Suele llamarse editorial a esa especie de prólogo de las revistas en el que la voz se vuelve más grave: llamado a la seducción, declaración de principios, hábito de decir lo que se quiere decir antes de decirlo. Casi nunca lleva firma y se atribuye paradójicamente a los responsables. Hay que revelar que no encontramos quien procurara volverse responsable ausentándose de su nombre. Por lo demás, nadie quería evitar un riesgo bajo la forma de controlar lo que se pueda leer antes de escribirlo. No habiendo entonces editorial, nada impide hacer conocer lo que una editorial habría tachado o acallado.
Las notas que siguen llevan firmas para no sugerir un autor colectivo. Tratan de asuntos ya juzgados, prejuzgados y que, sin embargo, todavía despiertan pasiones y provocan silencios. Asuntos que volvimos a discutir entre todos, a sacudir, a poner en entredicho mientras hacíamos la revista. Aquí se exponen algunos de esos deseos entredichos en aquellas conversaciones.
Resumen editorial
Jorge Jinkis presenta una visión profundamente crítica y algo pesimista del panorama intelectual y cultural de la época marcada por los años finales de la Dictadura. Expresa su temor y desconfianza ante las soluciones fáciles, las categorizaciones simplistas (como el humanismo o las ideologías políticas) y al modo en que el lenguaje se utiliza a menudo para oscurecer en lugar de revelar. Aboga por un compromiso más riguroso, consciente de sí mismo y tal vez incómodo con el lenguaje, la literatura y la propia tarea intelectual, situando el pensamiento y la literatura genuinos en un «sitio» marginal y difícil, fuera de las normas establecidas. En esencia, Jinkis aboga por una práctica intelectual y literaria que abrace la dificultad, se resista a la categorización fácil y a la comodidad ideológica, sea consciente de la compleja vida histórica de las palabras y encuentre su lugar no en la corriente dominante, sino en un «sitio» marginal, crítico y en constante cuestionamiento.
No quiero disimular un temor: que florezca un nuevo brote de humanismo, que se le vuelve a ofrecer al hombre-rey-del-universo un nuevo poder, una nueva felicidad, un nuevo placer. Que el hombre ha estallado hace ya mucho tiempo, que vive mutilado en las cuevas de la historia dedicado a la rapiña sobre los cadáveres de algunos pocos cuerpos de sentido que aún yacen en el paisaje cada vez más deshabitado de las religiones, no lo dudo. Pero que en nombre de la intemperie se quiera reunir los fragmentos forjando una nueva forma de la vieja idolatría, me parece una dimisión intelectual. En una doble vertiente: la de responsabilizar a alguna forma social desgraciada de las miserias del hombre y desconocer que ese hombre sufre de su propia mediocridad y estupidez; o declarar a la violencia utópica, y practicar entonces esa estupidez amparada ahora en una impunidad cretinizante.
La filosofía habla de la totalidad, aun habiendo aislado algún rasgo como esencial; las ciencias se despreocupan de lo esencial y la parcialidad de lo real que las ocupa no les resta derecho sobre su poder creciente que pretende legitimarse por asentarse en la lógica; la religión levanta el lazo necesario entre la estructura de la realidad y las medidas del hombre para hacer luego ese lazo la medida del hombre. Pues bien, las ideologías a las que se han lanzado y en las que quedaron enlazados la mayoría de nuestros intelectuales hasta lograr que esta palabra adquiera un valor peyorativo, tienen de la filosofía que se ocupan de todo, de las ciencias nada, esto es, el olvido de la lógica para hacer de alguna parcialidad la base de un maniqueísmo religioso por su valor absoluto.
Pero el temor no dicta, apenas precipita estas líneas. Y si algunas aclaraciones se vuelven necesarias no es porque la prudencia exige salvedades, sino para que ningún confundido confunda nuestro lugar con alguna precaución circunstancial. ¡Y hemos llegado a la bendita palabra! Casi un dios de nuestro tiempo, invariablemente se la invoca para explicar alguna "servidumbre voluntaria". Omnicomprensiva, la circunstancia es capaz de justificar cualquier cobardía, cualquier debilidad, cualquier impostura. Como una cantera inagotable, en ella se encuentran los mil y un recursos para sustraerse mejor, un tesoro legendario vigilado por más de cuarenta ladrones.
