Los pingos sarnosos se vienen</l>
                    <l>con paisanos borrachos.</l>
                    <l>Algún toro viejo se hace el jabalí.</l>
                    <l>Un arreglo de caballeros:</l>
                    <l>la daga está que se sale 'e la vaina.</l>
                    <l>Por buena ha de ser</l>
                    <l>¿Flor de utilidad!</l>
                    <l>Las rápidas fauces de la botella rota</l>
                    <l>arrimándose al cogote mugriento</l>
                    <l>como la hormiga rubia a la rosa blanca.</l>
                    <l>¡Tal para cual!</l>
                    <l>Despeñadero del vino</l>
                    <l>sobre el párpado cubierto de moscas.</l>
                    <l>mosca pelada, sin el rubor del vino morado.</l>
                    <l>Aguante el paladar,</l>
                    <l>y afloje la tripa.</l>
                    <l>No me largue el vaso así nomás. . .</l>
                    <l>Préndase con las uñas, carajo,</l>
                    <l>de ande pueda arrímase al costao,</l>
                    <l>que sorba la trompa</l>
                    <l>y suene como tal,</l>
                    <l>y alce el ventarrón que suba el esqueleto</l>
                    <l>sobre las entrañas moradas.</l>
                    <l>Al degollado en el suelo</l>
                    <l>ya comienzan a crecerle</l>
                    <l>las telarañas</l>
                    <l>y a la cabeza suelta</l>
                    <l>le crece la barba como siempre.</l>
                    <l>Después, la enorme boca del espacio</l>
                    <l>escupirá con certeza.</l>
                </lg>
                
            </div>
            
         <div type="text" subtype="crítica">

            <head>La risa del tiempo</head>
            <byline><persName ref="#luis_thonis">Luis Thonis</persName></byline>

            <epigraph>
               <quote>Quedémonos en la superficie... A propósito de superficie ¿es exacto que usted
                  haya dicho o escrito: lo que hay de más profundo en el hombre es la piel?</quote>
               <bibl><persName ref="#paul_valery">Paul Valéry</persName></bibl>
            </epigraph>

            <p> Ignoramos cuál es esa “idea fija” en <title level="a" rend="italic:true;"
                  ref="#felisberto_mujer_parecida">La Mujer parecida a mí</title>, el relato de <persName
                  ref="#felisberto_hernandez">Felisberto Hernández</persName>. Quizá porque
               inevitablemente tengamos ideas demasiado fijas: la idea fija comienza donde no hay
               comienzo y el sujeto es ya caballo. Después, cuando ya lo sabemos —es lógica—, es
               tarde, porque el despliegue de un pasado simple hace que la espuma suspendida del
               recuerdo venga con demasiada facilidad al presente, en un flujo temporal sin fisuras,
               revelación de un recuerdo todavía exento de olvido: <cit>
                  <quote source="#felisberto_mujer_parecida">"Hace algunos veranos empecé a tener la idea de
                     que yo había sido caballo. Al llegar la noche ese pensamiento venía a mí como a
                     un galpón de mi casa. Apenas yo acostaba mi cuerpo de hombre, empezaba a andar
                     mi recuerdo de caballo."</quote>
               </cit>
            </p>
            <p> Al parecer el hombre duerme, y el caballo, el recuerdo de haber sido caballo (como
               la memoria bergsoniana, esa memoria que tanto molestaba a <persName
                  ref="#paul_valery">Valéry</persName> a causa de su movimiento interrumpido) es un
               tiempo que todo lo conecta y lo ofrece en los relatos tradicionales. No ya como la
               duración que a veces fulgura en <persName ref="#felisberto_hernandez">Felisberto
                  Hernández</persName>, sino como sucesión en la que el pasado simple viene y se
               enlaza a un presente pleno. </p>
            <p> Sin embargo, el tiempo que abre el relato, el recuerdo de <q>“alguna vez haber sido
                  caballo”</q> pasado y el presente, y la simplicidad finita los remite uno a otro;
               algo cae del teatro pleno del que escribe “hacia” un tiempo que abisma al sujeto en
               lo que llamaré su enunciación imposible y acarrea la repetición sin simplicidad del
               pasado y sus efectos: el crimen, la ruptura de la persona, la risa y la irrisión del
               orden codificado. Un tiempo viejísimo y nuevo como la risa —ficticia, ausente— del
               caballo. Porque todo sucede en la “ficción.” </p>
            <p> Hay, pues, un tiempo disímil al acto de recordar puro o al tiempo lleno y fluyente;
               ese recuerdo que surge en el comienzo del relato pronto se anula en otro pliegue que
               implica el olvido y el recuerdo y en los cuales todo lo que fluye, viene, fulgura,
               comienza otro recomenzar que tropieza, se mezcla, desata temporalidades “pesadas” en
               la notación de ese paso, equívocamente contrapunteado (las manos del pianista
                  <persName ref="#felisberto_hernandez">Felisberto</persName>). Paso repetido y
               recomenzado de un tiempo ya sin idea, que repite una idea fija: la de haber sido
               caballo. Un tiempo “caballuno,” que atraviesa no sólo los espacios codificados, las
               connotaciones, las palabras, sino que suspende la precipitación de todos los tiempos,
               en esa detención muy “parecida” a la risa: risa que no ríe porque puede escuchar la
               lenta disgregación de las palabras codificadas. La risa que es el paso del caballo
               que, en cada paso, abre un claro a una risa, que tropieza en su paso, donde el pasar
               es el tropezar. Y que si “atraviesa” no lo hace como la veloz flecha de <persName
                  ref="#plinio">Plinio</persName> en <title level="m" rend="italic:true;"
                  ref="#plinio_historia_natural">La enciclopedia natural</title>, sino como la
               flecha suspendida en un abismal retroceso que no va hacia atrás ni hacia adelante, la
               flecha argumentada del sofisma del paradojal <persName ref="#zenon">Zenón</persName>. </p>
            <p> Volvamos a la primera frase: hay dos pronombres personales; uno explícito, otro
               implícito (el que empieza a tener la idea); dos tiempos: uno simple, otro
               pluscuamperfecto. Uno y otro están indicados y se remiten entre sí. El que empieza a
               tener la idea en el acto de enunciarla es ya un pronombre extremadamente disímil a
               los performativos en donde “decir es hacer” (y viceversa) —a los que “forman” las
               ideas y los cuerpos en el acto de enunciarlas. </p>
            <p> Esa idea fija no surge entre dos pronombres; está sin conexión con ellos por la
               implicación contradictoria, la “risa” a la que remite sin inclusión en unas series
               temporales y rotas —es, probablemente, el aprendizaje que <persName
                  ref="#felisberto_hernandez">Felisberto Hernández</persName> hizo de <persName
                  ref="#marcel_proust">Proust</persName>—; un tiempo, sin “expresión” que cumple la
               idea fija no en una primera, segunda o tercera persona gramatical sino en una cuarta,
               implicada contradictoriamente en una enunciación “imposible” que, incluso cuando no
               habla, desconcierta los símbolos y el espacio, complica las designaciones y
               despliega, retrocediendo y plegándose a ella, la idea fija. Es, diría, en la
               “caballidad” de la escritura, de <persName ref="#felisberto_hernandez">Felisberto
                  Hernández</persName> que recurre, en la enunciación imposible, una idea fija que
               es harto distinta a las “ideas” en el sentido de <persName ref="#edmund_husserl"
                  >Husserl</persName>, a las esencias que un presente pleno, a través de sus
               retenciones y protensiones, tomaría más allá del cuerpo y sus sofísticas. </p>
            <p> Esa corrosión, tan distinta de la anulación del tiempo por el otro tiempo y de la
               idea por la idea fija, siempre detenida, ocurre en y por la idea fija, en el tiempo
               caballuno de un extraser, el caballo, regresando al tiempo sin esencia de su
               enunciación imposible. En ese "ahora” se escribe un “más allá,” en el tiempo
               "caballuno" que disloca los hábitos, las idealidades, las esencias. Mientras el
               caballo da otro pasito. </p>
            <p> En cuanto leemos la “caballidad” y sostenemos la implicación contradictoria de la
               enunciación del caballo, nosotros, lectores, ya no somos un plural mayestático sino
               un plural neutro que desprende las colecciones del cuerpo, abre otra risa, la que
               sólo puede reír en y por la enunciación imposible y en el cuerpo “caballuno” en un
               cuerpo viejísimo y nuevo que se despliega en toda la “literatura” de <persName
                  ref="#felisberto_hernandez">Felisberto Hernández</persName>. </p>
            <p> El tiempo es, por completo, disímil a la duración —flujo que pudiera atribuírsele a
               través de un <persName ref="#henri_bergson">Bergson</persName>—. Es un tiempo donde
               la flecha sigue suspendida y el recuerdo produce la idea fija: es decir, la <hi
                  rend="italic:true;">repite</hi>, en un cuerpo viejísimo y nuevo, que recomienza el
               movimiento detenido de su escritura. </p>
            <p>
               <persName ref="#macedonio_fernandez">Macedonio Fernández</persName> decía que los
               sistemas pesimistas reposan en errores, por ejemplo, cuando hacemos demasiado
               hincapié en el mal recuerdo y excluímos los buenos. Sin embargo, con esta versión
               simple del recuerdo, <persName ref="#macedonio_fernandez">Macedonio</persName> se
               protegía del “mal signo” que pone en riesgo precisamente el signo y abre la
               enunciación imposible en la escritura del propio <persName ref="#macedonio_fernandez"
                  >Macedonio</persName>. </p>
            <p> Las escrituras no “positivas,” enunciativas, trabajadas por la enunciación
               imposible, por lo indecible —que no puede confundirse, ciertamente, con lo
               “indecible” como un decir diferido que pronto alcanzaría su expresión— se abren en un
               espacio, pero específicamente en un tiempo, que no puede reducirse a la oposición del
               optimismo. Aquí el recuerdo no es malo ni bueno, ni pesadilla ni sueño. Salvo si lo
               pensamos desde <persName ref="#freud">Freud</persName> como un “Block Maravilloso,”
               una escritura que implica un juego de capas que, en su repetición, abre ese tiempo en
               el que “no hay tiempo,” para entreabrir lo real de una escritura y las modulaciones
               de un deseo que nunca es uno y se dice en pluralidades. En este caso —en una de las
               líneas y series del deseo— no deja de implicar la muerte —los crímenes del caballo—,
               pero que son punto en un tiempo siempre discordante, por el cual la muerte acaece por
               la imposibilidad de seguir en esa enunciación imposible, sin avances ni retrocesos,
               que enuncia un extraser y un tiempo “caballuno.” Tal es el paso del caballo y el
               “paso” sin simplicidad de la risa de <persName ref="#felisberto_hernandez">Felisberto
                  Hernández</persName>. </p>
            <p> Es que el primer tiempo, el simple recordar, el <q source="#felisberto_mujer_parecida">“había
                  sido caballo,"</q> viene a un sujeto que es el hombre que lo recuerda; pero hay
               otro tiempo que no anula, ni niega, ni se conecta con este primer tiempo donde era el
               caballo que recuerda haber sido hombre. Porque adviene a lo que siempre —la flecha
               suspendida, la idea fija, el tiempo detenido en la ausencia de tiempo— había sido: un
               ser que está —¿más acá o más allá del ser?—. </p>
            <p> Es un extraser en un tiempo “caballuno” —viejísimo y nuevo, como la flecha y la idea
               fija imposible de medir porque se suspende a sí mismo y deviene cada vez menos y
               menos hombre y más caballo. Pero sin la creciente que organiza el delirio o la
               alucinación sino en ese tiempo caballuno que se suspende en la risa de su paso. El
               tiempo que abre el relato se implica en la “inocencia” de los relatos tradicionales:
               el “había una vez...". Es otro tiempo, cuyo orden lógico no puede reducirse al tema
               —aun y si se habla de la ausencia temática— de la espacialidad de la escritura,
               porque ésta se encierra en el tiempo —se deja devorar por él— y no cabe en un espacio
               por trascendental que fuera su caja. </p>
            <p> El tiempo caballuno no puede dosificarse, domarse, codificarse del mismo modo que el
               cuerpo que echa a andar en ese tiempo, desprende las colecciones de las partes como
               colecciones sin concierto, y rompe la toma —y la doma— de los espacios a causa de que
               la enunciación implica un extraser que al decirse, crea la “ilusión" de un avance: <cit>
                  <quote source="#felisberto_mujer_parecida">“Ya era la noche: pero seguí. Apenas empecé a andar me sentí más liviano.
                     Tuve la idea de que algunas partes de mi cuerpo se habían desprendido o
                     andarían perdidas en la noche. Entonces, traté de apurar el paso."</quote>
               </cit>
            </p>
            <p> El cuerpo —<hi rend="italic:true;">después del recuerdo</hi> del crimen— se aligera
               y alivia en la idea fija, la de ser caballo, y para la cual —como para toda idea
               fija— el verbo “ser” no basta. <persName ref="#felisberto_hernandez"
                  >Felisberto</persName>, en ese movimiento, en todos sus textos, lleva al
               castellano a un interregno de lagunas en las que nada está estructurado: donde la
               lengua no sólo —estilísticamente— procede por fragmentos sino que se fragmenta en la
               ausencia de toda norma —si a esto oponemos un desvío— en este caso, en la enunciación
               imposible (y los problemas del tiempo que despliega al encerrarse) de un extraser que
               implica la conjunción del recuerdo y del olvido. Lo que ya era, en su enunciación
               imposible, se envuelve en una configuración heterogénea que se disloca del orden
               representativo, funcional, instrumental, de las figuras y las identidades a paso de
               caballo, y desencadena la <hi rend="italic:true;">risa del tiempo</hi>. Caballo
               imposible de montar: no simetrizable por paradigmas. Olvido de las filiaciones, de
               los antepasados, salida de la superstición de pertenencia, en el descentramiento de
               la lengua y la literatura. </p>
            <p> Ahonda la separación entre el narrador y el que escribe, entre el saber y el no
               saber —todo el saber pasa al estatuto de no saber cuyo sujeto es un extraser de
               enunciación imposible— donde el que escribe es un caballo —los otros le ponen nombres
               y apodos, lo llaman “un caballo... un caballo” o “el turbiano”—, que desde el
               instante —falso origen del tiempo “caballuno”— implica un recordar en la enunciación
               imposible del extraser: <cit source="#felisberto_mujer_parecida">
                  <quote>“En ese instante, siendo caballo, pienso en lo que me pasó hace poco
                     tiempo, cuando todavía era hombre. Una noche no podía dormir porque sentía
                     hambre, recordé que en el ropero tenía un paquete de pastillas de menta. Me las
                     comí, pero al masticarlas hacían un ruido parecido al maíz”...</quote>
                  <quote>“Ahora, de pronto, la realidad me trae a mi actual sentido de caballo. Mis
                     pasos tienen un eco profundo; estoy haciendo sonar un gran puente de
                     madera”...</quote>
                  <quote>“Por caminos muy distintos he tenido siempre los mismos recuerdos. De día y
                     de noche ellos corren por mi memoria como los ríos de un país. Algunas veces yo
                     los contemplo; y otras veces ellos se desbordan."</quote>
               </cit>
            </p>
            <p> La idea fija, la metamorfosis en lo que yo era supone varios órdenes en los que hay
               que detenerse mediante la contemplación, porque si se desbordaran arrastrarían al
               sujeto, al caballo, al rebullir de todas las colecciones, de las partes, de los
               miembros. Recordar “ser hombre" le permite que se escuche “algo humano” en el
               interior del olvido “caballuno”; aquí también, como en el <persName ref="#zaratustra"
                  >Zaratustra</persName> vernáculo, las mínimas diferencias se oyen en sus
               transmisiones —es el parecido de las pastillas de menta al maíz— pero en la vía del
               olvido extravernáculo. Paso suspendido del olvido que excede la contemplación. El
               recuerdo anda porque no hay camino. </p>
            <p> En el paso extravernacular no hay principios ni fines, no cuentan, debido a que cada
               frase en cada momento está alcanzando su término. Es también, la <hi
                  rend="italic:true;">reductio</hi> de <persName ref="#felisberto_hernandez"
                  >Felisberto</persName> en cuanto a la frase que se cierra en fragmento, para que
               el tiempo las llame y las haga regresar a una enunciación imposible. La regresión de
               la frase no debe entenderse como una progresión al revés; como una vuelta al pasado
               desde un presente demasiado presente, y en consecuencia, anacrónico. Por eso los
               temas contemporáneos del espacio de la escritura no son suficientes para pensar este
               tiempo, impensado a causa del extraser que lo desprende, incumplido en torno al ciclo
               de la frase. </p>
            <p> Prefiero pensar el tiempo según el tópico que lo presenta como un gran devorador;
                  <persName ref="#borges">Borges</persName>, <persName ref="#marcel_proust"
                  >Proust</persName>, <persName ref="#samuel_beckett">Beckett</persName>, para no
               incurrir en <persName ref="#james_joyce">Joyce</persName>, han hablado muchas veces de
               haber sido devorados por el tiempo. La devoración en y por el tiempo implica la
               disgregación corporal en los distintos <hi rend="italic:true;">pathos</hi> de tiempos
               que remiten a un cuerpo que puede <hi rend="italic:true;">localizarse</hi>. </p>
            <p> La enunciación aquí remite a “esa otra muerte," hay que morir para dar un paso de
               caballo o de tortuga, si recordamos con <persName ref="#gilbert_ryle">Gilbert
                  Ryle</persName> que la tortuga es un ser que no puede pensar. Es la condición, sin
               embargo, de la risa: una risa excesiva, pero no a carcajadas siempre, que nos remite
               a caballos y a tortugas. El tortuoso reír de un goce que desborda un río fuera de
               toda clase universal. </p>
            <p> Aquí el nombre propio es un término neutro: ni marcado ni no marcado. Idea fija.
               Avatar muy sencillo pero no simple. Los otros dan voz a un nombre impropio que acaece
               en la enunciación imposible. Luego los nombres rebotan porque el problema de ese
               cuerpo no es el del nombre sino el del agente. Ser el hombre es ya ser el agente,
               tener un nombre cualquiera al cual la revelación de un cuerpo de <hi
                  rend="italic:true;">parte</hi>, <hi rend="italic:true;">extra-partes</hi> y de
               miembros dispersos, se le anuncie o se produzca en el entrecruzamiento del recuerdo y
               del olvido. </p>
            <p> En <persName ref="#felisberto_hernandez">Felisberto Hernández</persName>, el
               recordar —así como <persName ref="#kafka">Kafka</persName> hablaba del “escribir”— no
               tiene como objeto una escena imposible, sino que es la repetición del recuerdo que
               genera, al repetir, una escena que sólo la atribución de un sentido —así como los
               otros nombran inútilmente al caballo— puede pensar como relaciones coherentes y
               sistematizables. La idea fija “empezó” en un pasado simple y sin vértigo que
               enmascara, sin disimular, un presente liberado de todo pasado. Que no es presente
               porque lo enuncie un extraser que complica al máximo las relaciones temporales al
               encadenar ese tiempo devorador, de modo que al acaecer la metamorfosis en caballo se
               es no sólo cada vez menos hombre o menos caballo —en una homogeneidad por la cual
               tales o cuales órdenes de metamorfosis pudieran mensurarse— sino que el menos es el
               signo (dislocado de toda identidad) del caballo que, diría <persName
                  ref="#macedonio_fernandez">Macedonio Fernández</persName>, se hizo cosmos. Un
               cosmos que no es el otro, lo que niega el caos, sino la irrupción del caos —aquí la
               “caballeidad”— en el regulado interior del cosmos (así como <persName ref="#borges"
                  >Borges</persName> hace irrumpir las periódicas repeticiones del caos en el
               interior de la biblioteca). </p>
            <p> En su primera “novela,” <title level="m" rend="italic:true;" ref="#felisberto_tiempos_clemente"
                  >Los tiempos de Clemente Colling</title>, <persName ref="#felisberto_hernandez"
                  >Felisberto</persName> escribe: <cit>
                  <quote source="#felisberto_tiempos_clemente">“No sé bien por qué no quieren entrar en la
                     historia de <persName type="literary_character">Colling</persName> ciertos
                     recuerdos.”</quote>
               </cit> Y: <cit>
                  <quote source="#felisberto_tiempos_clemente">“Además tendré que escribir muchas cosas sobre
                     las cuales sé poco; y hasta me parece que la impenetrabilidad es una cualidad
                     intrínseca de ellas; tal vez cuando creemos saberlas dejamos de saber que las
                     ignoramos; porque la existencia de ellas es acaso, fatalmente oscura; y esa
                     debe ser una de sus cualidades. Pero no creo que solamente deba escribir lo que
                     sé, sino también lo otro.”</quote>
               </cit>
            </p>
            <p> Lo otro no es una unidad: implica la dispersión del saber de ese espacio de
               transiciones en lo desconocido de la escritura de <persName
                  ref="#felisberto_hernandez">Felisberto</persName>. Que actúa respecto a la
               “tradición literaria” en olvido de los antepasados y respecto a la serie literaria en
               un desprendimiento que implica esa enunciación imposible y la repetición del
               extraser. </p>
            <p> Su escritura está poblada de catástrofes, de heterogeneidades y de metamorfosis,
               donde de continuo irrumpe —silenciosamente— la repetición de la muerte, que ahonda al
               máximo la diferencia entre el sujeto del enunciado y la enunciación. Podríamos
               argumentar <hi rend="italic:true;">ad hominem</hi> —tratándose justamente de un
               caballo— con <persName ref="#zenon">Zenón</persName>, que mientras el sujeto del
               enunciado (el hombre) enuncia la idea fija como memoria (de haber sido un caballo),
               la enunciación ha dado un paso (la idea fija, siempre repetida), mientras el sujeto
               del enunciado dice el “ser” del hombre. Paso que vuelve a repetirse desde el extraser
               del caballo, que en el entrelazamiento del olvido y el recuerdo memora que había sido
               hombre. </p>
            <p> Esta prisión del tiempo —porque es absurdo o demasiado sensato hablar de libertad en
               esta escritura, en todo caso viene a mostrar que la libertad no es una palabra libre
               desde el tiempo “caballuno”— produce una catástrofe en el espacio formulario y
               representativo, y pasa todas las dimensiones que proceden por “copia de copia,” sean
               cuales fueren sus ideas. </p>
            <p> Obrar sin obra y escribir sin dirección. Sin nombre. No de manera innombrable sino
               en lo innombrable. En una escritura de <hi rend="italic:true;">partes
                  extra-partes</hi> que ninguna ideología puede “llenar” a causa de que esta
               escritura remite a una clase vacía. En todo caso, la ideología sólo podría hacerse
               cargo del primer sujeto (el hombre); pero lo inescribible de la enunciación imposible
               cuyo sujeto (el caballo) no puede “ser” sino exterior a esa lógica. Y sean cuales
               fueran los nombres que le den, la enunciación imposible escucha las designaciones de
               la superstición de pertenencia para dar un paso, no en busca de sus antepasados sino
               hacia ese primer recuerdo, sin origen, sin fin, que desbarata el “entre” de las
               finitudes ahuecando el nombre en la impenetrabilidad de las cosas. </p>
            <p> Escuchando, cada vez, en frases que a cada momento están alcanzando su término, el
               tiempo que tropieza, procede por choques, por caída, por corrosiones, por
               disgregaciones, fuera del tiempo en una memoria y un olvido que caben en un paso. Los
               niños lo adivinan: <cit>
                  <quote source="#felisberto_mujer_parecida">“El niño que tenía las orejas dobladas me levantó
                     el belfo superior, y mirándome los dientes me dijo: ‘este caballo es
                     viejo’.”</quote>
               </cit>
            </p>
            <p> Pero los particulares ostensivos que usan los otros sujetos responden a los signos
               cotidianos del lenguaje instrumental, a la figura que ese lenguaje produce al
               enunciarlas; hay, al respecto, una audición neutra del caballo que no se detiene a
               interpretar las palabras de los otros porque va en el paso sencillo “hacia” lo que no
               tiene figuración. </p>
            <p> Esa literatura no es ejemplar y deviene en este relato un avatar “caballuno” (por el
               tiempo que despliega) en la risa del tiempo. Supone un lector que se incluya en todas
               las líneas exclusivas, entrecerrándose en ese tiempo que ríe en la ausencia de
               nombre; es la risa del tiempo que hay que reír en varios tiempos. A poco, es posible
               tropezar con él. A poco, es posible preguntarse cuándo eso —la idea fija, el recuerdo
               de haber sido caballo— sucedió. </p>
            <p>
               <q who="#kafka">“Eso se escribe,”</q> decía <persName ref="#kafka">Kafka</persName>. Y cuando eso
               se escribe, una escritura es “originaria” —la “reproducción” tiene el lugar de una
               estructura de origen— porque complica, y hasta eclipsa las líneas homogéneas de la
               tradición, sus lugares —siempre fijos—, las filiaciones, la explicación del presente
               por el pasado. Al punto que es posible preguntarse si para este tipo de escritura,
               trabajada por el olvido —que abre “otras” historias—, importa demasiado localizar los
               préstamos, o los orígenes. </p>
            <p> A la literatura como Saber, <persName ref="#felisberto_hernandez"
                  >Felisberto</persName> no responde porque produce una y otra vez el no saber, el
               desaprender, el olvidar. Y la metamorfosis en caballo es prueba de que nunca se
               desaprende demasiado poco. Incluso si se sabe. Es que en el escrito de <persName
                  ref="#felisberto_hernandez">Felisberto</persName> todo lo que se constituye,
               localmente, como “copia de copia” es objeto de risa por el tiempo de una escritura
               que remite a un caso singular, sea <persName ref="#felisberto_hernandez">Felisberto
                  Hernández</persName>, sea el caballo sin nombre, ni siquiera bayo. </p>
            <p> ¿Qué hacer con los “argumentos” que, aun sin exponerlos, hacen pensar en lo que
               tienen de no pensado y de no saber, un extraser que lleva una y otra vez a la
               inanimidad del ser y la risa, más allá de toda semejanza? La obra, en su ausencia, en
               su enunciación imposible, dice de la ausencia de “obra.” De lo no literario de la
               literatura. De la contrafigura del olvido que se desprende como exterior a la
               tradición de los antepasados. A los que no condena, pero que tampoco asume. Y todo a
               paso de caballo. El olvido y la tradición interesan. <persName
                  ref="#felisberto_hernandez">Felisberto</persName> es el olvido de los antepasados,
               de los textos fundadores, de las líneas de transmisión, de las buenas filiaciones.
               Hay otro tipo de sujeto. El retorno ya no es lo mismo porque lo mismo resuena en un
               extraser de caballo. </p>
            <p> Olvido, para nosotros, difícil de recordar si nos detenemos en un poema de <persName
                  ref="#borges">Borges</persName>: <cit>
                  <quote source="#everness">“Sólo una cosa no hay: es el olvido.”</quote>
               </cit>
               <persName ref="#borges">Borges</persName> podía sostenerse en la voz “viva” de los
               antepasados, antes de comenzar esa errancia en la que pierde su nombre o en que su yo
               se disgrega en esos objetos “conjeturales,” heterogéneos: <rs type="literary_object"
                  rend="italic:true;">El Aleph</rs> o <rs type="literary_object"
                  rend="italic:true;">El Zahir</rs>, en donde la lengua sale del
               paradigma yendo hacia un no lugar, un espacio no homólogo a los espacios por el cual
               un muro se levanta en la hipérbole sin figura del Tiempo. Y también, en <rs
                  type="literary_object" rend="italic:true;">El Zahir</rs>, ese objeto
               conjetural, heterogéneo, como moneda cuyas caras no se superponen, enuncia la nadería
               de ese otro tiempo que es morir antes o después. </p>
            <p> Quizás <persName ref="#borges">Borges</persName>, al escribir el poema, habrá <hi
                  rend="italic:true;">recordado</hi> al único personaje, el único poema que no puede
               escribirse, la lengua funesta del memorioso <persName type="literary_character">Funes</persName>
               para la cual no puede haber lo único que no hay: el olvido. Entre <persName
                  ref="#borges">Borges</persName> y <persName type="literary_character">Funes</persName> no hay, como
               se dice, “entre” posible, porque una lengua y otra no son simétricas ni inversas ni
               iguales ni distintas: se dicen en otros espacios y en otros tiempos. De tal modo,
               cuando <persName ref="#borges">Borges</persName>, o, si se quiere, el narrador
               borgeano, cruza hacia la Banda Oriental, lleva en su valija varios y planificados
               libros en latín; entre otros, los comentarios de <title level="m"
                  rend="italic:true;">La Guerra de las Galias</title> de <persName
                  ref="#julio_cesar">Julio César</persName>, abundantes y explícitos en cuanto a la
               división de la lengua y el territorio. Esos libros, con los que transita a la otra
               orilla y que pronto escuchará en la voz de <persName type="literary_character">Funes</persName>,
               quien desconoce el latín, no sin asombro ni algo de horror, como lengua funesta,
               porque ésta ya no es el latín que había querido aprender en su “pasión de lenguas,”
               sino esa misma lengua pero extremadamente otra, que está en las antípodas de las
               llamadas abstracciones del escribir de <persName ref="#borges">Borges</persName> —y
               del olvido que “no hay” según ese poema— que se entrelaza en otro pliegue. </p>
            <p> Es una voz que se destapa como una isla en el texto, un basural de memoria que va de
               retención en retención, sin olvido ni separación, huella o borradura; es una palabra
               local, vernácula y “cimarrona” de excéntrica convergencia, puesto que cualquier
               lengua puede adentrarse y ovillarse ahí donde no hay huella. Es lengua funesta porque
               puede enumerar el aquelarre de todos los nombres, en todas las lenguas que ahí se
               ovillan; enumerar el nombre de <persName ref="#ciro_grande">Ciro</persName>, que
               sabía enumerar uno por uno el nombre de todos los soldados de sus ejércitos y
               enumerar uno por uno los soldados de los ejércitos de <persName
                  ref="#ciro_grande">Ciro</persName>; proyectar un idioma en el cual cada pájaro o rama
               tengan un nombre propio, hacer que cada sola y única cosa, e incluso desechar esto
               por parecerle “demasiado general.” Es, pues, la vía de <persName type="literary_character">Funes</persName>, singularidad vernacular
               que procede por unidades en la subdivisión que no se subdivide del tiempo memorioso.
               ¿Se ha pensado en algo más fúnebre? </p>
            <p> De otro modo, el cuerpo de <persName type="literary_character">Funes</persName> es funesto ya
               que ahí todo es discernible pero sin huella. La superficie local de la memoria recoge
               el tiempo como basura, pero de modo que la podredumbre del tiempo no pueda morir;
               hay, luego, en los paredones de esa memoria, también una escucha, un asombro renovado
               cada vez: <cit>
                  <quote source="#borges_funes_memorioso">“Su propia mano en el espejo, sus propias manos,
                     lo sorprendían cada vez. Refiere <persName ref="#jonathan_swift"
                        >Swift</persName> que el emperador de <placeName type="literary_place">Lilliput</placeName> discernía el movimiento del
                     minutero; <persName type="literary_character">Funes</persName> discernía tranquilamente los
                     tranquilos avances de la corrupción, de las caries, de la fatiga. Notaba los
                     progresos de la muerte de la humedad. Era el solitario espectador de un mundo
                     multiforme, solitario y preciso.”</quote>
               </cit> Es la prisión del tiempo en su simplicidad: el tiempo viene, se oye, progresa,
               hasta se magnifica, pero siempre de modo tal que la simplicidad del tiempo no pueda
               devorar nada de la memoria ni soltar una hoja del bosque memorioso, por mucho que se
               particularice esa hoja dando nombres a la vibración de su tallo. </p>
            <p>
               <persName type="literary_character">Funes</persName> procede “uno por uno;” busca darle un nombre
               propio a cosas que tienen un nombre común; transgrede los nombres partiendo desde el
               nombre y yendo la vía funesta de la singularidad vernacular. De otro modo, la muerte
               está implícita en un velo que no muere; escucha la disgregación corporal —como cada
               uno la escucha, como el propio <persName ref="#borges">Borges</persName> la anuncia,
               la anticipa luego de recibir, raro contradón, el <rs type="literary_object"
                >Zahir</rs>— en una diferencia que no piensa porque no olvida, en unas
               series sin desprendimiento que estarán una por una completas, aunque <persName
                  type="literary_character">Funes</persName> se esfuerce en llevarlas al máximo en
               su modo de trillar lo singular, haciendo incluso pasar el “uno por uno” al uno del
               uno, y por mucho que despliegue un infinito yendo de la vía común a la propia. </p>
            <p> Asimismo, si viera él el <rs type="literary_object">Aleph</rs>, el
               punto del espacio que contiene todos los puntos y en el que cada cosa es infinitas
               cosas; entre otras, <rs type="place">el zaguán de la casa de <placeName
                     ref="#fray_bentos">Fray Bentos</placeName></rs> —donde es posible que ande
               cerca el memorioso—, vería todas las hormigas que hormiguean en el <rs
                  type="literary_object">Aleph</rs>, el rostro de <persName
                  type="literary_character">Beatriz Viterbo</persName> —la mujer comenzada a
               olvidar—, y a repetir en el punto todos los puntos de memoria que pueda repetir. Y
               olvidar a través de ese punto ese objeto “cuyo nombre usurpan los hombres.” Ver el
                  <rs type="literary_object">Aleph</rs> es haber olvidado, perdido,
               para que el narrador pueda repetir, transcribir, todos los puntos en una sucesión que
               lógicamente es imposible de enunciar a la vez simultáneamente porque si todo se
               inscribiera en una sola vez, un solo trazo, ocurriría una catástrofe generalizada;
               todas las sucesiones pasarían a ser simultaneidades y encajarían en leyes de
               dispersión. </p>
            <p>Ante el uno por uno de <persName type="literary_character">Funes</persName>, el
               narrador de <persName ref="#borges">Borges</persName> le da “tiempo al tiempo” para
               que haya por lo menos un <rs type="literary_object">Aleph</rs> que
               impida el dislocamiento y la inscripción simultánea de todas las heterogeneidades,
               esa misma que Funes congrega en memoria acumulada, y la sucesión dé paso al infinito
               olvido de esos escombros que irradian a través del punto <rs type="literary_object"
                 >Aleph</rs>, ese desprendimiento del espacio que desprende solo —y
               solamente— algunos tiempos. Porque si el infinito olvido que <persName
                  type="literary_character">Funes</persName> retiene y acumula, gran propietario de
               un lenguaje sin olvido, pasara por ahí, estaríamos nada menos que ante la “locura”
               (por eso <persName ref="#georges_bataille"><choice><sic>George</sic> <corr>Georges</corr></choice> Bataille</persName> dirá que escribe
               para no volverse “loco,” a saber, escribe para que la escritura coloque una barra, un
               muro y un límite). En esta lógica, si se franquea el límite, el <rs
                  type="literary_object">Aleph</rs>, lo simultáneo, no habría
               posibilidad de transcripción, y el <rs type="literary_object">Aleph</rs>
               se inscribiría sin poder ser enunciado.</p>
            <p>Como ocurre en las inscripciones, esos trazos arañas de los muros donde se vuelve a
               inscribir una historia invisible, sin lenguaje, pero no menos real. O, en este texto,
               en donde no se desencadena el mismo trazo —ese puro olvido de las antilenguas que
               inventaron su propia gramática hasta devenir un puro <hi rend="italic:true;"
                  >collage</hi> de superficies—, sino que se inscribe en ese tiempo que tropieza, en
               el cual las secuencias irregulares —exentas de ley— entrelazan el recuerdo de una
               idea fija y el escribir de su olvido... uno menos uno, a paso de caballo en una
               “lengua primera,” no calculable, intraducible, de un caballo que habla y escucha como
               caballo, el uno menos uno del caballo ante el uno por uno de <persName
                  ref="#aristoteles">Aristóteles</persName> y <persName type="literary_character"
                  >Funes</persName>.</p>
            <p>Y el narrador de <persName ref="#borges">Borges</persName>, su larga errancia
                     (<bibl><persName ref="#juan_garcia_ponce">Juan García Ponce</persName>: <title
                     level="m" ref="#ponce_errancia_sinfin">“La errancia sin fin: <persName ref="#robert_musil"
                        >Musil</persName>, <persName ref="#borges">Borges</persName>, <persName
                        ref="#klossowski">Klossowski</persName>.”</title>
                  <orgName type="editorial" ref="#ed_anagrama">Anagrama</orgName></bibl>), engendrador de babeles de falsa simetría en
               el interior del castellano, que hace pasar las simultaneidades, todas las que se
               quieran, en sucesiones sin ley por el punto <rs type="literary_object">Aleph</rs>, hueco en la lengua donde la memoria y el tiempo de la memoria pueden
               repetirse; el memorioso <persName type="literary_character">Funes</persName>, pliegue
               que <persName ref="#borges">Borges</persName> cierra para inaugurar otra vez el
               olvido, su recomenzado pasaje que tropieza también entre antepasados locales y
               lejanos; <persName type="literary_character">Funes</persName>, rememorando en memoria
               funesta todo el “vaciadero de basura,” familia de lenguas y de nombres que se
               encastillan para guardar el pasado común “que los interlocutores compartieron” en
               todas las tierras, en un espacio que anula —al memorarlo— el Tiempo: es la
               consagración de la basura universal como memoria a la que engulle como propietario
               simbólico (esa larga pesadilla a la cual <persName ref="#james_joyce">James
                  Joyce</persName>, inversamente, hace pasar por laberintos hechos de escombros de
               todas las lenguas).</p>
            <p>Y el <hi rend="italic:true;">narrador-caballo</hi> de <persName
                  ref="#felisberto_hernandez">Felisberto Hernández</persName>, en su borde
               extravernacular, con su estructura —su diminutivo, sus voces guturales y
               onomatopéyicas—, cambia el paso de la “historia literaria” en sucesiones no
               idénticas, sin ley, en una escritura antifilogenética —ir al encuentro de un
               antepasado sin pasado, repetirlo en una lengua originaria, primera, contra los
               orígenes, desprender una escritura de otra hasta disolver toda memoria— en la
               errancia no humana, en su espacio y su verdad (<bibl><persName
                     ref="#roberto_echavarren">Roberto Echavarren</persName>, <title level="m"
                     ref="#echavarren_espacio_verdad">“El espacio de la verdad,” práctica del texto
                     en <persName ref="#felisberto_hernandez">Felisberto
                     Hernández</persName></title>, <orgName type="editorial" ref="#ed_sudamericana">Sudamericana</orgName></bibl>),
               viejísimo y nuevo. Como el caballo. Es una de las posiciones del escritor <persName
                  ref="#felisberto_hernandez">Felisberto</persName>.</p>
            <p>Ese recomienzo en el olvido de la filiación y la historia puede comenzar por
               cualquier punto, si no hay historia ni filiación; en cualquier caso, se trata de
               identificarse —extravernáculamente— con alguien que no tenga identidad, y llevar lo
               no idéntico en el interior coherente de una sucesión sin ley, como en las “primeras
               invenciones” de una “lengua primera”: <cit>
                  <quote source="#felisberto_libro_sin_tapas">“A los locos nos tienen mucha confianza en estas
                     cosas. Escribiremos sólo algunos de los datos del primer ensayo y dejaremos
                     especialmente a la orilla del plato los de la formación del jurado de los
                     dioses.”</quote>
               </cit> Ahora es un loco el que escribe pero que no “está loco” y que toma como punto
               de partida lo no idéntico para hacerlo hablar, escribir.</p>
            <p>Entonces las analogías imperfectas son exactas en lo que tienen de no analógico y de
               incalculable. El caballo tropieza. Su tropiezo es el parecido. Cuando el texto
               diverge en la repetición de la idea fija y parece organizar una sucesión sin ley en
               su olvido, encuentra su punto de parecido en el momento en el que creíamos que no
               había semejanza posible: el caballo se parece a una maestra con cara de caballo. El
               caballo no es metafórico ni metonímico, ni conjuntivo ni disyuntivo, es, como dice un
               niño <persName type="literary_character">Alejandro</persName>, un “ajetivo” —como si
               el niño supiera en su error la “verdad” del caballo—, un error gramatical. La maestra
               corrige: <q>“Se dice adjetivo”</q> y agrega: <q>“adjetivo no es nombre, es
                  adjetivo,”</q> un extraser que hace vacilar las designaciones. Se produce entonces
               la falsa conjunción y la falsa disyunción —<q>“ahí va la maestra y el caballo,”</q>
               dicen unas voces; <q>“o el caballo o yo”</q> dirá al final el novio— y se desencadena
               la risa de los falsos parecidos.</p>
            <p>A diferencia de todo “arte” de caracteres, en <persName ref="#felisberto_hernandez"
                  >Felisberto</persName> las escenas ocurren entre antimodelos. La maestra no es
               totalmente el magister; ella también recuerda un no parecido en su rostro, un resto,
               una metonimia que está esperando ser repetida: <cit>
                  <quote source="#felisberto_mujer_parecida">“la maestra recordó a su vez que en aquella
                     oportunidad la amiga le había dicho que tenía cara de caballo. Yo miré, pues la
                     maestra se me parecía. Pero de cualquier manera aquello era una falta de
                     respeto para con los seres humildes. La maestra no debía haber dicho eso
                     estando yo presente.”</quote>
               </cit> La maestra recuerda su “ajetivo,” su no semejanza, su anomalía, y querrá
               “iniciarlo” de modo anómalo.</p>
            <p>Lo indecible le permite decir casi todo a <persName ref="#felisberto_hernandez"
                  >Felisberto Hernández</persName>. Al entrar en esa risa del tiempo cuyo sitio sin
               lugar es un extraser, instituye la risa que está en implicación con el tiempo, la
               idea fija, y que al introducirse en las relaciones intersubjetivas no puede sino
               volverlas extremadamente cómicas, una comicidad que hace estallar de risa a la
               inanidad del ser.</p>

         </div>
        
                    <div type="appendix">
                <head>Anexo: Dinero I</head>

                <div type="text" subtype="crítica">
                    <head>De Judíos, dineros y Bolsas: <persName ref="#edouard_drumont"
                            >Drumont</persName>, <persName ref="#leon_bloy">Bloy</persName>,
                            <persName ref="#emile_zola">Zola</persName>, <persName
                            ref="#julian_martel">Martel</persName></head>
                    <byline><persName ref="#ramon_alcalde">Ramón Alcalde</persName></byline>

                    <div n="I">
                        <head>I</head>
                        <p> En <placeName ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos Aires</placeName>, <date
                                when="1981">1981</date>, fuera de los vergeles académicos, bajo el
                            palio de ninguna Jornada de Literatura, en un <title level="j"
                                ref="#revista_sitio">Sitio</title> que todavía no lo tiene, ocuparse de
                                <persName ref="#leon_bloy">León Bloy (1846-1917)</persName>, y tan
                            luego de <title level="m" rend="italic:true;" ref="#bloy_salvacion">La
                                salvación por los judíos</title> (<date when="1892"
                                >1892</date>),<ref target="#nota_bloy">*</ref> ¿no les parece una
                            exhumación? ¿Qué tiene que ver con nosotros, hoy, ese fósil? Ni <title
                                level="j" rend="italic:true;" ref="#revista_tel_quel"
                                >Tel-Quel</title>, ni <title level="j" rend="italic:true;"
                                ref="#revista_communications">Communications</title>, ni <title
                                level="j" rend="italic:true;" ref="#revista_poetique"
                                >Poétique</title>, ni <title level="j" rend="italic:true;"
                                    ref="#revista_ornicar"><choice><sic>Ornicar</sic><corr>Ornicar?</corr></choice></title>, ni <title level="j"
                                rend="italic:true;" ref="#revista_diwan">Diwan</title> se acuerdan
                            de su existencia, y eso que son franceses (o barceloneses, que de
                                <placeName ref="#francia">Francia</placeName> saben más que en
                                <placeName ref="#paris">París</placeName>). </p>
                        <p> Pero es que <persName ref="#leon_bloy">Bloy</persName> en <title
                                level="m" rend="italic:true;" ref="#bloy_salvacion">La
                                Salvación</title>, <persName ref="#edouard_drumont">Edouard
                                Drumont</persName> en <title level="m" rend="italic:true;"
                                ref="#drumont_france">La France juive</title> (<date when="1886"
                                >1886</date>), <persName ref="#emile_zola">Emile Zola</persName> en
                                <title level="m" rend="italic:true;" ref="#zola_argent"
                                >L'argent</title> (<date when="1891">1891</date>) y nuestro
                                <persName ref="#julian_martel">Julián Martel</persName> en <title
                                level="m" rend="italic:true;" ref="#martel_bolsa">La Bolsa</title>
                                (<date when="1891">1891</date>) hablan todos juntos y al mismo
                            tiempo, aunque desde discursos y con escrituras radicalmente
                            enfrentadas, de un solo y mismo tema, el <hi rend="italic:true;"
                                >dinero</hi>, y su forma libidinosa, la <hi rend="italic:true;"
                                >especulación</hi>, bajo lo que entonces eran sus más tangibles
                            ectoplasmas: la Bolsa y los grandes financistas <hi rend="italic:true;"
                                >judíos</hi>, los <orgName type="family">Rothschild</orgName>,
                            <orgName type="family">Pereire</orgName>, <orgName type="family">Mirés</orgName>,
                            <orgName type="family">Hirsch</orgName>. ¿Y en qué otra cosa que no sea el
                            dinero, el <hi rend="italic:true;">crach</hi> y la <hi
                                rend="italic:true;">débacle</hi> le dejan pensar a uno en <placeName
                                ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos Aires</placeName>, desde hace tres
                            años por lo menos? </p>
                        <p> Conste que la asociación no es sólo mía. En <title level="j"
                                rend="italic:true;" ref="#diario_la_prensa">La Prensa</title>
                            <date when="1981-07-27">del 27 de julio pasado</date>, <persName>Rogelio Garay</persName> intitula su columna:
                                <title level="a" ref="#garay_crisis90">“<eventName
                                  >La crisis del <date when="1890"
                                    >90</date></eventName> noventa años después; de <title level="m"
                                    rend="italic:true;" ref="#martel_bolsa">La Bolsa</title> al
                                    <title level="m" rend="italic:true;" ref="#escandalo_bancario"
                                    >Escándalo bancario</title>"</title>, conjugando, con toda
                            pertinencia, el asombro de dos <hi rend="italic:true;">outsiders</hi>,
                            patéticamente energúmeno aquél, virginalmente atónita ésta, como
                                <persName type="classical_character">Eneas</persName> ante el cuerpo
                            de <persName type="classical_character">Polidoro</persName>: <q
                                source="#eneida">"¡A qué cosas no obligas los mortales pechos,
                                hambre sacra del oro!”</q> ¡Qué malo es los hombres, <persName
                                ref="#silvina_bullrich">Silvinita</persName>, viste! </p>
                        <p> Y <persName ref="#carlos_moyano_llerena">Carlos Moyano Llerena</persName>, en
                                <title level="j" rend="italic:true;" ref="#diario_la_nacion">La
                                Nación</title> del <date when="1981-05-24">24 de mayo</date>, en un
                            artículo, <title level="a" ref="#moyano_capitalismo">“El capitalismo y
                                las virtudes teologales”</title>, que forma parte de una serie de
                            cuasifantasía científica consagrada a “La sociedad postindustrial”, nos
                            informa que a comienzos de este año accedió en <placeName
                                ref="#estados_unidos">EE.UU. de Norteamérica</placeName> a la
                            confirmación de best-seller un libro, <title level="m"
                                rend="italic:true;" ref="#gilder_riqueza_pobreza">Riqueza y
                            pobreza</title>, de <persName ref="#george_gilder">George
                                Gilder</persName>, <q source="#moyano_capitalismo">"uno de los
                                intelectuales que mayor influencia tiene sobre el grupo de
                                funcionarios que rodea al presidente norteamericano (<persName
                                    ref="#ronald_reagan">Reagan</persName>) y que lo guía en la
                                aplicación de <q>“la nueva teoría económica que recibe el nombre de
                                        <hi rend="italic:true;">suply-side</hi>”</q></q>. <persName
                                ref="#george_gilder">Gilder</persName> —afirma <persName
                                ref="#carlos_moyano_llerena">Moyano</persName>—, después de hacer la
                            crítica de <persName ref="#adam_smith">Adam Smith</persName> y de la
                            teoría del propio interés, sostiene que: <q source="#moyano_capitalismo"
                                >“Los economistas <add place="inline" resp="#carlos_moyano_llerena"
                                    >[capitalistas]</add> que desconfían de la religión nunca podrán
                                comprender <hi rend="italic:true;">la relación con lo divino por la
                                    cual se alcanza el progreso</hi>
                                <add place="inline" resp="#carlos_moyano_llerena">[económico]</add>”</q>.
                            Pienso que <persName ref="#george_gilder">Gilder</persName> y <persName
                                ref="#leon_bloy">Bloy</persName> podrían llegar a entenderse, o por
                            lo menos a escucharse, mejor entre sí que cualquiera de los dos con
                                <persName ref="#emile_zola">Zola</persName>, <persName
                                ref="#edouard_drumont">Drumont</persName> o <persName
                                ref="#julian_martel">Martel</persName>. O con <persName
                                ref="#juan_alemann">Juan Alemann</persName>. </p>
                        <p>
                            <persName ref="#hugo_wast">Gustavo Martínez Zuviría (Hugo
                                Wast)</persName> tuvo a su manera pruritos teológicos análogos, que
                            curó reinsertándose en el discurso antisemita de <persName
                                ref="#julian_martel">Martel</persName> y de <persName
                                ref="#edouard_drumont">Drumont</persName>, amplificado ya por el
                                <title level="m" ref="#libro_kahal"><hi rend="italic:true;">Gniga
                                    Kahal</hi> [Libro del kahal]</title> de <persName
                                ref="#jacob_brafman"><choice>
                                    <sic>Branfman</sic>
                                    <corr>Brafman</corr>
                                </choice></persName> (<date when="1870">1870</date>) y <title
                                level="m" ref="#talmudjude"><hi rend="italic:true;">Der
                                    Talmudjude</hi> (El judío del Talmud)</title>, de <persName
                                ref="#august_rohling">August Rohling</persName> (<date when="1871"
                                >1871</date>) y <title level="m" rend="italic:true;"
                                ref="#protocolos_sion">Los protocolos de los sabios de Sión</title>
                                (<date when="1902">1902</date>), cuya autenticidad, con dudosa
                            inocencia, <persName ref="#hugo_wast">Wast</persName> da por descontada.
                            (Dicho sea de paso, <title level="m" rend="italic:true;"
                                ref="#protocolos_sion">Los protocolos</title> pueden adquirirse en
                            este momento a 9.000 pesos viejos en todos los quioscos de subterráneo,
                            junto con <title level="m" rend="italic:true;">La cura por el
                                agua</title>, <title level="m" rend="italic:true;">La vida sexual
                                después de los 50</title> y los horóscopos de <persName
                                ref="#horangel">Horangel</persName>). Sólo un detalle: <title
                                level="m" rend="italic:true;" ref="#wast_oro">Oro</title> y <title
                                level="m" rend="italic:true;" ref="#wast_kahal">El Kahal</title> son
                            de <date when="1936">1936</date>, <persName ref="#hugo_wast">Gustavo
                                Martínez Zuviría</persName> es el Director de la <orgName>Biblioteca
                                Nacional</orgName>, sinecura recibida de <persName
                                ref="#jose_uriburu">Uriburu</persName>; <persName
                                ref="#agustin_justo">Agustín P. Justo</persName>, preside a los
                            argentinos; <persName ref="#mussolini">Mussolini</persName> y <persName
                                ref="#adolf_hitler">Hitler</persName> han reemplazado a <persName
                                ref="#victor_manuel2">Vittorio Enmanuele II</persName> y a <persName
                                ref="#otto_von_bismarck">Bismark</persName>, en el interin), y los
                            judíos argentinos, que en la época de <persName ref="#julian_martel"
                                >Martel</persName> eran un puñado, son varios centenares de miles... </p>
                        <p> ¡Qué enternecedor resulta <persName ref="#alberto_gerchunoff"
                                >Gerchunoff</persName> y sus <title level="m" rend="italic:true;"
                                ref="#gerchunoff_gauchos_judios">Gauchos Judíos</title> (<date when="1910"
                                >1910</date>), los de <persName ref="#mauricio_hirsch">Mauricio
                                Hirsch</persName>, que en sus pingos galopan por los pagos de
                                <placeName ref="#estacion_dominguez">Estación Domínguez</placeName>,
                            provincia de <placeName ref="#entre_rios">Entre Ríos</placeName>, o
                            tuestan semillas de girasol y de zapallo en <placeName
                                ref="#moises_ville">Moisés Ville</placeName>, <placeName
                                ref="#santa_fe">Santa Fe</placeName>! ¿Te acordás cuando el peoncito
                                <persName type="literary_character">Rogelio</persName>, <q
                                source="#gerchunoff_gauchos_judios">“en su portentoso alazán, venía a todo
                                correr con <persName type="literary_character">Myriam</persName> en
                                ancas. Pasaron como viento, erguido altivamente el criollo, y ella,
                                suelta la cabellera, envolvió a la gente (los judíos de su familia)
                                con una mirada de desafío, hechos una llama los ojos, y cuando los
                                colonos volvieron de su asombro, la pareja fugitiva era un punto en
                                la distancia”</q>
                            <bibl><ptr target="#gerchunoff_gauchos_judios"/><biblScope unit="page" from="42"
                                    to="42">(42)</biblScope></bibl>? Perdón, <persName
                                ref="#alberto_gerchunoff">Gerchunoff</persName>, ¡ojalá usted, la
                                <orgName rend="italic:true;">Alliance Juive Universelle</orgName>,
                                <persName ref="#adolphe_cremieux">Crémieux</persName>, <persName
                                ref="#edmond_rothschild">Rothschild</persName> y <persName
                                ref="#mauricio_hirsch">Hirsch</persName> no se hubieran equivocado!
                            Pero ya se lo advirtió <persName ref="#theodor_herzl">Herzl</persName>
                            en <title level="m" rend="italic:true;" ref="#herzl_estado_judio">El estado
                                judío</title> (<date when="1896">1896</date>): <q
                                source="#herzl_estado_judio">“El que quiera hacer de los judíos
                                agricultores (,cuando no lo son,) está en un error muy craso”</q>
                            <bibl><ptr target="#herzl_estado_judio"/><biblScope unit="page" from="34"
                                    to="34">(34)</biblScope></bibl>. Claro que a <persName
                                ref="#theodor_herzl">Herzl</persName> hay que leerlo también en su
                            contexto, y sobre sus otros aciertos (o algunos de sus aciertos),
                            angustiosamente, la Historia no ha dicho la última palabra. </p>

                    </div>

                    <div n="II">
                        <head>II</head>
                        <p> Las concordancias de <persName ref="#edouard_drumont"
                            >Drumont</persName>, <persName ref="#julian_martel">Martel</persName>,
                                <persName ref="#emile_zola">Zola</persName> y <persName
                                ref="#leon_bloy">Bloy</persName> no son sólo cronológicas y
                            temáticas, sino también interaccionales e intertextuales. </p>
                        <p>
                            <persName ref="#leon_bloy">Bloy</persName> escribe <title level="m"
                                rend="italic:true;" ref="#bloy_salvacion">La salvación</title>
                            contra <persName ref="#edouard_drumont">Drumont</persName>. El detonante
                            es su indignación por un affiche, que según informa <persName
                                ref="#georges_bernanos">Bernanos</persName>
                            <bibl><ptr target="#bernanos_grand_peur"/><biblScope unit="page"
                                    from="134" to="134">(P 134)</biblScope></bibl>, reproducía el
                            cromo de la tapa de una edición popular (resumida) de <title level="m"
                                rend="italic:true;" ref="#drumont_france">La Francia judía</title>,
                            mediante la cual se quería propagar la agitación antisemítica entre
                            obreros y campesinos: <persName ref="#edouard_drumont"
                                >Drumont</persName>, transvestido en Caballero del Santo Sepulcro,
                            alancea, como <persName ref="#san_jorge">San Jorge</persName>, no a la
                                <name type="mythological_creature">Sierpe</name> sino a <persName
                                type="biblical_character">Moisés</persName>
                            <ref target="#bloy_texto_citado">(<hi rend="italic:true;">infra</hi>,
                                página 68)</ref>. En el “Prólogo” de <date when="1892">1892</date>,
                            suprimido en la edición de <date when="1906">1906</date>
                            <ref target="#bloy_texto_citado">(<hi rend="italic:true;">infra</hi>,
                                página 86)</ref>, relata su misteriosa expedición a <placeName
                                ref="#medan"><choice><sic>Médam</sic><corr>Médan</corr></choice></placeName> después de la lectura de la recién
                            aparecida <title level="m" rend="italic:true;" ref="#zola_la_debacle">La
                                débâcle</title> para transmitir a <persName ref="#emile_zola"
                                >Zola</persName>, en calidad de “mensajero del Absoluto”, una
                            admonición, sin duda inspiracional. Sabemos por su Diario Manuscrito <bibl>
                                <ptr target="#nota_bollery"/>(<author ref="#joseph_bollery"
                                    >Bollery</author>, <biblScope unit="volume" n="3"
                                    >III</biblScope>, <biblScope unit="page" from="40" to="40"
                                    >40</biblScope>)</bibl> que en esos precisos días trabajaba en
                                <title level="m" rend="italic:true;" ref="#bloy_salvacion">La
                                salvación</title>. El odio que atesoró <persName ref="#leon_bloy"
                                >Bloy</persName> y que brama ya en este <title level="a"
                                >“Prólogo”</title>, errumpe muchos años después, en pleno <eventName
                              >Proceso <persName ref="#alfred_dreyfus"
                                    >Dreyfus</persName></eventName>, el <date when="1899-10-21">21
                                de octubre de 1899</date> y el <date when="1900-02-04">4 de febrero
                                de 1900</date>, en la revista <title level="j" rend="italic:true;"
                                ref="#par_scandale">Par le Scandale</title>: <title level="a"
                                ref="#seconde_enfance_zola">“La seconde enfance de <persName
                                    ref="#emile_zola">Zola</persName>”</title>, recogido en <title
                                level="m" rend="italic:true;" ref="#bloy_accuse">Je
                            m'accuse</title>, <date when="1900">de ese mismo año</date>. Si su
                            resentimiento y envidia pueden tener algún atenuante, éste es sólo que
                            su inquina es contra el naturalismo sólo es parangonable con la que
                            terminó profesando a los disidentes <persName ref="#huysmans"
                                >Huysmans</persName> y <persName ref="#paul_bourget">Paul
                                Bourget</persName> (véase <title level="m" rend="italic:true;"
                                ref="#dernieres_cotonnes">Les dernieres colonnes de
                            l'Eglise</title>). </p>
                        <p>
                            <persName ref="#edouard_drumont">Drumont</persName>, en el <title
                                level="a">“Prólogo”</title> de <title level="m" rend="italic:true;"
                                ref="#drumont_france">La Francia judía</title>, se prestigia con el
                            método utilizado: <cit source="#drumont_france">
                                <quote>“Mi libro se filia con todos los trabajos intentados bajo
                                    formas diferentes por los psicólogos, novelistas y cronistas de
                                    los acontecimientos cotidianos, los <persName
                                        ref="#alphonse_daudet">Daudet</persName>, los <persName type="family_name">Goncourt</persName>, los <persName
                                        ref="#emile_zola">Zola</persName>, los <persName
                                        ref="#claretie">Claretie</persName>, los <persName
                                        ref="#platelle">Platell</persName>, los <persName
                                        ref="#scholl">Scholl</persName>, los <persName
                                        ref="#maupassant">Maupassant</persName>, los <persName
                                        ref="#uzanne">Uzanne</persName>, los <persName
                                        ref="#bonnieres">Bonniéres</persName>, los <persName
                                        ref="#fournel">Fournel</persName>, para pintar ese mundo que
                                    cambia de alguna manera ante nuestros ojos</quote>
                                <bibl> (<biblScope unit="chapter" rend="italic:true;"
                                        >XVI</biblScope>)</bibl>
                            </cit>. En verdad, tergiversa luego totalmente el trabajo de realistas y
                            naturalistas (uno sospecha si los habrá efectivamente leído),
                            adosándoles opiniones antijudías absolutamente inexistentes. (Tal vez el
                            grado máximo de fraude lo alcance al hablar <bibl>
                                <ptr target="#drumont_france"/><biblScope unit="page" from="40"
                                    to="40">(40)</biblScope>
                            </bibl> de <persName ref="#george_eliot">George <choice><sic>Elliot</sic><corr>Eliot</corr></choice></persName> y su
                                <title level="m" rend="italic:true;" ref="#daniel_deronda">Daniel
                                Deronda</title>, que probablemente no leyó, o calculó que no habían
                            leído sus propios lectores). </p>
                        <p> El artículo <title level="a" ref="#pour_juifs">“Pour les juifs”</title>,
                            publicado por <persName ref="#emile_zola">Zola</persName> en <title
                                level="j" rend="italic:true;" ref="#diario_figaro">Figaro</title>
                            el <date when="1896-05-16">16 de mayo de 1896</date>, que marca su
                            ingreso en la lucha política contra el antisemitismo, está
                            inequívocamente dirigido contra <persName ref="#edouard_drumont"
                                >Drumont</persName>, aunque no lo menciona por su nombre. (Y es
                            clave para justipreciar el discurso-pastiche antisemita de <persName
                                type="literary_character">Saccard</persName> en <title level="m"
                                rend="italic:true;" ref="#zola_argent">L'argent</title>, 94 y 95). A
                            las 48 horas, <persName ref="#edouard_drumont">Drumont</persName>, desde
                                <title level="j" rend="italic:true;" ref="#diario_libre_parole">La
                                Libre Parole</title> regurgita incendios contra <persName
                                ref="#emile_zola">Zola</persName>: sus últimas novelas han tenido
                            poca venta; está desesperado por entrar en la Academia; novel abogado de
                            los judíos, se asemeja a ellos <q who="#edouard_drumont">“en la parte
                                cochinamente blasfematoria y obscena (<hi rend="italic:true;"
                                    >ordurier</hi>) de sus libros”</q>; su prosa es la de un
                            farmacéutico de aldea, de un almacenero virulento. En lo referente a los
                            últimos cargos, <persName ref="#edouard_drumont">Drumont</persName> y
                                <persName ref="#leon_bloy">Bloy</persName> coinciden en un <hi
                                rend="italic:true;">odium theologicum</hi> compartido. No es
                            sorprendente: para los ultras católicos de esa época (<persName
                                ref="#leon_bloy">Bloy</persName> y <persName ref="#edouard_drumont"
                                >Drumont</persName> lo son) los Tres Enemigos del Alma son cuatro:
                            masones, <hi rend="italic:true;">youtres</hi>, protestantes y
                            naturalistas. </p>
                        <p> También en <title level="j" rend="italic:true;"
                                ref="#diario_libre_parole">La Libre Parole</title>, pero <date
                                when="1894">dos años antes</date>, <persName ref="#edouard_drumont"
                                >Drumont</persName> había publicado los materiales secretos sobre el
                            arresto de <persName ref="#alfred_dreyfus">Dreyfus</persName>, que le
                            había pasado el coronel <persName ref="#coronel_henry"><choice><sic>Henri</sic><corr>Henry</corr></choice></persName>,
                            el amigo de <persName ref="#esterhazy">Esterhazy</persName>. En <date
                                when="1896">1896</date>
                            <persName ref="#alfred_dreyfus">Dreyfus</persName> estaba ya en la
                                <placeName ref="#isla_diablo">isla del Diablo</placeName>; faltaban
                            dos años para que <persName ref="#emile_zola">Zola</persName> lanzara el
                                <title level="a" rend="italic:true;" ref="#zola_accuse"
                                >J'accuse</title>. <persName ref="#edouard_drumont"
                                >Drumont</persName> azuzaría entonces junto con <persName>Régis</persName> los progromos de <placeName
                                ref="#argelia">Argelia</placeName>, que siguieron al juicio de
                                <persName ref="#emile_zola">Zola</persName>, su condena y exilio en
                                <placeName ref="#inglaterra">Inglaterra</placeName>. </p>
                        <p>
                            <persName ref="#julian_martel">Martel</persName> anticipa como folletín
                                <title level="m" rend="italic:true;" ref="#martel_bolsa">La
                                Bolsa</title> en <title level="j" rend="italic:true;"
                                ref="#diario_la_nacion">La Nación</title>. En el mismo crepuscular
                            matutino aparece, traducida, y también en folletín, <title level="m"
                                rend="italic:true;" ref="#zola_argent">L'argent</title>. </p>
                        <p>
                            <q source="#martel_bolsa">“<persName ref="#edouard_drumont"
                                    >Drumont</persName>, en una obra escrita con tanta pasión como
                                talento, y en la cual abundan datos abrumadores que nadie ha
                                rectificado, dice, entre otras cosas, que tienen formada una gran
                                asociación, que se llama <orgName>Alianza Universal
                                    Israelita</orgName> y cuyas ramificaciones se extienden a todas
                                partes del mundo en que haya modo de lucrar a costillas del hombre
                                ario”</q>
                            <bibl><ptr target="#martel_bolsa"/><biblScope unit="page" from="123"
                                    to="123">(123)</biblScope></bibl>. <q source="#martel_bolsa"
                                >“¿Quién ha levantado sus cargos? ¿Recuerdas aquel dato de la
                                sociedad francesa probando... no, no exagero, probando, sí, probando
                                que está sometida al yugo judío? Pues bien, la
                                    <placeName ref="#america">América</placeName>, y especialmente la <placeName
                                    ref="#argentina">República Argentina</placeName>, está amenazada
                                del mismo peligro”</q>
                            <bibl><ptr target="#martel_bolsa"/><biblScope unit="page" from="124"
                                    to="124">(124)</biblScope></bibl>, hace decir <persName
                                ref="#julian_martel">Martel</persName> a <persName
                                type="literary_character">Glow</persName>. Y todo el capítulo 7, al
                            que pertenecen estas citas y que constituye más del 10% de la obra, está
                            destinado —congelando el relato— a compendiar prolijamente <title
                                level="m" rend="italic:true;" ref="#drumont_france">La Francia
                                judía</title>. </p>

                    </div>

                    <div n="III">
                        <head>III</head>
                        <p>El año en que <persName ref="#emile_zola">Zola</persName> y <persName
                                ref="#leon_bloy">Bloy</persName> deciden ocuparse de los judíos y el
                            dinero se cumplía exactamente un siglo de uno de los actos más
                            trascendentales de la <eventName>Revolución
                                Francesa</eventName>, junto con la abolición de la esclavitud: la
                            declaración de los judíos como ciudadanos franceses con igualdad de
                            derechos, el <date when="1791-09-27">27 de setiembre de 1791</date>. La
                            Convención enervaba así, civilmente, el decreto del I Concilio
                            Lateranense (<date when="1179">1179</date>) que había prohibido la
                            convivencia de judíos y cristianos. El cumplimiento de estas ordenanzas
                            había sido encarecido y reglamentado en <date when="1556">1556</date>
                            por la Bula <hi rend="italic:true;">Cum nimis absurdum</hi>, de
                                <persName ref="#paulo_iv">Paulo IV</persName>, seguida <date
                                when="1557">un año después</date> por la fundación del gueto de
                                <placeName ref="#roma">Roma</placeName>.</p>
                        <p>Dentro de esta centuria, el lapso entre las revoluciones de <date
                                when="1789">1789</date> y <date when="1848">1848</date> es el de la
                            emancipación (<hi rend="italic:true;">jurídica</hi>) de los judíos en
                            todos los países de <placeName>Europa</placeName>. Durante las tres
                            décadas siguientes, los salidos del gueto se incorporan vigorosamente a
                            la vida social y cultural global (comercio, finanzas, periodismo,
                            profesiones liberales). En los dos últimos decenios, el de <date
                                from="1880" to="1889">1880</date> y el de <date from="1890"
                                to="1899">1890</date>, cuaja y se organiza el <hi
                                rend="italic:true;">antisemitismo político</hi>, que hasta entonces
                            sólo había tenido expresión religiosa o filosófica. Los progromos de
                                <placeName ref="#rusia">Rusia</placeName>, inmediatamente después
                            del asesinato de <persName ref="#alejandroii">Alejandro II</persName>,
                            el <date when="1881-03-13">13 de marzo de 1881</date>, son su expresión
                            más aterradora. Las emigraciones masivas de los judíos del Imperio
                            Zarista hacia los países europeos del oeste, <placeName ref="#america_norte">América del Norte</placeName> y <placeName ref="#america_sur">del Sur</placeName>
                                (<placeName ref="#argentina">Argentina</placeName>), <placeName
                                ref="#palestina">Palestina</placeName>, junto con la articulación
                            del movimiento sionista, son su resultado.</p>
                        <p>El antisemitismo políticamente organizado (<persName
                                ref="#edouard_drumont">Drumont</persName> en <placeName
                                ref="#francia">Francia</placeName>, <persName ref="#adolf_stoecker"
                                >Adolf <choice>
                                    <sic>Stöcker</sic>
                                    <corr>Stoecker</corr>
                                </choice></persName> en <placeName ref="#alemania"
                                >Alemania</placeName>, <persName ref="#geza_onody">Géza von
                                Onody</persName> en <placeName ref="#hungria">Hungría</placeName>)
                            se reúne en el Primer Congreso Internacional Antijudío, con sede en
                                <placeName ref="#dresden"><choice>
                                    <sic>Desde</sic>
                                    <corr>Dresden</corr>
                                </choice></placeName>, en <date when="1882">1882</date>. Del <date
                                when="1882-05-03">3 de mayo de ese mismo año</date> son las “Leyes
                            de Mayo” rusas. Cuenta ya con un <hi rend="italic:true;">discurso</hi>,
                            iniciado desde el momento mismo en que culminó la emancipación jurídica.
                            Su perímetro es la <hi rend="italic:true;">Judenfrage</hi>, la Question
                            Juive.</p>
                        <p>La literatura francesa, en parte, presencia y testimonia este proceso, en
                            parte interviene, <hi rend="italic:true;">registrándolo</hi> y <hi
                                rend="italic:true;">elaborándolo</hi>, principalmente desde la
                            novela (que es la que aquí interesamos) y secundariamente desde el
                            drama. Pero es una <hi rend="italic:true;">literatura escrita por no
                                judíos</hi>. Cuando, tardiamente y fuera de <placeName
                                ref="#dresden">Francia</placeName>, autores judíos asumen su <hi
                                rend="italic:true;">especificidad</hi>, hablan de ella <hi
                                rend="italic:true;">reflexivamente</hi>, aceptándose como <hi
                                rend="italic:true;">dados</hi>. No se preguntan por los no judíos:
                            literariamente, no existió nunca una <hi rend="italic:true;"
                                >Goienfrage</hi>. Cuando, después del holocausto nazi, en 1946,
                                <persName ref="#jules_isaac">Jules Isaac</persName>, por ejemplo, se
                            dedica a una obra sobre la tradición católica respecto de los judíos
                                (<title level="m" rend="italic:true;" ref="#jesus_israel">Jesús et
                                Israel</title>) todo su muy valioso alegato culmina en proponer a
                            los católicos una revisión de los contenidos tergiversados en la
                            interpretación histórica, teológica y litúrgica de la personalidad de
                                <persName ref="#jesus">Jesús</persName> y la actitud del pueblo
                            palestino respecto de él: <placeName ref="#israel">Israel</placeName> en
                            cuanto tal no desconoció ni dio muerte a <persName ref="#jesus"
                                >Jesús</persName>. ¿Cuestionar al Otro implicaría cuestionarse a sí
                            mismo como <hi rend="italic:true;">indeterminado</hi>, como no
                            necesariamente congelado por alguien, para toda la eternidad, en una
                            modalidad <hi rend="italic:true;">mítica</hi>. Conozco una sola
                            excepción: <persName ref="#bernard_lazare">Bernard
                            Lazare</persName>.</p>
                        <p>El hecho es que desde el <persName type="literary_character"
                                >Shylock</persName> de <persName ref="#shakespeare"
                                >Shakespeare</persName> (<date when="1600">1600</date>) hasta el
                                <persName type="literary_character">Isaac de York</persName> en
                                <title level="m" rend="italic:true;" ref="#scott_ivanhoe">Ivanhoe</title>
                            de <persName ref="#walter_scott">Walter Scott</persName> (<date
                                when="1820">1820</date>), la figura del judío como <hi
                                rend="italic:true;">poseedor eminente</hi> del oro y del dinero (<hi
                                rend="italic:true;">argent</hi>) no está significativamente
                            representada en las literaturas europeas. El seguimiento que haré aquí
                            de algunos momentos clave estará centrado en sólo dos aspectos: <hi
                                rend="italic:true;">la construcción del personaje</hi> y las <hi
                                rend="italic:true;">asignaciones de sentido</hi> que hacen los
                            propios autores a propósito de esa construcción. Para ello son
                            fundamentales los "Prólogos". En el caso de <persName ref="#emile_zola"
                                >Zola</persName>, la inclusión de una selección de sus Notas
                            manuscritas <ref target="#zola_texto_citado">(<hi rend="italic:true;">infra</hi>, páginas 91 y 95)</ref> ha
                            parecido conveniente por su contenido mismo y como contraste con
                                <persName ref="#leon_bloy">Bloy</persName>. El porqué de la remisión
                            a <persName ref="#walter_scott">Scott</persName> se hará evidente por sí
                            mismo.</p>
                        <p><persName ref="#walter_scott">Walter Scott</persName> tiene detrás de sí
                            (o sobre sí) la agobiante presencia de <persName
                                type="literary_character">Shylock</persName>, pero sólo en la misma
                            medida que soporta las de <persName type="literary_character"
                                >Lear</persName>, <persName type="literary_character"
                                >Hamlet</persName>, <persName type="literary_character"
                                >Otelo</persName> y la de todos los personajes del ciclo histórico
                            medieval shakesperiano, que él ha decidido reinterpretar. <title
                                level="m" rend="italic:true;" ref="#scott_ivanhoe">Ivanhoe</title> es de
                            todas sus novelas la que mayor difusión y gravitación tuvo en el
                            Continente. <persName ref="#balzac">Balzac</persName>, por ejemplo, en
                            el <title level="a">"Prólogo"</title> de <date when="1842">1842</date>,
                            describe su aporía en el momento de alumbrar la idea de la <title level="m" ref="#comedia_humana">Comedia</title>
                                (<date when="1834">1834</date>): <q who="#balzac">"Si bien yo
                                concebía la importancia y la poesía de esta historia del corazón
                                humano, no veía ningún medio de ejecución... Fue con ese pensamiento
                                que leí las obras de <persName ref="#walter_scott">Walter
                                    Scott</persName>. <persName ref="#walter_scott">Walter
                                    Scott</persName>, este inventor (<hi rend="italic:true;"
                                    >trouveur</hi>) (trovero (<hi rend="italic:true;"
                                >trouvere</hi>)) moderno, imprimía entonces una andadura gigantesca
                                a un género de composición injustamente llamado secundario...
                                    <persName ref="#walter_scott">Walter Scott</persName> elevaba,
                                pues, al valor filosófico en la historia, la novela..."</q> (20-21).
                            Y en enumeración de los grandes personajes ficcionales de todas las
                            épocas (<persName type="literary_character">Dafnis</persName> y
                                <persName type="literary_character">Cloe</persName>, <persName
                                type="literary_character">Rolando</persName>, <persName
                                type="literary_character">Quijote</persName>, <persName
                                type="literary_character">Werther</persName>, etcétera), el único de
                                <persName ref="#walter_scott">Scott</persName> que cita es,
                            precisamente, <persName type="literary_character">Ivanhoe</persName>.
                            Más aún: cuando publica en <date when="1829">1829</date>
                            <title level="m" rend="italic:true;" ref="#ultimo_chouan">El último
                                Chouan</title> y <persName ref="#sainte_beuve"
                                >Sainte-Beuve</persName> lo critica como imitador de <persName
                                ref="#walter_scott">Scott</persName>, <persName ref="#balzac"
                                >Balzac</persName> responde que <q who="#balzac">“su intención ha
                                sido hacer para la época actual lo que <persName ref="#walter_scott"
                                    >Walter Scott</persName> ha hecho para la <date notBefore="0500"
                                    notAfter="1500">Edad Media</date>”</q>.</p>
                        <p><persName type="literary_character">Isaac de York</persName>, el judío de
                                <title level="m" rend="italic:true;" ref="#scott_ivanhoe">Ivanhoe</title>,
                            y su hija, <persName type="literary_character">Rebecca</persName>,
                            deberían haber tenido en el desarrollo del relato una importancia
                            infinitamente menor. Su función actancial se limita a prestar a
                                <persName type="literary_character">Ivanhoe</persName> el dinero
                            necesario para adquirir la armadura (<persName type="literary_character"
                                >Isaac</persName>), y servir de objeto para la lujuria del templario
                                <persName type="literary_character">Bois-Guibert</persName> y de
                            receptora de sus confidencias (según yo las leo) acerca de cómo la
                            reforma, bajo una forma espuria y libertina, corroía ya el catolicismo
                            feudal, no en vano a través del contacto con <placeName ref="#palestina"
                                >Palestina</placeName> y el Oriente (<persName
                                type="literary_character">Rebecca</persName>).</p>
                        <p>Pero <persName ref="#walter_scott">Scott</persName> termina arrasado por
                            sus personajes. Tanto, que en la segunda edición (<date when="1830"
                                >1830</date>) se ve obligado a aclarar: <cit>
                                <quote>“El personaje de la hermosa (<hi rend="italic:true;"
                                        resp="#ramon_alcalde">fair</hi>) judía ha encontrado tanto
                                    favor ante los ojos de algunas hermosas (<hi rend="italic:true;"
                                        resp="#ramon_alcalde">fair</hi>), lectoras, que el Autor ha
                                    sido censurado porque, al planear los destinos de los personajes
                                    del drama, no otorgó la mano de <persName
                                        type="literary_character">Wilfredo (Ivanhoe)</persName> a
                                        <persName type="literary_character">Rebecca</persName>, en
                                    lugar de hacerlo con la menos interesante <persName
                                        type="literary_character">Rowena</persName>. Pero, por no
                                    hablar de que los prejuicios de <hi rend="italic:true;"
                                        resp="#ramon_alcalde">la época</hi> hacían tal unión casi
                                    imposible, el Autor quisiera señalar de pasada que él piensa que
                                    un carácter de estampa altamente virtuosa y altiva es degradado
                                    más que exaltado por cualquier intento de recompensar la virtud
                                    con la prosperidad... y es una doctrina peligrosa y fatal
                                    enseñar a las personas jóvenes, que son los lectores más comunes
                                    de novelas, que la rectitud de conducta y de principio están
                                    naturalmente aliadas con la <hi rend="italic:true;"
                                        resp="#ramon_alcalde">gratificación de nuestras
                                        pasiones</hi> o el logro de nuestros deseos”</quote>
                                <bibl><ptr target="#scott_ivanhoe"/><biblScope unit="page" from="215"
                                        to="215">(215)</biblScope></bibl>
                            </cit>. La bastardilla no está en el original. Para interpretar el
                            sentido que asigno a mi resalte, téngase presente el encubrimiento de
                                “<hi rend="italic:true;">mujeres</hi> que leen” novelas de amor bajo
                            “personas jóvenes” y “lectores”. <persName type="literary_character"
                                >Jessica</persName> no hubiera estado de acuerdo: no sólo huye (eso
                            sí, disfrazada de muchacho) con <persName type="literary_character"
                                >Lorenzo</persName>, sino que despoja a su padre <persName
                                type="literary_character">Shylock</persName> del oro y de las joyas.
                                <q source="#mercader_venecia">“Now, by my hood, a Gentile, and no
                                Jew”</q>, comenta <persName type="literary_character"
                                >Graciano</persName>.</p>
                        <p>Las pías consignas de lectura que a sus lectoras de la segunda generación
                            imparte <persName ref="#walter_scott">Scott</persName> (debió sentir que
                            lanzaba al mundo una progenie de <persName type="literary_character"
                                >Francescas de Rimmini</persName> y de <persName
                                type="literary_character">Emas Bovary</persName>) son importantes
                            por la <hi rend="italic:true;">operación</hi> disociativa que introduce
                            en el arquetipo <persName type="literary_character">Jessica</persName>:
                            la hetaira oriental y la casta <persName type="literary_character"
                                >Susana</persName>. Veremos como <persName ref="#balzac"
                                >Balzac</persName> anula y ratifica a la vez en <persName
                                type="literary_character">Ester</persName> esta disociación. Y como
                                <persName ref="#edouard_drumont">Drumont</persName> la reunifica,
                            pero eliminando el segundo de los términos.</p>
                        <p>Detrás de <persName type="literary_character">Isaac de York</persName>
                            está el avaro de comedia latina y del Arte (<persName
                                type="literary_character">Euclión</persName>), que ya es usurero
                                (<persName type="literary_character">Harpagón</persName>), vale
                            decir, el judío ha sido despojado del aspecto <hi rend="italic:true;"
                                >diabólico</hi> pero humanizante con que aparecía <persName
                                type="literary_character">Shylock</persName>. No creo que sería
                            demasiado injusto ver detrás de su sed de sangre el <hi
                                rend="italic:true;">crimen ritual</hi> que en la visión
                            auténticamente medieval de <persName ref="#chaucer">Chaucer</persName>
                                (<title level="a" ref="#cuento_priora">“Cuento de la
                            priora"</title>) expresa la versión originaria del mito.</p>
                        <p>Pero <persName type="literary_character">Isaac</persName> no es una
                            figura degradada, y, lo que más importa, no lo es <hi
                                rend="italic:true;">como judío</hi>. No es él, sino <persName
                                type="literary_character">Bois-Guibert</persName>, el portador
                            activo del Mal. Tampoco es sórdido: su casa de <placeName ref="#york"
                                >York</placeName> encierra un refinamiento propio de Oriente, que ni
                            sajones ni normandos pueden emular. La fortuna que atesora procede del
                            comercio y de los préstamos a nobles y reyes. Como cualquier otro judío,
                            es saqueado, encarcelado, torturado por los barones; paga un impuesto
                            especial. Su aspecto físico no es fisionómicamente repugnante. Su nariz,
                                <hi rend="italic:true;">como la de <persName
                                    type="literary_character">Rebecca</persName></hi>, es
                            "aquilina", no ganchuda; lleva cabellos y barba largos; la frente es
                            despejada. Sería positivamente hermoso, comenta <persName
                                ref="#walter_scott">Scott</persName>, si no fuera porque el
                            aborrecimiento del vulgo y la persecución de los nobles ha desarrollado
                            en él un "carácter nacional” mezquino y <hi rend="italic:true;"
                                >unamiable</hi>. No obstante ello, está dispuesto a morir antes que
                            entregar a <persName type="literary_character">Rebecca</persName>.</p>
                        <p><persName ref="#walter_scott">Scott</persName> no conoce aún “la cuestión
                            judía”, porque tampoco ha comenzado, aunque ya los <orgName
                                type="family">Rothschild</orgName> inician, precisamente en
                                <placeName ref="#inglaterra">Inglaterra</placeName>, su carrera
                            ascendente hacia el status de <persName type="mythological"
                                >Midas</persName> y de <persName ref="#creso">Creso</persName> que
                            los convertirá en referencia obvia e inevitable a partir de <date
                                when="1840">1840</date>. <persName type="literary_character"
                                >Isaac</persName> y los hebreos de <placeName ref="#inglaterra"
                                >Inglaterra</placeName> son, como los sirvientes moros de los
                            Templarios en el mismo <title level="m" rend="italic:true;"
                                ref="#scott_ivanhoe">Ivanhoe</title> o los gitanos de <title level="m"
                                rend="italic:true;" ref="#wawerley">Wawerley</title>, menciones
                            ineludibles en su fresco rafaeliano de la <rs type="period">Edad Media
                                gótica</rs>. En notas al pie o al final de las novelas <persName
                                ref="#walter_scott">Scott</persName> acumula toda la información
                            erudita pertinente. Para que entre en escena el dinero y el judío <hi
                                rend="italic:true;">burgués</hi> hay que esperar que el realismo de
                                <persName ref="#balzac">Balzac</persName> liquide el romanticismo.
                            Que la comedia divina, laicicizada en la prosa, se piense a sí misma
                            como <title level="m" ref="#comedia_humana">Comedia Humana</title>.</p>


                    </div>

                    <div n="IV">
                        <head>IV</head>
                        <p><persName type="literary_character" rend="italic:true;"
                                >Gobseck</persName>, <persName type="literary_character"
                                rend="italic:true;">Nuncingen</persName> y <persName
                                type="literary_character" rend="italic:true;">Esther</persName>,
                            los tres personajes judíos balczacianos, reiteran y modulan líneas
                            melódicas de <persName ref="#walter_scott">Scott</persName>. <persName
                                type="literary_character">Gobseck</persName> es todavía prestamista
                            y usurero: actúa en <date from="1818" to="1819">1818-1819</date>, en
                            plena Restauración; <persName type="literary_character"
                                >Nuncingen</persName> es ya el banquero, financista, <hi
                                rend="italic:true;">loup-cervier</hi>, par de <placeName
                                ref="#francia">Francia</placeName>, hechura de la Revolución de
                            Julio. La mansión que compra para <persName type="literary_character"
                                >Esther</persName> se inaugura en <date when="1830">1830</date>.
                                <persName type="literary_character">Gobseck</persName> es hijo de
                                <hi rend="italic:true;">holandés</hi> y de madre judía, <persName
                                type="literary_character">Nuncingen</persName>, <hi
                                rend="italic:true;">alsaciano</hi>, hijo de judío converso. Ambos
                            siguen siendo ancianos: <persName type="literary_character"
                                >Gobseck</persName> tiene 67 años, <persName
                                type="literary_character">Nuncingen</persName> 60. <persName
                                type="literary_character">Esther</persName>, la <hi
                                rend="italic:true;">fille galante</hi>, no es hija de <persName
                                type="literary_character">Gobseck</persName>, solamente su sobrina,
                            pero su belleza es fascinante, y su atractivo sexual tan fuerte y
                            misterioso, que los dandies, sus clientes, le han dado como apodo “La
                            Torpille” (pez torpedo, o eléctrico, que paraliza a su víctima).
                                <persName type="literary_character">Gobseck</persName> lega su
                            fortuna a <persName type="literary_character">Esther</persName>, cuyo
                            paradero desconoce. Y <persName type="literary_character"
                                >Esther</persName>, bajo la esclavitud, sexual primero, amorosa
                            después, de <persName type="literary_character">Lucien de
                                Rubempré</persName>, es manipulada por el falso <hi
                                rend="italic:true;">abate</hi>
                            <persName type="literary_character">Herrera</persName> para despojar a
                                <persName type="literary_character">Nuncingen</persName> del dinero
                            necesario para que <persName type="literary_character"
                                >Lucien</persName> perpetre su casamiento aristocrático con
                                <persName type="literary_character">Clotilde de
                                Grandlieu</persName>. <persName type="literary_character"
                                >Esther</persName> otorga lealmente, y por el precio convenido, una
                            empeñosa noche a <persName type="literary_character"
                                >Nuncingen</persName>, pero a la mañana siguiente se suicida, como
                            lo tenía decidido. Hetaira primero, heroína luego romántica del amor <hi
                                rend="italic:true;">cristiano</hi>: <persName
                                type="literary_character">Esther</persName> había sido forzada al
                            bautismo por <persName type="literary_character">Herrera</persName> y
                            educada por las monjas. La <hi rend="italic:true;">codicia de <persName
                                    type="literary_character">Rubempré</persName></hi> es la que la
                            precipita otra vez a la prostitución de alto vuelo y la que deja como
                            única posible expiación el suicidio.</p>
                        <p>De <persName type="literary_character">Nuncingen</persName>, <persName
                                ref="#balzac">Balzac</persName> da dos perspectivas complementarias,
                            bien diferenciadas por el <hi rend="italic:true;">tratamiento
                                formal</hi>. La primera es épica, en <title level="a"
                                rend="italic:true;" ref="#casa_nucingen">La casa <persName
                                    type="literary_character">Nuncingen</persName></title>, y llama
                            la atención por un recurso de composición inusitado: el <hi
                                rend="italic:true;">esquema ditirámbico</hi> (relator /coro). El
                            Narrador de la historia es alguien que, escuchando detrás del tabique de
                            un restaurante, se entera de la historia de la fortuna de <persName
                                type="literary_character">Nuncingen</persName>. El corifeo-relator
                            es el pérfido <persName type="literary_character">Bixiou</persName>; el
                            coro está formado por un gran <hi rend="italic:true;">industrial</hi>,
                            un <hi rend="italic:true;">periodista</hi> a su <hi rend="italic:true;"
                                >servicio</hi> y un <hi rend="italic:true;">especulador.</hi> La
                            selección de las profesiones y la introducción que hace <persName
                                ref="#balzac">Balzac</persName> a la presentación de los personajes
                            tienen el claro designio de mostrar la articulación de sectores y
                            funciones socioeconómicos que implicó el paso del capital financiero
                            desde la época de <persName type="literary_character"
                                >Gobseck</persName> y <persName type="literary_character"
                                >D’Alddriger</persName>, el ex-patrón de <persName
                                type="literary_character">Nuncingen</persName>, hasta la
                            ficcionalmente actual, en la que este último actúa. Por supuesto, las
                            tres quiebras fraudulentas que permitieron a <persName
                                type="literary_character">Nuncingen</persName> “optimizar” el monto
                            de su capital son aplaudidas como tres admirables jugadas que revelan su
                            genio financiero. <q>“A tout seigneur, tout honneur.”</q></p>
                        <p>La segunda visión de <persName type="literary_character"
                                >Nuncingen</persName>, en <title level="m" rend="italic:true;"
                                ref="#grandeza_miseria_cortesanas">Grandeza y miseria de las
                                cortesanas</title>, es la de su, para <persName
                                type="literary_character">Esther</persName>, <hi
                                rend="italic:true;">trágica</hi> pasión senil. <persName
                                type="literary_character">Nuncingen</persName> no se autodestruye,
                            como tampoco el oro, el más noble de los metales, se oxida, pero no
                            tiene la ataraxía que <persName ref="#emile_zola">Zola</persName> habrá
                            de conferirle a <persName type="literary_character"
                                >Gundermann</persName>. Como sea, su dinero no está aún alienado de
                            su <hi rend="italic:true;">trabajo productivo</hi>, es decir, del
                            cuerpo, sino que sigue estando a su servicio, bajo la forma del consumo
                            y del placer, más valioso, o más refrendado, cuanto menos según
                            naturaleza.</p>
                        <p>Las tres figuras judías carecen de cualquier rasgo envilecedor. El
                            aspecto corporal de los dos varones es completamente distinto y no se
                            ajusta a un esquema: <persName type="literary_character"
                                >Gobseck</persName> es pálido, impasible, de cabellos lacios bien
                            peinados, <q>“labios de alquimista”</q>, un <q>“viejecillo seco”</q>.
                            (Leitmotiv del judío cabalista-nigromante.) Sólo sus ojos llaman la
                            atención: <q>“amarillos, sin pestañas”</q>, <q>“de garduña”</q>. De
                                <persName type="literary_character">Lázaro</persName>. <persName
                                type="literary_character">Nuncingen</persName> (el único personaje
                            de <persName ref="#balzac">Balzac</persName> caracterizado por su
                            fonética) es bajo, cuadrado, pesado: un renano bebedor de cerveza, que
                            oportunamente apela a las píldoras del serrallo. Y <persName
                                ref="#balzac">Balzac</persName> tiene perfecta conciencia de lo que
                            hace: <cit>
                                <quote>“Los judíos, aunque <hi rend="italic:true;">tan
                                        frecuentemente degradados por su contacto con otros
                                        pueblos</hi>, muestran entre sus <hi rend="italic:true;"
                                        >numerosas tribus</hi>, filones que han conservado el tipo
                                    sublime de las bellezas asiáticas. Cuando no son de una fealdad
                                    repugnante, presentan el carácter magnífico de las figuras
                                    armenias” </quote>
                                <bibl>(<title level="m" rend="italic:true;"
                                        ref="#grandeza_miseria_cortesanas">Grandeza y
                                        miseria</title>, <biblScope unit="page" from="368" to="368"
                                        >368</biblScope>)</bibl>
                            </cit>. Es verdad que está hablando de <persName
                                type="literary_character">Esther</persName>, pero es y, lo que más
                            interesa, coherente con su posición epistemológica de partida: <cit>
                                <quote>“¿Acaso la Sociedad no hace del hombre, según el medio donde
                                    su acción se despliega, otros tantos hombres diferentes como hay
                                    variedades en zoología?… Han existido siempre Especies Sociales,
                                    como hay Especies Zoológicas. Pero la Naturaleza ha trazado
                                    límites dentro de los cuales la Sociedad no debía
                                    mantenerse”</quote>
                                <bibl>(<title level="a"
                                    >“Prólogo”</title> a la <title level="m" rend="italic:true;" ref="#comedia_humana"
                                        >Comedia</title>, <biblScope unit="page" from="19" to="19"
                                        >19</biblScope>)</bibl>
                            </cit>. Y pocas líneas antes había aclarado que la idea de la <title
                                level="m" rend="italic:true;" ref="#comedia_humana">Comedia</title>
                            le vino a partir de la comparación entre “la Humanidad y la Animalidad”.
                            La Moneda y el Oro.</p>
                        <p>El <title level="a">“Prólogo”</title> es demasiado conocido, y su
                            análisis minucioso imposible aquí. Pero tampoco puedo dejar de señalar
                            su significación como <hi rend="italic:true;">contraste</hi> con las <hi
                                rend="italic:true;">operaciones</hi> mitologizantes que habrá de
                            realizar <persName ref="#edouard_drumont">Drumont</persName> (<hi
                                rend="italic:true;">infra</hi>, páginas 56 y 58) y aun con la <hi
                                rend="italic:true;">matriz interactancial</hi> que utilizará
                                <persName ref="#emile_zola">Zola</persName>. Tampoco pueden omitirse
                            dos leit-motiv ya mejor desarrollados: a) mujer judía - exótica -
                            oriental - joven preservada de la <hi rend="italic:true;">usura</hi> que
                            provoca la condición abyecta socialmente del Pueblo Judío - fascinadora
                            de no judíos; b) deformidad askhenazi / belleza sefardí. Que, cargada
                            políticamente, da askhenazi = alemán, “enemigo del francés” y, a partir
                            de cierta época, askhenazi = alemán socialista-bolchevique, genera
                            “enemigo… del género humano”, en cuanto humano. <persName
                                ref="#maupassant">Maupassant</persName> era demasiado inteligente y
                            brechtianamente distante para dejarse atenacear por semejantes
                            cosmogonías. Su pulcritud la aprendió en la dura escuela de <persName
                                ref="#gustave_flaubert">Flaubert</persName>.</p>

