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				<title>Revista SITIO</title>
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					<resp>Editado digitalmente por</resp>
					<name>Federico Cortés</name>
					<name>Juan Manuel Franca</name>
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				<publisher>Revista SITIO</publisher>
				<pubPlace>Buenos Aires, Argentina</pubPlace>
				<date when="1985">1985</date>
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					<p>All rights reserved. Any reproduction, partial or complete, requires express
						authorization from the magazine.</p>
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					<title>Revista SITIO</title>
					<author>Ramón Alcalde</author>
					<author>Eduardo Grüner</author>
					<author>Luis Gusmán</author>
					<author>Jorge Jinkis</author>
					<pubPlace>Buenos Aires, Argentina</pubPlace>
					<publisher>Revista SITIO</publisher>
					<date when="1985">1985</date>
					<idno>ISSN or other unique identifier, if available</idno>
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				<p>This TEI XML encoding was created to represent the editorial, literary and
					critical content of Revista SITIO.</p>
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				<p>This TEI XML encoding project was undertaken to digitize and annotate the
					literary, critical and editorial content of Revista SITIO, with focus on the
					themes and ideological critiques expressed in the text.</p>
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					<term>philosophy</term>
					<term>critique</term>
					<term>editorial</term>
					<term>culture</term>
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			<interp xml:id="ana_humanism">Concepto de Humanismo</interp>
			<interp xml:id="ana_ideology">Concepto y Crítica de Ideologías</interp>
			<interp xml:id="ana_intelectual">Rol y Critica de Intelectuales</interp>
			<interp xml:id="ana_circunstance">Concepto de Circunstancia. Demanda social</interp>
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			<interp xml:id="ana_psychoanalysis">Deseo / Goce / Inconsciente</interp>
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			<interp xml:id="ana_paradoxa">Contradicción y paradoja como modo del pensamiento y la enunciación</interp>
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			<div type="editorial" subtype="entredichos" xml:id="sitio_entredichos_4-5">
				<head> Entredichos</head>
				<byline>
					<persName ref="#ramon_alcalde">Ramón Alcalde</persName>, <persName
						ref="#eduardo_gruner">Eduardo Grüner</persName>, <persName
						ref="#luis_gusman">Luis Gusmán</persName> y <persName ref="#jorge_jinkis"
						>Jorge Jinkis</persName></byline>
				<epigraph>
					<quote rend="italic:true;">...y es que no pudiendo la cocinera acceder a las
						tareas de gobierno, algunos intelectuales han decidido convertirse en
						cocineras, y de hacer política “de clase” —cosa tan complicada de definir
						como el gobierno de la cocinera— han pasado a hacer chismografia de grupo,
						organizando una cocina a lo Ettore Scola, donde cada uno sale rebozado de
						salsas, pringado de vinagretas, decorado de rábanos y spaghetti, y con un
						pie calzado en un perol.</quote>
					<bibl><author ref="#abelardo_castillo">A.C.</author></bibl>
				</epigraph>
				<p>
					<seg xml:id="seg_1" ana="#ana_decay #ana_essay">Hay una palabra que es necesario
						rescatar de la vergüenza: decadencia. No es cuestión de <persName
							ref="#oswald_spengler">Spengler</persName>, desde ya: no nos sentimos
						inclinados a matizar insomnios con el destino de Occidente. Ni con el de
						Oriente, llegado el caso. Tampoco debería remitirse <hi rend="italic:true;"
							>decadencia</hi> a <hi rend="italic:true;">nostalgia</hi> ni otra
						cualquiera maniobra del olvido, por más astuta. Justamente, se trata de la
						memoria en su registro más modesto: el de la localización de la palabra. La
						palabra “decadencia” —y sus derivados— será localizada aquí, pues, junto al
						genérico “ensayo”. Y, para más acotamiento, al descriptivo territorial
						“argentino”. No que el sintagma así conformado —“decadencia del ensayo
						argentino”, aproximadamente— sea el tema único, ni siquiera principal: lo
						que hace ocasión es su valor de síntoma. Ocasión y síntoma de esos de “no
						poder callar” a los que aludíamos a fines del <date when="1983">83</date>. Y
						de más “no poder callar” ahora (principios del <date when="1985">85</date>),
						cuando la recuperación de la palabra permite la de una ética de las
						diferencias, antes disimuladas en la triste incomodidad de un silencio
						forzoso.</seg></p>
				<note type="interpretation" resp="#ED" target="#seg_1" ana="#ana_essay #ana_decay">
					La elección deliberada de la palabra "decadencia" en lugar de "crisis" establece
					desde el inicio el tono polémico y no conciliador del texto. Al elegir un
					término con connotaciones negativas tan fuertes ("deterioro", "ruina",
					"corrupción"), los autores rechazan cualquier interpretación optimista o de
					"crecimiento". Su objetivo no es describir una transición, sino diagnosticar una
					degeneración profunda del ensayo argentino, presentándolo como un síntoma de un
					malestar cultural más amplio en la recién recuperada democracia. </note>

				<p> A gritos insistiremos, entonces, en la legitimidad del término “decadencia”. Es
					casi seguro que “crisis” sería más útil, o al menos más confortable, en la
					búsqueda de consenso. Pero tiene el inconveniente de permitir su ambiguación por
					aditamento: “positiva”, “de crecimiento”, etc. “Decadencia”, por su parte, aleja
					todo intento de domesticación: “deterioro”, “degeneración”, “declinación”
					“ruina”, “ocaso”, “caducidad”, “debilidad”, “pobreza”, “corrupción", “bastardía”
					—por listar mínimamente algunas sinonimias autorizadas por <persName
						ref="#federico_sainz_de_robles">Sáinz de Robles</persName> en la edición de
						<date when="1967">1967</date>— no son acepciones aptas para alentar
					esperanzas. Eso, y no paliaciones compasivas, es lo que quisiéramos hacer
					escuchar: decadencia (degeneración/ruina/corrupción/bastardía) del ensayo
					argentino. Y más: de una <hi rend="italic:true;">práctica</hi> de la cultura que
					no hace lugar a esta ética que aquélla recuperación prometía, o dejaba su poner.
					Y es precisamente porque valoramos la enorme diferencia que va de entonces a
					ahora que no vacilamos en ocupar el sitio que tres veces hemos afirmado.</p>
				<p> No nos exigiremos razones eruditas ni argumentos de saber que nos alivien de una
						<hi rend="italic:true;">opinión</hi>: escribimos como lectores. Lo que no
					siempre va de suyo: un lector que escribe es una posición bien otra que la de un
					escritor que lee. En lectores, entonces, nos consta —como a cualquiera— que
					desde <persName ref="#esteban_echeverria">Echeverría</persName>, <persName
						ref="#sarmiento">Sarmiento</persName> o <persName
						ref="#juan_bautista_alberdi">Alberdi</persName> para acá (“acá” no tiene más
					de, pongamos, quince años) la <placeName ref="#argentina">Argentina</placeName>
					ha cultivado, y se ha cultivado en ella, una riquísima tradición ensayística. No
					nos precipitaremos a acudir a la analogía con el dulce de leche: pero diremos
					que cierto tipo de ensayo es casi un invento argentino, aunque (o tal vez
					porque) la denominación misma del género sea un invento francés. Sin excesivos
					retrocesos, uno se acuerda de <persName ref="#leopoldo_lugones"
						>Lugones</persName> o <persName ref="#manuel_galvez">Manuel
						Gálvez</persName>. De <persName ref="#martinez_estrada">Martínez
						Estrada</persName>, <persName ref="#canal_feijoo">Canal Feijóo</persName>,
						<persName ref="#hector_murena">Murena</persName>, <persName
						ref="#carlos_astrada">Astrada</persName>, <persName ref="#jose_luis_romero"
						>Romero</persName>, <persName ref="#luis_franco">Franco</persName>. Cruzando
					una calle sinuosa y no muy bien señalizada, se “forjan” <persName
						ref="#raul_scalabrini_ortiz">Scalabrini</persName> o <persName
						ref="#arturo_jauretche">Jauretche</persName>. <hi rend="italic:true;"
						>Contorneando</hi> esas oposiciones <persName ref="#david_vinias"
						>Viñas</persName>, <persName ref="#oscar_masotta">Masotta</persName> o el
					mismísimo <persName ref="#juan_jose_sebreli">Sebreli</persName> (penosamente
					amputado, en sus últimas piruetas, de chisporroteos dialécticos que otrora lo
					hicieron “bestseller”, pero no siempre trivial). Incluso la derecha —cualquiera
					sea la repugnancia que provoquen sus espasmos conceptuales— no se ausentó de
					atractivo literario en plumas como las de <persName ref="#leonardo_castellani"
						>Castellani</persName> o <persName ref="#ignacio_anzoategui"
						>Anzoátegui</persName>. Y si uno se atiene al efecto de seducción de cierto
					pugilismo polémico, puede atreverse a nombrar a <persName
						ref="#juan_jose_hernandez_arregui">Hernández Arregui</persName>, <persName
						ref="#abelardo_ramos">Abelardo Ramos</persName> o <persName
						ref="#milciades_penia">Milcíades Peña</persName>. No me estoy privando de
						<persName ref="#borges">Borges</persName>: sencillamente lo doy por sentado
					como “maestro de estilo” de un ensayo conjetural y arbitrario que comparte
					fronteras con una ficción donde las teorías se trabajan como personajes; o de
						<persName ref="#roberto_arlt">Arlt</persName>, paradójicamente calificado no
					hace mucho, por <persName ref="#jaime_rest">Jaime Rest</persName>, como el
					fundador, con sus ensayos, de la visión mítica de <placeName
						ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos Aires</placeName>: los aparatos
					mercadísticos que ofrecen a la consideración del distinguido público el
					conflicto <persName ref="#borges">Borges</persName>/<persName
						ref="#roberto_arlt">Arlt</persName> (sinécdoque literaria de la oposición
					fundante de la cultura argentina, civilización/barbarie) son apenas menos
					irrisorios que los que publicitan la ya congelada “ficcionalización de la
					crítica”, reciente invento de un viejo descubrimiento.</p>
				<p>
					<seg xml:id="seg_2" ana="#ana_essay">Pero, retomando: a los que se conciernan
						con el vértigo metonímico que procure la acumulación de nombres cumplimos en
						tranquilizarlos argumentando: 1. Que el listado podría ser mucho mayor,
						nunca menor ni menos impertinente. 2. Que vale un descargo tomado de la
						vulgata de los lugares públicos: la casa se reserva el derecho de admisión
						y/o permanencia. No pretendemos sugerir que <hi rend="italic:true;"
							>todos</hi> esos nombres hagan el orgullo de nuestra biblioteca
						imaginaria. Sí que sus diferencias producen, precisamente, aquello que los
						une: una misma <hi rend="italic:true;">convicción</hi> de que la escritura
						es un campo de batalla, del que se puede huir pero al que no se puede entrar
						impunemente; un mismo vínculo con el <hi rend="italic:true;">estilo</hi>
						—con ese punzón de tallar letras— que evoca y convoca lo que no nos
						privaremos de llamar una <hi rend="italic:true;">pasión</hi> —término,
						contra lo que se dice, de resonancias estoicas, lo cual no obliga a ningún
						sufrimiento—: nada hay allí de pasivo, pese a la ilusión etimológica, salvo
						que se acepte la aporía de una <hi rend="italic:true;">pasividad activa</hi>
						: un apasionado “ir hacia” un reposo (que sólo podría ser el del guerrero)
						de y en la palabra.</seg></p>
				<note type="interpretation" resp="#ED" target="#seg_2" ana="#ana_essay"> Aquí, los
					autores construyen la "tradición" contra la cual medirán la decadencia actual.
					Al listar un canon heterogéneo de ensayistas (izquierda, derecha, nacionalistas,
					liberales), el punto de unión que proponen no es ideológico, sino ético y
					estilístico. Definen el ensayo "auténtico" a través de la "convicción", la
					"pasión" y la concepción de la escritura como un "campo de batalla". Esta
					tradición del ensayista como "hombre político" y combatiente intelectual será el
					modelo idealizado que contrasta con el ensayista "profesional" y "aséptico" que
					critican a continuación. </note>

				<p> Por esa vía se reencuentra la actual <hi rend="italic:true;">decadencia</hi>,
					ahora en la acepción (ligada a la chochera de sustituir la tragedia por
					patetismo) que propone <persName ref="#pierre_chaunu">P. Chaunu</persName>: la
					de la extrema pobreza de nuestros discursos sobre la muerte. Al revés —por una
					vez ayuda el quiasmo—: lo que se ve enriquecerse es la muerte del discurso. <seg
						xml:id="seg_3" ana="#ana_essay">Mejor —o peor—: un languidecimiento del
						discurso en las tibiezas del "universitarismo” y el mercado cultural, que
						promueve la figura del ensayista aséptico y <hi rend="italic:true;"
							>profesional</hi>, que no <hi rend="italic:true;">escribe</hi>: se
						limita a describir, o a declamar un recocido ecléctico de discursillos
						ajenos. Figura inexistente en la tradición argentina, en la que el ensayista
						fue frecuentemente además, poeta o novelista, y <hi rend="italic:true;"
							>siempre</hi> “hombre político" (no miembro de un partido, no recetador
						de idiologemas: <hi rend="italic:true;">politico</hi>, es decir,
						interpelador de la polis, cualquiera fuese su "tema").</seg></p>
				<note type="interpretation" resp="#ED" target="#seg_3" ana="#ana_essay"> Este
					segmento presenta el núcleo de la diagnosis. La "decadencia" se define como la
					profesionalización y academización ("universitarismo") del ensayista, que lo
					vuelve "aséptico". Se contrasta con la figura tradicional del "hombre político"
					(en el sentido amplio de interpelador de la polis). La crítica apunta a una
					pérdida de la escritura como acto de intervención y combate, para convertirse en
					una mera descripción o un "recocido ecléctico" de discursos ajenos, una práctica
					adaptada al mercado cultural y despojada de la "pasión" y "convicción"
					mencionadas. </note>

				<p> Languidez del discurso: donde la <hi rend="italic:true;">protagonía</hi> del
					escritor va de la mano con la <hi rend="italic:true;">agonía</hi> de la
					escritura. Donde la Feria de Vanidades concita cada año una mayor puntualidad de
					los que se afirman como autores firmando para sus lectores. O firmando <hi
						rend="italic:true;">solicitadas</hi> para poder depositar el nombre y luego
					hacer circular el cuerpo por otras <hi rend="italic:true;">solicitudes</hi>.
					Pero eso no importa: la <hi rend="italic:true;">vanitas</hi> ha producido
					excelente literatura. Lo que no ha logrado es sostenerse a sí misma como
					sustituto de la escritura. Ni mucho menos sustituir a la convicción, a la <hi
						rend="italic:true;">pasión</hi>, como instrumento y objeto del ensayo, del
					ensayista. Como práctica polémica de afirmación de un saber provisional,
					hipotético, pero siempre desafiante de los discursos —hegemónicos o no— que lo
					rodean.</p>
				<p> Oigo Voces: “¿convicción?": ¿“pasión”? Pero ¡esta gente es anacrónica! Desde ya,
					si es que uno es tan omnipotente como para pretender hacer jugar al Tiempo (por
					no decir la Historia) a su favor. Sólo que anacronismo —o sea; una <hi
						rend="italic:true;">diferencia temporal</hi> que necesariamente juega sus
					efectos en el presente, como sabía <persName ref="#san_agustin">San
						Agustín</persName> (otro anacronismo)— no equivale forzosamente a vetustez:
					se diría más bien lo contrario.<seg xml:id="seg_4" ana="#ana_new">Las Voces, se
						sabe, están siempre del lado de lo <hi rend="italic:true;">nuevo</hi>, ¡qué
						decimos!, de lo <hi rend="italic:true;">novedoso</hi>; hay que distinguir,
						en efecto: lo nuevo modifica un <hi rend="italic:true;">modo</hi> de pensar
						el mundo, lo novedoso impone una <hi rend="italic:true;">moda</hi> de
						mundanizar el pensamiento. La identificacion entre lo anacrónico y lo
						vetusto elimina, pues, una diferencia, para producir una homogeneidad: lo
						novedoso excluye todo el resto como desperdicio, como “pérdida” (de tiempo).
						Lo cual, por un efecto de venganza del discurso, instaura, entre otras
						vetusteces, las querellas de antiguos, y modernos en las filosofías y las
						letras porteñas.</seg></p>
				<p> En fin, que se produzcan estos cambios no tiene, justamente, nada de nuevo: es
					sabido que puede haber cambio sin renovación, y viceversa. Basta asegurarse su
					legitimación con un adjetivo elevado a la categoría de valor: ¿es moda ser <hi
						rend="italic:true;">droite</hi>? Antepongamos una <hi rend="italic:true;"
						>nouvelle</hi>, y ya no seremos tan despreciables ante nosotros mismos;
					nuevos demócratas (por tomar en préstamo un término acuñado por los colegas de
						<title level="j" ref="#revista_pie_de_pagina">Pie de Página</title>) o
					“postmarxistas”, suena a ganancia, contra la pérdida que sugeriría ser, por
					ejemplo, “ex marxistas” o “marxistas arrepentidos”. <seg xml:id="seg_5">No
						sabemos si este galimatías se ha producido por culpa del marxismo o del
						arrepentimiento. O de ambos. Sí sabemos esto: es un inequívoco cambio en el
							<hi rend="italic:true;">punto de vista</hi>. Lo cual no significa
						necesariamente que el anterior nos gustara más: no hace falta “haber sido”
						para situarse ante “el dolor de ya no ser” de los otros. Oigo Las Voces:
						pero si cambia la realidad, ¿no debería cambiar el discurso sobre ella?
						Concedido, de buen grado. Claro que no es lo mismo cambiar el discurso que
						el lugar desde el cual se habla (o desde el cual se mira, ya que la vista es
						el punto). Peor aún cuando se cambia de lugar sin someter a crítica aquél en
						el cual se estaba. ¿O no se estaba?</seg></p>
				<p> Pero no habría por qué extrañarse —es decir, por qué salirse del lugar—: ya
					sabemos que toda lectura implica el riesgo de una transformación; lo que no
					significa, como le reprochaba <persName ref="#jean_paul_sartre"
						>Sartre</persName> a <persName ref="#jean_yves_calvez">Calvez</persName>,
					que para leer bien haya que transformarse. Sobre todo, cuando ocurre que la
					mentada “transformación” no resulta más (ni menos) que trasposición mecánica de
					unos <hi rend="italic:true;">debates</hi> —a dónde va la cultura argentina, y
					todo eso— envejecidos antes de nacer, incluso en su lugar de origen, y empeñados
					en trazar el ideograma de lo que no es sino un montón de ruinas: como cuando
						<persName ref="#levi_strauss">Lévi-Strauss</persName> ironizaba a propósito
					de esas sociedades primitivas, citadas una y otra vez como ejemplo, pero que
					sólo existen en los manuales etnográficos. Así es como la Ciudad Letrada —como
					diría el bueno de <persName ref="#angel_rama">Ángel Rama</persName>— ritualiza
					una reverencia por lo <hi rend="italic:true;">escriturario</hi> (que no por lo
					escrito, lo que requeriría una lectura <hi rend="italic:true;">situada</hi>),
					camuflando detrás de las “novedades" históricas su voluntad de (poder) ser fija
					e intemporal como los signos. Si es posible con pasaje reservado —y regreso
					abierto, por las dudas— a las arcas socialdemócratas: ya se sabe que la Ciudad
					Letrada no se preocupa de fronteras y otras minucias inventadas por la
					malignidad de los estados. Ya dijo alguien —un filósofo de <placeName
						ref="#treveris">Tréveris</placeName>, si no nos equivocamos— que en las
					épocas de decadencia toda la cultura se volvía irresistiblemente <hi
						rend="italic:true;">cómica</hi>.</p>
				<p>
					<seg xml:id="seg_6" ana="#ana_theory">Y así es también como reaparece, vean
						ustedes por dónde, un personaje ya conocido por los lectores de <title
							level="j" rend="italic:true;" ref="#revista_sitio">Sitio</title>, y que
						seguramente seguirá siendo un habitué de nuestras páginas mientras siga
						siendo un habitante de nuestras pampas: nos referimos al compañero <hi
							rend="italic:true;">Hystericus</hi>, al que habíamos descripto como
						aquel que <q source="#sitio_entredichos_3">“ha votado por <persName
								ref="#alfredo_palacios">Palacios</persName> sin ser socialista, por
								<persName ref="#arturo_frondizi">Frondizi</persName> sin ser
							desarrollista, por <persName ref="#hector_campora"
								>Cámpora</persName>-<persName ref="#juan_domingo_peron"
								>Perón</persName> sin ser peronista, y lo hará (lo hizo) por
								<persName ref="#raul_alfonsin">Alfonsín</persName>, sin por eso
							renovarse ni cambiar para nada”</q>. Y, lógicamente, cada vez se ha
						sentido traicionado, suponiendo que era el <hi rend="italic:true;">otro</hi>
						el que debía plegarse a su política. Y uno se siente tentado de extender:
							<hi rend="italic:true;">Hystericus</hi> ha “ensayado” primero con
							<persName ref="#jean_paul_sartre">Sartre</persName> o con <persName
							ref="#louis_althusser">Althusser</persName>, después con <persName
							ref="#roland_barthes">Roland Barthes</persName>, <persName
							ref="#jacques_derrida">Derrida</persName> o la <persName
							ref="#julia_kristeva">Kristeva</persName>. Eso sí: casi siempre con el
						último francés, para que no haya dudas de que es “el primer trabajador” de
						la cultura argentina. Y como <hi rend="italic:true;">Hystericus</hi> no
						puede eludir la conversión, cada vez se ha sentido, no digamos traicionado:
						seducido (y a menudo abandonado) por discursos de los cuales sólo fue capaz
						de retener los tics y los mecanismos de seducción. Lo cual requirió un
						cambio de verdad para hacerse evidente: una de las desventajas (si bien no
						la mayor) de la censura es que a veces, como sucede con la ropa, sirvió para
						ocultar que no había nada digno de ser ocultado. Y una de las ventajas (y no
						la menor) del “destape”, es que terminó con las ilusiones de que hubiera
						muchos “tapados”. Pero quizá somos injustos con el esforzado odonellismo de
							<hi rend="italic:true;">Hystericus</hi>, y no sabemos apreciar su
						cruzada pedagógica: cualquiera sabe que, saliendo de una dictadura, el
						pueblo tenía un apetito insoportable de Cultura. Y los
						intelectuales/trabajadores de la cultura —que por algo merecemos ese
						nombre—, ¿hemos estado a la altura de las circunstancias? Parece que sí, a
						juzgar por la cantidad de obreros y “cabecitas” que desfilan cotidianamente
						por el sanmartín inquiriendo ávidamente por las fascinantes disputas del
						jacquesalainmillerismo, y otros alimentos espirituales que sus sindicatos no
						sabrían procurarles. Desde luego, cabe aclarar, por si acaso, que nada hay
						que oponer a la existencia de bienvenidos entre-actos culturales: pero
						además <hi rend="italic:true;">Hystericus</hi> cree (y si no lo cree, peor)
						que con ello está produciendo alguna Revolución Cultural —así, con
						mayúsculas— y lo discursea a los cuatro vientos.</seg></p>
				<note type="interpretation" resp="#ED" target="#seg_4 #seg_5 #seg_6"
					ana="#ana_new #ana_blanchot #ana_nietzsche #ana_philosophy #ana_psychoanalysis #ana_structuralism #ana_theory"
					> Aquí se introduce la referencia polémica central del texto. La frase "un
					inequívoco cambio en el punto de vista" es una alusión directa y nada sutil a la
					revista <title level="j" ref="#revista_punto_de_vista">Punto de Vista</title>,
					dirigida por <persName ref="#beatriz_sarlo">Beatriz Sarlo</persName>. <title
						level="j" ref="#revista_sitio">Sitio</title> critica lo que percibe como un
					giro de esta corriente intelectual (del marxismo al "postmarxismo" o a un
					liberalismo cultural) sin una autocrítica profunda sobre sus posiciones
					anteriores ("Peor aún cuando se cambia de lugar sin someter a crítica aquél en
					el cual se estaba"). Esta es la base sobre la que se construirá la figura del
					"Hystericus". El afán por la novedad se constituye en la principal
					característica de su posición política y epistemológica, y es el donde <title
						level="j" ref="#revista_sitio">Sitio</title> marca su diferencia. Figuras
					como <persName ref="#maurice_blanchot">Blanchot</persName>, o <persName
						ref="#friedrich_nietzsche">Nietzsche</persName>, son la fuerza opositiva a
					las novedades intelectuales que incorpora <title level="j"
						ref="#revista_punto_de_vista">Punto de Vista</title> al debate público en
						<placeName ref="#argentina">Argentina</placeName>. </note>

				<p> Pero es obvio que <hi rend="italic:true;">Hystericus</hi>, hoy, sigue cambiando:
					ya no es el Extraño, sino el Prójimo; campea a sus anchas por las mesas redondas
					y los escenarios circulares, y en general por los “centros” —ya que <hi
						rend="italic:true;">Hystericus</hi> ha retornado de los márgenes—
					culturales, donde intentará demostrar que, si no siempre ha <hi
						rend="italic:true;">leído</hi>, al menos ha <hi rend="italic:true;"
						>conocido</hi> a alguien que escribía... En fin, allí donde <hi
						rend="italic:true;">droite</hi> y <hi rend="italic:true;">gauche</hi>
					resignan sus diferencias en honor a <hi rend="italic:true;">nouvelle</hi>, allí
					donde la tibieza del recuerdo del que ha conocido a alguien sustituye al calor
					interrogador del que se desconoce a sí mismo, allí donde el progreliberalismo de
						<hi rend="italic:true;">Hystericus</hi> redes cubre el relativismo y la
					neutralidad valorativa (y a eso llama “pluralismo”), allí mismo es donde se
					certifica la decadencia (degeneración/ruina/corrupción/bastardía) del ensayo
					argentino.</p>
				<p> No es que haya desaparecido, no: al contrario, está por todas partes, haciéndose
					cargo de nuestros arrepentimientos mientras las novelas se hacen cargo de, o se
					cargan a, nuestra historia. Pero estar por todas <hi rend="italic:true;"
						>partes</hi> habla, precisamente, de la equivalencia de las parcialidades,
					por la cual <hi rend="italic:true;">Hystericus</hi> se exime de tomar partido.
					Retorno a un punto de inflexión del pensamiento “crítico" marcado por esta frase
					de <persName ref="#spinoza">Spinoza</persName>: <q who="#spinoza">“no se trata
						de reír ni de llorar, sino de comprender”</q>. Patetismo, ahora, de la
					comprensión. Que es, nuevamente, coartada del relativismo y la neutralidad
					valorativa. <hi rend="italic:true;">Hystericus</hi> ha interpretado un cierto
					nihilismo seudonietzscheano traduciéndolo al “está todo bien” que aprendió
					excursionando a países vecinos. Ha retenido del estructuralismo el desprecio por
					la historia y la política. Del psicoanálisis, la fatalidad del inconsciente, que
					lo disculpa de la responsabilidad de elegir. De la cuestionadora relatividad
					científica, el reaccionario relativismo cientificista.</p>
				<p> Casi no hace falta decir que, al revés de <hi rend="italic:true;"
						>Hystericus</hi>, tratamos de no confundir los discursos con algunos de sus
					efectos: esto no dice nada contra <persName ref="#spinoza">Spinoza</persName>,
						<persName ref="#friedrich_nietzsche">Nietzsche</persName>, el
					estructuralismo, el psicoanálisis o la ciencia. <seg xml:id="seg_7"
						ana="#ana_reading #ana_theory #ana_philosophy">Dice solamente que <hi
							rend="italic:true;">Hystericus</hi> no ha leído que la “comprensión” de
							<persName ref="#spinoza">Spinoza</persName> no ayudó a que fuera mejor
						comprendido, que el “nihilismo” de <persName ref="#friedrich_nietzsche"
							>Nietzsche</persName> era una <hi rend="italic:true;">afirmación</hi>,
						que el estructuralismo fue, en su momento, un aguerrido combate contra el
						reduccionismo historicista, que el “fatalismo” freudiano fue una recusación
						del narcisismo antropocéntrico para introducir el deseo en la historia, que
						la relatividad científica fue una batalla contra el oscurantismo. No ha
						leído, en definitiva que la decadencia del ensayo argentino, por sólo
						nombrar, ya lo dijimos, un síntoma, es la de un abandono del combate por la
						Verdad. Porque —ya que para <hi rend="italic:true;">Hystericus</hi> la
						filosofía también tiene precio, hagámosla barata— si la Verdad existe, no
						puede ser más que <hi rend="italic:true;">una</hi>: tal vez distinta para
						cada cual, pero no muchas para cada uno. Y si la Verdad no existe, eso no es
						una excusa para cultivar la Mentira. Cada uno de esos discursos que <hi
							rend="italic:true;">Hystericus</hi> ha <hi rend="italic:true;"
							>desleído</hi>, se ha afirmado en esa convicción, muchas veces
						desesperando, nunca encogiéndose de hombros.</seg></p>
				<p> Pero la especialidad de <hi rend="italic:true;">Hystericus</hi> es, desde
					siempre, oír campanadas sin saber dónde resuenan, ocupado como está en ubicarse
					en todas las capillas al mismo tiempo. Eso sí: con un librito de oraciones
					abierto para cada objeto, y un discurso máximo para cada librito. Porque ya no
					se trata de demostrar nada, sino de mantener la máquina engrasada, y poco
					importan ya rigores, metodologías y justificaciones epistemológicas: es cuestión
					de reproducir con certeza apenas <hi rend="italic:true;">in partibus
						infidelibus</hi>las banalidades de dominio público y enarcar las cejas,
					claro, ante el ingenuo (o el impertinente) que osare preguntar: ¿Y por qué? Y el
					enarcamiento de cejas va a cuenta de esa indudable superioridad que le otorga la
					asignación (ya no pública, sino de camarilla) de un "supuesto saber” por el cual
					se deduce que él nunca está <hi rend="italic:true;">exactamente</hi> donde dice
					estar: es que Hystericus es como una de esas maestritas de “Educación y crisis
					del hombre” de <persName ref="#sarmiento">Sarmiento</persName> sólo que tal vez
					ha leído de ojito su <persName ref="#roberto_arlt">Roberto Arlt</persName> (al
					que sin duda llamará <persName ref="#fiodor_dostoyevski">Dostoievsky</persName>
					porteño) y sin dejar de ser maestrita quisiera ser un poquito demoníaca: no
					perversa, porque su profesión filantrópica no se lo permite, pero un poquito,
					como quien dice, “abierta al abismo". A lo que se une la necesaria ilusión de
					tener que presentarse como margen, para situar su propia academia frente a la
					oficial.</p>
				<p> Así, entre el relativismo aséptico y un tímido malditismo esteticista, <hi
						rend="italic:true;">Hystericus</hi> (antes liberal a pesar de su
					progresismo, o progresista a pesar de su liberalismo, ahora progre y liberal) ha
					conquistado el nirvana de la indiferencia. <seg xml:id="seg_8"
						ana="#ana_decay #ana_essay #ana_truth">La decadencia del ensayo es la
						corrupción de un imaginario de la Verdad, que no ha dejado de producir
						efectos verdaderos en la cultura, mas allá de los contenidos de “verdad” que
						sostuvieran sus afirmaciones. El abandono de ese lugar virtual —siempre a
						construir— es, en la <placeName ref="#argentina">Argentina</placeName>, una
						gesticulación mimética con las <hi rend="italic:true;">novedades</hi>
						europeas (el problema no es la europa, sino la gesticulación) desprovista de
						lo que, quizá generosamente, uno podría sospechar en aquéllas: cierta
						voluntad autocrítica.</seg> “Autocrítica” no en el sentido vulgarmente
					ideológico, sino en el sentido (hegeliano, por qué no) de una <hi
						rend="italic:true;">Aufhebung</hi> que no se permite la crítica de su
					tradición sin antes haberla <hi rend="italic:true;">interrogado</hi>. La
					tradición ensayística argentina, lejos de haber sido interrogada, apenas ha sido
						<hi rend="italic:true;">desechada</hi>, transformada en material ruinoso: no
					para el ejercicio placentero del <hi rend="italic:true;">bricoleur</hi>, sino
					para la mediocridad tediosa de la peor de las historias: la literaria.
					Apoltronado en su(s) lugar(es) bajo el sol, <hi rend="italic:true;"
						>Hystericus</hi> no tiene de qué preocuparse: lleva todas las de ganar,
					porque nunca ha tenido nada que <hi rend="italic:true;">perder</hi>.</p>
				<note type="interpretation" resp="#ED" target="#seg_7 #seg_8"
					ana="#ana_reading #ana_theory"> Aquí se articula una concepción de la lectura
					como acto de combate intelectual y compromiso con una noción crítica de Verdad.
					Frente a la figura irónica de Hystericus, que encarna una lectura superficial o
					cínica, se contrapone una lectura que sabe reconocer en los discursos
					filosóficos e intelectuales —de <persName ref="#spinoza">Spinoza</persName> a
						<persName ref="#freud">Freud</persName>, del estructuralismo al ensayo
					argentino— no simples posiciones doctrinarias, sino gestos afirmativos,
					intervenciones históricas. La crítica a la "decadencia del ensayo" aparece así
					como una crítica a la pérdida de esa función constructiva de la lectura,
					reemplazada por una mímica teórica descontextualizada. En la teoría de la
					lectura que la revista <title level="j" ref="#revista_sitio">Sitio</title>
					promueve, leer es reinscribir críticamente los textos en el presente político y
					cultural, sosteniendo su potencia transformadora más allá de la mera repetición
					o consumo ideológico. </note>
				<note type="summary" resp="#ED" target="#sitio_entredichos_4-5"
					ana="#ana_reading #ana_essay #ana_sitio #ana_truth"> Este editorial diagnostica
					la "decadencia del ensayo argentino" como un síntoma de un problema cultural más
					profundo en la nueva democracia. Dicha decadencia se define como el paso de una
					tradición ensayística combativa, apasionada y políticamente comprometida (en un
					sentido amplio), a un nuevo modo de escritura profesional, académica y aséptica.
					El texto construye la figura del "Hystericus" —una caricatura polémica del
					proyecto intelectual de la revista <title level="j"
						ref="#revista_punto_de_vista">Punto de Vista</title>— como el agente de esta
					decadencia. Se le acusa de una volatilidad política sin autocrítica, de seguir
					modas teóricas europeas de manera superficial, y de una "deslectura" que
					neutraliza el potencial crítico de esas mismas teorías para justificar una
					postura de indiferencia y relativismo. El núcleo de la crítica, y la tesis
					central del texto, es que esta nueva práctica intelectual representa un
					"abandono del combate por la Verdad". No se trata de poseer una Verdad absoluta,
					sino de abandonar la convicción y la pasión por la búsqueda misma, un compromiso
					ético que <title level="j" ref="#revista_sitio">Sitio</title> reivindica para sí
					y considera esencial para la vitalidad del ensayo y la cultura. </note>

			</div>

			<div type="fragmentodenovela">
				<head> La piel de caballo <note>Fragmento de la novela inédita del mismo título
					(<date from="1974" to="1975">1974/75</date>)</note>.</head>
				<byline> <persName ref="#ricardo_zelarayan">Ricardo Zelarayán</persName></byline>
				<p> ¡Alto! ¡Alto Vicuñita! ¿Cómo te va yendo? Sorongo, el tucumano metalúrgico y
					mecanicote se me abalanzó tambaleante, en medio de la música chillona con un
					vaso 'e tinto en la mano, pa darme un abrazo de hermano y compadre. Yo me dejaba
					abrazar, pero cuidando mi flamante camisa grafa de los barquinazos del vaso 'e
					vino negro del tucumano. Yo acababa de entrar con la barra en ese bailongo al
					raso de la costa del Sarandí. ¡Eh!, ¡Eh! ¡Eh! ¡No te me vayas tan fuerte! ¡Vení,
					vení, chango 'e mierda, vení o te vua 'cer cagar! Pero yo ya seguía de largo,
					con mis amigotes, hacia el otro lao de la pista, buscando una mesa entre los
					saucitos. ¡Puta! A este Sorongo me lo conocía desde hacía años, cuando yo andaba
					por la isla Maciel en aquellos tiempos héroicos. Había nacido en un rancho en la
					costa del río Loro, en Tucumán. Muy vivaracho, aquí pronto se hizo metalúrgico.
					Y en seguida ¡mecánico! Había que verlo con su mameluco blanco impecable en la
					fonda roñosa del Dock Sur donde sabíamos encontrarnos. ¡El Sorongo era un tigre
					pa meterse en todo tipo de motores! Cuando yo lo conocí ya andaba por los
					motores marinos. ¡Ya picaba alto este tucumano morochazo y grandote, más fuerte
					que cebil! Después me enteré que cuanto más se iba pa arriba más se la agarraba
					con su mujer. Comenzó con el chirlo, siguió con la cachetada, después la mano
					cerrada, hasta que un día la tiró por una escalera pringosa y larga que llevaba
					a un sótano. Ahora, la loca vivía con su madre fiambrera en Constitución,
					Sorongo iba a buscar allí a Filemón, su hijo —ya tendría unos once años— para
					verlo, pa ventearlo por 'ai cerca nomás. Y cuando se topaba con la loca hasta él
					metía un guantazo bravo, de los de antes, “pa que te acordés, pa que
					aprendás".</p>
				<p> A todo esto, yo y la barra del bailongo ya se habíamos instalado en un ángulo de
					la pista, formando un ocho con dos mesitas de fierro redondas y anaranjadas.
					Eramos una barra medio veteada pero pareja. Estaban la Alcira y el Jeta 'e
					Bagre. Ya se habían “casado”, mejor dicho encachilado. Don Venancio, el marido
					de la chirusa, el patrón del remolcador pirata, seguía preso. ¡Que siga bien
					guardado!, pensaría el Jeta mientras se prendía fuerte de la divina chirucita de
					calzón fosforescente. También estaba Reynaldo, el santafesino, que esa noche
					andaba medio incómodo él, tan tranquilo siempre. Estaban también dos morochos
					nuevos, muy sosegados, que sonreían siempre y decían lo justo. ¿Serían
					santiagueños? Y una bizquita medio gaita, una retacona de piernas feas, culo
					grande y tetas abiertas hacia los costados, que se hacía la otra cuando la
					pellizcábamos sin asco por debajo de la mesa. Creo que en un momento tenía tres
					manos debajo de la pollera. Pero ella dejaba hacer. Eso sí, si la cosa venía por
					encima de la mesa, ¡ahí no! Porque se veía, ¿no? Entonces miraba p'al otro lado
					y rempujaba la mano suelta que la quería tetear. Carmelo, el que faltaba de la
					barra, se había soltao por un momento pa bailarse unos chamamés y algún valseado
					con una petisita dientuda y flaca de cabello teñido, prestada por dos o tres
					piezas nomás por una barra amiga, porque como siempre las minas escaseaban. Yo
					pellizcaba nomás —¿pa qué iba a bailar?— y le metía al vinacho y a la cerveza
					caliente. El aire estaba quieto, húmedo, sofocante. Una bruma rojiza descendía
					sobre la ribera. El parlante ensordecía, pero yo tranquilo, sirviéndome nomás.
					Por'ai oía gritos de mujeres, puteadas, amenazas, voces roncas y machazas,
					ruidos de botellazos y de vidrios rotos. También vi volar unas sillas y hasta
					tuve que cuerpear una mesa que andaba por el aire buscando dónde aterrizar. Pero
					yo tranquilo entre tintacho y pellizcón, mano izquierda y mano derecha, ¡el
					tinto del lao del corazón! Al rato supongo que yo estaría diciendo macanas, pero
					ya me había instalado, ya estaba sumergido en una densa, en una gran mancha
					multicolor, con voces distantes. De pronto se iluminaba algún detalle: un brazo,
					un bracito, una blusita bien rellenita, unos dientachos blancos de jeta sucia,
					dos o tres cabecitas en la sombra, una enorme boca pintarrajeada de mujer...
					Después la mancha dentro de la cual estaba, se fue oscureciendo más olitas y
					cabeceando: ¡poc! ¡poc! ¡poc!, la canoa ancha de al lado. Cuando la mancha se
					hizo negra del todo, mi cabeza se hundió plácidamente en un mar de tinieblas.
					Al rato largo, supongo, me desperté sobresaltado. ¡Un grito pelado, agudo, de
					mujer a la distancia! ¿Lo habría traído la brisa? Ya venía la fresca desde el
					río inmundo. Yo estaba molido, tirado en un yuyal, en medio de los pajonales y
					juncales de la costa. ¡Y a mi lado roncaba a pierna suelta la petisita bizca y
					macetuda! ¿Qué me decís? ¿Yo era el ganador? ¿Me la había ganado a lo macho o
					me había tocado el último? Nunca lo supe. Pero ahí estaba nomás la galleguita
					retacona, roncando a mi lado y desnuda debajo de la pollera. Yo estaba roto, me
					dolía el cuerpo y sentía calor en el brazo derecho: Me fijo: me habían arrancado
					la mitad de una manga de la grafa nueva. Y la media manga que quedaba, medio
					desgarrada, se me había pegado a un tajo fresco, debajo del hombro, hecho seguro
					con un cacho 'e vidrio o una faca desafilada. La tela de la manga que quedaba,
					¡dura de sangre seca, bien pegadita a la herida! ¿Para qué despegarla? ¿Para que
					me duela más? Además, en ese momento, ¿qué mierda me importaba la sangre, la
					herida y todas esas cosas? Yo quéría seguir durmiendo, pero después de
					trincármela un rato, ahora con la cabeza fresquita, a la gallega morronga de
					tetas fofas. Estiré entonces mis manos tembleques hacia sus piernas macetudas,
					pero... ¡oh!, la petisa ya no estaba. ¿Dónde andaría? Después volví a oír gritos
					lejanos pero cuando quise acordarme ya me había dormido de vuelta. A la mañana
					siguiente me despertaron las voces frescas de unos chicos que andarían hondeando
					cerca. Abrí los ojos y desde el suelo vi pasar sonrientes a unos negritos
					simpaticones, de ojos grandes, que iban con sus cañitas caseras en dirección del
					río. ¡Mirá ese flaco mamao tirado en los yuyos!, dijo uno de los changos antes
					de pasar. Me hicieron reír. Estaba lindo. Eran como las siete y media, ocho de
					la mañana de ese domingo, un hermoso día. Me levanté a duras penas. Estaba
					aporreado, magullado, pero ya con la cabeza aireada me fui orientando por los
					yuyales, pajonales y los juncales sucios de petróleo, para ver qué carajo pasaba
					o qué me había pasado, pa buscar una salida, pa entender algo, ¡qué sé yo!
					Caminé un rato siguiendo la costa hasta que reconocí a unos cincuenta metros,
					más o menos, el tinglado anaranjado y verde del bailongo de anoche. ¿Ya estarán
					sirviendo café?, pensé un poco en joda, un poco en serio. Y medio distraído por
					un zorzal que cantaba la melodía más hermosa de la Tierra —¡altro que ruiseñor!—
					me metí como un idiota en un pantano disimulado por los yuyos altos en la ribera. Menos mal, pude zafarme sudando, y ya volvía a embelesarme con la melodía
					del zorzal, divino cantor alado, cuando me la tapó una voz machaza, bien ronca,
					que venía del bailongo de anoche, del tinglado verde y naranja y soleado de
					aura. ¡Pero mirá quién está!, me dije sin verlo todavía. Y a medida que me
					acercaba ya oía las palabrotas, el vozarrón de Sorongo, que también canturreaba
					a ratos para lanzar después sórdidas, zafadas amenazas. Ya a escaso metros pude
					verlo. ¡Allí está nuestro hombre! ¡Mirenmeló! Dueño de la desierta pista de
					baile y arremetiendo cuchillo en mano contra los árboles. ¡Pajarucho despintao,
					ya te vua a cortar las alas, maula! ¡Vení, si sos macho, balde dao vuelta! ¡Y
					arremetía como una fiera, aunque a los tumbos y hecho un harapo, contra los
					pobres saucitos! En una de esas se abalanzó con tal ímpetu que se desbarrancó
					hasta la orilla. Pero volvió, volvió gritando, hecho una furia, cubierto de
					barro hasta la manija. ¡Eh, tramposo, traidor, maleta! ¡Así no vale! ¡Aura vas a
					ver, marica! ¡A ver, a ver, de frente, de frente, a lo macho! —¡Vamos Sorongo!,
					le grité entonces. ¡Vamos Sorongo que estás machado! ¡Vamos a tomar un cafecito, vamos a pitar unos fasos! ¡Vamos Sorongo! —¿Cafecito, cafecito? ¿Qué?, dijo
					un poco confundido bajando el cuchillo y tambaleándose siempre. ¡Ah...!, tronó,
					¡Vicuña! ¡Sos vos, tape 'e mierda! ¡Traidor! ¡Vení mierda que te vua 'cer cagar,
					vení maula! Y con el fierro filoso que destellaba al sol, se puso a machetear
					sin asco y al voleo las hojas y las ramitas de los pobres saucitos. ¿En qué
					mancha andará metido este pobre Sorongo?, me pregunté sin acercarme más. Y me
					lo imaginaba metido en una mancha verde translúcida, ¡en una enorme uva
					moscatel! ¡Allí andaría él, en medio de la pulpa de la uva, queriendo achurar
					frenético las oscuras semillas del centro que se le escapaban! ¡Y la erraba
					pero no cejaba! ¡Pobre tucumano!, dije alejándome de allí. ¿En qué macha, en qué
					mancha te has metido? Y me fui nomás sin saludarlo en dirección contraria al
					río. Pasaron otros chicos tempraneros con sus cañitas y me miraron sonrientes
					como si ya supieran todo. “Güen día, señor”, dijeron poniéndose serios. A los
					ochenta, cien metros, se me cruza un gringo en medio de los yuyales. Me mira
					foscamente y enseguida dice: “mruk, trock, unk, fonk”, como perdido. ¿Sería
					mudo, tartamudo, polaco o todo junto? Lo esquivé y seguí de largo. Más allá, en
					una lomita a un costado, me esperaban un gordo rubicundo, medio pelado y panzón,
					con una mujer de pañuelo en la cabeza. Me siguieron un rato siempre a un
					costado, detrás de los yuyos altos, como quien está cercando a un chancho. Yo
					seguía caminando por ese desierto verde desparejo donde no parecían aflojar las
					ánimas diurnas ni las nocturnas. Pero yo seguía encantado al mismo tiempo con
					los ruiditos de las tucuritas y los grillitos entre la maleza, el ¡plop! de
					algún sapo que retozaba en un charco entre los pajonales, algún pirincho que
					pasaba volando lentamente, ningún zorzal... Y ¡zas!, otro personaje. Otra alma
					en pena de carne y hueso girando sobre sí mismo como un trompo, con los brazos
					extendidos! Vestía un traje viejo y un sombrero igual. —¿La trajo? ¿La trajo?,
					me preguntó deteniéndose. ¿Qué?, dije yo. —¿La trajo? ¿La trajo?, insistió
					ansioso. Pero, ¿qué puedo traer yo? —¡Ah! ¡Entonces no es usted! ¡Pero usted es
					igualito! ¿No la trajo? —¡No señor! ¡Y no traigo nada! ¡Yo voy, ando de paso! Me
					hice a un lado y pasé. Y allí quedó el hombre, dando vueltas y vueltas sobre sí
					mismo como espantapájaros suelto. Yo ya llevaría una hora y pico caminando.
					Había dejado atrás unos cuantos ranchos. Oí ladrar un cuzquito.</p>
				<p> ¿Y aura? Ahora, después de un rato largo por esos andurriales me había metido al
					azar en un campito verde, en un prado entre tanto pajonal, basural y taperas de
					cartón y chapas. Después de una peleíta de rutina dominguera por un mate mal
					cebado y, desde otro vividero, como escupida en la oreja, una vieja guaracha
					desafinada por una antigua victrola.</p>
				<p> Pero ahora, estaba, pisaba un largo campito con pasto transplantado, con pasto
					civilizado, con césped, ¡bah! Un campito verde parejito, un campito irlandés,
					<hi rend="italic:true;">green field</hi>, ¿qué tal? Y me encantaba el
					ruidito que hacían mis zapatos embarrados en ese césped disciplinado traído de
					afuera, bien gringo: ¡chips, chips, chips, chips, chips! Unos cuántos metros
					más... y de pronto se aparece una masa, un fantasma diurno de muchas
					cabecitas... ¡Una manifestación ingresaba rumorosa por un costado del prado
					irlandés! Una tracalada de hombres, mujeres, chicos, irrumpía triunfal en el
					campito por la derecha para luego enderezar por el medio, hacia el fondo, en
					dirección, supongo, este-oeste. ¡Y giraron disciplinadamente! Yo iba por allá y
					por un tiempo iba a incorporarme sin querer a esa extraña manifestación. Las
					hormiguitas humanas seguían dócilmente su senda por el verde campito hacia
					allá, a lo lejos, donde ondeaba una bandera roja y se divisaba una mesa sobre el
					pasto con tres hombrecitos, uno de ellos vociferando megáfono en mano.</p>
				<p> Remate, rematador, martillo... De pronto, un ítalo-porteño confianzudo,
					desprendido de la caravana, me toma enérgicamente del brazo: y me dijo
					secamente: “¿Tenés fasos?” Me quedaba un solo puchito loco, un pobre pucho
					doblado en el paquete estrujado. ¿Tendrás otro paquete, lungo, no? Yo fumo
					rubios pero por esta vez pasame esa tagarnina. Y me arrancó el fasito de las
					manos. “Ya vas a ver pibe, dijo retozón, conmigo vas a llegar lejos, ¿eh?” Y
					enseguida me palmeó con fuerza pegándome bien la grafa sudada en el lomo.</p>
				<p> Al final lo dejé hablando solo. ¡Pum, pum, pum! ¡Toc, toc, toc! Siempre me
					atrajeron los martillos. ¡Pensar que un año después de ese remate del tano
					confianzudo me enamoré de Laurita, una chinita hermosa y hasta del martillo de
					su tata, un astuto martillero de Lanús! Yo, un Juan sin Tierra, no tenía en ese
					momento la menor idea de su existencia; todavía no podía pensar en ella. Al
					salir del prado verde sólo tuve la visión premonitoria del tano desesperado,
					cercado por la inundación en su chalet californiano...</p>
				<p> Y siempre manchas, manchas. Manchas planas y tridimensionales. Pelotas. Ya me
					alejaba de esa gran mancha verde prolija donde me había metido de paso, sin
					querer, mancha verde con toque rojo de remate. Ahora me iba a meter sin ganas
					en esa mancha enorme, sofocante, destellante, pegajosa y húmeda, la gran mancha
					metropolitana. ¡Puaf!</p>
				<p> ¡Y una pelota, la pelota del pasado, se metía en mi presente! ¡La pelota de
					romper los vidrios de mi frágil equilibrio presente! Laurita, la hija del
					rematador de Lanús, o la bizquita, mi casual compañera de anoche... Caminaba
					entonces pensativo, cuándo no, por yuyales con campanillas azules y tártagos ya
					muy de vía de ferrocarril. De pronto recordé un domingo gris del invierno pasado
					y las primeras caricias de Amalia, la empleadita de la inmobiliaria, en una
					oficinita de apuro, madera y vidrio, delante de un edificio en construcción en
					Caballito. Y yo, ahora metido en este amarillo rojizo y abrasador saliendo
					apenas de ese mar de verdura y piltrafas humanas muertas de calor, arrastrándome por espontáneos basurales, vidrios rotos, latas, palanganas cachadas en
					medio del tierral picoteado por gallinas sueltas. Y a lo lejos en el asfalto
					reverberante de la calle inmediata, el espejismo anunciando una invasión de
					culebras mezcladas con yararás tratando de ganar a nado las copas de los árboles
					durante la inundación. “En los tiempos de los apostóles, cuando vivían los
					barbáros, Se subían a los arbóles y se comían los pajáros”...</p>
				<p> ¡Puta esta Buenos Aires cafishia del quilombo nacional! ¡Puta, con qué derecho,
					con qué instrumento, decime patrona guacha, vieja puta franchuta con dientes de
					oro! ¿Hasta cuándo guacha? ¿Qué mierda te creés, marsellesa bigotuda? ¿Que
					porque me alcés tu montón de Kavanases, Saficos y Alotas me vas a joder? Gringa
					poltrona 'e mierda, ¿Por qué no te me mandás mudar toda afuera, a tu tierra, con
					tus porteñitos cursientos? ¡No me hagás gritar, gringa hija e' una gran puta!
					Y'ai no más me mandé una patada grande en el aire pa espantar esos espanta
					pájaros de cemento y caí de culo en el suelo. Una yegua suelta galopaba a todo
					tranco. La corría un cojudo relinchando más que un tren. Y en su atropellada el
					tungo hirsuto se me lleva por delante y la voltea a la vieja pared solitaria en
					medio 'el pajonal. ¿Dale que allá te está esperando! ¿Dale que la tenés! El
					cacho de potrero se alarga hasta la primera avenida. ¡Una gota grande como
					Güenos Aires! ¡Una gota grandota, elástica, ¿no te rompás!, pa ver si la
					ahogamos! Arena, tierral, mugre, roña pero, ¡qué buen plop de sapo, qué panzada
					en el agua! ¡Dale gota no aflojés! ¡Qué sonora, escombrera inundación parduzca
					con bigotachos verdes en los bordes! Y que siga el balanceo, la marejada, el
					mundo cabeza abajo, la curva a velocidad, el mareo y unos nudos huesudos sobre
					la jeta fofa, si es que no se escurre. ¡Jeta con jareta 'e upite 'e pollo
					mojao! ¡La vomitada guresa, espesa, luego traslúcida hasta hacerse transparente?
					¡Y el agua viscosa que arrastra la mesita con hule verde del rematador, el
					martillero! ¡Y el martillo de platino del padre de Laurita! ¡Y el sol, pesado
					lagarto y la piel pegajosa del veranote porteño y napoledano! ¡Y mi media manga
					de camisa grafa bien pegadita con mi vieja sangre de anoche? ¡Y la bizquita de
					piernas gordas, también de anoche? ¡Los relumbrones grasientos del verano y las
					uvas tiernitas, medio ácidas! ¡Y una iguana, de las que aquí no hay, llegando a
					cococho sobre la pelota del pelotazo del pasado! ¡Ah! ¡Ah! ¡Crash! ¡Crash! ¿Los
					vidrios rotos, los rotos vidrios de mi tenue equilibrio de aura! ¡Y los vidrios
					color habano de la cabinita de la inmobiliaria de la Amalia en el edificio
					hormigonado en construcción en Caballito, el año siguiente! ¡Las hormigas
					frescas en la cresta de la inundación, arrastrando inefables sus dóciles
					hojitas verdes! El volcán del amor entrando en erupción en el frío y gris
					invierno que siguió, ese domingo inclemente en la cabinita de vidrio y palo de
					la inmobiliaria en el edificio por verse en Caballito, donde me encontraba con
					Amalia, la empleadita...</p>
				<p> ¡Amalia-Rosa, Rosa-Boya, creciendo y creciendo para mí ese invierno en el
					invernadero-oficinita de la inmobiliaria, un año antes de orientarme por la
					boyita de la hija del martillero de Lanús! ¡Rosa de invernadero! ¡Amalia tenía
					bellas espinas de dorado también! Y yo que te añoraba queriendo subirme rosa por
					tus espinas, tus fuertes espinas, ahora en el recuerdo, Queriendo subir por
					ellas como por escalera de obrerito telefónico. ¡Oh, enorme rosa con la cual
					viví sobre mis zancos infantiles. Rosa fresca y cálida a la vez,
					Amalia-Rosa-Boya. Fresca como la lluvia de verano colmando las canaletas del
					techo de mi casa en Paraná, inundando el patio a borbotones! ¡Rosa-Amalia,
					canaleta fresca y abundante, espinas de dorado, talle de escalera de telefónico!
					¡Rosa de invernadero, más semáfora que boya tal vez!</p>
			</div>
			
			<div type="prose" subtype="cuento">
				<head> El reloj de papel</head>
				<byline> <persName ref="#norma_gentili">Norma Gentili</persName></byline>
				<p> La vendedora mezcla sus dedos con la suavidad del zorro. La zorra. Acaricia las
					pieles y por entre las perchas aparecen las promesas. Una inglesa en la
					elegancia y el correaje por las botas de cuero desarma su vaca desdibujando la
					vulgaridad de su mueca, el actor con los visones en el cuello le asegura
					juventud. Cuesta marcos una prenda de paz y una promesa. La nutria se relame en
					el satén de la piel vieja. Otro hombrecito. Ajada, apoltronada.</p>
				<p> Cuando el abrigo cubra el cuerpo del maniquí emanarán gotitas, una mujer está
					llena de gotitas, almibarada, sangrienta, brillante entre los dientes. Mi pan de
					leche con un copete de crema pastelera te mordisqueo golosamente los poros
					brioches entre mis dientes y te burbujearas como una mousse para no escapar
					nunca, pedacitos de vos escupiría sobre la alfombra para caminarte por las
					noches y el bastón punta a punta cuando te burlaras, hombrecito, con las
					manecitas como el reloj pasar una y otra vez por entre las bisagras y espolearte
					despacio, lentamente y tus gemidos de gata se ahoguen, un terrón de azúcar,
					granulosa gimoteando la piedad que no voy a tenerte.</p>
				<p> Y el de cabra doble pelo, enrulado como vos ahora que el actor te acaricia la
					nuca y sé que me mirás debajo del maquillaje para que esté en el límite justo
					del ridículo.</p>
				<p> Morgan es alto, flaco, huesudo. Nunca un lobo de mar, nada de rosas rojas, nada
					de Grecia, aunque sobrios tiempos de pancartas. Morgan es medido, exactamente
					con su misma vara, discreto, casi jesuítico, misógino; pero claro,
					ideológicamente impertinente, el hombre, come mal. Su dentadura denuncia la
					precariedad de sus amores. Morgan adora las pieles, adora los relojes, y detiene
					su peso torvamente, casi latino, entre el rumoreo de algunas poco pero buenas,
					breves y escolásticas mujeres.</p>
				<p> Helena es casi rubia, casi hermosa, casi champagne, pendular y coqueta, tiene
					los ojos como la miel muy clara, y es cruel, Helena, es casi joven, pero cruel.
					Casi lúcida, pero mala, completamente mala. Helena es cruel.</p>
				<p> Las alas de la polaca. Su blancura. Los pechos lechosos de la polaca. La
					insistencia casi todo el tiempo fatigosamente como los perros dispuesta,
					desganada entre los clac de la puerta cada vez que sale para el rincón húmedo en
					el que juega con los engranajes de los relojes, su alquimia privada. Con ese
					filtro en los ojos de Goethe será un David en la risa de cada mujer. Su quimera
					tiene las marcas de la humedad frotándose los burbujones contra las rodillas
					desplanchadas de los pantalones en el polvillo de la pared, como cráteres.</p>
				<p> Un chancro, siempre quiso ver el chancro en la entrepierna de la polaca, para
					recuperar su tiempo, para recobrarlo, restaurarlo, transformar a la polaca en
					una vieja criada a la que todos hubieran amado, sus breves gestos atesorando
					fotográficamente las palabras de Madame Verdurin, y en el pocillo manchado de
					café deslumbrar en filigrana los salones de los Guermantes, y los amores de las
					criadas edificados sobre la gracia de sus señoras, el mundano gesto de la
					cultura que sólo besa como la mantis a unos pocos cuántos escritores.</p>
				<p> Desde la marquesina, la boa mima los pétalos del pie. Carmen humilla a Glenn
					Ford en sus amores para la escena que deja adivinar el abrigo cayendo sobre el
					maniquí, putas, todas putas, primero niñas, las vírgenes, polaca, las vestales,
					en la pila ardiente como mariposas pincharlas despacito para que no envejezcan
					polaca, para que no las alcance el chancro pobrecitas. Como cuando llegaste
					polaquita, tu blanquez me asqueaba y tu mirada de perro abandonado, blanca, con
					la resina de tus pecas en la espalda dejándose dibujar en la blancura pero mis
					manos no tiemblan. El reloj está listo y los actores, su cara maquillada, sus
					manos aspas a los costados bronce de la cara.</p>
				<p> Juguemos el juego polaca, la ceremonia de las criadas que no vas a igualar, la
					noche conoce todas las rejas, cuadraditos pequeños, rombos negros, muros de
					penumbras exhibiendo las pieles detrás de sus custodios, un peletero viejo y un
					vidrio que se astilla solamente un vidrio, solamente las pieles que te vistan
					para el actor mientras me digas debiera retirarse, mis manos aún no tiemblan y
					el maniquí está solo con la polaca, para que la fiesta se prepare todos los
					péndulos se ajusten y a la señal la red cayendo sobre los hombros un poco de
					piedad que no voy a tenerte, no te preocupes alemana, el actor siempre va a
					quererte como un gran pez y el chef que seas mi langosta.</p>
				<p> Cuando la fiesta termina, los invitados demoran la partida, la alemana, dijeron,
					va a quedarse, que la esperen un rato, una taza de chocolate y un anillo de oro
					con una piedra negra, para mirarte con el ojo que no puede engañarse, y la cinta
					de terciopelo sujeta al Camafeo alrededor de tu cuello y las manos firmes junto
					al reloj donde las doncellas se miran mientras la polaca retira los brazos
					maniquí de entre las pieles y el borde de seda de tus pies imagina la gracia de
					las doncellas del reloj para que la piel las cubra a las tres y todos los
					pliegues de la seda dejen de reírse en tu cara y en la muñeca mientras la polaca
					se lleva los piecitos, las uñas redondeadas de lacre, un trato es un trato, los
					zapatos de raso también puede llevarse.</p>
				<p> La polaca tiene una de esas mentes simples que suponen que cada uno puede vivir
					tan sólo su propia vida, y una sola vez, la polaca desnuda los relojes.</p>
				<p> Las damas en la corte. Tan rubia como está bien serlo a una alemana, toma una de
					sus rodillas entre las manos, la seda dorada de la media hace fru fru entre los
					dedos, la rodilla sedosa en los ojos de Morgan, la risa cocotte de la alemana,
					el discurso le dice, en su cara plegada la baba. Las manos del relojero preparan
					la muñeca. Parte por parte. El monje alado mueve todo el largo de sus dedos
					alrededor de la peluca dorada. Un frankestein.</p>
				<p> Un músculo, es solamente un músculo entre las pieles y las sedas su culito
					caminando como una mousse de chocolate ni un bocado para hundirle el cuchillo
					calentito. Después de la guerra la bufanda a cuadros o el pañuelo de seda
					cubren las marcas de la herida. En la semipenumbra de los gobelinos la bandeja
					de plata prepara una nueva cirugía.</p>
				<p> La cabeza también llena de músculos pequeños, rubicunda rubiona no tan blanca en
					la espuma la vedette asesinada busca la crónica policial. Una enfermera, un
					casquete nevado y la mano pequeña acariciando el borde del plato porcelana, un
					sorbo en la tasa de té, la marca de la boca pintada en la servilleta de hilo,
					una acuarela con las iniciales de su nombre y el resto de los hombres que la
					aman,</p>
				<p> Usted Morgan debiera retirarse, de la relojería, y el cuerpo se acomoda
					lentamente en la pana amarillenta del sillón mientras la punta del pie hace
					círculos pequeños sobre la alfombra vieja, en las rosas metálicas su mirada y
					la dentadura manchada de nicotina del músico que acaba de llegar. El actor se
					retira de la escena.</p>
				<p> Voy a convertirte en una reina polaca, te gustaría dejar de suspirar. Se burla
					de mí, otra vez se burla de mí. El señor. Y concretar tu sueño. El juego que
					jugamos cuando prepara mis vestidos. Y pieles nuevas, esta vez vamos a jugar el
					juego con algunas variaciones. Me comprendes. Para siempre. Por ser una muñeca.
					Y del miedo. Que no voy a jugar el juego. Para ir a dónde. Reluciente macaco.
					Consumida. Desagradecida. Sabiendo. Y no creerte. Polaca fea.</p>
				<p> Las pieles saben las campanadas tranquilas de las torres. Por la callecita de
					los empeños dos meninas rosadas reverencian el péndulo de oro. Luis XV marca el
					tiempo de sus amantes en el círculo dorado de su vientre bultoso. La casa de
					antigüedades guarda los restos del canapé, jarras de peltre, abanicos de plumas
					y en el centro rococó pequeñas amapolas de menguados colores, el marco dorado de
					un espejo guarda un segundo reloj, redondas las patitas batracias si pudiera
					tomarlo. Las doncellas del reloj se sonríen, se complacen en sus caras gemelas
					sus vestidos en los pliegues blancos que dejan asomar la punta de los piecitos,
					dos doncellas descalzas giocondas sobre los números romanos, son felices sus
					risas de muñecas, sólo se miran. De noche están solitas. El anticuario no sabe
					de las pieles. Abrigarlas para que no se cuarteen sus caritas y un camafeo
					pendiente de la cinta negra de terciopelo que anuda sus cuellos para
					siempre.</p>
				<p> Vamos polaca, las monedas. La película polaca y la piernita, la marca polaca,
					polaquita.</p>
				<p> Tengo: una mujer frívola. Una polaca servidora. La promesa incumplida pero
					nunca pronunciada de la alemana, una risa en la boca y los ojos antifaz. Que se
					rían los ojos de la alemana, que no envejezca su piel de las caricias.</p>
				<p> El maniquí de paño amarillo sin cabeza sin brazos sin piecitos donde se probaban
					los trajes de mi madre. Una vieja película. Una peluca suave, un reloj antiguo
					en un anticuario con dos vírgenes sonriéndose. Una polaca prisionera. Un pacto
					que la protege de los húmedos corredores del asilo. Un ojo que no engañan
					piedras falsas. Mis manos que aún no tiemblan, una botella de ginebra y un
					anillo de oro con una piedra negra, una gioconda pequeña, una leyenda egipcia y
					una ofensa torciéndome la cara.</p>
				<p> Un maniquí como una reina descabezada, un torso redondeado y las hombreras,
					después el traje sastre y el sombrero ladeado en la plumita, y la risa de la
					alemana con esos saltimbanquis, entre bambalinas putos todos putos tocándose el
					culito entre escena y escena.</p>
				<p> Su reloj de pulsera su muñeca, los postizos sostenidos por peinetas de carey en
					bananitas y el abrigo de pieles.</p>
				<p> Como lentejuelas escamarte, ir, enhebrarte.</p>
				<p> Los párpados grises del escritor en el cuero de la campera. El ama de llaves
					debiera llamarse Perkins en el suave pelo del labio superior que me ofende sólo
					trapos, ni una puntilla Bovary en el borde de los zapatos negros si al menos el
					fino tacón de una botita realzara sus tobillos.</p>
				<p> Desangrarte el poco jugo vieja avara. Tengo otros planes para, tí que digo para
					vos.</p>
				<p> La mano dibuja lentamente a trasluz los planos de la muñeca, una robot alemana,
					todo lo rubia que hoy se puede ser.</p>
				<p> Iridiscente el filamento toma el cuerpo y el aro del borde de la virgen se anima
					y ningún niño hasta que la hoja de papel prende su mano que la estruja y la
					estruja y la risa de la marquesa se tuerce pliega pergamino hasta ser carbonilla
					entre las uñas y el bollo se arranca del rodillo cayendo junto a todos los
					papeles las frases inconclusas del mono y las manecillas se clavan en los ojos
					pipipí la remington sigue sonando la vejez de sus teclas, los papelitos debajo
					del rancio parafinado, irreconocible un reloj de papel sus mismas viejas letras
					y el sonido del teclado agonizante para que el estetoscopio estrelle su
					impotencia contra el vidrio y salpique en el piso sus gomitas tacatán tacatán
					yegua maldita.</p>
				<p> El juego y el pelo amarillo de la polaca, ese desmedido blanco de sus tetas y el
					juego de la egipcia en la diadema. Tengo que construir la maquinaria, y en el
					final los ojos, como dos rubíes. Una maquinaria suiza. Un laboratorio de sedas.
					Repasemos: tengo un maniquí de lienzo amarillento de un metro setenta
					aproximadamente, un busto un poco más, dos redondeces y una suave cadera sin
					piernas subido a un taburete sin asiento su pata trípode garfio bien parado. Un
					reloj francés con damiselas de porcelana, un cuadrante dorado en el reloj que
					nunca se detiene. Ningún niño roto, ni un pedazo de niño ni una puber. Una
					alemana austríaca como una reina preocupada por unos actorcitos, una polaca
					asquerosa de blanqueza y una ofensa.</p>
				<p> Todas las formas de la piel, desesperante lagarto. Erase un cocodrilo a
					cuadritos. Pero tal vez conviniera una tortuga, unos cuadrados grandes y
					marinos yendo despacio, inexorablemente. Pero despacio, seguro, lentamente, como
					prisiones los cuadrantes. Y la máquina un dispositivo, una trampa, lo más dorada
					posible, algo barroco pero austero, exactitud, presición.</p>
				<p> Vestir al maniquí con las ropas de la cantante desaparecida en el folletín, en el
					bodeville, o en el arroyo, un asunto turbio, una modistilla no, las mujeres no
					son comunes, una cantante, tetona felliniana o aristócrata bermagniana, casi
					otra alemana. Y la polaca, qué hacer con la polaca. Una servidora espiona a lo
					hichcock que se vuelve estrábica por momentos y se extravía al final con una
					vocecita. La polaca no tiene nombre porque las polacas no, tienen nombre, son
					polacas. Y pecosas. Por todos lados. Nada de prostíbulos. Una historia limpia,
					sensata, nada de andar de un castillo al otro, dudosamente. Precisión.</p>
				<p> Era una soleada mañana de otoño. No debo mentirles: era la primera mañana de sol
					de un invierno muy frío en el que la lluvia no cesaba de entristecerme. Una
					fiesta de luz entre los pájaros que piaban buscando en los jardines sus granos
					de alimento. Los pichones intentaban sus primeros vuelos. Un gato agazapado
					detrás de una mata de malvones vigilaba estrechamente sus breves aletazos
					mientras el almuerzo se demoraba y los invitados iban llegando, algunos,
					canturreaban esos estribillos. La alemana iba guardando en la cocina los
					cubiertos que completaban su ajuar. Si los platos no hubieran sido azules mi
					desazón se hubiera amortiguado.</p>
				<p> Cuando el actorcito llegó pudimos sentarnos alrededor de la mesa en los lugares
					que ya nos habían sido asignados. Si no se hubiera sentado junto a ella. Entre
					brindis el almuerzo transcurrió para ellos alegremente. El vino blanco para el
					salmón ahumado, y el licor de los postres me fueron aletargando. Después el
					juego para la sobremesa. Una poetiza alborotada leía unas estrofas. Las mujeres,
					todas, se reían.</p>
				<p> Yo iba siguiendo la hilera blanca de sus dientes, los huesos comenzaron a
					dolerme. Libarla.</p>
				<p> Los tubos de cristal formaban circuitos de colores como aros de humo en el
					espacio. En la probeta mayor esencias de colores empezaron a seguir el diseño
					multifacético inundando de un vaho rosado la esfera que guardaba el
					escorpión.</p>
				<p> Fue entonces que supe que debía montar la maquinaria.</p>
				<p> Una gran caja, un cuarto propio, para que el escorpión pudiera caminar.</p>
				<p> Recapitulando: Un reloj de pared que no se detiene, una máquina de escribir que
					odia a los niños, y a las alemanas, claro, y a las estudiantes de letras que me
					persiguen, que me asedian, que me queman la garganta como el aguardiente cuando
					el teléfono no deja de sonar.</p>
				<p> La muñeca de la alemana condenándome con su reloj. La alemana como una muñeca
					con su boquita toda junta que se insinúa junto a los ojos y el tiempo que la
					marca. Para después peinarla y en el ocre dorado de su pelo anudar la cinta
					musgosa del camafeo. La seda de sus medias vistiendo el maniquí y las burbujas
					del tubo de ensayo en el que el químico destila su elixir.</p>
				<p> El ponche en la ponchera. En el enorme porrón bebo agua muy clara, pero es sólo
					el sueño de una lavandera promiscua que conocí en el borde de la noche mientras
					la polaca, malhumorada, preparaba las pieles.</p>
				<p> En el clave bien temperado la manecilla grande comienza a girar, el reloj con
					las doncellas de porcelana espera, las doncellas esperan, sonríen, la manecilla
					gira mi corazón acompasadamente.</p>
				<p> La piel de la alemana no debe marchitarse si meto el cucharón en la ponchera y
					su boca frambuesa se derrama de risa mientras el actorcito está de gira y un
					viento fuerte de primavera afuera apaga sus sollozos entrecortados y la polaca
					por fin sí va a ayudarme por otra muñeca de porcelana en el negro aterciopelado
					del camafeo y las pieles del maniquí cubren los hombros tan suaves de la alemana
					cuando la probeta estalla sus burbujas rumbo a su corazón para que las
					manecillas brillantes como sus ojos se detengan allí.</p>
			</div>
			
			<div type="suelto">
				<head> Condicionales imperfectos</head>
				<byline> <persName ref="#rodolfo_fogwill">Rodolfo Fogwill</persName></byline>
				<p> Si Alemania hubiese ganado la guerra este relato comenzaría con la oración “wenn
					Deutschland dem Krieg gewinnen hatte...” y sería aún más contradictorio, pues si
					esa nación hubiera vencido, la estructura de la frase condicional llevaría a
					decir, en alemán que si Alemania hubiese perdido la guerra las siguientes
					palabras afirmarían en español que si Alemania hubiera ganado el relato sería
					más contradictorio. Pero si algo sucedió en la historia de la humanidad durante
					los treinta y ocho años que transcurrieron desde la Derrota, —o desde la
					Victoria, según las perspectivas—, eso escapa a la percepción de la protagonista
					de este relato. Ella se disponía a leer, había prendido un cigarrillo, dio una
					primera pitada larga, arrancó la brasa con el filo del borde del cenicero de
					cristal de su mesa de noche y el cigarrillo se apagó. Cierta vez había dejado
					de fumar. Evitando comprar cigarrillos y rechazando los frecuentes convites de
					sus compañeros de oficina estuvo un tiempo sin fumar. Al mes ya no sintió más
					ganas de fumar; en cambio se sentía mejor, ya no tosía y una noche, sin saber
					que había dejado de fumar, alguien la sorprendió diciendo que le notaba la piel
					más fresca y los ojos más brillantes, o más descansados. Después su amiga perdió
					un bebé, los ladrones vaciaron la caja fuerte de la contaduría de su patrón y
					en el living volvieron a aparecer las manchas de humedad del año anterior. Ella
					interpretó esa conjunción de hechos dispersos como una señal de mala suerte y,
					—parecerá una estupidez— atribuyó la mala suerte a la ausencia de su marca de
					cigarrillos. Por eso volvió a comprar un paquete y estuvo llevándolo en la
					cartera durante dos semanas, hasta que en un almuerzo arrancó la tirilla de
					celofán, abrió el papel metálico y sacó un cigarrillo y se lo hizo prender por
					el mozo que acababa de servirles el postre. Desde entonces han pasado tres años,
					—treinta y ocho meses—, y ella sigue comprando y fumando la misma marca. Si
					ella hubiese dejado definitivamente de fumar ya no sería la protagonista de
					este relato: sería la protagonista de otro relato, no pensaría que fumar es
					algo necesario o natural, ni estaría en su cama tratando de leer y sosteniendo
					un cigarrillo apagado entre los dedos de su mano izquierda. Pero ella ha vuelto
					al hábito de fumar mecánicamente, inconcientemente, tal como vuelve las páginas
					de la revista buscando el relato que le han recomendado. Encuentra el título:
					dos palabras, dos manchas negras sobre el papel. Mira las letras y empieza a
					leer el primer párrafo hasta encontrar una serie de palabras que por la
					multiplicidad de consonantes y por la proximidad de una frase referida a Alemania le parecen escritas en alemán. Siente deseos de fumar, piensa que el
					alemán es un pueblo metódico y calculando que en su lugar una mujer alemana no
					habría vuelto a fumar, estira el brazo, toca su encendedor, lo prende y acerca
					la llamita a la punta apagada del cigarrillo. Basta una breve succión para que
					la zona negra de ceniza se vuelva una trama de puntos colorados chisporroteantes
					que avanzan unos milímetros quemando, como comiéndose el papel. El sabor del
					humo le recuerda las imágenes de una publicidad que repetía la frase "por el
					placer de fumar”. Puede reproducir en la memoria nítidamente la cara de la
					protagonista de una de las películas de esa propaganda, pero no puede recordar
					el nombre de la marca, una palabra inglesa, letras azules, fondo blanco. Tampoco
					puede recordar el nombre del relato ni el primer párrafo que ya ha leído, y
					vuelve a leer: “Si Alemania hubiese ganado la guerra...” y piensa en el placer
					de la lectura. Habría que preguntarse si existe el placer de la lectura: leer no
					es fumar. Quien fuma siente urgencia por pitar y se satisface desde la primera
					bocanada de humo. La frase del relato no satisface, no hay placer y el encuentro
					con esas palabras en alemán parece interrumpir algo. ¿Qué es? Habría que
					saberlo. Lee más adelante la frase referida a la protagonista de ese relato y
					vuelve al primer párrafo, buscando algún indicio sobre esa mujer; no lo
					encuentra: le habían advertido cuando le prestaron la revista: “es un cuento
					muy raro, se parece a Cortázar, pero no lleva a ninguna parte...” Después, la
					misma persona le recomendó: “¡Leelo... Es muy bueno!” Ahora obedece y vuelve a
					leer la frase en alemán y en el renglón donde comienza la palabra treinta se
					detiene y piensa que el párrafo puede pertenecer más a un artículo sobre
					política, o economía, que a un relato literario. Mira la página buscando guiones
					que indiquen la presencia de diálogos. A veces con la lectura de los diálogos
					se pueden obviar párrafos de aburridas reflexiones para concentrarse en el
					seguimiento de la acción verdadera, que es lo que los personajes van diciendo a
					lo largo de las páginas. Pero no encuentra guiones: sólo un espacio en blanco
					que anuncia el final. Decide leer. Mirando el último párrafo se puede averiguar
					el desenlace y a partir de él decidir si vale la pena volver atrás y seguir la
					trama prestando más atención a lo que verdaderamente importa en la historia.
					Elige una línea cerca del final y lee en ella al azar la palabra música.
					Mientras, una música parece venir desde la calle. Sonidos de una banda militar,
					ruidos de pasos, o de tambores que simulan el ritmo de una marcha. ¿Soldados por
					aquí? ¿O algún vecino subió el volumen de su televisor? Es medianoche: a veces,
					las familias, a medianoche, aumentan el volumen de sus televisores para seguir
					despiertas mirando esas películas que empiezan demasiado tarde. Ella teme que
					vuelva a suceder y que cuando dejen de oírse los últimos ruidos de la calle
					algún televisor a todo volumen no la deje dormir. Por eso da la última pitada al
					cigarrillo, lo apaga, apaga la luz y cuando se estira en la cama procurando
					dormir antes de que los ruidos de los televisores se vuelvan insoportables, ella
					piensa que si la historia acaba así no vale la pena. ¿Para qué? Piensa así:
					“¿para qué?”, y deja la revista sobre la cama, da la última pitada a su
					cigarrillo, lo aplasta contra el cenicero de cristal y oprime el botón del
					velador. La oscuridad es como una espesa sustancia negra salida de la lámpara
					que invade el dormitorio y flota en el aire mientras ella se estira en la cama y
					hunde la cabeza bajo su almohada buscando desaparecer, porque para dormirse
					siempre necesitó evocar la sensación de estar hundiéndose y desaparecer.</p>
			</div>
			
			<div type="fragmentodenovela">
				<head> La novia del gendarme <note>Fragmento de <title level="m">Las hijas de Hegel</title>, novela inédita,
					<date when="1982">1982</date></note>.</head>
				<byline><persName ref="#osvaldo_lamborghini">Osvaldo Lamborghini</persName></byline>
				<p> para <persName ref="#diana_bilmezis">Diana Bilmezis</persName></p>
				<p> Oyeme, mi oime. Este es un mundo de apariciones y gorjeos. El sueño se elimina
					con calma. El arte siembra en grano (pero, ahora no se trata—). Lo cual: es una
					infamia, el patrón a seguir. La señora tenía frío en primavera. Con semejante
					método de trinar, en Viet-Nam y por parejas. Ya el fraude. Di <hi rend="italic:true;">la'ar</hi> o algo
					(algo se rajará en pedazos), algo: la revuelta sin pago. Que las masas saben
					quienes son los verdaderos revolucionarios, 1°. Que las masas saben quienes son
					los verdaderos revolucionarios. La política de este hueco donde nada arde.
					Tampoco los griegos (de tarde en tarde). Hay un animal caído, no un palacio. Es
					de fauces frágiles y saliva amurada. Guerrear guía, guerrear mater, guerrear
					oreja y falange. El infinito donde empieza algo, algo: la tardanza. Chupado.
					¡Retempla! La señora nació de un zapallo, la cigüeña la trajo. Es el televisor, es el televisor, es: (el frente resquebrajado de las clases): la muerte
					patina y no se instala, no encaja. La lógica que engalana (arrastre la voz).
					Los aires de darse aire, respirar tal vez. Educativamente hablando.
					Educativamente con los instrumentos precisos para el corte, y en el aspecto
					monocorde y ambicioso. Hasta el hongoide final. Arriba, más arriba, hay una
					proporción. Cuidado con los que fingen dormir. Bello y triste. Las muchachas
					calientan los sentidos, todos los sentidos, y se ríen del doble coolie (¿flor?)
					Oh: mala fe. El pétalo que cae (rumbo a Siberia). Mañana: el pétalo que cae (en
					la propia mano, en el error). Y cuán cuán es este error. Tejerán los libros con
					arañas que respiran incluso bajo el agua (¿por qué no?, dueño de una
					inmobiliaria). ¿Por qué no? Y el planeta, nada más, el clavel del aire. Un
					simple clavel contra toda clave: oh. Mala fe. Europa repugnante. Los grandes lagos se yerguen cubiertos por una película de grasa fría y los animales andan
					estupefactos. Los fuera de la ley, en el ocaso, encienden fuegos y parpadean con
					un estilo, con un estilo, de pantomima ideológica (filosófica, lógica y
					política). Pero ahora no se trata (de la revolución china). Hay que imitar las
					palabras (y basta) con labio leporino y sin bigotes. Un júbilo más que
					achicharrado, unos húngaros testaferros de la nieve. (Le pide el aroma de la
					camisa: <hi rend="italic:true;">tetillas</hi>.) El sapo desafina: “Es el último
					cheque y no habrá otro, no habrá más.” Entonces hay una distensión, pero muy mal
					persuadida. La vida: la vida no es divertida sin Hitler. —A causa de la
					inversión llevada a cabo (por <hi rend="italic:true;">Nietzsche</hi>) no le
					queda a la metafísica otro recurso que entregarse a sus abusos—. Llevan coros de
					niños a la televisión, los van formando. Las palabras del canto se volatilizan
					en el color y la luz. Después el lavarropas, el automóvil y el anuncio
					“Ejército Argentino” se desplazan hasta ro... rozar el punto más sensible —las
					tasas de interés—, y entonces un telón monocromo (blanco o negro) ciega el ojo
					de la cámara. En suspenso, el precio del pan. En suspenso, la cotización de la
					miel de las abejas del Líbano, que ya no liban. “¿Arroz con leche? ¡queremos
					volver a Treblinka!” A los palestinos les falta algo, ¿es el Doktor Mengele lo
					que a los palestinos les falta? Es terrible la pena de (este) amor. Es terrible
					el fracaso en un arte amado, por ejemplo éste. Pero nada comparable a la
					expulsión del partido. La puerta se cierra, caminar, llegar hasta la esquina. Y
					hasta la esquina se llega, hasta esta esquina. Punto: prohibido, el semáforo en
					rojo, al rojo vivo, un fuego que extraería lunares de la nada. Cada lunar sería
					un nuevo principio (solar). En esta esquina se muerde el filtro del cigarrillo.
					Una butaca en un cine: la guerra. Alemania entera se moviliza. Es formidable.
					Argentina (¡Argentina, Argentina!) especula con la caída del imperio británico.
					Polonia aplastada, es la vida. Silencio. Silencio en la oscuridad, oscuridad en
					el silencio, una mano indiferente a la diferen escala un (ala) bragueta. Las
					orugas de los tanques y la cremallera del pantalón luchan con similares
					obstáculos, imprevisibles montículos, zanjas. Pero igual: igual. Aquí el pen
					erecto, allá la svástica cabalgando sobre el Arco de Triunfo (de alquitrán). El
						<hi rend="italic:true;">mismo</hi> chillido de maricas recorre todo el
					planeta. Estamos transplantando órganos. Las Malvinas en el corazón de Buenos
					Aires. En el kilómetro Cero. La deuda externa en un bosque petrificado. La
					vaselina en el costillar dorado, doradillo del heroico Mary-conh: que el
					aliento sobre la nuca (rubia), que la penetración sea con dolor. Y <hi
						rend="italic:true;">la'ar</hi> dijeron al unísono: la revuelta sin pago,
					salvo los mapas (del estado mayor: en el cielo raso). La conveniencia o no de
					haber pertenecido a la “vieja guardia”. La conveniencia o no de superar: la
					exhausta (condición) de simple coronel hasta obtener los prismáticos de
					general. Y las historias, hartas, de los hombres sabios: irritada, irritable
					lectura de las bellas letras. Hasta en los plenarios de delegados se leen
					poesías Emas. <hi rend="italic:true;">Le agradezco, mi amigo</hi>: Perón se
					carteaba con los artistas. Le agradezco; mi amigo, el envío de su última obra,
					certeramente meritoria: imagínese, yo aquí, rodeado de gayegos bozales...
					tropiezan en todas las letras, o bien parece que quisieran quedarse a vivir en
					algunas de ellas. Su libro me devolvió el deleite de la lengua castellana. Vea
					como fue: Fue como ver. El otro lado del mar. — Los enemigos pactan, óyeme mi
					oime, pactan incluso la rotura del pacto, óyeme mi oime. Mirá pelotudo. Mirá
					canaya. Basta, cuidado. El destino olfatea. <hi rend="italic:true;">Pero</hi>:
					El movimiento obrero revolucionario renace siempre de una madre virgen. Un feto
					y un microcéfalo tiran de las riendas. Qué buena es la vida de la mala leche:
					¿Muere acaso por la boca lo que nace por la oreja? Por supuesto: habría que
					tener una visión de conducto. Epoca, epocá, de sedantes, de barbitúricos a
					veces, como se lee en los diarios cuando el muerto es famoso, o turbo-sexy. El
					mate con canela significa amor. El coraje de no leer estimula la matriz metafórica. Pero el espacio es demasiado sutil. La excitación se remite y transmite de
					un volumen a otro, de la mujer al homosexual-pocilga. — Yo quisiera ser obrera
					textil, pero para llegar (primero) a delegada de sección, mujer, luego de
					fábrica, y luego, más luego, ¡en un momento dado!, a secretaria mujer del
					sindicato, el futuro, y si lo logro (eso) será —eso— el des-tajo.— Lo que
					sufrieron los comunistas a lo largo de la historia verídica (saliva frágil) sólo
					tiene un equivalente: esta hedionda tarde. El hallazgo pasa rápido su
					cumpleaños. La penuria de la vela, Pero que haya algo no supone —en Grecia al
					fin— cortedad de medios, inmadurez dialéctica; al contrario. Vamos, el contrario
					se escarcha y ya no estamos (“no estaban: para esas nueces”). Quienquiera que
					ame, cotillea. Porque si antes no lo sabíamos, ahora (para <hi
						rend="italic:true;">estas</hi> nueces) estamos: hartos de saberlo, y
					enfermos: con taras de perdurar; el puente que suicida. El pez nada, pez es una
					sílaba, una sílaba nada: se sigue el principio de la intensidad final. El remo
					de oro y la nuez de cáscara. La embarcación de los transplantes, órgano por
					órgano (contra la tentación de multiplicar). Con un solo océano basta. Y basta:
					con una sola cáscara. A la especie humana no le gusta la guerra, la hace para
					aguar, <hi rend="italic:true;">aguar</hi> la fiesta de los pájaros (terrorismo,
					ecologizar). El marxismo es rico en contradicciones, pero resulta que el
					peronismo (argentino) se las sabe todas. Aunque se llevará (su sorete a la
					tumba). — Unicamente: “Unicamente lo genial es soportable, y el hombre medio
					debe ser exprimido para que lo haga surgir o lo admita”.— Sin paradojas ya. En
					el surf, en la cresta del <hi rend="italic:true;">Yo</hi>. Puteando.
					Adiestrado. Un cuadro, (¡y qué cuadro!). Qué cuadro, compañero. Achanchado por
					los crímenes menos (moderados) más (modernos). Menos, más —empezamos: el 16 de
					setiembre, el goril, el golpe. Y nos estamos acercando, inexorables (indexados,
					alguien diría casi) a la Gran Boda, al pastel de hojaldre: al Octubre
					Dieciesiete, el día: cuando los dioses rieron en lo alto, o por lo menos— cuando
					menos batieron palmas. Millones de aplausos. En dos cuadernos se acerca el
					diecisiete, a sí mismo se toca en una novela doble (se aplaude). En esta libreta
					marca: <hi rend="italic:true;">Guerrero</hi> , bajo el título “La novia del
					Gendarme”, y en el cuaderno <hi rend="italic:true;">América</hi> , llamada “Las
					Hijas de Hegel” (llamado). Llamado de pequeños detalles materiales, clamores en
					un clamor solo, del que se envanecen los autores. Tomar bien por el kull es la
					receta, en línea recta. Ya apareció, ya tuvo que decirlo: decir el teórico, el
					poeta felón. Es terrible: un grito de mujer anuncia por los corredores, que la
					reina ha muerto. La pérdida de la Razón no conducía a la locura sino a las racionalidades, a las na-cionalidades: el orden de los Estados no tolera ya el
					desorden de los corazones. Generalmente, el libro que se está leyendo: un
					delirio, un humor seco y entrañable, bastaría: menos que un papiro tazo bastaría
					para reducirlo a polvo y a ceniza (a ese dios que manda). La identificación
					asfixia, crucifica. ¿Cómo, Moh, molestar a una pareja de enamorados? ¿Tocar el
					pezón de ella o tocárselo a él? Tus preguntas, Moh, tienen una sola respuesta,
					Moh. ¿Cansado, eh? Las pausas del componer, “mi querido muchacho” Cansado de
					comportarte como tal de madre tal. Fuiste a lo esencial: ahora ya es tarde.
					Tenemos que pensar en el sello de correos, no en el matasellos, no, en el
					encabezamiento “mi querido muchacho”, y en la put-ta firma. (¿Ese cigarrillo
					encendido con manos —pulso—temblorosos!) Pero, “ya que estábamos”. El pene y
					la vagina, justo adrede. Una corista pancha: la <hi rend="italic:true;"
						>kora</hi> semiótica. Lo más pancha. Empero y sin embargo, a fuer de la
					gracia impaga de una revuelta (más, de un desorden) <hi rend="italic:true;">el
						cuerpo penetrable debe ser un cuerpo continuo</hi> . Un trozo de verdad, calienta. El amateur
						<hi rend="italic:true;">porque</hi> , y malvencidos en las Malvinas
					(ingleses y argentinos) se retiran (para morir, calientes) de las islas—: de la
					neblina entrecortada en una garganta con demasiadas teclas, pero que solo en
					una corre el margen. Así se vence al capítulo de los vencidos, el único que
					sólo (solo) merece derrota. Que caiga el bien sobre la paja brava, oh, claro,
					dueño de una inmobiliaria ¿por qué no? Que se derrame el bien como quien dice
					“chúpame”. La <hi rend="italic:true;">que</hi> larga: aproximación, que no es
					ruido, ni siquiera en el femenino perentoria. Ni siquiera, la idea: la idea es
					bárbara. Escribir pan y manteca. Allá va la novia del gendarme, lo espera a él,
					lo recalca, para colmarlo con un chiquito (himen) no más grande. Grande, no más
					que un clítoris desdoblado, que un pulgar enfermo de razón (habíala, y
					perdido). Entrar a lo grande. Entrar. Este corazón de cepo, aguanta: incluso, incluso civilizaciones, dos sartas, una barbarie. Templo al Templo. Para procrear
					de menos, y todavía alegrándose, a lo glande. Es muy pequeño (el participio del
					verbo). La Novia del Gendarme: la novia (del gendarme) y guerra de las minas
					bajo la tierra estuprada. Qué estupor ni qué nada. La Novia del Gendarme: “él me
					quiere en la frontera, yo lo prefiero como la imagin, imaginación del charco
					—mal habido— más que como el charco de agua; más que como: la letrina de
					ensartarla”. ¿Más que que que? Supongámoslo (por un momento) ensangrentado:
					aspira el páramo, el marasmo, por las tres caretas del pan: <hi
						rend="italic:true;">Otra</hi> que el pánico soy yo, entonces la boda así
					será. Blanda y semejante, cual (igual) la llave de lana que cerraba, con punto
					cruz, la proa de la navegación. El asalto a la política nos impulsa hacia un
					turbio y poseído (poseso) más claro, como si lo hubiéramos soñado, o soñado que
					la gota pasa por la voz: el esdrújulo padre y la madre grave, el hijo. Es un
					saco de huesos, flaco como un milonco: comilón, y encima aficionado: para colmo.
					¿Mundo es éste? gorjeos oa, ¿o apariciones <hi rend="italic:true;">la</hi> , <hi
						rend="italic:true;">laá</hi> , <hi rend="italic:true;">la'ar</hi> o algo?
					Oh: nada fe. La cotización del cólar hoy. Hoy es más sensible que las tasas de
					interés. Templo al Templo, edificado con plátanos (todo: para resbalar) con
					todo, y no encaja: es una puta genuflexa flexionando el escroto. En en, este, en
					otro sistema, cada palabra a donde menos llega. Acuaria invencible Aatra Paala.
					Así de fala. Aquí ¿y? ya. Aunque sólo traigan, los que nos invaden, un bidón.
					Siempre de fiesta el gurú, siempre, y en una comunidad sola, Templo: siempre en
					una comunidad sola tienen que habitar las tres partes, o lados: la Una
					extranjera y las dos vernáculas. Así en tu “La Hizo” tibetan, tibetan tibetano,
					copulan. Hasta los guijarros. Hasta ya prosiguió: el final hasta el final: ora
					de pie, la Oreja, la leche pudre (con guantes de vaca), y en el cuenco póstumo
					del alarde —anal allí— está la rata, ya se sabe. Gris nevada, con Goering, con
					restos de pelambre. Goga Incháuspide, una aliada, ya a <hi rend="italic:true;"
						>Goga Incháuspide</hi> , ya, <hi rend="italic:true;"
						>dedicado</hi> (dedicado el poder, escándalo de la lucha, y ella misma. La
					lucha, escándalo del poder). Pero claro: si aquí hay lo algo, lo dicho, todo (el
					tétrico) error: como si nos maniatáramos sólo los pies y luego, luego luego, a
					la postre, mostráramos las manos. El hueco. Las palmas victoriosas luego. El haz
					(desfiladeros) las arrugas infinito, prologadas. Chupadas por un retemplo.
					Perón surgía antes y a las mil mara villas — no con este méé-todo, ajeno al agua
					cristalina que todo lo embarra. Para empezar. Un ineludible soto de violencia
					para pikinear en el Soto mayor. Ramón Elhlío, Ramón... que todavía... estés ahí,
					y cangrejeando salvas, basta, de neón: un brillo de fraude y neón <hi
						rend="italic:true;">Hotel</hi> ... <hi rend="italic:true;">tel</hi> ... <hi
						rend="italic:true;">tel</hi> ... <hi rend="italic:true;">Hotel</hi> ... <hi
						rend="italic:true;">Ho</hi> ... El fastidio, la biblioteca del suboficial:
						<hi rend="italic:true;">¡para alejar el fastidio de la vida de hotel!</hi> Da lo mismo,
					parece: vedas para condimentar y homilías para condimentar. Es, se trata, de la
					pesada, una gran fiesta heterosexual: hasta las mujeres afilan sus cadenas y
					van. Vienen. A mear caruchas revolucionarias en una tinaja de alquitrán. A mirar
					sin ver, en la tercera o cuarta deposición anal, que la alegría de la vida:...
					no; el valor que representa, y marcada. Marcada fruta seca: todo así. Todo así,
					me vine a vivir a casa de mi madre y de mi hermana (y de mi cuñado y sobrinos,
					además y por lo tanto), me vine aquí, que es Mar del Plata, en agosto, después
					de medio año catalán. Yo tengo cuarenta y dos: abril doce, mil novecientos
					cuarenta. Escriba algo tal vez. Inicié go por ahora. Ya está iniciado en dos
					cuadernos: “Las hijas de Hegel” “Por un capítulo primero” Lo gil del caso es mi
					poca preparación (en mi caso). Aunque hay maneras, de todos modos: de todos
					modos (“maneras”) de desencadenar la tragedia. Estilo a discreción,
					realizaciones ya de hombre de barba, códigos sin cogito y, en fin, gramos sin
					ala y hasta una ligera pechuga de audacia, creo, ah, que todavía no me faltan:
					la tragedia es útil y no fácil. Según releo, me interrumpí para exponer lo gil
					del caso. La casa de Mar del Plata está a una cuadra (del mar).</p>