El carácter devastador de estas ideologías en nuestro medio se puede calcular midiendo el hecho de que su dominio se origina desde lo que se llaman las ideologías políticas, precisamente el lugar donde más falta hace la imaginación. Allí, todo parece ordenarse según la percepción más irreflexiva de las lateralidades del cuerpo: se comienza alzando del montón uno por uno, y se van arrojando hacia los costados bautizados "izquierda" y "derecha". Esta diligencia taxonómica no conoce obstáculo, y lo que no encaja también encaja en una categoría residual llamada del "centro", "liberal" o más claramente, pero siempre respetando el valor mágico del tres, "tercera posición"; "no alineados" e incluso, pero más cómico, cuando es el alma bella quien se autodefine "independiente".
¿Debiera nuestro ser disolverse en la sensibilidad del vértigo por no hallar su lugar en los agujeros de esta rejilla? Recordamos la extrañeza de un estudiante al comprobar la persistencia de nuestros intereses por la fecha de un primer artículo, época de entusiasmos ahora pasados. Pero no todo tiempo pasado fue mejor ni pasajero. Y ahora hablo para algunos que vienen de afuera y sus socios que para radicar su exilio, recién llegaron al tono "científico" de algún neolacanismo, o a la avispada semiología o a la más moderna crítica literaria. Recién llegaron pero pronto se fueron, ya se están yendo sin haber estado. Mejor abandonar la imaginación y dar algunos pasos en una geometría que la excluye para decir que siempre hemos estado bien afuera del adentro, sin confundir la política con el declaracionismo ideológico de la impotencia política.
Me place recordar que una política de la cultura se ha vuelto un sintagma impotente, y aunque la palabra "política" resiste inexplicablemente los anacronismos del pensamiento reglamentado, "cultura" se ha corroído hasta pudrirse. Y sin embargo, si hacemos una cuestión de palabras es porque nos parece posible sostener en la palabra una política consecuente que permita no combatir (¿qué más pediría el síntoma?), sino interpretar ese universo de lenguaje.
¿Cómo entender esto? Ante todo descarto cualquier análisis sobre el poder de las palabras, y el homenaje, se sabe, es la vía más rápida para restarles todo poder. No hay palabra que no quiera decir, pero no se alude a esto cuando se habla de sus significados. Hay una larga, accidentada y a veces trabajosa historia que ha ido construyendo buenas vecindades entre las palabras, privilegiando lazos y congelando sintagmas, consagrando oposiciones, jerarquizando prerrogativas o legitimando afinidades inconfesables. Llamamos significado al status quo de estas relaciones entre las palabras. Agreguemos ahora algunas fechas en sucesión cronológica y estaremos tentados de precipitarnos en esos moldes para hallar allí el sentido de la historia, y para desconocer mejor que ese sentido nos justifica y nos consuela de nuestro lugar en esa trama.
Así, las palabras han configurado territorios de fronteras cada vez más limitantes e infranqueables. Su valor emblemático prevalece sobre cualquier otro, indica pertenencia a un grupo y sobre todo son palabras que ahorran palabras: insignias, contraseñas que suministran confort a quien arriesga hacerse representar por ellas. Estas palabras difícilmente equivocan caminos y amistades. Sólo para dar un ejemplo: un discurso que se afirma “materialista” evitará la palabra “creación” por imaginarle una raigambre espiritualista, la palabra “invención” por imaginarle una vocación subjetivista; casi seguro preferirá la honesta y esforzada producción.
Si alguien se equivoca de palabra, la crítica construirá una historia sobre el eje de la traición, y esto en el plano de la política como del arte o de la literatura. Se trata de un invento casi argentino: juzgar algo por lo que no es, ante la impotencia de considerarlo por lo que es. Se observa entonces que el personaje no cumple con las ilusiones públicas, o identificándose con el autor se persiguen incoherencias entre la obra y sus propósitos, o se fuerza al texto para satisfacer la alegoría o se amplía la alegoría para que comprenda cualquier texto. Algunos atrevidos han llegado a cambiar de léxico, pero conservando inalterada la sintaxis. Los suplementos literarios recuperan nombres (de prestigio iba a escribir) para legitimar la reducción de la práctica de leer a una función de sentimiento o de rechazo. Allí, al decir de Beckett, la crítica literaria termina siendo una teneduría de libros. Y el surco del éxito divide los campos de la verdad y del error.
