Revista SITIO · N.º 1 (1981)

El responso del rezante

Llegamos a saber más tarde que mi padre inició su amistad con el beato, luego de intentar matarlo, durante el velorio de una de las mujeres del prostíbulo. Velorio donde aquél estaba oficiando su servicio de rezante y en donde apareció mi padre, cuchillo en mano, gritando que por encargo de la virgen, había ido a matarlo para evitar que la palabra del señor siguiera rodando entre putas. El beato, en medio del chillón revoltijo de mujeres que trataban de dispersarse se puso de pie enfrentando a mi padre. Lo miró hondamente un segundo, sin prestar atención al cuchillo que se sacudía delante de sus ojos. Luego, levantando el rostro hacia las chapas del techo, recitó con voz firme y pausada:

—“Porqué no he venido yo a llamar a los justos sino a los pecadores”—.

Dicho esto se persignó lentamente. Le dio la espalda y volvió a arrodillarse a los pies de la cama de la difunta continuando con el rosario. Al segundo salve mi padre guardó su arma y se arrodilló a su lado. El amén final lo pronunciaron juntos. Sus voces se destacaron claramente sobre el espeso murmullo de las meretrices.

Eso ocurrió la noche en que lo escuchamos llegar acompañado de alguien, identificado como hombre por la voz, que dos días después —cuando abandonaron la pieza donde se habían encerrado aquella madrugada— supimos era el beato. Nos lo dijo mi padre penetrando en la cocina, donde nos encontrábamos comiendo, seguido por un hombre de pequeña estatura y edad imprecisa, rostro aindiado y barba rala. Mi padre con cierta solemnidad, nos dijo:

—“Este es el hombre que reza —.

Mi padre dijo esto cruzando su brazo por sobre los estrechos hombros del rezante que paseó por nuestras figuras sus pequeños ojos, negros y brillantes. Salieron sin pronunciar palabra alguna. Eso es todo. No hay ningún otro detalle que recordar; salvo que cuando se marcharon, nosotros, sin comentarios, continuamos tomando la sopa de crema de arvejas que había preparado tía Rosa.

Alguna madrugada después regresaron. Volvieron a encerrarse en la habitación que mi padre utilizaba como biblioteca y durante otros dos días, allí permanecieron. Los escuchamos discutir constantemente, rezar a los gritos, llorar, insultarse. Al anochecer del tercer día de su estadía en casa, cruzaron sin mirarnos el pasillo hacia la calle. Cruzaron por el pasillo sin dirigirnos la más mínima palabra. Salían a recorrer novenarios, boliches y velorios; no sólo los de nuestro pueblo, sino también los de los pueblos vecinos. Y en todo lugar, invariablemente mi padre repetía su declamada intención de acuchillar al beato; éste recitaba una plegaria del evangelio, se persignaba y terminaba de rezar el rosario con mi padre arrodillado al lado suyo. Después regresaban. Al encierro, a los insultos, a los rezos desaforados. A nuestra desesperación. Porque ya para entonces nos habíamos descubierto desesperados, acechantes a los menores ruidos. Tratando de distinguir los llantos de las risas, los ronquidos de los estertores, que llegaban desde aquel cuarto al fondo del pasillo. Porque también, ya huidizamente, deseábamos que finalmente mi padre matara al beato. Cada uno de nosotros, en la soledad de nuestras piezas pensábamos lo mismo. Desvelados, con el corazón astillado de angustia, soñábamos que un buen día ya no regresaban, ni partían, ni se encerraban. Que nuevamente éramos libres de acecharnos nuestros propios ruidos nocturnos.

Pero ellos siguieron entrando, encerrándose, saliendo. Un tiempo larguísimo durante el cual no nos hablaron más de dos o tres palabras y apenas si nos miraron. Como si antes de aquella siesta, cuando regresaron un poco más borrachos que de costumbre, no hubiéramos existido. Salimos de la cocina ante los gritos de mi padre que parado en el centro del patio hacía cruces en el aire con su cuchillo. Tenía la cabeza levantada y el sol daba de lleno sobre su rostro abotagado, los ojos sanguinolentos, el rictus de baba de los labios. Atrás suyo, el beato apoyado en el tosco bastón que nunca abandonaba, miraba fijamente algún punto de la enredadera que cubría una de las paredes

—“Cada cual tiene que cumplir su penitencia”— gritaba sin dejar de acuchillar el aire —“y yo cumpliré la mía, ofreciéndote, virgen santísima, la sangre de este falsario que corrompe la palabra de tu padre, nuestro señor”— su turbia mirada nos recorrió febrilmente y luego volvió a fijarse en las alturas.

—“¿No es lo justo madre?”— sollozaba entre hipos que lo sacudían entero.

—“¿No es lo justo que cada uno cumpla su penitencia?”—.

El beato se movió suavemente hasta colocarse frente suyo y levantó una mano a la altura de los ojos de mi padre. Entrelazando los dedos de esa mano levantada, tenía un rosario de pequeñas cuentas oscuras que sacudía suavemente.

—“Esta es la penitencia por cumplir”— dijo en un susurro.

Bajó la mano, le dio la espalda y se arrodilló frente a las macetas, tarros y ollas viejas de las begonias, jazmines y claveles. Mi padre lo imitó en seguida. Lo siguió tía Rosa y luego tú y yo a un mismo tiempo. Fue cuando por primera vez escuchamos cómo su voz, tensa y delgada, desgranaba cantarinamente los misterios del rosario. Sus dedos corrían por las pequeñas cuentas oscuras con la misma unción del rezo.

