Revista SITIO · N.º 1 (1981)

Escribir entre líneas, un arte olvidado

Nota introductoria

Un autor extraño a la modernidad, ni positivista ni romántico, ni marxista ni estructuralista, ni fenomenólogo ni historicista, escribe en alemán y en inglés para hacer retornar las preguntas de los Antiguos sobre las relaciones entre el hombre y la ciudad. La política vuelve entonces a descubrirse como un campo que no es ajeno a la verdad, y como la práctica de una imposibilidad entre la filosofía (en un sentido no profesoral) y el fundamento de la sociedad. Más interesante que catalogar a esta concepción de racionalista, es dejarse invitar por sus sugerencias y someter a las pruebas de la crítica sus elementos esenciales: ¿por qué torsión una pregunta filosófica que se había vuelto histórica, regresa en la historia de la filosofía por el sesgo político de los comentarios de textos?

Porque se escribe como se lee, responde Leo-Strauss. Estudiando algunos escritores antiguos, el autor cree reconocer en ellos la vigencia de una concepción sobre la relación particular entre la sociedad y la búsqueda de la verdad: si la filosofía (o ciencia) es la tentativa de reemplazar la opinión por el conocimiento, y la opinión (la aceptación de la opinión) es el elemento de la sociedad, la filosofía (o ciencia) es la tentativa de disolver el elemento en el que la sociedad respira. Por supuesto, es posible respetar la opinión sin aceptarla, pero quienes sostengan esta concepción y conserven el deseo de decir la verdad que saben, se verán llevados a escribir de una manera particular, y distinguirán una enseñanza esotérica de una enseñanza exotérica, socialmente útil. Así es como Borges lee el Biathanatos de John Donne y opone a su finalidad exotérica de paliar el suicidio -propósito piadoso y consecuente con una religión del amor—, la indicación fundamental, esotérica, de que ese Dios, “ávido de no ser, habría fabricado el universo para fabricar su patíbulo”.

El crimen, el suicidio, la religión y el odio no resultan soportes desmesurados para situar la vigencia de esta reflexión sobre las condiciones de posibilidad de la política y los límites de la filosofía. Pero que nadie se confunda: el autor no habla de pensadores que han debido disimular su pensamiento, sino de una incompatibilidad entre la filosofía y la sociedad política que ha engendrado un arte de escribir.

Es insuficiente decir que la censura es autocensura y para saber que la política no es toda la realidad de la censura alcanza con descubrir que la política puede prohibirse pero no censurarse. La realización más perfecta de la censura es hablar de la censura para no decir otra cosa. La censura es inherente a todo decir verdadero, y la persecución puede venir a doblar esa censura. De hecho, Leo-Strauss (Alemania 1899-Estados Unidos 1973) se ocupa de cuestiones largamente desatendidas en sus libros sobre los pensadores árabes o judíos de la Edad Media, sobre Spinoza, Maquiavelo, Tucídides, Aristóteles, Platón, Hobbes, y Sócrates. Algunos de sus títulos: Philosophie und Gesetz: Beiträge zum Verständnis Maimunis und seiner Vorläufer, Berlín, edit. Schocken; On Tyranny: An Interpretation of Xenophon's Hiero, Nueva York, edit. Political Science; Persecution and the Art of Writing, Glencoe, Free Press; Socrates and Aristophanes, Nueva York, Basic Books; Liberalism Ancient and Modern, Nueva York, Basic Books, The Argument and the Action of Plato's Laws, Chicago, Univ. of Chicago Press. La bibliografía completa del autor figura en Political Philosophy. Six Essays by Leo Strauss, ed. Hilail Gildin, Nueva York.

Con frecuencia el vicio resultó ser un emancipador del espíritu, y éste es uno de los hechos más humillantes pero al mismo tiempo más indiscutibles de la historia.
W. E. H. Lecky

I

Son numerosos los países que hasta hace aproximadamente una centena de años gozaron de una libertad de discusión pública prácticamente completa, y encuentran ahora esa libertad reprimida y reemplazada por la coerción: la palabra debe alinearse según las concepciones que el gobierno considera oportunas o que sostiene seriamente. Vale la pena examinar brevemente el efecto de esta coerción o persecución sobre los pensamientos y sobre las acciones.