Se introduce entonces la función más siniestra del intelectual: enunciar una política literaria. La denuncia y el reproche serán los canales discursivos de palabras que se esgrimen, agitan, se lanzan o retienen, pero siempre en nombre del realismo. Hay un realismo diestro, y esto significa que una política pragmática ha encontrado en una escritura canallesca un mucamo educado que pasa el trapo de la moral sobre las razones del orden. Pero también hay un realismo siniestro, y esto significa que una ideología se agota en el gesto progresista que evita pagar el precio de las verdades que anuncia: aquí el orden de las razones cederá el paso a una convicción que vacila en su paso por falta de una política. El viejo y fácil recurso de leer el horror fascinado en el objeto más odiado aún se revela eficaz: detrás de la indignación más moral todavía encontraremos al cínico. Por supuesto, no nos creemos afuera del síntoma, pero tampoco nos ahogamos en él. Y no es que promueva una actitud más lúcida o más valiente: ¿quién podría mirar de frente a las palabras? Estamos envueltos y rodeados por ellas, pero esto es algo que podemos saber y actuar en consonancia.
Y sin embargo ocurre lo contrario cuando despojamos a la palabra de su dimensión más verdadera: el angustiante tiempo histórico. A distinguir del historicismo y del relativismo histórico, etiquetas que han ejercido el oportunismo cambiando de palabras como se cambia de vestido: agarrando con las dos manos y poniendo las patas en el agujero. Hay diferencias entre aquel que responde a una llamada cediendo al poder travestista de las palabras y el que entra al vestidor detrás del biombo de las palabras. Pero por desgracia, felizmente se trata siempre de palabras que muestran al disimular. Ocurre que no hay época que haya tenido su palabra aunque más tarde, cuando se vuelve una época pasada, se haga posible afirmarlo. Siempre es la palabra la que crea su oportunidad e inaugura un tiempo ingobernable.
¿Cómo devolver este poder a las palabras? ¿Pero no se nos podría acusar de algún ingenuo anacronismo cuando éste parece ser el momento de hablar de las palabras del poder? ¿No debiéramos unirnos al coro unánime que se levanta contra la censura? Pero entonces, ¿ahora no lo habría? Y si la hay, ¿se la estaría criticando según los medios y la medida que esa misma censura permite? Resulta difícil no concluir que la verdad de esta unanimidad actual contra la censura reside en el anterior silencio también unánime sobre la censura. Seguramente, una de las formas más insidiosas de la censura consiste en pretender elegir entre las más benignas. Por eso Leo Strauss. Porque sólo es imposible dejar de decir. Coloquemos ahora la fecha de este artículo, 1941, y recordemos la frase de Renan que parece ubicarse en las antípodas: "Sólo dispone de libertad de pensamiento quien pueda estar seguro de que lo que escribe no tiene consecuencia”. El antagonismo es sólo aparente y convergen en decirnos que se puede escribir para ocasionar esas consecuencias. No se trata de negar la censura, sino de no confundirla con algunos baches semánticos —pero ni tanto, apenas algunos lugares en blanco en un léxico siempre escaso—, que no explican la impotencia sintáctica de nadie. La censura necesita del adversario de la censura y en estos casos, un rodeo es siempre un atajo.
Hemos tomado el atajo del Suplemento, para no complementar los discursos mejor sancionados. También se llamó censura al establecimiento de un censo que permitiría imponer impuestos según los bienes de cada uno del reino y para el bien de todos y del rey. Para hablar con toda la propiedad en la boca, habría que repetir que la violencia es una categoría económica. Pero la economía libidinal no es una metáfora. Por eso comenzamos a hablar del dinero, asunto poco espiritual, como lo muestra Bloy cuando lo identifica al Espíritu Santo. Y ya saben dónde se le apareció éste a Lutero: en el retrete. Pero si un excusado no es para evacuar sospechas, incluiremos hasta la luna del poeta: “Es moneda en mi alforja / Y en mi ruleta es ficha”, dice Lugones.
Recobremos el tono de nuestra voz. En los bordes de un camino suelen amontonarse ruinas que el progreso llama desperdicios. Este es el sitio, no pavimentado, en el que la distancia más corta no dibuja una línea recta. Los rodeos producen la impresión de una deriva, pero es que en los basurales el paisaje humano se vuelve más abigarrado y puede hacerse forzoso avanzar hasta con los codos. ¿Cómo distinguir —en todos los sentidos del término— a la literatura del uso que cada momento histórico hace de los textos para determinar un sentido y encontrarle una función en la cultura? ¿No ocurre acaso que los textos que no pueden ser asimilados por una cultura (un estado de discurso)—, y que antes de disolverse en un sentido rebotan como insensatos, son los mismos que terminan por hacer la literatura? En algún momento se trataba de escándalo. Pero todavía: el escándalo de transgredir los límites de una demarcación de géneros, de no compartir el mismo estremecimiento estético, de no recoger el discurso sobre los lugares ya autorizados, de no expresar la realidad o de no ser suficientemente hiperreal, de entretenerse en la pedantería querellante de las élites o satisfacerse en la complacencia de una mediocridad mayoritaria. El escándalo de una adjetivación estetizante o el de la empresa varonil de un verbo que no se deja distraer. El escándalo de no provocar escándalo... ¡siempre está la literatura traicionando, siempre en proceso! Y no esta mal que así sea. Pues la literatura vive de esa imposibilidad de responder a las demandas sociales y del disentimiento con el bien supremo de la moral de tumo. ¿Como hacer lugar para este no-lugar de lo injustificado?