                    </div>

                    <div n="V">
                        <head>V</head>
                        <p>Los casi 50 años que separan a <title level="m" rend="italic:true;"
                                ref="#grandeza_miseria_cortesanas">Grandeza y miseria</title> del
                                <title level="m" rend="italic:true;" ref="#mont_oriol"
                                >Mont-Oriol</title> (<date when="1887">1887</date>) de <persName
                                ref="#maupassant">Maupassant</persName> son los años de la
                            constitución del discurso antisemítico, proceso que se cumple
                            sustancialmente fuera de <placeName ref="#francia">Francia</placeName> y
                            la literatura. <title level="m" rend="italic:true;" ref="#chien_caillou"
                                >Chien-Caillou</title> (<date when="1847">1847</date>), de <persName
                                ref="#champfleury"><choice><sic>Champefleury</sic><corr>Champfleury</corr></choice> (Jules-Fleury Husson)</persName> y
                                <title level="m" rend="italic:true;" ref="#manette_salomon">Manette
                                Salomon</title> (<date when="1867">1867</date>) de <persName
                                    ref="#edmond_goncourt">E.</persName> y <persName
                                        ref="#jules_goncourt">J. Goncourt</persName> se mantienen
                            dentro de los arquetipos judío-usurero y judía-hetaira. Pero lo que es
                            más importante, no innovan en cuanto al escenario donde actúan
                            protagonistas y antagonistas. <persName ref="#maupassant"
                                >Maupassant</persName> introduce actancialmente dos sectores
                            sociales hasta ahora ausentes del conflicto: la nobleza terrateniente
                            arruinada por el despilfarro (<orgName type="fictional_family">la
                                familia Ravenel</orgName>) y el campesino rico (<orgName
                                type="fictional_family">la familia Oriol</orgName>). Hay dos
                            personajes burgueses: el <hi rend="italic:true;">joven</hi> financista
                            judío <persName type="literary_character">Andermatt</persName>, y
                                <persName type="literary_character">Paul de Brétigny</persName>,
                            hijo de un industrial, amante de la mujer de <persName
                                type="literary_character">Andermatt</persName>, que concibe de él
                            una hija, cosa que no había podido con <persName
                                type="literary_character">Andermatt</persName>. La acción no
                            transcurre en <placeName ref="#paris">París</placeName> sino en la
                            ociosidad forzosa de una aldea campesina.</p>
                        <p><persName type="literary_character">William Andermatt</persName> tiene
                            apenas 30 años. No es alto, y ha engordado ya un poco para su talla. Es
                            calvo, mofletudo y rosado, con aire de bebé. Tiene las manos grasosas y
                            los muslos cortos. Posee <q>“gran flexibilidad de espíritu, rapidez de
                                penetración y seguridad de juicio”</q>; habla con <q>“una facilidad
                                asombrosa”</q>. Su capital no es grande: cinco o seis millones, pero
                            ha emprendido negocios que pueden convertirlos en doce. Según su
                            insobornablemente veraz cuñado <persName type="literary_character"
                                >Gontran de Ravenel</persName> es <q>“un hombre muy honesto, de una
                                irreprochable lealtad en asuntos de negocios”</q>
                            <bibl><ptr target="#mont_oriol"/><biblScope unit="page" from="291"
                                    to="291">(291)</biblScope></bibl>. Sobre su origen nacional no
                            se dice nada. El nombre propio, <persName type="literary_character"
                                >William</persName>, haría pensar que es inglés. Tampoco se dan
                            precisiones sobre el momento en que se desarrolla la acción. Pero hay un
                            término <hi rend="italic:true;">post quem</hi>, una citación de <title
                                level="a">“La beauté”</title> de <persName ref="#baudelaire"
                                >Baudelaire</persName>
                            <bibl>(<title level="m" rend="italic:true;" ref="#baudelaire_flores_mal">Flores del
                                    mal</title>, <date when="1851">1851</date>)</bibl>, lo que la
                            sitúa en la misma década del II Imperio en que transcurre la acción de
                                <hi rend="italic:true;">L’argent</hi> zoliano.</p>
                        <p>La anécdota económica es la formación de una sociedad anónima para
                            explotar las fuentes termales descubiertas por azar en el predio de
                                <orgName type="fictional_family">los Oriol</orgName>, en <placeName
                                ref="#auvernia">Auvernia</placeName> (<persName
                                type="literary_character">Oriol</persName> habla en patois, como
                                <persName type="literary_character">Nuncingen</persName> farfulla
                            en alsaciano). <persName type="literary_character">Andermatt</persName>
                            toma como socio a un ingeniero hidráulico e incorpora al viejo campesino
                                <persName type="literary_character">Oriol</persName> a la sociedad.
                            Para imponer el balneario compra el patrocinio a varias celebridades
                            médicas.</p>
                        <p>La alianza capital-ciencia-técnica no estaba presente en <persName
                                ref="#balzac">Balzac</persName>, como tampoco la sociedad anónima
                            por acciones. <persName ref="#maupassant">Maupassant</persName> y
                                <persName ref="#alphonse_daudet">Daudet</persName> (<title level="m"
                                rend="italic:true;" ref="#el_nabab">El nabab</title>, <date
                                when="1877">1877</date>) tratan a fondo este tema, pero sin
                            asignarle, como hará <persName ref="#emile_zola">Zola</persName>, sus
                            consecuencias sociales y políticas. Con todos sus trucos, <persName
                                type="literary_character">Andermatt</persName> es todavía un
                            empresario, no un financista: <q source="#mont_oriol">“Gracias a él <add
                                    place="inline" resp="#ramon_alcalde">[el ingeniero]</add>, que
                                nos ha dicho cosas admirables durante la cena <add place="inline"
                                    resp="#ramon_alcalde">[sobre las posibilidades hidráulicas de la
                                    fuente]</add>... yo arruino a la vieja Sociedad <add
                                    place="inline" resp="#ramon_alcalde">[termal]</add> sin tener
                                siquiera necesidad de comprarla”</q>
                            <bibl><ptr target="#mont_oriol"/><biblScope unit="page" from="67"
                                    to="67">(67)</biblScope></bibl>. Antes ha opuesto la aldea
                            actual a la ciudad turística que creará, <q source="#mont_oriol">“llena
                                de grandes hoteles, que estarán llenos de gente, con sus ascensores,
                                sus domésticos, sus carruajes”</q>.</p>
                        <p>No es casual que <persName type="literary_character">Andermatt</persName>
                            sea el primer <hi rend="italic:true;">protagonista judío</hi> desde
                                <persName type="literary_character">Gobseck</persName> (porque
                                <persName type="literary_character">Nuncingen</persName> no lo es)
                            ni tampoco su juventud. Es un judío nuevo, con una nueva forma de
                            capital (industrial) que crece y está superando a las anteriores. En
                            primer lugar, al capital terrateniente. La nobleza, lúcidamente
                            decadente, lo sabe. Y no tiene escrúpulo en venderse para salvarse. Para
                            empezar, mediante la consanguinidad. <persName type="literary_character"
                                >El marqués de Ravenel</persName> superó rápidamente sus
                            resistencias a casar su hija <persName type="literary_character"
                                rend="italic:true;">Christiane</persName> con <persName
                                type="literary_character">Andermatt</persName>. Y cuando la Sociedad
                            Anónima comienza a prosperar, le dispensa esta edificante homilía: <q
                                source="#mont_oriol">“¡Eh, pequeña! No sería raro que algún día
                                llegaras a ser una de las mujeres más ricas de <placeName
                                    ref="#francia">Francia</placeName>, y que te nombraran como hoy
                                se nombra a los <orgName type="family"
                                    >Rothschild</orgName>. <persName type="literary_character"
                                    >Will</persName> es verdaderamente un hombre notable, muy
                                notable por su inteligencia”</q>
                            <bibl><ptr target="#mont_oriol"/><biblScope unit="page" from="174"
                                    to="174">(174)</biblScope></bibl>.</p>
                        <p><persName type="literary_character">Paul de Brétigny</persName>, el
                            romántico flaubertiano, lector de <persName ref="#walter_scott">Walter
                                Scott</persName>, <persName ref="#charles_dickens"
                                >Dickens</persName>, <persName ref="#baudelaire"
                                >Baudelaire</persName> y <persName ref="#george_sand">George
                                Sand</persName>, siente celos por este elogio del marido de su
                            amante y se lanza a una tirada en la que contrapone el <hi
                                rend="italic:true;">oro</hi> (no el dinero) al desinterés. <persName
                                type="literary_character">Gontran</persName> asume la defensa de su
                            cuñado: <q source="#mont_oriol">“Se puso a reír, y con su voz maligna,
                                con la que se atrevía a decirlo todo, en sus horas de chanza
                                sincera: —En todo caso, querido, esos hombres tienen un raro mérito:
                                casarse con nuestras hermanas y tener hijas ricas que se conviertan
                                en nuestras esposas”</q>
                            <bibl><ptr target="#mont_oriol"/><biblScope unit="page" from="175"
                                    to="175">(175)</biblScope></bibl>.</p>
                        <p>El cierre de la acción es una verdadera moraleja de apólogo: <persName
                                type="literary_character">Brétigny</persName> abandona a <persName
                                type="literary_character">Christiane</persName> a la que sedujo con
                            el mejor estilo de <persName type="literary_character"
                                >Adolphe</persName>, para casarse con una de las hijas del sórdido
                                <persName type="literary_character">Oriol</persName>; <persName
                                type="literary_character">Christiane</persName>, dejada, recapacita
                            después del parto, en el que había estado a punto de enloquecer de
                            desesperación, descubre la calidad humana de <persName
                                type="literary_character">Andermatt</persName>, y decide que la niña
                            no se llamará ni Genoveva ni Margarita, como había elegido <persName
                                type="literary_character">Brétigny</persName>, sino <persName
                                type="literary_character" rend="italic:true;">Arlette</persName>. <q
                                source="#mont_oriol">“Yo hubiera querido llamarla <persName
                                    type="literary_character" rend="italic:true;"
                                    >Christiane</persName> como tú”</q> objeta <persName
                                type="literary_character">Andermatt</persName>. Pero ella <q
                                source="#mont_oriol">“lanza un profundo suspiro: —¡Oh, eso augura
                                demasiados sufrimientos, llevar el nombre del crucificado. Él se
                                ruborizó, porque no había pensado en esa relación, y levantándose
                                dijo: —Bueno, <persName type="literary_character">Arlette</persName>
                                es un nombre muy lindo. En seguida vuelvo, querida”</q>.</p>
                        <p>Los rasgos de avaricia y codicia que hubieran sido esperables en
                                <persName type="literary_character">Andermatt</persName> aparecen
                            paradójicamente repartidos alícuotamente entre <persName
                                type="literary_character">Oriol</persName>; su hijo; el increíble
                            cazurro <persName type="literary_character">Coloche</persName>, que
                            finge parálisis y curación milagrosa en las termas; <orgName
                                type="fictional_family">los Ravenel</orgName>, padre, hijo e hija
                            (adúltera ésta por conveniencia); <persName type="literary_character"
                                >Brétigny</persName>, en quien Maupassant se encarniza especialmente
                            (¿a través de él con el Romanticismo?). Pero quizá lo más importante es
                            que el <hi rend="italic:true;">judío <persName type="literary_character"
                                    >Andermatt</persName> entra en posesión de la tierra</hi>. De
                            una tierra tan auroralmente francesa como el nombre de su hija,
                                <persName type="literary_character">Arlette</persName>. El Bien al
                            cual, durante toda la <date notBefore="0500" notAfter="1500">Edad
                                Media</date>, los judíos habían tenido <hi rend="italic:true;"
                                >expresamente</hi> prohibido acceder. Las Leyes de Mayo renuevan la
                            prohibición. Con el dinero que se abandonó en sus manos habían podido
                            adquirir hasta el símbolo, el <hi rend="italic:true;">von</hi> de
                                <orgName type="family">los von Rothschild</orgName>, pero la
                            preposición que supone la posesión originaria, feudal, carecía de un
                            referente real. (Roth-Schild, “De escudo rojo”, es el emblema de la casa
                            de cambio de la familia en el gueto de <placeName ref="#frankfurt"
                                >Frankfurt</placeName>), y <persName type="literary_character"
                                >Christiane</persName>, privada sálicamente del <hi
                                rend="italic:true;">de</hi>, nobiliario, elige para su hija un
                            nombre burgués, mejor dicho, plebeyo.</p>

                    </div>

                    <div n="VI">
                        <head>VI</head>
                        <p><title level="m" rend="italic:true;" ref="#mont_oriol">Mont-Oriol</title>
                            se publica como folletín en el <title level="j" rend="italic:true;"
                                ref="#revista_gil_blas">Gil-Blas</title>
                            <date from="1886-12-23" to="1887-02-06">desde el 23 de diciembre de 1886
                                al 6 de febrero de 1887</date>. En <date when="1886-04">abril de
                                1886</date> había aparecido <title level="m" rend="italic:true;"
                                    ref="#drumont_france">La France juive. Essai d’histoire
                                contemporaine</title>, de <persName ref="#edouard_drumont">Edouard
                                Drumont</persName> (dos tomos, 1200 páginas en total). El primero de
                            los dos tomos se divide en dos partes: la primera, “sistemática”, en la
                            que se expone y fundamenta la tesis central de la <hi
                                rend="italic:true;">oposición inconciliable</hi> entre la raza <hi
                                rend="italic:true;">semítica</hi> (judíos) y la <hi
                                rend="italic:true;">aria</hi>; la segunda, histórica, en la que se
                            analiza el papel de los judíos en <placeName ref="#francia"
                                >Francia</placeName> desde <rs type="period">comienzos de la Edad
                                Media</rs> hasta el momento de cerrarse la obra. El segundo tomo es
                            un fichero, con cómodo índice alfabético, que incluye 3.000 nombres,
                            todos los judíos franceses con alguna relevancia económica, política,
                            intelectual.</p>
                        <p><persName ref="#edouard_drumont">Drumont</persName> nació en <placeName
                                ref="#paris">París</placeName>, en <date when="1844">1844</date>. Es
                            cuatro años menor que <persName ref="#emile_zola">Zola</persName> y dos
                            años mayor que <persName ref="#leon_bloy">Bloy</persName>. Su padre era
                            un ínfimo empleado municipal, entusiasta republicano, como su esposa,
                            durante el II Imperio. Muere cuando <persName ref="#edouard_drumont"
                                >Edouard</persName> tiene 17 años. A éste, una beca le había
                            permitido estudiar en el <orgName>Liceo Carlomagno</orgName>. Heredó el
                            puesto de su padre, pero renunció a los seis meses para dedicarse al
                            periodismo. En <date when="1869">1869</date> ingresa en <orgName
                                rend="italic:true;">La Liberté</orgName>, propiedad de los banqueros
                            judíos sansimonianos <persName ref="#isaac_pereire">Isaac</persName> y
                                <persName ref="#emile_pereire">Émile Pereire</persName>, rivales de
                            los <orgName type="family">Rothschild</orgName>. Trabaja allí 10 años.
                            Indiferente en materia religiosa (<persName ref="#victor_hugo">Víctor
                                Hugo</persName> le había aconsejado abandonar la fe), se convierte
                            tardíamente (como <persName ref="#leon_bloy">Bloy</persName>) a la
                            práctica fervorosa del catolicismo.</p>
                        <p>El antisemitismo que se define como católico preexiste en <placeName
                                ref="#francia">Francia</placeName> a <persName
                                ref="#edouard_drumont">Drumont</persName>. Comienza a tomar cuerpo
                            en <date when="1880">1880</date> con las obras de <persName>E.A. Chabauty</persName> y los intentos abortados
                            de periódicos antisemitas (véase <hi rend="italic:true;">infra</hi>,
                            Bibliografía). Dos hechos habían contribuido a exacerbar la prédica
                            contra los judíos, considerados, junto con protestantes y masones, por
                            la mayoría del clero y la nobleza terrateniente como sustentos de la III
                            República: la encíclica de <persName ref="#leon_xiii">León
                                XIII</persName> contra la masonería (1884) y la quiebra de <orgName
                                rend="italic:true;">L'Union Générale</orgName>, compañía financiera
                            dirigida por un <persName ref="#eugene_bontoux">Eugène
                                Bontoux</persName>, en <date when="1882">1882</date> (transformados,
                            respectivamente, por <persName ref="#emile_zola">Zola</persName> en la
                                <orgName rend="italic:true;">Unión Universelle</orgName> y en el
                                <persName type="literary_character">Saccard</persName> de <title
                                level="m" rend="italic:true;" ref="#zola_argent">L'Argent</title>),
                            quiebra que <persName ref="#eugene_bontoux">Bontoux</persName> atribuyó
                            a un complot de la banca judía. La <orgName rend="italic:true;"
                                >Unión</orgName> de <persName ref="#eugene_bontoux"
                                >Bontoux</persName> había reclutado sus accionistas entre la
                            nobleza, el clero y la pequeña burguesía católicos.</p>
                        <p><persName ref="#edouard_drumont">Drumont</persName>, empero, fue sí el
                            artífice y el brazo secular del antisemitismo político. <title level="m"
                                rend="italic:true;" ref="#drumont_france">La France juive</title>,
                            su plataforma. En el momento de su salida se venden sólo 25 ejemplares.
                            Una polémica entre los reseñantes de los diarios católicos y
                            republicanos atrae la atención sobre ella. A fin de sólo ese primer año,
                            se habían vendido 100.000. Para evaluar esta cifra, es útil compararla
                            con la venta de <title level="m" rend="italic:true;" ref="#zola_argent"
                                >L'Argent</title>. A pesar de su enorme popularidad antes, y sobre
                            todo después, del <eventName>proceso <persName
                                    ref="#alfred_dreyfus">Dreyfus</persName></eventName>, <persName
                                ref="#emile_zola">Zola</persName> vendió 89.000 ejemplares de <title
                                level="m" rend="italic:true;" ref="#zola_argent">L'Argent</title>
                            entre la fecha de aparición (<date when="1891">1891</date>) de la novela
                            y <date when="1902">1902</date>, año en que fallece. En <date
                                when="1891">1891</date>
                            <persName ref="#edouard_drumont">Drumont</persName> funda su diario
                            antisemita <title level="j" rend="italic:true;"
                                ref="#diario_libre_parole">La Libre Parole</title> y se lanza de
                            lleno al <hi rend="italic:true;">dirty work</hi> de la acción agitativa
                            y directa.</p>
                        <p>La difusión de <title level="m" rend="italic:true;" ref="#drumont_france"
                                >La France juive</title> explica que haya sido la referencia
                            necesaria de <persName ref="#emile_zola">Zola</persName> y de <persName
                                ref="#leon_bloy">Bloy</persName>, y que no haya dejado de serlo
                            hasta el presente en <placeName ref="#francia">Francia</placeName> como
                            prolegómeno de todo antisemitismo virtual o real. Qué puede haber
                            inducido a nuestro <persName ref="#julian_martel">Martel</persName> a
                            convertirlo en <date when="1890">1890</date> en texto de crestomatía
                            antijudía (<title level="m" ref="#martel_bolsa">La Bolsa</title> sigue
                            siendo lectura recomendable para los chicos de 4to. y 5to. de la
                            enseñanza secundaria) supera mi imaginación, por lo anacrónico. Pero me
                            divierte imaginármelo a <persName ref="#joan_miro">Miró</persName>
                            confraternizando con <persName ref="#juarez_celman">Juárez
                                Celman</persName> al grito de “Hermano” (o, en indogermánico más
                            castizo, <hi rend="italic:true;">¡Bhrater!</hi>”) ante la atónita mirada
                            de celtas (gallegos), longobardos (piamonteses) o vándalos (andaluces),
                            recalados en nuestras demasiado acogedoras y desprevenidas playas para,
                            todos unidos con judíos y siriolibaneses, infestar nuestro Ser Nacional.
                            Además, tengo dos hipótesis: esnobismo (para qué hacía falta que
                                <persName type="literary_character">Mackser</persName> fuera barón y
                            al mismo tiempo ejecutivo volante de los <orgName type="family"
                                >Rothschild</orgName> ingleses, como si éstos estuvieran tan
                            holgados de baronazgos que pudieran desparramarlos por los cuatro
                            continentes. Bastante trabajo les había costado conseguir el suyo. Pero
                                <placeName ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos Aires</placeName>, aun
                            para el mal, no puede ser menos que <placeName ref="#paris"
                                >París</placeName>), y <hi rend="italic:true;">socialismo</hi>:
                                <persName type="literary_character">Mackser</persName> muestra la
                            pata caprina.</p>
                        <p>De todas maneras, <persName ref="#edouard_drumont">Drumont</persName> no
                            se compromete en una obra de ficción sino en un análisis
                            histórico-sociológico. No por ello su práctica es menos ficcional, pero
                            no literaria sino <hi rend="italic:true;">mitologizante</hi>. Construye
                            su artefacto sincrético, El Judío, mediante la adición aparentemente
                            caótica de rasgos negativos e imputaciones truculentas, que extrae de
                            los discursos más diversos y hasta recíprocamente excluyentes: historia,
                            sociología, etnografía, religión, literatura, medicina. Pero ese caos
                            recibe sentido unitario a través de <hi rend="italic:true;">sucesivas
                                operaciones dialécticas y retóricas</hi>.</p>
                        <p>1. <hi rend="italic:true;">Afirmación de la historicidad</hi> concreta y
                            parcialmente autónoma de un <hi rend="italic:true;">proceso</hi> (la
                            judaización a la que ha llegado la Francia contemporánea, empíricamente
                            comprobable) para <hi rend="italic:true;">negarle</hi> esa misma
                            historicidad, reduciéndolo a <hi rend="italic:true;">momento
                                dialéctico</hi> necesario dentro de una <hi rend="italic:true;"
                                >filosofía de la historia</hi> bipolar y etnocéntrica, entroncada
                            sin solución de continuidad con los tiempos míticos. La evolución de la
                            humanidad es sólo el <hi rend="italic:true;">devenir</hi>, el despliegue
                            en el tiempo, de una <hi rend="italic:true;">contradicción óntica</hi>
                            entre dos razas, la aria y la semítica, que a lo largo de los siglos se
                            disputan el imperio sobre la superficie de un planeta donde el resto de
                            la humanidad carece de razón de existir, y apenas es mencionada. Los ni
                            arios ni semitas son las <hi rend="italic:true;">mutae personae</hi>,
                            presentes sólo como comparsas, menos aún, como utilería, en un escenario
                            de auto sacramental. (No hago metáfora: de esto, literalmente, se trata,
                            de distinta manera, en <persName ref="#edouard_drumont"
                                >Drumont</persName> y en <persName ref="#leon_bloy"
                            >Bloy</persName>). Ya los troyanos eran semitas, como los helenos eran
                            arios. Y la perversidad del hebreo y exitoso <persName
                                ref="#ludovico_halevy">Ludovico Halévy</persName> se muestra,
                            previsiblemente, no explicitándolo en su opereta <title level="m"
                                rend="italic:true;" ref="#belle_helene">La Belle
                                <choice><sic>Hellène</sic><corr>Hélène</corr></choice></title>.</p>
                        <p>2. Homologización de <hi rend="italic:true;">raza</hi> (humana) con <hi
                                rend="italic:true;">especie</hi> biológica. El motor del conflicto
                            de exterminio entre arios y semitas no es la incompatibilidad de <hi
                                rend="italic:true;">intereses</hi> humanos sino el <hi
                                rend="italic:true;">determinismo</hi> automático que lanza una
                            especie zoológica contra otra: carnívoros devoran herbívoros, no por
                            preferencias o refinamientos gastronómicos, sino porque les es tan
                            imposible dejar de hacerlo como a los rumiantes metabolizar proteínas
                            animales.</p>
                        <p>Los semitas muestran, fenoménicamente, con más uniformidad que los arios
                            sus caracteres o rasgos <hi rend="italic:true;">específicos</hi>: de ahí
                            la “monotonía” del biotipo judío. <persName ref="#edouard_drumont"
                                >Drumont</persName> hace un salto mortal de espaldas y cae mucho más
                            atrás que <persName ref="#balzac">Balzac</persName> (véase <hi
                                rend="italic:true;">supra</hi>, página 54.) y hasta de <persName
                                ref="#geoffroy_saint_hilaire">Isidore Geoffroy de
                                Saint-Hilaire</persName> (ergo, de <persName ref="#hippolyte_taine"
                                >Taine</persName>), quien 36 años antes, en <date when="1850"
                                >1850</date> decía: <cit>
                                <q who="#geoffroy_saint_hilaire">Los caracteres específicos de las
                                    especies zoológicas son “fixés, pour chaque espèce, tant que
                                    elle se perpétue <choice>
                                        <sic>an</sic>
                                        <corr>au</corr>
                                    </choice> milieu des mémes circonstances: ils se modifient si
                                    les circonstances ambiantes viennent à changer”</q>
                                <bibl>(citado por <persName ref="#charles_darwin">Darwin</persName>
                                    en <title level="m" rend="italic:true;" ref="#origen_especies"
                                        >El origen de las especies</title>, <date when="1859"
                                        >1859</date>)</bibl>
                            </cit>.</p>
                        <p>Biotípicamente, el judío se presenta con: ojos parpadeantes o lagañosos;
                            dientes apretados; orejas sobresalientes; torso muy largo; pie plano;
                            rodillas demasiado sobresalientes; a veces un brazo más corto que otro.
                            Hasta aquí, el retrato es antropométrico, el del etnógrafo físico,
                            trasladable como modelo a la descripción (por contrastes implícitos) de
                            cualquier etnia distinta de aquella a la que pertenecen el <hi
                                rend="italic:true;">etnógrafo</hi>, o el explorador o el misionero y
                                <hi rend="italic:true;">su público</hi>, para ser leída con algún
                            espejo de bolsillo sobre la mesa y verificar las desviaciones
                            significativas respecto de la norma, Uno.</p>
                        <p>Pero la prosopografía vira hacia la etopeya cuando la mirada se dirige
                            hacia las manos: las uñas son cuadradas, no almendradas (rasgo
                            susceptible de medida y comparación), pero la mano en su totalidad es
                            blanduzca y húmeda: <q>“la del hipócrita y traidor”</q>. Al juicio de
                            valor negativo (“monotonía”) comienza a sumarse la <hi
                                rend="italic:true;">asignación de significaciones</hi>. Ingresamos
                            ya en el discurso mítico. De la misma manera, los judíos <q>“alemanes,
                                del norte”</q> tienen ojos <hi rend="italic:true;">huidizos</hi>, su
                            piel es amarillenta, el cabello color cola de pescado, la barba rojiza,
                            con reflejos indefinibles, a veces negros, a veces de un verde <hi
                                rend="italic:true;">desagradable</hi>, los judíos <q>"portugueses,
                                del sur"</q> tienen los dedos tan curvos (crochues) que se ven
                            obligados a <q>“esconderlos usando siempre guantes”</q>, y son los suyos
                                <q>“dedos <hi rend="italic:true;">estremecidos siempre por la
                                    avidez</hi>, siempre contraídos para el <hi rend="italic:true;"
                                    >rapto</hi>”</q>. Sintéticamente, el Judío Alemán es “el tipo
                            del viejo mercader de hombres, del usurero de baja estofa, del
                            mercachifle sórdido”.</p>
                        <p>Es significativo que el salto semiológico de la descripción de rasgos a
                            las asignaciones de significados se produzca precisamente en el tránsito
                            de la visión actual al <hi rend="italic:true;">contacto imaginado</hi>,
                            a la interacción virtual de persona a persona. Pero hay más: la
                            sensación de <hi rend="italic:true;">repugnancia táctil</hi> es sólo una
                            condensación de un saber intuitivo, corporal, directo: el judío, en
                            efecto, es excelente portador de enfermedades, a la vez que él mismo
                            resiste mejor a las epidemias; la mayoría de las veces, es anémico de
                            tercer grado, y el debilitamiento de su sistema nervioso lo hace
                            especialmente apto para la neurosis. De hecho, <persName
                                ref="#jean_martin_charcot">Charcot</persName>
                            <q>“ha comprobado la gran incidencia de la neurosis entre los judíos
                                rusos”</q>, morbo que los hebreos han transmitido durante los
                            últimos veinte años a la generación cristiana joven (es decir, los
                            crecidos bajo la <placeName type="republic" ref="#francia_iii_republica"
                                >III República</placeName>).</p>
                        <p>Con alimañas de esta clase, todo contacto tendría que ser, por norma,
                            imposible o, por lo menos, sólo funcional o, como última hipótesis, <hi
                                rend="italic:true;">perverso</hi>. Sin embargo, en <placeName
                                ref="#francia">Francia</placeName>, los matrimonios mixtos son cada
                            vez más frecuentes, aunque desastrosos. ¿Inconcebible!, porque El Judío
                            es hediondo, emite un fetor <hi rend="italic:true;">judaicus</hi> que ya
                                <persName ref="#marcial">Marcial</persName> había percibido.</p>
                        <p>Es que en el Judío subsiste siempre un residuo, irreductible para la
                            antropología de <persName ref="#edouard_drumont">Drumont</persName>, una
                            Emanación plotiniana del Uno Judaico que perturba todas las oposiciones:
                                <hi rend="italic:true;">La Judía</hi>. Esta no es meramente la
                            hembra del judío o El Judío hembra, sino un alófono muy especial.</p>
                        <p>Partamos, sobrios, de los hechos. Es cosa averiguada que entre las
                            prostitutas predominan las judías. Y que los judíos son fatalmente
                            proxenetas. No vacilan en vender sus propias hijas. Y lo logran
                            fácilmente, porque <hi rend="italic:true;">La Judía</hi> es
                            sobrehumanamente <hi rend="italic:true;">hermosa</hi> (aquí <persName
                                ref="#edouard_drumont">Drumont</persName> empalma con <persName
                                ref="#shakespeare">Shakespeare</persName>, <persName
                                ref="#walter_scott">Scott</persName>, <persName ref="#balzac"
                                    >Balzac</persName>, los <orgName type="family">Goncourt</orgName>), hermosa como se es
                            hermosa en <placeName>Oriente</placeName>, como <persName
                                type="biblical_character">Esther</persName>, <persName
                                type="biblical_character">la Reina de Saba</persName>, <persName
                                ref="#herodias">Herodías</persName>. Hermosas mujeres que seducen y
                                <hi rend="italic:true;">matan</hi> o hacen matar. Y de esa siniestra
                            beldad <persName ref="#edouard_drumont">Drumont</persName> habla con
                            conocimiento de causa. Cuando visitó el gueto de <placeName
                                ref="#bratislava">Presburgo (Bratislava)</placeName>, vio <q
                                who="#edouard_drumont">“junto a <hi rend="italic:true;">viejos</hi>
                                de fealdad asombrosa, <hi rend="italic:true;">mujeres</hi>
                                adorablemente bellas”</q>. (Este flash del gueto hay que retenerlo
                            para compararlo con el gueto de <placeName ref="#hamburgo"
                                >Hamburgo</placeName> visitado por <persName ref="#leon_bloy"
                                    >Bloy</persName>, <ref target="#bloy_texto_citado"><hi rend="italic:true;">infra</hi>, página 69)</ref>.
                            Que los judíos descriptos literariamente sean casi sin excepción
                            ancianos y que vayan sistemáticamente acompañados o conectados con una
                            judía <hi rend="italic:true;">joven</hi> es un punto esencial del
                            tratamiento mitológico del tema. La heteróclisis de <persName
                                type="literary_character">Andermatt</persName> la hemos
                            explicado.</p>
                        <p>Pero el enigma biológico es sólo aparente. En todas las especies, las
                            hembras difieren de los machos: el pavo real hembra no tiene cola ni el
                            canguro macho marsupio. Dios o la Selección así lo dispusieron, para
                            beneficio de la especie en su conjunto, sólo que en la especie homo <hi
                                rend="italic:true;">judaeus</hi>, la hermosura de la hembra es
                            funcional <hi rend="italic:true;">hacia afuera</hi> de la especie: <hi
                                rend="italic:true;">la Judía</hi> es, en realidad, una prótesis
                            cibernética del Judío, mediante la cual expresa y <q>“arruina a la
                                juventud aristocrática y obtiene informaciones”</q> secretas que
                            luego emplea contra los arios. (La apelación a la “aristocracia” es
                            transcripción desprolija de <persName ref="#jacob_brafman"><choice>
                                    <sic>Branfman</sic>
                                    <corr>Brafman</corr>
                                </choice></persName>, <title level="m" rend="italic:true;"
                                ref="#libro_kahal">El Kahal</title>).</p>
                        <p>3. <persName ref="#edouard_drumont">Drumont</persName> ha cumplido una
                            tercera operación: la <hi rend="italic:true;">suspensión</hi> (<hi
                                rend="italic:true;">Aufhebung</hi>) del determinismo natural, que le
                            había sido necesario para sustentar su filosofía de la historia,
                            mediante la afirmación de lo <hi rend="italic:true;">espiritual</hi>,
                            pero sólo bajo el modo de lo <hi rend="italic:true;">concreto
                                negativo</hi>: el espíritu del Mal se ha objetivado en la
                            naturaleza. El puente es la <hi rend="italic:true;">Physiognomique</hi>
                            de <persName ref="#johann_lavater">Lavater</persName>, a quien cita en
                            nota de la página 34.</p>
                        <p>El Pastor ginebrino, tras enumerar aproximadamente los mismos rasgos
                            somáticos que <persName ref="#edouard_drumont">Drumont</persName> (éste,
                            evidentemente, lo viene utilizando como fuente) y a propósito de la
                            "barbe rare" que atribuye al Judío, dice de ésta: <q
                                who="#johann_lavater">“Marca ordinaria de los temperamentos
                                afeminados... <hi rend="italic:true;">la degradación física sigue
                                    siempre a la degradación moral</hi>; se hace notar más
                                fuertemente en los hebreos y es el resultado de una <hi
                                    rend="italic:true;">completa depravación</hi>”</q>. El judío,
                            rescatado por un momento de la naturaleza, y humanizado por el mal uso
                            de su libertad, es devuelto a ella, pero el <hi rend="italic:true;"
                                >determinismo</hi> que lo eximía de culpa se ha transformado en <hi
                                rend="italic:true;">destino</hi>, como una retribución por el
                            mal.</p>
                        <p>4. Hipostasiar la raza semítica ha sido relativamente sencillo, bastó una
                            sinécdoque, que deja afuera a todas las etnias árabes actuales, por
                            ejemplo, y se desentiende en el pasado de acadios, babilonios, cananeos,
                            etcétera. El hebreo, pueblo sin Estado, sin territorio, es el Otro para
                            todos los otros pueblos en cuyo seno está instalado. Su cultura, de
                            contenido exclusivamente religioso, es unitaria. Su lengua, el hebreo,
                            también. Las dos grandes ramas de la diáspora, “alemanes” y
                            “portugueses", pierden sus diferencias en la medida en que los no-judíos
                            no se las reconocen jurídicamente. Para el Derecho Eclesiástico, como
                            para el Derecho Civil, son un solo y mismo sujeto.</p>
                        <p>Más difícil, aparentemente insoluble, es la sustancialización funcional
                            de los no-judíos. La cristiandad medieval se ha fragmentado en Estados,
                            en naciones; la unidad de la fe se ha desmembrado; los rasgos étnicos
                            reniegan del común origen; en la lengua se ha llegado al babelismo. Y
                                <persName ref="#edouard_drumont">Drumont</persName>, a diferencia
                            del Santo Sínodo Ruso, sueña con un <hi rend="italic:true;"
                                >antisemitismo internacional</hi> como soporte de su Internacional
                            del Antisemitismo. ¿Cómo hermanar en una acción común contra el común
                            enemigo a eslavos, germanos, griegos, celtas y latinos, que desde 1500
                            años por lo menos sólo cruzan sus fronteras respectivas para invadirse,
                            saquearse, anexarse? Y para no salir de <placeName ref="#francia"
                                >Francia</placeName>, ¿qué propuesta <hi rend="italic:true;"
                                >viable</hi> puede hacerse a comunardos y anticomunardos, a
                                <persName ref="#louis_blanc">Louis Blanc</persName> y a <persName
                                ref="#adolphe_thiers">Thiers</persName>, por ejemplo?</p>
                        <p>Un solo saber, <hi rend="italic:true;">laico</hi>, puede ofrecer ese
                            fundamento: la lingüística histórica comparada. <title level="m"
                                rend="italic:true;" ref="#bopp_gramatica_comparada">La Gramática
                                comparada</title> de <persName ref="#franz_bopp">Bopp</persName> es
                            de <date when="1833">1833</date>. Su difusión, mucho más tardía. De las
                            tres designaciones en curso, “indoeuropeos”, utilizada por <persName
                                ref="#franz_bopp">Bopp</persName>; “indogermanos”, favorecida por
                            los lingüistas alemanes; y “arios”, preferida por los ingleses,
                                <persName ref="#edouard_drumont">Drumont</persName> se queda con la
                            última. Lo cual tiene varias ventajas: 1) la hipótesis, indemostrable,
                            de que así se autodenominó la etnia originaria; 2) la eliminación de
                            tensiones semánticas y políticas (germanos); 3) el refuerzo del
                            etnocentrismo (eliminación de los “indos”), con simultánea ampliación
                            del horizonte apelativo (eliminación de “europeos”). Con sólo que los
                            coloniales argelinos, por ejemplo, se reconozcan como judíos, se tornan
                            arios, dóciles al sometén para el progromo.</p>
                        <p>5. La Naturaleza, que en la suspensión se le quitó al judío para
                            convertirlo en el mal empírico, se le devuelve ahora, pero como <hi
                                rend="italic:true;">Sobrenaturaleza</hi>, para potenciarlo en un <hi
                                rend="italic:true;">exceso de mal</hi>, un pleroma, un <hi
                                rend="italic:true;">Mal Inhumano</hi>: el judío es el <hi
                                rend="italic:true;">Deicida</hi>. No todos los judíos, apunta
                            pedantemente <persName ref="#edouard_drumont">Drumont</persName>, porque
                            los karaitas de <placeName ref="#vilna">Wilna</placeName>, <placeName
                                ref="#wothinia">Wothinia</placeName>, <placeName ref="#odesa"
                                >Odesa</placeName>, <placeName ref="#crimea">Crimea</placeName>
                            habían emigrado antes de <placeName ref="#palestina"
                                >Palestina</placeName>, única razón por la que no vociferaron en
                            favor de <persName type="biblical_character">Barrabás</persName> y en
                            contra de <persName ref="#jesus">Jesús</persName>.</p>
                        <p>Pero el dios que los semitas mataron era, en realidad, el dios de los
                            arios. O el Dios del que los arios no renegaron, pero los semitas sí.
                            Semita por la carne, <persName ref="#jesus">Jesús</persName> es ario,
                            solar, por su naturaleza divina. Cualesquiera hayan sido los arcanos e
                            inefables designios que tuvo ese dios para revestir carne semita, cuando
                            pudo haber elegido otra (céltica, gala, por ejemplo), subsiste el hecho
                            de que el Deicidio es un <hi rend="italic:true;">Segundo Pecado
                                Original</hi>, un <hi rend="italic:true;">miasma</hi> heredable e
                            irredimible, pero <hi rend="italic:true;">no universal</hi>, como el de
                            todos los que pecamos en <persName type="biblical_character"
                                >Adán</persName>, sino <hi rend="italic:true;">particular</hi>,
                            privativo de los descendientes de lo que en el pretorio le gritaron en
                            latín a <persName ref="#poncio_pilatos">Pilatos</persName>: <q>“Tolle,
                                tolle, crucifige”</q>.</p>
                        <p>Esta teología herética y delirante, en parte explicitada, en parte
                            latente en sus premisas, y objeto de una catequesis entre los católicos
                            franceses, es la que enardece a <persName ref="#leon_bloy"
                                >Bloy</persName>. El catolicismo de <persName ref="#edouard_drumont"
                                >Drumont</persName> es blasfematorio porque niega la irrevocabilidad
                            de la Elección y la Promesa a <placeName ref="#israel"
                                >Israel</placeName>, la universalidad de la Redención y, por
                            consiguiente, el principal de los atributos divinos: el Amor.</p>
                        <p>Es incuestionable que tiene razón. Como el mismo <persName
                                ref="#edouard_drumont">Drumont</persName>, los románticos, los
                            simbolistas y medanistas disidentes (<persName ref="#huysmans"
                                >Huysmans</persName>), <persName ref="#leon_bloy">Bloy</persName>
                            ama la <date notBefore="0500" notAfter="1500">Edad Media</date>, sólo
                            que el <rs type="period">Medioevo</rs> que él ama es el gótico; el de
                                <persName ref="#edouard_drumont">Drumont</persName> es el druídico,
                            el de las <title level="m" rend="italic:true;" ref="#eddas"
                                >Eddas</title>. Para advertirlo, basta comparar los estilos de
                            ambos, hiperbólicos, exasperados los dos. Pero <persName
                                ref="#edouard_drumont">Drumont</persName> es épico; <persName
                                ref="#leon_bloy">Bloy</persName>, flamboyante. Si <persName
                                ref="#edouard_drumont">Drumont</persName> hubiera podido, habría
                            querido escribir como <persName ref="#emile_zola">Zola</persName> o como
                                <persName ref="#jules_michelet">Michelet</persName>. Además, el
                            barroco simbolizante, exegético, melismático, de <persName
                                ref="#leon_bloy">Bloy</persName> no hubiera sido eficaz frente al
                            público de <hi rend="italic:true;">épiciers</hi> que <persName
                                ref="#edouard_drumont">Drumont</persName> quiere agitar. Un público,
                            después de todo, idólatra de la <hi rend="italic:true;">clarté
                                francaise</hi>.</p>
                        <p>6. Porque hay un <hi rend="italic:true;">recorte</hi> del Judío en el que
                                <persName ref="#edouard_drumont">Drumont</persName>
                            <hi rend="italic:true;">particulariza</hi> su discurso y habla de ario
                            francés a ario francés. Los semitas, explica a <persName
                                >Monsieur Jourdan</persName>, son mercantiles, ávidos, intrigantes,
                            sutiles, terrenales, atenidos sólo al presente, negociantes por <hi
                                rend="italic:true;">instinto</hi>, incapaces de creatividad: sólo
                            saben explotar la ciencia, la técnica, las aplicaciones productivas
                            descubiertas por los arios. Es decir, son enemigos <hi
                                rend="italic:true;">directos</hi>, competidores por nuestra
                            clientela de comerciantes, artesanos, burócratas y profesionales. (Estos
                            habían sido los capítulos de cargo de Brétigny, <hi rend="italic:true;"
                                >supra</hi>, página 55).</p>
                        <p>Y tanto más ominosos para la contabilidad por partida doble, cuanto que
                            el Ario es entusiasta, heroico, caballeresco, desinteresado, <hi
                                rend="italic:true;">confiado hasta la ingenuidad</hi>; hijo del
                            Cielo (<persName type="mythical_figure">Zeus</persName>, <persName
                                type="mythical_figure">Júpiter</persName>, <hi rend="italic:true;"
                                >dyaúnh</hi>), preocupado por aspiraciones superiores, por el IDEAL,
                            agricultor, monje y sobre todo, soldado. La síntesis de Lo Semita son
                                <title level="m" rend="italic:true;">Las mil y una noches</title>;
                            la de Lo Ario, <hi rend="italic:true;">Parsifal</hi>. (Juro que este
                            epifonema es mérito exclusivo de <persName ref="#edouard_drumont"
                                >Drumont</persName>: no retoco nada, le soy indogermánicamente
                            leal).</p>

                    </div>

                    <div n="VII">
                        <head>VII</head>
                        <p>El propósito que, según él afirma, tuvo <persName ref="#edouard_drumont"
                                >Drumont</persName> fue mostrar cómo una minoría judía está
                            conquistando a <placeName ref="#francia">Francia</placeName>, y que esta
                                <hi rend="italic:true;">conquista</hi> es fundamentalmente
                            económica: hace 70 años, cuando <orgName type="family">los
                                Rothschild</orgName> franceses llegan a <placeName ref="#francia"
                                >Francia</placeName>, no tenían los 3.000 millones de francos que
                            ahora tienen; no hicieron inventos, no descubrieron minas, no
                            desmontaron tierras. Hoy, todo un pueblo (francés) trabaja para otro
                            pueblo (judío) que se apropia del producto de su trabajo, realiza un
                            descuento anticipado (<hi rend="italic:true;">prélèvement</hi>) sobre el
                            trabajo del primero.</p>
                        <p>Sin embargo, <title level="m" rend="italic:true;" ref="#drumont_france"
                                >La France</title> contiene muy poco análisis político-económico,
                            aunque rebose de chismografía periodística sobre negociados, estafas,
                            peculados. <persName ref="#edouard_drumont">Drumont</persName> no quiere
                            demostrar a su público; quiere patetizarlo. Es didáctico, y su obra es,
                            más que nada, una <hi rend="italic:true;">historia natural</hi> del
                            judío, una guía práctica de comportamiento para el <hi
                                rend="italic:true;">hónnete homme</hi> francés desorientado, que
                            sólo por casualidad y en <placeName ref="#paris">París</placeName>
                            exclusivamente ha tropezado jamás con uno.</p>
                        <p>En cambio, para <persName ref="#emile_zola">Zola</persName> y para
                                <persName ref="#leon_bloy">Bloy</persName> lo importante no es el
                            judío en cuanto tal sino el judío como detentador mítico o real del
                            dinero. La <hi rend="italic:true;">función y/o el simbolismo</hi> del
                            dinero, que en definitiva es quien hace del judío lo que el judío es, y
                            no a la inversa.</p>
                        <p>Las perspectivas de ambos no podrían ser más opuestas. <persName
                                ref="#emile_zola">Zola</persName> busca primordialmente la función,
                            y secundariamente el simbolismo, en el <hi rend="italic:true;">mundo
                                profano histórico y social contemporáneo</hi>, descrito e
                            investigado sin juicios previos de valor: <cit>
                                <quote>"El dinero, sin atacarlo ni defenderlo. No oponer lo que se
                                    llama nuestro siglo del dinero a los que se denominan siglos del
                                    honor (los de otrora). Mostrar que el dinero se ha convertido
                                    para muchos en la dignidad de la vida... Luego, la fuerza
                                    irresistible del dinero. No existe más que el amor y el
                                    dinero".</quote>
                                <bibl><ref target="#zola_texto_citado">(Véase <hi rend="italic:true;">infra</hi>, página 91)</ref></bibl>
                            </cit>.</p>
                        <p><persName ref="#leon_bloy">Bloy</persName> se desinteresa por completo de
                            la función económica del dinero como mediador de relaciones materiales
                            entre los hombres y como expresión de los dinamismos sociales que mueven
                            la historia, para centrarse exclusivamente en su <hi rend="italic:true;"
                                >estatuto simbólico</hi>, dentro del devenir sagrado de la
                            manifestación de Dios en la temporalidad humana: <cit>
                                <quote>“Se ha escrito mucho sobre el dinero. Los políticos, los
                                    moralistas, los psicólogos y los mistagogos se han agotado en
                                    ello. Pero no observo que ninguno de ellos haya expresado jamás
                                    la sensación de <hi rend="italic:true;">misterio</hi> que
                                    suscita esta palabra asombrosa”</quote>
                                <bibl><ref target="#bloy_texto_citado">(<hi rend="italic:true;">infra</hi>, página 70)</ref></bibl>
                            </cit>. <persName ref="#leon_bloy">Bloy</persName> vuelve a <persName
                                ref="#pascal">Pascal</persName>, como <persName ref="#emile_zola"
                                >Zola</persName> a <persName ref="#balzac">Balzac</persName> y
                                <persName ref="#adam_smith">Adam Smith</persName>.</p>
                        <p><persName ref="#emile_zola">Zola</persName> había leído <title level="m"
                                rend="italic:true;" ref="#marx_capital">El capital</title> (la
                            traducción francesa del primer volumen apareció en <date when="1873"
                                >1873</date>, sobre la segunda edición alemana, con modificaciones
                            en el texto hechas por el propio <persName ref="#karl_marx"
                                >Marx</persName>). Lo relee para trazar el personaje del menor de
                            los hermanos <persName type="literary_character">Busch</persName>. En
                            cambio, no conoció el <title level="a">“Capítulo del dinero”</title> de
                            los <title level="m" rend="italic:true;"
                                ref="#marx_critica_economia_politica">Elementos fundamentales para
                                la crítica de la economía política</title>, escritos en <date
                                from="1857" to="1858">1857-1858</date>, pero que permanecieron
                            inéditos hasta <date when="1939">1939</date>. <persName ref="#karl_marx"
                                >Marx</persName> pudo ser para <persName ref="#emile_zola"
                                >Zola</persName> lo que <persName ref="#balzac">Balzac</persName>
                            había sido para <persName ref="#karl_marx">Marx</persName>. Ello no
                            obstante, <title level="m" rend="italic:true;" ref="#zola_argent"
                                >L'argent</title> cumple una labor de <hi rend="italic:true;"
                                >desmitificación del dinero</hi> en la que <persName
                                ref="#emile_zola">Zola</persName> supera los límites iniciales de su
                            optimista humanismo burgués: <cit>
                                <quote>“<hi rend="italic:true;">Ella</hi> (<persName
                                        type="literary_character">Caroline</persName>) <hi
                                        rend="italic:true;">es la esperanza</hi>. Ella ama la vida.
                                    ¿Por qué? No lo sabe en absoluto. Ella es como la humanidad, que
                                    vive en la miseria aterradora, rejuvenecida por la juventud de
                                    cada generación... Ponerse todo entero allí. Como la humanidad,
                                    ella no sabe a dónde va, ella quiere creer que es hacia algo
                                    alegre y feliz. Alegre en medio de los desastres y corajuda,
                                    sintiendo en sí la invencible esperanza”</quote>
                                <bibl><ref target="#zola_texto_citado">(<hi rend="italic:true;">infra</hi>, página 93)</ref></bibl>
                            </cit>.Optimismo, por otra parte, impregnado de vitalismo, que, ya sobre
                            el cierre de su <hi rend="italic:true;">roman fleuve</hi> o <hi
                                rend="italic:true;">Ziklenroman</hi> (<title level="m"
                                rend="italic:true;" ref="#zola_argent">L'argent</title> es la 17.ª
                            de las novelas; faltan 2 para la terminación), hace reinterpretar a
                                <persName ref="#emile_zola">Zola</persName> el sentido de toda su
                            Comedia: <cit>
                                <quote>“La vida tal como es, pero aceptada, pese a todo, por amor a
                                    ella misma, en su fuerza. Lo que yo quisiera, en resumen, que
                                    resultara de toda mi serie de los Rougon-Macquart</quote>
                                <bibl><ref target="#zola_texto_citado">(<hi rend="italic:true;">infra</hi>, página 91)</ref></bibl>
                            </cit>. La biología de la herencia superada por <hi rend="italic:true;"
                                >el sentido</hi> de la historia”. No se equivocaba <persName
                                ref="#anatole_france">Anatole France</persName>
                            <cit>
                                <bibl>(<title level="j" rend="italic:true;" ref="#diario_le_temps"
                                        >Le Temps</title>, <date when="1891-03-22">22 de marzo de
                                        1891</date>)</bibl>
                                <q who="#anatole_france">:“Yo no me había dado cuenta (antes de esta
                                    novela) hasta qué punto el señor <persName ref="#emile_zola"
                                        >Zola</persName> es apocalíptico"</q>
                            </cit>. Porque, indudablemente, lo es; sólo que lo que preanuncia no es
                            el Fin de los Tiempos, como <persName ref="#leon_bloy">Bloy</persName>,
                            ni el Reino Universal del Kahal, como los antisemitas <persName
                                ref="#edouard_drumont">Drumont</persName> o epígonos, sino la
                            sociedad socialista. Tímida, contradictoriamente.</p>
                        <p>Esta premisa no dicha, o no llevada a sus consecuencias, es la que
                            permite a <persName ref="#emile_zola">Zola</persName> retomar el <hi
                                rend="italic:true;">leitmotiv</hi> del judío con el mismo <hi
                                rend="italic:true;">distanciamiento comprometido</hi> que habían
                            adoptado <persName ref="#balzac">Balzac</persName> y <persName
                                ref="#maupassant">Maupassant</persName>, simétrico del que practica
                                <persName ref="#alphonse_daudet">Alfonso Daudet</persName> en <title
                                level="m" rend="italic:true;" ref="#el_nabab">El nabab</title>
                            respecto del capitalismo financiero (<hi rend="italic:true;">La Caja
                                Territorial de Córcega</hi>, que a su vez, como <hi
                                rend="italic:true;">Las Termas de Mont-Oriol</hi>, reencarna la <hi
                                rend="italic:true;">Casa Nuncingen</hi>, es el antecedente inmediato
                            de <hi rend="italic:true;">La Universal</hi>). <cit>
                                <quote>“No olvidar que la cuestión judía se encontrará en el fondo
                                    de mi tema, porque no puedo tocar el papel del dinero sin evocar
                                    todo el papel de los judíos, antes y hoy. Tendré, pues, el
                                    triunfo judío sobre la nobleza, el judío despreciado otrora,
                                    abajo, que se encuentra en lo alto... Pero yo quisiera que mi
                                    hombre fuerte llegando y limpiando al judío, o más fuerte que
                                    él, o alguna otra cosa, en fin, que muestre la fuerza del
                                    dinero, por encima mismo de <hi rend="italic:true;">esta
                                        cuestión de los judíos, que, según pienso, lo trivializa
                                        todo</hi>”</quote>
                                <bibl> <ref target="#zola_texto_citado">(<hi rend="italic:true;">infra</hi>, página 91)</ref></bibl>
                            </cit>.<persName ref="#edouard_drumont">Drumont</persName>, de haber
                            tenido acceso a estos apuntes, hubiera ya entonces echado espuma por la
                            boca.</p>
                        <p><persName ref="#emile_zola">Zola</persName> tuvo que enfrentarse por tres
                            veces con la “cuestión judía”. La primera, en <title level="m"
                                rend="italic:true;" ref="#zola_argent">L'argent</title>, donde,
                            según hemos comenzado a ver, el judío es lo secundario y su función
                            económica lo principal. Aunque no mencionado de manera explícita, su
                            referencia es <title level="m" rend="italic:true;" ref="#drumont_france"
                                >La Francia judía</title>, cuyos argumentos compendia en el relato
                            del monólogo interior antisemita de <persName type="literary_character"
                                >Saccard</persName> el día de su visita a <persName
                                type="literary_character">Gundermann</persName>: <cit>
                                <quote source="#zola_argent">“¡Ah, el judío! él (<persName
                                        type="literary_character">Saccard</persName>) tenía contra
                                    el judío el antiguo rencor de raza, que uno encuentra sobre todo
                                    en el mediodía de Francia; era como <hi rend="italic:true;">una
                                        revuelta de su carne misma</hi>, una repulsión de piel, que
                                    a la idea del menor contacto lo llenaba de asco y de violencia
                                    fuera de todo razonamiento, sin que pudiera vencerse. Pero lo
                                    singular era que él, <persName type="literary_character"
                                        >Saccard</persName>, ese terrible urdidor de negocios, ese
                                    verdugo del dinero de manos aviesas, <hi rend="italic:true;"
                                        >perdía la conciencia de sí mismo</hi>; no bien se trataba
                                    de un judío, hablaba de él con una aspereza, con indignaciones
                                    vengativas de hombre honesto que vive del <hi
                                        rend="italic:true;">trabajo de sus manos</hi>, puro de todo
                                    negocio usurario”</quote>
                            </cit>. Y después de afirmar que los <hi rend="italic:true;">cristianos
                                necesariamente pierden frente a los judíos</hi> en todo negocio
                            dudoso: <cit>
                                <quote source="#zola_argent">“Es el don de la raza, <hi
                                        rend="italic:true;">su razón de ser</hi> a través de las
                                    nacionalidades que se hacen y se deshacen. Y profetizaba con
                                    arrebato <hi rend="italic:true;">la conquista final de todos los
                                        pueblos</hi> por los judíos, cuando hayan acaparado la
                                    fortuna total del globo, cosa que no tardaría... y se podía ver
                                    ya en París, reinar a un <persName type="literary_character"
                                        >Gundermann</persName> sobre un trono más sólido y más
                                    respetado que el del emperador”</quote>
                                <bibl><ptr target="#zola_argent"/>
                                    <biblScope unit="page" from="94" to="95"
                                    >(94-95)</biblScope></bibl>
                            </cit>.La misma referencia a <title level="m" rend="italic:true;"
                                ref="#drumont_france">La France</title> supone la breve descripción
                            de la judería cercana a la Bolsa y de la persona de <persName
                                type="literary_character">Busch</persName> el usurero, justificada
                            narrativamente por la introducción del propio <persName
                                type="literary_character">Busch</persName> y de su socia, <persName
                                type="literary_character">madame Méchain</persName>, que es la que
                            descubrirá el rastro del bastardo de <persName type="literary_character"
                                >Saccard</persName>.</p>
                        <p>La segunda ocasión para enfrentarse con la cuestión judía se la da
                            también <persName ref="#edouard_drumont">Drumont</persName>, que actúa
                            ahora desde su diario <title level="j" rend="italic:true;"
                                ref="#diario_libre_parole">La Libre Parole</title>, fundado en <date
                                when="1891">1891</date>. La campaña antisemita ha conseguido ya la
                            degradación de <persName ref="#alfred_dreyfus">Dreyfus</persName>
                                (<persName ref="#theodor_herzl">Teodoro Herzl</persName> asiste como
                            corresponsal a la ceremonia) y su deportación a la <placeName
                                ref="#isla_diablo">Isla del Diablo</placeName>. En esta primera
                            etapa del proceso, <persName ref="#emile_zola">Zola</persName> no había
                            intervenido. Pero el <date when="1896-05-16">16 de mayo de 1896</date>
                            publica sorpresivamente en <title level="j" rend="italic:true;"
                                ref="#diario_figaro">Figaro</title> un artículo, lleno de fuerza
                            serena y lucidez, dirigido directamente contra <title level="j"
                                rend="italic:true;" ref="#diario_libre_parole">La Libre
                                Parole</title>: <cit>
                                <quote>“Desde hace algunos años sigo la campaña que se intenta
                                    llevar a cabo en Francia contra los judíos, con una sorpresa y
                                    repugnancia crecientes... Hay personas, entre las que se cuentan
                                    inclusive algunos amigos míos, que dicen que no los pueden
                                    sufrir, que no les pueden tocar la mano sin sentir en la piel un
                                    estremecimiento de repugnancia”</quote>
                            </cit>.</p>
                        <p>Resume luego todos los capítulos de cargo antisemitas, y prosigue: <cit>
                                <quote>“Pero, en verdad, esta razón de la <hi rend="italic:true;"
                                        >hostilidad de raza a raza</hi> no es suficiente... <hi
                                        rend="italic:true;">el proceso serio es, sobre todo, de
                                        orden social</hi>: se acusa a los judíos de ser una nación
                                    dentro de la nación... de llevar una vida de casta religiosa, de
                                    ser, por encima de las fronteras, una suerte de <hi
                                        rend="italic:true;">secta internacional</hi>... capaz un
                                    día, si triunfara, de adueñarse del mundo... que en menos de
                                    cien años han acumulado entre sus manos fortunas enormes, y que
                                    parecen asegurarles la realeza <hi rend="italic:true;">en un
                                        tiempo en que el dinero es el rey</hi>. <hi
                                        rend="italic:true;">Y todo esto es verdad</hi>. Sólo que si
                                    se constata el hecho, es necesario explicarlo. Lo que hay que
                                    añadir es que <hi rend="italic:true;">los Judíos, tales como
                                        existen hoy día, son nuestra obra</hi>, la obra de nuestros
                                    1800 años de imbécil persecución... Sobre todo, <hi
                                        rend="italic:true;">se les abandonó desdeñosamente el
                                        dominio del dinero</hi>, que entonces se menospreciaba,
                                    haciendo socialmente de ellos traficantes y usureros... Si
                                    todavía hay judíos, es culpa vuestra. Habrían desaparecido, <hi
                                        rend="italic:true;">se hubieran fundido</hi>, si no se les
                                    hubiera forzado a defenderse, agruparse, empecinarse en su raza.
                                    Y aún hoy, su mayor poder real proviene de vosotros... <hi
                                        rend="italic:true;">El día que el judío sea sólo un hombre
                                        como nosotros, será nuestro hermano</hi>... La táctica
                                    indicada es la absolutamente opuesta (al exterminio): abrir de
                                    par en par los brazos, <hi rend="italic:true;">realizar
                                        socialmente la igualdad reconocida por el
                                    código</hi></quote>
                            </cit>. En circunstancias muy distintas a las de <persName
                                ref="#karl_marx">Marx</persName>, cuando éste escribe en <date
                                when="1844">1844</date>
                            <title level="m" rend="italic:true;" ref="#marx_cuestion_judia">La
                                cuestión judía</title>, <persName ref="#emile_zola">Zola</persName>
                            llega a la misma conclusión. Subsiste como problema el sentido que
                            asignaba a la “fusión”. Personalmente creo que, desde sus premisas,
                            “fusión” no implica “asimilación” (metáfora fisiológica y química,
                            acertadamente criticada por <persName ref="#robert_misrahi">Robert
                                Misrahi</persName>, <date when="1967">1967</date>) en cuanto
                            anulación de la particularidad, sino su libre mantenimiento. Pero no hay
                            que perder de vista que el problema de la autoconciencia judía no podía
                            tener en la última década del siglo pasado la complejidad teórica y
                            práctica que cobró después, sobre todo desde la instalación del estado
                            de <placeName ref="#israel">Israel</placeName>.</p>
                        <p>Esta segunda confrontación de <persName ref="#emile_zola">Zola</persName>
                            con <persName ref="#edouard_drumont">Drumont</persName> es ya política,
                            aunque mantenida en el terreno de la polémica de ideas. La tercera, con
                                <title level="a" rend="italic:true;" ref="#zola_accuse"
                                >J'accuse</title>, <title level="a" rend="italic:true;"
                                ref="#zola_lettre_jeunesse">la Lettre à la jeunesse</title> y la
                                <title level="a" rend="italic:true;" ref="#zola_lettre_france"
                                >Lettre à la France</title>, que culminan en su juzgamiento y
                            condena, la huída a <placeName ref="#inglaterra">Inglaterra</placeName>,
                            los motines de <placeName ref="#paris">París</placeName> y los pogromos
                            promovidos por <persName ref="#edouard_drumont">Drumont</persName>,
                            rebasa la literatura y el debate intelectual. Imposible examinarla aquí,
                            y está ampliamente documentada.</p>
                        <p>De estos sucesivos tratamientos de la “cuestión judía”, el único que se
                            hace en función del análisis del dinero es el ficcional, el de <title
                                level="m" rend="italic:true;" ref="#zola_argent">L'argent</title>.
                            Que es el más fecundo. <hi rend="italic:true;">La construcción de los
                                personajes</hi> es el eje principal. La confrontación del esquema
                            preparatorio, contenido en las <title level="m" rend="italic:true;"
                                ref="#zola_notas_manuscritas">Notas Manuscritas</title>, <ref target="#zola_texto_citado">(<hi
                                rend="italic:true;">infra</hi>, páginas 93 y 94)</ref> con el texto
                            definitivo, además de hacernos ver el imperio despótico de <persName
                                ref="#emile_zola">Zola</persName> sobre sus materiales, permite
                            discernir con toda claridad la matriz interaccional. (Por otra parte,
                            asombra la calidad literaria de las <title level="m"
                                ref="#zola_notas_manuscritas">Notas</title>, que nos muestran un
                                <persName ref="#emile_zola">Zola</persName> bastante distinto del
                            recolector y rapsoda de historiales clínicos, estadísticas o noticias
                            policiales al que nos tienen acostumbrados muchas historias
                            literarias).</p>
                        <p>Este modelo interaccional es estereoscópico, pentaédrico, pero termina
                            achatándose, a través de sucesivas neutralizaciones parciales, en la
                            antítesis <persName type="literary_character"
                                >Gundermann</persName>-<persName type="literary_character"
                                >Saccard</persName>. Lo integran tres judíos <hi rend="italic:true;"
                                >alemanes</hi> y dos católicos (indiferente uno, practicante el
                            otro) <hi rend="italic:true;">franceses</hi>. La acción ficticia se
                            sitúa en <date when="1867">1867</date>, tres años antes del colapso del
                                <placeName type="empire" ref="#ii_imperio_francia">II
                                Imperio</placeName> y de la <eventName
                                >guerra franco-prusiana</eventName>. El argumento lo da la quiebra
                            de <orgName rend="italic:true;">La Unión Génerale</orgName> y es,
                            además, una metáfora y un signo premonitorio del derrumbe del <placeName type="empire" ref="#ii_imperio_francia">Imperio</placeName>,
                            que tratará en <title level="m" rend="italic:true;" ref="#zola_la_debacle">La
                                débacle</title> un año después (<date when="1892">1892</date>).</p>
                        <p>Los judíos son tres: <persName type="literary_character"
                                >Gundermann</persName> (ficcionalización de <persName
                                    ref="#james_rothschild">Rothschild</persName>, véase <ref target="#zola_texto_citado"><hi
                                        rend="italic:true;">infra</hi>, página 95</ref>); el <hi
                                rend="italic:true;">youtre</hi> anónimo <persName
                                type="literary_character">Busch</persName> (ni siquiera tiene nombre
                            propio); su hermano menor <persName type="literary_character"
                                >Segismundo</persName>, ficcionalización de <persName
                                ref="#karl_marx">Carlos Marx</persName>. Los católicos: el <persName
                                type="literary_character">Arístides Rougon</persName> (que había
                            adoptado al nombre de guerra de <persName type="literary_character"
                                >Saccard</persName>) de <title level="m" rend="italic:true;"
                                ref="#zola_curee">La curée</title> y el ingeniero <persName
                                type="literary_character">Georges Hamelin (Bontoux)</persName>, que
                            ha vivido muchos años en <placeName>Oriente</placeName> y tiene un
                            portafolio rebosante de proyectos para la construcción de ferrocarriles,
                            unificación de empresas de navegación, etcétera. <persName
                                ref="#emile_zola">Zola</persName> ha escindido en dos al ingeniero
                                <persName ref="#eugene_bontoux">Bontoux</persName>. Pero en vez de
                            hacer de <persName type="literary_character">Hamelin</persName>, como
                            hubiera podido, un personaje secundario lo convierte en socio de
                                <persName type="literary_character">Saccard</persName> y le da una
                            hermana, <persName type="literary_character">Carolina</persName>, cuya
                            importancia central como portapalabra de <persName ref="#emile_zola"
                                >Zola</persName> ya hemos mencionado. Es difícil no ceder a la
                            tentación de ver en la figura de <persName type="literary_character"
                                >Hamelin</persName>, por sobredeterminación, una reelaboración del
                            ingeniero <persName ref="#francois_zola">François Zola</persName>, el
                            padre de <persName ref="#emile_zola">Emilio</persName>, trotamundos hijo
                            de dálmata y de griega, que actuó en <placeName>Oriente</placeName> y en
                                <placeName ref="#argelia">Argelia</placeName>, participó como
                            topógrafo en la instalación del primer ferrocarril europeo y formó una
                            Sociedad Anónima para construir un canal en <placeName ref="#aix"
                                >Aix</placeName>, durante cuya excavación murió. “En su portafolio”
                            el ingeniero <persName ref="#francois_zola">François</persName> había
                            tenido una nueva fortificación de <placeName ref="#paris"
                                >París</placeName>, construcción de un segundo puerto en <placeName
                                ref="#marsella">Marsella</placeName>, etcétera. Mayor audacia, en
                            cambio, requeriría ver en <persName type="literary_character"
                                >Carolina</persName> rasgos de la madre de <persName
                                ref="#emile_zola">Zola</persName>, viuda desde joven, cuya
                            abnegación le permitió a éste completar su educación secundaria.</p>
                        <p>Independientemente de ello, <persName type="literary_character"
                                >Hamelin</persName> (como el ingeniero de <title level="m"
                                rend="italic:true;" ref="#mont_oriol">Mont-Oriol</title>) es el
                            representante de la ciencia, de la técnica y del conocimiento de los
                            países exóticos donde el capitalismo europeo, en este caso francés,
                            accede a la etapa colonialista-imperialista. Capitalismo imposible de
                            concebir sin el desarrollo de las sociedades por acciones, la Bolsa, y
                            la publicidad (envilecimiento profesional de los intelectuales) para la
                            captación de fondos, confiada en <title level="m" rend="italic:true;"
                                ref="#zola_argent">L'argent</title> a <persName
                                type="literary_character">Jantron</persName>, al que <persName
                                type="literary_character">Saccard</persName> pone al frente del
                            periódico financiero que compra para promover su <orgName
                                rend="italic:true;">Unión Universelle</orgName>. Capital acumulado;
                            ciencia positivista; fantasía participatoria en el dinero, el placer, el
                            consumo ostentoso o, por lo menos, en una seguridad frente a la vejez y
                            la muerte.</p>
                        <p>Como <persName type="literary_character">Nuncingen</persName>, <persName
                                type="literary_character">Gundermann</persName> es banquero, pero la
                            banca de <date when="1830">1830</date> no es la banca de <date
                                when="1867">1867</date>, como tampoco el <persName
                                type="literary_character">Saccard</persName> enriquecido con la <hi
                                rend="italic:true;">especulación inmobiliaria</hi> a comienzos del
                            Imperio (<title level="m" rend="italic:true;" ref="#zola_curee">La
                                curée</title>) es el <persName type="literary_character"
                                >Saccard</persName> que quiere rehabilitarse especulando en la Bolsa
                            con acciones de su <hi rend="italic:true;">sociedad anónima</hi> cuasi
                            ficticia. <persName ref="#emile_zola">Zola</persName> lo dice
                            expresamente en las <title level="m" rend="italic:true;"
                                ref="#zola_notas_manuscritas">Notas</title>: <cit>
                                <q>“El judío, el dinero viejo. Mi personaje central, el dinero
                                    nuevo”</q>
                                    <bibl> <ref target="#zola_texto_citado">(<hi rend="italic:true;">infra</hi>, página 91)</ref></bibl>
                            </cit>. Y, a propósito de <persName type="literary_character"
                                >Gundermann</persName>: <q>“Fortuna enorme, <hi rend="italic:true;"
                                    >no juega</hi> (a la Bolsa) <hi rend="italic:true;">más que con
                                    sus capitales</hi>; de ahí la base sólida de sus
                                operaciones”</q>, mientras que a <persName type="literary_character"
                                >Saccard</persName> decide <q>“ponerlo arriba, bruscamente, no como
                                un <orgName type="family">Rothschild</orgName>, después del ahorro
                                de todo un linaje de banqueros, sino por sí mismo, como capitán de
                                corsarios que triunfa de un golpe”</q> <ref target="#zola_texto_citado">(<hi rend="italic:true;"
                                >infra</hi>, páginas 92 y 93)</ref>. <persName type="literary_character"
                                >Saccard</persName>, pues como <persName type="literary_character"
                                >Glow</persName>, son los advenedizos, los sedientos de lujos y
                            placeres inmediatos, de poder ostentado. La autoconsigna de <persName
                                ref="#emile_zola">Zola</persName> lo explicita: <q>“Oponerlo <add
                                    resp="#ramon_alcalde">[<persName type="literary_character"
                                        >Gundermann</persName>]</add> a <persName
                                    type="literary_character">Saccard</persName> apasionado: un ser
                                frío y acumulador”</q>. Vicio y virtudes drumontianas aparecen
                            subvertidos: el ario <q>“preocupado por intereses superiores, por el
                                IDEAL”</q> ha revestido una vez más la avidez carnal, la rapacidad
                            judaica.</p>
                        <p><persName type="literary_character">Gundermann</persName>, financista,
                            amo de la Bolsa, no está ya en contacto de intercambio con <hi
                                rend="italic:true;">mercancías</hi> ni con personas, ni siquiera los
                            margraves, grandes duques, electores palatinos y Serenísimas Altezas con
                            que negociaban empréstitos sus antepasados. Ha salido del reino de la
                            cualidad para entrar en el de la <hi rend="italic:true;">cantidad</hi>,
                            del reino de lo sensible para acceder al de la idea.</p>
                        <p>No trata con firmas, <hi rend="italic:true;">razones sociales</hi> a
                            cargo de propietarios visibles y tangibles, con sus honestidades o
                            deshonestidades personales bien conocidas <hi rend="italic:true;">en
                                plaza</hi>, su <hi rend="italic:true;">conducta comercial</hi>, su
                            buen o mal trato con empleados y clientes, su capital en instalaciones,
                            stock de mercancías, efectivo y efectos de comercio, que crece mediante
                            el trabajo de la producción o circulación de bienes.</p>
                        <p>La empresa industrial o comercial que conoció en su juventud tenía cuanto
                            podía <hi rend="italic:true;">mostrar</hi> concretamente al fisco, a un
                            proveedor o cliente, al departamento de informes del Banco. Valía por lo
                            que tenía. La Sociedad por Acciones vale por lo que el tenedor,
                            comprador, vendedor de sus cuotas partes <hi rend="italic:true;"
                                >calcula</hi> o <hi rend="italic:true;">imagina</hi> que la Sociedad
                            tendrá en el momento de repartir dividendos. Y mucho más importante, por
                            lo que todos los otros posibles compradores o vendedores de acciones, es
                            decir, desde el obrero o empleado ahorrativo hasta la <persName
                                type="literary_character">condesa de Beauvilliers</persName>
                            <q source="#zola_argent">“que otrora, sin contar sus inmensos dominios
                                de <placeName ref="#turena">Turena</placeName> y <placeName
                                    ref="#anjou">Anjou</placeName>, poseía en la Rue Grenelle una
                                mansión magnífica”</q>
                            <bibl>(<title level="m" rend="italic:true;"
                                    ref="#zola_argent">L'argent</title>, <biblScope unit="page"
                                    from="69" to="69">69</biblScope>)</bibl>, <hi
                                rend="italic:true;">imaginan</hi> también que la SA tendrá. Un
                            sistema objetivamente persecutorio. <hi rend="italic:true;"
                                >Speculari</hi> “especular”, es término militar: “explorar, observar
                            al enemigo”, de la misma raíz que está en “espía”. El teatro de
                            operaciones, la Bolsa.</p>
                        <p>Lo más grave es que el enemigo peor es el <hi rend="italic:true;"
                                >interno</hi>. Lo que mis acciones valgan dentro de una semana, este
                            mediodía, no depende de mí: depende de lo que hagan el enemigo externo
                            (la competencia), pero también —y decisivamente— mis aliados, los otros
                            tenedores de acciones. Si los socios de <persName
                                type="literary_character">Saccard</persName> no hubieran vendido
                            secretamente, y en contra del compromiso contraído, sus acciones en el
                            momento en que <persName type="literary_character">Gundermann</persName>
                            jugaba a la baja, <persName type="literary_character">Saccard</persName>
                            no hubiera quebrado.</p>
                        <p><persName type="literary_character">Gundermann</persName>, a pesar de sus
                            60 años, es como <persName type="literary_character"
                                >Andermatt</persName> otro <hi rend="italic:true;">judío nuevo</hi>
                            o una nueva forma de la judaeidad, porque posee también una nueva forma
                            del dinero. Al <q>“perro infiel”</q>
                            <persName type="literary_character">Isaac de York</persName> podían
                            robarle los nobles y el porquerizo <persName type="literary_character"
                                >Wamba</persName> podía negarse a sentarse con él en la misma mesa:
                            no era un <hi rend="italic:true;">peligro</hi>, para cualquiera que
                            supiera abstenerse de tomar sus préstamos usurarios. También <persName
                                type="literary_character">Shylock</persName>. Pero <persName
                                type="literary_character">Gundermann</persName> es un peligro para
                                <hi rend="italic:true;">todos</hi>, para cada francés y para La
                                <placeName ref="#francia">Francia</placeName> como sus congéneres
                            alemanes lo son para todo alemán y para <placeName ref="#francia"
                                >Alemania</placeName>. Y, como <hi rend="italic:true;">poseedores
                                antonomásicos</hi> de esa nueva forma del dinero, efectivamente lo
                            son. Si actúan de consumo, suyo es el imperio del Mundo, de un mundo que
                            ni <persName ref="#edouard_drumont">Drumont</persName> ni <persName
                                ref="#hugo_wast">Martínez Zuviría</persName> pueden imaginar
                            independizarlo de ese dinero nuevo. <persName ref="#hugo_wast">Martínez
                                Zuviría</persName> fisiocráticamente: el alquimista <persName
                                type="literary_character">Julius Ram</persName>, mediante la piedra
                            filosofal, transforma el plomo en oro (¡elimina el dinero y conserva las
                            clases!). <persName ref="#edouard_drumont">Drumont</persName> no hubiera
                            aceptado esa solución: si no se elimina al Judío, se apoderará del plomo
                            y lo impondrá otra vez como dinero. <persName ref="#emile_zola"
                                >Zola</persName> y <persName ref="#leon_bloy">Bloy</persName>
                            tomaron muy en serio la propuesta genocídica de <persName
                                ref="#edouard_drumont">Drumont</persName>. Visionarios.</p>
                        <p><persName type="literary_character">Gundermann</persName> es el nuevo
                            judío real; <persName type="literary_character">Segismundo
                                Busch</persName>, <hi rend="italic:true;">el nuevo judío
                                virtual</hi>, el judío posible cuando el dinero (la forma del
                            dinero) de <persName type="literary_character">Gundermann</persName>
                            alcance el máximo de su desarrollo. Su hermano mayor es el <hi
                                rend="italic:true;">youtre</hi> de los <hi rend="italic:true;"
                                >youtres</hi>. Su descripción acumula deliberadamente todos los
                            rasgos del estereotipo denigrado: vestimenta desastrada, cráneo calvo
                            rodeado de mechas “pálidas”, cara alargada y aplastada. Usurero,
                            comerciante clandestino en piedras preciosas, es una abominación sólo
                            superada por los Tres Viejos de <persName ref="#leon_bloy"
                                >Bloy</persName> <ref target="#bloy_texto_citado">(<hi rend="italic:true;">infra</hi>, página 69)</ref>.
                                <q>“Adora con pasión maternal a su hermano menor”</q> que mantiene y
                            atiende en su enfermedad consuntiva (¡tisis!). <persName
                                type="literary_character">Segismundo</persName> ignora totalmente
                            los negocios infames de su hermano, aunque viven en sólo dos piezas
                            contiguas, pero ¿podía ignorar el <persName type="literary_character"
                                >Busch</persName> mayor los “negocios” del menor? ¿O es el <hi
                                rend="italic:true;">modo no dicho</hi> que tiene <persName
                                ref="#emile_zola">Zola</persName> de asignar a <placeName
                                ref="#israel">Israel</placeName> la misión salvífica que para
                                <persName ref="#leon_bloy">Bloy</persName> contiene la clave de su
                            misterio, del misterio de su supervivencia histórica?</p>
                        <p><persName type="literary_character">Segismundo</persName> ha sido
                            discípulo y colaborador de <persName ref="#karl_marx">Marx</persName>,
                            en <placeName ref="#colonia_alemania">Colonia</placeName>, en la <title
                                level="j" ref="#nueva_gaceta_renana">Nueva Gaceta Renana</title>.
                            Mantiene con él asidua correspondencia desde que el maestro se exilió en
                                <placeName ref="#londres">Londres</placeName>. Poco antes de morir,
                            recibe la recién aparecida edición de <title level="m"
                                rend="italic:true;" ref="#marx_capital">El capital</title> (la
                            cronología ficticia, vimos, coincide exactamente con la real). Encerrado
                            en su habitación: <q>“Gastaba su vida... en mejorar la sociedad de
                                mañana, cubriendo de <hi rend="italic:true;">cifras</hi> inmensas
                                páginas... retiraba el capital a los unos para repartirlo a los
                                otros, removía los millares de millones, desplazando con un trazo de
                                pluma toda la fortuna del mundo”</q>
                            <bibl><ptr target="#zola_argent"/><biblScope unit="page" from="39"
                                    to="40">(39-40)</biblScope></bibl>... Muere sobre su mesa de
                            trabajo.</p>