				<p> Bueno bueno. La locura —hábrase visto— como destino <hi rend="italic:true;"
						>dividual</hi>, más que in-dividual. Operación pueril y, y, idiota: <hi
						rend="italic:true;">cretina</hi> (palabra justa). Demasiado ajustándose
					todo, ajustandosé, ajustandosé.</p>
				<p> —hoy es 17 de octubre— plin y desaparición, igual. Es, aparece, ya.</p>
				<p> La casa de Mar del Plata está a una cuadra del mar. Las onomatopeyas, como las
					ruinas, están. Y son: de nunca acabar. Onomatopeyas de nunca acabar, intentar.
					Hablarle a la vida luenga (lengua), desde la agonía digamos, no desde la
					muerte. Si bien, una u otra, el estilo es doble, cooli-flor. En lo siniestro
					—estilo— es allí donde banquetean las fuerzas. Pero, agonía despeñada. Mero,
					hacia la fosa común del ag, <hi rend="italic:true;">¡ag, ag!</hi> Tal el
					personaje (comic) tal el globo. Aire encerrado. La señora en invierno se
					congela. Esta casita tiene su querubín (soy yo). Y, vaya tener, yo só lo tengo:
					mi obra maestra. Fracasa todos los días como el horizonte cuando se pone el sol,
					igual. Es, aparece, ya.</p>
				<p> ¡Qué hermoso puterío endogámico! Un hombre es para otro (y así de pronto) la
					mujer que falta: esa mujer que nunca falta. Esperas glúteas de dominio, reparto
					de caracoles, intestinal serpiente y esfínteres: nada falta. Pronto, así de
					burdo. Tu hijo es el hijo de mis entrañas, pero un diminuto espacio de mi
					entraña, sólo a tí te pertenece. A ti. El quien que desde el vamos se sumó al
					consumado dos más dos. Llora todo lo que quieras, inabarcable, azúl ángel de la
					prostitución oceánica. Que se entienda, ni falta que hace. Decirlo (encima)
					menos aún hace falta. Se ha vuelto una cuestión de profesores y profesionales.
					Soportar la pedantería de la cátedra sin desenvolverse: porque se ha vuelto.
					¿Algunas todavía se o lo desenvuelven? Es posible alguien. Algún grande.
					Provisto del don de enredarlo todo (don) con transparencia franciscana. Nuestro
					no. Nuestro <hi rend="italic:true;">no</hi> , nuestro no es el caso. Lo inverso
					en bloque de mármol. Que la boca se haga taladro, y el perro esquí. Y todo, y
					tanto, y mal. Lo perdido y lo enredado, ese juego: que es posible decirlo, poco
					menos que: con sus mismas palabras. Alteza serenísima deteniéndose un minuto a
					dejar de pensar. Y permitir: los afeites y el mohín. La rubia hormiga: el buey
					que ya no ara, tractor de madreselvas. En otro momento vamos a estallar: sólo
					(el arte de resucitar) podía llevarnos a estos extremos y el indubitable,
					indubitable afán de cundir, lo que cunde, en el círculo: de un núcleo. El único
					hotel alejado del fastidio, la vida, conservando (no obstante) el pathos de
					esta hedionda tarde. Que nos vieron nacer. Se imita y copia, antes. Nos lo
					prohibíamos. Protección, protegiéndonos con el mimbre de variar. A los que nos
					vieron nacer: encontrado en una botella, el manuscrito tapas blancas (letras
					naranjas) era un fiord. Una y mil. Una fotocopia partícipe de la partitura
					entregada al fuego de las llamas. Una. Una estética de mangrullo, soberana.
					Antes. Después ante lo imposible —primero publicar, después escribir— reptar
					ante: ante la resmadre y no entregarse. Qué clase de víbora ser, enculada por
					Adán (¿al diablo!) y humiye, humillada por Eva, atacada por ella con pelotas
					pardas de verdín y fango. Look, Lugones finitamente superior a Borges. La trama
					irresponsable del bolígrafo húngaro contra el fondo (sobre) el papel
					cuadridulado: la va de culata, lava de culata, lava de culata se —sobrentiende—
					la cuadriculada: televisión espléndida con marca de fábrica. Juro que nadie me
					escribe mis novelas. Soy yo solo, es la bola que se corre, y dile: otra vez el
					bolígrafo. Ojalá sin fonética escribirme como me llamo, Mucama, Ojalá. Deje su
					debér aquí, a mano de mi garganta. Ya no, Meym, me importa, Diana, nada: mi
					queridísima Diana. Hago escenas, Bataan, tan banales. Hago del amor un pelo blanco, una trenza tan, pero tan untada (de grasa) que a tu intemperie sirve como
					poncho engomado. Este punto no incluye, sin embargo, siglo (XX), un frente
					—común frente con los mineros bolivianos— y entre: los dos Octubres, Petrobaires
					grado. La bragueta de (pronto) cae y salta el falo. Se pone: punto final a la
					intensidad del principio. El obrero boliviano, entecamente: indiferente al
					Comandante Che Guevara, pone al palo. ¿Está con su mina? —compañero de cuadro.
					Más azteca que un chupón— mis novelas las escribo yo, los cuento (los hace) el
					rosario calloso del taladro, en el trabajo. En el trabajo de un meñique palio,
					bajo el índice del miriñaque. En el poder que he tomado en la red, fractura,
					retícula divisoria bajo. El empuje de las divisiones tan-que. Interrogado, tiro
					—entreperdón— la goma y yo no escribo: la novela de uná sentada, adivino. Sobre
					lo que estoy sentada. Es un frío, hielo y punzón. En la celda palanca de lo que
					me mueve, contra el corriente aire: rata. Yosefina y Yosef. La K., fuera de toda
					alabanza. Allí, allá (y más) sobre la emulsión del tribunal, la rata se
					impresionó. En un alarde. Qué hermoso (destino) es esto: en un ala arde el
					estudio fotográfico, y en la otra el martillo se suspende, en el aire, ni
					siquiera puede. Blandir a muerte las pulgas del primer guardia. Me gustan las
					mujeres comidilla en la hoja de una escudilla de lata: llegaré hasta el final,
					hasta tener una madre trampa: ahí salta la loca y, hasta, hasta ella se une a la
					cabalgata. En su teto materno llevaba del circo al cine, en su seno. Diríamos
					tal cosa, claro: despertar muchachas y muchachos en un set ( <hi
						rend="italic:true;">es</hi> ) spots iluminado, uno cada uno (viniendo) de
					la mazmorra clave. Con las almas bolcheviques — <hi rend="italic:true;">en
						última instancia</hi> — y con las armas: sacerdotales. —No es para tanto, ya
					empezamos—. El óyeme, mi oíme, punto de partida (sin válvula), o la vulva: socia
					en el pantano, de los pies descalzos. Di mitri, yo dimi — óyeme (con el áspid
					Jesús en boca), mi oíme: dimití, y. Y Lenin no, a mi no me mirará las manos,
					sino el corazón silencioso de los labios y el uso proclive de los guantes. Aun
					en prisión. En el dekabrista aún, que al monte tira. A los olivos —salve— las
					espadas. Y en el dinero que engarcé en la soga del letrina acusado. Mierda de
					los latinos, placeres de los placeres. Hay Ti, taché mis rayas (¡no me vengan!)
					sí, por supuesto y agua, claro: me he excusado: no hay peor Roma que La Haya. Y
					puesto a callarlo todo, Hay Ti, darme que no puedo pór la a mitad. Es una
					vergüenza lo que estoy haciendo, indigna y piara del cerdo de mis años, y con
					el plus del as, de la psicosis de los pájaros, ¡saliva del farol empedrado a
					gas! Un delator —atención— con piel de zapa. —La señorita Juana Blanco,
					preciosista, persona que ama, pide la habitación íntima para recibir una
					picadura de sexo— Taladro gira, las limaduras de Amor. El Amor excelso en la
					cama (del maleducado). Las ensangrentadas (sábanas) del incesticidio, todo
					incesto a la parrilla, al parricidio: aplomado en su muerte, ya invicto:
					amortajado ya por un sistema cortés, hospitalario, que bufa más que befa a sus
					pacientes. Es para llorar, Gran Teatro: la necesidad de final.</p>
				<p> —Entró.</p>
				<p> Como yegua sudad.</p>
				<p> —Duró.</p>
				<p> Lo que un puedo en un canasto</p>
				<p> —Y entonces, y además, y todavía: el lugar de “la cosa en sí” fue ocupado por
					la música.</p>
				<p> Con todo (incluso lo que se pretende descontar) la suma igual acero antes de
					tiempo fragua, o después, y después, incluso: incluso la mañana cae de sorpresa,
					el valor de la fecha incluso (deja de contar) frente al momentáneo pico de oro
					de un solo, irrelevante (no irrisorio) momento. La fecha es clave como Gardel.
					Burdo, agachado encima, el instante todavía el lujo: se tira a menos. Es el
					zorzal craso, literalmente. Pero: exigir la verdad sería (una exigencia) pedir
					menos. Exigir la verdad sería, primero, pedir menos de lo que ya tenemos.
					Tenemos una vida galante con mucho sexo indescifrable. Graves, fallas graves en
					la educación sexual, como tocarse el mío por ejemplo, cuando el tuyo, entre las
					rosas, no: soltar el andamio, alba, albañil: Católico. Pausa. Católico has ta
					las heces, hasta la tendida (mano amiga) enguantada por el rubí.</p>
				<p> Saltar del desplante. Hasta el trasplante. Plante lo que plante será plantígrado (así se hace, robando), oso hormiguero, cocainómano. O por fin, y al
					fin, esta buena aventura ha terminado, absorta en su laxo fin: encender un
					cigarrillo con otro, perfecto (pero) ¿encender un cigarrillo a un otro? Día por
					día se va haciendo: la noche, hasta la noche. Ese extremo el estilo lo
					permite...</p>
			</div>
			
			<div type="prose" subtype="cuento">
				<head> El Excalibur de Thiara</head>
				<byline> <persName ref="#fernando_gentili">Fernando Gentili</persName></byline>
				<p> Le pregunté a mi madre:</p>
				<p> —¿Qué harás en Londres cuando estalle la guerra?</p>
				<p> —Haré el amor con los soldados, cabeza abajo para ver cuando se marchen</p>
				<p> —¿No tienes miedo de ver sus carnes desgarradas?</p>
				<p> —No. Es la carne que devora mi carne. Puedo fabricar cubitos de sangre helada
					para que mastiques cuando ya no esté. Puedo bailar desnuda para ellos para que
					no te maten luego. Mi agonía será larga, y los soldados sobreviven todas las
					épocas.</p>
				<p> —Hoy no me lavé los dientes, mamá, ni ayer.</p>
				<p> —¿Por qué?</p>
				<p> —Tengo miedo de mirar mi boca en el espejo y ver tus pechos, desnudos.</p>
				<p> —Mis pechos nunca están desnudos, en cambio tus dientes se caerán antes de que
					seas vieja.</p>
				<p> —Me canso las muñecas agitando nombres espantosos. Ninguna pesadilla es la
					última.</p>
				<p> —Yo saldré con los soldados. No mientas cuando no esté. No quiero que los
					vecinos te vean mentir., Es una cosa fea no lavarse los dientes. Estás llena de
					sangre por dentro, si te ven así pensarán que te diste un balazo.</p>
				<p> —Te despediré con mi pañuelo más sucio para que te sientas obligada a
					volver.</p>
				<p> —¿Volver para qué? ¿Volver a dónde?</p>
				<p> —Volver a la blancura y a las sábanas. Volver al Rouge, volver al Rimmel.
					Volver a bailar en clubes llenos de italianos con algún soldado fascista. Volver
					como siempre lo has hecho. De ninguna parte, porque sí. Sin saber y sin querer,
					y sin terminar de ser.</p>
				<p> —Vos sos apenas una hija, y ni todavía una mujer. No le cortes las plantas a la
					tía. Cerrá bien la puerta. Cuando vuelva, si no es muy tarde, tal vez
					hablemos.</p>

				<p><hi rend="italic:true;">Lady Thiara</hi></p>

				<p> Estas manchas que me salen en la piel, estos monstruos que me crecieron en el
					vientre enquistados en la carne como la muerte... Ya no los puedo controlar.
					Crecen y crecen todo el tiempo. Me deforman y me lasceran las carnes. Ensucian y
					rompen todo, me atan con súplicas y llantos, y protestas. Y siempre tienen
					hambre. Me comen, me chupan y me muerden como vampiros malditos. ¡Malditos!</p>
				<p> No los quiero, no los soporto. Pero no puedo volverlos a donde salieron. Porque
					ya es tarde y porque salieron de mí. No sé cómo. De pronto se sienten dolores y
					mareos, como algo que no se ha podido digerir. Entonces vienen las ganas de
					vomitar y el vómito mismo. Pero aún después del vómito la cosa continúa y luego
					desaparece, a lo mejor, por unos días, pero siempre vuelve. Y entonces las cosas
					se me empiezan a caer de las manos, la crema se me corta y sueño con los
					muertos.</p>
				<p> A veces es bueno soñar con ellos, pero no esas veces, porque están ahí, como
					vigilantes, quieren decir algo pero no lo dicen. Me miran con ojos de Búho, se
					ponen como locos y empiezan a correr para atrás, y luego en círculo y otra vez
					para atrás, pero al revés. Y suben escaleras para atrás, y corren y se caen, se
					tiran al agua y salen secos, o no salen. Se quedan durante mucho tiempo, a veces
					días, porque sueño durante varias noches que estoy frente al lago y ellos no han
					salido, y me asfixio. Me asfixio pero los que mueren son ellos.</p>
				<p> Antes todo era diferente. Jugaba con mis hermanas, papá traía golosinas y nos
					sonreía cansado, pero jugaba con nosotras y nos hacía bromas, nos acariciaba la
					cabeza suavemente, y yo sentía el pelo tan fino y tan suave como su pelo, que se
					caía, sin que él pudiera evitarlo. Lo ponía tan mal eso. Decía que ya no era
					tan joven. Nunca decía viejo. A mi tampoco me gusta esa palabra. Me parece que
					nadie de la familia puede ser viejo, porque viejos son los que se están por
					morir, y nadie de los que yo quiero se va a morir.</p>
				<p> Un día sentí que papá también tenía algo. Un monstruo que le crecía por dentro
					y lo devoraba. Pero no era un hijo, porque sus hijos éramos nosotros. Cuando
					papá murió hacía pocos meses que me había nacido el último. Después de eso no
					hubo más monstruos. Parecía que papá desde el cielo me defendía de ellos.
					Porque los dos que siguieron murieron antes de nacer..</p>
				<p> Cambiaron un poco las cosas desde que papá se fue. Tengo sueños con los vivos
					también. Los mismos sueños. Corren y corren, hablan para atrás, en idiomas que
					no conozco, que no existen. No sé qué dicen.</p>
				<p> A veces por la mañana me acuerdo y me suena alguna palabra que escucho como
					algo que dijeron en los sueños. Se mezcla todo... No sé.</p>
				<p> Al menos ya no sueño con los perros. Eso es muy bueno. Lo otro lo puedo soportar
					pero los perros... En fin, el doctor dice que no es nada. Yo creo que pronto no
					tendré más dolores, porque ya no voy a parir más, de eso estoy segura. Creo que
					pronto voy a poder descansar.</p>

				<p><hi rend="italic:true;">Andrés</hi></p>

				<p> Un óxido verde, como de bronce, se apoderó de mis párpados. Mi cuerpo es una
					lengua muy azul y muy grande. De pronto soy el horizonte en mi cabeza de aire,
					y en mi nariz un dulce olor a gramilla y a campos sembrados. Es casi accidental
					este amanecer junto al cuerpo tibio de quien finge que duerme para hacer el
					despertar más dulce</p>
				<p> En la comisura de los labios se le dibuja, con un movimiento mínimo, el rito de
					la picardía. Los dos sabemos que está despierta y los dos disfrutamos de que no
					esté dormida.</p>
				<p> Dentro de unos minutos despertará con una sonrisa de ojos chiquitos y se
					desperezará con placer. Esperará que busque su boca y me abrazará fuerte, con
					toda la tibieza del sueño entre los dedos, que ensayan caricias mientras termina
					de despertarse.</p>
				<p> El ritual del desayuno es diferente. Se levanta despacio, se acaricia la cola
					como buscando el slip, y arrastra las manos por las caderas hasta la cintura
					para llegar a los pechos desnudos, contorsionados por su desperezo, y terminar
					abrazándose al cuello por un largo momento, hasta que lo suelta rápido y su pelo
					se suelta y se dispersa rápido sobre los hombros, cubriéndole parte de la
					espalda desnuda y marcada por las sábanas.</p>
				<p> Después buscará mi camisa, seguramente tirada en el suelo, de su lado de la
					cama, siendo preferida a cualquier ropa suya. La dejará desabrochada o
					abrochará un solo botón, por pura coquetería; e irá a preparar tostadas y café,
					mientras mordisquea alguna comida salada que haya quedado de la cena.</p>
				<p> Yo me duermo sin querer para que esta vez sea ella quien me despierte con una
					bandeja frugal pero encantadora, y exactamente proporcional a nuestra
					glotonería de enamorados nuevos.</p>
				<p> Se hace difícil terminar el desayuno porque su mirada se pierde en la manteca de
					la tostada mordida, y hay que rescatarla antes de que caiga en algún pozo de la
					memoria, donde inevitablemente la esperará lo trágico.</p>
				<p> Por eso suspendo mi café, para agarrarle con firmeza una muñeca y luego
					acariciarla, mientras soplo sus ojos para abrirme paso entre las pestañas
					larguísimas que están a punto de brillar.</p>
				<p> Tal vez, si pudieras garantizar que detrás de las palabras viene un estímulo
					verdadero. Si estuvieras de pie junto al precipicio y el agua te mojara la
					boca. Si la tormenta que no cesa fuera más verdadera que esta angustia cansada
					de ser y de mí, no cabrían tus pelos dentro de esta copa, que es más chica que
					tu cabeza de azúcar.</p>
				<p> Hay quienes dicen madre y se refieren a una estatuilla blanca, se tapan con
					mantos oscuros y sus pestañas agitan carbonillas suntuosas. Hay hijos de
					panaderas frágiles que vuelan a la deriva, y tribus segregadas, y personas
					disueltas en melodías como sopas instantáneas, y ríos y lobos, y catástrofes, y
					gente de pie que espera la muerte, sin notar que los hijos se les caen de entre
					las piernas.</p>
				<p> Hay muros grandes como castillos, y castillos pequeños como pompas, y todo,
					todo eso dentro de una sola de tus palabras.</p>
				<p> Garabatos y garabatos, como si el aire fuera esponja y hubiera que moverse y
					respirarlo, y correr de la mano de alguien cuesta arriba, trepando entre
					pulmones, como polillas viviendo en la madera, en un vientre universal de
					telgopor quemado. Y el calor, y el olor, asfixiando lo poco respirable que
					quedaba. Y al final del camino, cuando casi se ve la boca de salida, darse
					cuenta que se es de plástico.</p>

				<p><hi rend="italic:true;">Thiara</hi></p>

				<p> Piel de mis piernas. Excitación, goce culposo. Roce de carnes suaves que se
					impone sobre cualquier sensación, aún sobre el dolor. La antagonía está dada
					por mis propias tripas. Haría una bolsa con ellas... es decir, ya mamá hizo una
					bolsa con ellas, pero adentro también estaba yo. Escuchaba el aullido de sus
					órganos comprimidos y sus glándulas estranguladas. Era yo quien se hinchaba
					allí adentro, y podía escuchar sus maldiciones, sus gritos de dolor, sus
					súplicas y suspiros. Era un techo muy bajo, que bajaba cada vez más amenazando
					con aplastarme la cabeza.</p>
				<p> Namur, gorrión de Setiembre. Un príncipe llegó y la poseyó por un instante
					eterno, y por ese instante fue feliz y eternamente desdichada. De la bolsa no
					hubo quien se hiciera cargo. Ya no estaba en el cuerpo pero pesaba más que
					antes.</p>
				<p> Gargajo de mujer, desecho orgánico. Monstruo que crece.</p>
				<p> Ella apenas hablaba, pero yo escuchaba su mirada que me absorbía como una
					ventosa.</p>
				<p> Araña tejedora de redes mortales, crecí como un junco buscando el sol para salir
					del pantano, y soñaba con ser una vara firme y rígida de la que poder hacer un
					buen bastón. Pero nadie hace un bastón con un junco.</p>
				<p> Como dolía en mis orejas el zumbido del viento, agudo y lastimoso. Amenazaba en
					mi garganta con gritos que jamás podría lanzar. Las tormentas se anunciaban
					haciéndome llorar de miedo desde mucho antes. En noches de invierno imaginaba
					una ciudad de murales altísimos, alumbradas por una luna violeta, y a cuyas
					espaldas dormía un sol polar, eternamente generoso y estéril.</p>
				<p> Quisiera incendiar la noche, destruir el universo con una implosión que comience
					en estas tripas, en estos huesos resecos.</p>
				<p> Cada vez soy menos una mujer. Ansío el oscuro aroma de tus axilas, aleteando
					peces rojos en la espesa ausencia.</p>
				<p> Qué difícil es recordarte. Ya no sé en qué momento ni por qué te fuiste. Sé que
					nos amábamos distraídamente, noche a noche, cuando todavía el amor era algo más
					cálido que los pies desnudos sobre la cerámica helada. Y la urticante frazada,
					siempre corta, siempre escasa como el amor mismo. Cuánto más desnuda me he
					sentido a veces después de hacer el amor, cuánto más sola</p>
				<p> Lagarto entregado, durmiendo entre mis piernas de zorra rapada. De rata
					arrinconada, garra de gorila, mono-tonta. Rasgarme la blusa y arañarme los
					pechos para que beses mi sangre hasta vaciarme. Entregarte mis colores, quemar
					mis trapos y ser toda piel, todo cuerpo que se bate en tomo a tu presencia, esa
					imborrable forma de estar que se extiende hasta después del recuerdo,
					atravesando la memoria de todo lo que respira a tu alrededor.</p>
				<p> Supe encerrarte en un espejo. Paralizar tus manos para siempre para que no
					toques otros cuerpos. Pero de esta manera tampoco yo te tengo. Te he buscado en
					el cristal inútilmente. Estarás abrazada a alguna estatua de acero.</p>
				<p> A través y a pesar de la carne, y ahora lo estoy pagando con mi cuerpo. No
					conoceré a ningún hombre hasta que te haya traído de vuelta a este lado del
					espejo. A veces me parece escuchar tu queja tras los hilos de plata. Una queja
					metálica, como un campanilleo vital que atraviesa por un momento tu cárcel de
					vidrio. Pero sabes que es inútil, y por eso cuando quiero contestar tu mensaje
					el vidrio se empaña para no dejar pasar mi imagen, para que ni siquiera puedas
					verme. Es sólo en esos momentos, porque el resto del tiempo se que me vigilas y
					me odias desde allí. A veces cuando me toco desnuda frente al espejo, siento tu
					mirada fría incrustrarse entre mis pelos, y eso me produce escalofríos, como una
					mezcla de placer y temor. ¿Pero qué puedo hacer? En las palmas gastadas de mis
					manos, las arrugas vetean la textura de los poros, como surcos trazados por las
					uñas del aire, las peores, omnipresentes uñas del tiempo.</p>

				<p><hi rend="italic:true;">Lady Thiara</hi></p>

				<p> Están afuera, golpean el vidrio de la ventana con sus duras cabecitas. Me han
					estado devorando y ahora son mi sangre. Nada puedo hacer contra ellos. El dice
					que soy yo la poseída, pero está loco y miente. No quiere que me agite. Dice que
					no tengo alas y que si salto me mataré. No le preocupa. Soy su estandarte y
					puede enarbolarme mejor muerta que viva. Aunque creo que le da lo mismo, me
					desprecia, y yo a él. Lo ignora todo. Yo siento crecer mis alas cada día. Siento
					el dolor en mis espaldas y un poco de placer que se extingue lentamente. Es una
					sensación deliciosa que él nunca conocerá. Capón de capa caída, se ha
					desheredado de la vida para necesitarme, pero sigue vivo y se está dando cuenta
					de que no me necesita, aunque sin mi no tendrá alas.</p>
				<p> ¡Siguen golpeando el vidrio! ¡Me aterrorizan! ¡Dejenmé en paz! ¡Monstruos
					repugnantes! ¡No dejaré que entren, malditos! ¡Blandiré mi bastón y los moleré a
					golpes!</p>
				<p> Atacan por grupos. Por las noches, cuando él duerme a mi lado los veo aletear,
					como ahora, y llamarme. Quieren que sea su reina. Me adoran. Rondan en ronda,
					vuela que te vuela. Juegan como palomas negras con los ojitos encendidos. Pero
					no ha llegado el momento. No seré su novia todavía. Debo destruir el castillo
					primero. Voy a incendiar las torres principales para que todos sepan que la
					descastada será reina. Para que aprendan cuál es la verdadera estirpe. Los
					maldeciré con mi último grito antes de ser eterna. Los haré llorar de miedo y
					llamarán a sus madres dentro de las torres ennegrecidas por el humo. Toserán y
					se revolcarán por el suelo. ¡Y él será el primero! Destruiré su arrogancia.
					Acabaré para siempre con su aire de suficiencia. No será nada sin mi.</p>
				<p> ¡Pero basta! ¡Dejen de golpear ese vidrio! ¡Dejen de estarme encima! ¡Yo
					decidiré cuando haya llegado el momento!</p>
				<p> La cara se me está poniendo cada vez más hermosa. Dentro de poco seré una
					niña.</p>
				<p> La dulce Thiara del campanario. La niña de las trenzas negras.</p>

				<p><hi rend="italic:true;">Thiara</hi></p>

				<p> Grandes conciertos cerebrales. Los enanos de la mente, parados sobre sus
					umbrales, se desgañitan a gritos. No estamos contentos. Las lentes son oscuras y
					ya casi no se ve. No podemos desnudarnos. Estamos en algunos lugares del cuerpo
					y no en todos. Nos pinchan las miradas del afuera. Nos meten dentro del balde y
					nos traspasan con trapos sucios para limpiarlos con nuestros poros. Somos los
					filtros del loco. Somos el brillo de la luz que no encendió.</p>
				<p> El deseo nos pisa los talones, ya no corre adelante. Nos sigue como
					desafiándonos a que sigamos el camino sin él, a que le mostremos qué somos
					capaces de hacer.</p>
				<p> ¿Qué nos queda? Los perros saltarán enfurecidos tratando de morder los trapos y
					los destrozarán como a un pedazo de jabalí. Los cuerpos se entierran en la
					polvareda que levantan los perros y nos llenan el balde de baba y asco.</p>
				<p> Sólo nos puede salvar la alcantarilla con su promesa de mundos subterráneos,
					donde las ratas nos mirarán pasar, corriendo hacia el río lleno de huesos.</p>
				<p> Frenadas que rebanan el suelo. La de-función debe continuar. Uno, dos, tres, las
					marcas rítmicas determinan. Adelante y atrás. Las marcas monotonizan. Separemos
					las lenguas, mi amor, y nos daremos cuenta de que no es posible, porque tenemos
					una sola. Cuatro manos veinte dedos, diez normales y otros no. Las retroletras
					me lastiman la boca. Las lenguas del fuego.</p>
				<p> Digo que si tienen lenguas deberían hablarme. Quisieras poder ganarme.
					Entendido. No te daré oportunidad</p>
				<p> Yo no voy a incendiar ningún castillo Lady Thiara. He descubierto en la memoria
					de papá más cosas que las que había en sus labios. Ahora me doy cuenta de que
					no supe escucharlo. Me dolían sus palabras cuando hablaba de vos. Se ponía rojo
					y malo como un cura irlandés. Pero era más que eso. El Merlín de los
					Hamilton.</p>
				<p> Guardó tu bastón hundido entre sus carnes como un Excalibur sagrado, para
					reflotarlo justo al filo del ahogo, en la bruma espumosa de su espejo de agua,
					retina azul, como un cielo que llora.</p>
				<p> Es una muerte que sea demasiado tarde. Es una suerte.</p>
				<p> Es una lástima que sea demasiado muerte.</p>
				<p> Estoy podrido de cartílagos y lloros, bastones y besos temblequeantes,
					salivados de salva. Arropados con mantas enlechadas, como patriotas
					conquistando desiertos.</p>
				<p> Basta de putas malas. Basta de bestias insolventes. Me enredo la lengua como
					siempre, soy una mancha de tinta que se expande entre los dientes, debajo de la
					lengua.</p>
				<p> ¡Al carajo con las lagañas! Me lo tengo bien ganado. No quiero saber nada de
					todo esto. Si me quedo me quedo. Pero si me voy no volveré con los
					coleccionistas de ceremonias. Mitad simios, mitad serpientes. Haciendo lo bueno
					y lo malo. Lo que nos hace dudar y durar. La meta es salvarse, así de
					miserable.</p>
				<p> Acumulando saber se pueden economizar palabras, pero se gastan pensamientos.
					¿Cómo será posible ahorrar pensamientos? ¡Son tan costosos al alma de este
					cuerpo! La he perdido. Perdí una hoja en el otoño. Una mínima cosa entre tantas
					otras grandes e importantes</p>
				<p> Perdedora entre perdedores, me adiestraron para eso. Y lo hago mejor que nadie.
					Hasta tengo estilo para perder.</p>
				<p> No me enorgullezco, pero algo es algo entre tanta consagración de santos y malos
					curas, y vírgenes profesionales.</p>
				<p> Soy yo quien necesita las leyes. Soy la majestuosa culpa.</p>
				<p> Los reversos sólo se ven al filo del biselado. Si no se está estratégica o
					casualmente allí, sólo una de las partes se nos hacé visibles.</p>
				<p> Ganarte de manos, ¡eso es! Robarte el reflejo y el brillo. Condenarte a vos y a
					ningún hombre a la cárcel de cristal. Lejos de las llamas, fuera de la órbita de
					los cuerpos que al frotar el vacío te alimentan de energía. Dejarte sin
					alimento, sin eternidad. Devolverte la muerte que me regalaste al parir.</p>
				<p> Mejillas de porcelana. Cara de muñeca blanca. Tus muñecos y mis máscaras
					enfrentándose para siempre. ¡Te ganamos! ¡No lo quieres admitir! Pero ahora que
					lo he descubierto tu poder se extingue segundo a segundo. Te quemarás sola.</p>
				<p> Quedará un poco de cartón piedra carbonizado, mezclado con la tierra del
					jardín, que la lluvia lavará para siempre de nuestras frentes.</p>

				<p><hi rend="italic:true;">Thiara, Andrés</hi></p>

				<p> Las caras. Me dan miedo las caras que pasan a mi lado. Son gente que no tiene
					cara. Nunca se sabe lo que sienten... ¡porque no sienten! Se les arruga la
					frente, pero sólo frente tienen. Toda la cara es una frente que se estira hasta
					el cuello. Y a veces tienen más de una,cabeza. Tienen una sombra al lado que es
					como una cabeza negra, de contorno brilloso, casi fosforescente.</p>
				<p> Van por la calle, se sientan en los bares, en los colectivos, en todas partes, y
					zumban o ronronean, con las cabezas bajas y los hombros apretando el cuello...
					Los que tienen cuello, porque a algunos les sale la cabeza de los hombros, así.
					Y a veces se agitan y mueven los brazos, que son muy cortos, como la mitad de
					mis brazos, y terminan en muñones gordos como codos. Y gritan, pero sus gritos
					tampoco son humanos, son chillidos como de ratas y como aullidos de lobos.</p>
				<p> A veces, los que están en los bares hacen un ademán como de llevar algo a la
					boca, ¡pero no tienen boca! Y se tiran líquidos en la cara y siguen zumbando o
					aullando como si nada hubiera pasado</p>
				<p> Con la comida hacen lo mismo. Se sientan en la barra y con sus muñones apretan
					un sandwich contra esa especie de cara que tienen, y apretan y apretan hasta que
					el sandwich se deshace o desaparece.</p>
				<p> También ellos desaparecen tras puertas que no existen, o se estrellan contra un
					vidrio y se diluyen en el piso como un plasma muy líquido y muy espeso.</p>
				<p> Son asquerosos, a veces quieren tocarme. Todo el tiempo me zumban en el oído, y
					a veces se me ponen delante amenazando con no dejarme pasar. Entonces quiero
					gritar y matarlos a patadas, pero no puedo por que me dan asco y no podría
					tocarlos ni con la punta del zapato...</p>
				<p> —¿Qué te pasa, Thiara? Dame la mano, mi amor...</p>
				<p> —...No tienen ropa. Cuando se desnudan se sacan la piel, que es como de latex,
					y se quedan con la carne al aire. Las venas azules les cuelgan y se mueven como
					muñecos, cuando llega la noche se empiezan a mover como muñecos, como robots...
					y se acuestan en camas sin sábanas, con el colchón que les roza la carne... No
					sueñan, no duermen, se quedan ahí, como muertos... pero se mueven, o más bien
					tiemblan, con movimientos mecánicos, y no se levantan, una vez que se acuestan
					no se levantan más, por eso nunca se acuestan. Caminan por la calle, toda la
					noche, con esos movimientos de miedo, y todo está oscuro, y no se ven, por eso
					se chocan y se desgarran contra las paredes... A veces camino de noche y miro el
					piso para no verlos, pero de pronto me encuentro con los pies de uno que está a
					punto de chocarme, y grito, y lo esquivo, y corro y me corre, pero por suerte
					en seguida se cae y se desangra en un charco repugnante y gomoso, donde otros
					patinan y también caen y se deshacen. Y yo grito de asco y de miedo, pero nadie
					me puede ayudar porque todos son iguales, y cuando grito es peor porque vienen
					otros, y apenas puedo esquivarlos, y se caen y siempre alguno consigue tocarme y
					me dejan ese olor asqueroso y la piel pagajosa, y no me puedo lavar con nada.
					El olor me dura días y cuando se me va me vuelve a pasar lo mismo... Ya no puedo
					salir a la calle, pero tampoco en casa estoy segura, porque los veo por la
					ventana y ellos saben que los miro y hacen como que no saben y siguen caminando
					o se que dan parados simulando que esperan a otro y le dan algo que tienen en
					las manos...</p>
				<p> —¿Qué estás diciendo. Thiara? ¿Qué te pasa? Tranquilizate, por favor...</p>
				<p> —... ¡No tienen manos! ¡Ya te dije que no tienen manos! ¡Soltáme, asqueroso!
					¡Hijo de puta, soltáme!</p>
				<p> —¡Basta, por favor! Tranquilizate...</p>
				<p> —¡...Soltáme!!!</p>
				<p> —¡No, no te voy a soltar! ¡Yo soy igual que vos, mirame! Mi amor no te
					vayas!</p>
				<p> Thiara había conseguido soltarse una mano y le había marcado las uñas en toda la
					cara. Andrés no quería pegarle pero Thiara no dudaba y comenzó a patearlo.
					Finalmente Andrés no pudo más y la soltó.</p>
				<p> Thiara no le dio tiempo a reaccionar. Cuando lo hizo ella ya estaba en la
					calle.</p>
				<p> Desde el suelo la vio cruzar de un salto la ventana y correr hasta el coche con
					la cartera en la mano. Estaba casi desnuda. La gente en la vereda no prestaba
					atención a los gritos de Andrés. Miraban a Thiara sin necesidad de entender,
					conformándose con presenciar el magnífico espectáculo que les ofrecía esa mujer
					corriendo casi desnuda por la calle y en pleno día. La censuraban y la deseaban.
					Hombres y mujeres por igual, querían violarla, matarla y conservarla para sí.
					Querian lastimarla, pero nadie se atrevió a mover un dedo. Esperaban que
					surgiera dios de alguna parte y les dijera: ¡Es para ustedes, mis perros fieles,
					Devórenla!</p>
				<p> Cuando Andrés llegó al coche Thiara arrancó a toda velocidad y él apenas pudo
					agarrarse de la puerta.</p>
				<p> Thiara aceleró más y Andrés quedó colgando de la puerta durante más de una
					cuadra. El coche dobló sin aminorar la velocidad y se deslizó hasta el cordón.
					Andrés salió despedido y se estrelló contra la reja de un jardín. Thiara no se
					detuvo, ni siquiera intentó cerrar la puerta, ni siquiera aminoró la marcha
					antes de cruzar la primera bocacalle, ni la segunda, ni ninguna otra, hasta que
					vio delante suyo a uno de los monstruos sin cara, agitando sus bracitos
					temblequeantes antes de ser atropellado.</p>
				<p> Thiara sintió sus pies abrigados por las botitas de piel de conejo que le
					regalara papá, y quiso correr hasta la casa, donde la esperaba para abrazarla y
					decirle a Andrés que atara a los perros. Corrió acariciando el suelo con las
					botitas, apretando el acelerador para que el motor gruñera como los perros, y
					se escuchara de nuevo el grito de papá, y Andrés obedeciera y detuviera el coche
					antes de llegar a la esquina, para que ella bajara un momento a mirar la
					oscuridad del bosque, el agua donde sus botitas se arruinaron y que ahora le
					manchaba el tapado de un color rojo sucio.</p>
				<p> Subió al coche, un poco más tranquila, y le dijo a Andrés que ya no volvería al
					bosque y que tampoco él debería ir. Después de todo era apenas un niño y tenía
					que cuidarlo de esas cosas, como él la cuidaba de los perros. En el siguiente
					semáforo se detuvo y lo miró dormir en el asiento. Siempre se dormía en los
					viajes largos. Lo cubrió con su tapado, y mientras esperaba la luz verde, se
					juró que esa misma noche le diría a papá que ya era hora de que Andrés usara
					pantalones largos. Ya tenía pelitos en las piernas y además estaba empezando a
					hacer frío.</p>
			</div>
			
			<div type="prose" subtype="cuento">
				<head> Moritat</head>
				<byline> <persName ref="#luis_gusman">Luis Gusmán</persName></byline>
				<p> Era el día de su cumpleaños. Cumplía quince. No era una señorita y sin embargo
					se lo festejaban. Porque había discos. En esa casa siempre había discos para
					escuchar. Había más discos que comida. Y si había música se podía bailar.</p>
				<p> Los muchachos habían llegado temprano. Chicas, había una sola. La única que en
					el barrio tenía zapatillas blancas. Blancas de basquet. De basquet para bailar
					el rock. Y colita de caballo con una cinta violeta para sostenerla. Le regaló un
					pañuelo que aún conservaba. Y si regalan un pañuelo hay que devolver una moneda
					para evitar la mala suerte. Y en la casa no había una sola moneda. Ni siquiera
					antigua. Tenía que esperar hasta la noche en que volvía la madre. La abuela
					había invertido los ahorros en una naranjada amarillenta y en unos pebetes
					marrones con bondiola adentro. Le dijo: “Prefiero otro fiambre, la bondiola es
					el jamón de los pobres.” Tuvo que pedir una moneda prestada a uno de sus amigos.
					Se la prestaron porque era el día de su cumpleaños y por esa vez pudo evitar la
					mala suerte.</p>
				<p> Con su hermano quitaron los excrementos del patio. Para que luciera. También
					retiraron la vaca y la llevaron al potrero. Tuvo que convencerlo de que la
					traería de vuelta, pero él desconfiaba y se quedó sentado al lado de ella hasta
					que terminó la fiesta.</p>
				<p> Se llamaba Elena y decían que era una varonera. Pero para él era una baronesa y
					en sus pensamientos la llamaba Helen porque pensaba que pronunciar su nombre en
					otro idioma le confería misterio y delicadeza.</p>
				<p> El no quería que Helen llegara a los interiores. Tocaban Moritat, y sus ojos, a
					pesar de las zapatillas blancas, eran un paisaje desolado. Era enero y no había
					promesa de lluvia. Entonces no era necesario pasar a las piezas. A las paredes
					descascaradas, a las colchas de retazos. Al baño que era una mancha ciega. No un
					tocador donde ella pudiera mirarse. Porque no había ducha, ni espejo en la
					pared. Sin embargo, la toalla estaba limpia y había jabón pero no papel
					higiénico. Ni papel de seda, ni celofán. Aunque había conseguido unas hojas
					blancas de las que se usan en las oficinas públicas.</p>
				<p> El lujo estaba en la pieza de mamá. Ahí estaban los perfumes y los libros. El
					licor de naranja y el anís. Las vitrinas con las copas. Las muñecas y las fotos.
					Y sobre la cómoda, las cremas y los cisnes. También un espejo con marco dorado
					en el que la madre había dejado su regalo: sus labios rojos en uno de los
					ángulos. Pero no fue ese el camino que Helen eligió, porque quería seguir
					escuchando Moritat. Caminó hasta esa pieza transformada en cocina. El puso su
					cuerpo delante de la puerta para impedir que ella entrara. Helen le dijo: “Cada
					vez más alto”. El siempre interponía algo entre los dos. Por las tardes, las
					frases de los libros que leía. Porque tenía sus lecturas, provenientes de una
					colección que el padre traía de la imprenta. En ellas se mezclaban la fe y el
					erotismo. Su <hi rend="italic:true;">Sinfonía pastoral</hi> : “Yo hubiese
					querido llorar pero tenía mi corazón más seco que el desierto.” Frases traídas
					de la eternidad. Las pronunciaba con convicción, como si fueran propias.</p>
				<p> Elena quería entrar para saludar a la abuela. La única que en la familia
					sostenía la decadencia con una prestancia que seguía conservando a través de los
					años y que no había perdido en empeños y mudanzas. Pudo ver como la abuela la
					saludaba naturalmente a pesar de las zapatillas blancas y la cinta violeta.
					Porque la abuela ejercía cierta autoridad. Porque había visto el cometa y el
					águila de Newbery antes de perderse en las montañas. Porque alguna vez había
					visto un príncipe, un príncipe de Gales.</p>
				<p> El tocadiscos repetía Moritat, y entonces se acercó y tuvo tan cerca sus
					cabellos que sus ojos se perdieron en la cinta violeta. Ella se dio vuelta y lo
					miró. Tenía los ojos de Moritat. Y se dio cuenta que el regalo había abandonado
					el dorado del espejo, y eran otros los labios que por primera vez se abrían para
					él. Por ser muy alto, al acercarse su cabeza golpeó contra la bombita de la luz.
					Apenas la rozó, un aluvión de moscas brotó del cable. Eran muchas, una nube
					oscura que avanzaba sobre la naranjada amarillenta, sobre la ropa de Moritat. La
					empujó hacia afuera para evitarle esa tormenta que venía del cielo. La música se
					dejó de oir y él sintió el zumbido y la furia de esas moscas sobre su cabeza.
					Puso el cuerpo para que se lo devoraran, para que nada pudiera alcanzarla. Ella
					salió. Primero muy lentamente, después apresurando el paso hasta cruzar el
					patio; atravesó la puerta y no la vio más porque se quedó clavado ahí donde el
					patio se volvía de tierra.</p>
				<p> Nunca más se animó a hablarle, y cuando la veía inclinaba la cabeza porque le
					parecía que desde ese día llevaba las moscas con él y que cada vez que se le
					acercara ella vería revoloteando a su alrededor esa aureola bastarda. Y el ruido
					y la furia de esas alas sólo podía engendrar desgracia. De esos quince años sólo
					recordaba una frase: “Cada vez más alto”. Fueron sus últimas palabras por mucho
					tiempo.</p>
				<p> Con los años fue siendo cada vez más alto. Tenía la ilusión de que a esa altura
					nadie pudiera ver las moscas. Ahora era muy raro que viera a Elena que estaba
					por casarse. La veía pasar en un auto junto a su novio, un carnicero de muchos
					anillos en las manos.</p>
				<p> Ser cada vez más alto lo llevó a jugar al basquet, deporte que practicó sin
					entusiasmo pero con cierta obstinación. Con los años había olvidado las moscas.
					Las moscas se fueron reduciendo a los sábados por la tarde, cuando con el tío
					cruzaba a la isla en busca de una prostituta. Después, durante la semana
					observaba su organismo de manera meticulosa esperando alguna alteración, buscaba
					en la orina la señal de un mal que nunca llegaba. Tenía la certeza de que si
					alguna vez se venereaba, por esa prueba iba a volver a conocer el amor.</p>
				<p> Por ese año, Elena se casó. Fue ese año, lo supo, porque la pared del club
					estaba pintada con figuras chinas. El carnaval era en Pekín. Las escudillas de
					arroz, los párpados oblicuos, los ojos reducidos a líneas. Cada carnaval las
					paredes iban cambiando de paisaje. Ese año, como muchos anteriores, miraba el
					nuevo decorado. Lo aguardaba un carnaval tejano. Se imaginó como artista de
					rodeo, un sombrero de alas anchas, un vaquero salido de las novelas de <hi
						rend="italic:true;">Bisonte</hi> . Recordaba haber sido cosaco, gitano,
					cangaceiro, hasta esquimal. En el trópico y en la nieve esperó mucho tiempo.</p>
				<p> Se aproximaba el verano y oscurecía más tarde, era lindo mirar el cielo y
					arrojar la pelota al aire pensando que subía tan alta que nunca iba a volver.
					Era lindo regresar caminando a casa con la cabeza despejada, después de haber
					sido abandonado por el peso de las moscas. Pensaba en otro destino, quizás dios
					lo había liberado de la prueba de la sangre.</p>
				<p> Esa noche la recordaba especialmente feliz, porque ya estaba cargada de
					presagios o porque lo que le contaron le hizo pensar los hechos de manera
					diferente. Fue esa noche, la que le dijeron que Elena se había separado. Fue ahí
					que pensó otra vez en Helen. Era Helen la que se había separado y Elena la que
					se había casado con el carnicero que cargaba sus manos de oro para disimular el
					olor de la carne.</p>
				<p> Hacía tiempo que las moscas lo habían abandonado, y cada día esperaba ese baile
					de carnaval porque tenía la secreta esperanza de poder ver a Helen. Frente al
					espejo, se probaba el sombrero tejano, lustraba el níquel de los revólveres,
					cepillaba las botas y untaba con grasa una soga hasta hacerla brillar.</p>
				<p> La primera noche del baile se encontró con Elena. Ella no lucía ningún disfraz.
					Aún conservaba su belleza pero parecía salir de una lenta agonía. Pensó que
					podía reconocerlo por la estatura, pero no obstante conservó el privilegio que
					le daba el antifaz de contemplarla a su gusto. Nadie la sacaba a bailar. Quizás
					todos conocían su secreto. O tal vez era un acto de piedad que los otros le
					otorgaban.</p>
				<p> Pensó que ya no podía esperar. Atravesó la pista y se encaminó hacia ella. La
					invitó a bailar. Entonces se quitó el antifaz y le sonrió. Elena, le dijo: “Te
					reconocí por la estatura". El permaneció callado, no sabía que responderle.
					Pensó que nunca podría decir, como ella, una frase tan simple. Había esperado
					tantos años que lo único que atinó a decirle fue:</p>
				<p> —¿Te acordás de las moscas?</p>
				<p> Por primera vez después de tantos años, le pareció, realmente, dejar de oír ese
					zumbido sobre su cabeza. Se sentía otro hombre. La furia de esas alas lo había
					abandonado.</p>
				<p> —Sí, me acuerdo de las moscas, dijo Elena. De las moscas y de los quince.
					Pasaron otros quince antes de que volvieras a hablarme. Al principio no me di
					cuenta de que por eso te alejaste. Cuando lo entendí era demasiado tarde. Pero
					yo no corrí por las moscas, sino para que me protegieras en tus brazos. Eras tan
					alto. Yo te veía tan alto.</p>
				<p> Bailaron durante el resto de la noche y él no le pudo decir una palabra. Había
					papel picado sobre su pelo, ninguna cinta sostenía su cabello, los claritos
					habían reemplazado la colita de caballo. Estaba con su familia y a cierta hora
					se retiró del baile. Después que Elena se fue, se sentó a una mesa y comenzó a
					tomar hasta quedarse dormido. Su hermano lo despertó cuando amanecía. Sostenido
					por él regresaron a la casa. Entonces todavía cantaba, porque pensaba que
					volvería a verla.</p>
				<p> La noche siguiente Elena no volvió, y pasó ese carnaval tejano. En un momento,
					un poco borracho pensó en colgarse en la cancha de basquet con la soga de
					artista de rodeo. Fue un año más triste que los anteriores. Ahora no lo
					acompañaba ni el zumbido de las moscas, ni tenía sobre su cabeza ese destino
					marcado por alas fatídicas. Fue extraño que siendo, un hombre sufriera en sueños
					las penurias de Lady Macbeth. Ya no esperaba ningún perdón.</p>
				<p> Cuando en el cielo del club aparecieron las primeras bombitas, labios y ojos
					pintados, empezó a esperar el paisaje de ese año. Sospechó algo oriental por los
					dibujos que insinuaban templos y pagodas. Se sentía desnudo con su ropa de
					basquet ante esas figuras voluminosas cubiertas de finas sedas que empezaban a
					surgir de las sombras. Valerosos samurais agitando espadas en el aire. Era un
					paisaje japonés.</p>
				<p> En la soledad del vestuario se escuchó decir: “No, eso sí que no". Y lo repitió
					mientras regresaba a su casa: “No, eso si que no. Nunca me vestiré de japonés”.
					Quería conservar su dignidad, imitar el honor de esos guerreros porque su
					suicidio de amor, su harakiri, se había transformado en un acto obsceno donde el
					rito visceral se convertía en vicio solitario. “No, eso si que no, aunque las
					moscas vuelvan a vo. lar sobre mi cabeza”.</p>
				<p> Las dos primeras noches de carnaval las pasó entre moscas y caballos. En medio
					de ese paisaje, repetía una y otra vez: “No, eso sí que no”. Sin embargo, la
					última noche no pudo dejar de ir al baile. Uno de sus amigos le prestó un
					disfraz de campesino japonés. La secreta esperanza de verla compensaba la
					humillación que sentía. Cuando entró en el baile, tocaban Moritat. La buscó con
					los ojos pero no estaba. Creyendo confortarlo sus amigos le dijeron: “Hasta
					anoche te estuvo esperando”.</p>
				<p> Comenzó a caminar hacia la salida. Sus pasos eran silenciosos como los de un
					sacerdote oriental. Casi al llegar a la puerta pudo oír que un chico le decía a
					una mujer que parecía ser su madre: “Nunca vi un japonés tan alto”.</p>
			</div>
			
			<div type="text" subtype="teoría">
				<head> Cine y literatura</head>
				<head> Libro y cine</head>
				<byline> <persName ref="#duras">Marguerite Duras</persName></byline>
				<note> ( <hi rend="italic:true;">Traducción</hi>: <persName ref="#beatriz_castillo">Beatriz Castillo</persName>)</note>
				<p> Una noche, en el Havre, antes de la guerra, dos mujeres asistían a una sesión de
					cine en una sala de barrio. En esta época una sesión de cine comprendía
					actualidades y un film. ¿No habían ido estas dos mujeres jamás al cine antes de
					esta noche? ¿O habían ido siempre de “esta manera”? El testigo de la cosa no lo
					sabía. El hecho es que estas dos mujeres que ignoraban la existencia de las <hi
						rend="italic:true;">actualidades</hi> han visto esa noche un film en el cual
					el primer episodio se desarrollaba antes del entreacto. ¿Las decepcionó esta
					velada? En absoluto. El testigo (ubicado detrás de ellas) cuenta que después de
					cierta vacilación, de un montón de hipótesis diversas, de <hi
						rend="italic:true;">razonamientos</hi> , pudieron integrar perfectamente las
					actualidades al relato del film. Esto no les llevó demasiado tiempo. Bastante
					rápidamente decidieron el contenido del film, de <hi rend="italic:true;">su</hi>
					film. En éste, entre otras peripecias, los personajes asistían a un partido de
					fútbol —¿por qué no?— y mientras lo hacían, el jefe del gobierno inauguraba, en
					alguna otra parte, un puente, mientras que en otro lugar se desarrollaba un
					temblor de tierra, etc. Después que se hubo diluido en una conjetura cotidiana,
					familiar, la narración principal retomó su curso hasta el fin de la sesión.</p>
				<p> Es verdad que estos espectadores —en este aspecto creadores— no existen más. La
					sintaxis del cine no tiene que ser ya enseñada. Un niño de siete años sabe leer
					un film a través de su montaje. Pero lo que aún puede decirse a propósito de
					esto es que es en el lugar del espectador que se hace el cine. El libro supone
					un <hi rend="italic:true;">acceso</hi> a él, el film no. Una <hi
						rend="italic:true;">práctica</hi> es suficiente para volverse espectador de
					films.</p>
				<p> Es allí donde reside la diferencia esencial entre el cine y el resto. En el
					número —la mayor cantidad— por consiguiente la más salvaje.</p>
				<p> Usted sale de su casa una mañana, el cielo está azul, hay sol. Usted recibe ese
					shock del cielo azul y del sol desde que franquea el umbral de su casa. En
					alguna parte en usted, en su organismo físico o mental, la cosa se traduce con
					la fulgurancia de la sensación por: “El cielo azul esta mañana, sol”. Más tarde,
					cuando esta fulgurancia sea recubierta por el tiempo pasado, si usted quiere
					asegurarse, decírselo a otro, lo <hi rend="italic:true;">traducirá</hi> en una
					frase, ya sea oral o escrita, frase que explicitará en qué circunstancias una
					bella mañana, saliendo de su casa, fue impresionado por el cielo azul, el sol.
					Es éste, sin ninguna duda, el destino más habitual que correrá el suceso vivido
					por usted. Pero hay otros, miles, el poema por ejemplo o el cine.</p>
				<p> De todos los modos de decir, el cine será sin duda el último porque se presenta
					como el más inaccesible —por el hecho de la técnica— y el más <hi
						rend="italic:true;">separado</hi> del acontecimiento. Pero de hecho, al
					contrario, es el medio más apto para recrear el acontecimiento ocurrido: “El
					cielo azul esta mañana, sol” y para transmitirlo al mayor número. Cuatro
					palabras, dos imágenes articuladas entre ellas por una sintaxis muda, invisible,
					muy próxima a coincidir, en un no-dicho, con la sensación original. Ese mayor
					número ¿quién es? ¿De dónde viene?</p>
				<p> El trabajo de un cineasta en un film —no hablemos de la dificultad, del frenado
					de este trabajo por el aparato técnico— se sitúa en un <hi rend="italic:true;"
						>lugar</hi> diferente que el del escritor respecto a un libro. Antes de
					lograr el film, el cineasta pasa por un libro en el cual la escritura no tendrá
					lugar sino como valor de escrito en cuanto a su ubicación en la cadena creadora.
					Pasa por encima este libro y se reencuentra en el lugar de su <hi
						rend="italic:true;">lectura</hi> , justamente aquella del espectador. Mire
					bien ciertos films: se leen, la trama de lo escrito se lee allí. El estudio de
					la escritura ocultada, conscientemente o no, se ve, su lugar, su pasaje se ven.
					(No estamos hablando por cierto de un cine comercial hecho de recetas de cocina
					y que se sitúa en las antípodas de toda escritura).</p>
				<p> En este lugar de su creación, el lugar del cineasta se encuentra en el polo
					opuesto del escritor en relación a su libro. ¿Puede decirse que en el cine se
					escribe al revés? Podría decirse algo así, me parece. Es justamente en el lugar
					del espectador que el cineasta <hi rend="italic:true;">ve</hi> , lee su film,
					mientras que el escritor se sostendrá en una oscuridad que ninguna lectura puede
					leer, indescifrable aun para aquel que va a abordarlo. Es después de esta
					oscuridad que se encuentra el cineasta. Hacer cine cuando se han escrito libros,
					es cambiar de lugar en relación a lo que va a hacerse. Estoy delante de un libro
					a hacer. Estoy detrás de un film a hacer. ¿Por qué? ¿Por qué se experimenta la
					necesidad de cambiar de lugar, abandonar aquello en que se sostenía? Porque
					hacer un film, es pasar a un acto de destrucción del creador del libro, del
					escritor, precisamente, es anularlo.</p>
				<p> Ya se trate del autor de un libro “hueco” o de un libro “pleno”, el escritor
					será destruido por el film. El escritor que está en cada cineasta y el escritor
					a secas. Por lo menos se habrá expresado. Pero la ruina en que se transforma
					será el film. Su “dicho” será esta materia lisa, el camino de las imágenes.</p>
				<p> Entre alguien que no ha escrito jamás y un escritor, hay menos distancia que
					entre un escritor y un cineasta. Aquel que no ha escrito y el cineasta no han
					mellado lo que yo llamo “la sombra interna” que cada uno lleva en sí y que no
					puede salir, fluir hacia afuera más que por el lenguaje. El escritor la ha
					desgarrado. Ha desgarrado la integridad de la “sombra interna”: el silencio
					esencial común, ha operado la irreductibilidad de este silencio. Y todo acto que
					frene esta irreductibilidad, por ejemplo el cine, hace regresar la palabra
					escrita. No es verdad que el cine diga tanto lo escrito como el lenguaje
					escrito. El cine hace remontar la palabra escrita hacia su silencio original.
					Una vez que la palabra es destruida, no vuelve a ninguna parte, en ningún
					escrito. Y en el cineasta, es el pliegue mismo de su destrucción lo que se
					transformará en una experiencia creadora.</p>
				<p> Es sobre esta derrota de lo escrito que —para mí— se construye el cine. Es en
					esta masacre que reside su atracción esencial y determinante. Porque esta
					masacre es justamente el puente que le conduce a usted al lugar mismo de toda
					lectura. Y aun más lejos: al lugar mismo del sufrimiento a secas que supone toda
					existencia vivida en la sociedad actual. Se puede decir esto de otra manera: que
					la opción cuasi universal de la juventud por el cine es una opción —conciente o
					intuitiva— de orden político. Que querer hacer cine es precisamente querer ir
					directamente hacia el lugar de su sufrimiento; el espectador. Y esto eludiendo,
					destruyendo, el estadio siempre privilegiado— de lo escrito.</p>
				<p> Hablo a lo escrito. Hablo también de lo escrito aún cuando parezco hablar de
					cine. No sé hablar de otra cosa. Cuando hago cine, escribo, escribo sobre la
					imagen, sobre aquello que debería representar, sobre mis dudas en cuanto a su
					naturaleza. Escribo sobre el sentido que aquella debería tener. La elección de
					la imagen que hago luego es una consecuencia de este escrito. Lo escrito del
					film para mí— es el cine. En principio un escrito (script) está hecho para un
					“después”. Un texto, no. Aquí, en cuanto a mí, es lo contrario.</p>
				<p> Quiero lograr una imagen comodín, indefinidamente superponible a una serie de
					textos, imagen que no tendría en sí misma ningún sentido, que no sería bella ni
					fea, que no tomaría su sentido más que del texto que pasa sobre ella. Ya con la
					imagen de <hi rend="italic:true;">Aurelia Steiner Vancouver</hi> no estoy muy
					lejos de la imagen ideal, aquella que sea suficientemente neutra —seamos serios—
					para evitar la pena de hacer una nueva. Aquellos que hacen kilómetros de
					imágenes son originales y ¿lo ha observado usted? no llegan a nada generalmente. Con el film negro habré pues llegado a la imagen ideal, a aquella del
					asesinato confesado del cine. Esto es lo que creo haber descubierto en el último
					tiempo en mi trabajo.</p>
				<p> Si no reencuentro el texto tal como sobrevino en la página, la voz escrita,
					recomienzo. He recomenzado la <hi rend="italic:true;">Noche</hi> cuatro veces.
					Con <hi rend="italic:true;">El Camión</hi> y <hi rend="italic:true;"
						>Aurelia</hi> he encontrado enseguida el primer camino de la voz. Ve usted,
					no busco simplemente profundizar el sentido del texto cuando lo leo, no, no
					absolutamente, nada parecido, lo que busco es el primer estado de este texto,
					como uno busca acordarse de un suceso lejano, no vivido sino “escuchado”. El
					sentido vendrá después, no tiene necesidad de mí. La voz de la lectura es la
					única que le dará sentido sin intervención de mi parte. La lectura se propone en
					voz alta de la misma manera que se ha propuesto para usted solo, la primera vez,
					sin voz. Esta lentitud, esta indisciplina de la puntuación es como si yo desvistiera las palabras, las unas después de las otras y descubriera lo que está
					por debajo, la palabra aislada, desconocida, desnudada de todo parentesco, de
					toda identidad, abandonada. A veces es el lugar de una frase por llegar lo que
					se propone. A veces nada, apenas un lugar, una forma, pero abierta, a tomar.
					Pero todo debe ser leído, el lugar vacío también, quiero decir: todo debe ser
					reencontrado. Esto se percibe cuando se dice, cuando se escucha, cuán
					pulverizables son las palabras y cómo pueden caer en cenizas.</p>
			</div>
			