Ante todo, no haciendo de sitio un sitio único. Pero no hay peligro; hay entre los que hacen esta revista una amistad que no encubre diferencias, que se nutre de ellas. Si la disparidad no se resuelve en eclecticismo, tampoco se reconocerá una “marca de la casa”: la discusión aquí abierta se puede prolongar en cualquier parte y puede retornar a la revista desde cualquier parte. Sólo que abrir una discusión no es como se dice para dejar abiertas las cuestiones sino para situarlas mejor. Nuestras diferencias sólo se disimulan durante el tiempo de goce de algunos odios compartidos. Se me ha dicho que es un goce intelectual, pero como no reduzco esta palabra a la práctica de edificar la sociedad desde la fisiología del chisme, aclararé entonces qué entiendo por intelectual.
Por supuesto que no significa inteligencia. Ya hubo gente entusiasmada por la idea de que una idea vale por el entusiasmo que es capaz de despertar. A esto se opone —creo que Valéry fue el primero— la valiosa apreciación de que un escritor incluye siempre la idea que él mismo tiene de lo que hace. Asunto poco banal, pues aún persiste la oposición banal entre creación e inteligencia para pensar las relaciones entre la literatura y los discursos sobre la literatura. Hace pocos meses el anuncio de una revista que estaría hecha sólo por pintores, precipitó algunos críticos hacia los pinceles. ¡Y no eran japoneses! Pero recurramos a otra figura, cuando la palabra “intelectual” designaba la avanzada de una política. Más tarde llegó la palabra “traición” para metonimizar la primera y hablar del miedo o de la pereza por los que un discurso se somete a los prejuicios o estados de ánimo. La expresión “intelectual comprometido” contribuyó al éxito de un término antagónico cuando la difusión de las ciencias llamadas sociales descubre para el conformismo escondites más recónditos e insidiosos que la mala fe. El compromiso que había sucedido al nihilismo se vio desplazado por una pasión de la modernidad: la indiferencia. No es que falte el entusiasmo, pero es ecléctico; y no escasea la consecuencia ética pero se resuelve en decepción. Si a esto unimos el sentimiento exacerbado del carácter asocial de la democracia entenderemos la desvalorización creciente de cualquier empresa colectiva y el abandono de la función que se creía trascendente del intelectual: cuando no busca refugio en la fantasía de ser el portavoz de un sector, se inclinará decisivamente hacia una modalidad artesanal. La crisis del intelectual como intelligentzia es la crisis del concepto humanista de libertad. Pero en esta huida hay defensa, y simultáneamente resguardo del deseo.
El secreto del intelectual está en su origen, o mejor dicho, en su relación con ese origen. El intelectual es literalmente un provinciano, lo que significa autodidacta, lo que no significa nada salvo el sostén de su creencia en un “solitario aprendizaje de la vida en las regiones de la pasión y de la inteligencia”. Su obra se le aparece como fruto del heroísmo y del sufrimiento. El intelectual que se ha arrancado de su origen, que lo ha “traicionado”, tampoco pertenece a ninguna otra parte. Este desarraigo encontrará el consuelo de algún reconocimiento. La tensión de la soledad heroica estalla y la novela familiar busca resolverse en la “originalidad” de una escritura o en el dominio de la confrontación pública.
¿Son inevitables estas dos formas de institucionalización? No lo creo, pero la alternativa no deja de levantar sospechas por no detenerse a bautizar lo que un nombre interrumpiría. Palabra proseguida, que no se abruma en la continuidad ligera de las seriedades mejor enroladas ni en la discontinuidad aburrida de la frivolidad estructuralista. Palabra que se prosigue creando la franja de su posibilidad. Suponer esta revista es tal vez una equivocación verdadera, aquella que es capaz de inventar las vías de ese error que inquieta y suscita una respuesta singular.