Gran parte de la población, probablemente la mayoría de la joven generación, acepta como verdaderas las concepciones patrocinadas por el gobierno, sino desde el comienzo, al menos después de un tiempo. ¿Cómo ha sido convencida esta gente y cómo juega el factor tiempo? No fue convencida por la coerción, pues ésta no entraña la convicción: simplemente pavimenta el camino a la convicción reduciendo la contradicción al silencio. Lo que se llama libertad de pensamiento en muchos casos equivale, y en la práctica incluso consiste en ser capaz de elegir entre dos o tres puntos de vista diferentes, presentados por una pequeña minoría de personas que son escritores u oradores públicos. Si esta elección se vuelve imposible, queda destruida la única forma de independencia intelectual de la que mucha gente es capaz, y ésta es la única forma de libertad de pensamiento que tiene una importancia política. La persecución es entonces la condición indispensable para el buen funcionamiento de lo que se podría llamar la “lógica de caballo” (lógica equina). De creer a Parménides, ese filósofo tirado por los caballos, o de creerles a los Houyhnhums de Gulliver no se puede decir, o no se puede decir razonablemente “la cosa que no es”; dicho de otro modo, las mentiras son inconcebibles. Esta lógica no es propia de los caballos o de los filósofos tirados por los caballos, pero determina aunque de una manera un poco modificada, el pensamiento de muchos hombres corrientes. Estos admitirán como obvio que el hombre puede mentir y que miente. Pero agregarán que las mentiras tienen la vida breve y no resisten a la prueba de la repetición —aún menos a una repetición constante— y que entonces una repetición constantemente repetida y nunca contradicha debe ser verdadera. Según otra línea de razonamiento, una proposición emitida por un individuo ordinario puede ser mentirosa, pero la verdad de una proposición emitida por un hombre responsable y respetado, y por lo tanto, en particular, por un hombre que ocupa una alta posición de responsabilidad o de prestigio, es moralmente cierta. Estos dos entimemas conducen a la siguiente conclusión: la verdad de una proposición que es constantemente repetida por el jefe del gobierno, y que nunca es contradicha, es absolutamente cierta.

Esto implica que en los países en cuestión, todo aquellos cuyo pensamiento no sigue las reglas de la lógica de caballo, en otros términos, todos aquellos que son capaces de un pensamiento verdaderamente independiente, no pueden ser llevados a aceptar las concepciones patrocinadas por el gobierno. Así entonces, la persecución no puede impedir el pensamiento independiente. Ni siquiera puede impedir la expresión del pensamiento independiente. Pues es tan verdadero hoy como hace más de dos mil años que se puede sin peligro decir la verdad que se sabe a personas conocidas, benevolentes y dignas de confianza o, más precisamente, a amigos razonables. La persecución no puede incluso impedir la expresión pública de la verdad heterodoxa, pues un hombre de pensamiento independiente puede expresar sus concepciones en público sin sufrir por ello, en tanto lo haga con circunspección. Puede incluso hacerlas imprimir, en tanto sea capaz de escribir entre líneas.

La expresión “escribir entre líneas” indica cuál es el tema de este artículo. Pues la influencia de la persecución sobre la literatura reside en obligar a todos los escritores que sostienen ideas heterodoxas a desarrollar una técnica de escritura particular, a la que nos referimos cuando hablamos de escribir entre líneas. Esta expresión es visiblemente metafórica. Intentar traducirla a un lenguaje no metafórico, sería partir al descubrimiento de una terra incognita, de un continente cuyas dimensiones son aún inexploradas y que ofrecería amplias perspectivas a investigaciones muy curiosas e incluso muy importantes. Se puede decir, sin temor de ser inmediatamente convencido de grave exageración, que el único trabajo preparatorio que pueda guiar al explorador de este continente permanece sumergido en los escritos de los retóricos de la Antigüedad.