			<div type="group" subtype="intromisiones">
				<head> Intromisiones</head>
				<div>
					<head>
						<bibl><author ref="#juan_jose_saer">Juan José Saer</author>, <title
								level="m" rend="italic:true;" ref="#saer_entenado">El
								entenado</title> , <pubPlace ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos
								Aires</pubPlace>, <publisher ref="#ed_folios">Folios
								Ediciones</publisher>, <date when="1983">1983</date></bibl>.</head>
					<byline>
						<persName rend="italic:true;" ref="#jorge_monteleone">Jorge J.
							Monteleone</persName></byline>
					<p> 1. El narrador de <title level="m" rend="italic:true;" ref="#saer_entenado"
							>El entenado</title> recuerda un juego de niños que el paso del tiempo
						desgasta y afina hasta permanecer en la memoria como una figura geométrica: <cit>
							<quote source="#saer_entenado">“Una línea de puntos, discontinua, (...)
								hasta transformarse en una cadena que, girando, se transformaba a su
								vez en círculo o en espiral ”</quote>
							<bibl><ptr target="#saer_entenado"/>
								<biblScope unit="page">(p. 139)</biblScope></bibl>
						</cit>. Esa figura conviene para caracterizar el <hi rend="italic:true;"
							>corpus</hi> narrativo de <persName ref="#juan_jose_saer">Juan José
							Saer</persName>. Sus textos comportan una línea discontinua, giran sobre
						sí mismos y van adensándose, exacerbando obsesiones y procedimientos o,
						mejor dicho, obsesiones como procedimientos.</p>
					<p> 2. La estrategia de <persName ref="#juan_jose_saer">Saer</persName> para
						reciclar la serie temática presente en sus textos anteriores (el ser y el
						parecer, la existencia, el mundo aparencial, el tiempo y la memoria, la
						escritura y “el arte de narrar” la región o “zona”, etc.) donde adoptaba una
						operatividad que, de algún modo, llamaríamos “realista”, y que a partir de
								<bibl><title level="m" rend="italic:true;" ref="#saer_unidad_lugar"
								>Unidad de lugar</title> (<date when="1967">1967</date>)</bibl> y
								<bibl><title level="m" rend="italic:true;" ref="#saer_cicatrices"
								>Cicatrices</title> (<date when="1969">1969</date>)</bibl> se torna
							“hiperrealista”<note resp="#jorge_monteleone" n="1">En la narrativa de
								<persName ref="#juan_jose_saer">Saer</persName>, el hombre aparece,
							a pesar de su condición de azar natural, (<q source="#saer_mayor_libro">“El
								cuerpo es el azar. Sus contrarios varían históricamente —por no
								decir, en realidad, ideológicamente”</q>, escribe en <bibl><title
									level="m" rend="italic:true;" ref="#saer_mayor_libro">La mayor</title>
									[<pubPlace ref="#barcelona">Barcelona</pubPlace>, <date
									when="1976">1976</date>, <biblScope unit="page">p.
									195</biblScope>]</bibl>) en el seno de la cultura, considerada
							como envoltorio o como fundamento relativo. Ante la experiencia del
							presente absoluto, que desconoce en su transcurrir todo lazo con el
							envoltorio histórico, la estabilidad de la cultura va cediendo. De ese
							extrañamiento surge el horror, el <hi rend="italic:true;">horror
								vacui</hi>. La comprensión de que el fundamento de la cultura es un
							sustituto espurio, un fundamento del mundo edificado sobre el vacío. Sin
							embargo, ante el vacío sólo resta construir la historia. Se desata
							entonces la tentación del escritor. Con un gesto barroco, la palabra,
							minuciosa y dramáticamente, intentará instaurar, <hi rend="italic:true;"
								>nombrar</hi> el mundo. Así, se lee en <title level="a"
								ref="#saer_parecido">“El parecido”</title> estas líneas que
							recuerdan el aleph borgiano: <cit>
								<quote source="#saer_parecido">"... deseé ser una clase especial de
									cantor, el cantor del mundo visible (...) para mostrar en el
									centro del día un mundo completo en el que estén presentes todos
									los paraísos y todas las hojas de todos los paraísos y todas las
									nervaduras de todas las hojas de todos los paraísos, para que el
									mundo entero se contemple a sí mismo en cada parte y en el honor
									de la luz y nada quede anónimo”</quote>
								<bibl>(<ref target="#saer_mayor_libro">op. cit.</ref>, <biblScope
										unit="page">p. 134</biblScope>)</bibl>
							</cit>. Esa pretensión de totalidad es montruosa y está condenada al
							fracaso. La desesperación de la escritura, ante la certeza íntima de que
							el mundo no puede ser reflejado, no puede duplicarse, opta,
							paradójicamente, por pretender <hi rend="italic:true;">ser</hi> el
							mundo. De allí a la adopción de una estética hiperrealista hay un paso.
							El moroso descriptivismo, monótono y estético, es la elección de una
							escritura que se declara provisional, engañosa, falso doble de lo real.
							Pero esta última certeza sólo la escritura misma la alcanza. La
							escritura es, entonces, una elección, un acto moral. En tanto el azar
							del cuerpo se distancia de lo histórico y comprende el vacío, ejercita
							esta comprensión en el fundamento de la cultura y, paradojal, hace
							renacer el mundo emplazándolo constantemente en una escritura
							autocomprensiva. Por cierto, <title level="m" rend="italic:true;"
								ref="#saer_entenado">El entenado</title> no niega estas
							concepciones.</note>, cambia de registro narrativo en <title level="m"
							rend="italic:true;" ref="#saer_entenado">El entenado</title>. <persName
							ref="#juan_jose_saer">Saer</persName> aprovecha una circunstancia
						histórica: el viaje que en <date when="1515">1515</date> emprende <persName
							ref="#juan_diaz_solis">Juan Díaz de Solís</persName> y que lo llevará a
						descubrir el <placeName ref="#mar_dulce">Mar Dulce</placeName>. Luego de
						remontar el <placeName ref="#rio_parana">Paraná Guazú</placeName>, <persName
							ref="#juan_diaz_solis">Solís</persName> y algunos de sus compañeros
						mueren a manos de los indios en una emboscada. El historiador Herrera
						completa su relación: <cit>
							<quote>“[los indios) tomando a cuestas a los muertos, y apartándolos de
								la ribera hasta donde los del navío los podían ver, cortaban las
								cabezas, brazos y pies, asavan los cuerpos enteros y se los
								comían”</quote>
						</cit><note resp="#jorge_monteleone" n="2">Citado por <bibl><author
									ref="#ricardo_levene">Ricardo Levene</author>, <title level="m"
									rend="italic:true;" ref="#levene_historia">Historia argentina y
									americana</title>, <biblScope unit="volume">T. I</biblScope>,
									<pubPlace ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos Aires</pubPlace>,
									<date when="1970">1970</date>, <biblScope unit="page">p.
									62.</biblScope></bibl></note>. De la matanza se habría salvado
						el grumete <persName ref="#francisco_del_puerto">Francisco del
							Puerto</persName>, que fue tomado por los indios. Diez años después lo
						hallaría la expedición de <persName ref="#sebastian_caboto">Sebastián
							Caboto</persName>. <title level="m" rend="italic:true;"
							ref="#saer_entenado">El entenado</title> sería las “memorias” de
							<persName ref="#francisco_del_puerto">Francisco del Puerto</persName>.
						En la novela, nombres propios y precisiones históricas están puntualmente
						eludidos, si bien las alusiones a las circunstancia señalada son
						inequívocas. El proceso de verosimilización de la materia narrativa se
						realiza adscribiendo el texto a varios modelos, ya señalados por la
							crítica<note resp="#jorge_monteleone" n="3">Notoriamente: <bibl><author
									ref="#maria_teresa_gramuglio">María Teresa Gramuglio</author>,
									<title level="a" ref="#gramuglio_filosofia_relato">“La filosofía
									en el relato”</title>, <title level="j" rend="italic:true;"
									ref="#revista_punto_de_vista">Punto de vista</title>, <biblScope
									unit="volume">a. VII</biblScope>, <biblScope unit="issue">N°
									20</biblScope> (<date when="1984">1984</date>), <biblScope
									unit="page">35-36</biblScope></bibl>. <bibl><author
									ref="#daniel_link">Daniel A. Link</author>, <title level="a"
									ref="link_meditaciones">“Medi(t)aciones de lo real en <hi
										rend="italic:true;">El entenado</hi> de Juan José
									Saer”</title>, <title level="j" rend="italic:true;"
									ref="#revista_pie_de_pagina">Pie de página</title> , <biblScope
									unit="issue">N° 3</biblScope> (<date from="1984" to="1985"
									>1984/1985</date>), <biblScope unit="page">p.
								29-30</biblScope></bibl>.</note>: memorias, novelas picarescas,
						relatos de viaje, novelas filosóficas y, agregamos, crónicas de Indias.
						Podría establecerse, además, un lejano parentesco, una suerte de “fondo
						tradicional” referido a las relaciones históricas de <persName
							ref="#paul_groussac">Paul Groussac</persName> o a la novela histórica de
							<persName ref="#roberto_payro">Roberto J. Payró</persName>
						<title level="m" rend="italic:true;" ref="#payro_mar_dulce">El mar
							dulce</title>. La novela simula, por otra parte, las convenciones de la
						autobiografía clásica: narrador autodiegético cuyo relato, principalmente
						retrospectivo, tiene por tema la vida individual. Así se suceden la
						iniciación marina (las primeras páginas de la novela recuerdan <title
							level="m" rend="italic:true;" ref="#conrad_shadow_line">The
							shadow-line</title>, de <persName ref="#joseph_conrad">Joseph
							Conrad</persName>), la trágica muerte del Capitán, la vida con los
						indios (donde sobresale el episodio de antropofagia), la liberación
						posterior, los días junto a otros expedicionarios españoles, la formación
						intelectual en un convento con el padre <persName type="literary_character"
							>Quesada</persName> (que de sus diálogos con el narrador escribe la <hi
							rend="italic:true;">Relación de abandonado</hi>), la posterior vida en
						las ciudades representando la propia historia versificada (y falsificada)
						del narrador con una compañía teatral, su alejamiento junto a los hijos de
						una actriz asesinada hasta instalarse en una casa donde se inician como
						imprenteros. El viejo narrador en esa casa relata la perpecia de su vida que
						es, asimismo, la razón de su escritura: los indios querían que <q
							source="#saer_entenado">“quedase un testigo y un sobreviviente que
							fuese, ante el mundo, su narrador"</q><bibl><ptr target="#saer_entenado"
								/>(<biblScope unit="page">p. 134</biblScope>)</bibl>. La novela
						finaliza con una extensa argumentación filosófico-poética acerca de la
						lengua y las costumbres indígenas. Si consideramos, además, que el presente
						de la escritura ocurriría a fines del <date notBefore="1501" notAfter="1600"
							>siglo XVI</date>, el narrador se refiere a problemas que prevalecerán
						en el siglo siguiente, propios de una sensibilidad barroca: el desengañó, el
							<hi rend="italic:true;">horror vacui</hi>, el gran teatro del mundo, “el
						sueño, autor de representaciones”, etcétera.</p>
					<p> 3. Por todo lo antedicho, el narrador y su relato están, en apariencia,
						consolidados. La novela, de acuerdo a las convenciones que pone en juego, es
						verosímil: se legaliza mediante estos pactos intertextuales. Y, sin embargo,
						esta estrategia es irónica: esos pactos que el texto declara están
						carcomidos, sujetos a duda, negados. Especies literarias que procuran
						documentar sucesos históricos y tienen una intención didáctico-moralizante;
						formas primeras de la narración moderna para las que <title level="m"
							rend="italic:true;" ref="#saer_entenado">El entenado</title> es un
						espejo deformante. Así como en la novela se lee que las cosas poseen un
						reverso oscuro que es su verdad última —la nada deletérea—, la escritura,
						también, está roída por la indistinción de lo innominado. Allí la ironía
						consiste en articular el <hi rend="italic:true;">nonsense</hi> como una
						rigurosa concatenación lógica denominada “discurso literario”. ¿<hi
							rend="italic:true;">Literatura of Exhaustion</hi> , como diría <persName
							ref="#john_barth">John Barth</persName>?. ¿Gesto post-moderno?. <q
							source="#eco_apostillas">“La réplica postmoderna a lo moderno —escribe
								<persName ref="#umberto_eco">Umberto Eco</persName>— consiste en
							reconocer que el pasado, en cuanto no puede en verdad ser destruido,
							puesto que su destrucción conduce al silencio, debe ser visitado otra
							vez; pero con ironía, no inocentemente”</q><note
							resp="#jorge_monteleone" n="4"><bibl><author ref="#umberto_eco">Umberto
									Eco</author>, <title level="m" rend="italic:true;"
									ref="#eco_apostillas">Postscript to The Name of the
								Rose</title>, <pubPlace ref="#nueva_york">New York</pubPlace>, <date
									when="1984">1984</date>, <biblScope unit="page">p.
									67</biblScope></bibl>.</note>.</p>
					<p> 4. La reciente crítica literaria hispanoamericana ha estudiado la producción
						narrativa de acuerdo a los presupuestos teóricos de <persName ref="#bajtin"
							>Bajtin</persName> o de <persName ref="#bajtin">Bajtin</persName> vía
							<persName ref="#julia_kristeva">Kristeva</persName>, privilegiando, a
						veces sin discriminación, la idea de intertextualidad unida a la idea de
						parodia. Con criterio simplista, se vio a menudo en la intertextualidad de
						la novela <hi rend="italic:true;">sólo</hi> procedimientos de estilización
						paródica. Esa terminología ya prestigiosa tienta para referirnos a <title
							level="m" rend="italic:true;" ref="#saer_entenado">El entenado</title>
						como novela paródica de las especies literarias mencionadas. Y, no obstante,
						no lo es. Por lo pronto, para seguir a <persName ref="#bajtin"
							>Bajtin</persName>, el procedimiento empleado en la novela no sería la
						parodia, sino la <hi rend="italic:true;">variación</hi>. Consiste en reunir
						el lenguaje de un mundo pretérito en este caso, el mundo de los cronistas)
						con el de la conciencia contemporánea, lo cual implica un anacronismo o un
							modernismo<note resp="#jorge_monteleone" n="5"><bibl><author
									ref="#bajtin">Mijail Bajtin</author>, <title level="m"
									rend="italic:true;" ref="#bajtin_esthetique">Esthétique
									et théorie du roman</title>, <pubPlace ref="#paris"
									>Paris</pubPlace>, <date when="1978">1978</date>, <biblScope
									unit="page">pp. 179-180</biblScope></bibl>.</note>. En esa
						dirección, <title level="m" rend="italic:true;" ref="#di_benedetto_zama"
							>Zama</title>, de <persName ref="#antonio_di_benedetto">Antonio di
							Benedetto</persName>, es un ejemplo asimilable. En el caso de <title
							level="m" rend="italic:true;" ref="#saer_entenado">El entenado</title>,
						la variación es ejecutada como <hi rend="italic:true;">negatividad</hi>. Lo
						dicho: pactos intertextuales emplazados por una escritura que, al mismo
						tiempo, los corroe.</p>
					<p> 5. Si consideramos <title level="m" rend="italic:true;" ref="#saer_entenado"
							>El entenado</title> como una “memoria autobiográfica" (ya sea con
						resabios de relato de viaje o de novela picaresca) donde el pasado
						itinerante debe recapitularse, no puede omitirse que en ella ese pasado es
						incierto, aparece como una ilusión, de modo tal que la escritura de ese
						pasado es, también ilusoria. En el cuento <title level="a" ref="#saer_mayor_cuento"
							>“La mayor"</title>, del libro homónimo, <persName ref="#juan_jose_saer"
							>Saer</persName> tematiza el mismo problema parodiando, esta vez sí, el
						episodio de la magdalena proustiana embebida en té de <title level="m"
							rend="italic:true;" ref="#proust_busqueda">A la recherche du temps
							perdu</title>. Si en <persName ref="#marcel_proust">Proust</persName> la
						escritura se funda desde la aprehensión del recuerdo, en <persName
							ref="#juan_jose_saer">Saer</persName> la escritura nace al reconocer que
						el recuerdo, desde el que parte, le es exterior e inaprehensible. Tanto en
							<title level="a" ref="#saer_mayor_cuento">“La mayor"</title> como en <title
							level="m" rend="italic:true;" ref="#saer_entenado">El entenado</title>,
						la extranjería del recuerdo pone en duda el concepto del tiempo mismo, por
						cuanto el lugar del pasado no puede recuperarse en el absoluto presente. El
						mundo muere y renace a cada instante. Así, la memoria sufre una constante
							paramnesia<note resp="#jorge_monteleone" n="6">Cfr. el cuento <title
								level="a" ref="#saer_paramnesia">“Paramnesia”</title> en:
									<bibl><author ref="#juan_jose_saer">Juan José Saer</author>,
									<title level="m" rend="italic:true;" ref="#saer_unidad_lugar"
									>Unidad de lugar</title>, <pubPlace ref="#buenos_aires_ciudad"
									>Buenos Aires</pubPlace>, <date when="1967">1967</date>,
									<biblScope unit="page">pp. 35-60</biblScope></bibl>.</note>: se
						recuerdan hechos, personas o cosas que, en realidad, no han existido. La
						escritura de <persName ref="#juan_jose_saer">Saer</persName>, entonces, se
						desarrolla como una “yuxtaposición de recuerdos”. Pero si el recuerdo es
						exterior y, en cierto modo, ficticio, obrará como generador negativo de lo
						supremamente ficticio: la escritura. Cadena de irrealidades. Lo exterior
						sólo existe en la conciencia de los indios, los indios sólo existen en la
						memoria del narrador, la memoria sólo se corporiza en la escritura. Pero en
						la lengua indígena <hi rend="italic:true;">ser</hi> se dice <hi
							rend="italic:true;">parecer</hi> la memoria y el sueño coinciden en su
						irrealidad, el sentido de la escritura es aleatorio.</p>
					<p> Si leemos <title level="m" rend="italic:true;" ref="#saer_entenado">El
							entenado</title> como una "novela filosófica", —donde se relatan
						circunstancias casi fabulosas para elaborar una interpretación crítica y un
						juicio sobre la realidad social imperante, en nombre de un cierto Sentido;
						donde <title level="m" rend="italic:true;" ref="#defoe_robinson">Robinson
							Crusoe</title> leído, digamos, por <persName ref="#rousseau"
							>Rousseau</persName>, es un hombre solitario que se sitúa por encima de
						los prejuicios, ordena sus juicios satisfactoriamente acerca de las
						verdaderas relaciones entre las cosas y es, por naturaleza, un hombre
						bueno—, se verá que la especie literaria es evocada negativamente. En la
						novela de <persName ref="#juan_jose_saer">Saer</persName> toda significación
						se deroga: <cit>
							<quote source="#saer_entenado">“Esa ausencia de sentido que, sin ser
								convocada, nos invade al mismo tiempo que las cosas, nos impregna,
								rápida, de un gusto de irrealidad”</quote>
							<bibl><ptr target="#saer_entenado"/>(<biblScope unit="page">p.
									126</biblScope>)</bibl>
						</cit>; por otra parte, las nociones de bien y de mal aparecen como una mera
						construcción, equilibrado artificio para no disolver el mundo, siendo el
						espacio de la existencia moralmente neutro: lugar terrible que <cit>
							<quote source="#saer_entenado">“sin dispensarnos ni el bien ni el mal
								nos aniquila, indiferente"</quote>
							<bibl><ptr target="#saer_entenado"/>(<biblScope unit="page">p.
									147</biblScope>)</bibl>
						</cit>.</p>
					<p> La negatividad también obra si pensamos <title level="m" rend="italic:true;"
							ref="#saer_entenado">El entenado</title> como una "crónica de Indias”.
						Para probarlo basta transcribir dos párrafos. Reza el primero: <cit>
							<quote source="#diaz_del_castillo_conquista">“Quiero ahora decir la
								multitud de hombres, mujeres y muchachos que estaban en las calles y
								azoteas y en canoas en aquellas acequias, que nos salían a mirar.
								Era cosa de notar, que agora que lo estoy escribiendo se me
								representa todo delante de mis ojos como si ayer fuera cuando esto
								pasó”</quote>
						</cit>. Y el segundo: <cit>
							<quote source="#saer_entenado">“Pero a veces, en la noche silenciosa, la
								mano que escribe se detiene, y en el presente nítido y casi
								increíble, me resulta difícil saber si esa vida ha tenido realmente
								lugar, llena de continentes, de mares, de planetas y de hordas
								humanas o si ha sido, en el instante que acaba de transcurrir, una
								visión causada menos por la exaltación que por la
								somnolencia”</quote>
							<bibl><ptr target="#saer_entenado"/>(<biblScope unit="page">p.
									148</biblScope>)</bibl>
						</cit>. A no ser por las diferencias lexicales, el tono es el mismo en uno y
						otro párrafo, pero su sentido difiere. En el primer párrafo lo que se cuenta
							<hi rend="italic:true;">fue</hi> y en el presente de la narración <hi
							rend="italic:true;">sigue siendo</hi>; en el segundo, lo que se cuenta
						ni siquiera <hi rend="italic:true;">es</hi> o existe en el relato de un modo
						espurio. El primer ejemplo pertenece a <persName
							ref="#bernal_diaz_del_castillo">Bernal Díaz del Castillo</persName><note
							resp="#jorge_monteleone" n="7"><bibl><author
									ref="#bernal_diaz_del_castillo">Bernal Díaz del
									Castillo</author>, <title level="m" rend="italic:true;"
									ref="#diaz_del_castillo_conquista">La conquista de la Nueva
									España</title>, <pubPlace ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos
									Aires</pubPlace>, <date when="1964">1964</date>, <biblScope
									unit="page">p. 88</biblScope></bibl>.</note> y el segundo, por
						supuesto, a <persName ref="#juan_jose_saer">Saer</persName>.</p>
					<p>6. <title level="m" rend="italic:true;" ref="#saer_entenado">El
							entenado</title>, historia (problemática) de una representación
						literaria. La narración misma es un mandato de los indios: experiencia
						central, núcleo generador. Texto situado entre dos previas verbalizaciones
						de los hechos: la representación teatral y la <hi rend="italic:true;"
							>Relación de abandonado</hi> del padre <persName
							type="literary_character">Quesada</persName>. El primero, texto falso
						pero asimilable a una <hi rend="italic:true;">doxa</hi>, es decir, creíble:
						texto convencional; el segundo, texto verdadero, pero cuyo patrón de verdad
						es impuesto por dogmas culturales, es decir, creído: texto
						institucionalizado. Sigue la aspiración, casi fetichista, a la realidad
						tangible de la letra: la imprenta. Por fin, último paso, el presente del
						relato mismo, dudoso, suerte de no-saber: ni falso ni verdadero.</p>
					<p> 7. ¿Cómo narraban las crónicas de Indias la realidad americana? Este
						interrogante ha sido revalidado por la narrativa contemporánea puesto que,
						de algún modo, el mito de una escritura hispanoamericana guarda relación con
						un mito de origen. Las tierras americanas aparecen como un territorio
						utópico ante la mirada europea o, al menos, fabuloso: las Indias. Los
						cronistas, se sabe, a menudo escribían <hi rend="italic:true;">otra</hi>
						novela de caballerías y los bastos conquistadores eran nuevos <persName
							type="literary_character">Amadises</persName>. El territorio americano
						es fundado tanto por la cruz y por la espada (por lo demás, símbolos
						literarios) como por la mirada irrealista de las ficciones del renacimiento.
						En <title level="m" rend="italic:true;" ref="#saer_entenado">El
							entenado</title> se lee: <cit>
							<quote source="#saer_entenado">“Teníamos enfrente un suelo firme en el
								que nos parecía posible plantar nuestro delirio”</quote>
							<bibl><ptr target="#saer_entenado"/>(<biblScope unit="page">p.
									16</biblScope>)</bibl>
						</cit>. Pero ese espacio habitado por los indios <hi rend="italic:true;"
							>colastinés</hi>(<placeName ref="#colastine">Colastiné</placeName>, en
						el litoral santafesino: la zona axial de la escritura saeriana, de valor
						equivalente al <hi rend="italic:true;">Yoknapatawpha country</hi>
						faulkneriano”) <cit>
							<quote source="#saer_entenado">“donde quiera que fuesen, lo llevaban
								adentro. Ellos mismos eran ese lugar"</quote>
							<bibl><ptr target="#saer_entenado"/>(<biblScope>p.
								118</biblScope>)</bibl>
						</cit>. <persName ref="#juan_jose_saer">Saer</persName> concibe la región
						fenomenológicamente: la descripción de una red de relaciones particular, en
						un espacio determinado, a través de historias individuales, dará cuenta de
						la cultura en su totalidad. La verdad de lo psíquico pone en escena la
						verdad de lo social —dicen los fenomenólogos— y se desenmascaran mutuamente;
						la verdad de la literatura, expresando la región en su particularidad,
						postularía e instituiría una cultura. Una zona es, así, un modo de
						conciencia. El narrador de <title level="m" rend="italic:true;"
							ref="#saer_entenado">El entenado</title> se sitúa en un espacio crucial
						y su relato será, necesariamente, un híbrido. Entenado, es decir, hijo de
						varias lenguas, es decir de ninguna en particular. El espacio sólo puede
						trascender verbalizado como una doble traición a cada visión del mundo: la
						española y la indígena. En el cuento <title level="a" ref="#saer_interprete"
							>“El intérprete”</title>, de <title level="m" rend="italic:true;"
							ref="#saer_mayor_libro">La mayor</title>, <persName ref="#juan_jose_saer"
							>Saer</persName> invierte los términos: el personaje es un indio que
						aprende la lengua de los conquistadores. Pero ambos textos tienen una misma
						raíz. El narrador fue escindido entre dos lugares: el lugar de la lengua
						materna y el lugar del espacio indígena que es, también, el de su lengua.
						¿Con cuál de ellas narrará ese “nuevo mundo”?. Deberá, acaso, repetir en la
						letra escrita el rito corporal de la antropofagia indígena. Cuando el
						español fue comido, los indios se sintieron hombres verdaderos. Cuerpo
						despedazado e ingerido de la lengua extranjera en el cuerpo casi
						fantasmagórico de la lengua indígena; sustrato y superestrato. El entenado
						deberá edificar ese mundo con una lengua violentada por nuevas categorías de
						pensamiento. Su trágico privilegio consiste en que nadie mejor que él podrá
						edificar una cultura sobre un vacío, un desierto. Ya en <date when="1960"
							>1960</date>
						<persName ref="#juan_jose_saer">Saer</persName> escribía: <cit>
							<quote source="#saer_zona">“Por eso me gusta <placeName ref="#america"
									>América</placeName>: una ciudad en medio del desierto es mucho
								más real que una sólida tradición. Es una especie de tradición en el
								espacio. Lo difícil es aprender a soportarla. Es como un cuerpo
								sólido e incandescente irrumpiendo de pronto en el vacío”</quote>
						</cit><note resp="#jorge_monteleone" n="8"><bibl><author
									ref="#juan_jose_saer">Juan José Saer</author>, <title level="m"
									rend="italic:true;" ref="#saer_zona">En la zona</title>,
									<pubPlace ref="#santa_fe">Santa Fe</pubPlace>, <date when="1960"
									>1960</date>, <biblScope unit="page">p.
							155</biblScope></bibl>.</note>.</p>
					<p> 8. Esta crítica comporta una serie de interpretaciones, esto es, de sentidos
						posibles. Automáticamente, comporta una traición al texto de <persName
							ref="#juan_jose_saer">Saer</persName>, cuyo sentido nunca acaba de
						definirse o, tal vez, no exista. Quizá los <hi rend="italic:true;"
							>colastinés</hi> salgan de lo innominado en cada lectura y es probable
						que la única verdad de la novela, singular cada vez, variable y diversa,
						surja en el presente prístino de esas lecturas. Juego entre luz y sombra,
						entre las estaciones, entre el día y la noche como entre lo escrito y lo no
						dicho: motivos, recurrentes en <title level="m" rend="italic:true;"
							ref="#saer_entenado">El entenado</title> y resueltos en un eclipse
						final. En esta novela ocurre lo que en un verso de <persName
							ref="#wallace_stevens">Wallace Stevens</persName>: <q
							who="#wallace_stevens">“<hi rend="italic:true;">Day is desire and night
								is sleep</hi>”</q>. Eclipse del sentido, <title level="m"
							rend="italic:true;" ref="#saer_entenado">El entenado</title> nos inclina
						a la duda o, mejor, al goce metódico.</p>
				</div>
				<div>
					<head>
						<bibl><author ref="#juan_jacobo_bajarlia">Juan Jacobo Bajarlía</author>,
								<title level="m" rend="italic:true;" ref="#bajarlia_sables">Sables,
								historias y crímenes</title>. <pubPlace ref="#buenos_aires_ciudad"
								>Buenos Aires</pubPlace>, <publisher ref="#ed_bruguera"
								>Bruguera</publisher>, <date when="1983">1983</date></bibl>.</head>
					<byline>
						<persName rend="italic:true;" ref="#luis_chitarroni">Luis
							Chitarroni</persName></byline>
					<p> Historias se intercala entre sables y crímenes para fundar una relación
						ecuánime: respecto de la Historia, respecto de sus revisiones. La Historia
						—podríamos convenir— no hace otra cosa que denigrar sus predicados; cada
						nueva revisión, a su vez, nos seduce con el relevo de enigmas edificantes.
						No se trata, entonces, de historia oficial, pero tampoco de oficiar un
						servicio que la halague, la desprecie, la complete o la condense. Se trata
						de historias, expresamente: de sables y crímenes.</p>
					<p> Postcontemporáneos de <persName type="literary_character">Pierre
							Menard</persName>, copiamos su exaltación de la Historia con
						desconfianza. <hi rend="italic:true;">La Historia, madre de la verdad</hi>
						... nos parece otra de las ingeniosas inversiones de su estilo. Tal vez, ni
						siquiera eso: sólo una hipérbole provocativa. Atentos a los hechos —a los
						crímenes que un dilatado pudor histórico nos impide designar con el mismo
						adjetivo—, los leemos sin dejarnos distraer por los enigmas edificantes que
						hace rotar una objetividad empecinada. <q who="#fernando_pessoa">“Odio la
							mentira porque es una inexactitud”</q>, decía <persName
							ref="#fernando_pessoa">Ricardo Reis</persName>, poeta monárquico. La
						misma pasión —el mismo odio admirable— anima las páginas de <title level="m"
							rend="italic:true;" ref="#bajarlia_sables">Sables, historias y
							crímenes</title>. Sólo que la verdad no es un relato prolijo; mejor
						dicho, no es la exánime y singular reducción a que pueda someterla la
						prolijidad del relato. La verdad de <title level="m" rend="italic:true;"
							ref="#bajarlia_sables">Sables, historias y crímenes</title> es elocuente
						y múltiple, lícita y formidable a fuerza de investigación, pero también a
						fuerza de sintaxis, de énfasis y de reticencias. Es decir, de literatura.
						(La literatura argentina, por otra parte, ofrece, en uno de sus textos menos
						vulnerables, esta rara confesión de desaliento: <cit>
							<quote source="#bianco_ratas">“Pero acaso nunca lleguemos a mentir.
								Acaso la verdad sea tan rica, tan ambigua, y presida de tan lejos
								nuestras modestas indagaciones humanas, que todas las
								interpretaciones puedan canjearse y que, en honor a la verdad, lo
								mejor que podemos hacer es desistir del inocuo propósito de
								alcanzarla”</quote>
						</cit>.<note resp="#luis_chitarroni" n="1"><bibl><title level="m"
									rend="italic:true;" ref="#bianco_ratas">Las ratas</title>,
									<author ref="#jose_bianco">José Bianco</author>, <biblScope
									unit="page">pág. 84.</biblScope>
								<publisher ref="#ed_sigloxxi">Siglo XXI editores</publisher>, <date
									when="1972">1972</date></bibl>.</note></p>
					<p> La Historia podría ser un apócrifo consuetudinario, la crónica de una
						pesadilla de la que no podemos despertar. Pero precisamente porque no
						podemos despertar, es necesario discernir una ética del sueño; para contar
						el asesinato de <persName ref="#facundo_quiroga">Facundo</persName> o el de
							<persName ref="#juan_lavalle">Lavalle</persName> (para volver a
						contarlos) es necesario. Si se escribe literatura, se escribe historia, qué
						importa que sea bajo consignas inútiles, delusorias, imprevistas. Hay,
						advertida o inadvertidamente, historia en toda la literatura, y este hecho
						que no se resigna a serlo, escamotea la previsible reciprocidad: sólo
						algunas veces la historia es literatura.</p>
					<p> Modestamente oculta en su pro pósito de despejar de inexactitudes el pasado,
							<title level="m" rend="italic:true;" ref="#bajarlia_sables">Sables,
							historias y crímenes</title> no se rebaja nunca a enturbiar con
						retorcimientos retóricos, fatigas fechadas o documentaciones inabarcables,
						su vocación literaria. Esta prosa meridiana, pródiga en inflexiones
						rigurosas (“Se incoa, entonces, la causa criminal”) y en precisiones
						lexicales, no sólo da cuenta de los fragmentos del pasado con meditada
						austeridad —satisfaciendo de paso la módica imposición que nos desvela:
						narrar—, sino que remite las instancias del relato a un sistema con severas
						leyes propias, a una escritura. Como toda escritura, no puede comentarse
						ligeramente: habría que indagarla (como a la historia y a las historias que
						pretexta), habría que observar cómo ensancha sus motivos o los estrecha,
						como transige en favor de un verbo cuando la Historia exige Otro, y cómo
						soslaya la profusión para difundir apenas la ajustada enunciación de un
						hecho. (Una tabla de asesinatos principales en la página 139 puede leerse
						como aséptica sinopsis de la violencia y el horror que la historia —que las
						historias— deparan.)</p>
				</div>
				<div>
					<head>
						<bibl><author ref="#rodolfo_wilcock">J.R. Wilcock</author>, <title level="m"
								rend="italic:true;" ref="#wilcock_sinagoga">La sinagoga de los
								iconoclastas</title>, <pubPlace ref="#barcelona"
								>Barcelona</pubPlace>, <publisher ref="#ed_anagrama">Ed.
								Anagrama</publisher>, <date when="1981">1981</date></bibl>.</head>
					<byline>
						<persName rend="italic:true;" ref="#luis_chitarroni">Luis
							Chitarroni</persName></byline>
					<p>
						<q>“Después de todo, recuerde que usted escribe en castellano”</q>,
						informaba el Hombre de la Editorial a un escriba wilcockiano, <q>“a todas
							luces una lengua muerta”</q>. Y el escriba se limitaba a responder:
							<q>“A ratos intento revivirla"</q>.</p>
					<p> Cansado de esa labor inhumana, o —menos definitivamente— dispuesto a
						sacrificar la vivacidad de sus historias a otra lengua (que le pertenecía
						por herencia), <persName ref="#rodolfo_wilcock">Wilcock</persName> escribió
							<title level="m" rend="italic:true;" ref="#wilcock_sinagoga">La sinagoga
							degli iconoclasti</title>. La edición original en italiano (<orgName
							ref="#ed_adelphi">Adelphi Edizioni</orgName>, <placeName ref="#milan"
							>Milano</placeName>) es de <date when="1972">1972</date>. En busca de
						antecedentes, la retórica de las contratapas encuentra las <title level="m"
							rend="italic:true;" ref="#schwob_vies">Vies Imaginaires</title>, de <persName
							ref="#marcel_schwob">Marcel Schwob</persName> —remisión obligatoria que
						vincula de paso a <title level="m" rend="italic:true;"
							ref="#wilcock_sinagoga">La sinagoga</title> con <title level="m"
							rend="italic:true;" ref="#borges_historia_universal_infamia">Historia
							Universal de la infamia</title>. Menos notoria, menos consultada, <title
							level="m" rend="italic:true;" ref="#queneau_enciclopedia">L'Encyclopédie
							des Sciences inexactes</title> (<date when="1932">1932</date>), de
							<persName ref="#raymond_queneau"><choice>
								<sic>Quenau</sic>
								<corr>Queneau</corr>
							</choice></persName>, registra un interés similar por las invenciones de
						los personajes, que, en el caso del predecesor, son sometidas a un
						tratamiento literario no tan contundente. (Tanto <persName
							ref="#marcel_schwob">Schwob</persName> como <persName ref="#borges"
							>Borges</persName> procedieron desarrollando argucias literarias a
						partir de vacíos textuales, o bien obliterando ese vacío con pormenores
						caprichosos y rasgos distintivos que a veces son verdaderos
						biografemas.)</p>
					<p> Un filipino con poderes telepáticos que utiliza para arruinar un Congreso;
						un novelista francés que quiere enseñar diviertiendo y planea (y escribe)
						robustas novelas-diccionarios; un judío alemán criado en Inglaterra que
						asegura que para hallar la felicidad sólo hay que abolir cuatro siglos y
						hacer al mundo digno de <persName ref="#john_donne">Donne</persName> y de
							<persName ref="#shakespeare">Shakespeare</persName>; un disciplinado
						esquizofrénico que dice ser <persName ref="#olivier_messiaen"
							>Messiaen</persName> y <persName ref="#coco_chanel">Cocó
							Chanel</persName>, <persName ref="#caryl_chessman">Caryl
							Chessman</persName> y el <persName>Dalai
							Lama</persName>; un bisabuelo lombardo que elabora una teoría
						socio-biológico-económica y transforma, para editarla, su fábrica de
						golosinas en una editorial; un holandés hondamente sedentario y
						superlativamente calvinista que atribuye todos los pecados al sonido y la
						salvación a la luz; un doctor suizo que pretende restituirnos a la gracia
						idiotizándonos; un ingeniero vienés que tiene miedo de que la Luna se nos
						caiga encima; un antropólogo lingüista que infiere el origen negro de los
						franceses e inaugura, sin querer, una filología que habría complacido a
						Brisset y a <persName ref="#raymond_roussel">Roussel</persName>; un belga
						frugal que a los 59 años sólo tiene 42; otro novelista que decide
						honestamente invertir el procedimiento del abuelo lombardo y hace de una
						editorial una fábrica de novelas; un plural caballero yanqui que funda una
						Universidad para ser enseñado a sus singulares discípulos. <persName
							ref="#rodolfo_wilcock">Wilcock</persName> no postula en estos treinta y
						cinco textos una estética del apócrifo, compila y complica hasta la
						extenuación una variedad de imaginaciones que constituyen <hi
							rend="italic:true;">per se</hi> un repertorio de estupendos
						desperdicios, de pérdidas clausuradas dentro del ámbito de la sinagoga que
						los hospeda, un poco a la manera de esa Luna de <persName
							ref="#ludovico_ariosto">Ariosto</persName> en la que perduraban,
						desterradas, todas las cosas perdidas de este mundo.</p>
					<p> Mundo de lo posible, de lo posible necesario o gratuito o profético, el de
						la sinagoga se instaura como contrapartida al museo de fracasos empíricos de
							<persName type="literary_character">Bouvard</persName> y <persName
							type="literary_character">Pécuchet</persName>. ¿No confundían éstos
						—según hace notar <persName ref="#michel_foucault">Foucault</persName>— todo
						lo real con todo lo posible? Los iconoclastas de <persName
							ref="#rodolfo_wilcock">Wilcock</persName> trajinan en el mundo real, se
						equivocan, eligen incómodas referencias, pero —en la medida en que la
						invención que transportan lo permite— fabricar la pulcra felicidad de su
						conquista dentro del recinto familiar que precisamente el rechazo de ese
						mundo real les concede. El narrador no escamotea ironías; la profusión de
						detalles atenúa, a veces, una atención demasiado preocupada por el ingenio.
						Las referencias a la historia son múltiples y diversas. Consecuentemente,
						los anacronismos podrían ser la desgracia afable que impone como condición
						esa lejanía virtuosa. Pero el narrador que aniquila, absuelve e ironiza, no
						se atreve (juiciosamente) a censurar. Una excepción: la máquina combinatoria
						de <persName type="literary_character">Absalom Amet</persName>. Esta,
						mediante un énfasis de la sensatez, exalta el absurdo de ciertos enunciados
						que la filosofía (o la antropología o la sociológía) han ensayado, y que,
						aislados de sus contextos, suenan como disonancias alarmantes: <persName
							ref="#martin_heidegger">Heidegger</persName>, <persName
							ref="#jean_paul_sartre">Sartre</persName>, <persName ref="#levi_strauss"
							>Lévi-Strauss</persName> plagian remotas articulaciones sintácticas,
						conclusiones a las que la máquina de <persName type="literary_character"
							>Amet</persName> llegó sin demorarse en planteos y entimemas. El
						resultado, entorpecido por su previsible banalidad, aspira a transgredir con
						un sarcasmo la <hi rend="italic:true;">incuestionada</hi> seriedad de esas
						cuestiones. <title level="m" rend="italic:true;" ref="#wilcock_sinagoga">La
							sinagoga</title> reserva sorpresas en otros textos más intrincados y
						elusivos. <title level="a" rend="italic:true;">Llorenç Riber</title>, por
						ejemplo, parece la apoteosis de estos sueños dirigidos. Texto delirante,
						desorbitado, borra estratégicamente las señales que en el lector dejaron los
						modelos anteriores. Si por momentos <persName ref="#rodolfo_wilcock"
							>Wilcock</persName> recuerda (si aún su parsimonia moralizante lo evoca)
						a <persName ref="#jonathan_swift">Swift</persName>, el inventario de las
						hazañas teatrales de <persName type="literary_character">Riber</persName>
						conduce (lamento el desinterés que un nombre tantas veces pronunciado
						provoca) al padre literario de <persName type="literary_character"
							>Alicia</persName>, a <persName ref="#lewis_carroll">Lewis
							Carroll</persName>. Las obras montadas por el director catalán sólo
						pueden representarse en ese espacio literario en el que la alternancia de lo
						racional y lo absurdo implica una precipitación de sinopsis aberrantes. Con
						verdadera sabiduría novelística, <persName ref="#rodolfo_wilcock"
							>Wilcock</persName> produce un raro fenómeno de estrabismo, no
						parodiando una obra en sí, ni un lenguaje o una jerga en particular, sino
						saturando de irrisiones los múltiples significados que las obras ofrecen
						(económico, <persName ref="#john_fowles">John Fowles</persName> en <title
							level="m" rend="italic:true;" ref="#fowles_collector">The
							Collector</title>, bifurcaba su parodia y lograba alternativa o
						simultáneamente referirla a <title level="m" rend="italic:true;"
							ref="#shakespeare_tempestad">The tempest</title> o a los <hi
							rend="italic:true;">angry young men</hi>). Pero lo más extraño de todo
						no es la ejecución de estas farsas desopilantes que arman y desajustan su
						propia estructura.</p>
					<p> Una de las obras que <persName type="literary_character">Riber</persName>
						dirige — <hi rend="italic:true;">La búsqueda del Yo</hi> — está basada en
						las <title level="m" rend="italic:true;" ref="#wittgenstein_investigaciones"
							>Investigaciones Filosóficas</title>, de <persName
							ref="#ludwig_wittgenstein">Wittgenstein</persName>. Para musicalizarla,
							<persName type="literary_character">Riber</persName> desecha a <persName
							ref="#anton_webern">Webern</persName> y elige a <persName
							ref="#beethoven">Beethoven</persName>. La obra, rigurosamente
						ejemplificadora, tiene dos protagonistas: el Constructor y el Obrero. El
						constructor da órdenes, el obrero obedece. Las primeras son muy simples; las
						últimas muy complicadas. Lo que construyen es —teatralmente— un lenguaje. En
							<date when="1979">1979</date>, <persName ref="#tom_stoppard">Tom
							Stoppard</persName> (checo de nacimiento, autor, entre otras obras, de
							<title level="m" rend="italic:true;" ref="#stoppard_rosenkranz"
							>Rosenkranz y Guildernstern han muerto</title> y <title level="m"
							rend="italic:true;" ref="#stoppard_travesties">Travesties</title>), dio
						a imprenta <title level="m" rend="italic:true;" ref="#stoppard_doggs">Dogg's
							Hamlet</title>, <title level="m" rend="italic:true"
							ref="#stoppard_cahoots">Cahoot´s Macbeth</title>. Las obras, según
						declara <persName ref="#tom_stoppard">Stoppard</persName> en el prólogo,
						derivan de las <title level="m" rend="italic:true;"
							ref="#wittgenstein_investigaciones">Investigaciones Filosóficas</title>
						de <persName ref="#ludwig_wittgenstein">Wittgenstein</persName>. En la
						primera, los personajes hablan un idioma (inglés) en el que los
						significantes no corresponden a los significados (el lector entiende porque,
						al lado de las palabras alógenas, el autor pone las equivalentes). Una
						persona ajena al grupo quiere integrarse, y y los componentes se dedican a
						enseñarle ese idioma. El que aprende a su vez oficia de mistagogo en la
						segunda obra.</p>
					<p> Tal vez estos desenlaces estuvieran ya previstos por el escriba
						metafórico.</p>
				</div>
				<div>
					<head>
						<bibl><author ref="#luis_gusman">Luis Gusman</author>, <title level="m"
								rend="italic:true;" ref="#gusman_frasquito">El frasquito y otros
								relatos</title>, <pubPlace ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos
								Aires</pubPlace>, <publisher ref="#ed_legasa">Legasa</publisher>,
								<date when="1984">1984</date></bibl>.</head>
					<byline>
						<persName rend="italic:true;" ref="#daniel_link">Daniel
						Link</persName></byline>
					<p> 0. Hablar de la reedición de <title level="m" rend="italic:true;"
							ref="#gusman_frasquito">El frasquito</title> exige un discurso doble (e
						implica, por lo tanto, un doble riesgo): hablar de aquel texto escrito en
							<date when="1973">1973</date>, por un lado, pero además de este texto
						publicado en <date when="1984">1984</date>. Ubicar la posibilidad de el
						(los) sentido(s) en ese hiato, en los pasajes y mediaciones operadas por
						esos once años, por las distintas tapas y los distintos prólogos que
						acompañan el texto: el de <persName ref="#ricardo_piglia">Piglia</persName>
						en <date when="1973">1973</date>, el del propio <persName ref="#luis_gusman"
							>Gusmán</persName> en <date when="1984">1984</date>. Se trata, en fin,
						de pensar qué ha pasado con la representación y el conjunto de operaciones
						que, practicadas por la escritura de <persName ref="#luis_gusman"
							>Gusmán</persName> en su momento, vuelven hoy a poner en escena el
						problema de la referencia, aunque con otras modulaciones: son otros, en
						efecto, los tiempos que corren, otra la ubicación de <persName
							ref="#luis_gusman">Gusmán</persName> en el campo intelectual, otros los
						materiales que se procesan (que se intentan procesar) en los textos y otra,
						finalmente, la idea que se tiene sobre la posibilidad de una literatura.</p>
					<p> 1. <title level="m" rend="italic:true;" ref="#gusman_frasquito">El
							frasquito</title> de <date when="1973">1973</date> se abría, ya se dijo,
						con un prólogo (un brillante prólogo) de <persName ref="#ricardo_piglia"
							>Piglia</persName>, que servía para explicar, no tanto la emergencia <hi
							rend="italic:true;">ex nihilo</hi> de la figura de <persName
							ref="#luis_gusman">Gusmán</persName>, sino más bien <hi
							rend="italic:true;">su</hi> escritura (la ambigüedad del deíctico es
						intencional: su referencia puede ser <persName ref="#luis_gusman"
							>Gusmán</persName>, y puede ser también <persName ref="#ricardo_piglia"
							>Piglia</persName>): escritura al margen, fuera de la ley, dice
							<persName ref="#ricardo_piglia">Piglia</persName>. Desorden estructural
						y temático: todo lo que circula en <title level="m" rend="italic:true;"
							ref="#gusman_frasquito">El frasquito</title>, circula arbitrariamente.
						Los motivos que puntúan el texto (el oro, las cadenas, los espejos y las
						fotos pornográficas), dice <persName ref="#ricardo_piglia"
						>Piglia</persName>, hablan de esa sintaxis discontinua, de esa mera sucesión
						de escenas, fragmentos de discursos, encadenamientos (literalmente) de
						clichés (lingüísticos, literarios). Hay, además, el problema de la
						paternidad (motivo que se asocia permanentemente al oro) y el problema de la
						sexualidad. El texto, parece ser, dice <persName ref="#ricardo_piglia"
							>Piglia</persName>, de un régimen perverso: sus límites, como los de la
						familia, son el canibalismo (devorar los verosímiles) y el incesto.</p>
					<p> En los textos de <persName ref="#luis_gusman">Gusmán</persName> los vínculos
						(cadenas) familiares se multiplican hasta la exasperación: hermanos de
						sangre, hermanastros, paternidades fingidas, paternidades reales, abuelas
						que dominan la genealogía (el relato). Parecería que la literatura de
							<persName ref="#luis_gusman">Gusmán</persName>, a la par que se funda en
						esos motivos, quiere decir algo sobre su propia ubicación en el sistema
						literario; se trata, entonces, de reivindicar un linaje, de fundar un mito
						de procedencia. ¿Quién es ese padre cuya figura velada aparece una y otra
						vez en la literatura de <persName ref="#luis_gusman">Gusmán</persName>?
							<persName ref="#borges">Borges</persName>, claro está: tematizado,
						aludido, parodiado, la figura de <persName ref="#borges">Borges</persName>
						aparece como ese padre, esa marca de origen (¿la “leche” del frasquito?) a
						partir de la cual el sentido es posible.</p>
					<p> En <title level="m" rend="italic:true;" ref="#gusman_cuerpo_velado">Cuerpo
							velado</title>, por ejemplo, el narrador trabaja en el cementerio en el
						que su padre y su abuelo están enterrados: la literatura, parecería, sólo es
						posible a partir de nuestros muertos familiares. La literatura se construye
						a partir de un campo funerario en el que conviven las célebres tumbas de los
						antepasados literarios con las más anónimas fosas donde se guardan los
						despojos de una cultura. Se trata de hacer ingresar a la literatura los
						discursos más bastardeados y degradados: el tango (su retórica, sus actores,
						su ideología), las noticias policiales, las prácticas protorracionales
						(sesiones de espiritismo, ocultismo, videncias, curas parapsicológicas), la
						pornografía (fotografías, películas, revistas): se trata de tematizar, de
						problematizar la referencia a partir de aquellos objetos que de manera más
						tensionada manejan la función referencial.</p>
					<p> 2. En otro nivel de análisis, la excentricidad de la literatura de <persName
							ref="#luis_gusman">Gusmán</persName> puede percibirse también en la
						modalidad de ingreso al campo intelectual. Si en la <date notBefore="1961"
							notAfter="1970">década del sesenta</date> el ingreso era más o menos
						fluido y la aprobación pasaba por los jóvenes universitarios que manejaban
						el aparato de consagración, en <date notBefore="1971" notAfter="1976">los
							primeros años del setenta</date> la cosa parece distinta: se ingresa a
						la literatura al margen de los mecanismos institucionales. Se pretende
						reformular, entonces, los hábitos de producción y consumo pero también el
						sistema literario mismo. <title level="m" rend="italic:true;"
							ref="#gusman_frasquito">El frasquito</title>, excéntrico en el nivel
						textual, quiere afirmar también la excentricidad de la cadena textual en que
						se funda (Lamborghini, <persName ref="#borges">Borges</persName>, aquellos
						materiales que se señalaron más arriba) y de la ubicación del escritor.
							<q>“La muerte compra sus máscaras en el mercado”</q> se dijo a propósito
						de un texto de <persName ref="#luis_gusman">Gusmán</persName>, o lo que es
						igual: el mercado es la muerte, escribamos en su contra.</p>
					<p> 3. Referencias culturales, se dijo más arriba. ¿Cómo es la referencia que
						funda <title level="m" rend="italic:true;" ref="#gusman_frasquito">El
							frasquito</title>? El grupo <title level="j" rend="italic:true;"
							ref="#revista_literal">Literal</title> lanzó la piedra del escándalo: la
						relación entre signo y referente es molesta, se decía a propósito de <title
							level="m" rend="italic:true;" ref="#gusman_frasquito">El
							frasquito</title>, en pleno <date when="1973">1973</date>.</p>
					<p> Ubicarse en los márgenes del sistema literario. Se escribe desde un lugar
						distinto que la universidad, y se declara que la referencia es la
						incomodidad y no el objetivo de la literatura, para ponerse en la vereda de
						enfrente respecto de los escritores testimoniales del momento (en su prólogo
						al nuevo <title level="m" rend="italic:true;" ref="#gusman_frasquito"
							>Frasquito</title>, <persName ref="#luis_gusman">Gusmán</persName>
						recuerda la sorpresa de <persName ref="#oscar_masotta">Masotta</persName>
						por <q who="#oscar_masotta">“no encontrar ahí nada reivindicatorio”</q>): la
						referencia es, en todo caso, fragmentaria, <hi rend="italic:true;"
							>descompuesta</hi> y constantemente mediatizada.</p>
					<p> En <title level="m" rend="italic:true;" ref="#gusman_frasquito">El
							frasquito</title> hay una constante filtración de otras voces y otros
						ámbitos, según se dijo: el tango, el espiritismo, la pornografía. Materiales
						degradados de la literatura y procedimientos constructivos envilecidos por
						la repetición son las condiciones de posibilidad de alguna
						representación.</p>
					<p> 4. Desde la primera edición de <title level="m" rend="italic:true;"
							ref="#gusman_frasquito">El frasquito</title>, <persName
							ref="#luis_gusman">Gusmán</persName> se constituyó en uno de los
						escritores centrales del sistema literario, con el amargo privilegio de
						tener un libro prohibido y una evolución marcada por el pasaje entre
						despedazar la referencia en su primera novela y diseminarla en la última.
						Entonces hay una referencia y la discusión pasa por las operaciones
						textuales a las que se la somete. En un caso se trata de despedazar ese
						objeto incómodo: la referencia en <title level="m" rend="italic:true;"
							ref="#gusman_frasquito">El frasquito</title>azos. En el otro caso se
						trata de desmenuzar, de volver ilocalizables esos fragmentos de mundo
						dispersos a lo largo del texto, ¿dónde está lo real? En los dos casos se
						reivindica el espesor del lenguaje la literatura: son ésas, entonces, las
						operaciones que fundan un sentido y a partir de las cuales se discute la
						posibilidad de alguna representación de mundo.</p>
					<p> Para eso vuelve <title level="m" rend="italic:true;" ref="#gusman_frasquito"
							>El frasquito</title>: para poner en escena un capítulo fundamental de
						la historia literaria de los últimos diez años. Entonces se trataba de un
						texto marginal con un trabajo revulsivo sobre los verosímiles y la
						referencia. Hoy es un texto ejemplar de un escritor consagrado, texto que
						viene a re-discutir las posibilidades de la ficción en la <placeName
							ref="#argentina">Argentina</placeName>.</p>
				</div>
			</div>

			<div type="poem" subtype="poema">
				<head> Crepusculares luciferales</head>
				<byline> <persName ref="#marcelo_di_marco">Marcelo Di Marco</persName></byline>
				<p>
					<lg>
						<l>Rocíos aguas primaverales llueven un tanto maula</l>
						<l>en aleteantes shampoos tornasolados</l>
						<l>Allá en el paisito de cristal</l>
						<l>nunca nos fue dado ver la lluvia negra</l>
						<l>la lluvia de ojos enclavados que destilarían humores diversos</l>
						<l>traspasados como estarían como brochettes</l>
						<l>Y no se vaya a creer que perforados por la noche</l>
						<l>por la sonrisa cancheruna del Muchacho de la Moto No</l>
						<l>Ni por los faroles encandiladores Tampoco</l>
						<l>Digo en cambio por garritas de lechuzones de films clase “B&quot;</l>
						<l>Por tantos y cuantos la vida ríe la vida ríe</l>
						<l>Lanza la vida afuera espumosa carcajada</l>
						<l>un espectáculo breve</l>
						<l>de uñas de restos</l>
						<l>de uñas desperdigadas por el living</l>
						<l>Pequeñas obscenidades pintadas de escarlata</l>
						<l>Pero en la tele perduran</l>
						<l>el sol disco de bronce desaforado</l>
						<l>el broncíneo canto del ebúrneo cisne</l>
						<l>la sonrisa efímera la lengua</l>
						<l>deslizándose por tu amor dientes de perla</l>
						<l>cual arañas sangrientas por teclados de marfil</l>
						<l>Cómo ríe la vida si tus ojos negros me quieren mirar...</l>
						<l>Y ni qué decir de la fragante invasión de Kawas doradas...</l>
						<l>Y ni qué decir de las muecas de la Huesuda...</l>
						<l>Ni del coro de mustios bandoneones...</l>
						<l>que está entrando... atravesando la madrugada...</l>
						<l>ni divinidad de rientes soles la vida riente...</l>
						<l>en las rumorosas márgenes de tus eglógicas mechas...</l>
						<l>que están al viento... que están del otro lado...</l>
						<l>Que ya le son al siniestro y nocturno amanecer...</l>
					</lg>
				</p>
			</div>

			<div type="group" subtype="ensayos">
				<head> EL ENSAYO QUE VENDRA</head>

				<div type="text" subtype="ensayo">
					<head> El ensayo, un género culpable</head>
					<byline>
						<persName ref="#eduardo_gruner">Eduardo Grüner</persName></byline>
					<epigraph>
						<quote rend="italic:true;"> El ensayo —hay que entenderlo como un tanteo
							modificador de uno mismo en el juego de la verdad, y no como apropiacion
							simplificadora de otros para los fines de la comunicación— es el cuerpo
							viviente de la filosofía, por lo menos si ésta sigue siendo, aún ahora,
							lo que fue otrora, es decir una <hi rend="roman:true">ascesis</hi>, una
							ejercitación de uno mismo en el pensamiento. </quote>
						<bibl><persName ref="#michel_foucault">M. Foucault</persName></bibl>
					</epigraph>
					<epigraph>
						<quote rend="italic:true;"> Nuestro error no concierne al orden del saber,
							sino al orden moral. Equivocarse es convertirse en culpable cuando se
							cree que se está actuando rectamente.</quote>
						<bibl><persName ref="#jean_starobinski">J. Starobinski</persName></bibl>
					</epigraph>
					<p> Una gran novela puede ser una ballena blanca o una cucaracha: nos arrastra
						con ella o se agita bajo nuestros pies. Es lo que <persName
							ref="#charles_olson">Charles Olson</persName> y <persName
							ref="#walter_benjamin">Walter Benjamin</persName> encuentran en
							<persName ref="#melville">Melville</persName> y <persName ref="#kafka"
							>Kafka</persName>, respectivamente. La metáfora animal es el testimonio
						de un límite absoluto, de un <hi rend="italic:true;">fracaso</hi>:
						imposibilidad de <q who="#charles_olson">“abrumar a la naturaleza”</q>
							(<persName ref="#charles_olson">Olson</persName>), imposibilidad de
						constituir a la bestia como <q who="#walter_benjamin">“receptáculo del
							olvido”</q> (<persName ref="#walter_benjamin">Benjamin</persName>). Por
						encima o por debajo de la humanidad, el fracaso es irrisorio: quizá acierte
							<persName ref="#antonio_gramsci">Gramsci</persName> cuando sugiere que
						el superhombre nietzcheano no es tanto <persName ref="#zaratustra"
							>Zaratustra</persName> como el <persName type="literary_character">conde
							de Montecristo</persName>: un personaje folletinesco, ridículo, cuya
						única grandeza es la de saber esperar. También lo dice <persName
							ref="#walter_benjamin">Benjamin</persName> a propósito de <persName
							ref="#kafka">Kafka</persName>: toda su estrategia consiste en aplazar
						una respuesta (un “juicio”). Ni siquiera la muerte es una sentencia
						satisfactoria: <q who="#walter_benjamin">“(<persName ref="#kafka"
								>Kafka</persName>) consideraba sus esfuerzos como malogrados... se
							consideraba entre aquéllos destinados a fracasar”</q>. Y, en algún
						sentido, tenía razón: <q who="#walter_benjamin">“Lo que fracasó fue su
							grandiosa tentativa de reconducir la poesía a la doctrina y de volver a
							darle, como parábola, la sencilla inalterabilidad que era la única que
							le parecía adecuada en relación con la razón”</q>. Fracasando como
						gestor de alegorías, <persName ref="#kafka">Kafka</persName> entrega —contra
						su voluntad, es sabido— una gran literatura. ¿Y <persName ref="#melville"
							>Melville</persName>? Para <persName ref="#charles_olson"
							>Olson</persName>, el capitán <persName type="literary_character"
							>Ahab</persName> protagoniza —después de <persName
							type="classical_character">Ulises</persName> y <persName
							ref="#dante_alighieri">Dante</persName>— la tercera y última Odisea de
						la historia literaria. Al revés de lo que dice <persName ref="#umberto_eco"
							>Eco</persName>, los capítulos pedagógicos sobre la vida y la caza de
						las ballenas dan la verdadera dimensión del igualmente grandioso “fracaso”
						de <persName ref="#melville">Melville</persName>: <persName ref="#melville"
							>Melville</persName>, escéptico, no se imaginaba sin embargo como podría
						vivir sin una fe. Tenía que tener un dios. En Moby Dick encontró uno, pero,
						¿a qué precio? <cit>
							<bibl><persName ref="#charles_olson">Olson</persName></bibl>
							<quote>: “Era una labor de gigantes: hacer un nuevo dios. Para lograrlo
								era necesario que <persName ref="#melville">Melville</persName>,
								puesto que el cristianismo lo rodeaba como nos rodea a nosotros,
								fuera tan Anticristo como <persName type="literary_character"
									>Ahab</persName>. Cuando rechazó a <persName
									type="literary_character">Ahab</persName>, perdió la antigüedad.
								Y el cristianismo ocupó el terreno. Pero <persName ref="#melville"
									>Melville</persName> había consumado su labor”</quote>
						</cit>. La tarea imposible (tanto como la de <persName ref="#kafka"
							>Kafka</persName>) arroja un <hi rend="italic:true;">resto</hi> exitoso:
						los capítulos pedagógicos, por la misma lógica de su verosímil, reducen el
						dios blanco a una masa de carne sanguinolienta, casi repugnante.</p>
					<p>
						<persName ref="#walter_benjamin">Benjamin</persName> y <persName
							ref="#charles_olson">Olson</persName> son dos auténticos <hi
							rend="italic:true;">ensayistas</hi> : arriesgan la idea de que es en el
							<hi rend="italic:true;">fracaso</hi> de <persName ref="#kafka"
							>Kafka</persName> o de <persName ref="#melville">Melville</persName>
						donde hay que buscar las razones que hacen a la satisfacción de su lectura.
						Vale decir, en lo que hay en ellos de irrepetible (lo único que una “ciencia
						literaria” debería, por definición, excluir): ¿cuántos podrían estar en
						condiciones de ofrecer <title level="m" ref="#kafka_metamorfosis">“La
							metamorfosis”</title> o <title level="m" ref="#melville_moby_dick">“Moby
							Dick”</title> como producto de sus equivocaciones? El ensayo (literario)
						es esto: identificar un lugar fallido, localizar un <hi rend="italic:true;"
							>error.</hi></p>

					<div>
						<head><hi rend="italic:true;">Ensayo/error</hi></head>

						<p> Inútil decir que la idea no es nueva: la hemos leído, desde ya, en
								<persName ref="#maurice_blanchot">Blanchot</persName>: todo escritor
							está atado a un error con el cual tiene un vínculo <hi
								rend="italic:true;">particular</hi> de intimidad. Todo arte se
							origina en un defecto excepcional, toda obra es la puesta en escena de
							esa <hi rend="italic:true;">falta</hi> : <cit>
								<quote>“Hay un error de <persName ref="#homero">Homero</persName>,
									de <persName ref="#shakespeare">Shakespeare</persName>, que es
									quizá, para uno y para el otro, el hecho de no haber
									existido”</quote>
								<bibl><ptr target="#maurice_blanchot"/></bibl>
							</cit>. Afirmación feliz: pareciera que basta que haya Obra para que
							haya Autor, fuera de toda comodidad de una existencia biológica. Figura
							que distingue al ensayo de la “ciencia literaria”, en tanto supone que
							es la escritura la que constituve a un (sujeto) escritor —es lo que dice
								<persName ref="#jean_paul_sartre">Sartre</persName> de <persName
								ref="#gustave_flaubert">Flaubert</persName>— así como el discurso
							funda su propio sujeto. Al revés, la crítica (“científica”, tal como
							hegemoniza hoy a la Universidad) <hi rend="italic:true;">debe</hi>
							suponer un Autor en el origen de la escritura. De la “tradicional” a la
							“moderna”, la crítica ha hecho poco más que cambiarle el nombre a esa
							instancia previa: la restitución de una <hi rend="italic:true;"
								>autoridad</hi> en el origen, bautizada como la Vida, las
							Influencias o las Condiciones de Producción. La crítica llamada
							estructural (que <hi rend="italic:true;">no</hi> privilegia, contra lo
							que se dice, la “inmanencia del texto", sino la adaptación de los textos
							a <hi rend="italic:true;">otra</hi> inmanencia, la de los códigos de la
							semiótica narrativa) no escapa a esta lógica “autoritaria”: el
							sujeto-soporte de la Lengua —o de la Ideología, formación lingüística de
							singular astucia— aplasta bajo el peso de las estructuras la posibilidad
							de recuperar al Autor bajo una forma que no sea la del terrorismo
							académico. Lo cual no exime, no <hi rend="italic:true;">nos</hi> exime,
							de la fascinación casi irresistible de ese terrorismo: ¿quién (salvo que
							se atrinchere en la palurdez de una crítica “sentimental”) podría
							sustraerse a la seducción intelectual de una “cientificidad” crítica?
								<persName ref="#italo_calvino">Calvino</persName> da cuenta
							sagazmente de esta debilidad tan humana cuando señala que incluso la más
							rigurosa crítica anglosajona (pongamos un <persName ref="#ernst_curtius"
								>Curtius</persName>, un <persName ref="#northrop_frye"
								>Frye</persName>, un <persName ref="#george_steiner"
								>Steiner</persName>) termina por parecernos “amablemente
							ensayística” desde que el estructuralismo nos ha acostumbrado a una
							formalización mucho más reductiva y austeramente descarnada de los
							procedimientos de lectura. Seducción que proviene, creo, de la aparente
							eficacia —lo que no quiere decir facilidad— con que esos procedimientos
							combaten el <hi rend="italic:true;">horror vacui</hi> : si supiéramos
							qué es lo que <persName ref="#vladimir_propp">Propp</persName>,
								<persName ref="#todorov">Todorov</persName> o <persName
								ref="#algirdas_greimas">Greimas</persName> eliminan, <hi
								rend="italic:true;">suprimen</hi>, de los textos que analizan,
							sabríamos también qué es lo que les impide ser “amables ensayistas”.</p>
						<p> No es cuestión, tampoco, de desconocer otra consecuencia de la
							ideologización de la figura del Autor: ha provocado que no tengamos,
							todavía, una teoría de la lectura. O, si la tenemos —como parecería
							despuntar esperanzadamente en la “estética de la recepción”— sea en
							buena medida bajo el régimen de una separación entre el análisis de la
							lectura y la escritura y/o una promoción simétrica —véase el último
								<persName ref="#umberto_eco">Umberto Eco</persName>— de la figura
							del Lector como complemento del Sentido (una antigua pasión de <persName
								ref="#paul_valery">Valéry</persName>, por otra parte). Bienvenida
							reaparición, sin duda, después de tantos años de dictadura autoral y de
							posterior “operocentrismo”: es una demostración de que el lector seguía
							siendo, después de todo, el cero que organizaba la serie, el <hi
								rend="italic:true;">deus absconditus</hi> que sólo había muerto para
							hacerse obedecer mejor. Pero a su vez, la muerte del Autor en favor del
							Lector, el relevo de una restitución del origen por una anticipación del
							(incierto) destino, no es necesariamente una ventaja: sigue siendo
							tributaria de una oscilación entre el Pasado y el Futuro. Cuando de lo
							que se trata, más bien, es de una lectura que <hi rend="italic:true;"
								>actualiza</hi> la escritura, que constituye al sujeto de lectura
								<hi rend="italic:true;">en el mismo lugar</hi> en el que se
							constituye el sujeto de la escritura: el presente perpetuo (continuo, si
							se quiere gramaticalizar) de la <hi rend="italic:true;">enunciación</hi>
							. Lugar en el que el autor se dibuja por su ausencia, lugar del <q
								who="#samuel_beckett">“Qué importa quién habla”</q> de <persName
								ref="#samuel_beckett">Beckett</persName> que <persName
								ref="#michel_foucault">Foucault</persName> designa como uno de los
							principios éticos de la escritura contemporánea: no porque no existiera,
							sino porque sólo contemporáneamente ha adquirido el estatuto de <hi
								rend="italic:true;">principio</hi> .</p>
						<p> Se ve, allí hay otra manera de pensar al Autor: no suprimiéndolo por
							decreto, como quisiera cierta “vanguardia”; no manteniéndolo en una
							suerte de anonimato trascendental —lo cual es un gesto teológico, pero
							no crítico— sino recuperándolo, en todo caso, como Nombre, y marcandolo
							como designación de los límites dentro de los cuales se produce un
							acontecimiento <hi rend="italic:true;">discursivo</hi> que podemos
							convenir en llamar <hi rend="italic:true;">obra</hi>. Ese es el lugar,
							pues, de una teoría de la lectura, inseparable —se dijo— de una teoría
							de la escritura, y ambas como propiamente <hi rend="italic:true;"
								>imposibles</hi> (si se acepta el postulado de la imposibilidad de
							una ciencia de lo particular), en el sentido de que tendría que ser una
							teoría informada por su propia práctica, una teoría <hi
								rend="italic:true;">cada vez única</hi> , que se funda y a la vez se
							disuelve con cada lectura (incluso del mismo texto): ¿cómo podría, en
							efecto, haber una teoría de la lectura o de la escritura <hi
								rend="italic:true;">anterior</hi> a la lectura o escritura mismas?
							Esa lectura sería, por lo tanto, una lectura del <hi rend="italic:true;"
								>acontecimiento enunciador</hi>, de la emergencia de una sorpresa
							que me hace levantar la cabeza y dejarme ir en alguna asociación —que
							nunca es libre, desde ya—: permítaseme sugerir —y es una idea que tomo
							en préstamo de <persName ref="#roland_barthes">Roland
							Barthes</persName>— que si me siento a escribir el relato de todas las
							veces que he “levantado la cabeza" provocado por la lectura, eso es un
								<hi rend="italic:true;">ensayo</hi>. Y esto transformaría al ensayo
							en una especie de autobiografía de lecturas: no tanto en el sentido de
							los “libros en mi vida”, sino más bien en el de los libros que han <hi
								rend="italic:true;">apartado</hi> al ensayista de "su" vida: que lo
							han hecho escribir, <hi rend="italic:true;">derramar</hi> sus lecturas
							sobre el mundo en lugar de atesorarlas en no se qué interioridad
							incomunicable. Pasar del tratado al ensayo es pasar del trabajo a la
							conversación (<persName ref="#andre_malraux">Malraux</persName>). Es
							decir: <hi rend="italic:true;">enajenar</hi> la palabra propia sin dejar
							de recuperarla en la del otro. ¿Y no demuestra eso el hecho de que el
							ensayista nunca encuentra, en lo que escribe, la prueba de que es
							realmente <hi rend="italic:true;">él</hi> quien escribe? Ensayista es
							quien puede decir, como <persName ref="#kafka">Kafka</persName>: <q
								who="#kafka">“no escribimos según lo que somos: somos según aquéllo
								que escribimos”</q>. Lo importante aquí es el uso del plural:
							ensayista es el que sabe que nunca escribe <hi rend="italic:true;"
								>solo</hi> (y su soledad consiste en saber eso) porque su escritura
							es la que permite también que <hi rend="italic:true;">se</hi> escriba
							—que se inscriba— el autor con el cual “ensaya”; para un ensayista <hi
								rend="italic:true;">leer</hi> no es escribir de nuevo un libro: es
							hacer que el libro <hi rend="italic:true;">sea</hi> escrito,
							"aparezca".</p>
						<p> Ese "apartamiento" quizá equivaldría, para el ensayista, a la <hi
								rend="italic:true;">ostrononye</hi> de <persName
								ref="#viktor_shklovski"><choice>
									<sic>Schklovski</sic>
									<corr>Shklovski</corr>
								</choice></persName>, al <hi rend="italic:true;"
								>distanciamiento</hi> brechtiano: una operación a mitad de camino —o
							mejor: fuera del camino— entre la identificación impresionista y el
							“objetivismo" cientificista. Puesto que afirmar el acontecimiento no
							implica, forzosamente, dejarse arrastrar por él cuando él emerge: para
							eso basta la paciencia, que es un subterfugio de la muerte (<q
								who="#henry_de_montherlant">“cuando se niega la vida, basta esperar:
								la muerte llega siempre”</q>, dice <persName
								ref="#henry_de_montherlant">Montherlant</persName>). Aquí estamos
							hablando de la <hi rend="italic:true;">impaciencia</hi> por hacer algo
							con ese acontecimiento, por la inclusión de ese azar en un cálculo, como
							lo quería <persName ref="#edgar_allan_poe">Poe</persName>.</p>
						<p> El ensayo, pues: su diferencia con la “ciencia literaria” es que no se
							propone, al menos <hi rend="italic:true;">a priori</hi>, restituir
							ningún origen —ni el Autor, ni el Código, ni el Sentido— ni tampoco
							anticipar ningún Destino, sino constituirse como testimonio de ese
							acontecimiento por medio de la escritura. Es superfluo amonestar a quien
							se haga ilusiones con respecto a la inocencia o la espontaneidad de esta
							forma de lectura: ese <hi rend="italic:true;">sujeto del ensayo</hi> se
							funda cada vez en un lugar distinto del entrecruzamiento múltiple pero
							limitado de lecturas y escrituras; de lecturas y escrituras no sólo
							“autorales” sino históricas, sociales, culturales: como en las célebres
							“series” de los formalistas rusos, en cuya formalización, por fortuna,
							ellos fracasaron exitosamente. Fundación de la cual se podría hacer casi
							una receta, ya que cada quien escribe según lo que lee: basta averiguar
							lo que alguien <hi rend="italic:true;">lee</hi> (y no lo que <hi
								rend="italic:true;">cree</hi> leer) para tener una idea muy
							aproximada de lo que escribe: es el <hi rend="italic:true;">creative
								misreading</hi> de <persName ref="#harold_bloom">Harold
								Bloom</persName>, la —¿me atreveré a traducirlo así?— “deslectura
							creativa” que hace, por ejemplo, que <persName ref="#david_vinias"
								>Viñas</persName> pueda <hi rend="italic:true;">leer</hi>, en <title
								level="m" ref="#marmol_amalia">“Amalia"</title>, que la escritura de
								<persName ref="#jose_marmol">Mármol</persName> se enriquece <hi
								rend="italic:true;">porque</hi> traiciona su ideología explícita, y
							no <hi rend="italic:true;">a pesar</hi> de esa traición. Que le permite
							a <persName ref="#bajtin">Bajtin</persName> construir, con lo que hay de
							aparentemente más <hi rend="italic:true;">accesorio</hi> en <persName
								ref="#rabelais">Rabelais</persName> (su "comicidad”) una teoría de
							la Risa tan importante como las de <persName ref="#henri_bergson"
								>Bergson</persName> o <persName ref="#freud">Freud</persName>, allí
							donde cierta crítica "moderna” solamente encuentra —cree encontrar— un
							modelo universal de la parodia, aplicable a no importa qué otro texto,
							sin tomar nota de que ese <hi rend="italic:true;">accesorio</hi> (ese
								<hi rend="italic:true;">acceso</hi> de risa, siempre inesperado) es
							lo que constituye a la obra (la de <persName ref="#rabelais"
								>Rabelais</persName>, la de <persName ref="#bajtin"
								>Bajtin</persName>) en su <hi rend="italic:true;">singularidad</hi>.
							En ambos casos, repitamos, es la deslectura de lo que aparece como más
							“acertado" lo que permite leer aquélla <hi rend="italic:true;"
								>falla</hi> que es la verdadera carnadura del texto. Y estamos de
							vuelta en <persName ref="#maurice_blanchot">Blanchot</persName>, nombre
							de ensayista por excelencia, cuando habla del “error” de <persName
								ref="#mallarme">Mallarmé</persName>, a saber el de haberse propuesto
							una empresa imposible como es la de aislar la esencia misma de lo
							poético: <q who="#maurice_blanchot">“empresa cuyo desarrollo lo obliga a
								inventar figuras verbales de una belleza incomparable”</q>. Un
							ensayo es la escritura de la lectura de ese error, de ese “acto
							fallido", si se me permite la expresión. Deslizamiento insustituible
							para tratar de entender el ensayo, en tanto permite soslayar la trampa
							de la <hi rend="italic:true;">aplicación</hi>. Ya que desde luego todo
							error —en literatura, al menos— es absolutamente único: ningún modelo
							general previo podría dar cuenta de él sino bajo la forma de su
							expulsión como anomalía. Y cuando la aplicación de un modelo previo se
							hace imposible, lo único que puede restituirlo es la escritura. Me
							refiero, claro está, a la escritura <hi rend="italic:true;">propia</hi>:
							no es dando cuenta del “estilo del autor” como se sorteará la celada. Es
							fácil, demasiado fácil, decir que cada texto propone su propio modelo:
							¿hasta dónde se puede hacer caso omiso de los otros “modelos” de los
							cuales el texto en cuestión se aparta? La estilística, finalmente,
							termina por ser la más normativa de las disciplinas críticas: estudio
							centrado en los <hi rend="italic:true;">desvíos</hi> (¿de cuál camino?)
							procura codificar las potenciales “reacciones” del lector, con lo cual
							éste se transforma en esa especie de monstruo, verdadera enciclopedia de
							delitos lingüísticos, que es el Archilector de <persName
								ref="#michael_riffaterre">Riffaterre</persName> (y estamos hablando
							de uno de los más interesantes y rigurosos “estilísticos”), cuyo
							criterio valorativo, precisamente, es una moral del <hi
								rend="italic:true;">éxito</hi>: <q>“Si es cierto que un buen libro
								es aquél que consigue su objetivo (?), habremos hecho bastante para
								mostrar el valor de una obra cuando hayamos desmontado el mecanismo
								que la hace <hi rend="italic:true;">eficaz</hi>"</q>. Sí, pero, ¿si
							la lectura —y no sólo la escritura— fuera ya un desvío del vínculo
							“normal" con la Lengua? ¿No sería entonces el error, el “fracaso”, el
							objeto imposible de la estilística?</p>
					</div>
					<div>
						<head><hi rend="italic:true;">Error/exclusión</hi></head>

						<p> Convengamos, entonces: la única manera de evitar un error es excluir, de
							antemano, aquéllo que podría producirlo. ¿Y cómo? Despachando el riesgo:
							vale decir, el acontecimiento. Aquélla <hi rend="italic:true;">exclusión
								preventiva</hi> puede entenderse a la manera de <persName
								ref="#michel_foucault">Foucault</persName>: como forma de control
							del discurso, de ejercicio de un poder. O a la manera de <persName
								ref="#levi_strauss">Lévi-Strauss</persName>: como forma de
							establecer reglas de organización, de “cosmologizar” el caos. Los
							ejemplos son nítidos: en el primer caso, lo que <persName
								ref="#michel_foucault">Foucault</persName> llama el “comentario”
							—repetición que aparenta diferencia—, en el segundo la prohibición del
							incesto —producción de una diferencia por la repetición—. Pero ambas
							formas se ligan: el establecimiento de reglas supone el ejercicio de un
							poder, aunque sea “espontáneo”; y no hay poder sin reglas que lo
							informen. La constitución de una “ciencia literaria” (como de cualquier
							otra) implica, pues, esas reglas y ese poder. Lo cual no la hace menos
							necesaria —tan necesaria como la prohibición del incesto—. Pero una cosa
							son las reglas —y el poder para aplicarlas— y otra el autoritarismo que
							pretende reducir cualquier discurso a la verificación de la regla,
							garantizada por el poder. Incluso por el <hi rend="italic:true;">poder
								decir</hi>, que cree lícito avalar con una socorrida cita de
								<persName ref="#ludwig_wittgenstein">Wittgenstein</persName> (<q
								who="#ludwig_wittgenstein">“sobre lo que no es posible hablar, mejor
								callar”</q>) la impotencia de un cálculo que opta por prescindir de
							los restos: ruinas, no del lenguaje, sino de la teoría misma (allí
							tendría mucho que hablar la arqueología foucaultiana: ¿no se trata de
							una disciplina constituida a partir de desechos del repertorio
							simbólico, de la “memoria de la especie”?). <q>"¿Qué es una
								palabra?”</q> —se pregunta un personaje de <persName
								ref="#jean_luc_godard">Godard</persName> en <title level="m"
								rend="italic:true;">La chinoise</title> —: <q>“algo que puede
								callarse”</q>. Está claro que la palabra se define por su <hi
								rend="italic:true;">discontinuidad</hi> , por su parpadeo: toda la
							lingüística moderna depende de este hecho trivial. Pero, ¿se ha reparado
							que, en literatura como en música, también el silencio es discontinuo, o
							sea <hi rend="italic:true;">construido</hi>? No es lo mismo proponer,
							como hace <persName ref="#lisa_block">Lisa Block</persName>, una
							“retórica del silencio” —que debería dar cuenta de la función de lo <hi
								rend="italic:true;">no-dicho</hi> —, que una retórica <hi
								rend="italic:true;">sobre</hi> el silencio, como lo hacen
							(astutamente) los poetas místicos.</p>
						<p> No es cuestión, en ese “callar” que implica la exclusión, del <hi
								rend="italic:true;">silencio</hi> blanchotiano, para el cual
							escribir es retirar el lenguaje del curso del mundo —hacerlo <hi
								rend="italic:true;">dis-curso</hi> —, “despojarlo de lo que hace de
							él un <hi rend="italic:true;">poder</hi> por el cual, si hablo, es el
							mundo que se habla”. El carácter <hi rend="italic:true;">inmundo</hi> de
							la literatura es lo que el ensayista captura en lo <hi
								rend="italic:true;">excluído</hi>, en el registro del <hi
								rend="italic:true;">error</hi>, en el orden de la <hi
								rend="italic:true;">excepción</hi>: de lo excluído, que no es el
							silencio (hacia el cual, después de todo, tiende la mejor literatura,
							como lo recuerda <persName ref="#george_steiner">Steiner</persName>,
							como lo practica <persName ref="#samuel_beckett">Beckett</persName>)
							sino lo <hi rend="italic:true;">silenciado</hi> por el crítico, aun por
							aquél que se ha procurado varios lechos para su pluralidad de <persName
								type="classical_character">Procustos</persName>. ¿Entonces?
							Entonces, más allá del comentario y la prohibición del palimpsesto —la
							transtextualidad que se distingue de la “fuente” porque no tiene un
							origen localizable, el “sistema de citas” borgiano— queda, como basural
							que guarda los tesoros de la orgullosa mendicidad ensayística, el
							depósito del error, de la excepción, del <hi rend="italic:true;"
								>detalle</hi>. De esto se ocupa <persName ref="#luis_gusman"
								>Gusman</persName> en otro pliegue de este <title level="j"
								rend="italic:true;" ref="#revista_sitio">sitio</title>, pero
							quisiera adelantar algunos hallazgos, preñados de la sorpresa del
							reencuentro.</p>
						<p> Uno se reencuentra, por ejemplo, con el nombre de <persName
								ref="#giovanni_morelli">Giovanni Morelli</persName>, aquél crítico
							de arte del siglo pasado cuyo método para la atribución de los cuadros
							antiguos —tan inspirador del método analítico freudiano— consiste (el
							resumen es de <persName ref="#carlo_ginzburg">Carlo <choice>
									<sic>Guinzburg</sic>
									<corr>Ginzburg</corr>
								</choice></persName>) en lo siguiente: no basarse, como se hace
							habitualmente, en las características más llamativas, y por ello más
							fácilmente imitables, de los cuadros: los ojos elevados al cielo de los
							personajes de <persName ref="#perugino">Perugino</persName>, la sonrisa
							de los de <persName ref="#da_vinci">Leonardo</persName>, etcétera. Es
							preciso, en cambio, examinar los detalles más omitibles y menos
							influidos por las características de la escuela a la que pertenecía el
							pintor: los lóbulos de las orejas, las uñas, la forma de los dedos de
							las manos y de los pies. De ese modo <persName ref="#giovanni_morelli"
								>Morelli</persName> descubrió, y catalogó, escrupulosamente, la
							forma de la oreja propia de <persName ref="#botticelli"><choice>
									<sic>Boticelli</sic>
									<corr>Botticelli</corr>
								</choice></persName>, la de <persName ref="#cosme_tura">Cosme
								Tura</persName>, y así sucesivamente. La atención puesta en esa
							indefinible nimiedad podría recordar el método del círculo filológico de
								<persName ref="#spitzer">Spitzer</persName>, tomado de <persName
								ref="#schleiermacher">Schleiermacher</persName> y <persName
								ref="#wilhelm_dilthey">Dilthey</persName>: <q>"procede de la
								atención puesta en un detalle a una anticipación sobre el conjunto
								para regresar a una interpretación del detalle”</q>. Por desgracia,
							la importancia de ese detalle (su aptitud para permitir la anticipación
							del conjunto) procede a su vez de una intuición, pero de una intuición
							tramposa, o, por lo menos, paradójica, ya que es una intuición <hi
								rend="italic:true;">buscada</hi>, condicionada por una teoría
							previa. En <persName ref="#giovanni_morelli">Morelli</persName> también
							es así, por supuesto, pero él tiene el raro rigor de no llamarlo
							"intuición”, sino de ver en el hallazgo la consecuencia de una práctica
							que le ha enseñado que el “detalle” es indistinguible del “conjunto”:
							tal vez no sea casual que <persName ref="#giovanni_morelli"
								>Morelli</persName> hable de obras <hi rend="italic:true;"
								>visuales</hi>, donde la simultaneidad de la “lectura" impide el
							recorrido diacrónico, anticipatorio, del detalle al conjunto. Vale
							decir: uno se imagina que es posible basarse en la <hi
								rend="italic:true;">excepción</hi>, que la ciencia desprecia,
							excluye, y que no necesariamente se opone al <hi rend="italic:true;"
								>sistema</hi> : al contrario, es lo que permite su construcción. Una
							estética de los <hi rend="italic:true;">géneros</hi> —como la que
							propone <persName ref="#gerard_genette">Gérard Genette</persName> para
							su Poética y que consiste, en rigor, en una <hi rend="italic:true;"
								>historia de las lecturas genéricas</hi> — sería, pues, el lugar en
							el cual el ensayista trabaja sobre los silencios de la “ciencia” para
							mostrar que el sujeto del ensayo se <hi rend="italic:true;"
								>autoriza</hi> —se hace autor— en la vacancia de una ciencia de lo
								<hi rend="italic:true;">particular</hi>. Vacancia y vagancia, o
							errancia— de una palabra que se resiste a ser tomada por las <hi
								rend="italic:true;">orejas</hi>, para mantener la figura morelliana.
							Y uno, ya que está, se acuerda de la función de las orejas en <title
								level="a" rend="italic:true;" ref="#maupassant_horla">El
								Horla</title> de <persName ref="#maupassant">Maupassant</persName>,
							y la aprovecha para ejemplificar.</p>
						<p> Es sabido que de ese cuento hay dos versiones, separadas por una pequeña
							distancia cronológica (apenas un año), pero por una gran distancia en su
							estructura: pasaje de la tercera persona con un relato enmarcado en
							primera a primera directa, del caso clínico al diario íntimo, etcétera.
							Pero hay dos párrafos que, de una versión a otra, permanecen casi
							inalterables:</p>
						<p><cit>
								<quote source="#maupassant_horla"> ...con nuestros <hi
										rend="italic:true;">oídos</hi> que nos engañan, transformado
									las vibraciones del aire en ondas sonoras, como si fueran hadas
									que convierten milagrosamente en sonido ese
									movimiento...</quote>
							</cit></p>
						<p> Y un poco más adelante:</p>
						<p>
							<cit>
								<quote source="#maupassant_horla">Como dije antes, simulaba escribir
									para engañarlo, pues él también me espiaba. De pronto sentí,
									sentí, tuve la certeza de que leía por encima de mi hombro, de
									que estaba allí, rozándome la <hi rend="italic:true;"
									>oreja</hi></quote>
							</cit>.</p>
						<p> No abundaré —aunque importaría— sobre la función específica de ese <hi
								rend="italic:true;">oído</hi> engañoso, de esa <hi
								rend="italic:true;">oreja</hi> que se conecta a la lectura “por
							encima del hombro” (como el ensayista espiando a su objeto de lectura,
							lectura siempre <hi rend="italic:true;">oblicua</hi> ) y que se opone a
							la escritura-simulacro que busca hurtar el cuerpo a la mirada (<q
								source="#maupassant_horla">“simulaba escribir para engañarlo, pues
								él —el Horla— también me espiaba”</q>), ni sobre la economía erótica
							de la oreja femenina en la obra de <persName ref="#maupassant"
								>Maupassant</persName> (en <title level="m" rend="italic:true;"
								ref="#maupassant_bel_ami">Bel Ami</title>, por ejemplo). Me interesa
							destacar que la emergencia de ese <hi rend="italic:true;">detalle
								excepcional</hi> y aparentemente banal, la oreja, podría servir para
							“ensayar" en aquello sobre lo que la crítica “científica" hace silencio
							—¡y tratándose justamente de la oreja!— porque no pertenece más que a la
							singularidad de <persName ref="#maupassant">Maupassant</persName>. Así
							le sirve, por ejemplo, a <persName ref="#nicolas_olivari">Nicolás
								Olivari</persName>, quien escribe, en <date notBefore="1931"
								notAfter="1940">la década del 30</date>, un cuento llamado <title
								level="a" rend="italic:true;" ref="#olivari_mosca">La mosca
								verde</title>, donde un hombre, solo en una casa de campo, rodeado
							del más absoluto <hi rend="italic:true;">silencio</hi>, lee <title
								level="a" rend="italic:true;" ref="#maupassant_horla">El
								Horla</title> de <persName ref="#maupassant">Maupassant</persName>,
							y de pronto <hi rend="italic:true;">escucha</hi> el zumbido de una
							mosca, y esa mosca se introduce en su <hi rend="italic:true;"
							>oreja</hi>, y deposita allí sus larvas horrorosas, que enloquecen al
							hombre hasta precipitarlo en el suicidio. Un <hi rend="italic:true;"
								>cuento</hi>, sí, pero, ¿quién podría prohibirme leer allí un <hi
								rend="italic:true;">ensayo</hi> —una verdadera “interpretación”—
							sobre la Oreja en <persName ref="#maupassant">Maupassant</persName>? ¿Y
							estará de más consignar que el autor se suicidó para no escuchar las <hi
								rend="italic:true;">voces</hi> que lo enloquecían? Y uno piensa,
							también, que debería escribir un ensayo sobre ese cuento-ensayo; y por
							supuesto, no lo hace. Pero eso es sólo un <hi rend="italic:true;"
								>detalle</hi> . Lo importante es que se ve trabajar, allí, el método
							de <persName ref="#giovanni_morelli">Morelli</persName>, aún (y más aún)
							bajo la trasposición del ensayo a la ficción. Pero no entremos en el
							tedioso tópico de la ficcionalización de la crítica: el método de
								<persName ref="#giovanni_morelli">Morelli</persName> —<persName
								ref="#carlo_ginzburg">Guinzburg</persName>, obediente al llamado de
							un prestigioso cientificismo, lo llama método del <hi
								rend="italic:true;">paradigma indiciario</hi>, para rebautizar lo
							que <persName ref="#benedetto_croce">Croce</persName>, más epicúreo,
							enunciaba como “sensualismo del detalle inmediato"— permite desconcertar
							la localización prevista de un género: <cit>
								<quote>“Los ensayos de <persName ref="#giovanni_morelli"
										>Morelli</persName>” —dice <persName ref="#edgar_wind">Edgar
										Wind</persName>— “tienen un aspecto más bien insólito si se
									los compara con los de los demás historiadores del arte. Están
									llenos de cuidadosos registros de aquéllas características
									minuciosas que denotan la <hi rend="italic:true;">presencia</hi>
									de determinado artista, como un criminal es traicionado por sus
									impresiones digitales... cualquier museo de arte estudiado por
										<persName ref="#giovanni_morelli">Morelli</persName>
									adquiere de inmediato el aspecto de un museo
									criminal..."</quote>
								<bibl><ptr target="#edgar_wind"/></bibl>
							</cit>. La excepción, el resto, la presencia silenciosa de una nimiedad
							hacen del autor un <hi rend="italic:true;">criminal</hi> (disfrazado en
							su escritura) y del ensayista que repara en <hi rend="italic:true;"
								>eso</hi>, hacen no un buen detective: un <hi rend="italic:true;"
								>cómplice</hi>. Tal vez un cómplice antagónico, como lo son el
							predador y la presa. Si hubiera que pensar una <hi rend="italic:true;"
								>prehistoria</hi> del ensayo, no me disgustaría buscarla,
							improvisándome en etnógrafo de la literatura, en las sociedades de
							cazadores: en la actividad que busca una <hi rend="italic:true;"
								>huella</hi> diferente, “fuera de lugar” en ese sendero <hi
								rend="italic:true;">normalizado</hi> por las idas y venidas de los
							mismos pies. Una huella que, una vez diferenciada por la <hi
								rend="italic:true;">lectura</hi>, ya no es la misma. Porque, ¿cómo
							se podría encontrar una huella sin dejar estampada la propia?</p>
					</div>
				</div>