                    </div>

                    <div n="VIII">
                        <head>VIII</head>
                        <p>Para quien conociera sus antecedentes (<title level="m"
                                rend="italic:true;" ref="#bloy_desesperado">El desesperado</title>)
                            y su posición ideológica, la comparecencia irruptiva de <persName
                                ref="#leon_bloy">León Bloy</persName> en la querella antisemítica
                            trabada por <persName ref="#edouard_drumont">Drumont</persName> era tan
                            imprevisible como paradójico resultó su alegato. Introduce un corte
                            abrupto en la secuencia que venimos siguiendo dentro de la literatura
                            francesa y la descentra del eje en torno del cual giraba. Lo que el
                            realismo y el naturalismo se habían propuesto era <hi
                                rend="italic:true;">dar cuenta mediante el recurso de la
                                ficción</hi> de los judíos como grupo social que había venido a
                            alterar empíricamente la distribución de clases y sectores de clase
                            heredada del <rs type="period">Antiguo Régimen</rs>. Si junto con ello
                            tomaron implícitamente partido contra el antisemitismo orgánico y
                            político, esto es un epifenómeno, como lo fueron cualesquiera otras de
                            sus definiciones en materia religiosa, política, moral o estética,
                            impuestas por el racionalismo del iluminista que son continuadores. Con
                            un mérito muy destacable: al dar cuenta del judío, profundizaron también
                            en lo <hi rend="italic:true;">histórico concreto</hi> de todas las capas
                            sociales, y en la propia situación, por ende, cumpliendo una tarea que
                            ni la filosofía, ni la historia, ni las rudimentarias ciencias del
                            hombre podían acometer, pero que supieron luego utilizar y de ella
                            siguen medrando. En pocos momentos históricos logró la literatura hacer
                            más actual su virtualidad de <hi rend="italic:true;">instrumento
                                cognoscitivo</hi> privilegiado para el estudio del hombre. El propio
                                <persName ref="#emile_zola">Zola</persName>, según vimos, se vio
                            arrastrado a la acción política por un imperativo ético, que se le
                            impone desde fuera de la literatura.</p>
                        <p>En cambio <persName ref="#leon_bloy">Bloy</persName> desde un primer
                            momento se propuso una <hi rend="italic:true;">praxis</hi>. Para la cual
                            rechazó siempre enconadamente la designación de política. Su desplante a
                            propósito del <eventName>Proceso Dreyfus</eventName>
                            es tan célebre como ideológicamente manoseado, en gran medida por
                            descontextualización: <q who="#leon_bloy">“No soy dreyfusista ni
                                antidreyfusista: soy anticerdos”</q>. Pocos días antes de aparecer
                                <title level="m" rend="italic:true;" ref="#bloy_salvacion">La
                                salvación</title>, y aludiendo a ella, escribe a un <persName
                                ref="#lev_urusof">príncipe Urusof</persName>: <q who="#leon_bloy"
                                source="#bollery_bloy">“Los que me busquen en el bando judío se
                                engañarán; los que me busquen en el bando antijudío, se engañarán.
                                Los que me busquen entre ambos, se engañarán de una manera
                                absolutamente monstruosa”</q>
                            <bibl><ptr target="#bollery_bloy"/>(<persName ref="#joseph_bollery"
                                    >Bollery</persName>, <biblScope unit="volume" n="3"
                                    >3</biblScope>, <biblScope unit="page" from="47" to="49"
                                    >47-49</biblScope>)</bibl>. Coartada verbal que, conociendo a
                                <persName ref="#leon_bloy">Bloy</persName>, no contradice de ninguna
                            manera su carta del <date when="1910-01-02">2 de enero de 1910</date>,
                            incluida en <title level="m" rend="italic:true;"
                                ref="#bloy_viejo_montania">El viejo de la montaña</title>, y que es
                            una síntesis compacta de todas sus definiciones posteriores a <title
                                level="m" rend="italic:true;" ref="#bloy_salvacion">La
                                salvación</title>: <q source="#bloy_viejo_montania">“Dos crímenes,
                                dos ultrajes, han colmado la medida irreparablemente... El primero
                                es la desobediencia... a <persName type="religious_figure">Nuestra
                                    Señora de la Sallette</persName>, el segundo, contemporáneo, y
                                consecuencia del primero... se llama antisemitismo, propagado por
                                    <persName ref="#edouard_drumont">Drumont</persName>, primero, y
                                por los Padres de la Asunción, después”</q>. Al antisemitismo
                            político que se proclama religioso <persName ref="#leon_bloy"
                                >Bloy</persName> no puede verlo como una mera política (no le
                            hubiera interesado), sino como una <hi rend="italic:true;"
                                >prevaricación</hi>.</p>
                        <p>Desde su remota <placeName ref="#praga">Praga</placeName>, el sionista
                                <persName ref="#kafka">Franz Kafka</persName> leyó a <persName
                                ref="#leon_bloy">Bloy</persName> como éste reclamaba ser leído: <cit>
                                <quote source="#janouch_kafka">“Conozco un libro de <persName
                                        ref="#leon_bloy">León Bloy</persName> contra el
                                    antisemitismo, <title level="m" rend="italic:true;"
                                        ref="#bloy_salvacion">La salvación por los judíos</title>.
                                    Un cristiano defiende en él a los judíos como parientes más
                                    pobres. Y además, <persName ref="#leon_bloy">Bloy</persName>
                                    puede injuriar. <persName ref="#leon_bloy">Bloy</persName> posee
                                    un fuego que recuerda el ardor de los profetas. ¿Qué digo?
                                        <persName ref="#leon_bloy">Bloy</persName> injuria mucho
                                    mejor. Es fácil explicarlo, porque <hi rend="italic:true;">su
                                        fuego se alimenta de todo el estiércol</hi> de los tiempos
                                    modernos”</quote>
                                <bibl><ptr target="#janouch_kafka"/>(<persName ref="#gustav_janouch"
                                        >Janouch</persName>, <biblScope unit="page" from="47"
                                        to="47">47</biblScope>)</bibl>
                            </cit>.</p>
                        <p>La judía <persName ref="#raissa_umansof">Raíssa Umansof</persName> y su
                            entonces novio <persName ref="#jacques_maritain">Jacques
                                Maritain</persName>, dos jóvenes <hi rend="italic:true;"
                                >sorbonards</hi>, hicieron en <date when="1905">1905</date> la misma
                            lectura que <persName ref="#kafka">Kafka</persName>. <persName
                                ref="#raissa_umansof">Raíssa</persName> consigue los fondos para
                            reeditar <title level="m" rend="italic:true;" ref="#bloy_salvacion">La
                                salvación</title> y se convierten ambos al catolicismo. <persName
                                ref="#jacques_maritain">Jacques</persName>, cuando en <date
                                when="1938">1938</date> pronuncia su conferencia <title level="a"
                                ref="#maritain_conferencia_judios">“Los judíos entre las
                                naciones”</title> en el <placeName type="theatre"
                                rend="italic:true;">Théâtre des Ambassadeurs</placeName> (traducida
                            y editada aquí ese mismo año por <title level="j" ref="#revista_sur"
                            >Sur</title>), fundamenta su oposición teológica al antisemitismo nazi
                            precisamente con una cita de su padrino de bautismo, <persName
                                ref="#leon_bloy">Bloy</persName>: <cit>
                                <q source="#maritain_conferencia_judios">“¿Cómo expresar la
                                    enormidad del ultraje y de la blasfemia que consiste en
                                    vilipendiar la raza judía?”</q>
                                <bibl><ptr target="#maritain_conferencia_judios"/><biblScope
                                        unit="page" from="40" to="40">(40)</biblScope></bibl>
                            </cit>. Por otra parte, la argumentación teológica empleada por
                                <persName ref="#jacques_maritain">Maritain</persName> deriva
                            explícitamente de <title level="m" rend="italic:true;"
                                ref="#bloy_salvacion">La salvación</title>.</p>
                        <p>No sólo en el nivel discursivo sino, quizá más, en el de la <hi
                                rend="italic:true;">forma literaria</hi> y en el del lenguaje, la
                            irrupción de <persName ref="#leon_bloy">Bloy</persName> es innovadora.
                                <title level="m" rend="italic:true;" ref="#bloy_salvacion">La
                                salvación</title> no entra en ningún género: ¿diatriba polémica?
                            ¿ensayo teológico? ¿testimonio autobiográfico de una experiencia
                            mística? ¿poema en prosa poética, al estilo de <title level="m"
                                rend="italic:true;" ref="#cantos_maldoror">Las canciones de
                                Maldoror</title>?</p>
                        <p>Esa prosa es lo que tempranamente sedujo al esteticismo de <persName
                                ref="#ruben_dario">Rubén Darío</persName> (<title level="m"
                                rend="italic:true;" ref="#dario_los_raros">Los raros</title>). Y la
                            caracteriza así: <cit>
                                <quote source="#dario_los_raros">“Una mezcla de deslumbrantes
                                    metáforas y bajas groserías, verbos impuros y adjetivos
                                    estercolarios... Como a todos los castos, a <persName
                                        ref="#leon_bloy">Bloy</persName> lo persiguen las imágenes
                                    carnales, y, a semejanza de los profetas y videntes, como
                                        <persName ref="#dante_alighieri">Dante</persName> y
                                        <persName type="biblical_character">Ezequiel</persName>,
                                    levanta las palabras más indignas e impronunciables y las
                                    engasta en sus metáforas y deslumbrantes períodos”</quote>
                                <bibl><ptr target="#dario_los_raros"/><biblScope unit="page"
                                        from="76" to="76">(76)</biblScope></bibl>
                            </cit>.</p>
                        <p>Coprología, “grosería” (= plebeyismo), carnalidad de la imagen,
                            fulgurancia del periodo, fuego, gema, profetismo escatológico. Dos
                            registros tan opuestos como el de <persName ref="#kafka"
                                >Kafka</persName> y el Modernista (que escribe su caracterización
                            desde <placeName ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos Aires</placeName>
                            ¿alguna conferencia en <placeName>El Ateneo</placeName>?) absorben las
                            mismas señales, no por casualidad, aunque <persName ref="#ruben_dario"
                                >Rubén</persName> tergiversa por completo el <hi rend="italic:true;"
                                >pathos</hi>. No es de extrañar: no se lee lo mismo desde el gueto
                            de <placeName ref="#praga">Praga</placeName> y desde el Pedemonte. Aquí
                            las centellas de la lava se imaginan a partir de las burbujas de Poméry:
                            Épocas Bellas generan bellas lecturas. ¿Qué hubiera dicho, de conocer la
                            dedicatoria que escribió <persName ref="#leon_bloy">Bloy</persName> en
                            uno de los recién publicados ejemplares de <title level="m"
                                rend="italic:true;" ref="#bloy_salvacion">La Salvación</title>: <q
                                who="#leon_bloy">“A mi amigo <persName>Henry
                                    Cayssac</persName>, mientras espero la lluvia de mierda que debe
                                preceder inmediatamente al diluvio de fuego”</q>
                            <bibl>(<hi rend="italic:true;">Diario Inédito</hi>)</bibl>.</p>
                        <p><persName ref="#leon_bloy">Bloy</persName> comienza a escribir a los 38
                            años, desprovisto de toda formación literaria sistemática y abrumado por
                            el veto de su padre contra la literatura como profesión: <cit>
                                <quote source="#bloy_desesperado">“No discerniendo más que una
                                    rebelión <hi rend="italic:true;">impía</hi>... pero
                                    absolutamente penetrado de su impotencia, me dio, sin embargo,
                                    una última prueba de la más inaclarable ternura al no maldecirme
                                    jamás lisa y llanamente”</quote>
                                <bibl>(<title level="m" rend="italic:true;" ref="#bloy_desesperado"
                                        >El desesperado</title>, <biblScope unit="page" from="12"
                                        to="13">12-13</biblScope>)</bibl>
                            </cit>. Desobedecer tal interdicción significó para <persName
                                ref="#leon_bloy">Bloy</persName> matar —no sólo simbólicamente— a
                            ese padre: <q source="#bloy_desesperado">“Soy parricida, por lo tanto,
                                tal es la única visión de mi espíritu”</q>
                            <bibl><ptr target="#bloy_desesperado"/>(ibídem, <biblScope unit="page"
                                    from="11" to="11">11</biblScope>)</bibl>. Aparte de que <title
                                level="m" rend="italic:true;" ref="#bloy_desesperado">El
                                desesperado</title> es una autobiografía apenas novelada, que se
                            complace en mostrarse como tal, su correspondencia, sus diarios
                            publicados e inéditos, los datos recopilados por <persName
                                ref="#joseph_bollery">Bollery</persName>, reafirman, haciendo ociosa
                            toda interpretación, la certidumbre triunfal que poseyó a <persName
                                ref="#leon_bloy">Bloy</persName> de haber elegido el escribir como
                            una <hi rend="italic:true;">operación parricida</hi>, sacramentalmente
                            eficaz en cada trazo, renovada en cada punto y seguido, que es lo que
                            imprime a su escritura la exacerbación y el <hi rend="italic:true;"
                                >sadismo orgásmico</hi> (quejumbroso siempre, sin embargo, porque
                            sufre de su ilegitimidad) que convierten a su lectura en una complicidad
                            forzosa y ambivalente.</p>
                        <p>Accede, sin embargo, a un estilo. <title level="m" rend="italic:true;"
                                ref="#bloy_salvacion">La salvación</title>, junto con <hi
                                rend="italic:true;">Las últimas columnas de la Iglesia</hi>, es su
                            acabamiento. Pero no lo encontró propuesto por ninguna tradición ni
                            corporizado en ningún modelo, no lo apuntaló en ninguna escuela.
                            <q>“Ausente de todas partes”</q>, como el <persName type="deity">Espíritu Santo</persName> <ref target="#bloy_texto_citado">(<hi
                                rend="italic:true;">infra</hi>, página 84)</ref>, lo constituye
                            premiosamente mediante una síntesis, absolutamente arbitraria y
                            personal, de elementos heterogéneos y discordantes: romanticismo,
                            simbolismo, latín litúrgico y de la Vulgata, escritores místicos. De esa
                            construcción fue plenamente consciente, como del efecto buscado. (Véase
                                    <bibl><title level="m" rend="italic:true;"
                                    ref="#bloy_mujer_pobre">La mujer pobre</title>, <biblScope
                                    unit="page" from="135" to="135">página
                            135</biblScope>)</bibl>.</p>
                        <p>Adueñado de él, como se va adueñando en los años inmediatamente
                            posteriores a su conversión religiosa —tutelada por <persName
                                ref="#ernest_hello">Ernesto Hello</persName> y el sacerdote
                                <persName>René Tardif de Mondrieu</persName>—, de
                            una anárquica formación teológica, especialmente escrituraria, lo asume
                            como única retórica posible para: 1) comunicar una experiencia que él
                            considera místico-inspiracional; 2) horadar la red de catacresis,
                            verbales y conceptuales, en la que está apresada y englobada contra
                            cualquier porosidad la <hi rend="italic:true;">conciencia católica</hi>
                            burguesa. Los títulos irritantes de cada una de sus obras, los
                            autoapelativos (Empresario de Demoliciones, Desesperado, Licántropo,
                            Mendigo, Ingrato, Invendible, Cautivo en Cochons-sur-Maine) y, sobre
                            todo, la <title level="m" rend="italic:true;" ref="#bloy_exegesis"
                                >Exégesis de lugares comunes</title>, son lo que muestran con más
                            concisión este sentido programático.</p>
                        <p><persName ref="#leon_bloy">Bloy</persName> está escribiendo <title
                                level="m" rend="italic:true;" ref="#bloy_desesperado">El
                                desesperado</title> cuando aparece <title level="m"
                                rend="italic:true;" ref="#drumont_france">La Francia judía</title>.
                                <persName type="literary_character">Caín Marchenoir</persName>, en
                            la jugada decisiva del aquelarre que fue la Cena Literaria, o de VIPS
                            literarios, a donde lo arreó —así se excusa el impróvido <persName
                                type="literary_character">Caín</persName>— <persName
                                type="literary_character">Propercio Beauvivier</persName>, cuando la
                            conversación deriva sobre <q source="#bloy_desesperado">“el duelo, tan
                                desdichado como ridículo, de un cofrade católico <add
                                    resp="#ramon_alcalde">[<persName ref="#edouard_drumont">Edouard
                                        Drumont</persName>]</add> suficientemente independiente, por
                                milagro, y suficientemente valeroso para haber escrito un libro
                                contra la sociedad judía, pero suficientemente inconsecuente para
                                haber aceptado <hi rend="italic:true;">cruzar</hi> el hierro con uno
                                de los más desacreditados representantes de esa gentuza <add
                                    resp="#ramon_alcalde">[<persName ref="#arthur_meyer">Arthur
                                        Meyer</persName>, el director del <title level="j"
                                        rend="italic:true;" ref="#diario_gaulois"
                                    >Gaulois</title>]</add>”</q> y le preguntan su opinión, responde
                            así: <cit>
                                <quote>“Pienso que es un asunto idiota... Un hombre que demuestra
                                    hasta la evidencia, en muchos centenares de páginas, que los
                                    judíos son ladrones, traidores, asesinos, una raza de cerdos
                                    ilegítimos engendrados por perros bastardos, y que se apresura,
                                    inmediatamente después, a aceptar un duelo con el más vil de
                                    ellos... Su libro, aunque mal construido, le hacía bastante
                                    honor”</quote>
                                <bibl>(<title level="m" rend="italic:true;" ref="#bloy_desesperado"
                                        >El desesperado</title>
                                    <biblScope unit="page" from="283" to="283"
                                    >283</biblScope>)</bibl>
                            </cit>.</p>
                        <p>El pasaje <bibl><ptr target="#bloy_desesperado"/><biblScope unit="page"
                                    from="284" to="286">(284-286)</biblScope></bibl>, lleno de
                            matices, no tolera ser citado, pero es decisivo para penetrar en la
                            posición de <persName ref="#leon_bloy">Bloy</persName> respecto de
                                <persName ref="#edouard_drumont">Drumont</persName> y el
                            antisemitismo, tal como se concreta seis años después en <title
                                level="m" rend="italic:true;" ref="#bloy_salvacion">La
                                salvación</title>. <persName ref="#edouard_drumont"
                                >Drumont</persName>, al aceptar batirse, incurre en dos
                            derogaciones: 1) se autoniega como católico; 2) <hi rend="italic:true;"
                                >no sabe darse su lugar</hi>: “El duelo es una proeza de hidalgos, y
                            nosotros (<persName ref="#edouard_drumont">Drumont</persName> y
                                <persName type="literary_character">Caín</persName>) somos <hi
                                rend="italic:true;">goujats</hi>” <note resp="#ramon_alcalde"
                                >[canallas, pero de <hi rend="italic:true;">vassus</hi>, vasallo,
                                        <bibl><ptr target="#bloy_desesperado"/><hi
                                        rend="italic:true;">ibídem</hi>, <biblScope unit="page"
                                        from="284" to="284">284</biblScope></bibl>]</note>. O sea,
                            que, como los judíos, los neocatólicos <persName
                                type="literary_character">Caín</persName> y <persName
                                ref="#edouard_drumont">Drumont</persName>, no ocupan <hi
                                rend="italic:true;">un lugar</hi> tan cierto que no puedan perderlo
                            o <hi rend="italic:true;">mejorarlo</hi>. ¿Si uno pudiera retornar a la
                            Cristiandad, a esa <date notBefore="0500" notAfter="1500">Edad
                                Media</date>
                            <q>“llena de patíbulos y basílicas”</q>, de <persName
                                ref="#paul_verlaine">Verlaine</persName> <ref target="#bloy_texto_citado">(<hi rend="italic:true;"
                                >infra</hi>, página 78)</ref>? ¡Ojalá!, pero, sería <hi
                                rend="italic:true;">desertar</hi> de una tarea: encontrar ahora el
                            lugar asignado en el Plan Divino a <placeName rend="italic:true;"
                                ref="#israel">Israel</placeName>, estatuto privilegiado del que el
                                <hi rend="italic:true;">youtre</hi> reniega y contra el que blasfema
                                <persName ref="#edouard_drumont">Drumont</persName>. Lugar, además,
                            ocultado por un oculto Dios, al que hay que desemboscar, como <persName
                                ref="#san_pablo_persona">San Pablo</persName>, de los enigmas, las
                            borrosas imágenes especulares, las prefiguraciones, los símiles, las
                            figuras, las parábolas. Que, loco en la Cruz, se manifestó
                            enloquecidamente a la demencial <persName type="literary_character"
                                >Verónica</persName>, a la que <persName ref="#leon_bloy"
                                >León</persName> tuvo que llevar aullando en un <hi
                                rend="italic:true;">fiacre</hi> al <placeName>manicomio de Santa
                                Ana</placeName>. <persName ref="#edouard_drumont">Drumont</persName>
                            hubiera podido hacerlo, lo entrevió, pero se echó atrás, rebajando el
                                <hi rend="italic:true;">misterio</hi> de <placeName ref="#israel"
                                >Israel</placeName> a una “cuestión de portamonedas” de <hi
                                rend="italic:true;">youtres</hi> y de <hi rend="italic:true;"
                                >épiciers</hi>.</p>
                        <p>Sólo <persName type="literary_character">Caín Marie-Joseph
                                Marchenoir</persName> podía atreverse. <cit>
                                <quote source="#bloy_desesperado">“Su padre... lo había
                                    mamarrachado, por consejo del Venerable de su Logia y a modo de
                                    desafío, con el nombre de <persName type="literary_character"
                                        >Caín</persName>, ante el inexpresable horror de su madre,
                                    que se había apresurado a hacerlo bautizar con el vocablo
                                    cristiano de <persName type="literary_character"
                                        >Marie-Joseph</persName>”</quote>
                                <bibl>(<title level="m" rend="italic:true;" ref="#bloy_desesperado"
                                        >Desesperado</title>, <biblScope unit="page" from="37"
                                        to="37">37</biblScope>)</bibl>
                            </cit>. Protegido por su Marca, <persName type="biblical_character"
                                >Caín</persName> ambula con comodidad por las tinieblas de su
                            fratricidio; <persName type="biblical_character">José</persName>,
                            abandonado por sus hermanos en la cisterna del desierto, se ingenia para
                            interpretar, en beneficio de <placeName ref="#israel"
                            >Israel</placeName>, los sueños del Faraón (alucinada, <persName
                                type="literary_character">Verónica</persName> confunde a <persName
                                ref="#leon_bloy">Bloy</persName> con <persName ref="#jesus"
                                >Jesús</persName> y con <persName ref="#san_jose">San
                                José</persName>). Los hermanos de <persName
                                type="biblical_character">José</persName> saben conformarse con su
                                <hi rend="italic:true;">minoridad</hi>, como <persName
                                type="biblical_character">Esaú</persName> acepta el fraude de
                                <persName type="biblical_character">Jacob</persName>, gestado por
                                <persName type="biblical_character">Rebeca</persName>, guardiana de
                            la promesa de <persName type="deity">Jahvé</persName>. Un dios veraz que
                            sólo consigue ser verídico gracias al fraude de quienes se entremeten
                            para salvarlo de su <hi rend="italic:true;">humanización</hi> de
                            prometer y no <hi rend="italic:true;">poder</hi> cumplir. Un dios <hi
                                rend="italic:true;">especulador</hi> que apuesta a la necesidad de
                            su criatura. Después de todo, un dios farisaico, semítico, incapaz de
                            envidia, como envidioso era el prepotente <persName type="deity"
                                >Zeus</persName>. A <persName ref="#leon_bloy">Bloy</persName> se le
                            fue la vida en entenderlo: <cit>
                                <quote>“No hice lo que Dios quería de mí. He soñado, por el
                                    contrario, lo que yo quería de Dios. No cabe duda, y aquí estoy,
                                    a los 68 años, teniendo en la mano sólo papel”</quote>
                                <bibl>(Carta a <persName>Jean de
                                        Laurencie</persName>, <date when="1915-02-04">4 de febrero
                                        de 1915</date>, un año antes de morir)</bibl>
                            </cit>.</p>
                        <p>Autoacusación excesiva. <title level="m" rend="italic:true;"
                                ref="#bloy_salvacion">La salvación por los judíos</title>, en primer
                            lugar, es la única respuesta católica al <hi rend="italic:true;"
                                >antisemitismo confesional</hi>, por lo tanto, teológico, en que
                            está comprometido militantemente gran parte del clero francés sin que
                            los obispos, ni conjunta ni individualmente, se den por enterados. Pero,
                            además, <hi rend="italic:true;">ultima una imagen de Dios</hi>
                            (aristotélico-tomista) con no menos de siete siglos de vigencia. El
                            motor inmóvil, eterno e impasible en sí, que se interpone entre lo
                            divino y la <hi rend="italic:true;">necesidad</hi> de lo divino que
                            acucia al hombre religioso. Un <hi rend="italic:true;">velamen</hi>
                            teológico-ideológico que no es ya otra cosa que el fundamento de una <hi
                                rend="italic:true;">estructura de poder eclesiástico</hi>, <hi
                                rend="italic:true;">clerical</hi>: talmudismo y rabinato católicos.
                            Sólo hoy puede valorársele a <persName ref="#leon_bloy">Bloy</persName>,
                            el literato-profeta, la liberación de Dios que sus sueños parricidas
                            produjeron. Tarea en la que le precedió <persName
                                ref="#fiodor_dostoyevski">Dostoievsky</persName>, y que <persName
                                ref="#friedrich_nietzsche">Nietzsche</persName>
                            <bibl>(<title level="m" rend="italic:true;" ref="#gaya_ciencia">La gaya
                                    ciencia</title>, <date when="1882">1882</date>)</bibl> estaba
                            llevando a cabo paralelamente.</p>
                        <p>La “cuestión judía” se eleva primero a “enigma histórico” y luego al
                            “misterio de Israel”; el dinero, a través de una cadena de polinomios
                            simbólicos, es desenajenado y reconectado con su referente “la sangre
                            del pobre”. Las categorías de <persName ref="#leon_bloy">Bloy</persName>
                            no podrían ser socioeconómicas, por supuesto. Opera con el rudimentario
                            código económico de los Evangelios: pobres/ricos; Mammona de iniquidad /
                                <hi rend="italic:true;">elemosüme</hi> [compasión, misericordia,
                            caridad por <hi rend="italic:true;">agapé</hi>, no “limosna”] y toma a
                            lo terco, a lo necio, las Bienaventuranzas, las Parábolas, los camellos
                            y el ojo de la aguja, no el Ojo de la Aguja. La oposición
                            maniquea-drumontiana ario/semita se reitera en su bipolaridad, pero
                            trasladada a una <hi rend="italic:true;">totalidad concreta
                                histórica</hi>: los hombres, desde su creación hasta su inminente
                            deificación. Circunciso/incircunciso, con la circuncisión paulina de los
                            corazones y el bautismo por el agua, primero, y por el fuego del
                                <persName type="deity">Espíritu Santo</persName> en cualquier
                            momento.</p>
                        <p><persName ref="#leon_bloy">Bloy</persName> consideraba a <title level="m"
                                rend="italic:true;" ref="#bloy_salvacion">La salvación</title>
                            <q who="#leon_bloy">“el único libro del <date notBefore="1801"
                                    notAfter="1900">siglo XIX</date> donde se habla de la Tercera
                                Persona Divina”</q>... <q who="#leon_bloy">“un compendio asombroso
                                de años de trabajo, plegarias y dolores... absolutamente por encima
                                de la medida”</q>... <q who="#leon_bloy">“el único después de
                                diecinueve siglos en el que se ha hecho oír una voz cristiana en
                                favor de <placeName ref="#israel">Israel</placeName>”</q>... <q
                                who="#leon_bloy">“el único libro que me atrevería a presentar ante
                                Dios”</q>... <q who="#leon_bloy">“un alegato puramente exegético
                                cuyo alcance podría suponerse incalculable si la humanidad
                                contemporánea fuera curiosa aún de los símiles revelados”</q>. Y lo
                            presenta como una mera paráfrasis del capítulo XI de la <title level="a"
                                rend="italic:true;" ref="#epistola_romanos">Epístola a los
                                Romanos</title> (sabe bien que lo está desbordando ampliamente).
                            Pero su preocupación por <placeName ref="#israel">Israel</placeName>
                            tiene un predecesor insigne que apenas menciona. <q who="#pascal">“Ver
                                lo que hay de claro en todo el estado de los judíos, y de
                                incuestionable”</q>, se había dado <persName ref="#pascal"
                                >Pascal</persName> como escueto mandato en los <bibl><title
                                    level="m" rend="italic:true;" ref="#pascal_pensamientos"
                                    >Pensamientos</title>
                                <biblScope unit="fragment" n="602">(fr. 602)</biblScope></bibl>. Y a
                            cumplirlo dedica las secciones VIII a XII inclusive. Los temas
                            fundamentales de <title level="m" rend="italic:true;"
                                ref="#bloy_salvacion">La salvación</title> también son pascalianos:
                            la locura de la cruz y la prolongación mística del suplicio; la
                            preocupación por la exégesis de las <hi rend="italic:true;">figuras
                                (túpoi)</hi>, en sentido escriturario, y, en primer lugar, el
                            misterio <hi rend="italic:true;">teologal</hi> de la preservación del
                            pueblo de <placeName ref="#israel">Israel</placeName> a pesar de la
                            diáspora y todas las persecuciones, y su detentación de las
                            Escrituras.</p>
                        <p>Por eso le es fácil revolcar a <persName ref="#edouard_drumont"
                                >Drumont</persName> en el ridículo. En sólo tres de los 23 capítulos
                            de <title level="m" rend="italic:true;" ref="#bloy_salvacion">La
                                salvación</title>: <cit>
                                <quote>“¡Y basta, de una vez por todas! No entra en mi propósito...
                                    insistir en este personaje. Pero ¿cómo no nombrarlo en el
                                    momento de abordar esta incomparable cuestión de <placeName
                                        ref="#israel">Israel</placeName>, que él se vanagloria de
                                    haber rebajado hasta el nivel cerebral de los burgueses más
                                    imbéciles?”</quote>
                                    <bibl><ref target="#bloy_texto_citado">(<hi rend="italic:true;">infra</hi>, página 69)</ref></bibl>
                            </cit>.</p>
                        <p>Es que, en realidad, <persName ref="#edouard_drumont">Drumont</persName>
                            ha sido para <persName ref="#leon_bloy">Bloy</persName> sólo un
                            desencadenante, si no un pretexto, para terminar de sistematizar la masa
                            de hallazgos que ha ido acumulando durante los 23 años transcurridos
                            desde su conversión religiosa. En la miseria siempre, pero humillado en
                            míseros empleos de copista y de escribiente; de la Trapa a la Cartuja;
                            de una redacción de semanarios a la otra, para hacerse despedir no bien
                            logra una ocupación permanente (<title level="m" rend="italic:true;"
                                ref="#revista_gil_blas">Gil Blas</title>); cohabitando con una prostituta,
                                <persName>Ana María Roulé</persName>
                                (<persName type="literary_character">Verónica</persName>) a la que
                            convierte y empuja hacia el misticismo del cual pasa ella a la demencia
                            y a la reclusión por muerte en dos sucesivas casas de orates, no sin
                            haberle legado antes el <hi rend="italic:true;">núcleo
                                inspiracional</hi> de <title level="m" rend="italic:true;"
                                ref="#bloy_salvacion">La salvación</title>, refrendado por <persName
                                ref="#ernest_hello">Ernest Hello</persName>; en el concubinato con
                                <persName>Berta Dumont</persName> y la madre de
                            ésta (<persName>Berta</persName>, una griseta
                            trágica, fue obrera doradora, contrajo en su explotación el saturnismo y
                            murió dantescamente de tétano convulsivo, mientras <persName
                                ref="#leon_bloy">Bloy</persName> corre de un amigo a otro mendigando
                            para llamar a un médico); en “cabarets literarios” (<placeName
                                rend="italic:true;">Le Chat Noir</placeName>); generando hijos
                            naturales que no reconoce, sino que despacha “<hi rend="italic:true;">en
                                nourrisse</hi>” a la campaña. Sólo a partir de su matrimonio con
                                <persName ref="#jeanne_molbech">Jeanne Molbech</persName>,
                            dinamarquesa y <hi rend="italic:true;">protestante</hi> (<date
                                when="1890">1890</date>) se encauza su vida y su producción, aunque
                            lo mejor, <title level="m" rend="italic:true;" ref="#bloy_desesperado"
                                >El desesperado</title>, queda atrás.</p>
                        <p><persName ref="#leon_bloy">Bloy</persName> sabe lo que <persName
                                ref="#san_pablo_persona">San Pablo</persName> formuló de una vez
                            para siempre: la elección de <placeName ref="#israel">Israel</placeName>
                            por <persName type="deity">Jahvé</persName> como primogénito es <hi
                                rend="italic:true;">irrevocable</hi>, a pesar de que no reconoció a
                                <persName ref="#jesus">Jesús</persName> como el Mesías prometido; la
                            crucifixión y el deicidio tenían que cumplirse para que la <hi
                                rend="italic:true;">expiación</hi> y la <hi rend="italic:true;"
                                >redención</hi> pudieran realizarse; esta redención es <hi
                                rend="italic:true;">virtual</hi> (“en esperanza”) y sólo culminará
                            cuando, según lo prometido a sus apóstoles, el <persName ref="#jesus"
                                >Cristo</persName> retorne <q>“en el esplendor de su gloria”</q>; la
                                <q>“obcecación”</q> y la <q>“dureza de corazón”</q> del pueblo de
                                <placeName ref="#israel">Israel</placeName> es, precisamente, la <hi
                                rend="italic:true;">exigencia</hi> de que se cumpla esa promesa:
                                <q>“Descienda de la cruz, y creeremos en él”</q>. Sobrenaturalmente
                            —afirman <persName ref="#pascal">Pascal</persName> y <persName
                                ref="#leon_bloy">Bloy</persName>— la <hi rend="italic:true;"
                                >historia humana</hi> ha quedado congelada: <persName ref="#jesus"
                                >Jesús</persName> sigue en la cruz, padeciendo místicamente en su
                            cuerpo (el Pobre, dice <persName ref="#leon_bloy">Bloy</persName>): no
                                <hi rend="italic:true;">puede</hi> descender si su pueblo no cree, y
                            su pueblo no cree si él no desciende. ¿Cómo y por qué? <persName
                                ref="#san_pablo_persona">San Pablo</persName> no lo supo o no lo
                            quiso decir. Tampoco lo sabe la <orgName>Iglesia</orgName>, que, con <persName
                                type="biblical_character">Jeremías</persName>, se limita a reiterar
                            ritualmente las <title level="a" rend="italic:true;"
                                ref="#lamentaciones">Lamentaciones</title> y los <title level="a"
                                rend="italic:true;" ref="#improperios">Improperios</title>, cada
                                <eventName>Viernes Santo</eventName>. (Como la liturgia hebrea
                            repite cada <eventName>Rosh-Ashanna</eventName>: <q>“El año que viene en
                                    <placeName ref="#jerusalen">Jerusalén</placeName>”</q>.)</p>
                        <p>El misterio de la supervivencia de <placeName ref="#israel"
                                >Israel</placeName>, de su abyección actual (simétrica de la de los
                            católicos: <orgName>Iglesia</orgName> y <orgName>Sinagoga</orgName>, las
                            dos hermanas prostitutas, <hi rend="italic:true;">infra</hi>, página
                                <gap reason="unsupplied"/>), es tan sólo una faceta del misterioso
                            plan de Dios: creación-pecado original-encarnación-muerte en la
                            cruz-resurrección-fundación de la Iglesia-fin de los
                            tiempos-parousía-unión beatífica con Dios. <hi rend="italic:true;"
                                >Misterio</hi> en su doble sentido: 1) ocultado; 2) incomprensible
                            para el entendimiento humano. Lo <hi rend="italic:true;">oculto</hi>
                            puede ser revelado, y de hecho, Dios no ha cesado de revelarlo, sólo que
                            siempre parcialmente y <hi rend="italic:true;">in aenigmate</hi>, en
                            enigma. Y esa revelación reviste formas distintas: 1) la revelación <hi
                                rend="italic:true;">escrita</hi> de Dios (los dos Testamentos de la
                            Escritura); 2) la <hi rend="italic:true;">manifestación</hi> directa
                                (<persName type="biblical_character">Lourdes</persName>, <persName
                                type="biblical_character">La Sallette</persName>); 3) la <hi
                                rend="italic:true;">prefiguración</hi> a través de la acción
                            histórica de individuos y pueblos.</p>
                        <p>Escrituras e Historia tienen que ser interpretadas. El intérprete es
                            necesariamente <hi rend="italic:true;">profeta</hi>, en su sentido
                            originario: portavoz, portapalabra. Y el profeta puede ser creído o no;
                            también, lapidado. Pero le incumbe hacer todo lo posible para que lo
                            escuchen. Por el <hi rend="italic:true;">contenido</hi> de lo que
                            anuncia; por la <hi rend="italic:true;">autoridad</hi> (Dios) que lo
                            habilita; por la <hi rend="italic:true;">forma</hi> en que lo enuncia.
                                <persName ref="#leon_bloy">Bloy</persName> se sabe investido de una
                            misión profética: anunciar el advenimiento inminente del <persName
                                type="deity">Espíritu Santo</persName> y el fin de los tiempos. Y
                            sabe que su testimonio será el martirio. <cit>
                                <quote>“La sociedad cristiana está condenada sin remisión. Todo es
                                    inútil ya, excepto la <hi rend="italic:true;">aceptación del
                                        martirio</hi>... Observará usted que yo muestro el mal sin
                                    ofrecer ninguna reforma. Indudablemente, porque sé que no hay
                                    manera de escapar al <hi rend="italic:true;">castigo</hi>, y
                                    podría ser muy bien que el castigo comenzara este mismo año. Yo
                                    me preparo para el martirio y preparo a mis hijas para él y
                                    estoy absolutamente persuadido de que no queda otra cosa que
                                    hacer”</quote>
                                <bibl>(Carta del <date when="1910-01-02">2 de enero de 1910</date>,
                                    en <title level="m" rend="italic:true;"
                                        ref="#bloy_viejo_montania">El viejo de la montaña</title>, el
                                    párrafo siguiente es el citado <hi rend="italic:true;"
                                        >supra</hi>, página 61 sobre el antisemitismo como signo
                                    escatológico)</bibl>
                            </cit>.</p>
                        <p><persName ref="#leon_bloy">Bloy</persName> cree tener la clave del
                            misterio de <placeName ref="#israel">Israel</placeName>. Sólo la clave,
                            no, por supuesto, la imposible <hi rend="italic:true;">comprensión</hi>:
                                <placeName ref="#israel">Israel</placeName> es una figura del
                                <persName type="deity">Espíritu Santo</persName>, <q>“que procede
                                del Padre y del Hijo”</q>, y es, por consiguiente, el hermano menor.
                            Está prefigurado en todos los segundogénitos preferidos por el Padre: en
                                <persName type="biblical_character">Abel</persName>, en <persName
                                type="biblical_character">Isaac</persName>, en el Hijo Pródigo,
                                <persName type="biblical_character">Jacob</persName>: <q>“Los
                                hermanos anatematizados o perseguidores representan siempre el
                                Pueblo de Dios contra el Verbo de Dios”</q>
                            <bibl><ref target="#bloy_texto_citado">(<hi rend="italic:true;">infra</hi>, página 79)</ref></bibl>. Pero
                                <placeName ref="#israel">Israel</placeName> es también una figura de
                            la Cruz mística, donde el Verbo estará enclavado hasta que los judíos
                            ejerciten su <q>“poder de abrogar la ley de tormento que dictaron <hi
                                    rend="italic:true;">sin saber lo que hacían</hi>, por una
                                asombrosa impulsión de Abajo”</q>
                            <bibl><ref target="#bloy_texto_citado">(<hi rend="italic:true;">infra</hi>, página 79)</ref></bibl>.</p>
                        <p>Es decir —y la conclusión a la que se lanza <persName ref="#leon_bloy"
                                >Bloy</persName> rebasa ya la exégesis para convertirse en <hi
                                rend="italic:true;">teologema</hi>—, por más que parezca
                                <q>“absurdo, monstruoso y blasfematorio suponer un antagonismo en el
                                seno mismo de la Trinidad, no es posible <hi rend="italic:true;"
                                    >presentir</hi> de otro modo el inexpresable destino de los
                                judíos... Todas las violaciones imaginables de lo que se ha
                                convenido en llamar la Razón pueden aceptarse de un Dios que <hi
                                    rend="italic:true;">sufre</hi>”</q>
                            <bibl><ref target="#bloy_texto_citado">(<hi rend="italic:true;">infra</hi>, página 80)</ref></bibl>.</p>


                    </div>

                    <div n="IX">
                        <head>IX</head>
                        <p>Lo hasta aquí expuesto sobre <title level="m" rend="italic:true;"
                                ref="#bloy_salvacion">La salvación</title> es tan sólo una parte
                            mínima, aunque central, del complejo sistema gestado por <persName
                                ref="#leon_bloy">Bloy</persName> para hacerse inteligible <hi
                                rend="italic:true;">la historia</hi> en que vive y asumir su lugar
                            propio en ella. Su reflexión sobre los judíos y el dinero no terminó en
                            esta apología, sino que fue permanente. Culmina en <title level="m"
                                rend="italic:true;" ref="#bloy_sangre_pobre">La sangre del
                                pobre</title> (<date when="1909">1909</date>) en <title level="a"
                                >“El Abogado del Santo Sepulcro”</title>, el poeta del idisch
                                <persName ref="#morris_rosenfeld">Morris Rosenfeld</persName>, a
                            través del cual <persName ref="#leon_bloy">Bloy</persName> toma
                            conciencia de la existencia del <hi rend="italic:true;">proletariado
                                judío</hi>; del cual nada sabía al escribir <title level="m"
                                rend="italic:true;" ref="#bloy_salvacion">La salvación</title>. <cit>
                                <quote>“Por grande que sea la variedad de su obra, todo quedó dicho
                                    de <persName ref="#morris_rosenfeld">Rosenfeld</persName> cuando
                                    se lo nombró el <hi rend="italic:true;">poeta de los
                                        proletarios</hi>. Lo es más que nadie, porque el judío es
                                    esencialmente proletario. Pero el proletario —como las lágrimas—
                                    pertenece a todos los pueblos y todos los tiempos. Sólo que las
                                    lágrimas judías son las más pesadas. Tienen el peso de muchos
                                    siglos. Las de este poeta han sido generosamente vertidas sobre
                                    un gran número de desdichados que no eran de su Raza, y están
                                    ahora ahí, esas lágrimas preciosas, en la balanza del Juez de
                                    los dolores humanos, que no hace acepción de pueblos más de lo
                                    que la hace de personas”</quote>
                            </cit>.</p>
                        <p>El aporte de <persName ref="#leon_bloy">Bloy</persName> a la
                            desmitologización del judío es de una trascendencia que
                            retrospectivamente cuesta imaginar: se hace cargo del único aspecto del
                            discurso de <persName ref="#edouard_drumont">Drumont</persName> que
                                <persName ref="#emile_zola">Zola</persName> no podía desmontar, el
                                <hi rend="italic:true;">deicidio</hi>, y, todo lo anárquicamente que
                            se quiera, inaugura un pensamiento social-católico que, con todos sus
                            meandros y contradicciones, quizá contenga ingredientes para la
                            superación del economicismo reduccionista que tanto daño ha hecho y
                            sigue haciendo al pensamiento y la acción políticas socialistas.</p>
                    </div>

                    <div>
                        <head>REFERENCIAS Y BIBLIOGRAFIA</head>
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                                        heureuse”</title>; II Partie: <title level="a">“A combien
                                        l'amour revient aux <choice>
                                            <sic>viellards</sic>
                                            <corr>vieillards</corr>
                                        </choice>”</title>; III Partie) <title level="s">Scènes de
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                                        Argentina</orgName>, <date>s/f</date>. Prólogo de <persName
                                        ref="#chaim_weizmann">Chaim
                                Weizmann</persName>.)</note></bibl></p>
                        <p><bibl><author ref="#gustav_janouch">JANOUCH, Gustav</author>. <title
                                    level="m" rend="italic:true" ref="#janouch_kafka">Gespräche mit
                                    Kafka</title>
                                <placeName ref="#frankfurt">Frankfurt am Main</placeName>,
                                    <orgName>Fischer</orgName>, <date when="1961"
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                        <p><bibl><title level="m" rend="italic:true" ref="#protocolos_sion">LOS
                                    PROTOCOLOS DE LOS SABIOS DE SION</title>. <date type="original"
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                                    <note resp="#ramon_alcalde">(Segunda edición; la primera es de <date when="1946"
                                        >1946</date>).</note></bibl></p>
                        <p><bibl><author ref="#charles_journet">JOURNET, Charles</author>. <title
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                                        <sic>La fumière</sic>
                                        <corr>Le fumier</corr>
                                    </choice> de Job</title>. <note resp="#ramon_alcalde">(Obra póstuma, recogida por su
                                    gran amigo <persName ref="#charles_peguy">Charles
                                        Péguy</persName> en <bibl><title level="j"
                                            ref="#cahiers_quinzaine">Les Cahiers de la
                                            Quinzaine</title>, <biblScope unit="issue"
                                            >11</biblScope> (<date when="1910">1910</date>)</bibl> y
                                    precedida de un ensayo del propio <persName ref="#charles_peguy"
                                        >Péguy</persName>.)</note></bibl></p>
                        <p><bibl><author ref="#marie_joseph_lory">LORY, Marie-Joseph</author>.
                                    <title level="m" rend="italic:true" xml:lang="fr"
                                    ref="#lory_pensee_religieuse">La <choice>
                                        <sic>pénsee</sic>
                                        <corr>pensée</corr>
                                    </choice> religieuse de Léon Bloy</title>. <placeName
                                    ref="#bruselas">Bruselas</placeName>, <orgName>Desclée de
                                    Brouwer</orgName>, <date when="1951">1951</date>. <note resp="#ramon_alcalde">(Tesis
                                    doctoral, con bibliografía exhaustiva hasta esa
                                fecha.)</note></bibl></p>
                        <p><bibl><author ref="#jacques_maritain">MARITAIN, Jacques</author>. <title
                                    level="m" rend="italic:true" ref="#maritain_conferencia_judios"
                                    >Los judíos entre las naciones</title>. <placeName
                                    ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos Aires</placeName>,
                                    <orgName>Sur</orgName>, <date when="1938">1938</date>.
                                    <note resp="#ramon_alcalde">(Conferencia pronunciada en el <placeName type="venue"
                                        >Théatre des Ambassadeurs</placeName>, <placeName
                                        ref="#paris">Paris</placeName>, <date when="1938-02-05">5 de
                                        febrero de 1938</date>.)</note></bibl></p>
                        <p><bibl><author ref="#raissa_umansof">MARITAIN, Raissa</author>. <title
                                    level="m" rend="italic:true" xml:lang="fr"
                                    ref="#maritain_grandes_amities">Les grandes amitiés</title>.
                                    <placeName ref="#bruselas">Bruselas</placeName>,
                                    <orgName>Desclée de Brouwer</orgName>, <date when="1943"
                                    >1943</date>. <note resp="#ramon_alcalde">(Hay traducción: <placeName
                                        ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos Aires</placeName>,
                                        <orgName>Desclée de Brouwer</orgName>, <date when="1945"
                                        >1945</date>.)</note></bibl></p>
                        <p><bibl><author ref="#julian_martel">MARTEL, Julián (Juan María
                                    Miró)</author>. <title level="m" rend="italic:true"
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                                    type="original" when="1891">/1891/</date>. <editor
                                    role="introducer">Introducción y notas de <persName>Diana Guerrero</persName></editor>.
                                    <placeName ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos Aires</placeName>,
                                    <orgName>Huemul</orgName>, <date>s/f.</date></bibl></p>
                        <p><bibl><author ref="#maupassant">MAUPASSANT, Guy de</author>. <title
                                    level="m" rend="italic:true" xml:lang="fr" ref="#mont_oriol"
                                    >Mont-Oriol</title>
                                <date type="original" when="1887">/1887/</date>. <placeName
                                    ref="#paris">Paris</placeName>, <orgName>Luis Conard</orgName>,
                                    <date when="1910">1910</date>. <note resp="#ramon_alcalde">(<title level="s"
                                        ref="#maupassant_oeuvres_completes">Oeuvres Complètes de Guy
                                        de Maupassant</title>.)</note></bibl></p>
                        <p><bibl><author ref="#walter_scott">SCOTT, Walter</author>. <title
                                    level="m" rend="italic:true" ref="#scott_ivanhoe">Ivanhoe</title>
                                <date type="original" when="1820">/1820/</date>. <placeName
                                    ref="#edinburgo">Edinburgo</placeName>, <orgName>Adam y Charles
                                    Black</orgName>, <date when="1877">1877</date>.
                                            <note resp="#ramon_alcalde"><bibl>(<title level="s" ref="#waverley_novels"><choice>
                                                <sic>The Wawerley Novels</sic>
                                                <corr>The Waverley Novels</corr>
                                            </choice></title>. Author’s Edition Entire. <biblScope
                                            unit="volume">Volúmen
                                II</biblScope>.)</bibl></note></bibl></p>
                        <p><bibl><author ref="#jean_paul_sartre">SARTRE, Jean-Paul</author>. <title
                                    level="m" rend="italic:true" ref="#sartre_reflexiones"
                                    >Reflexiones sobre la cuestión judía</title>, <date
                                    type="original" when="1944">/1944/</date>. <editor
                                    role="translator">Traducción de <persName ref="#jose_bianco"
                                        >José Bianco</persName></editor>. <placeName
                                    ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos Aires</placeName>,
                                    <orgName>Sur</orgName>, <date when="1960"
                            >1960</date>.</bibl></p>
                        <p><listBibl>
                                <bibl><author ref="#hugo_wast">WAST, Hugo (Gustavo Martínez Zuviría,
                                            <date when="1935">1935</date>)</author>. <title
                                        level="m" rend="italic:true" ref="#wast_kahal">El
                                        Kahal</title>. <placeName ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos
                                        Aires</placeName>, <orgName>Thau</orgName>, <date
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                                    edición.)</edition></bibl>
                                <bibl><title level="m" rend="italic:true" ref="#wast_oro"
                                        >Oro</title>. Segunda Parte de <title level="m"
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                                    (Ibídem.)</bibl>
                            </listBibl></p>
                        <p><listBibl>
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                                        ref="#zola_nouvelle_campagne">Nouvelle campagne</title>. (Ibidem.)</bibl>
                            </listBibl></p>

                    </div>

                </div>

                <div type="text" subtype="teoría" xml:id="bloy_texto_citado">
                    <head>La salvación por los judíos</head>
                    <byline><persName ref="#leon_bloy">León Bloy</persName></byline>
                    <epigraph>
                        <quote>EX QUIBUS CHRISTUS SECUNDUM CARNEM</quote>
                        <note resp="#ramon_alcalde" n="1">De quienes <add resp="#ramon_alcalde">[procede]</add><persName ref="#jesus">Cristo</persName> según la
                            carne</note>
                        <bibl><title level="a" ref="#epistola_romanos">Rom.</title> <biblScope unit="chapter">IX</biblScope>,<biblScope unit="verse">5</biblScope></bibl>
                    </epigraph>

                    <div type="dedication">
                        <p>A <persName ref="#raissa_umansof">Raïssa Maritain</persName> dedico estas páginas escritas a la gloria católica del
                            <persName type="deity">Dios</persName>, de <persName type="biblical_character">Abraham</persName>, de <persName type="biblical_character">Isaac</persName> y de <persName type="biblical_character">Jacob</persName></p>
                    </div>
                    <div type="introduction" rend="italic:true">
                        <p> <title level="m" rend="roman" ref="#bloy_salvacion">La Salvación por los Judíos</title>, publicada en <date when="1892">1892</date>, estuvo enterrada doce
                            años. Como el editor —un hombre excelente y digno, formado del limo
                            terrenal expresamente para la producción tipográfica de esta única obra—
                            cambiara repentinamente de oficio, llevó a su nueva morada, a manera de
                            presa, la multitud apreciable de los ejemplares no vendidos. No teníamos
                            contrato, y como esa masa de impresos le pertenecía, durante dos lustros
                            y medio debí resignarme al secuestro arbitrario del más importante de
                            mis libros. He relatado esta aventura dolorosa y este perjuicio enorme
                            en las páginas de <title level="m" rend="roman" ref="#bloy_mon_journal">Mon Journal</title>. </p>
                        <p> Esta nueva edición ha sido corregida en diversos pasajes, sin
                            modificaciones esenciales. Se ruega, no obstante, tomar en cuenta que
                            los menores cambios tienen extrema importancia en un alegato puramente
                            exegético, cuyo alcance podría suponerse incalculable si la humanidad
                            contemporánea tuviera aún curiosidad por las Afirmaciones o Símiles
                            revelados. Aparte de la inspiración sobrenatural, puede decirse que <title level="m" rend="roman" ref="#bloy_salvacion">La Salvación por los Judíos</title> es, sin duda alguna, el testimonio cristiano
                            más enérgico y más apremiante en favor de la Raza Primogénita después
                            del capítulo onceno de <title level="a" rend="roman" ref="#epistola_romanos">San Pablo a los Romanos</title>. <q source="#epistola_romanos">“Si su delito —dice este
                            Apóstol— es la riqueza del mundo y su disminución la riqueza de las
                            naciones, ¿cuánto más lo será su plenitud?</q> <q source="#epistola_romanos">“Si su pérdida es la
                            reconciliación del mundo, ¿cuál será su asunción, sino la vida de entre
                            los muertos?”</q><note resp="#ramon_alcalde" n="2"><persName ref="#leon_bloy"
                                    >Bloy</persName> junta dos párrafos distintos, el 12 y el 15, de
                                los cuales da una traducción bastante libre. La sigo, en vez de
                                reemplazarla por alguna de las que están en uso.</note>
                        </p>
                        <p> <title level="m" rend="roman" ref="#bloy_salvacion">La Salvación por los Judíos</title>, que se creería una paráfrasis de ese
                            capítulo de <title level="a" ref="#epistola_romanos">San Pablo</title>, hace notar, desde la primera línea, que la Sangre
                            que fue vertida sobre la Cruz para la Redención del género humano, lo
                            mismo que la que se vierte invisiblemente, cada día, en el Cáliz del
                            Sacramento, es natural y sobrenaturalmente sangre judía, el río inmenso
                            de la Sangre Hebrea que tiene su fuente en <persName type="biblical_character">Abraham</persName> y su desembocadura en
                            las Cinco Llagas de Cristo. Esto es todo. No hay otra cosa que saber.
                            ¿Advertirá, por fin, el mundo judío este libro que lo honra más allá de
                            toda esperanza y que nada le ha costado? </p>

                        <closer><dateline rend="roman"><date when="1905-11-19">19 de noviembre de 1905</date>
                    <eventName>Octava de la Dedicación de las Iglesias</eventName></dateline>
                        <persName ref="#leon_bloy">León Bloy</persName></closer>

                    </div>
                    <div>
                        <head>DE PROFUNDIS</head>

                        <p> DESDE EL FONDO DEL ABISMO, <persName ref="#jesus">JESÚS</persName> CLAMA A SU PADRE, Y ESE CLAMOR
                            DESPIERTA. EN LAS ENTRAÑAS MÁS ÍNTIMAS DE LOS ABISMOS —INFINITAMENTE POR
                            DEBAJO DE LO QUE PUEDEN CONCEBIR LOS ÁNGELES, INDECIBLEMENTE MÁS ABAJO
                            DE TODOS LOS PRESENTIMIENTOS Y DE TODOS LOS MISTERIOS DE LA MUERTE—, EL
                            MUY SOFOCADO, EL MUY LEJANO, EL MUY PÁLIDO GEMIDO DE LA PALOMA DEL
                            <persName type="deity">PARÁCLITO</persName> QUE REPITE COMO UN ECO EL TERRIBLE DE PROFUNDIS. </p>
                        <p> Y TODOS LOS BALIDOS DEL CORDERO VIBRAN ASÍ EN LA HORRENDA FOSA, SIN QUE
                            SEA POSIBLE SUPONER UNA SOLA QUEJA EXHALADA POR EL HIJO DEL HOMBRE QUE
                            NO RESUENE IDÉNTICAMENTE EN LOS IMPOSIBLES EXILIOS DONDE SE ACURRUCA EL
                            CONSOLADOR...? </p>

                    </div>

                    <div n="I">
                        <head>I</head>
                        <p><hi rend="italic:true;">Salus ex Judaies est. ¡La salvación viene de los
                                Judíos!</hi><note resp="#ramon_alcalde" n="3">Salus EX Judaeis, quia
                                Salus A Judaeis. Respuesta con el matiz de las preposiciones latinas
                                ex (proveniente de) y a (por). El texto de la Vulgata trae
                                ex.</note></p>

                        <p> He perdido algunas horas preciosas de mi vida leyendo, como tantos otros
                            infortunados, las elucubraciones antijudías del señor <persName
                                ref="#edouard_drumont">Drumont</persName>, y no recuerdo que él haya
                            citado esta palabra simple y formidable de <persName ref="#jesus">Nuestro Señor Jesucristo</persName>,
                            referida por <persName ref="#san_juan_persona">San Juan</persName> en el capítulo cuarto de su <title level="a" ref="#evangelio_san_juan">Evangelio</title>. </p>
                        <p> Si ese periodista copioso se dignó alguna vez informarse en los Textos
                            sagrados, y si está en condiciones de demostrar, para mi confusión, que
                            este importante <hi rend="italic:true">precepto</hi> se menciona en éste o aquél de los voluminosos
                            libelos con que abruma periódicamente a los pueblos cristianos, habrá
                            que decir que tal homenaje al Libro santo es tan maravillosamente
                            afónico, penumbral, rápido y discreto, que resulta casi imposible
                            advertirlo y completamente imposible sentirse conmovido por él. </p>
                        <p> ¡Algo significa, sin embargo, ese testimonio del <persName ref="#jesus">Hijo de Dios</persName>! </p>
                        <p> Se bien que <persName ref="#san_agustin">San Agustín</persName> debilitó de manera terrible el alcance en su
                            menguada exégesis de las “dos murallas", que es viable consultar en el
                            decimoquinto tratado del comentario famoso de este venerable Doctor. </p>
                        <p> Pero estábamos entonces en el <date notBefore="0401" notAfter="0500">siglo V</date>; la Reprobación de <placeName ref="#israel">Israel</placeName> había
                            comenzado después de la exorbitante catástrofe de <placeName ref="#jerusalen">Jerusalén</placeName>; la especie
                            humana, conquistada ya a medias por los sucesores de <persName ref="#san_pedro_persona">San Pedro</persName>, había
                            irremediablemente fruncido su corazón y se había endurecido por toda la
                            duración de los tiempos contra la descendencia execrada de los verdugos
                            de <persName ref="#jesus">Cristo</persName>. </p>
                        <p> La aterrorizante quemadura de las primeras persecuciones se cicatrizaba
                            por fin y las grandes siembras de la sangre de los Mártires estaban
                            cumplidas. </p>
                        <p> La Pedagogía de lo Sobrenatural quedaba a cargo de los teólogos, de los
                            explicadores, de los filósofos desilusionados, y la embarazosa
                            afirmación de Aquél a quien se llamó el <hi rend="italic:true;">Hijo del
                                Trueno</hi> podía hacerse respetuosamente a un lado sin peligro
                            alguno de escándalo o de simple asombro para una <orgName>Iglesia</orgName> toda teñida de
                            rojo que daba aún vagidos en su cuna. </p>
                        <p> Aquella palabra perdura, sin embargo. Subsiste, a pesar de todo, en su
                            fuerza misteriosa, y se asemeja a una gema muy sombría, de brillo
                            turbado, a la que la temeraria desatención de los ecónomos o los
                            controladores de la Fe vuelve más inestimable. </p>


                    </div>

                    <div n="II">
                        <p>
                            <hi rend="italic:true;">¡La Salvación viene de los Judíos!</hi> ¡Texto
                            desconcertante que nos coloca furiosamente lejos del señor <persName
                                ref="#edouard_drumont">Drumont</persName>! ¡No quiera Dios que yo le
                            declare la guerra a ese triunfador. La lucha, verdaderamente, sería
                            demasiado desigual! </p>
                        <p> El libelista de <title level="m" rend="italic:true;" ref="#drumont_france">La Francia judía</title> puede
                            vanagloriarse de haber encontrado el buen ángulo y el buen lugar.
                            Considerando con una profunda sabiduría y con la sangre fría de una
                            cabeza sutil que el guijarro filosofal del buen tacto consiste en dar a
                            los vientres humanos las bellotas que más apetecen, inventó contra los
                            Judíos la volcánica y pertinaz reivindicación de las monedas de cinco
                            francos. </p>
                        <p> Era el infalible secreto para domeñarlo todo, para abrirse paso por
                            todas partes, para encaramar su persona a las crestas más altísimas. </p>
                        <p> Decir al primero que pase, aunque sea el más zaparrastroso recipiendario
                            en el pudridero de los desesperados: <q>“Esos pérfidos hebreos, que te
                            salpican de barro, te han robado todo tu dinero: ¡Recupéralo, pues, oh
                            Egipcio! ¡Perfórales el pellejo, si te atreves, y persíguelos en el mar
                            Rojo!"</q> </p>
                        <p> ¡Ah! decir eso perpetuamente, decir eso por todas partes, berrearlo sin
                            tregua en libros y diarios, tener de vez en cuando un duelo para que
                            resuene noblemente más allá de los montes y de los ríos, pero sobre todo
                            ¡oh, sobre todo!, <hi rend="italic:true;">no hablar jamás de otra
                                cosa</hi>: he ahí la receta y el arcano, el <hi rend="italic:true;"
                                >medium</hi> y el <hi rend="italic:true;">retentum</hi> de la
                            balística del gran éxito. ¿Quién, Dios mío, resistiría esto? </p>
                        <p> Agreguemos que este gran hombre reivindicaba en nombre del Catolicismo.
                            Ahora bien, todo el mundo conoce el desinterés sublime de los católicos
                            actuales, su inquebrantable desprecio por las especulaciones y los
                            chanchullos financieros y el celestial desprendimiento que enarbolan. Yo
                            mismo he compuesto libros para expresar la admiración casi dolorosa con
                            que me saturan estos escolares de la caridad divina, y sé muy bien que
                            me hubiera sido imposible abstenerme de hacerlo. </p>
                        <p> Es fácil, pues, concebir la impetuosidad de su celo cuando las manos
                            hurgonas del Antisemita vinieron a cosquillear en ellos el
                            presentimiento de la Justicia. Hasta puede decirse que en esta ocasión
                            las escamas cayeron de un gran número de ojos y que generoso <persName
                                ref="#edouard_drumont">Drumont</persName> apareció como el apóstol
                            de los tibios que no sabían que la religión fuera tan provechosa. </p>

                    </div>

                    <div n="III">
                        <p> Algunos profanos se preguntaron, es verdad, qué victoria decisiva podría
                            resultar para la moral —siquiera <hi rend="italic:true;">práctica</hi>—
                            del hecho innegable de haber emprendido la tarea de reemplazar el famoso
                            Becerro de oro por un cerdo del mismo metal, y qué ventaja preciosa
                            reportaría el catolicismo de esas recriminaciones de agiotaje. </p>
                        <p> Porque, en definitiva, el señor <persName ref="#edouard_drumont"
                                >Drumont</persName> entraba en <placeName ref="#babilonia">Babilonia</placeName> como un héroe, después de
                            haber derrotado a todas las naciones semíticas, y los admiradores de
                            este conquistador olisquearon sobre él el polvo del santo rey <persName ref="#midas">Midas</persName>,
                            mezclado con los ungüentos y cinamomos con que se acicala habitualmente
                            la osamenta de los dioses mortales. </p>
                        <p> La cosa, para hablar menos líricamente, marchaba en firme: las grandes
                            tiradas se multiplicaban y los derechos de autor ingresaban en caja con
                            una precisión rothschildiana que hacía babear de concupiscencia a todo
                            un celoso populacho de plumíferos de la misma calaña, que no habían
                            tenido esta fructífera idea y que resolvieron de inmediato encarnizarse
                            en las mismas empresas. </p>
                        <p> Todos los lívidos comedores de cebollas cristianas del Alto y Bajo
                            <placeName ref="#egipto">Egipto</placeName> comprendieron admirablemente que la guerra a los Judíos podía ser
                            —al fin y al cabo— un excelente truco para cicatrizar más de un desastre
                            o vigorizar más de un negocio valetudinario. </p>
                        <p> Se vio, incluso, a sacerdotes sin número —entre los cuales debía haber,
                            con todo, no pocos cándidos siervos de Dios— inflamarse con la esperanza
                            de una próxima embestida en que la sangre de <placeName ref="#israel">Israel</placeName> sería derramada en
                            cantidad suficiente para embriagar a millones de perros, mientras los
                            íntegros carneros del Buen Pastor ramonearían bendiciendo a Dios, los
                            quinquefolios y los tréboles de oro en las pasturas enviadas desde la
                            Tierra de promisión. </p>
                        <p> El ardor había sido tan repentino y tan prodigioso el impulso, que, aún
                            hoy, ni uno solo de ellos parece haberse interesado por saber
                            —decididamente— si no habría algún peligro grave, para un corazón
                            sacerdotal en peticionar así el exterminio de un pueblo al que la
                            <orgName>Iglesia Apostólica Romana</orgName> ha protegido diecinueve siglos, en favor del
                            cual su Liturgia más dolorosa habla a Dios el Viernes Santo, de donde
                            salieron los Patriarcas, los Profetas, los Evangelistas, los Apóstoles,
                            los Amigos fieles y todos los primeros Mártires; sin osar hablar de la
                            Virgen Madre y de Nuestro Salvador mismo, que fue el León de Judá, el
                            JUDIO <hi rend="italic:true;">por excelencia de naturaleza</hi> — ¡un
                            Judío indecible!—, y que, seguramente, había empleado una eternidad
                            previa en codiciar esta extracción. </p>
                        <p> Pero, ¡qué! ¿No era preciso, acaso, seguir hasta el fin al ávido
                            saltimbanqui, organizador y predicador de esta cruzada en favor de los
                            ahorrillos, que no cesa de sermonear de semana en semana <note
                                resp="#ramon_alcalde" n="4"><hi rend="italic:true;">A la petite
                                    semaine</hi>: de manera oportunista (<hi rend="italic:true;"
                                    >gouverner a la petite semaine</hi>) pero también <hi
                                    rend="italic:true;">preter a la petite semaine</hi>, prestar a
                                muy corto plazo y con usura.</note> sobre lo pequeño que es el
                            número de los elegidos de la Todopoderosa Caja de Caudales? ¿Y podría
                            citar alguien <hi rend="italic:true;">una sola</hi> protesta católica
                            cuando, sobre nuestros muros, que se echaban atrás, se exhibió la
                            abominable efigie de ese Bufón sacrílego <hi rend="italic:true;">con
                                armadura de caballero del Santo Sepulcro y hollando bajo sus
                                plantas</hi>... ¡¡¡A <persName type="biblical_character">MOISÉS</persName>!!!?</p>
                        <p>¡Ah! eso lo dice todo. </p>

                    </div>
                    <div n="IV">
                        <p> ¡Y basta, de una vez por todas! </p>
                        <p> No entra, lo repito, en mi propósito ni en mi tema insistir
                            particularmente sobre este personaje, cuyo triunfo hubiera podido ser
                            mayor aún sin el desconcertante ridículo de su vanidad de celador de
                            colegio advenedizo, y a quien, por otra parte, la justicia del crimen
                            acaba de aplicarle una rigurosa sanción <note resp="#ramon_alcalde" n="5"
                                    ><title level="m" rend="italic:true;" ref="#bloy_salvacion">La Salvación por los Judíos </title>fue
                                escrita en <date when="1892">1892</date>.</note>. </p>
                        <p> Pero ¿cómo no nombrarlo en el momento de abordar esta incomparable
                            cuestión de <placeName ref="#israel">Israel</placeName>, que él se vanagloria neciamente de haber rebajado
                            hasta el nivel cerebral de los burgueses más imbéciles? </p>
                        <p> Debo ser poco sospechable de un tierno amor para con los descendientes
                            actuales de esta raza famosa. He aquí, para empezar, lo que escribía
                            <date when="1886">hace seis años</date> en <ref target="#bloy_desesperado">un libro de cólera</ref> que la hostilidad general se
                            esforzó por sofocar por todos los medios imaginables: </p>
                        <quote source="#bloy_desesperado">
                            <p> "La <date notBefore="0500" notAfter="1500">Edad Media</date> —decía yo, hablando de los Judíos— tenía el buen sentido
                            de acantonarlos en zahurdas reservadas para ellos e imponerles una
                            indumentaria especial que permitía a todos evitarlos. Cuando uno tenía
                            absoluta necesidad de tratar con esos hediondos, uno lo ocultaba como
                            una infamia y uno se purificaba enseguida. La vergüenza y el peligro de
                            su contacto eran el antídoto cristiano contra su pestilencia, visto que
                            Dios se empeñaba en la perpetuación de tal canalla". </p>
                        <p> "Pero hoy, cuando el cristianismo parece dar los últimos estertores bajo
                            el talón de sus propios creyentes y cuando la <orgName>Iglesia</orgName> ha perdido todo
                            crédito, nos indignamos estúpidamente al ver en ellos los amos del
                            mundo, y los contradictores furibundos de la Tradición apostólica son
                            los primeros en asombrarse. Prohíben el desinfectante y se quejan de
                            tener fétido el aliento. Tal es la idiotez característica de los tiempos
                            modernos." <note resp="#ramon_alcalde" n="6"><bibl><hi rend="italic:true;"
                                        ><persName ref="#leon_bloy">León Bloy</persName>: <title level="m" ref="#bloy_desesperado">Le
                                    désésperé</title></hi>, <biblScope unit="page" from="201" to="201">página 201</biblScope>. <orgName type="editorial" ref="#ed_soirat">Edición Soirat</orgName></bibl>, única recomendada
                                por el autor.</note>
                        </p></quote>
                        <p> No veo cómo podría cambiar un cuarto de línea de esta página benévola.
                            Hoy, más que nunca, es evidente para mí que la sociedad cristiana está
                            apestada por una ralea bien asqueante, y es terrible saber que es <hi
                                rend="italic:true;">perpetua</hi> por la voluntad de Dios. </p>
                        <p> Desde el punto de vista moral y físico, el Marrano <note
                                resp="#ramon_alcalde" n="7"><hi rend="italic:true;">Youtre</hi>,
                                término despectivo del argot</note> moderno parece ser la
                            confluencia de todas las deformidades del mundo. </p>

                    </div>
                    <div n="V">
                        <p> El año pasado, hallándome en <placeName ref="#hamburgo">Hamburgo</placeName>, tuve la curiosidad, al estilo de
                            los viajeros más ordinarios, de ver el Mercado de los Judíos. </p>
                        <p> La sorprendente abyección de ese emporio de detritos enfitéuticos es
                            difícilmente expresable. Me parecía que todo lo que puede asquear de
                            vivir era el objeto lucrativo de aquellos logreros impuros cuyos
                            clamores <hi rend="italic:true;">obsecuentes</hi> me aferraban, me
                            asían, se pegaban a mí físicamente, infligiéndome el malestar fantástico
                            de una especie de flagelación gelatinosa. </p>
                        <p> Y todos esos rostros de lucro y de servidumbre tenían el mismo timbre
                            terrible que expresa claramente el Desprecio, el Hartazgo divino, la
                            Separación irrevocable del resto de los mortales y que los hace tan
                            profundamente idénticos, en cualquier rincón del mundo, sea el que
                            fuere. Porque es una ley singular que ese pueblo de anatematizados no
                            haya podido asumir la reprobación colectiva con la cual se honra sino al
                            precio fabuloso del <hi rend="italic:true;">protagonismo</hi> eventual
                            del individuo. La Raza repudiada no ha logrado producir jamás ninguna
                            clase de César. </p>
                        <p> He ahí por qué desconfío de la tradición, ingeniosa pero poco conocida,
                            imagino, que da al pueblo romano por antepasados a los Hebreos y
                            reemplaza a los compañeros de <persName type="mythological_character">Eneas</persName> por una colonia de Benjamitas,
                            explicando la leyenda de la loba y de los dos Gemelos fundadores por
                            medio de la inescrutable predicción de Israel moribundo: <hi
                                rend="italic:true;">Benjamin</hi>, LUPUS <hi rend="italic:true;"
                                >rapax</hi>, <hi rend="italic:true;">mane comedet praedam</hi> et
                                <hi rend="italic:true;">vespere dividet spolia</hi>. “Benjamín, lobo
                            rapaz, por la mañana devorará la presa y por la tarde dividirá los
                            despojos”. <note resp="#leon_bloy" n="8"><bibl><title level="a" rend="italic:true;" ref="#biblia_genesis"
                                >Génesis</title>, <biblScope unit="chapter">48</biblScope>: <biblScope unit="verse">27</biblScope></bibl>.</note>
                        </p>
                        <p> Los inmundos ropavejeros de <placeName ref="#hamburgo">Hamburgo</placeName> pertenecían por entero, en verdad,
                            a esa homogénea familia de menecmos <note resp="#ramon_alcalde" n="9"><title level="m"
                                    rend="italic:true;" ref="#plauto_menecmos">Los Menecmos</title>, comedia de <persName ref="#plauto">Plauto</persName> cuyos
                                protagonistas son dos gemelos.</note> avarientos al servicio
                            doméstico de todos los indecentes demonios de la identidad judaica, tal
                            como se la ve pulular a lo largo del <placeName type="river" ref="#danubio_rio">Danubio</placeName>, en <placeName ref="#polonia">Polonia</placeName>, en 
                            <placeName ref="#rusia">Rusia</placeName>, en
                                <placeName ref="#alemania">Alemania</placeName>, en <placeName ref="#holanda">Holanda</placeName>, en 
                            <placeName ref="#francia">Francia</placeName> misma ya, y en el <placeName type="region" ref="#africa_septentrional">África septentrional</placeName>,
                            donde los Árabes algunas veces hacen con ella un odioso emplasto, bueno
                            para frotar los carneros sarnosos. </p>
                        <p> ¡Pero cuando mi náusea, lo confieso, sobrepasó toda conjetura y toda
                            esperanza, fue cuando la aparición de los Tres Viejos! </p>

                    </div>
                    <div n="VI">
                        <p> Los llamo los Tres Viejos porque no conozco ninguna otra manera de
                            designarlos. Son tal vez cincuenta en aquella ciudad privilegiada, que
                            no parece enorgullecerse más por ello. Pero yo no tenía más que tres
                            ante mis ojos, y era bastante para que los dragones más insólitos se me
                            aparecieran. </p>
                        <p> Todo aquello que llevara una impronta cualquiera de modernidad se
                            desvaneció de inmediato para mí, y los marranos subalternos que me
                            codeaban hormigueando como mosquitos de matadero interrumpieron su
                            existencia. No tenían ya derecho a ella, pues no eran absolutamente nada
                            al lado de éstos. </p>
                        <p> Su ignominia, que yo había juzgado completa, irreprochable y tan sabrosa
                            como puede serlo un elixir de maldición, no tenía ya la menor sapidez y
                            parecía nobleza en comparación con aquella indesvelable pesadilla de
                            oprobio. </p>
                        <p> El aspecto de estos tres fantasmas emanaba una tan sin par calidad de
                            horror, que sólo el blasfemo podría ser admitido a interpretarla
                            simbólicamente. </p>
                        <p> ¿Imaginemos, si es posible, los Tres Patriarcas sagrados: <persName type="biblical_character">Abraham</persName>, <persName type="biblical_character">Isaac</persName>
                            y <persName type="biblical_character">Jacob</persName>, cuyos nombres, obnubilados por un impenetrable misterio, forman
                            la Delta, el Triángulo equilátero donde dormita, en los cortinajes del
                            rayo, el inaccesible Tetragramal! </p>
                        <p> ¡Figurémonos —apenas oso escribirlo— estos tres personajes, mucho más
                            que humanos, de cuyo flanco todo el Pueblo de Dios y el mismo Verbo de
                            Dios salieron: supongámoslos, un minuto, vivos aún; habiendo, por un
                            milagro muy único, sobrevivido a la más centenaria primogenitura de los
                            inmoladores de su gran Hijo crucificado; habiendo tomado sobre ellos
                            —¡sabe Dios con vista a qué irrevelables retroventajas!— la destitución
                            perfecta, la basura sin nombre, la vileza infinita, el inagotable tesoro
                            de las execraciones del mundo, los abucheos de toda la tierra, el
                            vilipendio en todos los abismos— y el asombro eterno de los Serafines o
                            de los Tronos al verlos arrastrarse así en el lodo de los siglos...! </p>

                    </div>
                    <div n="VII">
                        <p> Porque, en efecto, en el espíritu de esta visión, que parecerá sin duda
                            insensata, los tres seres horrendos realizaban bien el arquetipo y el
                            fenómeno primordial de la Raza indeleble, que cumple, desde hará ya
                            pronto dos mil años, el prodigio sin par de sobrevivir, ella también a
                            sus exterminadores y de apelar eternamente ante todos los infiernos en
                            favor de su <hi rend="italic:true;">sustancial</hi> revocación. </p>
                        <p> Pero, ¡Santo Dios!, ¡qué espantosos antepasados! </p>
                        <p> Eran verdaderamente demasiado clásicos para no manifestarse tan
                            abominables como sublimes. Desde <persName ref="#shakespeare">Shakespeare</persName> hasta <persName ref="#balzac">Balzac</persName> se ha
                            machacado terriblemente sobre el tipo del viejo Hebreo sórdido y
                            encorvado, rebuscando el oro en las inmundicias, en los tumores de la
                            humanidad, para adorarlo por fin como un sol de dolores y un <persName type="deity">Paráclito</persName>
                            de amor coigual y coeterno de su <persName type="deity">Jehová</persName> solitario. </p>
                        <p> Realizaban por triplicado ese monstruo en sus idénticas personas,
                            agregando al horror trivial de ese viejo mito literario las ansias
                            desmesuradas de su verídica presencia... ¡<persName type="biblical_character">Abraham</persName>, <persName type="biblical_character">Isaac</persName> y <persName type="biblical_character">Jacob</persName>
                            descendidos hasta esos limbos nefastos...! Porque mi imaginación
                            desarbolada por el espanto, les acordaba instintivamente los apelativos
                            divinos. </p>
                        <p> ¡Y a fe mía que renuncio a pintarlos, dejando ese decimotercer trabajo
                            de <persName type="mythological_character">Alcides</persName> a los documentadores de la carroña y a los cosmógrafos de las
                            fermentaciones verminosas! </p>
                        <p> Durante largo tiempo me acordaré, sin embargo, de aquellos tres
                            incomparables crapulosos, a los que veo todavía con sus guiñapos
                            putrefactos, inclinados frente contra frente sobre el orificio de un
                            saco fétido que hubiera espantado a las estrellas, donde se amontonaban,
                            para la exportación del tifus, los innominables objetos de algún negocio
                            archisemítico. </p>
                        <p> Les debo este homenaje de un recuerdo casi <hi rend="italic:true;"
                                >afectuoso</hi>, por haber evocado en mi espíritu las imágenes más
                            grandiosas que puedan entrar en el habitáculo sin magnificencia de un
                            espíritu mortal. Diré todo esto de inmediato y tan claramente como me
                            sea dado decirlo. </p>
                        <p> Entretanto, afirmo, con todas las energías de mi alma, que una síntesis
                            de la cuestión judía es el absurdo mismo, sin la previa aceptación del
                            “Prejuicio” de una <hi rend="italic:true;">restricción esencial</hi>, de
                            un secuestro de <persName type="biblical_character">Jacob</persName> en la más abyecta decrepitud, sin ninguna
                            esperanza de avenencia o de remisión, hasta tanto su “Mesías”, ardiendo
                            todo él en gloria, no haya caído sobre la tierra. </p>

                    </div>
                    <div n="VIII">
                        <p> Hasta ese día, la perfecta justicia de lo alto o de lo bajo continuará
                            exigiendo imperiosamente que se lo execre vomitándolo. En rigor, sé bien
                            que los Israelitas pueden ser llamados nuestros “hermanos”, con igual
                            título, mucho me temo, que las plantas y los animales, denominados así
                            por el seráfico <persName ref="#san_francisco_asis">San Francisco</persName>, que jamás se equivocó. Pero amarlos como
                            tales es una propuesta que subleva la naturaleza. Es la exageración
                            milagrosa de la santidad más trascendente o la ilusión de una
                            religiosidad imbécil. </p>
                        <p> Se necesitó nada menos que la autoridad de uno de los Doce para
                            certificar que <q>“<persName type="biblical_character">Elías</persName> fue semejante a nosotros”</q>, pues este profeta, que
                            tuvo al Fuego por servidor, parece haber sido mucho más que un hombre:
                            pero los Judíos nacidos o por nacer después de la Misa Solemne del
                            primer Viernes Santo no pueden ser jamás nuestros <hi
                                rend="italic:true;">semejantes</hi>. </p>
                        <p> Su carne triste, refractaria a toda mezcla durante un número tan grande
                            de siglos, nos advierte sobreabundantemente acerca de su prodigioso
                            estado de excepción en la humanidad. </p>
                        <p> Es la Cepa, a pesar de todo, de <persName ref="#jesus">Nuestro Señor Jesucristo</persName> y está, en
                            consecuencia, reservada, inarrancable, inmortal, espantosamente podada,
                            sin duda, desde el día siguiente del solemne “Crucifigatur” <note
                                resp="#ramon_alcalde" n="10">"Sea crucificado"</note>, pero intacta en
                            su soporte y con las raíces adheridas a lo más profundo de la Voluntad
                            divina. </p>
                        <p> Por ello todos son imperturbablemente idénticos y están completamente
                            resorbidos en la personalidad exterior de sus pánicos ancianos. Los
                            harapos negros y la pestilencia senil no cambian absolutamente nada, y
                            porque yo veía con precisión a todos los millonarios contemporáneos,
                            machos o hembras, que son el orgullo de nuestras sinagogas perfumadas,
                            en las tres osamentas mencionadas antes, por eso fue que me
                            impresionaron tan durablemente. </p>
                        <p> La historia de los Judíos obstruye la historia de la humanidad como un
                            dique obstruye un río, para elevar su nivel. Están para siempre
                            inmóviles, y lo único que puede hacerse es franquearlos saltando sobre
                            ellos, con más o menos estrépito, sin esperanza alguna de demolerlos. </p>
                        <p> Ya se intentó bastante ¿no es cierto? y la experiencia, de sesenta
                            generaciones, es irrecusable. Soberanos a quienes nada resistía
                            pretendieron borrarlos. Multitudes inconsolables de la Afrenta hecha al
                            Dios viviente se lanzaron a su matanza. La Viña simbólica del Testamento
                            de Redención fue infatigablemente escardada de estos parásitos
                            venenosos; y este pueblo, diseminado en veinte pueblos, bajo la tutela
                            sin merced de varios millones de príncipes cristianos, cumplió, a lo
                            largo de los tiempos, su destino de hierro, que consistía simplemente en
                            no morir, en preservar siempre y en todas partes, en las ráfagas y en
                            los ciclones, el puñado de barro maravilloso del cual se habla en el
                            Libro santo y que aquél cree que es el Fuego divino.<note resp="#leon_bloy"
                                n="11"><bibl><title level="m" rend="italic:true;" ref="#dos_macabeos">2 Macabeos</title>, <biblScope unit="chapter">1</biblScope></bibl></note>
                        </p>
                        <p> Esa nuca de desobedientes y de pérfidos, que <persName type="biblical_character">Moisés</persName> encontraba tan dura,
                            fatigó el furor de los hombres como un yunque de un metal poderoso que
                            desgastaría todos los martillos. La espada de la Caballería se melló
                            allí y el sable finamente templado del jefe musulmán se quebró allí
                            igual que el garrote del populacho. </p>
                        <p> Está, pues, bien demostrado que no hay nada que hacer y, considerando lo
                            que Dios soporta, conviene, seguramente, a las almas religiosas
                            preguntarse de una buena vez, sin presunción ni rabia imbécil y cara a
                            cara con las Tinieblas, si algún misterio infinitamente adorable no se
                            oculta, después de todo, bajo las especies de la ignominia sin rival del
                            Pueblo Huérfano condenado en todas las instancias de la Esperanza, pero
                            que, acaso, en el día señalado, no se verá privado de apelación. </p>

                    </div>
                    <div n="IX">
                        <p> ¡Paciencia! Escuchad esto, vosotros, pobres gentes por quienes <persName ref="#jesus">Jesús</persName>
                            quiso sufrir. Si algún fanático de mi prosa pudiera un día ser
                            suscitado, acaso el desdichado podría descubrir, con la ayuda del cielo,
                            las líneas siguientes, tan perfectamente ignoradas, imagino, como la
                            página citada anteriormente: </p>
                        <p> “Se ha escrito mucho sobre el dinero. <note resp="#ramon_alcalde" n="12">A
                                partir de aquí hay que tener presente que en francés <hi
                                    rend="italic:true;">argent</hi> designa por igual la “plata”
                                (metal) y el “dinero”. Las complejas ecuaciones simbólicas de
                                    <persName ref="#leon_bloy">Bloy</persName> —decisivas para su
                                razonamiento— reposan o sobre las características sensibles de la
                                plata o las abstractas del dinero. En esta traducción se procura
                                mantenerlas en función de cada contexto.</note> Los políticos, los
                            economistas, los moralistas, los psicólogos y los mistagogos se han
                            extenuado en ello. Pero no observo que ninguno de ellos haya expresado
                            jamás la sensación de misterio que emana de esa palabra asombrosa". </p>
                        <p> “La exégesis bíblica ha señalado esta particularidad notable, que, en
                            los Libros Sagrados, la palabra DINERO es sinónima y figurativa de la
                            viviente Palabra de Dios. <note resp="#leon_bloy" n="13"><bibl><title level="a"
                                rend="italic:true;" ref="#biblia_salmos">Salmos</title>, <biblScope unit="chapter">11</biblScope>: <biblScope unit="verse">7</biblScope></bibl>.</note> De donde se deduce
                            esta consecuencia, que los Judíos, antiguos depositarios de esta
                            Palabra, a la que terminaron por crucificar cuando se convirtió en la
                            Carne del Hombre, retuvieron, posteriormente a su propia decadencia, el
                            simulacro de ella, a fin de cumplir su destino y no errar sin vocación
                            sobre la tierra". </p>
                        <p> “Es, pues, en virtud de un decreto divino que poseen, no importa cómo,
                            la parte mayor de los bienes de este mundo. ¡Gran alegría para ellos!
                            Pero, ¿qué hacen con aquéllos?” <note resp="#leon_bloy" n="14"><persName
                                    ref="#leon_bloy">Léon Bloy</persName>: <title level="m" rend="italic:true;" ref="#bloy_colon"
                                    >Christophe Colomb devant les Taureaux</title>.</note>
                        </p>
                        <p> Lo que hacen con el dinero, voy a decíroslo, lo <hi rend="italic:true;"
                                >crucifican</hi>. </p>
                        <p> Pido perdón por esta expresión bastante generalmente inusitada, creo,
                            pero que no es más extravagante, si bien se mira, que esta otra:
                            “Comerse el dinero” <note resp="#ramon_alcalde" n="15">En <title level="m"
                                    rend="italic:true;" ref="#bloy_exegesis">Exégese des lieux communs</title> y en muchos
                                otros pasajes de sus obras, <persName ref="#leon_bloy"
                                    >Bloy</persName> hace la ecuación simbólica dinero (<hi
                                    rend="italic:true;">argent</hi>) = sangre del pobre. De ahí que
                                el “lugar común” <hi rend="italic:true;">comerse el dinero</hi>
                                implique: 1) vampirismo, canibalismo; 2) eucaristía, ya que “pobre”,
                                por su parte, = <persName ref="#jesus">Jesucristo</persName>.</note>, cuya monstruosidad <hi
                                rend="italic:true;">real</hi>, divulgada, haría morir de espanto a
                            los innumerables humanos que la emplean. He dicho exactamente lo que
                            quería decir. Lo crucifican, porque esa es la manera judía de exterminar
                            lo que es divino. </p>
                        <p> Los símbolos y las parábolas del Libro Santo son para siempre, puesto
                            que la <orgName>Iglesia</orgName>, infalible, no ha raspado de él las figuras más de lo que
                            ha dado de baja a las profecías. Sólo la eternidad posee la medida de
                            ellas, y los Judíos que degollaron al Verbo hecho carne después de
                            haberlo guardado celosamente durante todo el tiempo que no resplandeció
                            a sus ojos carnales, desposaron sin saberlo la espantosa penitencia de
                            quedar para siempre fijados a su sacrilegio y de continuar con rabia
                            sobre el indestructible Símbolo lo que habían hecho con la carne pasible
                            del verdadero Dios. </p>
                        <p> ¿Crucificar el dinero? ¡Pero si eso es exaltarlo en el patíbulo, como a
                            un ladrón; es enhestarlo, ponerlo en alto, aislarlo del Pobre, de quien
                            es precisamente la sustancia...! </p>
                        <p> El Verbo, la Carne, el Dinero, el Pobre. Ideas análogas, palabras
                            consustanciales que designan en común a <persName ref="#jesus">Nuestro Señor Jesucristo</persName> en el
                            lenguaje que el <persName type="deity">Espíritu Santo</persName> habló. </p>
                        <p> Porque, tan pronto como se toca una u otra de esas espantosas Imágenes,
                            que son tan numerosas, acuden todas a la vez presurosas y <choice><sic>mujen</sic><corr>mugen</corr></choice> desde
                            todas partes como torrentes que se apresurasen saltando hacia un abismo
                            único y central. </p>
                            <p>—¡Soy yo!— grita cada una de ellas.</p> 
                            <p>—¡Soy yo, el
                            Dinero, el que soy el Verbo de Dios, el Salvador del mundo! ¡Soy yo, el
                            que soy la Senda, la Verdad, la Vida, el Padre del siglo futuro...!</p>
                            <p>—¡Soy yo, la Carne, la Carne débil, la que soy, a pesar de ello, la
                            alegría de los Ángeles, la Pureza de las Vírgenes, el Cordero de los
                            agonizantes y el Buen Pastor de los muertos...!</p> 
                            <p>—¡Y soy yo, siempre yo,
                            el Pobre, el Padre de los pobres, el que soy el Tesoro de los fieles,
                            tesoro de gusanos y de abyección, al mismo tiempo que el Rey de los
                            Patriarcas y la Fuerza de los Mártires! ¡Sí, soy yo, el Esclavo, el
                            Escarnecido, el Humillado, el Leproso, el Mendigo horrible de quien
                            todos los Profetas han hablado... y el Creador de las vías lácteas y de
                            las nebulosas, por añadidura! </p>
                        <p> Pero, ¿quién podría tener pensamientos dignos de tales objetos? </p>

                    </div>
                    <div n="X">
                        <p> ¡Ah! cuando <persName ref="#jesus">Jesús</persName> clamaba hacia su Padre: <q who="#jesus">“Perdónalos, porque no saben
                            lo que hacen”</q>, una tal plegaria de tal moribundo, aun cuando se
                            pretendiera <hi rend="italic:true;">que no debía ser acogida</hi>
                            —suposición bien desconcertante, que implica la más audaz blasfemia—;
                            una semejante deprecación de agonías, debió llegar infinitamente más
                            allá de lo que puede ser concebido o presentido por los hombres o por
                            los Espíritus de los cielos. </p>
                        <p> Como la naturaleza de los gritos divinos es lanzarse hacia todas partes
                            a la vez, debió atravesar la corteza del globo y repercutir eficazmente
                            en las sombrías vetas de la tierra, donde yacen los minerales peligrosos
                            mantenidos en reserva y encubiertos con cuidado por la desesperación de
                            los Ángeles vencidos. </p>
                        <p> El impasible Dinero, el execrable y santo Dinero por medio del cual
                            quiso Dios que a Él mismo lo comprasen como una res, fue investido
                            entonces, para espanto del género humano, de la Supervivencia misteriosa
                            y profundamente simbólica, cuyos curadores iban a ser los hijos de
                            <persName type="biblical_character">Jacob</persName>. </p>
                        <p> Por el prodigio de un enceguecimiento que sobrepasa toda miseria y
                            descorazona toda piedad, el más pálido de los metales reemplazó, para un
                            pueblo condenado a durar eternamente, al Dios lívido que expiraba entre
                            dos ladrones. </p>
                        <p> Por consiguiente, estimo que es puerilidad sin inocencia de una
                            emulación mercantil incriminar obstinadamente a esa muchedumbre
                            melancólica por su felonía y su codicia sin límites. Más valdría, sin
                            duda, esforzarse por percibir, aunque sólo fuera en un surco de
                            relámpago a través de la columna de humo fétido que se alza siempre
                            sobre su frente de guerra, el espectáculo prodigioso de su castigo sin
                            fin. </p>
                        <p> Yo decía, hace sólo un instante, que en vano se ha aporreado, abrasado,
                            abatido a los Judíos durante siglos y sobre la superficie de todos los
                            imperios. Están forzados por Dios, invencible y sobrenaturalmente
                            forzados, a cumplir las abominables cochinerías que necesitan para
                            acreditar su deshonor de <hi rend="italic:true;">Instrumentos de
                                Redención</hi>. </p>
                        <p> Se recomenzaría hoy la misma carnicería con el mismo fracaso, ya que no
                            pueden en absoluto evitar ser lo que son, y porque necesitan, por lo
                            menos, la llegada de <persName type="biblical_character">Elías</persName> y el desclavamiento de las Manos y de los
                            Pies de <persName ref="#jesus">Cristo</persName> para obtener su perdón. </p>

                    </div>
                    <div n="XI">
                        <p> La simpatía por los Judíos es un signo de bajeza, eso es algo bien
                            sabido. Es imposible merecer la estima de un perro cuando uno no tiene
                            la repugnancia instintiva de la Sinagoga. Esto se enuncia
                            tranquilamente, como un axioma de geometría rectilínea, sin ironía y sin
                            amargura. </p>
                        <p> En lo que a mí respecta, me tiene sin cuidado lo que los teólogos o los
                            economistas les reprochan. Me basta saber que han cometido el Crimen
                            supremo, en comparación con el cual todos los crímenes son virtudes, el
                            Pecado sin nombre ni medida que toca a la Integridad divina y que no
                            tendría ninguna posibilidad de remisión si la plegaria insensata de
                            <persName ref="#jesus">Jesús</persName>, ebrio de tormentos sobre su Cruz loca, no se interpusiera. </p>
                        <p>
                            <hi rend="italic:true;">Ellos han detestado</hi> al POBRE con
                            detestación infinita. Lo han detestado a tal punto, que para ultrajarlo
                            y torturarlo a su antojo, fue necesario que se congregaran desde todas
                            partes y que llamasen en su socorro la energía del fuego subterráneo de
                            los resentimientos hereditarios contra un <persName type="deity">Sabaoth</persName> que castigaba, tan
                            terriblemente, otrora, sus transgresiones. </p>
                        <p> Fue necesario que con la paciencia de un millón de hormigas que se
                            encarniza en construir una montaña, acumulasen por anticipado, durante
                            generaciones, contra el Hombre Único y voluntariamente desarmado, los
                            más feroces testimonios del Libro implacable donde el Espíritu del Dios
                            de Israel había escrito su cólera. </p>
                        <p> Volviendo contra él la excesiva amenaza de sus viejos textos, parecían
                            decirle: <q source="#dos_reyes">“Tu Padre nos castigó con varas, pero nosotros te castigaremos
                            con escorpiones”</q> <note resp="#leon_bloy" n="16"><bibl><title level="a" rend="italic:true;" ref="#dos_reyes">2
                                    Reyes</title>, <biblScope unit="chapter">12</biblScope>: <biblScope unit="verse">11</biblScope></bibl>.</note> 
                            <q>“Trillaremos tu carne con las espinas
                            y los abrojos del desierto”</q> <note resp="#leon_bloy" n="17"><bibl><title level="a"
                                rend="italic:true;" ref="#jueces">Jueces</title>, <biblScope unit="chapter">8</biblScope>: <biblScope unit="verse">7</biblScope></bibl></note>. </p>
                        <p> Los clamores de poseídos que precedieron a la Sentencia y que
                            acompañaron, como un bajo continuo, el inconmensurable Suplicio, fueron
                            seguramente la más completa manifestación del horror humano por la
                            Pobreza. </p>
                        <p> Ese delirio sobrenatural no podrá jamás ser sobrepasado, y cuando la
                            marejada de los populachos demenciales ruja de júbilo sobre los
                            cadáveres de los “Dos Testigos” cuya inmolación ha profetizado el
                            <title level="a" ref="#apocalipsis">Apocalipsis</title>, <note resp="#leon_bloy" n="18"><bibl><title level="a"
                                rend="italic:true;" ref="#apocalipsis">Apocalipsis</title>, <biblScope unit="chapter">11</biblScope></bibl>.</note> no será más espantoso. </p>
                        <p> No hace falta haber hecho poderosos trabajos de exégesis para saber que
                            en efecto <persName ref="#jesus">Jesucristo</persName> ha sido el verdadero Pobre —designado como tal en
                            cada página del Antiguo o del Nuevo Testamento—, el único entre los más
                            pobres, insondablemente por debajo de los <persName type="biblical_character">Job</persName> más verminosos, el
                            diamante solitario y el carbunclo de Oriente de la Pobreza magnífica, y
                            que él fue por fin la Pobreza misma anunciada por Videntes inflexibles
                            que el pueblo había lapidado. </p>
                        <p> Tuvo por compañeras las “tres pobrezas”, ha dicho una santa. Fue pobre
                            de bienes, pobre de amigos, pobre de Sí mismo. Y esto en las
                            profundidades de la profundidad, entre las paredes viscosas del pozo del
                            Abismo. </p>
                        <p> Puesto que era Dios y no había aceptado venir sino para probar que era
                            Dios manifestándose verdaderamente pobre, lo fue en la irradiación y la
                            plenitud infinitas de sus Atributos divinos. </p>
                        <p> No hubo, pues, otra Víctima que el Pobre, y los excesos absolutamente
                            incomprensibles de esa Pasión siempre actual, flagrante a perpetuidad,
                            cuyo espanto el propio ateísmo no puede atenuar, son inexplicables para
                            aquellos que no saben qué es la Pobreza, <q>“la elección en el horno de la
                            pobreza”</q>, según las palabras de <persName type="biblical_character">Isaías</persName>, que mostró las cosas futuras y
                            que fue aserrado entre dos postes. </p>