Identificar separando, habla de entendimiento. Superar negando, habla de razón. Queda el habla literaria que supera redoblando, crea repitiendo y, por infinitas reediciones, dice una primera y una sola vez hasta esa palabra de más en que desfallece el lenguaje.M. Blanchot
Resumen editorial
El texto de Eduardo Grüner defiende una concepción de la literatura (y de la escritura) radicalmente distinta a las prácticas utilitarias, comunicativas o socialmente integradas. Influenciado significativamente por Maurice Blanchot y Friedrich Nietzsche, presenta la literatura como un espacio peligroso y no inocente de desvío, interrogación y traición, más que de mera transgresión. Está vinculada a una ética del deseo y del goce que se resiste a las respuestas fáciles, a las exigencias sociales y a la ilusión representacional del lenguaje.
Vestir de utilidad el propio deseo sería como enmascarar una sombra bajo la excusa de que no hay objeto que la produzca.
Esperar la oportunidad de una demanda social, como creer que una respuesta puede erigirse en garantía de alguna verdad.
Inventarse compromisos apresurados, sumergirse en la charca de la moralina.
Transigir, derrotarse.
No hay principios, ni finalidades, que justifiquen la declaración pomposa. Tampoco insatisfacciones que exijan el silencio.
No es obligatorio que la paráfrasis devenga alegoría, ni la elipsis evitación, ni la metáfora pretexto hermenéutico: si el goce estético hace eco a una ética del goce, es imposible acomodarse con las bellas almas, temerosas del deseo que las atraviesa, convencidas de que la belleza es una función del sentido.
No es que la escritura sea soporte de ninguna inocencia: ella es insistencia, amalgama, impureza, rencor, traición, singularidad de lo plural y, más acá de todas las palabras, seducción, es decir, una forma de violencia amorosa. Ella conviene a la práctica de una tentación del vacío que se abandona a la magia del desvío. Es ahí donde el terror al error se disuelve en la pasión del errar, multiplicación de las ruinas circulares cuyo centro es el espesor de una ausencia.
No, no podría ser inocente la escritura. Kafka, Joyce, Céline, Beckett, Faulkner, Borges, lo mejor —es decir, lo peor— que el habla del siglo ha dado la comprometen en la culpabilidad impertinente de un territorio desmedido para las cartografías de la lengua.
Pero tampoco el que escribe se hace ilusiones: su delito esencial, la irreductible desconfianza en la palabra, justamente lo vuelve ajeno a la inocencia principal del lenguaje: la de creer que representa al mundo.
"Se
podría hacer el recuento de todas las palabras por las cuales se sugiere
que, para decir lo cierto, es necesario pensar según la medida del ojo”.
Esta idea tiene la virtud de desnudar el ilusionismo de la escritura como
imagen, antiguo y renaciente, tanto casi como la poesía misma; perece que
fue el griego Simónides el primero en igualar los métodos de la poesía y la
pintura, opinión que luego condensaría Horacio en su célebre expresión ut
pictura poesis
. Pero lo que se impone como diferencia radical en la
literatura, ¿no será precisamente la absoluta distancia con la imagen, esa
pérdida sobrecogedora de la unidad que abre la instancia de lo escrito?
Parece que fue también el propio Simónides, curiosamente, el primero en
hacerse pagar por sus arranques líricos. Mucho ha cambiado los mercados
desde que languidecieron las voces de los rapsodas, pero lo que ha
permanecido es esa pasión por el intercambio:
palabras por sentido, palabra por dinero. La moneda de lo comunicable hace a
la literatura esclava de las “intenciones”, práctica escatológica donadora
de certidumbres. En suma: supervivencia de la ilusión de un porvenir. O,
como lo decía Nietzsche "Temo que no logremos nunca deshacernos de Dios,
puesto que aún creemos en la gramática”.
No, no podría hacerse ilusiones el que escribe: si la comunicabilidad tiene sus límites, también los tiene el absurdo. Basta con que uno logre hacerse comprender por la cucaracha, dice Kafka. Si alguna vez se la puede interrogar sobre el objeto de su trabajo, a la vez se habrá exterminado al pueblo entero de las cucarachas. El lugar de lo literario,—de la “literariedad”, como se decía hace un tiempo— es el de esa interrogación. Que no podría coincidir ni con la plena certidumbre ni con la Nada, sino que sobrelleva su vigilia en el acoso insistente de esos dos antagonistas, en permanente estado de sitio.
