Revista SITIO · N.º 1 (1981)

Sonia (o el final)

I

Los que no tienen que mendigar, no mendigan: es una gran verdad. Jamás se ha visto a un millonario, o a un obrero, mendigando por las calles. Mendiga el mendigo, nadie más que el mendigo. Muy distinto, pero exactamente igual, es el caso de los trabajadores. Los que no tienen que trabajar, trabajan: de todos modos, trabajan. Los que tienen que mendigar, mendigan. Los que tienen que trabajar, trabajan. Los que no tienen que trabajar, trabajan. Decía un confidente policial (no, nada que ver con el tema). Por ejemplo: ¿de dónde proviene el mal aliento de algunas frases? ¿Y la mala letra. ¿Cuáles son sus causas? Tampoco viene al caso, aquí, la opinión de los psicólogos. Habrá siempre algo de sublime en aquello de “el cotorro” y “el gavión”. Los artistas son los únicos que, no teniendo que mendigar, mendigan: de todos modos, mendigan. Una excepción.

Cuando la pintura de Amte Donitz, exquisita complicidad del canalla egoísta con el trazo “final” (la firma) de dos mil años de cultura se derrumbe, se derrumbe, millones batirán mantas en armonía, rima perfecta con aquello de “los morlacos del otario los tirás a la marchanta”. Millones de esclavos se arrancarán sus dentaduras postizas de “pura” alegría, sembrando así el desconcierto entre los espectadores de los campos de concentración (o sea: sembrando en los campos de concentración). Los espíritus libres: también se alegrarán. En efecto, nadie quiere “amar” (?) ni “ser amado” (¡!) (??), y sin embargo el Amor reina: ¿podría ser acaso de otra manera? Impera. Entonces: Otario y, Marchanta. Un verdadero dilema. También ejemplo, los artistas saber perfectamente que poco importa que ese Ganza u otro cualquiera, Venga o Vaya. Lo supieron siempre, y siempre lo sabrán. No saben otra cosa. Ese saber es el arte. Callan, no obstante. Disimulan. “Tienen miedo a la hipocondría”, comenta (sin justificarlos) CA. en su última novela. Para que se entienda —¡ya empezamos!— aquí arte quiere decir perfección (una homología casi con “me tenés seco y enfermo”). Ni sombra de ironía. Es terrible: ni sombra de ironía. Los tallarines apelmazados de Elsa Erdosain como plato único. Carmen Antonucci de Arlt, Pier-Angela Tabore de Hartz, Cosima Wagner: Yo soy aquel que ayer no más decía, y esto es lo que digo: porque ya empezamos, porque ya habíamos empezado, cuando empezar era un lamentable “seguirla”, después y después y después de la espléndida culminación. La catástrofe de seguir, cuando todos los finales son buenos, cuando siempre se trata —cualquiera sea el final del mejor final, cuando cualquier instante es el final, cuando nada existe salvo el final. Los artistas —indefectiblemente, o finalmente, o al fin, y al cabo, ellos se pirrian por lo irrisorio, se babean— suelen babear preguntas tales como: ¿Y si produjéramos una semiótica del Fi? Quieren decir, en fin, otra vez, final, pero ellos se pirrian también por esta laya de muecas escriturales: Cicatrices Parlantes en la faz de la cultura huera, allí están ellos, con sus hongos grasientos encasquetados hasta las orejas. tomando mate en el umbral de una mercería, sentados en sillas por su puesto de paja. Yo, con mi hormigueante cuerpo de doble ombligo, pertenezco a la cofradía (“¿le tienen miedo a la hipocondría! ”) y los conozco como si mutuamente nos hubiéramos gestado. Yo soy la Morocha, El Marne. El Cachafaz.

¡Argentina, Argentina, Argentina! Ya empezamos. Es el final. De la música a la sociología sólo un paso, hay, desgraciadamente. Entonces, estigmas tales como "mercería”, o “mate”, o “silla de paja” conducen al éxtasis alucinatorio de alucinar un Comiz: el comienzo de un razonamiento exacto, exacto y último, no final (liberación). Si tuviéramos fuerzas —aunque, ¿para qué componer tangos si fuerza tuviéramos?. tendríamos la fuerza suficiente para no empezar, salvo si se tratara, de eso se trata, de empezar un final. Pero no: astenia de umbral. Mendigando en el zócalo sin tener que mendigar. En el umbral.

En fin

¿Y si produjéramos un psicoanálisis del Fi? “¡Chupádme el culo!” gritó Göering en el tribunal de Nuremberg. Otro que, para quienes no se dejan engañar por las apariencias, siempre quería “empezar”. No empezó ni terminó (su obra: convertir a Berlín en la capital más fifi de Europa). Pero, no es el caso. Göering, como su compadre Kafka (¡otro!), era un pobre demente, reventando alemán por todas y cada una de las costuras de su cuerpo, ay, libidinal. Era: La Cucaracha Blanca. No, no me chupeis el cul. Escuchad. Escuchadme. Escuchad la noche del pincel y el canto. Ya os habeis destemplado. Ya no tenéis remedio. Vosotros jamás os habéis dejado enculatar por el yermo, páramo de una eyaculación precoz. O cox. ¿Precocidad alguna vosotros, los que siempre estáis empezando, argentinoides? La cosa era desde el arranque final.

Esto tiene que terminar porque ya no soporto ninguna humorada. Bernardo de Irigoyen, Brasil. Me paseo por mi cuarto cuatro de hotel.