                    </div>
                    <div n="XII">
                        <p> A los Judíos les cabe el indeleble honor de haber traducido, para el uso
                            de la humanidad, el odio al Pobre en un estilo de tormentos cuya
                            elocuencia excede a todos los espantos conocidos. </p>
                        <p> Hasta tal punto supieron la enormidad de su tarea, que inventaron la
                            Coronación de espinas, para que fuera irrefragable desde entonces que
                            habían tenido el poder de investir <note resp="#ramon_alcalde" n="19"
                                >Téngase presentes las acepciones de <hi rend="italic:true;"
                                    >accomoder</hi>, que es el verbo empleado aquí por <persName
                                    ref="#leon_bloy">Bloy</persName>: 1) hacer el tocado, cubrir la
                                cabeza; 2) instalar; 3) sazonar para comer; 4) ridiculizar.</note>
                            por lo menos un <hi rend="italic:true;">verdadero</hi> Rey de la
                            abyección y del dolor. </p>
                        <p> Ceremonia sin ejemplo hasta entonces, cuyo sentido profundo no debían
                            ignorar los sabios del viejo Templo. Las Espinas son el ingrediente
                            esencial de la maldición suprema, desde el Desastre inicial, y <q>“la
                            cosecha de espinas en lugar de la cosecha de trigo candeal”</q> es uno de
                            los lugares comunes más hebraicos. </p>
                        <p> Recordaban sin duda el grito del Lamentador: <q source="#biblia_jeremias">“Humillaos, sentaos en el
                            suelo, tristes siervos del Señor, porque la corona de vuestra gloria
                            cayó de vuestras cabezas”</q>. <note resp="#leon_bloy" n="20"><bibl><title level="a"
                                rend="italic:true;" ref="#biblia_jeremias">Jeremías</title>, <biblScope unit="chapter">13</biblScope>: <biblScope unit="verse">8</biblScope></bibl>.</note> Y acaso los
                            pétalos de sangre viviente que brotaban de la frente del <persName ref="#jesus">Cristo</persName> les
                            hacían pensar con rabia en el <hi rend="italic:true;">Coronemus</hi>
                            ROSIS del cántico blasfematorio de la <title level="a" rend="italic:true;" ref="#sabiduria"
                                >Sabiduría</title>. <note resp="#leon_bloy" n="21"><bibl><title level="a" rend="italic:true;" ref="#sabiduria"
                                    >Sabiduría</title>, <biblScope unit="chapter">2</biblScope>: <biblScope unit="verse">8</biblScope></bibl>.</note>
                        </p>
                        <p> Pero, ¿sabían, esos doctores llenos de ironía y crueldad, que esa Corona
                            horrenda reinaría para siempre sobre ellos y los oprimiría más duramente
                            que el Faraón, puesto que estaba colocada sobre la cabeza muriente de
                            Aquel que no podía tener otro sucesor que el odioso dinero, del cual,
                            después de su muerte, se convirtieron en miserables esclavos? </p>
                        <p> Porque es éste un misterio muy perturbador. La muerte de <persName ref="#jesus">Jesús</persName> separa
                            esencialmente el Dinero y el Pobre, el prefigurante y el prefigurado,
                            del mismo modo que separa el cuerpo del alma en los óbitos ordinarios.
                            <orgName>La Iglesia universal</orgName> nacida de la Sangre divina tuvo al Pobre como
                            hijuela, y los Judíos, atrincherados en la inexpugnable fortaleza de una
                            recalcitrante desesperanza, guardaron el Dinero, la pálida plata arañada
                            por sus sacrílegas espinas y deshonrada por sus salivazos, ¡como
                            hubieran guardado sin tumba el cadáver de un Dios sujeto a la
                            corrupción, para que emponzoñase el Universo! </p>

                    </div>
                    <div n="XIII">
                        <p> Pero ¿quién puede interesarse por esas venerables Imágenes, por más que
                            el mundo haya vivido de ellas y quién querría esforzarse por
                            comprenderlas? Un trabajo como éste no permite casi descartarlas, ¿y
                            cómo escapar a la desalentadora certidumbre de que uno no será
                            escuchado? </p>
                        <p> ¡Tienen a veces un aire tan contradictorio esos vocablos, familiares o
                            raros, cuyo sentido literal es tan diverso y su acepción espiritual tan
                            invariable, que dicen todos a su manera la Sustancia infinita y que no
                            son sino velos de un tisú cambiante delante del mismo tabernáculo! </p>
                        <p> Uno siente tentaciones de creerlos incoherentes o caprichosos, porque a
                            veces se precipitan los unos sobre los otros, y parecen ora devorarse,
                            ora abrazarse amorosamente. Cuando se los mira con fijeza, se
                            compenetran súbitamente y se coaligan en un solo frente para
                            multiplicarse de nuevo tan pronto como pretendemos asirlos. </p>
                        <p> Y cuando, llenos de lasitud, nos desviamos de ellos para contemplar
                            vanas sombras en los enigmáticos espejos de este universo, vuelven
                            insidiosamente, como sitiadores muy sutiles, y rodean el espíritu con
                            sus trincheras silenciosas. </p>
                        <p> Por más que uno sepa que son las olas de un idéntico Océano y que no
                            puedan romper los diques de la Unidad absoluta, la ondulación perpetua
                            de sus aspectos y el conflicto aparente de sus colores desconciertan
                            infaliblemente la orientación más atenta. </p>
                        <p> Es necesario resignarse a no obtener jamás sino intermitentes
                            relampagueos, puesto que <persName ref="#jesus">Jesús</persName> mismo, que vino, decía, para "cumplirlo”
                            todo, sólo se expresó en parábolas y símiles. </p>
                        <p> La interpretación de los Textos sagrados era en otros tiempos
                            considerada el más glorioso esfuerzo del espíritu humano, puesto que,
                            según el testimonio del infalible <persName type="biblical_character">Salomón</persName>, la <q source="#proverbios">“honra de Dios es encubrir
                            la palabra”</q> <note resp="#leon_bloy" n="22"><bibl><title level="a" rend="italic:true;" ref="#proverbios"
                                >Proverbios</title>, <biblScope unit="chapter">25</biblScope>:<biblScope unit="verse">2</biblScope></bibl>.</note>. </p>
                        <p> Era, entonces, el tiempo de los amos y del reinado tranquilo de las
                            especulaciones de arriba. Ahora es la hora de los siervos y de la
                            victoria decisiva de las curiosidades de abajo. </p>
                        <p> Es, pues, por lo menos superfluo esperar un poco de atención, y yo me
                            cuidaría muy bien de pretenderla, si no supiera que en los establos de
                            Pastor hay quienes mueren de hambre y que un gran número de voces
                            reclaman ya la llave del siglo próximo, donde los indigentes suponen que
                            la Providencia ha guardado en reserva la saciedad de los espíritus. </p>
                        <p> Tengo el dolor de no poder proponer a mis ambiciosos contemporáneos un
                            revelador auténtico. La conserjería de los Misterios no es mi empleo y
                            yo no he recibido la consignación de las Cosas futuras. Los profetas
                            actuales, están por otra parte, tan privados de milagros, que parece
                            imposible discernirlos. </p>
                        <p> Pero si es verdad que se los reclama, como una consecuencia natural de
                            ese punto de fe de que debe llegar su día, yo me pregunto por qué no se
                            los pide nunca al único pueblo del cual salieron todos los Secretarios
                            de los Mandamientos de Dios. </p>

                    </div>
                    <div n="XIV">
                        <p> No olvido, por cierto, la historia de la higuera maldecida porque fue
                            encontrada sin frutos cuando <persName ref="#jesus">Jesús</persName> tenía hambre. Es verdad que “no era
                            todavía el tiempo de los higos”. El Evangelio lo hace notar. </p>
                        <p> Y hasta dice que no hay razón de desesperar del todo si se cava
                            alrededor de ella y se echa allí “excrementos” <note resp="#leon_bloy"
                                n="23"><bibl><title level="a" rend="italic:true;" ref="#biblia_lucas">Lucas</title>, <biblScope unit="chapter">13</biblScope>: <biblScope unit="verse">8</biblScope></bibl>.</note>. Un poco de
                            paciencia; siempre habrá tiempo para abatirla si se obstina en no
                            producir fruto alguno. </p>
                            <p> Esa pobre higuera que no tiene nada que ofrecer al pobre <persName ref="#jesus">Cristo</persName>, porque
                            el tiempo de sus higos no ha llegado, me interesa apasionadamente.
                            Porque es el indiscutible símbolo del pueblo judío, cuya <hi
                                rend="italic:true;">prosperidad</hi> expresa soberanamente. </p>
                        <p> ¿Mas no era menester que, a la espera del diluvio de inmundicias para la
                            exuberancia de una fecundidad ulterior, diera de todas maneras un <hi
                                rend="italic:true;">fruto</hi> cualquiera a ese Redentor impaciente
                            que la había maldecido, y no es lícito conjeturar que el impenetrable
                            Traidor que resumía con tanta exactitud la Raza bífida se colgó
                            precisamente de ese árbol de desesperación, a cuya sombra todos los
                            buenos Hebreos de la tradición se sentaban con confianza? </p>
                        <p> Debe ser el asombro de los Espíritus del cielo —a partir de esa horrible
                                <hi rend="italic:true;">primicia</hi>— comparar la suerte de los
                            judíos con las antiguas promesas de dominación gloriosa y de alegría <hi
                                rend="italic:true;">in aeternum</hi> de la que sus Libros están
                            saturados. </p>
                        <p> Con la aparición del Pobre —imprevista al cabo de mil años— huyó por
                            completo todo lo que había en ellos de espiritual y su naturaleza carnal
                            de idólatras contadores de dinero se manifestó. </p>
                        <p> <persName type="biblical_character">Judas</persName> es su tipo, su prototipo y su supertipo, o, si se quiere, el
                            paradigma cierto de las innobles y sempiternas conjugaciones de su
                            avaricia, hasta el punto que se los creería a todos salidos, al mismo
                            tiempo que los intestinos, del vientre reventado de ese cambalachero de
                            Dios. </p>
                        <p> Era un ratero vulgar —<hi rend="italic:true;">Cleptes</hi>, según el
                            griego— dice el dulce evangelista <persName ref="#san_juan_persona">San Juan</persName>, y era él quien <q>“tenía la
                            bolsa”</q>. La tiene todavía, más que nunca, y es eso —exclusivamente— lo
                            que nos proporciona el espectáculo generoso de las indignaciones
                            periodísticas del acéfalo denigrador de <persName type="biblical_character">Sem</persName>. <note resp="#ramon_alcalde"
                                n="24">Alusión a <persName ref="#edouard_drumont"
                                >Drumont</persName></note>
                        </p>
                        <p> La <date notBefore="0500" notAfter="1500">Edad Media</date>, que apenas tenía la noción del portamonedas y cuyo
                            corazón zozobraba de amor, no iba más allá de las treinta monedas de
                            plata, que le parecían tal vez una suma fabulosa y que hubiera preferido
                            sin duda menos considerable, para que el oprobio de su Dios fuera aún
                            más primo hermano de la humillación de los míseros que pedían una
                            limosna en su Nombre. </p>
                        <p> Los cristianos de entonces comprendían muy bien que en el drama
                            tumultuario de Viernes Santo no hay más que dos personajes: los Judíos y
                            el Pobre, y repartían equitativamente sus almas simples entre la oración
                            dolorosa y el horror sin límites, abandonando todo lo demás a los
                            doctores sutiles que hablaban latín. </p>
                        <p> No sé ya exactamente dónde leí la aventura bastante ingenua de ese
                            anciano caballero que presidía en su calidad de distinguido notable un
                            sínodo reunido para el juicio eclesiástico de un rabino turbulento que
                            había puesto en circulación ciertas vituperables glosas contra la <persName type="biblical_character">Virgen
                            María</persName>. </p>
                        <p> Después de una larga disputa en que el audaz circunciso había confundido
                            fácilmente a los teólogos ignaros que se le oponían, y cuando el
                            equívoco silencio que precede la evacuación de un fallo sin misericordia
                            había comenzado ya, el anciano revestido de hierro, que no había dado
                            hasta ese momento señal de vida, descendió lentamente del alto sitial
                            donde había parecido dormitar y, aproximándose al talmudista, le dijo:
                            <q>“Judío, has hablado muy bien, pero queda un argumento que tú no habías
                            previsto y que te dejará sin respuesta”</q>. </p>
                        <p> Tras estas palabras, desenvaina su inmensa espada de <persName ref="#ptolomeo">Ptolomeo</persName> o <persName ref="#antioco">Antíoco</persName>
                            y lo parte en dos, como a un Sarraceno felón, de la cabeza a los pies.
                            Anécdotas como ésta son preciosas para exasperar a los imbéciles y
                            refrescar la imaginación de los buenos cristianos. </p>

                    </div>
                    <div n="XV">
                        <p> ¡Humilde y grande <date notBefore="0500" notAfter="1500">Edad Media</date>, época la más cara a todos aquellos a
                            quienes importunan los clamores de la Desobediencia y que viven
                            retirados en el fondo de sus propias almas! </p>
                        <p> Los tres últimos siglos han hecho mucho por borrarla y desacreditarla,
                            alterando por medio de todos los opios las gloriosas facultades líricas
                            del viejo <rs type="concept">Occidente</rs>. Hasta existe una corriente nueva de historiadores
                            críticos y documentarios, para quienes esta odiosa tarea es la
                            permanente preocupación. </p>
                        <p> Pero estoy persuadido de que los Mil años de llantos, de cruentas
                            locuras y de éxtasis continuarán escurriéndose a través de los dedos de
                            los pedantes, mientras el corazón humano no haya dejado de existir, y es
                            curioso observar que los Judíos son, en definitiva, los testigos más
                            fieles y los conservadores más auténticos de esa cándida <date notBefore="0500" notAfter="1500">Edad Media</date> que
                            los detestaba por el <hi rend="italic:true;">amor</hi> de Dios y que
                            quiso tantas veces exterminarlos. </p>
                        <p> Evocaba yo al comienzo el recuerdo de aquellos indecentes y sublimes
                            individuos que me fue dado contemplar en <placeName ref="#hamburgo">Hamburgo</placeName>, animales tan bien
                            conservados en sus líquidos excrementales, tan intactos, tan
                            prodigiosamente inmaculados de todo lo que no fuera la miseria de sus
                            ascendientes y de sus allegados, que sentí la angustia de hallarme en
                            presencia del mismo rebaño que hacía vomitar a las personas nacidas en
                            el reino de <persName ref="#felipe_augusto">Felipe Augusto</persName> o de <persName ref="#federico_barbarroja">Federico Barbarroja</persName>, diseminadas bajo la
                            tierra o en los surcos de los cielos, después de tantas generaciones de
                            haber muerto recordando la muerte de <persName ref="#jesus">Cristo</persName>. </p>
                        <p> Entreví la enorme grandeza de aquellos tiempos lejanos en que la
                            militante <orgName>Iglesia</orgName>, que había sojuzgado al universo y cuyos pies de
                            Inmaculada Concepción se posaban sobre la cerviz de los reyes,
                            trituraba, sin embargo, su poderío contra un pueblo de lombrices que le
                            resistía sin morir jamás. </p>
                        <p> Hasta hubiera podido decirse, al parecer, que aquel obstáculo imposible
                            de vencer le advertía, en plena victoria, acerca de su condición
                            precaria de desposada de un Dios sangrante a quien todo había resistido. </p>
                        <p> Convertida en semejante al mar, tuvo, estremecida que tomar para sí
                            misma la concisa prohibición del Señor: <q source="#biblia_job">"Hasta aquí llegarás y no
                            pasarás más adelante, y ahí quebrantarás la hinchazón de tus olas"</q> <note
                                resp="#leon_bloy" n="25"><bibl><title level="a" rend="italic:true;" ref="#biblia_job">Job</title>, <biblScope unit="chapter">38</biblScope>:
                                    <biblScope unit="verse">11</biblScope></bibl>.</note>. </p>
                        <p> Sin embargo, la guerra a los Judíos no fue jamás, en la <orgName>Iglesia</orgName>, otra
                            cosa que el esfuerzo mal dirigido de un gran celo caritativo, y el
                            Papado los cobijó generosamente contra el furor de todo un mundo. </p>

                    </div>
                    <div n="XVI">
                        <p>
                            <hi rend="italic:true;">Exspectans exspectavi</hi>, <note
                                resp="#ramon_alcalde" n="26">Esperé esperanzado</note> cantaban los
                            cristianos, esperando la Resurrección de los muertos. <hi
                                rend="italic:true;">¡Exspectaveram et adhuc exspectabo!</hi>, <note
                                resp="#ramon_alcalde" n="27">Había esperado y aún esperaré</note>
                            rectificaban con profundidad los gemidos de <placeName ref="#israel">Israel</placeName>. Había esperado y
                            quiero esperar aún. ¡Vuestro Mesías no es mi Mesías, y aunque todas
                            vuestras tumbas se abrieran, yo esperaré siempre! </p>
                        <p> La paciente <orgName>Iglesia</orgName> de <persName ref="#jesus">Jesús</persName> consideraba silenciosamente a esos
                            suspensos eternos, fortificados por una esperanza indecible, y cuya
                            penitencia espantosa ningún salvador hubiera podido soportar, mientras
                            las basílicas y los monasterios hacían sonar sus carillones para gloria
                            de un Niño Judío que había muerto en la ignominia para salvar a los
                            vagabundos. </p>
                        <p> Los sollozos o los cantos de las campanas, que hacían estremecer de amor
                            a todos los imperios cristianos, golpeaban en vano el alma obstinada de
                            esos huérfanos de <name type="mythological_creature">Leviatán</name> <note resp="#leon_bloy" n="28"><bibl><title level="a"
                                rend="italic:true;" ref="#biblia_job">Job</title>, <biblScope unit="chapter" from="40" to="41">40 y 41</biblScope></bibl>.</note>. </p>
                        <p> Acreedores de una Promesa imperecedera, que la <orgName>Iglesia</orgName> consideraba
                            cumplida y válidos de un Pacto sempiterno inscripto por el <persName type="deity">Espíritu
                            Santo</persName> hasta trescientas veces, el Hijo de María les parecía apenas el
                            igual de aquel rey leproso, que reinó sobre <placeName ref="#jerusalen">Jerusalén</placeName>, que estuvo <q>“lleno
                            de lepra hasta el día de su muerte”</q>, terrible habitante de una casa
                            solitaria, por el crimen de haber usurpado el incensario de los hijos
                            del gran sacerdote <note resp="#leon_bloy" n="29"><bibl><title level="a" rend="italic:true;" ref="#dos_paralipomenos">2
                                Paralipómenos</title>, <biblScope unit="chapter">2</biblScope>: <biblScope unit="verse">26</biblScope></bibl>.</note>. </p>
                        <p> ¡Cómo debían despreciar las pompas dolorosas del Cristianismo, esos
                            harapientos indómitos que pensaron siempre que la Gloria del Dios de
                            <persName type="biblical_character">Ezequiel</persName> tenía necesidad de su propia gloria! </p>
                        <p> ¡Ah! Por más que la <orgName>Iglesia</orgName> les dijera: <q source="#biblia_deuteronomio">"Aquel que vendió a su hermano,
                            un hijo de <placeName ref="#israel">Israel</placeName>, y que recibió el precio por ello, debe sufrir la
                            muerte”</q>, <note resp="#leon_bloy" n="30"><bibl><title level="a" rend="italic:true;" ref="#biblia_deuteronomio"
                                >Deuteronomio</title>, <biblScope unit="chapter">24</biblScope>: <biblScope unit="verse">7</biblScope></bibl>.</note> toda la posteridad de 
                            <persName type="biblical_character">Jacob</persName>
                            podía responderle: </p>
                        <p> —Si nos crees semejantes a <persName type="biblical_character">Caín</persName> porque andamos errantes y fugitivos
                            sobre la tierra, recuerda que el Señor señaló con el SIGNO a ese
                            asesino, para que quienes lo encontraran no lo matasen, <note
                                resp="#leon_bloy" n="31"><bibl><title level="a" rend="italic:true;" ref="#biblia_genesis">Génesis</title>, <biblScope unit="chapter">4</biblScope>: <biblScope unit="verse">15</biblScope></bibl>.</note> y mira, después de eso, qué vanas son tus amenazas de
                            exterminio. </p>
                        <p> Nosotros tenemos la palabra de honor de Dios, que nos juró su alianza
                            eterna, y nos negamos a desligarlo de ella. Esa palabra subsiste para
                            siempre, y cuando ella se cumpla, te convertirás en nuestra esclava. </p>
                        <p> Si el que hemos crucificado es su Hijo, que se salve a sí mismo, ese
                            Salvador de los otros, ya que hemos prometido creer en él cuando haya
                            descendido de su Cruz. </p>

                    </div>
                    <div n="XVII">
                        <p> Y la Madre de los fieles, helada de horror, continúa en la imperturbable
                            serenidad de su Liturgia, las Lamentaciones sublimes: </p>
                        <p> "¡Cómo se ha tornado solitaria la ciudad antes tan populosa! La
                            Dominadora de las naciones ha quedado como viuda; la Soberana de las
                            provincias es ahora tributaria." </p>
                        <p> "Ella llora inconsolable en la noche, y corren las lágrimas por sus
                            mejillas; entre los que fueron sus amigos no hay quien la consuele;
                            todos los que la amaban la desprecian y se han convertido en enemigos
                            suyos." </p>
                        <p> "Emigró <persName type="biblical_character">Judá</persName>, por verse oprimido con muchas maneras de esclavitud. Fijó
                            su morada entre los gentiles, mas no halló reposo; todos sus peregrinos
                            lo oprimieron con angustias." </p>
                        <p> "Lloran los caminos de Sión, porque no hay quien vaya a su Solemnidad;
                            destruidas están todas sus puertas gimiendo sus sacerdotes, tristes sus
                            vírgenes y ella, oprimida de amargura." </p>
                        <p> "Los extranjeros se han enseñoreado de ella y los que la odiaban se han
                            enriquecido, porque el Señor habló contra ella a causa de la muchedumbre
                            de sus iniquidades, sus pequeñuelos han sido llevados al cautiverio en
                            presencia del que los oprimía." </p>
                        <p> "<hi rend="italic:true;"><placeName ref="#jerusalen">Jerusalén</placeName>, <placeName ref="#jerusalen">Jerusalén</placeName>, conviértete al Señor, tu
                                Dios.</hi>" </p>
                        <p> "La hija de Sión ha perdido toda su hermosura; sus príncipes han venido
                            a ser como carneros que no hallan pasto, y han desfallecido delante del
                            que los conduce. <placeName ref="#jerusalen">Jerusalén</placeName> ha recordado los días de su aflicción y la
                            inconstancia de todos aquellos bienes de que gozó desde los tiempos
                            antiguos, cuando su pueblo se arruinaba por obra de sus perseguidores,
                            sin que nadie acudiese a socorrerlos; la vieron sus enemigos, y se
                            burlaron de sus solemnidades." </p>
                        <p> "Enorme pecado fue el de <placeName ref="#jerusalen">Jerusalén</placeName>; por eso ha perdido su estabilidad.
                            Todos aquellos que la glorificaban la han despreciado, por haber visto
                            su ignominia; y ella misma, sollozando, ha vuelto hacia atrás su
                            mirada." </p>
                        <p> "Hasta sus pies llegaron sus inmundicias, y ella no pensó en su fin.
                            Está profundamente abatida y no tiene quien la consuele. Considerad,
                            señor, mi aflicción, porque el enemigo se ha envanecido." </p>
                        <p> "<hi rend="italic:true;">¡<placeName ref="#jerusalen">Jerusalén</placeName>, <placeName ref="#jerusalen">Jerusalén</placeName>, conviértete al Señor, tu
                                Dios!</hi>" </p>
                        <p> "El enemigo se adueñó de cuanto <placeName ref="#jerusalen">Jerusalén</placeName> más apreciaba, y ella vio que
                            su santuario era invadido por los gentiles, que tenían prohibido entrar
                            en tu Iglesia." </p>
                        <p> "Todo su pueblo está gimiendo y anda en busca de pan; todo cuanto tenía
                            de precioso lo ha dado para conseguir un mendrugo a fin de reanimar sus
                            fuerzas. Considera, Señor, cuánto estoy envilecida." </p>
                        <p> "¡Oh, vosotros, cuantos pasáis por este camino, atended y considerad si
                            hay dolor como mi dolor! Porque el Señor, según anunció el día de su
                            gran furor, me ha despojado de todo." </p>
                        <p> "Desde lo alto envió fuego dentro de mis huesos, y me hizo comprender;
                            tendió una red a mis pies y me hizo retroceder. Me ha dejado desolada,
                            consumida todo el día por la tristeza." </p>
                        <p> "Vio el yugo de mis iniquidades y las arrolló con su mano alrededor de
                            mi cuello. Mi vigor se ha debilitado extremadamente y el Señor me ha
                            abandonado a una fuerza de la que no podré desasirme." <note
                                resp="#leon_bloy" n="32"><bibl>
                                    <title level="a" rend="italic:true" ref="#oficio_tinieblas">Oficio de Tinieblas</title>, 
                                    <biblScope unit="section">Primer Nocturno del Jueves Santo</biblScope>.
                                </bibl>.</note>
                        </p>
                        <p> "<hi rend="italic:true;">¡<placeName ref="#jerusalen">Jerusalén</placeName>, <placeName ref="#jerusalen">Jerusalén</placeName>, enmiéndate, por el amor
                                de tu pobre Dios que te implora!</hi>" </p>

                    </div>
                    <div n="XVIII">
                        <head>XVIII</head>
                        <p> <persName ref="#jesus">Jesús</persName> agonizará hasta el fin del mundo, escribía <persName ref="#pascal">Pascal</persName>, <note
                                resp="#ramon_alcalde" n="33"><bibl><title level="m" rend="italic:true;" ref="#pascal_pensamientos">Pensées</title>,
                                    <biblScope unit="fragment" n="253">fragmento 253</biblScope> 
                                    (<editor ref="#leon_brunschvicg">Brunschvicg</editor>).
                                </bibl>.</note> el más deplorable, a mi juicio,
                            de los grandes hombres que se han equivocado mucho. </p>
                        <p> Pensamiento de una elevada belleza triste, que el huraño jansenista,
                            seguramente, no hubiera explicado y podía ser, ante sus propios ojos,
                            sino una hipérbole de piedad. </p>
                        <p> No sería muy fácil, sin embargo, expresar hasta qué punto esa combinación de
                            sílabas tiene el poder de obsesionar a un corazón profundo, que la
                            supusiera más humana... </p>
                        <p> A fuerza de amar, la <date notBefore="0500" notAfter="1500">Edad Media</date> había comprendido que <persName ref="#jesus">Jesús</persName> está siempre
                            crucificado, siempre sangrante, siempre expirante, escarnecido por el
                            populacho y <hi rend="italic:true;">maldicho por Dios mismo</hi>, según
                            el texto preciso de la antigua Ley: <q source="#biblia_deuteronomio">“Aquel que pende del madero está
                                maldito por Dios”</q> <note resp="#leon_bloy" n="34"><bibl><title level="a" rend="italic:true;" ref="#biblia_deuteronomio"
                                    >Deuteronomio</title>, <biblScope unit="chapter">21</biblScope>: <biblScope unit="verse">23</biblScope></bibl>.</note>. ¿Cómo, pues, hubiera podido
                            no aborrecer a los Judíos? </p>
                        <p> ¡La Pasión era para ella tan contemporánea, tan flagrante, la Sangre de
                            <persName ref="#jesus">Cristo</persName> tan tibia aún, tan bermellón, y en sus oídos bordoneaba tan
                            fuerte el clamor execrable! </p>
                        <p> ¿Ese pueblo demoníaco no aullaba, acaso, dirigiéndose al Cobarde
                            condenado a lavar eternamente sus manos homicidas: <q>“Caiga su sangre
                            sobre nosotros y sobre nuestros hijos”</q>? Era menester, pues,
                            satisfacerlo, cumpliendo, para vilipendio eterno de un pueblo entero, el
                            penal versículo de ese Nuevo Testamento, profético tanto como el
                            Antiguo, del que se dijo que no pasará una iota ni un punto mientras
                            subsistan la tierra y el cielo. </p>
                        <p> Los sufrimientos de <persName ref="#jesus">Jesús</persName> fueron el pan y el vino de la <date notBefore="0500" notAfter="1500">Edad Media</date>, su
                            escuela primaria y el pináculo ceñudo de su clerecía. Fueron su morada,
                            su hogar lleno de blandones y de chispas, su lecho para nacer y para
                            morir y, a veces, el paraíso de sus Santos, que no imaginaban nada mejor
                            que llorar con la Madre de las Siete Espadas y con el Buen Ladrón
                            durante eternidades. </p>
                        <p> Fueron y tenían que ser, en efecto, la gran emoción, el poema siempre
                            nuevo, la rediviva peripecia de un drama siempre angustiante, para una
                            sociedad ingenua cuyas facultades de entusiasmo y de dilección flamearon
                            con una magnificencia que sólo las hogueras del <persName type="deity">Paráclito</persName> podrían volver
                            a encender un día. </p>
                        <p> Esas tiernas multitudes sentían maravillosamente la Pobreza del Señor, y
                            la compasión por un Dios tan lamentable hacía a veces morir a otros
                            pobres que aceptaban voluntariamente, encima de sus propias miserias,
                            todo lo que podían llevar de la carga de aquél. </p>
                        <p> Para sufrir mejor con él, se estrechaban contra la Virgen afligida que
                            sostiene sobre sus rodillas —como una nueva cruz— <note resp="#leon_bloy"
                                n="35"> <bibl><author ref="#santa_brigida">Santa Brígida</author>, <title level="m" ref="#st_brigida_revelaciones">Revelaciones</title>, <biblScope unit="book" n="1">libro 1</biblScope>, <biblScope unit="chapter" n="10">capítulo 10</biblScope></bibl>.</note> a su gran Hijo
                            muerto y arranca de su Cabeza, con preciosas tenazas, las duras espinas
                            que le hundieron en ella. </p>
                        <p> <q>“Sois doliente y lacrimal, <persName type="biblical_character">Virgen María</persName>, Señora nuestra”</q>, le decían,
                            <q>“¿con quién compararos o igualaros? Vuestra contricción es como el mar.
                            Hacedme llorar con vos, hacedme llevar <hi rend="italic:true;">la muerte
                                de Cristo</hi>, haced que sea el convidado de su Pasión y el espejo
                            de sus llagas.”</q> <note resp="#leon_bloy" n="36"><bibl><title level="a" rend="italic:true" ref="#oficio_siete_dolores">Oficio de los Siete Dolores</title></bibl>.</note>
                        </p>
                        <p> Sólo ella podía narrarles la pena infinita del Dios Sin haber que había
                            traído humildemente al mundo entre animales y que nunca había descansado
                            de tener pesares y de festejar la tribulación. </p>

                    </div>
                    <div n="XIX">
                        <head>XIX</head>
                        <p> Y la inmensa mirada desolada con que la Estrella de la mañana anegaba a
                            los que se condolían con Ella era para estos una respuesta de la más
                            desgarradora suavidad. </p>
                        <p> —Los pérfidos Judíos —creían escuchar— han acusado a mi divino Hijo de
                            ser un hombre glotón y bebedor, <note resp="#leon_bloy" n="37"><hi
                                    rend="italic:true;">Ecce homo vorax et potator vini</hi> (<bibl><title level="a" ref="#biblia_mateo">Mateo</title>
                                <biblScope unit="chapter">11</biblScope>: <biblScope unit="verse">19</biblScope></bibl>).</note> lo cual es bien cierto, os aseguro, porque aun
                            estando en su Cruz gimió para que le dieran de beber ¡Tenéis razón en
                            decir que en ese momento él veta MIS LÁGRIMAS! </p>
                        <p> Esas lágrimas estrechamente emparentadas con su Humanidad santa y
                            armadas entonces contra él con la omnipotencia de impetración en favor
                            de un universo herido de locura, se elevaron como una multitud de olas
                            en torno de su Cruz solitaria... </p>
                        <p> Antes que todo se consumara, cuando todas las antiguas profecías habían
                            terminado de engendrar sus horribles cumplimientos, —cuando, al cabo de
                            cuatro mil años de humillación, la Mujer está, por fin, de pie ante el
                            Árbol de vida, con su planta sobre la cabeza de la Serpiente y la frente
                            en las doce estrellas—, toda la descendencia miserable del primer
                            Desobediente, magnificada por mi Compasión, se manifestó en el esplendor
                            de mis lágrimas. </p>
                        <p> El Cáliz de amargura infinita que <persName ref="#jesus">Jesús</persName> pidió a su Padre que apartara de
                            él, bajo los olivos, y que llenó de espanto a su Alma sagrada hasta el
                            Sudor de sangre y hasta la Agonía, era preciso que lo bebiera ahora de
                            manos de Aquella que él había elegido desde el comienzo para ser el
                            ministro sin tacha de la parte más cruel de su Suplicio. </p>
                        <p> ¡Pues se había quejado de sed, era preciso que lo apurase hasta la
                            última gota, y que no le fuera permitido expirar hasta que todas las
                            lágrimas de las generaciones hubieran salido de ese verdadero <hi
                                rend="italic:true;">Cáliz de su Agonía</hi> que era Mi Corazón! </p>
                        <p> El Ángel que lo había asistido la víspera había huido al cielo, su Padre
                            acababa de abandonarlo, la rigurosa sentencia: <q>"¡Ay del que está solo!”</q>
                            se cumplía en Él de manera infinita y sin ejemplo. </p>
                        <p> Su misma Madre se había convertido para él en una extranjera, desde que
                            se había despojado de Ella en favor de su discípulo, antes de pedir de
                            beber. </p>
                        <p> Estaba ahora solo para siempre y frente a frente con <persName type="biblical_character">Judit</persName>, como un
                            <persName type="biblical_character">Holofernes</persName> clavado en el lecho de su perdición. <note resp="#leon_bloy"
                                n="38"><hi rend="italic:true;">Epístola</hi> de la Misa de Los Siete
                                Dolores.</note>
                        </p>
                        <p> El sol ya se oscurecía para escapar al horror de esa confrontación
                            silenciosa y los muertos comenzaban a menearse en sus sepulcros... </p>
                        <p> —Bebed, Hijo mío —decían las voces desoladas de mi abismo—; bebed estas
                            lágrimas de tristeza y de cólera. La hiel no tenía suficiente amargura y
                            el vinagre no tenía suficiente acidez para apagar una sed semejante a la
                            vuestra. </p>
                        <p> Bebed estas lágrimas de huérfanos, de viudas y de exilados; Bebed estas
                            lágrimas de adúlteros, de parricidas y de desesperados; Bebed también
                            esto, que es el océano de las lágrimas de la Avaricia, de la
                            Concupiscencia carnal y del Orgullo; Bebed, en fin, estas lágrimas de
                                <hi rend="italic:true;">plata</hi>, que serán en adelante el único
                            patrimonio de Israel y que algún día la sacrílega irrisión de los falsos
                            cristianos esparcirá sobre el catafalco agusanado de la vanidad de los
                            muertos. </p>
                        <p> Todo esto es lo que el Pueblo de Dios ha guardado para alivio de vuestra
                            segunda Agonía, y os lo ofrece por mi intermedio, porque es a mí a quien
                            designasteis cruelmente para abrevaros antes de vuestro último aliento. </p>
                        <p> Vos habéis dicho que “los que lloran son bienaventurados", y porque yo
                            lloro las lágrimas de todas las generaciones, “todas las generaciones me
                            llamarán Bienaventurada”. </p>
                        <p> Yo no había hablado más que seis veces en el Evangelio. Tal fue mi
                            Séptima Palabra, que no oyeron ni el Evangelista, a mi derecha, ni
                            <persName type="biblical_character">Magdalena</persName>, a mi izquierda, la cual respondió el clamor poderoso del <hi
                                rend="italic:true;">Consummatum</hi>. </p>
                        <p> <persName ref="#jesus">Jesús</persName> bajó su Cabeza aterradora para que la muerte pudiera
                            aproximarse... Y el Velo del Templo fue desgarrado de arriba abajo, como
                            la túnica de Calfás o el vientre del Entregador, para expresar que los
                            Judíos crueles no tendrían ya sino tabernáculos desiertos. </p>

                    </div>
                    <div n="XX">
                        <head>XX</head>
                        <p> Las desolaciones y los terrores del Evangelio eran hasta tal punto
                            ambientes para aquellas buenas gentes de antaño, que su aversión a los
                            Judíos tomaba prestado a la naturaleza misma de su sensibilidad algo de
                            profético. </p>
                        <p> Los Judíos no solamente habían crucificado a <persName ref="#jesus">Jesús</persName>, ¿qué digo?, no
                            solamente lo crucificaban actualmente de ellos sino que, además,
                            rehusaban <hi rend="italic:true;">hacerlo descender de su Cruz creyendo
                                en él</hi>. </p>
                        <p> Porque todas las palabras del Texto son vivientes. Para esas almas
                            profundas y amorosas no podía ser cuestión de retórica o de vana
                            literatura, cuando se trataba de la Palabra de Dios. </p>
                        <p> Los pergeñadores de libros, que todo han dilapidado, dormían todavía en
                            los limbos de las maternidades futuras, y el horror hubiera sido grande
                            si alguien hubiera osado suponer que el <persName type="deity">Espíritu Santo</persName> podía haber
                            contado una anécdota o relatado un incidente accesorio, amputable sin
                            inconveniente. </p>
                        <p> No encontraban, en el Libro, una sílaba que no se refiriese al mismo
                            tiempo al pasado y al porvenir, al Creador y a las criaturas, al abismo
                            de arriba y al abismo de abajo, envolviendo a todos los mundos a la vez
                            en un único resplandor, como el remolineante espíritu del Eclesiastés,
                            que “pasa considerando los universos <hi rend="italic:true;">in
                                circuitu</hi>, y que retorna siempre en sus propios círculos”. </p>
                        <p> Este fue, por otra parte, en toda época, el infalible pensamiento de <orgName>la
                            Iglesia</orgName>, que amputa de sí, a la manera de un miembro podrido, a
                            quienquiera toca esta Arca santa repleta de truenos; la Revelación por
                            las Escrituras, eternamente actual en el sentido histórico y <hi
                                rend="italic:true;">universal</hi>, absolutamente, en el sentido de
                            los símbolos. </p>
                        <p> En otros términos, la Palabra divina es infinita, absoluta, irrevocable
                            en todo sentido, iterativa, sobre todo, prodigiosamente, <hi
                                rend="italic:true;">pues Dios no puede hablar sino de Sí mismo</hi>. </p>
                        <p> Aquellas almas simples se hallaban, pues, “razonablemente” persuadidas
                            de que la Burla judía, consignada por los dos primeros Evangelistas, no
                            es nada menos que un vencimiento profético de la historia de Dios
                            contada por Dios, y su instinto les advertía que el “Reino terrenal" del
                            Crucificado y el fin glorioso de su permanente Suplicio dependían, de
                            alguna manera inexpresable, de la buena voluntad de esos infieles. </p>

                    </div>
                    <div n="XXI">
                        <head>XXI</head>
                        <p> Pero he aquí la voluntad de éstos, precisamente, era infernal. Aquellos
                            malditos se sabían poderosos y su abominable alegría consistía en
                            retardar indefinidamente ese Reino glorioso aguardado por los cautivos,
                            eternizando a la Víctima. </p>
                        <p> La Salvación de todos los pueblos se veía así, por la malicia de
                            aquéllos, diabólicamente <hi rend="italic:true;">suspendida</hi> —en
                            sentido figurado y en sentido propio— y aquel de los Apóstoles que había
                            sido fariseo y que comprendía sin duda estas cosas mejor que nadie, se
                            había visto forzado a confesar que nadie estaba salvado sino “en
                            esperanza” solo en esperanza, y que hacía falta aún esperar la
                            Redención, exhalando, con el doliente Espíritu del Señor, gemidos
                            inenarrables. <note resp="#leon_bloy" n="39"><bibl><title level="a" rend="italic:true;" ref="#biblia_romanos"
                                    >Romanos</title>, <biblScope unit="chapter">8</biblScope>: <biblScope unit="verse">24, 26</biblScope></bibl>.</note>
                        </p>
                        <p> La negativa de esos canallas inmovilizaba espantosamente, por minutos y
                            segundos, los más rápidos episodios y todas las peripecias de la Pasión. </p>
                        <p> El fétido <persName type="biblical_character">Judas</persName> besaba siempre a su Maestro en el Jardín y el deplorable
                            <hi rend="italic:true;">hijo de la Paloma</hi>, <persName type="biblical_character">Simón Pedro</persName>, no
                            cesaba jamás de negarlo, mientras “se calentaba” en el Vestíbulo. </p>
                        <p> Salivazos, Bofetadas y Magulladuras llovían sin interrupción ni merced,
                            al mismo tiempo que la batahola de las Injurias y el estrépito
                            sobrenatural de los <hi rend="italic:true;">Cinco mil Golpes</hi> de
                            correas con plomos, mencionados por la tradición, resonaban más
                            horriblemente que nunca, acrecidos y multiplicados por todos los ecos
                            del Dolor de la tierra, como el carillón de los huracanes. </p>
                        <p> Bajo el alto pórtico de una colosal morada donde parecían salir las
                            tinieblas, el moroso <persName type="biblical_character">Pilatos</persName> se lavaba las manos desde hacía mil años,
                            pensando sin duda lavárselas mil años más, para ver si obtendría de
                            algún océano lo que en vano había esperado de todos los ríos. </p>
                        <p> Y ante ese juez oblicuo, la imperdonable Corona, la auténtica “Zarza
                            ardiendo”, que era el tocado del Hijo de la Virgen, hundía siempre sus
                            puntas atroces en la Cabeza divina del Ajusticiado, que el trabajo de
                            los flageladores había puesto incandescente como una brasa. </p>
                        <p> La enorme grita de los asesinos de Dios rugía más fuerte que el bramido
                            obstinado de una catarata, agravada por la voz planidera de los corderos
                            destinados a la inmolación pascual, que se escuchaba a cada instante del
                            lado de la Piscina probática... </p>
                        <p> Y esa Cruz de demencia, el enclavamiento y el desclavamiento de <persName ref="#jesus">Cristo</persName>,
                            languideces inexplicables y las Siete Palabras que pronunció, la
                            Estación de la Madre y esa Muerte de entre las muertes, que espantó al
                            sol durante tres horas; todos los detalles, en fin, de esa orgía
                            escandalosa de torturas, cuyo solo presentimiento consume a los
                            extáticos, estaban despiadadamente determinados y discernibles, fijos
                            para siempre en el tiempo y en el espacio, anquilosados por un
                            infrangible querer. </p>
                        <p> “<hi rend="italic:true;">Descendat NUNC de cruce</hi>... Que descienda
                            ahora de su cruz y creeremos en él Destructor del templo de Dios,
                            sálvate a ti mismo”. No había cómo salir de este ultimátum. Nada
                            terminaba porque nada podía terminar, y porque las cosas que terminaban
                            renacían de inmediato por todas partes. </p>
                        <p> Todos sangraban con <persName ref="#jesus">Jesús</persName>, todos eran acribillados con sus llagas, todos
                            agonizaban con su sed, todos eran abofeteados por brazos que se
                            turnaban, al mismo tiempo que su Majestad sagrada, por toda la canalla
                            de <placeName ref="#jerusalen">Jerusalén</placeName>, y hasta los niños que no habían nacido aún se estremecían
                            de horror en el vientre de sus madres cuando se oía el Martillo del
                            Viernes Santo. </p>
                        <p> Los labradores sollozantes encendían entonces míseras antorchas en los
                            surcos de la tierra, para que este nodriza de los desdichados no fuera
                            esterilizada por la inundación de las tinieblas que se expandían desde
                            lo alto del Calvario, a la manera de un largo penacho negro en el
                            momento del Último Suspiro. </p>
                        <p> Era, en ese día, el gran Interdicto de la compasión y del temblor. Las
                            aves migratorias y las fieras moradoras de los bosques se asombraban de
                            ver tan tristes a los hombres, y los animales sin cólera sudaban de
                            angustia en el fondo de los establos al oír llorar a sus pastores. </p>
                        <p> Los cristianos, a imagen de un Dios Altísimo descendido tan bajo, se
                            reprochaban amargamente haberlo hecho a su semejanza y temían mirar el
                            techado de los cielos... </p>
                        <p> Desde los Maitines del Jueves <hi rend="italic:true;">absoluto</hi>
                            hasta el inmenso aleluya de la Resurrección, el mundo estaba lívido y
                            silencioso, ligadas las arterias, paralizadas las fuerzas, “cabeza
                            lánguida y corazón doliente”. Arbitrario absoluto de la Penitencia. Una
                            sola puerta lúgubre rodeada de pálidos monstruos acusadores, estaba
                            entreabierta para ir hacia Dios. Los resplandecientes <hi
                                rend="italic:true;">vitraux</hi> se amortecían. Las buenas campanas
                            no tañían más. Apenas se tenía la audacia de nacer y casi no se osaba
                            morir. </p>
                        <p> En vano trataban de consolar a la Virgen de las Espadas, cuyos ojos
                            abrasados por las lágrimas se asemejaban a dos soles muertos. Esa Faz
                            maternal, que parecía desterrar todo consuelo, se había convertido en un
                            volcán de horror, y echaba por tierra las multitudes... </p>
                        <p> “¡Que descienda!”, seguían aullando los chacales de la Sinagoga. ¿Y para
                            qué, oh Israel? ¿Acaso para devorar a ese nuevo José engendrado en tu
                            vejez, a quien hiciste una tan hermosa “túnica de diversos colores”
                                <note resp="#leon_bloy" n="40"><bibl><title level="a" rend="italic:true;" ref="#biblia_genesis">Génesis</title>,
                                    <biblScope unit="chapter">37</biblScope>: <biblScope unit="verse">3</biblScope></bibl>.</note>, y que está allí en los brazos en cruz de esa <persName type="biblical_character">Raquel</persName>
                            inmóvil a la que no se puede consolar? </p>

                    </div>
                    <div n="XXII">
                        <head>XXII</head>
                        <p> <cit><quote source="#oficio_jueves">“Oremos también por los pérfidos Judíos, para que Dios Nuestro Señor
                            quite el velo de sus corazones y reconozcan también ellos a Nuestro
                            Señor Jesucristo. Oh Dios Sempiterno y Omnipotente, que no excluyes de
                            tu misericordia ni siquiera a la perfidia judaica, oye las plegarias que
                            te hacemos por la obcecación de ese pueblo, para que, reconociendo la
                            luz de tu verdad, que es el <persName ref="#jesus">Cristo</persName>, sea arrancado de sus tinieblas".
                                <note resp="#ramon_alcalde" n="41"><title level="a" rend="italic:true;" ref="#oficio_jueves">Oficio
                                    Matutino del Jueves Santo</title></note></quote></cit>
                        </p>
                        <p> Tales eran y tales serán hasta el FIN las plegarias de la <orgName>Iglesia</orgName> por la
                            asombrosa descendencia de <persName type="biblical_character">Abraham</persName>. Plegarias absolutamente solemnes que
                            no se recitan públicamente más que el solo día del Viernes Santo. </p>
                        <p> En ese momento, sin duda, los corazones de antaño cesaban de latir y el
                            silencio de las cóleras era prodigioso, en la esperanza universal de oír
                            llegar de los lugares subterráneos el preliminar suspiro de la
                            conversión del Pueblo obstinado. </p>
                        <p> Se comprendía confusamente que esos hombres de mugre y de ignominia
                            eran, a pesar de todo, los carceleros de la Redención, que <persName ref="#jesus">Jesús</persName> era su
                            cautivo, que la <orgName>Iglesia</orgName> era su cautiva, que el consentimiento de ellos
                            era necesario para la difusión de las alegrías, y que ése era el fin
                            para el cual un milagro persistente guardaba su primogenitura. </p>
                        <p> En cumplimiento de la más impenetrable de las leyes, estaban
                            poderosamente anclados en su voluntad perversa de adormecer la Fuerza de
                            Dios y aplazar implacablemente su Gloria, para que en efecto una y otra
                            parecieran ociosas en presencia de las desesperaciones de la humanidad
                            —hasta la hora admirablemente oculta en que la Propiciación dolorosa del
                            Verbo hecho Carne sería consumada <hi rend="italic:true;">en todos sus
                                miembros</hi>. </p>
                        <p> Y esta hora furtiva, <persName ref="#jesus">Jesús</persName> mismo había declarado no conocerla, afirmando
                            que <q source="#biblia_marcos">“nadie, excepto el Padre, la conocía..." <note resp="#leon_bloy" n="42"
                                    ><bibl><title level="a" rend="italic:true;" ref="#biblia_marcos">Marcos</title>, <biblScope unit="chapter">13</biblScope>: <biblScope unit="verse">32</biblScope></bibl>.</note></q>
                        </p>
                        <p> Pero cuando el misterio se hacía intolerable por completo era ante la
                            idea de que ese momento único, deseado famélicamente, desde todas las
                            edades, por la universalidad de las criaturas, dependía aún ahora y
                            siempre de esos mismos Judíos, acreedores inexorables del Espíritu
                            Santo, que interponían <hi rend="italic:true;">oposición de
                                derechos</hi> sobre la Sangre de <persName ref="#jesus">Cristo</persName>. </p>
                        <p> Los siglos habían fluido como el agua y las generaciones vivientes se
                            habían apilado sobre las generaciones muertas. En vano se exhibían
                            títulos o cédulas rubricados con esa preciosa Sangre y refrendados con
                            la sangre de todos los Mártires; jamás se encontraba otra cosa que el
                            rostro odioso de esos usureros del Consolador y la magnificencia de Dios
                            permanecía cerrada. </p>
                        <p> En este sentido es que los Judíos, tan duramente oprimidos por los
                            adoradores de la Cruz, hacían correr, en desquite, tantas lágrimas
                            cristianas detrás de ellos y tan terribles lágrimas, que hubiera podido
                            en verdad creerse que el <placeName ref="#mar_rojo">Mar Rojo</placeName> se había lanzado en su persecución, y
                            por eso es que la <orgName>Iglesia</orgName> tenía el valor de rogar por ellos con un
                            corazón destrozado. </p>

                    </div>
                    <div n="XXIII">
                        <head>XXIII</head>
                        <p> Los Judíos no se convertirán hasta que <persName ref="#jesus">Jesús</persName> haya descendido de su Cruz,
                            y precisamente <persName ref="#jesus">Jesús</persName> no puede descender de ella hasta que los Judíos se
                            hayan convertido. </p>
                        <p> Tal es el imposible dilema en que se retorcía la <date notBefore="0500" notAfter="1500">Edad Media</date> como entre
                            los brazos en un torno. De ahí que no cesaran de maldecir y exterminar a
                            esos antagonistas abominables sino para arrastrarse a sus pies,
                            suplicándoles, con sollozos, que tuvieran piedad del Dios sufriente. </p>
                        <p> No hay poema que pueda compararse con esa genuflexión insensata de todas
                            las naciones ante un rebaño de brutos fangosos, para implorar en <hi
                                rend="italic:true;">Nombre</hi> de la Sabiduría eterna en agonía: </p>
                        <cit><quote source="#oficio_viernes"><p> “<hi rend="italic:true;">¿Quid feci tibi, aut in quo contristavi
                                te?</hi> ¡Pueblo mío! ¿Qué te hice o en qué te contristé?
                            Respóndeme." </p>
                        <p> “Porque te saqué de la tierra de Egipto, preparaste una cruz a tu
                            Salvador..." </p>
                        <p> “Porque te guié cuarenta años por el desierto y te alimenté con maná y
                            te llevé a una tierra muy buena, preparaste una cruz a tu Salvador..." </p>
                        <p> “¿Qué más debí hacer por ti que no haya hecho? Yo te planté como mi viña
                            magnífica, que se volvió para mí muy amarga, pues abrevaste mi sed con
                            vinagre y traspasaste con una lanza el costado de tu Salvador..." </p>
                        <p> “Por ti flagelé a Egipto con sus primogénitos, y tú me entregaste para
                            ser azotado..." </p>
                        <p> “Yo marché delante de ti en la columna de nubes y tú me condujiste al
                            pretorio de Pilatos..." </p>
                        <p> “Yo te sacié de maná en el desierto, y tú me diste bofetadas y golpes de
                            vara..." </p>
                        <p> “Por ti golpeé a los reyes de los Cananeos, y tú golpeaste mi cabeza con
                            una caña..." </p>
                        <p> Yo te di el cetro real, y tú diste a mi cabeza una corona de espinas..." </p>
                        <p> “¿Qué te hice, pues?... oh pueblo mío... Yo te exalté con gran poder y
                            tú me suspendiste en el patíbulo de la Cruz..." <note resp="#ramon_alcalde"
                                n="43"><bibl><title level="a" rend="italic:true;" ref="#oficio_viernes">Oficio del Viernes Santo</title>.
                                Adoración de la Cruz (“Improperios”)</bibl>.</note>
                        </p></quote></cit>
                        <p> Imploración vana y rechazo insultante siempre idéntico. <q>“¿El puso su
                            confianza en Dios. Pues entonces que Dios lo salve ahora, si lo ama, ya
                            que ese salvador de los otros pretendió ser su Hijo!”</q> La amenaza del
                            derrumbe de los cielos no hubiera podido arrancarles otra respuesta. </p>

                    </div>
                    <div n="XXIV">
                        <head>XXIV</head>
                        <p> La raza anatema, pues, fue siempre, para los cristianos, a la vez un
                            objeto de honor y la ocasión de un temor misterioso. </p>
                        <p> Sin duda, el cristiano era parte del rebaño sumiso de la dulce y
                            poderosa <orgName>Iglesia</orgName>, infalible e indefectible, en cuyo seno tenían la
                            seguridad de no perecer; pero sabían también que el Señor no lo había
                            dicho todo, que su revelación parabólica o similitudinaria era
                            penetrable sólo hasta una escasa profundidad... </p>
                        <p> Sentían allí algo que no estaba explicado, que la misma <orgName>Iglesia</orgName> no
                            conocía del todo y que podía ser infinitamente temible... </p>
                        <p> De no ser así, ¿por qué esos furores, esas súplicas? Si alguien tenía la
                            fuerza y la audacia de aventurarse hasta el borde del abismo, de
                            inclinarse sobre el pavoroso embudo de los arcanos no develados, era
                            para morir por el vértigo de sólo imaginar que <placeName ref="#israel">Israel</placeName>, tan <q>“fuerte
                            contra Dios”</q> y que menospreciaba tanto las lecciones de <persName ref="#jesus">Cristo</persName>, era, sin
                            embargo, el único, tal vez, que había tenido verdaderamente el derecho y
                            la desconcertante prerrogativa de exhalar —a partir del quinto milenio
                            de la Catástrofe primordial— la quinta reivindicación del Padre Nuestro: </p>
                        <p> <q>“¿Perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros
                            deudores?"</q> </p>
                        <p> ¿Qué deudas? ¿Qué deudores? Puesto que los hijos de <persName type="biblical_character">Jacob</persName> tienen por
                            acreedor al Pobre —el Pobre que es Hijo de Dios—, ¿por qué no admitir
                            que sean a su vez, en un sentido más misterioso, los acreedores de ese
                            pródigo <persName type="deity">Espíritu Santo</persName>, cuyas Escrituras <persName ref="#jesus">Jesús</persName>, con su muerte, habría
                            dejado <hi rend="italic:true;">protestar</hi>? </p>
                        <p> Y esa misma muerte, obra de ellos, ¿no sería entonces, y por
                            consecuencia, la bellaquería profunda y perfecta, la perversidad <hi
                                rend="italic:true;">en abismo</hi> que la precisión litúrgica ha
                            designado con el nombre muy particular de “perfidia judía”? </p>
                        <p> ¿No se trataba, en efecto —para no salir de las comparaciones abyectas
                            que convienen tan perfectamente al Dios de la abyecta humanidad—, de
                            hacer anticipos al Consolador para obligarlo a <hi rend="italic:true;"
                                >pagar</hi>, con una extremada usura, aunque fuera a veinte siglos
                            de plazo, a expensas del doliente <persName ref="#jesus">Cristo</persName> que continuaría sangrando y
                            muriendo sobre el leño de oprobio, hasta que los exactores crueles
                            consideraran haber percibido todos los intereses? </p>
                        <p> Porque la Salvación no es una broma de sacristanes polacos, y cuando se
                            dice que costó la sangre de un Dios encarnado en la carne judía, eso
                            quiere decir que ella ha costado todo desde los tiempos y desde las
                            eternidades. </p>
                        <p> Recuérdese ese Padre que espera siempre, también Él, y que espera mucho
                            más que nadie, puesto que es el único que conoce el Fin. </p>
                        <p> La historia del Hijo pródigo es una parábola tan luminosa de su eterna
                            Ansiedad beatífica en el fondo de los cielos, que se ha vuelto trivial y
                            ya nadie la comprende. </p>
                        <p> Id a decir, si no, a los católicos modernos que el Padre del que se
                            habla en el relato de <persName ref="#san_lucas">San Lucas</persName>, que reparte la SUSTANCIA <note
                                resp="#ramon_alcalde" n="44"><persName ref="#leon_bloy">Bloy</persName>
                                juega con el doble sentido latino (y griego, <hi rend="italic:true;"
                                    >ousía</hi>) del vocablo = “hacienda, bienes”, conservado en
                                francés y en español, y el filosófico-teológico de
                                “sustancia”.</note>entre sus dos hijos, es el propio <persName type="deity">Jehová</persName>, si es
                            lícito nombrarlo por su Nombre terrible; que el hijo primogénito, que se
                            mantuvo cuerdo y que <q>“está siempre con él”</q>, simboliza, sin lugar a
                            dudas, a su Verbo <persName ref="#jesus">Jesús</persName>, paciente y fiel; y, en fin, que el hijo menor,
                            aquél que viajó <q>“a una región lejana donde devoró su sustancia con
                            prostitutas”</q>, hasta el punto de verse reducido a guardar cerdos y a
                            <q>“desear henchir su vientre de las bellotas que comían esos animales"</q>,
                            significa, muy seguramente, el Amor Creador, cuyo soplo es vagabundo y
                            cuya función divina parece ser, en verdad, al cabo de seis mil años,
                            alimentar a los cerdos cristianos, después de haber apacentado los
                            puercos de la Sinagoga. </p>
                        <p> Agregad, si os divierte, que el Becerro gordo <q>“que se mata, se come y
                            con el cual uno se regala”</q> para festejar el arrepentimiento del
                            libertino, es aún ese mismo <persName ref="#jesus">Cristo Jesús</persName>, cuya inmolación entre los
                            “mercenarios” es inseparable siempre de la idea de emancipación y de
                            perdón. </p>
                        <p> ¡Intentad por un momento hacer penetrar esos símiles grandiosos,
                            familiares cuanto más a algunos leprosos, en la pulpa untuosa y
                            cataplasmática de nuestros devotos acostumbrados desde la infancia a no
                            ver en el Evangelio otra cosa que un edificante tratado de moral, y
                            escucharéis clamores muy bonitos! </p>

                    </div>
                    <div n="XXV">
                        <head>XXV</head>
                        <p> No tengo, ciertamente, motivo para suponer que los cristianos de la <date notBefore="0500" notAfter="1500">Edad
                            Media</date> poseyeran, en general, tan transcendentes percepciones acerca de
                            Dios y de su Palabra. Pero, como no habían visto el <date notBefore="1601" notAfter="1700">siglo XVII</date> ni la
                            Compañía de <persName ref="#jesus">Jesús</persName>, eran simples y cuando no creían con un alma amorosa,
                            creían aun así con un corazón trémulo, como está escrito de los
                            demonios, <note resp="#leon_bloy" n="45"><bibl><title level="a" rend="italic:true;" ref="#epistola_santiago">Epístola
                                    católica de Santiago</title>, <biblScope unit="chapter">2</biblScope>: <biblScope unit="verse">19</biblScope></bibl>.</note> y eso bastaba para que
                            por lo menos adivinaran algo, para que sus temores y sus esperanzas
                            llegaran más allá de los horizontes de dehesa entrevistos por las
                            soñolientas reses de la piedad contemporánea. </p>
                        <p> <q>“No es en broma que te amé”</q>, oyó un día la visionaria sublime de
                            <placeName ref="#foligno">Foligno</placeName>. Esta palabra ingenua cuenta la historia de muchas centenas de
                            millones de almas. </p>
                        <p> La religión no era risible entonces y la Vida divina percibida por
                            doquier era, para esas gentes simples, la cosa más seria, más
                            perentoria. </p>
                        <p> En el Evangelio se habla de cierto <persName type="biblical_character">Simón de Cirene</persName> a quien los Judíos
                            obligaron a llevar la Cruz con <persName ref="#jesus">Jesús</persName> que sucumbía bajo su peso. La
                            tradición nos dice que era un hombre pobre y compasivo, que
                            inmediatamente quiso hacerse cristiano para tener el derecho de llorar
                            sobre sí mismo recordando a la Víctima cuya ignominia había tenido la
                            gloria de compartir. </p>
                        <p> ¿No os parece, como a mí, que tal asistente del Redentor mortificado es
                            una evidente prefiguración de esa <date notBefore="0500" notAfter="1500">Edad Media</date> llena de patíbulos y de
                            basílicas, <note resp="#leon_bloy" n="46"><persName ref="#paul_verlaine">Paul Verlaine</persName></note> de tinieblas
                            y de espadas sangrantes, llena de sollozos y de plegarias, que durante
                            el lapso de mil años cargó sobre sus hombros todo lo que pudo de la
                            inmensa Cruz, caminando así por los negros valles y sobre las colinas
                            dolorosas, criando a sus hijos para la misma angustia y sin tenderse
                            sobre la tierra hasta que éstos habían crecido lo suficiente para
                            relevar fácilmente con su compasión la propia? </p>
                        <p> ¡Prodigiosa, infatigable resignación! <lg>
                                <l>Sin pan a veces, nunca con reposo,</l>
                                <l>Su mujer, sus hijos, los soldados, los impuestos,</l>
                                <l>Los acreedores y las prestaciones</l>
                                <l>Le pintan el retrato cabal de un desdichado.</l>
                                <l>Llama a la muerte. Ella viene sin tardar,</l>
                                <l>Le pregunta qué se ofrece:</l>
                                <l>—Es para que me ayudes</l>
                            <l><hi rend="italic:true;">A cargar nuevamente</hi> este Leño... 47</l>
                                <note resp="#ramon_alcalde" n="47">Juego de palabras con bois = “leña”
                                    y “leño” (= cruz).</note>
                            </lg>
                        </p>
                        <p>
                            <hi rend="italic:true;"><persName ref="#la_fontaine">La Fontaine</persName> se equivocó. No era un haz de
                                leña</hi> lo que los leñadores pedían a la Muerte que les ayudara a
                            cargar otra vez sobre sus hombros. Era el LEÑO de la Salvación del
                            mundo, la “Espe única” del género humano, que los Judíos los obligaban
                            despiadadamente a llevar. </p>
                        <p> Ellos no decían nunca que no, por mucho que estuvieran exterminados de
                            fatigas, envueltos en una perpetua bruma de miserias, y si a veces se
                            rebelaban contra los pérfidos, era, como he dicho, porque estos se
                            negaban a poner fin a las Languideces de <persName ref="#jesus">Cristo</persName>; ¡sentimiento de una
                            ternura inefable que nadie comprenderá jamás! </p>

                    </div>
                    <div n="XXVI">
                        <head>XXVI</head>
                        <p> Cierto es que los Circuncisos mismos están condenados a llevar la Cruz
                            desde hace diecinueve siglos, pero de muy distinta manera. </p>
                        <p> Dije antes que los Judíos de la <date notBefore="0500" notAfter="1500">Edad Media</date>, perseguidos a la vez por
                            todas las jaurías de la indignación o de la generosidad cristianas,
                            tenían aún el recurso de oponerles, echando espumarajos, el <hi
                                rend="italic:true;">Signo</hi> terrífico desenterrado de entre los
                            huesos del primer <persName type="biblical_character">Caín</persName>, en virtud del cual nadie podía exterminarlos con
                            la espada de la Cólera o con la espada de la Dulzura sin ser castigados
                            siete veces, <note resp="#leon_bloy" n="48"><bibl><title level="a" rend="italic:true;" ref="#biblia_genesis">Génesis
                                </title><biblScope unit="chapter">4</biblScope>: <biblScope unit="verse">15</biblScope></bibl>.</note> es decir, sin exponerse a la represalia infinita
                            del Septenario omnipotente a quien los cristianos llaman <persName type="deity">Espíritu Santo</persName>. </p>
                        <p> Ahora bien, el signo con el cual fue marcado el Patriarca de los
                            asesinos y que <persName type="biblical_character">Moisés</persName> no tuvo autorización para revelar, muy bien pudo
                            haber sido el Signo de la Cruz, si tenemos como regla cierta la
                            inspiración perpetuamente reiterativa de los Textos sagrados. </p>
                        <p> Esta historia maravillosa de <persName type="biblical_character">Caín</persName>, de la cual los moralizantes
                            excogitadores de exégesis sólo han sacado la conclusión de que está mal
                            degollar al propio hermano, da, en unos pocos versículos de una
                            concisión estremecedora, el itinerario completo de la Voluntad divina
                            explícitamente declarada en los setenta y dos libros sobrenaturales cuyo
                            conjunto constituye la Revelación. </p>
                        <p> No existe en la Escritura una condensación más prodigiosa. Hasta el
                            punto de que los nombres de <persName type="biblical_character">Abel</persName> y <persName type="biblical_character">Caín</persName>, confrontados, forman una
                            especie de monograma simbólico del Redentor: <hi rend="italic:true;"
                                >Agnus / Bafulans / Ego / Lignum / Crucis / Amanter / Infamian /
                                Nobilitavi</hi>
                            <note resp="#ramon_alcalde" n="49">El cordero, que lleva en hombros, yo, el
                                leño, de la cruz con amor la infamia ennoblecí [Mantengo el
                                hipérbaton latino].</note>, etc., etc. Podría multiplicarse hasta el
                            infinito este juego de iniciales, que hacía las delicias de los
                            maestrescuelas de otros tiempos. </p>
                        <p> Pero se trata aquí de un punto central, del eje de las parábolas
                            futuras, del cubo de las Ruedas de Ezequiel, y si se quiere hablar en
                            serio de esos dos primeros hijos de <persName type="biblical_character">Adán</persName>, que están en el alba de los
                            antagonismos humanos, todas las Ideas esenciales se precipitarán
                            lanzando alaridos... </p>
                        <p> Baste observar que el Señor, <hi rend="italic:true;">no pudiendo hablar
                                sino de Sí mismo</hi>, está necesariamente representado al mismo
                            tiempo por el uno y el otro, por el victimario y por la víctima, por
                            ésta, que no tiene guarda, y por aquél que no es “guarda” de nadie. </p>
                        <p> El inocente <persName type="biblical_character">Abel</persName>, "pastor de ovejas”, muerto por su hermano, es una
                            evidente alegoría de Jesucristo; y el fratricida <persName type="biblical_character">Caín</persName>, maldecido por
                            Dios, errante y fugitivo sobre la tierra, es otra no menos cierta,
                            puesto que, habiéndolo asumido todo, el Salvador del mundo, es, a la
                            vez, la Inocencia misma y el <hi rend="italic:true;">Pecado</hi> mismo,
                            según la expresión de <persName ref="#san_pablo_persona">San Pablo</persName>. <note resp="#leon_bloy" n="50"><bibl><title level="a"
                                    rend="italic:true;" ref="#dos_corintios">2 Corintios</title>, <biblScope unit="chapter">5</biblScope>: <biblScope unit="verse">21</biblScope></bibl>.</note>
                        </p>
                        <p> La aventura del Pródigo, rememorada hace un instante, no es, en el
                            fondo, sino una de las innumerables versiones de esta primera aventura
                            de la humanidad. </p>
                        <p> Es verdad que el compañero de los puercos no mató a su hermano, pero
                            éste es, sin embargo, inmolado bajo la apariencia del Becerro gordo, y
                            el bienvenido porque rizo recibe —también él— de la mano del Padre y
                            Señor algunos signos misteriosos de una muy extraña solicitud... </p>
                        <p> En la inmensa selva penumbral de las Asimilaciones escriturarias, se
                            repite siempre la misma historia y la trama infinitamente complicada del
                            mismo secreto. </p>
                        <p> Bajo el impulso de tan insólitos pensamientos, decir que los Judíos
                            están marcados con la Cruz tanto como los cristianos y tanto como pudo
                            estarlo el Fratricida, es arriesgar, cuanto más, una Perogrullada
                            —escandalosa, convengo en ello, como todas las Perogrulladas. </p>
                        <p> ¿No vemos, en efecto, que al cumplir lo que podía ser imaginado como más
                            idéntico a la carnicería del viejo <persName type="biblical_character">Caín</persName>, ellos determinaron el
                            Cristianismo, tan imposible sin ellos como el “Clamor de la sangre de
                                <persName type="biblical_character">Abel</persName>” sin el primer asesinato? Así como los cristianos llevan la Cruz en
                            resalto sobre sus pechos o en los frentes de sus tabernáculos, ellos la
                            llevan en hueco en sus almas devastadas y en las cavernas peligrosas de
                            sus Sinagogas. </p>
                        <p> Digan lo que digan y hagan lo que hagan, no pueden dejar de ser el
                            entalle del Sello de la Redención. </p>
                        <p> He aquí por qué su repugnante aspecto es más demostrativo que el de los
                            mejores cristianos, que pueden tan fácilmente alterar —por propia
                            voluntad— el relieve de la Efigie salvadora. </p>
                        <p> Esta impronta de labios abiertos, ensanchada como el precipicio del
                            Caos, por la dilatación ecuménica del Catolicismo, ellos intentaron
                            colmarla rellenándola con dinero, y no han logrado sino dar a este
                            cáncer terrible la apariencia de un astro lívido, haciéndose ellos
                            mismos enteramente semejantes a espejos de concupiscencia y de muerte. </p>

                    </div>
                    <div n="XXVII">
                        <head>XXVII</head>
                        <p>¿Osaré yo ahora, aunque sea con timideces de paloma o prudencias de
                            Serpiente, corriendo el riesgo de pasar por un miserable fomentador de
                            sofismas heterodoxos, hablar del conflicto adorablemente enigmático
                            entre <persName ref="#jesus">Jesús</persName> y el <persName type="deity">Espíritu Santo</persName>?</p>
                        <p>Hablé ya de <persName type="biblical_character">Caín</persName> y <persName type="biblical_character">Abel</persName>, del Hijo Pródigo y de su hermano, como hubiera
                            hablado del mal Ladrón y del buen Salteador, que tan extrañamente los
                            evocan.</p>
                        <p>Hubiera podido recordar asimismo la historia de <persName type="biblical_character">Isaac</persName> e <persName type="biblical_character">Ismael</persName>, de <persName type="biblical_character">Jacob</persName>
                            y <persName type="biblical_character">Esaú</persName>, de <persName type="biblical_character">Moisés</persName> y el Faraón, de <persName type="biblical_character">Saúl</persName> y <persName type="biblical_character">David</persName>, y cincuenta otras menos
                            populares, donde la Competencia mística de los Primogénitos y el
                            Segundogénito, decisiva y <hi rend="italic:true;">sacramentalmente</hi>
                            promulgada en el Gólgota, fue notificada a todo lo largo de las edades
                            en el modo profético.</p>
                        <p>Los hermanos anatematizados o perseguidores representan siempre al Pueblo
                            de Dios contra el Verbo de Dios. Es una regla invariable y sin excepción
                            que la Eternidad no cambiaría.</p>
                        <p>Ahora bien, el Pueblo de Dios es el lamentable pueblo de los Judíos
                            particularmente librados al Soplo del Sabaoth que tantas veces los hizo
                            resonar como las arpas de los bosques seculares.</p>
                        <p>Israel está, pues, investido, por privilegio, de la representación y de
                            no se sabe qué muy oculta protección de ese <persName type="deity">Paráclito</persName> errante, del cual
                            fue el habitáculo y encubridor.</p>
                        <p>Para quien no se halla desprovisto de la facultad de contemplación,
                            separarlos parece imposible, y cuanto más profundo es el éxtasis, más
                            unidos aparecen. Esto termina por asemejarse, en la perspectiva de los
                            abismos, a una especie de identidad.</p>
                        <p>Pero he aquí algo singular. La Cruz representa también al <persName type="deity">Espíritu Santo</persName>.
                            ¡Es el <persName type="deity">Espíritu Santo</persName> mismo!</p>
                        <p><cit><quote>"¡La Tierra sabrá un día, para agonizar de espanto que ese Signo era mi
                            Amor, vale decir, el <persName type="deity">ESPÍRITU SANTO</persName> oculto bajo un disfraz
                                inimaginable...!"<note resp="#leon_bloy" n="51"><persName
                                    ref="#leon_bloy">León Bloy</persName>, <bibl><title level="m" rend="italic:true;" ref="#bloy_desesperado"
                                    >Le Désesperé</title>, <biblScope unit="page">p. 367</biblScope>. (<orgName type="editorial" ref="#ed_soirat">Edición Soirat</orgName>)</bibl>.</note></quote></cit></p>
                        <p>La Cruz es un Signo esencialmente Septenario. En consecuencia, los
                            Judíos, tan prodigiosamente armónicos para el <persName type="deity">Espíritu Santo</persName>, cuya voz
                            judía se escucha perpetuamente en el contrabajo de nuestras liturgias
                            porque ese Espíritu sopló sobre ellos como el huracán: los Judíos dan
                            precisamente la Cruz al Verbo de Dios, para que el Amor abrumador esté
                            sobre Él en su forma simbólica más perfecta y más dura.</p>
                        <p>En esta Cruz, por la cual los Siete Días se afligen clavan fuertemente al
                            mismo Verbo de Dios que es el pobre <persName ref="#jesus">Jesús</persName>, como los bárbaros campesinos
                            clavan el ave de la Sabiduría en la puerta de su casa.</p>
                        <p>Lo clavan en forma potente para que no pueda descender sin su
                            permiso.</p>
                        <p>Siete golpes de martillo para la Mano derecha, Siete para la Mano
                            izquierda y Siete más para la espantosa punta astillada que traspasa los
                            dos Pies del Buen Pastor, para que se complete el número significativo
                            de veintiuno, que fue el de los años del irrisorio <persName type="biblical_character">Sedecías</persName>, el del
                            Nombre magnífico <note resp="#leon_bloy" n="52"><hi rend="italic:true;"
                                    >Sedecías</hi> quiere decir “el Justo del Señor”. <hi
                                    rend="italic:true;"/><bibl><title level="a" rend="italic:true;" ref="#paralipomenos">Paralipómenos</title>,
                                <biblScope unit="chapter">36</biblScope>: <biblScope unit="verse">11 y 12</biblScope></bibl>.</note>, a aquel que <q>“no se ruborizó ante el rostro de
                                    <persName type="biblical_character">Jeremías</persName>”</q> cuando subió al trono mancillado de <placeName ref="#jerusalen">Jerusalén</placeName>, cuyo triste
                            pueblo iba a ser hecho cautivo.</p>
                        <p>Pero eso no es todo. La Cruz es innoble, y hace al Verbo de Dios innoble
                            como ella.</p>
                        <p>La Cruz es loca y el Verbo de Dios, por voluntad del pueblo hostil, se
                            convierte en el Esposo de su demencia.</p>
                        <p>La Cruz es débil, capaz sólo de torturar, y la todopoderosa PALABRA
                            encarnada del “Dios de los Dioses”, acostada en sus brazos, se torna
                            débil como ella, incapaz de movimientos y verdugo de los que le son más
                            caros, que deberán “configurarse” a su suplicio...</p>
                        <p>¿Ah, si pudieran ser separados algún día! Pero sólo los Judíos tienen el
                            poder de abrogar la ley de tormento que dictaron, <hi
                                rend="italic:true;">sin saber lo que hacían</hi>, por una asombrosa
                            impulsión de Abajo.</p>
                        <p>La gloria de esa Palabra que ellos desconocieron y el advenimiento del
                            Amor, tan anunciado por sus profetas, no pueden llegar juntos sino el
                            día en que <persName ref="#jesus">Jesús</persName> haya cesado de estar en la Cruz, y eso depende
                            exclusivamente de la Voluntad desconocida que suscitó la malicia de
                            aquellos.</p>
                        <p>Pero era un millón de veces necesario clavarlos previamente el uno al
                            otro con crueldad, para que así fueran milagrosamente certificados, en
                            el futuro, los <hi rend="italic:true;">imposibles</hi> esponsales de los
                            dos Testamentos.</p>
                        <p>Algunos relámpagos más rápidos que la luz: he ahí todo lo que podemos
                            esperar. La Revelación es un firmamento muy pálido, oscurecido por
                            montañas de nubes tenebrosas de donde a veces sale, para volver a
                            hundirse de inmediato, la extremidad del brazo del rayo.</p>
                        <p>En cuanto al Sol, no ha podido todavía reponerse de su emoción del
                            Viernes Santo, y nosotros sabemos que las “iotas o los puntos” no
                            perdonan, que son tan implacables y se dejan penetrar tan poco como los
                            apólogos o las oraciones más grandilocuentes de esa Escritura sellada
                            Tres y Cuatro veces, de la cual tantos cristianos han imaginado tan
                            confortables interpretaciones.</p>

                    </div>
                    <div n="XXVIII">
                        <head>XXVIII</head>
                        <p>Sé muy bien hasta donde debe parecer absurdo, monstruoso y blasfematorio
                            suponer un antagonismo en el seno mismo de la Trinidad; pero no es
                            posible <hi rend="italic:true;">presentir</hi> de otro modo el
                            inexpresable destino de los Judíos, y cuando se habla amorosamente de
                            Dios, todas las palabras humanas parecen leones que se han vuelto ciegos
                            y que buscaran una fuente en el desierto.</p>
                        <p>¡Se trata, a no dudar, de una rivalidad que puede ser concebida por los
                            hombres!</p>
                        <p>Todas las violaciones imaginables de lo que se ha convenido en llamar la
                            Razón pueden aceptarse de un <hi rend="italic:true;">Dios que
                            sufre</hi>, y cuando se sueña en lo que es necesario creer para ser
                            apenas un mísero perro cristiano, no es un gran esfuerzo conjeturar por
                            añadidura <q source="#bloy_desesperado">“una especie de impotencia divina, <hi rend="italic:true;"
                                >provisionalmente</hi> concertada entre la Justicia y la
                            Misericordia con miras a una inefable recuperación de Sustancia
                            dilapidada por el Amor”.<note resp="#leon_bloy" n="53"><bibl><persName
                                    ref="#leon_bloy">Léon Bloy</persName>: <title level="m" ref="#bloy_desesperado">Le Désésperé</title>, <biblScope unit="page">página 51</biblScope>
                                (<orgName type="editorial" ref="#ed_soirat">Edición Soirat</orgName>)</bibl>.</note></q></p>
                        <p>Puesto que desde el comienzo de la vida se nos enseña que fuimos creados
                            a imagen y semejanza de Dios, ¿es tan difícil presumir buenamente como
                            otrora, que en la Esencia impenetrable debe haber algo correspondiente a
                            nosotros, <hi rend="italic:true;">sin pecado</hi>, y que la sinóptica
                            desoladora de los desórdenes humanos no es sino un reflejo tenebroso de
                            las inexpresables conflagraciones de la Luz?</p>
                        <p>Si existe en el mundo un hecho notorio, verificado por la experiencia más
                            rectilínea, es la imposibilidad de consociar y atalajar eficazmente el
                            Amor con la Sabiduría. Los dos incompatibles caballos de tu coche
                            fúnebre se devoran mutuamente desde siempre, ¡oh idéntica Humanidad!...
                            El que pueda entender que entienda, pero seguramente es ahí donde se
                            esconde el Secreto de Dios.</p>
                        <p>Y he ahí que en este momento viene a mí, desde el fondo de los hipogeos
                            de la memoria, un apólogo sublime de <persName ref="#ernest_hello">Ernesto Hello</persName> sobre la Justicia y
                            la Gloria, reduplicativas denominaciones de esos antagonismos
                            eternos.</p>
                        <p>Esta <hi rend="italic:true;">parábola</hi> asombrosa que acaso jamás fue
                            escrita y que verosímilmente su autor no hubiera osado publicar, la
                            comunico de buen grado, casi tal cual me la contó él mismo algunos años
                            antes de morir.</p>
                        <p>El Juez llega a su hora, que nadie conoce. Al acercarse él, los muertos
                            resucitan, las montañas tiemblan, los océanos se desecan, los ríos se
                            disipan, los metales entran en fusión, las plantas y los animales
                            desaparecen; las estrellas, que han acudido desde el fondo de los
                            cielos, trepan unas sobre otras para asistir a la Separación de los
                            buenos y los malos. El terror humano va más allá de lo que puede ser
                            pensado.</p>
                        <p><cit><quote source="#biblia_mateo">—Tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de
                            beber; era peregrino y no me recogisteis; estaba desnudo y no me
                            vestisteis; estaba enfermo y cautivo y no me visitasteis... <note
                                resp="#leon_bloy" n="54"><bibl><title level="a" rend="italic_true" ref="#biblia_mateo">Mateo</title>
                                    <biblScope unit="chapter">25</biblScope>: <biblScope unit="verse">35-36</biblScope></bibl>.</note></quote></cit></p>
                        <p>Es todo el Juicio, espantosamente infalible, espantosamente sin
                            apelación.</p>
                        <p>Por fin, un hombre se presenta, un ser horrible, negro de blasfemias y de
                            iniquidades. Es el único que no ha tenido miedo.</p>
                        <p>Es éste, y no otro, el que fue maldecido con las maldiciones del cielo,
                            maldecido con las maldiciones de la tierra, maldecido con las
                            maldiciones del abismo de abajo. Es aquel por quien la maldición
                            descendió hasta el centro del globo, para encender allí la cólera que
                            debía dormir hasta el Día de la suprema Audiencia.</p>
                        <p>Es el que fue maldecido por los gritos del Pobre más terribles que el
                            rugido de los volcanes, y los cuervos de los torrentes han afirmado a
                            los guijarros rodados en el lecho de los ríos, que había sido
                            verdaderamente maldecido por todos los soplos que pasaban sobre los
                            campos en flor.</p>
                        <p>Fue maldecido por la blanca espuma de las olas exaltadas en la tempestad,
                            por la serenidad del cielo azul, por la Dulzura y el Esplendor, y
                            maldecido, en fin, por el humo que sale de las chozas a la hora de la
                            comida de la gente muy humilde.</p>
                        <p>Y como si todo eso fuera nada aún, fue maldecido, en su infame corazón
                            por AQUEL, que tiene necesidad, <hi rend="italic:true;">eternamente</hi>
                            necesidad, y a quien jamás socorrió.</p>
                        <p>Acaso se llama <persName type="biblical_character">Judas</persName>, pero los Serafines, que son los más grandes de los
                            Ángeles, no podrían pronunciar su <hi rend="italic:true;"
                            >nombre</hi>.</p>
                        <p>Tiene el aire de marchar en medio de una columna de bronce.</p>
                        <p>Nada lo salvaría. Ni las súplicas de <persName type="biblical_character">María</persName>, ni los brazos en cruz de
                            todos los Mártires, ni las alas desplegadas de los Querubines o de los
                            Tronos... ¡Está pues, condenado, y con qué condenación!</p>
                        <p>—<hi rend="italic:true;">¡Apelo!</hi>— exclama.</p>
                        <p>¡Apela!... Ante esta palabra inaudita, los astros se extinguen, los
                            montes descienden bajo los mares, la Faz misma del Juez se oscurece.
                            Sólo la Cruz de Fuego ilumina los universos.</p>
                        <p>¿Ante quién apelas tú de mi Justicia?— pregunta a ese réprobo Nuestro
                            Señor Jesucristo. Es entonces cuando, en el silencio infinito, el
                            Maldito profiere esta respuesta:</p>
                        <p>—¡Apelo DE TU JUSTICIA ANTE TU GLORIA!</p>

                    </div>
                    <div n="XXIX">
                        <head>XXIX</head>
                        <p>Entre todos los prejuicios u opiniones congénitas a los cuales se adapta
                            la muchedumbre, no existe nada tan fuertemente remachado en el alma
                            cristiana como el lugar común architrivial que consiste en explicar la
                            famosa codicia judía y el instinto de mercantilismo universal del pueblo
                            errante por un riguroso decreto que lo castigaría así por haber
                            traficado con su Dios.</p>
                        <p>Incontestablemente, a partir de la venta de <persName ref="#jesus">Cristo</persName> donde ese instinto se
                            desencadenó, los judíos quedaron fijados en su infidelidad, exactamente
                            en el punto matemático en que se consumaba innoblemente su vocación de
                            depositarios de las profecías; del mismo modo que todos los hombres,
                            según la Teología, están irremisiblemente amarrados a la circunstancia
                            precisa del pecado del cual son impenitentes, cuando la muerte viene a
                            sorprenderlos allí.</p>
                        <p>No he dicho jamás otra cosa y hasta creo haber entreabierto bastante
                            sobre los lugares oscuros esta lívida puerta de lo Irrevocable.</p>
                        <p>Pero el “Gusano” de su condenación los roía en <hi rend="italic:true;"
                                >su</hi>
                            <hi rend="italic:true;">interior</hi>, mucho tiempo antes cuando
                            apareció. Porque la esencia de las cosas no se desvía, los más atroces
                            perversos no tienen el poder de suplantar su propia naturaleza y sería
                            contrario a las disposiciones indeclinables de Dios que los Judíos no
                            hubieran sido siempre, <hi rend="italic:true;">sustancial</hi>-<hi
                                rend="italic:true;">mente</hi>, eso que se los ve ser hoy, y ello
                            desde el origen, hasta en los flancos de <persName type="biblical_character">Abraham</persName> que los engendró a
                            todos.</p>
                        <p>La inmensidad de ese Nombre, bendito por sobre todos los nombres, y la
                            imponente santidad del Patriarca nada pueden en ese sentido.</p>
                        <p>Pero, ¿qué digo? ¿No dan precisamente ellas, para pavor del pensamiento,
                            cierta medida apreciable de la caída en torrente de sus innumerables
                            hijos, que no cesan de dar tumbos a través de la historia humana,
                            rebotando contra todas las paredes sonoras?</p>
                        <p>En ese tabernáculo sublime que se llama por la eternidad el “Seno de
                            <persName type="biblical_character">Abraham</persName>” debió existir, desde el primer momento, en estado de
                            indefinible germen, la horrible cizaña de maldición y de asco que
                            cultiva exclusivamente, con tanto celo, la posteridad cadavérica de "El
                            Llamado” de <persName type="deity">Jehová</persName>.</p>
                        <p>En otros términos, aquel que fue designado el “Amigo de Dios para
                            siempre” y que no tuvo jamás su “semejante en gloria”, debía llevar
                            dentro de sí —bajo las especies de la luz— toda la perrería de las
                            usuras y de las cambalacherías de las cuales su lejana descendencia
                            repudiada por el género humano, habría de subsistir en los tiempos
                            futuros.</p>
                        <p>La admirable negociación de la amnistía de <placeName ref="#sodoma">Sodoma</placeName> en el capítulo XVIII
                            del <title level="a" rend="italic:true;" ref="#biblia_genesis">Génesis</title>, es un aplastante ejemplo de
                            ello.</p>
                        <p>Séame permitido, pues, para descargar definitivamente mi alma, citar aquí
                            una paráfrasis un poco más que extraordinaria...</p>
                        <p>El autor, cuyo anónimo he prometido respetar y que es, creo —al mismo
                            tiempo que un pestífero— el último fervoroso de la alta exégesis de los
                            viejos días, aparece aquí como un intratable especulativo <hi
                                rend="italic:true;">de Absoluto</hi>, no consintiendo en desplazarse
                            un solo instante de este punto: que <persName type="biblical_character">Abraham</persName> es absolutamente el <hi
                                rend="italic:true;">Padre</hi> del Hijo de Dios por <persName type="biblical_character">María</persName>, y que es
                            en nombre de la <persName type="biblical_character">Virgen Madre</persName> que le es preciso hablar...</p>
                        <p>Quede bien entendido que esta página se ofrece como esos caracteres en
                            relieve que sirven para la educación literaria de los jóvenes
                            ciegos.</p>
                        <p>Los lectores de tacto lúcido encontrarán en ella, con seguridad, una
                            singular prueba de la <hi rend="italic:true;">judeidad</hi> del
                            Patriarca, que regatea paso a paso —como un Marrano de <placeName ref="#argel">Argel</placeName> o de
                                <placeName ref="#varsovia">Varsovia</placeName> regatearía un sucio harapo— el muy justo aplacamiento de su
                            Señor encolerizado.</p>
                        <p>¡Misericordiosa, adorable judeidad de los comienzos, cuando no existía
                            todavía ni siquiera el nombre de los Judíos y los cabritillos de los
                            pastores podían exultar en colinas llenas de perfumes y de incensarios,
                            que no había profanado la abominación del Pueblo de Dios!</p>