				<div type="text" subtype="ensayo">
					<head> El ensayo de los escritores</head>
					<byline><persName ref="#luis_gusman">Luis Gusmán</persName></byline>
					<p> Lo sugerente de la palabra ensayo es que en su etimología conserva, al menos
						en algunas de sus derivaciones, su rigor de comprobación, de peso, y a la
						vez su carácter provisional, ligero, y por qué no didáctico, que lo funda
						como género.</p>
					<p> Se trata de situar el ensayo en relación a la lectura que los escritores han
						hecho de la literatura. <hi rend="italic:true;">Por otra parte, no podemos
							innovar, no somos los primeros en soportar, esa impetuosa presión de la
							literatura que no admite ya la distinción de los géneros y quiere romper
							los límites</hi>. ¿Obra del crítico o privilegio de la literatura? Es
						necesario situar los límites en una diferencia y no en una dicotomía. La
						crítica avanza sobre la literatura, la literatura ficcionaliza la crítica,
						la literatura se vuelve <hi rend="italic:true;">crítica</hi> cuando toma por
						la vía del procedimiento literario subsumido a los modelos críticos, la
						literatura cede su lugar para replegarse en el refugio de una interpretación
						que asegura su circulación. Pero ¿no se disuelve la dicotomía ficción
						crítica si otorgamos a la operación de lectura la posibilidad misma de esa
						disolución? Más allá de la “especificidad" siempre cuestionada que puede ir
						desde <title level="a" rend="italic:true;" ref="#borges_pierre_menard">El
							Pierre Menard</title> hasta <title level="m" rend="italic:true;"
							ref="#barthes_plaisir_texte">El placer del texto</title>, es posible que
						una lectura nos muestre más allá de su método <hi rend="italic:true;">la
							composición</hi> por la que un texto determinado se estructura como
						literario. Confusión de términos, uso impresionista e inadecuado de los
						conceptos, siempre se corre el riesgo de ser demasiado antiguo o demasiado
						moderno cuando, en nombre de una supuesta ciencia literaria, se cae en una
						idea de progreso que encuentra su razón de ser en un aparato tecnocrático
						que hace depender la validez teórica de sus comprobaciones en la superación
						de un modelo por otro, o una corriente por otra, hasta llegar al punto en
						que un autor <hi rend="italic:true;">releva</hi> al otro.</p>
					<p> La historia de nuestra literatura presenta esos escollos, desde <persName
							ref="#macedonio_fernandez">Macedonio Fernández</persName> hasta
							<persName ref="#roberto_arlt">Arlt</persName>. Tal vez ningún autor como
							<persName ref="#macedonio_fernandez">Macedonio</persName> presenta
						textos que se sitúan y que se resuelven en la ambigüedad de los géneros,
						hasta <persName ref="#borges">Borges</persName> que lo ubica en lo
						conversacional.</p>
					<p> Aquí se trata de argumentar cómo algunos escritores han ensayado sus
						lecturas a partir de ciertos <hi rend="italic:true;">detalles</hi> que han
						podido encontrar en un texto. A partir de ahí guiaré mis <hi
							rend="italic:true;">pasos en falso</hi>. Detalle, no significa aquí
						detalle barthesiano tal como ese autor utilizó el término en relación a las
						descripciones en <persName ref="#gustave_flaubert">Flaubert</persName>, topo
						retórico de la descripción que en el discurso realista por un efecto de
						acumulación subvierte su sentido original. <persName ref="#gustave_flaubert"
							>Flaubert</persName> se nos vuelve a veces fantástico. Sino que el <hi
							rend="italic:true;">detalle</hi> se acerca más a un nombre familiar para
						nosotros: <persName ref="#giovanni_morelli">Morelli</persName>, ese médico,
						crítico de arte, enmascarado en el uso de un seudónimo y que encontramos
						citado por <persName ref="#freud">Freud</persName>. Citado en ese lugar tan
						conocido por el ejercicio de la literatura, el que distingue la copia del
						original: <q>"A estos resultados llegó prescindiendo de la impresión de
							conjunto y acentuando la importancia característica de los detalles
							secundarios de minucias tales como la estructura de las uñas de los
							dedos, el pabellón de la oreja, el nimbo de las figuras de los santos y
							otros elementos que el copista descuida imitar y que todo artista
							ejecuta en una forma que le es característica.”</q> ¿Práctica borgiana
						que va desde la copia hasta las atribuciones erróneas, estética que nos
						recuerda a <persName ref="#witold_gombrowicz">Gombrowicz</persName> por la
						importancia adjudicada a las partes, y a lo residual? No se trata únicamente
						de que <hi rend="italic:true;">la diferencia</hi> entre el original y la
						copia revele cosas secretas o encubiertas, ni tampoco que el detalle era lo
						que estaba a la vista y sólo que había que leerlo, no importa tanto su
						circulación, sino que esa circulación obedece a cierta lógica que da cuenta
						de una estructura narrativa.</p>
					<p> ¿Privilegio del fragmento, del detalle, de lo particular? Distintas maneras
						de nombrar una misma operación de lectura que va desde <persName
							ref="#maurice_blanchot">Blanchot</persName> hasta <persName
							ref="#borges">Borges</persName>. Lecturas que particularizan un texto
						devolviéndolo o situándolo en una singularidad que le es propia. Si la
						intertextualidad es la relación en cadena entre textos presentes o ausentes
						que permiten leer <hi rend="italic:true;">uno</hi> determinado, la
						singularidad otorgada por esta particularidad forma parte de esta operación
						¿No es la lectura, la intertextualidad misma? La lectura del <hi
							rend="italic:true;">detalle</hi>, impone, practica, todas estas
						operaciones. Pero no se trata acá de explicar o de discutir ese método sino
						de seguir su recorrido en escritores tan disímiles que van desde <persName
							ref="#lezama_lima">Lezama</persName> a <persName ref="#david_vinias"
							>Viñas</persName>.</p>
					<p> Vayamos a ese ensayo escrito por <persName ref="#borges">Borges</persName>
						<title level="a" rend="italic:true;" ref="#borges_sobre_vathek">Sobre el
							“Vathek” de W. Beckford</title>. Ahí se encuentran cosas interesantes si
						uno se dispone para su lectura. He elegido ese texto para hacerlo dialogar
						con el prólogo de <persName ref="#mallarme">Mallarmé</persName> que acompaña
						la reedición de ese breve relato oriental. No me detendré en la fábula,
							<persName ref="#borges">Borges</persName> lo hace y resume el argumento
						de manera magistral. Incluso cita a <persName ref="#mallarme"
							>Mallarmé</persName> y lo olvida allí donde lo plagia. <persName
							ref="#borges">Borges</persName> comienza apoyandose en una “broma" de
							<persName ref="#thomas_carlyle">Carlyle</persName> para anotar una
						reflexión sobre el método biográfico: <q source="#borges_sobre_vathek">“Tan
							compleja es la realidad, tan fragmentaria y tan simplificada la historia
							que un observador omnisciente podría redactar un número indefinido, y
							casi infinito, de biografías de un hombre, que destacan hechos
							independientes y de las que tendríamos que leer muchas antes de
							comprender que el protagonista es el mismo. Simplifiquemos
							desaforadamente una vida: imaginemos que la integran trece mil hechos.
							Una de las hipotéticas biografías registraría la serie 11, 22, 33...
							otra, la serie 9, 13, 17, 21..., otra, la serie 3, 12, 21, 30, 39... No
							es inconcebible una historia de los sueños de un hombre; otra de los
							órganos de sus cuerpo; otra, de las falacias cometidas por él...”</q> Ya
						no es posible, escribirá más adelante, pensar que alguien se resigne a
						escribir la <hi rend="italic:true;">biografía literaria</hi> de un escritor,
						se podrían escribir setecientas páginas sobre <persName
							ref="#edgar_allan_poe">Poe</persName> sin que haya una mención a uno de
						sus textos. <persName ref="#borges">Borges</persName> exige su argumentación
						hasta la paradoja: <q source="#borges_sobre_vathek">“alguna biografía de
								<persName ref="#miguel_angel">Miguel Angel</persName> que tolere
							alguna mención de las obras de <persName ref="#miguel_angel">Miguel
								Angel</persName>”</q>. Pero esa paradoja fue la que inició su texto
						a partir de <hi rend="italic:true;">una atribución</hi>: <q
							source="#borges_sobre_vathek">“<persName ref="#oscar_wilde"
								>Wilde</persName> atribuye la siguiente broma a <persName
								ref="#thomas_carlyle">Carlyle</persName>: una biografía de <persName
								ref="#miguel_angel">Miguel Angel</persName> que omitiera toda
							mención de las obras de <persName ref="#miguel_angel">Miguel
								Angel</persName>.”</q> Esto le sirve a <persName ref="#borges"
							>Borges</persName> para criticar el método biográfico que privilegia la
						vida de un autor sobre su obra, desmontar la ilusión biográfica de una
						totalidad a partir de la teoría de las series, enunciar al mismo tiempo el
						“punto de vista del narrador omnisciente” e incorporar al método biográfico
						una arqueología que incluya lo que hasta hoy una biografía “deja afuera” los
						sueños de un hombre, sus órganos; por supuesto, no se trata de la
						psicobiografía, <persName ref="#borges">Borges</persName> lo aclara cuando
						se refiere a lo totalizador de la biografía psiquiátrica o quirúrgica. Todas
						estas reflexiones las hace para detenerse en la biografía de <persName
							ref="#william_beckford">W. Beckford</persName> que está leyendo, es su
						lectura lo que provoca que escriba este artículo. ¿Artilugio retórico? Lo
						cierto es que a partir de una <hi rend="italic:true;">atribución</hi>
						(elevada a método de lectura si uno recuerda <title level="a"
							rend="italic:true;" ref="#borges_pierre_menard">El Pierre
						Menard</title>) de una broma, alguien, un escritor, se decide a reflexionar
						sobre el género biográfico.</p>
					<p> Su observación sobre el prólogo de <persName ref="#mallarme"
							>Mallarmé</persName> consiste en anotar cómo el prologuista se detiene
						en señalar de qué modo la historia que se inicia en una torre concluye en un
						subterráneo encantado. Este cambio de lugares es la enseñanza que la fábula
						deja caer acerca del posible destino que aguarda a un califa demasiado
						preocupado por las disputas teológicas: el camino que va del paraíso al
						infierno. Ahí podemos agregar la sutil precisión de <persName ref="#borges"
							>Borges</persName> a lo dicho anteriormente acerca del detalle o de lo
						fragmentario. El prólogo de <persName ref="#mallarme">Mallarmé</persName> no
						se reduce a eso, pero <persName ref="#borges">Borges</persName>
						<hi rend="italic:true;">toma</hi> esa idea para desarrollar su argumentación
						que vuelve a exceder el artilugio retórico. En <title level="m"
							rend="italic:true;" ref="#beckford_vathek">Vathek</title> se trata del
						primer infierno atroz de la literatura, a diferencia del infierno del
							<persName ref="#dante_alighieri">Dante</persName> que no es un lugar
						atroz, sino un lugar donde ocurren hechos atroces. A partir de este <hi
							rend="italic:true;">matiz</hi>
						<persName ref="#borges">Borges</persName> nos propone su método de lectura:
						¿Qué sucedería si se leyese a <persName ref="#robert_louis_stevenson"
							>Stevenson</persName> a partir de ese <hi rend="italic:true;">matiz</hi>
						abominable color pardo que lo perseguía desde los sueños de su niñez; a
							<persName ref="#chesterton">Chesterton</persName> que nombra la
						existencia de algo, en los confines orientales, una torre cuya sola
						arquitectura es malvada; a <title level="m" rend="italic:true;"
							ref="#melville_moby_dick">Moby Dick</title> a partir de dilucidar el
						horror de la blancura insoportable de la ballena? Estamos aquí cerca de
							<title level="m" rend="italic:true;" ref="#gombrowicz_hechizados">Los
							hechizados</title> de <persName ref="#witold_gombrowicz"
							>Gombrowicz</persName> donde el castillo encantadose ve reducido a una
						de sus partes más insignificantes: una servilleta animada por donde se hacen
						pasar todas las reglas del género gótico. Del lado del infierno dantesco la
						cárcel, del lado de los túneles de <persName ref="#william_beckford"
							>Bekcford</persName>, la pesadilla.</p>
					<p> Y es <date when="1943">1943</date>, año en que aparece fechado este
						artículo, que <persName ref="#borges">Borges</persName> va a relacionar lo
						siniestro a la literatura, categoría estética que después va a ser usada en
						relación a la literatura fantástica: <q source="#borges_sobre_vathek">“Hay
							un introducible epíteto inglés, el epíteto <hi rend="italic:true;"
								>uncanny</hi>, para denotar el horror sobrenatural; ese epíteto (
								<hi rend="italic:true;">unheimlich</hi> en alemán) es aplicable a
							ciertas páginas de <title level="m" rend="italic:true;"
								ref="#beckford_vathek">Vathek</title> ; que yo recuerde a ningún
							otro libro anterior.</q> “La singularidad apunta aquí justamente a su
						carácter de <hi rend="italic:true;">intraducible</hi> o sea el sentimiento
						de traducibilidad, de siniestro que tiene para cada uno.</p>
					<p>
						<persName ref="#mallarme">Mallarmé</persName> se detiene de entrada en la
						escenificación oriental, y dicha escenificación no es ajena a la <hi
							rend="italic:true;">maniera</hi> en que el relato está dispuesto,
						decorado genuino o de imitación. El relato se sitúa ¿en la copia, en la
						falsificación, en el original? Para ello deberá remitirse a lo verosímil de
						ese orientalismo que domina el relato. Para ello se ocupará de la forma en
						que está construido el relato para mostrar cómo el artificio, la
						descripción, va produciendo un efecto de acumulación, procedimiento que
						serviría para darle al relato su color local. Pero si bien <q>“la ficción da
							lugar a un extraño artificio”</q> destinado a producir el efecto
						buscado, no sería nada sin las <hi rend="italic:true;">visiones</hi> del
						asunto.</p>
					<p> A partir de allí buscará situar la visión del asunto en el relato, que no
						será justamente el tema, sino el proceso de escritura, el estilo. Y la cita
						la encontrará al margen, en el cuadreno de notas, diario íntimo, con que
							<persName ref="#william_beckford">Beckford</persName> acompañaba la
						construcción del relato: <q who="#william_beckford">“Toda la concepción es
							exclusivamente mía. Tenía que realzar, magnificar, <hi
								rend="italic:true;">orientalizarlo</hi> todo."</q> Para ello
							<persName ref="#mallarme">Mallarmé</persName> tiene su método: <q
							who="#mallarme">“Nada de citas en mi breve trabajo, donde no cabe más
							que escoger un libro y preguntarse: ¿De qué se trata?"</q>.</p>
					<p> Se trata de la <hi rend="italic:true;">orientalización</hi>. La aparición de
						Vathek en un verso de <title level="a" ref="#byron_childe">Childe
							Harold</title> nos orienta, a lo que se agrega la versión que,
						apoyándose en el relato de <persName ref="#william_beckford"
							>Beckford</persName>, <persName ref="#lord_byron">Byron</persName>
						quería transmitir de oriente: <q who="#lord_byron">“Por la exactitud y
							corrección del decorado, la belleza de la descripción y la imaginación
							poderosa, este cuento oriental y sublime ante todos, deja en segundo
							plano a todas las <hi rend="italic:true;">imitaciones europeas</hi> y
							tiene tanta traza de ser genuino que quienes hayan visitado oriente
							tendrán dificultades en creer que sea otra cosa que una simple <hi
								rend="italic:true;">traducción</hi>”</q>. Los románticos se
						disputaban oriente, <persName ref="#mallarme">Mallarmé</persName> se detiene
						en ese detalle, porque <hi rend="italic:true;">ninguna estética debe impedir
							la investigación</hi> . Y es junto a esta orientalización que sitúa lo
						dilettante, lo pintoresco, lo exótico, pero para elevar <hi
							rend="italic:true;">el viaje</hi> a la categoría de género: <q
							who="#mallarme">“El joven cosmopolita heredero de mil setecientos y pico
							había, gracias a un séquito principesco y al uso de recomendaciones casi
							de diplomático, desvelado el arcano de la vieja <placeName ref="#europa"
								>Europa</placeName>, pero con una óptica dilettante, predispuesto
							ante todo en reparar en lo pintoresco. El <hi rend="italic:true;">género
								de los viajes</hi> fue de este modo elevado casi al mismo grado de
							perfección que alcanza a muchos poetas.”</q> El tópico ya está nombrado,
						un detalle que permite situar en el interior de la argumentación, el viaje
						como género, y a partir del exotismo y la óptica dilettante el dandysmo está
						esperando ser introducido en la historia de la literatura.</p>
					<p> Aquí <title level="m" rend="italic:true;" ref="#mansilla_entre_nos">Entre
							nos</title>, esto nos permite introducir el dandysmo de <persName
							ref="#lucio_mansilla">Mansilla</persName> anotado de manera singular por
							<persName ref="#david_vinias">D. Viñas</persName>. También en <title
							level="a" rend="italic:true;" ref="#vinias_escritor_gentleman">El
							escritor gentleman</title>, citando <title level="m" rend="italic:true;"
							ref="#estrada_viaje_nilo">El viaje al Nilo</title> de <persName
							ref="#martinez_estrada">Estrada</persName> el autor dará cuenta de esa
						vertiente exótica a través de un estilo equilibrado prefigurando por la
						densidad de los objetos la neutralidad de las plantas, donde el viaje es el
						articulador entre el mundo interior y el mundo exterior. Pero no nos
						detendremos ahí sino en otro trabajo del autor donde surge con nitidez lo
						expuesto hasta ahora casi de manera paradigmática: nos referimos al trabajo
							<hi rend="italic:true;">dedicado</hi> a <persName ref="#lucio_mansilla"
							>Mansilla</persName> donde hace girar la lectura a partir de las
						dedicatorias, los prólogos, los epitafios y las genalogías, elevándolas a la
						categoría de género, apareciendo este lugar como lugar de enunciación
						(¿genésis?) a partir del cual se puede leer la producción del texto.</p>
					<p> Existe una topografía de las dedicatorias en que el lugar del destinatario
						indica una circulación y una recepción del texto. El relato se articula, se
						enuncia como promesa y la dedicatoria lo provoca. Si antes el relato estaba
						destinado y esto ya implicaba una <hi rend="italic:true;">marca</hi>, la
						promesa lo desencadena directamente. La economía del circuito de la
						producción textual se articula sobre dos ejes, prolijidad y despilfarro. Las
						dedicatorias marcan un ritmo de escritura y delimitan un espacio social. La
						escritura se ofrece, produce genealogías, no permite olvidos. La escritura
						se convierte en arte pictórica, y a la manera de <persName
							type="literary_character">Des <choice>
								<sic>Essentes</sic>
								<corr>Esseintes</corr>
							</choice></persName>
						<hi rend="italic:true;">al revés</hi> nos pone ante los ojos una escritura
						de retrato, una heráldica naciente. La dedicatoria se vuelve reserva textual
						y de clase. Produce y se inscribe en una descendencia. La dedicatoria
						establece un pacto de lectura que es un pacto político.</p>
					<p> El estilo de esta escritura (<persName ref="#lucio_mansilla"
							>Mansilla</persName>) no es ajena a ciertos procedimientos retóricos
						destinados a producir un efecto de acercamiento de complicidad entre el
						autor y el lector, su título lo enuncia claramente: <title level="m"
							rend="italic:true;" ref="#mansilla_entre_nos">Entre Nos</title>. El <hi
							rend="italic:true;">chisme</hi>, forma parte de esta memoria tribal que
						encarnaría <persName ref="#lucio_mansilla">Mansilla</persName>. Para
						enterarse de las genalogías dominantes el autor entra en los <hi
							rend="italic:true;">epitafios</hi> . Lo hace partiendo del análisis de
						la narratividad de los discursos fúnebres. No encandilándose por una
						oratoria a lo <persName ref="#jacques_benigne_bossuet">Bossuet</persName>,
						encuentra en esa retórica el mismo circuito de circulación, es decir que
						podemos leer ahí toda una recepción del género literario. El epitafio se
						convierte en género oficial superponiéndose su espacio con el de las
						dedicatorias. Más allá del método elegido por el autor para argumentar sus
						observaciones, articuladas generalmente en un “dialectismo” que se polariza
						siempre en dos ejes o posibilidades, (apareciendo como modelo paradigmático
						el eje <placeName ref="#paris">París</placeName>/desierto) es notable como
						supo ocuparse como ningún otro de esas partes del discurso literario, que
						hoy se llama género menor. Chismes, dedicatorias, epitafios, oraciones y
						discursos fúnebres, una zona residual que hace a la literatura que la
						produce sin ocupar el lugar de lo extraliterario o lo paranarrativo.</p>
					<p> A veces, el <hi rend="italic:true;">detalle</hi> , pudo ocupar en la
						historia de la literatura, teniendo en cuenta su relación de fuerzas en
						referencia al campo literario, el lugar mismo de un género. Si uno piensa en
						la correspondencia y en los diarios íntimos como aquel espacio que interroga
						la obra en el momento mismo en que se está escribiendo, <persName
							ref="#kafka">Kafka</persName> y <persName ref="#gustave_flaubert"
							>Flaubert</persName> escriben a la sombra de esa otra escritura. La obra
						de <persName ref="#andre_gide">Gide</persName> forma parte de esos papeles
						íntimos destinados a no perderse, aquello que hace una “autobiografía”. <hi
							rend="italic:true;">El detalle</hi> , desplaza siempre las fuerzas en un
						campo, pero también se desplaza, no se lo puede ubicar demasiado tiempo en
						lugar determinado porque es lo que excede.</p>
					<p>
						<persName ref="#lezama_lima">Lezama</persName> Lima no ha sido ajeno al
						problema planteado por el Dandysmo. Como <persName ref="#andre_breton"
							>Breton</persName> al hablar de la muerte de <persName
							ref="#jacques_rigaut">J. Rigaut</persName> lo relaciona con el suicidio.
						Pero al interrogarse sobre la poética de <persName ref="#baudelaire"
							>Baudelaire</persName> y <persName ref="julian_casal">Julián
							Casal</persName> establece una observación que parece central para
						pensar el tema del dandysmo. El esteticismo sería antropomórfico, el
						dandysmo antropocéntrico coincidiendo con el antropocentrismo católico. Por
						supuesto esto último no es un análisis de lectura sino una exposición en que
						aparece funcionando lo que desde el comienzo he llamado el detalle y podemos
						agregar ahora... por el que se entra en la escena del texto.</p>
					<p> El tema del dandysmo nos arroja al desierto, que es el lugar preferido de
						este destierro, oriente y apareciendo como tópico de este destierro: el
						desierto. La problemática del desierto en la literatura y en la historia ha
						ido variando de una época a otra, no era lo mismo para el romanticismo que
						para el simbolismo; no es lo mismo el desierto “naif” de <persName
							ref="#pierre_loti">Loti</persName> que el desierto político de <persName
							ref="#paul_nizan">Nizan</persName>. En nuestra literatura a pesar de la
						cercanía en el tiempo difieren el de <persName ref="#jose_hernandez">J.
							Hernández</persName> al de <persName ref="#sarmiento"
							>Sarmiento</persName>. Desde <persName ref="#rimbaud">Rimbaud</persName>
						hasta <persName ref="#michel_leiris">M. Leiris</persName> los escritores se
						han fascinado por desierto.</p>
					<p>
						<persName ref="#maurice_blanchot">Blanchot</persName> lo relaciona con la
						palabra profética. El desierto no es ese afuera, donde no se puede morar, ya
						que estar ahí, es desde ya estar siempre afuera, y la palabra profética es
						la palabra que expresaría con una fuerza desolada la relación pura con el
						afuera. ¿No es esta la situación que suele atravesar la literatura?
							<persName ref="#gilles_deleuze">Deleuze</persName> escribe en <title
							level="m" rend="italic:true;" ref="#deleuze_mille_plateaux">Mille
							Plateaux</title> que en ciertos momentos de la historia el escritor se
						va al desierto. <persName ref="#maurice_blanchot">Blanchot</persName>,
						termina citando a <persName ref="#rimbaud">Rimbaud</persName>, para concluir
						que: <q>“es desértica la palabra, esa voz que necesita del desierto para
							gritar y que sin tregua despierta en nosotros el espanto, la audición y
							el recuerdo del desierto."</q></p>
					<p> No se trata de reducir el tópico del desierto a una temática que se consuma
						en: la huida de la civilización. Por eso para practicar el método de lectura
						que he venido exponiendo he tomado la obra de <persName ref="#roberto_arlt"
							>R. Arlt</persName> donde el tópico del desierto está articulado de
						maneras diferentes e indicando de entrada por lo menos dos movimientos, uno
						de expulsión, y otro de retorno.</p>
					<p> Tratándose de <persName ref="#roberto_arlt">Arlt</persName>, su obra
						permanece siempre en movimiento produciendo efectos de escritura. Ni las
						interpretaciones realistas, ni las “hermenéuticas” (en las que la aplicación
						de un modelo crítico traducen una versión depurada de <persName
							ref="#roberto_arlt">Arlt</persName>) han podido reducir esta obra a
						materia inerte, desde que <persName ref="#oscar_masotta">O.
							Masotta</persName>, aquel escritor de <title level="j"
							rend="italic:true;" ref="#revista_contorno">Contorno</title>, supo ir
						más allá de su método, haciendo otra cosa que su <title level="m"
							rend="italic:true;" ref="#sartre_san_genet">San Genet</title>. Y por qué
						no, entonces, un San <persName ref="#roberto_arlt">Arlt</persName> si uno se
						detiene en estas palabras del astrólogo: <q who="#roberto_arlt">“Y nosotros
							le daremos a todos los sedientos de maravillas un Dios magnífico,
							adornado de relatos que podemos <hi rend="italic:true;">copiar</hi> de
							la Biblia."</q> Es por el lado del sediento de fe, del desierto bíblico
						que entraremos esta vez en <persName ref="#roberto_arlt">Arlt</persName>.
						Pero sin olvidar la copia.</p>
					<p> Un desierto que puede tomar distintas formas, sin que sea necesaria la mano
						borgeana cambiando la arena de lugar, para decir que ha cambiado la forma
						del desierto. Aquél que en la historia de la literatura tiene la suya. Ese
						híbrido romántico del que <persName ref="#sarmiento">Sarmiento</persName>
						hizo su esfinge en el <title level="m" rend="italic:true;"
							ref="#sarmiento_facundo">Facundo</title>: mitad hugoniano en su
						orientalismo, mitad americano por su encuentro con <persName
							ref="#fenimore_cooper">F. Cooper</persName>. En <persName
							ref="#roberto_arlt">Arlt</persName> el desierto no es ajeno a cierta
						práctica de la copia y su relación con otras literaturas. Trataremos de
						situar la copia y sus variantes en dos procedimientos diferentes: el teatral
						y el del relato. Ambos se relacionan entre sí. Al menos <title level="m"
							rend="italic:true;" ref="#arlt_africa">Africa</title> y <title level="m"
							rend="italic:true;" ref="#arlt_criador_gorilas">El criador de
							gorilas</title> (<title level="a" rend="italic:true;"
							ref="#arlt_rahutia">Rahutia la bailarina</title>) incluyendo también la
						obra de teatro: <title level="m" rend="italic:true;"
							ref="#arlt_desierto_ciudad">El desierto entra en la ciudad</title>.</p>
					<p> Estos tres textos reciben efectos de las <title level="m"
							rend="italic:true;" ref="#arlt_aguafuertes_espaniolas">Aguafuertes
							españolas</title>, donde nos encontramos con el desierto no únicamente
						en lo temático, sino también en la construcción del estilo que se deja caer
						en ciertas frases hechas (rezos, refranes, o juramentos) que exceden el
						efecto de verosimilitud necesario para ambientar el relato. Expresiones que
						figuran como figuras topográficas que otorgan el fondo geográfico buscado en
						la descripción de la crónica.</p>
					<p> La copia implicará lugares diferentes. Uno en lo que hace al decorado,
						utilería, maqueta, telón pintado, materialidad que no está ahí únicamente
						para señalar el señuelo que nos abre el espacio teatral que introduce el
						desierto en la ciudad, sino que efectivamente es del orden del símil, pero
						un símil que desborda la figura retórica para ubicarse en el relato como un
						elemento material más que como índice de que ahí todo es de cartón. Esto se
						lee desde las primeras frases en las <title level="m" rend="italic:true;"
							ref="#arlt_aguafuertes_portenias">Aguafuertes porteñas</title> (<hi
							rend="italic_true">El desierto</hi>): <q
							source="#arlt_aguaguertes_portenias">“Y de pronto usted tiene la
							sensación de que se encuentra en medio del desierto. Un desierto de
							papel pintado, de tabiques de madera, corredores y ex-hombres.”</q></p>
					<p> Otro lugar en relación a <hi rend="italic:true;">la huída de la
							civilización</hi>, el desierto no ya como lugar de “prueba” o de pasaje,
						sino de fuga: <q source="#arlt_aguaguertes_portenias">“...Y es que usted,
							aunque no quiera reconocerlo, se siente fuera o expulsado de la sociedad
							de los hombres. Allí en el 'desierto' son todos enemigos.”</q> Símil que
						ya está en <title level="m" rend="italic:true;" ref="#arlt_siete_locos">Los
							siete locos</title>, ese espacio profundo, alucinado, ese hielo celeste
						que describe el relato de <hi rend="italic:true;">El buscador de oro</hi>. Y
						que tiene su lugar de utopía “negativa”: <q source="#arlt_siete_locos"
							>“¿Sabe usted lo que es el proletariado anarquista, socialista de
							nuestras ciudades? Un rebaño de cobardes. En vez de irse a romper el
							alma a la montaña y a los campos, prefieren las comodidades y los
							divertimentos a la heroica soledad del desierto. ¿Qué harían las
							fábricas, las casas de moda, los mil mecanismos parasitarios de la
							ciudad si los hombres se fueran al desierto?”</q>.</p>
					<p> Nos encontramos aquí con el primer movimiento: la expulsión, el desierto
						fuera de la ciudad, el hombre arrojado. Por esto también aparece en
							<persName ref="#roberto_arlt">Arlt</persName> el tópico <hi
							rend="italic:true;">desierto</hi> acompañando la figura de la peste,
						espacio cerrado de clausura pero donde los valores se invierten, tal lo
						descripto por <persName>Giraud</persName>: la prostituta se convierte en
						santa, el asesino se redime. Pero no por tener ese lugar deja de cumplir su
						función de símil: <q>“Pero ya está todo organizado y no cabe otra cosa que
							decir: en nuestro siglo los que no se encuentran bien en la ciudad que
							se vayan al desierto... Cuando los primeros cristianos se sintieron mal
							en las ciudades se fueron al desierto. Allí, a su modo, construyeron la
							felicidad... ¿Sabe que me gusta ese símil del desierto?.”</q></p>
					<p> Vayamos ahora al otro movimiento: ¿Cómo entra el desierto en la ciudad? Por
						el lado del decorado, de la utilería, “el símil” se materializa. Se lo ve en
						las anotaciones que indican la disposición del decorado en la escena
						teatral: <q>“Al fondo: el desierto plateado por la luz lunar... Al fondo:
							entre los troncos se distingue la sábana amarilla del desierto. Junto a
							la tranquera, sentado en una piedra, el invitado.”</q> Pero no
						únicamente por el contraste de los términos lexicales (desierto/tranquera)
						se podría deducir que la escena no transcurre en el desierto, o que éste
						está siendo usado alegóricamente. De hecho en la obra se cumple lo dicho
						anteriormente respecto a la figura de la utopía y de la peste: la fuga al
						desierto. <q>“Queremos vivir tranquilos. Leemos libros santos. Estamos
							olvidando nuestras miserias, curándonos de nuestros vicios. César partió
							para el desierto: lo acompañaba una alegre pandilla de prostitutas y
							rufianes."</q></p>
					<p> Digo entonces que el procedimiento del símil del desierto excede la
						verosimilitud del decorado o del contraste porque la obra entera está
						contaminada por este procedimiento desde la primera hasta la última escena
						con que empieza <title level="m" rend="italic:true;"
							ref="#arlt_desierto_ciudad">El desierto entra en la ciudad</title>: <cit>
							<quote source="#arlt_desierto_ciudad">“...¿Ves esta manzana? Yeso
								pintado... Mi pollo es de madera... ¿Probaron el vino? Agua
								desteñida. El pan es de aserrín. Las aceitunas de
								porcelana.”</quote>
						</cit> Y en el desenlace aparece el índice decisivo: <cit>
							<quote source="#arlt_desierto_ciudad">“La trampa consiste en traerle un
								muerto de cera y suplicarle a César que lo resucite.” Un maniquí es
								el que va a provocar la “verdadera muerte"</quote>
						</cit>.</p>
					<p> También en <title level="m" rend="italic:true;" ref="#arlt_africa"
							>Africa</title> el desierto estará descripto fundamentalmente como
						efecto de verosimiltud, por el lugar donde se sitúa la acción: <q
							source="#arlt_africa">“Más próximos, recortando la acuidad del
							firmamento, los almenares de las mezquitas revestidos de mosaicos que
							fingen verdaderos tableros de ajedrez. Más allá, infinito, amarillento
							el desierto"</q>, ya que es un ajedrez fingido el que propone la pieza.
						Pero también porque allí se registra el doble movimiento entre la ciudad y
						el desierto: <q source="arlt_africa">“El desierto tomó el color de la piel
							de león. En los caminos ya se han puesto en marcha los campesinos y los
							rebaños...”</q></p>
					<p> El otro procedimiento que reservábamos era el del <hi rend="italic:true;"
							>relato</hi> . Aquí también encontramos el desierto fingido ajedrezado,
						pero la función de verosimilitud del relato está puesta fundamentalmente en
						las marcas discursivas (“La paz sea en tí”, “Alá se apiade de mí”).</p>
					<p> Sin embargo, de manera sorprendente, el relato se excede y el desierto pasa
						a ser la “extraterritorialidad” que construye un estilo que va más allá de
						las convenciones en que una escritura se apoya, hasta <hi
							rend="italic:true;">orientalizarse</hi> construyendo zonas tan
						enrarecidas que producen una “lengua” extraña. En un mismo párrafo el texto
						se prepara, se “orienta”, se orientaliza ¿únicamente por metonimia se puede
						escribir “la cúpula de un eucalipto?"</p>
					<p> Seguramente ni la arqueología flaubertiana, ni la soledad de esos niños de
							<persName ref="#marcel_schwob">Marcel <choice>
								<sic>Schowb</sic>
								<corr>Schwob</corr>
							</choice></persName> para usar las bellas palabras borgeanas, se pueden
						encontrar en el desierto de <persName ref="#roberto_arlt">Arlt</persName>,
						pero sí una “extraterritorialidad” que excede la utopía y la conversión y
						nos precipita en el simulacro de unas líneas de arena.</p>
				</div>

				<div type="text" subtype="crítica">
					<head> Un libro de relatos de <persName ref="#carlos_correas">Carlos
							Correas</persName> y varias cuestiones conexas controversiales</head>
					<byline>
						<persName ref="#ramon_alcalde">Ramón Alcalde</persName></byline>
					<div type="introduction">
						<p>
							<persName ref="#carlos_correas">Carlos Correas</persName>, bajo el
							título de <bibl><title level="m" rend="italic:true;"
									ref="#correas_reportajes">Los reportajes de Félix
									Chaneton</title> (<pubPlace ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos
									Aires</pubPlace>, <publisher ref="#ed_celtia"
								>Celtia</publisher>, <date when="1984">1984</date>)</bibl>, agrupa
							aquí tres relatos, que pone en boca de un mismo narrador-protagonista.
								<persName type="literary_character">Chaneton</persName> refiere
							sucesos de tres momentos distintos de su vida: a los 25, a los 40, a los
							42 años. La acción, en cada uno de los tres casos, abarca unas 48 horas.
							Transcurre: 1) en las calles de <placeName ref="#buenos_aires_ciudad"
								>Buenos Aires</placeName> (zona Sudoeste), en <placeName
								ref="#avellaneda">Avellaneda</placeName> y el <placeName
								ref="#dock_sud">Dock Sur</placeName>; 2) en un pueblo de la
								<placeName ref="#santa_fe">Provincia de Santa Fe</placeName>,
							cercano a <placeName ref="#rosario">Rosario</placeName>; 3) en un
							domicilio conyugal de <placeName ref="#belgrano_argentina"
								>Belgrano</placeName>, otras calles de <placeName
								ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos Aires</placeName> (esta vez del
							Norte) y un hotel-pensión del barrio circundante al Hospital de
							Clínicas, de la misma metrópoli.</p>
						<p> En <title level="a">“Rodolfo Carrera: un problema moral”</title>, la
							primera de sus narraciones, <persName type="literary_character"
								>Chaneton</persName> dice tener 25 años, ser de profesión
							homosexual, vivir con su madre, progenitora que se encarga de
							mantenerlo. A temprana edad —se deduce— ha traducido <title level="m"
								rend="italic:true;" ref="#genet_journal">Journal du voleur</title>,
							de <persName ref="#jean_genet">Jean Genet</persName>, y se propone
							utilizar <q source="#correas_reportajes">“una técnica análoga, pero sólo
								análoga, a la desarrollada por él... pero de modo de ir más allá y
								del otro lado de la misma, y esto porque me propongo abordar el <hi
									rend="italic:true;">ser salvaje</hi>: éste es un desecho humano,
								excrecencia; es sobre todo propio de la ciudad, no es
								originariamente natural”</q>. Por el momento, <persName
								type="literary_character">Chaneton</persName> ejerce de periodista,
							pero quiere “estudiar, ser algo, alguien”. De cómo, sin haber estudiado,
							pudo haber sido admitido a la coparticipación en el Cuarto Poder; por
							qué asigna a la benemérita profesión un estatuto ontológico tan precario
							(por inferencia inmediata, “periodista” = “nadie, nada”); qué le
							insatisface de su rol ocupacional, no nos lo confía.</p>
						<p> A los 40 (<title level="a">“En la vida de un pueblo”</title>), <persName
								type="literary_character">Chaneton</persName> se ha casado con la
							hija de un chacarero, el cual ahora reside en el pueblo y tiene un tambo
							muy cerca, regenteado por un administrador. <persName
								type="literary_character">Chaneton</persName> y su esposa pasan unos
							días de visita en la casa de los padres de aquélla. Procediendo —hay que
							suponerlo, porque no se aclara— de <placeName ref="#buenos_aires_ciudad"
								>Buenos Aires</placeName>. <persName type="literary_character"
								>Chaneton</persName>
							<hi rend="italic:true;">ya estudia</hi> . Inglés. <q
								source="#correas_reportajes">“Con un propósito de crítica
								intelectual, pues tiene la idea de que en la cultura y en el estilo
								de vida de la <placeName ref="#argentina">Argentina</placeName> es
								cada vez mayor la influencia de la cultura y las costumbres
								norteamericanas”</q>. <hi rend="italic:true;">Ya es</hi> —o por lo
							menos ha avanzado mucho hacia ello— <hi rend="italic:true;">“algo,
								alguien”</hi>. Traduce del alemán (la tercera lengua) un libro de
							ciencias humanas sobre la psicología de la juventud.</p>
						<p> A los 42, en el <title level="a">“El último recurso”</title>, <persName
								type="literary_character">Chaneton</persName>, por circunstancias
							que retiene íntimas, se ha divorciado, mora en un hotel, es docente de
							la <orgName>Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires</orgName>. Se
							cura de un colega que vive en el mismo hotel; ayuda a una ex compañera a
							comprar fármacos de venta bajo receta (que la señorita no detenta), y
							pasea, haciéndole conocer calles de <placeName
								ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos Aires</placeName> (que él
							considera insólitas) a una alumnita suya, oriunda de <placeName
								ref="#tres_arroyos">Tres Arroyos</placeName>, Provincia homónima.
							Adelantándome: este paseo es simétrico (por lo didáctico) de otro
							realizado por <persName type="literary_character">Chaneton</persName> en
							el primer relato en compañía de un <persName type="literary_character"
								>Rodolfo Carrera</persName>, del que me ocuparé extensamente. Pero
							allí, <persName type="literary_character">Chaneton</persName> era
								<persName type="classical_character">Telémaco</persName>, mientras
							que aquí es el Néstor, o el lazarillo de la pueblerinita.</p>
						<p> El proyecto de <persName type="literary_character">Chaneton</persName>
							parece cumplido ya ha dejado de ser periodista; homosexualidad juvenil y
							matrimonio quedaron atrás; estudió; es “<hi rend="italic:true;"
								>algo</hi>” (un trabajador de la cultura, en relación de dependencia
							con el Estado y en situación de revista en el <orgName>Ministerio de
								Educación</orgName>, que carga con la impar responsabilidad de
							imbuir a nuestra juventud en la verdad, el bien y la belleza). En cuanto
							a si éste su “<hi rend="italic:true;">ser alguien</hi>” ha alcanzado o
							no una entelequia satisfactoria, de esto precisamente, se ocupa este
							postrer “autorreportaje” (el neologismo se comenta <hi
								rend="italic:true;">infra</hi>).</p>
						<p> Los años en que el relator sitúa las experiencias de <persName
								type="literary_character">Chaneton</persName> son epocales: 1)
							inmediatamente después de la Revolución Libertadora; 2) la dictadura de
								<persName ref="#juan_carlos_ongania">Onganía</persName>: 3) la
							elección de <persName ref="#hector_campora">Cámpora</persName>. No se
							trata de una sincronización extrínseca. A los tres contextos se hacen
							insistentes referencias, designativas y metafóricas: el submundo de
							chongos-cabecitas negras y maricas pregay, lúmpenes también, la holgura
							Desarrollista que todavía sobrevive —metaforizada en los festines
							luculianos de la casa de los suegros—; el oportunismo político de los
							intelectuales de 30 años bajo el GAN y el ennui-spleen-nihilismo de los
							de 40, todo antes de <placeName ref="#ezeiza">Ezeiza</placeName>.
								<persName type="literary_character">Chaneton</persName> (y <persName
								ref="#carlos_correas">Correas</persName>) habla torpemente,
							esquemáticamente, de la historia, es verdad, pero hay que reconocerle
							dos virtudes. La primera, un poco coyuntural, de hablar de una historia
							abarcable por un lector no excesivamente longevo, reconocible por uno en
							sus cuarenta, capaz de suscitar el interés de uno de veinte que no esté
							ya perdidamente enajenado. Después de los últimos aludes de Tiranías de
								<persName ref="#juan_manuel_rosas">Rosas</persName>, caudillotes,
							mujerazas coloniales, boedosidades y Abasteces, es toda una primavera. Y
							sin necesidad de andar afanándose flores por ahí. Pero lo más
							importante, creo es la <hi rend="italic:true;">impregnación</hi> (total
							al no estar tematizada) de los personajes por la circunstancia histórica
							donde los ha situado el arbitrio de la ficción. De su geografía o
							topografía hablaré después.</p>
						<p> Lo <hi rend="italic:true;">autobiográfico</hi>, programáticamente
							prometido por <persName ref="#carlos_correas">Correas</persName>,
							resulta adquirido no por las continuas remisiones (explícitas o en
							clave) de los sucesos ficcionales a la trama de lo acontecido
							histórico-autobiográfico real, sino por <hi rend="italic:true;">la
								retención corporal, en esos personajes individualizados, de las
								experiencias genéricas (lo histórico convivido)</hi>. Esta retención
							—por debajo de la decisión estética de ficcionalizar en el modo de la
							historia real en que autor y lector están incluidos, o en el de las
							temporalidades imaginarias a las que ambos tienen que trasladarse (el
								<hi rend="italic:true;">illo tempore</hi>, el año 3.000, el regreso
							de <placeName ref="#troya">Troya</placeName>)—, determina a priori la
							articulación y los contenidos de personajes y trama. (<persName
								ref="#hans_christian_andersen">Andersen</persName> y <persName
								ref="#hugo_von_hofmannsthal">Hugo von <choice>
									<sic>Hofmannstahl</sic>
									<corr>Hofmannsthal</corr>
								</choice></persName> no hubieran podido, aunque lo hubiesen querido,
							imaginarizar cualitativamente la misma hada; <persName ref="#teocrito"
								>Teócrito</persName>, <persName ref="#torquato_tasso"
								>Tasso</persName>, <persName ref="#edmund_spenser"
								>Spenser</persName>, el mismo adolorido pastor o la idéntica ninfa
							constante.) Y tal vez se deba a que la determinación corporal por la
							vivencia (la cual se produce necesariamente dentro de la Historia, es la
							condición previa (a la vez en cuanto sustrato real y en cuanto sustrato
							simbólico) de la <hi rend="italic:true;">recordación</hi>; por lo tanto
							de la memoria; por lo tanto de la autobiografía: <q
								who="#lou_andreas_salome">“Memoria tenemos; recuerdos somos”</q>,
							condensó <persName ref="#lou_andreas_salome">Lou
								Andreas-Salomé</persName>. Determinación <hi rend="italic:true;"
								>somática</hi>, ultramaterial, dioxirribonucleica, también, de los
							que los alejandrinos llamaron “carácter” (cuño, impronta) y luego —por
							una <hi rend="italic:true;">fatal metonimia</hi> — “punzón para
							escribir” (estilo), hasta desangrarse semánticamente en la “escritura”
								(“<hi rend="italic:true;">écriture</hi>”) de nuestros <hi
								rend="italic:true;">bas bleues</hi> de ambos sexos.</p>
						<p> Esta sobredeterminación de los relatos de <persName
								ref="#carlos_correas">Correas</persName>, más allá de cualquier
							consideración o crítica estética o conceptual, es lo que me aferró al
							libro de <persName type="literary_character">Chaneton</persName> y
							convirtió a esto, que comenzó como una nota bibliográfica, en un
							quodlibeto desmelenado.</p>
					</div>
					<div>
						<head rend="italic:true;"><persName ref="#carlos_correas"
								>Correas</persName>-<persName type="literary_character"
								>Chaneton</persName>-<persName type="literary_character"
								>Levinas</persName>-<orgName type="editorial" ref="#ed_celtia"
								>Celtia</orgName>: armonías postestablecidas</head>
						<p> Los relatos (3) de <persName type="literary_character"
								>Chaneton</persName> aparecen flanqueados por una anónima contratapa
							y por un prólogo de un ficcional <persName type="literary_character"
								>“Juan Manuel Levinas"</persName> (¿todo un emblema: el saladero,
							los cerrillos, el caníbal sanmiertino, la aristocracia, el abolengo
							judeo-portugués?) a mano izquierda; y de una Contratapa de <orgName
								type="editorial" ref="#ed_celtia">Editorial Celtia</orgName>, a mano
							derecha. <persName type="literary_character">Juan Manuel
								Levinas</persName> comparece como albacea y compilador de los
							escritos que la muerte prematura de <persName type="literary_character"
								>Chaneton</persName> dejó inéditos. ¿Qué <hi rend="italic:true;"
								>entierra</hi>
							<persName ref="#carlos_correas">Correas</persName>? ¿Qué <hi
								rend="italic:true;">clausura</hi> con la muerte entre bambalinas del
							protagonista-narrador? Porque en escena, en lo narrado, no muere. No
							muere tampoco en plena tarea de escribir, ni nada de lo escrito
							preanuncia su muerte. ¿Quiso tal vez <persName ref="#carlos_correas"
								>Correas</persName> garantizar a la “autobiografía” de <persName
								type="literary_character">Chaneton</persName> el status de <hi
								rend="italic:true;">documento</hi>, de vida fenecida y
							definitivamente cancelada? Si así fuera, ¿por qué? ¿Qué <hi
								rend="italic:true;">mundo</hi> quiso <persName
								type="literary_character">Chaneton</persName>, como Sansón a los
							filisteos, arrastrar consigo a la muerte? ¿Por qué, entonces, <persName
								type="literary_character">Levinas</persName>, mandatario hiperfiel,
							como <persName ref="#varo">Varo</persName> de <persName ref="#virgilio"
								>Virgilio</persName>, evoca <hi rend="italic:true;">aquí y
								ahora</hi> a <persName type="literary_character"
							>Chaneton</persName>? ¿Considerará provechosa para nosotros la
							exhumación de <persName type="literary_character"
							>Chaneton</persName>?</p>
						<p>
							<orgName type="editorial" ref="#ed_celtia">Editorial Celtia</orgName>
							evidentemente sí: <cit>
								<quote>“Adornar a una 'joven marica' con delicadeza, hermosura y
									encanto, descargándola de lo grotesco y lo sórdido... Vivir como
									imposible la felicidad redentora de la comunión con un pueblo...
									Destruir con benéfico pavor a un hombre para hacerlo renacer a
									su destino... Tales son las peripecias centrales que acomete el
									protagonista de esta novela que busca perderse a través de la
									aniquilación y el desgaste: así aprende que sólo esta pérdida
									justifica la integridad de ser hombre”</quote>
							</cit>. (Los puntos de suspenso son del original.) Contratapa parecería
							proponernos, contra lo expresamente prometido por <persName
								type="literary_character">Chaneton</persName> (véase <hi
								rend="italic:true;">supra</hi>), un <persName
								type="literary_character">Little Lord Fauntleroy</persName> negro o
							un <persName ref="#marques_sade">Donatien-Alphonse-Francois</persName>
							rosa, en blusita de primera comunión. O quizás mejor un <persName
								ref="#jean_genet">Genet</persName> penitente, enrolado ya en el
							Ejército de Salvación y piafando por rescatar uranistas de los
							urinarios. Como se ve, Contratapa se excede no poco de su función
							tradicional de factor de decisiones de compra. Cóndor de cerúleas
							luminosidades, sobrevuela las planicies rasas del marketing y eleva el
							himno de su certidumbre: sabe, o cree saber, <hi rend="italic:true;"
								>para quién</hi> edita, sea la muchedumbre preconstituida de
							adquirentes o —por qué no— una nueva raza surgida al efecto del limo de
							la Madre Tierra misma: ¡Un público para <persName
								type="literary_character">Chaneton</persName>! Por qué <persName
								ref="#carlos_correas">Correas</persName> consiente esta
							edulcoración, es incomprensible.</p>
						<p> ¿Cómo? ¿Usted pretende que el autor es responsable de lo que la
							editorial incluye en la contratapa? Por supuesto que sí. De la
							contratapa, de la ilustración y tipografía de la tapa, del diagramado de
							página y hasta del gramaje del papel. Por no hablar de la elección o
							aceptación inicial de la editorial ni del contrato de edición, venta y
							distribución, mayorista y minorista. Si no lo responsabilizara a
								<persName ref="#carlos_correas">Correa</persName>, no lo respetaría,
							como lo respeto, aun en lo que pueda parecerme menos respetable. De lo
							contrario, lo estaría relegando al democrático simposio de Bellas Almas
							Autoras (Poetas, Narradoras, Críticas, Teóricas de la Literatura)
							procazmente toqueteadas por debajo del mantel por Almas Bellas
							Secretarias de Cultura, Asesoras Editoriales, Directoras de Colecciones.
							Reseñistas de Suplementos, o por Beautiful Souls Directoras de Latin
							American Departments, Distribuidoras-Receptoras de Becas Guggeheim de
							Derecha y de Becas Guggenheim de Izquierda.</p>
						<p> Decía que a <persName ref="#carlos_correas">Correas</persName> lo
							respeto. En primer lugar por su obstinada candidez en querer recuperar
							para la literatura (máxime para la novela) una posición perdida o muy
							debilitada en la <placeName ref="#argentina">Argentina</placeName> desde
							la <date notBefore="1966" notAfter="1970">segunda mitad de la década de
								1960</date>, a partir de la disolución de <title level="j"
								rend="italic:true;" ref="#revista_sur">Sur</title> y del boom
							latinoamericanístico: la hasta entonces llamada “literatura
								comprometida”<note n="1" resp="#ramon_alcalde">Esto lo escribí antes
								de firmar el <title level="a" rend="italic:true"
									ref="#sitio_entredichos_4-5">“Entredichos”</title>, donde se
								matiza ampliamente este concepto.</note>. Posición —quisiera ser
							bien entendido— que no tiene que ver con realismo-formalismo,
							tradición-vanguardia, ni con los cambios en la sensibilidad estética
							respecto del estilo. Ultimos representantes, casi sin excepción fieles a
							esa literatura y a sí mismos: <persName ref="#osvaldo_lamborghini"
								>Osvaldo Lamborghini</persName>, <persName ref="#luis_gusman">Luis
								Gusmán</persName>, <persName ref="#ricardo_zelarayan">Ricardo
								Zelarrayán</persName>, <persName ref="#rodolfo_fogwill">Rodolfo
								Fogwill</persName>. (Sin duda cometo omisiones injustas: hablo sólo
							de quienes me parecen prototípicos.) Escriben bien, muy bien (no pienso
							en su vocabulario ni su gramática), regular, mal, pésimo. Se aferran al
							terreno (metáfora militar) y tratan de sobrevivir en él y vivir de él
							(no sólo metáfora), fieles al hablar para decir (aun callando), en medio
							de la cháchara histérico-maníaca de los medios, de las instituciones:
							estatales, privadas, contestatarias. Creo que <persName
								ref="#carlos_correas">Correas</persName> también lo logra. Pese a
							Contratapa y a sus propios fantasmas —copiosos por cierto—, su ideología
							y su estética.</p>
					</div>
					<div>
						<head rend="italic:true;">Lector: ¿un idiota útil?</head>
						<p>
							<cit>
								<quote source="#correas_reportajes">“Tres relatos encontrados entre
									los papeles de <persName type="literary_character">Félix
										Chaneton</persName>. Corresponden a tres momentos sucesivos
									de su vida. Aquí aparecen por primera vez. Se trata, pues, de
									una publicación póstuma. El título para el conjunto me
									pertenece”</quote>
							</cit>, explica <persName type="literary_character">Juan Manuel
								Levinas</persName>. Y es imposible felicitarlo. Para comenzar,
							“reportaje” es una palabra nada eufónica en español y de importación
							innecesaria, pero que además tiene una doble, inquietante, acepción en
							su idioma de origen: 1) <hi rend="italic:true;">transitiva</hi>:
							informar sobre algo averiguado, por encargo o mandato de un superior; b)
								<hi rend="italic:true;">intransitiva</hi>: comparecer, bajo la
							debida obediencia siempre, ante ese superior, para rendir cuenta de la
							propia conducta (el: <q>“Oficial <persName>McMahon</persName>, repórtese
								al precinto”</q> de nuestros traductores boricúas televisivos).
								<persName type="literary_character">Chaneton</persName>,
							¡justamente!, ese ente que nunca sabe quién ni qué es, y pone en ello su
							sustancialidad, mal podría inquirir a otros sobre sí mismo. Mucho menos
							autoencuestarse.</p>
						<p> El desacierto de la elección del título se acentúa cuando <persName
								type="literary_character">Levinas</persName> dice que los reportajes
							son <q source="#correas_reportajes">"autorreportajes a modo de capítulos
								de una novela biográfica”</q>. Perdón, pero una novela es novela o
							no lo es. Y como el todo preexiste a la parte y la novela al capítulo,
							ningún “al modo de” puede convertir a lo <hi rend="italic:true;">no
								narrado como</hi> novela en capítulo de novela. Que ésta sea <hi
								rend="italic:true;">temáticamente</hi> autobiográfica o no, es otra
							cuestión, que no hace al caso <hi rend="italic:true;">sub lite</hi>.
							Estas pedanterías clasificatorias me parecen imprescindibles no sólo
							para evaluar los relatos de <persName ref="#carlos_correas"
								>Correas</persName> sino para combatir liviandades y supercherías
							bastante difundidas.</p>
						<p> Para que un relato sea novela no es imprescindible, por cierto, que
							alcance las 1001 páginas de <title level="m" rend="italic:true;"
								ref="#melville_moby_dick">Moby Dick</title> o las 500 de <title
								level="m" rend="italic:true;" ref="#stendhal_cartuja">La cartuja de
								Parma</title>. <title level="m" rend="italic:true;"
								ref="#conrad_corazon_tinieblas">El corazón de las tinieblas</title>
							tiene 153. Pero también es verdad que difícilmente un cuento podría
							sostenerse cuando las páginas pasaran las decenas. Entre <hi
								rend="italic:true;">conte, nouvelle y romance</hi> hay fronteras
							cuantitativas y cualitativas. Estas, por inasibles que sean, determinan
							la estructuración del relato. Más concretamente, la <hi
								rend="italic:true;">posición</hi> del narrador respecto de lo
							narrado. Me atrevería a decir que el cuento versa sobre <hi
								rend="italic:true;">sucesos en bruto</hi> (hereda a la fábula),
							mientras que la novela se ocupa de <hi rend="italic:true;">destinos</hi>
							elegidos (es secularización de la épica, que ya había sido la comadrona
							de la tragedia y tenía a su vez como paradigma al mito). Destino
							elaborado por uno o varios individuos en sus <hi rend="italic:true;"
								>circunstancias</hi>. (La palabra se toma aquí en su sentido recio,
							sartreano.) Un suceso relatado comienza a convertirse en capítulo <hi
								rend="italic:true;">virtual</hi> de una novela en la medida en que
							está estructurado por referencia a, por lo menos, otro suceso anterior o
							posterior, seminalmente contenido en él. El primer llanto del
							protagonista en la cuna, e incluso la decisión que había tomado un
							antepasado suyo de trasladarse del campo a la ciudad. La interreferencia
							entre los sucesos (capítulos o partes de capítulos) está dada porque se
							los relata como <hi rend="italic:true;">fases</hi> del destino
							construido por el héroe en <hi rend="italic:true;">su</hi> mundo.</p>
						<p> El cuento, en cambio, es por esencia <hi rend="italic:true;"
								>puntual</hi> , coagulante. No recapacita ni augura: las cosas
							fueron así; esto es lo que le pasó a <title level="a"
								rend="italic:true;" ref="#maupassant_bola_sebo">Bola de Sebo</title>
							en aquella diligencia, o a <q>“Un joven como de 25 años, de gallarda y
								bien apuesta persona, que mientras salían en borbotón de aquellas
								desaforadas bocas las anteriores exclamaciones trotaba hacia
								Barracas, muy ajeno de temer peligro alguno (...) por los años de
								Cristo de 183...”</q> Los personajes del cuento están, naturalmente,
							incluidos en un <hi rend="italic:true;">estado del mundo</hi> que impide
							que lo sucedido suceda un año antes o un año después. Pero no son, sin
							embargo, <hi rend="italic:true;">responsabilizables</hi> de ese estado
							del mundo. El héroe novelístico, sí: tiene, justamente, destino porque
								<hi rend="italic:true;">constituye</hi> ese estado del mundo en la
							medida en que se convierte en su referente esencial. El cuento está
							articulado por la causalidad metaindividual de la historia; la novela
							por la causalidad singular de la voluntad. Voluntad que en la novela
							siempre es moral y tiene que pronunciarse sobre el deseo. <q>“A cada
								cual sus costumbres le fabrican el destino”</q>, se dijo hace
							mucho.</p>
						<p>
							<persName type="literary_character">Levinas</persName> y <persName
								ref="#carlos_correas">Correas</persName> vacilan o coquetean en
							decidir si los “autorreportajes” deben presentarse o no como novela. Y
							su decisión es significativa. Lo que en la página 11 del “Prólogo”
							fueron <q source="#correas_reportajes">"encuestas personales del
								autor”</q> o <q source="#correas_reportajes">“autorreportajes a modo
								de capítulos de una novela autobiográfica”</q> se convierten una
							página después en “una novela autobiográfica”, que es <q
								source="#correas_reportajes">“una versión de sí mismo con los otros
								que ofrece el autor”</q>; en “autorreportajes novelados”; en “texto
							novelesco”. <hi rend="italic:true;">Contratapa</hi> corta por lo sano:
								<q>“Son las peripecias centrales que acomete el protagonista de esta
								novela”</q>. Lo de encuesta, investigación, y otras posibles
							variedades de la autognosis tiene poco “gancho”, ya lo sabemos: la
							poesía, la biografía no se vende. ¿Cómo solucionarlo? Novelizar por
							buenas y malas artes. Encuadrar. Crear arcos reflejos. A lectores
							pavlovianos, editores y prologuistas manipuladores. El packaging es ya
							una técnica científica tan certera, por lo menos, como la
							ecosismografía. Pero entonces no hay que encarnizarse con el lector, que
							ha adquirido la “novela” de buena fe, aclarándole que para que el
							artefacto funcione, encima de leer, tiene que remediar la falencia del
							escritor <persName type="literary_character">Chaneton</persName>:
									<q>“<persName type="literary_character">Chaneton</persName>,
								veraz fraudulento o apócrifo investigador, resultará de su obra y de
								sus lectores: aquélla y éstos serán los autores de <persName
									type="literary_character">Félix Chaneton</persName> autor”</q>.
								<persName ref="#carlos_correas">Correas</persName> me parece víctima
							de una interesada necedad ampliamente difundida: como la unidad y
							totalización de un relato (cuento o novela, ahora no importa) requiere
							obviamente la unidad y totalidad creada por la conciencia tética del
							lector, y como las <hi rend="italic:true;">asignaciones de sentido</hi>
							a cada parte y al todo están determinadas por la pura subjetividad
							axiológica del legente, se ha derivado acomodaticiamente de allí la
							relativización absoluta de lo que la parla llama "lectura” (añejo
							término técnico de la filología para designar la interpretación de un
							texto dudoso, por fallas de su materialidad o su transmisión, y cuya
							mejor descripción operacional es la de “conjetura”). Es decir que —hasta
							extremos caricaturescos en la condescendencia— cada lector “lee” lo que
							le parece, y el autor, inerme y con la más plácida de las conciencias,
							puede lavarse las manos ante la “lectura” más frívola o malévola.</p>
						<p>
							<persName ref="#carlos_correas">Correas</persName>, por boca de
								<persName type="literary_character">Levinas</persName>, va hasta el
							extremo, hasta confundir la relación sujeto-objeto. Radicalizando: ¿no
							habría ganado tiempo y posiblemente salud convocando a un “Taller
							Literario”, a un “Laboratorio de Escritura” a una "Creación Colectiva” o
							alguna de las muchas teratologías análogas que tan pingües resultados
							vienen dando ¿cuánto tiempo más? a vista y paciencia de las autoridades
							del Municipio. (Con las casas de masaje y de sauna ya se tomaron
							medidas.) En su workshop <persName ref="#carlos_correas"
								>Correas</persName> podría haberse limitado a esquematizar lo
							acontecido a <persName type="literary_character">Chaneton</persName>,
							impartiendo como tarea para el hogar la de novelizarlo. Tal vez entonces
							—estocásticamente— habría tenido escritos —por mano de un nuevo
								<persName type="literary_character">Pierre Menard</persName>— sus
								<title level="m" rend="italic:true;" ref="#correas_reportajes"
								>Reportajes de Félix Chaneton</title> .</p>
						<p> Controversialmente pienso: un autor que no quisiera ser leído (y que no
							ponga en juego todas sus capacidades técnico-literarias para lograrlo)
							por lo menos con el sentido <hi rend="italic:true;">único y exacto</hi>
							que él quiso realizar en su obra (su “intención”, la “<hi
								rend="italic:true;">uoluntas</hi>” de la vieja retórica) no
							publicaría o no debería publicar: tendría que leerse a sí mismo en el
							fondo de un hipogeo. Por su parte, el crítico tiene como primera tarea
							juzgar (a partir del modo como él es afectado en <hi rend="italic:true;"
								>cuanto lector</hi> ) si el autor consigue, por medios <hi
								rend="italic:true;">literarios</hi> , insisto, imponer la necesaria
							y única <hi rend="italic:true;">lectura válida</hi> de su obra.<note
								resp="#ramon_alcalde"> Después de escrito esto, <persName
									ref="#monica_avila">Mónica Avila</persName>, me escribe desde su
								¡ay! tan cercano y remoto <placeName ref="#tigre_argentina"
									>Tigre</placeName>, contándome de un trabajo que está haciendo
								sobre <title level="a" rend="italic:true;" ref="#cortazar_grafitti"
									>Grafitti</title> de <persName ref="#julio_cortazar"
									>Cortázar</persName>. Y transcribe esta cita de <title level="m"
									ref="#cortazar_rayuela">Rayuela</title>: <cit>
									<quote source="#cortazar_rayuela">“En general, todo novelista
										espera de su lector que lo comprenda participando de su
										propia experiencia o que recoja un determinado mensaje... la
										otra posibilidad es hacer del lector un cómplice, un
										camarada de camino... Así el lector podría llegar a ser
										copartícipe y copadeciente de la experiencia que pasa el
										novelista, <hi rend="italic:true;">en el mismo momento y en
											la misma forma</hi> [subrayado del original]... Lo que
										el autor de la novela haya logrado para sí se repetirá
										agigantándose, quizás, y eso sería maravilloso, en el lector
										cómplice. En cuanto al lector-hembra, se quedará con la
										fachada, y ya se sabe que las hay muy bonitas”</quote>
								</cit>. En boca del autor de <title level="m" rend="italic:true;"
									ref="#cortazar_62">62. Modelo para armar</title>, esta confesión
								de deseos me parece bastante ilustrativa.</note> Cumplida ésta, y
							sólo entonces, se abrirán todas las plurisemias, sobredeterminaciones,
							rebasamientos de intenciones conscientes que la literatura, por su
							esencia, genera, y no, en cambio, los <title level="m"
								rend="italic:true;" ref="#euclides_elementos">Elementos</title> de
								<persName ref="#euclides">Euclides</persName>. Apelar a lectores
							vicariantes, desleírse (el autor) en magnanimidades para con supuestos
							(por él) prismas refractantes, es, en el mejor de los casos, hipocresía,
							y, en el peor, autorrenuncia a la literatura como forma específica y
							privilegiada del conocimiento y como praxis intelectual.</p>
						<p><lg rend="italic:true;">
								<l> I got shoes, you got shoes, all o' God's chillun got shoes;</l>
								<l>when I get to Heab'n gonna put on my shoes,</l>
								<l>I'm gonna walk all over God's heab'n!</l>
							</lg> (Negro spiritual)</p>
						<p>
							<q who="#friedrich_nietzsche">“Pertenece a la esencia del filósofo errar
								solo por las calles”</q>, decía <persName ref="#friedrich_nietzsche"
								>Nietzsche</persName>. Pero aludía a un <hi rend="italic:true;"
								>vacare</hi> distinto del de <persName type="literary_character"
								>Chaneton</persName>. Las calles de <persName
								ref="#friedrich_nietzsche">Nietzsche</persName> eran las de
							cualquier ciudad, —las de toda ciudad—, es decir el habitáculo de los
							nomás-que-hombres, por donde el filósofo reitera al infinito un único
							recorrido por el mismo carril de ausencia, en medio del rebaño, la
							piara. Y las calles que <persName type="literary_character"
								>Chaneton</persName> fatiga son concretas calles de <placeName
								ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos Aires</placeName>. No, por cierto
							las de cualquier parte de <placeName ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos
								Aires</placeName> (que él, sin embargo, por sinécdoque, nombra como
							una entidad unitaria y total). Las recorre <q
								source="#correas_reportajes">“cada vez de nuevo expulsado de mí
								mismo, a la calle, a vagar”</q>. Y lo hace para <q
								source="#correas_reportajes">“salvarme de la realización de un
								sueño"</q>. Un sueño que es o fue el sueño <q
								source="#correas_reportajes">“<hi rend="italic:true;"
									resp="#ramon_alcalde">negativo, generacional y regresivo</hi> de
								inventar escritos que me valen ser expulsado de la <placeName
									ref="#argentina">Argentina</placeName><add resp="#ramon_alcalde"
									>...</add> El Gobierno —un gobierno despótico y piadoso— por
								razones de <hi rend="italic:true;" resp="#ramon_alcalde">seguridad
									nacional</hi>, ha elaborado una cuidadosa mistificación en torno
								a mi caso<add resp="#ramon_alcalde">...</add> finalmente <hi
									rend="italic:true;" resp="#ramon_alcalde">me alcanza la muerte
									civil</hi> en mi propio país. <hi rend="italic:true;">Y lo que
									ahora pienso que me salvó del intento de realizar este sueño,
									fue <placeName ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos
										Aires</placeName>: <placeName ref="#boedo"
									>Boedo</placeName>, <placeName ref="#nueva_pompeya">Nueva
										Pompeya</placeName>, <placeName type="street">la Avenida del
										Trabajo</placeName>, <placeName>el Bañado de
										Flores</placeName>, <placeName ref="#mataderos"
										>Mataderos</placeName> y <placeName ref="#avellaneda"
										>Avellaneda</placeName>, <placeName ref="#lanus"
										>Lanús</placeName>, <placeName ref="#valentin_alsina"
										>Valentín Alsina</placeName>, el <placeName ref="#dock_sud"
										>Dock Sur</placeName><add resp="#ramon_alcalde"
									>...</add></hi> Una y otra vez, por obstinación, yo volvía a
								esos sitios y lentamente fui comprendiendo que <placeName
									ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos Aires</placeName> y la
									<placeName ref="#argentina">Argentina</placeName> también era un
								lugar habitable para los hombres”</q> (puntos suspensivos y
							bastardillas de esta larga cita no están en el original).</p>
						<p> A primera vista, un menester de psicología empírica e individual, un
							hallazgo terapéutico, original y práctico, que difícilmente inunde de
							alegría a la Asociación de Psicólogos. Pero no: <persName
								type="literary_character">Chaneton</persName> no habla de <hi
								rend="italic:true;">curarse</hi>, sino de <hi rend="italic:true;"
								>salvarse</hi>. No habla, pues, de la psiquis, sino del alma, de la
							sustancia, de la <hi rend="italic:true;">res cogitans</hi>. Y esto hace
							que inmediatamente haya que preguntarse por la <hi rend="italic:true;"
								>eficacia salvífica de <placeName ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos
									Aires</placeName></hi>, que <placeName ref="#lourdes_francia"
								>Lourdes</placeName> no es, ni tampoco <placeName ref="#eleusis"
								>Eleusis</placeName>. Y como <persName type="literary_character"
								>Chaneton</persName> se llevó su secreto a la tumba, el de lo
							soteriológico de <placeName ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos
								Aires</placeName>; y como, evidentemente, es algo en lo que podemos
							estar interesados muchos, hay que tratar de inferirlo de las parcas
							noticias que nos ha dejado.</p>
						<p> Lo que primero se advierte es que para salvarse de su sueño (sería más
							acertado, pienso, clasificarlo como <hi rend="italic:true;"
							>reverie</hi>) <persName type="literary_character">Chaneton</persName>
							—en el primero de los tres relatos, de donde proceden las citas— <hi
								rend="italic:true;">camina Con Rumbo</hi>. De Norte a Sur; de Este a
							Oeste; de la Ribera y el Puerto hasta lo que en <date notBefore="1951"
								notAfter="1960">la década de 1950</date> se reconocía —por encima de
							divisiones jurisdiccionales— como confines australes de <placeName
								ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos Aires</placeName>. Hasta donde
							llegaban las vías del 2 o la sección suburbana primera del
								<orgName>Ferrocarril del Sur (ahora Roca)</orgName>. El único
							accidente geográfico cruzado por <persName type="literary_character"
								>Chaneton</persName> es el <placeName ref="#riachuelo"
								>Riachuelo</placeName>. <hi rend="italic:true;">El punto de
								partida</hi> de sus andanzas, —puesto que se describe como expulsado
							de sí mismo— sería colegiblemente el nutricio hogar materno del cual ya
							hablamos (página 61), sito en <placeName rend="italic:true;"
								ref="#palermo_argentina">Palermo</placeName>.</p>
						<p> Limites <hi rend="italic:true;">sociales</hi>, de zonificación
							socioeconómica, como los definen los urbanistas, <persName
								type="literary_character">Chaneton</persName> no rebasa, en
							realidad, ninguno. Sus erraticidades, una vez embragadas, no abandonan
							—hacia el Oeste— <placeName ref="#nueva_pompeya">Nueva
								Pompeya</placeName>, <placeName ref="#flores_argentina"
								>Flores</placeName>, <placeName ref="#mataderos"
								>Mataderos</placeName>. O sea, el barrio de <persName
								ref="#roberto_arlt">Arlt</persName>, del tango, con los abuelos
							genoveses, los padres artesanos o pequeños comerciantes, la Nena, las
							sillas en la vereda, el escarmiento de <persName>Estercita</persName>. Y
							hacia el Sur los loteos donde a fuerza de parsimonia y esperanza levanta
							finisemanalmente su casita propia el ex proletariado carbonario,
							comunardo, anarcosindicalista, anarco-revolucionario, sedentarizado ya y
							domesticado por el Socialismo y el Radicalismo y premiado por su
							disciplina con las Conquistas Sociales. (Con <placeName ref="#monserrat"
								>Montserrat</placeName>, <placeName ref="#san_cristobal">San
								Cristóbal</placeName>, <placeName ref="#san_telmo">San
								Telmo</placeName>, <persName type="literary_character"
								>Chaneton</persName> no parece simpatizar. Posible seminario de
							literatura: “Topografía semiológico-ideológica de <placeName
								ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos Aires</placeName>, desde el <title
								level="m" rend="italic:true;" ref="#sarmiento_facundo"
								>Facundo</title> y <title level="a" rend="italic:true;"
								ref="#echeverria_matadero">El Matadero</title> hasta el Viento Norte
							de Martel, con especial mención de <persName
								ref="#raul_scalabrini_ortiz">Scalabrini Ortiz</persName>, <persName
								ref="#borges">Borges</persName>, <persName ref="#david_vinias">David
								Viñas</persName> y <persName ref="#ernesto_sabato"
							>Sábato</persName>. Confrontación con el <placeName ref="#londres"
								>Londres</placeName> de <persName ref="#charles_dickens"
								>Dickens</persName> y el <placeName ref="#paris">París</placeName>
							de <persName ref="#victor_hugo">Víctor Hugo</persName> y <persName
								ref="#emile_zola">Zola</persName>”.)</p>
						<p> A pesar de su obsesivo retornar a ella, esta <hi rend="italic:true;"
								>comarca</hi> barrial le resulta a <persName
								type="literary_character">Chaneton</persName>
							<hi rend="italic:true;">exótica</hi>. Lo muestra su insistencia, más
							marcada todavía en el tercer relato, en pormenorizar topónimos, cruces
							de calles, locaciones de cines y cafés (que se destacan como puertos de
							recalada fija o paraderos sobre la abcisa de su ambular), edificios.
							Considera, evidentemente, que la iglesia de <placeName
								ref="#nueva_pompeya">Nueva Pompeya</placeName>
							<hi rend="italic:true;">tiene</hi> que ser tan insólita, <hi
								rend="italic:true;">tan</hi> ajena para el lector que él imagina
							idéntico a él mismo, como <placeName ref="santo_domingo_silos">el
								monasterio de Santo Domingo de Silos</placeName>. Y, pensándolo
							bien, la <hi rend="italic:true;">Comarca Encantada necesita</hi> retener
							su alienidad, condición de su efecto abrasivo sobre el sueño
							obsesionante. En la medida en que se la <hi rend="italic:true;"
								>apropie</hi>, <persName type="literary_character"
								>Chaneton</persName> podrá cada vez menos “salir de sí”. Sin llegar
							a lo ignoto, es lo no familiar, lo no hogareño. Otros parajes, otros
							hombres, <hi rend="italic:true;">otras condiciones de existencia</hi>.
							Allí sí puede producirse la <hi rend="italic:true;">aventura</hi>, o la
								<hi rend="italic:true;">epifanía</hi> o la <hi rend="italic:true;"
								>conversión</hi> que traen aparejada la salud del alma, internamente
							asediada por algún fantasma más radicalmente heterogéneo, más
							inasimilable. En Comarcas Encantadas tales uno puede toparse con una
							ninfa, un sátiro, un <persName type="literary_character"
								>Viernes</persName> u otra especie de Salvaje, un Ogro, una Esfinge
							o <persName>la Virgen de Guadalupe</persName>, todo depende del propio
							imaginario. También con Lo-Salvaje-Carreras, de <hi rend="italic:true;"
								>tez aceitunada</hi> , eso que no se tropieza en <placeName
								ref="#palermo_argentina">Palermo</placeName> o en <placeName
								ref="#belgrano_argentina">Belgrano</placeName>. Y no es casual que,
							en el curso del paseo, se vaya produciendo un crescendo de salvajismo o
							salvajidad en Carreras, cuanto más los viandantes se acercan al Sur.
								<persName type="literary_character">Chaneton</persName> cruza el
								<placeName>Puente Alsina</placeName> en dirección inversa a las
							míticas invasiones de la Horda, desde aquel <date when="1945-10-17">17
								de Octubre</date> al —más precario— último 30 de Octubre. (Claro que
							en estos andorreos se puede terminar en mestizajes o inoculaciones
							culturales, en <hi rend="italic:true;">acriollamientos</hi> , como el
							que sufrió un <persName ref="#guillermo_hudson">Hudson</persName> —y,
							podría temerariamente, pero con el debido respeto, pensarse— el
								<persName ref="#roberto_arlt">Arlt</persName> de <hi
								rend="italic:true;">Acuarelas</hi>, cuando se lo compara con el
							hipercinético de <title level="m" rend="italic:true;"
								ref="#arlt_siete_locos">Los siete locos</title>. No es que el
							visitante pierda su identidad nuclear (sería imposible), pero incorpora
							a ella la cultura otra. Tras una marinación suficiente, se vuelve
							irreconocible en vestimenta, usos, costumbres, conductas técnicas. Sólo
							lo delata cuando habla —o escribe— su <hi rend="italic:true;"
								>tonada</hi>.)</p>
						<p>
							<persName type="literary_character">Chaneton</persName>, a juzgar por
							las informaciones del relato, nunca emigró a la Comarca Encantada.
							Siguió ejercitando en ella su vuelta de noria (o Del Perro) atrás de su
							“ser alguien” definitivo. Pero no dejó nunca de tenerla a la mano. La
							habitabilidad de <placeName ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos
								Aires</placeName> y la <placeName ref="#argentina"
								>Argentina</placeName>, cuyo descubrimiento lo salvó del sueño
							(despierto) atentatorio contra la Seguridad Nacional (¿la política?)
							exigía la cotangencia, el fácil acceso al Parque Nacional, a la Reserva
							Aborigen, por lo menos en lo imaginario. En el momento culminante de su
							vida relatada, cuando la narración se cierra en el penúltimo párrafo del
							libro y <persName type="literary_character">Chaneton</persName> clausura
							toda su vida anterior en el “último recurso” de escribir su biografía,
							dice: <q source="#correas_reportajes">“Salgo, la puerta del departamento
								se cierra a mis espaldas. Me reclino contra la pared. '<hi
									rend="italic:true;" resp="#ramon_alcalde">También</hi> me iré
								del hotel <hi rend="italic:true;" resp="#ramon_alcalde"
								>Mundial</hi>. <hi rend="italic:true;" resp="#ramon_alcalde"
									>Más</hi> al <hi rend="italic:true;" resp="#ramon_alcalde"
									>Sur</hi>'"</q> (bastardilla mía). <hi rend="italic:true;">El
								acortamiento de la distancia</hi> con la Comarca (no su supresión)
							es el requisito <hi rend="italic:true;">conjunto</hi> para salir del <hi
								rend="italic:true;">mundo</hi> propio, al que <hi
								rend="italic:true;">se renuncia</hi> en busca de una nueva
							oportunidad de regresar a él, una vez reinterpretado
							autobiográficamente. Irse, en lugar de <hi rend="italic:true;"
								>acercarse</hi>, al Sur hubiera implicado cerrar toda posibilidad de
							rescate. En cuanto a la tonada, su <hi rend="italic:true;">metafísica
								esencialista</hi>, <persName type="literary_character"
								>Chaneton</persName> nunca estuvo en riesgo de perderla.</p>
						<p> (Garantizar esa “habitabilidad”, concebida en cada caso de manera
							diferente, de la <placeName ref="#argentina">Argentina</placeName>, bajo
							los modos del populismo tolstoiano, el romanticismo feudalófilo, el
							telurismo socializante, el existencialismo magnilocuente o el
							voluntarismo sarmientizante de los escritores podográficos mencionados
							párrafos arriba, ¿no podría tal vez ser una de las intenciones menos
							conscientes de su pertinaz acotamiento de comarcas porteñas? En tal
							caso, nuestros <persName ref="#johann_winckelmann"><choice>
									<sic>Winckelman</sic>
									<corr>Winckelmann</corr>
								</choice></persName> querrían certificarnos que, país neonato como
							somos, aluvial, <hi rend="italic:true;">collage</hi> desprolijo de
							desarraigos europeos, tenemos, sin embargo, a falta de Coliseos,
							Jungfraus y Partenones, nuestros Muros Ciclópeos, Nuestros Jardines
							Colgantes de consolidada y mágica cotidianidad, allí al lado, sin
							alterar nuestras costumbres ni el horario de las comidas. Pickwick y los
							suyos, hartos sin duda de torreones, teas, Lagos Caledonianos y Cairns,
							se lanzaron con un animo comparable a su corografía de la <placeName
								ref="#inglaterra">Inglaterra</placeName> victoriana. Nuestro <hi
								rend="italic:true;">tango</hi> (sus letristas clásicos) tuvo
							demandas prácticas que satisfacer parcialmente distintas de la
							novelística. Dos públicos con intereses ideológicos opuestos que
							aglutinar bajo la misma estética. Para su pintoresco contó de entrada (y
							una de sus principales tareas fue mantener vivos sus colores y cálido su
							perfume aun después de trasladada del prado al invernáculo) con el <hi
								rend="italic:true;">Alma del Pueblo</hi>, principalmente en la
							sucesión de sus eones femeninos: madres, doncellas, amazonas <persName type="literary_character">Margaritas
								en la Rueca</persName>, <persName type="literary_character">Magdalenas</persName>, indómitas <persName type="mythological_character">Artemisas</persName>, <persName type="literary_character">Blancas Nieves</persName>;
							multiformidad codificable, de todas maneras, bajo la tripartición
							viejita/pebeta/mina. Esa fue su <hi rend="italic:true;">materia
								patética</hi> (en todos los sentidos de la etimología: pasiva de la
							forma; sufriente; capaz de auténtica (y redentora) pasión, de la pasión
							más espiritual y noética, sobre todo: el amor). A esa alma expatriada la
							entrega como presa de los Siete Pecados Capitales, ordenados en una
							jerarquía miltoniana de Coros Angélicos. En su cima, Lujuria y Avaricia,
							seguidas muy de cerca por Orgullo y Pereza. <persName ref="#balzac">Balzac</persName> ya le había diseñado
							el decorado: los camarines de la Opera, las orquídeas y brazaletes de
							diamantes; los restoranes y el champán de los bulevares; los pabellones
							de soltero de <hi rend="italic:true;">banlieu</hi> o los <hi
								rend="italic:true;">petit hôtel</hi> satrápicos, según que la
							operación fuera de encubrimiento o exhibición, es decir, favorable o
							desfavorable para la cotización de los Papeles en la Bolsa. Y las
							mesnadas de demonios subalternos, los brazos seculares, la mano de obra
							del Placer: <hi rend="italic:true;">entre-metteuses</hi>, cocineros
							rabelesianos, sirvientas no sordas a la dádiva. Eventualmente,
							comisarios de policía complacientes, cuchilleros, fármacos y aromas
							enervantes o letales del Oriente. Un mundo de <hi rend="italic:true;"
								>frontera</hi>, de colindancia entre Amos y Esclavos, oxímoro del
							frac con el percal. El <hi rend="italic:true;">tango</hi>, decíamos,
							perfila de otro modo la Comarca porteña Encantada y erige en ella un
							<placeName ref="#montmartre">Montmartre</placeName> <hi rend="italic:true;">filou</hi> y <hi rend="italic:true;"
								>canaille</hi> de utilería, ubicuo, desarmable y transportable
							cómodamente desde <placeName>Rivadavia y Rincón</placeName> a <placeName>Corrientes 348</placeName> o al <hi
								rend="italic:true;">Trianón</hi> de <placeName ref="#villa_crespo">Villa Crespo</placeName>, y llena de vento
							al monedero de Heavy Doll (Muñeca Brava) para que ¡impróvida! se lo
							patine de Norte a Sur, con escala final en el Tornú. El <hi
								rend="italic:true;">sainete</hi> había sido más sedentario. Ignoró
							el <hi rend="italic:true;">Wanderlust</hi> y no supo de grisetas. A lo
							más de Doce Pasos. Exhibió su <hi rend="italic:true;">menagerie</hi>
							bien amaestrada, candilejas de por medio, a un público más fraternal;
							más igualitario: el mismo de <title level="m" ref="#punch_judy">Punch and Judy</title>, <title level="m" ref="#soto_parral">La del Soto del Parral</title>, <title level="m" ref="#bella_helena">La
							Bella Helena</title> o <title level="m" ref="#princesa_czardas">La Princesa de las Czardas</title>. Aburrió pronto, y hasta se
							sobrevivió demasiado. El Ser Argentino requiere abisalidad, hiato
							ontológico, subterráneos góticos o petersburgenses. <persName type="literary_character">Chaneton</persName>, como sus
							predecesores, está resuelto a dárselo. <hi rend="italic:true;"
								>Aggiornado</hi>.)</p>
					</div>
					<div>
						<p rend="italic:true;">Sistemas de parentesco en Wonderland</p>
						<p> Para abrir mejor la “Comarca Ideológica” (el neologismo es mío, creo),
							que subyace a las localizaciones imaginarias de <persName
								ref="#carlos_correas">Correas</persName> me estuve remitiendo
							mentalmente hasta aquí al primero de los relatos. Lo que valga para él
							vale también para el tercero, pero con signo de clase inverso
							(Belgrano-Facultades <hi rend="italic:true;">circum</hi> Marcelo T. de
							Alvear y Junín). En el apartado siguiente tendré que mencionar
							incidentalmente una tercera comarca: el “Centro”, es decir, <placeName type="street">Corrientes</placeName>
							de <placeName type="street">Callao</placeName> al <placeName ref="#obelisco">Obelisco</placeName>.</p>
						<p> <persName type="literary_character">Carrera</persName> es un hombre de unos 50 años (<persName
								type="literary_character">Chaneton</persName> anda entonces por los
							25), casado y con un hijo, y que se desempeña como jefe del personal de
							vigilancia de una cancha de fútbol. El héroe lo conoce por vicisitudes
							de su propio oficio periodístico. Tras el <hi rend="italic:true;">coup
								de foudre</hi> que éste padece, se citan en un banco de <placeName ref="#plaza_once">Plaza Once</placeName>.
								<persName type="literary_character">Chaneton</persName> acude con su
							plan trazado: <persName type="literary_character">Carrera</persName> <q source="#correas_reportajes">“adoptaría las formas de la 'bestia' y a la vez yo
							me feminizaría, mi idea de la emoción consistiría en caer en 'la ciénaga
							de la fascinación de lo salvaje' [...] También <persName type="literary_character">Carrera</persName> se feminizaría;
							pero en un estilo institucional, grave”</q>. El polizonte trae otro: que
								<persName type="literary_character">Chaneton</persName> lo acompañe
							a buscar a su hijo, que se ha ido del hogar. La búsqueda del hijo <persName type="literary_character">“Mili”</persName>
							por el Sudoeste es el contenido del viaje y del relato. Encontrado el
							hijo, <persName type="literary_character">Carrera</persName> asesina a trompadas en el <placeName ref="#dock_sud">Dock Sur</placeName>, en presencia de su
							hijo y de <persName type="literary_character">Chaneton</persName>, a un
								“marica", <persName type="literary_character">La Mejicana</persName>, en cuya compañía encontró a <persName type="literary_character">Mili</persName>. Pero el motivo
							explícito del asesinato es otro, lindante con el acto gratuito gideano:
							robarle a <persName type="literary_character">La Mejicana</persName> unos pocos pesos, que <persName type="literary_character">Carrera</persName> no necesita.</p>
						<p> En este acto final y abrupto se cifra la <hi rend="italic:true;">esencia
							salvaje</hi> de <persName type="literary_character">Carrera</persName>. Todo el resto del viaje es el huero
							burócrata que su ocupación hubiera hecho prever. El recorrido, en
							realidad, se cumple en dos etapas: la primera es la noche del encuentro,
							a cuyo término duerme <persName type="literary_character">Carrera</persName> tendido en el césped de una plaza,
							mientras <persName type="literary_character">Chaneton</persName> vigila.
							La segunda es al día siguiente, a partir del mediodía, bajo un calor
							tórrido. Esa noche, junto a un café del <placeName ref="#dock_sud">Dock Sur</placeName>, es donde <persName type="literary_character">Carrera</persName>
							karatiza a <persName type="literary_character">La Mejicana</persName>. La narración de este hecho central va precedida
							de antecedentes autobiográficos que nos da <persName
								type="literary_character">Chaneton</persName> y está entrecortada
							por pasajes líricos con título autónomo <title>“Pequeña memoria sobre F.”</title>, un
							amor homosexual adolescente vivido por <persName
								type="literary_character">Chaneton</persName>.</p>
						<p> En cualquiera de sus periplos <persName type="literary_character"
								>Chaneton</persName> relata, dialoga y —sobre todo— soliloquiza a la
							vez. Es la Conciencia Vígil, en perpetua búsqueda de su Razón de
							Ser.</p>
						<p> Al joven <persName type="literary_character">Gothama</persName>, al emprender su viaje iniciático, le aguardan tres
							tareas de <hi rend="italic:true;">desengano</hi> : 1) de la
							homosexualidad juvenil; 2) de la pertenencia al orden familiar (por
							anexión, pues se trata de su familia política, no la consanguínea); 3)
							del saber institucionalizado y de las fantasías de transformación del
							orden social (el Hombre Nuevo) previas a la elección de <persName ref="#hector_campora">Cámpora</persName>. Comenzó
							con un yo vacío, o lleno tan sólo de la pura voluntad de constituirse
							axiológicamente; termina fatigosamente en un <hi rend="italic:true;">en
								sí</hi>, la Conciencia Desengañada. Apela, como “Ultimo recurso” al
							proyecto de <q source="#correas_reportajes">“escribir, escribir sobre mí [...] Es todo. No seré si será
							una autobiografía, o un libro de memorias, o una novela, o cuentos. Pero
							escribir sobre mí [...] También me iré del hotel Mundial. Más al <hi
								rend="italic:true;" resp="#ramon_alcalde">Sur</hi>”</q> (bastardilla mía). Lo que escribió y
							quedó póstumo, sus <title>“Reportajes”</title> editados por <persName
								type="literary_character">Levinas</persName>, resultaron sí, el
							recurso último: muere fuera del relato después de terminarlos. ¿Qué
							supuso <persName type="literary_character">Chaneton</persName> lograr?
							¿Qué vuelco provocaría en su vida empírica el pasarla a autobiografía?
							Por lo que ya vimos, transferir al lector (véase <bibl><ref rend="italic:true;" target="#correas_reportajes"
								>supra</ref>, página 63</bibl>) la misma tarea de desciframiento
							esencialista a la que su vida estuvo consagrada. Es decir, la misma
							ofrenda fatal, la misma Túnica de Neso, que el <hi rend="italic:true;"
								>suicida</hi> lega a sus Seres Queridos. Pero tal vez no solamente
							—ni más arquetípicamente— el Suicida: todo autor autobiográfico
							también...</p>
						<p> El primer desengaño, el de la homosexualidad juvenil, es el más
							trabajado narrativamente y donde <persName type="literary_character"
								>Chaneton</persName> cree reconocer más el fundamento de su
							singularidad, de su individuación. No es tan así, me parece, porque tal
							autodeterminación <hi rend="italic:true;">se sustenta en una
								referencia</hi> que se anula a sí misma.</p>
						<p> A lo largo de los <title level="m" rend="italic:true;" ref="#correas_reportajes">Reportajes</title> la
							homosexualidad aparece, alternativa y conjuntamente: 1) como cualidad
							sustancial; 2) como modo de vida transitorio, iniciático, del efebo; 3)
							como camino ascético, a cuyo término la conciencia o el alma, despojada
							de lo sensible, accede a la intuición pura de las esencias: el Bien, el
							Mal, la Belleza (todas las mayúsculas sustancializantés aparecen en
								<persName ref="#carlos_correas">Correas</persName>). En esta
							caleidoscópica perspectiva <persName ref="#carlos_correas"
								>Correas</persName> aúna, tal vez no muy orgánicamente, esquemas de
							autopercepción recurrentes en la literatura <hi rend="italic:true;"
								>confesional</hi> (el término es de <persName
								type="literary_character">Chaneton</persName>) de homosexuales
							varones. Está ausente en cambio —para gran mérito de <persName
								ref="#carlos_correas">Correas</persName>— todo reivindicacionismo
							gay, y la única huella de oportunismo que he podido descubrir es la ya
							criticada de la Contratapa. La ¿inmanejable? homosexualidad femenina <hi
								rend="italic:true;">brilla</hi>, como las Bellas en los saraos, por
							su ausencia: también la homosexualidad es aparentemente cosa de
							hombres.</p>
						<p> 1) La homosexualidad es condición <hi rend="italic:true;"
								>sustancial</hi>, por contranaturaleza, de los/las <hi
								rend="italic:true;">maricas</hi>. Dos citas textuales me son
							necesarias: <q source="#correas_reportajes">“Digo 'maricas' ”—es <persName type="literary_character"
								>Chaneton</persName> quien habla— “y hablo de ellas en femenino. No
							hay otra forma de presentarlas al lector. Son maricas, y lo que a ellas
							se refiere se dice en femenino, si, justamente, nos referimos a <hi
								rend="italic:true;">ellas</hi>. No son machos, ni mucho menos
							chongos. [...] Si se las menciona se habla de 'ellas', pero no son
							mujeres, de ningún modo son mujeres. [...] Las mujeres no tienen nada
							que hacer en esto, pero precisamente porque las <hi rend="italic:true;"
								>mujeres son aquí lo que debe ser excluido</hi>.”</q> (Bastardillas de
								<persName type="literary_character">Chaneton</persName>.)</p>
						<p> Si “las maricas” tienen que ser <hi rend="italic:true;">presentadas</hi>
							al lector, se deduce que <hi rend="italic:true;">el lector ideal</hi> ,
							el lector buscado por <persName type="literary_character"
								>Chaneton</persName>, es un heterosexual, o a lo sumo un homosexual
							pudibundo, recoleto, ignorante —como del búlgaro eclesiástico— del
							código y el <hi rend="italic:true;">argot</hi> de la homosexualidad
							organizada y hasta, incluso, de su existencia. ¡Difícil lector, si no se
							trata, acaso, de una carmelita descalza de clausura rigurosa! Dentro de
							este Huerto Sellado, los homosexuales no maricas están —informa
								<persName type="literary_character">Chaneton</persName>— sujetos a
							la convención social (fijada, hay que deducirlo, por las maricas) de
							dirigirse a ellos o hablar sobre ellos con el debido tratamiento en
							artículo femenino. Como el jurisperito se dirige de “Usía” al juez.</p>
						<p> En cambio (versión <persName type="literary_character"
							>Chaneton</persName>) el/la marica <persName type="literary_character">“La Catalina”</persName>, refiere que en el
							cabaret donde ella trabaja (se prostituye) hay muchísimas mujeres <q source="#correas_reportajes">“y que
							las mujeres <hi rend="italic:true;">verdaderas</hi> que había en
							realidad no eran mujeres, sino maricas con concha”</q>. Se debía entender,
							por lo tanto, que para la Catalina había sólo dos categorías: hombres y
							maricas; éstas últimas se dividían a su vez en maricas con concha,
							también llamadas 'mujeres' y las maricas propiamente dichas”. Tanto para
							el no homosexual como para el homosexual no marica, como <persName
								type="literary_character">Chaneton</persName>, <hi
								rend="italic:true;">la</hi> marica es el límite cualitativo
							absoluto: o se es tal o es imposible llegar a serlo, del mismo modo que
							se es varón o mujer o no se lo es, orgánicamente, por supuesto. Que es
							lo que acerca de la homosexualidad, de hecho, piensa
							tranquilizadoramente la Derecha y, muy en el fondo de su alma, también
							la psiquiatría cuando decide llamarla “perversión”. Por eso la <hi
								rend="italic:true;">idealización</hi> genetiana, y de <persName
								type="literary_character">Chaneton</persName>, que hacen de el/la
							marica el Bien y el Mal sustanciales; la Belleza y la Fealdad; la
							Inocencia y la Culpa, irremediable, por contigüidad no dialéctica.</p>
						<p>
							<persName type="literary_character">Chaneton</persName> ambulaba por su
							Comarca Encantada seguro desde siempre que, cuando así haya sido
							providencialmente dispuesto, se encontrará con el Mal y la Belleza. Su
							Conciencia, fuera de sí por rebasamiento, es pura Visión. El alcohol, la
							benzedrina que ingiere reiteradamente junto a <persName type="literary_character">Correa</persName> simbolizan la Luz
							Interior. Unas hadas lo asisten en su búsqueda. “Mujeres sin sombra”,
							los hombres maricas sobrevuelan el mundo incluyente de éstos o
							cualesquiera confines donde los no maricas (machos, chongos, mujeres,
								<hi rend="italic:true;">pêle-mêle</hi>) trabajan, ocian, delinquen,
							escriben, copulan, se masturban, orinan, sudan, llevando cada uno a
							cuestas una <hi rend="italic:true;">singularidad numérica</hi> de la
							cual el/la/lo marica está exento, pues la suya de él, de ella, de ello,
							es la <hi rend="italic:true;">singularidad cualitativa</hi>, la de la
							especie. Por eso tienen un <hi rend="italic:true;">idiolecto</hi> .
							Paupérrimo, es verdad, a juzgar por los glosarios de <persName ref="#jean_genet">Genet</persName> y <persName
								ref="#carlos_correas">Correas</persName>, donde morfología y
							sintaxis son no-maricas y sólo en el nivel del léxico se innova, para
							constituir un parco vocabulario jergal, mediante los tropos de las <hi
								rend="italic:true;">nominaciones</hi>. (Insisto en recordar que los
							maricas ( <hi rend="italic:true;">tantes</hi> ) de <persName ref="#jean_genet">Genet</persName> y de <persName
								ref="#carlos_correas">Correas</persName> son lúmpenes y pre<hi
								rend="italic:true;">gay</hi>, no han pasado todavía a ser mercado
							de consumo para la cosmética, la indumentaria o la literatura: su
							transvestismo es más funcional que simbólico, está más cerca del tatuaje
							indeleble que del <hi rend="italic:true;">disfraz</hi> narcisístico. Las
							maricas de <persName ref="#carlos_correas">Correas</persName> “loquean”
							entre los otros con la inocencia de un pagano recién bautizado.)</p>
						<p> Y <persName type="literary_character">Chaneton</persName> sabe
							escucharlas, aunque como en todo lo demás, en el modo de la <hi
								rend="italic:true;">comprensión</hi>. Ha comprendido que el marica
							es <hi rend="italic:true;">la-marica-para-sí</hi> sólo cuando es <hi
								rend="italic:true;">una</hi> marica <hi rend="italic:true;">para las
								otras</hi> maricas. Estéticamente fiel a <persName ref="#jean_genet">Genet</persName>, les otorga un rango
							ontológico cercano al de los querubines, un paso más allá de los
							dáimones y un paso más acá de los semidioses. Tal vez junto a los
							Pájaros Parlantes de <persName ref="#paul_schreber">Schreber</persName>. Generación blasfemante, impiadosa,
							altanera. Crueles como hermanastras envidiosas, pero hermosas de mirar,
							“para el que tiene ojos”. El Tercer Ojo del Iluminado que reconoce la
							Belleza bajo las crines y las arrugas de la Bestia.</p>
						<p> El Iluminado ve. Desde un <hi rend="italic:true;">topos</hi>
							privilegiado. No es estrictamente un macho, no es un chongo, ya no es un
							imberbe indeciso. “Entiende” o “entendió”, porque el Eros Paidikós le
							hizo caer, en los años de su efebía, las escamas de los ojos.</p>
						<p> 2) En efecto; <persName type="literary_character">Chaneton</persName>,
							muchacho de barrio, del barrio de <persName ref="#evaristo_carriego">Carriego</persName> esta vez, de <placeName ref="#palermo_argentina">Palermo</placeName>, en otro
							de sus circuitos, Barrio/Centro, tropezó hacia sus 18 años con un marica
							marica y se enamoró. No de otro hombre, sino de una marica. Tuvo que
							creérselo, que lo era, es decir, que ya estaba oficializada como tal por
							el sínodo de maricas. Esto fue a la vez su experiencia efébica y</p>
						<p> 3) El ingreso en el Sendero hacia la Luz, su transformación en
							Conciencia lluminada, que en <persName type="literary_character">Carrera</persName> macho emblemático (de 50 años,
							padre de un hijo varón, morocho, corpulento, policía privado, cuasi
							analfabeto, “guaso", titular de un pene wagneriano con curiosa
							dextroflexión, <hi rend="italic:true;">mariquicida</hi> (la cifra de lo
							“antifemenino”) sabe precisamente descubrir el instrumento de su acceso
							a la Pasividad Integral, peldaño último de la mística Escala a la <hi
								rend="italic:true;">feminización</hi>.</p>
						<p> La feminización propia, de <persName type="literary_character"
								>Chaneton</persName>, desde luego, pero <hi rend="italic:true;"
								>subsidiariamente</hi>, la del Macho Feminizante, también.
								<persName type="literary_character">Chaneton</persName> va más lejos
							en su dialéctica de la división que <persName type="literary_character">La Catalina</persName>: no hay hombres, es
							decir, no hay varones: <hi rend="italic:true;">sólo existen mujeres</hi>
							. Pero la <hi rend="italic:true;">utilizabilidad</hi> de <persName type="literary_character">Carrera</persName>
							preexiste a la <hi rend="italic:true;">utilización</hi> contingente
							operada por <persName type="literary_character">Chaneton</persName>. En
							estricto rigor, no es que éste lo <hi rend="italic:true;"
								>transforme</hi> en utensilio, desviándolo de su estatuto óntico
							genuino: <persName type="literary_character">Carrera</persName> existe, desde el comienzo, sólo como medio, está <hi
								rend="italic:true;">imaginariamente</hi> armado para ello. Su
							“pasivización” (sinónimo que <persName ref="#carlos_correas"
								>Correas</persName> da por obvio de “feminización”, la cual nunca es
							definida a su vez) está inscripta paradojalmente en la Gestalt con que
							se recortó para <persName type="literary_character">Chaneton</persName>
							sobre el fondo de siluetas espectrales que llenarían las graderías y los
							corredores de la cancha el día del encuentro futbolístico. Gestalt que,
							por lo hiperbólicamente <hi rend="italic:true;">canónica</hi>, por su
							pertenencia al código semiótico de determinada concepción ideológica de
							la homosexualidad masculina, remite a lo producido en serie, al
							utensilio. Y todo utensilio, a través de su referencia al <hi
								rend="italic:true;">uso</hi> , lleva inscripta la <hi
								rend="italic:true;">pasividad</hi> Ontica: el hierro no eligió ser
							lima; ontológica: su ser es <hi rend="italic:true;">un ser para</hi>.
							Tonnerre de Brest de tercer mundo, <persName rend="italic:true;" type="literary_character">le Mec
								Carrera</persName> prestaba su corpachón y su ceño adusto para espantajo
							de barras bravas; el arrullo de la tórtola-<persName
								type="literary_character">Chaneton</persName> lo sacó, fugazmente,
							de su referencia, para colocarlo en otra de la misma especie: titilar
							lectores el tiempo suficiente como para que el orden se restablezca en
							un <hi rend="italic:true;">final feliz</hi>, para <persName
								type="literary_character">Chaneton</persName>. <cit><quote source="#correas_reportajes">“Hasta aquí <persName type="literary_character">Carrera</persName> y
							yo habíamos sido dos individuos fascinados por el espectáculo del mundo.
							Y me dije, una vez más, que yo todavía era joven, que sólo tenía
							veinticinco años. Más allá, en el tiempo, me esperaba el Bien. [...] Yo
							me reservaba el Bien: estudiar, ser algo, alguien”</quote></cit>.</p>
						<p>
							<persName type="literary_character">Chaneton</persName>, pues, termina
							curado de su obsesivo/soñar despierto con <q source="#correas_reportajes">“inventar escritos que me
							valen ser expulsado de la <placeName ref="#argentina"
								>Argentina</placeName>”</q>. El trato con el pueblo lo ha curado, en sus
							barrios donde no se sueñan sueños de expulsión y se puede tropezar con
							un Mal que no desencadene el castigo. <persName
								type="literary_character">Chaneton</persName> ha ascendido desde el
							proyecto oniroide de un Mal Eficaz en lo político-social a <hi
								rend="italic:true;">la Estética del Mal</hi>. Ya no retornará a su
							inicial Comarca. Tendrá que encaminarse hacia donde se enseña a
							“estudiar, ser alguien”. Pero lo que tan sencillo le parece —el haber
							sido “guiado” por <persName type="literary_character">Carrera</persName> hacia la luz— le ha exigido arduas y
							complicadas operaciones entimemáticas.</p>
					</div>
					<div>
						<p rend="italic:true">...comida de zonzas</p>
						<p> <q source="#correas_reportajes">“Las mujeres no tienen nada que hacer en esto, pero precisamente porque
								<hi rend="italic:true;">las mujeres son aquí lo que debe ser
								excluido</hi>"</q>, teorizaba <persName type="literary_character"
								>Chaneton</persName> en la cita anteriormente aducida. De acuerdo;
							pero esa debida exclusión necesita cumplirse de manera que lo <hi
								rend="italic:true;">expulsado</hi> quede al mismo tiempo <hi
								rend="italic:true;">incluido</hi> como <hi rend="italic:true;"
								>huella</hi> articuladora de toda la red de significaciones. Para
							que la <hi rend="italic:true;">feminización</hi> de un varón sea posible
							o por lo menos imaginable es necesario que de alguna manera esté
							presente la <hi rend="italic:true;">norma</hi> de acuerdo a la cual
							efectuarla, es decir, la <hi rend="italic:true;">feminidad</hi>. Pero
							ésta, como miembro de una pareja de <hi rend="italic:true;">contrarios
								naturales</hi>, supone la masculinidad. ¿Cómo zafarse del círculo de
							la eliminación-retención?</p>
						<p> Si se parte de los siguientes axiomas: 1) ninguna mujer se feminiza; 2)
							hay varones originariamente feminizados (maricas); 3) todo varón es
							feminizable, y si se demuestra en la práctica, <hi rend="italic:true;"
								>experimentalmente</hi>, que aun el protovarón, el Macho no
							homosexual, es feminizable, se termina en un esquema que anula el
							dualismo retenido por <persName type="literary_character">La Mejicana</persName> e instaura el monismo de <persName
								type="literary_character">Chaneton</persName>:</p>
						<p> <persName type="literary_character">La Mexicana</persName> subsume uno de los sexos naturales (mujeres) bajo <hi
								rend="italic:true;">otro</hi> sexo, postulado como <hi
								rend="italic:true;">natural</hi> también: las maricas. <persName
								type="literary_character">Chaneton</persName> deja la cáscara del
							sexo opuesto (varones), pero la vacía por dentro de su <hi
								rend="italic:true;">naturalidad</hi> hasta reducirla a mero
							receptáculo de la <hi rend="italic:true;">esencia</hi> mujeril, la
							feminidad (= pasividad). Y nos deja con la duda (mejor encomendable al
							psicoanálisis) acerca de qué es lo que realmente busca y desea el
							afeminado: el Macho como productor de la propia feminización o la
							afeminación del macho, para que, en definitiva, todo quede entre
							mujeres, esas sospechosas excluidas por hipótesis.</p>
					</div>
				</div>
				<div type="text" subtype="teoría">
					<head> El filósofo sublime</head>
					<byline>
						<persName ref="#juan_bautista_ritvo">Juan Bautista Ritvo</persName></byline>
					<epigraph>
						<quote>
							<hi rend="italic:true;">“¡Ah, qué satisfacción; sufrir y torturarse,
								sacrificar y quemarse en el altar, mas siempre en las alturas,
								dentro de categorías tan sublimadas, tan adultas! Satisfacción para
								sí mismo y para los demás: realizar su propia expansión a través de
								milenarias instituciones culturales con tanta seguridad como si se
								pusiese dineros en un banco".</hi></quote>
						<bibl>
							<author ref="#witold_gombrowicz">W. Gombrowicz</author>, <title
								level="m" rend="italic:true;" ref="#gombrowicz_ferdydurke"
								>Ferdydurke</title></bibl>
					</epigraph>
					<div>
						<p> 1. ¿La filosofía en <placeName ref="#argentina">Argentina</placeName>?
							¿De qué hablamos? Ese pálido registro que se llama historia de las ideas
							puede archivar pulcras monografías, eruditos comentarios acerca de
							comentadores prestigiosos de los grandes pensadores, fervientes llamados
							a la renovación del pensamiento ya renovado, treinta o cuarenta años
							atrás, en la vieja <placeName ref="#europa">Europa</placeName>. Hay, por
							cierto, distinciones: los trabajos aristocráticos traen abundantes citas
							en griego o alemán, los más plebeyos deben conformarse con los módicos
							inglés o francés.</p>
						<p> Pensamientos sin consecuencias, que inquietan y preocupan a nadie,
							estilos que aúnan un castellano fósil con el ejercicio de la barbarie
							lexicográfica, largas citas y paráfrasis de los mentores espirituales,
							destinadas, en apariencia, a introducir un tema que es, sin embargo,
							prontamente abandonado cuando se plantean los primeros problemas. En
							fin, mucha cita y plagio, pero ningún concepto, muchas palabras, pero
							ningún discurso.</p>
						<p> ¿Y los filósofos “nacionales”? Ellos son la réplica invertida de los
							“europeístas”. No han cesado, desde que <persName ref="#carlos_astrada"
								>Carlos Astrada</persName> perpetró su <title level="m"
								rend="italic:true;" ref="#astrada_mito_gaucho">Mito gaucho</title>,
							de nutrirse del color local que les proporcionaba el romanticismo
							europeo. (<persName ref="#carlos_astrada">Astrada</persName> es
							involuntariamente cómico, llama a <persName ref="#jose_hernandez"
								>Hernández</persName> “bardo de la estirpe” y cree en un “<hi
								rend="italic:true;">karma</hi> pampeano”.) El uso salvaje de ciertas
							entidades emblemáticas —Pueblo, Nación, Estado Nacional—, estaba y está
							destinado a sostener una concepción indudablemente insostenible: que hay
							un sujeto de la historia, que ese sujeto tiene una meta ontológica no
							contaminada por las contingencias históricas y, fundamentalmente, que es
							misión del filósofo expresarlo y darle forma acabada.</p>
						<p> (Anacrónicos e impotentes, llegaron tarde. Ese lugar, está desde siempre
							y en otro lugar, ocupado por la retórica del líder. A lo sumo, podrían,
							como <persName ref="#carlos_astrada">Astrada</persName> y antes que él
								<persName ref="#leopoldo_lugones">Lugones</persName>, convertirse en
							comparsas, al modo de los juristas al servicio de las políticas
							realistas de los príncipes del Renacimiento.)</p>
					</div>
					<div>
						<p> 2. El <date notBefore="1801" notAfter="1900">siglo XIX</date>, con su
							preferencia por los compendios, breviarios, colecciones enciclopédicas e
							historias, con su amor por la legibilidad cronológica y biográfica, con
							su afición a los grandes períodos, nos legó la estabilidad de los tres
							grandes géneros laicos: filosofía, ciencia y literatura. Es decir, los
							fundamentos, los registros positivos, y el gusto sublime. (Desde luego,
							la santísima trinidad existía desde antes, pero sus funciones eran
							extremadamente diversas.)</p>
						<p> ¿Y si en lugar de consagrar la unidad y perduración del tipo, nos
							aplicamos a dispersar y transgredir los límites genéricos?</p>
						<p> Leer los textos filosóficos como <hi rend="italic:true;">textos</hi> y
							no como vehículos de <hi rend="italic:true;">ideas</hi>, como cuerpos de
							enunciados que censuran sus condiciones de enunciación y no como ideas
							que expresarían las intenciones de un sujeto —sea individual o
							colectivo—, es ya un atentado al dispositivo institucional al que el
							filósofo sublime, nuestro profesor, respeta aun en sus llamados a la
							acción y a lo concreto, puesto que él jamás querría atentar contra los
							límites administrativos de la Universidad.</p>
						<p> (En todo caso, está autorizado a declarar, una vez más, la muerte de la
							filosofía, impugnada en nombre de la ciencia o de la política. Así se
							pasa de un género a otro, sometido a la disciplina de la lectura
							escolar).</p>
						<p> Lectura escolar, lectura servil, imposibilidad de leer. Una poderosa
							inhibición ejerce su acción para que los textos canónicos —de <persName
								ref="#kant">Kant</persName>, de <persName ref="#karl_marx"
								>Marx</persName>, de <persName ref="#hegel">Hegel</persName>, poco
							importa, porque lo que interesa es el ensalmo del nombre propio y la
							dignidad de la obra conclusa—, sean contorneados reverentemente por
							largas paráfrasis, citas y más citas, superfluidades y redundancias,
							culpas y disculpas por haber osado penetrar en terreno vedado a las
							flores de ceibo del pensamiento universal.</p>
						<p> La lectura escolar se torna sublime: hacia lo alto, hacia la altura
							impenetrable del espíritu del autor. El aprendiz subdesarrollado de
							filósofo debe llevar en sus maletas a <persName ref="#dante_alighieri"
								>Dante</persName>, <persName ref="#goethe">Goethe</persName>,
								<persName ref="#cervantes">Cervantes</persName>, porque los clásicos
							“tienen muchas ideas” y además enseñan a “escribir bien”. Los
							“nacionales”, en cambio, visitan <placeName ref="#la_rioja">La
								Rioja</placeName> y <placeName ref="#salta_provincia"
								>Salta</placeName>, andan en busca del minero perdido y retornan al
								<placeName ref="#rio_plata">Río de la Plata</placeName> imbuidos del
								<hi rend="italic:true;">Volksgeist</hi> que generosamente ilumina
							los suplementos dominicales.</p>
					</div>
					<div>
						<p> 3. Sería cómodo ubicar estos fenómenos bajo el rubro “dependencia
							cultural”. Sin embargo, el uso masivo de esta noción ha deteriorado su
							fertilidad. En primer lugar, la querella contra el Amo oculta la
							complicidad del siervo, complicidad que simplifican los mismos que la
							ejercen al desconocer que ella es heterogénea, singular, susceptible de
							múltiples entrecruzamientos.</p>
						<p> Es que en <placeName ref="#argentina">Argentina</placeName> hay <hi
								rend="italic:true;">escritores</hi> y literatos de profesión, pero
							sólo <hi rend="italic:true;">profesores</hi> de filosofía.</p>
						<p> Los escritores —sería ocioso nombrarlos—, disciplinaron, mediante la
							ironía, el humor, la parodia, la disgresión erigida en sistema, el
							carácter carnavalesco, marginal, anacrónico, de nuestro nunca peor
							llamado “patrimonio cultural”. El profesor se empeña, ardorosamente, en
							suprimir las distancias, los extrañamientos, la infamiliaridad radical
							con el universo discursivo que desafinadas instituciones le enseñan
							olímpico, estatuario y distante. (La cultura francesa, tran provinciana,
							es reducida a la torre Eiffel y a la Escuela de Altos Estudios, se
							confunde <placeName ref="#roma">Roma</placeName> con <placeName
								ref="#italia">Italia</placeName> y <placeName ref="#baviera"
								>Baviera</placeName> con <placeName ref="#berlin"
							>Berlín</placeName>. Los ingleses son empiristas, los franceses
							cartesianos y los alemanes personajes de óperas wagnerianas.)</p>
						<p> Si ese universo es al igual que el Dios de <persName ref="#hegel"
								>Hegel</persName> un ícono del regreso al infinito, el escritor ha
							de abandonar su identificación con una totalidad que se supone armoniosa
							y plena de sentido, sin incurrir empero, en el simple gesto de
							rechazo.</p>
						<p> Ni rechaza ni establece una jerarquía superior; marginado, se excentra y
							busca y encuentra recorridos oblicuos, descompone lo unitario en fuerzas
							plurales, muestra sus debilidades, sus incomprensiones, se enreda en la
							pesadez del sin sentido que trasmite una lengua extranjera y de todo
							ello extrae la filigrana de una ficción, de un simulacro de verdad que
							revela la verdad del simulacro.</p>
						<p>
							<persName ref="#borges">Borges</persName>, que parodia la novela
							policial inglesa y se burla de sí mismo como tardío discípulo
							sudamericano del <persName ref="#george_berkeley">obispo
								Berkeley</persName>, habita el “mundo de las letras” munido de la
							Enciclopedia Británica, pero su fidelidad está consagrada a figuras
							“menores”: <persName ref="#hg_wells">Wells</persName>, <persName
								ref="#de_quincey">De Quincey</persName>, <persName
								ref="#arthur_schopenhauer">Schopenhauer</persName>, lee a <persName
								ref="#shakespeare">Shakespeare</persName> en inglés pero a <persName
								ref="#platon">Platón</persName> en la espantosa traducción de
								<persName ref="#patricio_de_azcarate">Patricio de
								Azcárate</persName>.</p>
						<p> (Curioso: sólo él y <persName ref="#macedonio_fernandez">Macedonio
								Fernández</persName> nos han enseñado aquí a leer las metáforas
							filosóficas como metáforas inquietantes y plenas de consecuencias.)</p>
					</div>
					<div>
						<p> 4. <persName ref="#carlos_astrada">Astrada</persName> redacta un diálogo
								—<title level="m" ref="#astrada_esfinge_sombra">“La esfinge y la
								sombra”</title>—, bajo el doble patrocinio de <persName
								ref="#baudelaire">Baudelaire</persName> y <persName
								ref="#friedrich_nietzsche">Nietzsche</persName> con toques, aquí y
							allá, del énfasis y la solemnidad lugoniana. No me interesan sus ideas,
							bastante pobres, sino la notoria mímesis de estilos —el estilo, se sabe,
							compuesto de vocabulario peculiar, giros sintácticos marcados y de
							previsibles modalizaciones, es enteramente codificable, y por lo tanto
							público y enseñable.</p>
						<p> En <title level="m" rend="italic:true;" ref="#astrada_juego_metafisico"
								>El juego metafísico</title> hay un transporte masivo de los clisés
							de <persName ref="#martin_heidegger">Heidegger</persName>: <q
								source="#astrada_juego_metafisico">“Así estamos involucrados,
								incluidos en la interrogación, ¿qué es el ser? Nosotros comprendemos
								qué es el ser; comprendemos el ser del ente que somos nosotros
								mismos...”</q>, etc., etc.</p>
						<p> En <title level="m" rend="italic:true;" ref="#astrada_revolucion">La
								revolución existencialista</title>, el estilo es anónimo, con
							pretensiones ecuménicas y heroicas. La forma de la argumentación —tan
							rígida como la oratoria forense—, responde al esquema que yo llamo de
							“navegación procelosa y ascensional”. En un primer tiempo se afirma la
							unidad global del sujeto (¡ni siquiera falta la expresión <hi
								rend="italic:true;">humanitas</hi>!), luego se describen los
							peligros y riesgos, en ritmo de marcha y con metáforas náuticas,
							finalmente, el lejano pero seguro puerto, es avistado con efecto de <hi
								rend="italic:true;">peroratio</hi>. <q source="#astrada_revolucion"
								>“Impedido (el hombre) por su destino temporal, por su intrínseco
								hacerse, circunstancial y definitorio de su ser, de su “esencia”
								como <hi rend="italic:true;">humanitas</hi>, viene templando y
								puliendo su alma en las peripecias del devenir. En su peregrinaje
								atraviesa, según la temperatura de los tiempos...”</q>, etc., etc.
							En este nivel no importan las posiciones teóricas: si es el estilo el
							que se reproduce, da lo mismo <persName ref="#bartolome_mitre"
								>Mitre</persName> o <persName ref="#sarmiento">Sarmiento</persName>,
								<persName ref="#leopoldo_lugones">Lugones</persName> o <persName
								ref="#borges">Borges</persName>, <persName ref="#tomas_de_aquino"
								>Santo Tomás</persName> o <persName ref="#karl_marx"
							>Marx</persName>, <persName ref="#carl_jung">Jung</persName> o <persName
								ref="#lacan">Lacan</persName>. (La escritura no se comunica, se
							transmite; pero la trasmisión repite una diferencia.)</p>
					</div>
					<div>
						<p> 5. En <title level="a" ref="#borges_nueva_refutacion_tiempo">“Nueva
								refutación del tiempo”</title>
							<persName ref="#borges">Borges</persName> radicaliza ciertas tesis de
								<persName ref="#george_berkeley">Berkeley</persName> y <persName
								ref="#david_hume">Hume</persName>. Si el primero niega la materia
							con su <hi rend="italic:true;">esse est percipi</hi> y el segundo,
							consecuentemente, extiende la negación a la identidad personal, no hay
							razón para que subsista esa forma de continuidad que es el tiempo. ¿Es
							todo?</p>
						<p> Observemos: el texto está compuesto de un prólogo y de dos partes que
							son, respectivamente, un artículo y su revisión. El título es,
							obviamente, burlón. <persName ref="#borges">Borges</persName> afirma
							descreer de la hipótesis, y dice en el comienzo del prólogo: <cit>
								<quote source="#borges_nueva_refutacion_tiempo">“Publicada al
									promediar el <date notBefore="1701" notAfter="1800">siglo
										XVIII</date>, esta refutación (o su nombre) perduraría en
									las bibliografías de <persName ref="#david_hume">Hume</persName>
									y acaso hubiera merecido una línea de <persName
										ref="#aldous_huxley">Huxley</persName> o de <persName
										ref="#kemp_smith">Kemp Smith</persName>. Publicada en <date
										when="1948">1947</date> —después de <persName
										ref="#henri_bergson">Bergson</persName>—, es la anacrónica
										<hi rend="italic:true;">reductio ad absurdum</hi> de un
									sistema pretérito o, lo que es peor, el débil artificio de un
									argentino extraviado en la metafísica"</quote>
							</cit>.</p>
						<p> Así se afirma la distancia irónica, el extrañamiento con respecto a
							estas venerables hipótesis que constituyen, para nosotros, algo así como
							el manual de Grosso de la cultura universitaria (¡Oh, las introducciones
							a la filosofía!)</p>
						<p> Al revés de nuestros aprendices, no intenta superar el hiato apelando a
							una compulsa “seria” de las <hi rend="italic:true;">fuentes
								originales</hi>, aunque lo haga, porque si lo hace —desde luego en
							inglés—, observa: <q source="#borges_nueva_refutacion_tiempo">“He
								acumulado transcripciones de los apologistas del idealismo, he
								prodigado sus pasajes canónicos, he sido iterativo y
								explícito...”</q> Es decir, en este terreno hay cita, erudición,
							pero no lectura.</p>
						<p> Examinaré brevemente los recursos de la puesta en escena, los que están
							destinados a evitar el comentario mimético, aquel que, al suprimir
							aparentemente la distancia, no hace más que suprimir toda dimensión
							textual. El ejercicio sistemático de la disgresión, al traicionar los
							límites de los géneros (pero, ¿qué otra cosa es el ensayo?), es
							conducido :por las metáforas germinales de la escritura borgiana: “...
							laberinto infatigable, un caos, un sueño”, que suplementan el efecto de
							disgresión con la disgregación de la razón clásica.</p>
						<p> (Disgregación de la razón clásica suena a frase hecha; pero aquí se
							limita a señalar lo siguiente: retorno en el enunciado de sus
							condiciones de enunciación canceladas —algo nada insólito en las
							relaciones de la escritura “literaria” con el género filosófico.)</p>
						<p> En la retórica de la exposición académica, al <hi rend="italic:true;"
								>exordium</hi> y la <hi rend="italic:true;">narratio</hi>, debe
							seguir la <hi rend="italic:true;">propositio</hi> es decir, el <hi
								rend="italic:true;">argumentum proprium</hi>, la tesis central. Es
							allí donde, precisamente, el ensayo introduce el desvío, y lo hace en
							ambas variantes, aunque de modo diverso.</p>
						<p> En la primera versión, se cita a <persName ref="#georg_lichtenberg"
								>Lichtenberg</persName>: <q source="#borges_nueva_refutacion_tiempo"
									>“<hi rend="italic:true;">El pienso, luego soy</hi> cartesiano
								queda invalidado; decir <hi rend="italic:true;">pienso es postular
									el yo</hi> es una petición de principio; <persName
									ref="#georg_lichtenberg">Lichtenberg</persName>, en el <date
									notBefore="1701" notAfter="1800">siglo XVIII</date> propuso que
								en lugar de <hi rend="italic:true;">pienso</hi>, dijéramos
								impersonalmente <hi rend="italic:true;">piensa</hi>...”</q></p>
						<p> En la segunda, el sueño proverbial de <persName ref="#tchuang_tzu"
								>Tchuang Tzu</persName>: <q source="#borges_nueva_refutacion_tiempo"
								>“Este, hará unos veinticuatro siglos, soñó que era una mariposa y
								no sabía al despertar si era un hombre que había soñado ser una
								mariposa o una mariposa que ahora soñaba ser un hombre”</q>.</p>
						<p> Semejantes desvíos no ocupan el lugar de la disgresión clásica, forma
							amable del <hi rend="italic:true;">divertimento</hi>, confirmación de
							que uno, por lo demás anda en línea recta. Si la escritura precipita una
							serie dispar —<persName type="literary_character">Huckleberry
								Finn</persName> y una noche del <placeName ref="#rio_mississipi"
								>Mississipi</placeName>, la <placeName ref="#recoleta"
								>Recoleta</placeName>, una misteriosa <persName>Helena</persName>—,
							es para sugerir el lugar de una tensión: de una parte, nadie puede
							creerse entero e indiviso, de la otra, nadie puede subsistir sin dividir
							la memoria en torno a un centro tan luminoso como ausente.</p>
						<p> Al romper la solidaridad de las sentencias de <persName
								ref="#george_berkeley">Berkeley</persName> y <persName
								ref="#david_hume">Hume</persName> con la historia lineal de las
							ideas metafísicas —siempre servicialmente complementada por una
							“profundidad” biográfica e histórica—, se vuelve posible evitar la
							trampa de las respuestas magistrales —<q>“luego, vendrá <persName
									ref="#kant">Kant</persName> y le dirá a <persName
									ref="#david_hume">Hume</persName>...”</q>—, que nos impedirían
							hacer algo mucho más interesante: articular esa impersonalidad
							constitutiva de toda afirmación inevitablemente personal con el
							trasfondo inquietante de las metáforas temporales de <persName
								ref="#george_berkeley">Berkeley</persName> y <persName
								ref="#david_hume">Hume</persName>: “flujo uniforme”, “momentos
							indivisibles”.</p>
						<p> Se dirá, son metáforas banales, metáforas que ellos se limitaron a tomar
							de la tradición. Es cierto, pero el discurso de <persName ref="#borges"
								>Borges</persName> las reanima al textualizarlas, la conexión
							sorprendente de dos enunciados compulsa al lector a buscar un tercer
							enunciado aún por venir.</p>
						<p> El flujo uniforme, de tan uniforme, ya ni siquiera es continuo; es el
							terror por lo sordo el inabarcable que circunda el teatro de sombras de
							la filosofía.</p>
					</div>
				</div>
				<div type="text" subtype="teoría">
					<head> ¿Qué es la crítica?</head>
					<byline>
						<persName ref="#maurice_blanchot">Maurice Blanchot</persName></byline>
					<note> (<hi rend="italic:true;">Traducción</hi>: <persName ref="#jorge_jinkis"
							>Jorge Jinkis</persName>)</note>
					<p> Dejo de lado muchos de los sentidos de esta pregunta. Uno de ellos pasa por
						el poco sentido de la crítica misma. Cuando nos interrogamos seriamente
						sobre la crítica literaria, tenemos la impresión de que no lo hacemos sobre
						nada serio. La Universidad, el periodismo, constituyen toda su realidad. La
						crítica es un compromiso entre esas dos formas de institución. La
						información al día, apresurada, curiosa, pasajera, el saber erudito,
						permanente, seguro, se enfrentan y se entremezclan bien y mal. La literatura
						sigue siendo el objeto de la crítica, pero la crítica no manifiesta a la
						literatura. No es la literatura quien se afirma en ella, sino la Universidad
						y el periodismo; la crítica adquiere su importancia de la realidad de estas
						potencias considerables, una estática, otra dinámica, ambas firmemente
						orientadas y organizadas.</p>
					<p> Naturalmente, se podrá concluir que su papel no es mediocre, ya que consiste
						en relacionar a la literatura con realidades precisamente tan importantes;
						este papel sería un papel de mediación; el crítico es el honesto
						intermediario. En otros casos, el periodismo cuenta menos que las diversas
						formas de organización política e ideológica; la crítica entonces, se
						prepara en los despachos junto a los más altos valores que debe representar;
						el papel de intermediario se reduce al mínimo y el crítico es un portavoz
						que aplica, a veces con arte y no sin un margen de libertad, las
						indicaciones generales. Pero, ¿acaso no ocurre así en todas partes? Hablamos
						de una mediación ejercida por la crítica en nuestras culturas occidentales:
						¿cómo se realiza, qué significa, qué exige? Una cierta competencia, cierta
						habilidad para escribir, cualidades agradables y buena voluntad. Es poco,
						por no decir: no es nada.</p>
					<p> Llegamos entonces a esta idea de que la crítica en sí misma carece casi de
						realidad. Idea, también ella limitada. Hay que agregar de inmediato que tal
						concepción depreciativa no molesta a la crítica, quien la acoge de buen
						grado, como si esta manera de no ser nada anunciara al contrario su más
						profunda verdad. Cuando <persName ref="#martin_heidegger"
							>Heidegger</persName> comenta los poemas de <persName ref="#holderlin"
							>Hölderlin</persName>, dice (cito aproximadamente): cualquiera sea el
						poder del comentario, con respecto al poema debe siempre tenerse por
						superfluo, y el último paso de la interpretación, el más difícil, es el que
						lleva a desaparecer ante la pura afirmación del poema. <persName
							ref="#martin_heidegger">Heidegger</persName> se sirve incluso de esta
						figura: en el ardiente tumulto del lenguaje no poético, los poemas son como
						una campana suspendida al aire libre, una ligera nieve cayendo sobre ella
						bastaría para hacerla vibrar, roce imperceptible, capaz sin embargo de
						estremecerla armoniosamente hasta la disonancia. Tal vez el comentario no es
						sino un poco de nieve que hace vibrar la campana.<note
							resp="#maurice_blanchot">Señalo que cambio un poco el sentido del texto
							de <persName ref="#martin_heidegger">Heidegger</persName>. Para éste,
							pareciera que todo comentario es un choque discordante</note></p>
					<p> La palabra crítica tiene esto de singular: cuanto más se realiza, se
						desarrolla y se afirma, más debe borrarse; al fin, se quiebra. No sólo no se
						impone, atenta de no reemplazar a aquello de lo que habla; no se cumple y no
						se realiza sino cuando desaparece. Y este movimiento de desaparición no es
						la simple discreción del servidor que, después de haber desempeñado su papel
						y puesto la casa en orden, se eclipsa: es el sentido mismo de su realización
						el que hace que, efectuándose, desaparezca.</p>
					<p> De todos modos, es un diálogo extraño el de la palabra crítica y el de la
						palabra “creadora". ¿Dónde está la unidad de ambas? ¿Es una unidad
						histórica? ¿Está allí el crítico para agregar algo a la obra, el sentido que
						permanecería sólo latente (presente como una ausencia)? ¿Y tendría como
						tarea indicar su desarrollo por la historia, elevándola hacia la verdad
						donde en la hora última se inmovilizaría? Pero, ¿por qué sería necesario el
						crítico? ¿No alcanza la obra para hablar? ¿Por qué entre el lector y ella,
						entre la historia y ella, debiera venir a interponerse este híbrido de
						lectura y escritura, este hombre extrañamente especializado en la lectura y
						que, sin embargo, no sabe leer sino escribiendo, no escribe más que sobre lo
						que lee, y al mismo tiempo debe dar la impresión, escribiendo, leyendo, que
						no hace nada, nada que no sea dejar hablar a la profundidad de la obra, a lo
						que permanece en ella y que permanece cada vez más claramente, más
						oscuramente?</p>
					<p> Ya se mire desde la realidad histórica o desde la realidad literaria, no se
						percibe al crítico y a la crítica sino como algo propenso a borrarse, una
						presencia dispuesta siempre a desvanecerse. Del lado de la historia, en la
						medida en que ésta se ha formado en disciplinas más rigurosas, también más
						ambiciosas, entre las que se incluye, no como un devenir cumplido, sino como
						un todo abierto y en movimiento, la crítica se ha desprendido
						apresuradamente de sí misma advirtiendo que carece de títulos para hablar
						seriamente en nombre de la historia, que las ciencias llamadas históricas y,
						si existiese, la ciencia del juego histórico, pueden o podrían por sí solas
						mostrar el lugar de la obra en la historia, su génesis en su propia
						historia, pero más aún, perseguir su advenimiento indefinido en el mayor
						conjunto del movimiento general (comprendido aquel que las ciencias físicas
						nos abren). Así, su papel de mediación se limita a la actualidad inmediata,
						pertenece al día que corre y está en relación con el rumor anónimo,
						impersonal, la vida cotidiana, el acuerdo que tiene lugar en las calles del
						mundo y que hace que todos sepan todo siempre de antemano, aunque cada uno
						en particular no sepa nada todavía.</p>
					<p> Tarea de penosa vulgarización, se dirá. Tal vez. Pero observémosla ahora del
						lado de la literatura, novela o poema. Aceptemos por un instante la delicada
						imagen que evocamos: esa nieve que hace vibrar la campana, blanco movimiento
						impalpable y un poco frío, que desaparece en el cálido estremecimiento que
						suscita. Aquí, la palabra crítica, sin duración, sin realidad, querría
						disiparse ante la afirmación creativa: nunca es ella quien habla cuando
						habla; no es nada; notable modestia, quizá no tan modesta. Ella no es nada,
						pero esa nada es precisamente aquello en que la obra, la silenciosa, la
						invisible, se deja ser lo que es: resplandor y palabra, afirmación y
						presencia, hablando entonces como de sí misma, sin alterarse, en este vacío
						de buena calidad que la intervención crítica tiene la misión de producir. La
						palabra crítica es este espacio de resonancia en el cual, por un instante,
						se transforma y se circunscribe en palabra la realidad no hablante,
						indefinida de la obra. Y así, mientras pretende modesta y obstinadamente no
						ser nada, resulta que se ofrece como la actualización necesaria de la
						palabra creadora, sin distinguirse de ella, o, para hablar metafóricamente,
						como su epifanía.</p>
					<p> Sin embargo, la imagen de la nieve es sólo una imagen, y es preciso ir más
						lejos aún. Si la crítica es ese espacio abierto en el que se comunica el
						poema, si busca desaparecer ante éste para que aparezca, ese espacio y ese
						movimiento de desaparición (que es una de las formas de este espacio)
						pertenecen ya a la realidad de la obra literaria y operan en ella mientras
						se forma, pasando de algún modo al exterior sólo en el momento en que esta
						se termina, y para que se termine.</p>
					<p> Así como la necesidad de comunicar no se sobreañade al libro, sino que la
						comunicación es en todos los momentos de la creación— su presencia, también
						esta suerte de súbita distancia en la que la obra hecha se refleja, y cuya
						medida debe dar el crítico, no es sino la última metamorfosis de esa
						apertura que es la obra en su génesis, lo que se podría llamar su no
						coincidencia consigo misma, todo lo que no cesa de hacerla
						posible-imposible. La critica entonces sólo representa y continúa afuera
						aquello que, desde adentro, como afirmación desgarrada, como inquietud
						infinita, como conflicto (o bajo cualquier otra forma), no ha dejado de
						estar presente al modo de una reserva viva de vacío, de espacio o de error,
						o para decirlo mejor, como el poder propio de la literatura de hacerse
						sosteniéndose perpetuamente en falta.</p>
					<p> Esta es, si se quiere una última consecuencia (y una manifestación singular)
						de esa tendencia a borrarse que es uno de los sentidos de la presencia
						crítica: a fuerza de desaparecer ante la obra se recupera en ella, y como
						uno de sus momentos esenciales. Aquí volvemos a encontrar una intención que
						nuestro tiempo vio desarrollarse bajo formas diferentes. La crítica no es ya
						el juicio exterior que valoriza la obra para luego pronunciarse sobre su
						valor. Se ha vuelto inseparable de su intimidad, pertenece al movimiento por
						el cual este regresa a sí mismo, es su propia búsqueda y la experiencia de
						su posibilidad. Sin embargo (el malentendido debe ser apartado), la crítica
						no tiene entonces el sentido restrictivo que le da <persName
							ref="#paul_valery">Valéry</persName> cuando ve en ella la parte del
						intelecto, o la exigencia de una creación que sólo vale cuando está hecha en
						la claridad del espíritu reflexivo. “Crítica”, en el sentido en que nosotros
						lo entendemos, estaría más cerca (pero la aproximación sigue siendo
						engañosa) del sentido kantiano: así como la razón crítica de <persName
							ref="#kant">Kant</persName> es la interrogación de las condiciones de
						posibilidad de la experiencia científica, la crítica está ligada a la
						búsqueda de la posibilidad de la experiencia literaria, pero esta búsqueda
						no es solamente teórica, es el sentido por el cual la experiencia literaria
						se constituye, y se constituye probando, impugnando, por la creación, su
						posibilidad. La palabra búsqueda es una palabra que no hay que entender en
						sentido intelectual, sino como acción en el seno y con miras al espacio
						creador. <persName ref="#holderlin">Hölderlin</persName>, para servirse aún
						de él, habla de los sacerdotes de <persName type="deity">Dionisos</persName>
						que vagabundean en la noche sagrada. La búsqueda de la crítica creadora es
						este movimiento errante, este trabajo de la marcha que rompe la oscuridad y
						es entonces la fuerza progresiva de la mediación; pero también arriesga ser
						el recomienzo que arruina toda dialéctica, que no procura sino el fracaso,
						sin hallar en él su medida ni apaciguamiento.</p>
					<p> No puedo aquí llevar más lejos el análisis. Sólo quisiera marcar un rasgo
						que me parece esencial: nos quejamos de la crítica que no sabe juzgar. Pero,
						¿por qué? No es ella quien se niega perezosamente a la evaluación, son la
						novela o el poema los que se sustraen porque tratan de afirmarse al margen
						de todo valor. Y en la medida misma en que la crítica pertenece más
						íntimamente a la vida de la obra, hace la experiencia de ésta como de
						aquello que no se evalúa, la toma como profundidad y también como ausencia
						de profundidad, que escapa a todo sistema de valores, más acá de lo que
						vale, rechazando por adelantado toda afirmación que quisiera adueñarse de
						ella para valorizarla. En este sentido, la crítica —la literatura— me parece
						asociada a una de las tareas más difíciles pero más importantes de nuestro
						tiempo, la que se juega en un movimiento necesariamente indeciso: la tarea
						de preservar y liberar al pensamiento de la noción de valor ideológico, y en
						consecuencia, la de abrir también la historia a lo que en ella se desprende
						de todas las de valor y se prepara a otra forma completamente distinta —aún
						imprevisible— de afirmación.</p>
				</div>

















