I
Dos veces, como un péndulo indeciso, el anciano inclina la cabeza hacia la piedra que descansa en la arena, pústula en el amarillo infinito. Su frente, agotada por excesivos crepúsculos, roza apenas la superficie lustrosa. Después, sin ansiedad, sus dedos parpadean acariciantes sobre la redondez perfecta. La esfera, de vocación parduzca, parece arrebujarse en el cuenco huesudo de las palmas. Los ojos abrumados fingen, para beneficio de nadie, leer en el dibujo de las vetas una historia casi, pero no todavía, raída por las memorias. Tal vez, entre muchas posibles, que la redonda dureza cifra para unos pocos, será la de aquel viejo que recibió la visita del hijo de su hermana, quien le expresó su deseo de que el anciano le diera una cosa. Solamente dos preguntas hizo éste: ¿Has cumplido las condiciones? ¿No has conocido mujer? Sí y No, fueron las respuestas concisas. Tras lo cual los movimientos del anciano alteraron el aire espeso, precisos y rítmicos como una danza inmemorial. De junto a sus pies tomó el cuchillo que había descansado demasiado tiempo ya. Cortó un brazo del joven y lo colocó sobre dos hojas. Se rió de su sobrino y éste contestó con una carcajada. La piedra permaneció inmóvil. Entonces le cortó el otro brazo y lo colocó junto al primero. Ambos volvieron a reírse. Inmovilidad de la piedra. Entonces le amputó una pierna, a la altura de la cadera, y la acomodó junto a los dos brazos. El sobrino reía, reía siempre. Cortó entonces la otra pierna del joven y la puso al lado de la primera. Por último le cercenó la cabeza y la sostuvo ante sus ojos. Rió y también la cabeza reía. Luego, con gestos calculados también, volvió a colocar todo en su lugar. La piedra pudo haberse movido apenas unos milímetros, lo cual sería suficiente. El joven ya no habló, ni su boca reía, ni lo volvería a hacer jamás. Todo ha sido ya dicho, ha vuelto todo a recordarse, ya puede todo ser olvidado, incluso el Ave-de-Presa, con el pico de hierro y las garras como grandes anzuelos y la cola inmensa que tapa el sol, el gigante pájaro único de múltiples cielos que sólo se muestra dos veces en una vida. Incluso su alma, madurada en la rama verde del templo espléndido que todos, pero no él, llaman pino. Todo, menos la piedra, de una redondez perfecta, que ahora él pone de nuevo en su lugar, recomponiendo el orden perturbado, y se tiende junto a ella atravesado por un impulso de cerrar los ojos, de cerrar los ojos para no ver, para no ver la sombra de la gran cola sobre el sol.
II
Piedras: de todas las formas y tamaños, de todos los colores y consistencias. Lo imperioso es que yacen en el infinito amarillo de la playa. De entre ellas una (no más, no otra) me interesará por la frivolidad de sus respuestas conocidas de antemano. Ella -se la llama rosa de las arenas, siendo todo lo contrario de una rosa, pues es de una redondez perfecta, como ninguna flor ha pretendido jamás- integra un orden tan complejo que no retiene del paseante más que la sorpresa por su existencia en un paraje tan desolado. De entre ellas, ésa.
Que recojo de la playa (cerca de donde la arena barrosa recibe el esperma sucio de la espuma, cerca del brillo abandonado de unos anzuelos como pequeñas garras), deslizada en un bolsillo del abrigo como un arma vergonzosa.
Hacia el sol, una línea recta y cruel me previene que el mundo termina ahí nomás. Mientras tanto, me alejo de su borde, inventando una distancia que vuelve sobre mis pasos.
—No se puede. Esto es un parque nacional. No se pueden recoger cosas de la playa.
El peso culpable de la piedra en mi bolsillo. El peso de la mirada buscando la otra mirada detrás de mis ojos que adivino (en el otro) vidriosos. Ahora el peso, ya inocente, de la piedra en mi mano.
—Oiga, no se puede.
Hacia atrás, los ojos muy abiertos de sorpresa, cayendo despacio, la sangre sobre toda la cara que después de todo nunca vi muy bien, mezclándose con la arena sucia, con el esperma barroso.
Mucho después (largo tiempo después de que corrí, mientras una nube tapaba el sol como la cola de un gran pájaro), la piedra, ahora de un gris algo veteado de rojo opaco, descansará en el borde de la biblioteca, equilibrando con una armonía ficticia pero material el desorden de nombres sobre los lomos. De entre ellos uno (no más, no otro) contará la historia de un joven descuartizado que nunca conoció mujer.
III
Correr, siempre correr corrigiendo la carrera, los pies peligrosamente pesados en las botas bajas, banales ya para sostener el cuerpo curvado cubierto por llagas llorosas de sangre seca. La voz voluminosa y sarcásticamente amable, escupiendo la orden de alimentarse como una comadreja, cerca de la tierra de un amarillo infinito sólo interrumpido por algunas piedras, rara una de ellas, de una redondez perfecta.