                    </div>
                    <div n="XXX">
                        <head>XXX</head>
                        <head>LA PRIMERA ESPECULACIÓN JUDÍA</head>
                        <p>El clamor de <placeName ref="#sodoma">Sodoma</placeName> y <placeName ref="#gomorra">Gomorra</placeName> se ha multiplicado, dijo el Señor, y el
                            pecado de ellos se ha agravado en extremo. <note resp="#leon_bloy" n="55"
                                    ><bibl><title level="a" rend="italic:true;" ref="#biblia_genesis">Génesis</title>, <biblScope unit="chapter">18</biblScope>: <biblScope unit="verse">20</biblScope></bibl>.</note></p>
                        <p>Esta palabra fue dirigida <hi rend="italic:true;">confidencialmente</hi>
                            a <persName type="biblical_character">Abraham</persName>, a continuación de la promesa de un Hijo, en quien todas las
                            naciones de la tierra serán bendecidas. Promesa que hizo reír a la
                            anciana <persName type="biblical_character">Sara</persName> “detrás de la puerta del tabernáculo”, como había hecho
                            reír, algunos días antes, al centenario <persName type="biblical_character">Abraham</persName>.</p>
                        <p>La risa es muy rara en la Escritura. <persName type="biblical_character">Abraham</persName> y <persName type="biblical_character">Sara</persName> esos dos antepasados
                            de la dolorosa <persName type="biblical_character">MARIA</persName>, Madre de las Lágrimas, son los encargados de
                            inaugurarla, y esta circunstancia misteriosa es de considerar, hasta tal
                            punto que el nombre de la primera rama del roble genealógico de la
                            Redención, en el momento en que este árbol sale de la tierra, es
                            precisamente <persName type="biblical_character">Isaac</persName>, que significa <hi rend="italic:true;">Risa</hi>.</p>
                        <p>Cuando el aire vibra aún con esa risa sorprendente, entonces es el
                            momento en que Dios cuenta a su Patriarca el clamor de las ciudades
                            culpables y comienza la sublime historia de los Cincuenta Justos.</p>
                        <p>La belleza infinita de ese pasaje impone tanto respeto y tan temblorosa
                            admiración, que parece casi imposible esperar que no se blasfemará al
                            intentar comentarlo.</p>
                        <p>Hay que recordar que nos hallamos en el origen de todo y que el Pueblo
                            elegido, vale decir, la <orgName>Iglesia</orgName> militante, acaba de ser convocado.</p>
                        <p><persName type="biblical_character">Abraham</persName>, <hi rend="italic:true;">el Padre elevado de la muchedumbre</hi>,
                            el Hombre único, de quien <persName type="biblical_character">Noé</persName> no era más que la figura, y en cuyo Seno
                            las almas vivientes de los justos deben un día guarecer su gloria;
                            <persName type="biblical_character">Abraham</persName> ofrece la hospitalidad de su tienda a las Tres Personas divinas
                            que se le aparecieron en el <placeName ref="#valle_mamre">valle de Mamre</placeName>, a la hora del gran “fervor”
                            del día. <note resp="#leon_bloy" n="56"><bibl><title level="a" rend="italic:true;" ref="#biblia_genesis"
                                    >Génesis</title>, <biblScope unit="chapter">18</biblScope>: <biblScope unit="verse">1 y 2</biblScope></bibl>.</note></p>
                        <p>En su celo por servirles, el Abuelo de <persName type="biblical_character">María</persName> multiplica los símbolos y
                            las figuras, y, después de una serie de actos que hacen pensar en el
                            Sacrificio de la Misa, termina por <hi rend="italic:true;">quedarse de
                                pie</hi> cerca de ellos, DEBAJO DEL ARBOL, muy cerca de ellos.</p>
                        <p>Es la hora de la renovación de la Promesa. El Señor volverá en el tiempo
                            marcado, y <persName type="biblical_character">Sara</persName>, la habitante del tabernáculo, tendrá un Hijo. <persName type="biblical_character">Moisés</persName>,
                            <persName type="biblical_character">David</persName>, <persName type="biblical_character">Salomón</persName> y los diecisiete Profetas de la ley de espera, no tendrán
                            ya otra cosa que hacer, en adelante, sino repercutir en ecos este
                            anuncio beatífico del nacimiento del <hi rend="italic:true;"
                                >verdadero</hi> Hijo de <persName type="biblical_character">Abraham</persName>, que será el Salvador de los
                            otros.</p>
                        <p>Después de semejante don, en el cual la Ternura infinita, por así
                            decirlo, se agotó, el mismo Señor “no puede” ya ocultar nada a aquel que
                            ama, y le hace conocer su terrible designio de arrasar <placeName ref="#sodoma">Sodoma</placeName> y <placeName ref="#gomorra">Gomorra</placeName>,
                            cuyo <hi rend="italic:true;">clamor</hi> ha subido hasta él.</p>
                        <p>La especie de metonimia escrituraria empleada aquí para expresar la
                            enormidad inaudita del pecado que Dios va a castigar, deja en el
                            pensamiento una singular impresión. Parecería que el crimen tiene una
                            voz como la inocencia, y que la abominación de <placeName ref="#sodoma">Sodoma</placeName> <hi
                                rend="italic:true;">grita</hi> como la sangre de <persName type="biblical_character">Abel</persName>.</p>
                        <p>—Yo descenderé— añade el temible Interlocutor —y veré si sus obras
                            responden al clamor que ha llegado hasta mí; quiero saber si es o no es
                            así.</p>
                        <p>Estas últimas palabras son una provocación inefablemente paternal a la
                            plegaria audaz que vendrá luego. Lo que el Señor quiere <hi
                                rend="italic:true;">ver</hi>, sobre todo, es la humildad de su
                            servidor, humildad que resplandecerá más cuanto más apremiantes sean sus
                            súplicas, y, en apariencia, más temerarias. Para eso <hi
                                rend="italic:true;">desciende</hi>, y ese prodigio de su Gracia es
                            lo que quiere testimoniarse a sí mismo.</p>
                        <p>Para sentir la sublimidad de esta escena no está de más pensar en lo que
                            <persName ref="#jesus">Jesús</persName> expresa tan profundamente cuando habla del “Seno de <persName type="biblical_character">Abraham</persName>”.<note
                                resp="#leon_bloy" n="57"><bibl><title level="a" rend="italic:true;" ref="#biblia_lucas">Lucas</title>, <biblScope unit="chapter">16</biblScope>: <biblScope unit="verse">22 y
                                23</biblScope></bibl>.</note> El Patriarca lleva en sí a <placeName ref="#jerusalen">Jerusalén</placeName>, y suplica con toda
                            la fuerza de la Bendición universal que acaba de recibir, proyectando
                            así esta parábola infinita de proféticos éxtasis que comienza en él, y
                            que, después de franquear toda la <hi rend="italic:true;"
                                >peregrinación</hi> de <persName type="biblical_character">Jacob</persName>, termina con esplendor en el último
                            versículo del “Magnificat”.</p>
                        <p><placeName ref="#sodoma">Sodoma</placeName> es la ciudad del Secreto, y <placeName ref="#gomorra">Gomorra</placeName> la ciudad de la Rebelión.
                                <note resp="#leon_bloy" n="58">Tal es el sentido hebraico de estos dos
                                hombres.</note> Ambas parecen representar dos formas desconocidas
                            del atentado contra el Amor, con agravación especial para la primera, en
                            favor de la cual <persName type="biblical_character">Abraham</persName> intercede particularmente, como si la salvación
                            de los rebeldes dependiera del perdón acordado a los clandestinos y a
                            los idólatras.</p>
                        <p>Como <persName type="biblical_character">María</persName> no debía hablar más que <hi rend="italic:true;">seis</hi>
                            veces en el Evangelio, <persName type="biblical_character">Abraham</persName>, encargado de figurar la Intercesión de
                            esta Madre de los vivientes, sólo pedirá SEIS veces gracia para los
                            culpables, y la pedirá, no para que el crimen sea perdonado, sino para
                            que <q>“el justo no sea envuelto en el castigo del impío"</q></p>
                        <p>—Si hay CINCUENTA justos en la ciudad, en la verdadera Ciudad que será el
                            Corazón de vuestra Madre, ¿no perdonaréis? <hi rend="italic:true;"
                                >Cincuenta</hi> codos hacían todo el ancho del Arca donde la raza
                            humana fue salvada. <note resp="#leon_bloy" n="59"><bibl><title level="a" rend="italic:true;" ref="#biblia_genesis"
                                    >Génesis</title>, <biblScope unit="chapter">6</biblScope>: <biblScope unit="verse">15</biblScope></bibl>.</note> No, en verdad, no es posible que
                            hagáis eso: que exterminéis al justo con el impío, y que el inocente sea
                            tratado como el culpable. Eso no sería digno de vos que juzgáis toda la
                            tierra. No, no podéis, de ningún modo, ejecutar un juicio así.<note
                                resp="#leon_bloy" n="60"><bibl><title level="a" rend="italic:true;" ref="#biblia_genesis"
                                    >Génesis</title>, <biblScope unit="chapter">18</biblScope>: <biblScope unit="verse">25</biblScope></bibl>.</note></p>
                        <p>—Perdonaré por causa de ellos, pronuncia el Señor.</p>
                        <p><persName type="biblical_character">Abraham</persName> se repliega sobre sí mismo. Considera que no es más que “ceniza y
                            polvo”, pero en fin, ya que ha comenzado, ¿por qué no seguirá hablando a
                            su Señor?</p>
                        <p>—¿Y si faltaran cinco, aventura, para que haya cincuenta justos?
                            ¿Destruiríais toda la ciudad porque no hubiese en ella sino CUARENTA Y
                            CINCO justos?</p>
                        <p>El Señor considera, a su vez, que siendo omnipotente puede aniquilarlo
                            todo, pero que harán falta <hi rend="italic:true;">cuarenta y cinco</hi>
                            columnas perfectamente rectas y magníficas para sostener la cúpula del
                            palacio místico de <persName type="biblical_character">Salomón</persName>,<note resp="#leon_bloy" n="61"><bibl><title level="a"
                                    rend="italic:true;" ref="#biblia_reyes">3 Reyes</title>, <biblScope unit="chapter">7</biblScope>:<biblScope unit="verse">3</biblScope></bibl>.</note> y promete no
                            destruir a la ciudad si encuentra en ella cuarenta y cinco justos.</p>
                        <p><persName type="biblical_character">Abraham</persName> habla una tercera vez.</p>
                        <p>Y si no hay más que CUARENTA, ¿qué haréis: Sí, ¿qué haréis Señor? El
                            Diluvio duró <hi rend="italic:true;">cuarenta</hi> días y otras tantas
                            noches, al cabo de los cuales cerrasteis las fuentes del abismo; vuestro
                            pueblo está predestinado a lamentarse <hi rend="italic:true;"
                                >cuarenta</hi> años en el desierto, antes de llegar a la región de
                            su deseo; <persName type="biblical_character">Ezequiel</persName>, el vidente de vuestra gloria y ujier de vuestros
                            Evangelistas, anunciará dentro de algunos siglos la asunción por parte
                            vuestra de la iniquidad de <persName type="biblical_character">Judá</persName> durante los <hi rend="italic:true;"
                                >cuarenta</hi> días de vuestro ayuno,<note resp="#leon_bloy" n="62"><bibl><title level="a"
                                    rend="italic:true;" ref="#biblia_ezequiel">Ezequiel</title>, <biblScope unit="chapter">4</biblScope>:<biblScope unit="verse">6</biblScope></bibl>.</note> ¿Qué haréis de
                            <placeName ref="#sodoma">Sodoma</placeName> si descubrís tantos justos como veces está contenida vuestra
                            incomunicable Unidad divina en el número simbólico de la Penitencia?</p>
                        <p>—Por consideración a los cuarenta, consiento en no castigarla.</p>
                        <p>—No os indignéis, os ruego, recomienda el Patriarca, si hablo otra vez.
                            ¿Qué sucederá si no hay más que TREINTA? Recordad que el Arca, que
                            llevaba en sus entrañas la Reconciliación,<note resp="#leon_bloy" n="63"
                                    ><bibl><title level="a" rend="italic:true;" ref="#biblia_eclesiastico">Eclesiástico</title>, <biblScope unit="chapter">44</biblScope>: <biblScope unit="verse">17</biblScope></bibl>.</note> sólo
                            tenía treinta <hi rend="italic:true;">codos</hi> de altura.<note
                                resp="#leon_bloy" n="64"><bibl><title level="a" rend="italic:true;" ref="#biblia_genesis"
                                    >Génesis</title>, <biblScope unit="chapter">6</biblScope>: <biblScope unit="verse">15</biblScope></bibl>.</note> Fuísteis vos mismo el que dísteis esa medida al justo
                            <persName type="biblical_character">Noé</persName>, y ése será precisamente el número miserable de las piezas de plata
                            que servirán un día para compraros para el Sacrificio, cuando haya en el
                            mundo una total penuria de holocaustos capaces de apaciguaros.</p>
                        <p>—Nada haré, respondió inmediatamente el Señor si encuentro aquí el número
                            de treinta.</p>
                        <p>Insistir más es evidentemente temerario. Un hombre de gran discreción y
                            de fe módica se detendría allí. Sin embargo, <persName type="biblical_character">Abraham</persName> espera todavía. Se
                            dice, como <persName type="biblical_character">David</persName>, que no es posible que Dios se despoje de su
                            misericordia, que se olvide de tener piedad, y que aprisione su
                            clemencia en su furor. <note resp="#leon_bloy" n="65"><bibl><title level="m"
                                    rend="italic:true;" ref="#biblia_salmos">Salmos</title>, <biblScope unit="chapter">77</biblScope> (<title level="m" rend="italic:true;" ref="#vulgata"
                                    >Vulgata</title> <biblScope unit="chapter">76</biblScope>): <biblScope unit="verse">9 y 10</biblScope></bibl>.</note> Entonces, este hombre de todos
                            los <hi rend="italic:true;">comienzos</hi> se resuelve.</p>
                        <p>—Puesto que comencé una vez, hablaré aún a mi Señor. Si no se encontraran
                            más de VElNTE. Si aconteciera que no hubiese más que veinte hijos
                            verdaderamente fieles en el corazón de la Madre que debo daros un día.
                            Si el atrio de vuestro Tabernáculo estuviera sostenido sólo por <hi
                                rend="italic:true;">veinte</hi> columnas de bronce con capiteles de
                            plata cincelada,<note resp="#leon_bloy" n="66"><bibl><title level="a" rend="italic:true;" ref="#biblia_exodo"
                                    >Exodo</title>, <biblScope unit="chapter">27</biblScope>: <biblScope unit="verse">10</biblScope></bibl>.</note> ¿vuestra Morada Inmaculada se
                            desplomaría por ello...? Y eso no es todo, Señor. Sabéis que seréis
                            vendido una segunda vez a los madianitas,<note resp="#leon_bloy" n="67"
                                >“Madián” significa juicio e implica la idea de litigio.</note> vale
                            decir, a gente de justicia, en la persona de mi bisnieto <persName type="biblical_character">José</persName>, y que en
                            esta circunstancia seréis comprado sólo por <hi rend="italic:true;"
                                >veinte</hi> piezas de plata, porque hay que venderos a cualquier
                            precio ¡oh Dios mío!</p>
                        <p>Por deferencia al número veinte, no mataré, dijo el Señor.</p>
                        <p>La Escritura llama a <persName type="biblical_character">Abraham</persName> el “predilecto” de Dios. .. Le queda una
                            última plegaria sobre el corazón. Es preciso que la diga, y es tanto más
                            difícil cuanto es absolutamente semejante a las otras. Pero, después de
                            todo, ¿no es de él de quien debe salir un día Aquella cuyas entrañas y
                            pechos serán llamados bienaventurados? Con tal título, puede osarlo
                            todo.</p>
                        <p>—Os suplico— dice— que no os encolericéis si hablo todavía una vez, una
                            sola vez. ¿Qué decidiréis si encontráis DIEZ justos en ese lugar. . .?
                            ¿No ha de llegar un día en que <hi rend="italic:true;">diez</hi>
                            hombres, en efecto, “diez hombres de todas las lenguas”, llegados para
                            buscar la Faz de Dios, se asirán al ruedo del <hi rend="italic:true;"
                                >Hombre Judío</hi> y le dirán: “Queremos ir contigo, porque Dios es
                            tu compañero...?<note resp="#leon_bloy" n="68"><bibl><title level="a" rend="italic:true;" ref="#biblia_zacarias"
                                    >Zacarías</title>, <biblScope unit="chapter">8</biblScope>: <biblScope unit="verse">23</biblScope></bibl>.</note> ¿Esos diez hombres son tan
                            necesarios para vuestros designios como los Diez Mandamientos de la Ley
                            que escribiréis con vuestra mano en el <placeName ref="#sinai">Sinaí</placeName> formidable?</p>
                        <p>En el luminoso crepúsculo de su oración de profeta, el Patriarca entrevé,
                            sin duda, a esos diez forasteros del fin de los fines... ¡Pero si con
                            todo, se encontraran en <placeName ref="#sodoma">Sodoma</placeName>, ciudad del misterio!. .. ¡el Señor se
                            vería por cierto forzado a perdonar!</p>
                        <p>Y perdona, en efecto, comprometiéndose a no destruir la ciudad si esos
                            diez justos se encuentran allí.</p>
                        <p>Aquí termina el diálogo de la Omnipotencia vengadora y la Omnipotencia
                                suplicante.<note resp="#leon_bloy" n="69"><hi rend="italic:true;"
                                    >Omnipotentia supplex.</hi>Este nombre magnífico de la virgen
                                fue revelado por <persName ref="#san_bernardo">San Bernardo</persName>.</note> El Señor, vencido <hi
                                rend="italic:true;">seis</hi> veces, se marcha y deja de hablar a
                            <persName type="biblical_character">Abraham</persName>, como si temiera ser vencido una <hi rend="italic:true;"
                                >séptima</hi> y no poder luego “reposarse” en su justicia.</p>



                    </div>
                    <div n="XXXI">
                        <head>XXXI</head>
                        <p>Tales son los Judíos, los Judíos auténticos, semejantes en todo a aquel
                            <persName type="biblical_character">Natanael</persName> visto debajo de la emblemática higuera, que hacía decir, pese a
                            todo, a Aquel que se llamó la Verdad: <q source="#evangelio_san_juan">“He aquí un israelita <hi
                                rend="italic:true;">verdadero</hi>, SIN FICCION".<note
                                resp="#leon_bloy" n="70"><bibl><title level="a" rend="italic:true;" ref="#evangelio_san_juan">Juan</title>, <biblScope unit="chapter">1</biblScope>:
                                <biblScope unit="verse">47</biblScope></bibl>.</note></q></p>
                        <p>Tales plugo a Dios formarlos en su origen, y tal no temió configurarse El
                            mismo por amor, en cuanto Hijo de <persName type="biblical_character">Abraham</persName> según la carne, pasible y
                            mortal.</p>
                        <p>He renunciado demasiado, hace ya mucho tiempo, a no desagradar para que
                            me detenga ahora el temor de congestionar a algunos sacristanes fogosos
                            diciendo que Nuestro Señor <persName ref="#jesus">Jesucristo</persName> debió cargar también eso como todo
                            el resto, es decir, con una exactitud infinita.</p>
                        <p>Sin volver a hablar del gran Holocausto que fue evidentemente la
                            “especulación” más audaz que un Israelita haya concebido jamás, no sería
                            muy difícil encontrar en lo <hi rend="italic:true;">exterior</hi> de las
                            palabras infinitamente amables y sagradas del Hijo de Dios cierto
                            vínculo de familia con el eterno espíritu judaico del que borbotea la
                            Gentilidad.</p>
                        <p>El Mayordomo infiel, por ejemplo, ¿no es elogiado precisamente <hi
                                rend="italic:true;">por su fraude</hi> y la inaclarable conclusión
                            de <persName ref="#jesus">Jesús</persName> no es, acaso, el precepto formal <q source="#biblia_lucas">“de hacerse amigos con las
                            riquezas de iniquidad?<choice><sic/><corr>”</corr></choice></q> <note resp="#leon_bloy" n="71"><bibl><title level="a"
                                    rend="italic:true;" ref="#biblia_lucas">Lucas</title>, <biblScope unit="chapter">16</biblScope>: <biblScope unit="verse">9</biblScope></bibl>.</note></p>
                        <p>Es, en suma, la tradicional recomendación de despojar y fe-mentir,
                            antiguamente notificada a los seis mil hebreos del Exodo que se
                            marcharon de <placeName ref="#egipto">Egipto</placeName> cargados de tesoros tomados en préstamo para no
                            devolverlos, ayudados en esto por el Señor mismo, que los protegió en su
                            huida. <note resp="#leon_bloy" n="72"><bibl><title level="a" rend="italic:true;" ref="#biblia_exodo">Exodo</title>,
                                <biblScope unit="chapter">12</biblScope>: <biblScope unit="verse">35 y 36</biblScope></bibl>.</note></p>
                        <p>Identidad perpetua en la profundidad de esos Textos santos, cuyo sentido
                            literal escandaliza a tantos malhechores y cuya sublime interpretación
                            por los símbolos es para siempre inaccesible a todos los
                            escrofulosos.</p>
                        <p>Uno tiene la impresión de caer en un abismo cuando piensa que la palabra
                                <hi rend="italic:true;">Egipto</hi> —“Mizraïm” en hebreo— significa
                            literalmente <hi rend="italic:true;">Angustia o Tribulación</hi>; que el
                            primer <persName type="biblical_character">José</persName>, vendido por sus hermanos, tan claramente figurativo del
                            Verbo hecho carne y que fue obedecido por todo ese reino salvado por él
                            del hambre, <q source="#biblia_genesis">“fue llamado en lengua egipcia Salvador del mundo”</q>,<note
                                resp="#leon_bloy" n="73"><bibl><title level="a" rend="italic:true;" ref="#biblia_genesis"
                                    >Génesis</title>, <biblScope unit="chapter">41</biblScope>: <biblScope unit="verse">45</biblScope></bibl>.</note> y que, <hi rend="italic:true;">por consiguiente</hi>,
                            <persName ref="#jesus">Jesús</persName> mismo, el “consumidor” o concentrador hipostático de las profecías
                            y de los símbolos, exclusivamente venido de su Padre para reinar sobre
                            el universal Dolor, no hizo otra cosa, después de todo, cuando se evadió
                            por el oprobio de su suplicio, que llevarse los tesoros de angustia
                            hereditaria y las economías de tribulaciones que había tomado en
                            préstamo, para no devolverlos jamás, a todos aquellos que habían tenido
                            confianza en él.</p>
                        <p>Después de la desaparición de ese Fallido <note resp="#ramon_alcalde" n="74"
                                    ><hi rend="italic:true;">Banqueroutier. </hi></note> adorable de
                            la desesperación, los Judíos, que acababan de crucificar en Su Persona,
                            <q>“sin saber lo que hacían”</q>, <hi rend="italic:true;">la conciencia misma
                                de su Primogenitura</hi>, continuaron, no obstante, el Instinto de
                            la Raza, que la Encarnación milagrosa había amalgamado de manera tan
                            potente —aunque tan en vano para ellos— con la Voluntad divina... Y ya
                            no quedó en sus manos otra cosa que ese pobre Dinero masacrado que debía
                            reemplazar a su Mesías.</p>

                    </div>
                    <div n="XXXII">
                        <head>XXXII</head>
                        <p>Pero ese instinto de mercantilismo y de trapacería, despojado de sus
                            atinencias misteriosas, no era ya entonces sino una pendiente que se
                            despeñaba hacia los lugares muy bajos de la avaricia y la
                            concupiscencia.</p>
                        <p>La palabra “suplantación” del pobre coloso <persName type="biblical_character">Esaú</persName>, ante quien <persName type="biblical_character">Jacob</persName>, fuerte
                            contra Dios solo, jamás dejó de temblar, y el despojo universal de los
                            Egipcios, se convirtieron en funciones triviales, inadecuadas para
                            prefigurar otra cosa que el Castigo definitivo, cuya <hi
                                rend="italic:true;">forma</hi>, ignorada empero, será tal, que aquel
                            que la conociera por confidencia del <persName type="deity">Espíritu Santo</persName>, sabría,
                            seguramente, el indescifrable secreto del desenlace de la Redención.</p>
                        <p>Indetenibles en su caída, rodaron todo lo que pudieron hasta el más
                            ínfimo peldaño de la Escalera de los Gigantes de la ignominia.</p>
                        <p>No habiendo retenido de su patrimonio soberano otra cosa que el Simulacro
                            del poder, que es la Plata, este metal infortunado se convirtió en una
                            inmundicia entre sus garras de aves de los muertos, y exigieron que <hi
                                rend="italic:true;">trabajara</hi> a su servicio en el
                            embrutecimiento del mundo entero.</p>
                        <p>En el temor de que este servidor exclusivo se les escapara, lo
                            encadenaron ferozmente, y se encadenaron a él con cadenas monstruosas
                            que daban siete vueltas a sus corazones, empleando así su despotismo
                            bravío para convertirse ellos mismos en sus esclavos.</p>
                        <p>Y el alma de los pueblos, a la larga, se enmugreció de su
                            pestilencia.</p>
                        <p>Puesto que habían esperado más de dos mil años una oportunidad para
                            crucificar al Verbo de Dios, bien podían seguir esperando diecinueve
                            veces cien años a que una colosal explosión de la Desobediencia hubiera
                            transformado en puercos a los adoradores de esa Palabra dolorosa para
                            que al menos la piara del “Hijo Pródigo” no faltara a ese <placeName ref="#israel">Israel</placeName> que
                            había disipado su <hi rend="italic:true;">sustancia</hi>.</p>
                        <p>¡Y en efecto, se ha convertido tan completamente en ese pastor!</p>
                        <p>Las naciones cristianas renegadas, invadidas por la lepra blanca de su
                            sucio dinero, le obedecen, y los mercenarios potentados, que
                            descendieron humildemente de sus viejos tronos, se revuelcan a sus pies,
                            en sus deyecciones.</p>
                        <p>Así queda cumplida, en lo absoluto de la irrisión y del sacrilegio, la
                            literal profecía del <title level="a" rend="italic:true;" ref="#biblia_deuteronomio">Deuteronomio</title>:
                            <q source="#biblia_deuteronomio">“Prestarás a interés a muchos y no pedirás préstamo a ninguno. <hi
                                rend="italic:true;">Dominarás a muchas naciones y ninguna te
                                dominará a ti</hi>"</q>.<note resp="#leon_bloy" n="75">Foenerabis gentibus,
                                et ipse a nullo accipies mutuo. Dominaberis nationibus plurimis, et
                                tui nemo dominabitur</note></p>
                        <p>Ese imperio de la plata, que hace fruncir el ceño de indignación al <hi
                                rend="italic:true;">blanco</hi> vicario de <persName ref="#jesus">Cristo</persName> y que se me
                            aparece —creo que harto lo he dicho— como un insondable arcano, es
                            aceptado a tal punto por la descendencia católica de los sublimes
                            desinteresados de la <date notBefore="0500" notAfter="1500">Edad Media</date>, que aquellos que sueñan con la
                            humillación de los Judíos se ven forzados a pedirla en nombre del propio
                            fango, vencido por la cloaca superior de esos verminosos
                            extranjeros.</p>
                        <p><hi rend="italic:true;">Sólo</hi> los amantes de la Pobreza, los buenos
                            menesterosos de la penitencia voluntaria —si alguno queda aún— tendrían
                            acaso el derecho de execrarlos por haber oxidado con plata el viejo oro
                            purísimo de los tabernáculos vivientes del <persName type="deity">Espíritu Santo</persName>; por haber
                            innoblemente amalgamado su alma sórdida con el alma generosa de las
                            naciones sin perfidia que los Santos habían formado <q>“como las abejas
                            forman los panales de su miel”</q>; por haber, en fin y sobre todo por haber
                            —con menosprecio de las Normas eternas y por medio de una espantosa
                            dilatación de la Envidia— sugerido entre los pueblos cristianos la
                            sustitución de los Mandamientos del Señor por los mandamientos
                            fratricidas del Mal Pobre.</p>
                        <p>Porque es indudable que han hecho bajar diabólicamente el nivel del
                            hombre en este último siglo en que su poder de envilecer ha
                            resplandecido tanto.</p>
                        <p>Fue por medio de ellos como se instauró la moderna concepción del Fin de
                            la vida y flamea el crapuloso entusiasmo por los Negocios.</p>
                        <p>Es por medio de ellos como esa álgebra de vileza que se llamó el Crédito
                            ha reemplazado definitivamente al antiguo <hi rend="italic:true;"
                                >Honor</hi>, con el cual se contentaban las almas caballerescas para
                            cumplirlo todo.</p>
                        <p>Y como si ese pueblo extraño, condenado, pase lo que pase, a ser siempre,
                            en cierta forma, el Pueblo de Dios, no pudiera hacer nada sin dejar
                            traslucir de inmediato algún reflejo de su eterna historia, la PALABRA
                            viviente y misericordiosa de los cristianos, que bastaba antaño para las
                            transacciones equitativas, fue nuevamente <hi rend="italic:true;"
                                >sacrificada</hi>, en todos los negocios de injusticia, a la rígida
                            ESCRITURA incapaz de perdón.</p>
                        <p>Victoria infinitamente decisiva, que ha determinado el desastre
                            universal.</p>
                        <p>Abierto el precipicio, las fuentes puras de la grandeza y del ideal se
                            volcaron en él sollozando. La Razón se exfolió como una vértebra herida
                            de necrosis, y cuando la peste judía llegó por fin al tenebroso valle de
                            los escrofulosos, en el punto confluente donde el tifus masónico se
                            lanzaba a su encuentro, un pujante cretinismo desbordó sobre los
                            habitantes de la luz, condenados así a la más abyecta de las
                            muertes.</p>
                        <p>Felizmente, los animales ponzoñosos no se libran jamás de su veneno que
                            los hace reventar a ellos mismos algunas veces, y fue sin duda preciso
                            que Israel se inoculara el cretinismo con el cual gratificó al
                            universo.</p>
                        <p>Y hasta es muy posible que este mal verdaderamente caduco, del cual el
                            imbécil mandil de las Logias es el emblema más expresivo y el síntoma
                            más alarmante, haya sido aceptado por él, en su rabia no aplacada, como
                            un suicidio, como una inmolación necesaria...</p>
                        <p>He ahí, ¡oh gran Dios!, un lastimero consuelo para las sociedades en
                            delicuescencia, enviscadas y confundidas con su vencedor en las
                            hediondas colicuaciones de la irremediable decrepitud.</p>

                    </div>
                    <div n="XXXIII">
                        <head>XXXIII</head>
                        <p>¡Silencio! Una Voz de Abajo. Voz de destierro, infinitamente lejana,
                            extenuada, casi muerta, que parece agrandarse al subir de las
                            profundidades: —La Primera Persona es <hi rend="italic:true;">Aquella
                                que habla</hi> La Segunda Persona es <hi rend="italic:true;">Aquella
                                a quien se habla</hi> La Tercera Persona es AQUELLA DE QUIEN SE
                            HABLA.</p>
                        <p>Esa Tercera Persona soy Yo, <placeName ref="#israel">Israel</placeName>, <hi rend="italic:true;">praevalens
                            Deo</hi>, hijo de <persName type="biblical_character">Isaac</persName>, Hijo de <persName type="biblical_character">Abraham</persName>, generador y bendecidor de
                            los doce Leoncillos instalados en las gradas del Trono de marfil,.<note
                                resp="#leon_bloy" n="76"><bibl><title level="a" rend="italic:true;" ref="#biblia_reyes">1 Reyes</title>, <biblScope unit="chapter">10</biblScope>:
                                <biblScope unit="verse">18-20</biblScope></bibl>.</note> para vigilancia del gran Rey y perpetuo recelo de las
                            naciones.</p>
                        <p>Yo soy el Ausente de todas partes, el Extranjero en todos los lugares
                            habitables, el Disipador de la Sustancia, y mis tabernáculos están
                            plantados en colinas tan lúgubres, que hasta los reptiles de los
                            sepulcros hicieron leyes para que los senderos de mi desierto fueran
                            borrados.</p>
                        <p>Ningún velo es comparable a mi Velo y ningún hombre me conoce, porque
                            nadie, excepto el Hijo de <persName type="biblical_character">María</persName>, ha podido adivinar el enigma
                            infinitamente equívoco de mi condenación.</p>
                        <p>Ya en los tiempos en que yo parecía fuerte y glorioso, en esos antiguos
                            tiempos plenos de prodigios que precedieron al Gólgota, mis propios
                            hijos no me reconocieron siempre, y con frecuencia se rehusaron a
                            recibirme, pues mi yugo carece de dulzura y mi carga es muy pesada.</p>
                        <p>¡Me acostumbré de tal suerte a cargar el Arrepentimiento espantoso del
                            <persName type="deity">Jehová</persName>, <q source="#biblia_genesis">“pesaroso de haber hecho los hombres y los animales"</q>,<note
                                resp="#leon_bloy" n="77"><bibl><title level="a" rend="italic:true;" ref="#biblia_genesis"
                                    >Génesis</title>, <biblScope unit="chapter">6</biblScope>: <biblScope unit="verse">7</biblScope></bibl>.</note> y se ve muy bien que lo cargo de la misma manera que
                            <persName ref="#jesus">Jesús</persName> cargó con los pecados del mundo!</p>
                        <p>He ahí por qué estoy polvoriento de tantos siglos. Hablaré, sin embargo,
                            con autoridad de Patriarca inamisible, investido cien veces de la
                            elocución del Todopoderoso.</p>
                        <p>No amo mucho a mis hijos de <persName type="biblical_character">Judá</persName> y <persName type="biblical_character">Benjamín</persName> por haber crucificado al hijo
                            de Dios. Bien se advierte que son la posteridad de sus dos antepasados,
                            engendrados por mí, y a quienes otrora comparé con dos animales
                            feroces.</p>
                        <p>Pero ellos han sufrido su castigo y yo no rehusé ser el esposo y titular
                            de su excesiva reprobación.</p>
                        <p>Como recuerdo que despojé pérfidamente a mi hermano <persName type="biblical_character">Esaú</persName>, era conforme a
                            la justicia que asumiese hasta mi última descendencia, la complicidad de
                            una perfidia que prepararía la Salvación del género humano, despojándome
                            a mí mismo de la dominación sobre todos los imperios.</p>
                        <p>Cierto es que esos hijos miserables no sabían que cumplían así la
                            traslación de las imágenes y las profecías, y que, por medio de su
                            crimen sin nombre ni medida, se inauguraba el Reino sangriento de la
                            Segunda Persona de su Dios, sucediendo a la Primera, que los había
                            sacado del doloroso <placeName ref="#egipto">Egipto</placeName>.</p>
                        <p>Es preciso que tenga lugar ahora el advenimiento de la Tercera Persona,
                            cuya IMPRONTA llevo en mi rostro, por la cual todos los velos serán
                            desgarrados en todos los templos de los hombres, y todos los rebaños
                            serán confundidos en la Unidad luminosa.</p>
                        <p>Sin embargo, estas cosas no sucederán antes de que se haya visto “la
                            abominación de la desolación en el Lugar Santo”, vale decir, no antes de
                            que los cristianos, reprobadores tan constantes de mi infiel
                            progenitura, hayan consumado a su vez, con un encarnizamiento mayor, las
                            atrocidades de que acusan.</p>
                        <p>Escuchad, ¡oh cristianos!, las palabras de <placeName ref="#israel">Israel</placeName> confidente del Espíritu
                            de Dios: Aquel que es no sabe otra cosa que repetirse a Sí mismo, y el
                            Señor de los Señores tiene siempre sed de sufrir...</p>
                        <p>Cuando el Prometido llamado Consolador venga a posesión de su herencia,
                            será preciso necesariamente que <persName ref="#jesus">Cristo</persName> os haya abandonado, puesto que él
                            declaró que el <persName type="deity">Paráclito</persName> no podría llegar si él no se marchaba
                                primero.<note resp="#leon_bloy" n="78"><bibl><title level="a" rend="italic:true;" ref="#evangelio_san_juan"
                                    >Juan</title>. <biblScope unit="chapter">16</biblScope>:<biblScope unit="verse">7</biblScope></bibl>.</note></p>
                        <p>Porque un día parecerá abandonaros, como su Padre había abandonado a
                            <placeName ref="#jerusalen">Jerusalén</placeName> y él mismo la abandonó, y os veréis entregados, tan
                            rigurosamente como los Judíos, <q source="#biblia_jeremias">“al oprobio sempiterno y a la ignominia
                            perdurable que jamás será olvidada"</q>.<note resp="#leon_bloy" n="79"><bibl><title level="a"
                                    rend="italic:true;" ref="#biblia_jeremias">Jeremías</title>. <biblScope unit="chapter">23</biblScope>: <biblScope unit="verse">40</biblScope></bibl>.</note></p>
                        <p>¿No veis que unos y otros somos desde hoy convivientes del mismo festín
                            de oprobio y que marchamos juntos bajo el látigo del exactor?</p>
                        <p>Después de tanto tiempo que os instruyen, ¿no han comprendido vuestros
                            doctores que las dos hermanas prostitutas de que habla <persName type="biblical_character">Ezequiel</persName> han
                            sobrevivido a <placeName ref="#jerusalen">Jerusalén</placeName> y a <placeName ref="#samaria">Samaria</placeName>; que siguen viviendo en la
                            perennidad del símbolo, y que se llaman hoy la Sinagoga y la
                            <orgName>Iglesia</orgName>?</p>
                        <cit><quote source="#biblia_ezequiel"><p>“Puesto que has andado en el camino de tu hermana, dice a la más joven el
                            Señor Dios, yo pondré su cáliz en tu mano".</p>
                        <p>"Beberás el cáliz de tu hermana, el ancho y hondo cáliz, y estarás en
                            irrisión, en colosal subsanación".</p>
                        <p>“Serás colmada de embriaguez y de dolor por ese cáliz de duelo y
                            tristeza, el cáliz de tu hermana mayor. <hi rend="italic:true;"
                                >guardiana </hi>infiel que se ha mancillado en las inmundicias de
                            las naciones".</p>
                        <p>Lo beberás y lo apurarás hasta la hez, y devorarás sus fragmentos y te
                            desgarrarás los senos...".</p>
                        <p>"Y seréis entregadas las dos al tumulto y al pillaje lapidadas por todos
                            los pueblos y traspasadas por sus espadas". <note resp="#leon_bloy" n="80"
                                    ><bibl><title level="a" rend="italic:true;" ref="#biblia_ezequiel"> Ezequiel</title>. <biblScope unit="chapter">23</biblScope>: <biblScope unit="verse">31-47</biblScope></bibl>.</note></p></quote></cit>
                        <p>Se apartará, pues, de vosotros a distancia de <hi rend="italic:true;">un tiro de piedra</hi>, <note resp="#leon_bloy" n="81"><bibl><title level="a"
                                    rend="italic:true;" ref="#biblia_lucas">Lucas</title>. <biblScope unit="chapter">22</biblScope>: <biblScope unit="verse">41</biblScope></bibl></note> ese Redentor
                            impotente para despertaros, y vuestras almas quedarán desiertas de Él,
                            como los tabernáculos de sus altares el día mortificado del Viernes
                            lamentable.</p>
                        <p>En ese abandono de Aquel que es vuestra fuerza y vuestra esperanza, el
                            universo, humeando todo de horror, contemplará el irrevelable Tormento
                            del <persName type="deity">Espíritu Santo</persName> perseguido por los miembros de Jesucristo.</p>
                        <p>La Pasión recomenzará, no ya en medio de un pueblo feroz y detestado,
                            sino en la encrucijada y en el ombligo de todos los pueblos, y los
                            sabios aprenderán que Dios no ha cerrado sus fuentes, sino que el
                            Evangelio de Sangre que ellos creían el fin de las revelaciones, era a
                            su vez una especie de Antiguo Testamento encargado de anunciar al
                            Consolador de Fuego.</p>
                        <p>Ese Visitante inaudito, esperado por mí durante cuatro mil años, no
                            tendrá amigos y su miseria hará que los emperadores se parezcan a los
                            mendigos.</p>
                        <p>Será el estercolero mismo donde el indigente Idumeo raía sus úlceras.
                            Habrá que inclinarse sobre él para ver el fondo del Sufrimiento y de la
                            Abyección.</p>
                        <p>Cuando se aproxime, el sol se convertirá en tinieblas y la luna en
                            sangre; los ríos soberbios retrocederán huyendo como caballos
                            desbocados; los muros de los palacios y los muros de las cárceles
                            sudarán de angustia.</p>
                        <p>Las carroñas en putrefacción se cubrirán de perfumes poderosos comprados
                            a navegantes temerarios, para preservarse de su pestilencia, y, en la
                            esperanza de escapar a su contacto, los envenenadores de los pobres o
                            los asesinos de los niños dirán a las montañas que caigan sobre
                            ellos.</p>
                        <p>Después de haber exterminado la piedad, el asco matará hasta la cólera, y
                            ese Proscripto de todos los proscritos será condenado silenciosamente
                            por magistrados de una irreprochable dulzura.</p>
                        <p><persName ref="#jesus">Jesús</persName> no había obtenido de los Judíos sino odio, ¡y qué odio! Los
                            cristianos harán la dádiva al <persName type="deity">Paráclito</persName> de lo que está más allá del
                            odio.</p>
                        <p>Es hasta tal punto el Enemigo, hasta tal punto el idéntico de aquel
                            <persName type="biblical_character">LUCIFER</persName> que fue llamado <hi rend="italic:true;">Príncipe de las Tinieblas</hi>, que es casi imposible —aun
                            en el éxtasis beatífico— separarlos...</p>
                        <p><hi rend="italic:true;">El que pueda entender, que entienda</hi>. <note
                                resp="#leon_bloy" n="82">Estas últimas líneas han tenido el honor de
                                conmover al jesuita, que pretendió que eran contrarias al
                                dogma</note> La Madre de <persName ref="#jesus">Cristo</persName> ha sido llamada la Esposa de ese
                            Desconocido, al que la <orgName>Iglesia</orgName> tiene miedo, y seguramente por esa razón
                            la Virgen <hi rend="italic:true;">prudentísima</hi> es invocada con los
                            nombres de ESTRELLA MATUTINA Y VASO ESPIRITUAL.</p>
                        <p>Será preciso, sin embargo, a fin de provocar el "desencadenamiento" del
                            Abismo, que esa <orgName>Iglesia</orgName> de los Mártires y de los Confesores, de hinojos
                            a los pies de María renueve contra el Espíritu Creador —con una pacífica
                            ferocidad— el desencadenamiento de la Sinagoga.</p>
                        <p>Pero el corazón de los hombres se desecaría ante el pensamiento de ese
                            solsticio abrasador del estío del mundo, en que la Esencia misma del
                            Fuego rugirá en las Siete hogueras del Amor victorioso; y en que la
                            avarienta Higuera, tanto tiempo maldita, tanto tiempo regada de
                            inmundicias, se verá al fin obligada a dar el único Fruto de delectación
                            y de consuelo capaz de detener los vómitos de Dios.</p>
                        <p>Será muy sencillo entonces que él descienda, el Crucificado, puesto que
                            la Cruz de su oprobio es precisamente la imagen y semejanza infinita del
                            Liberador vagabundo a quien llamó diecinueve siglos, y seguramente
                            también se comprenderá entonces que yo mismo soy esa Cruz, de la cabeza
                            a los pies.</p>
                        <p>Porque LA SALVACIÓN DEL MUNDO ESTA CLAVADA SOBRE MI, <placeName ref="#israel">ISRAEL</placeName>, y <hi
                                rend="italic:true;">es de Mí de donde debe “descender"</hi>.</p>
                        <closer rend="italic">
                            <dateline>
                                <placeName ref="#antony_francia">Antony</placeName>, 
                                Decapitación de San Juan Bautista, 
                                <date when="1892">1892</date>.
                            </dateline>
                        </closer>
                    </div>
                    <div n="XXXIV">
                        <head>In Excelso</head>
                        <cit><bibl><title level="a" ref="#biblia_ezequiel">Ezéchiel</title>, <biblScope unit="chapter" n="37">XXXVII</biblScope></bibl>
                            <quote xml:lang="la"><p>I FACT EST SUPER ME MANUS DOMINI, ET EDUXIT ME IN SPIRITU DOMINI: ET
                            DIMISIT ME IN MEDIO CAMPI. QUI ERAT PLENUS OSSUBIS.</p>
                        <p>2 ET CIRCUMDUXIT ME PER EA IN GYTO: ERANT AUTEM MULTA VALDE SUPER FACIEM
                            CAMPI, SICCAQUE VEHEMENTER</p>
                        <p>3 ET DIXIT AD ME: FILO HOMINIS, PUTASNE VIVENT OSSA ISTA? ET DIXI: DOMINE
                            DEUS, TU NOSTI.</p>
                        <p>4 ET DIXIT AD ME: VATICINARE DE OSSUBUS ISTIS: ET DICES EIS: OSSA ARIDA,
                            AUDITE VERBUM DOMINI.</p>
                        <p>5 HAEC DICIT DOMINUS DEUS OSSIBUS HIS: <hi rend="italic:true;">Ecce ego
                                intromittan in vos</hi> SPIRITUM <hi rend="italic:true;">et
                                vivetis</hi>.</p>
                        <p>6 ET DABO SUPER VOS NERVOS, ET SUCCRESCERE FACIAM SUPER VOS CARNES, ET
                            SUPEREXTENDAM IN VOBIS CUTEM: ET DABO VOBIS SPIRITUM, ET VIVETIS, ET
                            SCIETIS QUIA EGO DOMINUS.</p>
                        <p>7 ET PROPHETAVI SICUT PRAECEPERAT MIHI: FACTUS EST AUTEM SONITUS,
                            PROPHETANTE ME, ET ECCE COMMOTIO: ET ACCESSERUNT OSSA AD OSSA,
                            UNUMQUODQUE AD JUNCTURAM SUAM.</p>
                        <p>8 ET VIDI, ET ECCE SUPER EA NERVI ET CARNES ASCENDERUNT: ET EXTENTA EST
                            IN EIS CUTIS DESUPER, ET SPIRITUM NON HABEBANT.</p>
                        <p>9 ET DIXIT AD ME: VATICINAER AD SPIRITUM, VACITINARE, FILI HOMINIS, ET
                            DICES AD SPIRITUM: HAEC DICIT DOMINUS DEUS: <hi rend="italic:true;"
                                >quatuor ventis veni Spiritus, et insuffla super interfectos istos,
                                et reviviscant</hi>.</p>
                        <p>10 ET PROPHETAVI SICUT PRAECEPERAT MIHI: ET INGRESSUS EST IN EA SPIRITUS,
                            ET VIXERUNT; STERUNTQUE SUPER PEDES SUOS, EXCERCITUS GRANDIS NIMIS
                            VALDE.</p>
                        <p>11 ET DIXIT AD ME: FILI HOMINUS, <hi rend="italic:true;">ossa hac
                                universa</hi>, DOMUS ISRAEL EST: IPSI DICUNT: ARUERUNT OSSA NOSTRA,
                            ET PERIIT SPES NOSTRA, ET ABSCISSI SUMUS.</p>
                        <p>12 PROPTEREA VATICINARE, ET DICES AD EOS: HAEC DICIT DOMINUS DEUS: ECCE
                            EGO APERIAM TUMULOS VESTROS, ET EDUCAM VOS DE SEPULCHRIS VESTRIS,
                            POPULUS MEUS: ET INDUCAM VOS IN TERRAM ISRAEL.</p>
                        <p>13 ET SCIETIS QUIA EGO DOMINUS, CUM APERUERO SEPULCHRA VESTRA ET EDUXERO
                            VOS DE TUMULIS VESTRIS, POPULE MEUS:</p>
                        <p>14 <hi rend="italic:true;">Et dedero</hi> SPIRITUM <hi
                                rend="italic:true;">hieum in vobis</hi>, ET VIXERITIS, ET
                            REQUIESCERE VOS FACLAM SUPER HUMUM VESTRAM: ET SCIETIS QUIA EGO DOMINUS
                            LOCUTUS SUM, ET FECI, AIT DOMINUS DEUS.</p></quote></cit>


                    </div>

                </div>

                        <div type="text" subtype="crítica" xml:id="zola_texto_citado">
                    <head>Notas manuscritas para <title level="m" ref="#zola_argent">L'Argent</title><note resp="#hugo_savino">Extracto del manuscrito conservado en la <orgName type="library">Biblioteca
                        Nacional de París</orgName>.</note></head>
                    <byline><persName ref="#emile_zola">Emilio Zola</persName></byline>
                            <note type="translator">Traducido por <persName ref="#hugo_savino">Hugo Savino</persName></note>

                    <div type="introduction">
                        <byline><persName ref="#hugo_savino">Hugo Savino</persName></byline>
                        <p>Para un hombre que creyó en la ley, la idea de legado no le es extraña:
                            cosa espiritual recibida de los que vivieron antes. Estas notas son <q>“la
                            prosa de lo que luego será la poesía de los resultados”</q>, su novela <title level="m"
                                rend="italic:true;" ref="#zola_argent">El Dinero</title>. Como el <date notBefore="1801" notAfter="1900">siglo XIX</date> (<persName ref="#balzac">Balzac</persName>,
                                    <persName ref="#stendhal">Stendhal</persName>, <persName ref="#gustave_flaubert">Flaubert</persName>, 
                                        <persName ref="#melville">Melville</persName>, <persName ref="#edgar_allan_poe">Poe</persName>) le sigue hablando a la modernidad, a
                            los pocos textos que se atreven a leer la tradición en lugar de caer en
                            la cita, en la costumbre, nos preguntamos: ¿de quién es prisionero
                                <persName ref="#emile_zola">Zola</persName>? En literatura un
                            prisionero es alguien a quien no se lee o se recluye en los manuales.
                                <persName ref="#emile_zola">Zola</persName> es de los primeros.
                            Quizá, con la publicación de esta lección de escritura, de montaje,
                            llegó el tiempo de ver si es verdad <q who="#georges_bataille">“que ya pasó la hora de jugar el
                            ridículo juego de <persName ref="#emile_zola">Zola</persName> que
                            extraía su grandeza de la miseria de los hombres y permanecía extraño a
                            los miserables”</q> (<persName ref="#georges_bataille">Bataille</persName>). Ahora que la lucha es por los lugares y el
                            dinero es toda la verdad, estas notas y su novela merecen una lectura
                            atenta. Para que el dinero ingrese en la tradición y para entender que
                            la saga de los <orgName type="fictional_family">Rougon-Maquart</orgName> habla de la miseria de los hombres desde
                            la literatura.</p>
                    </div>

                    <div>
                        <head>Plan general de la obra</head>
                        <p>En esta novela, no quisiera terminar en el hastío de la vida (pesimismo).
                            La vida tal cual es, pero aceptada, a pesar de todo, por el amor a ella
                            misma, con su fuerza. En resumen, es lo que yo quisiera que se desprenda
                            de toda mi serie de los Rougon-Maquart.</p>
                        <p>El tratamiento de esta novela será muy simple, sin afectaciones
                            literarias, en lo posible sin descripciones, de un tirón y llena de
                            vida. Un poco lo que hice en Pot-Bouille,
                            pero también menos irónica. Quisiera agregarle uno o dos personajes
                            cómicos, escenas vigorosas y divertidas.</p>
                        <p>En lo que respecta al dinero, ni atacarlo, ni defenderlo. No oponer eso
                            que se llama nuestro siglo del dinero a lo que se designa como los
                            siglos de honor (aquello de otros tiempos). Mostrar que el dinero se ha
                            vuelto para muchos lo más digno de la vida: libera, es la higiene, la
                            limpieza, la salud, casi la inteligencia. Oponer la clase acomodada a la
                            clase pobre. Además, la fuerza irresistible del dinero. No hay otra cosa
                            que el amor y el dinero.</p>
                        <p>De esta manera estaría forzado a entrar en la cuestión social, porque al
                            fin de cuentas ella se resume casi por entero en el tema de la riqueza.
                            Aquellos que tienen y aquellos que no tienen. Dos familias opuestas
                            quizás, o en la misma familia dos ramas, una muy rica, la otra muy
                            pobre, y lo que esto produce en los hábitos, en las maneras de ser, el
                            lado físico, la inteligencia incluso: en los dos extremos.</p>
                        <p>Esto lo podría sacar de los Rougon (?). Por otra parte, como en mi serie
                            no tengo ningún noble, me gustaría introducir el desastre en una familia
                            de muy antigua nobleza, muy digna, muy orgullosa y que un crac acabaría
                            por reducir a la mendicidad.</p>
                        <p>Por último, no olvidar que la cuestión judía se encontrará en el fondo de
                            la novela; porque no puedo abordar la cuestión del dinero sin evocar
                            todo el papel de los judíos, antes y hoy. Tendría pues el triunfo del
                            judío sobre la nobleza, el judío, antes despreciado, rebajado, y que
                            ahora se encuentra encumbrado; en tanto que el noble, que estaba tan
                            alto, ha caído. Pero yo querría que mi hombre fuerte llegue y desplume
                            al judío, o que sea más fuerte que él, o, en fin, algo que muestre la
                            fuerza del dinero por encima de esta cuestión de los judíos, que a mi
                            modo de ver empequeñece todo.</p>
                        <p>Creo que preferiría un hombre de baja condición, empleado de un banquero
                            judío, que se educa con él, que se vuelve banquero a su vez, realiza un
                            negocio colosal, con una idea genial, y se eleva más alto que su patrón
                            (o asociado), y cerniéndose por un instante sobre París, lo conquista
                            todo. De allí, el triunfo sobre el elemento judío (cuya falla buscaré y
                            del cual haré un estudio en pocas palabras). Por otra parte, tengo de un
                            lado a los nobles y del otro, a la familia pobre, lo que me da los dos
                            lados del rostro social.</p>
                        <p>Lado horroroso de la miseria, sin dinero. Lado de la degeneración de una
                            raza, sin dinero. El judío, el dinero viejo. Mi personaje central, el
                            dinero nuevo.</p>
                        <p>Por último, me había prometido darle lugar a un diario, porque todavía no
                            tengo uno en mi serie y además hoy en día, el dinero, sin un diario no
                            se entiende. Sería preciso, por lo tanto, en cierto momento, que mi
                            personaje central comprase un diario, y en él yo podría mezclar al rico
                            o al pobre. Quizás a ambos. Uno, ordenanza u otro empleo ínfimo; el
                            otro, ejercitándose en la redacción (un Coëtlogon). Esto conviene.</p>
                        <p>No veo dónde estaría mi personaje cómico, una figura pintoresca al menos.
                            Debo buscarla.</p>
                        <p>Apenas si tengo a Saccard como héroe central. Un Saccard con otra
                            apariencia, más gordo, restablecido. La mansión del parque Monceau,
                            vendida, totalmente restaurada. Por el lado pobre le daré un hijo de una
                            obrera, lo más bajo que pueda existir (el parecido lo decidirá); y lo
                            habría tenido en los primeros tiempos de su estadía en París. Este hijo
                            podría terminar mal, por falta de dinero. Compararlo con Maxime,
                            ordenado, muy correcto; ver todo esto. Rougon pasaría como está en <hi
                                rend="italic:true;">La curée</hi>. También Sidonie.</p>
                        <p>Saccard sería el socio de un banquero judío; es él quien le robaría una
                            idea y se separaría.</p>
                        <p>No olvidar a la pequeña señora Conin, a quien quiero emplear desde hace
                            mucho tiempo. Igualmente pensar en la razón social “Lys soeurs”,
                            lenceras por ejemplo.</p>
                        <p>Así, retomo a Saccard después de <hi rend="italic:true;">La curée</hi>.
                            Se asoció a un banquero judío para rehacerse. Sin duda haré que deje la
                            mansión del parque Manceau. Tiene una idea, o roba la de su socio,
                            luego, se separa. He aquí un conflicto a causa del dinero, uno queriendo
                            estafar al otro.</p>

                    </div>

                    <div>
                        <p><hi rend="bold:true;">La Unión General</hi>. Bontoux, ingeniero, creo,
                            tenía una cartera llena de proyectos, cuenta que se dejó nombrar
                            presidente del consejo cuando la Unión, naciente, estaba en peligro. Y
                            le dio un impulso formidable, al poner en ejecución sus proyectos. Esto
                            sería muy bueno para Saccard, quien podría tener también todo un
                            conjunto de proyectos. Pero Bontoux montó todo su negocio apoyándose en
                            los católicos, cuyos fondos absorbió. Y me haría falta, hacia el fin del
                            Imperio, algo correspondiente, que vaya con el movimiento político.</p>
                        <p>Es preciso agregar que Bontoux pretende haber caído bajo los golpes de
                            los judíos y de los masones (o gobierno republicano). Así, ¿sobre qué
                            bases podría establecerse Saccard? No hay que olvidar que hice de él un
                            militante bonapartista. Estamos en vísperas del Imperio liberal y de la
                            guerra. Admitamos por un momento que hago de él un autoritario absoluto,
                            contra el Imperio liberal. Se encuentra del lado de la oposición,
                            incluso puede estar con los católicos reagrupados, luego fuera de ello;
                            y tiene en su contra a los hombres que acaban de entrar en el gobierno.
                            Y también a su hermano Rougon, el ministro, que le asestará el último
                            golpe. Por otra parte, los judíos están en su contra, y por consiguiente
                            Alemania, los banqueros de Francfort (?), de modo tal que la ruina de la
                            Unión podrá, según él, ser el preámbulo de nuestras derrotas. Así,
                            Saccard, con una cartera llena de proyectos, funda un banco que se apoya
                            en todas las fuerzas reaccionarias; se pasa al catolicismo a ultranza,
                            primero respetuoso del Emperador, luego en su contra, a favor de Enrique
                            V, ya que el Imperio nuevo lleva a Francia al desastre; por lo tanto,
                            cuando se eleva tiene a los judíos en su contra; después, también al
                            nuevo gobierno, al que le hace la oposición. Todo esto puede arreglarse
                            muy bien, gracias al movimiento liberal de fines del Imperio, que se
                            puede asimilar al movimiento republicano producido después de la guerra.
                            Dilucidar únicamente el negocio con los judíos, en relación con
                            Alemania.</p>
                        <p>Los puntos más importantes de la novela pasan a ser: 1°) Saccard, en busca de dinero, a
                            punto de sucumbir, con una cartera atiborrada de proyectos. Allí,
                            plantear la rivalidad que más tarde estallará con el banquero judío, de
                            quien se separa, para hacerse cargo de <hi rend="italic:true;">La
                                Unión</hi>; 2°) Comienzo y marcha
                            ascendiente de <hi rend="italic:true;">La Unión</hi>, bajo la conducción
                            de Saccard. Ascenso vertiginoso durante dos o tres años; 3°) La crisis, el juego loco al alza, y
                            todo el drama de la Bolsa, con el derrumbe.</p>
                        <p>Esto, me da simplemente un drama de Bolsa. En perfecto, agitado; y es en
                            suma lo que quiero, el tráfico con el dinero. Pero esto no basta,
                            quisiera tener un lugar para el drama pasional. Tengo a Saccard, con su
                            fortuna y su poder en ascenso. Quiero que en un momento tenga a París y
                            al mundo en sus manos. Encontrar la forma para que esto se note. La
                            omnipotencia que da el oro. Quizás sería preciso comenzar con un Saccard
                            totalmente desplumado, sin un centavo, desacreditado, acabado, menos que
                            la nada, menos que un principiante, pero que conservaría la ilusión y la
                            esperanza. Probó todo, y no se hartó; no ascendió lo suficiente, y tiene
                            pocas esperanzas de volver a subir tan alto como ambiciona, y sobre todo
                            de <hi rend="italic:true;">mantenerse allí</hi>: luego del
                            insignificante acontecimiento que va a reubicarlo, a elevarlo, a
                            llevarlo a la cima, bruscamente, no como un Rotschild, después del
                            ahorro de una estirpe de banqueros, sino por él mismo, al modo de un
                            capitán de corsarios que triunfa de un solo golpe. Veo entonces, el
                            primer capítulo en la Bolsa, afuera, sin una gran escena interior,
                            alrededor del Monumento, con Saccard como centro y todo el análisis que
                            hace, lo que yo acabo de decir, plantear toda la filosofía del tema, el
                            dinero rey del mundo. Luego, hacer pasar todos los personajes
                            secundarios, plantearlos, poner en diálogo los diferentes puntos de
                            vista. Toda la novela se desarrolla, y termina sin duda en una celda de
                            Mazas, con el derrumbe. Saccard no tiene ya nada. La magnificencia del
                            pasado, todo lo que ha corrido por sus manos. Y todas las desdichas que
                            ha causado, las ruinas, las lágrimas, las muertes. Y también el bien. No
                            condenar el dinero. Lo peor y lo mejor de las cosas. Las grandes cosas
                            que uno hace con él. Es preciso que alguna vez haya tenido una idea
                            fecunda, y que algunos miserables lo bendigan, y que otros lo maldigan.
                            Por lo tanto, en alguna parte, una obra de caridad, un negocio noble que
                            triunfa. Finalmente, tener este concierto de bendiciones y
                            execraciones.</p>
                        <p>Para la parte pasional, todavía no veo nada claro. Tengo la familia
                            noble, una madre, una hija y un hijo. Me resulta fácil mostrarlos
                            colocando sus últimos recursos en <hi rend="italic:true;">La Unión</hi>
                            y totalmente arruinados.</p>
                        <p>Esto puede ser por consejo de un sacerdote. Tendría la pintura de un
                            interior alegre. La pobreza de una familia noble que salva las
                            apariencias. Y no serán todos hermosos, la hija encantadora, ya madura,
                            raza degenerada. Pero no veo muy bien qué lazos se anudan entre Saccard
                            y ellos. Saccard se interesará en ellos, ¿por qué? Sólo la hija podría
                            interesarle. Al menos haría falta una madre de 60 años y hacer de ella
                            una mujer de honor, de orgullo nobiliario, que se ha matado para criar a
                            sus hijos. Ella quiere preservar el honor del nombre. No hacerlos muy
                            pobres. Hasta ocupar una mansión bastante bien, en el barrio Saint
                            Germain. Y explicar bien en qué situación se encuentran: no la miseria,
                            sino la escasez, pero conservando todavía las buenas apariencias. Para
                            casar a su hija, es preciso darle una dote; por otra parte, su hijo no
                            hizo el servicio militar, es cojo o algo semejante, no hace nada, ella
                            lo aleja de todas las actividades. Todo lo que podría ser, si él tuviera
                            dinero. Todavía hay una granja en alguna parte, que se venderá.</p>
                        <p>En todo esto está metido un sacerdote. Ver cómo entra Saccard. Se vincula
                            con esa gente que se lo impone. De buena fe, toma su dinero para
                            aumentárselo diez veces. Toda la fortuna de ellos está en sus manos.
                            Estudiar la función del dinero con la madre imbuida de las viejas ideas;
                            la vieja Francia con ella. Y Saccard toma a su hijo, y lo pone en un
                            diario; puede escribir, ya que no puede hacer otra cosa y lo pierde;
                            mostrar en qué se transforma ese hijo en su contacto con el siglo. Por
                            otra parte, la hija a quien desea y a quien puede seducir (?).</p>
                        <p>En fin, en el desenlace, el desmoronamiento absoluto de esta familia. La
                            madre sola, expulsada de su mansión, habitando una pieza de alquiler
                            amueblada, y la hija que vuelve y llora, el hijo muerto sin duda, las
                            dos mujeres que sollozan y que sólo tienen la miseria y el abandono.
                            Todo esto no me da una gran pasión central. Será difícil encontrar una y
                            si es preciso me las arreglaré sin ella.</p>
                        <p rend="italic:true">(Páginas 378 a 394)</p>

                    </div>

                    <div>

                        <p>Es preciso ver si no debo poner una mujer en el centro, que conduzca
                            todo. Sin embargo, no lo creo. La idea del dinero debe dominar, y como
                            el dinero da mujeres, me hará falta simplemente una mujer muy cara, muy
                            bella, que Saccard se pagará. Una diosa para este hombre feo. No olvidar
                            todo ese mundo de rameras que merodean alrededor de la Bolsa. Si Saccard
                            se paga una diosa, puedo mostrarlo fracasando con todo su dinero con una
                            muchacha a la que desea. Mi hombre de negocios tramposo sería el
                            personaje cómico, habría que hacer de él un tipo extraordinario. Si es
                            socialista, explicará su socialismo, sin caridad, sin justicia. Está en
                            contra de la caridad cristiana, sólo quiere justicia. Su profesión de
                            comprador de créditos en bloque, en realidad casi un policía recorriendo
                            París, que conoce a todo el mundo. Así es como él conoce al hijo de
                            Saccard; otros episodios, en todos los ambientes. Quizás no haría falta
                            hacer de él un socialista, sino tener un soñador que arregla la
                            sociedad: basta de caridad, sólo la justicia; y la vida admirable de
                            este hombre, la frugalidad, la ausencia de toda necesidad, la indigencia
                            absoluta en medio de la cual hace malabarismos con los millones, es el
                            verdadero sabio, siempre sonriente, que vive en el mundo de las cifras,
                            por encima de las necesidades materiales. Se agota para dar una renta a
                            cada uno, y él se las arregla sin nada. Sería preciso vincularlo a la
                            acción. ¿Quizás podría convertirlo en el hermano del hombre de negocios
                            tramposo? Eso me gustaría mucho: los dos hermanos, viviendo juntos, el
                            menor cuidando al mayor, que es mi soñador, lo que dará a mi
                            sinvergüenza una gran ternura fraterna; no de una sola pieza entonces:
                            bueno para con uno, un lobo para los otros. Y querría esto en todos los
                            personajes de la novela. Para apretar más los lazos, la soberbia mujer
                            que Saccard se pagará en un momento dado podría ser hermana de
                            ellos.</p>
                        <p>El dinero robado o al menos comprado a bajo precio (notas de crédito)
                            después revendido, que sirve para alimentar al noble y dulce soñador,
                            que no se da cuenta. Él es superior.</p>
                        <p>La mujer superior, que Saccard se paga, podría enamorarse de un joven
                            noble, quererlo y hacerle cometer tonterías que lo perderán. Cuidar de
                            resolver bien este personaje, que puede a partir de ahora llegar a ser
                            central.</p>
                        <p rend="italic:true">(Páginas 378 a 400)</p>

                    </div>

                    <div>
                        <p>Mi Drugeon será el personaje pintoresco, casi cómico, y su hermano me
                            dará el socialista. El hijo natural me da la miseria, el vicio y el
                            crimen por falta de dinero, y Maxime puede darme también el vicio y el
                            crimen a causa del dinero, las dos caras de la bajeza humana. El
                            socialista, es la miseria también, pero el dinero del mañana; mientras
                            que mi familia noble, es siempre la miseria, pero el dinero de ayer. Me
                            haría falta por consiguiente otro ángulo, si quiero mostrar la
                            honestidad, la salud, la belleza lograda por el dinero. Esto también
                            podría darme lo que yo quiero: el amor por la vida a pesar del
                            pesimismo; todo se derrumba, pero subsiste la esperanza invencible en la
                            vida que continúa sin cesar. Decir la verdad a pesar de todo y esperar.
                            El amor a la vida por la vida misma. Esto quisiera encarnarlo en una
                            mujer, que haya vivido, de treinta y cinco años, todavía muy bella, muy
                            fuerte (no Pauline, no sacrificios, la vida mediante la rectitud, la
                            franqueza).</p>
                        <p>Ella tuvo algunos amantes, uno o dos, no los oculta, es leal ante todo.
                            Sin sensiblerías, sin prejuicios. Conoce todo lo innoble del hombre,
                            delicada, y se salva de ello a fuerza de franqueza y de coraje. Ha
                            estado casada, le pagaron, pasó por todas las miserias, y sigue siendo
                            alegre, valiente y bella. <hi rend="italic:true;">Ella es la
                                esperanza.</hi> Ama el vivir. ¿Por qué? No lo sabe. Es como la
                            humanidad que vive en la horrible miseria, revigorizada por la juventud
                            de cada generación. A partir del momento en que ella está en la calle, a
                            pleno sol, vuelve a amar, a esperar, a ser feliz. La edad que avanza no
                            le hace mella. Ponerme por entero ahí dentro. Como la humanidad, ella no
                            sabe adónde va, quiere creer que se dirige hacia algo alegre y feliz.
                            Alegre en medio de los desastres y valiente, y sintiendo en ella la
                            esperanza invencible. Ahora sería necesario darle en la novela un papel
                            decisivo, central, y de una importancia capital. Prefiero no mezclarla a
                            Maxime, a quien deseo conservar joven, viviendo cómodamente en su mundo,
                            en oposición al hijo natural de Saccard: las dos podredumbres, con el
                            dinero y sin él. Por lo tanto, si sólo la pongo en la casa de Saccard,
                            lo original sería hacer de ella una mujer que depende de él, una suerte
                            de administradora, de ama de llaves, que gobierna su casa, y que poco a
                            poco tiene en ella un lugar preponderante. Él la consultaría, la
                            respetaría. No querría ni casarse con ella, ni acostarse. Pero sería
                            necesario vincularla íntimamente a la acción, lo que no resultaría
                            cómodo.</p>
                        <p>Para que ejerza su coraje, su aceptación de la vida, sería necesario
                            crear desdichas a su alrededor, al menos tres. Primero su ruina, que la
                            hace entrar al servicio de Saccard, muy triste y que luego da serenidad
                            a su alma. Después, abandonada por un hombre a quien amaba y gracias al
                            cual ha podido ubicarse; y la ruptura que le parte el corazón, pero
                            crisis de la que sale con calma. Después, la ruina de Saccard, por la
                            que puede sufrir, y que supera nuevamente. Pero no sería cómodo
                            mezclarla en el relato, si no la complico con los intereses. No puedo de
                            ninguna manera hacer que se case con Saccard: él no es digno de ella, la
                            ensuciaría. O al menos, si se casa con ella, sería en un acto de
                            abnegación extremo. Quizás podría crear un vínculo entre ellos y la
                            familia noble: una parienta pobre, mal casada.</p>
                        <p>Sería preciso entonces encontrar al hombre a quien ella ame, entre mis
                            personajes. Saccard sería el indicado, pero no es joven y apuesto. Y
                            además, es un bribón. Es difícil que ella se apasione por él. De ser él,
                            ella habría perdido con seguridad su dinero en alguno de sus negocios;
                            después se habría ubicado como administradora en su casa; se habría
                            acostado con él, y él la habría engañado con la mujer comprada. Luego,
                            es afectada por el desastre y es ella quien terminaría el libro con la
                            esperanza. Esto bastaría, incluso se produciría esta singularidad: ese
                            bribón de Saccard amado por una naturaleza profundamente honesta, y
                            amado por su vitalidad, valentía, continua esperanza. Ella tiene treinta
                            y cinco años; él cincuenta. Él, el lobo cerval. Para que ella lo ame, es
                            necesario que vea en él la pepita de oro, el filón que seguiré de un
                            extremo al otro del libro: la idea de caridad que lo hará bendecir por
                            todos. Es ella quien desde el comienzo se ocupa de este asunto, y quien
                            se ocupará también del hijo natural de Saccard. La característica de
                            esta mujer será sobre todo la actividad, y además la bondad. Es preciso
                            que en algún momento se le diga quién es Saccard: sufre mucho por eso,
                            lo ignora y, cuando lo sabe, es preciso que aunque lo sepa no lo deje.
                            La propia esperanza frente al mal. Espera sacarlo de allí, pero llega
                            demasiado tarde para impedir la catástrofe. Por lo tanto, aun cuando
                            conoce todo su terrible pasado, no desespera, y cuenta con llevárselo
                            lejos.</p>
                        <p>Pero no hacer de ella una ingenua, una crédula. Tiene que saber, tiene
                            que darse cuenta, de lo contrario su bondad, su esperanza terminarían en
                            la estupidez. Termina por ver a Saccard tal cual es, y para ella es
                            naturalmente un gran dolor, y también una fuerza el superarlo, el creer
                            todavía en la vida, el no desesperar, el decirse que de todas formas
                            algo bueno debe salir de todo esto: no sabe qué, pero sin embargo
                            espera. Es más original hacer de ella una mujer de baja condición,
                            metida en historias equívocas, que convertirla en una figura impecable
                            en medio de naturalezas nobles. Para que ejerza la virtud lo mejor es
                            ponerla en contacto con cosas y gente dudosa.</p>
                        <p>Esto completa bastante mis personajes. Tengo a esa mujer, que llamaré sin
                            duda con un nombre propio, por ejemplo, Mme. Caroline. Ella me dará una
                            mujer en la vida de Saccard; y se opondrá a la <hi rend="italic:true;"
                                >cocotte</hi> rica, bella interesada, que terminará vendiéndose.
                            Será un poco como en el coro antiguo, el personaje que juzgará, que
                            representará la bondad, la justicia, por encima de todas las
                            calamidades; sobre todo la esperanza en la vida, en medio de la
                            confirmación del pesimismo. Haré de ella una Maintenon, burguesa, pero
                            una Maintenon como yo la entiendo. Este es su final; en la ruina, la
                            esperanza, el deseo de vivir. Va a ver a Saccard a la cárcel de Mazas, y
                            sus lágrimas a causa de los desastres, un poco de sol en la tormenta, y
                            además su esperanza. </p>

                        <p rend="italic:true">(Páginas 404 a 412)</p>
                    </div>
                    <div>
                        <p>La psicología de mi Saccard. Querer ganar dinero, ¿por qué? No como
                            Grandet para ocultarlo. Saccard, quien ha hecho muchos chanchullos,
                            tiene pasión por el agio. Varias veces, ha llegado a tocar el poder
                            mediante el dinero, pero jamás lo tuvo de manera sólida, definitiva; de
                            ahí, su furia. Cuando lo tomo, una vez más arruinado, en la calle,
                            frente a la Bolsa, le doy el furor interior del hombre que anhela tanto
                            más conquistar cuanto que la conquista debe emprenderse nuevamente. Por
                            cierto, quiere tener dinero, para satisfacer sus necesidades, para gozar
                            del lujo y de las mujeres, sobre todo para ser el amo de París, para
                            deslumbrarlo, ahogarlo en una lluvia de oro. Y por consiguiente,
                            apetitos, necesidades de lujo, de mujeres. Pero también está la pura
                            alegría de pelear, la conquista por la conquista misma, esa alegría del
                            jugador, gane o pierda. Está en su elemento, allí vive más intensamente.
                            Por último, esta alegría de la acción aumenta a causa de las venganzas
                            que debe cumplir. Un príncipe de las finanzas, un judío, lo arruinó, y
                            sólo sueña con atacarlo: por un momento, es preciso mostrarlo a punto de
                            destruirlo. Se embriaga con su triunfo, cree que lo hará saltar o al
                            menos que lo hará vacilar.</p>
                        <p rend="italic:true">(Páginas 423 y 424)</p>

                    </div>

                    <div>
                        <p>Además yo podría utilizar la historia de Du Camp: una rivalidad entre
                            Saccard y un magistrado, un procurador imperial. Este habría sorprendido
                            a Saccard en la casa de una amante a quien él mantenía; y las penosas
                            explicaciones y Saccard que queda como dueño del lugar. Más tarde, el
                            procurador se convierte en Ministro, justo en el momento de la caída de
                                <hi rend="italic:true;">La Universal</hi> y es quien hace enjaular a
                            Saccard. ¿No podría mezclar las dos cosas? Mi jugadora sería la amante
                            del procurador, extraordinariamente rica, pero que pagaría bastante mal
                            sus diferencias (es una lástima que el juego no baste). Ella aceptó al
                            procurador para que pague: embolsa el dinero y ni siquiera se lo da al
                            agente de cambio (muy mala clienta). De ahí, su jugada con Saccard, por
                            la información y por el dinero; y ella se hace descubrir. Por
                            consiguiente, una vez ministro, el procurador se venga. Y es así que su
                            pasión mata a Saccard, después de haberlo elevado. Rougon dejará hacer
                            para desembarazarse de Saccard. Esta vez, todo eso funcionará bien. Al
                            comienzo, debo mostrar a la baronesa Sandorff en su coche detenido en la
                            calle del Banco; y al corredor de agente de Bolsa que va a recibir sus
                            órdenes: Saccard sabe por el corredor que el procurador la mantiene. Por
                            último poner esto; y sólo la cabeza que sale por el coche. Me gustaría
                            que fuese el corredor, futuro director del diario, quien la impulsa,
                            mientras que el verdadero corredor va a recibir sus órdenes.</p>
                        <p rend="italic:true">(Páginas 455 a 467)</p>

                    </div>

                    <div>
                        <head>II. Algunos personajes</head>
                        <p>Paul Jordan, 26 años.— Un muchacho grande, moreno, bigotes finitos.
                            Apariencia decidida y voluntariosa. No rehacer demasiado a Sandoz, sino
                            crear una figura de este tipo. Muy alegre y valeroso. Quiere hacer
                            literatura, teatro, y como no tiene un centavo, hace periodismo mientras
                            espera: lo que sea, todo lo que concierne a su profesión, desde los
                            hechos diversos y los tribunales hasta las crónicas y los grandes
                            estudios literarios. Llegará.</p>
                        <p>Se casó con Marcelle por amor, sin un centavo de dote. Hijo de una
                            familia arruinada: hijo de un banquero que se ha suicidado después de
                            una conmoción en la Bolsa. Tiene horror por los negocios, por
                            temperamento y porque los odia. La madre murió de pena. No tiene ni un
                            centavo. Debía casarse con Marcelle cuando era rico. Luego los padres
                            trataron de impedir el matrimonio, pero Marcelle se resistió. Y ellos
                            consintieron, con la condición de no dar un centavo; lo que entraba
                            totalmente en las ideas de Jordan. Ellos dicen que este poeta (comenzó
                            por un libro de versos) se comería el dinero de su hija. Más tarde, ella
                            tendrá todo.— Y cómo la pareja se instaló, sin nada. Son muy
                            encantadores.— Tenían, él 16 años y ella 12 cuando los pusieron de
                            novios: hace diez años de esto, y ella no ha cedido. El padre de Jordan
                            se suicidó hace nueve años, las deudas de Jordan vienen de esa época,
                            entre los 18 y los 20 años (se ha mudado con frecuencia). Después, entra
                            como empleado en la administración pública; se queda allí hasta los 25
                            años, y ahora acaba de dejar todo para dedicarse a la literatura. No ha
                            dejado de ver a Marcelle. Ella es fiel.</p>
                        <p>Quiero salvarlo al final, el éxito de una obra en la que trabaja además
                            de hacerlo en el diario, sobre la gente de la Bolsa sin duda. No, eso
                            sería estúpido. Una obra pasional, idea que hay que encontrar. En todo
                            caso, la literatura triunfa.</p>
                        <p>Viven en la avenida Clichy. Definitivamente lanzado. Un escritor que
                            atraviesa, escéptico, este mundo de las finanzas, con desdén por el
                            dinero.</p>
                        <p rend="italic:true">(Páginas 324 a 326)</p>

                    </div>

                    <div>
                        <p>Gundermann, 60 años.— El tipo conocido del judío de Francfort. Bajo y
                            rechoncho, cabeza gruesa y cuadrada, con grandes orejas. Nariz enorme,
                            ojos saltones, muy calvo. Grandes y sólidas mandíbulas. No lo haré
                            hablar con acento. Sacar todos los detalles acerca del barón de
                            Rothschild (de Feydeau y de otros). Instalarlo en una vieja e inmensa
                            mansión de la calle Provence. Está casado, tiene 5 hijas y 5 hijos. Tres
                            de sus hijas y 3 de sus hijos están casados y ya tiene 14 nietos. Eso
                            hace pues, con sus yernos y nueras, una familia de 29 personas, a
                            quienes aloja en su mansión, a todos: si se lo cuenta a él y a su mujer,
                            son 31. La vida familiar de toda esa gente. Dos de sus hijos y uno de
                            sus yernos lo ayudan; los otros hacen otras cosas.— Gundermann, muy
                            afectado por una enfermedad en el estómago, sólo soporta la leche.
                            Además, sin pasión, jamás tocó a otra mujer que no fuera la suya, y no
                            podría hacerlo. Sin embargo, trabajando desde las seis, lleva una vida
                            de perro, nunca la disfrutó y sigue sin disfrutarla. Sumergido en un
                            trabajo, que ni siquiera uno de sus empleados haría. Enorme fortuna, lo
                            único que hace es jugar con sus capitales; de ahí la base sólida de sus
                            operaciones. Oponerle por lo tanto a un Saccard apasionado: un ser frío
                            y acumulador.</p>
                        <p rend="italic:true">(Páginas 341 y 342)</p>

                        <p>Massias, 30 años.— Corredor de agente de bolsa. El prototipo del
                            corredor. Busnach, Becque, otros. Un joven fuerte, apoplético,
                            rubicundo, de labios rojos, con grandes ojos azules y saltones. Alegre,
                            pero con una suerte negra. Sufre todas las humillaciones de la
                            profesión. El corredor, el viajante de comercio en valores de Bolsa. No
                            triunfa, no triunfará jamás. Juega y pierde. Hago de él un católico, que
                            se pelea siempre con la Bolsa, y que no puede hacer otra cosa, pues,
                            está metido ahí dentro. Condenado a ser corredor de agente de bolsa a
                            perpetuidad.— Para darle algo de movimiento a este personaje, mostrarlo
                            al comienzo con alguna esperanza; después, altibajos, y poco a poco
                            caído; y por último la convicción de que llevará eternamente esta cruz a
                            cuestas, tocando siempre la fortuna, sin alcanzarla.— Francés, católico,
                            lo que no le resulta divertido.</p>

                        <p>Lo haré un poco venido a menos, hijo de un magistrado de Lyon que terminó
                            mal. Hizo estudios incompletos de abogacía, o incluso se recibió, se
                            descorazonó y se encontró metido en la Bolsa. </p>
                        <p rend="italic:true">(Páginas 353 y 354, B.N. 10268)</p>
                    </div>

                    <div>
                        <head>III. La política</head>
                        <p>Mantengo la aventura de México como detalle de fondo. Por otra parte,
                            tengo el empréstito mejicano de 1865; y sobre todo quiero tener la
                            muerte de Maximiliano, estallando como una nota lúgubre en medio de las
                            fiestas de la Exposición. Mantener también la cuestión de Roma, de la
                            cual tengo necesidad para un Banco Mundial. El Papa está siempre en
                            Roma, pero el Emperador comienza a abandonarlo, cuando el 15 de
                            septiembre de 1864 firma la convención por la cual debe retirar el
                            ejército francés en un plazo de dos años. A partir de ese momento, los
                            clericales endurecen sus posiciones en contra del Imperio. Sus temores
                            aumentan después de Sadowa. Thiers defendía el poder temporal. Rouher
                            también y su “¡Jamás!” en diciembre de 1867.</p>

                        <p>Si quiero que Saccard, de acuerdo con mi ingeniero, sueñe con la
                            instalación del Papa en Jerusalén, es preciso entonces que él prevea el
                            porvenir, la hora en que el Papa será expulsado de Roma, ocupada por
                            Italia. Es un sueño: el Papa yéndose allá lejos, una Jerusalén comprada
                            nuevamente a los turcos, con vías férreas atravesando el país. Un banco
                            que asegura su vida. Me harían falta también tres o cuatro negocios
                            preparatorios, ferrocarriles, un conjunto de minas, una sociedad de
                            transportes. Mi ingeniero habría viajado con su hermana allá lejos, a
                            África, a Egipto, a Palestina: la conquista de Oriente, una nueva
                            cruzada. Entonces, tres o cuatro negocios de zapa, luego el golpe del
                            Papa, pero en sueños.— Los negocios podrían ser, repito, un negocio de
                            ferrocarriles, lejos, un negocio de buques transatlánticos, por todos
                            los puertos del Mediterráneo, un negocio de centralización de minas, un
                            negocio de explotación de un producto. Y entonces tengo este sueño de
                            Oriente en mi mujer central, porque ella conocería muy bien el país.</p>

                        <p>Pero, lo que aún me molesta, es el empleo de mi ministro Rougon. Al
                            término de <hi rend="italic:true;">Son Excellence Eugène Rougon</hi>, lo
                            mostré abandonando el Imperio autoritario para defender el Imperio
                            liberal que comenzaba. Es pues Rouher, poderoso y aburrido. Pero, como
                            Rouher, lo mostraré atacado por el tercer partido que se forma (Ollivier
                            y los otros). Si bien pudo dejar el Imperio autoritario, hay abandonos
                            que no se anima a hacer, y un día, en 1869, el Emperador lo echa. Está
                            en lucha con el partido parlamentario que crece; y por otra parte,
                            combate también al clericalismo muy ardiente, hace concesiones a uno y
                            otro partido, muchas veces para mantener su equilibrio. No puedo
                            entonces imaginar que, en 1868 cuando grita “¡Italia no se apoderará
                            jamás de Roma!, ¡Jamás! Francia no soportará nunca esta violencia
                            cometida en contra de su honor y de la catolicidad” él está seguro que
                            ella se apoderará de Roma (en septiembre de 1870), y deja que su hermano
                            se hunda para acabar de una vez con los católicos. Saccard se ha
                            separado de él en el transcurso del libro, y, al final, Rougon lo
                            abandona. Veamos, sería necesario resolver cuidadosamente las relaciones
                            entre los dos hermanos.</p>

                        <p>La banca judía. Querría interesarla en el movimiento político. Creo que
                            lo más simple sería hacer de mi banquero judío, un judío de origen
                            prusiano que hace votos por el triunfo de Alemania, lisa y llanamente, y
                            que la sostendría de buen grado con su dinero, pero siendo lo
                            suficientemente prudente como para no descubrirse. En el golpe de Bolsa
                            después de Sadowa, no es advertido, pero sabía por sus informaciones que
                            los Austríacos serían derrotados, y por fuerza tuvo que jugar a la baja.
                            Pero no podía prever la decisión del Emperador de Austria que cedió
                            Venecia a Napoleón III. Rougon se lo hace saber a Saccard, el judío
                            pierde de 8 a 10 millones; y su odio contra Saccard, incluso contra
                            Rougon. Ya me la pagarán. Y es él quien obliga a Rougon a ejecutar a
                            Saccard. Rougon lo hace para salir del apuro, seguro de que Saccard no
                            hablará. Al fin, dejan escapar a Saccard, a menos que muera. El judío
                            triunfa más de lo que prevé en 1870. Al término, algunas palabras suyas
                            que anuncian la futura grandeza de Alemania.— Entonces hago de mi judío
                            simplemente un Prusiano, nacido en Francia, por ese mismo hecho
                            naturalizado.</p>
                        <p rend="italic:true">(Páginas 54 a 57)</p>
                    </div>

                </div>
            </div>
            
            <div type="prose" subtype="cuento">
                
                <head>El hombre de los gansos</head>
                <byline><persName ref="#luis_gusman">Luis Gusmán</persName></byline>
                
                <p> Desde mi habitación puedo oír el graznido de los gansos. De modo que éste es el
                    lugar que he elegido para morir. Grises, los veo agitar sus plumas, sumergir sus
                    cuellos en el agua y al emerger sacudirlos con violencia. Han repetido este
                    movimiento durante horas para iniciar después un recorrido simétrico, prolijo, y
                    posteriormente retornar al mismo lugar. De manera que estas aves oficiarán de cortejo
                    fúnebre. Se diría que vigilan mi propia muerte, ya que al menor ruido dejan escapar
                    sus ayes lastimeros.</p>
                <p> Es al anochecer cuando comienzan sus graznidos inquietantes. Es como un llamado
                    desde el fondo de las aguas. No lo había escuchado antes, nunca había vivido en una
                    granja. Sólo los recuerdo muertos, colgando fríos de algún gancho de carnicería. Por
                    otra parte siempre los confundí con los patos, dicen que su hígado es muy valioso, no
                    su corazón.</p>
                <p> Hace un mes que estoy en este lugar. Después de mi acceso de ira en el cementerio
                    decidí buscar refugio en este sitio. Sé que a los que le trasplantan algún órgano no
                    viven mucho tiempo, no veo por qué el corazón habría de ser una excepción. No puedo
                    soportar el secreto que ese hombre se llevó a la tumba. En el cementerio los deudos
                    fingían indiferencias. No querían hablar de la cuestión, había sido una voluntad del
                    difunto, ellos la respetaban como respetaban su secreto. Entonces no era un silencio
                    sepulcral, sino un vulgar silencio y para más vulgar, parecía ser un silencio de
                    familia.</p>
                <p> Por otra parte, no fui yo el que eligió este destino. Mi mujer y esa anciana que
                    hace años la acompaña, creo que su madre, decidieron por mí. Ahora me he marchado y
                    soy para ellas un número de una casilla de correos. Por caridad y sabiendo que voy a
                    morir, envían algún dinero. Debía asistir semanalmente a un médico para hacer un
                    tratamiento especial, pero no pude resistir y me marché sin avisar a nadie.</p>
                <p> Reuní todos los papeles, hasta el mínimo recorte que poseía de ese hombre y vine a
                    encerrarme hasta que los latidos comiencen a precipitarme hacia el final. Como los
                    gansos no he avanzado mucho, nado siempre en el mismo sitio y con los días el agua
                    comienza a podrirse lentamente.</p>
                <p> Cada día lo dedico a estudiar la vida de ese hombre del que he recibido su corazón.
                    Me doy cuenta que su alma, o tal vez su carne, encierran algún pecado oscuro; a punto
                    tal que lo imagino un individuo sumiso, un hombre servil, un intrigante de pequeños
                    favores, digno de una historia de marinos donde siempre hay un alma arrepentida
                    buscando olvidar algún acto de cobardía.</p>
                <p> Anoche he tenido un sueño, se podría decir que fue una pesadilla; creo que a partir
                    de ahora sólo me esperan pesadillas. Había un gran baile, las damas y los caballeros
                    vestían galas, tal vez por eso era como si flotasen en el aire. Para llegar hasta ese
                    baile esperaba un tranvía y cada número que aparecía me llevaba por un recorrido
                    distinto. Ciertas damas se inclinaban al costado de las vías mientras una trataba de
                    recoger un pétalo caído entre los adoquines. Los edificios arrojaban las vías a una
                    línea de sombras. Un tranvía se había detenido y una de las damas se aprestaba a
                    cruzar la calle. La presencia de faroles iluminados oscurecía el sueño. Todo estaba
                    muy quieto y el reloj de la estación se había detenido en una hora borrosa. En un
                    fondo de montañas, lejana se podía ver la cúpula de una iglesia. Tal vez las mujeres
                    habían descendido de las montañas y sus pasos pequeños se habían demorado en llegar.
                    Una de ellas caminaba llevando entre sus manos un corazón palpitante. Fue ahí que
                    recordé el relato de la videncia. Una mujer que camina hacia una iglesia para hacer
                    un mal. Camina por una calle cubierta de pétalos. Fue entonces que dudé entre si la
                    mujer caminaba hacia la iglesia o regresaba de ella.</p>
                <p> Mi corazón latía entre esas manos, bastaba que lo dejara caer para que estallara
                    entre los adoquines de esos arrabales. Mi vida dependía de la que, en videncia,
                    transitaba entre tranvías inmóviles, y lo que hacía palpitar aún más mi corazón era
                    que su mirada no estaba perdida sino que parecía conocer un rumbo fijo. Nunca
                    llegaría a ese baile. De pronto, la dama en videncia subió a uno de los tranvías y
                    éste se puso en movimiento. Desde la ventanilla engalanada la pasajera me hizo un
                    saludo con las manos. El tranvía, silenciosamente, desapareció en las sombras. Detrás
                    del tranvía que se había marchado, apareció un espacio iluminado por un palacio.
                    Entré al salón y frente a un espejo me apoderé de uno de los brazos de las bailarinas
                    y comencé a roerlo parsimoniosamente. No me sorprendió darme cuenta que ese brazo era
                    un choclo dorado cubierto de granos que mi boca desgajaba sin odio sino, se diría,
                    hasta con cierta dulzura.</p>
                <p> Me desperté y fui corriendo hasta la ventana. Allí seguían esas aves extrañas
                    realizando su morosa ceremonia. Decidí que debía informarme sobre las costumbres de
                    esas aves. Morirían en el agua y sus plumas se esparcirían permaneciendo para siempre
                    en ella, mientras sus cuerpos se hundían lentamente en el estanque. Recordé las
                    figuras embalsamadas con que un curandero adornaba una repisa y me pareció divisar la
                    figura de un ganso. Recordé vagamente un cuento en que una mujer embalsama un ave en
                    el momento de su muerte para donarla al altar de la que era devota. Creo que su
                    nombre era Corazón Sencillo. Recordé los brillos en sangre de un ave chillona y de
                    plumas verdosas que había encontrado la muerte en la loza blanca de un baño de
                    damas.</p>
                <p> Pensé que los granos dorados pertenecían a buches engordados para el sacrificio.
                    Bolsas transparentes que van cobrando las formas del tiempo que le falta para la
                    muerte. La mano del matarife se acerca y soba esa carne colgante de manera más
                    cariñosa que técnica, como agradeciendo que se hayan alimentado con resignación;
                    porque le bastaría mirarlos para calcular los días justos que les quedan de vida,
                    fecha que aparece ya marcada por una cruz en su almanaque; sin embargo, es necesario
                    que esa mano carnosa tantee diariamente el garguero. Creo que suelen emborracharlos.
                    Los alimentan a pequeñas dosis de vino. Viven en brumas hasta el momento de su
                    muerte.</p>
                <p> No sucedía lo mismo con el hombre del gaznate. Se diría que rebosaba de vida. Un
                    enorme buche colgaba de un lado de su cuello. Una bola de grasa brillante se movía al
                    compás de esa cabeza que se erguía no sin cierta dificultad sosteniendo semejante
                    peso. Y el hombre, lejos de avergonzarse, exhibía orgulloso su buche que contrastaba
                    con su torso bronceado y semidesnudo; si no fuera por el color de su piel, su cabeza
                    parecería surgida de una de esas fotos que sólo hay en los libros de medicina.</p>
                <p> Lo encontré en el negocio donde venden alimentos. Inmediatamente bajé la mirada y
                    evité su camino. Temía a cada instante encontrarlo en esas estrechas calles
                    comestibles. Ver surgir su cabeza en medio de botes de goma, latas de conserva,
                    sábanas de colores tropicales. De pronto, emergió en un laberinto de fiambres
                    expuestos en heladeras vidriosas y transparentes. Me distraje entonces tocando un ave
                    congelada expuesta en una bolsa plástica; sin darme cuenta, estaba palpándole el
                    cogote, tal vez en busca del maíz dorado.</p>
                <p> Pero miré la forma congelada y me dí cuenta que no era un pavo sino un pollo. Fue en
                    ese instante que detrás de un jamón bamboleante apareció la cabeza archimboldesca. No
                    pude dejar de hacer una pequeña exclamación mientras veía cómo mi piel se ponía de
                    gallina. Desde sus ojos acamaronados brilló un destello de indignación. Gotas de
                    transpiración caían por su tez que pese al bronceado ofrecía un matiz aceitunado.
                    Sus labios carnosos esbozaron una mueca. De una de sus orejas pendía un aro collar.
                    Tal vez para que uno desviara la mirada a la belleza de la perla. Una mujer se acercó
                    y le musitó unas palabras al oído. Las suaves palabras le hablaban a la perla.
                    Aproveché que el hombre se distrajo con lo que le decía la mujer y salí volando.
                    Cuando me dí cuenta de mis propias palabras, quedé paralizado.</p>
                <p> Durante unos días me recluí en la casa por temor a encontrarme con el hombre
                    abuchonado. Llegué a pensar que vivía en el mismo edificio. Que sus alas mortales
                    podían atravesar el cristal nocturno y estrellarse contra él como un insecto
                    aturdido.</p>
                <p> Era necesario conversar con alguien. Me encontré con un morador en el restaurant
                    del lago. Había pasado el verano y las mesas blancas se abandonaban lentamente en un
                    color indefinido. En medio de ese silencio el graznido de los gansos parecía perforar
                    los oídos. Le pregunté si sabía algo acerca de la vida de los gansos y me respondió
                    algunas generalidades. Después traté de averiguar si había visto rondar por el lugar
                    el hombre abuchonado. Sin duda, se lo describí con emoción ya que dejó de acariciar
                    el vaso y me miró a los ojos para designar el hecho como un tumor inoperable.</p>
                <p> Me preguntó por qué me interesaba por las costumbres de los gansos. Le respondí que
                    me interesaba por la mitología. El comenzó a recordar fábulas, pero ninguna en que
                    aparecieran esas aves. Las fábulas lo llenaban de miedo. Me preguntó entonces: ¿Ha
                    leído un libro más sanguinario que Cuentos de la Selva? Ahí todo se animaliza”.</p>
                <p> Es al revés —le respondí— ahí todo se humaniza. Por eso es escolar. Un tratado de
                    caracteres, exótico, tropical. Una selva exhuberante, una geografía lujuriosa, sin
                    embargo cada palabra representa el relato de un vicio o una virtud. El hombre
                    permaneció en silencio, y en el instante que habló me pareció que desviaba su mirada
                    hacia las aguas del lago. A mí me siguen dando miedo, dijo. Y agregó: “Siempre me
                    asustaron esas figuras combinadas. Pingüinos que visten fracs, garzas enfundadas en
                    finas medias de seda. Tersos cuellos de cisnes transformados en pálidas damas de
                    encajes”</p>
                <p> El hombre prosiguió hablando. Recordé entonces que otras eran las aves que volaban
                    en el cielo de la bahía. En su vuelo no formaban una letra que cantara la victoria de
                    mi muerte. Pero qué se podía esperar de esas aves que al caminar sus patas rojizas se
                    confundían con las huellas de su propia sangre. No se podía esperar otra cosa de esas
                    aves de corral. Por más que la dama judía volviera esas aves delicadas cuando
                    inclinaba su cabeza, no sin cierto encanto, ante la mesa y disponía sus manos pálidas
                    a comer ganso asado. Tal vez era el contacto de esas manos lo que volvía finas esas
                    carnes rústicas, o su manera de mirar la presa que hacía irradiar un resplandor azul
                    de sus párpados que invitaban a la tentación. Un cisne hubiera encontrado la muerte
                    en la quietud de la nieve tenue. Pero no podía respirar, un peso enorme aplastaba mi
                    corazón, un animal de lodo se agitaba en mi pecho. Un ave que no pertenecía del todo
                    al agua, un ave que no pertenecía del todo a la tierra. Fue entonces que volví a
                    entender lo que el hombre me decía.</p>
                <p> “Me sucede lo mismo con las cartas españolas. Sobre todo con la figura del caballo.
                    Hay un momento en que pienso que es un jinete montando un caballo. Después me parece
                    un centauro. Hasta que con el transcurrir del juego, el naipe se convierte en “el
                    caballo” y que, según la suerte, puede alcanzar el brillo del oro o la temible sombra
                    de la espada”.</p>
                <p> Lo miré a los ojos y se me ocurrió pensar que el oscuro pecado del donante podía
                    haber sido una trampa de juego. Una inocente partida de cartas entre compañeros de
                    trabajo se había convertido, al ser descubierto, en una afrenta insoportable. Nunca
                    más los había podido mirar a los ojos. Nunca creyó en las frisas alegres que
                    quisieron acompañar lo que para él fue un oprobio y para los otros un hecho sin
                    importancia que pronto cayó en el olvido.</p>
                <p> Sentí que mi corazón comenzaba a latir precipitadamente, necesitaba ir a consultar
                    los papeles, sin duda estaba cerca del secreto. Me quise levantar y sentí que me
                    desvanecía, todo el espejo estancado del lago había estallado y pequeñas gotas
                    vidriosas salpicaban mi cara. Entre brumas ví como la mano del hombre desabotonaba el
                    cuello de la camisa y con manos seguras buscaba mi garganta.</p>
            </div>
            