Volvamos a nuestro tema, y consideremos un ejemplo simple que, tengo razones para creerlo, no está tan alejado de la realidad como podría parecerlo en una primera instancia. Sea un historiador vivo en un país totalitario; es un miembro generalmente respetado y no sospechoso del único partido existente. Podemos fácilmente imaginar que sus investigaciones lo han llevado a dudar de la validez de la interpretación oficial de la historia de la religión. Nadie podría impedirle publicar un ataque apasionado contra lo que él llamaría la concepción liberal de la cuestión. Evidentemente, necesitaría primero exponer la concepción liberal antes de atacarla; lo haría de esa manera tranquila, no espectacular, un poco aburrida que parece de las más naturales; utilizaría muchos términos técnicos, haría muchas citas y dedicaría una importancia indebida a detalles insignificantes; daría la impresión que olvida la guerra santa de la humanidad por las querellas mezquinas de los pedantes. Sólo al llegar al corazón de la argumentación escribiría tres o cuatro frases de ese estilo conciso y vivo que es apto para detener la atención de los hombres que aman pensar. Este pasaje central expondría la posición de los adversarios con mayor claridad, fuerza y nitidez implacable que la que nunca se usó en los más bellos días del liberalismo, pues dejaría silenciosamente caer todas las estúpidas excrecencias de la creencia liberal que habían podido prosperar en la época en la que el liberalismo, habiendo triunfado, comenzaba por esta misma razón a adormecerse. Un joven razonable lector entrevería allí por vez primera el fruto prohibido. El ataque —el cuerpo de la obra—, consistiría en virulentas expansiones de las opiniones más virulentas extraídas del o de los libros santos del partido en el poder. El joven lector inteligente, siendo joven, había sido hasta allí más o menos seducido por esas opiniones inmoderadas; ahora no experimentaría sino disgusto e incluso habiendo gustado del fruto prohibido, aburrimiento. Releyendo el libro por segunda o tercera vez, descubriría, en la disposición misma de las citas de los libros de referencia, complementos significativos a algunas proposiciones concisas que había hallado en el centro de la suficientemente breve primera parte.

Así, la persecución da nacimiento a una técnica de escritura particular, y de esta forma a un tipo particular de literatura, donde la verdad sobre todos los puntos de importancia está presentada exclusivamente entre líneas.

Esta literatura no se dirige a todos los lectores, sino sólo a los lectores inteligentes y dignos de confianza. Tiene todas las ventajas de la comunicación privada sin tener su mayor desventaja: no alcanzar más que a las personas conocidas del escritor. Tiene todas las ventajas de la comunicación pública sin tener su mayor desventaja: la pena capital para el autor. Pero ¿cómo un hombre puede lograr el milagro de hablar, en una publicación, a una minoría, permaneciendo silencioso para la mayoría de sus lectores? Lo que vuelve posible esta literatura puede expresarse en el axioma siguiente: los hombres incapaces de pensar son lectores descuidados, y sólo los hombres capaces de pensar son lectores atentos. Por eso un autor que desee dirigirse únicamente a hombres capaces de pensar debe escribir de tal modo que sólo un lector muy atento pueda descubrir el sentido de su libro. Pero —se objetará— puede haber hombres perspicaces, lectores atentos, que no son dignos de confianza y que, habiendo descubierto al autor, lo denunciarán a las autoridades. En realidad, esta literatura sería imposible si no hubiera un fondo de verdad en la palabra de Sócrates según la cual la virtud es conocimiento, y entonces los hombres capaces de pensar, en tanto tales, no son crueles sino dignos de confianza.

Según otro axioma, que sin embargo sólo tiene sentido en tanto la persecución permanece en los límites del procedimiento legal, un escritor cuidadoso de inteligencia normal es más inteligente que el más inteligente de los censores. Pues el peso de la prueba descansa sobre el censor. Es él, o el acusador público, quien debe probar que el autor sostiene o ha emitido opiniones heterodoxas. Para lograrlo debe demostrar que ciertas deficiencias literarias de la obra no se deben al azar, sino que el autor ha empleado deliberadamente tal expresión ambigua o tal frase mal construida. Dicho de otro modo, el censor no sólo debe probar que el autor es inteligente y buen escritor en general (pues un hombre que comete intencionalmente equivocaciones por escrito debe poseer el arte de escribir) sino, por sobre todo, que estaba en el nivel habitual de sus capacidades cuando escribía los pasajes incriminados. Pero, ¿cómo probar tal cosa si incluso Homero dormita de tiempo en tiempo?