Vacilante rescoldo de equívocos, la escritura sólo comienza realmente en la trascendencia de la oposición entre el puro sonido que se resuelve en musicalidad y el puro sentido que se codifica en Saber; era Valéry, entre los primeros en trabajar la oposición saussuriana, quien caracterizaba la literatura por su forma, diciendo que es ella la que produce el sentido, pero que este significado propio de la forma también hace de ésta lo que sólo tiene por tarea expresar este nuevo sentido. Círculo vicioso o vicio circular, la literatura nunca ha dejado de verse abrumada con la tarea de dar cuenta de cierto estado del mundo, estado de malestar casi siempre; pero solamente en momentos privilegiados ha sido capaz de dar cuenta del estado de su propia razón, hurtándole el cuerpo de su letra al asedio de la razón de Estado, que se preocupa más de buscarle siempre nuevos amos que de interrogarla por su servidumbre. Cuando se dice que lo propiamente totalitario del lenguaje se define no tanto por lo que prohíbe sino por lo que obliga a decir, se puede rescatar en la literatura —es decir, sin distinción de géneros, en la práctica de una escritura— la posibilidad y la voluntad de una traición al destino de la lengua, que transforma lo que hay de saber en el lenguaje no en legalidad epistemológica sino en escándalo trágico. No es suficiente, pues, hablar de transgresión, ya que la transgresión no existe: su efecto, a lo sumo, es una flexibilización de los límites de la ley, y la literatura, mal que le pese a cierto optimismo telqueliano, no podrá nunca hacer la experiencia de los límites mientras existan límites a su experiencia. No basta que un escritor sea un transgresor si no es capaz de ser un traidor, un criminal de la lengua: el Mal, el mal decir, es lo diferente que puede transformar en interesante a una literatura. Otra vez los mismos nombres se me precipitan: cuando Joyce, cuando Kafka, cuando Beckett gritan en la oscuridad, haciéndonos escuchar que es inútil hablar de la Nada pero también que es irrisorio decirlo todo, lo que nos están arrojando a la cara es el horror de su haber encontrado el lugar de lo imposible donde se cruzan la fidelidad al propio deseo con la traición y la renuncia a una herencia. ¿Como puede ser tan difícil identificar, allí, la asunción de la Muerte como único amo, la desesperada denuncia de una ausencia de origen y por lo tanto de una autoexclusión de la esperanza en un destino?
Se cree hacerle un favor a la literatura (¿o es a los literatos?) cuando se invoca su “utilidad” social, cuando se convoca en su auxilio a las ideologías, cuando se provoca su inclusión en alguna de las consabidas “prácticas” comunitarias. Pero, ¿no es ella misma lo negativo —si no la negación— de toda utilidad, la aporía de lo ideológico (¿qué decir de los “fascistas” Céline o Pound?) la interpelación de cualquier “práctica” en tanto los sujetos que soportan una práctica se definen porque hablan? Es fácil por este sesgo la precipitación en el imaginario del "arte por el arte”, reverso ideológico de lo ideológico. No conozco sino una manera, ella misma quizás paradójica, de resolver esa paradoja: renunciar a “salir” de la contradicción, instalarse en ella como quien se sienta a meditar en una cuerda floja, el abismo abierto a sus pies y el cuerpo comprometido en un riesgo perpetuo, en el alejamiento de cualquier ilusión de conformidad con un saber de lo real, en el rechazo de toda esclavitud pero también de un ejercicio del poder... del poder decir que crea en el otro no un lazo, sino la atadura de una escucha culpabilizada que hace de la obligación del “compromiso” un compromiso con las obligaciones, una componenda deudora de no sé qué imaginería progresista acobardada por sus propios ímpetus parricidas.
La belleza no tiene objeto, pero tiene causa: a veces hay que buscarla —a la belleza y a su causa— mordiendo contra la corriente, lejos de la calidez tranquilizadora de la costa, bajo cielo encapotado, con timón roto. Otras hay más suerte: el hechizo rígido de unas identificaciones, la magia imperturbable de unos nombres, afirman la tierra bajo los pies. ¿Es mejor, tal vez, hacer caso omiso de los ventarrones, sea para dejarse arrastrar o para oponerles un cuerpo narcisista imaginado como heroico? Es difícil decirlo: una respuesta cualquiera no evitaría involucrarse en alguna esperanza totalizadora y finalista. Y como ninguna estrategia parece suficiente para defenderse del goce, se hace insoslayable la necesidad de continuar formulando las preguntas, empezando por una: ¿es este un sitio para hacerlas?
Resumen editorial
El ensayo de Luis Gusmán critica las formas literarias que simplifican el significado con fines didácticos o moralistas, contraponiéndolas a un concepto de «literatura» o «escritura» que abraza la ambigüedad, se resiste a la interpretación singular y encuentra su esencia en una «imposibilidad» desafiante más que en un propósito fijo. Esta auténtica literatura habita un «sitio» elusivo de cuestionamiento, desafiando la categorización fácil y la instrumentalización social.