            <div type="prose" subtype="cuento">
                
                <head>Quaker</head>
                <byline><persName ref="#hector_grisafi">Héctor Grisafi</persName></byline>
                <p> Hasta aquí llegué.</p>
                <p> No sé muy bien de qué manera me fui acercando. Según parece lo hice con gracia.
                    Saltando de un episodio a otro, demorándome en cada uno apenas lo suficiente como
                    para tomar impulso y pasar al siguiente. Todo esto con la destreza y velocidad de un
                    bailarín.</p>
                <p> Eso dicen algunos.</p>
                <p> A veces también yo prefiero creerlo así. Por vanidad seguramente o tal vez para no
                    discutir. Después de todo la cuestión no tiene demasiada importancia.</p>
                <p> Lo que importa es el presente. ¡No me vengan con historias! A medida que pasa el
                    tiempo y se agota el dinero mi situación se hace cada vez más grave. La incertidumbre
                    puede más que el sueño. La llegada del día se demora. Al fin me sorprende con la
                    cabeza entre las manos gimiendo con desconcierto: ¿Cómo llegué hasta aquí? ¿Cómo?</p>
                <p> A los saltitos. Es cierto, a los saltitos.</p>
                <p> Insignificantes. Nada destacable. Sin las emociones del vértigo Es preferible no
                    evocarlos. A esos por lo menos. Hubo otros. Saltarines paseos por el Rosedal. Las
                    manos metidas en los bolsillos; los dedos jugando con las monedas, las pelusas. El
                    aire espeso de la tarde. Cálido. El silencio. El sol. Paseos brincadores y alegres.
                    Despreocupados. Aunque no tanto, siempre se corría el riesgo de encontrar a
                    Margarita, la gitana que predice. Un encuentro delicado. En todo momento procuré
                    evitarla. No era nada fácil. Acechaba detrás de los arbustos. Oculta por las sombras
                    del follaje, protegida por el resplandor del lago que enceguece a los paseantes. Fue
                    audaz atreverse sobre los caminos de ladrillo. Margarita solía aparecer
                    inesperadamente. Envuelta en colores brillantes, en tules transparentes. Las enaguas
                    vislumbradas y debajo más tules y más enaguas y otra vez tules y enaguas repetidos.
                    Espejos enfrentados de telas livianas. Espejo profundo. Cada vez que me sorprendió no
                    pude evitar asomarme a él. Al principio con pudor, como quien se observa reflejado en
                    las vidrieras sin detener la marcha, avergonzado de contemplarme. Vistazos tímidos y
                    fugaces. Sin embargo Margarita se encargó siempre de conducirme a través de los
                    pliegues. Tomándome con firmeza la mano del corazón me alentó con su murmullo a que
                    observara los reflejos titubeantes, las edades por venir. Un hombre aguarda. En las
                    trenzas las medallas entrelazadas repiqueteaban entre sí. Cascabeles propiciatorios.
                    ¡Un hombre endiablado! ¡Un diablo de astucia! ¡Lleno de mañas! ¡Me enseña su mano
                    sonriendo! O tal vez no sonriera, el reflejo del lago me impide verlo con claridad,
                    el vaivén incesante de la gitana confunde los tules. Ese hombre me hará daño.
                    ¡Margarita de mal agüero!</p>
                <p> En fin, cosas de gitanas. Oráculo dudoso.</p>
                <p> A veces me esfuerzo en olvidar a ese que espera. Otras no. Merodeador paciente.</p>
                <p> De todos modos carece de importancia. Son evocaciones para pasar las horas; es como
                    hojear una revista que ya leí. Lo importante es el presente. ¿Lo dije? Sí, lo dije.
                    Lo voy a repetir todas las veces que haga falta. ¡Sin trabajo, sin dinero; como para
                    pensar en gitanas estoy! Ni el frú-frú de sus polleras, ni el retín-tín de sus
                    medallas me vuelve a distraer. Ahora hay que atender las obligaciones.</p>
                <p> ¿Seis meses! ¿Podrán ser siete? ¿Y un año? ¿Estaré un año sin trabajar? Es
                    sorprendente. No digo que sea ni bueno ni malo. Sorprendente, eso es todo. Hace seis
                    meses estoy sin empleo. ¡Me echaron! digamos las cosas como son. Desde entonces el
                    estupor me tiene paralizado. Con la mandíbula caída hasta el cuello, los ojos son dos
                    huevos. Así paralizado. Seis meses. Estupefacto. No atino a mucho. Lo que dije, sólo
                    algunos paseos, unos pocos saltitos por el Rosedal mientras observo, cuando tengo
                    suerte, como los pájaros buscan alimento y hacen su nido. ¡Click! ¡Ya está!
                    Naturalista desocupado. La fotografía siempre es una buena coartada. No me atrevería
                    a salir a la calle sin la cámara. ¿Quién es ese que camina tan despreocupado? ¡Sin
                    nada en las manos: ¡Va para aquí y para allá! ¿De qué vive? ¡Jamás sin la cámara! No
                    sabría qué contestar si las cosas se pusieran graves. ¿Dónde metería el ojo? ¡Siempre
                    con ella! Es una tranquilidad caminar sintiendo los golpecitos que acompañan el
                    vaivén de cada paso. De ese modo voy tranquilo como un avestruz. A nadie llamo la
                    atención. Es como pasear con un perro. Todo el mundo sabe que a los perros hay que
                    sacarlos a pasear.</p>
                <p> Bellos momentos esos paseos. Breves sin embargo. Enseguida me asalta la vieja
                    ansiedad. ¡Sin empleo! ¡Desocupado! Es más: ¡despedido! Un tipo sin empleo no puede
                    pasear lo más campante como si no hubiera otro riesgo que encontrarse con gitanas.
                    ¡Debo correr a mi casa! ¡Rápido a casa! Que el merodeador se quede con sus pájaros en
                    los caminos de ladrillo. ¡A casa! ¡A correr antes de que se rompa el hechizo!
                    ¡Zambullirme en los clasificados de Clarín!</p>
                <p> La última campanada me sorprende redactando las cartas que solicitan empleo. Redacto
                    con entusiasmo. Siempre es así. Con respeto. Es que puede ser ésta la carta que
                    cambie mi destino. Con las, cartas no se juega. Uno nunca sabe. Son como las
                    fotografías, un instante congelado. Irremediable. ¡Click! y la carta cae en el buzón.
                    ¡Ya no podés echarte atrás! Por eso lo digo: es necesario redactarlas con sumo cuidado, prolijamente. No pueden ser tiradas con indiferencia. Requieren concentración.
                    Justamente ese es mi lado flaco.</p>
                <p> ¡Concentración! ¡Concentración! bramaba los últimos tiempos mi patrón. En realidad
                    éste era mi amigo. Me había ofrecido trabajo en su empresa cuando la Constructora se
                    fundió y por primera vez quedé sin empleo. En esa oportunidad me sacó de un apuro muy
                    serio. Justo es decirlo. ¡En la calle! así me encontró. ¡Expuesto a las miradas! ¡Un
                    linyera! o algo peor.</p>
                <p> Las cosas marcharon bien al principio. No se puede decir lo contrario. Hasta que
                    dejé de concentrarme en mi trabajo. ¡Tenía mis razones! pero esa es otra cuestión. Ya
                    habrá tiempo para eso. Lo cierto es que el sector a mi cargo comenzó a derrumbarse.
                    ¡El colapso! No quiero entrar en detalles, pero eso es lo que se decía.</p>
                <p> Malos días aquellos.</p>
                <p> Los errores y malentendidos me abrumaban. Implacables caían sobre mi espalda y
                    desconsolaban a mi amigo que estoy seguro hubiera preferido que prosperara en su
                    empresa. ¡Pero no había nada que hacer! Yo empacado. No por capricho, tampoco es
                    necesario ser tan severo. Me distraía a menudo, eso es todo.</p>
                <p> Intentó ayudarme. Me hablaba amigablemente, con paciencia, explicando la sencillez
                    de mi trabajo. Largas charlas en las que sugería, de manera delicada, que pusiera más
                    atención en lo que hacía. Contrató más personal para aliviar mi esfuerzo. ¡Hasta
                    llegó a ordenar que pintaran mi oficina! Todo en vano. Me hundía.</p>
                <p> Una tarde, en el silencio de su despacho, me soltó con la voz dulce y sosegada: “No
                    lo tomes a mal, pero es necesario que te vayas de la Empresa...” me hablaba con
                    suavidad, de manera casi inaudible; tanto que debía inclinarme hacia él para no
                    perder ninguna de sus palabras, “te indemnizo, pero andate por favor..." a pesar del
                    esfuerzo por escuchar había frases enteras que se me pasaban por alto, “dentro de un
                    mes, dos, tres..." en la cabeza estallaban luminosos fuegos artificiales; "...en fin,
                    cuando consigas otro trabajo”, el resplandor y la música de cocoteros y panderetas
                    animan el baile que se inicia; "...cuando quieras”, un baile furioso apenas iluminado
                    por fuegos fatuos efímeros y lejanos; el son de las sombras se repite; "...pero
                    andate”, se distinguen siluetas vagamente recortadas en la penumbra, se agitan al
                    compás del traca-trá de maracas y tamboriles; el espejo de los tules, el merodeador
                    se destaca por momentos señalando las líneas de la mano, ahora más que nunca debo
                    temerlo; ahora que mi cuerpo se vacía cada vez más cada vez más oigo el eco de sus
                    palabras endiabladas, pero apenas si las oigo ese ruido endemoniado del candombe se
                    impone una y otra vez! los parches retumban duelo, llora la Restauración.
                    ¡Oh-oh-oh!</p>
                <p> Eso ya pasó. Son viejas cuestiones, viejos pliegues en el tul. Ahora es necesario
                    encontrar un buen trabajo. O por lo menos el dinero suficiente para pagar otro mes de
                    alquiler. Es alarmante, pero si no pago el alquiler me echan a la calle. Así de
                    cruel. ¡Redactar! ¡Redactar! ¡No puedo perder más tiempo! ¿Qué vas a esperar —me
                    dijeron— estar con tus cosas en la vereda? ¡No! ¡Eso sí que no! ¡Mis cosas tan
                    queridas! Apiladas en la vereda como las ramas que se juntaban para la fogata de San
                    Pedro y San Pablo una semana antes del día señalado. Altar valioso aquél que debíamos
                    proteger de la codicia de los dueños de otras fogatas; montando guardia por turnos,
                    vigilando admirados la pila de ramas y maderas que conocíamos de memoria de tanto
                    mirarla. Terminábamos distinguiendo una rama seca de otra; sabiendo sobre la
                    procedencia de los cajones de fruta, de las sillas viejas, de los trapos, los
                    listones de madera, los restos de muebles. Cada mañana realizábamos una y otra vez el
                    inventario. Siempre la misma pregunta: ¿Cómo arderá? ¿Cómo la silla? ¿Y el cajón? ¿Y
                    el aserrín? ¿Estarían las ramas suficientemente secas? ¿Cómo ardería el muñeco que se
                    colocaba recién el último día, a última hora, en la parte más alta de esa pila que
                    habíamos levantado? ¿Ahora quién se turnará conmigo para montar guardia en torno a la
                    otra pila, la de mis cosas? El merodeador entrevisto. ¿Quién si no? ¡Guardián
                    traicionero! Agazapado en los pliegues del espejo, aguardan do un descuido, espiando
                    mis gestos.</p>
                <p> Mientras tanto estaré ocupado en evitar la mirada de los que pasan murmurando: ¡Ya
                    no está en edad de jugar a la fogata!.</p>
                <p> No vale la pena exponerse tanto. Hay que ser más cuidadoso. Es una imprudencia.
                    Nuevamente en mi casa. Mejor así. Como un criminal arrepentido que suplica la horca a
                    sus jueces. Buscando y rebuscando un trabajo en los clasificados. ¡Trabajo! ¡Trabajo!
                    Para éste que quiere reunirse con sus semejantes. La tibieza. Cordero extraviado.</p>
                <p> ¿Qué pensarán de mí los patrones después de tanto tiempo? Todos estos
                    saltitos. ¡Imprudente! ¿Creerán que siempre fui lo que ahora soy? ¡De ningún modo
                    deben hacerlo! ¿¡Seis meses! ¿Qué son seis meses en la vida de un hombre
                    joven? ¡Despedido! No tienen porque saberlo. Un tema muy delicado. Hay que redactar
                    las cartas con cuidado, siempre lo digo. Las fisuras. ¡Muy delicado! Las buscan.
                    Escarban hasta encontrarlas. Les temen. Si no hallan nada es peor: sospechan. Son
                    así. No hay remedio. Suspicaces. Ojos de lince. ¡Seis meses! Nada se les escapa.
                    Reparan en los detalles. ¡Despedido! Minuciosos. Se saben expuestos.</p>
                <p> Sin embargo tengo mi pasado. Antecedentes. Debo aclararlo. ¡Antecedentes de lo
                    mejor! ¿Acaso no cuentan? ¡Tengo papeles que lo prueban! ¡Estoy dispuesto a
                    enseñarlos! ¡Papeles certificados! Por otra parte poseo una instrucción, eso hay que
                    decirlo también, ¿por qué no? soy... en fin, ¿cómo explicarlo? Bueno, soy Perito
                    Mercantil. ¡Sí! Perito Mercantil, ¿qué tiene de malo? Es una manera de ser como cualquier otra. Perito Mercantil, así como suena. Como el Perito Moreno digamos, pero
                    Mercantil. No es una vocación pero tampoco un destino ¿O sí lo es? ¡Quién puede
                    saberlo! ¿Margarita? ¡Ni hablar de esas mujeres! Las conozco. Hay cosas que un hombre
                    jamás debe saber. Es preferible ser Perito Mercantil. Un saber honrado. Llano. No
                    admite pliegues. Están las fisuras. ¡Es cierto! ¡Las fisuras! ¡Las fisuras! Bueno,
                    pero ¿quién no las tiene? No es para alarmarse. No tanto. Apenas seis meses. Casi
                    siete. El tiempo pasa volando. ¿Ya seis meses? ¡Casi siete! Es mejor
                    redactar. ¡Concentración! me lo advirtieron. Es preciso concentrarse. Como lo hacía
                    mi padre. El sí que podía. Así tocaba el bandoneón. Tenía una orquesta típica, una
                    vez Tita Merello le estrenó un tango. Un artista. El mismo lo decía: “...es que soy
                    un poco bohemio”. Y esto lo decía, más que nada para hacer rabiar a mi madre la que
                    no veía nada bien que una persona mayor se dedicara a esas cosas. Sobre todo teniendo
                    la responsabilidad de una familia. Más le hubiera valido progresar en su empleo que
                    estar por ahí escribiendo versos o tocando el bandoneón. Pero, en fin, él era así:
                    medio bohemio, medio poeta. La otra parte trabajaba en el Subterráneo, pero de eso no
                    le gustaba hablar. Se pasaba las tardes tocando el bandoneón. Se iba a la terraza a
                    tocar porque era el lugar más apartado y solitario de la casa. Después de la hora de
                    la siesta se ponía dale que te dale con un cigarrillo colgando de los labios. Tocando
                    hasta el anochecer, con los ojos entrecerrados, un poco por la inspiración y otro
                    poco por el humo del cigarrillo que le colgaba de la boca y que dejaba consumir así,
                    sin importarle las cenizas que caían encima del fuelle que abría y cerraba
                    convirtiéndolas en un polvito gris que luego de un rato se desparramaba por el suelo
                    y la brisa de la tarde hacía desaparecer. Un artista. Cuando terminaba con la música
                    se iba silencioso ¡quién sabe adónde! Entonces mi madre subía a la terraza con la
                    regadera, porque a las plantas —en verano— hay que regarlas una vez que se fue el
                    calor. Mientras lo hacía miraba descontenta los puchos sobre las baldosas. Esas
                    huellas que reprobaba. Junto con el olor de la tierra húmeda subían los reproches.
                    ¿Es que no se daba cuenta cómo se agigantaba la distancia económica con el resto de
                    la familia? Todos los tíos, los tíos maternos quiero decir, habían empezado como
                    empleados y alcanzaron posiciones realmente envidiables. Llegaron a disfrutar de un
                    bienestar que nunca hubieran soñado en aquellos tiempos remotos en los que el único
                    auto de la familia era el de mi padre. Después las cosas comenzaron a marchar mal
                    para nosotros. Cada vez peor. Hasta que nos quedamos sin auto, ni vacaciones, ni un
                    traje nuevo cada temporada. Los otros, los de mi mamá, se convirtieron en los ricos
                    de la familia y nosotros en los parientes pobres. Subrepticiamente empezamos a vivir
                    de la caridad. Un sobretodo. Una frazada. Siempre se piensa que los pobres tienen
                    frío. Se los abriga hasta que apesten sudorosos. ¡Meta lana! ¡Meta paño! Eso sí: con
                    discreción. La susceptibilidad. No herirla. Asunto espinoso. Mucho.</p>
                <p> ¡Qué es lo que quiere esta mujer! aullaba cuando se decidía a responder los
                    reproches. ¡Qué humos se te subieron! ¡A la cabeza se te subieron! Furioso. El
                    descontrol. Marcando el ritmo de los gritos con golpes sobre la mesa. El hule
                    arrugado. Cada manotazo hacía retumbar los platos, trastabillar las botellas. ¡Toda
                    la mesa un yunque inestable! El sifón peligroso. Una explosión inminente. ¡Que
                    explote así reventamos de una buena vez! y otro manotazo más fuerte que el anterior.
                    A veces con la mano abierta, otras con el puño cerrado. Contra la mesa. No una vez.
                    Varias. ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! a la hora de comer. El único momento del día en que nos
                    enfrentábamos los tres. El resto del tiempo correteábamos por la casa evitando
                    tropezarnos uno con otro cada cual en su mundo. Pero con cada comida se renovaban las
                    amenazas. ¡No lo molesten al señor! ¡Tiene que hacer versos! ¡Tocar el bandoneón! Se
                    enseñaban los dientes. ¡Un artista! Gestos feroces, como de loco. ¡Dale contra la
                    mesa! ¡Dale! ¡Dale! ¡Dale!</p>
                <p> Si mi padre se levantaba de la mesa, ella detrás de él. Así iban por toda la casa,
                    ferozmente. Desfigurados los rostros que en ocasiones me hablaban con dulzura.</p>
                <p> Yo cauteloso. Clavaba los ojos en el Quácker que se espesaba. Un engrudo asqueroso.
                    Cada vez más espeso a medida que pasaban los minutos y los alaridos crecían.</p>
                <p> Cierto día, después de una larga discusión, mi madre soltó con la voz cortada por el
                    hipo y los sollozos: ¡Si estuviéramos solos ya te cantaría cuatro verdades! En esa
                    oportunidad la pelea transcurría en el patio. Mientras tanto yo seguía en la cocina,
                    con los ojos fijos en el engrudo. ¡Desesperado! sabía que finalmente siempre debía
                    tragarme esa pasta pegajosa. Me gustara o no. Era habitual que sobrara algo de la
                    furia de esos dos. La suficiente como para obligarme a comer una rata si hubiesen
                    querido</p>
                <p> ¡Cuatro verdades! Al oírla mi padre se enfureció aún más. ¡El dedo en la llaga! De
                    un salto se lanzó hacia la cocina. ¡Revolver el cuchillo! Enloquecido
                    gritaba: ¡Decilo! ¡Decilo que él ya es grande! ¡Decilo! Se abalanzaba. El rugir de
                    una horda pisoteando. Aterrorizado cerré la puerta de un golpe. ¡Justo a tiempo! ¡No
                    quiero! ¡No quiero oír! Todo cede ante el rugir. Con toda la fuerza de que era capaz
                    apoyaba el cuerpo contra la puerta que el otro abría implacable. El esfuerzo era en
                    vano. No tenía ningún lugar donde afirmarme para sostenerla. Al levantarme
                    bruscamente había volcado el Quácker y ahora patinaba sobre él. La puerta se abría
                    arrastrándome. El suelo cedía. ¡Una ciénaga! ¡Me devoraba! ¡Siempre sospeché que ese
                    engrudo maldito sería mi perdición! ¡Ya es grande para saberlo! Imposible resistir
                    ¡No! ¡No quiero! ¿Por qué se meterían conmigo? ¡Que me dejaran tranquilo! Bastantes
                    disgustos ya tenía con el Quácker como para participar en sus rugidos. ¡A rugir a
                    otra parte! ¡Fuera! ¡Fieras! Inútil oponerse. Todos de nuevo en la cocina. ¡Decilo
                    que ya es grande! Insistía. A todo pulmón. Mi madre no quería saber nada con decirlo.
                    Aullaba guardando en secreto las cuatro verdades amenazadas. El la aferraba del
                    brazo. ¡Decilo...! Sólo un ronquido. ¡No podía escapar! Me lo impedían. Estacionados
                    en la puerta la clausuraban. ¡El Quácker! Los tres chapoteando pegoteados. Triturando
                    los restos del plato. ¡Crack! ¡Crack! con cada paso. Un zapateo sobre las brasas.
                    Machacando las uvas. El vino fluye. ¡Me corté! ¡Mierda, me corté! Mi padre saltando
                    en una pata se agarraba con las manos el otro pie. Se enrojecía. Goteaba. Otro que se
                    aleja a los saltitos. Hacia el baño. Rastrearlo era fácil. Una gotita, dos, tres.
                    Otra.</p>
                <p> Se oía el rumor del agua corriendo. La canilla de la bañadera la arrojaba con
                    fuerza. ¿Sobre el pie caería? Seguramente. Una catarata repiqueteante. ¡Lavate bien!
                    apenas si se distinguía la indicación de mi madre. Su voz la ocultaba el ruido
                    atronador. Un arroyo rosado. Los sedimentos. Cuando la sangre llegaba al río los
                    gritos cedían. Después de todo no eran mala gente. Una cosa era discutir y otra muy
                    distinta la sangre.</p>
                <p> Todos los matrimonios discuten. ¡Claro, todos! Yo no tenía que hacer caso. ¡Para
                    nada! Una pelea sin importancia. ¡Sólo eso! Cuando la madre terminara de lavar la
                    cocina continuaríamos con el almuerzo. ¡Unidos! Como siempre. Mejor que nos
                    tranquilizáramos. Todos. Muchos nervios.</p>
                <p> Una gotita oscura, un poco oculta por la sombra de una maceta, no había sido
                    descubierta por los trapazos apresurados. Redonda, con rayos como un sol. Oscura. Un
                    eclipse. Permanecería hasta la próxima lluvia. Tal vez menos.</p>
                <p> Las siete de la tarde.</p>
                <p> Me distraje con este asunto de la sangre. Ahora el Correo ya está cerrado. Nada de
                    cartas hoy. Otro día que pasa y yo sigo sin empleo. Habrá que hacer los aprestos
                    necesarios para pasar la noche. Instalarse sobre los almohadones. La luz tenue de la
                    lámpara. Tal vez un poco de ajedrez. Algún licor. Esperar el sueño. Quizás mañana.
                    ¿Por qué no? Uno nunca sabe. ¿Qué otra cosa puedo hacer a esta hora? Sólo los
                    almohadones y la luz tenue. Licores.</p>
                <p> ¡Parezco un príncipe! Un príncipe desgraciado, tal vez. Príncipe al fin. Después de
                    todo las desgracias nunca vienen solas. Es algo sabido. Junto al desempleo más
                    desdichado acuden corruptoras las delicias del linyera. Linyera en la vigilia,
                    príncipe al caer la noche.</p>
                <p> Sin duda hay algo principesco en todos estos meses sin actividad. Algo imperdonable.
                    Nadie olvida que el trabajo es un castigo de Dios y quien lo elude un convicto, un
                    prófugo del resto de los hombres.</p>
                <p> El castigo es el exilio. Un castigo inevitable.</p>
                <p> La cabeza de los príncipes es inestable. No existen hombros que la soporten durante
                    mucho tiempo. Es su destino. Mientras tanto los licores. Por lo menos a la noche. Y
                    el ajedrez. Y los almohadones.</p>
            </div>
            
               <div type="group" subtype="preferencias">
                <head>Preferencias</head>
                <epigraph>
                    <quote>Los críticos olvidan, con demasiada frecuencia, que una cosa es cacarear,
                        otra poner el huevo.</quote>
                    <bibl><persName ref="#oliverio_girondo">Oliverio Girondo</persName></bibl>
                </epigraph>

                <div type="text" subtype="crítica">
                    <head><persName ref="#cabrera_infante">G. Cabrera Infante</persName>: <title
                            level="m" rend="italic:true;" ref="#cabrera_infante_habana">La Habana
                            para un infante difunto</title>. <orgName
                            type="editorial_ed_seix_barral">Editorial Seix Barral</orgName>, <date
                            when="1980">1980</date></head>
                    <byline><persName ref="#luis_chitarroni">Luis Chitarroni</persName></byline>
                    <p> Entre otras cosas, en la contra portada de <title level="m"
                            rend="italic:true;" ref="#cabrera_infante_habana">La Habana para un
                            infante difunto</title> se menciona el exilio, <placeName ref="#londres"
                            >Londres</placeName> nublado en <date when="1978">1978</date>, y un
                        mirón que apenas ve. El mirón que apenas ve es <persName
                            ref="#cabrera_infante">Cabrera Infante</persName>, y del exilio poco se
                        puede decir después e alguna crítica retobada y magnífica. Compartir la
                        ciudadanía con <persName ref="#ken_russell">Ken Russell</persName> y fingir
                        ese dandismo dudoso y ya observado forma parte —para mí— del color local. Un
                        color local distanciado por intensidad de las reiteradas y risibles
                        disidencias de <persName ref="#juan_goytisolo">Juan Goytisolo</persName>,
                        por poner un ejemplo, o de la repostería no por barroca menos cargada de
                        búdicos condimentos de <persName ref="#severo_sarduy">Sarduy</persName>, por
                        poner otro. Forma parte de una larga lealtad al inconformismo prestigiado
                        pero ya anacrónico, esa posición de salvaje heroico, contradictorio con
                        ganas de informar que un ruso no quiso ser soviético para descubrir una
                        casta iracunda entre los indígenas aficionados al scalp. Decisiva falta de
                        atención a tantos puntos flacos es mi veneración por <persName
                            ref="#cabrera_infante">Cabrera</persName>, que a punto de ser tantas
                        cosas no será venérea gracias a la vacilante voluntad del oficio rufianesco
                        de montar palabras. Queda, después de todo, el macizo volumen. Y la primera
                        pregunta como resabio de otra práctica: ¿Quién es el protagonista de <title
                            level="m" rend="italic:true;" ref="#cabrera_infante_habana">La
                            Habana...</title>? No se puede dar nombres cuando el extremo que tramó
                        esta soberbia superficie de lectura ha preferido astutamente guardar
                        silencio.</p>
                    <p>
                        <persName ref="#cabrera_infante">Cabrera Infante</persName> cuenta en otro
                        libro que <persName ref="#orson_welles">Orson Welles</persName> planeó una
                        vez una versión fílmica de <title level="m" rend="italic:true;"
                            ref="#conrad_corazon_tinieblas">The heart of darkness</title> (la
                        nouvelle de <persName ref="#joseph_conrad">Conrad</persName>) en la que el
                        protagonista era un personaje invisible a lo largo de la cinta: la cámara.
                        Por algún motivo desechó después esa idea, desafortunadamente puesta en
                        práctica por <persName ref="#robert_montgomery">Robert Montgomery</persName>
                        en <title level="m" rend="italic:true;" ref="#montgomery_dama_lago">La dama
                            del lago</title>. (Esto tiene poco que ver con el yo sin nombre de
                            <title level="m" rend="italic:true;" ref="#cabrera_infante_habana">La
                            Habana</title> ..., pero al recelo por los ocasionales espejos con que
                            <persName type="literary_character">Marlowe</persName> pudiera encontrar
                        se —y al descaro con que efectivamente se descalifica el <persName
                            type="literary_character">Marlowe</persName> filmado— podemos relacionar
                        el pudor del protagonista/narrador de <title level="m" rend="italic:true;"
                            ref="#cabrera_infante_habana">La Habana...</title> ante la amenaza de
                        que su nombre lo traicione).</p>
                    <p> Casi se puede decir, entonces, que el protagonista de la novela no es el
                        chico que descubre (que es descubierto por) la capital cubana, ni la capital
                        transformación de su educación segmentada, ni los por menores de su avance o
                        desvarío, ni —como ocurría con TTT— el lenguaje, sino el contar. Insistente
                        obsesivo, el registro del escriba vivo recompone, con recursos que la prosa
                        suele despreciar las cenizas sensuales de los cuerpos divinos.</p>
                    <p> Sin embargo, la condición original del escriba es la de infante difunto, y
                        paradojalmente, cuando se tiene una experiencia que la memoria explica,
                        cuando nos es confesado que se ha <hi rend="italic_true">vivido
                            memorias</hi>, lo que se hace es escribir desde la última fijeza, la
                        muerte. <q who="#jose_donoso">“Estamos encaneciendo en las mismas casas, en
                            los mismos barrios”</q>, ha escrito con cronológico dolor <persName
                            ref="#jose_donoso">José Donoso</persName>. Levantadas sobre el más
                        acérrimo pesimismo, estas presunciones nos cercioran: <q>"Quien no ha muerto
                            joven merece morir”</q>. Pero, ¿y si se trata de repetir el trato del
                        artista adolescente con el escriba fénix para soslayar el soborno del
                        <term type="concept">Klünsterroman</term>, antes de que la imagen se pudra en retrato, o, como querría
                        amorosamente Caín, en moving still Infante faro en fanfarria (feliz socorro
                        de <persName ref="#marcel_duchamp">Duchamp</persName>). Las demasiadas
                        palabras de <title level="m" rend="italic:true;"
                            ref="#cabrera_infante_habana">La Habana...</title> restituyen el contar
                        a un lugar de alivio lubricado por una pasión enloquecedora: liaisons
                        peligrosas de cuerpos que estimulan un alud paralelo de aliteraciones. Baste
                        la interdicción del Ficcionario (no hay que olvidarse que en español la
                        paronomasia se comete) para ilusionar transgresiones en una escritura
                        librada con total olvido de esa supersticiosa ética ante los eficaces
                        fantasmones de la eufonía: las proezas pueriles que el infante difunde
                        adquieren en la prosa proporciones perversas. El infante faro —y apenas hay
                        que sustituir, como quieren los chinos de los cuentos, la tercera letra de
                        faro por otra consonante para tener un infante distinto— modula una memoria
                        de mujeres truqueadas por un silabario sinuoso, pero la prosa
                        deliberadamente exhibicionista de sus artificios y argucias no facilita las
                        cosas. Porque el narrador/protagonista de <title level="m"
                            rend="italic:true;" ref="#cabrera_infante_habana">La Habana...</title>
                        juega con una realidad siempre susceptible de ser corrompida, de ser
                        convertida en irrealidad por el lenguaje. Así, el libro de memorias deviene
                        novela, ese artefacto desde que la vulgaridad se defiende con nombres
                        propios. <persName ref="#laurence_sterne">Sterne</persName> y <persName
                            ref="#james_joyce">Joyce</persName> son invocados y otro nombre, no otro
                        novelista, propicia la continuidad de estas palabras: <persName
                            ref="#shakespeare">Shakespeare</persName>, capaz —como cuenta <persName
                            ref="#jose_valverde">José M. Valverde</persName> en el prólogo de su
                        traducción del <title level="m" ref="#joyce_ulises">"Ulysses"</title>— de
                        arruinar una escena con un chiste sucio. El narrador de <title level="m"
                            rend="italic:true;" ref="#cabrera_infante_habana">La Habana...</title>
                        arruina más de una con su humor lenguaraz, su don palabrero, simplemente
                        porque el humor en este libro no es el escrúpulo con que sus acomodados
                        escribidores condimentan los pasajes ligeros de sus novelas serias, sino la
                        mejor manera de meter a ese punster puntual en la escritura sin perder la
                        distancia (aloofness), la mejor manera de considerar al lenguaje como uno de
                        los personajes de la ficción (<persName ref="#vladimir_nabokov"
                            >Nabókov</persName>).</p>
                    <p> De algo de eso conversaban <persName ref="#cabrera_infante">Cabrera
                            Infante</persName> y <persName ref="#emir_rodriguez_monegal">Emir
                            Rodríguez Monegal</persName> en <date when="1968">1968</date>. En la
                        entrevista, al referirse a la narrativa que emplea elementos autobiográficos
                            <persName ref="#cabrera_infante">C.I</persName> había hablado de
                        mutaciones que son más misteriosas que las de los genes porque son
                        artificiales, artísticas, de ese agente mutante que es el humor, de bordes
                        presentidos vagamente. Allí se citaba también el nombre de un saludable
                        escritor norteamericano con la intervención parcializadora de las comillas,
                        y finalmente la conversación desembocaba en <persName ref="#borges"
                            >Borges</persName>. (Hay más cosas, para instaurar cierto pánico
                        parentético: la autobiografía como un acto que intenta negar el principio de
                        non-allness de la semántica, lo que <persName ref="#alfred_korzybski"
                            >Korzybski</persName>, según <persName ref="#cabrera_infante"
                            >C.I.</persName> define con la frase: <q>"El mapa no representa todo el
                            territorio”</q>).</p>
                    <p>
                        <persName ref="#borges">Borges</persName>, lugar de privilegio, asomaba
                        desde <title level="a" ref="#borges_sur">“El Sur”</title>, cuento en que se narra,
                        con algunas alteraciones, un accidente que éste sufrió al subir una
                        escalera. Ese accidente es importante para los que aún practican el arte
                        rudimentario y detenido de la lectura. <title level="a" ref="#borges_pierre_menard"
                            >“Pierre Menard, autor del Quijote”</title> es su consecuencia.</p>
                    <p>
                        <title level="m" rend="italic:true;" ref="#cabrera_infante_habana">La
                            Habana...</title> se inicia, precisamente, con la subida por una —para
                        el infante que no ha visto escaleras así en su pueblo— suntuosa escalera.
                        Esa escalera, esa subida, señalan otro inicio: el de su adolescencia. Y el
                        lugar al que la escalera lo conduce, el segundo piso del solar de
                            <placeName>Zulueta 408</placeName>, es el escenario de sus contactos con
                        un misterio mayor: las mujeres. (TTT es una galería de voces. <title
                            level="m" rend="italic:true;" ref="#cabrera_infante_habana">La
                            Habana...</title> es un museo de mujeres ¿se ha desplazado al lector
                        escucha a la posición de lector mirón?). Hay otro escenario más vasto,
                        incluido en el título: <placeName ref="#habana">La Habana</placeName>, la
                        ciudad recortada, recordada, recobrada en el exilio. En esa ciudad perdida,
                        ganada por las palabras, la calle Infante es parte del territorio
                        cartografiado. El narrador la sitúa poco antes de que comience <hi
                            rend="italic:true;">Función continua</hi> , inmediación de un encuentro
                        que ocurre así en la vigilia como en el sueño.</p>
                    <p> Sin embargo —pero no hay que confiar demasiado en lo que escribo: mi memoria
                        es un museo de emergencia—, no hay sueños contados en <title level="m"
                            rend="italic:true;" ref="#cabrera_infante_habana">La Habana...</title>
                        Tal vez porque la solución final ofrece una contrapartida del despertar de
                            <persName type="literary_character">Alicia</persName>: se empieza a
                        soñar cuando la novela termina. (Los tristes tigres sí contaban sueños. Era
                        el tributo que le rendían a la noche, ese hueco sin borde).</p>
                    <p>
                        <title level="m" rend="italic:true;" ref="#cabrera_infante_habana">La
                            Habana...</title> es un museo de mujeres. En el primer capítulo (<title
                            level="a">La casa de las transfiguraciones</title>) hay una cantidad
                        confusa —confusa para este lector distraído— de mujeres que se relevan no
                        sin antes revelar algún detalle delicioso. Más tarde, a lo largo del libro,
                        se nos ofrece una trinidad inolvidable: la muchacha más bella del
                        bachillerato (y del mundo), la ballerina lectora de novelas de la selva
                        (americana) y la amazona. La primera es la iniciadora, la verdadera
                        vulneradora de la virginidad del narrador. La segunda es la entrenadora —y
                        el final de su <hi rend="italic:true;">pasaje</hi> , con ella tomada del
                        pasamanos de la escalera del hotel tiene una belleza concisa y elegante.
                        Adjetivos perniciosos, sólo avisan de un <hi rend="italic:true;">pasaje</hi>
                        a otro orden, la pintura: belleza puntillista. La tercera es la vencida.
                            <persName type="literary_character">Margarita del Campo</persName>, cuyo
                        nombre es ocurrencia propia de su lacónica cursilería, no un bautismo de
                        confirmación con los que el narrado: (What”s in a name) suele sustituir los
                        originales, se pierde en la hermana cómplice. Su último recuerdo es una
                        cicatriz en la mano.</p>
                    <p> La memoria consiente una cuarta muchacha, una quinta: la rubia oxigeneada
                        vista desde la azotea de <placeName>Zulueta 408</placeName>, recordada más
                        tarde, vuelta a ver en el final desde vario ángulos, y <persName
                            type="literary_character">Virginia</persName>, compañera del narrador
                        —instado por un apuntador tardío— en sus visitas a la biblioteca. Desde el
                        título <title level="m" rend="italic:true;" ref="#cabrera_infante_habana">La
                            Habana...</title> acepta su relación con la música culta, muchas veces
                        oculta por la anécdota (mar motivador). A pesar de la negativa del narrador
                            (<q source="#cabrera_infante_habana">“Pero no he vuelto al pasado para
                            escribir unas memorias artísticas”</q>, <q
                            source="#cabrera_infante_habana">“Después de todo no estoy escribiendo
                            historia de la cultura”</q>), ciertas disgresiones no están exentas de
                        culpa: hay por ejemplo, tranquilizadores apuntes acerca de la influencia de
                        un compositor francés (cuyo cuidadoso vals paródico da nombre al capítulo)
                        en la música cubana. Pero es en otras partes donde se establece una relación
                        más directa: unos versos de <persName ref="#jose_marti">Martí</persName> que
                        auspician asombrosas asociaciones, y cuyo registro corre por cuenta de una
                        sombra sospechosa.</p>
                    <p> (Al intentar esta aproximación a <title level="m" rend="italic:true;"
                            ref="#cabrera_infante_habana">La Habana...</title> jugué con la
                        posibilidad de escribir un diario sucinto en los márgenes de sus páginas.
                        Ciertas lecturas causan tanto placer que uno se niega a abandonarlas sin
                        dejar indicios. Me disuadió el temor de que otro lector, cisne tenebroso, lo
                        leyera alguna vez).</p>
                    <p> El final fantástico —adelantado por un cuento de <persName
                            ref="#virgilio_piniera">Virgilio (Piñeira</persName>, que <persName
                            type="literary_character">Rine Lea</persName> cuenta a <persName
                            type="literary_character">Margarita de Campo</persName> y al narrador—
                        es una hipérbole que concierne a uno de los temas recurrentes: la acechanza
                        de presas de carne y hueso en la oscuridad instigadora de los cines. En esa
                            <hi rend="italic:true;">Función Continua</hi> , el descenso que cumple
                        el narrador aparece, dentro de la economía de la novela, como polo. Marco
                        apropiado del descenso son las paredes vaginales. La muchacha desnuda vista
                        (flesh-back) desde la azotea de <placeName>Zulueta 408</placeName> guarda un
                        secreto. Creo que <persName type="literary_character">Arne
                            Saknusemm</persName> tiene la clave.</p>
                </div>

                <div type="text" subtype="crítica">
                    <head><persName ref="#gunter_grass">GUNTER GRASS</persName>: <title level="m"
                            rend="italic:true;" ref="#grass_rodaballo">El rodaballo</title>
                        Traducción: <persName ref="#miguel_saenz">Miguel Sáenz</persName>.
                            <placeName ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos Aires</placeName>,
                            <orgName type="editorial" ref="#ed_sudamericana">Sudamericana</orgName>, <date when="1981">1981</date></head>
                    <byline><persName ref="#eduardo_gruner">Eduardo Grüner</persName></byline>
                    <p> El rodaballo: un pez. El pez por la boca muere (se dice). El hombre también.
                        Cuando habla un pez, su palabra hace efecto de historia. De <rs
                            type="period">Neolítico</rs> a <date from="1961" to="1970">los años
                            "60</date>: un solo y mismo sujeto. Sin embargo, sólo han pasado nueve
                        meses: ¿gesta histórica o historia de una gestación? Cuarenta siglos, nueve
                        meses, un solo hombre. Pero muchas mujeres: también nueve (¿o son once?).
                        Las mujeres son una por mes, una por vez, una por pez. No, el pez es uno
                        sólo. Siempre el mismo, como el hombre. ¿Las mujeres? Dueñas del saber
                        gastronómico, nutridoras (la primera tiene tres pechos: <q>“Con tres empieza
                            el plural. Comienza lo múltiple, la serie, la cadena, el mito.”</q>).
                        Resplandecientes, inmortales: madre perla, madreterna. ¿El pez? Dador de
                        Palabra, ordenador del Tiempo, distribuidor de mitos. Imaginario cíclico:
                        las feministas pretenden la devolución del tercer pecho. ¿Son cocineras? Y
                        bien: atragantarán al hombre. No todo se ha perdido: queda lo femenino, es
                        decir el sentido (común). Es hora de recuperar el sexo perdido. Inventario
                        de los poderes de la mujer: la cocina y las llaves, el lecho y por lo tanto
                        los sueños, la moral dominical cristiana, el importante dinero de bolsillo,
                        la educación de los hijos, la intuición, los caprichos tiránicos, la dulce
                        intimidad, el decir sí cuando se dice que no, la mentira piadosa, el juego
                        de moda, el parpadeo que lo significa todo y no significa nada, los deseos
                        súbitos renovados con cada estación del año, el hacer pagar con cadena
                        perpetua una sonrisa que nunca volvió a repetirse. Y sin embargo, algo les
                        falta (ya se dijo: el tercer pecho). O sea: no hay sentido total, la
                        Historia está incompleta. Por eso la necesidad del mito: entre muchos, el
                        del clítoris o pepitilla, que <q>“es todavía objeto de controversia entre
                            los sabios que investigan el origen del orgasmo”</q>. Lo que nos falta
                        (lo único) es una utopía tangible. Como las del pasado, cuando se comía
                        aisladamente y se contemplaban los excrementos en sociedad (como en un film
                        de <persName ref="#luis_bunuel">Buñuel</persName>). Eran los
                        hipoalimenticios tiempos del Tercer Pecho: <q>“de repente se evaporó la
                            ficción de la madre primitiva y trina”</q>. Desaparecido el “plus” de
                        teta, el excremento se incrementa, pero en secreto. ¿El rodaballo, mientras
                        tanto? Continúa hablando siempre. Revelando el sentido de la Historia: los
                        hombres habrían sido en todas las épocas intercambiables. Escándalo
                        levistraussiano. Imperativo de la educación sexual: buscar una palabra para
                        “padre”. Obsesión, todavía, de la Historia, del origen, del linaje Pero al
                        pasar por la gastronomía femenina, el espesor de las época se achata. Todo
                        se homogeneiza, todo coexiste: las matanzas de los Caballeros Teutónicos, la
                        masacre de los obreros de <placeName ref="#gdansk">Gdansk</placeName>. Los
                        espacios se amontonan, los tiempos se atropellan. Quedan apenas nudos (¿o
                        son engañosos efectos visuales, como esos “trompe-l oeil” barrocos?). El
                        pez, que ya ha muerto varias veces, está visiblemente decepcionado: han
                        malgastado a sus inventados dioses, <q>“de <persName type="deity"
                                >Zeus</persName> a <persName ref="#karl_marx">Marx</persName>”</q>.
                        Lo dicho: empieza a descubrir al otro sexo, con ligero horror. Lo que le
                        espanta un poquitín es su perversa inocencia: <q>“Evidentemente, en las
                            metáforas de la versificante <persName type="literary_character"
                                >Dorotea</persName> no siempre era clara la distinción entre el
                            deseo carnal y el júbilo espiritual, pero en ellas se manifestaba, sin
                            lugar a dudas, el amor al Señor.”</q> En fin una escritura que es como
                        la Historia misma: posibilidad de acumular anécdotas hasta el delirio para
                        disimular que no hay nada que ocultar. Un pez nadando entre las barras:
                        Hombre/Mujer, novela/poesía/mito/ deriva antropológica: descalificación de
                        los géneros. Tragedia leída a carcajadas. Creencia sostenida en la distancia
                        de la ironía. Profunda fe en el escepticismo. Oxímoron elevado al rango de
                        estilo. Disimulo y ocultamiento de la propia <hi rend="italic:true;"
                            >excentricidad</hi>. Habla el pez: <q>“Entonces me aconseja que compre
                            más papel. Por escrito, me dice, todo parece normal. Sólo lo escrito
                            tiene una antinaturaleza igualmente fuerte. Y lo que —vergüenza— no se
                            quiere recordar nunca, nunca jamás, sólo está prácticamente olvidado
                            cuando se escribe. El hombre sólo sobrevive en la palabra escrita dice,
                            queriendo que lo citen”</q>. Citado queda.</p>
                </div>

                <div type="text" subtype="crítica">

                    <head><persName ref="#esteban_echeverria">ESTEBAN ECHEVERRIA</persName>: <title
                            level="m" rend="italic:true;" ref="#echeverria_autobiograficas">Páginas
                            autobiográficas</title>
                        <placeName ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos Aires</placeName>,
                            <orgName type="editorial" ref="#ed_eudeba">EUDEBA</orgName></head>
                    <byline><persName ref="#luis_gusman">Luis Gusmán</persName></byline>
                    <p> La correspondencia escrita por <persName ref="#esteban_echeverria"
                            >Echeverría</persName> a un amigo, durante la agonía y muerte de su
                        madre, sorprende; porque lo que esa escritura relata desborda el límite de
                            <rs type="concept">la estética romántica</rs> que la soporta para
                        otorgarle, en los anhelos faústicos, una verosimilitud que no encuentra en
                        esa retórica la economía capaz de regularla.</p>
                    <p>
                        <q source="#echeverria_autobiograficas">"Las almas de fuego no sienten como
                            las almas vulgares”</q>. La cita con que <persName
                            ref="#esteban_echeverria">Echeverría</persName> inicia sus cartas
                        encuentra en el transcurrir del texto su razón de ser. Hasta hallar en la
                            <hi rend="italic:true;">caída</hi> final su lugar como metáfora, lo
                        disimulando por su matiz metafísico su propiedad de arder por esa
                        "sonoridad” que, latente, hace estallar “un sentido” hasta hacer posible la
                        figura.</p>
                    <p>
                        <cit>
                            <quote source="#echeverria_autobiograficas">"Levantéme de la cama;
                                busqué a mi madre y no la encontré; estaba en el sepulcro. La
                                eternidad la separaba de mí. Mis sentidos cayeron en estupor; las
                                fuerzas del sentimiento heló las lágrimas en mis ojos, y <hi
                                    rend="italic:true;">mi corazón quedó deshecho</hi> ... allí se
                                me presentaron como fantasmas colosales los deslices de mi juventud
                                y me increparon con <hi rend="italic:true;">voces</hi> penetrantes
                                mis errores."</quote>
                        </cit></p>
                    <p> Esas voces reaparecen y retornan en distintas secuencias en los
                        acontecimientos que estas escrituras relatan transformándose en el texto y
                        para aquél que las escribe en voces del destino. Dichas voces alcanzan
                        marcas y posiciones textuales que van desde la voz de la conciencia,
                        monólogo interior, voz impersonal, voces exteriores que surgen en medio de
                        parlamentos fantásticos.</p>
                    <p> Los dichos de la madre, detenidos en su muerte, se convierten en el instante
                        mismo de ser proferidos en palabra sagrada que ha de ser cumplida al pie de
                        la letra. A tal punto que debe ser escrita, convirtiéndose en la escritura
                        de las cartas.</p>
                    <p> Una voz retorna desde la eternidad para salvar al hijo de su propia muerte,
                        voz que en la escena que la cita describe no habría por qué hacerla
                        coincidir con lo dicho por la madre.</p>
                    <p>
                        <cit>
                            <quote source="#echeverria_autobiograficas">“Tomé mis pistolas,
                                apliquémelas al cerebro y ya iba... cuando una voz exclamó como
                                bajando del cielo ¡detente! Las armas mortales cayeron de mi mano y
                                mi cuerpo desmayado dio con ellas en tierra. Entonces amigo, la
                                eternidad se desplegó ante los ojos de mi fantasía... El cielo... y
                                allí legiones infinitas de espíritus celestes y de justos entonaban
                                el hossana eterno en alabanza de las glorias de <persName
                                    type="deity">Jehová</persName> con voces que resonaban aun en
                                los ámbitos más recónditos del universo con sus armonías que hacían
                                retemblar y saltar de júbilo a las esferas. Allí estaba mi madre:
                                miróme con sonrisa dulce y cariñosa y me dijo: La vida terrestre es
                                un <hi rend="italic:true;">peregrinaje</hi> penoso y corto para la
                                virtud pero la vida celeste es la eterna recompensa de sus trabajos
                                y tribulaciones. El don precioso de la existencia no te fue otorgado
                                para que dispusieses de él a tu antojo, sino para que lo empleases
                                en obras grandes y generosas hasta que te llegue el día que te sea
                                pedida cuenta. Vive, hijo, como has vivido y hallarás algún día la
                                felicidad sino en la tierra, en la morada de los justos; conserva,
                                    <hi rend="italic:true;">puro tu corazón</hi> , como hasta aquí y
                                algún día recibirás el galardón destinado a la virtud"</quote>
                        </cit>.</p>
                    <p> Otra carta de <title level="m" rend="italic:true;" ref="#echeverria_afectos"
                            >Afectos Íntimos</title> escrita trece años más tarde responde en eco a
                        la citada y forma parte de una cadena mayor.</p>
                    <p>
                        <cit>
                            <quote source="#echeverria_afectos">"Pero hoy, hoy sé que vivo aún. Sé
                                que he peregrinado treinta años en la tierra, porque quiero desde
                                hoy <hi rend="italic:true;">poner en este papel mi corazón a
                                    pedazos</hi>. Mi corazón dolorido, ulcerado, gangrenado, mi
                                corazón soberbio e indomable"</quote>
                        </cit>.</p>
                    <p> La voz reaparece en el transcurso de las cartas y en uno de los pasajes más
                        bellos y dramáticos estalla en su singularidad, se pluraliza, se fragmenta,
                        se vuelve indefinida. La materialidad de la voz se transforma en voces sin
                        poder precisarse el lugar de la enunciación.</p>
                    <p>
                        <cit>
                            <quote source="#echeverria_autobiograficas">“Ella expiró, pero su imagen
                                está grabada aquí en mi corazón y en todas mis potencias con
                                caracteres indelebles... salgo hasta llegar a su sepulcro; me hinco
                                sobre la fría losa que lo cubre, ruego, la llamo y una voz apagada
                                me responde del seno de la tierra: está en el cielo. Sí amigo está
                                en el cielo pero yo no estoy con ella y estoy solo en el
                                universo”</quote>
                        </cit>.</p>
                    <p> Este último aliento, este expirar, deja una imagen indeleble en el corazón
                        del joven <persName ref="#esteban_echeverria">Echeverría</persName>. Pero
                        esta imagen cubierta por fúnebre velo, segrega una voz, un resto imposible
                        de perder que se fragmenta cada vez más como ese corazón que llega hasta
                        estallar dentro del cuerpo. La sonoridad de la palabra corazón se ha de
                        expandir a lo largo del texto tal vez con ese impulso que viene ya desde el
                        principio hasta cobrar ese vértigo que sólo la muerte puedo detener.</p>
                    <p> Aparte de las referencias que <persName ref="#esteban_echeverria"
                            >Echeverría</persName> hace del corazón en sus cartas y que aparecen
                        citadas en este texto, la herida de ese corazón sangrante avanza a cada
                        paso, palabra tras palabra alcanzando el infausto suceso no solamente el
                        órgano, el corazón, sino el alma, su figura. Del corazón al alma y del alma
                        al corazón el texto encuentra en este doble movimiento la lógica que lo
                        articula.</p>
                    <p> Otra carta escrita en <date when="1835-09">septiembe de 1835</date> y que
                        lleva el título de <title level="m" rend="italic:true;"
                            ref="#echeverria_afectos">Afectos Íntimos</title> remontará el origen de
                        la afección al corazón a un año después de ocurrida la muerte de la
                        madre.</p>
                    <p>
                        <cit>
                            <quote source="#echeverria_afectos">“Mi corazón es el foco de todos mis
                                padecimientos; allí chupa mi sangre y se ceba el dolor; allí está
                                asida la congoja que echa una fúnebre mortaja sobre el universo,
                                allí el fastidio, la saciedad, la hiel de la amargura que envenena
                                todo cuanto toca, allí los deseos impetuosos, allí las insaciables y
                                turbulentas pasiones, allí en fin el punto céntrico sobre el que
                                gravitan todos mis afectos ideas y pasiones. Todo cuanto pienso,
                                siento, sufro, nace y muere en mi corazón. Mi corazón está enfermo,
                                y él solo absorbe casi toda la vitalidad de mis órganos”</quote>
                        </cit>.</p>
                    <p> El fuego, esa metáfora puntual de la pasión, que sentía el joven <persName
                            ref="#esteban_echeverria">Echeverría</persName> según la cita que
                        inaugura este texto y su correspondencia, arrasará esa “figura” y ese
                        “órgano”. Esa alma que como la de su madre no era vulgar sino que ardían
                        juntas ya que <q who="#esteban_echeverria">“ella penetraba todos mis
                            pensamientos porque mi alma y la suya eran como dos hermanas"</q> ¿A ese
                        fuego, necesitó sacrificar su corazón?</p>
                </div>



            </div>
            
            <div type="poem" subtype="poema">
                <byline><persName ref="#marcelo_pichon_riviere">Marcelo Pichon Rivière</persName></byline>
                <div>
                    <head>I</head>
                    <lg>
                        <l>Mansa llamarada blanca</l>
                        <l>en el azul del cielo.</l>
                        <l>Allá en la colina</l>
                        <l>un árbol y otro parecen</l>
                        <l>sus tempranas cenizas azuladas,</l>
                        <l>mientras las sombras</l>
                        <l>buscan un remanso en la hierba.</l>
                        <l>Nada augura la aparición de la noche</l>
                        <l>en este instante,</l>
                        <l>cuando un sendero</l>
                        <l>me lleva al umbral de las voces,</l>
                        <l>donde otra llama me desvasta</l>
                        <l>y me deja apenas</l>
                        <l>un silencio donde sueño</l>
                        <l>con el resplandor de la tarde.</l>
                    </lg>
                    
                </div>
                
                <div>
                    <head>II</head>
                    <lg>
                        <l>Se van los tonos,</l>
                        <l>los matices,</l>
                        <l>el color,</l>
                        <l>queda el oscuro hueso,</l>
                        <l>relámpago inútil,</l>
                        <l>que quiebra</l>
                        <l>el tono,</l>
                        <l>el matiz.</l>
                        <l>Queda un silencio</l>
                        <l>que me deja</l>
                        <l>sonidos sin fuego:</l>
                        <l>susurro de la muerte</l>
                        <l>señala ausencias,</l>
                        <l>piedra en mi cuerpo,</l>
                        <l>me tiendo en la luz.</l>
                    </lg>
                </div>
                
                <div>
                    <head>III</head>
                    <lg>
                        <l>La luz apenas se desliza.</l>
                        <l>Ese cuerpo es una sombra que se diluye,</l>
                        <l>agua que se esconde</l>
                        <l>en su transparencia,</l>
                        <l>llama que en su fuego arde.</l>
                        <l>Me acerco, busco</l>
                        <l>su piel cálida.</l>
                        <l>Su voz se apaga, se desliza</l>
                        <l>en sí misma hacia el espejo.</l>
                        <l>En el terso borde del espejo</l>
                        <l>quedan las cenizas,</l>
                        <l>palabras destrozadas,</l>
                        <l>veladas hojas de sombra.</l>
                        <l>Esa mujer no existió nunca.</l>
                    </lg>
                </div>
                
            </div>
            
                        <div type="text" subtype="crítica">

                <head><persName ref="#silvina_ocampo">Silvina Ocampo</persName>: la nostalgia del
                    orden</head>
                <byline><persName ref="#enrique_pezzoni">Enrique Pezzoni</persName></byline>
                <p> Los cuentos de <persName ref="#silvina_ocampo">Silvina Ocampo</persName>
                    subyugan y desarman al lector: lo hacen verse una y otra vez desprevenido ante
                    unos textos irresistibles y anómalos, instalados en una suerte de ilegalidad que
                    les permite remitirse a varios referentes posibles y a la vez negarse a todos
                    ellos. Irreductibles, las historias de <persName ref="#silvina_ocampo">Silvina
                        Ocampo</persName> incitan a una empresa de redescubrimiento que sólo podrá
                    iniciar un lector ya de antemano y deliberadamente desprevenido, olvidado de
                    rótulos y pactos de lectura consabidos. Aquí es preciso renunciar a todo intento
                    de interpretación que se aparte de la superficie del texto y aspire a algo que
                    esté fuera de ella: un sentido único, preciso, aleccionador, garantizado por una
                    “verdad” totalizadora y por el prestigio de un trascendentalismo solemne. Frente
                    al conato de “explicarlos” (en sentido literal: de “abrirlos” para permitir que
                    los invadan significados previos a ellos mismos), los cuentos de <persName
                        ref="#silvina_ocampo">Silvina Ocampo</persName> se resisten con admirable
                    agilidad y revelan al máximo su virtud de asumirse a sí mismos como única fuente
                    posible de sentido se niegan a ser leídos como testimonio de la realidad o como
                    lo opuesto, como vías de escape hacia la proyección metafísica. Con su aire
                    insidiosamente familiar, estos relatos deparan la vertiginosa experiencia del
                    reconocimiento unido a la extrañeza.</p>
                <p> Los cuentos reunidos en <title level="m" rend="italic:true;" ref="#ocampo_la_furia">La
                        Furia</title> parecen empeñados en abarcarlo todo: lo que resulta natural a
                    fuerza de reiterado, y también lo que no es <cit>
                        <quote>“de ningún modo natural, pero sí obligatorio e inevitable”</quote>
                        <bibl>(<title level="a">“El vástago”</title>)</bibl>
                    </cit> en el vivir y en el acto de narrarlo. La urgencia misma de abarcar los
                    precipita hacia formas y actitudes ya asentadas en la tradición literaria. Como
                    el protagonista de <title level="a">“La continuación”</title> (un escritor
                    obsesionado por su propio relato y dominado por el personaje que ha creado,
                    quien lo obliga a vivir y a padecer el destino para él inventado), <persName
                        ref="#silvina_ocampo">Silvina Ocampo</persName> se muestra escribiendo
                    impulsada por una necesidad inagotable. Entre la ansiedad y la soberbia, su
                    protagonista o ella misma confiesan: <q who="#silvina_ocampo">“Nada me parecía
                        bastante elaborado, bastante fluido, bastante mágico; nada bastante
                        ingenioso, ni bastante espontáneo; nada bastante riguroso, ni bastante
                        libre”</q>. Pero si sus relatos se apropian de modalidades y técnicas tan
                    diversas, lo hacen para combinarlas en una reprogramación inédita que las
                    desestima como recursos definitivos y las enfrenta irónicamente, señalando la
                    distancia que se abre entre unas y otras, y también entre ellas y la realidad
                    exterior. No modos de ser del mundo, pero sí de los textos que lo narran. En el
                    interior mismo de la institución literaria, los cuentos de <persName
                        ref="#silvina_ocampo">Silvina Ocampo</persName> crean el ámbito de la norma
                    fingidamente admitida y así se muestran como la infracción, el desacato. Incluir
                    modos antitéticos —e igualados— de ver y producir un mundo; derribar toda
                    axiología terminante; ofrecer el espectáculo de un suceder narrado con minucia
                    obsesiva, pero callando su sentido último o sugiriendo con énfasis varios
                    sentidos contradictorios e intercambiables, es instaurar el significado como
                    escándalo. (<cit>
                        <quote source="#barthes_sz">"He aquí lo que sucede cuando se subvierte lo arcano del sentido,
                            cuando se deroga la separación sagrada de los polos paradigmáticos,
                            cuando se suprime la barra de la oposición, fundamento de toda
                            'pertinencia'”.</quote>
                        <bibl><persName rend="italic:true;" ref="#roland_barthes">Roland
                                Barthes</persName>, <title level="m" ref="#barthes_sz">S/Z</title>.</bibl>
                    </cit>) No existe equilibrio final, no hay triunfo de la ley del sentido único,
                    impuesto por esa suerte de código policíaco que quiere imponerlo a expensas de
                    tantos otros que se insinúan.</p>
                <p> Los cuentos de <persName ref="#silvina_ocampo">Silvina Ocampo</persName> narran
                    anécdotas o exponen situaciones revestidas de una atmósfera familiar y aun
                    trivial, característica de los medios pequeñoburgueses donde no suelen
                    manifestarse la imaginación extravagante ni la ambigüedad. Esta imagen, entre
                    fotográfica y paródica, demora y de algún modo desautoriza la sorpresa final: el
                    estallido de esa atmósfera, el hiato abierto por un hecho feroz del que surgen
                    los varios sentidos posibles. (De nuevo <persName ref="#roland_barthes">Roland
                        Barthes</persName>: <cit>
                            <quote source="#barthes_plaisir_texte">“¿El lugar más erótico de un cuerpo no está <hi rend="italic:true;"
                                >allí donde la ropa bosteza</hi>? En la perversión (que es el
                            régimen del placer textual) no hay "zonas erógenas” (...) lo erótico es
                            la intermitencia (como lo ha dicho el psicoanálisis): la de la piel que
                            brilla entre dos ropas (el pantalón y la camisa), entre dos bordes (la
                            camisa entreabierta, el guante y la manga); ese brillo mismo es lo que
                            seduce, o más bien: la puesta en escena de una aparición
                            desaparición”</quote>
                        <bibl>(<title level="m" rend="italic:true;" ref="#barthes_plaisir_texte">Le plaisir
                                du texte</title></bibl>
                    </cit>.) <persName ref="#silvina_ocampo">Silvina Ocampo</persName> se demora en
                    un minucioso registro de conductas y modos de hablar que parecen corroborar a
                    cada instante la vigencia, en sus relatos, del orden imperante en el mundo de la
                    llamada normalidad. Pero la curiosidad misma con que destaca y elabora cada
                    detalle, arrancándolo de su contexto (y así, de su eficacia para manifestar el
                    orden del decoro) lo vuelve anormal, le concede una resonancia imposible de
                    definir, pero siempre ominosa.</p>
                <p> Hay algo que retrocede sin cesar, que espera en algún lugar del texto. No es la
                    caricatura (toda caricatura altera proporciones, pero mantiene invariante las
                    relaciones y se humilla ante el parecido, la fidelidad taimada respecto del
                    original), sino la transmutación: lo que parece obedecer a la verosimilitud
                    realista se contamina de corrosión, se contagia una y otra vez de ilegalidad.
                    Muchas formas de supuesto verismo hay en los relatos de <persName
                        ref="#silvina_ocampo">Silvina Ocampo</persName>: por ejemplo, los buceos en
                    el alma y los sentimientos de los personajes, los obsesivos registros de amores,
                    odios y amistades quizá excesivos, pero siempre reconocibles. Sólo que tales
                    testimonios no son asimilables a análisis psicológico y a su aplicación
                    literaria. No son sino nuevas formas que adquieren las operaciones de
                    transmutación. Amores, odios y amistades, reunidos y enfrentados, proponen una
                    inquietante analogía con un sistema de <hi rend="italic:true;">otras</hi> leyes:
                    una zona donde lo admitido y lo prohibido ya no son términos que permitan
                    enjuiciar actitudes, sino una fascinante lógica combinatoria de atracciones y
                    repulsas a la que obedecen no sólo los comportamientos humanos, sino también las
                    cosas y objetos (súbitamente animados) que atiborran el mundo cotidiano.</p>
                <p> Imposible la lectura verista (verificadora de sentidos sólidos, congelados por
                    las pautas establecidas para conceptualizar el mundo) que quiera convertir los
                    relatos de <persName ref="#silvina_ocampo">Silvina Ocampo</persName> en una
                    serie de símbolos tristemente cargados de significados previsibles. Imposible,
                    asimismo, una lectura que exalte esos relatos desde la mística o la estética de
                    la liberación y proponga la imagen festiva del sentido anulado, del puro goce de
                    la insignificancia, la transparencia total hacia la fruición combinatoria: es
                    precisamente entonces cuando se insinúan y hacen llama dos los sentidos
                    múltiples, que a la vez no se dejan atrapar.</p>
                <p> El propio <persName ref="#borges">Borges</persName> se maravilla alguna vez,
                    casi con gratitud, ante el enriquecedor desconcierto que le suscitan las
                    historias de <persName ref="#silvina_ocampo">Silvina Ocampo</persName>. Al
                    presentar una antología francesa de sus cuentos, no acude a la estética o a la
                    lógica combinatoria (la vacilación entre ficción y realidad), sino a una ética y
                    aun una casuística compensatoria: <cit>
                        <quote>“Es curioso que sea yo, cuya manera de narrar consiste en retener
                            sólo elementos esenciales, quien presente (...) una obra tan sabia, tan
                            irisada, tan compleja y mesurada a la vez (...) En los relatos de
                                <persName ref="#silvina_ocampo">Silvina Ocampo</persName> hay un
                            rasgo que aún no he llegado a comprender: es su extraño amor por cierta
                            crueldad inocente u oblicua; atribuyo ese rasgo al interés, al interés
                            asombrado que el mal inspira a un alma noble.</quote>
                        <bibl>(Prefacio a la antología <title level="m" rend="italic:true;"
                                ref="#fait_divers">Faits divers de la Terre et du Ciel</title>,
                                <placeName ref="#paris">París</placeName>, <date when="1974"
                                >1974</date>. <note resp="#enrique_pezzoni">He traducido el
                                fragmento de <persName ref="#borges"
                            >Borges</persName></note>)</bibl>
                    </cit>. Pero no hay ética ni sacuística rigurosa (menesterosa del mal para ser
                    capaz de discernir y definir el bien) que explique esta fascinación por la cruel
                    dad a que parece rendirse cierta zona de los relatos de <persName
                        ref="#silvina_ocampo">Silvina Ocampo</persName>. Si en ella se enfrentan
                    entidades enemigas, no se condena ni se aprueba a ninguno de los adversarios.
                    Las historias aparecen tan distantes de las valoraciones éticas como de
                    cualquiera de los códigos que tiranizan la realidad exterior. <persName
                        ref="#silvina_ocampo">Silvina Ocampo</persName> expulsa de sus relatos las
                    pautas de la sociedad del decoro, aun cuando lo haga en términos que —burlones,
                    insidiosos— parecen ideológicamente conformes a ella. La rebelión a ultranza, la
                    exaltación de la libertad absoluta no aparece directamente formulada en sus
                    textos anárquicos, que reproducen para corroer, obedecen para violentar. Y en el
                    vacío que instauran, el de las fronteras axiológicas derribadas, en el espacio
                    de la convergencia, en la anomalía que muestra el desorden como una exacerbación
                    del orden, ya no queda un fácil suelo firme donde afirmarse. Todo aparece a tal
                    punto contaminado que es imposible dictaminar qué es infracción y qué es
                    obediencia.</p>
                <p> En <title level="m" rend="italic:true;" ref="#james_vuelta_tuerca">Otra vuelta de
                        tuerca</title>, <persName ref="#henry_james">Henry James</persName> sitúa al
                    transmisor de una historia en la que se enfrentan el bien y el mal (uno de los
                    tantos posibles sentidos de esa historia) en una reunión entre amigos, en un
                    salón de la alta burguesía, el ámbito mismo del “sentirse a salvo”. En torno del
                    fuego del hogar, los interlocutores intercambian historias de espectros y se
                    anticipan el perverso placer de oír una historia más que dará “otra vuelta de
                    tuerca” al horror. Un horror que no invadirá la seguridad en que viven
                    amurallados, que nunca conocerán por vías directas, que percibirán a la
                    distancia necesaria para que una realidad atroz pueda representarse ante ellos
                    como puro espectáculo. Y la historia misma que oirán será la de una <hi
                        rend="italic:true;">outsider</hi>, una víctima de sus represiones, o sus
                    alucinaciones, o su poderes para conjurar lo sobrenatural, que habrá salido de
                    la oscuridad provinciana para ingresar tangencialmente en otra versión del
                    refinamiento burgués protegido y “a salvo”: la mansión campestre, descrita como
                    un decorado seductor y misterioso, con sus torres, su terraza, su jardín
                    circundante y el gran parque más allá de él, todo ello “vacío de un inmenso
                    vacío”. La recién llegada colmará ese vacío con espectros que podrán descifrarse
                    desde perspectivas distintas: encarnación del mal; rechazo de cuerpo y sus
                    deseos, que se vuelven apariciones abominables; intrusión de lo sobrenatural en
                    lo apacible. En todo caso, dirá <persName ref="#henry_james">Henry
                        James</persName>, altivo y risueño, en uno de sus prólogos críticos, un <cit>
                            <quote source="#james_art_novel">“cuento de hadas”, escrito con el propósito de “lograr que la visión
                            general del mal sea en el lector lo bastante intensa (...) y que su
                            propia experiencia, su propia imaginación (...) suministran con holgura
                            los detalles necesarios. Hacerle pensar el mal, hacer que lo piense por
                            cuenta propia, para librar al escritor de incómodos
                            detallismos”.</quote>
                        <bibl>( <title level="m" rend="italic:true;" ref="#james_art_novel">The Art of the
                                Novel</title>, <placeName ref="#nueva_york">Nueva York</placeName>,
                                <date when="1947">1947</date>, <biblScope unit="page">pág.
                                76.</biblScope>)</bibl>
                    </cit> En esa otra imagen misma de le ambigüedad que son las historias de
                        <persName ref="#silvina_ocampo">Silvina Ocampo</persName>, ella misma es la
                    que llega desde afuera para imponer el desasosiego, la ilegalidad, la corrosión
                    en los ámbitos de la norma, del decoro, del “sentirse a salvo”. Sólo que su
                    subversión elige el rumbo inverso. Abandona los recintos del refinamiento para
                    acudir a los de la decencia pequeñoburguesa, donde las leyes de la buena
                    conducta de los buenos sentimientos, se obedecen con puntualidad obsesiva. Se
                    dirige a los barrios modestos, a las casitas “como de azúcar”, a los patios de
                    las fiestas vecinales, a los caserones donde se ignora la comodidad en nombre de
                    la austeridad, o bien a los dormitorios suntuosos en los que sólo entra
                    siguiendo a unas costureras que prueban un vestido de terciopelo a una señora
                    dominante, enamorada de sí desde el principio contaminada por la irrisión de su
                    nombre: <persName type="literary_character">Comelia Catalpina</persName>. Y
                        <persName ref="#silvina_ocampo">Silvina Ocampo</persName> invade esos
                    espacios sin rechazar “el incómodo detallismo”. Al contrario: fascinada, <hi
                        rend="italic:true;">rellena</hi> el vacío del decoro automático con detalles
                    que no rehuyen la vulgaridad o la cursilería. La habitante de <title level="a">"la casa de
                    azúcar"</title> adorna <q source="#ocampo_la_furia">“periódicamente la casa con volantes de <hi
                            rend="italic:true;">nylon</hi> , en las tapas de la letrina, en las
                        repisas del comedor, en los armarios, en todas partes”</q>; sobre las mesas
                    de los festejos, en los patios familiares, se acumulan los sandwiches de verdura
                    y jamón, el florero con gladiolos naranjados otro con claveles blancos, las
                    botellas de sidra, el calor y las moscas, las flores que ensucian las baldosas,
                    los personajes que actúan de acuerdo con el decorado: <q source="#ocampo_la_furia">“Los
                        hombres con los periódicos, las mujeres con pantallas improvisadas o
                        abanicos, todo el mundo se abanicaba o abanicaba las tortas y los
                        sándwiches”</q>. Actuaciones perfectas nunca desviadas de las acotaciones
                    escénicas que exige el ambiente. De pronto, la subversión. La obediencia a la
                    norma es la ilegalidad extrema: el patio de la fiesta es escenario de muertes;
                    la “casita de azúcar” es el recinto donde hay que cumplir con un destino atroz
                    impuesto por otro; el caserón austero es el lugar de la avaricia; el vestido de
                    terciopelo sofoca, “asesina” entre las risas de la costurera a la señora del
                    dormitorio suntuoso, quien se desploma prorrumpiendo en el lugar común, la
                    cursilería que cierra el espectáculo: <q source="#ocampo_la_furia">“Deberían hacerse
                        vestidos inmateriales, como el aire, la luz o el agua"</q>.</p>
                <p> Nada y a la vez todo ha quedado librado a la imaginación del lector. El
                    detallismo caracteriza con minucia el espacio del decoro mientras hace que de él
                    mismo surja la infracción, lo ilegal. No se insinúa ninguna causalidad
                    satisfactoria que explique la trasmutación. Casuística y cálculo combinatorio se
                    superponen y se anulan, se rebasan en el espectáculo, cómico y feroz, de los
                    juicios de valor (ético, estético) derruidos. Derrumbe espectacular que denuncia
                    la realidad como una amalgama de la rigidez y la inconsistencia, a semejanza del
                    vestido de terciopelo asesino, capaz de acabar hasta con las consabidas
                    connotaciones poéticas de lo “inmaterial”: el aire, el agua, la luz.</p>
                <p> Un texto central en la literatura de <persName ref="#silvina_ocampo">Silvina
                        Ocampo</persName> es <title level="a">“Informe del Cielo y del
                        Infierno”</title>, cuasi relato que bien merece el epíteto de <persName
                        ref="#borges">Borges</persName> en su prólogo en francés: <hi
                        rend="italic:true;">chatoyant</hi>, irisado de reflejos que no se aborden en
                    el blanco neutralizador del sentido dominante, pero que a la vez surgen de lo
                        <hi rend="italic:true;">blanco</hi>, de la ausencia y revocación de ese
                    sentido. Un relato vaciado de suceder y de anécdota un hueco donde resuena la
                    voz que lo rellena con el detallismo obsesivo. <q source="#ocampo_la_furia">“A ejemplo
                        de las grandes casas de remate, el Cielo y el Infierno contienen en sus
                        galerías hacinamientos de objetos que son los que habitualmente hay en las
                        casas del mundo."</q> En ese vertiginoso mercado, se reiteran las leyes
                    tiránicas del mundo habitual: la oferta y la demanda, el rédito y la inversión.
                    Inversión: subversión. Ángeles y demonios no deparan premios ni castigos;
                    “parejamente ávidos”, darán a elegir al que ingrese en las galerías de la
                    eternidad las cosas que habrá preferido en su vida. <q source="#ocampo_la_furia">“Ten
                        cuidado —dice la voz—. Si eliges más cosas del Cielo que del Infierno,
                        corres el riesgo de ir al Infierno, pues tu amor a las cosas celestiales
                        denotará mera concupiscencia. Las leyes del Cielo y el Infierno son
                        versátiles..."</q> En esta dialéctica cuyos opuestos no responden a ninguna
                    casuística, puede uno condenarse por una llave rota o una jaula de mimbre, puede
                    uno salvarse por un papel de diario o una taza de leche. Paroxismo de la
                    reversibilidad, irrisión de la causalidad lógica, material o ética. La voz
                    ubicua que se dirige a todos y a nadie impone una responsabilidad imposible de
                    ejercer, ya que equipara las pautas religiosas y morales a las de la
                    compraventa, y a la vez sentencia lo absurdo de toda transacción. Quizá el mayor
                    desasosiego sea el del vacío que persiste, aun colmado, relleno de un detallismo
                    que se declara a sí mismo superfluo. Un doble vacío. En la enunciación: ¿de
                    quién es esa voz que surge del más allá y desautoriza todas las versiones
                    conocidas de lo divino y lo infernal, la voz que muestra la eternidad como un
                    espejo donde se refleja con maniática fidelidad nuestro propio desconcierto? En
                    el enunciado: ese espacio de la versatilidad de la transmutación, ¿es el nuestro
                    o el de lo otro, el de lo sagrado (siquiera trivializado, degradado)? Reconocer
                    en todas partes los mismos pormenores de nuestro vivir, con su “trivialidad
                    mágica, con sus postergaciones, sus efectos”, no es en modo alguno ofrecer ese
                    terreno firme en el cual podamos afincarnos para sentirnos “a salvo”.</p>
                <p> Las galerías infernales y celestiales son dos lugares del rito: del pasaje, de
                    la contaminación de lo uno y lo otro. Si algún sentido preciso tiene este
                    informe, será precisamente el de no ofrecer el sostén del sentido único. el que
                    de algún modo justifique y deje “a salvo” las pautas para regir las conductas o
                    para justificarlas desde cualquier orden. De allí la permanente tentación de
                    leer los relatos de <persName ref="#silvina_ocampo">Silvina Ocampo</persName>
                    como una manifestación de lo fantástico: de la anomalía, de la coincidencia
                    contradictoria de los opuestos, “lo normal y lo anormal”. <cit>
                        <quote source="#barrenechea_lit_fantastica">“Lo anormal es todo lo que en el nivel natural o sobrenatural, físico
                            o metafísico, psíquico o parapsíquico, resulta fuera de lo aceptado
                            socioculturalmente por uno o más grupos”.</quote>
                        <bibl>(<persName ref="#ana_barrenechea">Ana María Barrenechea</persName>. <title
                            level="a" ref="#barrenechea_lit_fantastica">“La literatura
                                fantástica: función de los códigos socioculturales en la
                                constitución de un género”</title>, en <title level="j"
                                rend="italic:true;" ref="#revista_sitio">Sitio</title>
                            <biblScope unit="issue">N° 1</biblScope>.)</bibl>
                    </cit> La dimensión fantástica, la duplicidad, la mutua corrosión de los
                    opuestos se dan aun en la poesía de <persName ref="#silvina_ocampo">Silvina
                        Ocampo</persName>, acuciada por un afán de autoconocimiento (<q
                        who="#silvina_ocampo">“fui y soy la espectadora de mí misma"</q>) inerme,
                    sin poderes cognitivos, que convierte a los demás en zonas de investigación
                    anexas a quien se estudia a sí misma (la que <q who="#silvina_ocampo">“llora por
                        sí con penas de otros, / la que dice sólo 'yo' al decir 'nosotros'”</q>) y
                    que amontona opuestos sin jerarquizarlos (<q who="#silvina_ocampo">“Hay luz, hay
                        rosas y hay basura / y repugnancia en la ambición más pura, /como hay
                        felicidad en mi dolor / y en mi dicha siempre algo aterrador"</q>).</p>
                <p> Afán de conocer es afán de inventar un juego de las pasiones que obedecen a sus
                    propias leyes; es negarse a la verosimilitud realista y a la vez aceptar lo
                    sobrenatural como una prolija forma del realismo y el verismo; es correr el
                    riesgo de ser el teatro donde se representa ese juego. Un juego de la risa y el
                    temor.</p>
                <p> Reímos ante el detallismo de lo cotidiano, cuyas incoherencias se subrayan hasta
                    los bordes del absurdo; tememos al advertir que los puntos de referencia
                    tradicionalmente asignados por la cultura al mundo ya no circunscriben en este
                    relato ningún límite, ningún ámbito asignable a lo sobrenatural (aquello que
                    amenaza con invadirnos) o a lo natural (aquello que ya hemos invadido).</p>
                <p> Esta anarquía, esta renuncia a todo orden prescrito, ¿agota la literatura de
                        <persName ref="#silvina_ocampo">Silvina Ocampo</persName>? El lector
                    presencia en ella todavía otro desasosiego que actúa sobre él con inmediato
                    contagio. A la anarquía se une la necesidad o acaso la nostalgia del orden. Un
                    orden ya sentido como bien que se ha perdido o como inminencia que tarda en
                    manifestarse en el vacío atiborrado de simulacros. Nueva lectura de los relatos
                    de <persName ref="#silvina_ocampo">Silvina Ocampo</persName>: la insinuación de
                    que el orden ausente, el bien perdido, sólo puede manifestarse como <hi
                        rend="italic:true;">amenaza</hi> , como <hi rend="italic:true;">puro
                        riesgo</hi> . Una vez más como inversión, transmutación. Sólo tienen una
                    visión radiante del orden ausente los marginados, los que se niegan a toda forma
                    de pacto con el orden habitual: los niños, los enfermos, los animales, los
                    moribundos.</p>
                <p> Toda una vertiente de los relatos de <persName ref="#silvina_ocampo">Silvina
                        Ocampo</persName> descubre las huellas del orden remoto en lo cotidiano.
                    Fugaces apariciones de lo mágico, lo maravilloso, pero siempre ofrecido como un
                    don inservible o destinado a un empleo que no otorgará a su poseedor el menor
                    poder sobre el mundo. Nostalgia o deseo no se sacian con el cálculo, la
                    maniobra. Esta denuncia del don sobrenatural inservible —burlona versión de lo
                        <hi rend="italic:true;">unheimliche</hi> freudiano de la inquietud ante la
                    posibilidad de que lo neutralizado por la superstición o museificado en el mito
                    pueda volverse real— se da muchas veces en el interior mismo del lenguaje. Si el
                    hechizo se formula mediante la fórmula incantatoria, en <persName
                        ref="#silvina_ocampo">Silvina Ocampo</persName> son las frases hechas, los
                    estereotipos, las figuras retóricas “de entrecasa” las que reactivan su fuerza
                    de denominación y se transmutan en cosas y acciones. (<persName ref="#todorov"
                        >T. Todorov</persName>: <cit>
                            <quote source="#todorov_intro_lit_fant">“Si lo fantástico se sirve sin cesar de las figuras retóricas, es
                            porque ha encontrado su origen. Lo fantástico nace del lenguaje; es a la
                            vez su consecuencia y su prueba”.</quote>
                        <bibl><title level="m" rend="italic:true;" ref="#todorov_intro_lit_fant"
                                >Introduction a la littérature fantastique</title> , <placeName
                                ref="#paris">Paris</placeName>, <date when="1970"
                            >1970</date>.</bibl>
                    </cit>) El amor que una mujer siente por su perro <persName
                        type="literary_character">“Mimoso”</persName> suscita la maledicencia de los
                    vecinos: el perro muerto, atiborrado de venenos y embalsamado. hará posible la
                    venganza de la calumniada. <q source="#ocampo_la_furia">“Cuando lo vea listo —le ha
                        dicho el embalsamador— le va a dar ganas de comerlo.”</q> El estereotipo
                    reactivado <hi rend="italic:true;">desata la lengua</hi> : otorga a los lugares
                    comunes que se suceden en cadena una literalidad que suscita la risa y el temor.
                    La mujer invita al maldiciente, le ofrece “asado con cuero” (el perro
                    embalsamado y cocinado al horno) y ante el condenado a muerte enuncia el último
                    clisé, modificado ad hoc: <q source="#ocampo_la_furia">“No hay que decir 'de este perro
                        no comeré'”</q>. Antes de la ejecución, la mujer ha citado todavía otro
                    lugar común al referirse al hábito chino de comer perros. <q source="#ocampo_la_furia"
                        >“¿Será cierto o será un cuento chino?”</q>, ha preguntado con aire
                    inocente. El relato mismo de su venganza es, en verdad, el <hi
                        rend="italic:true;">cuento chino</hi> : la argucia para trampear con un
                    palabrerío que se realiza “al pie de la letra”. Placer de la venganza: placer de
                    un acto de habla, exaltación del poder de <hi rend="italic:true;">hacer cosas
                        con palabras</hi> . En <title level="a">“La casa de azúcar”</title>, para
                    unos modestos recién casados realizar el ideal de comprar “la casa de nuestros
                    sueños” será de nuevo el acto de “desatar la lengua”: en la casa comprada se irá
                    cumpliendo paso a paso el sueño de alguien que ha muerto jurando vengarse de
                    quien “le ha robado la vida”. En <title level="a">“La casa de los
                        relojes"</title>, el tintorero <persName type="literary_character">Gervasio
                        Palma</persName> se ofrece (en pleno festejo de un bautismo) a planchar el
                    traje arrugado de <persName type="literary_character">Estanislao</persName> un
                    relojero jorobado. —¿Me desnudo?— preguntó el relojero. —No — respondió
                        <persName type="literary_character">Gervasio</persName>—, no se moleste Se
                    lo plancharemos puesto. —¿Y la giba? —También se la plancharemos— respondió
                        <persName type="literary_character">Gervasio</persName>. El transmisor de la
                    historia (un niño que envía una carta a su maestra) observará que nadie volverá
                    a ver al dueño de la relojería LA PARCA que ante sus preguntas, su madre
                    responderá: “Se fue a otra parte”. El estereotipo y la fórmula se descongelaban,
                    pierden la “naturalidad” que los volvía imperceptibles, se vuelven
                    decir-actuar.</p>
                <p>El don maravilloso reaparece en muchos otros niveles de los relatos de <persName
                        ref="#silvina_ocampo">Silvina Ocampo</persName>. Casi siempre con esa
                    temible eficacia no imaginada por el beneficiario del don. Así, los objetos
                    perdidos a lo largo de una vida reaparecen, como entregados, por una memoria
                    despiadada, ante quien los poseyó alguna vez, acosando y no deparando la dicha,
                    sino la esclavitud. <cit>
                        <quote>“A través de una suma de felicidades. <persName
                                type="literary_character">Camila Ersky</persName> había entrado, por
                            fin, en el infierno”</quote>
                        <bibl>(<title level="a">“Los objetos”</title>)</bibl>
                    </cit>. En <title level="a">“Magush”</title>, el don es el de la adivinación,
                    concedida a un niño capaz de descifrar destinos humanos en las ventanas de un
                    edificio <q source="#ocampo_la_furia">“que son como barajas para él”</q>. <persName
                        type="literary_character">Magush</persName>, el clarividente, podrá a lo
                    sumo compartir su don, “prestar” la facultad de adivinar a un amigo, pero no
                    podrá modificar los destinos descifrados. Quedan eso sí, la sutileza, el saber
                    de <persName ref="#silvina_ocampo">Magush</persName>. </p>
                <p>Sutileza, sabio quehacer de <persName ref="#silvina_ocampo">Silvina
                        Ocampo</persName>. Como los niños de sus relatos, ella sabe que lo
                    maravilloso sólo puede narrarse por vías oblicuas: insinuado en lo cotidiano
                    como un azar desconcertante o abominable, o como la puesta en escena de los
                    referentes de un lenguaje que ha adquirido su capacidad de nombrar y de hacer.
                    Pero en definitiva, todo irónico, distanciado, marcado por la duplicidad. La
                    oscilación lo impregna todo, contamina de incredulidad realidad y ficción,
                    muestra esa incredulidad como espléndida ocasión de escritura que procura
                    nombrar lo indecible, el sentido irreductible a cualquier paradigma, la
                    excepción absoluta. La excepción: única alusión posible al orden ignorado,
                    obstinadamente ausente, pero que inspira nostalgia. Los niños reaparecen en las
                    historias de <persName ref="#silvina_ocampo">Silvina Ocampo</persName> como
                    demiurgos de la ausencia, demonios que ofician de pontífices entre lo anhelado y
                    su presencia imposible. Si alguna vez parecen olvidar ese oficio, si pactan con
                    el orden adulto y “normal”, traspasan sus poderes a los ya nunca niños: los
                    ancianos. Los sueños de la anciana <persName type="literary_character"
                        >Leopoldina</persName> “hacen milagros”, como el lenguaje reactivado,
                    incorporan al mundo objetos: plumas de torcaza, piedritas, hierbas, ramas,
                    ranas. La voz de la voracidad insiste: <q source="#ocampo_la_furia">“¿Por qué no sueña
                        con otras cosas? Con piedras preciosas, con anillos, con collares, con
                        esclavas. Con algo que sirva para algo”</q>. <persName
                        type="literary_character">Leopoldina</persName> soñará entonces con lo que
                    implante para siempre el vacío, la ausencia, la excepción absoluta. A sus sueños
                    erráticos sin jerarquías organizadoras, sucede el sueño de la nada: el viento
                    zonda que barrerá con las mieses, degollará a los animales entre las piedras, la
                    arrebatará a ella misma y hasta el perro pila llamado <persName
                        type="literary_character">Ganguito</persName>, que <q source="#ocampo_la_furia"
                        >“escribió esta historia en el último sueño de su patrona”</q>.</p>
                <p>Hay niños que fingen pactar con el orden adulto. Pero en los cuentos de <persName
                        ref="#silvina_ocampo">Silvina Ocampo</persName>, esos niños extreman la
                    argucia. En verdad, no hacen otra cosa que decretar, en el medio del pacto, la
                    extenuación de esa “normalidad” donde impera la voracidad. <hi
                        rend="italic:true">Voyeurs</hi> solapados, se dejan mirar y atisban desde el
                    centro mismo del escenario el espectáculo que ofrecen a los espectadores
                    embaucados. La niña narradora de <title level="a">“La boda”</title> declara su
                    dicha porque goza de la amistad de <persName type="literary_character"
                        >Roberta</persName>: <q source="#la furia">“Me dominaba porque yo la quería,
                        no porque me comprara bombones o bolitas de vidrio[...] sino porque me
                        hablaba a veces como si ella y yo fueramos chicas de ocho años”</q>. La niña
                    caza una araña ponzoñosa. Una mañana, en una peluquería, <persName
                        type="literary_character">Roberta</persName> y la niña están frente al
                    rodete postizo de una novia que se prepara para su boda. <q source="#la furia"
                        >“—¿Pongo la araña adentro?”</q>, pregunta la niña. La amiga mayor inclina
                    la cabeza como asintiendo, aunque el ruido de un secador eléctrico parece
                    haberle impedido oír. Deslizada la araña en el rodete, la adulta envidiosa de
                    ese casamiento que ha impedido sella la complicidad con la niña: <q
                        source="#la furia">“Todo será un secreto entre nosotras”</q>. Y la niña
                    desella el pacto: <q source="#la furia">“Seré una tumba”</q>, responde.
                    Reaparece el estereotipo: formulado como imitación servil —la niña habla “como
                    lo ha oído hacerlo a las personas mayores”—, descongela el sentido olvidado.
                    Literalmente, la niña entierra el orden adulto del decoro donde la hipocresía lo
                    enmascara todo.</p>
                <p>Metamorfosis de situaciones, de actuaciones, el relato es como un juego de
                    metáforas que parecen reflejarse mutuamente, pero que se organizan desde la que
                    ocupa el centro reproduciendo, deformando, parodiando hasta la irrisión total.
                    Sólo así, como forma del delirio o colmo de la exageración, se acepta desde la
                    normalidad este juego de niños (que, en verdad, se juega en serio). Ya lo ha
                    observado agudamente <persName ref="#sylvia_molloy">Sylvia Molloy</persName>: <cit>
                        <quote source="#molloy_exageracion_lenguaje">“El lector adulto suele aceptar la falta de límites dentro de la cual
                            se desempeñan como aceptaría la falta de límites de un loco,
                            condenándolos a una suerte de <hi rend="italic:true;"
                            >Narrenshiff</hi>literario encargado de radiar, como las naves que
                            recuerda <persName ref="#michel_foucault">Foucault</persName>, a todo el que se
                            aleje de las normas de salud o la mesura”.</quote>
                        <bibl>(<title level="a" ref="#molloy_exageracion_lenguaje">“<persName
                                    ref="#silvina_ocampo">Silvina Ocampo</persName>: la exageración
                                como lenguaje”</title>, <title level="j" rend="italic:true;"
                                ref="#revista_sur">Sur</title>, <biblScope unit="issue">n°320</biblScope>,
                                <biblScope unit="page">p.23.</biblScope>)</bibl>
                    </cit>. Pero expulsados de la hipocresía adulta, los niños regresan, se quedan.
                        <persName ref="#silvina_ocampo">Silvina Ocampo</persName> no teme los
                    finales melodramáticos. En <title level="a">“La Furia”</title>, un niño se queda
                    en el cuarto de hotel donde ha presenciado el encuentro de un hombre y de una
                    mujer cuyos ojos brillan “como los de las hienas”. El enviado por la divinidad
                    infernal (que no reaparece) arrastra al amante fugaz al crimen, a la cárcel. Son
                    siempre los niños los más capaces de la subversión, los que “desatan la lengua”. </p>
                <p>Pero muchos relatos de <persName ref="#silvina_ocampo">Silvina Ocampo</persName>
                    no insisten en el pacto ficticio. Al contrario, procuran sin puntos de
                    referencia la excepción, la autonomía desdeñosa de todo compromiso, iluminada
                    por su propia, dura luz. <title level="m" rend="italic:true;" ref="#ocampo_la_furia">La
                        Furia</title>, esta <hi rend="italic:true;">imago mundi</hi>, se cierran con
                    el relato <title level="a">“La raza inextinguible”</title>, informe entregado
                    por “un niño ojeroso” y que, a diferencia de aquel otro informe del Cielo y el
                    Infierno, ya no necesita trivializar lo sobrenatural ni monumentalizar lo
                    humano. La raza inextinguible es la de los niños que organizan y gobiernan un
                    mundo cada vez más diminuto en el que no tienen cabida los impostores, los que
                    se achican para entrar en él. <q source="#ocampo_la_furia">“Nos hemos puesto en guardia
                        para echarlos de nuestro círculo. Somos felices”</q>. Este extremo de la
                    parábola se reúne con el que se abre <title level="m" rend="italic:true;"
                        ref="#ocampo_la_furia">La Furia</title>, el relato <title level="a">“La liebre
                        dorada”</title>. Radiante visión de otro pacto: esta vez con la divinidad,
                    con el orden ausente. Una jauría persigue a una liebre dorada. Los perros corren
                    hasta que los derriba el cansancio. La liebre interrumpe entonces el espectáculo
                    paródico de la víctima acosada por la avidez, expulsada por la “normalidad”.
                    Pero al mismo tiempo condena a los perseguidores, fijándolos en su actuación
                    irrenunciable: sumisión y obediencia. Reanima a los perros para que oigan las
                    voces de sus amos. <q source="#ocampo_la_furia">“Todos los perros, al oír sus nombres,
                        salieron corriendo y la liebre sin nombre se quedó un momento inmóvil, sola,
                        en medio del campo. Nadie la llamaba, porque las liebres no tienen
                        nombre”</q>. La nostalgia del orden adquiere una belleza que deslumbra en su
                    desnudez. Despojada de todo, inclusive de lo que le ha permitido <hi
                        rend="italic:true;">nombrarse</hi>: el lenguaje transgredido, violentado,
                    resucitado, evoca su propia mudez. La nostalgia del orden encuentra su imagen
                    más sobrecogedora: la tentación del silencio. </p>