II

En el pasado, el pensamiento independiente ha sido a menudo reprimido. Es razonable suponer que las épocas anteriores han producido proporcionalmente tantos hombres capaces de un pensamiento independiente como los que hoy encontramos, y que al menos algunos de esos hombres combinaban el entendimiento con la prudencia. Así, uno puede preguntarse si algunos de los más grandes escritores del pasado no han adaptado su técnica literaria a las exigencias de la persecución, y presentado exclusivamente entre líneas sus ideas sobre las cuestiones más cruciales.

Lo que nos impide considerar esta posibilidad y más aún considerar las cuestiones que allí se anudan, son ciertos hábitos debidos, o ligados, a un progreso comparativamente reciente de la investigación histórica. A primera vista ese progreso resulta de la aceptación general y de la aplicación ocasional de los siguientes principios. Se exige que cada período del pasado deba ser comprendido por él mismo y no juzgado según patrones que le son extraños. Cada autor debe, en lo posible, ser interpretado en y por sí mismo; ningún término de importancia debe ser utilizado en la interpretación de un autor que no pueda ser traducido literalmente en su propio lenguaje, y que no haya sido utilizado por él o no haya sido de uso común en su tiempo. Las únicas presentaciones de las ideas de un autor que pueden ser tenidas por verdaderas son las que están justificadas en definitiva por sus propias declaraciones explícitas. Este último principio es decisivo: parece excluir a priori de la esfera del saber humano aquellas ideas de un autor antiguo que están indicadas exclusivamente entre líneas. Pues si un autor no se cansa de afirmar explícitamente en cada página de su libro que a es b pero indica entre líneas que a no es b, el historiador moderno exigirá aún pruebas explícitas que muestren que el autor creía a diferente de b. Es imposible administrar tales pruebas y el historiador moderno triunfa: rechazará toda lectura entrelíneas como conjetura arbitraria o, si es perezoso, la admitirá a título de conocimiento intuitivo.

La aplicación de esos principios ha tenido importantes consecuencias. Hasta no hace mucho tiempo —hombres actualmente vivos pueden aún recordarlo— mucha gente, guardando en el espíritu tales declaraciones famosas de Bodin, Hobbes, Burke, Condorcet, creían en una diferencia de concepción fundamental entre el pensamiento político moderno y el de la Edad Media y la Antigüedad. La generación actual aprendió de uno de los más famosos historiadores de nuestro tiempo que

“a partir al menos de los juristas del siglo segundo hasta los teóricos de la Revolución francesa, la historia del pensamiento político es continua, cambiante en su forma, modificándose en su contenido, pero siempre la misma en sus concepciones fundamentales”
(Carlyle).

Hasta mediados del siglo XIX se pensaba que Averroes había sido hostil a toda religión. Renan combatió con éxito esta idea, hoy tratada como leyenda medieval, y los sabios actuales consideran a Averroes un musulmán leal y creyente. Los autores de otrora habían creído que “la abrogación del pensamiento religioso y mágico” era característica de la actitud de los médicos griegos. Un autor más reciente afirma que

“los médicos hipocráticos... en tanto hombre de ciencia abrazaron un dogma sobrenatural”
(L. Edelstein).

Lessing, uno de los más profundos humanistas de todos los tiempos —en quien la erudición, el gusto y la filosofía se combinaban en un grado extremadamente raro—, estaba convencido de que existen verdades que no deben o no pueden ser proferidas y creía que “todos los antiguos filósofos” habían distinguido entre su enseñanza exotérica y su enseñanza esotérica. Desde que el gran teólogo Schleiermacher afirmó, gracias a un argumento de una competencia inusitada, la tesis de la unidad de la enseñanza platónica, la cuestión del esoterismo de los antiguos filósofos se ha reducido en la práctica a la del sentido de los “discursos exotéricos” de Aristóteles. Desde ese punto de vista, uno de los más grandes humanistas del presente afirma que la atribución de una enseñanza secreta a Aristóteles es

“evidentemente una invención tardía que tiene su origen en el espíritu del neopitagorismo”
(Lessing).

Según Gibbon, Eusebio

“confiesa indirectamente que ha relatado todo lo que podía contribuir a la gloria y suprimido todo lo que podía tender a la vergüenza de la religión”.

