Mentira e inconsecuencia

I

Se trata de mentir, de amedrentar
o de hurtar en las magras madrigueras
de ser huidizo, de coger bellotas
como cerdo piadoso, de en el musgo
hurgar, en los pantanos
en tenebrosos cines, la luz mala
en frígidas canicies
Se trata de escapar, de morder huero
de urdir vagos recuerdos inestables
de fingir una historia, y, en la histeria,
acariciar el himen, la capucha
calcinada en vahorosos
sabats, ollas añejas
donde carcome el lábil, el mestizo
Conocí un hipocampo
asilado en remotas embajadas
que asía las barreras
con su miembro chorrean te de asperezas
y, luego, las bajaba
Qué oriental bastardez, qué tenso mambo!
Después, en los establos,
cogida por temblores tremebundos
(por tambores asiáticos)
acariciar el manso final de la yerguez,
como si ella acabara y, pudorosa,
convirtiera al destino en una bruja, en un
abracadabra
/ pero, en densos estanques, flamearía
cual aspa, la raidez, la colgadura
si en esa desmesura / del sentido /
no estuviera presente la guayaba, el algodón untuoso
o la solemnidad
de lo pringoso/
Ah pegajosos mucilaginosos
pehuajenses estares, o aireaciones
o canyengue raidez, como bellotas
en la crecida estepa
que, si a estas las dejas,
a otras acudirás, por más aldaba
o por tenue blondar, o bayadera
cipayos en el cruce, zapallitos
en el estéril mar, o huerta chica
donde ella, sempiterna,
los terrones acosa, los tampones
esos, como despojos
—o como un vago himen de marismas,
de acuáticas mercancías—
así, como fragancias
que desde la alcazaba
raudas acechan la siseante hetaira

II

Pero si, en un efebo
puede el fuego candir, e consumirse
así, en aúreos proscenios
no será su blondez la cimitarra
con que —mugiente barra— le desdeñes
—o sea, aparezca en el remanecer
como áspera bellota, como turbia?
Cansino el burilar, el tallaríneo
dominguear, la excrecencia
podrá imbuir su ausencia
de rudo resplandor los tucos platos?
tal vez, como presencia clandestina
de mamá, de quien manda
Pero es ella que agita
en su remolinear, las mandolinas
y torna anochecidas, exangúes las bellotas
en un mar de pasados, de repetidos mambos
o de transidos mausoleos, acaso, en el tumbar
en el dar bruces contra el paredón, en el sisar
en el redoble de un tambor (lejano, inalcanzable)
en el cielorraso de alucinaciones
en el gangoso fango
en la equivocación, como quien yerra
por las adolescencias callejeras, cielitos
que en su desperdigar muestran las fauces
—la farmacia, agitada
de resplandores
fugaces cual mandrágoras, efímeros
como yermos corajes
Y, después, en el raje
en la quema de manos, en el yerto
caracolear, en el marasmo
de madresdesaparecidas, como inertes
maderos
Como un cansancio que, al desesperar, cifra la cuenta
y canta al barrenar, cual un poema

Ethel

Como en ese zaguán de azulejos leonados
donde ella se ata el pelo con un paño a lunares —y sobresale un pinche
como un punto: en el bretel donde el mendigo gira
las huellas de los hombros embarrados en la gasa desnuda:
eran plateados esos velos, plúmbeos: ella que recogía, al pie de la
escalera, los volados
tropezaba en la huella que embarrada por la sed de un mendigo
huía en espiral: esas farmacias
donde ella se soltaba blandamente una liga y el pinchador pulía la nalga,
con un algodoncito: ese capullo
huele a cerveza, como un bar: ella se arremangaba toscamente y veía
la huella, en el estaño —como un peso de plata
en medio de un poema sentimental, con bultos en los trenes y una
cesta (de paja) con una vieja trusa
renga como el linyera que posaba sus dientes en la manija
y Etheles que baldeaban, casi a ciegas, su cuerpo: vago echado
en las lajas.
coraje y lavandina:
trapos con que una Ethel arma un hatillo, y prende sus orejas, como
aros o fotos de un hipódromo: en círculos, alrededor del lago
artificial
donde se ahoga un lagarto, en torbellinos
oye con la cabeza pesarosa el tintín de la plata en ese vaso
donde ese pordiosero lía las gomas de alambre de sus babas
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