            </div>
            
            <div type="text" subtype="crítica">
                
                <head>La inquisición y los Tegobitos</head>
                <byline><persName ref="#omar_borre">Omar Borré</persName></byline>
                
                <p>La inquisición no se caracterizó precisamente por el hecho de inquirir, ya que se
                    decía “menos averigua Dios y perdona”. Y ¡Zas! los leños ardientes desarticulaban
                    cualquier pensamiento que se hubiera formado en un rincón de algún judío, puesto que
                    al calor de las llamas sentían la nostalgia de posponer su fe y la de su familia.
                    Todos se quedaban quietitos cuando la gente decía: “Ahí viene la inquisición”. Un
                    pariente muy remoto, un antepasado, fue interceptado por la inquisición y él se sentó
                    a esperarla y dispuesto a rebatir cualquier ocurrencia que estos monjes pudieran
                    presentarle; como por ejemplo: “Me dijeron que una vez ud. se quejó y estando cerca
                    de una iglesia no fue capaz de hacer una reverencia”. Mi antepasado fue incendiado
                    por una simple reverencia. Si yo tuviera que padecer nuevamente la inquisición, y la
                    gente me dijera: “Eh, amigo, ahí vienen los inquisidores”, lo primero que haría sería
                    no creer, porque nadie puede creer que a fines del siglo XX pueda haber algo que se
                    le pareciera. Pero supongamos que yo estoy soñando que viene la inquisición y que me
                    quieren inquirir por haber estado leyendo la biblia con malos ojos, o acusaran de
                    enjuiciar el libro de los Jueces. Bueno, insisto, yo no podría creerlo aunque fuera
                    un sueño y les diría: “eso sí que no, así no es”. Y de repente un calor abrasador me
                    quemaría el órgano de los sentidos y después mis plumas de ganso y mis papiros
                    empezarían a rodar cuesta abajo. Pero no hay que temer a los sueños, que como grietas
                    del infierno se nos abren delante de los ojos, solamente, porque el sueño, engañoso y
                    perverso, es capaz de cometer estas crueldades.</p>
                <p>Una vez le preguntaron a un señor: “¿Ud. cree que el mundo gira alrededor del sol?” y
                    éste contestó: “SIIIII”. Los monjes se sacaron las capuchas y haciendo una mueca de
                    desagrado volvieron a preguntarle: “¿Ud. está Seguro, pero seguro, pero seguro que la
                    tierra gira alrededor del sol?” Y el señor contestó: Siiiiiiiiii. Entonces, Zas, uno
                    de ellos le pinchó el otro ojo, para lo cual este señor, que también era pariente
                    mío, atinó a decir: “me parece que todavía algo se mueve”. Los inquisidores en el
                    colmo de la ofuscación se alejaron haciendo ondas con sus capas.</p>
                <p>Mientras tanto, en un pueblito de Salamanca otro señor obcecado machacaba un huevo
                    delante de un montón de gente, que estaba convencida que América no existía y uno de
                    los sabios dijo en tono burlón: “ni por las patas existe América” (ellos consideraban
                    que el mundo estaba sobre una mesa).</p>
                <p>Pero esta vez, el machacador de huevos tomó su sombrero e insultando en italiano se
                    dio a la mar, sin más ni más que su corazonada y el afecto de la reina, que se decía
                    a sí misma: “Mejor que se vaya y nos deje en paz corriendo a los moros por toda
                    España, que esto es divertidísimo”. Aún cuando los moros eran muy inteligentes y
                    rápidamente se vestían de españoles y ya está. Y la reina estaba requetecontenta
                    cabalgando por España, hasta llegó a decir: “donde pase mi caballo no volverá a
                    crecer el moro” (pensando que los moros tenían algo que ver con los matorrales o el
                    matto grosso). No obstante a pesar de todo a otros le caían manzanas en la cabeza,
                    inexplicablemente, y el otro puso en venta su telescopio porque ya ciego no le servía
                    para nada, el telescopio lo compró gente inescrupulosa que se puso a mirar el cielo
                    todo el día y a uno se le ocurrió inventar los horóscopos aduciendo que en los astros
                    estaba el porvenir, nunca se supo con certeza si hablaba del porvenir de los otros o
                    de su propio porvenir.</p>
                <p> Pero la inquisición no cejaba. Preguntaba a todo el mundo por esto y por aquello y
                    nada le venía bien y la gente contestaba con dificultad: “Bueno, tal vez, quizá, en
                    fin..." y de esta manera muchos fueron absueltos. Lo más curioso de todo esto, fue
                    que la inquisición de la noche a la mañana desapareció de la faz de la tierra (o no
                    sé) a algún lado tuvo que ir, porque había un tipo que decía todo el tiempo: “Nada se
                    pierde, todo se transforma... nada se pierde todo se transforma, etc. etc..." Otro
                    individuo, altamente distraído respondió: “yo creo que todo es relativo, que nada es
                    absoluto, yo creo que todo es relativo”. Y todos pensaron que la inquisición tenía
                    que estar en algún lugar.</p>
                <p> “Ah, no, no no,” —dijo un viejito Vienés— el problema es inconsciente. Y allí mismo
                    inventó un método mediante el cual si la gente se acostaba y hablaba en esa posición
                    no se le caía el alma a los pies y así podían decir cuanto se les ocurriera...</p>
                <p> Ya sé, ya sé —dijo el viejito Vienés— la inquisición está escondida abajo de la
                    solapa del saco de la gente”. Nadie podía entenderlo, hasta tal punto no se lo
                    entendía que una nueva inquisición de tegobitos lo corrió por todo el viejo
                    mundo.</p>
                <p> Por eso yo digo, si a ud. alguien le hace una pregunta, no lo dude, tómese su tiempo
                    para contestar y recuerde: en la pregunta está escondida la respuesta, siempre está
                    la respuesta.</p>
                
                
            </div>
            
            <div type="prose" subtype="cuento">
                
                <head>Sonia (o el final)</head>
                <byline><persName ref="#osvaldo_lamborghini">Osvaldo Lamborghini</persName></byline>
                <note><date when="1979-08">Agosto, 1979</date></note>
                
                <div>
                    <head>I</head>
                    <p> Los que no tienen que mendigar, no mendigan: es una gran verdad. Jamás se ha visto
                        a un millonario, o a un obrero, mendigando por las calles. Mendiga el mendigo,
                        nadie más que el mendigo. Muy distinto, pero exactamente igual, es el caso de los
                        trabajadores. Los que no tienen que trabajar, trabajan: de todos modos, trabajan.
                        Los que tienen que mendigar, mendigan. Los que tienen que trabajar, trabajan. Los
                        que no tienen que trabajar, trabajan. Decía un confidente policial (no, nada que
                        ver con el tema). Por ejemplo: ¿de dónde proviene el mal aliento de algunas
                        frases? ¿Y la mala letra. ¿Cuáles son sus causas? Tampoco viene al caso, aquí, la
                        opinión de los psicólogos. Habrá siempre algo de sublime en aquello de “el
                        cotorro” y “el gavión”. Los artistas son los únicos que, no teniendo que mendigar,
                        mendigan: de todos modos, mendigan. Una excepción.</p>
                    <p> Cuando la pintura de Amte Donitz, exquisita complicidad del canalla egoísta con
                        el trazo “final” (la firma) de dos mil años de cultura se derrumbe, se derrumbe,
                        millones batirán mantas en armonía, rima perfecta con aquello de “los morlacos del
                        otario los tirás a la marchanta”. Millones de esclavos se arrancarán sus
                        dentaduras postizas de “pura” alegría, sembrando así el desconcierto entre los
                        espectadores de los campos de concentración (o sea: sembrando en los campos de
                        concentración). Los espíritus libres: también se alegrarán. En efecto, nadie
                        quiere “amar” (?) ni “ser amado” (¡!) (??), y sin embargo el Amor reina: ¿podría
                        ser acaso de otra manera? Impera. Entonces: Otario y, Marchanta. Un verdadero
                        dilema. También ejemplo, los artistas saber perfectamente que poco importa que ese
                        Ganza u otro cualquiera, Venga o Vaya. Lo supieron siempre, y siempre lo sabrán.
                        No saben otra cosa. Ese saber es el arte. Callan, no obstante. Disimulan. “Tienen
                        miedo a la hipocondría”, comenta (sin justificarlos) CA. en su última novela. Para
                        que se entienda —¡ya empezamos!— aquí arte quiere decir perfección (una homología
                        casi con “me tenés seco y enfermo”). Ni sombra de ironía. Es terrible: ni sombra
                        de ironía. Los tallarines apelmazados de Elsa Erdosain como plato único. Carmen
                        Antonucci de Arlt, Pier-Angela Tabore de Hartz, Cosima Wagner: Yo soy aquel que
                        ayer no más decía, y esto es lo que digo: porque ya empezamos, porque ya habíamos
                        empezado, cuando empezar era un lamentable “seguirla”, después y después y después
                        de la espléndida culminación. La catástrofe de seguir, cuando todos los finales
                        son buenos, cuando siempre se trata —cualquiera sea el final del mejor final,
                        cuando cualquier instante es el final, cuando nada existe salvo el final. Los
                        artistas —indefectiblemente, o finalmente, o al fin, y al cabo, ellos se pirrian
                        por lo irrisorio, se babean— suelen babear preguntas tales como: ¿Y si
                        produjéramos una semiótica del Fi? Quieren decir, en fin, otra vez, final, pero
                        ellos se pirrian también por esta laya de muecas escriturales: Cicatrices
                        Parlantes en la faz de la cultura huera, allí están ellos, con sus hongos
                        grasientos encasquetados hasta las orejas. tomando mate en el umbral de una
                        mercería, sentados en sillas por su puesto de paja. Yo, con mi hormigueante cuerpo
                        de doble ombligo, pertenezco a la cofradía (“¿le tienen miedo a la hipocondría! ”)
                        y los conozco como si mutuamente nos hubiéramos gestado. Yo soy la Morocha, El
                        Marne. El Cachafaz.</p>
                    <p> ¡Argentina, Argentina, Argentina! Ya empezamos. Es el final. De la música a la
                        sociología sólo un paso, hay, desgraciadamente. Entonces, estigmas tales como
                        "mercería”, o “mate”, o “silla de paja” conducen al éxtasis alucinatorio de
                        alucinar un Comiz: el comienzo de un razonamiento exacto, exacto y último, no
                        final (liberación). Si tuviéramos fuerzas —aunque, ¿para qué componer tangos si
                        fuerza tuviéramos?. tendríamos la fuerza suficiente para no empezar, salvo si se
                        tratara, de eso se trata, de empezar un final. Pero no: astenia de umbral.
                        Mendigando en el zócalo sin tener que mendigar. En el umbral.</p>
                    <p> En fin</p>
                    <p> ¿Y si produjéramos un psicoanálisis del Fi? “¡Chupádme el culo!” gritó Göering en
                        el tribunal de Nuremberg. Otro que, para quienes no se dejan engañar por las
                        apariencias, siempre quería “empezar”. No empezó ni terminó (su obra: convertir a
                        Berlín en la capital más fifi de Europa). Pero, no es el caso. Göering, como su
                        compadre Kafka (¡otro!), era un pobre demente, reventando alemán por todas y cada
                        una de las costuras de su cuerpo, ay, libidinal. Era: <hi rend="italic:true;">La
                            Cucaracha Blanca</hi>. No, no me chupeis el cul. Escuchad. Escuchadme.
                        Escuchad la noche del pincel y el canto. Ya os habeis destemplado. Ya no tenéis
                        remedio. Vosotros jamás os habéis dejado enculatar por el yermo, páramo de una
                        eyaculación precoz. O cox. ¿Precocidad alguna vosotros, los que siempre estáis
                        empezando, argentinoides? La cosa era desde el arranque final.</p>
                    <p> Esto tiene que terminar porque ya no soporto ninguna humorada. Bernardo de
                        Irigoyen, Brasil. Me paseo por mi cuarto cuatro de hotel.</p>
                    <p> En cierta ocasión, a causa de un toletole del cual mejor no quisiera acordarme,
                        unos amigos genoveses me dieron cobijo en una quinta cercana a las afueras de
                        Venado Tuerto, provincia de Santa Fe. Pues bien, ahora pacía allí, en paz,
                        tranquilo, en vez de estar en el umbral de la mercería, entre mate y mate —sentado
                        en una silla de paja, y empezando como siempre. Alguien “pararía” el sumario, me
                        dijeron. Pues bien: ¡que no paren! La niña de la casa era una jovencita, entre
                        púber y adolescente, no comprendo. Mi llegada coincidió con su temporada de
                        vacaciones: ella estudiaba en un terrible colegio de monjas, o jamonas, que
                        también daba vacaciones, todos los años, a todas sus alumnas. Pues bien. Ella se
                        paseaba por la orilla del estanque. Yo la miraba desde mi habitación, desde la
                        ventana de mi habitación. Ella se paseaba por la orilla del estanque. Por
                        costumbre de años (y las malas compañías, los artis del ambiente) en mis caminatas
                        yo cantaba tangos, a plena voz aunque no hubiera nadie cerca a quien molestar con
                        mis desafinados gargajeos. Sin embargo, una vez que estaba en “esa”, una mañana,
                        resultó que la jovencita... la sorprendí escuchándome. ¿Ah? ¿Si? Por un momento
                        creí que iba a lograr controlarme. Me quité el hongo grasiento y la saludé con una
                        reverencia casi. Ya me había controlado. Había dejado de transpirar, incluso, por
                        los poros de la nuca y el bulbo de la nariz. Pero ella va y me pregunta, de
                        sopetón:</p>
                    <p> —¿Qué son morlacos?</p>
                    <p> —Pues bien —ya no podía contenerme más— la letra de la canción, del tango canción
                        que yo cantaba (y que tú no debiste, en fin, escuchar...) se refiere a una
                        ramera...</p>
                    <p> —¿A una yiranta?</p>
                    <p> —Sí, a una hedionda. Esta mujer parece que era tan mala que no se conformaba con
                        sacarle los dineros a, los hombres, es decir, a los otarios. También parece que
                        los tomaba para el churrete, no conforme. Como en aquella época, año 1929, los
                        hombres usaban tiradores elásticos además de cinturón para sostenerse los
                        pantalones...</p>
                    <p> Ultimo intento de callar.</p>
                    <p> Ultimo fracaso en el intento de callar, verdaderamente penúltimo. Sonia:</p>
                    <p> —Siga, siga, se lo ruego.</p>
                    <p> —Sí, niña, si ya no puedo parar. Digo que, pongamos por caso, el otario ya había
                        soltado el precio del arreglo, y ya estaba casi casi vestido para irse mientras
                        ella todavía yacía afrancesada sobre las sábanas endurecidas y agrias por el semen
                        seco, mientras afuera esperaba una larga tila (todavía) de hombres, deseando
                        entrar para hacer sus aguas. Pues bien. Pongamos por caso al hombre erguido de
                        espaldas a ella, con los tiradores ya perfectamente enganchados. Entonces la
                        hetaira, no conforme, le apoyaba los pies desnudos sobre las corvas, se prendía
                        de los tiradores, los tensaba y luego, varias veces, los hacía restallar sobre las
                        espaldas del hombre, mientras se reía con risa infernal. Y gozaba. Gozaba así, con
                        los ojos entrecerrados y el cuerpo recorrido, todo el cuerpo, por un cálido
                        temblor, oh.</p>
                    <p> Me senté exhausto sobre el tronco de un árbol: era un pino de Necochea. La
                        jovencita, Sonia (se llamaba Sonia) se arrodilló entre mis piernas. Y empezó:</p>
                    <p> —Morlacos, entonces, son los...</p>
                    <p> —Son, Sonia: dilo, dilo nomás.</p>
                    <p> —¿Tiradores elásticos?</p>
                    <p> —Sí, bendita seas.</p>
                    <p> Le arranqué a tirones la blusa, el corpiño, las bragas canela... Alguna vez,
                        hasta yo he sido feliz.</p>
                </div>
                
                <div>
                    <head>II</head>
                    <p> Almorzábamos, horas más tarde, el padre de Sonia y yo: solos. Sonia, en fin,
                        encerrada en su cuarto. Su madre había dicho: que a pesar del sol a plomo ella
                        agarraba, enganchaba el sulky, y se iba a comer aunque sea una lata de sardinas
                        con una sangría al almacén del pueblo.</p>
                    <p> El padre me permitió comer solamente la sopa. Me miraba como si me dijera
                        “terminala con la sopa, finishela”. El no probó cucharada.</p>
                    <p> Cuando me limpiaba con la servilleta, me encaró:</p>
                    <p> —¿Así que morlacos quiere decir tiradores elásticos?</p>
                    <p> Cuidado. El destino olfatea. Empecé:</p>
                    <p> —Bueno, hombre.</p>
                    <p> —Está bien, cálmese. Yo si sé controlarme. Sólo que me gustaría que me explicara,
                        que me explicara a mí, por ejemplo, qué quiere decir mistonga.</p>
                    <p> —Pues bien. Resulta que allá por 1932 llegó a Buenos Aires una inglesa de mala
                        vida, que se hizo famosa por regentear cierta casa mala donde se hacía de todo.
                        Ella era la madama. Astutamente había elegido, para instalar su burdel, una
                        discreta cortada.</p>
                    <p> Verdaderamente, el penúltimo otra vez.</p>
                    <p> El padre:</p>
                    <p> —¿Y?</p>
                    <p> —¿Y qué?</p>
                    <p> ¿Qué tienen que ver todos esos pavoneos de esteta chismoso con el significado de
                        mistonga?</p>
                    <p> —Pues bien. Como ya le dije, la hembra era inglesa, y mistonga deriva de su
                        nombre. Miss Thonga, se llamaba: miss Thonga, miss Thonga, miss Thonga— si se
                        entiende.</p>
                    
                </div>
                
                <div>
                    <head>III</head>
                    <p> Heme aquí echado de esta casa quinta casa.</p>
                    <p> Era verano.</p>
                    <p> El sol caía a plomo, por suerte. El padre de Sonia me había encasquetado el hongo
                        a la fuerza durante la pelotera que siguió al cuento de miss, miss Thonga</p>
                    <p> —¡A la mercería!</p>
                    <p> Gritaba, mientras me obligaba a caminar a empujones hacia la tranquera de
                        salida.</p>
                    <p> —¡A la mercería, de donde nunca tendrían que haberte sacado!</p>
                    <p> También a los gritos, yo cantaba:</p>
                    <p> —Rumbo a Siberia mañana, ¡partirá! ¿la caravana!</p>
                    <p> Total yo estaba jugado, estoy jugado.</p>
                    <p> De tiempo en tiempo el tiempo llega, para atrás.</p>
                    <p> Si tantas noches he llorado de alegría, por qué no reírme de mi desamparo (al
                        mediodía) con el sol a plomo en un terroso camino de Venado Tuerto.</p>
                    <p> Tropecé con una lata de sardinas y caí. Sentí la boca inundada por la tierra
                        reseca. Parecía arena. Arena, pero arena de verdad, como esa que pisan los
                        camellos.</p>
                </div>
                
            </div>
            
            <div type="poem" subtype="poema">
                
                <div>
                    <head>Mentira e inconsecuencia</head>
                    <byline><persName ref="#nestor_perlongher">Néstor Perlongher</persName></byline>
                    <div>
                        <head>I</head>
                        
                        <lg>
                            <l>Se trata de mentir, de amedrentar</l>
                            <l>o de hurtar en las magras madrigueras</l>
                            <l>de ser huidizo, de coger bellotas</l>
                            <l>como cerdo piadoso, de en el musgo</l>
                            <l>hurgar, en los pantanos</l>
                            <l>en tenebrosos cines, la luz mala</l>
                            <l>en frígidas canicies</l>
                        </lg>
                        
                        <lg>
                            <l>Se trata de escapar, de morder huero</l>
                            <l>de urdir vagos recuerdos inestables</l>
                            <l>de fingir una historia, y, en la histeria,</l>
                            <l>acariciar el himen, la capucha</l>
                            <l>calcinada en vahorosos</l>
                            <l>sabats, ollas añejas</l>
                            <l>donde carcome el lábil, el mestizo</l>
                        </lg>
                        
                        <lg>
                            <l>Conocí un hipocampo</l>
                            <l>asilado en remotas embajadas</l>
                            <l>que asía las barreras</l>
                            <l>con su miembro chorrean te de asperezas</l>
                            <l>y, luego, las bajaba</l>
                            <l>Qué oriental bastardez, qué tenso mambo!</l>
                        </lg>
                        
                        <lg>
                            <l>Después, en los establos,</l>
                            <l>cogida por temblores tremebundos</l>
                            <l>(por tambores asiáticos)</l>
                            <l>acariciar el manso final de la yerguez,</l>
                            <l>como si ella acabara y, pudorosa,</l>
                            <l>convirtiera al destino en una bruja, en un</l>
                            <l>abracadabra</l>
                        </lg>
                        
                        <lg>
                            <l>/ pero, en densos estanques, flamearía</l>
                            <l>cual aspa, la raidez, la colgadura</l>
                            <l>si en esa desmesura / del sentido /</l>
                            <l>no estuviera presente la guayaba, el algodón untuoso</l>
                            <l>o la solemnidad</l>
                            <l>de lo pringoso/</l>
                        </lg>
                        
                        <lg>
                            <l>Ah pegajosos mucilaginosos</l>
                            <l>pehuajenses estares, o aireaciones</l>
                            <l>o canyengue raidez, como bellotas</l>
                            <l>en la crecida estepa</l>
                            <l>que, si a estas las dejas,</l>
                            <l>a otras acudirás, por más aldaba</l>
                        </lg>
                        
                        <lg>
                            <l>o por tenue blondar, o bayadera</l>
                            <l>cipayos en el cruce, zapallitos</l>
                            <l>en el estéril mar, o huerta chica</l>
                            <l>donde ella, sempiterna,</l>
                            <l>los terrones acosa, los tampones</l>
                        </lg>
                        
                        <lg>
                            <l>esos, como despojos</l>
                            <l>—o como un vago himen de marismas,</l>
                            <l>de acuáticas mercancías—</l>
                            <l>así, como fragancias</l>
                            <l>que desde la alcazaba</l>
                            <l>raudas acechan la siseante hetaira</l>
                        </lg>
                    </div>
                    <div>
                        <head>II</head>
                        
                        <lg>
                            <l>Pero si, en un efebo</l>
                            <l>puede el fuego candir, e consumirse</l>
                            <l>así, en aúreos proscenios</l>
                            <l>no será su blondez la cimitarra</l>
                            <l>con que —mugiente barra— le desdeñes</l>
                            <l>—o sea, aparezca en el remanecer</l>
                            <l>como áspera bellota, como turbia?</l>
                        </lg>
                        
                        <lg>
                            <l>Cansino el burilar, el tallaríneo</l>
                            <l>dominguear, la excrecencia</l>
                            <l>podrá imbuir su ausencia</l>
                            <l>de rudo resplandor los tucos platos?</l>
                            <l>tal vez, como presencia clandestina</l>
                            <l>de mamá, de quien manda</l>
                        </lg>
                        
                        <lg>
                            <l>Pero es ella que agita</l>
                            <l>en su remolinear, las mandolinas</l>
                            <l>y torna anochecidas, exangúes las bellotas</l>
                            <l>en un mar de pasados, de repetidos mambos</l>
                            <l>o de transidos mausoleos, acaso, en el tumbar</l>
                        </lg>
                        
                        <lg>
                            <l>en el dar bruces contra el paredón, en el sisar</l>
                            <l>en el redoble de un tambor (lejano, inalcanzable)</l>
                            <l>en el cielorraso de alucinaciones</l>
                            <l>en el gangoso fango</l>
                        </lg>
                        
                        <lg>
                            <l>en la equivocación, como quien yerra</l>
                            <l>por las adolescencias callejeras, cielitos</l>
                            <l>que en su desperdigar muestran las fauces</l>
                            <l>—la farmacia, agitada</l>
                            <l>de resplandores</l>
                            <l>fugaces cual mandrágoras, efímeros</l>
                            <l>como yermos corajes</l>
                        </lg>
                        
                        <lg>
                            <l>Y, después, en el raje</l>
                            <l>en la quema de manos, en el yerto</l>
                            <l>caracolear, en el marasmo</l>
                            <l>de madresdesaparecidas, como inertes</l>
                            <l>maderos</l>
                            <l>Como un cansancio que, al desesperar, cifra la cuenta</l>
                            <l>y canta al barrenar, cual un poema</l>
                        </lg>
                        
                    </div>
                    
                </div>
                
                <div>
                    <head>Ethel</head>
                    <byline><persName ref="#nestor_perlongher">Néstor Perlongher</persName></byline>
                    
                    <lg>
                        <l>Como en ese zaguán de azulejos leonados</l>
                        <l>donde ella se ata el pelo con un paño a lunares —y sobresale un pinche</l>
                        <l>como un punto: en el bretel donde el mendigo gira</l>
                        <l>las huellas de los hombros embarrados en la gasa desnuda:</l>
                        <l>eran plateados esos velos, plúmbeos: ella que recogía, al pie de la</l>
                        <l>escalera, los volados</l>
                        <l>tropezaba en la huella que embarrada por la sed de un mendigo</l>
                        <l>huía en espiral: esas farmacias</l>
                        <l>donde ella se soltaba blandamente una liga y el pinchador pulía la nalga,</l>
                        <l>con un algodoncito: ese capullo</l>
                        <l>huele a cerveza, como un bar: ella se arremangaba toscamente y veía</l>
                        <l>la huella, en el estaño —como un peso de plata</l>
                        <l>en medio de un <hi rend="italic:true;">poema sentimental</hi>, con bultos en
                            los trenes y una</l>
                        <l>cesta (de paja) con una vieja trusa</l>
                        <l>renga como el linyera que posaba sus dientes en la manija</l>
                        <l>y Etheles que baldeaban, casi a ciegas, su cuerpo: vago echado</l>
                        <l>en las lajas.</l>
                        <l>coraje y lavandina:</l>
                        <l>trapos con que una Ethel arma un hatillo, y prende sus orejas, como</l>
                        <l>aros o fotos de un hipódromo: en círculos, alrededor del lago</l>
                        <l>artificial</l>
                        <l>donde se ahoga un lagarto, en torbellinos</l>
                        <l>oye con la cabeza pesarosa el tintín de la plata en ese vaso</l>
                        <l>donde ese pordiosero lía las gomas de alambre de sus babas</l>
                    </lg>
                </div>
 
            </div>
            
              <div type="text" subtype="crítica" xml:id="molloy_dario">
                
                  <head>Voracidad y solipsismo en la poesía de <persName ref="#ruben_dario"
                        >Darío</persName></head>
                <byline><persName ref="#sylvia_molloy">Sylvia Molloy</persName></byline>
                <p> Dos movimientos animan la poesía de <persName ref="#ruben_dario"
                        >Darío</persName>, escritor binario por excelencia: voracidad y solipsismo.
                    Por un lado, la necesidad de penetrar y de incorporar; por el otro, la necesidad
                    de cerrarse, de no dejarse incorporar. Los dos movimientos parecen compartir un
                    mismo fundamento: fundamento que es el otro o lo otro, que es un vacío, espacio
                    blanco donde la voz poética no se asienta y donde el yo —que tan a menudo entona
                    esa voz en el texto dariano— <hi rend="italic:true;">no es</hi> . Espacio que es
                    un no lugar, recuerda el umbral del yo de <persName ref="#paul_valery"
                        >Valéry</persName>: “El Yo se mantiene en un umbral, entre lo posible y lo
                    dejado atrás”. <note resp="#sylvia_molloy" n="1"><bibl><persName
                                ref="#paul_valery">Paul Valéry</persName>, <title level="m"
                                rend="italic:true;" ref="#valery_oeuvres">Oeuvres</title> ,
                                <biblScope unit="issue" n="1">T.I.</biblScope> (<placeName
                                ref="#paris">París</placeName>: <orgName type="editorial" ref="#ed_gallimard">Gallimard</orgName>, <title
                                level="s" ref="#pleiade">La Pléiade</title>, <date when="1965"
                                >1965</date>), <biblScope unit="page" from="340" to="340">p.
                                340.</biblScope></bibl></note></p>
                <p> Ansia. Es una palabra que aparece temprano en la poesía de <persName
                        ref="#ruben_dario">Darío</persName>: <q source="#dario_azul">“Una vez sentí
                        el ansia / de una sed infinita”</q>
                    <note resp="#sylvia_molloy" n="2"><bibl><persName ref="#ruben_dario">Rubén
                                Darío</persName>, <title level="m" rend="italic:true;"
                                ref="#dario_poesia">Poesía</title> (<placeName ref="#caracas"
                                    >Caracas</placeName>: <orgName type="editorial" ref="#ed_biblioteca_ayacucho">Biblioteca Ayacucho</orgName>, <date
                                when="1977">1977</date>), <biblScope unit="page" from="165" to="165"
                                >p. 165</biblScope></bibl>. Cito en adelante por esta
                        edición.</note> escribe en <title level="m" rend="italic:true;"
                        ref="#dario_azul">Azul</title> ... Pero ya ha aparecido el ansia antes en la
                    obra de <persName ref="#ruben_dario">Darío</persName>, o inscrita literalmente,
                    o como actitud. El poema <title level="a">“El poeta a las musas”</title>, de
                        <title level="m" rend="italic:true;" ref="#dario_epistolas"
                        >Epístolas</title> , es ejemplo de esa sed. Texto de un <persName
                        ref="#ruben_dario">Darío</persName> adolescente, quiere hacerse cargo, como
                    otros poemas de juventud, de una pluralidad de voces, en un ejercicio de <q
                        source="#dario_poesia">“loco afanar”</q>
                    <bibl><ptr target="#dario_poesia"/><biblScope unit="page" from="10" to="10">(P
                            10)</biblScope></bibl> y de aplicada imitación. <q
                        source="#dario_poesia">“Todo quiere imitar el arpa mía”</q>, dice más tarde
                    en el poema <title level="a">“A Ricardo
                            Contreras”</title>
                    <bibl><ptr target="#dario_poesia"/><biblScope unit="page" from="15" to="15">(P
                            15)</biblScope></bibl>.</p>
                <p> El ansia, por lo menos en esta primera etapa de recorrido de <persName
                        ref="#ruben_dario">Darío</persName>, no es particularmente distintiva. Se la
                    habrá de ver como sinécdoque del incipiente modernismo: <persName
                        ref="#ruben_dario">Darío</persName>, como otros contemporáneos, opera a
                    partir de un vacío cultural, practica el remplissage y la impostación para ir
                    más allá de lo que le han dejado sus precursores, aquel eterno canto a
                        <placeName ref="#junin_peru">Junín</placeName>. Es necesario recordar que la
                    poesía de un <persName ref="#jose_joaquin_olmedo">Olmedo</persName> o de un
                        <persName ref="#jose_maria_heredia">Heredia</persName> no es fundadora para
                    los modernistas y para <persName ref="#ruben_dario">Darío</persName> como lo
                    fue, por ejemplo, la poesía de un <persName ref="#victor_hugo">Hugo</persName>
                    para <persName ref="#baudelaire">Baudelaire</persName>, su hijo rebelde. Si hay
                    algo de que carece inmediatamente el modernismo es de la <hi rend="italic:true;"
                        >anxiety of influence</hi>: el pasado inmediato no es lo suficientemente
                    fuerte para provocar una reacción activa contra la transgresión de una potencia
                    previa. Sí hay en cambio, para <persName ref="#ruben_dario">Darío</persName> y
                    sus pares, la sensación de un vacío que —por horror a ese mismo vacío— pide ser
                    colmado.</p>
                <p> Este vacío y esta necesidad de colmar —y más aún: de colmatar— es clave del
                    modernismo, por ende se aplica a <persName ref="#ruben_dario">Darío</persName>.
                    También es clave del modernismo la heredada costumbre, dandista de creerse el
                    único que dice. Es decir: voracidad y solipsismo son, dentro del modernismo,
                    actitudes compartidas. Lo que me interesa es desligar —por un momento— a
                        <persName ref="#ruben_dario">Darío</persName> de ese contexto. Ver cómo un
                    impulso colectivo, en un momento de la historia cultural de
                        <placeName ref="#hispanoamerica">Hispanoamérica</placeName>, se observa en un solo texto. Y sobre
                    todo: ver las articulaciones peculiares de la voracidad y del solipsismo ante el
                    vacío (o blanco) en el texto del mismo <persName ref="#ruben_dario"
                        >Darío</persName>, sin por eso transformarlo en una muestra más. Aislar
                    (particularizar) un texto que tantas veces postuló el aislamiento: tomarlo en su
                    letra, en sistema provisoriamente cerrado.</p>
                <p> La voz poética dariana parte de un no ser; acude al otro —a las musas, a los
                    mecenas, a los mayores— para que le digan cómo ha de cantar. Dicho de otra
                    manera: cómo ha de llenarse un vacío. Llenar y agradar no difieren demasiado en
                    la obra primera, de niño prodigio: hay en ese primer <persName
                        ref="#ruben_dario">Darío</persName> la noción (no sé cuán consciente) de
                    compra y venta, de contrato o trueque con sus benefactores y lectores. Lo que
                    importa señalar es que esos benefactores mucho mayores que él no serán nunca
                    piedra de toque literaria. Sí operan, en cambio, como referentes de un discurso
                    que se busca y que también busca adecuarse. Hablo de textos muy anteriores a
                        <title level="m" rend="italic:true;" ref="#dario_prosas_profanas">Prosas
                        profanas</title> , donde de pronto encuentra <persName ref="#ruben_dario"
                        >Darío</persName> —o más bien parece reconocer— su voz; hablo de textos
                    lacayos, que cortejan al otro complaciéndolo en sus ideas comunes (a menudo
                        contradictorias)<note resp="#sylvia_molloy" n="3">Así por ejemplo poemas <hi
                            rend="italic:true;">ad usum delphini</hi> tan diversos como <title
                            level="a">"A la razón"</title> y <title level="a">"El libro"</title>,
                        recogidos en <bibl><title level="m" ref="#dario_poesias_completas">Rubén
                                Darío, <hi rend="italic:true;">Poesías completas</hi></title>
                                (<placeName ref="#madrid">Madrid</placeName>:
                            <orgName type="editorial" ref="#ed_aguilar">Aguilar</orgName>, <date when="1968"
                        >1968</date>)</bibl>.</note> buscando sobre todo <hi rend="italic:true;"
                        >asidero</hi>. (El aspecto lacayo perdurará aún después de <title level="m"
                        rend="italic:true;" ref="#dario_prosas_profanas">Prosas</title> y de <title
                        level="m" rend="italic:true;" ref="#dario_cantos">Cantos</title> : piénsese
                    en <title level="a">“Mater Admirabilis”</title> dedicado a <persName
                        ref="#estrada_cabrera">Estrada Cabrera</persName>).</p>
                <p> En todo caso, a partir de las <title level="a">“Palabras liminares”</title> de
                        <title level="m" rend="italic:true;" ref="#dario_prosas_profanas">Prosas
                        profanas</title> , hay en <persName ref="#ruben_dario">Darío</persName> el
                    reconocimiento y la aceptación de una voz. Y al mismo tiempo, como cosido en la
                    entretela de ese reconocimiento, el desdén del otro, del lector. ¿Lectores? El
                    anatema los descarta a todos, tanto a los viejos y reacios, como a esos <q
                        source="#dario_poesia">“nuevos de América”</q> a quienes <persName
                        ref="#ruben_dario">Darío</persName> sitúa <q source="#dario_poesia">“en el
                        limbo”</q>
                    <bibl><ptr target="#dario_poesia"/><biblScope unit="page" from="179" to="179">(P
                            179)</biblScope></bibl>. Quien lee hoy el texto (el lector no
                    clasificado en nuevo o viejo de la época; el lector, por ejemplo, que somos
                    nosotros) se pregunta cómo se conjugarían en el discurso de <persName
                        ref="#ruben_dario">Darío</persName> el obvio orgullo de productor e
                    incitador con el igualmente obvio <hi rend="italic:true;">noli me tangere</hi>
                    .</p>
                <p> Porque el <hi rend="italic:true;">noli me tangere</hi> es claro, en las <title
                        level="a">“Palabras liminares”</title> a <title level="m"
                        rend="italic:true;" ref="#dario_prosas_profanas">Prosas profanas</title> .
                    Se manifiesta en dos momentos claves. En el primero se muestra (o más bien se
                    escuda) en la figura de un monje artífice, recuerdo acaso de <title level="a"
                        ref="#baudelaire_mauvais_moine">“Le Mauvais Moine”</title> de <persName
                        ref="#baudelaire">Baudelaire</persName>:</p>
                <p>
                    <cit>
                        <quote>Yo he dicho, en la misa rosa de mi juventud, mis antífonas, mis
                            secuencias, mis profanas prosas. <note resp="#sylvia_molloy" n="4"
                                >Nótese: las está diciendo</note> Tiempo y menos fatigas de alma y
                            de corazón me han hecho falta, para, como un monje artífice, hacer mis
                            mayúsculas dignas de cada página del breviario. (A través de los fuegos
                            divinos de las vidrieras historiadas, me río del viento que sopla
                            afuera, del mal que pasa.) Tocad, campanas de oro, campanas de plata:
                            tocad todos los días, llamándome a la fiesta en que brillan los ojos de
                            fuego, y las rosas de las bocas sangran delicias únicas</quote>
                        <bibl><ptr target="#dario_poesia"/><biblScope unit="page" from="180"
                                to="180">(P 180)</biblScope></bibl>
                    </cit>.</p>
                <p> Me río del viento que sopla <hi rend="italic:true;">afuera</hi>. Me complazco en
                    un <hi rend="italic:true;">adentro</hi> desde el que puedo ver ese afuera,
                    gracias al <hi rend="italic:true;">matiz</hi> de las vidrieras historiadas.
                    Desde ese lugar protegido, gozo del espectáculo (<q source="dario_poesia"
                        >“Tocad, campanas”</q>). Y desde ese lugar protegido, además, desdeño a
                    quien quisiera escucharme:</p>
                <p>
                    <cit>
                        <quote>La gritería de trescientas ocas no te impedirá, silvano, tocar tu
                            encantadora flauta, con tal de que tu amigo el ruiseñor esté contento de
                            tu melodía. Cuando él no esté para escucharte, cierra los ojos y toca
                            para los habitan- tes de tu reino interior</quote>
                        <bibl><ptr target="#dario_poesia"/><biblScope unit="page" from="181"
                                to="181">(P 181)</biblScope></bibl>
                    </cit>.</p>
                <p> Ni <hi rend="italic:true;">celui-qui-ne-comprend-pas</hi>, ni el nuevo de
                        <placeName ref="#america">América</placeName>, ni las ocas, ni el ruiseñor.
                    Dirá más tarde <persName ref="#ruben_dario">Darío</persName>, citando a
                        <persName ref="#da_vinci">Leonardo</persName>: <q source="#dario_poesia">“Y
                        si estás solo serás todo tuyo"</q>. <note resp="#sylvia_molloy" n="5"><q>“E
                            se tu sarai solo, tu sarai tutto tuo”</q>, en <bibl><title level="a"
                                >“Bajo relieves, de Leopoldo Díaz”</title>. <title level="m"
                                ref="#dario_completa">Rubén Darío, <hi rend="italic:true;">Obras
                                    completas</hi></title> , <biblScope unit="issue" n="4"
                                >T.4</biblScope> (<placeName ref="#madrid">Madrid</placeName>:
                                <orgName type="editorial" ref="#ed_afrodisio_aguado">Afrodisio Aguado</orgName>, <date when="1955">1955</date>),
                                <biblScope unit="page" from="786" to="786">p.
                        786</biblScope></bibl>.</note> Las <title level="a">“Palabras
                        liminares”</title> de <title level="m" rend="italic:true;"
                        ref="#dario_prosas_profanas">Prosas profanas</title> es sin duda un texto
                    desafiante, fiel a los poemas que lo siguen, agresivos y solitarios. Texto de
                        <hi rend="italic:true;">pose</hi>, ha dicho con desaprobación <persName
                        ref="#henriquez_urenia">Max Henríquez Ureña</persName>
                    <note resp="#sylvia_molloy" n="6"><bibl><persName ref="#henriquez_urenia">Max
                                Henríquez Ureña</persName>, <title level="m" rend="italic:true;"
                                ref="#urenia_modernismo">Breve historia del modernismo</title>
                                (<placeName ref="#mexico">México</placeName>: <orgName type="editorial" ref="#ed_fce">Fondo de
                                cultura económica</orgName>, <date when="1962">1962</date>),
                                <biblScope unit="page" from="97" to="97"
                        >p.97</biblScope></bibl>.</note>. Texto de <hi rend="italic:true;"
                    >pose</hi>, sí, en el mejor sentido del término: no porque excluya al lector
                    sino porque mantiene, en todo momento, la <hi rend="italic:true;">pose</hi> —la
                    distancia, la teatralidad— de la palabra.</p>
                <p>
                    <title level="m" rend="italic:true;" ref="#dario_prosas_profanas">Prosas
                        profanas</title> es, ante todo, un texto teatral. Uso el término de manera
                    algo suelta, retengo de sus posibilidades lo que veo que se cumple en el libro,
                    sin falta, en la organización. Hay en <title level="m" rend="italic:true;"
                        ref="#dario_prosas_profanas">Prosas profanas</title> papeles claramente
                    atribuidos, o más bien habría que decir <hi rend="italic:true;">un</hi> papel
                    claramente atribuido: el de una voz —a menudo en primera persona— que opera como
                    corifeo, procurando armar un lugar de representación privado. Esta voz que
                    fabrica el lugar privado —como refugio y sobre todo como reserva— ya aparece en
                    poemas anteriores a <title level="m" rend="italic:true;"
                        ref="#dario_prosas_profanas">Prosas profanas</title>. El caso más patente es
                        <title level="a">“Ecce Homo”</title>, recogido en <title level="m"
                        rend="italic:true;" ref="#dario_epistolas">Epístolas y poemas</title>: luego
                    de un tumulto burlón que curiosamente prefigura al postmodernismo (y esto antes
                    del modernismo canonizado), el yo se reserva, al final del poema, un recinto
                    aislado, <q source="#dario_poesia">“mi pequeño edén iluminado"</q>
                    <bibl><ptr target="#dario_poesia"/><biblScope unit="page" from="76" to="76">(P
                            76)</biblScope></bibl>. Ese recinto —resguardo, coto: como quiera
                    llamárselo— es fundamento de <title level="m" rend="italic:true;"
                        ref="#dario_prosas_profanas">Prosas profanas</title>. La palabra se hace
                    cargo de colmar, e iluminar, ese edén. O ese vacío.</p>
                <p> ¿Qué se colma en <title level="m" rend="italic:true;"
                        ref="#dario_prosas_profanas">Prosas profanas</title>? El espacio (edén o
                    vacío) más obvio es el espacio erótico. Ya ha señalado <persName
                        ref="#pedro_salinas">Pedro Salinas</persName> la importancia del tema
                    erótico en la obra de <persName ref="#ruben_dario">Darío</persName>;
                    curiosamente lo describe en un momento como la atracción por <q
                        rend="italic:true;">“la gran cualquiera”</q>
                    <note resp="#sylvia_molloy" n="7"><bibl><persName ref="#ruben_dario">Rubén
                                Darío</persName>, <title level="a">“Historia de mis libros”</title>,
                                <title level="m" rend="italic:true;" ref="#dario_completa">Obras
                                completas</title> , <biblScope unit="issue" n="1">T. 1</biblScope>
                        (<placeName ref="#madrid">Madrid</placeName>: <orgName type="editorial" ref="#ed_afrodisio_aguado">Afrodisio
                                Aguado</orgName>, <date when="1950">1950</date>), <biblScope
                                unit="page" from="207" to="207">p. 207</biblScope></bibl>.</note> La
                    elección de término es interesante —desde luego no se habrán de olvidar sus
                    connotaciones más burdas— pero lo que no parece ver <persName
                        ref="#pedro_salinas">Salinas</persName> es que esa gran cualquiera es
                    literalmente <hi rend="italic:true;">cual quiera</hi> , es decir, más
                    precisamente: <hi rend="italic:true;">cual quiero yo</hi>. Ese <hi
                        rend="italic:true;">cualquiera</hi> no se limita en <persName
                        ref="#ruben_dario">Darío</persName> a la representación de lo femenino
                    erotizado: es este uno de los muchos aspectos —acaso el más importante— del
                    ejercicio dariano, vaivén entre la colmatación y el vacío.</p>
                <p> Voracidad erótica en <title level="m" rend="italic:true;"
                        ref="#dario_prosas_profanas">Prosas profanas</title>: es siempre el <hi
                        rend="italic:true;">más</hi>, <hi rend="italic:true;">más</hi> que ya
                    aparecía en <title level="a">“Autumnal”</title> de <title level="m"
                        rend="italic:true;" ref="#dario_azul">Azul</title>... Pensemos en <title
                        level="a">“Divagación”</title>, por ejemplo, que <persName
                        ref="#ruben_dario">Darío</persName> calificó de <q who="#ruben_dario"
                        >“geografía erótica”</q>. El texto se construye, por acumulación, a partir
                    del urgente <q who="#ruben_dario">“¿Vienes?”</q> del primer verso. En él se
                    recorren —como recorrería un <hi rend="italic:true;">voyeur</hi> - todas las
                    posibilidades hasta agotarlas, todas las semblanzas de una figura femenina que
                    por fin se rinde. La mujer es espacio blanco colmado por una voz que la somete,
                    al final, a un doble proceso. Por un lado, a fuerza de colmatación, la vacía
                    definitivamente de identidad, si es que alguna vez la tuvo:</p>
                <p>
                    <cit>
                        <quote>
                            <lg>
                                <l>Amame así, fatal, cosmopolita, </l>
                                <l>universal, inmensa, única, sola </l>
                                <l>y todas:...</l>
                            </lg></quote>
                        <bibl><ptr target="#dario_poesia"/><biblScope unit="page" from="187"
                                to="187">(P 187)</biblScope></bibl>
                    </cit>
                </p>
                <p> Por otro lado —y acaso como consecuencia misma de esa colmatación que lleva al
                    anonimato— la vuelve lugar de descanso que propicia la posesión y la entrega. Es
                    decir: el espacio por llenar que correspondía a la invitación <q
                        who="#ruben_dario">“¿Vienes?”</q> del comienzo ha sido llenado al final del
                    texto: llenado y vaciado. Sólo entonces —y con otra sintaxis, y con otro ritmo—
                    se anuncia la posesión y el yo (voz cantante, voz armante) se hace cargo del
                    espacio/ persona que ha creado. Sólo entonces, cuando aparentemente toda pasión
                    ha sido agotada, erotiza de nuevo el texto:</p>
                <p>
                    <cit>
                        <quote>
                            <lg>
                                <l>Duerme. Yo encenderé los incensarios. </l>
                                <l>Y junto a mi unicornio cuerno de oro, </l>
                                <l>tendrán rosas y miel tus dromedarios </l>
                            </lg></quote>
                        <bibl><ptr target="#dario_poesia"/><biblScope unit="page" from="187"
                                to="187">(P 187)</biblScope></bibl>
                    </cit>.</p>
                <p> Constituir al otro, vestirlo: es lo que ocurre con la figura femenina en <title
                        level="a">“Divagación”</title>, también con las diversas <hi
                        rend="italic:true;">Mías</hi> que proclama <persName ref="#ruben_dario"
                        >Darío</persName>, siempre intentos de posesión: <cit>
                        <quote>“Mía: Así te llamas /¿Qué más harmonía?</quote>
                        <bibl><ptr target="#dario_poesia"/><biblScope unit="page" from="198"
                                to="198">(P 198)</biblScope></bibl>
                    </cit>. Vestir al otro: se da de manera literal en <title level="a">“Otro
                        Dezir”</title> de <title level="m" rend="italic:true;"
                        ref="#dario_prosas_profanas">Prosas profanas</title>:</p>
                <p>
                    <cit>
                        <quote>
                            <lg>
                                <l>Ponte el traje azul que más </l>
                                <l>conviene a tu rubio encanto. </l>
                                <l>Luego, Mía, te pondrás </l>
                                <l>otro color de araranto.</l>
                            </lg>
                            <lg>
                                <l><gap reason="omission"/></l>
                            </lg>
                            <lg>
                                <l>Un camarín te decoro </l>
                                <l>donde sabrás la lección </l>
                                <l>que dio Angélica a Medoro </l>
                                <l>y Belkiss dio a Salomón; </l>
                                <l>arderá mi sangre loca, </l>
                                <l>y en el vaso de tu boca </l>
                                <l>te sorberé el corazón</l>
                            </lg></quote>
                        <bibl><ptr target="#dario_poesia"/><biblScope unit="page" from="230"
                                to="230">(P 230)</biblScope></bibl>
                    </cit>. </p>
                <p> Aquí una pregunta: ¿hay que ver la voracidad del texto de <persName
                        ref="#ruben_dario">Darío</persName>, como la ha querido ver más de un
                    crítico, en un plano sobre todo erótico? ¿Sólo se trata de vestir a la “hembra”,
                    como dice <persName ref="#pedro_salinas">Salinas</persName>? ¿O endiosar a la
                    mujer que a su vez “endiosa al semen", como querría <persName ref="#octavio_paz"
                        >Paz</persName>? <note resp="#sylvia_molloy" n="8"><bibl><persName
                                ref="#octavio_paz">Octavio Paz</persName>, <title level="a">“El
                                caracol y la sirena”</title>, <title level="m" rend="italic:true;" ref="#paz_cuadrivio"
                                >Cuadrivio</title> (<placeName ref="#mexico">México</placeName>:
                                <orgName type="editorial" ref="#ed_joaquin_mortiz">Joaquín Mortiz</orgName>, <date when="1965">1965</date>),
                                <biblScope unit="page" from="57" to="57"
                        >p.57</biblScope></bibl>.</note> ¿Por qué no ver esa voracidad —sin duda
                    erótica en el sentido más amplio— como lo que <persName ref="#lezama_lima"
                        >Lezama Lima</persName> llama una <q who="#lezama_lima">“voracidad de
                        sentido”</q>, como lo que el propio <persName ref="#ruben_dario"
                        >Darío</persName> llama necesidad de <q who="#ruben_dario">“palabra como
                        única representación”</q>? <bibl><ptr target="#dario_poesia"/><biblScope
                            unit="page" from="305" to="305">(P 305)</biblScope></bibl>.</p>
                <p> Hay en <persName ref="#ruben_dario">Darío</persName>, en el texto <persName
                        ref="#ruben_dario">Darío</persName>, un espacio, blanco, inerte, que pide
                    ser llenado. A menudo ese espacio coincide, no hay duda, con el cuerpo femenino,
                    pero es por sobre todo página blanca, hueco textual, lugar de poema. La
                    voracidad de <persName ref="#ruben_dario">Darío</persName> no discrimina en
                    cuanto a su objeto; quiere, eso sí, pasar por la palabra, hacerla suya, para
                    luego pasar a otra palabra y también domeñarla. Se repite, se acumula —como en
                        <title level="a">“Divagación”</title>— para dilatar, para prolongar el deseo
                    verbal, para inaugurar una y otra vez el espacio que se llena y se posee con la
                    palabra. Piénsese en <title level="a">“Heraldos”</title>, también de <title
                        level="m" rend="italic:true;" ref="#dario_prosas_profanas">Prosas
                        profanas</title>. El texto recurre al tópico de la procesión simbolista, a
                    una serie de mujeres que convoca un corifeo. La serie es heteróclita; acaso
                    responda a una serie privada cuyo código ignoramos; en todo caso lo que más
                    importa es que no se la quiere agotar. Nada se pierde al final de <title
                        level="a">“Heraldos”</title>. Al contrario: la procesión se interrumpe con
                    un <hi rend="italic:true;">Ella</hi> que por su mero carácter inubicable —tanto
                    muerte como mujer a lo largo del texto de <persName ref="#ruben_dario"
                        >Darío</persName>— remotiva la serie dejándola en suspenso:</p>
                <p><cit>
                        <quote>
                            <lg>
                                <l><hi rend="italic:true;">¿Ella?</hi>
                                </l>
                                <l>(No la anuncian. No llega aun) </l>
                            </lg></quote>
                        <bibl><ptr target="#dario_poesia"/><biblScope unit="page" from="199"
                                to="199">(P 199)</biblScope></bibl>
                    </cit>. </p>
                <p> Todo se colma en <persName ref="#ruben_dario">Darío</persName>, por ansia, por
                    deseo. Nos vemos sin duda ante la primera <hi rend="italic:true;">machine
                        désirante</hi> que hayan producido las letras hispanoamericanas, también
                    ante el primer <hi rend="italic:true;">bricoleur</hi> deliberado. <note
                        resp="#sylvia_molloy" n="9">Ver: <bibl><title level="a"
                                ref="#deleuze_machines_desirantes">“Les machines désirantes”</title> en
                                <persName ref="#gilles_deleuze">Gilles Deleuze</persName> y
                                <persName ref="#felix_guattari">Felix Guattari</persName>, <title
                                level="m" rend="italic:true;" ref="#deleuze_capitalisme_schizo">Capitalisme
                                et Schizophrenie: L'Anti <persName type="literary_character"
                                    xml:lang="fr">Oedipe</persName></title> (<placeName ref="#paris"
                                        >París</placeName>: <orgName type="editorial" ref="#ed_minuit">Editions de Minuit</orgName>, <date
                                when="1972">1972</date>), <biblScope unit="page" from="7" to="15"
                                >pp. 7-15</biblScope></bibl>.</note> Tenía razón <persName
                        ref="#juan_valera">Valera</persName> al decir que <persName
                        ref="#ruben_dario">Darío</persName> lo había revuelto todo: el afán con se
                    colma, en el texto, es magníficamente ecléctico y magníficamente acumulativo. No
                    hay hiatos ni distancias en el proceso de colmación, urgente y continuo, no hay
                    tampoco reflexión ni jerarquización: se echa mano de todo para llenar, y todo
                    cuenta para vestir el vacío.</p>
                <p> Recuérdese <title level="a">“La página blanca”</title>, perfecto ejercicio de
                        <hi rend="italic:true;">horror vacui</hi> , deseo y colmatación. El texto
                    comienza con la declaración de un vacío:</p>
                <p><cit>
                        <quote>
                            <lg>
                                <l>Mis, ojos miraban en hora de ensueños </l>
                                <l>la página blanca</l>
                            </lg></quote>
                        <bibl><ptr target="#dario_poesia"/><biblScope unit="page" from="213"
                                to="213">(P 213)</biblScope></bibl>
                    </cit>. </p>
                <p> Se trata —como lo senala el uso de la palabra <hi rend="italic:true;"
                        >ensueños</hi>: sinónimo para <persName ref="#ruben_dario">Darío</persName>
                    de actividad poética— de un vacío de letra. Pero a ese vacío no se le da tiempo
                    de <hi rend="italic:true;">ser</hi> en el texto, de asentarse como tal. Todo lo
                    contrario: se lo llena con el típico recurso del desfile, como en <title
                        level="a">“Heraldos”</title>, pero un desfile que se va renovando, cambiando
                    de contenido, a lo largo del poema. Desfilan primero mujeres; luego <q
                        source="#dario_poesia">“extraños poemas”</q>; luego —sin duda atraídos por
                    la polisemia de <q source="#dario_poesia">“cascos de nieve”</q>— los camellos en
                    un <q source="#dario_poesia">“desierto de hielo”</q>
                    <note resp="#sylvia_molloy" n="10"><cit>
                            <quote>
                                <lg>
                                    <l>¡Qué cascos de nieve que pone la suerte! </l>
                                    <l> ¡Qué arrugas precoces cincela en la cara! </l>
                                    <l> ¡Y cómo se quiere que vayan ligeros </l>
                                    <l> los tardos camellos de la caravana!</l>
                                </lg>
                                <lg>
                                    <l> Los tardos camellos </l>
                                    <l> —como las figuras en un panorama—, </l>
                                    <l> cual si fuese un desierto de hielo, </l>
                                    <l> atraviesan la página blanca </l>
                                </lg></quote>
                            <bibl><ptr target="#dario_poesia"/><biblScope unit="page" from="214"
                                    to="214">(P 214)</biblScope></bibl>
                        </cit>. </note> Tema de la caravana, del seguir adelante, más y más, tan
                    frecuente en <persName ref="#ruben_dario">Darío</persName>. Pero en <title
                        level="a">“La página blanca”</title> —como no en <title level="a"
                        >“Divagación”</title> ni (aparentemente) en <title level="a"
                        >“Heraldos”</title>— se quiebra al final la colmatación entusiasta, cambia
                    de signo. La última figura de la procesión se distingue inequívocamente: es la
                    Pálida, la Muerte, montada en un dromedario.</p>
                <p> Si la Pálida remite una vez más, al final del poema, a la página blanca (Pálida:
                    Blanco), si muerte y vacío textual se equiparan, se observará que es desde un
                    punto de vista muy otro del que inauguró el poema. Es decir: se recupera la
                    página blanca que abre el texto —ahora ligada con la muerte— pero notablemente
                    el yo que abrió el poema depone al final su autoridad, en un curioso ejercicio
                    de alienación. El que mira por fin el blanco no es el yo a través del tamiz de
                    los “ensueños” sino <q source="#dario_poesia">“el hombre, /a quien duras
                        visiones asaltan”</q>. Lo genérico pasa a ser defensa; el yo cantante,
                    corifeo, queda obliterado.</p>
                <p> En <title level="a">“La página blanca”</title> la triple articulación del vacío
                    —blanco disponible, blanco suprimido como tal por colmatación, y luego blanco
                    recuperado, por así decirlo, contra la dicción del poema— ocurre simultáneamente
                    con otro proceso: la anulación del yo. Porque cabe la pregunta: ¿quién dice este
                    poema? No es —aunque así podría verlo quien no tiene presente todo el texto de
                        <persName ref="#ruben_dario">Darío</persName>— un yo orgánico, una
                    subjetividad amplificada y unificadora, como por ejemplo el yo de su precursor
                        <persName ref="#victor_hugo">Victor Hugo</persName>. No es un yo que se
                    constituye a través de su deseo, de su voracidad textual; es más bien un yo que
                    se desarticula por ese mismo deseo, por esa misma voracidad. (Hay metonimia, si
                    se quiere, en <title level="a">“La página blanca”</title>: el yo puede pasar a
                    “el hombre”. Pero esa metonimia es mera ilusión de continuidad). El yo pierde
                        (<hi rend="italic:true;">se</hi> pierde) en el juego voraz. El otro o lo
                    otro —la mujer que yo proyecto, el escenario que me encargo de llenar, la página
                    sin letra— es también yo, parece decir el texto dariano, es <hi
                        rend="italic:true;">sobre todo</hi> yo. Pero de hecho el yo —el autor del
                    deseo múltiple— se pierde, carente de instancia única: siempre al acecho,
                    siempre en un umbral. No hay recuperación de ese yo salvo en la medida en que se
                    desconstruye como voz cantante (deseante); de él puede decirse lo que <persName
                        type="literary_character">Flaminio Rufo</persName> dice de sí en <title
                        level="a" ref="#borges_inmortal">“El inmortal”</title> de <persName
                        ref="#borges">Borges</persName>:</p>
                <p>
                    <cit>
                        <quote source="#borges_inmortal">Como <persName ref="#cornelio_agrippa"
                                >Cornelio Agrippa</persName>, soy dios, soy héroe. soy filósofo, soy
                            demonio y soy mundo, lo cual es una fatigosa manera de decir que no
                            soy.</quote>
                        <note resp="#sylvia_molloy" n="11"><bibl><persName ref="#borges">Jorge Luis
                                    Borges</persName>, <title level="m" rend="italic:true;"
                                    ref="#borges_obras_completas">Obras completas</title>
                                    (<placeName ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos Aires</placeName>:
                            <orgName type="editorial" ref="#ed_emece">Emecé</orgName>, <date when="1974">1974</date>),
                                    <biblScope unit="page" from="541" to="541">p.
                                541.</biblScope></bibl></note>
                    </cit></p>
                <p> El proceso de vaciamiento del yo, de un yo desarmado por su propia voracidad, no
                    es privilegio de <title level="m" rend="italic:true;"
                        ref="#dario_prosas_profanas">Prosas profanas</title>: quizá sea más patente
                    incluso en otros libros — <title level="m" rend="italic:true;"
                        ref="#dario_cantos">Cantos de vida y esperanza</title> y <title level="m"
                        rend="italic:true;" ref="#dario_canto_errante">El canto errante</title> —
                    donde se multiplican, se fragmentan y más de una vez se contradicen las voces
                    cantantes del texto dariano, siempre en nombre del deseo. La voracidad, el <hi
                        rend="italic:true;">más</hi> , <hi rend="italic:true;">más</hi>, a menudo se
                    sostiene. Piénsese en la movilización de lo otro, del blanco, que se da
                    confiadamente a través del emblema de <persName type="mythological_creature"
                        >Pegaso</persName>. En el poema titulado <title level="m">“<persName
                            type="mythological_creature">Pegaso</persName>”</title>, justamente, un
                    yo blanco (<q source="#dario_poesia">“y yo estaba desnudo”</q>), montado sobre
                    otro blanco —el caballo alado— se lanza a lo otro y lo llena con fe:</p>
                <p>
                    <cit>
                        <quote><lg>
                                <l>voy en un gran volar, con la aurora por guía, </l>
                                <l> adelante en el vasto azur, siempre adelante! </l>
                            </lg></quote>
                        <bibl><ptr target="#dario_poesia"/><biblScope unit="page" from="255"
                                to="255">(P 255)</biblScope></bibl>
                    </cit>.</p>
                <p>
                    <q source="#dario_poesia">“Yo soy el caballero de la humana energía”</q> se lee
                    en el mismo poema. Pero no es difícil encontrar la contrahechura de poemas como
                    este —llamémoslos poemas exaltados— en el texto dariano: poemas donde se acusa
                    el blanco vacío como límite y pérdida, por fin como caída. Lo otro nunca deja de
                    perturbar a <persName ref="#ruben_dario">Darío</persName>; pero llega un momento
                    cuando se vuelve inasimilable, cuando persiste como amenaza pese al ejercicio de
                    colmatación. A ese momento corresponde <title level="a">“Sum”</title>, de <title
                        level="m" rend="italic:true;" ref="#dario_canto_errante">El canto
                        errante</title>, nuevo intento textual de autodefinición. El poema puede
                    leerse como complemento tardío de <title level="a">“Yo soy aquel..."</title>,
                    cambiado de signo. El yo confiado, fuerte en su deseo, es reemplazado por el yo
                    vaciado y que sin embargo sigue deseando:</p>
                <p>
                    <cit>
                        <quote source="#dario_poesia"><lg>
                                <l>Cuatro horizontes de abismo </l>
                                <l> tiene mi razonamiento,</l>
                                <l> y el abismo que más siente </l>
                                <l> es el que siento en mí mismo.</l>
                            </lg></quote>
                    </cit>
                </p>
                <p>
                    <title level="a">“Sum”</title> es acaso el poema de <persName ref="#ruben_dario"
                        >Darío</persName> que mejor muestra el momento donde la voracidad pierde
                    asidero, donde se vuelve pesadilla del deseo:</p>
                <p>
                    <cit>
                        <quote><lg>
                                <l>Aun lo humilde me subyuga </l>
                                <l> si lo dora mi deseo. </l>
                                <l> La concha de la tortuga </l>
                                <l> me dice el dolor de Orfeo. </l>
                            </lg>
                            <lg>
                                <l> Rosas buenas, lirios pulcros, </l>
                                <l> loco de tanto ignorar,</l>
                                <l> voy a ponerme a gritar</l>
                                <l>al borde de los sepulcros.</l>
                            </lg>
                            <lg>
                                <l> ¡Señor, que la fe se muere! </l>
                                <l>Señor, mira mi dolor. </l>
                                <l><hi rend="italic:true;">¡Miserere! ¡Miserere!</hi>
                                </l>
                                <l>Dame la mano, Señor... </l>
                            </lg></quote>
                        <bibl><ptr target="#dario_poesia"/><biblScope unit="page" from="332"
                                to="332">(P 332)</biblScope></bibl>
                    </cit></p>
                <p>
                    <title level="a">“Sum”</title> no sólo señala a un yo desnudo: lo expone en su
                    vacío, desmunido, umbral precario entre el “tanto ignorar” y el mucho desear. El
                    deseo que dora se vuelve contra sí mismo, acusa las grietas tanto del deseante
                    como de lo deseado.</p>
                <p>
                    <hi rend="italic:true;">Verter</hi>. Es un verbo que suele emplear <persName
                        ref="#ruben_dario">Darío</persName> a la vez que emplea su complemento. Hay
                    copas, hay urnas, hay ánforas en <persName ref="#ruben_dario">Darío</persName>:
                    en apariencia se vierte en lugar seguro. Sin embargo, no siempre. Dos de los
                    últimos poemas de <persName ref="#ruben_dario">Darío</persName> —<title
                        level="a">“Divagaciones”</title> y <title level="a">“Triste, muy
                        tristemente..."</title>— muestran esa vertiente/versión como movimiento
                    ciego, vuelto acaso mecánico. Se vierte, sí, se vierte algo —<q>“Desde que soy,
                        desde que existo, / mi pobre alma armonías vierte”</q>
                    <bibl><ptr target="#dario_poesia"/><biblScope unit="page" from="485" to="485">(P
                            485)</biblScope></bibl>— pero ya no se sabe dónde. Se vierte y se
                    disemina.</p>
                <p> Verter, fluir, diluir: son verbos de <persName ref="#ruben_dario"
                        >Darío</persName>, verbos insólitos en una economía estricta de una
                    voracidad regida por el solipsismo. Acaso en el uso absoluto que ocasionalmente
                    hace de ellos <persName ref="#ruben_dario">Darío</persName> se encuentre una
                    clave para desmontar un texto tan prolijamente armado, un texto que por fin —más
                    allá de espacios estancos— <hi rend="italic:true;">fluye,</hi>
                    <hi rend="italic:true;">se diluye, se vierte</hi>.</p>
                <p> Como se vierte —o fluye— la tinta. Ya lo había dicho muy temprano <persName
                        ref="#ruben_dario">Darío</persName> en <title level="a">“El salmo de la
                        pluma”</title>:</p>
                <p>
                    <cit>
                        <quote source="#dario_poesia"><lg>
                                <l>La tinta, sangre negra del cuerpo de la idea, </l>
                                <l> riega con ansiedad.</l>
                            </lg></quote>
                    </cit>
                </p>
                <p> La ansiedad de la voz dariana —voraz, solipsista y extrañada— es, además de la
                    voracidad de sentido anotada por <persName ref="#lezama_lima">Lezama
                        Lima</persName>, básica ansiedad de <hi rend="italic:true;">tinta</hi>. La
                    sangre negra marca tanto su texto que apela a su contrapartida como desafío: el
                    vacío, la página blanca que es todo lector en quien se inscribe el texto
                    dariano.</p>

            </div>

  <div type="text" subtype="teoría">
                <head>El lugar de la traducción</head>
                <byline><persName ref="#antoine_berman">Antoine Berman</persName></byline>
                <note type="translator">Traducido por <persName ref="#beatriz_castillo">Beatriz
                    Castillo</persName></note>

                <p> Al redactar este ensayo sobre la <term type="concept">teoría de la
                        traducción</term> en la <placeName ref="#alemania">Alemania</placeName>
                    romántica y clásica, he intentado para comenzar hacer el esbozo de uno de los
                    capítulos más importantes de la <term type="concept">historia de la traducción
                        en Occidente</term>, y he querido proponer un estudio del <hi
                        rend="italic:true;">lugar</hi> que ocupa la traducción en un cierto <term
                        type="concept">campo cultural</term>. Es decir examinar su lugar en el
                    conjunto de las prácticas culturales de una comunidad y qué conciencia tiene
                    ésta del papel y la esencia de la traducción.</p>
                <p> La constitución de una <term type="concept"><hi rend="italic:true;">historia de
                            la traducción</hi></term> me parece una de las tareas decisivas de una
                    teoría <hi rend="italic:true;">moderna</hi> de la traducción. Quiero decir con
                    esto que la reflexión de la traducción sobre su historia forma en la actualidad
                    parte de la práctica de traducir, como lo muestra el ejemplo de las grandes
                    traducciones de nuestro siglo, precedidas o acompañadas, necesariamente, de una
                    reflexión histórica sobre el acto de traducir. Reflexión que, ante todo, debe
                    ser hecha por los traductores mismos. No podemos satisfacernos con las
                    periodizaciones inciertas que en <title level="m" rend="italic:true;"
                        ref="#steiner_apres_babel">Aprés Babel</title> , <persName ref="#george_steiner"
                        >George Steiner</persName> ha bosquejado a propósito de la <term
                        type="concept">historia occidental de la traducción</term>. Es imposible
                    separar esta historia de la historia de las lenguas, las culturas y las
                    literaturas, y aun la de las religiones y las naciones. No se trata de mezclar
                    todo, sino de mostrar cómo, en cada época, o en cada espacio cultural histórico
                    dado, la práctica de la traducción <hi rend="italic:true;">se articula</hi> con
                    la de la literatura, con la de las lenguas, en los diversos intercambios
                    culturales y lingüísticos. Tomemos un ejemplo: en un pequeño y esclarecedor
                    libro, <title level="m" rend="italic:true;" ref="#forster_poesia">La poesía en
                        lenguas extranjeras</title> (la obra apareció originalmente en inglés),
                        <persName ref="#leonard_forster">Léonard Forster</persName> mostró que al
                    final de la <date notBefore="0500" notAfter="1500">Edad Media</date> y el <date
                        notBefore="1301" notAfter="1700">Renacimiento</date>, los poetas europeos
                    eran frecuentemente plurilingües. Escribían en varias lenguas, y para un público
                    que también era plurilingüe. Con igual frecuencia, se autotraducían. Tal es el
                    caso, conmovedor, del poeta holandés <persName ref="#pieter_hooft"
                        >Hooft</persName> quien ante la muerte de la mujer que amaba, compone toda
                    una serie de epitafios, primero en holandés, después en latín, luego en francés,
                    después de nuevo en latín, luego en italiano, y después —un poco más tarde— de
                    nuevo en holandés. Como si hubiera tenido necesidad de pasar por una serie de
                    lenguas y de auto traducciones para alcanzar la justa expresión —en su lengua
                    materna— de su dolor. Parece claro, leyendo a <persName ref="#leonard_forster"
                        >L. Forster</persName> que los poetas de esta época se desenvolvían —se
                    tratara de esferas cultivadas o de esferas populares— en un medio infinitamente
                    más polilingüe que el nuestra (que lo es también pero diferentemente). Había
                    lenguas doctas, lenguas “reinas”, como dice <persName ref="#cervantes"
                        >Cervantes</persName>, el latín y el griego, aun el hebreo; también estaban
                    las diversas lenguas nacionales cultas, el francés, el inglés, el español, el
                    italiano, y la masa de lenguas regionales, dialectos, etc. El hombre que se
                    paseaba por las calles de <placeName ref="#paris">París</placeName> o de
                        <placeName ref="#anvers">Anvers</placeName> debía oír más lenguas que las
                    que hoy se oyen en <placeName ref="#nueva_york">New York</placeName>: su lengua
                    no era sino una entre otras, lo que relativizaba el sentido de la lengua
                    materna. En tal medio polilingüe y políglota, la escritura tendía a ser, al
                    menos parcialmente, polilingüe, y prolongaba en parte la regla medieval que
                    asignaba ciertos géneros poéticos a ciertas lenguas, por ejemplo, en los
                    Trovadores del Norte de <placeName ref="#italia">Italia</placeName>, <date
                        from="1201" to="1500">del siglo XIII al siglo XV</date>, la poesía lírica en
                    provenzal y la poesía épica o de relato en francés. Así <persName
                        ref="#john_milton">Milton</persName> escribió sus únicos poemas de amor en
                    italiano porque, como lo explica en uno de sus poemas, la dama italiana a la que
                    iban dirigidos <q who="#john_milton">“questa é lingua di cui si vanta
                    Amore”</q>. No es necesario aclarar que esta dama conocía también el inglés:
                    pero no era ésta la lengua del amor. Pienso que en aquel universo el sentido de
                    la traducción debía ser diferente que en el nuestro, como lo eran el de la
                    literatura y el de la “lengua materna”. Para nosotros, las autotraducciones son
                    excepciones, tanto como el hecho de que un escritor —pensemos en <persName
                        ref="#joseph_conrad">Conrad</persName> o en <persName ref="#samuel_beckett"
                        >Beckett</persName>— elija para su obra otra lengua que la propia. Más aún
                    estimamos que el plurilingüismo o la disglosia vuelven difícil la traducción. En
                    síntesis, toda la relación con la lengua materna, las lenguas extranjeras, la
                    literatura, la expresión y la traducción, se ha estructurado de otro modo.</p>
                <p> Hacer la historia de la traducción es redescubrir pacientemente y sin tomar
                    partido —lo que no significa: neutralmente— esa red cultural infinitamente
                    compleja y desconcertante en la que se halla apresada en cada época, en espacios
                    diferentes. Y hacer del saber histórico así obtenido una abertura de nuestro
                    presente. Este es uno de los ejes de investigación que este ensayo querría
                    sugerir. No es el único. Porque en última instancia, se trata de saber qué debe
                    significar la traducción hoy para nosotros en nuestro campo cultural. Problema
                    que se desdobla en otro, y que no puedo dejar aquí de evocar: la condición
                    oculta, reprimida, reprobada y doméstica de la traducción, de origen cultural,
                    pero que repercute sobre la condición de los traductores, a tal punto que, en
                    nuestros días, es casi imposible hacer de esta práctica un oficio autónomo.</p>
                <p> La condición de la traducción no es solamente doméstica; es también a los ojos
                    del público, como a los ojos de los traductores, sospechosa. Después de tantos
                    éxitos, de tantas obras de arte, de tantas pretendidas imposibilidades vencidas,
                    ¿cómo puede ser todavía admitido el adagio italiano <hi rend="italic:true;"
                        >tradutore traditore</hi>? ¿Cómo puede aún funcionar como un juicio último
                    sobre la traducción? Y, sin embargo, es verdad que en el dominio de la
                    traducción, no deja de tratarse de <hi rend="italic:true;">fidelidad</hi> y de
                        <hi rend="italic:true;">traición</hi>. Palabras seguramente vagas que no
                    intentaré definir. <q who="#franz_rosenzweig">“Traducir</q> —escribía <persName
                        ref="#franz_rosenzweig">Rosenzweig</persName>— <q who="#franz_rosenzweig">es
                        servir a dos amos”</q>. He aquí la metáfora doméstica. Se trata de servir a
                    la obra al autor, la lengua extranjera (primer amo), y servir al público y a la
                    lengua propia (segundo amo). Aparece aquí lo que se puede llamar el drama del
                    traductor</p>
                <p> Elíjase por amo exclusivo al autor, la obra y la lengua extranjera, ambiciónese
                    imponerlas en su pura extranjeridad a su propio espacio cultural y se arriesgará
                    aparecer como un extranjero, un traidor a los ojos de los suyos. Por otra parte,
                    no es seguro que esta tentativa radica —<persName
                        ref="#schleiermacher">Schleiermacher</persName> dijo: <q
                        who="#schleiermacher">“llevar el lector al autor”</q>— no se
                    reinvierta y no produzca un texto que bordee lo ininteligible. Si, por el
                    contrario, la tentativa tiene éxito y es aun bien reconocida, no es seguro que
                    la otra cultura (o el autor extranjero, si está vivo) no se sienta “robado”,
                    privado de una obra que juzga irreductiblemente suya. Se toca ahí el dominio
                    hiperdelicado de las relaciones entre el traductor y “sus” autores. Si, por el
                    contrario, el traductor se contenta con adaptar convencionalmente a su medio la
                    obra extranjera —<persName ref="#schleiermacher"
                        >Schleiermacher</persName> decía: <q who="#schleiermacher">“llevar
                        el autor al lector”</q>— habrá satisfecho ciertamente a la parte menos
                    exigente del público, pero habrá traicionado irremediablemente la obra
                    extranjera y, por supuesto, la esencia misma de traducir.</p>
                <p> Esta situación imposible no es, sin embargo, una realidad en sí: está fundada
                    sobre un cierto número de presupuestos ideológico-culturales. El público culto
                    del <date notBefore="1501" notAfter="1600">siglo XVI</date> evocado por
                        <persName ref="#leonard_forster">Forster</persName> se regocijaba de leer
                    una obra en sus diversas variantes lingüísticas; ignoraba la problemática de la
                    fidelidad y de la traición, quizá porque su sentido de la lengua materna era
                    otro. Digamos más: quizá la absolutización de la lengua materna sea la fuente
                    del adagio italiano y de todos los “problemas”, de la traducción. Nuestro
                    público culto exige que sea encerrada en esta dimensión donde hay siempre una
                    sospecha. No es, en verdad, la única razón: el borramiento del traductor que
                    busca “hacerse pequeño”, humilde mediador de obras extranjeras, siempre traidor
                    aunque se quiera la fidelidad encarnada.</p>
                <p> Pienso que es tiempo de meditar este estatuto reprimido de la traducción, y el
                    conjunto de las <hi rend="italic:true;">resistencias culturales</hi> de las
                    cuales testimonia. Lo podríamos formular así: toda cultura resiste a la
                    traducción, aun si tiene una necesidad esencial de ésta. La meta de la
                    traducción —abrir a nivel de lo escrito una cierta relación con el Otro,
                    fecundar lo Propio por la mediación de lo Extranjero— golpea de frente la
                    estructura etnocéntrica de toda cultura, o esta especie de narcisismo que hace
                    que toda cultura quiera ser un Todo puro y no mezclado. En la traducción hay
                    algo de la violencia del mestizaje. <persName ref="#johann_herder"
                        >Herder</persName> lo ha comprendido bien comparando una lengua que no se ha
                    traducido aún a una joven virgen. Poco importa que a nivel de la realidad, una
                    cultura y una lengua vírgenes sean tan ficticias como una raza pura. Se trata
                    acá de anhelos inconscientes. Toda cultura querría ser suficiente en sí misma
                    para, a partir de esta suficiencia imaginaria, resplandecer sobre las otras y a
                    la vez, apropiarse de su patrimonio. La cultura romana antigua, la cultura
                    francesa clásica y la cultura norteamericana moderna son ejemplos notables.</p>
                <p> Pero la traducción ocupa acá un lugar ambiguo. Por un lado, se pliega a esta
                    exhortación apropiadora y reductora, se constituye como uno de sus agentes.
                        <persName ref="#edward_said">Edward Said</persName>, en <title level="m"
                        rend="italic:true;" ref="#said_oriente">El Oriente inventado por el Occidente</title>, ha mostrado
                    cómo las traducciones de los Orientalistas se inscriben en el gran proyecto
                    dominador que es el <term type="concept">Orientalismo</term> en general. Es lo que produce traducciones
                    etnocéntricas o lo que definiré más adelante como la “mala” traducción. Pero,
                    por otra parte, la <hi rend="italic:true;">meta ética</hi> de traducir se opone
                    por naturaleza a esta exhortación: la esencia de la traducción es ser apertura,
                    diálogo, mestizaje, descentramiento. Es esta puesta en relación a la vez
                    interlingüística, interliteraria e intercultural o no es <hi rend="italic:true;"
                        >nada</hi>.</p>
                <p> Esta contradicción entre la meta reductora de la cultura y la meta ética de
                    traducir no es sólo algo general, observable a nivel sociológico. Se la
                    reencuentra a la vez en el nivel de las teorías y de los métodos de traducción
                    (por ejemplo, en le sempiterna oposición de los sostenedores de la “letra” y los
                    sostenedores del “sentido”) y también en la práctica de la traducción y del ser
                    psíquico del traductor. Pienso que la traducción, para acceder a su ser propio
                    exige una <hi rend="italic:true;">ética</hi> y una <hi rend="italic:true;"
                        >analítica</hi> .</p>
                <p> La <hi rend="italic:true;">ética de la traducción</hi> consiste en el plano
                    teórico en despejar, afirmar y defender la meta pura de la traducción en tanto
                    tal. Consiste en definir lo que es la famosa fidelidad. La traducción no puede
                    ser definida únicamente en términos de comunicación, de transmisión de mensajes
                    o de <hi rend="italic:true;">rewording</hi> ampliado. No es sólo una actividad
                    puramente literaria/estética, sino que está íntimamente ligada a la práctica
                    literaria de un espacio cultural dado. Traducir es, por supuesto, escribir y
                    transmitir. Pero esta escritura y esta transmisión adquieren su verdadero
                    sentido a partir de la meta ética que las rige. En este sentido, la traducción
                    está más cerca de la ciencia que del arte, si se plantea al menos la
                    irresponsabilidad ética del arte.</p>
                <p> Definir más precisamente esta meta ética, y de esta forma sacar la traducción de
                    su ghetto ideológico, ponerla junto a las fuerzas dialógicas de la cultura, es
                    una de las primeras tareas de una <hi rend="italic:true;">teoría cultural de la
                        traducción</hi> .</p>
                <p> Pero esta ética positiva supone a su vez dos cosas. Primero, una <hi
                        rend="italic:true;">ética negativa</hi>, es decir, una teoría de los valores
                    ideológicos, culturales y literarios que tienden a desviar la traducción de su
                    meta más estricta. La teoría de la traducción no-etnocéntrica es también una
                    teoría de la traducción etnocéntrica, es decir de la <hi rend="italic:true;"
                        >mala traducción</hi>. Llamo mala traducción a la que, bajo la cobertura de
                    la transmisibilidad, opera una negación sistemática de la extranjeridad de la
                    obra extranjera. Hay ahí un sistema de la mala traducción —o de los sistemas—,
                    como lo ha demostrado adecuadamente <persName ref="#henri_meschonnic"
                        >Meschonnic</persName> a propósito de la <title level="m"
                        rend="italic:true;">Biblia</title> o de las poesías de <persName
                        ref="#paul_celan">Celan</persName>. Agreguemos que la mala traducción, en el
                    sentido banal del término (y un buen porcentaje de las traducciones de edición
                    entran en esta categoría) podría ser también estudiada en este contexto.</p>
                <p> En segundo lugar, se debería completar esta ética negativa con lo que <hi
                        rend="italic:true;">llamaré una analítica de la traducción y del
                        traducir</hi>. La resistencia cultural produce una sistemática de la
                    deformación que opera a nivel lingüístico y literario, y que condiciona al
                    traductor, lo quiera o no, lo sepa o no. La dialéctica reversible de la
                    fidelidad y de la traición está presente en este último hasta en la ambigüedad
                    de su posición de escritor: el traductor puro es aquel que, para escribir en su
                    lengua, tiene necesidad de escribir a partir de un autor, de una obra y de una
                    lengua extranjeras. Rodeo notable. Sobre el plano psíquico el traductor es
                    ambivalente: parece forzar a su lengua a desprenderse del lastre de la
                    extranjeridad y deportar la otra lengua a su lengua materna. Se quiere escritor
                    pero sólo reescribe. Es y no es autor, y jamás el Autor. Su obra de traductor es
                    una obra, pero no es la Obra. Esta red de ambivalencias —a las que volveré
                    brevemente— tiende a deformar la meta estricta de la traducción y a incorporarse
                    al sistema ideológico-cultural deformante evocado antes. Para reforzarlo.</p>
                <p> Pero para que la meta estricta de la traducción sea otra cosa que un piadoso
                    deseo o un “imperativo categórico”, debería agregarse a la ética de la
                    traducción una analítica. El traductor debe “someter a análisis”, escrutar,
                    observar los sistemas de deformación que amenazan su práctica, y que operan de
                    manera inconsciente a nivel de sus elecciones lingüísticas y literarias.
                    Sistemas que revelan simultáneamente los registros de la lengua, de la
                    ideología, de la literatura, de la cultura y del psiquismo del traductor, y que
                    están al servicio del etnocentrismo. Se puede casi hablar aquí de <hi
                        rend="italic:true;">psicoanálisis de la traducción</hi>, como <persName
                        ref="#gaston_bachelard">Bachelard</persName> hablaba de un <hi
                        rend="italic:true;">psicoanálisis del espíritu científico</hi>: la misma
                    ascesis, la misma operación escrutadora. Esta analítica puede verificarse,
                    efectuarse, por análisis globales o restringidos. Por ejemplo, a propósito de
                    una novela, se puede estudiar el sistema de traducción empleado. En el caso de
                    una traducción etnocéntrica este sistema tiende a destruir el sistema del
                    original. Todo traductor puede observar en sí mismo la temible realidad de este
                    sistema inconsciente. Por su naturaleza, este trabajo analítico, como todo
                    trabajo de análisis, debería ser plural. Se encaminaría de este modo hacia una
                    práctica abierta y no solitaria del traducir. Y hacia la institución de una <hi
                        rend="italic:true;">critica de las traducciones</hi> paralela y
                    complementaria a la crítica de los textos. Más aún: a esta analítica de la
                    práctica de la traducción debería agregarse un análisis textual efectuado en el
                    horizonte de la traducción: todo texto a traducir presenta una sistematicidad
                    propia, exige una metodología de traducción propia. Este sistema-de-la-obra es a
                    la vez el que ofrece más resistencia a la traducción y el que la permite y le da
                    sentido. Paradojalmente, se puede afirmar que lo que es intraducible es un texto
                    mal escrito: con un texto mal escrito se sustrae el suelo mismo de toda
                    traducción.</p>
                <p> Se podría también analizar en este cuadro el sistema de “ganancias” y “pérdidas”
                    que se produce en toda traducción, aun lograda. Es lo que se llama el carácter
                    “"aproximativo” de toda traducción. Afirmando, al menos implícitamente, que la
                    traducción “potencializa” el original, <persName ref="#novalis"
                        >Novalis</persName> ha contribuido a hacernos sentir que ganancias y
                    pérdidas no se sitúan aquí en el mismo plano. Lo que querría decir: en una
                    traducción no hay solamente un cierto porcentaje de ganancias y pérdidas. Al
                    lado de este plano, innegable, existe otro donde aparece algo del original que
                    no aparecía en la lengua de la que se parte. La traducción hace pivotear la
                    obra, revela otra vertiente. Nos falta percibir mejor esta otra vertiente. En
                    este sentido, la analítica de la traducción debería enseñarnos algo sobre la
                    obra, sobre la relación de aquélla a su lengua y al lenguaje en general. Algo
                    que ni la simple lectura, ni la crítica pueden descubrir. Re-produciendo el
                    sistema-de la-obra en su lengua, la traducción hace bascular a ésta y hay allí
                    indudablemente una ganancia, una “potencialización”. <persName ref="#goethe"
                        >Goethe</persName> tuvo la misma intuición hablando a este respecto de
                    “regeneración”. La obra traducida es (a veces) regenerada. Y no solamente sobre
                    el plano cultural o social: en su <hi rend="italic:true;">parlancia</hi> propia.
                    Por otra parte a esto correspondería que, en la lengua "de llegada", la
                    traducción revelara posibilidades aún latentes y que sólo ella, de manera
                    diferente de la literatura, pudiera poner de manifiesto. El poeta <persName
                        ref="#holderlin">Hölderlin</persName> abre posibilidades de la lengua
                    alemana que son homólogas, pero no idénticas, a las que abre como traductor.</p>
                <p> Querría ahora examinar brevemente cómo la meta puramente ética de la traducción,
                    tal como la he presentado, se articula con <hi rend="italic:true;">la meta
                        metafísica de la traducción</hi>; y correlativamente, con este <hi
                        rend="italic:true;">deseo</hi> de traducir que constituye al traductor como
                    traductor y que, como lo ha subrayado <persName ref="#valery_larbaud">Valery
                        Larbaud</persName>, tiene algo “sexual” en el sentido amplio del
                    término.</p>
                <p> Abordaré en primer lugar la meta metafísica de traducir. En un texto que se ha
                    vuelto casi canónico <persName ref="#walter_benjamin">Walter Benjamin</persName>
                    ha evocado <title level="m" rend="italic:true;" ref="#benjamin_tarea_traductor"
                        >la tarea del traductor</title>. Esta consistiría en buscar, más allá de la
                    profusión de las lenguas empíricas, el “puro lenguaje”, aquel que toda lengua
                    lleva en si como su eco mesiánico. Este objetivo —que no tiene nada que ver con
                    la meta ética— es rigurosamente metafísico en la medida que, platónicamente,
                    busca un más allá “verdadero” de las lenguas naturales. Creo haber demostrado,
                    en mi tesis, que son los Románticos alemanes, evocados por <persName
                        ref="#walter_benjamin">Walter Benjamin</persName> en su ensayo, quienes han
                    encarnado más puramente este enfoque, especialmente <persName ref="#novalis"
                        >Novalis</persName>. Es la traducción <hi rend="italic:true;">contra
                            <placeName ref="#babel">Babel</placeName></hi>, contra el reino de las
                    diferencias, contra el empirismo. Pero, curiosa mente, es eso lo que busca
                    igualmente, para decirlo así, en estado salvaje, <hi rend="italic:true;">ese
                        deseo</hi> de traducir, tal como se manifiesta por ejemplo en <persName
                        ref="#august_schlegel">A. W. Schlegel</persName> o <persName
                        ref="#armand_robin">Armand Robin</persName>. El deseo de traducirlo todo, de
                    ser poli-omnitraductor, se asocia en ellos a una posición relativamente severa
                    frente a su lengua materna. Para <persName ref="#august_schlegel"><choice>
                            <sic>A. X. Schlegel</sic>
                            <corr>A. W. Schlegel</corr>
                        </choice></persName>, el alemán es una lengua torpe, rígida, capaz de
                    “trabajar” pero no de “jugar”. La politraducción tiene entonces en él como idea
                    hacer jugar la “lengua materna”. En cierto punto, este enfoque se confunde con
                    la meta ética, tal como se expresa en <persName ref="#wilhelm_von_humboldt"
                        >Humboldt</persName> para quien la traducción debe “extender” el alemán.
                    Pero, en realidad, este deseo de traducir se fija un objetivo que deja muy lejos
                    todo proyecto cultural o humanístico. La politraducción deviene un fin en sí
                    mismo, cuya esencia es sobre todo desnaturalizar radicalmente la lengua materna,
                    partiendo siempre de esto: del rechazo de lo que <persName
                        ref="#schleiermacher">Schleiermacher</persName> llama <hi
                        rend="italic:true;">das heimiches Wohlbefinden der Sprache</hi> —el ser
                    íntimo de la lengua. Esto es, plantea siempre una <hi rend="italic:true;"
                        >otra</hi> lengua como ontológicamente superior a la lengua propia. ¿No es
                    acaso una de las experiencias primeras de todo traductor que su lengua aparezca
                    desprovista, pobre frente a la riqueza lingüística de la obra extranjera? La
                    diferencia de las lenguas —otras lenguas (o lenguas otras) y lengua propia— está
                    acá <hi rend="italic:true;">jerarquizada</hi> . ¡El inglés y el español serán,
                    por ejemplo. más “ágiles”, más “concretos”, más “ricos” que el francés! Esta
                    jerarquización no tiene nada que ver con una constan te objetiva: de ella parte
                    el traductor, la reencuentra en su práctica, y no deja de reafirmarla. El caso
                    de <persName ref="#armand_robin">Armand Robin</persName> verifica claramente
                    este “odio” de la lengua materna que es el motor de este deseo. <persName
                        ref="#armand_robin">Armand Robin</persName> tenía, se podría decir, dos
                    lenguas maternas, el fissel —un dialecto bretón—, y el francés. Su actividad
                    politraductora se funda claramente sobre el odio hacia su “segunda" lengua
                    materna, lengua que para él está muy cargada de “faltas”:</p>
                <p>
                    <cit>
                        <quote><lg>
                                <l>Amo tanto las lenguas extranjeras.</l>
                                <l> Para mí puras, aun en el desvío: en mi </l>
                                <l>lengua francesa (mi segunda lengua) </l>
                                <l> ocurrieron todas las traiciones. </l>
                                <l> Se sabía decir sí a la infamia!</l>
                            </lg></quote>
                        <ptr type="author" target="#armand_robin"/>
                    </cit>
                </p>
                <p><hi rend="italic:true;">Historia y teoría cultural de la traducción, Ética de la
                        traducción, Analítica de la traducción,</hi> son los tres ejes que se abren
                    al término de este ensayo sobre la traducción en la edad romántica y clásica.
                    Agregaría una última dirección de investigación que toca al dominio de la teoría
                    de la literatura y de la intertextualidad. Me parece verosímil suponer que la
                    literatura se despliega siempre en el horizonte de la traducción. He tomado en
                    mi estudio el ejemplo de <title level="m" rend="italic:true;" ref="#cervantes_quijote">Don
                        Quijote</title>. <persName ref="#cervantes">Cervantes</persName>, en su
                    novela, nos explica que el manuscrito de las aventuras de su héroe ha sido
                    traducido del árabe. El original de <title level="m" rend="italic:true;"
                        ref="#cervantes_quijote">Quijote</title> habría sido supuestamente escrito por un
                    moro, <persName type="literary_character"><choice>
                            <sic>Cid Hamet Bengali</sic>
                            <corr>Cide Hamete Benengeli</corr>
                        </choice></persName>. Esto no es todo: <persName type="literary_character"
                        >Don Quijote</persName> y el cura disertan doctamente en varias ocasiones
                    sobre la traducción, y la mayor parte de las novelas que alteran el espíritu del
                    “héroe” son también traducciones. Hay una ironía fabulosa en que la más grande
                    novela española sea presentada por su autor como una traducción del árabe, o sea
                    de la lengua que había sido dominante en la Península durante siglos. Esto, es
                    verdad, podría enseñarnos algo sobre la conciencia cultural española. Pero
                    también sobre el lazo de la literatura con la traducción. En el curso de los
                    siglos, este lazo se verifica, desde los poetas de <date from="1401" to="1600"
                        >los siglos XV  y XVI</date> a <persName ref="#holderlin"
                        >Hölderlin</persName>, <persName ref="#gerard_nerval">Nerval</persName>,
                        <persName ref="#baudelaire">Baudelaire</persName>, <persName ref="#mallarme"
                        >Mallarmé</persName>, <persName ref="#stefan_george">George</persName>,
                        <persName ref="#rilke">Rilke</persName>, <persName ref="#walter_benjamin"
                        >Banjamín</persName>, <persName ref="#ezra_pound">Pound</persName>,
                        <persName ref="#james_joyce">Joyce</persName> o <persName
                        ref="#samuel_beckett">Beckett</persName>. He aquí un campo de investigación
                    fecundo para la teoría de la traducción, a condición de que supere el cuadro
                    demasiado estrecho de lo intertextual y sea ligado nuevamente a las
                    investigaciones sobre las lenguas y las culturas en general.</p>
                <p> La <placeName ref="#alemania">Alemania</placeName> romántica y clásica ofrece un
                    paradigma para este tipo de análisis, en la medida que aparecen claramente las
                    relaciones que ligan la cultura, la literatura, la traducción y las diversas
                    relaciones interculturales. Todos los problemas que nos ocupan han sido ya
                    planteados por el <orgName><choice>
                            <orig>grupo de Iéna</orig>
                            <reg>Círculo de Jena</reg>
                        </choice></orgName>, por <persName ref="#goethe">Goethe</persName>,
                    <persName ref="#wilhelm_von_humboldt">Humboldt</persName>, <persName
                        ref="#schleiermacher">Scheleiermacher</persName> y <persName
                        ref="#holderlin">Hölderlin</persName>.</p>
                <p> Espero haber despejado, sin duda sumariamente, los diferentes ejes de reflexión
                    que intento proponer en mi trabajo. Creo que hay un campo pluridisciplinario en
                    el cual los traductores podrán fructíficamente trabajar con los escritores, los
                    teóricos de la literatura, de las culturas y los lingüistas.</p>