Según un historiador contemporáneo,

“el juicio de Gibbon según el cual La Historia eclesiástica es groseramente injusta, es en sí un veredicto de toma de partido”
(J.T. Shotwell).

Hasta fines del siglo XIX muchos filósofos y teólogos tenían a Hobbes por un ateo. Ahora, muchos historiadores rechazan tácita o expresamente esta idea; un pensador contemporáneo, que considera que Hobbes no era exactamente un hombre religioso, percibe en sus escritos los lineamientos de una filosofía neo-kantiana de la religión. Montesquieu mismo, así como algunos de sus contemporáneos, hallaba bueno y aún maravilloso el plan del Espíritu de las leyes, Laboulaye creía que la aparente oscuridad de ese plan, así como sus otras deficiencias literarias aparentes, se debían a la censura y a la persecución. Uno de los principales historiadores actuales del pensamiento político, sin embargo, afirma que

“no hay en verdad mucha coherencia en el contenido”, que “la cantidad de detalles sin pertinencia es extraordinaria” y que “no se puede decir que El Espíritu de las leyes de Montesquieu tenga el menor arreglo”
(G.H. Sabine).

Esta elección de ejemplos, que no es arbitraria, muestra que la diferencia típica entre ideas antiguas e ideas más recientes no se debe sólo al progreso de la exactitud científica, sino que además tiende a un cambio más fundamental en el clima intelectual. Durante algunos de estos últimos decenios la tradición racionalista, común denominador de las ideas antiguas, y que ejercía aún su influencia sobre el positivismo del siglo XIX, ha sido de más en más transformada o totalmente rechazada por más y más personas. Saber si, y en qué medida, ese cambio debe ser tenido por un progreso o un retroceso, es una cuestión que sólo el filósofo puede responder.

Una tarea más modesta se impone al historiador. Exigirá simplemente, y a justo título que, a despecho de todos los cambios que se han producido o se producirán en el clima intelectual, la tradición de la exactitud histórica sea mantenida. En consecuencia, no aceptará un patrón arbitrario de exactitud que podría excluir a priori del saber humano los hechos más importantes del pasado, pero adaptará las reglas del método que guían su investigación a la naturaleza de su tema. Seguirá entonces reglas como estas: leer entre líneas está estrictamente prohibido en todos los casos en que el resultado sería menos exacto que si no se lo hiciera. Sólo es legítima una lectura entre líneas que parta de una consideración exacta de las declaraciones explícitas de un autor. El contexto donde se encuentra una proposición, el género literario de la obra entera así como su plan, deben ser perfectamente comprendidos antes que una interpretación de esta proposición pueda razonablemente pretender ser adecuada o aun correcta. No tenemos el derecho de suprimir un pasaje o de corregir el texto mientras no se hayan considerado todas las posibilidades razonables de comprenderlo tal como es, siendo una de esas posibilidades que el pasaje sea irónico. Si un maestro en el arte de escribir comete equivocaciones de las que se avergonzaría un estudiante inteligente, es razonable suponer que son intencionales, especialmente si el autor discute, aunque sea de pasada, la posibilidad de equivocaciones intencionales en los escritos. Las ideas del autor de un drama o un diálogo no deben, sin previa prueba, ser identificadas a las ideas expresadas por uno o varios de sus personajes, o a las ideas sobre las que están de acuerdo todos sus personajes, o sus personajes simpáticos. La opinión real de un autor no es necesariamente idéntica a la que expresa en la mayoría de los pasajes. En síntesis, no hay que confundir la exactitud con el rechazo, o la incapacidad de ver el bosque para no ver más que los árboles. El historiador verdaderamente exacto tomará su partido de la diferencia que hay entre marcar un punto o probar a casi todo el mundo que se tiene razón, y comprender el pensamiento de los grandes escritores del pasado.