—“Unción sobria y precisa”— nos había dicho luego, cuando nos preparaba para que lo acompañáramos en sus letanías. Porque aquella tarde decidieron que debíamos unirnos a ellos en sus salidas de rezantes; y esa misma noche, sentado en la cabecera de la mesa de la cocina, el beato comenzaba a enseñarnos el oficio. Nos recomendaba las pausas y entonaciones, la expresión correcta de cada una de las plegarias. Una y otra vez. Noche tras noche, se repetían infatigablemente sus lecciones. Así, siguiendo sus pacientes correcciones, memorizamos responsos y rosarios. Encontramos el ritmo justo para que sobre la sílaba final de nuestro coro “El señor es contigo” el beato iniciara su “Dios te salve María”. Ese contrapunto, fue el orgullo de mi padre desde nuestro primer velorio. El de aquella vieja con el trapo amarillo atado a las quijadas. Nuestro primer velorio guiados por la voz del beato a un costado de su asiento a los pies del féretro. La noche estaba fría de humedad y apenas si tuvimos tiempo de llegar a casa cuando se descolgó la lluvia. Era muy cerca del amanecer y antes de dormirme estuve largo rato pensando en que las cuentas del rosario del beato eran lentejas. Que pese a ellas mi padre finalmente lo mataría. Que cuándo sería finalmente. Sobre la visión de la rendija desdentada de la vieja que acabábamos de velar, pensé que todo esto era un juego del cual sólo mi padre y el beato conocían las reglas. Entre sueños escuché sus voces apagadas por el caer de la lluvia sobre las hojas de los árboles, sobre la tierra apisonada del patio, sobre una pradera de pañuelos amarillos y cadáveres desdentados.

Los velorios se sucedían casi indistintos, casi ni los sentíamos pasar. Noches para las cuales vestíamos ropas oscuras y momificamos en nuestros rostros ese gesto de contricción piadosa que el beato tanto nos había recomendado.

“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome cada día su cruz y sígame”.

Nosotros seguíamos. Atravesábamos detrás de ellos por un laberinto de mecheros de aceite, flores, velas. El paso de la noche al día junto a un cadáver. Donde se zurcían medias, se bebía ginebra, se urdían chismes, se lloraba, se hablaba de tal o cual ánima. Las flores se mezclaban, algunas naturales y otras de papel crepé. Vagar el pueblo, los pueblos, buscando muertos para rezar por ellos. Muertos de todos los días presentes en nuestras conversaciones, en nuestros sueños, en nuestras comidas.

Al volver a casa, el sonambulismo de los amaneceres nos disimulaba las ojeras y lo tenso de nuestros gestos. Ellos, a esa hora se repartían lo cobrado por el servicio de rezo. Terminaban de emborracharse. Mi padre agitaba su cuchillo. Le anunciaba a la virgen que iba a cumplir su penitencia y el beato echaba mano al evangelio.

“…porque en adelante se dividirán las casas, se dividirán el padre contra el hijo, y el hijo contra el padre”.

Divididos en distintos juegos, le dije a tía Rosa cuando regresábamos del último velorio. Ella me dijo que las cuentas del rosario del beato le parecían viejas gotas de sangre. Era un amanecer triste, gris, como si el cielo estuviera hecho de cenizas. Ellos caminaban delante, hablando de que en tal lugar había alguien bastante enfermo, que convendría acercarse para que nos fueran teniendo en cuenta para la mala hora. Jamás decían muerte, sino la mala hora. Se lo había escuchado decir muchas veces, pero esa mañana comprendí que su juego no tendría final por ellos mismos. Que siempre encontrarían la trampa para despistar su mala hora de mártir y penitente. Comprendí esa mañana que el final finalmente tenía que cumplirse como un milagro, que transformándolos al ideal que eligieron, los dignificara. El haber comprendido aquello me llenó de una alegre seguridad y casi sin darme cuenta crucé mis brazos sobre tus hombros y los de tía Rosa cuando ya entrábamos a casa.

“Porque quien quisiere salvar su vida la perderá, pero quien perdiere su vida por amor a mí, se salvará”.

Estaba diciendo el beato cuando recibió la primera puñalada. La que le di en el pecho luego de quitarle el cuchillo a mi padre. Su rostro se contrajo de dolor y sorpresa, abrió la boca como para gritar, pero para entonces volví a apuñalarlo. Quiso levantar la mano para evitar una nueva cuchillada y fue cayendo, despacio, con los ojos bien abiertos, sin decir una palabra. Cayó entre dos sillas, y de las sillas al suelo. Con los ojos abiertos. Vos y tía Rosa arrastraron a mi padre desde el rincón donde lo habían tenido. Se dejó traer sin oponer resistencia, mirando todo con ojos insospechadamente mansos. Les ayudé a arrojarlo sobre el cuerpo ensangrentado y quieto.

—"El beato”— gimoteaba mi padre mientras lo aplastábamos contra el moribundo.

—“El beato, se muere”— lloriqueaba levantando su rostro hacia nosotros y nosotros dele refregarlo contra el muerto.

—"Se muere, el beato se muere” — tía Rosa le dio el último empujón y salimos de la cocina.

Todo esto tú lo sabes tan bien como yo. Pero me gusta oírme hablar de ello cada vez que nos amamos y sabemos a tía Rosa, con la oreja pegada a la puerta de tu cuarto, haciéndose el amor con los sonidos del nuestro. Cuando nos amamos y sabemos a mi padre, en alguna celda del manicomio cumpliendo por fin su penitencia. Cuando nos amamos y sabemos que nuestro último responso, el del velorio del beato, estuvo muy bien rezado.

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