            </div>
            
            <div type="text" subtype="ver">
            <head>Abajo</head>
            <byline><persName ref="#leonora_carrington">Leonora Carrington</persName></byline>
                <note type="translator">Traducido por <persName ref="#cesar_moro">César Moro</persName></note>

            <div type="introduction">
               <head>Nota introductoria</head>
                <byline><persName ref="#jorge_jinkis">Jorge Jinkis</persName></byline>
                <p> Desde la todavía brumosa <placeName ref="#inglaterra">Inglaterra</placeName> y de la mano de 
                    <persName ref="#max_ernst">Max Ernst</persName>, <persName ref="#leonora_carrington">Leonora Carrington</persName>
                  llegó a <placeName ref="#paris">París</placeName> acompañada por todos los prestigios. Su belleza morena sorprendía a
                  la presunción de un origen rubio, y la actualidad de sus amistades se volvía
                  surrealista por contraste con el misterio de las ceremonias de la Corte que habían
                  envuelto su adolescencia. Pero no la hallaremos si buscamos en el cielo sublimado
                  hacia el que algunos hombres han elevado la Dama. Y si la tentación fuera la
                  pendiente lírica, allí sólo la encontraríamos como obstáculo, aguda roca, duro
                  diamante doliendo en el sitio exacto de nuestro deslizamiento.</p>
                <p><persName ref="#leonora_carrington">Leonora Carrington</persName> no se deja enredar en la serpentina brumosa de los ensueños ni
                  en la superficie nacarada, centellante del delirio: dos caras de la estética
                  contemplativa y complaciente de algunos surrealistas que han subrayado el valor de
                  su escritura, pero que la han desconocido por reducir la a una función testimonial
                  y reabsorbido en una valoración romántica de la locura que suele ver en el genio
                  poético una práctica iniciática, una introducción a los arcanos de algún monismo
                  oceánico, un viaje a las profundidades de la noche de nuestro ser.</p>
               <p>Abajo no es el nombre del dominio subterráneo de nuestra mente, ni siquiera es un
                  lugar. Nombra el momento en que algo tiene lugar, el tiempo de hacerle lugar, lo
                  que <persName ref="#leonora_carrington">Carrington</persName> llama <q who="#leonora_carrington">“el momento de comprender”</q>. Cuando llega ese momento, y no
                  es metáfora, efectivamente no hay fronteras: no es el sueno sino el ombligo
                  freudiano del sueño, lo que <persName ref="#jonathan_swift">Swift</persName> llamó el culo del diablo cagando metralla sobre
                  el mundo: <placeName ref="#espania">España</placeName>, <date when="1940">1940</date>.</p>
                <p>Al estallar la guerra <persName ref="#max_ernst">Max Ernst</persName> es internado en un campo de concentración y
                    <persName ref="#leonora_carrington">Leonora Carrington</persName>, por intervención de la <orgName>Embajada Británica</orgName> en <placeName ref="#francia">Francia</placeName>, es
                  enviada por sus padres a <placeName ref="#santander">Santander</placeName> a un hospital para enfermos mentales.
                  Acompañada de una enfermera alemana nazi, pasa por <placeName ref="#madrid">Madrid</placeName> de camino a <placeName ref="#portugal">Portugal</placeName>. La
                  compañía <orgName>Imperial Chemicals</orgName>, de la que su padre era el principal accionista, había
                    arreglado que su guardiana alemana la dejara en <placeName ref="#portugal">Portugal</placeName> en manos de otra
                    enfermera que debía llevarla al sur de <placeName ref="#africa">África</placeName>, en submarino. En <placeName ref="#lisboa">Lisboa</placeName> logra
                    escapar hasta el Consulado Mexicano y se casa con <persName ref="#renato_leduc">Renato Leduc</persName> para obtener un
                  visado que le permite llegar a <placeName ref="#mexico">México</placeName>.</p>
                <p>La enfermedad de <placeName ref="#madrid">Madrid</placeName> se realiza en el intestino de <persName ref="#leonora_carrington">Leonora Carrington</persName> y la
                  disentería se suma a la confusión de lenguas que pide por la paz. ¿Por qué hacer
                  de esto metáfora? ¿Qué resulta insoportable? ¿No es más loco el esteticismo de
                    <persName ref="#benjamin_peret">Benjamin Péret</persName> y <persName ref="#pierre_mabille">Pierre Mabille</persName>, quienes conciben (y por suerte fracasan) un
                  “documento” en el que este relato estaría doblado por las notas y comentarios de
                  un poeta (sic), un psiquiatra, un hermetista y un ocultista? Hay mayor lucidez
                  política cuando <persName ref="#leonora_carrington">Carrington</persName> escucha en el teléfono mudo que rehúsa responderle, la
                      voz interior del pueblo hipnotizado de <placeName ref="#madrid">Madrid</placeName>. Y hay mayor lucidez poética cuando
                  aclara que lo que dice hay que entenderlo literalmente, preocupada por dejarse ir
                  a la ficción verídica, pero incompleta, por el olvido de algunos detalles
                  esenciales.</p>
                <p><title ref="#carrington_abajo">Abajo</title> fue escrito en <date when="1943">1943</date>, en <placeName ref="#mexico">México</placeName>, a pedido del doctor <persName ref="#pierre_mabille">Mabille</persName>. Aquellos
                   detalles que faltaban fueron recuperados por <persName ref="#leonora_carrington">Carrington</persName> gracias a la inapreciable
                    ayuda de <persName>Jeanne Mégnen</persName>, quien se atrevió a reavivar el espanto y recogió este
                  texto que se hizo literatura a pesar de la experiencia atravesada. Ofrecemos la
                  traducción de <persName ref="#cesar_moro">César Moro</persName>, quien lo publicó en su espléndida revista <bibl><title level="j" ref="#revista_las_moradas">Las Moradas</title>.
                  <placeName ref="#lima">Lima</placeName>, <placeName ref="#peru">Perú</placeName>, <date when="1948">1948</date></bibl>. En francés integró la colección <bibl><title level="s" ref="#age_dors">“L'Age d'Or”</title>, 
                    <orgName type="editorial" ref="#ed_revue_fontaine">Editions de la
                  Revue Fontaine</orgName> <date when="1945">(1945)</date></bibl>.</p>
            </div>

            <div>
               <head><date when="1943-08-23">23 de agosto de 1943</date></head>
               <p>Hace exactamente tres años que fui internada en la <orgName>Clínica del doctor <persName>Morales</persName></orgName>, en
                   <placeName ref="#santander">Santander</placeName> (<placeName ref="#espania">España</placeName>), considerada por el doctor <persName>Pardo</persName>, de <placeName ref="#madrid">Madrid</placeName>, y por el Cónsul
                  británico, como loca incurable. Desde mi encuentro fortuito con usted, <note
                      resp="#jorge_jinkis" n="1">El Dr. <persName ref="#pierre_mabille">Pierre Mabille</persName>, a cuya indicación hizo este relato
                      <persName ref="#leonora_carrington">Leonora Carrington</persName></note> a quien considero el espíritu más lúcido, me he
                  puesto, hace una semana, a reunir los hilos que pudieran haberme ayudado a
                  atravesar la primera frontera del conocimiento. Debo revivir esa experiencia
                  porque, al hacerlo, creo ser útil a usted y porque creo, también, que me ayudará
                  usted a viajar del otro lado de esa frontera, conservando mi lucidez y
                  permitiéndome poner y retirar a voluntad la máscara que me preservará contra la
                  hostilidad del conformismo.</p>
               <p> Antes de abordar los sucesos de esta experiencia. tengo que decir que la
                  detención dictada contra mí por la sociedad en aquel momento, era probablemente, y
                  aun seguramente, un bien, ya que ignoraba entonces la importancia de la salud, es
                  decir, la absoluta necesidad de tener un cuerpo que funcione bien para evitar el
                  desastre en la liberación del espíritu. Más importante aún, la necesidad de que
                  otros estén conmigo, para que de nuestros conocimientos nos alimentemos
                  recíprocamente consciente de la filosofía de usted para comprender. <hi
                     rend="italic:true;">No había llegado todavía el momento de comprender</hi>. Se
                  trataba de un conocimiento embrionario que voy a tratar de expresar aquí con la
                  más precisa fidelidad.</p>
                <p> Empiezo, pues, en el momento en que <persName ref="#max_ernst">Max</persName> fue llevado por segunda vez a un campo de
                  concentración, ligados los puños, custodiado por un gendarme armado con un fusil
                  (<date when="1940-05">mayo de 1940</date>). Yo vivía en <placeName ref="#saint_martin_ardeche">Saint-Martin d’Ardéche</placeName>. Después de llorar durante
                  horas enteras abajo, en el pueblo, regresé a casa donde veinticuatro horas
                  seguidas tuve vómitos voluntariamente provocados por la ingestión de agua de
                  azahar, apenas interrumpidos por un corto sueño. Esperaba, así, distraer mi pena
                  con esos violentos espasmos que sacudían mi estómago, como lo hubiera hecho un
                  terremoto. Ahora sé que aquello no era más que uno de los aspectos de esos
                  vómitos; yo había comprendido la importancia de la sociedad; quería primero
                  limpiarme y pasar enseguida más allá de su inepcia brutal. Mi estómago era el
                  asiento de aquella sociedad, pero era, también, el lugar en el que los elementos
                  de la tierra se unían conmigo. Era, para emplear una imagen de usted, el <hi
                     rend="italic:true;">espejo</hi> de la tierra, cuyo reflejo contiene la misma
                  realidad que lo reflejado. Aquel <hi rend="italic:true;">espejo</hi> —mi estómago—
                  tenía que quedar limpio de las espesas capas de mugre (las fórmulas admitidas) a
                  fin de reflejar bien la tierra, claramente y fielmente, y aquí, cuando digo
                  tierra, quiero decir, naturalmente, tierras, astros, soles, en el cielo y sobre la
                  tierra, lo mismo que los astros, soles y tierras del sistema solar de los
                  microbios.</p>
               <p> Durante tres semanas, comí muy poco evitando, sobre todo, la carne, bebiendo vino
                  y alcoholes; me alimentaba de patatas y de lechugas, comiendo, quizá, dos patatas
                  por día. Tengo la impresión de que dormía bastante bien. Trabajaba mi viña,
                  sorprendiendo a los campesinos con mi fuerza. Se acercaba la fiesta de San Juan,
                  comenzaba la vid a florecer y se hacía necesario espolvorearla con azufre, a
                  menudo. También cultivaba mis patatas y cuanto más transpiraba más contenta me
                  sentía porque, así, me purificaba. Tomaba baños de sol y me encontraba en una
                  plenitud física que no alcancé antes ni después de esta época.</p>
               <p> En el exterior, diversos acontecimientos se desarrollaban: derrumbamiento de
                   <placeName ref="#belgica">Bélgica</placeName>, entrada de los alemanes a <placeName ref="#francia">Francia</placeName>. Todo esto me interesaba muy poco y no
                  sentía ningún temor. Numerosos belgas llenaban el pueblo y algunos soldados que
                  penetraron en mi casa me acusaron de espionaje, amenazándome con fusilamiento
                  inmediato porque, cerca de casa, alguien durante la noche había buscado caracoles
                  sirviéndose de una linterna. Todo esto en realidad me impresionaba mediocremente
                  porque SABIA que no debía morir.</p>
                <p> Después de tres semanas de vida solitaria, una vieja amiga inglesa, <persName ref="#catherine_yarrow">Catherine
                    Yarrow</persName>, llegó, huyendo de <placeName ref="#paris">París</placeName>, en compañía de un húngaro llamado <persName>Michel Lucas</persName>.
                  Pasó una semana y me parece que no notaron en mí nada especialmente anormal. Un
                  día, sin embargo, <persName ref="#catherine_yarrow">Catherine</persName>, que desde hacía tiempo estaba en manos de los
                  psicoanalistas, me persuadió de que mi actitud transparentaba el deseo
                  inconsciente de liberarme, por segunda vez, de “mi padre”: <persName ref="#max_ernst">Max</persName>, a quien debía de
                  suprimir para poder buscar otro amante. Creo que <persName ref="#catherine_yarrow">Catherine</persName> me interpretaba por
                  fragmentos, lo que es peor que no interpretar en absoluto. Sin embargo, de este
                  modo, me recordaba el deseo. Hice entonces frenéticos esfuerzos por seducir a dos
                  muchachos jóvenes pero sin el menor resultado. No quisieron nada conmigo; así,
                  pues, permanecí tristemente casta.</p>
               <p> Los alemanes se acercaban rápidamente. <persName ref="#catherine_yarrow">Catherine</persName>, asustada, me suplicaba que
                  partiera con ella diciéndome que, si no quería seguirla, se quedaría allí conmigo.
                  Acepté. Acepte, ante todo, porque <placeName ref="#espania">España</placeName> representaba para mí, dentro de mi
                  evolución, un lugar de descubrimiento. Acepté porque quería hacer visar el
                  pasaporte de <persName ref="#max_ernst">Max</persName>, con quien estaba siempre ligada. Este documento, con su imagen,
                  se convertía para mí en una entidad y, gracias a él, conservaba mi poder. Acepté
                  un poco conmovida por los argumentos de <persName ref="#catherine_yarrow">Catherine</persName> que infiltraban en mí un terror
                  creciente. Para <persName ref="#catherine_yarrow">Catherine</persName>, los alemanes significaban la violación. Yo no temía
                  nada de esto, no le daba ninguna importancia. Lo que hacía crecer el pánico dentro
                  de mí era la idea de seres automáticos, sin pensamiento, descarnados. <persName>Michel</persName> y yo
                   decidimos ir a <placeName ref="#bourg_saint_andeol">Bourg-Saint-Andéol</placeName> a buscar un permiso de circulación. Los
                  gendarmes, absolutamente indiferentes y desinteresados, se rehusaron a darnos ese
                  papel, escudándose detrás de un “nosotros no podemos nada”, mientras fumaban sus
                  cigarrillos. Estábamos en la imposibilidad de partir pero, a pesar de ello, sabía
                  que ese viaje se haría al día siguiente. Pasamos, después, a casa del notario para
                  hacer donativo de mi casa y de todos mis bienes al patrón del <placeName
                     rend="italic:true;">Hotel des Touristes de Saint-Martin</placeName>. Regresé a casa y,
                  durante toda la noche escogí minuciosamente lo que debía llevar conmigo. Todo
                  cabía en una valija que tenía, por encima de mi nombre, incrustada en el cuero,
                  una pequeña placa de cobre con la inscripción siguiente:</p>
               <p> REVELACIÓN</p>
               <p> A la mañana siguiente, la maestra de la escuela nos dio los papeles con el timbre
                  de la Alcaldía. <persName ref="#catherine_yarrow">Catherine</persName> preparó el coche. Toda mi voluntad estaba dirigida hacia
                  ese viaje. Apresuraba a mis amigos, empujaba a <persName ref="#catherine_yarrow">Catherine</persName> hacia el coche. <persName ref="#catherine_yarrow">Catherine</persName>
                  tomó el timón, yo me senté entre ella y <persName>Michel</persName>. El coche partió; yo me sentía
                  llena de confianza en el éxito del viaje pero terriblemente angustiada, temiendo
                  dificultades que me parecían inevitables. Corríamos normalmente cuando, a veinte
                  kilómetros de <placeName ref="#saint_martin_ardeche">Saint-Martin</placeName>, el coche se detuvo con los frenos paralizados. Oí
                  decir a <persName ref="#catherine_yarrow">Catherine</persName>: “Los frenos paralizados”. “Paralizados”. ¡Yo también,
                  paralizada dentro de mí misma por fuerzas extrañas a mi voluntad consciente!;
                  estaba segura que la fuerza de mi ansiedad había actuado sobre el mecanismo del
                  coche trabándolo. Este era el primer momento de identificación con el mundo fuera
                  de mi cuerpo. Yo era el coche. El coche se inmovilizaba a causa mía, porque yo
                  misma estaba entre dos cuñas: entre <placeName ref="#saint_martin_ardeche">Saint-Martin</placeName> y <placeName ref="#espania">España</placeName>. Me sentía horrorizada
                  de mi poder. En esos momentos me atenía a mi propio sistema solar, aún no percibía
                  el de los demás, cuya importancia comprendo ahora.</p>
               <p> Nuestro coche había corrido toda la noche. Yo veía, delante de nosotros, en el
                  camino, carros con brazos piernas colgando por la parte trasera, pero como no
                  estaba segura de mi, tímidamente, me atreví a decir: “Toma: Hay camiones delante
                  de nosotros”, para saber qué responderían. Cuando dijeron: “El camino es ancho.
                  podremos pasarlos”, me sentí tranquilizada; pero no sabía si veían ellos lo que
                  contenían esos camiones y no osaba preguntarlo, presa de una gran vergüenza que me
                  inmovilizaba. Filas de ataúdes bordeaban el camino, pero no encontraba pretexto
                  alguno para llamar la atención de mis amigos sobre asunto tan enojoso. Tenía un
                  miedo atroz: <hi rend="italic:true;">Apestaba a muerte</hi>. Evidentemente eran
                  los cadáveres de las gentes que los alemanes habían matado. Supe después que, en
                   <placeName ref="#perpignan">Perpignan</placeName>, había un gran cementerio militar.</p>
                <p> En <placeName ref="#perpignan">Perpignan</placeName>, a las siete de la mañana, no había ya cuartos en los hoteles. Mis
                  amigos me dejaron en un café: desde ese momento, el reposo había terminado para
                  mí. Estaba persuadida que yo era responsable de ellos. Pensaba que era inútil,
                  para atravesar la frontera, ir a ver a las autoridades superiores y consultaba,
                  mejor, a los limpiabotas, a los mozos de café y a los transeúntes que me parecían
                  poseer un gran poder.</p>
                <p> Teníamos cita, a dos kilómetros de la frontera de <placeName ref="#andorra">Andorra</placeName>, con dos naturales que
                  debían ayudarnos a atravesarla mediante el abandono de nuestro coche. <persName ref="#catherine_yarrow">Catherine</persName> y
                  <persName>Michel</persName> me dijeron, muy seriamente, que era necesario no hablar. Acepté,
                  sumergiéndome en un coma voluntario.</p>
                <p> Cuando llegamos a <placeName ref="#andorra">Andorra</placeName>, ya no podía caminar derecha. Caminaba como un
                  cangrejo, perdía el control de mis movimientos: Subir una escalera provocaba de
                  nuevo la paralización.</p>
                <p> En <placeName ref="#andorra">Andorra</placeName> —país desierto y olvidado—, fuimos los primeros refugiados recibidos
                  en el <placeName rend="italic:true;">Hotel de France</placeName>, por una sirvienta, sola
                  responsable del establecimiento extrañamente vacío.</p>
                <p> Los primeros pasos en <placeName ref="#andorra">Andorra</placeName> significaban para mí los primeros pasos del
                  acróbata sobre la cuerda tensa. En la noche mis nervios chillaban como cotorras
                  exasperadas, al ruido de un arroyo que no cesaba de correr sobre las rocas: ruido
                  hipnotizante, monótono.</p>
               <p> En el día ensayábamos paseos por la montaña, pero me bastaba subir una pequeña
                  pendiente para volver a trabarme, como el <orgName>“Fiat”</orgName> de <persName ref="#catherine_yarrow">Catherine</persName>, y verme obligada a
                  bajar. Me trababa en mi angustia fuera de todo poder de descripción. Me trababa en
                  los movimientos de mi cuerpo.</p>
               <p> Fue entonces cuando comprendí que, por medio de esa angustia, mi espíritu, si
                  usted quiere, se estaba uniendo dolorosamente a mi cuerpo; mi espíritu no podía ya
                  manifestarse sin tener un efecto inmediato sobre mi cuerpo, sobre la materia. Más
                  tarde, esta acción se ejercía sobre otros objetos. Me puse entonces a estudiar
                  seriamente ese vértigo: mi cuerpo no obedecía ya a las fórmulas establecidas en
                  mi espíritu, las fórmulas de la vieja Razón limitada; mi voluntad no engranaba ya
                  mis facultades de movimiento; puesto que mi voluntad no tenía ya poder, era
                  necesario liquidar primero la angustia que me paralizaba y buscar después un
                  acuerdo entre la montaña, mi espíritu y mi cuerpo. A fin de poder circular en
                  aquel nuevo mundo, con mi herencia de diplomacia británica, puse de lado la fuerza
                  de mi voluntad y, suavemente. busqué la fusión entre la montaña, mi cuerpo y mi
                  espíritu.</p>
               <p> Un día fui sola a la montaña. De primera intención no pude subir; me acosté
                  entonces sobre la pendiente con la sensación de ser enteramente absorbida por la
                  tierra. Al subir los primeros pasos, tenía la sensación física de caminar, con
                  inmenso esfuerzo, sobre una materia espesa como el fango. Poco a poco,
                  claramente, aquello se hizo más fácil, y al cabo de algunos días saltaba, trepaba
                  sobre muros a pico, con la facilidad de una cabra. Casi nunca me lastimaba y
                  comprendí entonces inmediatamente, que una posibilidad de alianza muy útil
                  existía, que yo no había percibido hasta entonces. Finalmente, llegué a no dar
                  nunca un traspié y a circular a mi voluntad entre las rocas.</p>
               <p> Es evidente que todo aquello, observado por buenos burgueses, tomaba un aspecto
                  extraño y alocado; una joven dama inglesa, bien educada, saltando entre las rocas,
                  divirtiéndose de manera tan irracional, se prestaba a provocar sospechas sobre su
                  equilibrio mental. Pensaba poco en el efecto que mis experiencias pudieran
                  producir en los seres humanos que me rodeaban y, al fin, fueron ellos los que
                  ganaron.</p>
               <p> Como consecuencia de mi alianza con la montaña, cuando ya me movía con entera
                  libertad en los sitios más ingratos, me propuse una alianza con los animales:
                  caballos, cabras, pájaros. El entendimiento se hizo por medio de la piel, por
                  medio de un lenguaje del tacto que me es sumamente difícil de describir, ahora que
                  mis sentidos han perdido la agudeza que entonces tenían. El hecho es que podía
                  acercarme a los animales en libertad, ahí, donde la proximidad de otros seres
                  humanos provocaba la huida inmediata. Durante un paseo con <persName>Michel</persName> y <persName ref="#catherine_yarrow">Catherine</persName>, por
                  ejemplo, me adelanté corriendo para alcanzar un tropel de caballos y mezclarme con
                  ellos. Cambiaba caricias con ellos cuando la llegada de <persName ref="#catherine_yarrow">Catherine</persName> y de <persName>Michel</persName> los
                  hizo huir.</p>
               <p> Todo esto sucedía durante los meses de junio y julio y los refugiados se
                  acumulaban. <persName>Michel</persName> enviaba telegramas a mi padre para obtener pasaportes visados
                   para <placeName ref="#espania">España</placeName>. Fue un cura el que trajo un papel misterioso y muy sucio, proveniente
                  de no sé qué agente de <orgName>I.C.I. (Imperial Chemicals)</orgName>, que debía permitirnos
                  continuar nuestro viaje. Antes habíamos ensayado dos veces atravesar la frontera
                  española; la tercera vez, con el papelito del cura pudimos, <persName ref="#catherine_yarrow">Catherine</persName> y yo, llegar
                   a <placeName ref="#seo_de_urgel">Seo de Urgel</placeName>. Desgraciadamente, <persName>Michel</persName> no pudo pasar; nosotras partimos
                       entonces, en el <orgName>“Fiat”</orgName>, para <placeName ref="#barcelona">Barcelona</placeName>. Al día siguiente tomamos el tren de
                           <placeName ref="#madrid">Madrid</placeName>.</p>
               <p> El hecho de tener que hablar una lengua desconocida jugaba un papel muy
                  importante para mí. No me sentía molesta por la idea preconcebida de las palabras
                  y no comprendía sino a medias su significación actual. Ello me permitía atribuir
                  un sentido hermético a las frases más corrientes.</p>
                <p> Llegando a <placeName ref="#madrid">Madrid</placeName>, nos hospedamos en el <placeName>Hotel Internacional</placeName>, cerca de la
                    Estación, para dejarlo más tarde e ir al <placeName>Hotel de Roma</placeName>. En el <placeName>Hotel Internacional</placeName>,
                  la primera noche, cenamos en la azotea; estar en un techo correspondía, en mí, a
                  una necesidad profunda pues me encontraba allí en un estado de euforia. Dentro de
                  la confusión política y el calor terrible, me convencí que <placeName ref="#madrid">Madrid</placeName> era el estómago
                  del mundo y que yo era la encargada de sanar ese aparato digestivo. Creía que toda
                  la angustia se había acumulado en mí para, finalmente resolverse y eso me
                  explicaba la fuerza de mis emociones. Me creía capaz de llevar ese peso atroz y de
                  sacar de ello una solución para el mundo. La disentería que padecí después no era
                  sino la <hi rend="italic:true;">enfermedad</hi> de <placeName ref="#madrid">Madrid</placeName> realizada en mi
                  intestino.</p>
                <p> Algunos días más tarde, en el <placeName>Hotel Roma</placeName>, conocí a un judío holandés, <persName>Van Ghent</persName>,
                  agente nazi, cuyo hijo trabajaba en <orgName>“Imperial Chemicals”</orgName>, Sociedad Inglesa. Me
                  mostró su pasaporte pululante de cruces gamadas. Progresivamente sentía necesidad
                  de desprenderme de las obligaciones sociales; con ese fin, regalé mis papeles de
                  identidad a no sé quien e intenté regalar el pasaporte de <persName ref="#max_ernst">Max</persName> a <persName>Van Ghent</persName>, que lo
                  rechazó.</p>
               <p> Esta escena sucedió en mi cuarto; la mirada de este hombre me era físicamente
                  dolorosa, tanto como si me hubieran hundido alfileres en los ojos. Cuando rehusó
                  aceptar el pasaporte recuerdo haberle respondido: “¡Ah! comprendo, yo misma debo
                  matarlo”.</p>
               <p> No contenta con dar mis papeles, me sentía obligada a despojarme de todo. Una
                  noche, sentada al lado de <persName>Van Ghent</persName> en la terraza de un café, veía desfilar al
                   pueblo le <placeName ref="#madrid">Madrid</placeName>, que yo sentía poseído por la mirada de este hombre. En ese
                  momento me hizo notar que no llevaba ya sobre mi blusa el pequeño broche que había
                  comprado hacía algunos instantes como una insignia del dolor de <placeName ref="#madrid">Madrid</placeName> y añadió:
                  “Mire usted en su bolsón, ahí lo encontrará”. En realidad, la insignia estaba ahí,
                  lo cual fue para mí una nueva prueba del poder maléfico de <persName>Van Ghent</persName>. Me levanté,
                  disgustada, y entré al café, resuelta a distribuir, a los oficiales que ahí se
                  encontraban, todo lo que tenía en mi bolsa. Ninguno aceptó. Todo esto me pareció
                  muy rápido, y de pronto me encontré sola con dos de los oficiales. <persName>Van Ghent</persName> había
                  desaparecido. Los dos hombres se levantaron y me llevaron en un coche. Algunos
                  momentos más tarde me encontraba delante de una casa cuyas ventanas tenían rejas
                  españolas de hierro forjado. Uno de ellos me dejó, el otro, me hizo pasar a un
                  cuarto decorado con chinerías de pésimo gusto, me arrojó sobre la cama después de
                  haber destrozado mis vestidos y trató de violarme. Yo le oponía tal fuerza rígida
                  que se cansó y dejó que me levantara. Mientras, ensayaba ante el espejo de poner
                  orden en mis vestidos, vi que abría mi bolso y tomaba lo que contenía. Me pareció
                  absolutamente normal, lo mismo que el hecho de sentir que bañaba mi cabeza con una
                  botella entera de agua de Colonia. Luego me llevó en un taxi a mi hotel. Desde mi
                  hotel —eran más o menos las tres de la mañana— llamé por teléfono a <persName>Van Ghent</persName> que
                  dormía ya. Me parecía evidente que solamente con ver a este oficial comprendería
                  la fraternidad y cambiaría de sentimiento frente al pueblo. Furioso, me injurió y
                  colgó el fono. Mientras tanto, el velador había puesto a la puerta al oficial.
                  Subí a mi cuarto y, sobre mi cama, encontré ropa interior de noche que la
                  lavandera había puesto ahí por error, ya que pertenecía a <persName ref="#catherine_yarrow">Catherine</persName>. Me pareció
                  que <persName>Van Ghent</persName>, reconociendo mi poder, hacía las paces y me enviaba aquel regalo;
                  pensé entonces que era indispensable vestirme con aquellas camisas. Así pasé el
                  resto de la noche tomando baños de agua fría y poniéndome alternativamente las
                  camisas: una era de seda verde pálido, la otra era de color rosa.</p>
                <p> Seguía convencida de que <persName>Van Ghent</persName> era el que hipnotizaba <placeName ref="#madrid">Madrid</placeName>, sus hombres y
                  su circulación, él quien volvía <hi rend="italic:true;">zombies</hi> a las gentes y
                  él quien distribuía la angustia como bombones con el fin de volverlos
                  esclavos.</p>
               <p> Una tarde, después de haber destrozado en las calles una inmensa cantidad de
                  periódicos que juzgaba como un nuevo medio de hipnotismo de <persName>Van Ghent</persName>, me
                  encontraba en la puerta del hotel, aterrorizada de ver pasar por la calle de la
                  Alameda hombres que me parecían de madera; me precipité a la azotea del hotel
                  donde lloré, mirando a mis pies la ciudad encadenada que tenía que libertar. Bajé
                  al cuarto de <persName ref="#catherine_yarrow">Catherine</persName> suplicándole mirara mi rostro y le dije: “¿No ves que mi
                  cara es la representación exacta del mundo?” <persName ref="#catherine_yarrow">Catherine</persName> no quiso escucharme y me
                  despidió. Bajé entonces al vestíbulo del hotel donde encontré, en medio de otras
                  personas, a <persName>Van Ghent</persName> y a su hijo, quienes me acusaron de locura, de obscenidad,
                  etc., asustados sin duda por mi hazaña de la tarde con los periódicos. Me fui
                  entonces corriendo hasta el jardín público donde estuve jugando un momento sobre
                  la hierba, con gran sorpresa de los pasantes. Un oficial de la <orgName>"Falange"</orgName> me trajo
                  al hotel donde pasé la noche bañándome con agua fría.</p>
               <p> <persName>Van Ghent</persName> era mi padre, mi enemigo y enemigo de los hombres, me encontraba sola
                  para poderlo vencer; para vencerlo me era necesario comprenderlo. Me daba
                  cigarrillos —cosa bastante rara en <placeName ref="#madrid">Madrid</placeName>— y, una mañana en que estaba
                  particularmente exaltada, comencé a pensar que mi estado no provenía únicamente de
                  causas naturales y que sus cigarrillos contenían droga. La consecuencia lógica de
                  este pensamiento fue poner al corriente a las autoridades de la horrible
                  dominación de <persName>Van Ghent</persName> y tomar medidas para la liberación de <placeName ref="#madrid">Madrid</placeName>. Un acuerdo
                   entre <placeName ref="#espania">España</placeName> e <placeName ref="#inglaterra">Inglaterra</placeName> me parecía la mejor solución. Me fui enseguida a la
                  <orgName>Embajada de Inglaterra</orgName> donde vi al Cónsul. Traté de convencerlo de que la guerra
                   mundial estaba hecha a base de hipnotismo por un grupo de gentes, <persName ref="#adolf_hitler">Hitler</persName> y Cía,
                   representados en <placeName ref="#espania">España</placeName> por <persName>Van Ghent</persName>, que bastaría tomar conciencia de ese poder
                  hipnótico para vencerlo, para detener la guerra y liberar al mundo trabado como yo
                  y el <orgName>“Fiat”</orgName> de <persName ref="#catherine_yarrow">Catherine</persName>: que en lugar de perderse en los laberintos políticos y
                  económicos, era preciso creer en esta fuerza metafísica, distribuirla a todos los
                  seres humanos que quedarían liberados de esta manera. Aquel buen burgués británico
                  comprobó inmediatamente mi locura y telefoneó a un médico llamado <persName>Martínez Alonso</persName>,
                  quien estuvo enteramente de acuerdo con él, apenas conoció lo que le expuse de mis
                  teorías políticas.</p>
               <p> Mi libre circulación en la vida llegó a su término ese mismo día. Estaba
                  encerrada con llave en mi cuarto de hotel, en el <orgName>Ritz</orgName>, donde me encontraba
                  perfectamente contenta; lavaba mis vestidos y combiné, sirviéndome de las toallas
                  de baño, diversos trajes de ceremonia, con el fin de preparar mi visita a <persName ref="#francisco_franco">Franco</persName>,
                  el primero que tenía que liberar de su sonambulismo hipnótico. Una vez liberado,
                   <persName ref="#francisco_franco">Franco</persName> se pondría de acuerdo con <placeName ref="#inglaterra">Inglaterra</placeName>, <placeName ref="#inglaterra">Inglaterra</placeName> con <placeName ref="#alemania">Alemania</placeName>, etc...
                  Mientras tanto, <persName>Martínez Alonso</persName>, enteramente desorientado por mi caso, me colmaba
                  de bromuro y de súplicas para que no permaneciera desnuda cuando los mozos
                  entraban con las comidas. Estaba enteramente agitado y cretinizado con mis teorías
                  políticas y, después de un calvario que duró quince días, se retiró a una playa de
                   <placeName ref="#portugal">Portugal</placeName> dejándome al cuidado de un médico amigo suyo: <persName>Alberto N</persName>... <persName>Alberto</persName> era
                   hermoso; me apresuré a seducirlo pues me decía a mí misma: “Este es mi hermano, el
                  que viene a liberarme de mis padres”. No habiendo hecho el amor desde que <persName ref="#max_ernst">Max</persName> se
                   fue, tenía ahora grandes deseos de hacerlo. Desgraciadamente, <persName>Alberto</persName> era
                  —¡también él!— un valiente imbécil y, probablemente, un canalla. En realidad creo
                  haberle gustado, más aún cuando supo el poder de papá <persName>Carrington</persName> y de sus millones
                   representados en <placeName ref="#madrid">Madrid</placeName> por la <orgName>I.C.I.</orgName> <persName>Alberto</persName> me sacaba a pasear y conocí de nuevo
                  una especie de libertad provisoria que no duró desde luego.</p>
                <p> Iba cada día a visitar a <persName>Mr. Gilliland</persName>, jefe de la <orgName>I.C.I.</orgName> en <placeName ref="#madrid">Madrid</placeName>; pronto se
                  cansó de mis visitas que tenían por objeto ilustrarle sobre el tema de la política
                  y declararle que lo consideraba lo mismo que a papá <persName>Carrington</persName> y a <persName>Van Ghent</persName>, como
                  un personaje pequeñísimo y villano; y naturalmente todo esto en su propia cara y a
                  su mujer, a sus sirvientes, a los mozos del hotel o a no importa quien que quisiera
                  oírme. <persName>Mr. Gilliland</persName> hizo venir al <persName>Dr. Pardo</persName> y me animó a comunicarle y explicarle
                  mis ideas sobre las cuestiones mundiales. Caí en la miserable trampa y pronto me
                  encontré en una clínica quirúrgica llena de religiosas. Esto tampoco duró: las
                  religiosas no pudieron dominarme. Era imposible encerrarme; llaves y ventanas no
                  eran obstáculos para mí, continuamente merodeaba alrededor de mi cuarto mirando el
                  techo como el único sitio donde podría permanecer. Pasados dos o tres días
                    <persName>Gilliland</persName> me dijo que <persName>Pardo</persName> y <persName>Alberto</persName> querían llevarme a la playa de <placeName ref="#san_sebastian_espania">San
                  Sebastián</placeName>, donde me dejarían absolutamente libre. Salí de la clínica y subí al
                  coche... con destino a <placeName ref="#santander">Santander</placeName>... En el camino me dieron Luminal tres veces y
                  me pusieron una inyección en la columna vertebral: anestesia. Y fui entregada al
                  doctor <persName>Morales</persName>, en <placeName ref="#santander">Santander</placeName>, como un cadáver.</p>
            </div>

            <div>
               <head><date when="1943-08-24">24 de agosto de 1943</date></head>
               <p> Temo dejarme ir a la ficción, verídica, pero incompleta, por falta de algunos
                  detalles que no me vienen hoy a la memoria y que debieran procurarnos más luz.
                  Esta mañana, la idea del huevo me obsesiona y pienso emplearla como un cristal en
                  el que viera <placeName ref="#madrid">Madrid</placeName> en los meses de <date from="1940-07" to="1940-08">julio y agosto de 1940</date>; ¿por qué no reflejaría
                  él mi propia experiencia como también la historia pasada y futura del Universo”?
                  El huevo es el macrocosmos y el microcosmos, la línea divisoria entre lo Grande y
                  lo Pequeño, que hace imposible la visión total. Poseer un telescopio sin su parte
                  contraria esencial —el microscopio— me parece un símbolo de la más sombría
                  incomprensión. El deber del ojo derecho es el de mirar en el telescopio mientras
                  que el ojo izquierdo interroga al microscopio.</p>
               <p> En <placeName ref="#madrid">Madrid</placeName>, no había conocido aún el sufrimiento “en su esencia”. Erraba en lo
                  desconocido con el abandono y el valor de la ignorancia. Cuando miraba los
                  anuncios en las calles no veía solamente las cualidades comerciales de las
                  conservas del Sr. X, sino también las respuestas herméticas a mis preguntas; así,
                  cuando leía: <orgName>“Amazon Company”</orgName>, o <orgName>“Imperial Chemicals”</orgName>, leía: también: “Química y
                  Alquimia”, un telegrama secreto que me estaba destinado por intermedio de la voz
                  de un fabricante de máquinas agrícolas. Cuando el teléfono sonaba o permanecía
                  mudo, contestando o rehusando responderme, era la voz interior del pueblo
                  hipnotizado de <placeName ref="#madrid">Madrid</placeName>. (Esto no es un símbolo, hablo literalmente.) Cuando me
                  sentaba a una mesa, con otras personas, en el salón del <orgName>Hotel Roma</orgName>, oía vibrar a
                  los seres con la misma claridad con que vibran las voces, comprendía en cada
                  vibración particular la actitud de cada uno frente a la vida, su grado de poder y
                  de bondad o de malevolencia respecto a mí. No me era necesario traducir los
                  ruidos, los contactos físicos o las sensaciones en términos racionales o en
                  palabras. Comprendía cada lenguaje en su dominio particular: ruidos, sensaciones,
                  colores, formas, etc.. cada uno de ellos encontraba su correspondencia gemela en
                  mí y me daba una respuesta perfecta. Cuando, de espaldas a la puerta, escuchaba
                  las vibraciones, sabía perfectamente si <persName ref="#catherine_yarrow">Catherine</persName>, <persName>Michel</persName>, <persName>Van Ghent</persName> o su hijo
                  entraban al comedor. Mirando a los ojos, conocía a los amos y a los esclavos y a
                  los (raros) hombres libres.</p>
               <p> Me adoraba a mí misma en aquel momento, me adoraba porque me veía completa —yo
                  era todo, todo era yo—; me regocijaba al ver milagrosamente mis ojos vueltos
                  sistemas solares, iluminados por su propia luz; mis movimientos, danza libre y
                  vasta, en la que cada gesto reflejaba idealmente todo, danza clara y fiel; mis
                  intestinos que vibraban de acuerdo con la dolorosa digestión de <placeName ref="#madrid">Madrid</placeName>, me
                  satisfacían del mismo modo. En aquel momento cantaban en la ciudad <title level="a">“Los Ojos
                  Verdes”</title>, canción sobre un poema de <persName ref="#federico_garcia_lorca">García Lorca</persName>. Los ojos verdes habían sido
                  siempre para mí los ojos de mi hermano y, ahora, los de <persName>Michel</persName>, los de <persName>Alberto</persName> y
                  los de un muchacho de <placeName ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos Aires</placeName> que encontré en el tren, entre <placeName ref="#barcelona">Barcelona</placeName> y
                  <placeName ref="#madrid">Madrid</placeName>.. Los ojos verdes, los ojos de mis hermanos que me liberarían al fin de mi
                  padre. Dos otras canciones me obsesionaban: <title level="a">“El Barco Velero”</title>, el barco de vela
                  que debía de llevarme hacia lo desconocido y <title level="a">“Pour moi, vous étes jolie”</title>, cantada
                  en todas las lenguas y que significaba sin duda la paz del mundo.</p>
               <p> Mis reglas se detuvieron en este momento, para no reaparecer sino tres meses más
                   tarde, en <placeName ref="#santander">Santander</placeName>. Yo transformaba esa sangre en energía comprensiva, masculina
                  y femenina, microcósmica o macrocósmica y también en vino que bebían el sol y la
                  luna.</p>
               <p> Ahora debo volver a tomar mi relato en el momento en que salí de la anestesia
                  (<date notBefore="1940-08-19" notAfter="1940-08-25">entre el 19 y el 25 de agosto de 1940</date>). Al despertarme me encontré en un cuarto
                  muy pequeño, ninguna ventana daba al exterior, había una ventana en el muro de la
                  derecha que me separaba de la pieza vecina. En el ángulo izquierdo, frente a mi
                  lecho, había un armario de madera blanca barnizada, género “Bon Marché”; a mi
                  derecha, una mesa de noche del mismo estilo, con cubierta de mármol, una gaveta
                  pequeña y, abajo, la caballeriza vacía del vaso de noche; luego, una silla; del
                  otro lado del velador había una puerta que, según supe más tarde, era la del
                  cuarto de baño; frente a mí, una mampara con vista a un corredor y a otra puerta
                  de vidrios opacos que espiaba ansiosamente, porque era clara y luminosa,
                  imaginándome que abría sobre una pieza inundada de sol.</p>
               <p> Mi primera crisis de conciencia fue dolorosa; me creía víctima de un accidente
                  automovilístico; el sitio evocaba un hospital; una enfermera de aspecto
                  antipático, semejante a una enorme botella de agua de Javel, me espiaba. Sentía
                  dolor y me di cuenta que tenía ligados manos y pies con correas de cuero. Más
                  tarde supe que había entrado a este lugar luchando como un tigre; que, la noche de
                  mi llegada, el médico jefe de la Clínica, <persName>Don Mariano</persName>, había ensayado de hacerme
                  comer y que yo lo había arañado, que él me había abofeteado, amarrado y obligado a
                  absorber el alimento por medio de tubos puestos en las narices. No he guardado
                  ningún recuerdo de todo aquello.</p>
               <p> Trataba de comprender dónde estaba y por qué estaba ahí, ¿Hospital o campo de
                  concentración? Hacía preguntas, probablemente incoherentes, a la enfermera que me
                  daba, en inglés, con un acento americano muy desagradable, respuestas plenamente
                  negativas. Después supe que se llamaba <persName>Asegurada</persName> (“Asegurada”, en el sentido
                   comercial de la palabra), que era alemana, natural de <placeName ref="#hamburgo">Hamburgo</placeName>, y que había
                  vivido mucho tiempo en <placeName ref="#nueva_york">Nueva York</placeName>.</p>
               <p> Nunca he podido saber cuánto tiempo permanecí inconsciente, ¿días o semanas?
                  Cuando volvía a estar tristemente razonable, me contaron que los primeros días,
                  alternativamente, había adoptado la conducta de diversos animales: que saltaba con
                  la agilidad de un mono sobre el armario, que arañaba y rugía como un león, que
                  relinchaba, ladraba, etc.</p>
                <p> Mientras tanto, atormentada por las correas de cuero, pedí cortésmente a <persName>Frau
                  Asegurada</persName>: “Desáteme por favor”. Me contestó con desconfianza: "¿Será usted
                  juiciosa?” Aquello me sorprendió de tal manera que permanecí aturdida algunos
                  instantes, sin poder responder. ¡Yo no había querido sino el bien para el mundo
                  entero y me amarraban como a un animal salvaje! No podía comprender, no guardaba
                  ningún recuerdo de mis pasadas violencias y todo aquello me parecía una injusticia
                  estúpida que no podía explicar sino por el maquiavelismo de mis guardianes.
                  —“Dónde está <persName>Alberto</persName>?— pregunté, —Partió —¿Partió? Si, partió a <placeName ref="#madrid">Madrid</placeName>. (<persName>Alberto</persName>
                    en <placeName ref="#madrid">Madrid</placeName>... imposible:) —¿Dónde estamos ahora, aquí? ¿lejos de <placeName ref="#madrid">Madrid</placeName>?— Muy
                    lejos...” Y así continuamos. Me parecía alejarme más y más, a medida que la
                  conversación se prolongaba; al fin me encontraba en un país desconocido y hostil.
                    <persName>Asegurada</persName> me dijo, luego, que yo estaba allí para descansar... ¡Descansar!
                  Finalmente, a fuerza de dulzura y de argumentos muy sutiles, la convencí de que
                  me desatara y me vestí, llena de curiosidad por lo que había afuera. Caminé por el
                  corredor sin tratar de abrir la puerta de vidrios opacos y llegué a un pequeño
                  hall cuadrado con ventanas estrechamente cuadriculadas con barrotes de hierro.
                  Pensé: “¡Curioso sitio de reposo! Aquellos barrotes están ahí para impedirme
                  salir. Voy a acercarme a uno de ellos para convencerlo de la urgencia de
                  devolverme la libertad"</p>
               <p> Me encontraba estudiando el asunto de cerca, sosteniéndome a los barrotes con los
                  pies, como un “murciélago”, dando la espalda a la pieza, los examinaba por todos
                  lados, en todos los ángulos, cuando alguien saltó sobre mí. Cayendo milagrosamente
                  de pie, me encontré frente a un individuo que tenía la expresión y el aspecto de
                  un perro bastardo. Más tarde supe que se trataba de un idiota de nacimiento,
                  pensionado del doctor <persName>Morales</persName>. Como era un enfermo gratuito servía de perro
                   guardián en <placeName>Villa Covadonga</placeName> (pabellón de locos peligrosos o de casos
                  desesperados). Comprendí que la discusión con semejante individuo, era
                  perfectamente inútil. En consecuencia tomé rápidas medidas para aniquilarlo. Desde
                  un sillón, <persName>Frau Asegurada</persName> contemplaba la lucha.</p>
               <p> Yo era superior a mi adversario en fuerza, voluntad y estrategia. El idiota huyó
                  derramando lágrimas, ensangrentado y terriblemente castigado por mis arañazos,
                  (supe más tarde, que si le hubieran amenazado de muerte, hubiera preferido morir
                  voluntariamente antes que acercárceme después de esta batalla).</p>
                <p> Tras de explicar mil veces que deseaba solamente ver el jardín, <persName>Asegurada</persName> aceptó
                  finalmente acompañarme fuera. El jardín estaba muy verde a pesar de los vapores
                  azulosos de los altos eucaliptos; delante de Covadonga había un huerto de árboles
                  cubiertos de manzanas. Comprendí entonces que era el otoño y, por el sol bajo, que
                  venía la noche. Mirando el plano se podrá ver la coloración de Villa Pilar,
                  Radiografía, Covadonga, Amachu y Abajo; podrán, también así, orientarse por el
                  jardín.</p>
               <p> Me encontraba, probablemente, todavía en <placeName ref="#espania">España</placeName>. La vegetación era europea, el
                  clima suave, la arquitectura de Covadonga era más bien española. Pero no estaba
                  completamente segura de ello y, recordando la extraña moral y la conducta de
                  quienes me rodeaban, me sentí aun más perdida, si cabe, y terminé por creer que
                  estaba en otro mundo, en otro tiempo, en otra civilización y, quizá, en otro
                  planeta que contenía el pasado, el futuro al mismo tiempo, el presente. Mi
                  enfermera quiso hacerme sentar juiciosamente en una silla pero rehusé pues me
                  urgía resolver el problema lo más pronto posible. Me desplazara a derecha o a
                  izquierda, la enfermera me seguía. Por fin me senté bajo una enramada y un joven
                  vestido con un traje azul de obrero, <persName>José</persName>, apareció súbitamente para vigilarme con
                  interés. Me sentía aliviada al oírlo hablar en español: “¡Estaba entonces en
                      <placeName ref="#espania">España</placeName>!” El muchacho me parecía guapo y simpático. El y <persName>Asegurada</persName> me siguieron
                  cuando me dirigí hacia Villa Pilar para examinar aquel pabellón. Este era una casa
                  gris, de piedra, con ventanas también enrejadas. Con gran sorpresa mía, alguien,
                  oculto detrás de las rejas, gritó desde el primer piso: "¡<persName ref="#leonora_carrington">Leonora</persName>! ¡<persName ref="#leonora_carrington">Leonora</persName>!” Me
                  sentí transtornada. "¿Quién eres?” “¡<persName>Alberto</persName>! ¡<persName>Alberto</persName>!” ¡Luego, él estaba allí!
                  Quería alcanzarlo a toda costa pero la figura que entrevía, medio oculta, era
                  horrible y deforme. En realidad se trataba de una broma de las enfermeras que
                  sugirieron todo esto a un loco llamado <persName>Alberto</persName>. Me regocijé sin embargo de este
                  incidente, creyendo que <persName>Alberto</persName> me había seguido, que no me había traicionado y
                  que estaba preso como yo.</p>
               <p> Me puse a saltar de gozo entre los manzanos, sintiendo de nuevo la fuerza, la
                  agilidad y la belleza de mi cuerpo. Pronto apareció por la avenida una pequeña,
                  muy pequeña enfermera, <persName>Mercedes</persName>, corriendo a triple galope, seguida de un perro
                   negro, <persName>Moro</persName>; detrás de ella venía más despacio un hombre grande y grueso, vestido
                  igualmente de blanco. Reconocí en él un ser poderoso y me apresuré a alcanzarlo
                  diciéndome: “Este tiene la solución”. De cerca me sentí desagradablemente
                  impresionada al verle unos ojos semejantes (más aterradores aun) a los de <persName>Van
                  Ghent</persName>. Yo pensaba: "¡Es de la misma banda, poseído como los otros, cuídate!” Era
                   <persName>Don Luis Morales</persName>, hijo de <persName>Don Mariano</persName>.</p>
               <p> No me acerqué a él sino a prudente distancia pero trató de asirme y,
                  permaneciendo cerca de él, evitaba que pusiera la mano sobre mí. En ese momento
                  apareció <persName>José</persName>, que me agarró entre sus brazos. Yo traté de defenderme
                   honorablemente mientras llegó otro hombre, <persName>Santos</persName>, que intervino en la lucha. <persName>Don
                  Luis</persName> se había sentado confortablemente entre dos raíces de árboles y se regalaba
                   con el espectáculo. Bien pronto los dos hombres me arrojaron por tierra. <persName>José</persName> se
                   sentó sobre mi cabeza, mientras <persName>Santos</persName> y <persName>Asegurada</persName> trataban de controlar mis
                       miembros que no cesaban de debatirse. <persName>Mercedes</persName>, armada de una jeringa que blandía
                  como si fuera una espada, hundió la aguja en mi muslo.</p>
               <p> Yo pensaba que era cuestión de un somnífero y decidí luchar para no dormirme. A
                  mi gran sorpresa, no tenía sueño y veía hincharse el muslo hasta el límite de la
                  aguja, hasta alcanzar las dimensiones de un pequeño melón.</p>
                <p> <persName>Asegurada</persName> me dijo que habían provocado un absceso artificial en el muslo; el
                  dolor y la idea de que estaba infectada me impidieron, durante dos meses, poder
                  caminar libremente. Apenas me dejaron, me arrojé furiosa sobre <persName>don Luis</persName> y lo arañé
                    hasta sangrarlo, antes que <persName>José</persName> y <persName>Santos</persName> hubieran tenido tiempo de llevarme.
                    <persName>Santos</persName> me estrangulaba casi, con los dedos. En Covadonga arrancaron con brutalidad
                    mis vestidos y me amarraron desnuda sobre la cama. <persName>Don Luis</persName> entró entonces para
                  contemplarme. Yo lloraba desconsoladamente y le pregunté por qué estaba presa y
                  por qué me maltrataban así. <persName>Don Luis</persName> se levantó y se fue pronto sin responderme.
                    En ese momento <persName>Frau Asegurada</persName> vino de nuevo. A las preguntas que le hice me
                    respondió: “Es necesario que sepa usted quién es <persName>don Luis</persName>; todas las noches viene
                  a hablarle; de pie, sobre el lecho, usted responde a gusto suyo”. De todo aquello,
                  nada recordaba. Me juré entonces, a partir de ese momento, permanecer vigilante
                  día y noche, no dormir nunca y proteger mi conciencia.</p>
               <p> No sé durante cuánto tiempo permanecí atada y desnuda. Días y noches, acostada en
                  mis propias inmundicias, orina y sudor; torturada por los mosquitos, cuyas
                  picaduras volvían mi cuerpo horrible; yo creía que los mosquitos eran los
                  espíritus de los españoles aplastados que me reprochaban mi internamiento, mi
                  falta de inteligencia y mi pasividad. El impulso de mis remordimientos hacía que
                  sus picaduras me fueran soportables y que la suciedad me molestara apenas.</p>
                <p> En el día, <persName>Asegurada</persName> me vigilaba; en las noches, <persName>José</persName> o <persName>Santos</persName> se turnaban. <persName>José</persName>,
                  a veces, ponía entre mis labios su cigarrillo para permitirme así el placer de
                  tragar algunas bocanadas de humo. Otras veces pasaba sobre mi cuerpo, siempre
                  quemante, una toalla húmeda. Yo le estaba agradecida de sus cuidados. Una criada
                  que bizqueaba (la llamaban <persName>Piadosa</persName>), me traía un alimento compuesto de legumbres y
                  de huevos crudos que introducía en mi boca, a cucharadas, teniendo cuidado de que
                  no la fuera a morder. La quería y <hi rend="italic:true;">no la hubiera
                      mordido</hi> . Yo creía que <persName>Piadosa</persName> quería decir pies dolorosos... ¡Me daba
                  tanta lástima que hubiera caminado tanto!</p>
               <p> En las noches, sobre todo, estudiaba mi situación. Examinaba las correas que me
                  ligaban, los objetos y las personas que me rodeaban y me examinaba a mí misma.
                  Adivinaba en la molestia de mis dientes la cualidad del dolor inmenso que
                  paralizaba mi muslo izquierdo, la enormidad de su hinchazón y sabía que liberando
                  mi mano izquierda podría sanar. (Mis manos están siempre frías y el calor de la
                  pierna <hi rend="italic:true;">tenía</hi> que evaporarse bajo la frescura de mi
                  mano, el dolor y la hinchazón desaparecer.) No sé a costa de qué esfuerzos logré
                  liberar mi mano izquierda y, muy pronto, el dolor y la inflamación disminuyeron
                  como lo había previsto.</p>
               <p> Una noche, enteramente despierta, tuve el sueño siguiente: un dormitorio inmenso
                  como el escenario de un teatro, un techo abovedado pintado como el cielo; todo
                  ello deteriorado pero lujoso, un lecho de antaño, guarnecido de cortinas
                  desgarradas y de cupidos pintados, o reales... no recuerdo ya; un jardín, bastante
                  parecido a aquel en que me había paseado la víspera, rodeado de alambradas
                  defensivas entre las que mis manos tenían la facultad de poder hacer crecer
                  plantas que se enredaban alrededor de ellas y, al cubrirlas, las volvían
                  invisibles.</p>
                <p> Al día siguiente de esta visión, <persName>don Luis</persName> vino a hablarme. Tenía la intensión de
                  pedirle una curación para mi muslo, pero esta idea se me fue de la cabeza
                  enseguida. Quería también preguntarle dónde estaba <persName>Alberto</persName>, pero también aquello
                  se escapó de mi espíritu y me encontré, sin quererlo, en plena discusión política.
                  Mientras hablaba, me sorprendía encontrarme en un jardín semejante al de mi sueño.
                  Estábamos sentados en un banco, a pleno sol, y yo estaba muy limpia y vestida; me
                  encontraba feliz y lúcida, le decía entre otras cosas: “Yo sé hacer todo, gracias
                  al Conocimiento”, y él me respondía: “Entonces, haga de mí el mejor médico del
                  mundo".</p>
               <p> —Déme la libertad y lo será.</p>
               <p> También le decía:</p>
               <p> —Fuera de este jardín, tan verde y tan fértil, hay un paisaje árido; a la
                  izquierda, una montaña sobre la que se erige un templo de druidas. Ese templo,
                  pobre y arruinado, es mi templo: ha sido construido para mí, pobre y arruinada
                  también; no guarda sino leña seca y será el sitio en que viva; vendré a visitarlo
                  todos los días; entonces, le enseñaré mi “Conocimiento".</p>
               <p> Este fue el sentido exacto de mis palabras. Sin embargo, cuando más tarde me
                  permitieron salir, no encontré ningún templo y el paisaje era enteramente
                  fértil.</p>
                <p> El pensamiento de <persName>Alberto</persName> y de mi muslo me volvieron súbitamente al espíritu. De
                    pronto me encontré desnuda, miserable y sucia en mi cama. <persName>Don Luis</persName> se levantó para
                  salir.</p>
                <p> Después de esta conversación, le envié con <persName>José</persName> un triángulo dibujado sobre papel
                  (había tenido las más grandes dificultades para obtener lápiz, papel y el permiso
                  de liberar mis manos para dibujarlo). Aquel triángulo, para mí, explicaba
                  Todo.</p>
            </div>
            <note rend="italic:true">Continúa en el próximo número.</note>

         </div>

            <div type="group" subtype="carta">
                <head>Correo perdido</head>
                <div type="introduction">
                    <p> La carta conoce tal vez un instante de esplendor en lo que la historia de la
                        literatura ha dado en llamar novela epistolar. Pero no nos referimos al auge de
                        ese tópico sino a su destitución histórica, es decir, a aquello que cae de lo que
                        una época reconoce como género o instituye como legible.</p>
                    <p> Los lugares y los recorridos de una carta tienen su historia. En los diarios,
                        según el diario, el Correo de Lectores aparece segregado como “género menor”; en
                        otro diario, una estética de la decadencia pretende evocar por una iconografía
                        sobrecargada y sepia vaya a saber qué placeres del espíritu. Se trata de arrancar
                        la carta de estas cadencias jerárquicas y arrojarla a circular en otro recorrido,
                        permitir que se desvíe, se detenga, se multiplique y hasta se pierda</p>
                    <p> No nombraremos todos los lugares en que se puede escribir una carta, ni aquellos
                        en que puede perderse. ¿Acaso las correspondencias entre escritores y las cartas
                        arrojadas al fuego no forman ya parte de la literatura? Lo célebre de los ejemplos
                        no debe reducirlos a la inmovilidad que proponen. Despleguemos pues el movimiento
                        y veremos cómo <persName ref="#kafka">Kafka</persName> y <persName ref="#gustave_flaubert">Flaubert</persName> desdoblaban y escribían su obra en sus
                        correspondencias, aquel lugar destinado a las tachaduras, a las versiones, que al
                        volver sobre su obra no hacía más que proseguir esa escritura que se podría llamar
                        incesante.</p>
                    <p> Escribir cartas... y los puntos suspensivos marcan en <persName ref="#andre_gide">Gide</persName> una frase que insiste
                        a través de “una vida” en cartas que va escribiendo. A tal punto que no tenían
                        “copia”, tal el desconsuelo en que lo sume <persName ref="#madeleine_gide"><choice><sic>Madelaine</sic><corr>Madeleine</corr></choice></persName> al hacerle saber que las
                        había destruido. Y en este registro no habría que reducir a la dimensión de la
                        anécdota esas cartas que <persName ref="#macedonio_fernandez">Macedonio</persName> se guardaba de enviar.</p>
                    <p> Pasaje de lo manuscrito a lo impreso en que la carta conserva aún un halo de
                        intimidad, en que la materialidad de la letra es el eslabón que si se corta puede
                        resultar fatal y sólo posible de ser conjurado por la multiplicación y la
                        repetición de la copia. Un eslabón más y nos encontramos en otra cadena, la de
                        <persName type="literary_character">Bartleby</persName>, es decir toda una historia de la literatura.</p>
                    <p> Pero más acá y más allá de esta historia, en un exterior que no le es ajeno, la
                        carta también se abre a ese lugar tan singular de la polémica que por estar del
                        lado de lo perdido sólo se reconoce como efecto cuando es capaz de producir
                        efectos.</p>
                    <p> Tendría que dar vergüenza publicar cartas, pero hacerlo revela la vocación que la
                        anima: hacer del azar su destino.</p>
                    
                </div>
                
                <div type="letter">
                    <opener><salute> Acerca de lo hediondo (Respuesta a <persName ref="#jonio_gonzalez">Jonio Gonzalez</persName>, autor del artículo <title level="a" ref="#gonzalez_poesia_argentina">“Poesía
                        argentina: algo huele mal”</title>, aparecido en la revista <bibl><title level="j" rend="italic:true;" ref="#revista_danza_raton">>La
                            danza del Ratón</title> <biblScope unit="issue">N° 1</biblScope>, <date when="1981-04">Abril 1981</date>, <placeName ref="#buenos_aires_ciudad">Bs.As.</placeName></bibl></salute></opener>
                    <p> “La noticia del desastre del 27 llegó a la Corte de un modo errante”: rumores de
                        un listado de escribientes, cual divisoria de aguas o frontera, que agrupábalos
                        según las consonancias de un progreso que decae, de una decadencia que avanza:
                        poetas detenidos: como letras: que no van hacia atrás ni hacia adelante: que no
                        acaban. Arbitrariedad de las enunciaciones, despotismo del nombre. Agraciado con
                        una excepcionalidad que, extravagantemente, no me excluye, me apresuro a avanzar,
                        a la manera del leoniano rouge del año 20, por los entrelineados de una Varsovia
                        no por oronda menos desguarnecida, pese a cierto pavor coprofóbico que
                        peligrosamente me azuleja: si la lavanda es un valor, el mal olor me debe ser
                        ajeno ¿y renunciar estoicamente a las fragancias pédicas, a los sudores de axilas
                        proletarias: al lugar de las heces? —mediante una inodora operación: si de los
                        exclusos son las heces, ¿serán de los excepcionales los papeles— pringados de
                        vaselina rusa?: hediondez de una escritura mugrienta y pachulera que se encabrita
                        ante el aerosol de la pureza, ambigüedad de los sermones metafóricos que
                        enchastran lo autopresumidamente inmaculado, descargando sobre la acusada
                        banalidad de un romanticismo (no por tardío trasnochado) las excrecencias de los
                        que deberían, si de la lógica del progreso se trata, sobar gloriosamente los untos
                        de las máquinas, el óleo de los grasas (“Grasitas, grasitas míos...").</p>
                    <p> Lo programático de una concentualización que se asquea ante la emanación de los
                        anales (y banales) deja fuera de sí el tufillo jacobino que desprende, pero no
                        logra disimular, en ese cuello, las cicatrices de una cabeza ausente. ¿Para
                        servir, una poesía, debe ser sierva” ¿ sierva? ¿montenegrina? ¿servicial? ¿de
                        servicio? ¿servidora? ¿servida? —¿o inservible? ¿Petardo o Sarajevo, cierto texto—
                        cualquiera — no deja de convocar rumores (reservistas) — máquina: de amor? ¿de
                        guerra? —: belismo en el que hostiga la trampa — la tramoya — del verismo: la
                        alusión de lo dicho parece devenir, fantasmalmente, ilusión de lo hecho. Riesgo
                        que la tentación de hacer instrumentable — definible, entendible — (¿o apacible?)
                        el burlón regodeo de la letra, acrecienta proporcionalmente a la prístina opacidad
                        de sus categorías: vida, testimonio, confesión, comunicación, conocimiento,
                        autoconocimiento, experiencia, de uno en todo y de todo en uno, “unidad de lo”
                        adverso y lo “diverso”, suceso, trascendencia, reflejo de su tiempo, indicio del
                        devenir: ¡mas no literatura! Economía de los textos que no por analogía soporta
                        —aunque padece— los fetiches de otras economías.</p>
                    <p> Preocupación por los nietos (letrados) que ata la producción de la poética a las
                        cadenas de la producción ética. Deseo que en la obtusa —a— ¿pologénita? —
                        referencia a una familiaridad prolífica delata lo vergonzoso de sus máculas, lo
                        sospechoso de su silencio.</p>
                    <p> Ni la salvación ni lejanía, ni “parte infinitesimal del Gran Espíritu”: pero,
                        acaso, me pregunto, digo, ¿no es demasiado ciega esta justicia que de social,
                        latinoamericana, se orna? Optimismo tembloroso que por rehuir el carro de los
                        vencedores, se monta al bus (oh-bús) de la derrota: no de quien vive, sino de lo
                        que escribe. Quizás ese desdén por la escolaridad de una caligrafía de provincias
                        conlleve la repulsa al bordoneo: quiérese ir, directamente, al grano — pustuloso y
                        acneico. Si el llamamiento a la reescritura de una historia no roza el oriflama de
                        sus presuntas (suntuosas, disputadas) leyes, no habrá más turbación que la de ese
                        colegial que, en el examen, copia un texto vedado —al que la prohibición torna
                        precioso debajo de la mesa, del pupitre: líneas que tras el roce —o el rasguido—
                        no restan sino como eclipses de un furor hierático: el borrón en los lienzos, el
                        manchón, el enchastre.</p>
                    <p> A la pringosidad de ese lamé baboso entrégome: aun bajo la amenaza de que este
                        embarrocamiento (toma y daca) me excluya de la sugerida antología de exceptuados
                        (¿del servicio militar?), escribo de la misma manera que escribo: “la rosa es una
                        rosa es una rosa es una rosa”: y no hay en esta obcecación ni militancia ni
                        heroísmo.</p>
                    <signed><persName ref="#nestor_perlongher">Néstor Perlongher</persName></signed>
                    <dateline>
                        <placeName ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos Aires</placeName>
                        <date when="1981-06-19">19 de junio de 1981</date>
                    </dateline>
                </div>
                
                <div type="letter">
                    <opener>A <persName>Lázaro Riet</persName></opener>
                    <p> Si mi carrera literaria fuera un éxito, la actitud de Ud, podría ser, o no,
                        envidia. Como fracasos no se envidian, seguro estoy de la sinceridad de su juicio.
                        (“Latitud”, No. 1) Pero, tan, tan justo no es. Tan, tan mal no escribo.</p>
                    <p> Quizá no le guste saber que Ud. me ayuda: siempre he creído que la simple
                        “mención de autor” beneficia a éste, igual con adjetivaciones adversas que con
                        aprobaciones. Los dos estamos en lo mismo: en cobrar existencia. Yo paso todo el
                        invierno en quitarme el frío. Y todo el año en quitarme la inexistencia. A ello
                        Ud. me ayudó, no tanto como para hacerme resucitar, como hicieron conmigo tantas
                        veces Scalabrini Ortiz, Borges, Hidalgo, González Lanuza, Soto, Bernárdez,
                        González Carbalho, Marcos Fingerit. G. Laferrere, Denis-Krause (de Gómez de la
                        Serna no digo que me resucitó pues hasta puedo decir que me nació).
                        Particularmente H. Rega Molina inventó un Obituario de Resucitados e inauguró la
                        Sección conmigo, el más muerto y resucitado por año.</p>
                    <p> Todo viviente es inmortal, sólo el hombre lo es con miedo de muerte; y sólo se lo
                        quita consiguiendo que le tuesten la “existencia”, y este tostado, esta
                        consistencia se la da a su existencia la mirada (mención, publicación) a su
                        existir y su nombre. Las ciudades, en parte las patrias y la unidad universal de
                        la humanidad, no han sido hechas porque el hombre sea sociable; no lo es, sino
                        conventillero: toda la publicidad, cátedras, libros, oratoria, arte, es para que
                        nos vean la existencia: sin color, olor ni sabor el agua no tuesta el pan. La vida
                        que nos miran se calienta. Quedemos agradecidos. (Sería largo enumerar todo lo
                        que, de puro conventillero, ha hecho el hombre: casi toda la Historia. Mandar,
                        entrometerse, enjaular a las tribus felices y hacerlas trabajar, a horario,
                        cambiar iconos misionar, imponer opiniones, cambiar modos de vivir y gobiernos).
                        Me quedé pues sin lo único que hubiera podido darme creencia en un éxito: me sigue
                        faltando el primer envidioso. Creo muy certera su critica en cierta parte; creía
                        saber yo solo donde estaba mi falla principal. También se puede acertar
                        descubriendo algo bueno en un autor. No hay que especializarse tanto. Creo en su
                        éxito y se lo deseo, en los talentos de crítico, que son dos.</p>
                    <p> También opina que el libro es innecesario. ¿Pero qué hago yo ahora? O Ud. no es
                        un crítico necesario o si lo es debe darme el remedio. ¿Cómo hago para que no
                        exista, si ya está publicado? Ayúdeme Ud. a financiar su inexistencia de presente.
                        O si no, Ud. es un mal convivente pues es antisocial señalar defecto no
                        remediable: la critica necesaria vale por lo que ilumina y auxilia y hasta
                        reconduce a uno a la auto-crítica, en la que somos tan remolones.</p>
                    <p> Ya dije, a propósito de la Historia, lo que no debemos ser; hay que elegir entre
                        no entrometerse o ayudar.</p>
                    <p> Es fuerte cosa verse clasificado “autor innecesario"; en mi inocencia me fié: los
                        críticos por usual cortesía no ponen tanta Cantidad en sus vocablos de censura.
                        Nos han preparado mal para la Verdad, que es la única preocupación de Ud.</p>
                    <closer>Agradezco la mención y lo saludo.</closer>
                    
                    <signed><persName ref="#macedonio_fernandez">Macedonio Fernández</persName></signed>
                    <dateline>
                        <date when="1981-01-05">5 de enero de 1981</date>
                    </dateline>
                    
                </div>
                
                <div type="letter">
                    <opener> Querido amigo </opener>
                    <p> ANOCHE, querido amigo, anoche yo dormía; un fantasma vino y llenó todas mis
                        facultades; un velo fúnebre cubría su semblante tétrico y descarnado. Sus cóncavos
                        ojos despedían mil flechas que traspasaban mi corazón. El pavor heló toda mi
                        sangre; su vista me devoraba; levantó al fin su ronca voz y me dijo: Tú duermes,
                        insensato, tranquilamente, pero llegará la hora en que te sea demandada cuenta de
                        este reposo; llegará el día en que cada uno de los pesares que ocasionaste a tu
                        madre cada lágrima de las que la hiciste derramar, entrará con el peso de una
                        montaña en el plato de la culpa. La balanza se moverá entonces y el plato de la
                        redención subirá al cielo y el plato del pecado se hundirá en el abismo. ¡Infeliz
                        del gusano que duda que llegará el día en que los justos sean remunerados según
                        sus obras y los impíos según sus iniquidades! Estas voces me aterraban, desperté y
                        levantéme dando gritos como un furioso. Parecíame que el fantasma me seguía
                        repitiendo a mis oídos: "¡Matricida matricida!” Huye de mi vista, horroroso
                        fantasma, exclamaba yo, con descompasadas voces, yo soy inocente; yo idolatro a mi
                        madre y con ella se fue mi felicidad. ¿No basta que saboree a cada instante la
                        copa del dolor sin que tú vengas a colmar mi desesperación? Pero no, yo iré y me
                        postraré ante el trono excelso del Altísimo; le diré mi inocencia, mi juventud,
                        las pasiones que cegaban mi espíritu, llamaré por testigo a mi madre y el
                        irrevocable fallo de su justicia pronunciará mi salvación. ¡La muerte... la
                        muerte...! Abrí entonces maquinalmente la ventana; el viento fresco del río
                        penetró en mi aposento; toquéme el pulso y estaba febril... Mi agitación se calmó
                        un tanto y poco a poco mi sangre tomó su curso ordinario, mi fantasía se despejó y
                        vi que todo era un sueño. Así los pálidos destellos de la conciencia ofuscan la
                        razón y nos hacen ver mil terríficos fantasmas. Cuando algún espectáculo imponente
                        de la naturaleza viene a conmoverme y a dar pábulo con emociones terribles y
                        violentas a mi fantasía, me reconcentro en mí mismo, y me entrego
                        involuntariamente a mis cavilaciones sombrías. Ninguna idea riente se despierta en
                        mi espíritu. Mi pensamiento es mi mayor enemigo; él me sigue por todas partes como
                        un fantasma sonbrío, que sale al paso a todos los contentos de mi corazón y los
                        devora. Esta tendencia de mi imaginación a analizar y desear todos los objetos y
                        ver el fondo de las cosas, me pierde y me hace feliz. Un velo mágico y misterioso
                        encubre la naturaleza moral. Desdichado del que ose levantarlo, porque se revelará
                        a sus ojos atónitos el esqueleto horrible y las formas monstruosas y descarnadas
                        de la realidad. El hombre no nació para conocer la verdad porque ella repugna a su
                        naturaleza. ¿No es infinitamente más feliz el gaucho errante y vagabundo que no
                        piensa más que en satisfacer sus necesidades físicas del momento, que no se cura
                        de lo pasado ni de lo futuro, que el hombre estudioso, que pasa lucubrando las
                        horas destinadas al reposo? — Aquél vive por vivir, muere por morir, ignora todo,
                        o más bien, sabe todo, pues que sabe ser feliz, y pasa su vida sano, robusto
                        satisfecho, mientras éste, obcecado de dudas, de pesares y de dolencias, arrastra
                        una vida fatigosa y sin prestigios, buscando el fantasma de la verdad y alejándose
                        del camino de la felicidad hasta que lo sorprende en sus sueños la muerte, y
                        devora todas sus esperanzas. Por esto dijo un sabio: el árbol de la ciencia no
                        produce el fruto de la vida. Sólo recoge el que siembra en terreno feraz.</p>
                    <p> ¡Cuánto siento, amigo, haber venido a encerrarme en esta estrecha prisión; yo no
                        puedo respirar entre los muros de las ciudades. Mi sangre no circula casi, aquí no
                        hay alimento para mi fantasía, el horizonte de mi vista es muy limitado y me voy
                        consumiendo a mí mismo poco a poco. A veces, me imagino estar en medio de los
                        llanos desiertos de nuestros campos y respirar libre su aire vivificante; me
                        levanto, salgo de casa y camino veloz mente por la primera calle que se me
                        presenta, con la vista inclinada al suelo; pero el ruido de los paseantes, los
                        encontrones que me dan, disipan bien pronto mi ilusión y me retiro fatigado y con
                        el corazón oprimido. Así es, que he tomado el partido de no salir a pasear sino al
                        claro de la luna y cuando el sueño retiene a los habitantes en sus moradas. Nunca
                        olvidaré esos placenteros días que he pasado en la campaña. Allí yo podía
                        entregarme libremente a los caprichos de mi fantasía; la naturaleza con toda su
                        pompa y majestad se ostentaba a mis ojos, podía contemplar el oriente y el ocaso
                        del sol en lejano y diáfano horizonte, e ir a contar a la luna silenciosa y a las
                        estrellas, la angustia de mi corazón.</p>
                    <signed><persName ref="#esteban_echeverria">Esteban Echeverría</persName></signed>
                </div>
                
                <div type="letter">
                    <opener><persName ref="#jorge_jinkis">Jorge</persName> y <persName ref="#luis_thonis">Luis</persName></opener>
                    <p> En los primerísimos conciliábulos pro Sitio (enero de este años) estuvimos todos
                        de acuerdo en que lo verdaderamente grave que está pasando en Argentina es una
                        remodelación forzada e irreversible de su estructura económica. Todo lo social,
                        político y cultural es una compleja consecuencia. Y convinimos en no
                        desentendernos. Pensamos también que la práctica de la lengua y la literatura
                        donde todos los sitientes nos encontramos, por distintas que sean nuestras
                        situaciones actuales e historias, tiene que aportar a romper, aunque más no sea
                        con un testimonio de ironía, la monotonía de los discursos ideológicos-económicos
                        que nos abruma. Si el tiempo me hubiera dado para tanto, lo que me hubiera
                        gustado, precisamente, hacer era un análisis retórico de ese discurso. Una de
                        cuyas más evidentes marcas es la total opacidad, el pseudohermetismo en favor de
                        los “iniciados”. Sin contar con la aparición de formas literarias inéditas y una
                        ruptura con el lenguaje conceptual para introducir una coloquialidad entre frívola
                        y canallesca, como lo que se publica todos los domingos en La Nación con una
                        firma, D. Home. (En honor de la objetividad, lo discepoliano de “Home" se ha
                        autocensurado en las últimas semanas, y ha recuperado un poco el savoir faire
                        estilístico, de verbi grata, Isaac Isaacson.) No sé qué les parecerá a ustedes: a
                        mi me recuerda el Festín de Trimalción, Los 120 días y los cabarets de Berlín
                        vistos por Liza Minelli. Y me estremezco un poco. Mejor dicho, estoy aterrado. Me
                        parece una especie de Danza de la Muerte.</p>
                    <p> De hecho, lo que he terminado haciendo es retraducir a Bloy, nausearme con
                        Drumont, reencontrarme con Zola. Por ese asunto del dinero. No sé si vale algo lo
                        que hice, pero les aseguro que me desquicié las sinapsis. Ahora me queda una
                        malévola satisfacción: pasarles, como pidieron, la posta. A vos Luis, para saber
                        qué le podés ver a Martel que no le haya visto el Volkgeist local y los
                        confeccionadores de papers para el master en Argentine Literature. (Esos
                        Informadísimos que te remiten tus amigotes y se te instalan —no sin alguna
                        complacencia tuya— en tu librería, para salir de dudas si el London de Perú y
                        Avenida es el mismo que menciona Cortázar, y si la pensión de Onetti, o la de
                        Gombrowicz, está en el exacto número de la calle Independencia que anotaron en
                        Schenectady.) A vos, Jorge, para que le sigas dando al simbolismo del dinero. Que,
                        si te entendí bien, es lo que querés hacer en nuestro próximo número. Una buena
                        oportunidad para vos, psicoanalista. Lo digo porque hay quienes creen, por lo
                        visto, en las Ruedas Virgilianas; que hay tres estilos, humilde, medio, sublime, y
                        que no hay que salirse del andarivel: que los psicoanalistas escriban de
                        psicoanálisis, pero que los “escritores” escriban y opinen de cualquier cosa,
                        antes que nada de psicoanálisis.</p>
                    <signed><persName ref="#ramon_alcalde">Ramón Alcalde</persName></signed>
                </div>
                
            </div>
        
        </body>

    </text>

</TEI>