Se debe entonces contar con que leer entre líneas no conduce a un acuerdo completo entre todos los sabios. Si hay allí una objeción a la lectura entre líneas en tanto tal, se puede responder que los métodos generalmente en uso actualmente no han llegado tampoco a un acuerdo unánime ni siquiera amplio, sobre puntos muy importantes. Los historiadores y filólogos del último siglo estaban inclinados a resolver los problemas literarios recurriendo a la génesis de la obra de un autor e incluso a la génesis de su pensamiento. Las contradicciones o divergencias en un libro, o de un libro a otro del mismo autor, eran consideradas como pruebas de que su pensamiento había cambiado. Si las contradicciones sobrepasaban cierto límite, se decidía a menudo sin prueba externa que una de las obras era apócrifa. Desde hace algún tiempo este procedimiento está bastante desacreditado; muchos sabios retornan a una actitud más prudente con respecto a la tradición literaria y se muestran menos impresionados por los datos puramente internos. No por ello el conflicto entre los tradicionalistas y los hipercríticos ha sido resuelto. Los tradicionalistas pueden mostrar en casos importantes que los hipercríticos no han demostrado sus hipótesis; pero, incluso si todas las respuestas sugeridas por los hipercríticos debieron revelarse falsas finalmente, las cuestiones que los separaron de la tradición y los empujaron a adoptar un nuevo camino testimonian a menudo de una cierta conciencia de dificultades que no turban el sueño del tradicionalista típico. Si se quiere encontrar una respuesta adecuada a las más serias de esas cuestiones es necesario reflexionar metódicamente sobre la técnica literaria de los grandes escritores del pasado por el carácter típico de los problemas literarios en cuestión: oscuridad del plan, contradicciones en un libro o de un libro a otro del mismo autor, omisiones de importantes etapas de la argumentación, etc. Tal reflexión trasciende necesariamente los límites de la estética moderna y aun de la poética tradicional y creo que obligará tarde o temprano a los investigadores a tener en cuenta el fenómeno de la persecución. Para mencionar algo que no es más que otro aspecto del mismo problema, se observa a menudo un conflicto entre una interpretación tradicional superficial y doxográfica de un gran escritor del pasado, y una interpretación monográfica, más inteligente y más profunda. Serán ambas exactas en la medida que estén justificadas por declaraciones explícitas del autor en cuestión. Sin embargo, son pocos los que en la hora actual encararán la posibilidad de que la interpretación tradicional refleje la enseñanza exotérica del autor, mientras que la interpretación monográfica se detiene a medio camino entre su enseñanza exotérica y su enseñanza esotérica.

La investigación histórica moderna, nacida en un tiempo en que la persecución se había convertido más en objeto de recuerdos confusos que en una experiencia coactiva, ha neutralizado e incluso destruido una tendencia más antigua de los grandes escritores a leer entre líneas, o a conceder más peso a su propósito fundamental que a las ideas que más a menudo expresaban. Toda tentativa para hacer revivir la concepción antigua en esta era de historicismo choca con el problema de los criterios que permitirían distinguir una lectura entre líneas legítima de una ilegítima. Si es verdad que hay una correlación necesaria entre la persecución y el hecho de escribir entre líneas, entonces existe un criterio negativo necesario: el libro en cuestión debe haber sido escrito en una época de persecución, es decir, en un tiempo en que una u otra ortodoxia política o religiosa era impuesta por la ley o la costumbre. Un criterio positivo es el siguiente: si un escritor de talento, dotado de un espíritu claro y de un perfecto conocimiento de la concepción ortodoxa y todas sus ramificaciones, contradice subrepticiamente y como al pasar una de las presuposiciones o un principio de la concepción ortodoxa, reconociéndola y sosteniéndola explícitamente en todas las otras partes, podemos suponer razonablemente que él se oponía al sistema ortodoxo en tanto tal, y debemos ponernos a estudiar su libro entero con mucho más cuidado y menos ingenuidad de lo que jamás lo habíamos hecho. En algunos casos poseemos pruebas explícitas de que el autor ha indicado sus opiniones sobre los temas más importantes exclusivamente entre líneas. Tales declaraciones, sin embargo, no se encuentran habitualmente en el prefacio de un libro u otros lugares llamativos. Y corremos el riesgo de no observarlas, menos aún comprenderlas, si nos atenemos al candor o sinceridad que prevalecen en la concepción de la persecución y en la actitud hacia la libertad de palabra en el curso de los tres últimos siglos.