			</div>

			<div type="prose" subtype="cuento">
				
					<head> Destiempo</head>
				<div>
					<head> Epístola al amantísimo lector</head>
					<byline><persName ref="#juan_de_timoneda">Juan de Timoneda</persName></byline>
					<p rend="italic:true">Como la presente obra sea para no mas de algún
							pasatiempo y recreo humano (discreto lector) no te dés a entender que lo
							que en el presente libro se contiene, sea todo verdad, que lo mas es
							fingido y compuesto de nuestro poco saber y bajo entendimiento; y por
							mas aviso, el nombre del te manifiesta clara y distintamente lo que
							puede ser; porque <hi rend="roman:true;">Patrañuelo</hi> se deriva de
								patraña, y patraña no es otra cosa sino una fingida traza tan lindamente
								amplificada y compuesta, que paresce que trae alguna apariencia de
								verdad. Y así semejantes marañas las intitula mi lengua natural
								valenciana <hi rend="roman:true;">Rondalles</hi>, y la toscana
						<hi rend="roman:true;">Novelas</hi>, que quiere decir: tú, trabajador, pues
						no velas, yo te desvelaré con algunos graciosos y
							asesados cuentos, con tal que los sepas contar, como aquí van relatados,
							para que no pierdan aquel asiento y lustre y gracia con que fueron
							compuestos. <hi rend="roman:true;">Vale</hi>.</p></div>
				<div>
					<head> El patrañuelo</head>
					<byline> <persName ref="#juan_de_timoneda">Juan de Timoneda</persName></byline>
					<head> Patraña quinta</head>
					<epigraph>
						<quote> Un niño en la mar hallado Un abad le doctrinó, Y Gregorio le llamó,
							Y después fué rey llamado.</quote>
					</epigraph>
					<p> Gabano, rey de Palidonia, viniendo al paso de la muerte, llamó un hijo suyo
						llamado Fabio y una hija dicha Fabela, ya después de habelles dado con
						muchos sollozos y lágrimas su bendición, enderezando la plática á Fabio, le
						dijo: “Mira, hijo, que te dejo el reino con tal condición, que no te puedas
						casar sin que primero cases á tu hermana Fabela, y mires por ella como por
						tu propia persona“. Muerto el padre y hechas aquellas honras que á un rey
						pertenescian, tanto miraba Fabio por su hermana, que cuando comia la hacia
						comer y servir en su misma mesa, y aderezóle una cama que no pudiese entrar
						en ella si no fuese por su real aposento. Fué tanta la conversacion de Fabio
						con su hermana Fabela, que se enamoró della, y á mal de su grado cumplió su
						carnal apetito y la hizo preñada. Pues como ella tal se sintiese, de contino
						lloraba por haber cometido tan ignorme pecado. Habiendo sentimiento Fabio
						del afligimiento y tristeza de su hermana y de su yerro tan grande, tomando
						parecer de hombres sabios, determinó de irse á Roma para alcanzar del papa
						cumplido perdon, y ansí llamó muy en secreto un senescal suyo, de quien
						mucho se fiaba, y con juramento que á ninguno descubriese lo que le queria
						decir, le manifestó el pecado cometido, y cómo su hermana estaba preñada, y
						que por cuanto determinaba de irse á Roma á ponerse á los piés del papa, se
						la dejaba encomendada y señora y reina absoluta de todo su reino, si otro
						fuese de su vida. Contento el senescal, el rey se despidió de su hermana, se
						partió solo sin ningun criado, con su esclavina, lo mas secreto que pudo,
						como pobre peregrino. El senescal, porque mejor y cautamente la reina Fabela
						fuese servida, hizo que su mujer en persona la sirviese y consolase del
						afligido pensamiento. De allí a pocos días vino nueva que el rey Fabio,
						habiéndose embarcado en una nave camino de Roma, fué su desdicha que pereció
						en una terrible tormenta sin quedar persona á vida; de la cual nueva la
						reina Fabela recibió en su corazón grandísima tristeza, y por no tener
						presente la muerte del padre ni el pecado cometido, determinó echar de su
						presencia lo que pariese; y así mandó que le aderezasen una cajuela de
						madera muy bien embetunada. Hecha que fué, aforróla de su mano de par de
						dentro de brocado. Acercándose el día de su parto, parido que hubo un hijo
						muy enrmoso, envuelto en ricos y preciados pañales, púsole dentro con gran
						cantidad de plata y oro para que lo criasen y doctrinasen en letras; y
						escribió en una plancha de oro lo que se sigue:</p>
					<p> Quien hallare esta criatura Déle de cristiano nombre, Y prosiga, pues es
						hombre Su buena ó mala ventura.</p>
					<p> Y mandó al senescal á que, pena de la vida, vista la presente, lo echase en
						la mar. Siguiendo el inocentísimo niño su ventura, vino á aportar una isla
						que eran salidos á pescar unos pescadores, y á respecto que un abad de un
						rico monasterio que estaba muy cerca tierra les había rogado que
						trabajasen para ciertos convidados que tenía, de sacar algún pescado fresco;
						y como ya se saliesen, encontraron con la cajuela, y sacándola á tierra
						entregáronla al abad, y él abriéndola vido el niño, que en miralle la cara
						se tomó á reir y llorar juntamente. Y leida la plancha de oro, vista la
						presente, así como estaba, mandó llevarle a la abadía y le baptizó
						llamándole Gregorio, que era el mismo nombre del abad. Y los pescadores
						determinaron que el oro y la plata guardase el abad para criar y doctrinar
						el niño. Y el mas anciano de todos ellos dijo: señor, si manda su
						paternidad, mi mujer lo criará, porque está para destetar un hijo que tengo,
						y crea que lo ternemos á muy buena suerte si esta merced nos quisiere
						conceder; porque niño de tanta beldad y tal compostura no puede dejar de ser
						de muy buena parte y noble linaje. El abad, como lo hubiese en buena
						reputación, se lo entregó que lo criase en cuenta de hijo.</p>
					<p> Criándose Gregorio en poder del pescador, cuando ya fué de edad de diez
						años, jugando un día á la pelota con el hijo del pescador, sobre falta es,
						no es falta, alzó la mano Gregorio, y dióle un bofetón. Viniendo llorando
						delante de su madre, y como le dijese quién le había dado, empezó a decir á
						Gregorio: este bellaco, ribal do borde, ¿quién lo ha de sufrir en su casa?
						Viniendo el pescador a la noche, Gregorio le suplicó, que pues él no era su
						padre, que le dije se de quién era hijo. Fué tanta la importunación, que le
						dije: el reverendo abad Gregorio te lo dirá mejor que yo, porque él te me
						dió a criar, y a él tengo de dar razon del tiempo que hasta aquí te
						doctriné. Ido delante del abad, y rogándole con buena crianza, que le dijese
						cuyo hijo era, le respondió: decirte quién es tu padre y madre, Gregorio, yo
						no lo se por cierto: mas de cuanto te sacamos del mar de dentro de una
						cajuela, con una plancha de oro, que tengo muy bien guardada, escripta, que
						decía que te baptizaran, y así te puse mi nombre. Cuando oyó aquello de la
						plancha, le suplicó que se la diese, porque determinaba de ir por el mundo á
						buscar á su padre y madre. El abad con buenas razones y doctrinales ejemplos
						le indució á que sosegase, porque era muy mochacho, y que mas le convenia
						que estudiase, asi en letras como en otros ejercicios de virtud. Contento,
						le encomendó á hombres espertos y sapientísimos en letras y arte militar. De
						tal manera aprovechó Gregorio, que cuando vino á edad de quince años, salió
						tan hábil, así en letras como del arte de caballeria, que fué cosa de
						espanto, que todos lo alababan y bendecian.</p>
					<p> En este mismo tiempo, viniendo á pedir por mujer á su madre la reina Fabela
						infinitísimos príncipes, á ninguno quiso aceptar por marido, entre los
						cuales era el príncipe de Borgoña, y se sintió por mas agraviado que todos,
						de verse él mayor en estado y linaje que no ella, y con tanto desdén
						aborrecido; y así determinó de hacelle cruelísima guerra, de tal manera, que
						sujetó gran parte de su tierra, y teniéndola en muy grande aprieto, fué
						Gregorio despedido del abad con la plancha de oro que le dió, y muchas joyas
						y dineros, y armado caballero, vino á aportar adonde su madre la reina
						estaba cercada del príncipe de Borgoña, y compadeciéndose della y de su
						trabajo, asentóse en su real por hombre de armas. De tal suerte se avino
						con su contrario el príncipe de Borgoña, que, por su respecto, en breve tiempo le hizo retraer, y cobrar las plazas perdidas. No sabiendo con qué
						recuperalle tal beneficio, los principales del reino suplicaron á la reina,
						que por satisfacer a Gregorio, tan esforzado y generoso caballero, no
						hallaban otra cosa mas conducente que casarse con él si a ella le placia de
						ello. Satisfecha la reina, pues ellos eran contentos, hiciéronse las bodas
						tan solemnes y regocijadas cuanto á reyes pertenecieron. Encerrándose á la
						noche los dos en su camara real, sacó Gregorio la plancha de oro que en los
						pechos llevaba, y dándosela a la reina para que la guardase, en tenella en
						sus manos, cayó de su estado, y tornando en si, con un gravísimo suspiro
						dijo: “¡ay hijo mio!” y consolándola cuanto podia Gregorio, rogóle que no
						dejase de descubrirle su pena. Respondióle: “pláceme, Gregorio y señor mio,
						pero primero quiero saber de vos de qué provincia y cuyo hijo sois?”
						Respondióle Gregorio: “sepa vuestra alteza, que tan poca razón le daré de mi
						patria, como de cuyo hijo soy; pues siendo niño de teta, de una cajuela me
						sacó de la mar un reverendo abad, y me armó caballero con toda la honra del
						mundo, y despedirme dél, después de haber recibido muchas mercedes de su
						mano, me dió esta presente plancha escripta, la cual dijo haber hallado
						dentro la cajuela. —¡Ay, respondió la reina, abrazad me, Gregorio, que vos
						sois sin duda mi hijo y mi sobrino, y agora de nuevo mi marido, no lo
						pudiendo ser, que esta plancha de oro que veis es mia sin falta; y la letra
						que aquí está, escripta de mi mano!“</p>
					<p> Preguntándole Gregorio de qué suerte era su hijo y sobrino, para contárselo,
						hizo llamar á la mujer del senescal que quedaba viuda, á causa de ser muerto
						su marido en la postrera batalla que se dió con el principe de Borgoña, y
						contándoselo todo por estenso, Gregorio quedó atónito y espantado, y muy
						mas la mujer del senescal en saber que aquel era el niño que "a echaron en
						la mar; por lo cual dijo la reina: “Dos cosas te conviene, hijo, que hagas,
						para mas honra tuya y mia: la primera es, que lo que te tengo dicho tengas
						muy en secreto; la segunda, que te cases aquí con la mujer del senescal, por
						pagalle los buenos servicios recibidos della y de su marido, que en gloria
						sea su alma. Y esto se ha de hacer muy cauta y escondidamente, por
						pacificación del reino“. Contentos todos de lo que la reina habia propuesto,
						casóse Gregorio con la mujer del senescal, y la reina votó castidad, los
						cuales vivieron muy honradamente por muchos alegres y prósperos años á
						servicio de Dios.</p>
				</div>
			</div>

			<div type="traduccion">
				<head> Traducción</head>
				<head> Dos paginas del <title level="m" ref="#joyce_finnegans">Finnegan's Wake</title></head>
				<byline><persName ref="#santiago_bullrich">Santiago Bullrich</persName></byline>
	<p> Uno de los fragmentos de <title level="m" rend="italic:true" ref="#joyce_finnegans">Finnegans Wake</title> que
					despertó de inmediato la curiosidad de los lectores, fue el diálogo de las
					páginas 16, 17 y 18 con sus respectivos párrafos introductorio y conclusivo. Es
					el único diálogo teatral de la obra y acaso fue ése el motivo de la distinción.
					De entre la pléyade de personajes de quienes algo se refiere en el libro, éstos,
		<persName type="literary_character">Jute</persName> y <persName type="literary_character">Mutt</persName> son los únicos que emergen concretamente, como realidades
					presentes, respecto de los cuales nada se dice porque son ellos mismos quienes
					lo dicen o lo actuan en nuestra presencia. Aunque muchas otras páginas de <persName ref="#james_joyce">Joyce</persName>
		evocan a <persName ref="#shakespeare">Shakespeare</persName>, este fragmento lo hace con particular intensidad. A lo
					largo del desarrollo del tema iremos descubriendo esos vínculos. El diálogo se
					desarrolla entre <persName type="literary_character">Jute</persName> y <persName type="literary_character">Mutt</persName>, dos sobrenombres formalmente prototípicos en
		inglés, como son prototípicos los apellidos que elige <persName ref="#samuel_beckett">Beckett</persName>—por ejemplo— para
		identificar a los personajes de sus novelas (<persName type="literary_character">Watt</persName>, <persName type="literary_character">Murphy</persName>, <persName type="literary_character">Malone</persName>, <persName type="literary_character">Molloy</persName>)
		equivalentes en castellano a <persName>Pérez</persName>, <persName>García</persName>, <persName>Rodríguez</persName>, <persName>López</persName>, etc. El primer
					paralelo que surge, es con los personajes de la tira cómica <title ref="#mutt_jeff">Mutt y Jeff</title>. Aunque
					las identidades de los personajes del diálogo son tipográficamente precisas, es
					perceptible la intención de sugerir su intercambiabilidad; que sus propios
					defectos (sordera - tartamudez) son atribuibles al otro, que, por momentos,
					parecen una consecuencia de los nombres que tienen (es decir de aquello que les
					es por un lado más externo y a la vez, íntimo; aquello que estaría en el límite,
					en la zona de frontera entre el yo y su representación). Los personajes mismos
					no advierten la supuesta arbitrariedad de la atribución de roles que les han
					correspondido y parecen imposibilitados de abandonar esos roles que les
					correspondieron por elección o por imposición en un momento distinto al que se
					considera en <title level="m" ref="#joyce_finnegans">F.W.</title> Ambos aparecen pues como anticipando el próximo paso,
					complaciéndose en el cumplimiento de una función impuesta desde afuera como
					esclavos de un destino.</p>
				<p> Los nombres de los personajes sufren deformaciones en su transmisión, y son
					escuchados recíprocamente como el nombre de los defectos que 'el otro' admite
					tener. En el momento inicial de esta concepción, lo que percibimos más pronto
					son los defectos, las asperezas, las rugosidades. Lo perfecto es muy poco
					perceptible. Requiere una sensibilidad más precisa. Un rasguño sería una caricia
					burda, defectuosa. La admisión, el reconocimiento de la imperfección y sólo ella
					conduce al conocimiento. Eventualmente es el camino de reintegración completa
					con el magma. Es el caso de los centros medievales construidos en la montaña
					—Assis, Orvietto, Peruggia— asimilados tan completamente con el paisaje que lo
					realzan en lugar de interrumpirlo. <persName type="literary_character">Jute</persName> se contagia de <persName type="literary_character">Mutt</persName> el tartamudo. <persName type="literary_character">Mutt</persName>
					consciente de limitaciones es malentendido por <persName type="literary_character">Jute</persName> y queda bajo sospecha de
					numerosas aunque imprecisas imperfecciones. En otro nivel, ambos personajes
					confluyen para constituir una misma personalidad, un mismo y único personaje,
					esencialmente incomunicado, sordo-mudo, relacionado con lo que no es él por una
					cadena de prejuicios en los que se aprisiona cada vez más fuertemente, cadenas
					que son la consecuencia de negar la ignorancia, de la masa de interferencias que
					deforma la masa de información que el magma envía rumbo a los personajes. Ambos
					personajes, diferenciados y contrapuestos entre sí, sugieren a cualquiera de
					las parejas encadenadas tan características de cierta literatura (anticipada
					poéticamente en <title level="a" ref="#poe_cuervo">“El cuervo”</title> y <title level="a" ref="#rimbaud_barco_ebrio">“El barco borracho”</title>) desde <persName ref="#melville">Melville</persName> (<persName type="literary_character">Akhab</persName> y la
						Ballena) y <persName ref="#lewis_carroll">Carroll</persName> en sublime compañía con <persName type="literary_character">Rodion Romanovich Raskolnikoff</persName> y
							<persName type="literary_character">Porphyri Petrovich</persName>, hasta <persName ref="#samuel_beckett">Beckett</persName>. En <persName ref="#lewis_carroll">Carroll</persName>, parecen polos de contradicciones
					cuyo contacto es imprescindible para la dinámica de la vida. Se reiteran casi
					monótonamente como un imperativo biotípico a lo largo del libro, pero
					violentando. Oponiendo esa violencia a la humanidad del personaje observador,
					quien no logra integrar el impulso vital así expresado con una solución vital
					propia deseable, superadora de la contradicción. Ocurre imprecisa, tácitamente
					en <title level="m" ref="#carroll_alicia">Alicia</title>, de manera mucho más obvia desde el comienzo de <title level="m"
						rend="italic:true;" ref="#carroll_alicia_espejo">Through the Looking Glass</title>, la celebrada continuación de aquella obra maestra.</p>
				<p> En la primera emergen en forma relativamente tradicional, como proyecciones
					parciales (de un solo polo) del protagonista, con quien se establece la relación
					en cadena. Es la misma concepción de <persName ref="#melville">Melville</persName> en <title level="m" rend="italic:true;" ref="#melville_moby_dick">Moby
						Dick</title>. <persName type="literary_character">Alicia</persName> y el ratón; <persName type="literary_character">Alicia</persName> y el ciempiés; y el <persName type="literary_character">Gato de Cheshire</persName>;
					y el Bebé Cerdo; y La Duquesa, etcétera. son parejas apasionantes, estéticamente
					descollantes, y a la vez angustian, son didácticamente incompletas. Angustian
					porque encadenan. <persName type="literary_character">Alicia</persName> sólo puede desconectarse de una para conectarse con
					otra, también alienante. Son didácticamente incompletas porque el polo que
					permanece en <persName type="literary_character">Alicia</persName> la compromete tan intensamente, al reflejarla sin
					intermediación, que le impide re conocer todas las consecuencias dramáticas del
					mecanismo denunciado.</p>
				<p> <persName ref="#lewis_carroll">Carroll</persName> perfecciona luego el instrumento estético pero no alcanza a proponer
					una solución al conflicto. Las dos obras concluyen con una pesadilla, de la que
					<persName type="literary_character">Alicia</persName> se libera cortando su contacto con la fantasía. Pero semejante
					alternativa puede constituir una amputación, y no una adquisición. Falta saber
					si podrá conectarse con la vital fantasía que la impulsa, con libertad, y vincularse con la vida creativamente.</p>
				<p> En <title level="m" rend="italic:true;" ref="#carroll_alicia">Alicia</title>, <persName ref="#lewis_carroll">Carroll</persName> no plantea todavía la imperiosa necesidad de reconocer la existencia de parejas tales de polos de
					contradicciones dentro del mismo personaje. Necesidad que, por otra parte, no
					parece estéticamente viable mediante el ardid de relacionar al personaje con uno
					solo de sus polos en proyección y que sólo parece de mostrable relacionando al
					personaje a la vez con los dos polos de la contradicción, como si los dos
					estuvieren fuera de él. El personaje y acaso el mismo lector puede aproximarse
					por este medio a la experiencia de la insania, pero también a la observación de
					sus identidades en un campo más integrado y representativo de la verdad. Esa
					observación puede abrirles paso a la opción más saludable; convertir la
					vinculación alienante en liberadora.</p>
				<p> Este nuevo arbitrio con el que <persName ref="#lewis_carroll">Carroll</persName> esboza las parejas de Tweedle - dee y
					Twedle- dum, The Unicorn and The Lion, y los Caballeros Blanco y Rojo, tienen un
					antecedente apenas esbozado en el conejo y la duquesa. Pero el nuevo parece ser
					un medio más eficiente para señalarle a <persName type="literary_character">Alicia</persName> el rumbo de la libertad, aunque
					ella, la libertad, como la poesía, o la posesión de lo que amamos, describen una
					órbita como la de aquellos reyes o reinas que sólo podríamos llegar a ser si el
					partido de ajedrez no terminara nunca o concluyese de otra forma que con nuestro
					propio e inevitable jaque mate.</p>
				<p> El arbitrio impone un lenguaje menos instintivo, menos intuitivo, más simbólico,
					más consciente de las diferencias, de los abismos que deben cubrirse para
					comunicar con el interlocutor. Para conmover requiere un dominio y un contacto
					completos con los diversos instrumentos de expresión y con las modalidades de
					las sustancias que se desean expresar. A lo largo de la historia de la
					literatura la conjunción exitosa de tantos elementos es por lo menos
					infrecuente. <title level="m" rend="italic:true;" ref="#shakespeare_tempestad">La tempestad</title>, con la creación
					simultánea de <persName type="literary_character">Ariel</persName> y <persName type="literary_character">Caliban</persName>, es el primer testimonio supremo de intención tal.
					<persName ref="#lewis_carroll">Lewis Carroll</persName> alcanza su propósito varias veces en una obra brevísima que
					constituye una síntesis didáctica magistral.</p>
				<p> Para <persName ref="#james_joyce">Joyce</persName> la cuestión constituye el meollo de la obra de arte, y las páginas
					cuya versión aproximamos al lector son tan solo una punta del témpano que asoma
					en esas latitudes específicas del océano-libro, otros de cuyos extremos emergen
					en otros tantos infinitos lugares de la obra. El libro en sí mismo está
					concebido integralmente —como un todo dinámico, caleidoscópico, donde los
					elementos que orbitan son grupos de parejas de contraposiciones— mucho más que
					por individualidades. Las parejas primordiales, los dúos, los tríos, los grupos,
					sustituyen la individualidad, no porque <persName ref="#james_joyce">Joyce</persName> niegue al individuo, sino porque
					sabe cuán inmerso está en la concatenación de destinos de la comunidad. Exiliado
					de <placeName ref="#irlanda">Irlanda</placeName>, ha podido verse desde una experiencia distinta, con dolor y
					compasión. Con pasión, pero también con espacio, ha podido ver como si la
					hubiese parido a la gente, a su gente en <placeName ref="#irlanda">Irlanda</placeName>. Sabe que el individuo es
					mentira en los términos de un romanticismo que pudo creer en la aislación o en
					el alienante amor como alternativa terapéutica. Sabe que el individuo, que el
					ser humano en suma, anímica, biológicamente, como la luciérnaga, vive para un
					traspaso de luces, para iluminar su alrededor, para comunicar su pequeñez y su
					finitud real, al otro; intercambio de certidumbres y de dudas, de luz y de no
					luz, en medio de nada o de todo para un rapto, para ser, para ser desde
					otro.</p>
				<p> Concluido el velorio, terminado el festín que comparten las legiones de
					parientes y amigos, recogidos ciertos restos y enterrados, visitado como un
					templo el museo que los conserva, como conserva la memoria de sus proezas y miserias, en el páramo de la semi-isla de <placeName ref="#howth">Howth</placeName> (Cabeza del finado gigante <persName type="mythological_character">Finn Mc
					Cool</persName>) un centinela vigila la llegada de invasores, que se ha tornado inminente
					a raíz de la muerte del Jefe.</p>
				<p> Harapiento y deforme, envuelto en pieles salvajes, el centinela toma sus
					alimentos en la olla de un cráneo. <persName type="literary_character">Jute</persName>, el extranjero avanza sin ser visto.
					Viene desde <placeName ref="#las_landas">Las Landas</placeName>, del otro lado del mar. Desconfiado y sin saber
					fehacientemente donde está. <persName type="literary_character">Jute</persName> se acerca al indígena (<persName type="literary_character">Mutt</persName>), pues piensa que
					acaso pueda indicarle el camino al fin del mundo.</p>
				<p> Con una interjección ¡Yutah! (<hi rend="italic:true;">¡You there!</hi>) llama
					la atención de <persName type="literary_character">Mutt</persName> y —aunque sin saberlo— da a conocer borrosamente su propio
					nombre. Según se interprete este párrafo, la iniciativa pertenecerá al aborigen
					más que al extranjero, pues creyendo <persName type="literary_character">Mutt</persName> que ha escuchado el nombre de Yute, el
					diálogo quedará teñido desde el comienzo por este error. El “mucho gusto” con
					que responde <persName type="literary_character">Mutt</persName> impulsa el ininterrumpido fluir de malentendidos. Sonidos
					plenos de ambigüedad para el lector; sonidos a los que los personajes atribuyen
					precisa pero diversa y aun contrapuesta significación, basada en una selección y
					organización arbitraria de los sonidos. Sin embargo, una presunta comunicación
					se establece entre los personajes, y el lector es azorado testigo de la
					fragilidad y también de la tenacidad que la misma endeblez del lenguaje
					confiere a la comunicación parcial y malentendida.</p>
				<p> Verdaderamente <title level="m" ref="#joyce_finnegans">F.W.</title> es un espejo de almas, pero lo es fundamentalmente de almas
					comunicantes y del lenguaje propiamente dicho. Es la crítica demoledora del
					lenguaje contemporáneo, como antaño <title level="m" ref="#cervantes_quijote">el Quijote</title> pudo ser el crítico de costumbres
					perimidas.</p>
				<p> Despuntó esa crítica en <persName ref="#shakespeare">Shakespeare</persName>, como despunta cada vez que el lenguaje
					sufre los cambios que le impone la necesaria comunicabilidad de nuevas
					certidumbres esenciales.</p>
				<p> La llegada de <persName type="literary_character">Jute</persName> —inglés arquetípico— desde <placeName ref="#holanda">Holanda</placeName> a los páramos de <placeName ref="#howth">Howth</placeName>,
					donde yacen los centenares de muertos de <placeName ref="#clontarf">Clontarf</placeName>, evoca frecuentemente el
					retorno de <persName type="literary_character">Hamlet</persName> a <placeName ref="#dinamarca">Dinamarca</placeName> y su visita al cementerio, donde los sepultureros
						cavan sin <persName type="literary_character">Hamlet</persName> saberlo, el pozo que ha de guardar los restos de <persName type="literary_character">Ofelia</persName>.</p>
				<p> La pestilencia del lugar, la inminencia de una trágica toma de conciencia, la
					objetivación con el cráneo de <persName type="literary_character">Yorik</persName> y con el cráneo vasija del que come <persName type="literary_character">Mutt</persName>,
					muchos son los elementos que aproximan éstas páginas entre sí.</p>
				<p> Pero lo que las hermana es el juego abierto y franco con el lenguaje, tan
					notorio en la escena de <title level="m" ref="#shakespeare_hamlet">Hamlet</title> que mencionamos, que la transforma en precursora
					absoluta en la denuncia de la vinculación patológica entre hombre y
					lenguaje.</p>
	<p> En última instancia <persName type="literary_character">Hamlet</persName> mismo es un prisionero de palabras como incesto,
					amor, valentía, padre, tío, madre. La crisis que lo sacude pone en derrota el
					instrumento mismo que lo hace hombre y lo obliga, para vincularse de nuevo con
					la realidad, a dejar las palabras, a actuar a vivir, a matar, a morir.</p>
				<p> <persName ref="#james_joyce">Joyce</persName> desorganiza el lenguaje para obligarnos a enriquecerlo con autenticidad, y
					recién entonces poder vivir para poder amar, para leer en libertad.</p>
				<p> El invasor, el sajón, el nórdico, es también equivalente de turista. De turista
					ignorante. Ignorante en primer término de la trágica muerte que ha golpeado a
					todos y a cada uno de los habitantes de la isla. Ignorante porque aunque posee
					una cultura más refinada que la de los aborígenes, ella no incluye datos de la
					cultura del lugar. Ignora incluso cuál es el idioma que se habla en el lugar. Y
					como el centinela no habla inglés ni los otros idiomas que él cree conocer,
					deduce que el aborigen es sordo o sordo-mudo.</p>
				<p> <persName type="literary_character">Mutt</persName>, orador y poeta, ha perdido la elocuencia por borracho. Sufre tan
					intensamente la violencia que entre batalla y batalla se embriaga. Pero el golpe
					más doloroso lo ha sufrido al morir <persName ref="#brian_boru">Brian Boru</persName> el gran jefe bien amado, en la
					batalla de <placeName ref="#clontarf">Clontarf</placeName>.</p>
				<p> El turista cree que <persName type="literary_character">Mutt</persName> es un guía turístico que ha decidido transmitirle la
					información que tradicionalmente se imparte a los turistas, por lo que se
					apresura a darle una mísera propina. Como invasor, conquistador y turista,
					utiliza la moneda más desvalorizada del lugar, la más primitiva, una moneda de
					madera con la efigie de Cedric tallada en su anverso.</p>
				<p> El centinela aprecia muchísimo el don recibido y, sobornado, se apresura a
					satisfacer la curiosidad del turista. Piensa ya en los estaños donde podrá
					gastar en noble cerveza la magnífica propina.</p>
				<p> El conquistador, en cambio, sólo parece interesado en seguir su camino, en
					llegar a los confines de ese reino, pues allí sólo descubre montones de basura,
					restos de la comida del centinela y huesos esparcidos: ¡Hiede!</p>
				<p> <persName type="literary_character">Mutt</persName>, de pronto inspirado, narra la histórica batalla. <persName type="literary_character">Jute</persName> se impacienta porque
					el idioma del guía se le hace más y más incomprensible. Por fin lo injuria. <persName type="literary_character">Mutt</persName>
					tampoco comprende al turista, pero quiere mostrarle más maravillas del lugar, y
					para retribuir la propina propone una visita guiada a <placeName ref="#dublin">Dublin</placeName>.</p>
							<p> Describe por fin la batalla de <placeName ref="#clontarf">Clontarf</placeName>, enumera los muertos y recorre los
								límites de las ruinas del que fuera cementerio de <placeName ref="#clontarf">Clontarf</placeName>.</p>
				<p> <persName type="literary_character">Jute</persName> capta muy difusamente una historia como las de <placeName ref="#troya">Troya</placeName>: ¡Homuertos! Pero lo
					invade la repugnancia cuando piensa en tantos cadáveres allí enterrados.</p>
				<p> <persName type="literary_character">Mutt</persName> quiere que el turista se agache para leer los textos escritos en las
					lápidas donde se narran los actos heroicos de tantos muertos: Vivieron y rieron
					y amaron y se fueron. Para el poeta, es en los libros donde se descubren los
					testimonios más elocuentes de la vida.</p>
				<div>
					<head> Mutt y Jute de <persName ref="#james_joyce">James Joyce</persName></head>
					<p> Hopl In the name of Anem this carl on the kopje in pelted thongs a parth a
						lone who the joebiggar be he? Forshapen his pigmaid hoagshead, shroonk his
						plodsfoot. He hath locktoes, this short shins, and, Obeold that’s pectoral,
						his mammamuscles most mousterious. It is slaking nuncheon out of some
						thing's brain pan. Me seemeth a dragon man He is almonthst on the kiep fief
						by here, is Comestipple Sacksoun, be it junipery or febre wery, marracks or
						alebrill or the ramping riots of pouriose and froriose. What a quhare soort
						of a mahan. It is evident the mich indaddy. Lets we overstep his fire
						defences and these kraals of slitsucked marrogbones. (Cave!) He can
						prapsposterus the pil lory way to Hirculos pillar. Come on, fool porterfull,
						hosiered women blown monk sewer? Scuse us, chorley guy! You toller day
						donsk? N. You tolkatiff scowegianf. Nn. You spigotty an glease? Nnn. You
						phonio saxo? Nnnn. Clear all so! 'Tis a Jute. Let us swop hats and excheck a
						few strong verbs weak oach ea ther yapyazzard abasr the blooty creeks.</p>
					<p> Jute. — Yutah!</p>
					<p> Mutt. — Mukk's pleasurad.</p>
					<p> Jute.— Are you jeff?</p>
					<p> Mutt. — Somehards.</p>
					<p> Jute. — But you are not jeffmute?</p>
					<p> Mutt. — Noho. Only an utterer.</p>
					<p> Jute. — Whoa? Whoat is the mutter with you?</p>
					<p> Mutt. — I became a stun a stummer.</p>
					<p> Jute. — What a hauhauhauhaudibble thing, to be cause! How, Mutt?</p>
					<p> Mutt. — Aput the buttle, surd.</p>
					<p> Jute. — Whose poddle? Wherein?</p>
					<p> Mutt. — The Inns of Dungtarf where Used awe to be he.</p>
					<p> Jute. — You that side your voise are almost inedible to me. Become a bitskin
						more wiseable, as if I were you.</p>
					<p> Mutt. — Has? Has af? Hasatency? Urp, Boohooru! Booru Usurp! I trumple from
						fath in mine mines when I rimimirim!</p>
					<p> Jute. — One eyegonblack. Bisons is bisons. Let me fore all your hasitancy
						cross your qualm with trink gilt. Here have sylvan coyne, a piece of oak.
						Ghinees hies good for you.</p>
					<p> Mutt. — Louee, louee! How wooden I not know it, the intel</p>
					<p> lible greytcloak of Cedric Silkyshag! Cead mealy faulty rices for one
						dabblin bar. Old grilsy growlsy! He was poached on in that eggtentical spot.
						Here where the liveries, Monomark. There where the mis sers moony, Minnikin
						passe.</p>
					<p> Jute.— Simply because as Taciturn pretells, our wrongstory shortener, he
						dumptied the wholeborrow of rubba ges on to soil here.</p>
					<p> Mutt. — Just how a puddinstone inat the brookcells by a riverpool.</p>
					<p> Jute.— Load Allmarshy! Wid wad for a norse like?</p>
					<p> Mutt. — Somular with a bull on a clompturf. Rooks roarum rex roome! I could
						snore to him of the spumy horn, with his woolseley side in, by the neck I am
						sutton on, did Brian d’ of Linn.</p>
					<p> Jute. — Boildoyle and rawhoney on me when I can beuraly forsstand a weird
						from sturk to finnic in such a pat what as your rutterdamrotter. Onheard of
						and um scenel Gut aftermeal! See you doomed.</p>
					<p> Mutt.— Quite agreem. Bussave a sec. Walk a dun blink roundward this
						albutisle and you skull see how olde ye plaine of my Elters, hunfree and
						ours, where wone to wail whimbrel to peewee o'er the saltings, where wilby
						citie by law of isthmon, where by a droit of signory, icefloe was from his
						Inn the Byggning to whose Finishthere Punct. Let erehim ruhmuhrmuhr.
						Mearmerge two races, swete and brack. Morthering rue. Hither, craching
						eastuards, they are in surgence: hence, cool at ebb, they requiesce.
						Countlessness of livestories have netherfallen by this plage, flick as
						flowflakes, litters from aloft, like a waast wizzard all of whirlworlds. Now
						are all tombed to the mound, isges to isges, erde from erde. Pride, O pride,
						thy prize"</p>
					<p> Jute. — 'Stench!</p>
					<p> Mutt. — Fiatfuit! Hereinunder lyethey. Llarge by the smal an' everynight
						life olso th'estrange, babylone the great grandhotelled with tit tit
						tittlehouse, alp on earwig, drukn on ild, likeas equal to anequal in this
						sound seemetery which iz leebez luv.</p>
					<p> Jute. — 'Zmorde!</p>
					<p> Mutt. — Meldundleize! By the fearse wave behoughted. Des pond’s sung. And
						thanacestross mound have swollup them all. This ourth of years is not save
						brickdust and being humus the same roturns. He who runes may rede it on all
						fours. O'c'stle, n’wc’stle, tr'c'stle, crumbling! Sell me sooth the fare for
						Humblin! Hum blady Fair. But speak it allsosiftly, moulder! Be in your
						whisht!</p>
					<p> Jute. — Whysht?</p>
					<p> Mutt.— The gyant Forficules with Amni the fay.</p>
					<p> Jute.— Howe?</p>
					<p> Mutt. — Here is viceking's graab.</p>
					<p> Jute. — Hwaad!</p>
					<p> Mutt.— Ore you astoneaged, jute you?</p>
					<p> Jute.— Oye am thonthorstrok, thing mud.</p>
					<p> (Stoop) if you are abcedminded, to this claybook, what curios of signs
						(please stoop), in this allaphbed! Can you rede (since We and Thou had it
						out already) its world? It is the same told of all. Many. Miscegenations on
						miscegenations. Tieckle. They lived und laughed ant loved end left. Forsin.
						Thy thingdome is given to the Meades and Porsons.</p>
				</div>
				<div>
					<head> Mudd y Jute de <persName ref="#santiago_bullrich">Santiago Bullrich</persName></head>
					<p> ¡Hop! En el nombre d Elbrenom este guiñapo de pieles en la colina a parthos
						un solo qué Torrante será ese? sin forma cabeza de cabra pigmiñea, pies
						plencogidos, recogidas las gruñas, el paticorto y oh ¡qué increíblel sus
						mamamúsculos qué misterio más.</p>
					<p> Acaso cepo mohojostrar el camino al mojón de Hirculos. ¡Para hoy! ¡Pícaro!
						Arriba. Oporto hasta el tope. Mujeres calzones y medias. Cloaquero de
						monjes. ¡Dispénsanos Carlitos muchacho! ¿Tolervous dansk? ¿N. Parmuuvuuvous
						Toruego? Nn. ¿Parolás fanánglico? ¿Nn. De prestado el saxo? ¡Nnnn. Clarito
						tan bien! Es yudo. Cambiemos sombreros. Permutemos cada uno para control
						unos pocos verbos dé biles y hablemos blabla, sobre el tiempo y las
						malbominables hemo guerrgias.</p>
					<p> Jute.— ¡Yutah!</p>
					<p> Mudd.— Mucs gusts.</p>
					<p> Jute.— ¿Es surd?</p>
					<p> Mudd.— Un pes dur nomás.</p>
					<p> Jute.— ¿Pero no es sardomudo?</p>
					<p> Mudd.— Noho solo un porpadpordomdo</p>
					<p> Jute— ¿Quiqué? ¿Qué madró con la pronuncia?</p>
					<p> Mudd.— Quedé así un tarterterano.</p>
					<p> Jute.— ¡Qué hohohostible cosa ser por causí! ¿Cuamo Mutt?</p>
					<p> Mudd.— Apud botallas Seur.</p>
					<p> Jute.— ¿Cuya botallas? ¿En donde?</p>
					<p> Mudd— En Dungtarf dondel solía yostar.</p>
					<p> Jute.— Usted del lado aquél voses casi incomible para mi. Sea más un poco
						razonhábil como si yo fuese Usted.</p>
					<p> Mudd.— ¿Cómd? ¿Comdic? ¿Comtitubeo? ¡Uurp, Buuhuru! ¡Booru Usurp! Desde los
						tuétanos trempliezo dei rata cuando relerele cuerdo.</p>
					<p> Jute.— Un golpento. Bhijontes son bhijontes. Por todos sus tropiestas
						permítame porem trenca sus marenios esta provina. Tenga esta chirola de
						plalo, ruble puro. Honessy estará de para bien Usted.</p>
					<p> Mudd.— ¡Luii, Louii! ¿Cómo viéndolo no habría de requetemaderlo, indeleble
						al griananto de Sedric vieja larpía! ¡Midia son cuan tas surgentes falladas
						para un solo dubliando tanbar. Viejo lo bo griojoso! Lo cocinaron en este
						eggténtico punto. Aquí mis mo vean, donde están los vhívados, Monomark. Ahí
						vean, don de los avaros alullan, riegan el Minnikin passen.</p>
					<p> Jute.— Simplemente porque como tacito lo predience, nuestro abre viador de
						falsoria, volcó la caprestamolla entera de basurda prabonel suelciarlo
						aquí.</p>
					<p> Mudd.— Como si fuera un montón de cálculos del biembrecillo de Bru selas
						charqueando el río.</p>
					<p> Jute.— ¡Sior Todopontonoso! Pensar que del nordes.</p>
					<p> Mudd.— Samular a un toro en un trebolar. El rugido de un Truervo, ¡rex
						rroom! Podría roncarlo al del cuerpo espumoso con su piel de corcedios para
						dentro, por el cuello sobre questoy sutton, era cual Brian d’Linn.</p>
					<p> Jute.— Como fregarme con aceite hirviendo y miel cruda, puede ape nas
						entender una palabra del turco al finnico en semejante partcjuanto como su
						retterdamrotter. ¡Jamás! ¡Nunca visto! ¡Buen tripecho! ¡Que Dios se lo
						lleve!</p>
					<p> Mudd.— Muy d'acuerd. Pero aguard. Camine dublimento a elrededor de la noisla
						y en calaverá usted cuántiguo el llano de micestros, libre de los brunos y
						de los nuestros donde llorinan en los salitrales según donde será la ciudad
						por ley de manesdes, donde por derecho de señoriyo, el flujo de los hielos
						era suyo en el Comienzo hasta Dequien en Finisterre Puncto. Que Eirel
						recurcurmurmur. Marenqué se funden dos razas, trans pulce y lodraca.</p>
					<p> Maternal rue.</p>
					<p> Hacia aquí catapultando del este, están en surgentes: allá al caer frescos
						requiescan. Incontabilidad de vistorias yholanden al filo desta plaga.
						Ríspidos flujos de copos, amontones desde arriba, infuééénsa maaagia toda de
						mundos parabólidos. Ahora todos sepultados al monte, cenizas a cenizas,
						tierra a lam erra, Vanidad. ¡O vanidad tu vanor!</p>
					<p> Jute.— ¡Hiede!</p>
					<p> Mudd— ¡Fiatfuit! Aquí debajo yacen. Grandes con chicos una vida pa ra todas
						las noches también lo extran, en el gran hosteldad ba bilónico con pecpec
						pequenicasa, alp sobre gusano, bracho so bre vgbundo tal equeal anequal en
						este silencioso cimitario que is liebes amorte.</p>
					<p> Jute.— ¡Homuerto!</p>
					<p> Mudd— ¡Más despachio! Por la ola farsí encubierto. Canto la desilu sión. Y
						el monte thanacestros los ha globado a todos. Esta coharsa de años no es
						salva polvo de ladrillos y siendo humus lo mismo roturo.</p>
					<p> El que corrunas pueda leerlas en las cuatro. ¡O'c'stle, n'w'stlc, tr"c'stle,
						derrumbando!</p>
					<p> Véndame suerteza un boleto a Dhumblindad. La feria de Dhumblin la bella.
						¡Pero hablelotodo tan suávido, habloso! ¡Hágase tu voshshsh!</p>
					<p> Jute.— ¿Porqshsh?</p>
					<p> Mudd.— El Forgante Cambules y el hada Amni.</p>
					<p> Jute— ¿Conos?</p>
					<p> Mudd.— Aquí está la tumba del viciorey.</p>
					<p> Jute.— ¡Quaaa!</p>
					<p> Mudd.— E Juto sordo como deda tapiadre.</p>
					<p> Mudd.— E Juto sordo como deda tapiadre. Jute.— Qyo m'partunrayo, cosa de
						barro.</p>
					<p> (Agáchese) si abecespiensa a este librarcilla, que curiosos de signos (por
						favor agáchese) en este allahblecho. Pueden leer (ya que Nosotros y Vosotros
						lo hemos descifrado ya) el vorbe.</p>
					<p> Es lo mismo contado de todos. Muchos. Por ratrociones de ratrociones.
						Vivieron y rieron y amaron y se fueron. Por sus pecados. Tu reino es dado a
						los Medos y los Persas. Vírgenes y párrocos.</p>
				</div>
			</div>

