Revista SITIO · N.º 1 (1981)

Dos cuentos

El abanico o la muerte de la vieja

Un pesado cuerpo incómodo sobre el pavimento era todo. La muerte, quieta, para siempre.

El pleno aire total de la ciudad reinaba. Como lombrices de sus agujeros salió la gente.

Un expediente es incómodo para manejar porque tiene las hojas muy desiguales. Tan incómodo como sacarlo del portafolios cuando está con el lomo para dentro.

Allí no estaba anotado, faltaba un cuarto más de probanzas para ayudar.

Todos los lentes de la ciudad se paralizaron en el cuadro. El camión, una pequeña curva dibujada en la planimetría y muchas cosas más.

Pero faltaba el cuarto de prueba que estaba en el círculo de la muerte. De esa muerte despareja de la vieja: un fuerte empujón por el hombro le deshizo la clavícula y otro golpe al dar en el suelo, desacompasado, dio el final. La vejez se desplomó dolorida por todos los costados.

Faltaba la claridad de aquella prueba redonda que estaba en aquel sector, en la forma de cuatro testigos de la muerte.

Los expedientes son todos derechos, bien alineados, de hojas numeradas, encarpetados, limpios; ordenan la vida, la manejan. Después, ésta desaparece y queda sólo lo que está allí, en el trágico expediente. Pero la lógica no se resiente.

Un oficial, clavado, tableteando la máquina. Más frío el segundo interrogatorio y una seriedad que se acentúa. Desde el agente de facción que vio hasta el Juez que sin una molestia apaga su cigarrillo, gira hacia atrás la silla y comienza el paso suave de las hojas. Dieciocho personas dejaron su señal y ninguna puso el cuarto de prueba que faltaba. La señal María Ruiz, Teresa Ysaurralde, Rubén Torres y Gladys Contreras.

En sus distintas cosas cada uno lo vio. Y Su Señoría, mirando sobre los anteojos, se sorprende. Vieron, por ejemplo, que el camión cruzó el paisaje, con marcha de alegría, sin cambios, a toda velocidad, sin cambios. Después, un golpe; y la mujer, animal muerto sobre la ruta. La guía de todo estaba en el alcohol: 1,80. La dueña de la vida que se acabó sólo sabía de cruzar lentamente la calzada doblando la vejez y las caderas.

El hombre bajó del camión, solo, maloliente, sin emoción, transformado en el canalla que mató a la vieja. Estaba dentro del círculo de la cuarta parte de la prueba que faltaba.

Más allá el mundo sería más blando para él. Soslayó el círculo y apeló.

Así, los papeles dicen que la vieja pobre con su miedo tembleque iba hacia la muerte, buscándola.

Varios hijos comentan apresurados. El destino. Y González, el camionero, apeló a los suyos y a la mano del diablo que pudo más que el comisario.

Ahora una losa con un nombre nuevo abre una fecha, inicia otra ceremonia y nuestro amigo del volante pasa olvidado por aquel círculo de los cuatro testigos que no aparecieron para que la cuarta parte de la prueba no dijera que la mancha de sangre estaba del todo en el lado contramano de González...

Pancho bola

Pancho Bola se apoya en un palo para remediar el peso de su cuerpo sobre la pata a medias que Dios le dio. Nació con los dedos doblados.

Hoy sus poderosos años apenas se marcan en el pelo blanco y la barba mora, en las mejillas rosas y los ojos fuertes. Camina con una especie de inclinación suave sobre el lado más corto del cuerpo. Su cuerpo fuerte me atrae. Siento tanta fuerza, tanto aliento, tanto hombre en esa sola cosa. Me atrae de él todo lo que no soy. Su ojo avizor sin cansarse recorre la distancia como posándose en el monte y así, horas sin hablar.

La casa de mi abuelo tiene el jagüel, la cama, el mate, la vieja que se fue y la cola de cerda amarilla donde se cuelgan los peines. También hay unos perros dormidos entre los dueños de casa y el portón.

¿Cómo llego yo hasta la casa? Espanto recuerdos, el aire transparente y tantas cosas que van del auto a la mesa. Pancho las recibe indiferente pero el rebenque comienza a golpear más rápido en el suelo. Y se acomoda a nosotros.

Una larga nostalgia, la poderosa voz de los años, callada, oculta detrás de las tinajas y Pancho gozando la lechuga que con toda locura le llevo en un bolso.

No puedo despellejarme, no puedo entregarles mi silencio. Sólo una charla de cualquier cosa que a veces es hiriente. A mí hasta me duele la cabeza. Tanto recuerdo. En aquel suelo seco, en aquel límite de campo dibujado igual.

La casa quieta, taciturna, blanca de barro blanco, seco, las paredes muy anchas. Pancho golpea la fuente con el tenedor picoteando la lechuga. Un lujo que le damos. La casa sigue igual. Pancho, muy tranquilo, se duerme y ronca en el catre del corredor que le pertenece. Las crines del techo del rancho son duras. El apero de Jaime, brilloso. Las mujeres, el luto arrastrado en la tarea. Una vieja que se fue.

¿Cómo llegó? No puedo tocar lo que ya no es pero el olor del rancho es el mismo y los ángulos, las voces a gritos hasta la represa, también. Sólo este Pancho con su cuerpo tan vivo marcando el suelo con una sola pata no sabe la irreverencia que comete. No sabe nada de bajo del tala, ni del madero fijo para picar la carne, ni de los años que tienen los palos brillosos de la cocina, ni de detrás de la casa que se mira por la misma ventana, ni de esta otra ventana que yo le abrí al mundo sin saber quizá que ya nunca podría cerrarla.

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