III

El término persecución recubre una gran variedad de fenómenos, desde los más crueles, representados por la Inquisición española, a los más benignos, como el ostracismo social. Entre esos dos extremos se sitúan los tipos más importantes desde el punto de vista de la historia literaria e intelectual. Se encuentran ejemplos en la Atenas del siglo V y IV antes de JC, en ciertos países musulmanes al comienzo de la Edad Media, en la Holanda y la Inglaterra del siglo XVII y en la Francia y la Alemania del siglo XVIII, todos períodos comparativamente liberales. Pero una ojeada a las biografías de Anaxágoras, Protágoras, Sócrates, Platón, Xenofón, Aristóteles, Avicena, Averroes, Maimónides, Grotius, Descartes, Hobbes, Espinoza, Locke, Bayle, Wolff, Montesquieu, Voltaire, Rousseau, Lessing y Kant, y en algunos casos una ojeada a los títulos de sus libros, es suficiente para mostrar que ellos han conocido o sufrido, al menos durante una parte de su vida, una clase de persecución más tangible que el ostracismo social. No olvidemos tampoco el hecho, no suficientemente subrayado por las autoridades, de que persecución religiosa y persecución de la investigación intelectual libre no son idénticas. Hubo tiempos y países en que todas las confesiones o al menos gran parte de ellas eran admitidas, pero en los que la investigación intelectual libre no lo era.

La actitud que un hombre adopta con respecto a la libertad de discusión pública depende de manera decisiva de lo que piensa de la educación popular y sus límites. Hablando en general, los filósofos premodernos desde este punto de vista eran más reticentes que los filósofos modernos. A partir de alrededor de la mitad del siglo XVII un número creciente de filósofos heterodoxos que habían sufrido persecuciones publicaron sus libros no sólo para comunicar sus pensamientos sino también porque querían contribuir a abolir la persecución en tanto tal. Creían que la represión de la investigación libre y de la publicación de los resultados de la investigación libre era un accidente debido a un defecto de constitución del cuerpo político, y que el reino de las tinieblas generales podría hacer lugar a la república de las luces universales. Esperaban ver llegar un tiempo en que gracias a los progresos de la educación popular, sería posible una libertad de palabra prácticamente completa o —para exagerar con el objetivo e clarificar— un tiempo en el que no haría mal a nadie escuchar alguna verdad cualquiera que fuera. Disimulaban sus ideas justo lo suficiente para premunirse lo más posible de la persecución; si hubieran sido más sutiles habrían estado contra sus propias intenciones, las de esclarecer a un número cada vez mayor de personas que no eran filósofos potenciales. Por eso es relativamente fácil leer entre líneas en sus libros. La actitud de un tipo más antiguo de escritores era fundamentalmente diferente. Creían que el abismo que separa a “los sabios” del hombre “vulgar” era un hecho fundamental de la naturaleza humana que no podía influenciar ningún progreso de la educación popular: la filosofía, o la ciencia eran esencialmente el privilegio de “algunos”. Estaban convencidos de que la filosofía en tanto tal es sospechosa a los ojos de la mayoría de los hombres, que incluso hasta la odian. Aún si no hubieran tenido nada que temer de tal o cual potencia política, los hombres que partían de esta hipótesis habrían llegado a la conclusión de que la comunicación pública de la verdad filosófica o científica era imposible o indeseable, no sólo para un tiempo, sino para todos los tiempos. Debían disimular sus opiniones frente a todos salvo los filósofos, sea limitándose a la instrucción oral de un grupo de alumnos cuidadosamente elegidos, sea no escribiendo sobre los temas más importantes sino por “breves indicaciones” (Platón).