En cierta ocasión, a causa de un toletole del cual mejor no quisiera acordarme, unos amigos genoveses me dieron cobijo en una quinta cercana a las afueras de Venado Tuerto, provincia de Santa Fe. Pues bien, ahora pacía allí, en paz, tranquilo, en vez de estar en el umbral de la mercería, entre mate y mate —sentado en una silla de paja, y empezando como siempre. Alguien “pararía” el sumario, me dijeron. Pues bien: ¡que no paren! La niña de la casa era una jovencita, entre púber y adolescente, no comprendo. Mi llegada coincidió con su temporada de vacaciones: ella estudiaba en un terrible colegio de monjas, o jamonas, que también daba vacaciones, todos los años, a todas sus alumnas. Pues bien. Ella se paseaba por la orilla del estanque. Yo la miraba desde mi habitación, desde la ventana de mi habitación. Ella se paseaba por la orilla del estanque. Por costumbre de años (y las malas compañías, los artis del ambiente) en mis caminatas yo cantaba tangos, a plena voz aunque no hubiera nadie cerca a quien molestar con mis desafinados gargajeos. Sin embargo, una vez que estaba en “esa”, una mañana, resultó que la jovencita... la sorprendí escuchándome. ¿Ah? ¿Si? Por un momento creí que iba a lograr controlarme. Me quité el hongo grasiento y la saludé con una reverencia casi. Ya me había controlado. Había dejado de transpirar, incluso, por los poros de la nuca y el bulbo de la nariz. Pero ella va y me pregunta, de sopetón:

—¿Qué son morlacos?

—Pues bien —ya no podía contenerme más— la letra de la canción, del tango canción que yo cantaba (y que tú no debiste, en fin, escuchar...) se refiere a una ramera...

—¿A una yiranta?

—Sí, a una hedionda. Esta mujer parece que era tan mala que no se conformaba con sacarle los dineros a, los hombres, es decir, a los otarios. También parece que los tomaba para el churrete, no conforme. Como en aquella época, año 1929, los hombres usaban tiradores elásticos además de cinturón para sostenerse los pantalones...

Ultimo intento de callar.

Ultimo fracaso en el intento de callar, verdaderamente penúltimo. Sonia:

—Siga, siga, se lo ruego.

—Sí, niña, si ya no puedo parar. Digo que, pongamos por caso, el otario ya había soltado el precio del arreglo, y ya estaba casi casi vestido para irse mientras ella todavía yacía afrancesada sobre las sábanas endurecidas y agrias por el semen seco, mientras afuera esperaba una larga tila (todavía) de hombres, deseando entrar para hacer sus aguas. Pues bien. Pongamos por caso al hombre erguido de espaldas a ella, con los tiradores ya perfectamente enganchados. Entonces la hetaira, no conforme, le apoyaba los pies desnudos sobre las corvas, se prendía de los tiradores, los tensaba y luego, varias veces, los hacía restallar sobre las espaldas del hombre, mientras se reía con risa infernal. Y gozaba. Gozaba así, con los ojos entrecerrados y el cuerpo recorrido, todo el cuerpo, por un cálido temblor, oh.

Me senté exhausto sobre el tronco de un árbol: era un pino de Necochea. La jovencita, Sonia (se llamaba Sonia) se arrodilló entre mis piernas. Y empezó:

—Morlacos, entonces, son los...

—Son, Sonia: dilo, dilo nomás.

—¿Tiradores elásticos?

—Sí, bendita seas.

Le arranqué a tirones la blusa, el corpiño, las bragas canela... Alguna vez, hasta yo he sido feliz.

II

Almorzábamos, horas más tarde, el padre de Sonia y yo: solos. Sonia, en fin, encerrada en su cuarto. Su madre había dicho: que a pesar del sol a plomo ella agarraba, enganchaba el sulky, y se iba a comer aunque sea una lata de sardinas con una sangría al almacén del pueblo.

El padre me permitió comer solamente la sopa. Me miraba como si me dijera “terminala con la sopa, finishela”. El no probó cucharada.

Cuando me limpiaba con la servilleta, me encaró:

—¿Así que morlacos quiere decir tiradores elásticos?

Cuidado. El destino olfatea. Empecé:

—Bueno, hombre.

—Está bien, cálmese. Yo si sé controlarme. Sólo que me gustaría que me explicara, que me explicara a mí, por ejemplo, qué quiere decir mistonga.

—Pues bien. Resulta que allá por 1932 llegó a Buenos Aires una inglesa de mala vida, que se hizo famosa por regentear cierta casa mala donde se hacía de todo. Ella era la madama. Astutamente había elegido, para instalar su burdel, una discreta cortada.

Verdaderamente, el penúltimo otra vez.

El padre:

—¿Y?

—¿Y qué?

¿Qué tienen que ver todos esos pavoneos de esteta chismoso con el significado de mistonga?

—Pues bien. Como ya le dije, la hembra era inglesa, y mistonga deriva de su nombre. Miss Thonga, se llamaba: miss Thonga, miss Thonga, miss Thonga— si se entiende.

III

Heme aquí echado de esta casa quinta casa.

Era verano.

El sol caía a plomo, por suerte. El padre de Sonia me había encasquetado el hongo a la fuerza durante la pelotera que siguió al cuento de miss, miss Thonga

—¡A la mercería!

Gritaba, mientras me obligaba a caminar a empujones hacia la tranquera de salida.

—¡A la mercería, de donde nunca tendrían que haberte sacado!

También a los gritos, yo cantaba:

—Rumbo a Siberia mañana, ¡partirá! ¿la caravana!

Total yo estaba jugado, estoy jugado.

De tiempo en tiempo el tiempo llega, para atrás.

Si tantas noches he llorado de alegría, por qué no reírme de mi desamparo (al mediodía) con el sol a plomo en un terroso camino de Venado Tuerto.

Tropecé con una lata de sardinas y caí. Sentí la boca inundada por la tierra reseca. Parecía arena. Arena, pero arena de verdad, como esa que pisan los camellos.

Notas

  1. Agosto, 1979

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