			<div type="text" subtype="crítica">
				<head> Preferencias</head>
				<head>
					<persName ref="#jean_paul_sartre">Sartre</persName>, un idiota sin
					familia</head>
				<byline>
					<persName ref="#eduardo_gruner">Eduardo Grüner</persName></byline>
				<p> —¿Por qué <persName ref="#jean_paul_sartre">Sartre</persName>, en Preferencias?
					¿Por qué en Preferencias, <persName ref="#jean_paul_sartre">Sartre</persName>?
					Quizá porque hace falta, otra vez, una ética lo dijo alguien que ya fue ganado
					por la muerte. También por una razón instrumental —que tiene poco que ver con
					alguna coyuntura—: a diez años de su publicación parcial en castellano, <title
						level="m" ref="#sartre_idiota">“El idiota de la familia"</title> ha cumplido
					el destino de malditismo que <persName ref="#jean_paul_sartre">Sartre</persName>
					siempre deseó pero nunca buscó: no ha sido leído por nadie. O, por lo menos, no
					aparece, ni siquiera bajo la forma palimpséstica del plagio disimulado, en los
					productos de plumas siempre bien dispuestas a abandonarse a los encantos del
					murmullo —cada vez más apagado hay que decirlo— de <placeName
						ref="#saint_germain_des_pres">San Germán des Pres</placeName>. Es
					comprensible: ni <title level="j" ref="#revista_tel_quel">tel quel</title> ni
						<title level="j" ref="#revista_poetique">poétique</title> alguna se ocuparon
					de ese mamotreto. Ergo, no ha de ser <hi rend="italic:true;">fashionable</hi>.
					Los tiempos de <persName ref="#jean_paul_sartre">Sartre</persName> ya no son
					modernos: ninguna visita francesa soñaría con prestigiarse arrastrando a
						<placeName ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos Aires</placeName> ese discurso.
					Será por eso que nadie se toma el trabajo de traducir el tercer tomo: ese idiota
					pertenece a otra familia, o a ninguna. Pero que allí hay un <hi
						rend="italic:true;">discurso</hi>, lo hay: de los más poderosos. De los que
					inoculan el malestar en una cultura segmentada —como se dice de los mercados— en
					dos zonas: la sofistiquería de la seducción vanguardista y el estoicismo de
					buscar, en la literatura, la sociedad. De la primera, ni hablar: ni los
					balbuceos artaudianos ni los cánticos castrados se han hecho para tolerar el
					rigor de una prosa que pone en juego un concepto en cada frase. La segunda zona
					se fabrica más equívocos: se supone más cerca de <persName
						ref="#jean_paul_sartre">Sartre</persName>, más tributaria de algún <hi
						rend="italic:true;">engagement</hi>. —Sí, pero, es tan poco científico: se
					empeña en el estilo, va y vuelve con una frase, la da vuelta para sacarle más
					jugo, no termina de cerrar el sistema; <persName ref="#lucien_goldmann"
						>Goldmann</persName> es más ordenado, <persName ref="#pierre_bourdieu"
						>Bourdieu</persName> acota mejor el “campo”. Es cierto que <persName
						ref="#gyorgy_lukacs">Lukács</persName> es un poco esquemático, pero al menos
					tiene ideas claras. ¿Y <persName ref="#theodor_adorno">Adorno</persName>? Bueno,
					inventó la Industria Cultural, que sirve para un poco de todo. Pero <persName
						ref="#jean_paul_sartre">Sartre</persName>, ¿cómo se hace para aplicarlo?
						<title level="m" ref="#sartre_que_es_literatura">“Qué es la
						literatura”</title>, todavía, pero <title level="m" ref="#sartre_idiota">“El
						idiota...”</title> es como una especie de desmesura, una, ¿cómo se dice?
					hübris. —Claro, si usted fuera de la zona sofisticada podría hablar de exceso de
					transgresión: —eso, se ha vuelto <hi rend="italic:true;">excesivo</hi>, ya ni se
					sabe si es del todo marxista: duda, duda permanente y metódicamente, ¿lo
					empujaremos hacia el desacreditado rincón cartesiano? Difícil: él mismo ha
					contribuido —no sin astucia— a ese descrédito, rehusándose cada vez un poco más
					el soporte apaciguador del Garante; ya ni si quiera del todo <persName
						ref="#karl_marx">Marx</persName>, en efecto: —lo cual es incómodo, ¿no le
					parece? sobre todo para la izquierda, ya que la derecha nunca lo soñó entre los
					suyos (a pesar de <persName ref="#raymond_aron">Raymond Aron</persName>: lúcida
					bisagra, <persName ref="#max_weber">Max Weber</persName> de la modernidad): —No
					vaya a creer, hay todo un proceso de revisión en curso, de autocrítica. —Sí,
					pero cualquier <hi rend="italic:true;">aggiornamento</hi> prescindirá de
						<persName ref="#jean_paul_sartre">Sartre</persName>, seguro que no de
						<persName ref="#antonio_gramsci">Gramsci</persName>, tal vez no de <persName
						ref="#louis_althusser">Althusser</persName> o <persName
						ref="#nicos_poulantzas">Poulantzas</persName>, pero sí de <persName
						ref="#jean_paul_sartre">Sartre</persName>. La razón es sencilla: se trata de
					un discurso <hi rend="italic:true;">público</hi>, pero no estrictamente <hi
						rend="italic:true;">político</hi> . Es decir, que no renuncia a la cultura
					en nombre de la sociedad. Hasta en marxista se vuelve a <persName
						ref="#friedrich_schelling">Schelling</persName> antes que a <persName
						ref="#hegel">Hegel</persName>: elige por lo singular. —¡Pero si amaba la
					Totalidad! —No: la <hi rend="italic:true;">totalización</hi>. Es como decir: no
					el significado, la <hi rend="italic:true;">significación</hi> ¿a saber? la
					provisoriedad del sentido. Destotalización/retotalización —método progresivo/
					regresivo; por eso está del lado de la cultura por el privilegio de lo <hi
						rend="italic:true;">único</hi> en la universalidad (aún en el estilo: hasta
					el fin de fenomenólogo, más que de ideólogo). ¿No me cree? Vea: <q>“para la
						mayor parte de los marxistas actuales, pensar es pretender totalizar, y, con
						este pretexto, es reemplazar la particularidad por un universal; es
						pretender llevarnos a lo concreto y presentar nos a este título unas
						determinaciones que son fundamentales pero abstractas”</q>. Estoy citando de
					su libro más “ideológico”. Dije <persName ref="#friedrich_schelling"
						>Schelling</persName> antes que <persName ref="#hegel">Hegel</persName>, y
					ahora digo <persName ref="#soren_kierkegaard">Kierkegaard</persName>: un
					subjetivismo trágico que desconcierta, no a los políticos —jamás se ha visto que
					ellos lo citen—, sino a los buceadores de la sociedad en la cultura: hay allí
					demasiada <hi rend="italic:true;">literatura</hi>, más de la que los profesores
					de esa materia pueden soportar. Por supuesto que está lleno de artificios: como
					era también un dramaturgo, juega con las luces mueve utilería, <hi
						rend="italic:true;">teatraliza</hi> su estilo; ¿desde cuándo eso es una
					virtud? Desde que ese griterío sobre las tablas ha impedido, parece, su pasaje a
					la <hi rend="italic:true;">espectacularidad</hi> —hay algo de “espejeante” en
					ese término— de la cultura actual: que está, quiero decir, dominada por el
					espectáculo, pero no por la verdadera teatralidad: no por ese agujero de la boca
					(más cara) que permite hablar; el espectáculo de nuestra cultura no tiene
					agujeros, es un lleno completo. —Mire qué raro: el lenguaje de la politicología
					(“politología”, pronuncia la modernidad) se llena de palabras teatrales, la
					escena política, los actores sociales, un poco antes el teatro de operaciones
					—con el <hi rend="italic:true;">regisseur</hi>
					<persName ref="#carl_von_clausewitz">Clausewitz</persName> la comedia continúa
					por otros medios—. —No nos desviemos, no es el lugar ni el sitio (término
					guerrero, ¿también?): ¿a qué viene lo de demasiada <hi rend="italic:true;"
						>literatura</hi>? — No voy a hablar del desborde, aunque algo rebosó de
						<title level="j" ref="#revista_contorno">Contorno</title> para aquí: la
					capacidad de pensar una política de la cultura, y no sólo una cultura política.
					Eso es <persName ref="#jean_paul_sartre">Sartre</persName> —por eso es
					literatura—: si como dramaturgo o novelista escribe obras “de tesis" —<persName
						ref="#maurice_blanchot">Blanchot</persName> explica por qué esas obras gozan
					de mala reputación: es justamente porque las tesis están demasiado legitimadas,
					como letra muerta que caen ( <hi rend="italic:true;">come corpo morto cade</hi>
					) al encarnarse en personajes demasiado vivos; lo frustrante, entonces, es su
					demasía literaria— como “ensayista” es lo contrario: autor de <hi
						rend="italic:true;">hipótesis</hi>, arriesga, explora, no se impide el
					encuentro con lo que no buscaba. En suma: es poco aprovechable. —¿Por quién?
					—Por los segmentos de mercado que ya dije: la vanguardia —cada vez más
					universitaria— lo desprecia, no es ni paródico ni barroco (pero sí lo es, en un
					sentido mucho más profundo que el del gesto maquinal que mimetiza a <persName
						ref="#severo_sarduy">Sarduy</persName>); la crítica llamada sociológica
					vacila: es molesto tratar con un discurso <hi rend="italic:true;"
					>inestable</hi>, nómade, que hace circular conjeturas antes que modelos... —Pero
					sin embargo, durante toda una época <persName ref="#jean_paul_sartre"
						>Sartre</persName> tuvo un efecto autoritario, se repetían sus fórmulas...
					—por que se neutralizaban las <hi rend="italic:true;">palabras</hi>, se lo
					transformaba en una “crítica blanca”; la crítica sociológica es, en general, una
					búsqueda de <hi rend="italic:true;">ejemplos</hi>: con eso borran la literatura,
					pero también la sociología. Se sabe, por otra parte, cuál es el recurso que hoy
					han encontrado esas dos zonas para lograr una cierta conciliación, una cierta
					—digámoslo— concertación. —Sí: <persName ref="#bajtin">Bajtin</persName>. Se
					hace de él un formalista sociologizante, un socio crítico formalizador. Es como
					una panacea: ¡hemos encontrado el justo medio! (Pero es un desperdicio:
						<persName ref="#bajtin">Bajtin</persName> da para mucho más que eso).
						<persName ref="#jean_paul_sartre">Sartre</persName>, a su vez, se adapta mal
					a tales componendas: su escritura es agresiva, hay allí como una pasión
					irreductible (—Creo que entre nosotros sólo <persName ref="#david_vinias"
						>Viñas</persName>, quizá el primer <persName ref="#oscar_masotta"
						>Masotta</persName>, han logrado reproducir ese tono. —Sí, pero justamente
					como <hi rend="italic:true;">reproducción</hi> , aunque no es poco valor) que lo
					hace saltar —sin red, la mayor parte de las veces— de un lugar a otro,
					construyendo no una “inter” sino una <hi rend="italic:true;"
					>multi</hi>-textualidad: una convivencia casi imposible. Tomemos algo como
						<title level="m" ref="#sartre_idiota">“El idiota de la familia”</title>;
					polifonía, heteroglosia, dialogismo, dice <persName ref="#bajtin"
						>Bajtin</persName> de cierta narrativa (<persName ref="#fiodor_dostoyevski"
						>Dostoievski</persName> es el caso <hi rend="italic:true;">princeps</hi>) en
					la que la multiplicidad de “puntos de vista” se imbrica en una superposición
					coral de voces y perspectivas, de tonos y modulaciones cuyo contra punto
					construye la armonía del conjunto. <persName ref="#bajtin">Bajtin</persName> lo
					dice, pero <persName ref="#jean_paul_sartre">Sartre</persName> lo <hi
						rend="italic:true;">hace</hi>, y lo hace, en <title level="m"
						ref="#sartre_idiota">"El idiota”</title> —título dosteievskiano: hay que
					saber poner el azar de nuestro lado—, con los <hi rend="italic:true;">discursos
						teóricos</hi>: ocuparse de <persName ref="#gustave_flaubert"
						>Flaubert</persName> es, en ese proyecto exagerado (más de dos mil páginas
					de tipografía apretada), manotear, saquear, desgarrar y volver a montar
					elementos de un conjunto de teorías —existencialismo, marxismo, psicoanálisis,
					lingüística, crítica textual, historia, antropología— con un permanente
					deslizamiento de la imaginación que sortea el eclecticismo. Hay que cuidarse, no
					obstante, de un equivoco: <persName ref="#gustave_flaubert">Flaubert</persName>
					no es un mero <hi rend="italic:true;">pretexto</hi>. En verdad, todo ese inmenso
					“carnaval“ —improvisémonos bajtinianos— teórico no es siquiera pensable sin la
					escritura flaubertiana: más allá de los recursos teóricos, <persName
						ref="#jean_paul_sartre">Sartre</persName> deduce la génesis del sistema de
						<persName ref="#gustave_flaubert">Flaubert</persName> de una articulación
					entre su literatura, su vida y su “época” que no le teme a la psicobiografía
					porque ésta nunca se postula como caso sino como irreductibilidad. Mejor dicho:
					porque no es —cuando se trata de eso— la psicobiografía de <persName
						ref="#gustave_flaubert">Flaubert</persName>, sino la escritura sartreana de
					lo que hubiera sido una psicobiografía de <persName ref="#gustave_flaubert"
						>Flaubert</persName> si alguien se hubiera propuesto escribirla: esa especie
					de ausencia ubicua (como dice el propio <persName ref="#jean_paul_sartre"
						>Sartre</persName> de las ciudades: están presentes en cada una de sus
					calles, <hi rend="italic:true;">en tanto</hi> están siempre afuera; así en cada
					frase de <title level="m" ref="#sartre_idiota">"El idiota..."</title> está
					presente toda la obra, la de <persName ref="#jean_paul_sartre">Sartre</persName>
					pero también la de <persName ref="#gustave_flaubert">Flaubert</persName>, y
					también su sociedad, y su “vida”) hace posible lo que a justo título, y sin
					concesión a un uso <hi rend="italic:true;">actual</hi> del término, se puede
					llamar una parodia de psicobiografía. O sea: una biografía que es una <hi
						rend="italic:true;">novela</hi> —que adjudica intenciones, intereses,
					actitudes, reacciones, pasiones, incluso pensamientos, a un personaje (<persName
						ref="#gustave_flaubert">Flaubert</persName>) cuyo estatuto de Verdad
					proviene, precisamente, de esa ficcionalidad pero no en el sentido de las
					biografías “noveladas”, si no en el de una biografía que <hi rend="italic:true;"
						>imagina</hi> a su personaje a partir de los datos de su existencia real,
					concreta, historica—, una biografía que es una <hi rend="italic:true;">ficción
						teórica</hi> —que abusa desconsideradamente de los conceptos dándoles,
					también a ellos, estatuto de <hi rend="italic:true;">personajes</hi> en
					conflicto, confrontados, obligados a responder rápidamente a la interrogación de
					los otros conceptos (—Un viejo truco: ya en <title level="m"
						ref="#sartre_ser_nada">“El ser y la nada”</title> las ideas de mala fe, de
					la petrificación ante la mirada del Otro, estaban <hi rend="italic:true;"
						>personificadas</hi>, narrativizadas por el mozo de café, por el <hi
						rend="italic:true;">voyeur</hi> en el ojo de la cerradura... —Puede ser: en
					todo caso, se trataba allí de una forma de <hi rend="italic:true;"
						>expresión</hi>, de una escritura subordina da a la Idea; aquí hay un gesto
					más ético, hay una asunción de que la escritura <hi rend="italic:true;">es</hi>
					mala fe, más aún, <hi rend="italic:true;">produce</hi> mala fe, y no podría ser
					de otra manera. Hasta se podría decir con palabras de <persName
						ref="#jean_paul_sartre">Sartre</persName> sobre <persName
						ref="#gustave_flaubert">Flaubert</persName>: <q>“Se trata de comprender la
						credulidad y, después de lo que precede, no podemos explicarla sino por un
							<hi rend="italic:true;">impacto</hi> de la palabra sobre la
						conciencia”</q>. Es decir, que no hay lenguaje capaz de decir una sola
					verdad, de comunicar una sola idea clara y distinta, ya que un lenguaje se
					define por el conjunto de sus efectos sobre una conciencia: para poder leerlos,
					hay que creer que <title level="m" ref="#sartre_ser_nada">“El ser y la
						nada”</title> es un tratado filosófico, que <title level="m"
						ref="#sartre_idiota">“El idiota..."</title> es una biografía de <persName
						ref="#gustave_flaubert">Flaubert</persName>... —Ya sé lo que viene: el
					cuentito de la transgresión de los géneros. —Para nada: eso haría a <persName
						ref="#jean_paul_sartre">Sartre</persName> recuperable para la vanguardia.
					Pero él conoce bien las fronteras entre los géneros: los ha practicado todos.
						<title level="m" ref="#sartre_idiota">“El idiota..."</title>
					<hi rend="italic:true;">es</hi> una biografía, solamente que nunca se había
					escrito, que yo sepa, una biografía así: donde es necesario, primero, que el
					lector crea en el género biográfico para que después crea que <persName
						ref="#jean_paul_sartre">Sartre</persName> está desmontando “de buena fe” ese
					género; se trata del cuento judío de <persName ref="#freud">Freud</persName>:
						<q>"¿Por qué me dices que es una biografía de <persName
							ref="#gustave_flaubert">Flaubert</persName>, para que yo crea que es un
						tratado teórico, cuando en realidad se trata de una biografía de <persName
							ref="#gustave_flaubert">Flaubert</persName>?"</q> Y es, en rigor, un
					ademán de la más estricta pureza flaubertiana: <q>“la Verdad no es otra cosa que
						la necesidad de creer"</q>. Ahora bien: ¿qué podría hacer la vanguardia —o
					la crítica que se pretende su vocera— con un discurso semejante, que no busca
					transgredir absolutamente <hi rend="italic:true;">nada</hi>, y que por eso mismo
					provoca en el lector un estado de vaga inquietud? —Entonces, ¿es y no es una
					biografía? La ficción —esa adjudicación de palabras sospechadas a <persName
						ref="#gustave_flaubert">Flaubert</persName>— ¿viene a ocupar el lugar de los
					agujeros de algún saber? ¿Es una defensa ante la incertidumbre, todo eso? —Es lo
					que le reprocha el tonto de <persName ref="#mario_vargas_llosa">Vargas
						Llosa</persName> pues concederle idiotez sería una inmerecida dignidad
					flaubertiana—: <q who="#mario_vargas_llosa">“Lo raro, en un fervoroso de lo
						concreto y lo real, como <persName ref="#jean_paul_sartre"
						>Sartre</persName>, es que buena parte del libro sea especulación pura, con
						un ancla muy débil en la realidad”</q>. De adjudicaciones hablábamos: ¿para
					qué se habrá gastado <persName ref="#jean_paul_sartre">Sartre</persName> en
					escribir <title level="m" ref="#sartre_imaginario">“Lo imaginario”</title>? Y
					todavía: <q who="#mario_vargas_llosa">“de una desproporción notoria entre los
						medios empleados y el fin alcanzado”</q>; y más: <q
						who="#mario_vargas_llosa">“hay repeticiones desesperantes y se tiene a ratos
						la sensación, girando en esa prosa que reitera, vuelve, desanda, trajina
						cien veces la misma idea, que <persName ref="#jean_paul_sartre"
							>Sartre</persName> ha caído prisionero de su propia telaraña..."</q> —es
					el autor de una plúmbea conversación catedralicia quien lo dice— <q
						who="#mario_vargas_llosa">“...al cabo del caudaloso texto, por una errónea
						planificación, no ha llegado aún a estudiar ni siquiera la primera novela
						que publicó <persName ref="#gustave_flaubert">Flaubert</persName>”</q> —Está
					claro: asusta que el deseo de escribir arruine el plan, que la telaraña excluya
					al lector-penélope... —Es que se lee según lo que se escribe; <persName
						ref="#mario_vargas_llosa">Vargas Llosa</persName> es —lo cree— flaubertiano,
					ama —lo dice— los textos cerrados, lee leyéndose: sería otro si entendiera que,
					empujada por un estilo, una idea escrita cien veces son cien ideas distintas. El
					fin —pobre— y los medios desproporcionados—: el peor tópico de la política para
					juzgar la mejor política esperable de un escritor: que su escritura compita —y
					no salga ni vencedora ni vencida— con su tema. Imputarle a <persName
						ref="#jean_paul_sartre">Sartre</persName> que no cumple lo que promete —otra
					frustración del desesperanzado peruano parlanchín: <q who="#mario_vargas_llosa"
						>“gigantesca tarea que no llega jamás a cumplir el designio enunciado en el
						prólogo”</q>— es imaginarse —síntoma muy moderno— que la satisfacción de la
					promesa está en algún lugar fuera de su acto de enunciación. —Es verdad:
						<persName ref="#jean_paul_sartre">Sartre</persName> pregunta: <q>"¿Qué
						podemos saber, hoy, acerca de un hombre?”</q> Y se toma dos mil ciento
					treinta y seis páginas —en la edición francesa— para <hi rend="italic:true;"
						>no</hi> responder: porque el hombre es <persName ref="#gustave_flaubert"
						>Flaubert</persName>, o sea, toda una literatura; y el éxito de una
					literatura es el fracaso de quien la escribe: lo cual <persName
						ref="#mario_vargas_llosa">Vargas</persName> jamás comprenderá, porque
						<persName ref="#mario_vargas_llosa">Llosa</persName> piensa como un hombre
					de éxito. ¿Pruebas? Al canto: <q who="#mario_vargas_llosa">"¿Cabe un parecido
						mayor, un fracaso tan igualmente admirable y por razones tan idénticas como
						el de <title level="m" rend="italic:true;" ref="#sartre_idiota">L'idiot de
							la famille</title> y <title level="m" rend="italic:true;"
							ref="#flaubert_bouvard">Bouvard et Pécuchet</title>? Ambas son
						tentativas imposibles, empresas destinadas a fracasar porque ambas se habían
						fijado de antemano una meta inalcanzable, estaban lastradas de una ambición
						en cierto modo inhumana: lo total"</q>. —Bien dicho: <persName
						ref="#mario_vargas_llosa">Llosa</persName> se admira como humanista,
						<persName ref="#mario_vargas_llosa">Vargas</persName> descubre que la
					empresa de escribir es inhumana. Sus leídos fracasan como hombres, él apenas
					como escritor. <persName ref="#jean_paul_sartre">Sartre</persName> escribe sobre
					la idiocía, <persName ref="#gustave_flaubert">Flaubert</persName> sobre <q>“la
						totalidad de la estupidez"</q> eso entiende <persName
						ref="#mario_vargas_llosa">Vargas</persName>, el hombre—: <persName
						ref="#mario_vargas_llosa">Llosa</persName> podrá no ser un buen lector, pero
					es un digno destinatario.) —Prosigamos —no me olvido que lo anterior es sólo un
					largo paréntesis—: contra otra obsesión de la vanguardia, la de la palabra
					tomada en su valor de puro sonido, las palabras sartreanas retumban con
					demasiado sentido. Pero el malentendido lacaniano no es excusa para que
						<persName ref="#lacan">Lacan</persName> sea mal entendido: el <hi
						rend="italic:true;">nonsense</hi> no deja de ser una manera de decir algo;
					la <hi rend="italic:true;">suspensión</hi> evita la precipitación, la
					evaporación no evita nada (—Interrumpo. Un psicoanalista me dijo: “<q>no se
						trata de hacer juegos de palabras, sino de poner la palabra en juego"</q>.
					—Simpático juego de palabras. —Otro me dijo: <q>“esto no es hacer familia de
						palabras sino ir, por las palabras, a la familia”</q>. —Muestra para qué les
					sirven a algunos las palabras: para una terapia familiar. A <persName
						ref="#jean_paul_sartre">Sartre</persName>, en cambio, le sirven para separar
					a un “idiota” de su familia, y transportarlo a la Historia): sobre todo, la
					evaporación no evita disolver el puro sonido en frivolidad, o en el peor de los
					sentidos, el que apenas se sostiene de los imparables pares,</p>
				<p> (<q rend="italic:true;">se ha puesto de moda el “virtuosismo”, libritos,
						cositas, yo confesional, intento de himnos babosos, todo acompañado de
						trompetas propagandistas. La gentuza piensa en publicar, no en hacer; cuando
						hacen, no crean. Si crean es un homúnculo de algodón.</q> Carta del etrusco
					de la Habana Vieja a Carlos M. Luis, publicada en Sitio N° 2).</p>
				<p> del reconocimiento de unos otritos que no son precisamente el Otro —el de
						<persName ref="#jean_paul_sartre">Sartre</persName>, digo—Quizá deba
					decirse, a esta altura, que la mitología del equívoco ha hecho más daño que la
					de la certidumbre. —No: pero es menos riesgosa. Hay una especie de coraje,
					exento de la cobardía del dogmatismo, que es el de una escritura que afirma la
					crítica de su propio fundamento, que <hi rend="italic:true;">se hace</hi> en el
					movimiento mismo de su despliegue: que “supera” lo que las lecturas han hecho de
					ella. Que se <hi rend="italic:true;">inventa</hi> permanentemente: como en
						<persName ref="#jean_paul_sartre">Sartre</persName>. Porque sólo así puede
						<hi rend="italic:true;">comprenderse</hi>, abarcarse dándose un sentido a
					sí misma. La “comprensión” (—<persName ref="#jean_paul_sartre">Sartre</persName>
					sigue atado a eso, a la <hi rend="italic:true;">verstehen</hi>, hasta el final.
					—Claro: ¿por qué negarlo, por qué negárselo? Es dentro de esos límites que se lo
					debe leer; pero hay que insistir: tratándose de un estilo, esos límites son
					fronteras en perpetua expansión. Por lo demás, ya decía <persName ref="#kant">Kant</persName>: hay que poner
					barreras para poder apreciar lo que queda adentro.) trabaja, en <title level="m" ref="#sartre_idiota">“El idiota..."</title>
					sobre varios planos simultáneos, superpuestos —no es exactamente una red, más
					bien una masa hojaldrada—: de allí la legitimidad de llamar polifónico a ese
					sistema; no se trata de una representación “completa" sobre la base de
					diferentes fragmentos —a la manera de un rompecabezas— sino de mostrar que toda
					representación (para el caso, la de un <persName ref="#gustave_flaubert">Gustave Flaubert</persName> “total”) no es más que
					la condensación de los discursos posibles sobre la “realidad“—a la manera de un
					crucigrama que apunta a la totalidad, sin alcanzarla nunca—: y eso requiere un
					incansable desplazamiento del objeto, que por lo tanto no está nunca <hi
						rend="italic:true;">terminado</hi>; al contrario, está siempre en vías de
					constitución (—Es lo que molesta a los tontos como <persName ref="#mario_vargas_llosa">Vargas</persName> y <persName ref="#mario_vargas_llosa">Llosa</persName>: que el
					trabajo de escritura no tenga fin), <hi rend="italic:true;">haciéndose</hi> ¿no
					es cierto? junto con ese trabajo de escritura que <hi rend="italic:true;"
						>inventa</hi> su objeto, su sujeto —en francés <persName
						ref="#jean_paul_sartre">Sartre</persName> puede usar una sola palabra para
					eso: “mi <hi rend="italic:true;">sujet</hi> ”— al mismo tiempo que inventa, ya
					lo dije, a sí misma. El movimiento es similar: si escribe cien veces la misma
					idea, es porque <persName ref="#gustave_flaubert">Flaubert</persName> ha podido
					decir: <q>“he vivido cien vidas”</q>, cien veces he estado a punto de constituirme, de
					hacerme. Es decir: soy casi cien sujetos, pero no soy Uno (—Y el libro también:
					son cien libros, pero no es <hi rend="italic:true;">el</hi> libro, es infinito.
					—Más: tal vez ni siquiera haya comenzado.) Y también: las frases cortas y
					cortantes, la puntuación violenta —los dos puntos, en especial—, la condensación
					económica de pocas palabras para una idea, y otra, y otra —esa sensación de que
					cada página está sobrecargada de conceptos, de sentidos, y que sin embargo eso
					podría seguir, y sigue, dos mil páginas más— es una forma de escribir que da
					cuenta y simultáneamente produce su tema: el vértigo del sujeto <persName
						ref="#gustave_flaubert">Flaubert</persName>, que vive cada segundo en un
					éxtasis inquieto, como si fuera el primero antes y después del abismo: como si
					al mismo tiempo tuviera ese sólo segundo y toda la eternidad (—En <persName
						ref="#jean_paul_sartre">Sartre</persName>: esa sóla frase y la infinitud de
					los sentidos posibles): es, sin duda, el <hi rend="italic:true;">instante</hi>
					kierkegaardiano —el <hi rend="italic:true;">aleph</hi> de lo eternamente
					repetido y lo absolutamente nuevo—, y también el universal-singular de la
					“Crítica” sartreana... —Sí, que tiene otros modos: usted lo dijo, esa
					singularización siempre parcial del objeto por los discursos universalizantes...
					—Justamente: no se trata del llamado “estudio interdisciplinario” (esa
					paralítica eufemización del eclecticismo, que su pone un objeto hecho de una vez
					para siempre) sino, en todo caso, de un traslado <hi rend="italic:true;"
						>transdisciplinario</hi>: donde es el objeto el que se mueve, circula entre
					los discursos, modificándolos donde los toca. —Eso es lo que produce, también,
					la a sensacion de <hi rend="italic:true;">totalidad</hi>... —Eso: el trabajo
					simultáneo sobre la “profundidad” de cada frase y la extensión del texto. Como
					si cada proposición fuera un caracol, cerrado y vuelto en espiral sobre sí
					mismo; pero que junto a otros miles de caracoles forma a su vez una figura
					gigantesca, aunque inacabada: no porque <persName ref="#jean_paul_sartre"
						>Sartre</persName> haya muerto dejando inconclusa su obra, sino porque eso
					no podría tener conclusión —sólo el azar de la muerte para interrumpir la
					precipitación— (—Es cierto: allí están esos caracoles, a la intemperie, en la
					orilla, donde cada golpe de marea de una idea nueva altera todo el conjunto. —Y
					donde se ve el poder del ilusionista: hay frases de más, sin duda, tal vez
					páginas enteras, pero pruebe usted suprimir alguna: todo se derrumba...)
					—Abreviando, entonces, si se puede: aventura de la producción interminable de un
					sujeto por los discursos y las disciplinas que, si bien lo preexisten, se
					reordenan en el curso de ese trabajo. Saga, a la vez, de una escritura que busca
					en el estilo un refugio contra el dogma, que encuentra en el rigor teórico una
					defensa contra la seducción fácil; y por último, en el limite entre ambos, una
					escritura que todo el tiempo, a medida que avanza se traiciona a sí misma...
					(—No del todo: ya vimos que hay una astucia, como una mala fe <hi
						rend="italic:true;">positiva</hi>. Traicionar, eso se dice fácil, pero hay
					que encontrar la oportunidad. —Cómo. ¿Cita usted a <persName ref="#louis_ferdinand_celine">Céline</persName>, a propósito de
						<persName ref="#jean_paul_sartre">Sartre</persName>? —¿Por qué no? ¿Acaso no
					hay también en él una suerte de <hi rend="italic:true;">santificación</hi> del
					Mal, que tanto molesta a los “progresistas”? ¿Acaso no pone él mismo un epígrafe
					de <persName ref="#louis_ferdinand_celine">Céline</persName>, precisamente en <title level="m" ref="#sartre_nausea">“La náusea"</title>? Y no uno cualquiera: <q>“Es un muchacho sin
					importancia colectiva, exactamente un individuo”</q>. Fíjese: sin importancia
					colectiva. Da que pensar...) —En cualquier caso, es un buen resumen, pero deja
					afuera lo esencial: que se trata, finalmente, de <persName
						ref="#gustave_flaubert">Flaubert</persName>. —Ya lo habíamos dicho. —No:
					sólo lo habíamos <hi rend="italic:true;">predicho</hi>. Y ahora es tiempo de
					decirlo; he aquí el hombre que nos presenta y que quiere que adoptemos: es un
					Inencontrable; no se le puede captar ni por sus gestos, que son una fachada; ni
					por sus relatos, que son falsos; ni por sus actos, fulguraciones
					indescriptibles. Y no obstante, más allá de las conductas y de las palabras, más
					allá de la conciencia vacía, el hombre existe, presentimos un drama auténtico,
					una especie de carácter inteligible que lo explica todo. —Hace usted trampa: esa
					es la opinión de <persName ref="#jean_paul_sartre">Sartre</persName> sobre
					<persName type="literary_character">Bayard Sartoris</persName>, el personaje de <persName ref="#william_faulkner">Faulkner</persName>. —En efecto: y es, treinta y cinco
					años después, <persName ref="#gustave_flaubert">Flaubert</persName>, el
					personaje de <persName ref="#jean_paul_sartre">Sartre</persName>. Mejor dicho,
					no <persName ref="#gustave_flaubert">Flaubert</persName>: <persName ref="#gustave_flaubert">Gustave</persName>. Así lo llama,
					siempre. Porque <persName ref="#gustave_flaubert">Gustave</persName> sólo será <persName ref="#gustave_flaubert"
						>Flaubert</persName> después de mucho escribir —la obra de <persName
						ref="#jean_paul_sartre">Sartre</persName> no llega hasta allí, pero podemos
					anticipar el final imposible—: la tesis central es que <persName ref="#gustave_flaubert">Gustave</persName> se salvará (se
					hará <persName ref="#gustave_flaubert">Flaubert</persName>) por la literatura:
					no existe fuera de ella, ella es la que construye una vida en el espacio de esa
					conciencia vacía: <cit><quote>“<persName ref="#gustave_flaubert">Gustave</persName> se siente, desde luego, atormentado por la urgente
					necesidad de conocerse, de descifrar sus pasiones tumultuosas y de encontrar las
					causas de éstas. Pero ha sido hecho de tal manera, que sólo inventándose se
					comprende”</quote></cit>. No es el caso de cualquier escritor: <persName
						ref="#gustave_flaubert">Flaubert</persName> es, en el sentido más pleno del
					término, un <hi rend="italic:true;">autor</hi>. Alguien —o algo: una voz— que
					desaparece discretamente en los pliegues de su escritura. La literatura de
						<persName ref="#gustave_flaubert">Flaubert</persName> (pero, ¿<hi
						rend="italic:true;">cuál</hi> es esa literatura? El trabajo de <persName
						ref="#jean_paul_sartre">Sartre</persName> ilustra admirablemente un
					interrogante de <persName ref="#michel_foucault">Foucault</persName>: ¿dónde
					detenerse en el examen, dónde empezarlo incluso, cómo definir una obra entre las
					innumerables huellas dejadas tras de sí por alguien que, a la sazón, escribía?
					¿Es todo lo que escribió, o sólo una parte? ¿O es también lo que dijo, y lo que
						<persName ref="#jean_paul_sartre">Sartre</persName> supone que dijo, y sobre
					todo lo que supone que <hi rend="italic:true;">no</hi> dijo y que no escribió?
					—Entonces, la operación consiste en mostrar que un autor es, justamente, el
					soporte de esa lenta, infinta desapariclón: que solo en el ausentamiento se
					muestra en plenitud), la literatura de <persName ref="#gustave_flaubert"
						>Flaubert</persName>, digo, es de las mas auténticamente autobiográficas: no
					porque hable de sí mismo —ni siquiera como objeto imaginario— sino porque es
					escribiendo como produce su ser —pocos sujetos tan “completos” como <persName
						ref="#gustave_flaubert">Flaubert</persName>, en <hi rend="italic:true;"
						>ese</hi> sentido—; auténtica autobiografía, justamente porque rompe el
					“pacto” autobiográfico: no es el lector empírico quien “completa” la imagen del
					que dice Yo; si son los otros quienes nos hacen, existir ante nuestra conciencia
					—viejo <hi rend="italic:true;">dictum</hi> sartreano— esos “otros” quedan, para
					<persName ref="#gustave_flaubert">Gustave</persName>, reducidos a su más pura transparencia u opacidad: son trozos de
					lenguaje. Es, creo, lo que viene a mostrar <persName ref="#jean_paul_sartre"
						>Sartre</persName>. —¿Y para él, para <persName ref="#jean_paul_sartre"
						>Sartre</persName>? ¿Es lo mismo? —Lo mismo, con esta ventaja: que él tiene,
					entre esos otros, a <persName ref="#gustave_flaubert">Flaubert</persName>. O a
					<persName ref="#gustave_flaubert">Gustave</persName>: a un trozo de lenguaje que <hi rend="italic:true;">está siendo</hi> una
					literatura. <persName ref="#jean_paul_sartre">Sartre</persName>, escritor, es la
					función-autor de <persName ref="#gustave_flaubert">Flaubert</persName> (antes lo
					ha sido de <persName ref="#baudelaire">Baudelaire</persName>, de <persName ref="#jean_genet">Genet</persName>, incluso —en <title level="m" ref="#sartre_palabras">“Las palabras”</title>— de sí mismo): se
					instituye como sujeto de escritura en el espacio que <persName
						ref="#gustave_flaubert">Flaubert</persName> ha <hi rend="italic:true;"
						>escrito</hi>. Pero también es la función autor, en ese mismo espacio, de
					<persName ref="#karl_marx">Marx</persName>, de <persName ref="#freud">Freud</persName>, de <persName ref="#soren_kierkegaard">Kierkegaard</persName>, de <persName ref="#hegel">Hegel</persName>, de
					tantos otros: se apropia de esas discursividades, como autor se pierde en ellas.
					Mejor dicho, no se pierde: se <hi rend="italic:true;">extravía</hi>. Se deja
					ir, sin someterse a los caminos ya hechos. —Y es por eso que define un lugar
					nuevo para la crítica: ni parasitaria de otra escritura —o de otra “vida” en
					este caso: pero ya sabemos que se trata de una vida <hi rend="italic:true;"
						>escrita</hi> — ni usufructuaria de aquélla como excusa; —Lugar difícil de
					sostener. —Imposible, diríamos, salvo, hay que repetirlo, desde una ética: la de
					saber que una lúcida desesperanza con respecto a la Verdad no puede ser coartada
					para la renuncia, para la cobardía intelectual. —Explíquese mejor. —No. Se explica mejor <persName ref="#jean_paul_sartre">Sartre</persName>, cuando dice
					de <persName ref="#gustave_flaubert">Flaubert</persName>: <cit><quote>“El sentido no lo da
					una sola imagen: aparece en su complejidad como un más allá de todas las
					imágenes, aún cuando cada una de estas pretende entregarlo íntegro... es una
					manera <hi rend="italic:true;">práctica</hi> de arrojarse hacia las cosas, de
					anunciarse a sí mismo por el horizonte.”</quote></cit></p>
			</div>

			<div type="poem" subtype="poema">
				<head> Acerca de un epitafio</head>
				<byline><persName ref="#ricardo_gandolfo">Ricardo Gandolfo</persName></byline>
				<p> para <persName>Ricardo Isaguirre</persName></p>
				<lg>
					<l>¿Te acuerdas de Phlebas, el Fenicio</l>
					<l>muerto aquí en el esplendor de su edad</l>
					<l>oh caminante de la pradera de las aguas?</l>
				</lg>
				<lg>
					<l>Ninguna ola azul podrá jamás</l>
					<l>sostener una lápida.</l>
				</lg>
				<lg>
					<l>Las palabras inválidas, empero</l>
					<l>apoyándose la una en la otra, extendiendo</l>
					<l>una manta de velados murmullos</l>
					<l>traen nuevamente el rostro del ausente,</l>
					<l>su levedad sorprendida</l>
					<l>la juventud de su cuerpo ahora</l>
					<l>obligado a ser hermano de las algas.</l>
				</lg>
				<lg>
					<l>¿Seremos sólo eso, simple</l>
					<l>rastro de la charlatanería ajena, el fantasma</l>
					<l>aludido entre dos frases</l>
					<l>deliberadamente ambiguas</l>
					<l>las heridas</l>
					<l>eternamente abiertas y frescas del universo?</l>
				</lg>
			</div>

			<div type="poem" subtype="poema">
				<head> Discurso del ahorcado en el árbol del fondo</head>
				<byline><persName ref="#mario_romero">Mario Romero</persName></byline>
				<lg>
					<l>Lo que me molesta es lo de siempre,</l>
					<l>el ruido del agua a borbotones en su olla de hierro,</l>
					<l>y hervir choclos todo el día,</l>
					<l>como si fuese lo único que se puede hacer,</l>
					<l>y zapallos y batatas.</l>
				</lg>
				<lg>
					<l>Aunque los pájaros no picotean los ojos de los ahorcados,</l>
					<l>ella me descubrirá entre las ramas antes del mediodía,</l>
					<l>y cortará mi soga con el mismo cuchillo con que corta los zapallos.</l>
				</lg>
			</div>

			<div type="poem" subtype="poema">
				<head> Alma Valley y el jovial corruptor del pueblo</head>
				<byline><persName ref="#luis_thonis">Luis Thönis</persName></byline>
				<lg>
					<l>Salían por la noche remontando la fatiga</l>
					<l>eran parte de otra historia</l>
					<l>el pueblo bajo la luna era un desafío que se obstina</l>
					<l>artefacto sororal en desfondado edredón</l>
					<l>casas que adoptaban un tono menguante y consexual a dicha hora</l>
					<l>tácitas-las hojas circunnavegaban el ozono</l>
					<l>aún desalojada la deidad estilizaba el litoral</l>
					<l>decían que las hojas del cementerio estaban quietas</l>
					<l>las otras eran volantes entre remolinos de polvo</l>
					<l>oía a voces una voz, casi lo empujaban</l>
					<l>como si eso pudiera asegurar que volvía</l>
					<l>crecían y presionaban las confidencias a esa hora</l>
					<l>anterior al sueño én pueblo vulturno</l>
					<l>cabían las voces en parihuela, sibilino murmullo en altibajo</l>
					<l>trist y tip tip, goterón en yacija fría y nocturna</l>
					<l>un bandazo oscuro rima la distancia entre olas y alas</l>
					<l>volvían de correr olas lejos</l>
					<l>aunque supiesen que no había mar</l>
					<l>en la nocturna y cenicienta flámula</l>
					<l>él difería ese instante anterior al sueño.</l>
					<l>que será del arte, la industria, o el museo</l>
					<l>Y retornaba solo a correr olas lejas</l>
					<l>le crecían otras orejas y el monte se redimía en mar</l>
					<l>con el cuidado de los genios del lugar</l>
					<l>en la nocturna y cenicienta flámula</l>
					<l>Foolish Cain le fou disfrazado de Pierrot</l>
					<l>gustaba del concierto del sapo ululante, trist y tip tip</l>
					<l>preludio del canto de los constructores:</l>
					<l>“Alma Valley, noche a noche te ofrendamos un Abel...“</l>
					<l>nada como cierto tipo de muerto corrobora la estilización de los muros</l>
					<l>Cantó Cain la canción comunitaria, choque sórdido del nirvana telúrico</l>
					<l>en tanto él se atrevía como prematuro corruptor del pueblo</l>
					<l>la algarabía púber ignoraba que eran unos pocos que hacían de muchos</l>
					<l>Señoras y Señores, todo convencido Rimbaud, con o sin gabán</l>
					<l>raya medianera trazada a l´ anglaise</l>
					<l>piensa que los hombres prefieren morir por un librarius borrachín</l>
					<l>antes de soportar la saludable peste del veneno literario</l>
					<l>Si hubo y habrá Cain a qué explicar Abel, Rimbaud, cualquier otro jovial</l>
					<l>mensajero, ángelus que traspasa el muro</l>
					<l>para que tú digas gracias por la peste</l>
					<l>nunca pensó cuánto tendría que contarle al hombre sencillo porqué</l>
					<l>nunca había de ser demasiado poco complicado</l>
					<l>Alguien supo de noches rábidas</l>
					<l>Faltaba un alma para que Alma Valley estuviera en paradiso</l>
					<l>el no me dejes habita hasta en la voz de una maga</l>
					<l>la que vino del mar a un pueblo vedado al mar</l>
					<l>“en cada historia hay una dama, no te dejes abrumar por el soldado</l>
					<l>el profeta, el animador, el asesino“</l>
					<l>decía la maga pensando que pensarían que maga no es dama</l>
					<l>podía ser Alma Valley que entraba in paradiso a fuerza de historias</l>
					<l>guijarros recontaban</l>
					<l>quien difería el momento del arribo</l>
					<l>había que dormir un pueblo vulturno</l>
					<l>lo fueron vislumbrando como el necesario complemento, aleluya</l>
					<l>introito de la transhumante mujer</l>
					<l>del circo sedentario (almas sencillas que sueñan que los protagonistas se
						corresponden)</l>
					<l>Cirque magisque se volvió profana, regenteada por Caín y cía</l>
					<l>salmos rituales y piedad profesional</l>
					<l>“En el mito antiguo que la diosa transforma a los héroes en cerdos</l>
					<l>ahora se empeña en crear espectadores”.</l>
					<l>los técnicos argumentaban cinéticas hipótesis:</l>
					<l>las hojas del cementerio estaban quietas, las otras eran volantes</l>
					<l>de ahí la creencia de que hubiera olas lejas</l>
					<l>desmentidas por las nuevas leyes de probabilidad</l>
					<l>nada no obstante era probable en Alma a excepción de paradiso</l>
					<l>“dormid, dormid” apacentaba la mujer del circo</l>
					<l>niños por la noche, maduros, más maduros para el alba</l>
					<l>el sol prodigaba ingenuidad: nalgas casi rosadas...</l>
					<l>Caín y cía comenzaba a pregonar que ella era Alma en persona</l>
					<l>Alma de Alma, forma de formas, firmaba Caín</l>
					<l>era cosa de dar un ama para Alma después de hacer pasar</l>
					<l>naga por dama y dama por ama.</l>
					<l>Alma de Alma, forma de forma.</l>
					<l>Ahora un primerizo desplora escuchar “no hay olas”, las hojas están
						quietas</l>
					<l>Ya dice que en pueblo vulturno nunca hubo mar</l>
					<l>espondeo, polainas blancas, yámbicos fueron los gestos</l>
					<l>“Todo sea para atenuar los redobles de la banda municipal”</l>
					<l>recomienza ella, esta vez como alma no oficial del valle</l>
					<l>en la mente sencilla la ausencia es díptico de prestigio</l>
					<l>esa aspiración a la monotonía, el Bien del Alma, le parece casi servil</l>
					<l>a un viejo relo.</l>
					<l>el que escandió el precioso instante de quien difería el arribo</l>
					<l>“Toda analogía con el movimiento es circo”, ha dicho</l>
					<l>hay las rimas cistersenses que ahora saben que no hay olas</l>
					<l>Agnición, excéntrica anagnórisis</l>
					<l>empeñadas libera bilis y líber cura</l>
					<l>una vez que la ley de probabilidades se muestre más apta</l>
					<l>con la espina dorsal que para el alma que ya tiene Valley</l>
					<l>en indagar si es a causa del polvo que hay hojas que no vuelan.</l>
				</lg>
			</div>

			<div type="poem" subtype="poema">
				<head> Casi una naturaleza</head>
				<byline><persName ref="#raul_santana">Raúl Santana</persName></byline>
				<lg>
					<l>Raspa con el pie</l>
					<l>hendiendo más el piso;</l>
					<l>un pequeño movimiento, inesperado</l>
					<l>y voltea el contenido de la mesa:</l>
					<l>jarra, flores y un pedazo de pan</l>
					<l>(casi una naturaleza)</l>
					<l>al recordar aquella frase:</l>
					<l>“no camines sin mangas por la vida”</l>
				</lg>
				<lg>
					<l>En la calle se arregla el pelo</l>
					<l>pensando un cuerpo.</l>
					<l>se palpa sintiendo cada parte,</l>
					<l>dándose cuenta del frío</l>
					<l>si uno no lleva mangas</l>
					<l>Pero ¿quién supera un consejo?</l>
				</lg>
				<lg>
					<l>Ojos en colectivos</l>
					<l>recogen desde la fuerza de una hoja</l>
					<l>hasta el remolino</l>
					<l>de un cielo suburbano.</l>
				</lg>
				<lg>
					<l>Detenido frente a los espejos</l>
					<l>su mente formula:</l>
					<l>hay que volver al piso,</l>
					<l>hendir más la viruta:</l>
					<l>comida, fuego y ceniza</l>
					<l>hicieron lo suyo.</l>
				</lg>
				<lg>
					<l>El veterano de la limpieza</l>
					<l>sigue ahora con los ojos</l>
					<l>su sombra proyectada,</l>
					<l>raspa regocijado</l>
					<l>repitiendo sin pausa y en forma</l>
					<l>de canción:</l>
					<l>“Aunque sea rosas mustias</l>
					<l>antes que nada”</l>
				</lg>
			</div>

			<div type="poem" subtype="poema">
				<head> Muchacha en la ventana (Según un cuadro de Vermeer)</head>
				<byline> <persName ref="#edgardo_russo">Edgardo Russo</persName></byline>
				<div n="1">
					<lg>
						<l>Un almidón de monja</l>
						<l>erecta la rigidez mortuoria de su toca.</l>
						<l>Ella no es éso.</l>
					</lg>
					<lg>
						<l>Una mano aferra la falleba.</l>
						<l>Otra una jarra dorada.</l>
						<l>Ella no es éso.</l>
					</lg>
					<lg>
						<l>Mira</l>
						<l>más allá de la ventana abierta</l>
						<l>el tumulto de la calle, la puesta de sol.</l>
					</lg>
					<lg>
						<l>Bajo la toca su vestido es azul,</l>
						<l>azul-dorado.</l>
						<l>Ella no es éso bajo su vestido.</l>
					</lg>
					
					<lg>
						<l>Ella es la puesta de sol, el tumulto</l>
						<l>que buscando su mirada dice</l>
						<l>“no eres, hija, lo que te aprisiona”</l>
					</lg>
				</div>
				<div n="2">
					<lg>
						<l>Los gestos son medidos</l>
						<l>en la balanza de quien pesa perlas.</l>
						<l>Un error de gramo es estafa.</l>
					</lg>
					<lg>
						<l>El equilibrio del cuadro</l>
						<l>es el equilibrio del mundo.</l>
						<l>Si inclinas la rodilla, perecemos.</l>
					</lg>
					<lg>
						<l>La mano derecha en la falleba,</l>
						<l>la izquierda en el asa de una jarra.</l>
						<l>La mirada en línea oblícua hacia abajo.</l>
					</lg>
					<lg>
						<l>En toda cárcel los gestos son medidos.</l>
						<l>Gramos, centímetros, centavos.</l>
						<l>La vida fluye afuera.</l>
					</lg>
				</div>
			</div>