Predicar con el ejemplo. La petrificación de la frase nos sumerge inmediatamente en una retórica escolar. Los relatos ejemplares se reproducen, es que el modelo, el ideal, está siempre al alcance de la mano, a la altura de los tiempos. De eso se trata justamente, de qué otra cosa sino del tiempo de los justos. Pasado, presente, futuro conocen su ubicación como tópicos a los que se retorna una y otra vez a partir de esos relatos ejemplares. Se hablará entonces de picaresca, parodia, utopía.
Estos sitios que nombramos son sólo algunos de los movimientos en que la montura platónica sigue cabalgando. Y no se puede decir que estos términos no rondan, se dedican suplementos enteros a hablar de ellos, esperando quizá la coyuntura apropiada para volver a hablar de la que ronda. Pero ahora más vale alejarla, sumergirla en el pasado de la historia. Historia reducida cada día más a una iconografía infantil coagulada en imágenes coloridas y brillantes donde como en los cuentos de hadas siempre érase una vez.
Siempre se cuenta una historia sostenida por una “verdad general” que el lector está exhortado a aplicar a su vida. Verdad que se extrae de una reserva social, patrimonio cultural, sentido común. Fundada en la legibilidad más absoluta opera como un sistema de valores duales que impone un sentido del que se desprende la necesidad de elegir en cada circunstancia de la vida uno de los términos que propone dicho sistema de valores. O bien, historias paralelas que a manera de espejo contraponen relatos para dejar caer como resto algún ejemplo o groseras alegorías en las que, mediante ese procedimiento alguien pretende siempre salvar la cabeza.
Erase una vez. Y basta precipitar la frase para que desde las sombras aparezcan las almas hamletianas a las que el fantasma de la culpa sume en cavilaciones infinitas. Porque entonces ¿de quién es la calavera que, con su peso, hunde esas manos en aguas que, por manchadas que estén, por personajes bíblicos que representen, no nos impide evocar aquella corriente que viene de la lengua y que dice que para poder pescar hay que arremangarse? Pero, como se sabe, la correntada arrastra cualquier basura, y en ese río revuelto la recuperación del pasado es la ganancia que flota como salvavidas posible para que la picaresca tienda sus redes para aquietar en ellas la pesadilla de la historia.
Por eso la picaresca debió ocupar el lugar del populismo que replegó su retórica en función del avance de la censura que operaba sobre lo más explícito, dejando caer su peso sobre aquella literatura que describía en su trama la “realidad”. Realismo que pretende hacer coincidir la realidad puntualmente con un discurso y que, por lo mismo, se refugió en la picaresca que le permitía referirse a la historia desde el presente en una versión que relataba como error, como equivocación, lo sucedido en el pasado.
En la narración picaresca, el pasado es el tiempo de las debilidades, del deambular, de las tribulaciones. En el relato picaresco, el personaje ha logrado en el presente cierto grado de respetabilidad, de bienestar, y vuelve su mirada hacia un pasado aventurero, hacia sus orígenes marginales: entonces él no se reconocía en el desorden del mundo, era un inocente, su bella alma tropezaba así con todos los abusos, luchaba con todos los poderes opresivos. Para el narrador picaresco, el presente es el tiempo del descanso, de la experiencia al fin ganada, de la integración lograda en el orden social. Por lo tanto se referirá a su pasado con ironía, condescendencia, compasión y alegría. Pero un relato de tales características exige un destinatario, un confidente al que es preciso hacer cómplice indulgente. Erase una vez la historia que todos querían leer, escuchar, que reflejase a toda una generación con sus ideales aplastados, en cenizas, pero ideales al fin. Sin duda la tarea no es difícil, el hombre es un animal de olvido.
Tratando de preservar la unidad de la historia, los procedimientos literarios mencionados se convierten en metáforas (“la máquina del tiempo”) para viajar a través de ella. Ir de un lado a otro de la historia es la meta a seguir para demostrar que la existencia de la historia escapa a los efectos de la repetición. En estos viajes “el conocimiento histórico permanece intacto, lo que varía es la percepción de los medios que tienden a él: la posición del lenguaje”. La literatura se convertirá entonces en uno de esos modos de percepción. Hoy por hoy, estructuralismo de por medio, se puede admitir “moderadamente” que varíen las posiciones del lenguaje.
No es en vano introducir aquí entonces la utopía que ya había hecho su aparición por el tópico del viaje: un mensaje que debe llegar a destino. Si bien ella puede apelar a cualquier género, es el ensayo, el que la expresará mejor, ya que evita las ambigüedades propias de la ficción. Este mensaje debe ser verosímil para alcanzar los fines didácticos y morales que intenta transmitir. Es decir, la escritura no debe servir como obstáculo a la doctrina utópica que se quiere hacer conocer. “Pensamiento plasmado en realidades sociales que debe ser transmitido con claridad y verosimilitud”. Independientemente que la utopía sea o no realizable, es fundamental su expresión para provocar el deseo de reforma que es siempre su objetivo último y que, por ello mismo, aparece en su principio.