Los escritos son naturalmente accesibles a todos los que saben leer. Así, un filósofo que eligiera la segunda vía no podría exponer más que opiniones que fueran apropiadas para la mayoría no filosófica; todos sus escritos habrían de ser, estrictamente hablando, exotéricos. Esas opiniones no podrían ser bajo ningún punto de vista conformes a la verdad. Siendo un filósofo, es decir odiando sobre todo “la mentira en el alma”, tal hombre no podría engañarse a sí mismo sobre el hecho de que tales opiniones no son más que “cuentos verosímiles”, “nobles mentiras”, “opiniones probables”, y tendría que dejar a sus lectores filósofos el cuidado de desgajar la verdad de su presentación poética o dialéctica. Pero iría contra sus propias intenciones si indicara claramente cuál de sus afirmaciones expresa una noble mentira, y cuál la verdad más noble aún. Para sus lectores filósofos, haría más que suficiente atrayendo su atención sobre el hecho de que no hubiera objeción en contar mentiras nobles o cuentos que sólo se parecen a la verdad. Desde el punto de vista, al menos, del historiador de la literatura, ninguna diferencia es más notable entre el filósofo premoderno típico (que es difícil de distinguir del poeta premoderno), y el filósofo moderno típico, que su diferencia de actitud hacia las “nobles (o justas) mentiras”, los “fraudes piadosos”, el “ductus obliquus” (T. Moro) o la “economía de la verdad”. Todo lector moderno decente no puede sino ser ofendido por la simple sugestión de que un gran hombre podría haber engañado deliberadamente a la gran mayoría de sus lectores. Y sin embargo, como ya lo ha observado un día un teólogo liberal, esos imitadores del astuto Ulises eran quizás simplemente más sinceros que nosotros cuando llamaban “mentir noblemente” lo que nosotros llamaríamos “tener en cuenta nuestras responsabilidades sociales”.

Así un libro exotérico contiene dos enseñanzas: una enseñanza popular de carácter edificante, que está en primer plano; y una enseñanza filosófica que concierne al tema más importante, indicada sólo entre líneas. Lo que no es negar que grandes escritores hayan podido expresar ciertas verdades importantes abiertamente, poniéndolas en boca de algún personaje poco recomendable: habrían así mostrado cuánto desaprobaban que sean proferidas las verdades en cuestión. No por nada, entonces, se encontraría en la más grande literatura del pasado tantos diablos, locos, mendigos, sofistas, borrachos, epicúreos y bufones interesantes. Sin embargo, aquellos a quienes se dirigen esos libros en verdad no son ni la multitud no filosófica, ni el perfecto filósofo en tanto tal, sino los jóvenes susceptibles de devenir filósofos: los filósofos potenciales son conducidos paso a paso desde las concepciones populares, que son indispensables por razones prácticas y políticas hacia la verdad que es pura simplemente teórica, guiados como lo son por ciertos hierazos bizarramente enigmáticos en la presentación de la enseñanza popular —oscuridad del plan, contradicciones, pseudónimos, repeticiones inexactas de afirmaciones anteriores, expresiones extrañas, etc. Tales huellas no turban el sueño de aquellos a quienes los árboles impiden ver el bosque, pero actúan como piedras de tropiezo para los que son capaces de verla. Todos los libros de ese género deben su existencia al amor del filósofo confirmado por los “jóvenes perros” de su raza, por quienes desea ser amado en devolución: todos los libros exotéricos son “discursos escritos causados por el amor”.

La literatura exotérica presupone que existen verdades fundamentales que ningún hombre decente proferiría en público porque harían mal a mucha gente que, herida, estaría a su vez inclinada a herir a quien profiere las verdades displacientes. Presupone, en otros términos, que la libertad de investigación y publicación de todos los resultados de la investigación, no está garantizada como un derecho fundamental. Esta literatura está así ligada a una sociedad que no es liberal. Se puede entonces plantear la cuestión de saber para qué serviría en una sociedad verdaderamente liberal. La respuesta es simple. En el Banquete de Platón, Alcibíades —ese hijo del hablar franco de una Atenas de hablar franco— compara a Sócrates con ciertas esculturas que, muy feas por fuera, por dentro están llenas de imágenes muy bellas de cosas divinas. Las obras de los grandes escritores del pasado son muy bellas incluso vistas por fuera. Y sin embargo su belleza visible es pura fealdad comparada con la belleza de esos tesoros ocultos que sólo se develan después de un trabajo muy largo, jamás fácil, pero siempre placentero. Ese trabajo, siempre difícil pero siempre placentero es, yo creo, lo que los filósofos tenían en vista cuando subrayaban la importancia de la educación. La educación para ellos era la única respuesta para esta cuestión siempre acuciante, para la pregunta política por excelencia: ¿cómo reconciliar un orden que no sea opresión con una libertad que no sea licencia?

Notas

  1. [N. del T.] Traducido por J.A. Maravall

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