			<div type="group" subtype="lecturas">
				<div type="text" subtype="crítica">
					<head> <persName ref="#santiago_dabove">Santiago Dabove</persName>, escribir la muerte</head>
					<byline> <persName ref="#luis_chitarroni">Luis Chitarroni</persName></byline>
					<p> De <persName ref="#santiago_dabove">Dabove</persName> me gusta la presteza, su imaginación un poco alcohólica, su arte
						de prescindir de preámbulos y contar sin exigencias externas, su modo casi
						kafkiano de ajustar la pequeñez del texto a las imposibilidades del
						argumento. Hay en <title level="a" rend="italic:true;" ref="#dabove_ser_polvo">Ser polvo</title> una corriente de
						imágenes a la vez radiante y subterránea. Se trata siempre de una escritura
						muy clara, que abusa un poco de la ampulosidad macedoniana del léxico (que
						parece impensable sin sus conjunciones antinómicas), y que aísla sus
						anudamientos para conseguir una ilación declamatoria y en apariencia
						fortuita. El cuidado con que <persName ref="#santiago_dabove">Dabove</persName> apunta su frase sin embargo nada tiene
						que ver con la inserción de un aforismo: la frase encuentra, aun destacando
						su carácter de irrupción, la instancia oportuna, conversacional, discreta,
						el pulso que la recupera, haciendo así de esa turbulencia de registros una
						superficie de consulta muy precisa. Para invadir el tumulto de sensaciones
						que sus cuentos acarrean bastaría entonces restringir el “efecto de
						literatura” que la abundancia borgeana reclama en cada uno de los textos que
						prologa e interrogar nuevamente el sacrificio de su articulación.</p>
					<p> En <title level="a" rend="italic:true;" ref="#dabove_ser_polvo">Ser polvo</title> la muerte va a ser escrita, es por
						lo tanto necesario agravar jerárquicamente esos tensores con los que la
						literatura empieza y termina resistiendo la inanidad de sus artificios. El
						destino, el dolor, la enfermedad: he ahí un orden. (Irrevocabilidad,
						irrealizabilidad, inevitabilidad, tal era, para un exégeta de <persName ref="#aleksandr_pushkin">Pushkin</persName>, la
						triple fórmula de la existencia humana.) Un texto ideal podría empezar, a la
						manera de <persName ref="#edgar_allan_poe">Poe</persName>: <q who="#santiago_dabove">“Apenas hube sentido el último latido...”</q> <persName ref="#santiago_dabove">Dabove</persName> es escribe:
						<q who="#santiago_dabove">"¡Inexorable severidad de las circunstancias!”</q> Más adelante, con una
						severidad consecuente, impugna: <q who="#santiago_dabove">“Pero no se diga: yo he agotado el
							padecimiento, este dolor no puede ser superado...”</q> Después, profetiza: <q who="#santiago_dabove">“Yo
						no sé ver en las quejas y expresión de amargura presentes otra cosa que una
						de las variaciones sobre este texto único y terrible: no hay esperanza para
						el corazón del hombre"</q>.</p>
					<p> Escribir la muerte es de algún modo lo contrario de escribir un relato.
						Ahora bien, aunque <persName ref="#santiago_dabove">Dabove</persName> no explicite su procedimiento, aunque el
						protagonista hable del “sueño” que precedió a su “muerte” y lo llame
						sueño-vela y muerte-vida, aunque admita su estado como una forma de
						existencia (<q who="#santiago_dabove">“este modo de existir tiene algo de grato, inocente y
							deseable”</q>), aunque anuncie su muerte o la disfrace (<q who="#santiago_dabove">“Me estoy difundiendo,
								voy a ser pronto un difunto”</q>; <q who="#santiago_dabove">“Cada vez muero más como hombre y esa muerte
						me cubre de espinas y capas clorofiladas”</q>), no es posible pensar en lo que
						se escribe como en una metamorfosis: esas múltiples “confesiones” sólo
						constituyen una suerte de convención narrativa que soporta con timidez el
						hecho contundente que el primer enunciado —el título— hace estallar, puesto
						que para escribir la muerte y escribir un relato, el narrador debe
						someterse, casi desde el comienzo, a ese infinitivo que se nos propone en
						parte como seña de identidad y en parte como ley del relato, vale decir <hi
							rend="italic:true;">ser</hi> —literalmente— <hi rend="italic:true;"
							>polvo</hi> .</p>
					<p> Ser polvo consiste en esparcir <hi rend="italic:true;">esa muerte que
							acontece</hi> a lo largo del texto. <persName ref="#santiago_dabove">Dabove</persName> tiene que encontrar así un
						medio justo de zanjar esa otra convención literaria que hace del relato un
						itinerario, aunque más no sea entre la palabra inicial y el último punto, y
						suspender la temporalidad para que el polvo de la muerte se difunda. Lo
						encuentra: son las <hi rend="italic:true;">ocurrencias</hi>.</p>
					<p> Las ocurrencias del texto daboviano no son motivos. Los motivos participan
						de dos órdenes que <persName ref="#santiago_dabove">Dabove</persName> conocía bien: el musical (<persName ref="#santiago_dabove">Dabove</persName> tocaba el violín)
						y el de la conversación (<persName ref="#santiago_dabove">Dabove</persName> conversaba, incansablemente, con <persName ref="#macedonio_fernandez">Macedonio</persName>,
						con <persName ref="#borges">Borges</persName>). Las ocurrencias no progresan
						ni regresan, ni siquiera se adecuan a la gravedad del relato: ocurren, son
						nada más que eso, capturan momentáneamente la atención. Basta con intentar
						una clasificación para que su sentido se desvanezca o se intercale entre
						otros, se confunda o gradualmente se amplifique. Para advertir su inocencia,
						su gratuidad, sólo es posible situarlas, citarlas: <q who="#santiago_dabove">“¡Qué extraña planta es
							mi cabeza! Difícil será que dure su singularidad incógnita“</q>. <q who="#santiago_dabove">“¡Deseaba ser
								planta de tabaco, para no tener la necesidad de fumar!”</q> <q who="#santiago_dabove">“¿Cuántas formas
						piensan adoptar (las nubes) antes de no ser ya más, nunca más, máscaras de
						vapor de agua?”</q> <q who="#santiago_dabove">“...Voy a ser vegetal y no lo siento, porque los vegetales
						han descubierto ese privilegio de su vida extática y egoísta. Su modo de
						cumplimiento y realización amorosos no puede satisfacernos como nuestro amor
						carnal y apretado. Es cuestión de probar y veremos cómo son sus
						voluptuosidades“</q>.</p>
					<p> El cuento de <persName ref="#santiago_dabove">Dabove</persName> pertenece a esa tradición silenciosa que las antologías
						repiten u omiten con la misma modesta ineficacia. <q source="#dabove_ser_polvo">“Mi voz ya era un
						semisilencio por la carencia de pulmones”</q>, escribe en <title level="a"
							rend="italic:true;" ref="#dabove_ser_polvo">Ser polvo</title>. Habrá que inventar el aire.</p>
					<div>
						<head rend="italic:true">La muerte y sus textos</head>
						<epigraph>
							<quote> “...sentí un vértigo asombrado y ligero que no describiré,
								porque esta no es la historia de mis emociones...“</quote>
						</epigraph>
						<p> Soñé que leía un cuento de <persName ref="#santiago_dabove">Santiago Dabove</persName> que se llamaba <hi
								rend="italic:true;">Sentirse en muerte</hi>. Antes de dormirme en
							el sueño, encontraba, entre las hojas del libro, un recorte, una
							necrológica. <persName ref="#santiago_dabove">Dabove</persName> en mi sueño era igual a <persName ref="#juan_filiberto">Juan de Dios Filiberto</persName>;
							había muerto en <placeName ref="#moron">Morón</placeName>. Cuando me quedaba finalmente dormido, la
							necrológica se caía al suelo. Yo tenía que levantarla y volver a ponerla
							entre las hojas del libro, pero prefería dormir.</p>
						<p> Recordé el sueño uno o dos días después, mientras leía los <title level="m"
							rend="italic:true;" ref="#junger_diarios">Diarios</title> de <persName ref="#ernst_junger">Jünger</persName>. Antes de cruzar la <placeName ref="#maginot">línea Maginot</placeName>, <persName ref="#ernst_junger">Jünger</persName> visita el cementerio de <placeName ref="#buschdorf">Buschdorf</placeName>: <cit><quote source="#junger_diarios">“...entré en el
							cementerio del lugar que, como en la mayoría de los pueblos de <placeName ref="#lorena_francia">Lorena</placeName>,
							rodea la iglesia en forma de herradura. Allí descubrí una curiosidad: un
							osario empotrado, en forma de cueva, en la pared del cementerio.
							Contenía por lo menos mil doscientos cráneos en un montón, sobre un
							friso de tibias, fémures y sacros ilíacos. Daba la impresión de un banco
							de huesos blancos, con un poco de verdín, en el que se hubiera labrado
							la blanca filigrana de sus cuencas vacías; me dio la sensación de que
							una leve resaca se estrellaba en ese arrecife de muerte“</quote></cit>.</p>
						<p> ¿Qué se decía de la muerte en ese texto que me remitía otra vez al
							sueño, a <hi rend="italic:true;">Sentirse en muerte</hi> y a <title level="a"
								rend="italic:true;" ref="#dabove_ser_polvo">Ser polvo</title>? Nada nuevo quizás. Pero en ese
							quizás se cifra un ligero vértigo. La mirada de <persName ref="#ernst_junger">Jünger</persName>, habituada a la
							muerte, aprecia <hi rend="italic:true;">la negra filigrana de las
								cuencas vacías</hi>. Se produce un corte incómodo ahora mientras
							escribo e intento, con una especie de entusiasmo borroso, relacionar esa
							escritura de la muerte de <persName ref="#santiago_dabove">Dabove</persName> y la mirada un poco apolínea de <persName ref="#ernst_junger">Jünger</persName>,
							capaz incluso de extraer de lo observado una moraleja. <q>“Es una lástima
							que hoy se rehúyan estas aleccionadoras imágenes”</q> —escribe—, <q>“y la gran
							pompa que se daba a las cosas de la muerte, incluso todavía (?) en la
							época barroca“</q>.</p>
						<p> <persName ref="#philippe_aries">Philippe Ariés</persName> dice que hay que esperar al <date notBefore="1601" notAfter="1700">siglo XVII</date> para que el
							esqueleto o los huesos la <hi rend="italic:true;">morte secca</hi> (no
							el cadáver en descomposición) se propaguen en las tumbas y cementerios y
							hasta en los interiores de las casas. La muerte aleccionadora que <persName ref="#ernst_junger">Jünger</persName>
							ve tiene toda vía la solemnidad aposentada de un cuerpo que ha
							atravesado diversas etapas y que trasunta la provocativa <hi
								rend="italic:true;">morbidezza</hi> de su abandono y
							amontonamiento.</p>
						<p> Nada de lo que se nos oculta de la muerte nos pertenece, pudo haber
							escrito <persName ref="#santiago_dabove">Dabove</persName>; con igual justicia, podríamos agregar: nada de lo que se
							nos muestra. La muerte no es el arrecife sino la leve resaca, el sistema
							de malentendidos continúa.</p>
						<p> <persName ref="#malcolm_lowry">Malcolm Lowry</persName> vagabundea en <placeName ref="#roma">Roma</placeName> y encuentra la inscripción fúnebre de
							la casa de <persName ref="#john_keats">Keats</persName>; la copia, e inaugura ese tiempo macabro de su libreta
								de apuntes <note resp="#luis_chitarroni" n="1"> <bibl><author ref="#malcolm_lowry">Malcolm Lowry</author>: <title level="a"
									rend="italic:true;" ref="#lowry_raro_consuelo">El raro consuelo que da la profesión</title> ,
								en <title level="m" rend="italic:true;" ref="#lowry_escuchanos">Escúchanos, oh Señor, desde el cielo tu
									morada</title>. <publisher ref="#ed_tiempo_nuevo">Editorial Tiempo Nuevo</publisher>, <pubPlace ref="#caracas">Caracas</pubPlace>, <date when="1971">1971</date></bibl>.</note>.
							<persName ref="#john_keats">Keats</persName>, <persName ref="#percy_shelley">Shelley</persName>, los mártires de la <placeName ref="#carcel_mamertina">prisión Mamertina</placeName>... Hasta llegar al
								recuerdo de <persName ref="#nikolai_gogol">Gogol</persName>, muerte literaria ya, escrita. <cit><quote>“Es horrible leer la
							descripción del tratamiento torpe y grotesco a que es sometido el pobre
							y débil cuerpo de <persName ref="#nikolai_gogol">Gogol</persName>” —escribe su biógrafo— "cuando lo único que él
							pedía era que lo dejaran en paz. En base a un diagnóstico finalmente
							equivocado, <hi rend="italic:true;" resp="#luis_chitarroni">que era una anticipación de los
								métodos de <persName ref="#jean_martin_charcot">Charcot</persName></hi> , el <persName>doctor Auvers (u Hovert)</persName> sumergió al
							enfermo en un baño caliente mientras le regaba la cara con agua fría,
							después de lo cual lo hizo recostarse con seis sanguijuelas pega das a
							la nariz. El enfermo gemía y se lamentaba y se contorsionaba sin fuerzas
							cuando su cuerpo miserable (<hi rend="italic:true;" resp="#luis_chitarroni">se podía sentir la
								columna vertebral a través del estómago</hi> ) era metido en una
							tina profunda; en la cama, desnudo, tiritaba y seguía pidiendo que le
							sacaran las sanguijuelas: éstas colgaban de sus narices y se metían en
							su boca (<hi rend="italic:true;" resp="#luis_chitarroni">sáquenlas, llévenselas - pedía</hi> —)
							y al tratar de espantarlas sus manos tenían que ser retenidas por el
							corpulento asistente del <persName>doctor Auvers (u Hauvers)</persName>”</quote></cit>.<note resp="#luis_chitarroni"
								n="2">Los subrayados son míos.</note></p>
						<p> Hay juego, acompañado de una ironía bastante cínica e insípida, en esta
							presentación; pero al leerla lo que me sorprende no es el énfasis puesto
							en el tratamiento equivocado, tampoco el hecho de que la curación se
							hiciera con sanguijuelas, sino ese pequeño aparte parentético
							(sáquenlas, llévensalas —decía—), de modo que si fuera posible
							establecer siquiera por analogía un punctum del relato, yo me detendría
							en esa boca que dice —que yo sé que dice— lo que su biógrafo no ha oído
							nunca.</p>
						<p> Si se insiste en dispersar cada vez más la cuestión de la muerte, si uno
							se aparta cada vez más de la muerte y su escritura para coleccionar la
							decepción de la muerte y sus textos, tal vez sea porque, perdido el
							hilo, sólo se lo puede retomar en ese punto en el que la interrupción
							apuesta todo lo escrito a un solo deseo. ¿Cuál? <q>“Yo sustituiría mi gusto
							por la muerte, que es un fracaso de la voluntad, por unas ganas de morir
							que son la apoteosis de mi voluntad.”</q> La cita, leída fervorosamente y
							recuperada sin rigor, señala acaso ese punto.</p>
					</div>
				</div>
				<div type="text" subtype="crítica">
					<head> <persName ref="#felisberto_hernandez">Felisberto Hernández</persName>, parabola del desquite</head>
					<byline> <persName ref="#enrique_pezzoni">Enrique Pezzoni</persName></byline>
					<p> El protagonista de <persName ref="#felisberto_hernandez">Felisberto Hernández</persName> (narrador-actor, sujeto de la
						enunciación que coincide con el sujeto del enunciado para declararse
						inasible y denunciarse como fragmentación, escisión de sí mismo) vive una
						carencia, y la fruición de acumular sucedáneos para rechazarlos. La carencia
						del propio Yo es para el que se enuncia la de algo que no ha conocido ni
						poseído nunca. Pero sentido como la falta de un bien que ha perdido o le han
						quitado, ese algo le inspira nostalgia o le depara una y otra vez la
						experiencia de la desposesión. El narrador-actor de <persName ref="#felisberto_hernandez">Felisberto Hernández</persName>
						padece doblemente: víctima de sí, sólo puede concebirse como pura falta de
						lo que lo constituiría como un Yo reconocible: como suma, totalidad de
						atributos; víctima del Otro o de lo otro: del mundo que él mismo conforma y
						pone en marcha para señalarlo como el despojador (y el dador de la
						negatividad: la suma imposible convertida en resta, desagregación de
						atributos). El Yo que narra y se narra en los cuentos de <persName ref="#felisberto_hernandez">Felisberto</persName> no
						cuenta sino eso: que <hi rend="italic:true;">no cuenta</hi>, no incluye, no
						es incluído. Inasimilable a toda categoría o clase anterior a él mismo,
						tampoco <hi rend="italic:true;">cuenta con</hi> ningún asidero que le
						permita recuperar el ilusorio bien perdido. Su historia es la de un Yo sin
						Yo que sólo pormenoriza el fracaso en la empresa de autoapropiación. La
						interioridad del personaje felisbertiano es así un vacío central atiborrado
						de desechos en ensambladuras irrisorias: montaje de residuos, agresiones
						mutuas. Autorretrato a lo <persName ref="#arcimboldo">Arcimboldo</persName>: imagen hecha de metonimias combinadas
						en la metáfora del Yo sólo presente como resta (resto inalcanzable).</p>
					<p> Complacencia y angustia de sumar para no llegar al total. Acumular
						descartando <note resp="#enrique_pezzoni" n="1">Juego de las sumas: si el cómputo
							final del Yo es imposible, el total de la adición es cómico en el Otro:
							<cit><quote source="#hernandez_suma">“De pronto vi a mi compañero como si fuera una suma que por primera vez
							le hiciera el total. Eso me produjo una sensación y una reacción tan
							rara que me reí toda la noche. Al verlo un poco lejos le encontré
							proporciones que antes no había visto: era alto, delgado, la cabeza
							elegantemente un poco grande en relación al cuerpo, y la nariz que de
							cerca era demasiado grande, de lejos era una pincelada muy ocurrente...
							El total de la suma era que al mismo tiempo que su carácter, su actitud
							escondía sus pensamientos, su cuerpo delgado despistaba sus
							dificilísimas digestiones”</quote><bibl>. <title level="a" ref="#hernandez_suma">“La suma"</title>, <title level="s" rend="italic:true;" ref="#hernandez_obras_completas">Obras
								completas de Felisberto Hernández</title> , <biblScope unit="volume">tomo 1</biblScope>, <publisher ref="#ed_arca_calicanto">Arca Calicanto</publisher>,
							<date when="1981">1981</date>, <biblScope unit="page">p. 117</biblScope></bibl></cit>. En adelante cito por esta edición, O.C.</note>.</p>
					<p> <cit><quote source="#hernandez_tierras_memoria">Mi angustia se movía lentamente y llenaba un espacio desconocido de mí
						mismo. Yo ya no era un cuarto vacío; más bien era una cueva oscura en cuyo
						fondo de paja húmeda y en un ambiente de viscosidad cálida, se movía una boa
						que despertaba de su letargo. A la cabeza me llegaban efluvios que
						terminaban en palabras. Pero estas palabras, que parecían haber andado por
						muchas bocas, y haberme encontrado en voces muy distintas, que habrían
						cruzado lugares y tiempos ajenos, ahora se presentaban a reclamar un
						significado que yo nunca les había concedido</quote></cit> <note resp="#enrique_pezzoni" n="2"
							><bibl><title level="a" ref="#hernandez_tierras_memoria">Tierras de la memoria</title>, <title level="s" rend="italic:true;" ref="#hernandez_obras_completas">O.C.</title>, <biblScope unit="volume">tomo 3</biblScope>,
							<date when="1983">1983</date>, <biblScope unit="page">p. 53</biblScope></bibl>.</note>.</p>
					<p>
						<hi rend="italic:true;">Boa, boca</hi>: gimnasia simbólica. El obstáculo
						(la oclusiva) que se interpone en el paso de lo cerrado a lo abierto (o-a)
						establece la diferencia de significados y a la vez los contamina. Resurge el
						sentido anterior: bucca = cavidad (la <hi rend="italic:true;">boca</hi> es
						aquí también la “cueva oscura”, el “ambiente de viscosidad cálida” por donde
						ha andado la palabra que reclama). Enlace entre la metáfora del Yo y una
						metonimia del Otro que intercambian sus predicados: <hi rend="italic:true;"
							>Boa</hi>: cuerpo que despierta para engullir; <hi rend="italic:true;"
							>boca</hi>: cavidad, guarida-cuerpo que profiere, clama, y también <hi
							rend="italic:true;">reclama</hi> , engulle.</p>
					<p> El Yo felisbertiano es siempre el vacío central, el relleno profuso, o bien
						la sucesión, encaje de sujetos que se enuncian como el Yo del Otro para
						reanudar la serie vacío-relleno: absorción, expulsión.</p>
					<p> <cit><quote source="#hernandez_dos_historias">... parecía que en ese mismo momento hubiera tenido dentro de mí un
						personaje que hubiera salido al exterior sin mi consentimiento, y que había
						sido despertado por la violencia del ferrocarril. Pero en seguida sentí que
						otro personaje, que también se había desprendido de mí, había quedado
						mirando en la misma dirección en que antes caminaba, que quería predominar
						sobre el anterior y que me empujaba hacia adelante. Si estos dos personajes
						no tenían sentido y querían huir, era porque yo, mi personaje central tenía
						el espíritu complicado y perdido</quote></cit><note resp="#enrique_pezzoni" n="3"><bibl><title level="a" ref="#hernandez_dos_historias">“Las dos
							historias”</title>, <title level="s" rend="italic:true;" ref="#hernandez_obras_completas">O.C.</title>, <biblScope unit="volume">tomo 2</biblScope>, <date when="1982">1982</date>, <biblScope unit="page">p.
							129</biblScope></bibl>.</note>.</p>
					<p> Desdoblamientos, recombinaciones. El “personaje central” deshace y rearma,
						construye un discurso como una red de figuras, instala en su oquedad un
						laboratorio de tropos. Boca-boca que clama y reclama, dice y desdice, nombra
						para desnominar. La palabra que conjura es expulsada porque lo usurpa o lo
						abandona aún más vacío que antes. Enunciarse es condenarse a definirse por
						lo que no se es, crecer a la sombra que dejan otros discursos, dejarse
						invadir por el significado “nunca concedido” y expelerlo <note
							resp="#enrique_pezzoni" n="4">Puesta en escena de la “revolución copernicana” de
								<persName ref="#freud">Freud</persName> y las reformulaciones
							posteriores: <q source="#lacan_escritos">“No soy, allí donde soy el juguete de mi pensamiento,
							pienso en lo que soy, allí donde no pienso pensar”</q> (<bibl><author ref="#lacan">J. Lacan</author>, <title level="a">“La
							instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud”</title>, <title level="m" rend="italic:true;" ref="#lacan_escritos"
								>Escritos</title> <biblScope unit="volume">I</biblScope>, trad, de <persName ref="#tomas_segovia">Tomás Segovia</persName>, <pubPlace ref="#ciudad_mexico">México</pubPlace>, <publisher ref="#ed_sigloxxi">Siglo XXI
							Editores</publisher>, <date when="1971">1971</date>, <biblScope unit="page">p. 202</biblScope></bibl>). Lectura fundante del Yo felisbertiano: <bibl><author ref="#ana_barrenechea">Ana
							María Barrenechea</author>, <title level="a">“Ex-centricidad, di-vergencias y con-vergencias en
							Felisberto Hernández”</title>, en <title level="m" rend="italic:true;" ref="#textos_hispanoamericanos">Textos
								hispanoamericanos. De Sarmiento a Sarduy</title>, <pubPlace
								ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos Aires</pubPlace>, <publisher ref="#ed_monte_avila">Monte Avila
									Editores</publisher>, <date when="1978">1978</date>, <biblScope unit="page">pp. 159-194</biblScope></bibl>. <persName ref="#walter_mignolo">Walter Mignolo</persName> describe la poética del Yo
							ex-céntrico en <persName ref="#felisberto_hernandez">Felisberto Hernández</persName> desde <persName ref="#lacan">J. Lacan</persName>, <persName ref="#ronald_laing">R. Laing</persName>, <persName ref="#bajtin">M. Bajtin</persName>
							(<bibl><title level="a">“La instancia del <hi rend="italic:true;">yo</hi> en <hi
								rend="italic:true;">Las dos historias</hi>"</title>, en <persName ref="#alain_sicard">Alain Sicard</persName>,
							comp., <title level="m" ref="#sicard_hernandez">“Felisberto Hernández ante la crítica actual”</title>, <pubPlace ref="#caracas">Caracas</pubPlace>, <publisher ref="#ed_monte_avila">Monte
							Avila Editores</publisher>, <date when="1977">1977</date>, <biblScope unit="page">pp. 169-186</biblScope></bibl>.</note>. Fascinación y repugnancia de
						lo ya dicho, del sentido poderoso por ser anterior, inservible por ser
						residual. Anhelo permanente de lo aún no dicho, del discurso original,
						fundador del Yo <note resp="#enrique_pezzoni" n="5">En la aguda lectura de <persName ref="#jorge_panesi">Jorge
							Panesi</persName>, el relato <title level="a" ref="#hernandez_casa_inundada">“La casa inundada”</title> es campo de lucha entre un discurso
							previo y otro posterior: <cit><quote source="#panesi_hernandez">“relación de poder y de apropiación. <hi
								rend="italic:true;">De poder</hi>, puesto que el relato se
							despliega como una relación dual entre discursos: <hi
								rend="italic:true;">uno</hi>, posterior y transcriptor de <hi
								rend="italic:true;">otro</hi>, primitivo y potente ... <hi
								rend="italic:true;">De apropiación</hi>, porque, revirtiendo la
							situación anterior, presentándose como cita de un relato ajeno (toda
							cita es una propiedad adquirida por la ley del entrecomillado o una
							inconfesa apropiación ilegal: un robo), marca el ejercicio de un acto de
							dominio sobre el discurso del otro”. “Los dos discursos que arman el
							texto, el del personaje, el del narrador, se repiten, reiteran los
							contenidos. “Diseño que pretende atrapar arcaicas relaciones, paroxismo
							de lo especular, los dos ... nadan en las mismas aguas de un narcisismo
							que sólo puede repetirse en un autoengendramiento incesante“</quote><bibl>.
							(<title level="a" ref="#panesi_hernandez">“Felisberto Hernández, un artista del hambre“ —Análisis de “La casa
							inundada”</title>—, artículo inédito</bibl></cit>.</note>.</p>
					<p> Literatura fantástica, suspendida entre lo irrisorio y trivial, por un lado,
						y lo inquietante, por el otro: incapacidad de nombrar esa oscilación ausente
						en los códigos existentes. Carente de sí, fijado en la vacuidad de esa
						ausencia, el Yo felisbertiano es la energía de la circularidad, no del
						traspaso. Constante movimiento que vuelve sobre la propia nada. <title level="a" ref="#hernandez_tal_vez">“Tal vez un
						movimiento"</title>: título de un cuasi relato que es en verdad una poética de lo
						fantástico, de su incapacidad para nombrar lo inexplicable. Es la ficción
						del diario de un loco que urde un proyecto de auto rescate: consiste en
						escribir “una idea movida”, a cada instante distinta, puro movimiento
						evasivo. O más bien, la idea misma del movimiento, exterior al Yo incapaz de
						pensarla: <q source="#hernandez_tal_vez">“un movimiento vivo que se realice fuera de mí y que siga viviendo
						y moviéndose solo”</q>, Alimentado de sí mismo pero también, quizá, <q source="#hernandez_tal_vez">“de otras
						cosas que no quiero saber del todo, porque cuando las sepa viene el
						pensamiento vestido de negro a hacerle un cajón de medida con agarraderas
						doradas"</q>. Fijado en sí, pero abominando de toda idea fija, del discurso
						anterior pero no original, el recluso denuncia (<q source="#hernandez_tal_vez">“He visto fracasar
						relacionismos, implicancias, deducciones y determinismos, en la flor de la
						juventud”</q>) y sentencia: la idea-movimiento es indecible, es la impotencia
						del lenguaje. Seducción del vacío nunca colmable que imanta al Yo
						transmutando su fijación en vértigo: <q>“Esa idea para mí —afortunadamente—, es
						inmensamente difícil de realizar. Soy dichoso cuando pienso cómo realizar
						esa aventura; seré dichoso mientras la esté realizando; pero seré
						desgraciado si al estar por terminarla no siento deseos de empezarla de
						nuevo”</q> <note resp="#enrique_pezzoni" n="6"><bibl><title level="s" ref="#hernandez_obras_completas">O.C.</title>, <biblScope unit="volume">tomo 1</biblScope>, <biblScope unit="page">pp. 183-186.</biblScope></bibl> El <title level="a" ref="#hernandez_pre_original">“Pre-original de
							TAL VEZ UN MOVIMIENTO. Novela metafísica”</title>, como tantos otros textos de
							<persName ref="#felisberto_hernandez">Felisberto</persName>, sugiere muy poderosamente el testimonio autobiográfico del
							escritor (que en este período, anterior a <date when="1944">1944</date>, inicia su literatura del
							personaje o el caso extraño y su vertiente anti intelectualista e
							intuitiva, su lógica de las combinaciones y contaminaciones oníricas):
							<cit><quote source="#hernandez_pre_original">“Muchas veces me he prometido iniciar la aventura de describir, cierto
							sentimiento que tengo de la vida y su misterio. Mientras tenía la
							ilusión de poder siquiera iniciar esa aventura, me lo pasaba pensando,
							sintiendo, haciendo y deshaciendo formas, estructuras, abstracciones,
							etc."</quote><bibl>(<title level="s" ref="#hernandez_obras_completas">O.C.</title> <biblScope unit="page">p. 18</biblScope>)</bibl></cit>. Este pre-texto insiste en el <hi rend="italic:true;"
								>mientras</hi> (p. 189) que señala duraciones múltiples y
							constitutivas de los relatos posteriores a <date when="1944">1944</date>: lo fantástico
							(suspensión entre lo trivial y lo inexplicable), el proceso del Yo
							construyéndose y deshaciéndose, el transcurso mismo de la escritura que
							entrecruza perspectivas. Cf. el riguroso análisis de <persName ref="#ana_barrenechea">Ana María
							Barrenechea</persName> del <hi rend="italic:true;">mientras</hi> en <title level="a"
								rend="italic:true;" ref="#hernandez_caballo">El caballo perdido</title> y su relación con el
							pre-texto anterior a <date when="1944">1944</date> donde se inicia y se expone el proyecto de
							engendramiento textual (<bibl><ref rend="italic:true;" target="#hernandez_obras_completas">op. cit.</ref>, <biblScope unit="page">p. 181,
							190-194</biblScope></bibl>).</note>.</p>
					<p> Fijación y vértigo. El narrador-actor de <persName ref="#felisberto_hernandez">Felisberto</persName> no consuma el traspaso;
						sueña con él para declararlo imposible o para transformarlo en la energía
						del movimiento circular, nunca para hacer del sueño del pasaje un sucedáneo
						(esta domesticación del sueño, si aparece, escapa a la suspensión
						goce-angustia y es resueltamente cómica: son las sublimaciones de la gorda
						<persName type="literary_character">Margarita</persName> en <title level="a" ref="#hernandez_casa_inundada">“La casa inundada”</title>, la mujer-vaca y la vaca misma “sacudiendo
						sus cuerpos” en <title level="a" ref="#hernandez_ursula">“Ursula”</title>, la mujer enamorada del balcón y sus efluvios
						“poéticos”). Girando en el espacio que él mismo instaura, sólo proyecta
						actitudes que no derriban fronteras y ni siquiera se institucionalizan en
						los estereotipos de la evasión. Es para siempre el acomodador de cine que
						“roba” con la mirada los bienes del otro y es expulsado por el dueño; el
						artista fracasado que vende las medias de mujer “Ilusión”; el memorialista
						que evoca la niñez para no reconocerse en ella; el hombre que recuerda su
						pasado en que ha sido un caballo que lamenta no ser hombre por no tener un
						bolsillo donde llevarse el retrato de la mujer que desea: todos viven la
						certeza de la fijación en el vértigo.</p>
					<p> Muchos de los seudotraspasos en los relatos de <persName ref="#felisberto_hernandez">Felisberto Hernández</persName> son, en
						verdad, aventuras del <hi rend="italic:true;">des-quite</hi>: busca de lo
						que se siente como desposición y también empeño en el <hi
							rend="italic:true;">desquite</hi>, la satisfacción y la venganza, el
						poseedor es puesto en el lugar del desposeído. El texto de <persName ref="#felisberto_hernandez">Felisberto</persName> lo
						hace abriendo una distancia entre el sujeto que enuncia y el enunciado. Si
						en los relatos del quitado el narrador es a la vez el protagonista, en los
						del <hi rend="italic:true;">desquite</hi> el narrador atestigua lo que le
						sucede al Otro, o bien es el narrador transparente, “ausente” de lo que
						transmite. Tal es la parábola que trazan algunos cuentos escritos en un
						período determinado y cuyos extremos pueden situarse en <title level="a" ref="#hernandez_acomodador">“El acomodador”</title>, por
						un lado, y <title level="a" ref="#hernandez_menos_julia">“Menos Julia”</title> y <title level="a" ref="#hernandez_hortensias">“Las Hortensias”</title>, por el otro <note
							resp="#enrique_pezzoni" n="7"><title level="a" ref="#hernandez_acomodador">"El acomodador”</title> aparece en <bibl><title level="j" rend="italic:true;" ref="#revista_anales_bsas"
								>Los Anales de Buenos Aires,</title> <biblScope unit="volume">año I</biblScope>, <biblScope unit="issue">N° 6</biblScope>, <date when="1946-06">junio de 1946</date></bibl>; <title level="a" ref="#hernandez_menos_julia">“Menos
							Julia”</title> en <bibl><title level="j" rend="italic:true;" ref="#revista_sur">Sur</title>, <biblScope unit="volume">año XV</biblScope>, <biblScope unit="issue">N° 143</biblScope>, <date when="1946-09">setiembre
								de 1946</date></bibl>; <title level="a" ref="#hernandez_hortensias">“Las Hortensias“</title> en <bibl><title level="j" ref="#revista_escritura">Escritura</title>, <biblScope unit="volume">año III</biblScope>, <biblScope unit="issue">N° 8</biblScope>, <date when="1949-12">diciembre de
							1949</date></bibl>.</note>. El primero de estos cuentos genera las dos réplicas
						subsiguientes. Las marcas sémicas de los tres títulos señalan el juego
						contrapuntístico: <title level="a" ref="#hernandez_acomodador">"El acomodador”</title> nombra un oficial servil pero también
						contiene los semas del arreglo y el ajuste <title level="a" ref="#hernandez_menos_julia">“Menos Julia”</title> lleva el signo
						algebraico (—) que el texto explica doblemente: lo que falta <hi
							rend="italic:true;">más</hi> lo que queda; <title level="a" ref="#hernandez_hortensias">“Las Hortensias”</title> asume la
						pluralidad (en el relato derivada hacia la multiplicación suicida, la
						pulverización del protagonista). En los dos últimos cuentos de esta serie
						los que concluyen la parábola del desquite, el <hi rend="italic:true;"
							>menos</hi> y el <hi rend="italic:true;">más</hi> que engendran los
						textos entablan entre sí una enconada relación dialéctica, centrada a su vez
						en las relaciones que entablan el Yo del Otro (del dueño, del que posee
						quitando) con su cuerpo (que denuncia al desposeedor como desposeído: <hi
							rend="italic:true;">quitado</hi>). En <title level="a" ref="#hernandez_menos_julia">“Menos Julia”</title> y en <title level="a" ref="#hernandez_hortensias">“Las
						Hortensias”</title>, el cuerpo se vuelve objeto autónomo, fuera del alcance de la
						posesión: parte de la maquinaria que el dueño ha urdido para organizar su
						ritual del dominio.</p>
					<p> Desde los primeros textos de <persName ref="#felisberto_hernandez">Felisberto Hernández</persName>, las señas de la carencia
						del Yo se dan mediante dos rasgos del personaje: 1) la rivalidad con el
						propio cuerpo, que se autonomiza y se fragmenta sin cesar para pulverizar
						toda posible instancia de sujeto único, coherente; 2) la dificultad para
						producir con el cuerpo algo que vuelva al sujeto dueño de sí y que le
						asegure un lugar en el cuerpo social: problema del artista que no puede
						producir arte, música.</p>
					<p> El cuerpo aparece como dueño de una clave secreta que afianzaría al Yo, pero
						que nunca entrega:</p>
					<p> <cit><quote source="#hernandez_tierras_memoria">... lo he sentido siempre vivir bajo mis pensamientos. A veces mis
						pensamientos están reunidos en algún lugar de mi cabeza y deliberan a
						puertas cerradas: es entonces cuando se olvidan del cuerpo. A veces el
						cuerpo es prudente con ellos y no los interrumpe: se limita a mandar
						noticias de su existencia cuando está cansado, cuando está triste o cuando
						le duele algo. Yo no sé quién lleva estas noticias ni qué caminos ha tomado
						para llegar a la cabeza... Yo creo que en todo el cuerpo habitan
						pensamientos, aun que no todos vayan a la cabeza y se vistan de palabras. Yo
						sé que por el cuerpo andan pensamientos descalzos</quote></cit><note resp="#enrique_pezzoni" n="8"
							><bibl><title level="a" ref="#hernandez_tierras_memoria">“Tierras de la memoria”</title>, <title level="s" rend="italic:true;" ref="#hernandez_obras_completas">O. C.</title>, <biblScope unit="volume">tomo 3</biblScope>,
							<biblScope unit="page">pp. 29-30</biblScope></bibl>.</note>.</p>
					<p> El cuerpo es siempre el Otro, el que arrebata traiciona —<q source="#hernandez_sinverguenza">“habiendo otra
						persona ya hay traición”</q> <note resp="#enrique_pezzoni" n="9"><bibl><title level="a" ref="#hernandez_sinverguenza">“Diario del
							sinvergüenza”</title>, <title level="s" rend="italic:true;" ref="#hernandez_obras_completas">O.C.</title>, <biblScope unit="volume">tomo 3</biblScope>. <biblScope unit="page">p.
							192</biblScope></bibl>.</note>— <q source="#hernandez_sinverguenza">“él había estado pensando y escribiendo en mi nombre y
						ahora hasta mi propio nombre tiene otro sentido y parece de él, de este
						cuerpo con el que fui teniendo tan larga complicidad y al que he terminado
						por llamarle 'el sinvergüenza'”</q><note resp="#enrique_pezzoni" n="10"><bibl><ref
								rend="italic:true;" target="#hernandez_obras_completas">Ibid.</ref>, <biblScope unit="page">p. 186</biblScope></bibl>.</note>. El desquite ante la
						dificultad para producir con el cuerpo —para engendrar arte, música— se
						imagina como el dominio del "sinvergüenza” (del sinvergüenza de Otro):
						apropiación, penetración del cuerpo de Otro. Al estudiar una partitura, el
						concertista de <title level="a" rend="italic:true;" ref="#hernandez_tierras_memoria">Tierras de la memoria</title> concibe la
						música como un proyecto, una idea que <hi rend="italic:true;">aprieta</hi>
						ante el riesgo de que pueda <hi rend="italic:true;">escapársele</hi>.
						Enardecido por esa aventura, hasta se complace con la posibilidad de ser
						infiel a la partitura estudiada para poseer otras más</p>
					<p> <cit><quote source="#hernandez_tierras_memoria">... más bien que escapárseme, diría yo que la abandonaría si a los pocos
						días oía otra pieza que me gustaba más. Y ahora me aferraba a ésta, no tanto
						por el propósito de ser fiel a la obra que me hacía tan feliz, sino porque
						al saber que podría serle infiel, me encaprichaba en no dejar escapar esa
						inmediata posibilidad de placer ... de esta manera no se me escaparía
						ninguna de las dos. Sentía la angustiosa voracidad de tenerla a todas entre
						mis dedos, de llevarlas siempre conmigo, y anticipadamente me imaginaba el
						goce muscular de apretar en mis manos sus cuerpos de sonidos y de dominar
						sus movimientos</quote></cit><note resp="#enrique_pezzoni" n="11"><bibl><title level="a" ref="#hernandez_tierras_memoria">“Tierras de la memoria”</title>, <title level="s"
								rend="italic:true;" ref="#hernandez_obras_completas">O.C.</title>, <biblScope unit="volume">tomo 3</biblScope>, <biblScope unit="page">p. 33</biblScope></bibl>.</note>.</p>
					<p> Tocar la música es tocar un cuerpo con arrebato que llega a la descarga
						orgásmica: <q source="#hernandez_tierras_memoria">“Después que el cuerpo y yo habíamos cometido un acto de
						violencia —como era el descargarnos sobre el piano— nos quedábamos con la
						sensación de estar vacíos”</q><note resp="#enrique_pezzoni" n="12"><bibl><title
								rend="italic:true;" ref="#hernandez_obras_completas">Ibid</title>. <biblScope unit="page">p. 33</biblScope></bibl>. <persName ref="#sylvia_molloy"><choice><sic>Silvia</sic> <corr>Sylvia</corr></choice> Molloy</persName> señala <q source="#molloy_tierras_memoria">“la
							fuerte carga erótica del ejercicio musical en <persName ref="#felisberto_hernandez">Felisberto”</persName></q>, fuente de
							goce solitario pero negativa y catastrófica cuando la ejecución musical
							se hace pública. (<bibl>“<title level="a" ref="#molloy_tierras_memoria"><hi rend="italic:true;">Tierras de la memoria</hi>:
							la entreapertura del texto”</title>, artículo inédito</bibl>.)</note>. El cuerpo
						propio, lugar de la carencia; la música, cuerpo del Otro, lugar de la
						invasión.</p>
					<p> Si no existe la posibilidad de <hi rend="italic:true;">tocar</hi>, de
						penetrar en otro cuerpo, es del cuerpo propio desde donde se segrega algo
						que permita la posesión. El “acomodador” (el sirviente, el que guía a otros
						para acomodarlos en los lugares desde los cuales asistirán al espectáculo
						que ellos mismos no producen) alterna en tres espacios. En dos de ellos
						impera su marginación, su situación al borde del lumpen: son el teatro mismo
						y el comedor donde un millonario ofrece comidas gratuitas a los
						menesterosos. El tercer espacio es el lugar del dominio ilusorio, de la
						apropiación: en su cuarto oscuro, el acomodador segrega una luz de sus ojos
						que le permite ver las cosas como “objetos míos”, <hi rend="italic:true;"
							>reacomodados</hi> desde la miseria y el despojo. En él se entrega a la
						<q source="#hernandez_acomodador">“lujuria de ver”</q><note resp="#enrique_pezzoni" n="13"><bibl><title level="s" rend="italic:true;" ref="#hernandez_obras_completas"
								>O.C.</title>, <biblScope unit="volume">tomo 2</biblScope>, <biblScope unit="page">p. 64</biblScope></bibl>.</note>, que también procura ejercer en
						el espacio de la sumisión, en la sala de vitrinas contigua al comedor
						gratuito. El acomodador-sirviente “roba”, “desacomoda” así al amo. Lujuria,
						por lo demás, doblemente frustrada: en la sala de vitrinas, se pasea
						sonámbula la hija del millonario que desliza la cola de su peinador sobre la
						cara del lujurioso tendido en el suelo y lo <hi rend="italic:true;"
							>borra</hi> en un acto de aparente purificación (<q source="#hernandez_acomodador">“La cola del peinador
						borraba memorias sucias y yo volvía a cruzar espacios de un aire tan
						delicado como el que hubieran podido mover las sábanas de la infancia”</q><note
							resp="#enrique_pezzoni" n="14"><bibl><ref rend="italic:true;" target="#hernandez_obras_completas">Ibid</ref>., <biblScope unit="page">p.
						66</biblScope></bibl>.</note>); descubierto, el acomodar es expulsado del comedor gratuito.</p>
					<p> Si la carga erótica de la ejecución musical se ha desplazado ahora a la de
						la mirada apropiadora, la música reaparece en <title level="a" ref="#hernandez_acomodador">“El acomodador”</title> reactivando el
						juego sumisión-dominio. El dueño llega al comedor gratuito como “un director
						de orquesta”:</p>
					<p> <cit><quote source="#hernandez_acomodador">El director hacía un saludo al sentarse, todos dirigían la cabeza hacia los
						platos y pulsaban sus instrumentos. Entonces cada profesor de silencio
						tocaba para sí. Al principio se oía picotear los cubiertos; pero a los pocos
						instantes aquel ruido volaba y quedaba olvidado. ... a las pocas reuniones
						en el comedor gratuito, yo ya me había acostumbrado a los objetos de la mesa
						y podía tocar los instrumentos para mí solo</quote></cit><note resp="#enrique_pezzoni" n="15"><bibl><ref
								rend="italic:true;" target="#hernandez_obras_completas">Ibid</ref>., <biblScope unit="page">p. 60</biblScope></bibl>.</note>.</p>
					<p> Cuerpo-música; cuerpo-silencio; cuerpo-ruido. Esas asociaciones e
						identificaciones imaginarias son matrices que engendran los textos de
						<persName ref="#felisberto_hernandez">Felisberto</persName>. El cuerpo, ese Otro constituyente y antagonista del Yo, puede
						aliarse con un tercero o enfrentarlo. Boa-boca, devora la limosna y profiere
						la música que el Otro consume; pero también profiere el silencio para anular
						la música tiránica, aunque es devorado por el ruido invasor. Ludismo
						exacerbado, estrategia infatigable de absorciones y rechazos. Identificado
						con esos movimientos tácticos del cuerpo, el Yo quiere ver en ellos su
						propia imagen como distinta de la del otro. Pero también los denuncia como
						los movimientos del Otro. Desborde de la defensa y la agresión<note
							resp="#enrique_pezzoni" n="16">Yo en, ante, contra el propio cuerpo que quiere
							ser Otro. Dramatización de la dificultad que los lingüistas encuentran
							al definir el significado voluble y errático de los pronombres <hi
								rend="italic:true;">yo</hi> y <hi rend="italic:true;">tú</hi>, en
							los cuales se manifiesta la función intermitente de sujetos distintos.
							Evidentes en el niño, <q source="#jakobson_ensayos">“que no se acostumbra fácilmente a términos tan
							enajenables ... y a veces trata de monopolizar el pronombre de primera
							persona: No te llames yo. Sólo yo soy yo, y tú sólo eres tú”</q>. (<bibl><author ref="#roman_jakobson">Roman
							Jakobson</author>, <title level="a">“Los conmutadores, las categorías verbales y el verbo ruso”</title>,
							en <title level="m" rend="italic:true;" ref="#jakobson_ensayos">Ensayos de lingúística general</title>,
							<pubPlace ref="#barcelona">Barcelona</pubPlace>, <publisher ref="#ed_seix_barral">Editorial Seix Barral</publisher>, <date when="1974">1974</date>, <biblScope unit="page">p. 311</biblScope></bibl>.) <persName ref="#felisberto_hernandez">Felisberto</persName>, el artista,
							el niño: juego de apropiarse de la primera persona para reacomodar desde
							ella.</note>.</p>
					<p> Verbalizadas, transpuestas al discurso del personaje que se narra (o que
						narra al Otro; también al hablar del Yo “ausente” en la narración en tercera
						persona), las revoluciones imaginarias y especulares de la
						identificación-repulsa ingresan en la dimensión simbólica. El Yo organiza el
						espectáculo del deseo radicalmente perdido: las relaciones de carencia y
						plenitud vuelven a traducirse en términos de dominio, coerción, censura. Tal
						es el orden que rige en <title level="a" ref="#hernandez_menos_julia">“Menos Julia”</title> y <title level="a" ref="#hernandez_hortensias">“Las Hortensias”</title>, los relatos del
						poseedor <hi rend="italic:true;">quitado</hi> .</p>
					<p> Coincidencias dispuestas en antítesis integran en un mismo sistema ambos
						relatos. En <title level="a" ref="#hernandez_menos_julia">“Menos Julia”</title>, las connotaciones sexuales que enmarcan el ritual
						del dominio se desplazan hacia la domesticación: el deseo exacerbado se
						enfrenta con la norma, el rigor de la sanción social, el sucedáneo incapaz
						de reproducir la satisfacción no alcanzada: el matrimonio. En <title level="a" ref="#hernandez_hortensias">“Las
						Hortensias”</title>, el deseo normalizado en la institución matrimonial avanza por
						etapas de desvío y perversión: ambiguas complicidades de los representantes
						de la norma —la mujer, el marido—: alianzas y traiciones. En otros aspectos,
						las coincidencias entre ambos relatos se reiteran sin polarizarse en
						opuestos: los protagonistas organizan rituales en que el silencio es
						requisito y símbolo del dominio ejercido. Silencio amenazado por la
						presencia del ruido (lo que segrega el cuerpo del Otro). La amenaza
						reaparece en las confrontaciones del incesante “cuerpo a cuerpo”: tocar ser
						tocado en <title level="a" ref="#hernandez_menos_julia">“Menos Julia”</title>; mirar-ser mirado en <title level="a" ref="#hernandez_hortensias">“Las Hortensias”</title>.</p>
					<p> Tocar, mirar: sustitutos del hablar. Presunción de cifrar un código emanado
						del cuerpo, anterior y ajeno al compartido por la comunidad lingüística.
						Código imprevisible y excéntrico: alejado del lugar común, del lenguaje. El
						ritual del dominio se articula, así, como un ritual del silencio. El
						silencio “para sí” de los mendigos en <title level="a" ref="#hernandez_acomodador">“El acomodador”</title> es ahora el silencio
						del amo, que lo impone para eliminar toda forma posible de discurso. Los
						protagonistas de <title level="a" ref="#hernandez_menos_julia">“Menos Julia"</title> y <title level="a" ref="#hernandez_hortensias">“Las Hortensias”</title> son dueños: de las cosas
						que venden en sus tiendas, de los empleados que las venden para ellos. Con
						esos bienes (capital excluido del circuito de la compra-venta) inventan el
						ritual: la adivinanza imposible. Objetos y empleados sustraídos de la venta
						ingresan en el sancta sanctorum del dominio para integrar el nuevo código,
						que ha de ser secreto, irreductible a cualquier significado, inclusive para
						el propio dueño. En <title level="a" ref="#hernandez_menos_julia">“Menos Julia”</title>, el dueño avanza por un túnel donde
						“actúan” las empleadas de su tienda; en el silencio, el dueño toca a las
						mujeres y toca objetos para adivinar quiénes o qué son, pero sobre todo para
						eliminar lo adivinado: lo que puede verbalizarse. En <title level="a" ref="#hernandez_hortensias">“Las Hortensias”</title>, el
						dueño avanza por la galería de vitrinas donde los maniquíes de su tienda
						representan escenas cuyo sentido debe ser indescifrable, o no coincidente
						con el que les ha atribuido el oficiante que las ha armado.</p>
					<p> El sistema de la adivinanza ha de ser in-significante. El juego ritual
						exhibe una voluntad imperial: de autoridad —el dueño es donante potencial
						del sentido indecible— y de censura —el dueño suprime todo discurso anterior
						que vuelva propiedad común el sentido indecible. Delirio de remontarse a un
						Yo primordial, aún no distanciado por la palabra de sus identificaciones
						imaginarias: cuerpo que toca y mira para desmentir, desdecir el mundo.</p>
					<p> Conducta extravagante: del personaje, delirante e irrisorio; de la
						literatura que lo inventa, tan cercana del desasosiego como de la
						trivialidad y la broma. <persName ref="#josefina_ludmer">Josefina Ludmer</persName> discierne con admirable nitidez las
						dos faces de la estética felisbertiana: <q source="#ludmer_tragedia_comica">“por un lado la singularidad desde
						dentro, como un modo en que el sujeto vive su relación consigo mismo (yo soy
						único) y sus derivados: estetización de la memoria, los sueños, el pasado
						personal, los modos en que habla el cuerpo, los silencios y los ritmos
						interiores ... la marca de la literatura 'alta' de principios de siglo. Por
						el otro la singularidad desde fuera, para los otros su perspectiva exterior
						y social”</q>, que <q source="#ludmer_tragedia_comica">“piensa la diferencia como desgracia, separación del grupo,
						irrisión, y se burla de lo que diferencia: su modo de representación es la
							caricatura”</q><note resp="#enrique_pezzoni" n="17"><bibl><title level="a" ref="#ludmer_tragedia_comica">“La tragedia cómica. Anotaciones
							sobre Felisberto Hernández”</title>, artículo inédito</bibl>.</note>.</p>
					<p> En <title level="a" ref="#hernandez_menos_julia">“Menos Julia”</title> y en <title level="a" ref="#hernandez_hortensias">“Las Hortensias”</title>, la caricatura se irisa en una
						irradiación prismática. Caricatura del amo que dispone de los medios para
						ofrecerse el espectáculo de su excentricidad (manías, ritos, locura).
						Caricatura del documento inserto en el análisis clínico: relato, puntual del
						testigo, curioso impertinente que registra la extravagancia del Otro.
						Caricatura de la “palabra autoritaria” y la “palabra persuasiva” bajtiniana.
						Caricatura a priori, incluso, de modelos propuestos para describir las
						articulaciones del poder, el discurso y la verdad en la sociedad. <q who="#michel_foucault">“Como la
						historia no deja de enseñárnoslo, el discurso no es simplemente aquello que
						traduce las luchas y los sistemas de dominación, sino aquello por lo cual,
						aquello mediante lo cual se lucha: el poder que se intenta poseer ... En una
						sociedad como la nuestra, todos conocemos las reglas de <hi
							rend="italic:true;">exclusión</hi> ... Existen tres tipos de inhibición:
						la ocultación de objetos, el ritual con sus circunstancias y el privilegio o
						el derecho exclusivo de hablar de un tema determinado”</q> (<persName ref="#michel_foucault">Michel Foucault</persName>).
						Para los dueños de la extravagancia en los relatos de <persName ref="#felisberto_hernandez">Felisberto</persName>, eliminar
							<hi rend="italic:true;">todo</hi> discurso sería asumir un poder total,
						pura emanación de la autoridad coercitiva: hacer callar. Arqueología del
						silencio dominante. En <title level="a" ref="#hernandez_menos_julia">“Menos Julia”</title> y en <title level="a" ref="#hernandez_hortensias">“Las Hortensias”</title> los protagonistas
						organizan el ritual silencioso y sus complejas circunstancias, que exhiben y
						a la vez disfrazan su deseo: rareza y también caricatura que hace reír al
						Otro.</p>
					<p> Los dos relatos del desquite y el quitado se desarrollan como expansiones
						del núcleo que ha generado el relato precedente, <title level="a" ref="#hernandez_acomodador">“El acomodador”</title>. <q>“Lujuria
						de ver”</q>: esta variante metafórica de la expresión directa (ganas de ver) se
						proyecta en modos diferentes en los textos subsiguientes. En <title level="a" ref="#hernandez_menos_julia">“Menos Julia”</title>,
						la sustitución metafórica se transforma en otra: “enfermedad": <q source="#hernandez_menos_julia">“yo quiero a
						mi... enfermedad más que a la vida. A veces pienso que me voy a curar y me
						viene una desesperación mortal”</q>. (<bibl><ref rend="italic:true;" target="#hernandez_obras_completas">O.C.</ref>, <biblScope unit="volume">2</biblScope>,
						<biblScope unit="page">pp. 72-73</biblScope></bibl>). El predicado “ver” es reemplazado por “tocar": prácticas del
						cuerpo, del sujeto impulsado por el deseo de invasión y dominio. En <title level="a" ref="#hernandez_hortensias">“Las
						Hortensias”</title> no aparece otro significante que reitere con desplazamientos la
						“lujuria de ver”, pero el texto entero es una expansión de la metáfora
						literalizada: lujuria de ver del personaje que avanza entre las vitrinas
						para <hi rend="italic:true;">no</hi> descifrar el sentido de las escenas
						representadas por las muñecas mismas. El núcleo engendrador produce, así,
						los relatos por dos vías: en un caso, mediante la reaparición modificada de
						un significante; en el otro, ordenando la sintaxis narrativa.</p>
					<p> Los desplazamientos y expansiones reaparecen en el nivel de los hechos
						narrados. El ritual solitario de <title level="a" ref="#hernandez_acomodador">“El acomodador”</title> —solo en su cuarto, solo en
						la sala de vitrinas— es, en los textos que siguen, exclusivo, secreto, pero
						la voluntad y el poder del amo lo organizan con todo un aparato escénico que
						requiere oficiantes. Entre los tramoyistas y su maquinaria figuran el músico
						y la música: una vez más, a través de la sustitución metafórica o como
						presencias “reales". En <title level="a" ref="#hernandez_menos_julia">“Menos Julia”</title>, <persName type="literary_character">Alejandro</persName>, —empleado del dueño del
						bazar y oficiante de su ritual—, <q>“compone el túnel como una sinfonía”</q>, es
						<q>“el <persName ref="#franz_schubert">Schubert</persName> del túnel”</q> <note resp="#author" n="18"> La <title level="m">“Serenata”</title> de
							<persName ref="#franz_schubert">Schubert</persName> es en <title level="a" rend="italic:true;" ref="#hernandez_tierras_memoria">Tierras de la memoria</title> la
							pieza musical descrita con mayor detalle para exhibir la degradación del
							concierto ritual en lo cómico: <q source="#hernandez_tierras_memoria">”... yo toqué primero la <title level="m">“Serenata”</title> de
							<persName ref="#franz_schubert">Schubert</persName> en un arreglo donde la serenata aparecía despedazada y uno
							reconocía los trozos tirados al descuido entre yuyos y flores
							artificiales”</q>. (<bibl><title level="s" rend="italic:true;" ref="#hernandez_obras_completas">O.C.</title>, <biblScope unit="volume">tomo 3</biblScope>, <biblScope unit="page">p.
								25</biblScope></bibl>).</note> (<bibl><title level="s" rend="italic:true;" ref="#hernandez_obras_completas">O.C.</title>, <biblScope unit="volume">2</biblScope>, <biblScope unit="page">p. 46</biblScope></bibl>). En <title level="a" ref="#hernandez_hortensias">“Las
						Hortensias”</title>, el pianista <persName type="literary_character">Walter</persName> (guiño burlón: ¿<persName ref="#walter_gieseking">Walter Gieseking</persName>?) debe
						ejecutar las piezas programadas de espaldas al amo del ritual (otro guiño
						burlón: pianista acompañante de película muda). La devaluación caricaturesca
						es la del significante “música”: el ejecutante es ahora el que está al
						servicio de quien tiene poder para <hi rend="italic:true;">tocar</hi> y <hi
							rend="italic:true;">mirar</hi>, aunque es incapaz de crear lo tocado y
						lo mirado (tercer guiño burlón: el mecenas). A <persName type="literary_character">Alejandro</persName> —el <hi
							rend="italic:true;">como</hi> músico de <title level="a" ref="#hernandez_menos_julia">“Menos Julia"</title>—,</p>
					<p> <cit><quote source="#hernandez_menos_julia">le encanta la soledad y el silencio entre olores de maderas. Una noche dio
						un salto sobre los libros porque sonó el teléfono; la que se equivocó de
						llamado, si guió equivocándose todas las noches; y apenas él <hi
							rend="italic:true;">la toca</hi> con los oídos y las intenciones.</quote><bibl> (<title level="s"
							rend="italic:true;" ref="#hernandez_obras_completas">O.C</title>, <biblScope unit="volume">2</biblScope>, <biblScope unit="page">p. 76</biblScope>)</bibl></cit>.</p>
					<p> El ejecutante servidor se reserva para sí la práctica del cuerpo que —aunque
						declarada puramente fantasmática por el amo— es de nuevo el vehículo para la
						posesión.</p>
					<p> Tocar para sí, tocar para el Otro. La música despliega en el texto una trama
						de pugnas y alianzas con otros significantes: silencio, ruido. Relegada a lo
						ornamental, la música que produce el servidor no es amenaza. Pero la amenaza
						resurge con el ruido que hace estallar el silencio: carga de sentidos
						latentes, discurso en potencia. En <title level="a" ref="#hernandez_menos_julia">“Menos Julia”</title>, la risa: oralidad no
						verbalizada, significante sonoro y gestual, <hi rend="italic:true;">quasi
							sermo corporis</hi>. En el túnel donde se desarrolla el ritual
						silencioso, se mete un perro. Se oyen ”quejidos mimosos”; después</p>
					<p> <cit><quote source="#hernandez_menos_julia">Alguna de las muchachas se empezó a reír y en seguida nos reímos todos. Mi
						amigo se enojó mucho y dijo palabras desagradables; todos nos callamos
						inmediatamente; pero en un intervalo que se produjo entre las palabras de mi
						amigo, se oyeron con más fuerza los quejidos del perrito y todos nos
						volvimos a reír. Entonces mi amigo gritó: —¡Vayánse todos! ¡Afuera! ¿Que
						salgan todos! Los que estábamos cerca lo oímos jadear; y en seguida, con voz
						más débil, y como escondiendo la cara en la oscuridad, le oímos decir:
						—Menos <persName type="literary_character">Julia</persName>.</quote><bibl> (<title level="s" rend="italic:true;" ref="#hernandez_obras_completas">O.C.</title> <biblScope unit="page">pp. 83-84</biblScope>)</bibl></cit>.</p>
					<p> En la superficie anecdótica parece resolverse la ambigüedad del título del
						relato. Pero el significante que reaparece en el texto mismo la multiplica
						reorganizando, reiniciando la lectura. El signo <hi rend="italic:true;"
							>menos</hi> juega con el paradigma opuesto in absentia, <hi
							rend="italic:true;">más</hi>. Dramatización de la opción imposible para
						el protagonista, el amo quitado. <hi rend="italic:true;">Menos</hi> <persName type="literary_character">Julia</persName>
						significa también menos la “enfermedad”, las ganas. <hi rend="italic:true;"
							>Más</hi> <persName type="literary_character">Julia</persName> (quedarse con <persName type="literary_character">Julia</persName>) es renunciar, restar: quitar. El
						dueño del túnel se confiesa ante el narrador testigo (ahora erigido como
						representante de la norma: es casado):</p>
					<p> <cit><quote source="#hernandez_menos_julia">—Hoy fue al bazar el padre de <persName type="literary_character">Julia</persName>: no quiere que le toque más la cara a la
						hija; pero me insinuó que no me diría nada si no hubiera compromiso. Yo miré
						a <persName type="literary_character">Julia</persName> y en ese momento ella tenía los ojos bajos y se estaba raspando el
						barniz de una uña. Entonces me di cuenta de que la quería. —Mejor —le
						contesté yo—. ¿Y no te puedes casar con ella? —No. Ella no quiere que toque
						más caras en el túnel.</quote><bibl><ptr target="#hernandez_obras_completas" /> (<biblScope unit="page">p. 85</biblScope>)</bibl></cit>.</p>
					<p> <title level="a" ref="#hernandez_menos_julia">”Menos Julia”</title>: <hi rend="italic:true;">no más caras, no máscaras</hi>. El deseo queda desnudo, sin
						disfraces ante la propia impotencia. Conducta de los significantes:
						persecución mutua, acoso en circularidad inexorable.</p>
					<p> La circularidad constituye el relato. Entre dos posturas fijas (inmovilidad
						de un recuerdo al principio; inmovilidad del personaje, al final: fijado en
						la alternativa imposible, repite la imagen de sí paralizada en el recuerdo),
						el avance del suceder no es sino suspensión: pormenor del ritual. El
						narrador testigo abre el relato evocando el recuerdo: <cit><quote source="#hernandez_menos_julia">“En mi último año de
						escuela veía yo siempre una gran cabeza negra apoyada sobre una pared verde
						pintada al óleo”</quote><bibl><ptr target="#hernandez_obras_completas" /> (<biblScope unit="page">p. 73</biblScope>)</bibl></cit>. Es la cabeza del amo que ordena el ritual en el
						túnel. En el “ahora” de los hechos narrados, el testigo repite la imagen del
						recuerdo: <cit><quote source="#hernandez_menos_julia">“Tal vez en aquellas mañanas de la escuela, cuando él dejaba la
						cabeza quieta apoyada en la pared verde ya se estuviera formando en ella
						algún túnel"</quote><bibl><ptr target="#hernandez_obras_completas" /> (<biblScope unit="page">p. 74</biblScope>)</bibl></cit>. El testigo cierra el relato reimprimiendo la imagen
						inicial: si ha habido avance, es sólo el de esa sobreimpresión que corrobora
						la desposesión ab initio: el dueño del ritual quiere ocultar el cuerpo,
						incapaz de segregar (tocar) el vehículo de la apropiación:</p>
					<p> <cit><quote source="#hernandez_menos_julia">Mi amigo estaba sentado con los codos apoyados en las rodillas y de pronto
						escondió la cara; en ese instante me pareció tan pequeña como la de un
						cordero. Yo le fui a poner mi mano en un hombro y sin querer toqué su cabeza
						crespa. Entonces pensé que había tocado un objeto del túnel.</quote><bibl><ptr target="#hernandez_obras_completas" /> (<biblScope unit="page">p. 85</biblScope>)</bibl></cit>.</p>
					<p> Clausurar especularmente el texto, terminar el informe de la extravagancia,
						es ejecutar (como un músico una partitura; como un verdugo la sentencia) la
						inversión <hi rend="italic:true;">tocar-ser tocado</hi>, que remata la
						parábola del desquite.</p>
					<p> La parábola vuelve a trazarse en <title level="a" ref="#hernandez_hortensias">“Las Hortensias”</title>. El relato sin voz desde
						dentro —sin testigo que declare organizar los hechos desde su propia
						perspectiva— aparenta mostrar un suceder como proyectándose por sí solo
						hacia el desenlace espectacular: disolución del sujeto, locura. Texto
						clásico, <q source="#barthes_sz">“incompletamente reversible, modestamente plural”</q>, diría <bibl><author ref="#roland_barthes">R. Barthes</author>
						(<title level="m" ref="#barthes_sz">S/Z</title>)</bibl>, exige la lectura horizontal (relato de aventura privada): sólo a
						partir de la conducta del personaje puede percibirse la presencia de los
						significantes articulados en antítesis o en falsas alianzas. Pero también
						aquí la lógica especular constituye el relato. Estética de la simetría para
						narrar la dispersión. Ejes centrales: la duplicidad, la reiteración de los
						símbolos actantes. La pluralidad del título es en verdad duplicación: la
						mujer de <persName type="literary_character">Horacio</persName> y la muñeca <persName type="literary_character">Hortensia</persName> son dobles idénticos (si la mujer se
							llama <persName type="literary_character">María</persName>, su nombre completo es doble: <persName type="literary_character">María Hortensia</persName>). Ambos son dobles
								complementarios: <cit><quote source="#hernandez_hortensias">“Descontarle <persName type="literary_character">Hortensia</persName> a <persName type="literary_character">María</persName> era como descontarle el arte
									a un artista. <persName type="literary_character">Hortensia</persName> no sólo era una manera de ser de <persName type="literary_character">María</persName> sino que era
										su rasgo más encantador; y él (<persName type="literary_character">Horacio</persName>) se preguntaba cómo había podido amar
											a <persName type="literary_character">María</persName> cuando ella no tenía a <persName type="literary_character">Hortensia</persName>"</quote><bibl> (<title level="s" rend="italic:true;" ref="#hernandez_obras_completas"
												>O.C.</title>, <biblScope unit="volume">2</biblScope>, <biblScope unit="page">p. 148</biblScope>)</bibl></cit>. Pero también: <cit><quote source="#hernandez_hortensias">“<persName type="literary_character">Hortensia</persName> era un obstáculo
													extraño; y él podía decir que alguna vez tropezaba en <persName type="literary_character">Hortensia</persName> para caer en
														<persName type="literary_character">María</persName>”</quote><bibl><ptr target="#hernandez_obras_completas"/> (<biblScope unit="page">p. 148</biblScope>)</bibl></cit>. La muñeca es a la vez el doble y la barra divisoria que
						hace posible la duplicidad, la antítesis y —escándalo de la significación—
						la contaminación de los opuestos. La duplicidad se prolonga en las
						relaciones de los pares <persName type="literary_character">Horacio</persName>-<persName type="literary_character">María</persName>, <persName type="literary_character">Horacio</persName>-<persName type="literary_character">Hortensia</persName>, <persName type="literary_character">María</persName>-<persName type="literary_character">Hortensia</persName>:
							complicidades, traiciones. <persName type="literary_character">Horacio</persName> “engaña” a <persName type="literary_character">María</persName> con <persName type="literary_character">Hortensia</persName>, a la cual
								traiciona y sustituye con nuevos dobles: <persName type="literary_character">Herminia</persName>, la muñeca en la casita de
						Las Acacias, la otra muñeca negra en la misma casa (a la vez reemplazada por
									<persName type="literary_character">María</persName> bajo las mantas de la cama). Las “perversiones“ eróticas de <persName type="literary_character">Horacio</persName> se
						culturalizan: delirio “normalizado” según las pautas de lo conminatorio y lo
						facultativo en el medio pequeño burgués, que ya ha previsto las
						combinaciones de lo prescrito (matrimonio), lo prohibido (relación con el
						fetiche), lo permitido (el adulterio masculino), lo libre (complicidad con
						el adúltero para retenerlo; reacción “admisible” de la indignación y los
						celos). Lo prohibido mismo se socializa: el fabricante de muñecas las
						construye en serie, las instala en el mercado con el aditamento de la su
						puesta exclusividad: <cit><quote source="#hernandez_hortensias">“El nombre genérico es el de <hi rend="italic:true;"
							>Hortensias</hi>; pero después el que ha de ser su dueño, le pone el
						nombre que ella inspire íntimamente”</quote><bibl><ptr target="#hernandez_obras_completas"/> (<biblScope unit="page">p. 161</biblScope>)</bibl></cit>. La duplicidad es reiteración:
						exhibición, justificación, disimulo.</p>
					<p> En este relato “veloz” de la aventura privada socializada, la duplicidad lo
						organiza todo: los elementos simbólicos, la estructura especular de la
						sintaxis narrativa. <persName type="literary_character">Horacio</persName> sólo teme un doble: la imagen de su cuerpo,
						lugar de la carencia, de la improductividad. En la “casa oscura” los espejos
						están cubiertos con cortinas, están inclinados para que no reflejen a quien
						los mira: son servidores como los oficiantes del ritual silencioso: <cit><quote source="#hernandez_hortensias">“Esa
						pequeña inclinación hacia el piso le daba la idea de que los espejos fueran
						sirvientes que saludaran con el cuerpo inclinado, consérvando los párpados
						levantados y sin dejar de observarlo”</quote><bibl><ptr target="#hernandez_obras_completas"/> (<biblScope unit="page">p. 167</biblScope>)</bibl></cit>. Los espejos actúan la
						inversión que destruye la ilusión de dominio: <hi rend="italic:true;"
							>mirar-ser mirado</hi><note resp="#enrique_pezzoni" n="19">Guiñada burlona al
							psicoanálisis: el protagonista <hi rend="italic:true;">sueña</hi> la
							inversión (<cit><quote source="#hernandez_hortensias">“En el sueño vio una luz que salía de la pantalla y daba
							sobre una mesa. Alrededor de la mesa había hombres de pie. Uno de ellos
							estaba vestido de frac y decía: 'Es necesario que la marcha de la sangre
							cambie de mano; en vez de ir por las arterias y de venir por las venas,
							debe ir por las venas y venir por las arterias'”</quote><bibl><ptr target="#hernandez_obras_completas"/> -<biblScope unit="page">p. 137</biblScope>-</bibl></cit>.) Al despertar
							caricaturiza las interpretaciones vulgarizadas o las sumisas
							aplicaciones de cierta crítica literaria: la reelaboración de lo vivido
							en la vigilia (<cit><quote source="#hernandez_hortensias">“en ese país los vehículos cambiarían de mano"</quote><bibl><ptr target="#hernandez_obras_completas"/> -<biblScope unit="page">p. 138</biblScope>-</bibl></cit>).
							Es significativo que al sueño y a esa típica explicación falsa
							felisbertiana siga de inmediato en el texto la minuciosa explicación de
							cómo trabajan los tramoyistas y su utilería para organizar el ritual de
							la adivinanza imposible: el amo ordena <hi rend="italic:true;">de
								antemano</hi> el sueño y su explicación.</note>.</p>
					<p> El ruido-risa (o grito: otra oralidad no verbalizada) determina la sintaxis
						narrativa. El ruido abre el texto (<cit><quote source="#hernandez_hortensias">“Al lado del jardín había una fábrica y
							los ruidos de las, máquinas se metían entre las plantas y los árboles”</quote> <bibl><ptr target="#hernandez_obras_completas"/> (<biblScope unit="page">p. 137</biblScope>)</bibl></cit> y lo cierra (<cit><quote source="#hernandez_hortensias">“...y cuando <persName type="literary_character">María</persName> y el criado lo alcanzaron, él iba en
								dirección al ruido de las máquinas"</quote><bibl><ptr target="#hernandez_obras_completas"/> -<biblScope unit="page">p. 179</biblScope>-</bibl></cit>). El ruido es la amenaza que
							<hi rend="italic:true;">ejecutan</hi> el grito y la risa. <persName type="literary_character">María</persName> se
						introduce en una de las vitrinas junto a las muñecas inmóviles. Como el
						narrador testigo de <title level="a" ref="#hernandez_menos_julia">“Menos Julia”</title>, toca a <persName type="literary_character">Horacio</persName>. Viola <hi
							rend="italic:true;">dos veces</hi> las pautas del ritual: se mueve,
							grita. El movimiento y el grito, la inminencia del discurso, fijan a <persName type="literary_character">Horacio</persName>
						en la mecanicidad caricaturesca: <cit><quote source="#hernandez_hortensias">“...levantó la cabeza y, con el cuerpo
						rígido, empezó a abrir la boca moviendo las mandíbulas como un bicharraco
						que no pudiera graznar ni mover las alas”</quote><bibl><ptr target="#hernandez_obras_completas"/> (<biblScope unit="page">p. 179</biblScope>)</bibl></cit>. Y en el interior mismo
						del espacio textual limitado por la doble marca de apertura y cierre, el
						ruido rea parece instaurando otra manera de duplicidad: enunciando,
						insinuando sentidos (<cit><quote source="#hernandez_hortensias">“empezó a darse cuenta de que algunos de los ruidos
						deseaban insinuarle algo; como si alguien hiciera un llamado especial entre
						los ronquidos de muchas personas para despertar sólo a una de ellas”</quote></cit>),
						escamoteándolos (<cit><quote source="#hernandez_hortensias">“Pero cuando él ponía atención a esos ruidos, ellos huían
							como ratones asustados”</quote><bibl><ptr target="#hernandez_obras_completas"/> (<biblScope unit="page">pp. 139-140</biblScope>)</bibl></cit>, intercambiando mensajes que excluyen
						al dueño del ritual, aislado en su silencio (<cit><quote source="#hernandez_hortensias">“Creyó comprender que las almas
						sin cuerpo atrapaban esos ruidos que andaban sueltos por el mundo, que se
						expresaban por medio de ellos y que el alma que habitaba el cuerpo de
							<persName type="literary_character">Hortensia</persName> se entendía con las máquinas"</quote><bibl><ptr target="#hernandez_obras_completas"/> -<biblScope unit="page">pp. 149-150</biblScope>-</bibl></cit>).</p>
					<p> El silencio afirma el poder del amo; el ruido espiritualizado lo amenaza; el
						grito, la risa lo denuncian. Entrampado en sus propias estrategias, el amo
						se descubre despojado. El cuerpo del Otro clama y reclama: grita, ríe,
						acusa: se burla.</p>
				</div>
				<div type="text" subtype="crítica">
					<head> <persName ref="#macedonio_fernandez">Macedonio</persName>, un fenomenismo inubicado</head>
					<byline><persName ref="#raul_zoppi">Raúl Zoppi</persName></byline>
					<note> a <persName ref="#andres_mercado_vera">Andrés Mercado Vera</persName>, filósofo.</note>
					<p> <persName ref="#ana_barrenechea">Ana María Barrenechea</persName> en su artículo <title level="a" ref="#barrenechea_macedonio">“Macedonio Fernández y su humorismo de
						la nada”</title> <note resp="#raul_zoppi" n="1"><bibl><title level="m" ref="#nueva_novela_latinoamericana2">Nueva novela latinoamericana 2. Letras
							Mayúsculas</title>. <publisher ref="#ed_paidos">Ed. Paidós</publisher>, <date when="1974">1974</date></bibl>.</note> despliega una medida que es nota
						fundamental para explicar el humor de <persName ref="#macedonio_fernandez">Macedonio</persName>. La firme sentencia es clara
						y persuasiva, puesto que se funda en el propio dictamen de <persName ref="#macedonio_fernandez">Macedonio</persName>. El ha
						dicho: <q who="#macedonio_fernandez">“Sé que no valgo ni quedaré salvo por algún chiste muy estudiado que
						resultó"</q>.</p>
					<p> <persName ref="#ana_barrenechea">A.M. Barrenechea</persName> divide la declaración en dos afirmaciones muy distintas.
						Una se convierte en medida, la otra, es excluida por ser una petición de
						efímera eternidad.</p>
					<p> La medida resulta del propio reconocimiento de <persName ref="#macedonio_fernandez">Macedonio</persName> en el ejercicio
						prolijo de su meditado humor, que reza así: <q who="#macedonio_fernandez">“por algún chiste muy
						estudiado"</q>.</p>
					<p> En cuanto a la otra, <persName ref="#ana_barrenechea">Barrenechea</persName> contempla la dificultad de la predicción de
						la gloria de un escritor, y la obvia, porque la mirada de un contemporáneo
						no está ejercitada para esos menesteres.</p>
					<p> Pero la expresión, que es nota fundante, le permite a ella el traslado de
						llevar aún más allá <note resp="#raul_zoppi" n="2">La noción de “traslado de
							llevar aún más allá”, pero sin la connotación de creencias religiosas o
							funerarias se ha ejecutado a lo largo del pensamiento moderno y se lo ha
							denominado de modo diverso: como un pasaje de reglas, como límite y
							posibilidad de la acción de la razón consigo misma, como movimiento
							negativo que despliega, como salto al nihilismo, como suspensión del
							juicio con el paso de la variación hasta llegar a un invariante o el
							camino que pregunta por lo oculto sin conducir a ninguna parte.</note>,
						es decir, le permite llevar de una afirmación a otra siguiente (que
						enunciará después), o dicho de otro modo, le permite el movimiento del
						chiste hacia el humorismo, del mero jugueteo verbal hacia la creación que
						rebasa.</p>
					<p> Y la declaración es de hierro, pero convincente, porque su esplendor le
						viene de lo dicho por el mismo <persName ref="#macedonio_fernandez">Macedonio</persName>: <q source="#barrenechea_macedonio">"...se puede reconocer que el
							humorismo de <persName ref="#macedonio_fernandez">M. Fernández</persName> rebasa el mero jugueteo verbal, y crea bajo la
						aparente dispersión un mundo del no-ser, nítido y coherente"</q>.</p>
					<p> Vinculadas, por medio del traslado, las dos sentencias (la de <persName ref="#macedonio_fernandez">Macedonio</persName> y la
						de <persName ref="#ana_barrenechea">Barrenechea</persName>) se concluye de este modo: el chiste, en cuanto que es “muy
						estudiado” (y según el diccionario estudio significa obra en que un autor
						dilucida una cuestión) hace surgir el humorismo que no se detiene en el mero
						jugueteo verbal, por el contrario, se mueve para rebasarlo y así concluir en
						la creación, convirtiendo lo verbal en “un mundo del no-ser, nítido y
						coherente”. Es decir, se eleva de su condición, y con ello deviene otra
						cosa, o dicho del siguiente modo, el lenguaje del humor expresa el mundo del
						no-ser, creándolo.</p>
					<p> Al decir <persName ref="#ana_barrenechea">Barrenechea</persName> “el humorismo crea un mundo” se ve obligada a medir, a
						sopesar la gravedad de este verbo, llevándolo hasta sus procedimiento
						últimos: <q source="#barrenechea_macedonio">“<persName ref="#macedonio_fernandez">Macedonio</persName> lo construye con el ingenioso manejo de abstracciones,
						como objetos concretos, lo enloquece con el disparate llevado
						congruentemente a sus últimas consecuencias”</q> (corto la aseveración aquí
						porque su última frase escapa a mi convicción; ver artículo de
						<persName ref="#ana_barrenechea">Barrenechea</persName>).</p>
					<p> Crear tiene el sentido de construir, y se construye por medio del manejo de
						abstracciones como objetos concretos. Es decir, rebasar el mero jugueteo
						verbal significa convertir las abstracciones en objetos concretos.</p>
					<p> En rigor, ahora, cabe la pregunta que se rezuma de lo ya dicho; pregunta
						que, al hacerla <persName ref="#ana_barrenechea">Barrenechea</persName>, lleva al fundamento, o sea, lleva a la
						explicación: <q source="#barrenechea_macedonio">“¿cómo y por qué llegó a crear ese mundo de la nada? El fallo
						es definitorio: En <hi rend="italic:true;">No todo es vigilia la de los ojos
							abiertos</hi> expone ideas filosóficas que lo explican”</q>. Es decir, ese
						mundo de la nada tiene su explicación en “las ideas”. El cómo y el por qué
						conduce a su metafísica.</p>
					<p> Yo tomé algunas de esas ideas, para ello me detuve en un artículo inédito
						que <persName ref="#adolfo_de_obieta">Adolfo de Obieta</persName> incluye en las reediciones de <date when="1967">1967</date> y <date when="1977">1977</date> de <bibl><title level="m" ref="#fernandez_vigilia">“No todo
						es vigilia”</title> (<publisher ref="#ed_ceal">Centro Editor</publisher>)</bibl> porque lo considera como perteneciendo a la
						constelación de este libro. Dice que es uno de <q who="#adolfo_de_obieta">“los textos introductorios o
						sensibilizantes”</q> para aliviar la primera lectura del mismo. Abandono la
						intención de indagar si tal afirmación es correcta o no, tampoco la
						desestimo.</p>
					<p> Mi artículo es el comentario de ciertos problemas, no la defensa de una
						tesis. En ese caso no estoy obligado a decirlo todo, a agotar lo dicho por
						<persName ref="#macedonio_fernandez">Macedonio</persName>. Siendo éste un modo menos rígido que el otro y aunque atento al
						“amor" de algunas palabras y “amigo” de conducirlas a otras, o sea, de
						llevarlas aún más allá, entonces, es más menesteroso, puesto que se puede
						obviar con la lectura directa de <persName ref="#macedonio_fernandez">Macedonio</persName>, y surge sólo por el enigma y la
						fascinación que puede ejercer <persName ref="#macedonio_fernandez">Macedonio</persName>, y por el íntimo placer de la
						meditación.</p>
					<p> El artículo, <bibl><title level="a" ref="#fernandez_bases_metafisica">“Bases en Metafísica”</title> (<date when="1908">1908</date>, inédito)</bibl>. El problema, saber por
						dónde se conduce la Metafísica, adónde llega con su más allá y qué son Bases
						en ella. El comentario, un movimiento que despliega dividiendo y vinculando
						la trama de cuestiones, que se tejen entre sí completándose con fragmentos,
						pero sin disolverlos.</p>
					<p> Si se considera el término Metafísica cuya procedencia griega es ineluctable
						y sin demorarse en cómo entendían o comprendían los antiguos aquello que
						concibe la Metafísica, tampoco en la vaguedad del surgimiento mismo de la
						palabra, que un minucioso y distraído bibliotecario según cuentan los
						eruditos acuñó como una forma de clasificación. Si lo consideramos en su
						composición por amor a la división, no ignoramos por múltiples manuales, que
						Metafísica es una palabra compuesta de un prefijo y un núcleo, cuyo
						significado es “más allá de la física".</p>
					<p> Fijado el lado terminológico, y no cayendo en una predicción debida a la
						vocación por lo profético, adelanto un doble sentido de Metafísica, sin
						voluntad de agotar las significaciones que da <persName ref="#macedonio_fernandez">Macedonio</persName>, puesto que hay un
						tercer sentido que más adelante se expresa.</p>
					<p> Por un lado, es <q who="#macedonio_fernandez">“una tentativa de ineludible solucionalidad”</q>, y por otro,
						<q who="#macedonio_fernandez">“la busca de las causas del asombro de existir"</q>, <q who="#macedonio_fernandez">“que constituye (la)
						perplejidad única de la metafísica”</q><note resp="#raul_zoppi" n="3">(Las frases,
							que van entre comillas, son de <persName ref="#macedonio_fernandez">Macedonio</persName>. Las comillas me
							pertenecen).</note>.</p>
					<p> Si se vincula de un modo amplio atendiendo más a la simetría que a la
						oposición, a lo común y no a lo diferente, estrujando y apretando estas
						palabras, gotea un meditado y fino voluntarismo. Pero basta mencionarlo.</p>
					<p> Tentativa, según el diccionario, es una acción que experimenta, ensaya una
						cosa, y busca; una acción de buscar, o sea, hacer diligencias para encontrar
						alguna cosa. Lo simétrico, que son acciones; lo diferente, una, quiere
						encontrar alguna cosa, otra, experimenta una cosa.</p>
					<p> Me detengo parsimoniosamente en la senda de la perplejidad macedoniana y en
						esa demora nos enfrenta al único problema de la Metafísica. Cabe, entonces,
						la pregunta: ¿en dónde surge la perplejidad? Según <persName ref="#macedonio_fernandez">Macedonio</persName> se condensa en
						la siguiente oposición entre “la no visión del niño” y “el conjunto mental
						del hombre”. Y ahí, en ese punto equidistante, surge el asunto que urge
						solución.</p>
					<p> Al inicio <persName ref="#macedonio_fernandez">Macedonio</persName> solicita al lector, sin preámbulo, que se ubique por
						medio de la imaginación en condiciones ambientales ideales, y con el
						agregado de la virginidad de su visión que se homologa a la visión del niño.
						Y así, de este modo, efectúa una doble pregunta vinculada por una
						conjunción. La primera, ¿Qué habría en tal situación en el Espíritu y en la
						realidad exterior del niño? O sea cuál es su haber, qué tiene y no
						tiene.</p>
					<p> Pero la explicación se vislumbra con plenitud en la segunda pregunta: ¿Y qué
						puede añadirle de esencial, es decir, de fenomenal a la experiencia de un
						hombre?, o sea, la pregunta es, si el niño adolesce o no. La firme réplica
						es filosa puesto que niega: <q who="#macedonio_fernandez">“Nada absolutamente puede añadir la experiencia
						al fenómeno y el hombre al recién nacido"</q>.</p>
					<p> Queda sólo la visión del niño frente al fenómeno. El hombre con su
						experiencia nada le añade. Y ¿cómo es ese fenómeno o qué es el fenómeno? La
						negación de la experiencia que añade por medio de su separación, conduce
						hacia la manifestación, lleva al fenómeno: <q who="#macedonio_fernandez">“sonidos, contactos, aromas,
						temperaturas, formas, colores incluso los de su cuerpo—, sensaciones
						musculares y de cinestesia dolorosas y gratas, tal es toda la Realidad del
						niño y la <hi rend="italic:true;">única posible</hi>"</q>.</p>
					<p> No sólo es toda la Realidad del niño, el fenómeno, sino que también es la
							<hi rend="italic:true;">única posible</hi> Realidad, es decir que va más
						allá de la visión del niño puesto que comprende a la experiencia del hombre
						como perplejidad Y ¿qué es esta experiencia? Es un añadir; y ¿qué añade?,
						añade lo que no es.</p>
					<p> Pero consideremos “lo que no es” la realidad: <q who="#macedonio_fernandez">“ni exterior, ni interior, ni
						material, ni psíquica, ni espacial, ni temporal”</q>, estas nociones son
						añadidas, la navaja de <persName ref="#macedonio_fernandez">Macedonio</persName> es este dictamen del ni.</p>
					<p> Retomo el hilo de lo anterior, para contemplar la perplejidad. Esta surge
						porque el hombre las añade con su experiencia y, por eso, se asombra el
						existir de este modo y se hace preguntas improcedentes.</p>
					<p> Corto esta palabra “la única posible”, y sangra potencia. Potencia es lo que
						puede, o sea, el querer, basta indicarla nada más.</p>
					<p> El conjunto mental del hombre es la experiencia con las ubicaciones, lo que
						se añade, y por tanto, el abandono de la visión del niño. Pero, la
						Metafísica, en cuanto es la busca de la causa del asombro del existir, da
						cuenta de este abandono como perplejidad que debe ser resuelta, o sea, es la
						tensión de la Apercepción que se ciñe frente a la Percepción.</p>
					<p> Pero, conviene llevar aún más allá el otro concepto de Metafísica, el otro,
						que reza como “la tentativa de ineludible solucionabilidad”, de ahí,
						proviene la pregunta que fija: ¿Cómo llegamos a esa solucionabilidad? Según
						<persName ref="#macedonio_fernandez">Macedonio</persName>, <q who="#macedonio_fernandez">“en ciertos momentos de plenitud mental”</q> es decir, accedemos a
						ella, a su positividad, por medio de la plenitud mental, pero limitada a
						ciertos momentos.</p>
					<p> “Ciertos momentos” significa que la plenitud mental se fracciona en alguno
						de ellos, o a la inversa, ella no se cumple en todos los momentos, o sea, no
						es siempre. La plenitud mental no es continua, sino que es por algunos de
						los momentos, es la fracción de uno de ellos que tiene la propiedad de ser
						cierto. La fragmentariedad sobrevuela, se filtra en su meditado voluntarismo
						casi como nota del fenómeno. La Metafísica llega a su destino, pero en
						ciertos momentos le es vedada la continuidad, puesto que ésta se funda en la
						Apercepción.</p>
					<p> Detengo esta plenitud mental, puesto que ella es dinámica, y lo es porque
						niega la Apercepción. En su negar deja algo atrás y va más allá. Cabe la
						pregunta: ¿dónde se detiene, frente a qué cosa se fija?</p>
					<p> Así, como por el imaginar se trasladó hasta la visión del niño, con la
						plenitud mental llega a lo otro de ésta, llega a lo que tiene frente a sí,
						la visión del niño.</p>
					<p> Sentencia <persName ref="#macedonio_fernandez">Macedonio</persName>: <q who="#macedonio_fernandez">“En ciertos momentos de plenitud mental olvido mi yo,
						mi cuerpo, mis vinculaciones, mis recuerdos, el pasado, todas las
						impresiones y actos que determinaron mi alejamiento y todo el largo trayecto
						de evasión y distanciamiento."</q></p>
					<p> El olvido niega despojando todas esas notas y se traslada hacia lo nudo.
						Pero, qué hallamos o “qué me parece”.<q who="#macedonio_fernandez"> “Paréceme que siempre he estado allí o
						que acabo de comenzar mi existencia”</q>. El olvido lleva a la existencia que se
						muestre en esta doble oposición. El “siempre he estado allí” se forma “como
						acabo de comenzar” y el "acabo de comenzar” se contiene en el “siempre he
						estado”. De este modo, se concibe, o sea, se comprende la expresión “en
						ciertos momentos" trasladándola al fragmento, que brilla como tal en la
						oposición donde se vincula y se liga, pero, recortándose.</p>
					<p> Llegado ahí <persName ref="#macedonio_fernandez">Macedonio</persName> indica que: <q who="#macedonio_fernandez">“tiempo y espacio son ya nociones
						desvanecidas”</q> y por tanto <q who="#macedonio_fernandez">“todo ocurre sin ubicación alguna: ni próximo ni
						separado, ni durando o perdurando, ni anterior o posterior"</q>.</p>
					<p> Conviene ahora dar respuesta a la pregunta configurada: <q who="#macedonio_fernandez">"¿qué tiene ante sí
						la plenitud mental”</q>? La firme réplica esplendece: <q who="#macedonio_fernandez">“Tiene El Fenómeno, el Ser
						en su plena realidad, es decir el color, el sonido, el contacto, el pro, el
						fenómeno, ocurriendo en el Ser, es decir ni en mí ni exteriormente a mí”</q> y
						culmina: <q who="#macedonio_fernandez">“Fuera de esto nada existe"</q>.</p>
					<p> Con el imaginar y la plenitud mental se traslada, lleva aún más allá el
						Percibir frente a la Apercepción, lo suelto ante lo atado, el viento frente
						a la tierra.</p>
					<p> Pero ¿qué cosa certifica que el traslado es la medida justa? o preguntado de
						otro modo, ¿Cómo sabemos que no es un delirio, o sea, un salir del
						camino?</p>
					<p> Sin ánimo hacia la paradoja, no vacilo si esta medida es punto de origen o
						de invención. Se trata, tanto de un comienzo inmediato, o sea reciente, como
						de un comienzo que fue siempre. En este aspecto la ambivalencia reina; en
						tanto comienzo, no, puesto que permite el traslado.</p>
					<p> El comienzo es el punto de inflexión desde dónde cabe el retorno. <hi
							rend="italic:true;">Retorno</hi> de aquello por el cual se reflexiona.
						Lo cierto que hace de mi una flexión, o a la inversa, soy lo que soy al contemplarlo.</p>
					<p> Pero lo que permite la flexión tiene que nombrarse, y el nombre lleva a la
						palabra. Y ¿qué son las palabras? <persName ref="#macedonio_fernandez">Macedonio</persName> señala <q who="#macedonio_fernandez">“La realidad, pues, el
						ser son palabras, series de sonidos de laringe o de letras escritas que
						aplicamos a todo lo que es”</q>.</p>
					<p> Primero, establece la identidad entre la realidad, el ser, y las palabras.
						Luego, las palabras tienen un doble aspecto, por un lado son sonidos y por
						el otro son letras escritas. Quiere decir que escuchando o leyendo estamos
						frente al Ser. Se funden las palabras con el Ser. Esto proviene de la
						aplicación de las palabras a todo lo que es y no es.</p>
					<p> Aplicar: otro término que hace surgir a la voluntad como un hilo que teje la
						trama. <persName ref="#macedonio_fernandez">Macedonio</persName> postula: <q who="#macedonio_fernandez">“Parece que para que de alguna cosa dijéramos que
						es, que existe, que es un fenómeno, es preciso que haya otras que no sean,
						que no existan; y efectivamente tal es lo que ocurre y esta diferente noción
						surge de una distinción sentida"</q>.</p>
					<p> La aplicación deviene de una distinción sentida. Sentida conviene al sentir
						de los sentidos. Se siente la sensación, se la percibe, también se percibe
						la imagen y por tanto se la siente<note resp="#raul_zoppi" n="4">La distinción
							entre imagen y sensación es motivo de otro comentario. Lo señalo nada
							más pero no abundo, otro es el camino que opté.</note>.</p>
					<p> Percibir es saber algo de algo, y saber algo de algo es sentirlo, por lo
						tanto percibirlo.</p>
					<p> Pero en esta distinción sentida ¿qué sentimos? Sentimos lo que es y lo que
						no es, entonces, sabemos el ser del no ser. Sabemos lo que no es: <q who="#macedonio_fernandez">“el
						tiempo, la materia, el espacio, la relación, etcétera”</q>. Sabemos lo que es:
						<q who="#macedonio_fernandez">“el color rojo, un sonido grave, un olor grato, un contacto áspero, un
						deseo, etcétera”</q>.</p>
					<p> De este modo, se llega a que la distinción sentida es un comienzo, pero,
						sólo un comienzo, porque ella deviene base, punto que sostiene y conduce a
						la aplicación de las palabras a lo que existe y no existe antes que se
						convierta en Visión, o sea, su fin; fin que no es continuo sino fragmentado,
						puesto que es Percepción.</p>
					<p> Pero, cuando se llega a la visión se suprime la diferencia entre ser y no
						ser, sólo tenemos al Ser pleno, puesto que no hay ni interior ni exterior
						según <persName ref="#macedonio_fernandez">Macedonio</persName>. Por consiguiente, al inicio, el no existir, como es
						nombrado cae en forma de añadido, cae como modo de la Apercepción, que,
						luego, tanto el método de la contemplación, como el humor disolverán esos
						agregados, esas ubicaciones.</p>
					<p> Retomo lo que fue dicho, resulta que el traslado, el llevar aún más allá, se
						efectiviza con las palabras, puesto que se aplican a lo que es y no es,
						fundiéndose el existir y el no existir en forma de palabras. La distinción
						sentida deviene en palabras cuya medida sostiene a la división, o sea, la
						división se objetiva en palabras.</p>
					<p> Esta distinción sentida es el punto de inflexión y así se convierte en
						medida justa. Cabe preguntar sobre su posibilidad, es decir, de dónde viene
						esta capacidad de saber qué es la dimensión sentida. La pregunta se aclara
						más adelante. Flexiono lo que fue sentenciado. Metafísica es busca y también
						tentativa de ineludible solucionabilidad. Pero cómo surge ésta. Declara
						<persName ref="#macedonio_fernandez">Macedonio</persName>:</p>
					<p> <q who="#macedonio_fernandez">“Metafísica es el temperamento que se inclina persistentemente a pesar que
						puede llegar a la más plena y clara explicación de la esencia y la
						existencia de la Realidad"</q>.</p>
					<p> Surge del temperamento que hace de alguien un Metafísico. Y si es
						Metafísico. Y si es Metafísico entonces se inclina persistentemente a pensar
						que puede. De nuevo se tiene aquí el poder, a la potencia que persiste a
						pensar, se la tiene, pero del lado del temperamento; aún falta otra
						dimensión que sea la del Ser. El voluntarismo se despeja, se muestra
						llevando al pensamiento a su fin, llevando al Ser. Cabe la pregunta: ¿Se
						puede llegar a la plena y clara explicación? <persName ref="#macedonio_fernandez">Macedonio</persName> sentencia que sí.</p>
					<p> Se llega por el “Contemplar puro”. Y con la plena y clara explicación <q who="#macedonio_fernandez">“el
						Fenómeno quedará suelto del asombro Metafísico”</q>. La perplejidad se disuelve,
						el asombro metafísico se volatiliza. Por tanto, la Metafísica lleva aún más
						allá del asombro, lleva hacia la Percepción. Es una vía para disolver el
						asombro, una vía que persiste en pensar que puede, una vía que alcanza su
						fin, disolver el asombro.</p>
					<p> Haciendo una anáfora vuelvo al Contemplar puro, y expreso: ¿qué es la
						Contemplación? <persName ref="#macedonio_fernandez">Macedonio</persName> sentencia que es uno de los métodos de la
						Metafísica, el otro método es la pasión<note resp="#raul_zoppi" n="5">Falta un
							tercer método que puede inferirse. Luego se hará.</note>. Los dos son
						mecanismos que proporcionan la Percepción pura de cualquier estado. <q who="#macedonio_fernandez">“Ambos
						suprimen el asombro de existir o el asombro del Ser, dan plena Visión"</q>.</p>
					<p> Si la Metafísica es una vía de <q who="#macedonio_fernandez">“tentativa de ineludible solucionabilidad”</q> y
						también <q who="#macedonio_fernandez">“la busca de las causas del asombro de existir”</q> (la única
						perplejidad metafísica), entonces, cuando alcanza a la plena visión, o sea
						su fin, es otro modo, es otra vía, la vía de la Visión, es decir, también
						Metafísica es Visión.</p>
					<p> La Metafísica en cuanto Vía, en cuanto llevar aún más allá de la
						Apercepción, es el movimiento de estos tres sentidos que conducen a la
						plenitud, plenitud fragmentada, no continua. Ahora titila otra pregunta:
						¿quién posibilita a la plenitud? Queda en vilo este interrogante.</p>
					<p> Si uno se aproxima un poco más a la <hi rend="italic:true;"
						>Contemplación</hi>, nota que <persName ref="#macedonio_fernandez">Macedonio</persName> declara: <q who="#macedonio_fernandez">“Es el <hi
							rend="italic:true;">esfuerzo de atención</hi> conducente a depurar la
						Percepción de los fenómenos o estados"</q>.</p>
					<p> Y ¿en qué consiste este esfuerzo de atención? <q who="#macedonio_fernandez">“Nos sustrae por un esfuerzo disasociativo de la eficiencia y peculiaridad
						de la Apercepción"</q>.</p>
					<p> El esfuerzo de atención es una actividad de negar lo asociado, como lo
						denomina <persName ref="#macedonio_fernandez">Macedonio</persName>, es un esfuerzo desasociativo que nos sustrae de la
						Apercepción. Y ¿Cómo nos sustrae de ella? Por medio de <q who="#macedonio_fernandez">“la inspección
							concreta y lógica de cada forma de ubicación”</q>. Produciendo así: <q who="#macedonio_fernandez">“la
								evanescencia de esa forma”</q>, y de este modo se llega a que <q who="#macedonio_fernandez">“la perplejidad
						Metafísica se disuelva naturalmente.”</q> <hi rend="italic:true;"
							>Efectivizándose</hi> en lo siguiente: <q who="#macedonio_fernandez">"Entonces realízase la plenitud
						de intelección y el fenómeno nos aparece autoexistente, es decir
						inteligible"</q>.</p>
					<p> Detengo esta explicación; cuando el Fenómeno se muestra autoexistente, se
						muestra en sí mismo sin añadidos, entonces se torna inteligible.</p>
					<p> Inteligible es lo que se comprende, lo que se piensa en sí mismo, es aquello
						que no se sustrae a un otro. Y el Ser consigo mismo que no es en otro se
						vuelve inteligible.</p>
					<p> Pero ¿qué es la Apercepción en cuanto que añade? <persName ref="#macedonio_fernandez">Macedonio</persName> enuncia: <q who="#macedonio_fernandez">“Es el
						proceso constructivo, ubicativo, congénito a nuestra estructura
						psicológica”</q>. No explica <persName ref="#macedonio_fernandez">Macedonio</persName> en este artículo qué significa congénito
						y por qué produce no existencia. Pero se lo puede inferir del siguiente
						modo: En cuanto la visión del niño es ocultada por el proceso de madurez con
						la experiencia de lo vivido que deviene lo propio de la actividad de la
						Apercepción con su asociacionismo; y tampoco atendemos a la diferencia
						sentida que es la medida cierta en la aplicación de palabras al existir como
						al no existir (aquí se funde en palabras tanto lo que es como lo que no es),
						es decir, no se considera esta dimensión, no se tiene en cuenta a los
						sentidos, al Percibir, al saber algo por medio de la sensación y la imagen
						sin relaciones, a saber lo que es, de lo que no es. Caen las palabras que
						nombran lo que existe confundiéndose, tejiéndose, sin que medie la
						distinción sentida, con las palabras que nombran a lo que no existe, y de
						este modo damos prominencia a la experiencia que establece relaciones, a lo
						añadido por la Apercepción, que es una actividad congénita a nuestra
						estructura psicológica.</p>
					<p> Siendo la Apercepción un proceso constructivo, ¿cómo opera? Actúa <q who="#macedonio_fernandez">“en la
						confluencia del asociacionismo interno o espiritual con la causalidad
						exterior o material”</q>. ¿Y qué produce? <q who="#macedonio_fernandez">“Crea la inmediación o contigüidad de
						todos los fenómenos que siempre entre sí se han modificado”</q>. Es decir que
						<q who="#macedonio_fernandez">"cualquiera de ello que percibamos o evoquemos es seguido de la leve pero
							real reviviscencia de todos los otros”</q>, o sea, que <q who="#macedonio_fernandez">“llena todos los
						intervalos de la Percepción”</q>.</p>
					<p> ¿Cómo hace la Apercepción para que surja la contigüidad? <q who="#macedonio_fernandez">“Seleccionando
						todos los casos que no han sufrido excepción en su experiencia”</q>. Y ¿a qué
						llega con esto? A que: <q who="#macedonio_fernandez">“En la Apercepción el Mundo y el Yo se nos aparece
						como el Ser en continuidad de existencia, o sea como una sustancia continua
						y permanente desenvolviéndose sin interrupción"</q>.</p>
					<p> Formulo con el otro término lo siguiente: ¿qué es la Percepción? <q who="#macedonio_fernandez">“La
						Percepción por su naturaleza es fraccionaria y discontinua”</q>. Tenemos la
						naturaleza de la Percepción y ¿cómo se sabé esto? Se la siente tanto <q who="#macedonio_fernandez">“en la
							conciencia o sensibilidad del niño”</q> como <q who="#macedonio_fernandez">“en un estado contemplativo en el
						hombre”</q> <persName ref="#macedonio_fernandez">Macedonio</persName> homologa la sensibilidad del niño al estado contemplativo,
						pasa de una a otro por medio del imaginar, como se vio al comienzo de su
						artículo y así de este modo se puede comprender la conciencia o sensibilidad
						del niño, o sea, que la visión del niño es inteligible.</p>
					<p> Por un lado, establece <persName ref="#macedonio_fernandez">Macedonio</persName> la unidad de la Percepción en cuanto
						fraccionaria y discontinua. Y de este modo ocurre que <q who="#macedonio_fernandez">“cada Percepción se
						produce suelta y desligada como caen las campanadas de un reloj en nuestras
						orejas distraídas"</q>.</p>
					<p> Por el otro lado, está el fenómeno que veremos luego como se manifiesta.</p>
					<p> El método de la contemplación depura la Percepción mediante el esfuerzo
						disasociativo, que consiste en la inspección concreta y lógica de cada forma
						de ubicación. Y ¿qué tiene enfrente la Percepción, puesto que ella está
						suelta y desligada?</p>
					<p> Tiene el Fenómeno, el Ser en su plena realidad, y así accede a la
						<q who="#macedonio_fernandez">“Percepción perfecta, la aquiescencia intelectual plena con la existencia de
						la existencia, del fenómeno, del ser, de la Realidad”</q>, llegando al
						conocimiento perfecto.</p>
					<p> Ahora cabe tal pregunta: ¿es posible el conocimiento perfecto? <persName ref="#macedonio_fernandez">Macedonio</persName>
						declara: <q who="#macedonio_fernandez">“El conocimiento perfecto es un caso de la ilimitada posibilidad
						del Ser o fenómeno, cuya ilimitada posibilidad significa que el fenómeno o
						el Ser no está sometido a necesidad alguna, o sea a relación o forma alguna
						necesaria"</q>.</p>
					<p> El conocimiento perfecto proviene de la ilimitada posibilidad del Ser. El
						Ser posibilita el conocimiento perfecto que él puede dar. El conocimiento es
						producido por la potencia del Ser, el Ser quiere al conocimiento, por eso lo
						posibilita.</p>
					<p> De este modo, por lo dicho anteriormente, teníamos de un lado al carácter
						que se inclina persistente a pensar que puede; o sea, se tenía al poder del
						lado del carácter, siendo así metafísico; del otro lado del carácter se
						tiene ahora el conocimiento perfecto que llega del Ser que puede. Por tanto,
						se condensa el poder de un lado con el del otro, alcanzando así el
						conocimiento perfecto y de esta manera la Metafísica conviene con la visión.
						De este modo el voluntarismo deviene visión.</p>
					<p> Para que alcance la Visión se tienen que suprimir las formas: Causación,
						Espacio, y Tiempo, el Número o la pluralidad y la diferenciación. ¿Y cómo se
						llega a la supresión de ellas? Se las suprime <q who="#macedonio_fernandez">“mediante un estado de gran
							exaltación intelectual”</q>, o también <q who="#macedonio_fernandez">“después de una larga preparación del
						espíritu”</q>. Concedido esto ¿cómo se muestra al Ser? Se manifiesta como un
						fenomenismo inubicado, o sea como <q who="#macedonio_fernandez">“una discontinuidad de estados sin
						ubicación en lo Exterior ni en lo Interior, es decir como produciéndose ni
						en el Yo ni en el Mundo Exterior"</q>.</p>
					<p> Fenomenismo inubicado significa discontinuidad de estado sin ubicación. Y
						con el acontecer de estados sin ubicación niega a lo Exterior y lo Interior;
						al yo y al mundo exterior. Confirma <persName ref="#macedonio_fernandez">Macedonio</persName> declarando: <q who="#macedonio_fernandez">“En la
						contemplación más próxima, última, más perceptiva de la Realidad o del Ser,
						aparece como una pluralidad inubicada"</q>.</p>
					<p> Pero la pluralidad es problemática. Conduce a la diferencia, a lo múltiple,
						y de este modo se introduce de nuevo la Apercepción. Aunque si consideramos
						dos aspectos de la pluralidad, uno como categoría propia de la Apercepción,
						el otro ocurriendo en el Ser, se logra salvar dicha apreciación.</p>
					<p> Una pluralidad que conduce a la diferencia entre espíritu y materia interior
						y exterior, yo y mundo tiene la trama de la Apercepción.</p>
					<p> En cambio la otra ocurriendo en el Ser, en los acontecimientos puros de
						estados, sin ubicación, es de la misma naturaleza que la percepción
						fraccionaria y discontinua, suelta y desligada.</p>
					<p> Me demoro en esto: el Ser se manifiesta como "una pluralidad inubicada”.
						Pluralidad inubica da significa “discontinuidad de estados sin ubicación". Y
						la percepción en cuanto forma del conocer es “fraccionaria y discontinua”,
						“suelta y desligada”. Conviene tanto al Ser como a la percepción el término
						discontinuidad: ambos son discontinuos. Pero ¿qué conoce la percepción?
						Conoce al Ser. Lo conoce mediante el esfuerzo de la contemplación y de este
						modo se llega a la percepción del Ser. Y como Ser y percepción son
						discontinuos, este termino permite la identidad de ambos. Mas si son
						idénticos, dirá <persName ref="#macedonio_fernandez">Macedonio</persName>, son intelegibles. Homologa Ser y percepción
						mediante la discontinuidad. Manifiesta, de este modo, una identidad
						fraccionada por la discontinuidad tanto en un término como en el otro, y así
						deviene inteligibilidad.</p>
					<p> Sentencia <persName ref="#macedonio_fernandez">Macedonio</persName>: <q who="#macedonio_fernandez">“la Realidad, el Ser es un fenomenismo inubicado”</q> y la
						percepción es la percepción perfecta cuando capta al Ser, y lo capta cuando
						es “suelta y desligada”. Tenemos así la identidad de un término con el otro.
						Y así el Ser, la existencia se muestra idéntico y <q who="#macedonio_fernandez">“por tanto plenamente
						inteligible"</q>.</p>
					<p> Inteligibilidad significa identidad del ser, en cuanto fenomenismo
						inubicado, con la percepción fraccionada y discontinua, y de este modo se
						alcanza la plenitud del saber.</p>
					<p> Y si alcanzamos la plenitud del saber, entonces la metafísica llega a la
						visión. Visión es la identidad alcanzada por medio de la discontinuidad que
						hace plenamente inteligible al ser con la percepción.</p>
					<p> Pero si la Metafísica es tentativa, ensayo, también busca y por tanto
						visión, ¿qué significa bases en Metafísica? “Bases” son estas vías seguidas
						por la metafísica cuyo punto de unidad es ir más allá como comienzo, y cuyo
						resultado es la plenitud de la visión por medio de la discontinuidad que se
						identifica en sus fragmentos.</p>
					<p> En cuanto la plenitud mental se da en ciertos momentos, no en la continuidad
						de ellos sino en el fragmento, tenemos que el momento de la tentativa
						conduce a la busca, y el momento de la busca a la visión y todo ocurre así
						por que metafísica es llevar aún más allá. Y como metafísica es un saber
						pleno del ser. Y el saber pleno es posibilitado por el Ser. Y Ser es
						potencia que concede al saber, saberlo, entonces, es voluntad del Ser
						conducirnos de ciertos momentos a otros momentos ciertos. La metafísica es
						el despliegue que vincula fragmentos sin disolverlos en ciertos momentos que
						trascurren en otros momentos ciertos.</p>
					<p> “Bases” son los caminos que se asienta en la identidad fragmentada. Por
						tanto, la metafísica no es un sistema puesto que es fragmento, tampoco una
						ciencia porque no clasifica ni ubica, pero, sí visión idéntica que se
						fragmenta. Y los fragmentos se vinculan discontinuos en la visión. En esto
						consiste la coherencia y la convicción de <persName ref="#macedonio_fernandez">Macedonio</persName>. El argumento que no
						merezca replica en cuanto consolida un sistema sin contradicción no figura
						como un único plan, como un único fin. El fin más fuerte es desacomodar a la
						Apercepción con su juego de desvío que añade ubicaciones a la percepción.
						Quiere disolver las ubicaciones para que, la percepción surja suelta y
						desligada.</p>
					<p> Pero, si el mundo de la apercepción son las continuas ubicaciones en el
						tiempo y en el espacio donde se da la serie de lo múltiple, conjugadas en
						Causalidades, y si nombramos al mundo de la apercepción como mundo de la
						vida que se compone de vida histórica, vida política y social, vida natural,
						entonces, cabe la siguiente pregunta: ¿qué papel juega el humor en él? o
						dicho de este modo, ¿qué función cumple el humor en el mundo de la
						apercepción? La función es desacomodar, disolver las ubicaciones. El prolijo
						y meditado humor con su leve sonrisa prodiga un suave escepticismo que niega
						lo que es habitual. Lo niega por medio de un lenguaje que construye un mundo
						de la nada cuya explicación nos conduce hacia su metafísica. Pero, si el
						humor es un procedimiento que desubica y construye con el lenguaje un mundo
						de la nada frente al mundo de la apercepción (como él lo llama), y el mundo
						de la nada recibe su explicación en su metafísica, entonces, se puede
						considerar al humor como un procedimiento metódico que nos conduce hacia
						ella.</p>
					<p> De este modo hay un tercer método que conduce hacia la visión y como visión
						es una vía de la Metafísica y como bases son vías, por tanto, tenemos otra
						base en metafísica. Sentencia <persName ref="#macedonio_fernandez">Macedonio</persName>: <q who="#macedonio_fernandez">“el Ser tiene que ser perfectamente
							inteligible”</q>; para ello son estas bases, estas vías para que <q who="#macedonio_fernandez">“cada
						percepción se produzca suelta y desligada”</q> como ya caen y y caen las
						campanadas de un reloj en mi oreja distraída.</p>
				</div>
				<div type="text" subtype="crítica">
					<head> <persName ref="#leopoldo_lugones">Lugones</persName>. cuerpo pulsado como lira</head>
					<byline> <persName ref="#jorge_monteleone">Jorge Monteleone</persName></byline>
					<div n="1">
						<head rend="italic:true">Aparición / desaparición</head>
						<p> Hablamos, quizá demasiado, acerca de <hi rend="italic:true;">corpus</hi>, de cuerpos escritos, de cuerpos textuales, de textos de goce o de
							textos de placer: erótica de la escritura. Pero hay una escritura del
							erotismo. Escrituras que reverberan sobre cuerpos imaginarios; golfos de
							luz que fulguran sobre sombras oscuridades; flancos súbitamente nítidos
							entre voladuras de palabras. El lenguaje oculta y deso culta un cuerpo
							deseado y fugitivo:</p>
						<p><cit><quote><lg><l>“La fugitiva ninfa en tanto, donde</l>
							<l>hurta un laurel el tronco al sol ardiente,</l>
								<l>tantos jazmines cuanta yerba esconde</l>
									<l>la nieve de sus miembros dá a una fuente"</l></lg></quote></cit></p>
						<p> escribe <persName ref="#gongora">Góngora</persName>. Si el lugar del erotismo es aquel donde la vestimenta
							se abre <bibl><ptr target="#barthes_fragmentos"/>(<author ref="#roland_barthes">Barthes</author>, <date when="1978">1978</date>, <biblScope unit="page">17</biblScope>)</bibl> la escritura erótica comienza en la
							desviación de tropo. El cuerpo de <persName type="classical_character">Galatea</persName>, nieve y jazmín, aparece en el
							mismo instante del desvío metafórico: aparece, paradójicamente, cuando
							se lo oculta. Cuerpo <hi rend="italic:true;">análogo</hi> al jazmín y a
							la nieve, su peso imaginario ya no puede separarse del jazmín o de la
							nieve. <persName ref="#lezama_lima">Lezama Lima</persName> anotó este fenómeno: <q who="#lezama_lima">“Yo creo que la maravilla del
							poema es que llega a crear un cuerpo, una sustancia resistente enclavada
							entre una metáfora, que avanza creando infinitas conexiones; y una
							imagen final que asegura la pervivencia de esa sustancia, de esa <hi
								rend="italic:true;">poiesis</hi>"</q> (citado en: <bibl><ptr target="#sarduy_escrito_cuerpo"/><author ref="#severo_sarduy">Sarduy</author>, <date when="1969">1969</date>,
							<biblScope unit="page">68</biblScope></bibl>).</p>
					</div>
					<div n="2">
						<head rend="italic:true">Cuerpo imaginario</head>
						<p> El cuerpo imaginario de la poesía erótica alcanza su materialidad
							poética a través de sucesivas desapariciones. Cuerpo real como cuerpo
							deseado; cuerpo deseado como cuerpo imaginado; cuerpo imaginado que, por
							virtud translaticia de la metáfora, alcanza una sustantividad distinta,
							al punto que ese cuerpo sólo puede ser deseado bajo palabra, como
							cristal o llama, transparencia o combustión; palabra que, además, entra
							en una vorágine reverberante donde el cristal es agua o la llama,
							crepúsculo. Vértigo connotativo: palabras que, predicando acerca del
							cuerpo, espejean unas a otras y predican acerca de lo poético. En este
							punto comprendemos que el lugar del poema es aquél donde el erotismo se
							abre, es decir, el erotismo es una extensión utópica donde la poesía se
							realiza para hablar de sí. Extensión utópica como no-lugar del cuerpo,
							objeto del erotismo, y lugar de la poeticidad, como cuerpo visible. O,