Si bien utopía se define etimológicamente como ningún lugar, ese mensaje y la manera como se transmite es el que le da uno y bien definido, aunque sea bajo la forma de utopía negativa o antimodelo, o eutopía, modelo ideal pero posible de realizarse.
El mensaje utópico sacrifica la escritura en función de la doctrina. Y en tanto el creador de utopías aspira a ideales reformistas no puede dejar de recurrir al ejemplo que, según las reglas de la utopía, debe entrar dentro de los límites de la responsabilidad moral, ya que su modelo aparece como el ejemplo de los ejemplos. La utopía encuentra en la “realidad” el límite mismo de su modelo, aunque más no sea para invertirla (en esas ficciones en que el absurdo contamina el mensaje), para hacer del contraste, según la regla aristotélica, el recurso preciso para resaltar mejor el defecto.
Así la utopía se ubica dentro de los relatos ejemplares dirigidos a un lector virtual, tendiendo a demostrar la validez de una doctrina. Se trata de persuadir a alguien de una verdad esencial y de modificar su comportamiento a partir de contarle una historia. En dichos relatos, los niveles se articulan jerárquicamente: un nivel narrativo en que se presenta la historia, un nivel interpretativo unívoco que comenta la historia dándole un sentido y un nivel pragmático que hace derivar del sentido una regla de acción bajo la forma de un imperativo.
Una literatura que por la posibilidad de teñirse de cualquier sentido por su escritura, es imposible de incluir en los relatos ejemplares ya que esa escritura la arroja a un lugar cualquiera donde se vuelve inútil hacer algún cálculo sobre ella. Es por eso que tal literatura resiste a los embates de la interpretación que pretende adjudicarle un sentido. Su existencia es su imposibilidad misma, que no debe ser confundida ni con la impotencia ni con el fracaso, salvo pensar que ella se proponga algo determinado, o el hecho de adjudicarle una misión encontrando un objeto para intercambiar en su camino. La literatura no tiene ningún destino; se diría que lo encuentra, desde Mallarmé, en esa manera de disponerse que suprime a aquel mismo que la realiza.
La diferencia que la literatura impone no tiene por qué ponerse de acuerdo con ningún medio sociocultural por más que ello flote en el ambiente. Ni tampoco con fantasmas ecológicos que acompañan predicciones apocalípticas que, en su reverso, no pueden escapar a ideales de redención que, como se sabe, comprometen el mundo entero. Tal vez por eso se habla de una literatura de post.
Acordar que se está firme en algún lado simplemente por no estar de la vereda de enfrente, es demasiado para sostener algún acuerdo que se quiera establecer sobre alguna diferencia. No se trata entonces de ningún frente literario. Y la letra que habla de la frente marchita retoma en la figura del quiasmo y marca en ese movimiento una ilusión que sólo puede evocarse bajo la forma de la nostalgia, ya que siempre estuvo cargada de sentimientos y sabemos qué lugar le toca al semejante cuando se trata de un discurso sentimental.
No es pues el adentro y el afuera lo que está en juego ya que basta soltar el hilo, no el de la historia justamente, para saber que el nudo no tiene principio ni fin. Es entonces que la literatura de post vendría a ocupar el lugar justo en que se la espera desde afuera para “pensar” este adentro. Erase una vez una literatura de la dispersión, “agrupémonos ahora en busca de la unidad" que por básica que sea para unos y necesaria para otros, no deja de caer en ese lugar en que el discurso del amo la espera.
Porque la cifra se vuelve insoportable es que pasa de boca en boca sin saber que pasa por la boca. El decir estoico ya lo enunciaba de esa forma: si un carro pasa por la boca, un carro pasa por la boca. ¿Sabemos qué es lo que pasa por la boca cuando la cifra insoportable retoma? Porque basta que pase una palabra, una cualquiera, para hacer un nudo en la garganta y esa palabra muda llega a veces por donde menos se la espera, y basta evocar ese teatro de máscaras del joven Gide tal como lo sitúa la letra y el deseo, para saber que esa muerte que esperaba hiciera su entrada por el lado del patio, ya había entrado en escena por el lado del jardín. ¿Y para qué otra cosa sino para señalar su sitio que ni siquiera es ya necesario que esté vacío? Basta que esté numerado. O, por mejor decir ¿no es la muerte misma el número de los sitios?
