Revista SITIO · N.º 2 (1982)

Veladas paganas

“He visto al prisionero una sola vez —escuchó Bloyd adormecido—. Recuerdo su cortesía al abrir el portal y acercarse aludiendo a un festejo donde enaltecían los crímenes del amor. Llevaba encajes en la pechera, en el pañuelo y puños bordados con festones. Colgaba de su cuello un medallón con el rostro de una mujer, un gorro de orate y al pie algunos faunos. Sus movimientos no eran graciosos pero conservaba la armonía de una incertidumbre constante. Alguien dijo que por las noches recogía sus cabellos rubios con un lazo oscuro, herencia del linaje cortesano. Su voz tenía acento obsequioso, afable hasta el límite de la unción. Nunca creí estar frente a un conspirador. Si me olvidara de una frase pronunciada en tono amenazante, juraría por su inocencia. No sé si exactamente fue el tono, o la fuerza del imperativo: Ofreced flores a los rebeldes que fracasaron, el detalle que me obliga a declarar. Este hombre tenía fortuna y poco le faltaba, sin embargo su divinización del vicio transformó la casa de placer en un cenáculo de pecado. Ya no asistían los visitantes en busca del sano consuelo, reservando para la intimidad la satisfacción de sus caprichos. Dejaron de permanecer recostados observando el contoneo de las mujeres maquilladas en exceso, contrapunto obligatorio del día de los santos. Acudían como oriundos de otros países, ascetas salvajes dispuestos a escuchar con minuciosidad aquello que momentos antes habían dicho. Embelesados por el alba de las caderas extraviadas, en lugar de dirigirse hacia los habituales lechos, elegían por rutina alguna mujer obligándola a reclinarse frente a la cámara. Una vez allí, obedeciendo a la más pérfida tentación, golpeaban la puerta de Bloyd, que, entornada, cedía ante una presión leve. En ronda, intrigados por esas historias, testigos con visiones de cadalso, incorporaban a los majestuosos giros bajos aprovechando la cadencia que brindaba el espectáculo.

El festejo al que se refirió la única vez que pude mirar con mis propios ojos al acusado, era el de la noche anterior y, sin duda, el que ocasionaría su búsqueda encarnizada para evitar similares actos depravatorios. Mientras lo escuché, estaba muy lejos de mi mente el pensar en palabra alguna que rozase el sentido de la culpabilidad. Fue pulcro en sus descripciones, la sonrisa no desapareció de su rostro bajo ninguna interjección, y al llegar a la hora del sacrificio, me impresionó su elevado logicismo ético. Un hombre que consiente en venerar los más altos valores del pensamiento, para quien cada siglo contiene el sortilegio de las máscaras y con idéntica pasión recrea las matemáticas, establece el ritmo azorado del pornógrafo o escribe un ensayo sobre el peligro de las enfermedades, no debe ser condenado. Ignoro si practicó el rapto, aunque sobre este particular, se argumentaron sagaces pruebas a partir de su habilidad como jinete y esgrimista. Las pinturas del castillo ejemplifican su empecinado placer en seducir doncellas mancillando la virtud en presencia de terceros, eligiendo decorados de insolente belleza para conciliar el sacrilegio. Imágenes santas enmarcadas de lujuria. Flores que agonizan contra los senos de jadeantes niñas inmersas en el sobresalto de un cuerpo en metamorfosis. Él sabía hacer vibrar, por su inclinación a la música, los dobleces de la piel acariciando con plumas de aves reales aquellos intersticios sigilosos, ocultos a las miradas y a los reflejos. Recostado en el canapé o en el sillón mayor, adornando con gasas el declinar de la infancia, cubriendo los rostros con antifaces de raso o de satén, les iba enumerando lo que sentirían. Primero plumas, después labios humedeciendo con licores la cúspide del vientre, la comisura de las piernas, el espeso rubor de los pequeños senos. Anunciando también el recorrido de la simiente y la manera en que colgaría sus cuerpos invertidos para que penetre el líquido ambarino, encuentro misterioso de generaciones venideras. Tenía preparadas las ajorcas desde donde colgaban sogas de seda para atarlas y verter en sus bocas una miel triste que las hiciese acongojar por la soledad perdida. En adelante, ni siquiera en sueños podrían tener el singular como sombra. Siempre serían otro número. Multiplicado en el exceso y en la vituperancia de la voz que replicaría defendiendo esa mínima longitud fresca, virgen de caricias, muda. Absolutamente estéril hasta que la bestial inserción de su donaire hubiese infringido el desgarrón. No escuchando la clemencia de los pedidos ni los gestos de horror en las mejillas flageladas, se abrirían como los nenúfares de las fuentes. Suave mosaico polimorfo. Horquilla del avellano donde el tesoro se entierra. Voluntad de la materia inerte. Animal enfermo del que se escuchan dos acordes entre la brisa. Hambre insaciable sobornado y crecido en la finitud y en el centro del lagar. Existencia posible del vuelo entre la leña menuda, inclinada hacia atrás, escondido el rostro en una fiesta de estandartes. Desgracias que provienen de la coacción. Espíritu que encierra doce pasiones y alguien se desvanece ante la caída de un pañuelo igualando las redondeces de una blusa. Muerta la autoridad, si se la discute, sólo se tratará del arte de lo verosímil. Escuela de matices. Historia de generales. Una gorguera extremadamente alta rodeando el largo cuello. Su cabeza encuadrada de rizos y sus finas patillas confundiéndose con el barniz de la cabellera. Insignificante bondad. Nada de aquello que a los verdaderos nobles confiere hidalguía. Fino rechinar de un sabor cruel y acre donde se elucubra y crea la invención de ese cielo negro poblado de escamas. Es preparatorio a la segunda gestación, por eso declaro. El mesías no debe ser abandonado en ninguna torre. Sus escritos serán traducidos a lenguajes culteranos y pocas horas después de su muerte se leerá el inventario de sus pertenencias: algunas monedas de oro, un retrato al óleo de su padre, cuatro miniaturas de marfil y veinte manuscritos. Una extraña manera de acercarme al triunfo de lo artificial. Convocado a declarar, soy el devoto que mira su icono en una habitación cerrada y espera la última salpicadura de luz para finalizar el rezo”.

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