							inversamente, el cuerpo del poema como imagen aparece a través de las
							sucesivas mutaciones metafóricas del cuerpo del erotismo, representando
							así un antiguo drama: el amoroso, tantálico afán del poema por alcanzar
							el cuerpo del mundo, <hi rend="italic:true;">nombrándolo</hi> y la
							consiguiente desaparición del mundo cuando aparece como <hi
								rend="italic:true;">mundo imaginario</hi>.</p>
					</div>
					<div n="3">
						<head rend="italic:true">Monólogo amoroso</head>
						<p> El poema sería un antiguo drama, pero también un pequeño drama, tal como
							lo definieron los <hi rend="italic:true;">new critics</hi>: <cit><quote source="#brooks_poetry" rend="italic:true">“every poem can be —and in fact must be— regarded
								as a little drama”</quote> <bibl><ptr target="#brooks_poetry"/>(<author><persName ref="#cleanth_brooks">Brooks</persName> y <persName ref="#robert_penn_warren">Penn Warren</persName></author>, <date when="1960">1960</date>, <biblScope unit="page">20</biblScope>)</bibl></cit>. Según
							este aserto, el poema supone un hablante, un agonista. La ambigüedad del
							lenguaje y los puntos de vista complejos puestos en juego en el poema no
							se resuelven mediante la lógica sino según principios análogos a los de
							la dramaturgia. Poema: monólogo dramático, puesto en escena de una voz.
							Coincidencia con <persName ref="#bajtin">Bajtin</persName> quien, desde
							una posición teórica diversa, afirmaba el carácter monológico del
							discurso lírico. Un discurso donde no hay voces en disputa, sino un yo
							organizador y autosuficiente, que no es el yo romántico, sino el eje
							pronominal de una enunciación unitaria <bibl><ptr target="#bajtin_dialogic"/>(<date when="1978">1978</date> <biblScope unit="page">107-110</biblScope>)</bibl>.</p>
						<p> El poema concebido como un monólogo dramático o soliloquio podría ser
							relacionado con el discurso amoroso. Cuando <persName ref="#roland_barthes">Barthes</persName> debió referirse a él
							en los <title level="m" rend="italic:true;" ref="#barthes_fragmentos">Fragments djun discours amoureux</title>,
							sólo pudo dramatizarlo, poner en escena la enunciación, restituir el
							discurso a la primera persona del singular. Pero podría afirmarse que
							<persName ref="#roland_barthes">Barthes</persName> recreó los términos de una lírica del discurso amoroso. Esto es,
							el “método dramático” se hallaría más cerca del poema que del drama o,
							al menos, a igual distancia. Si el discurso amoroso se plantea como un
							soliloquio, como un aparte; si, además, no puede librarse de un <hi
								rend="italic:true;">yo</hi> fundamental; si, en fin, comporta un
							habla íntima de cara al objeto amado, que no habla <bibl><ptr target="#barthes_fragmentos"/>(<author ref="#roland_barthes">Barthes</author> <date when="1977">1977</date>, <biblScope unit="page">5-12</biblScope>)</bibl>,
							puede afirmarse que el discurso amoroso es afín al discurso lírico.
							Monólogo de un yo, de cara a un mundo mudo que, ilusoriamente, debe ser
							fundado en cada poema. Establecido el parentesco, sólo resta aceptar que
							la poesía es el lugar donde más agudamente aparece el discurso amoroso.
							O, dicho de otro modo, el discurso amoroso en el poema es una epifanía
							de la más pura poeticidad, tal que, dilucidando el eros poético, se
							dilucida una poética.</p>
					</div>
					<div n="4">
						<head rend="italic:true">Desnudez con poeticidad</head>
						<p> En la <title level="a">“Oda a la desnudez”</title>, de <persName ref="#leopoldo_lugones">Leopoldo Lugones</persName>, podemos interrogar la
							relación entre erotismo y poesía. Para decirlo con palabras de <persName ref="#tinianov">Tinianov</persName>,
							sería posible observar como se matiza el indicio fundamental del vocablo
								<hi rend="italic:true;">desnudez</hi>, a partir de la orientación
							de las palabras vecinas, anulándose parcialmente mediante la
							intensificación de los indicios fluctuantes de significado y dando lugar
							así a un significado imaginario<note resp="#jorge_monteleone" n="1">En el artículo
								<title level="a">“El sentido de la palabra poética”</title> pueden leerse estas precisiones
								teóricas: <cit><quote source="#tinianov_problema_lengua">“Existen líneas generalizantes de la unidad lexical
								gracias a las que la palabra se comprende como única a pesar de sus
								cambios ocasionales. El dualismo puede considerarse como una
								fundamental división de los indicios de los significados en dos
								clases principales: indicio fundamental e indicios secundarios del
								significado. (...) las peculiaridades del uso verbal originan
								indicios secundarios, a los que podemos denominar <hi
									rend="italic:true;">fluctuantes</hi> a causa de su
								inestabilidad, (...) lo cierto es que pueden surgir, determinados
								por la compacidad de la serie (por una compacta propincuidad), <hi
									rend="italic:true;">indicios fluctuantes</hi> de significado que
								pueden intensificarse a costa del indicio fundamental o, en cambio
								de él, dar lugar a una apariencia de significado, a un 'significado
								imaginario'"</quote><bibl><ptr target="#tinianov_problema_lengua"/> (<author ref="#tinianov">Tinianov</author>, <date when="1975">1975</date>, <biblScope unit="page">55-132</biblScope>)</bibl></cit>.</note>.</p>
						<p> Hablamos otra vez de un deslizamiento del discurso amoroso en el
							discurso lírico, pero ahora en términos de procedimiento constructivo.
								<hi rend="italic:true;">Desnudez</hi> comporta la sustantivación de
								<hi rend="italic:true;">cuerpo desnudo de mujer</hi> en un primer
							desplazamiento. Esta imagen se verá dinamizada, en un segundo y más
							complejo desplazamiento que involucra otros matices, hasta alcanzar un
							significado no objetivo, imaginario. <hi rend="italic:true;"
								>Desnudez</hi> será, entonces, <hi rend="italic:true;"
								>poeticidad</hi> y, asimismo, carácter femenino, erótico y sagrado
							de lo poético. Sin embargo, no estamos ante una alegoría, sino ante una
							instancia metafórica que, como la definió <persName ref="#lezama_lima">Lezama Lima</persName>, crea desvíos y
							conexiones hasta alcanzar una imagen final, entre cuyos límites se
							dilata el cuerpo del poema. Una mujer que es un cuerpo desnudo que es un
							cuerpo flagelado que es una noche sagrada que es un poema. Napas de
							sentido <hi rend="italic:true;">en</hi> y <hi rend="italic:true;">a
								través</hi> de una materialidad poética, conjunto de haces
							significativos.</p>
						<p> Escribe <persName ref="#leopoldo_lugones">Lugones</persName> en la <bibl><title level="a">“Oda a la desnudez"</title> <ptr target="#lugones_montanias"/> (<date when="1919">1919</date>, <biblScope unit="page">27-29</biblScope>)</bibl>:</p>
						<p> <cit><quote source="#lugones_montanias">“la noche, — su negra desnudez de virgen cafre — enseña, engalanada de
							fulgores — de estrellas, que acribillan como heridas — su enorme cuerpo
							tenebroso"</quote></cit></p>
						<p> En esta frase, tomada como modelo, hallamos ya una serie de
							desplazamientos que se reiteran en todo el poema. Si atendemos al
							indicio fundamental de <hi rend="italic:true;">la noche</hi>, sometido
							a una tensión semántica frente a la metáfora <hi rend="italic:true;">su
								negra desnudez de virgen cafre</hi>, percibimos una primera
							asociación con <hi rend="italic:true;">enorme cuerpo tenebroso</hi>, a
							través de los indicios secundarios “vastedad” y “oscuridad”, reforzada
							por la disposición rítmico sintáctica. El vocablo <hi
								rend="italic:true;">noche</hi> se matiza así como cuerpo. A su vez,
							el indicio fluctuante “cuerpo de mujer oscuro y bárbaro”, a través de
								<hi rend="italic:true;">negra desnudez de virgen cafre</hi>,
							modifica el indicio fundamental <hi rend="italic:true;">de noche</hi>,
							hasta desplazar su significado constituyéndolo como “dilatado y oscuro
							cuerpo femenino”. A partir de la comparación <hi rend="italic:true;"
								>estrellas, que acribillan como heridas</hi> se produce un conflicto
							de indicios fundamentales que comportan una sustitución y un nuevo
							desplazamiento: “estrellas de la noche como heridas de un cuerpo”. En la
							frase elegida, la naturaleza se corporiza femeninamente, o bien el
							cuerpo femenino se confunde con la naturaleza al punto de insinuar un
							híbrido: espacio animizado o grandioso cuerpo extendido hasta el límite
							del mundo natural. Por otra parte, aparece el erotismo como violencia,
							flagelación, herida. Modo de relación del yo que enuncia y el objeto
							poetizado. El éxtasis amoroso se une a la aniquilación y la muerte,
							donde las uñas son “dagas de oro” y los besos “estallan como golpes”.
							Esta serie de cruces entre cuerpo femenino, naturaleza y violencia
							erótica también puede apreciarse en la frase siguiente:</p>
						<p> <cit><quote source="#lugones_montanias">“Rompe — el seno de una nube y aparece — crisálida de plata, sobre el
							bosque — la media luna, como blanca uña, — apuñalando un seno"</quote></cit></p>
						<p> Decadente, el poema de <persName ref="#leopoldo_lugones">Lugones</persName> hace aparecer <hi rend="italic:true;">“le
								vice anglais”</hi> como tópico literario. La <title level="a">“Oda a la desnudez”</title>
							comienza:</p>
						<p> <cit><quote source="#lugones_montanias">“¡Qué hermosas las mujeres de mis noches! — En sus carnes, que el látigo
							flagela, — pongo mi beso adolescente y torpe, — como el rocío de las
							noches negras que restaña las llagas de las flores"</quote></cit><note resp="#jorge_monteleone"
								n="2">En un artículo excelente, <title level="a" ref="#hernandez_jj_lugones">“El signo prohibido de Leopoldo
								Lugones”</title>, aparecido en <title level="j" ref="#revista_tiempo_argentino">“Tiempo argentino"</title> el <date when="1984-01-15">15 de enero de 1984</date>,
								<persName ref="#juan_jose_hernandez">Juan José Hernández</persName> escribe: <cit><quote source="#hernandez_jj_lugones">“Si la esencia del erotismo —como
								piensa <persName ref="#georges_bataille">Bataille</persName>— se da en el terreno de la violencia, el mismo
								designio en el poeta parecería satisfacerse en la descripción
								preliminar de una profanación que no se consuma. La víctima es escamoteada: el deseo sensual se rinde ante la doncella transfigurada
								por <persName ref="#leopoldo_lugones">Lugones</persName> en 'hermana solícita', en 'compasivo serafín'. (...) El
								terreno de la violencia está, pues, separado del erotismo en los
								versos de amor de <persName ref="#leopoldo_lugones">Lugones</persName>. Cualidad masculina, guerrera, la
								violencia forma parte de la mitología heroica del poeta y se opone a
								la anestesia lunar y crepuscular de su erotismo. (...) El héroe y el
								enamorado jamás coinciden en el universo poético de <persName ref="#leopoldo_lugones">Lugones</persName>”</quote></cit>. A
								pesar de coincidir en muchos aspectos con el artículo de <persName ref="#juan_jose_hernandez">Juan José
								Hernández</persName>, en estas notas procuramos afirmar lo contrario de la cita
								transcripta.</note></p>
						<p> Ritualístico, el imaginario modernista prodiga una decoración vinculada
							a la religiosidad y al misticismo, pero como adyacencia del sensualismo.
							Cuando <persName ref="#ruben_dario">Darío</persName> sacraliza el cuerpo femenino: <cit><quote source="#dario_completa">“su espíritu es la hostia de
							mi amorosa misa, / y alzo al son de una dulce lira crepuscular”</quote><bibl><ptr target="#dario_completa"/> (<author ref="#ruben_dario">Darío</author>,
							<date when="1949">1949</date>, <biblScope unit="page">125</biblScope>)</bibl></cit> procura divinizar la escritura poética y conjurar un vacío,
							el vacío del Verbo. Oscilación entre la blasfemia y la creencia, entre
							la fe en la letra y la duda. <persName ref="#ruben_dario">Darío</persName> sacraliza el texto poético para que
							el lector crea en él con el goce y la unción que le depararía contemplar
							un ícono religioso. <cit><quote source="#dario_completa">“El arte puro como Cristo exclama: —escribe <persName ref="#ruben_dario">Darío</persName>—
								<hi rend="italic:true;">Ego sum luz et veritas et vita</hi>”</quote><bibl><ptr target="#dario_completa"/> (<author ref="#ruben_dario">Darío</author>,
									<date when="1949">1949</date>, <biblScope unit="page">158</biblScope>)</bibl></cit>. A diferencia de la vanguardia, donde el poeta aparece como un
							hacedor (el “pequeño dios” de <persName ref="#vicente_garcia_huidobro">Huidobro</persName>), esto es, un constructor, el
							modernismo considera al poeta un médium. Ve en la letra un dios oculto,
							es decir, la escritura poética como latencia de lo sagrado, que el poeta
							de velaría. Pero lo religioso es una “escenografía" y consiste en tornar
							verosímil el espacio donde una voz se profiere. La voz de lo sagrado
							requiere una puesta en escena “a lo divino”. Escribe <persName ref="#leopoldo_lugones">Lugones</persName>:</p>
						<p> <q who="#leopoldo_lugones">“dame tus pechos, — cálices del ritual de nuestra misa"</q></p>
						<p> O bien:</p>
						<p> <q who="#leopoldo_lugones">“Que mis brazos rodeen tu cintura — como dos llamas pálidas, unidas —
							alrededor de un ánfora de plata en el incendio de una iglesia
							antigua"</q></p>
						<p> donde el indicio fundamental de “cuerpo femenino” se matiza con la idea
							de “templo”. A su vez, la violencia erótica también se desplaza al
							ámbito de lo religioso, matizándose con alusiones a la culpa, a la
							transgresión, el pecado, la maldición que se padece o se castiga:</p>
						<p> <q who="#leopoldo_lugones">“los filtros del pecado, con el polen — de rosas ultrajadas"</q> <q who="#leopoldo_lugones">“muerde en
							el corazón de las prohibidas — manzanas del edén"</q> <q who="#leopoldo_lugones">“dame tus uñas, dagas
							de oro — para sufrir tu posesión maldita"</q></p>
						<p> El “cuerpo femenino”, se matiza, además, con el indicio opuesto al que
							informaba la vinculación del cuerpo con la noche oscura: el <hi
								rend="italic:true;">blanco</hi>. <persName ref="#sylvia_molloy"><choice><sic>Silvia</sic> <corr>Sylvia</corr></choice> Molloy</persName> observó en <persName ref="#ruben_dario">Darío</persName> la
							relación entre el blanco y el cuerpo de la mujer: <cit><quote source="#molloy_dario">“La mujer es espacio
							blanco colmado por una voz que la somete, al final, a un doble proceso.
							Por un lado, a fuerza de colmatación, la vacía definitivamente de
							identidad, si es que alguna vez la tuvo. (...) Por otro lado —y acaso
							como consecuencia de esa colmatación que lleva al anonimato— la vuelve
							lugar de descanso que propicia la posesión y la entrega. (...) Hay en
							<persName ref="#ruben_dario">Darío</persName>, en el texto <persName ref="#ruben_dario">Darío</persName>, un espacio, blanco, inerte, que pide ser
							llenado. A menudo ese espacio coincide, no hay duda, con el cuerpo
							femenino, pero es por sobre todo página blanca, hueco textual, lugar de
							poema"</quote><bibl><ptr target="#molloy_dario"/> (<date when="1981">1981</date>, <biblScope unit="page">122</biblScope>)</bibl></cit>. Esa coincidencia también se da en el texto de
							<persName ref="#leopoldo_lugones">Lugones</persName>:</p>
						<p> <q who="#leopoldo_lugones">“Surgida de los velos aparece — (ensueño astral) mi pálida consorte
							(...) palidece de amor como una grande — azucena desnuda ante la
							noche"</q></p>
						<p> <q who="#leopoldo_lugones">“y que brille tu frente de Sibila — en la gloria cirial de los altares,
							— como una hostia de sagrada harina: — y que triunfes, desnuda como una
							hostia, — en la pascua ideal de mis delicias"</q>.</p>
						<p> Pero en <persName ref="#leopoldo_lugones">Lugones</persName>, el cuerpo del poema no es un blanco para llenar, sino
							un blanco para nombrar y un blanco para callar. El cuerpo blanco de la
							mujer es un doble del negro cuerpo de la noche: ambos, extensiones de un
							espacio sagrado.</p>
						<p> Tributario de las doctrinas místicas, el texto de <persName ref="#leopoldo_lugones">Lugones</persName> habla para
							expresar mejor lo inefable. Proceso similar, pero inverso al de <persName ref="#ruben_dario">Darío</persName>:
							un espacio que se colma para develar mejor un blanco, un vacío: el
							silencio.</p>
						<p> <persName ref="#leopoldo_lugones">Lugones</persName> expresó esta relación en un fragmento de <title level="m" rend="italic:true;" ref="#lugones_limadurasii"
								>Prometeo</title>:</p>
						<p> <cit><quote source="#lugones_limadurasii">”Y así, existe para nosotros una relación evidente de la blancura con la
							soledad, el silencio y la poesía. Probablemente es una sensación de amor
							y paz que debe formar el concepto de nuestra dicha. (...) La plenitud
							del silencio nos proporciona una felicidad correlativa de lo que
							podríamos llamar la poesía de la blancura. Demasiado llenos de ideas
							contradictorias, en ese elemento se reintegra nuestro ser consigo mismo.
							(...) El silencio habita en la sombra de los sepulcros y en la luz total
							de las estrellas. La paz suprema, es silencio. La inmensidad, silencio
							es. Y la población del silencio son esas ideas, calladas y sublimes a su
							vez como las estrellas y las tumbas”</quote><bibl><ptr target="#lugones_limadurasii"/> (<date when="1910">1910</date>a, <biblScope unit="page">374-373</biblScope>)</bibl></cit>.</p>
						<p> <persName ref="#leopoldo_lugones">Lugones</persName> adopta un procedimiento que, como señala <persName ref="#tinianov">Tinianov</persName>, era utilizado
							habitualmente por los simbolistas. Consiste en utilizar palabras con
							relativa autonomía respecto del indicio fundamental del significado (en
							este caso <hi rend="italic:true;">desnudez</hi>) incrementando los
							indicios fluctuantes hasta alcanzar el significado imaginario (aquí <hi
								rend="italic:true;">poeticidad</hi>). Autoriza este vínculo la
							última frase del poema:</p>
						<p> <q who="#leopoldo_lugones">"¡Entrégate! La noche bajo su amplia — cabellera flotante nos cobija — Yo
							pulsaré tu cuerpo en la noche, — tu cuerpo pecador será una lira"</q>.</p>
						<p> Noche sagrada como un cuerpo de mujer gigantesco: ámbito donde su doble,
							el blanco cuerpo de la mujer, es flagelado, pulsado como una lira, es
							decir, mutada en poema. La concepción lugoniana de la poesía posee
							rasgos neoplatónicos. Para <persName ref="#leopoldo_lugones">Lugones</persName> el poeta es un héroe porque persigue
							un ideal: exceder la fortaleza de su individualidad para ser portador de
							un espíritu colectivo y tornar conciente lo Absoluto en el poema. Asumir
							el ideal es ponerse en situación de heroísmo. Cualidad humana por
							excelencia, el heroísmo se certifica en el sacrificio, lindante con lo
							sagrado; en la muerte como sanción y trascendencia. Análogamente, el
							anhelo amoroso implica un excederse a sí mismo en la busca del objeto
							erótico, que dramatiza el enigma de amor del Comos y el poeta. El
							Poeta-Héroe, a costa de su dolor y de su sacrificio, se reintegra con lo
							Absoluto, y en el mismo acto, lo Absoluto deviene conciencia en él. Así,
							sólo la muerte torna trascendente el anhelo eróticos<note resp="#jorge_monteleone"
								n="3">Reiteramos nuestra diferencia con la lectura de <persName ref="#juan_jose_hernandez">Juan José
								Hernández</persName>. En la poesía erótica de <persName ref="#leopoldo_lugones">Lugones</persName> el héroe y el enamorado
								pueden reunirse. Un fragmento del ensayo <title level="a">“El templo del himno”</title> así
								parece demostrarlo: <cit><quote source="#lugones_limadurasi">“Y, después de todo, joven de veinte años que me
								escuchas y que teniendo veinte años te hallarás enamorado
								seguramente: viendo estoy como late tu pecho en el anhelo de
								afrontar la estocada que te cueste la prenda de tus amores; pues no
								hay corona de juventud más generosa que un desafío por la dama, y
								aunque la dama llore con sus bellos ojos, su corazón, también
								heroico, estará, no lo dudes, ansioso de deshojarse en besos sobre
								tus labios, para compensarte con su ternura, como quien cambia
								flores, la vida que le jugaste en la punta de tu florete”</quote><bibl><ptr target="#lugones_limadurasi"/> (<date when="1910">1910</date>,
								<biblScope unit="page">25</biblScope>)</bibl></cit>.</note>.</p>
						<p> La poesía erótica de <persName ref="#leopoldo_lugones">Lugones</persName> revela un curioso sincretismo de ideas
							neoplatónicas, resabios del amor cortés, tópicos decadentistas,
							procedimientos y estética simbolista reunidos en el modernismo literario
							imperante a principios de siglo.</p>
					</div>
					<div n="5">
						<head rend="italic:true">Biografía fabulosa y anti-historia</head>
						<p> Vinculando la serie biográfico-histórica y la serie textual, <persName ref="#david_vinias">David Viñas</persName>
							eludirá el mito de un <persName ref="#leopoldo_lugones">Lugones</persName> versátil sólo en la superficie,
							vislumbrando con justeza una unidad esencial. En esta idea del
							Poeta-Héroe, <persName ref="#david_vinias">Viñas</persName> advierte el inicio de la parábola que culminará en el
							suicidio de <date when="1938">1938</date>, como último gesto heroico del poeta autosacrificado
							<bibl><ptr target="#vinias_sarmiento_cortazar"/>(<date when="1974">1974</date>, <biblScope unit="page">70-77</biblScope>)</bibl>. Desde otro punto de vista, <persName ref="#canal_feijoo">Bernardo Canal-Feijóo</persName>
							relaciona el mentado arrebato de <date when="1924">1924</date> <q who="#leopoldo_lugones">“Ha llegado para bien de todos la
							hora de la espada”</q> como una concepción erótica: <cit><quote source="#canal_feijoo_lugones">“La espada será el
							símbolo manifiesto de su erotismo, en su lírica y en su doctrina (y
							hasta en su conducta, probándolo en este terreno a mayor abundamiento
							sus aficiones de esgrimista). Símbolo palacino, al final, de su
							autocratismo. Puede advertirse cómo en su simbólica, la idea de la
							espada transcurre por su estro enredada en claros sobreentendidos
							fálicos”</quote><bibl><ptr target="#canal_feijoo_lugones"/> (<date when="1976">1976</date>, <biblScope unit="page">54</biblScope>)</bibl></cit>. Tentación ineludida de unir poesía y biografía,
							poesía e historia. Reconociendo el poeta-héroe del poema lugoniano en la
							conducta suicida de <date when="1938">1938</date> o advirtiendo en la espada fálica un sucedáneo
							del yo poético y del yo real, la tentación es plausible proponiendo
							biografía o historia como <hi rend="italic:true;">textos</hi>. En ese
							circuito, el poema lugoniano aparece como anti-historia y como biografía
							fabulosa. Su helenismo y su nacionalismo racista son caras de una misma
							moneda: el intento por “espiritualizar el país”, es decir, por mitificar
							la historia. Asimismo, el yo heroico imaginado por el texto poético de
							<persName ref="#leopoldo_lugones">Lugones</persName> se revierte sobre el yo de la biografía y lo aniquila.</p>
						<p> Suicidio para sustraerse a la historia e inscribirse en un tiempo
							mítico, en el <hi rend="italic:true;">tempus</hi> del poema. Pero estos
							cruces, esta hibridación donde biografía e historia pasan al crédito del
							poema, fagocitadas, ¿no es un triunfo del texto de <persName ref="#leopoldo_lugones">Lugones</persName>, que obliga a
								<hi rend="italic:true;">poetizar</hi> lo extra-literario? ¿Acaso
							también estamos mitificando?</p>
					</div>
					<div n="6">
						<head rend="italic:true">Una interpolación</head>
						<p> <persName ref="#paul_valery">Valéry</persName> proponía una historia de la literatura que fuera una “historia
							del espíritu”, como productor o receptor de literatura, sin pronunciar
							el nombre de un sólo escritor. Si esto ocurriera, no sería difícil
							apreciar en la poesía erótica de <persName ref="#leopoldo_lugones">Lugones</persName> un registro temático
							coincidente con aspectos de la sensibilidad erótica del romanticismo,
							tal como los señaló y estudio <persName ref="#mario_praz">Mario Praz</persName> en <title level="m" rend="italic:true;" ref="#praz_carne_muerte">La
								carne, la muerte y el diablo en la literatura romántica</title>. Según
							el artificio de <persName ref="#paul_valery">Valéry</persName>, tampoco sería imposible seguir una serie de
							flujos y reflujos similares entre el romanticismo, el decadentismo, el
							simbolismo, el modernismo hispanoamericano y el surrealismo. <persName ref="#heinrich_wolfflin">Wölfflin</persName>
							simplificaría el problema sindicando estas manifestaciones como
							movimientos del <hi rend="italic:true;">pathos</hi>; <persName ref="#miguel_d_ors">D'Ors</persName> vería
							sucesivas manifestaciones del “eterno barroco”. Lo cierto es que, no
							arbitrariamente, <persName ref="#mario_praz">Mario Praz</persName> vio en el decadentismo de fines del siglo
							pasado una consecuencia de la literatura romántica <bibl><ptr target="#praz_carne_muerte"/>(<date when="1969">1969</date>, <biblScope unit="page">7</biblScope>)</bibl> y <persName ref="#octavio_paz">Octavio
							Paz</persName>, por su parte, señala: <cit><quote source="#paz_hijos_limo">“Una y otra vez se han destacado las
							semejanzas entre el romanticismo y la vanguardia. Ambos son movimientos
							juveniles; ambos son rebeliones contra la razón, sus construcciones y
							sus valores; en ambos el cuerpo, sus pasiones y sus visiones —erotismo,
							sueño, inspiración— ocupan un lugar cardinal; ambos son tentativas por
							destruir la realidad visible para encontrar o inventar otra —mágica,
							sobrenatural, superreal”</quote><bibl><ptr target="#paz_hijos_limo"/> (<date when="1981">1981</date>, <biblScope unit="page">147</biblScope>)</bibl></cit>. Pero existe otra vinculación. <persName ref="#octavio_paz">Paz</persName>
							declara que el modernismo fue el verdadero romanticismo americano y
							cumplió una función histórica semejante a la de la reacción romántica en
							el comienzo del <date notBefore="1801" notAfter="1900">siglo XIX</date>: <cit><quote source="#paz_hijos_limo">“como en el caso del simbolismo francés, su
							versión no fue una repetición; sino una metáfora: otro
							romanticismo”</quote><bibl><ptr target="#paz_hijos_limo"/> (<date when="1981">1981</date>, <biblScope unit="page">128</biblScope>)</bibl></cit>. Siguiendo este juicio, cabría afirmar que el
							proyecto de los románticos americanos se ve consolidado en el movimiento
							estético modernista. El afrancesamiento preconizado por los hombres de
							la generación de <date when="1837">1837</date> que, paradójicamente, implicaba en su concepción
							el afianzamiento de una cultura nacional y americana, inicia una
							parábola que culminará en la efectiva renovación modernista. Y aún puede
							percibirse en el seno del modernismo un primer momento “cosmopolita” y
							en un segundo período donde se privilegia el nacionalismo cultural y se
							remoza la tradición literaria hispánica.</p>
						<p> Romanticismo y vanguardia, romanticismo y modernismo: modernismo y
							vanguardia. Transitividad de una tradición edificada con el código de
							lectura que <persName ref="#borges">Borges</persName> promueve en <title level="a" ref="#borges_kafka_precursores">“Kafka
							y sus precursores”</title> y según el cual sería posible este aserto, en primera
							instancia ilícito: nuestra lectura de la poesía surrealista “afina y
							desvía sensiblemente” nuestra lectura de la poesía erótica de <persName ref="#leopoldo_lugones">Lugones</persName>.
							Lo cual lleva a la irrisión de todo sistema literario construido en base
							a oposiciones y divergencias. Y, sin embargo, sería posible leer un
							poema erótico de <persName ref="#leopoldo_lugones">Lugones</persName> a partir de algunos presupuestos que se hallan
							en <title level="m" rend="italic:true;" ref="#bataille_erotismo">El erotismo</title>, de <persName ref="#georges_bataille">Georges Bataille</persName>,
							adláter y opositor del surrealismo. Es decir, leer el poema a partir de
							una interpolación.</p>
					</div>
					<div n="7">
						<head rend="italic:true"> “Venus victa"</head>
						<p> Según <persName ref="#georges_bataille">Bataille</persName>, en la base de la vida hay dos posibilidades de
							reproducción: la asexuada y la sexuada. En la primera, un ser unitario
							muere como tal para producir dos seres distintos; en la segunda, dos
							seres unitarios se funden en uno que es distinto de ellos. Cada
							individuo es discontinuo en su individualidad. La muerte implica un
							abismo entre los seres discontinuos, pero una continuidad en el Ser. El
							hombre es discontinuo, pero tiene la nostalgia primordial de su
							continuidad. Si la muerte es la mayor violencia a nuestra
							individualidad, el erotismo (que propicia la disolución del amante en el
							amado) implica también una violación del ser discontinuo. El erotismo
							alcanza al ser en su punto más intimo, allí donde desfallece. En su
							pasión erótica, el amado sólo ve la posibilidad de fusión en la
							continuidad fusionándose con la persona amada. Busca esa violencia
							amorosa en su individualidad. ¿Quiere disolver su conciencia individual
							o, en otras palabras, su discontinuidad? El vértigo amoroso en el cuerpo
							de la persona amada conlleva a una fusión con el todo, pues para el
							amante el ser amado es la transparencia del mundo. Si el hombre, ser
							discontinuo, anhela la continuidad primigenia, sólo la disolución de su
							individualidad revelará lo continuo. <persName ref="#georges_bataille">Bataille</persName> razona que esta revelación
							constituye lo sagrado en el sacrificio religioso: en el rito, la víctima
							es entregada a la continuidad del Ser, mediante la violencia a su
							discontinuidad, es decir, mediante la muerte. Por estos sutiles
							vínculos, <persName ref="#georges_bataille">Bataille</persName> relaciona el erotismo, la muerte y lo sagrado. Y
							vindica el erotismo como afirmación de la vida a pesar de la muerte. El
							sacrificio y la conjunción erótica están así unidos: El cuerpo sobre el
							que gira el deseo se transforma, por contigüidad, en espacio sagrado.
							Todo objeto que el cuerpo toca lo simboliza; todo objeto es sacralizado
							por el cuerpo. <persName ref="#georges_bataille">Bataille</persName> finaliza incluyendo la poesía en este
							razonamiento: <cit><quote source="#bataille_erotismo">“La poesía lleva al mismo puto que cada forma del
							erotismo: a la indistinción, a la confusión de los objetos distintos.
							Nos lleva a la eternidad, nos lleva a la muerte, y por la muerte de la
							continuidad: la poesía es la <hi rend="italic:true;">eternidad</hi>”</quote><bibl><ptr target="#bataille_erotismo"/>
							(<date when="1964">1964</date>, <biblScope unit="page">24</biblScope>)</bibl></cit>.</p>
						<p> Transcribimos, para interrogarlo según este código, el poema <title level="a">“Venus
							victa”</title> de <persName ref="#leopoldo_lugones">Leopoldo Lugones</persName>, perteneciente a la serie de sonetos <title level="m">“Los
							doce gozos"</title>.</p>
						<p><cit><quote source="#lugones_crepusculos">“<lg><l>Pidiéndome la muerte, tus collares</l>
							<l>desprendiste con trágica alegría</l>
							<l>y en su pompa fluvial la pedrería</l>
							<l>se ensangrentó de púrpuras solares.</l></lg>
								<lg><l>Sobre tus bizantinos alamares</l>
									<l>gusté infinitamente tu agonía,</l>
									<l>a la hora en que el crepúsculo surgía</l>
									<l>como un vago jardín tras de los mares.</l></lg>
										<lg><l>Cincelada por mi estro, fuiste bloque</l>
											<l>sepulcral, en tu lecho de difunta:</l>
											<l>y cuando por tu seno entró el estoque</l></lg>
												<lg><l>con argucia feroz su hilo de hielo</l>
													<l>brotó un clavel bajo su fina punta</l>
													<l>en tu negro jubón de terciopelo"</l></lg></quote></cit></p>
						<p> El título <title level="a">“Venus victa”</title> precipita los versos en un obvio simbolismo
							erótico. En este poema, como en el conjunto de <bibl><title level="m">“Los doce gozos”</title> <ptr target="#lugones_crepusculos"/> (<date when="1905">1905</date>
							<biblScope unit="page">27-52</biblScope>)</bibl>, si por un lado se magnifica el cuerpo virgen, la traición a esa
							virginidad permite la unión con lo sagrado. El acto erótico en este
							poema de nota el sacrificio religioso y connota la operación poética. La
							violencia ejercida sobre el objeto amado es una instancia iniciática
							“trágica” y ”alegre”: el cuerpo entrega su materia a la continuidad en
							el Ser. Pero tal como el cuerpo disuelve su individualidad en la sagrada
							indistinción del Ser, el poema disuelve la identidad de las cosas
							mediante sucesivas analogías. Así el cuerpo sacrificado de la mujer se
							diluye, repite y recupera en el crepúsculo, como tránsito hacia la
							noche; así el rojo de la sangre se confunde con el rojo del clavel o con
							las piedras púrpuras que, a su vez, remedan el crepúsculo en lo
							diminuto: así tras la pompa fluvial de los collares surge un rojo solar,
							como tras de los mares el crepúsculo.</p>
						<p> En el poema de <persName ref="#leopoldo_lugones">Lugones</persName>, la discontinuidad es imposible y toda posible
							distinción es sumida en la contigüidad. El estro del poeta —cincel
							fálico o estoque— hace del sacrificio un monumento: el poema.</p>
						<p> En <title level="a">“Venus victa”</title>, además, la vestimenta es metonimia del cuerpo amado y
							el yo del poema por consiguiente, nombra ese cuerpo a través de
							fetiches. Escribe <persName ref="#severo_sarduy">Sarduy</persName>: <cit><quote source="#sarduy_escrito_cuerpo">“Apoderamiento del objeto amado en la
							reproducción del espacio que lo rodea, en la destrucción de su doble, en
							una relación fetichista”</quote><bibl><ptr target="#sarduy_escrito_cuerpo"/> (<date when="1969">1969</date>, <biblScope unit="page">40</biblScope>)</bibl></cit>. Pedrería, bizantinos alamares en un
							negro jubón de terciopelo como extensiones del cuerpo. Paisaje o
							vestimenta, el cuerpo sacraliza todo espacio ocupado o recorrido. En el
							poema, el cuerpo hace transparecer el mundo y es, en cierto sentido, <hi
								rend="italic:true;">todo</hi> el mundo. Si el paisaje es ámbito
							sacralizado donde el cuerpo se continúa, esta contigüidad también obra
							sobre términos comparativos que se desplazan del objeto amado al
							paisaje. De ese modo, las vestiduras de un cuerpo sagrado pueden también
							metaforizar el paisaje que ese cuerpo habita. Esto ocurre en dos versos
							del poema <title level="a">”Tentación”</title>, que <persName ref="#borges">Borges</persName>
							deplora: <q>“Se extenuaba de amor la tarde quieta / con la ducal decrepitud
							del raso”</q> <bibl><ptr target="#borges_lugones"/>(<author ref="#borges">Borges</author>, <date when="1955">1955</date>, <biblScope unit="page">30</biblScope>)</bibl>. Esa
							relación metafórica sólo comporta un error desde otra estética. En el
							verso cuestionado, <q>“con la ducal decrepitud del raso”</q>, el signo poético
							anhela lo suntuario. Relación fetichista doble: con el cuerpo amado y
							con el cuerpo del poema. La vocación modernista por las gemas, las
							vestiduras lujosas y la suntuosidad —que <persName ref="#leopoldo_lugones">Lugones</persName> no olvida— supone una
							aspiración estética y una creencia. La palabra sería un vehículo mágico
							de la gema o de la vestidura cuando, en verdad, los valores fónicos,
							expresivos, de las palabras que las designan no implican este
							intercambio de valores. Diríamos, gracias a esta traslación, que para el
							poeta modernista las palabras son como gemas o suntuosas vestiduras. Si
							todo objeto que el cuerpo toca lo simboliza, las gemas y vestiduras del
							poema erótico modernista dramatizan la aspiración simbolista del poema:
							contener la escritura del Cosmos. Fetichismo del cuerpo en el poema, que
							mimetiza el fetichismo de la palabra.</p>
						<p> Las relaciones establecidas en <title level="a">“Venus victa”</title> completan su circuito
							significativo con las señaladas en la <title level="a">“Oda a la desnudez”</title>. Estos
							vínculos, si bien con notables variantes estilísticas, pueden rastrearse
							en toda la obra poética de <persName ref="#leopoldo_lugones">Lugones</persName>. Allí el discurso amoroso hace
							aparecer el cuerpo textual del poema, es decir, un cuerpo es pulsado
							como lira.</p>
					</div>
					<div type="bibliography">
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					</div>
				</div>
				<div type="text" subtype="crítica">
					<head> <persName ref="#manuel_puig">Puig</persName>, las relaciones peligrosas</head>
					<byline> <persName ref="#jorge_panesi">Jorge Panesi</persName></byline>
					<div type="introduction">
					<p> Una realidad eje y dos mitologías conexas (forjadas en los códigos sociales
						y en sus espejismos ideológicos) sostienen siempre la narrativa de
						<persName ref="#manuel_puig">Manuel Puig</persName>: la realidad que subyace en la fabulación es la diferencia de los
						sexos; las mitologías irrisorias, imposibles, que tejen los personajes son
						lo masculino en sí —el hombre ideal— y el “eterno” femenino —la esencia de
						la femineidad.</p>
					<p> Un hombre, <persName type="literary_character">Molina</persName>, es el prototipo de lo mujeril; la belleza masculina
						relumbra en el donjuanismo pueblerino de <persName type="literary_character">Juan Carlos</persName> (y se repite en el
							proletario <persName type="literary_character">Josemar</persName>); un vacío primitivo, producido por la figura del padre,
						se colma median te una conversación paterno-filial en la que se tratan de
						aclarar los misterios del poder masculino y de la ley<note resp="#jorge_panesi"
							n="1">En <bibl><title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_beso">El beso de la mujer araña</title>
							(<pubPlace ref="#barcelona">Barcelona</pubPlace>: <publisher ref="#ed_seix_barral">Seix Barral</publisher>, <date when="1976">1976</date>)</bibl>, <bibl><title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_boquitas_pintadas">Boquitas
								pintadas</title> (<pubPlace ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos
								Aires</pubPlace>: <publisher ref="#ed_sudamericana">Sudamericana</publisher>, <date when="1969">1969</date>)</bibl>, <bibl><title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_sangre"
								>Sangre de amor correspondido</title> (<pubPlace ref="#barcelona">Barcelona</pubPlace>: <publisher ref="#ed_seix_barral">Seix Barral</publisher>, <date when="1982">1982</date>)</bibl>,
								<bibl><title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_traicion">La traición de Rita Hayworth</title>
								(<pubPlace ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos Aires</pubPlace>:
							<publisher ref="#ed_jorge_alvarez">Jorge Alvarez</publisher>, <date when="1968">1968</date>)</bibl> y <bibl><title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_maldicion">Maldición eterna a quien
								lea estas páginas</title> (<pubPlace ref="#barcelona">Barcelona</pubPlace>: <publisher ref="#ed_seix_barral">Seix Barral</publisher>, <date when="1980">1980</date>)</bibl>,
							respectivamente. Citamos <bibl><title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_traicion">La traición de Rita
								Hayworth</title> por la 7a edición (<pubPlace
								ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos Aires</pubPlace>: <publisher ref="#ed_sudamericana">Sudamericana</publisher>,
							<date when="1974">1974</date>)</bibl>, abreviando <title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_traicion">LTRH</title>; <bibl><title level="m"
								rend="italic:true;" ref="#puig_boquitas_pintadas">Boquitas pintadas</title> por la 16a edición
								(<pubPlace ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos Aires</pubPlace>:
							<publisher ref="#ed_sudamericana">Sudamericana</publisher>, <date when="1974">1974</date>)</bibl> y <bibl><title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_pubis">Pubis angelical</title> por
							la 1a edición (<pubPlace ref="#barcelona">Barcelona</pubPlace>: <publisher ref="#ed_seix_barral">Seix Barral</publisher>, <date when="1979">1979</date>)</bibl>. Los subrayados de las
							citas, en todos los casos, nos pertenecen.</note>. El pensamiento acerca
						de estas diferencias se revela esencial para los presupuestos que rigen la
						génesis de su universo narrativo.</p></div>
					<div n="1">
						<head> 1. <hi rend="italic:true;">De la voz a la escritura</hi></head>
						<p>
							<title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_traicion">La traición de Rita Hayworth</title> en su
							disposición misma indica el proceso que ha de narrar voces
							indiferenciadas en los capítulos iniciales, escritura en los finales.
								<hi rend="italic:true;">Bildungsroman</hi>, muestra a través de qué
							peripecias, malentendidos y circunstuncias previas alguien se hace
							escritor; <title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_maldicion">Maldición eterna a quien lea estas
								páginas</title> (novela de reiniciación) vuelve sobre el mismo tema,
							contando cómo un hombre, pasada su treintena, y a punto de perderse<note
								resp="#jorge_panesi" n="2">Dos caras de la misma iniciación: <q who="#manuel_puig">“(...) <title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_traicion">LTRH</title>, que es un poco mi infancia y la
								explicación de por qué yo estaba en <placeName ref="#roma">Roma</placeName>, a los treinta años, sin
								carrera, sin dinero (...) Escribir esta novela fue tratar de
								comprender mejor este fracaso”</q> <bibl>(<title level="a" ref="#sosnowski_reportaje_puig">reportaje a <persName ref="#manuel_puig">Manuel Puig</persName> por <persName ref="#saul_sosnowski">Saúl
									Sosnowski</persName></title>, <title level="j" ref="#revista_hispamerica">Hispamérica</title>, <biblScope unit="issue">núm. 3</biblScope>, <date when="1973">1973</date>, <biblScope unit="page">p. 71</biblScope>)</bibl>. <persName type="literary_character">Larry</persName> de <title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_maldicion">Maldición</title>, a punto de “encaminarse”,
								tiene treinta y seis años, la misma edad de <persName ref="#manuel_puig">Puig</persName> al publicar su
								primera novela.</note>, inicia una actividad que ha de
							autoafirmarlo: aquí la novela, semejante a la anterior, parte del
							diálogo entre dos voces y concluye con un epílogo escrito en forma
							epistolar.</p>
						<p> La lectura de los dos primeros capítulos de <title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_traicion">LTRH</title> sumerge al lector en la imprecisión —en la confusión—
							acerca de los locutores predominantemente femeninos. Hay allí una
							ausencia que ocupa ya su lugar en ese universo simbólico determinante
							—el “nenito” innominado, <persName type="literary_character">Toto</persName>— y dos voces masculinas ahogadas, tapadas,
							cubiertas, escondidas por ese diálogo: el abuelo materno (cap. I) y
								<persName type="literary_character">Berto</persName>, el padre (cap. II), en trance de escribir la carta que, a modo de
							revelación, encontraremos al final.</p>
						<p> Tejido (texto) urdido por mujeres, la nove la se autorrepresenta en sus
							primeras frases: <cit><quote source="#puig_traicion">“Me dio más trabajo este mantel que el juego de
							carpetas que son ocho pares..."</quote><bibl><ptr target="#puig_traicion"/> (<biblScope unit="page">p.7</biblScope>)</bibl></cit>; <title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_traicion">LTRH</title>
							tiene dos pares (partes) de ocho capítulos cada una y lo que teje —para
							destejerlo— es un ocultamiento, una ilusión apresada en reverberos incantatorios<note resp="#jorge_panesi" n="3">La apertura y cierre de cada
								parte coincide con el eje masculino-femenino: la primera se abre con
								las voces femeninas en casa de <persName type="literary_character">Mita</persName> y concluye (capítulo VIII) con
									el monólogo de ésta; la segunda comienza con <persName type="literary_character">Héctor</persName> (familia
								paterna) y concluye con la carta del padre.</note>. Lo femenino, la
							voz femenina, es lo que fascina, y, por tanto, promueve la imitación;
							pero también, según la ley de autoengendramiento del <hi
								rend="italic:true;">corpus</hi>, la reproducción es un posible
							ocultamiento, una trampa, una traición, una mentira.</p>
					</div>
					<div n="2">
						<head> 2. <hi rend="italic:true;">La copia y la oralidad: principios
								femeninos</hi></head>
						<p> Lo femenino rige el principio de copia y reproducción en una escritura
							consagrada como hábil para registrar los más finos matices del habla.
							<persName ref="#manuel_puig">Puig</persName> mismo concibe los orígenes de su actividad novelística en términos
							de reproducción; lo que el escritor naciente reproduce en el instante
							primero es una <hi rend="italic:true;">voz femenina</hi>: <q who="#manuel_puig">“[...]
							recordé la voz de una tía. La voz de ella me vino muy clara [...].
							Empecé a registrar esa voz [...]. A lo único que me animaba era a
							registrar voces”</q><note resp="#jorge_panesi" n="4"><bibl><author ref="#saul_sosnowski">Sosnowski</author>, <ref
									rend="italic:true;" target="#sosnowski_reportaje_puig">op. cit</ref>., <biblScope unit="page">p. 71</biblScope></bibl>. El sistema <persName ref="#manuel_puig">Puig</persName>
								introduce una mutación importante a partir de <title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_pubis">Pubis angelical</title>: la <hi
									rend="italic:true;">reproducción</hi> del habla se trueca en <hi
									rend="italic:true;">traducción</hi>. Una argentina dialoga y
								“traduce” modismos porteños a una mejicana, ésta hace lo mismo con
								los mejicanismos. <title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_maldicion">Maldición</title> y <title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_sangre">sangre</title> lo incorporan como proceso
								genético: estas novelas, en su totalidad, se declaran traducción del
								inglés y del portugués (idiomas en los que —hay que suponer— los
								personajes dialogan).</note>. La oralidad una característica
								insistente en <persName ref="#manuel_puig">Puig</persName> (<title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_maldicion">Maldición</title>, <title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_beso">El beso</title> y <title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_sangre">Sangre de
									amor correspondido</title> son fundamentalmente diálogos); <title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_traicion">LTRH</title> confirma esta prominencia de lo oral
							ligándola con lo femenino en un episodio que podríamos llamar “la
							representación de una escena de lectura”, por dos veces se nos cuenta
							<bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 53, p. 85</biblScope>)</bibl> que <persName type="literary_character">Mita</persName> lee el diario “en voz alta” a <persName type="literary_character">Berto</persName>: una voz
							(femenina) que (se) lee.</p>
						<p> <persName type="literary_character">Toto</persName> reflexiona sobre este principio de la copia durante lo que en el
							texto es la escena originaria de la escritura, la siesta parental: <cit><quote source="#puig_traicion">“Sin
							modelo no sé dibujar, con modelo dibujo mejor yo”</quote><bibl><ptr target="#puig_traicion"/> (<biblScope unit="page">p. 73</biblScope></bibl></cit>. La madre <hi
								rend="italic:true;">es</hi> el modelo primero, pero ella misma se
							rige por la copia:<note resp="#jorge_panesi" n="5">Parecido principio en <title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_maldicion">Maldición</title>, donde <persName type="literary_character">Larry</persName> dice <cit><quote source="#puig_maldicion">“Mi madre
									no tenía palabras propias”</quote><bibl><ptr target="#puig_maldicion"/> (<biblScope unit="page">p. 102</biblScope>)</bibl></cit>.</note> ha elegido a <persName type="literary_character">Berto</persName>
										porque se parece, en su belleza, a un artista de cine; <persName type="literary_character">Berto</persName> es la copia
							de su primer modelo/novio, cinematográfico, el actor <persName type="literary_character">Carlos Palau</persName> <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">pp.
							19-29</biblScope>)</bibl>. Así como su madre ha dibujado para él los “cartoncitos” —copia
							gráfica de los films—, <persName type="literary_character">Toto</persName> “copiará” una película en su primer intento
								literario. <persName type="literary_character">Mita</persName> tiene dos deseos que <persName type="literary_character">Toto</persName> colmará uniéndolos en su
							composición: el cine y las letras (quiso inscribirse en la Facultad de
							Letras y tiene “la locura del cine”, <bibl><ptr target="#puig_traicion"/><biblScope unit="page">pp. 18-19</biblScope></bibl>)</p>
						<p> En un principio <persName type="literary_character">Toto</persName>, capturado en esta ley repetitiva, sólo puede
							ejercitar una mímesis sin entenderla del todo: dibujará el aparato
							digestivo-reproductor <q source="#puig_traicion">“como habla un loro”</q> <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 76</biblScope>)</bibl>. Loro que él mismo
							convierte —feminiza— en ”loritas”, animalejos fascinados por la luz,
							pero que <q source="#puig_traicion">“no ven, son como ciegas”</q> <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 115</biblScope>)</bibl>. Estas “loritas” se <hi
								rend="italic:true;">estrellan</hi> contra un cuaderno (la escritura)
							y muestran el otro principio antagónico del hablar-repetir: ver es
								saber;<note resp="#jorge_panesi" n="6">Como señalara para las “ciegas” de
									<title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_boquitas_pintadas">Boquitas pintadas</title> (<persName type="literary_character">Nené</persName> y <persName type="literary_character">Celina</persName>)
									<persName ref="#josefina_ludmer">Josefina Ludmer</persName> en su lectura <bibl><title level="a" ref="#ludmer_boquitas">“Boquitas pintadas, siete recorridos”</title>,
									<title level="j" ref="#revista_actual"><hi rend="italic:true;">Actual</hi> (Revista de la Universidad
								de los Andes)</title>, <pubPlace ref="#merida_venezuela">Mérida</pubPlace>, <date when="1971">enero-diciembre 1971</date>, <biblScope unit="volume">año II</biblScope>, <biblScope unit="issue">8-9</biblScope>, <biblScope unit="page">p. 21</biblScope></bibl>. En
								el primer capítulo se encuentran significantes que se refieren a la
								visión en los nombres de los personajes: <persName type="literary_character"><hi rend="italic:true;"
									>Ber</hi>-to</persName>, <persName type="literary_character"><hi rend="italic:true;">Vio</hi>-leta</persName> y la citada
									<persName type="literary_character">Caba-<hi rend="italic:true;">lús</hi></persName>, unidos al tema de los
										anteojos y la vista deficiente de <persName type="literary_character">Adela</persName>.</note> escribir (leer) es
							revelar lo oculto. El gran peligro que <title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_traicion">LTRH</title>
							esquiva es ese “no saber”: <cit><quote source="#puig_traicion">“por la luz que me alumbra, que me quede <hi
								rend="italic:true;" resp="#jorge_panesi">ciega</hi>”</quote><bibl><ptr target="#puig_traicion"/> (<biblScope unit="page">p. 27</biblScope>)</bibl></cit>, jura <persName type="literary_character">Amparo</persName>, la sirvienta.
							Las voces femeninas del comienzo mencionan un personaje, una actividad y
							un lugar que funcionan como antítesis del mundo que ellas representan;
							se trata de <persName type="literary_character" rend="italic:true">Sofía</persName> (sabiduría) <persName type="literary_character">Caba<hi rend="italic:true">lús</hi></persName>
							(luz), la amiga de <persName type="literary_character">Mita</persName> que, loca por la lectura y encerrada en la
							biblioteca, ya no aparece más por la casa. Por otra parte, la menos
							sabia, la anti-<persName type="literary_character">Sofía</persName>, la que menos ve (tiene miopía), la más “ciega” es,
							precisamente, <persName type="literary_character">Adela</persName>, agente introductor de confusión porque hace
								tambalear la ley paterna (of. la carta de <persName type="literary_character">Berto</persName>). Sabiduría y traición
									son las dos caras “éticas“ del principio femenino.</p>
						<p> La verdad, tanto en <title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_traicion">LTRH</title> como en <title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_maldicion">Maldición</title>, se busca y se halla en lo
							escrito, en la ley paterna que quedó cifrada en los libros (<hi
								rend="italic:true;">Les liaisons dangereuses</hi>) o en una carta.
							Si el padre escribe en <title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_traicion">LTRH</title>, despeja un
							enigma de la trama y levanta los velos de una “traición”; por el
							contrario, el ámbito de <persName type="literary_character">Mita</persName> coincide con la fabulación: su padre pide
							que en una carta se la engañe (<cit><quote source="#puig_traicion">“Decile que estuviste con <persName type="literary_character">Sofía Cabalús</persName>
							dicele una mentira”</quote><bibl><ptr target="#puig_traicion"/>, <biblScope unit="page">p. 18</biblScope></bibl></cit>). Si <persName type="literary_character">Mita</persName> escribe, lo hace para fraguar la
							voz de <persName type="literary_character">Delia</persName>, miente por escrito en una carta (a los padres de <persName type="literary_character">Yamil</persName>, <bibl><ptr target="#puig_traicion"/><biblScope unit="page">p.
							128</biblScope></bibl>).</p>
						<p> En el capítulo IV de <title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_traicion">LTRH</title> estas coordenadas
							(copia-oralidad-ocultamiento) coinciden con un personaje paródicamente
							femenino: <persName type="literary_character">Choli</persName>, la amiga no letrada de <persName type="literary_character">Mita</persName> (pero sí espectadora del
							cine). Es un diálogo-monólogo-espejo donde la falta de réplicas de <persName type="literary_character">Mita</persName>
							indica que ella misma es la réplica de su amiga, su copia especular.
								<persName type="literary_character">Choli</persName> que habla sola en los hoteles y se mira extasiada en pisos
							brillosos y en espejos, está construida por entero sobre la temática del
							reflejo: miente, y para disimular una aventura que ha tenido con un
							hombre, inventa un doble, otra viuda (<q source="#puig_traicion">“viajaba como yo”</q>, <bibl><ptr target="#puig_traicion"/><biblScope unit="page">p. 69</biblScope></bibl>) que <q source="#puig_traicion">“al
							tercer día que lo conoció... le aflojó”</q> <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 68</biblScope>)</bibl>. <persName type="literary_character">Choli</persName> vende cosméticos,
							se pinta, oculta: <q source="#puig_traicion">“con un vestido bien cortado que <hi
								rend="italic:true;" resp="#jorge_panesi">tape</hi> los defectos una mujer queda regia”</q>;
							<q source="#puig_traicion">“(...) atrae más, parece que <hi rend="italic:true;" resp="#jorge_panesi">oculta</hi> un
								pasado”</q> <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 72</biblScope>)</bibl>. “Hollywood cosméticos”: el cine en <title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_traicion">LTRH</title> es un reflejo, un brillo que
							oculta.</p>
						<p> Brillo, espejo u ocultamiento cifrados en dos objetos que circulan por
							todo el relato; o, por mejor decir, un objeto (el cubrecama)<note
								resp="#jorge_panesi" n="7">El cubrecama, en efecto, aparece en el monólogo
								de <persName type="literary_character">Paquita</persName> <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 193</biblScope>)</bibl>, en los dos monólogos de <persName type="literary_character">Toto</persName> <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">pp. 78-94</biblScope>)</bibl>, en el
								de <persName type="literary_character">Teté</persName> <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 106</biblScope>)</bibl> y en la composición <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 281</biblScope>)</bibl>.</note> y una cualidad
							ilusoria (el brillo). El cubrecama que tejen voces maternales (capítulo
							I) cuando irrumpe el “nenito” reaparece en la composición transformado
							en tul de mosquitero, objeto materno que, escribe <persName type="literary_character">Toto</persName>, <q source="#puig_traicion">“me cuida bien
							(...) y me observa (la madre) mejor de lo que soy, <hi
								rend="italic:true;" resp="#jorge_panesi">esfumado</hi> por la trama de un tul..."</q> <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 270</biblScope>)</bibl>. Objeto dual: mejora, pero a la vez ahoga, esfuma. En cuanto al
							brillo, <title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_traicion">LTRH</title> exhibe una obsesionante
							apoteosis de lo que brilla y refleja: “brillan como espejos” se dice a
							cada momento de las superficies que reflejan lo imaginario mismo sujeto
							a la especularidad, el sueño sin forma de lo cotidiano, lo doméstico, la
							minucia pequeñoburguesa reflejándose a sí misma, pero brillando
							amplificada en su propia superficie fascinadora.<note resp="#jorge_panesi"
								n="8"><persName ref="#jean_baudrillard">Jean Baudrillard</persName> trató de establecer una retórica objetal de
								la clase media; entre sus características destaca: la proliferación
								de elementos que cubren o tapan (indicadores o signos que subrayan
								la posesión) y el gusto por lo barnizado, brilloso o esmaltado, que
								reduplica los objetos. Redundancia especular en la que puede leerse
								“la ecuación fundamental de la propiedad: A es A”. <cit><quote source="#baudrillard_objetos">“La simetría,
								junto con la higiene y la moralidad, constituyen la representación
								'espontánea” que las clases medias tienen de la cultura”</quote><bibl> (cf. <title level="a">“La
								moral de los objetos. Función-signo y lógica de clase”</title>, en <title level="m"
									rend="italic:true;" ref="#baudrillard_objetos">Los objetos</title> (<pubPlace
									ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos Aires</pubPlace>: <publisher ref="#ed_tiempo_contemporaneo">Tiempo
								Contemporáneo</publisher>, <date when="1971">1971</date>, <biblScope unit="page">pp. 37-75</biblScope>)</bibl></cit>. El obsesivo brillo en los pisos y
								el interés por la comida son en <title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_traicion">LTRH</title>
								índices de diferenciación social: las sirvientas tienen piso de
								tierra (no puede brillar), pero reproducen los pruritos de limpieza
								pequeñoburgueses: <q source="#puig_traicion">“mi casa será un rancho pero barremos el piso”</q> <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 22</biblScope>)</bibl>; Delia, perteneciente a un estrato más bajo de la clase media,
								observa: <q source="#puig_traicion">"gente que coma caro como en lo de <persName type="literary_character">Mita</persName>...”</q> <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 126</biblScope>)</bibl>; <persName type="literary_character">Amparo</persName>
								se muestra arrobada por las milanesas <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 28</biblScope>)</bibl>.</note></p>
						<p> En <title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_traicion">LTRH</title> lo que se escamotea es el cuerpo,
							el sexo y la identidad <bibl><ptr target="#piglia_puig"/>(<author ref="#ricardo_piglia">Ricardo Piglia</author>)</bibl>;<note resp="#jorge_panesi" n="9"><bibl>Cf.
								<author ref="#ricardo_piglia">Ricardo Piglia</author>, <title level="a" ref="#piglia_puig">“Clase media: cuerpo y destino (Una lectura de <hi
									rend="italic:true;">LTRH</hi> de Manuel Puig)”</title> en <title level="m"
									rend="italic:true;" ref="#nueva_novela_latinoamericana2">Nueva novela latinoamericana 2</title> (<pubPlace ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos
								Aires</pubPlace>: <publisher ref="#ed_paidos">Paidós</publisher>, <date when="1972">1972</date>)</bibl>. <q source="#piglia_puig">"(...) <persName type="literary_character">Toto</persName> ha elegido enmascararse...”</q>; <q source="#piglia_puig">“(...)
								lo que hace es negarse a usar, a <hi rend="italic:true;">vivir</hi>
									su cuerpo”</q> <bibl><ptr target="#piglia_puig"/>(<biblScope unit="page">p. 353</biblScope>)</bibl>.</note> por ello, "cubrir", “tapar", “vestir",
							“velar" y “ahogar", son acciones homologables a “no ver”, ”no saber”. En
							este mundo novelístico en el que hasta el mismísimo Dios se disfraza <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 116</biblScope>)</bibl>, rige la ley moral del disimulo. Apresado en esta ley (<q source="#puig_traicion">“el sexo <hi
								rend="italic:true;">desnudo</hi> sin el maravilloso <hi
								rend="italic:true;">ropaje</hi> del amor es acto puramente animal”</q>,
							<bibl><ptr target="#puig_traicion"/><biblScope unit="page">p. 222</biblScope></bibl>), <persName type="literary_character">Toto</persName> hace su entrada en la novela interesado por los vestidos
							de unos muñecos, por un acto donde los niños se disfrazan y por una
							careta “rosa” (color de “nenas").</p>
					</div>
					<div n="3">
						<head> 3. <hi rend="italic:true;"><persName type="literary_character">Toto</persName>/<persName type="literary_character">Teté</persName>: La careta rosa</hi></head>
						<p> Pintura en cartoncitos, cosméticos, máscara ”rosa” o promotor del anhelo
							mimético (tal la cadena asociativa), en <title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_traicion"
								>LTRH</title> lo femenino oculta mejor: <persName type="literary_character">Toto</persName>, que tiene seis años, para
							esconderse prefiere a los pantalones paternos las polleras de la madre
							<bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 34</biblScope>)</bibl>.</p>
						<p> El disimulo femenil o la propiedad del “espejo que oculta” no es
							solamente anecdótico o explicación de “psicologías”, tiene una
							manifestación estructural en el nivel de los personajes: <persName type="literary_character">Teté</persName> es el
							espejo femenino (la máscara) textual de <persName type="literary_character">Toto</persName> (nótese la similitud
							fonética de los sobrenombres). En primer lugar, las dos figuras son
							inversas y simétricas respecto del eje <persName type="literary_character">Mita</persName>-<persName type="literary_character">Berto</persName>: en el discurso de
							<persName type="literary_character">Teté</persName>, <persName type="literary_character">Mita</persName> sustituye a la madre ausente y enferma de la niña (es
							benéfica: le proporciona un “buen” alimento, la naranja colorada que el
							monólogo opone a los colores de la fantasía mortuoria —azul, blanco
							gris—); del mismo modo, ausente <persName type="literary_character">Berto</persName> a la hora de la siesta, el padre
							de <persName type="literary_character">Teté</persName> lo reemplaza y juega con <persName type="literary_character">Toto</persName>, cumpliendo así su deseo de
							intimidad con la figura paterna. En segundo lugar, igualdades: el padre
							de <persName type="literary_character">Teté</persName> y <persName type="literary_character">Berto</persName> no tienen <q source="#puig_traicion">“ni papá ni mamá”</q> <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 117</biblScope>)</bibl>; a <persName type="literary_character">Toto</persName> se le
							prohíben juegos de “nenas” (vestidos de muñecas, cartoncitos), a <persName type="literary_character">Teté</persName> le
							indican que no debe montar a caballo como los varones <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 104</biblScope>)</bibl>. <persName type="literary_character">Teté</persName> se
							identifica con su mamá por medio de la enfermedad, la muerte y la
							obsesión de rituales, promesas, rezos: <persName type="literary_character">Toto</persName> se identifica con la suya
							por medio de otra religión, el cine (y sus rituales: cortar, dibujar,
							colorear, archivar cartoncitos). La madre de <persName type="literary_character">Teté</persName> es religiosa; <persName type="literary_character">Mita</persName>,
							atea (perfecta simetría). La especularidad de las dos figuras queda
							dicha en el texto: <q source="#puig_traicion">“se le pegó todo de la <persName type="literary_character">Teté</persName>”</q> <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 185</biblScope>)</bibl>.</p>
						<p> Lo que fundamentalmente se “esconde” en esta especularidad textual
							(<persName type="literary_character">Toto</persName>/<persName type="literary_character">Teté</persName>) es una relación tanática.<note resp="#jorge_panesi" n="10">Desde
								luego, también se “esconde” o se escamotea el narrador: una
								característica constante en la literatura de <persName ref="#manuel_puig">Puig</persName>.</note> <persName type="literary_character">Toto</persName>,
							celoso de su hermanito ha deseado “con el pensamiento” la muerte de su
							madre; la relación dual, destructiva y mortífera<note resp="#jorge_panesi"
								n="11"><hi rend="italic:true;">Destructiva</hi> y <hi
									rend="italic:true;">mortífera</hi> un mismo significante <hi
									rend="italic:true;">cuchillo/bisturí</hi> permite unir
								“madre-hijo” en dos escenas agresivas y tanáticas: a) <persName type="literary_character">Toto</persName> <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 142</biblScope>)</bibl>
								clava un cuchillo a una sirvienta, acto comentado por <persName type="literary_character">Delia</persName>: <q source="#puig_traicion">“¿Si
								está siempre pegado a <persName type="literary_character">Mita</persName>, dónde se volvió asesino este chico?”</q> He
								ahí la causa, sería la respuesta. b) <persName type="literary_character">Mita</persName>, al enterarse de la muerte
								de su hijo, insistentemente metaforiza su dolor por medio de un
								bisturí que revuelven en su cuerpo <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">pp. 155-156</biblScope>)</bibl>.</note> se
							desarrolla —o se piensa— en dos monólogos estrechamente ligados entre
							sí: el de <persName type="literary_character">Mita</persName> (que narra la muerte de su niño) y el de <persName type="literary_character">Teté</persName>. En ellos
							dos se concentra la mayor cantidad de referencias al movimiento de <hi
								rend="italic:true;">ahogo</hi>, de <hi rend="italic:true;"
								>asfixia</hi>, que obsesiona a los personajes en <placeName type="#literary_place">Coronel
								Vallejos</placeName><note resp="#jorge_panesi" n="12">Ahogo que tiene un agente
								productor: el polvo, la tierra, característicos de <placeName type="#literary_place">Coronel Vallejos</placeName>.
								Por eso <persName type="literary_character">Mita</persName>, encerrada en su mundo de sueños, ha hecho sellar las
									puertas para que no penetre el invasor <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 144</biblScope>)</bibl>. El pueblo (la
								realidad) y su atmósfera son lo asfixiante. El cuerpo escamoteado
								<bibl>(cf. <author ref="#ricardo_piglia">R. Piglia</author>, <ref target="#piglia_puig">op. cit.</ref>)</bibl> vuelve —como lo reprimido— en forma de
								enfermedades. Predominan las pulmonares, que suponen la asfixia: el
								nuevo bebé de <persName type="literary_character">Mita</persName> sufre un ahogo <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 204</biblScope>)</bibl>; <persName type="literary_character">Herminia</persName> padece asma y
									cree estar tuberculosa <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 29</biblScope>)</bibl>; <persName type="literary_character">Celia</persName>, tía paterna de <persName type="literary_character">Paquita</persName>, muere
									por igual causa <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 190</biblScope>)</bibl>; se citan novelas cuyos protagonistas
								padecen de tuberculosis: <title level="m" rend="italic:true;" ref="#isaacs_maria">María</title>, <hi
									rend="italic:true;">El loco</hi>, <title level="m" rend="italic:true;" ref="#mann_montania_magica">La
									montaña mágica</title> .</note>. <persName type="literary_character">Teté</persName> en su discurso imagina cómo
							<persName type="literary_character">Mita</persName> ahoga a <persName type="literary_character">Toto</persName>  <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 119</biblScope>)</bibl>; el bebito ha nacido con un “defecto de
							respiración” y muere por asfixia; como compensación a esta muerte, <persName type="literary_character">Mita</persName>
							empequeñece imaginariamente a <persName type="literary_character">Toto</persName> casi hasta restituirlo a su cuerpo:
							<q source="#puig_traicion">“Me ha quedado nada más que un brote, un botón”</q>  <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 163</biblScope>)</bibl>, dice haciendo
							una asociación botánica (<persName type="literary_character">Mita</persName> ama las plantas). Asociación botánica que
							no carece de importancia, pues el pequeño <persName type="literary_character">Toto</persName>, ante las revelaciones
							sexuales de cierta vecinita, recuerda una devoradora planta carnívora
							que crece en el fondo del mar. La planta carnívora es una oscura mezcla
							de terrores fantásticos primitivos, en la que se conjugan lo materno
							devorador y dos significantes textuales adheridos a lo masculino: <hi
								rend="italic:true;">el mar</hi> y <hi rend="italic:true;">los
								pelos</hi>.<note resp="#jorge_panesi" n="13">a) <hi rend="italic:true;"
									>Mar</hi>. Los dos prototipos del machismo (<persName type="literary_character">Hector</persName>-<persName type="literary_character">Cobito</persName>) están
										asociados con el agua: <persName type="literary_character">Cobito</persName> tiene pasión por pescar en el río
									<placeName ref="#rio_parana">Paraná</placeName>  <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 233</biblScope>)</bibl>; <persName type="literary_character">Héctor</persName> se prepara para ingresar en el Colegio
								Naval. El modelo de belleza masculina se llama <persName
									rend="italic:true;" type="literary_character">Adhemar</persName>. Asociación que <persName type="literary_character">Herminia</persName> la
									virgen solterona, confirma: <q source="#puig_traicion">“nunca vi el mar”</q>  <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 313</biblScope>)</bibl>. Nótese que
								el protagonista de <title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_sangre">Sangre de amor
									correspondido</title> es <persName type="literary_character">Josemar</persName>. b) <hi rend="italic:true;"
										>Pelos</hi>: <q source="#puig_traicion">“pelos en el pito”</q>,  <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 43</biblScope>)</bibl>; <q>“que se dice cabello,
											pelo es para los hombres o los animales”</q>  <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 77</biblScope>)</bibl>. En <persName type="literary_character">Héctor</persName>, con su
								pasión por los animales, estas cadenas se asocian: una forma de
								desavalorizar el machismo  <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 170</biblScope>)</bibl>.</note></p>
					</div>
					<div n="4">
						<head> 4. <hi rend="italic:true;">Del ver al contar: los hombres no
								cuentan.</hi><note resp="#jorge_panesi" n="14">Dos procesos de
								transformación subyacen en <title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_traicion">LTRH</title> y se
								narran: 1°) cómo se convierte la voz en escritura; 2°) cómo un
								espectáculo predominantemente visual se transforma en un relato oral
								o escrito.</note></head>
						<p> Terror. Y justificado, pues la novela indica que las posiciones
							masculinas son, para su héroe, imposibles. Para urdir este destino, dos
							“traiciones” se alían: la del padre y la de <persName type="literary_character">Mita</persName>. Esta última acapara la
							mayor cantidad de dobleces: frente a la ley paterna (de lo cual la carta
							final es una queja); en sus objetos (tiene dos amigas antagónicas que
							representan principios opuestos: <persName type="literary_character">Sofía</persName> vive encerrada, es la
								intelectual; <persName type="literary_character">Choli</persName>, la frívola, viaja y, casi ignorante, no sabe dónde
							queda <placeName ref="#londres">Londres</placeName>); en sus objetos-hijos que divide tajantemente: <q source="#puig_traicion">“[su]
							nene-hombre”</q> (<persName type="literary_character">Héctor</persName>) y su nene... (<persName type="literary_character">Toto</persName>);<note resp="#jorge_panesi" n="15"
								>Los puntos suspensivos pertenecen al texto (monólogo de <persName type="literary_character">Mita</persName>): <cit><quote source="#puig_traicion">“con
								él [el bebé muerto] sí que iba a estar contento <persName type="literary_character">Berto</persName>, no con este
									flojo, con este... gallina de <persName type="literary_character">Toto</persName>”</quote> <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 159</biblScope>)</bibl></cit>.</note> en el lenguaje:
							ella, que se muestra <q source="#puig_traicion">“tan fina”</q> —observa <persName type="literary_character">Delia</persName>—, tiene <q source="#puig_traicion">“una lengua de
							carrero”</q>, etc. Taimadas, escondedoras, de las mujeres que recorren <title level="m"
								rend="italic:true;" ref="#puig_traicion">LTRH</title> no se puede estar seguro. Es lo que
								<persName type="literary_character">Toto</persName> descubre en una temprana figura femenina, <persName type="literary_character">Alicita</persName>; quiere ser su
							novio, pero una imperceptible nadería le infunde desconfianza: <q source="#puig_traicion">“no me
								contesta si le hablo y me dice mentiras guiñando los ojos”</q>  <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 87</biblScope>)</bibl>.</p>
						<p> Moldeada en esta dualidad imaginaria, la ley paterna bascula entre las
							posiciones irreconciliables del todo-nada. En <title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_traicion"
								>LTRH</title> como en <title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_maldicion">Maldición</title> su
							estructura hay que referirla a lo que se conoce como <hi
								rend="italic:true;">padre ideal</hi> o <hi rend="italic:true;">padre
								idealizado</hi>.<note resp="#jorge_panesi" n="16"><bibl>Cf. <author ref="#moustapha_safouan">Moustapha Safouan</author>,
								<title level="a">“La figura del padre ideal y sus incidencias sobre la relación del
								sujeto con la verdad”</title>, en <title level="m" rend="italic:true;" ref="#safouan_estudios_edipo">Estudios sobre el
									Edipo</title> (<pubPlace ref="#ciudad_mexico">México</pubPlace>: <publisher ref="#ed_sigloxxi">Siglo XXI</publisher>, <date when="1977">1977</date>)</bibl>, y <bibl><author ref="#guy_rosolato">Guy Rosolato</author>, <title level="a">“Del
								padre”</title>, en <title level="m" rend="italic:true;" ref="#rosolato_ensayos_simbolico">Ensayos sobre lo simbólico</title>
								(<pubPlace ref="#madrid">Madrid</pubPlace>: <publisher ref="#ed_anagrama">Anagrama</publisher>, <date when="1974">1974</date>)</bibl>. La dualidad de la ley paterna, las
								dualidades oralidad-escritura y masculino-femenino se reúnen en los
								dos legados contradictorios del <persName type="literary_character">Sr. Ramírez</persName>: un testamento escrito
									en el que deja su verdad a un hombre (<persName type="literary_character">Larry</persName>) y su donación hecha
								verbalmente, que tiene a una mujer como testigo (la enfermera). Una
								imagen capital de la vacilación la encontramos en <title level="m"
									rend="italic:true;" ref="#puig_traicion">LTRH</title> cuando <persName type="literary_character">Toto</persName> solicita a <persName type="literary_character">Berto</persName> que
									lo lleve al baño de varones  <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 33</biblScope>)</bibl></note> Contradictorio rostro de
							<persName type="deity">Jano</persName>, se presenta como una blanda bondad, o bien como sentencia de
							aniquilación total. <q source="#puig_traicion">“Tu papá es el más bueno de todos”</q>, le dicen a <persName type="literary_character">Toto</persName>;
							lo que no invalida la amenaza implícita en el otro polo de su ley dual:
							<q source="#puig_traicion">“el día que te ponga la mano encima te deshago”</q>. O todo bondad o
							aterrorizador poder de destrucción, su inmediatez deshace.</p>
						<p> La ley paterna es débil e ineficaz porque vacila: prohíbe que juegue con
							vestiditos y luego perdona el castigo; dice que “los hombres no lloran”,
							y el hijo descubre el llanto del hombre cuando talan los árboles (que,
							como veremos, se relacionan, en <persName ref="#manuel_puig">Puig</persName>, con el poder genésico masculino).
							La <q source="#puig_traicion">“doble faz”</q>  <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">pp. 306-307</biblScope>)</bibl> se revela en una película que <persName type="literary_character">Toto</persName> cuenta a
							<persName type="literary_character">Herminia</persName>: un señor feudal educa a sus hijos según dos códigos
							contradictorios y los conduce a un desastre que luego castiga
							implacable. Al subsumirse en la instancia materna, la posición del padre
							es la del "bobo”, según descubre <persName type="literary_character">Toto</persName> en la única identificación
							cinematográfica de <persName type="literary_character">Berto</persName>: <q source="#puig_traicion">“A papá le gusta cuando [<persName ref="#rita_hayworth">Rita Hayworth</persName>] le
							hacía 'Toro, toro' a <persName ref="#tyrone_power">Tyrone Power</persName>, él arrodillado como un bobo (...) y
							ella se reía de él que al final lo deja”</q>.</p>
						<p>
							<title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_traicion">LTRH</title> , que transforma frases del lenguaje
							popular en secuencias narrativas<note resp="#jorge_panesi" n="17"><persName type="literary_character">Esther</persName> es el
								desarrollo de un estereotipo femenino que proviene del tango <title level="a"
									rend="italic:true;">Milonguita</title>. <bibl>Cf. <author ref="#idea_vilarinio">I. Vilariño</author> <title level="m"
									rend="italic:true;" ref="#vilarinio_tangos">Tangos</title>, <biblScope unit="volume">vol. I</biblScope> (<pubPlace
									ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos Aires</pubPlace>: <publisher ref="#ed_ceal">Cedal</publisher>,
								<date when="1981">1981</date>), <biblScope unit="page">p. 22</biblScope></bibl>. <persName type="literary_character">Esther</persName> tiene su cuaderno manchado de <hi
									rend="italic:true;">grasa</hi>: esto ilustra el calificativo
								que en <placeName ref="#argentina">Argentina</placeName> se daba a
								los obreros peronistas. Otra equivalencia que la novela desarrolla
								abundantemente (proviene también del lenguaje familiar) es la de
								comer-copular-violar (cf. el monólogo de <persName type="literary_character">Cobito</persName>). Quien más come es
								<persName type="literary_character">Toto</persName> (“come todo”, “como morfa”, “tragalibros”); es un <hi
									rend="italic:true;">comilón</hi>, un <hi rend="italic:true;"
									>morfón</hi>, apelativo con que el <hi rend="italic:true;"
									>argot</hi> masculino designa a los homosexuales pasivos. La
								novela calla este apelativo, pero por otro lado trabaja la
								equivalencia, la exhibe.</note>, muestra esta debilidad desde el
							inicio: mientras que el abuelo <hi rend="italic:true;">materno</hi>
							puede matar una gallina, <persName type="literary_character">Berto</persName> no se anima a matar una araña. “Incapaz
							de matar una mosca” (“araña”, en este caso) es la frase que genera la
							escena y define la ley.</p>
						<p>
							<title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_maldicion">Maldición</title>, con no menos claridad, pero con
							mayor esquematismo psicoanalítico, reitera esta imagen y la bifurca en
							las dos voces que hablan. <persName type="literary_character">Larry</persName> (catálogo de <hi rend="italic:true;"
								>idées recues</hi>) dice de su padre: <cit><quote source="#puig_maldicion">“Tenía una parte buena mansa
							y otra violenta, ciega. Tal vez porque ante mi madre agachaba la cabeza
							a cada rato”</quote> <bibl><ptr target="#puig_maldicion"/>(<biblScope unit="page">p. 44</biblScope>)</bibl></cit>; <persName type="literary_character">Ramírez</persName>, por su parte, reproduce con su familia
							las mismas características amenazantes de <persName type="literary_character">Berto</persName>: <cit><quote source="#puig_maldicion">“No se animaban
							siquiera a respirar (...) si yo dormía (...) tenían que permanecer
							callados (...) yo explotaba en cóleras atemorizantes”</quote> <bibl><ptr target="#puig_maldicion"/>(<biblScope unit="page">p. 257</biblScope>)</bibl></cit>.</p>
						<p> Sin embargo, la ley paterna no es “boba” en lo que se refiere a sus
							determinaciones simbólicas. Obsérvese que en las siestas (lugar que <title level="m"
								rend="italic:true;" ref="#puig_traicion">LTHR</title> piensa como origen) <persName type="literary_character">Berto</persName> ejerce con
							sus amenazas apocalípticas una interdicción capital en la génesis de la
							escritura: su ley es efectiva cuando impide el ruido y la palabra. Hace
							desconectar el timbre, impone el silencio y obliga a <persName type="literary_character">Toto</persName> a esfumar su
							voz o a escribirla (éste, respetando el sueño paterno, dibuja, pinta
							letras chinas y árabes, <bibl><ptr target="#puig_traicion"/><biblScope unit="page">p. 74</biblScope></bibl>). Silencio que se impone desde el
							comienzo, cuando <persName type="literary_character">Toto</persName> aún no habla; las primeras palabras del padre que
							la novela registra se refieren a la interdicción de la voz: <q source="#puig_traicion">“Hacé callar
								a ese chico..."</q> <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 23</biblScope>)</bibl>.</p>
						<p> El silencio está en el engendramiento de la escritura, pero también en
							el molde con que <title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_traicion">LTRH</title> forja sus personajes
							masculinos, abrevando coincidentemente en ciertos estereotipos sociales.
							Un primer corolario de semejante ley textual sería: <hi
								rend="italic:true;">los hombres no hablan</hi>. Un dependiente
							“bochinchero" inspira tal desconfianza a <persName type="literary_character">Berto</persName> que <q source="#puig_traicion">“está seguro que no
								va a durar un mes y lo va a echar”</q> <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 75</biblScope>)</bibl>. <persName type="literary_character">Choli</persName> traza el estereotipo
							cuando describe a su marido: <q source="#puig_traicion">“de pocas palabras, (...) que le gusta
								estar en silencio al lado tuyo”</q> <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 67</biblScope>)</bibl>; <persName type="literary_character">Herminia</persName> sigue el modelo, el
							marido ideal que no tuvo debería haber sido “callado” <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 311</biblScope>)</bibl>; y
							<persName type="literary_character">Esther</persName>, en su diario, describe a <persName type="literary_character">Héctor</persName>, prototipo machista, <q source="#puig_traicion">“silencioso
								como la primera letra de tu nombre”</q> <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 243</biblScope>)</bibl>. <persName type="literary_character">Teté</persName> permite corroborar
							que la ley paterna se conecta con el silencio y la escritura: su abuelo
							no puede hablar porque tiene parálisis (o bien habla “despacio”); su
							padre ha sido periodista, tuvo una imprenta y le escribe versos <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 141</biblScope>)</bibl></p>
						<p> Segundo corolario: <hi rend="italic:true;">los hombres no cuentan</hi>.
							<persName type="literary_character">Berto</persName>, en su primera aparición, prohíbe a <persName type="literary_character">Amparo</persName> revelar que él ha
								espiado la conversación entre su mujer y <persName type="literary_character">Adela</persName>. Esta prohibición, tan
							contundente como la anterior, deja sus huellas en el cuerpo de la
							sirvienta, reclama juramentos. El mismo se somete a la ley: no enviará
							la carta, no contará lo que ha visto, lo que ha sabido. Pero, por ello
							mismo, su silencio es sujeción al orden femenino, exhibe con claridad
							que los hombres “no cuentan” (no importan) porque se rinden ante un
							poder al que se hallan sometidos. La prohibición paterna de contar recae
							sobre <persName type="literary_character">Toto</persName> en forma desplazada, es <persName type="literary_character">Raúl García</persName> quien lo amenaza con
							<q source="#puig_traicion">“romper[le] la cabeza”</q> <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 101</biblScope>)</bibl> si revela la escena erótica que
							protagonizó con <persName type="literary_character">Paqui</persName>. Contar lo visto (lo sabido) equivale a ponerse,
							en una posición transgresiva, y <persName type="literary_character">Toto</persName> (“cuentero”, “charlatán”,
							“alcahuete”) es quien va más lejos en esta transgresión, ocupando el
							mismo lugar que la novela asigna a <persName type="literary_character">Ramos</persName>, un amigo perverso de <persName type="literary_character">Choli</persName>.
							<persName type="literary_character">Ramos</persName> (<q source="#puig_traicion">“tan educado [...] que ni una niña”</q>, <bibl><ptr target="#puig_traicion"/><biblScope unit="page">p. 61</biblScope></bibl>) no sólo exige que
								<persName type="literary_character">Choli</persName> revele intimidades de su marido, sino que convierte —como <persName type="literary_character">Toto</persName> con
							el cine— un espectáculo teatral en relato <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 61</biblScope>)</bibl>.</p>
						<p> La potencia de verdad que encierran las narraciones de <persName ref="#manuel_puig">Puig</persName> se halla en
							este núcleo productivo: un transgresor, ubicado en el intersticio de la
							ley, fabula sobre una fábula y con ello desnuda a la vez la modificación
							y el poder opresivo del orden: es lo que cuenta <title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_beso"
								>El beso de la mujer araña</title> al unir dos excluidos, dos
							exclusiones, dos transgresiones.</p>
					</div>
					<div n="5">
						<p> 5. <hi rend="italic:true;">El circuito voraz del contar</hi></p>
						<p> Escapado de la ley masculina, el contar un espectáculo supone, en este
							universo, participar de lo que podría llamarse “un circuito narrativo
							voraz”. Unido; por el contrario; al mundo materno, es imaginario; oral y
							revestido con atributos nutricios. <title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_traicion">LTRH</title>
							tematiza la voracidad con las abundantes referencias a la comida que
							diseminan los personajes (<persName type="literary_character">Toto</persName>, el “cuentero”, es precisamente el más
							voraz); pero también presenta una escena donde es posible probar que la
							apetencia es narrativa, deseo de ficción. <persName type="literary_character">Mita</persName>, enferma, no ha podido ir
							al cine <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 149</biblScope>)</bibl> y describe así ese circuito ansioso en el que se
							intercambian narraciones: <cit><quote source="#puig_traicion">"<title level="m">'La puerta de oro'</title> me contó el <persName type="literary_character">Toto</persName> a la ida
							y a la vuelta me iba a contar otra que yo no vi [...] y a la vuelta
							[...] le conté yo. Con los ojos abiertos, abiertos, 'más y más' que le
							contara"</quote></cit>.</p>
						<p>
							<title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_beso">El beso</title> y <title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_maldicion"
								>Maldición</title> contienen abundantes referencias a la comida; en la
							primera se trata de un factor ligado con la trama (la comida que <persName type="literary_character">Molina</persName>,
							el homosexual, finge traída por su madre es un señuelo concedido por la
							policía para ganar la confianza de <persName type="literary_character">Valentín</persName>). <title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_beso">El
								beso</title>, en la voz femenina y “materna” de <persName type="literary_character">Molina</persName>, hace circular
							dos elementos que sostienen la estructura narrativa: la comida y el
							alimento imaginario de las películas que relata (<q source="#puig_beso">“me acostumbró —dice
								<persName type="literary_character">Valentín</persName>— a contarme películas como un arroró"</q>, <bibl><ptr target="#puig_beso"/><biblScope unit="page">p. 285</biblScope></bibl>). En <title level="m"
								rend="italic:true;" ref="#puig_traicion">LTRH</title> como en <title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_maldicion"
								>Maldición</title> —fuertemente ligadas entre sí— se establece la misma
							homología entre comer y copular<note resp="#jorge_panesi" n="18"><cit><quote source="#puig_maldicion">”Una vez le
								pregunté al médico sobre esas sensaciones (sexuales). Me pidió que
								pensara en una comida muy apetente...”</quote><bibl> (<title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_maldicion"
									>Maldición</title>, <biblScope unit="page">p. 75</biblScope>)</bibl></cit></note>, pero en la última, además, se
									trabaja con una voz "ingenua” (<persName type="literary_character">Ramírez</persName>) que “vampiriza” a la obra
							solicitando relatos, detalles, verosimilitudes realistas: <q source="#puig_maldicion">“Usted es como
								un vampiro; se alimenta de la vida de los demás”</q> <bibl><ptr target="#puig_maldicion"/>(<biblScope unit="page">p. 89</biblScope>)</bibl>, dice <persName type="literary_character">Larry</persName>;
							<cit><quote source="#puig_maldicion">“[...] Es como si quisiera que lo llenase de pensamientos, ideas,
							sensaciones: A veces me da la impresión de que me quiere sorber la vida;
							como una coca-cola”</quote> <bibl><ptr target="#puig_maldicion"/>(<biblScope unit="page">p. 55</biblScope>)</bibl></cit>.</p>
						<p> Esta voracidad; este vampirismo, pueden leer se en <persName ref="#manuel_puig">Puig</persName> como la
							representación de su propia “máquina" narrativa (insaciable “compendio
							de minucias”<note resp="#jorge_panesi" n="19"><bibl><author ref="#alicia_borinsky">Alicia Borinsky</author>, <title level="m"
									rend="italic:true;" ref="#borinsky_ver_visto">Ver/Ser visto (Notas para la poética)</title> (<pubPlace ref="#barcelona">Barcelona</pubPlace>: <publisher ref="#ed_bosch">Bosch</publisher>; <date when="1978">1978</date>), <biblScope unit="page">p. 58</biblScope></bibl>: Se
								refiere a <title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_beso">El beso de la mujer
								araña</title>.</note> en cuanto reproducción realista, y especie de
							fabulosa, cascada diegética, cuan do usa géneros menores u otros códigos
							narrativos).</p>
						<p> Narrar implica en <persName ref="#manuel_puig">Puig</persName> ejercer la seducción, contar es ejercitar un
							poder que el erotismo confiere; por eso <persName type="literary_character">Toto</persName>, en su composición, imagina
							la felicidad amorosa como un intercambio de relatos: <q source="#puig_traicion">“finalmente podrán
								contarse tantas cosas”</q> <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 269</biblScope>)</bibl>, dice de <persName type="literary_character">Carla</persName> y <persName type="literary_character">Johann</persName>, la pareja
							protagonista de <q source="#puig_traicion">“la película que más [le] gustó"</q>. En <title level="m"
								rend="italic:true;" ref="#puig_beso">El beso</title> está claro que la donación de
							alimentos: y relatos es el mecanismo seductor que <persName type="literary_character">Molina</persName> despliega para
								atraer a <persName type="literary_character">Valentín</persName>, pero en esencia se trata del mismo artilugio con: que
							el homosexual <persName type="literary_character">Ramos</persName> —otro relator de espectáculos— ha fascinado a <persName type="literary_character">Choli</persName>.
							Sin duda, en la narrativa de <persName ref="#manuel_puig">Puig</persName> el lector, ante todo, debe ser
							seducido, atrapado en los efectos de un contar que se define como
							posición “femenina”. El poder de la fabulación se muestra en su origen
							ligado a una frase del lenguaje infantil: a los niños que dicen mentiras
							les salen jorobas o les crecen colitas. <persName type="literary_character">Toto</persName> evoca con complacencia esta
							amenaza; que en vez de horrorizarlo lo fascina: luego de recordar con
							odio a su maestra, que blande un puntero, en sucesión metonímica aparece
							la mentira y su consecuencia, la colita. El capítulo concluye con una
							imagen de poder: <persName type="literary_character">Toto</persName>, entre las nubes, ve pequeñito a <placeName type="literary_place">Vallejos</placeName> y, como
							revancha, <q source="#puig_traicion">“la maestra con el puntero está chiquita abajo en la escuela”</q>
							<bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 47</biblScope>)</bibl>. <persName type="literary_character">Toto</persName> siente crecer su propio poderío: la fabulación, la
							ficción.</p>
						<p> Hay una escena matriz en <title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_traicion">LTRH</title> donde se
							concentra una enorme cuota de deseo (deseo de comunicación, deseo
							narrativo y erótico); es una fantasía de intimidad con <persName type="literary_character">Raúl García</persName>,
							forjada por <persName type="literary_character">Toto</persName> como una película de aventuras:</p>
						<p> <cit><quote source="#puig_traicion">[...} y me salva y en la cabaña tiene preparado un cívico con sánguches
							de miga [la comida], y yo le cuento todo como es <placeName
								ref="#buenos_aires_ciudad">Buenos Aires</placeName> y después todas
							las noches le cuento una obra distinta y después empiezo a contarle
							cintas...</quote> <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 91</biblScope>)</bibl></cit>.</p>
						<p> Si el mundo de <persName type="literary_character">Raúl García</persName> se presenta previamente como el reinado de lo
							pura y exclusivamente masculino (<q source="#puig_traicion">“no tiene madre”</q>, <q source="#puig_traicion">“viven los dos
								hermanos con el padre [...] y no se hablan nunca”</q>, <bibl><ptr target="#puig_traicion"/><biblScope unit="page">pp. 91-92</biblScope></bibl>), si los
							hombres no hablan ni cuentan, el deseo de hablar y narrar se teje sobre
							la necesidad de intimar con la figura paterna (los “sánguches de miga”
							son los que <persName type="literary_character">Toto</persName> no comió cuando luego de ver <title level="m">“Sangre y arena”</title> no fueron
							con su padre a la confitería, <bibl><ptr target="#puig_traicion"/><biblScope unit="page">p. 88</biblScope></bibl>). Escena matriz porque permite
							desarrollar situaciones que llamaríamos “de intimidad coloquial entre
							hombres solos”; ésa es la estructura que sostiene <title level="m"
								rend="italic:true;" ref="#puig_beso">El beso de la mujer araña</title> y <title level="m"
								rend="italic:true;" ref="#puig_maldicion">Maldición eterna a quien lea estas páginas</title>,
							donde justamente dos hombres hablan y cuentan, revirtiendo así lo que en
								<title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_traicion">LTRH</title> se daba como situación
							escamoteada.</p>
					</div>
					<div n="6">
						<head> 6. <hi rend="italic:true;">Las relaciones peligrosas</hi></head>
						<p>
							<title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_maldicion">Maldición</title> es en su anécdota un diálogo
							entre dos hombres que intercambian alternativamente los papeles de padre
							e hijo en una estructura circular e imaginaria: el pasado de <persName type="literary_character">Ramírez</persName>
								sirve como referencia paterna a <persName type="literary_character">Larry</persName>, pero la indefensión casi infantil
							del argentino lo constituye en hijo. Re-escribe <title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_traicion"
								>LTRH</title>, y no es una figura retórica: el eje de la relación son
									unos libros sobre los que <persName type="literary_character">Ramírez</persName> ha escrito en clave; allí en
							particular reproduce una carta del hijo, lamento de decepción y
							reproche. Esta <hi rend="italic:true;">Carta al padre</hi> de la
							literatura hispanoamericana actual <bibl><ptr target="#rama_dialogo_imposible"/>(<author ref="#angel_rama">Angel Rama</author>)</bibl>,<note resp="jorge_panesi"
								n="20"><bibl><author ref="#angel_rama">Angel Rama</author>, <title level="a" ref="#rama_dialogo_imposible">“El diálogo imposible”</title>, en <title level="j"
									rend="italic:true;">Sábado</title> (suplemento de <title level="j"
									rend="italic:true;" ref="#revista_unomasuno">Unomásuno</title>), <placeName ref="#ciudad_mexico">México</placeName>, <date when="1981-11-21">21 noviembre
								1981</date></bibl>.</note> en verdad continúa la carta de decepción y reproche que
							escribiera <persName type="literary_character">Berto</persName>, carta que no es <hi rend="italic:true;">del</hi>
							padre, sino <hi rend="italic:true;">al</hi> padre, pues está dirigida a
							su hermano mayor, que ha oficiado como tal. Con <title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_maldicion"
								>Maldición</title> se escribe en clave sobre <title level="m" rend="italic:true;" ref="#choderlos_amistades_peligrosas"
								>Les liaisons dangereuses</title> (novela epistolar), se vuelve sobre
							el tema de la carta y las relaciones peligrosas, que no son sólo las
							familiares. En efecto, la pérdida de la memoria del argentino convierte
							su pasado en referente vacío o vaciado, signo de una zona de la que no
							se quiere hablar. Otra relación peligrosa.</p>
						<p> <persName ref="#manuel_puig">Puig</persName>, que en sus narraciones siempre se ha preocupado por insertar la
							historia política argentina (el centro es el peronismo), a partir de <title level="m"
								rend="italic:true;" ref="#puig_pubis">Pubis angelical</title> la hace girar en torno a
							personajes <hi rend="italic:true;">enfermos</hi> que determinan la
							trama; significativa inmovilidad de <persName type="literary_character">Ana</persName>, amnesia en <persName type="literary_character">Ramírez</persName>:
							congelamiento y olvido.</p>
						<p> En <title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_traicion">LTRH</title> se liga la escritura con la
							memoria: <persName type="literary_character">Toto</persName> posee una memoria excelente <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 112</biblScope>)</bibl> y <persName type="literary_character">Herminia</persName> parece
							desarrollar —negándola— una teoría de la escritura como huella material
							en los cuerpos: escribir es recuperar el cuerpo que el enunciado
							representa como oculto, “transparente”, o tapado. <title level="m"
								rend="italic:true;" ref="#puig_traicion">LTRH</title>, al volverse cronológicamente sobre
							el pasado (<date when="1933">1933</date>-<date when="1948">1948</date>-<date when="1933">1933</date>), ostenta en su estructura temporal ese gesto
							de rememoración, de recuperación, que ha emprendido el sujeto de la
							escritura. Se rememoran las relaciones familiares y sociales. En cambio,
								<persName type="literary_character">Ramírez</persName>, narratario minucioso, voraz y realista, pretende saber qué hay
							dentro de una canasta de <hi rend="italic:true;">picnic</hi> y luego qué
							dentro de los emparedados; <q source="#puig_maldicion">“no hay nada adentro, cubren un hueco"</q> <bibl><ptr target="#puig_maldicion"/>(<biblScope unit="page">p. 185</biblScope>)</bibl> es la respuesta de <persName type="literary_character">Larry</persName>, que inscribe un vacío referencial (el
							reciente pasado argentino es un débil marco sin desarrollo narrativo),
							pero también un “hueco” lingüístico: los personajes hablan una jerga
							neutra, sin localismos ni sabor. Si <q source="tinianov_teoria_literatura">“la vida social entra en correlación
							con la literatura, ante todo, por su aspecto verbal”</q>,<note
								resp="#jorge_panesi" n="21"><bibl><author ref="#tinianov">J. <choice><sic>Rynianov</sic> <corr>Tynianov</corr></choice></author>, <title rend="italic:true" level="a">“De
									l'evolution littéraire</title>”, en <title level="m" rend="italic:true;" ref="#tinianov_teoria_literatura">Théorie
									de la littérature</title> (<pubPlace ref="#paris">Paris</pubPlace>: <publisher ref="#ed_seuil">Seuil</publisher>, <date when="1965">1965</date>), <biblScope unit="page">p. 131</biblScope></bibl>.</note>
							<title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_maldicion">Maldición</title> deja sólo en pie las relaciones
							familiares centradas en la filiación masculina.</p>
						<p> En <title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_boquitas_pintadas">Boquitas pintadas</title>, cerca de la tumba de
							Pancho, que ha muerto dejando descendencia florece y da frutos una
								higuera;<note resp="#jorge_panesi" n="22"><bibl><ref rend="italic:true;" target="#puig_boquitas_pintadas"
									>Edic. cit.</ref>, <biblScope unit="page">p. 285</biblScope></bibl>; <bibl><author ref="#josefina_ludmer">J. Ludmer</author>, <ref target="#ludmer_boquitas">op. cit.</ref>, <biblScope unit="page">p. 13</biblScope></bibl>.</note> en
							su primer paseo <persName type="literary_character">Ramírez</persName> se interesa por un árbol y luego lo sueña
							cargado de fruta <bibl><ptr target="#puig_maldicion"/>(<biblScope unit="page">pp. 10-11</biblScope>)</bibl>; en la carta final <persName type="literary_character">Larry</persName> menciona <q source="#puig_maldicion">“la buena
								semilla de su consejo que germinó por fin”</q> <bibl><ptr target="#puig_maldicion"/>(<biblScope unit="page">p. 278</biblScope>)</bibl>. Se trata,
							obviamente, del árbol genealógico, que se ubica en <title level="m"
								rend="italic:true;" ref="#puig_maldicion">Maldición</title> fuera de la familia y de la
							sangre.</p>
						<p> La metáfora paterna determina toda la estructura de <title level="m"
								rend="italic:true;" ref="#puig_maldicion">Maldición</title>, cuyo mecanismo básico es la <hi
								rend="italic:true;">sustitución</hi>: un padre que se vuelve hijo y
							viceversa, el destinatario de la carta final reemplaza a <persName type="literary_character">Ramírez</persName>, éste
							intenta suplantar a <persName type="literary_character">Larry</persName> por una enfermera, los diálogos alucinatorios
							del viejo tienen como tema la rivalidad y la sustitución final, uno
							intercambia su vacío de pasado con el vacío de futuro del otro,
							etcétera.</p>
					</div>
					<div n="7">
						<head> 7. <hi rend="italic:true;">La verdad y la ficción</hi></head>
						<p> Son los excluidos o los transgresores quienes <title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_traicion"
								>LTRH</title> escriben y trazan una concepción de la escritura.<note
									resp="#jorge_panesi" n="23"><persName type="literary_character">Esther</persName> no irá con los demás a la <placeName type="venue">Confitería
										Adlon</placeName>. <persName type="literary_character">Cobito</persName> escribe un anónimo: ha sido expulsado por transgredir
									el orden (se burló de un celador, <bibl><ptr target="#puig_traicion"/><biblScope unit="page">p. 256</biblScope></bibl>). <persName type="literary_character">Berto</persName> ha sido excluido de
								los estudios por su hermano y queda al margen cuando las dos mujeres
								“confabulan”. <persName type="literary_character">Herminia</persName> está excluida del sexo y hasta de la vida:
								aparentemente “espiritual”, es el exacto negativo de la materialista <persName type="literary_character">Delia</persName>: la presencia o ausencia del sexo, el sueño y la comida
								es lo que permite oponerlas. Novela primeriza, <title level="m"
									rend="italic:true;" ref="#puig_traicion">LTRH</title> parece conjurar mediante esta
								artista fracasada el peligro de un fracaso artístico.</note> A la
							etérea y ascensional fantasía cinematográfica se opone la memoria y el
							cuerpo (Cuaderno de <persName type="literary_character">Herminia</persName>), el trabajo y la conciencia política
								(Diario de <persName type="literary_character">Esther</persName>). Esta última reproduce los delirios de ascensión que
							proliferan en la novela, pero al enmarcarlos en su condición proletaria,
							revela que, en el fondo, lo que mueve a todos los personajes es un
							anhelo de ascenso social. La política es el deslinde que permite separar los ilusorios devaneos de las condiciones concretas que los
							generan. A través del Diario de <persName type="literary_character">Esther</persName>, la política penetra en la novela
							desenmascarando las ilusiones; fantasía y realidad tienen por primera
							vez una barrera que franquea o impide el pasaje entre una y otra, es el
							dinero: <q source="#puig_traicion">“Las vi [unas telas importadas] realidad y sueño netamente
								separadas por un cristal de escaparate”</q> <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 260</biblScope>)</bibl>.</p>
						<p> En el Diario de <persName type="literary_character">Esther</persName> se menciona una escritura de la mentira y del
							ocultamiento, una escritura que “tapa”, que se ubica del lado de la ley
							y de la ñoñez pequeñoburguesa, la asume una profesora de castellano:</p>
						<p> <cit><quote source="#puig_traicion">no me venga usted —dice <persName type="literary_character">Esther</persName>— con que hay que ocultar el trabajo y su
							sudor, y alabando a ese rascacielo porque oculta de la vista de los
							ricachones [...] el espectáculo feroz [...] del trabajo</quote> <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">pp. 261-262</biblScope>)</bibl></cit>.</p>
						<p> Es el discurso político el que devuelve la conciencia del cuerpo,
							uniendo materialidad, escritura y lucha de clases. Así lo indica la
							transcripción hecha por <persName type="literary_character">Esther</persName> de un discurso peronista<note
								resp="#jorge_panesi" n="24">En <persName type="literary_character">Esther</persName> hay parodia, pero no es el peronismo
								en sí lo parodiado, sino la sublimación populista que espiritualiza
								la noción de pueblo, otorgándole un alma, un corazón, un soplo. Una
								ideología sentimental, paternalista y finalmente,
								reaccionaria.</note>:</p>
						<p> <cit><quote source="#puig_traicion">...la oligarquía verá las necesidades del obrero aunque éste tenga que
							abrirle de un machetazo el cráneo y <hi rend="italic:true;" resp="#jorge_panesi"
								>escribírselo</hi> en el seno con los dedos; y la <hi
									rend="italic:true;" resp="#jorge_panesi">tinta</hi> será su misma sangre oligarca</quote> <bibl><ptr target="#puig_traicion"/>(<biblScope unit="page">p. 262</biblScope>)</bibl></cit>.</p>
						<p> La moral del disimulo que asfixia a los personajes con sus consignas
							queda develada por otro registro del discurso, cuyo efecto es situar
							concreta y socialmente cualquier fantasía.</p>
						<p> La escritura se piensa en <persName ref="#manuel_puig">Puig</persName> como un producto material que muestra su
							íntima ligazón con el cuerpo, la memoria, el trabajo y la verdad. Cumple
							siempre una función develadora, aclaratoria, desalienante, echa luz
							sobre la confusión o la ceguera en la que se mueven los personajes de
							clase media. <q source="#puig_pubis">“Pero poniendo todo por escrito me ayudo a ver más claro”</q>,
							afirma la atribulada <persName type="literary_character">Ana</persName> de <title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_pubis">Pubis
								angelical</title>, luego que el politizado <persName type="literary_character">Pozzi</persName> le revela “brutalmente” lo
							incurable de su enfermedad.</p>
						<p> Perseguido, <persName type="literary_character">Toto</persName> no sabe si es culpable o no, no entiende la película
							que cuenta por escrito a su madre —<title level="m">“Cuéntame tu vida”</title>—, cuyo
							protagonista con “una nube en la memoria” huye por crímenes que no
							cometió. <title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_traicion">LTRH</title> por entero se muestra como un
							“contar la vida” por escrito de quien enhebra todos sus episodios, para
							no olvidar y para entender los equívocos de una ley que persigue —como
							el contradictorio señor feudal— a aquellos mismos que ella ha
							engendrado. Lo importante es que la ficción contiene la verdad y que
							ésta refulge en la escritura.</p>
						<p> ¿Y la escritura de <persName type="literary_character">Toto</persName> no es acaso la ilusión y la ceguera? Ficción en
							segundo grado, espejo textual, la composición se construye con los
							residuos que la novela desplegó, códigos de clase, ideologías,
							lenguajes, prejuicios, ficciones. Narrar una película es adherir al
							relato las proyecciones imaginarias que desnudan al narrador. Están ahí
							reconocibles en forma de lenguaje sin dueño, dialogando entre sí, porque
							en realidad, <title level="m" rend="italic:true;" ref="#puig_traicion">LTRH</title> no tiene monólogos, toda
							su estructura —incluyendo los monólogos— consiste en desplegar voces y
							lenguas que hablan por sí mismas para exhibir las ideologías en las que
							están encanadas. La verdad se habla y se escribe y <q who="#lacan">“tiene estructura de
								ficción"</q><note resp="#jorge_panesi" n="25">Frase de <persName ref="#lacan">Jacques Lacan</persName>, quien
								retoma las teorías de <persName ref="#jeremy_bentham">Jeremy Bentham</persName>: <cit><quote source="#lacan_escritos">“el hecho de la operación
								poética debe hacernos detener en el rasgo que ciertamente se
								olvida, es que la verdad se confirma en una estructura de ficción"</quote><bibl>,
								en <title level="a">“Jeunesse de Gide ou la lettre et le désir"</title>, <title level="m"
									rend="italic:true;" ref="#lacan_escritos">Ecrits</title> (<pubPlace ref="#paris">Paris</pubPlace>: <publisher ref="#ed_seuil">Seuil</publisher>, <date when="1966">1966</date>), <biblScope unit="page">p. 742</biblScope></bibl></cit>.
								<cit><quote source="#lacan_escritos">“De otro lugar y no de la realidad es de donde la verdad extrae su
								garantía: de la Palabra. De ella recibe la marca que la instituye en
								una estructura de ficción”</quote><bibl>, <ref target="#lacan_escritos">op. cit.</ref>, <biblScope unit="page">p. 803</biblScope> (<title level="a">“Subversión du sujet
								et dialectique du désir dans l'inconscient freudien”</title>). Traducción
								mía</bibl></cit>.</note>.</p>
						<p> Si, como vio <persName ref="#bajtin">Bajtin</persName>, la novela es el
							género dialógico por excelencia<note resp="#jorge_panesi" n="26"><bibl>Cf. <author ref="#bajtin">Mikhail
								Bakthine</author>, <title level="m" rend="italic:true;" ref="#bajtin_poetique_dostoievski">La poétique de Dostoievski</title>
								(<pubPlace ref="#paris">Paris</pubPlace>: <publisher ref="#ed_seuil">Seuil</publisher>, <date when="1970">1970</date>)</bibl> y <bibl><title level="m" rend="italic:true;" ref="#bajtin_esthetique">Esthétique et théorie
									du roman</title> (<pubPlace ref="#paris">Paris</pubPlace>: <publisher ref="#ed_gallimard">Gallimard</publisher>, <date when="1978">1978</date>)</bibl></note>, si la novela se
							constituye a partir de un diálogo que es el entrecruzamiento, las
							alianzas, mezclas y pugnas de la ideologían, nadie, entonces, en la
							literatura argentina actual, ejecutó mejor este despliegue de voces
							encontradas y desencontradas que <persName ref="#manuel_puig">Manuel Puig</persName>.</p>
					</div>
				</div>
			</div>















		</body>

	</text>

</TEI>