El desesperado descanso viene después, cuando el horizonte vertiginoso se hace vertical en el muro rugoso, el sudor de la espalda coagulando su humedad contra la porosidad de la arcilla. Recién entonces, encontrarse tiempo para reunir el frío de los pulmones con el calor del cerebro: por fin el pensamiento que retorna hacia el estómago, allí donde otro frío, de metal, de pistola robada en el arsenal, bajo la camisa empapada, contra la carne, junto al ombligo, muerde la piel apresurando un futuro cercano, ignorado, temido, impensable pero imperioso. De a poco, el aire nuevamente en circulación, encontrando el camino hacia la nariz, y entonces sí la voluntad para levantarse, ahuyentando esa duda como sombra de un pájaro de gigantesca cola. Enseguida la casamata del centinela, en el centro de la bruma que permite apenas entrever las hileras de alambre de púa como irregulares renglones bordeados de acentos sobre una página gris. La silueta delgada borrosamente contorneada en la niebla, y, eso sí, la pistola, que se vea bien esa pistola igual a un pico de hierro, primer plano de pistola, oprimir el gatillo una dos tres veces, y el guardia que cae con las manos abiertas abrazando el barro que le llena los ojos la boca la nariz el culo. A partir de allí la sensación casi bienvenida de absoluta inutilidad: es evidente que no hay salida, que el mundo termina ahí nomás, en esas líneas rectas y crueles de la alambrada. Pero no. No, no. Pero la mujer, ya se puede verla, una verdadera valkiria voluminosa y vasta y rubia y redonda y rotunda y como rodando, no muy atrás los perros (que no se ven por la bruma pero se oyen, claro) y el sacudón de la cabellera rubia que indica, difícil de creer una salida, difícil de creer ese rescate inesperado, rapidopordiosquelleganlosperros, arrojar la pistola al suelo como una porquería obscena, la cintura contra el barro, deslizándose como una serpiente, haber leído en alguna parte que por donde pasa la cabeza tiene, tiene que pasar el cuerpo, por qué esa mujer, esa valkiria voluminosa y etc., por qué esa (inesperada) ayuda, ellos ya casi encima, el aliento caliente en la nuca, caliente como la voz de aquella negra en el sótano desdibujado de humo, vamosvamosvamos ahora sí del otro lado, lejos de los perros del amo del hortelano de la valkiria de los renglones sucios que no admiten escritura de ese cadáver verdinegro tragando barro por todos los agujeros del cuerpo, alimentándose insaciablemente de esa materia blanda, repugnante y con olor a jazmín y estiércol después de la lluvia. Es el momento de la espera, de dejar vagar la mirada, que se acostumbre a la semipenumbra de esa cámara cerrada, cálida, húmeda, sórdida, mórbida, recinto con un altísimo techo abovedado, de mármol tal vez, filigranado con figuras irreconocibles pero vagamente humanas que trepan silenciosamente por una suerte de estrías barrigonas que se adivinan huecas y de las que de tanto en tanto salen delgados filamentos de un líquido negruzco y viscoso que se desliza por las enormes columnas terminadas en complicadas circunvoluciones corintias dejando a su paso un dibujo zigzagueante como el del estómago de un reptil mojado y entrecruzándose en una telaraña de líneas delgadas que recuerdan el tembloroso adorno de una torta de cumpleaños podrida o la cabellera grasienta y enmarañada de aquellas brujas verrugosas entrevistas al amanecer en estado de duermevela al ritmo un poco ridículo de un aire flamencoide para terminar en el suelo formando un charco hediondo de color café con leche sobre el mosaico resquebrajado y acudir con lentitud pero sin vacilaciones a besar las punteras de unos zapatos femeninos continuándose en las piernas frágiles y la cintura apenas un poco anchas y los pechos serenos y el dedo índice junto a los labios llenos indicando silencio absurdamente en ese ámbito gigantesco donde todo parece elevarse a la manera gótica menos esos hilillos de líquido infame y precisamente el silencio que desciende pesado como un cortinado de terciopelo polvoriento y festoneado de palabras ya inaudibles y solamente entonces reparar en las otras sombras amontonadas de tal forma que ya no se distinguen de la oscuridad acumulada en las paredes y posiblemente pero sólo posiblemente pensar que la ayuda de la mujer no la valkiria sino esta nueva mujer que podría ser sincera le serviría también a ellos quienquiera que sean pero inmediatamente el destello de lucidez que dice que la mirada de esa mujer es para uno solo y que es ahora o nunca el momento de precipitarse sobre la hendija de luz que esos ojos han construido sobre el muro es el momento de golpear con el hombro y sentir con todo el cuerpo cómo cede la puerta y el momento de pasar otra vez del otro lado y hundirse en el estanque bondadoso de los cuatro rostros amables el momento de acariciar la esperanza acantonada en las cuatro figuras vestidas de negro que ahora se reconocen como cuatro monjas con sus cofias blancas como grotescos paracaídas es el momento de no entender la razón de sus risas cristalinas hasta que con un revoloteo inquietante de sus faldas desaparezcan por la misma puerta que ya nunca más se podrá abrir y será el momento de gozar ese olor dulzón y penetrante y conmovedor y casi tangible que circulará dentro de todo el cuerpo como una segunda sangre después que caiga esa pastilla en el balde y el momento del caleidoscópico desfile de todos los rostros posibles o pensables de todas las mujeres que un joven descuartizado no ha conocido para, después, mucho después, poder inclinar la cabeza como un péndulo indeciso hacia la piedra (redonda, perfecta) que descansa en la arena.
