“Ve pues que pasan mis breves años, y camino por una senda, por la que no volveré”Job, 16,23
La invitación que acababa de recibir contrariaba mucho su gusto por los detalles. Aparte de no mencionar la fecha y el lugar de la fiesta, omitía el nombre de las personas que la promovían. Callaba también en cuanto al traje de las señoras, pese a exigir para los caballeros librea2 y bicornio o casaca irlandesa sin condecoraciones. A falta de otras especificaciones, juzgó que se trataría de alguna festividad religiosa o de una insípida conmemoración académica.
José Alferes volvió a examinar el sobre, preocupado por la posibilidad de equívoco o de simple broma de desocupados. Pero, ¿a quién le interesaría divertirse a costa de un extraño en una ciudad de cinco millones de habitantes? La idea era evidentemente absurda, teniendo en cuenta que su círculo de relaciones no pasaba del cuerpo de empleados del hotel, donde hacía cuatro meses se encontraba hospedado.
Pensó en tirar la carta, y sólo desistió de hacerlo al acordarse de Débora, la taquígrafa, pensionista de uno de los departamentos del mismo piso que el suyo. El trazo femenino de la letra autorizaba esa suposición. Se despreocupó de las omisiones de la invitación —cosas de mujeres— para concentrarse sólo en las formas sensuales de la vecina; ancas sólidas, senos duros, piernas perfectas.
Había hecho diversas tentativas de abordar a la muchacha, y había sido repelido. Con una media sonrisa, una frase reticente, ella lo miraba furtivamente y, sin volverse, sabía que Alferes se quedaba parado, la sangre hirviendo, acompañándole los pasos por toda la extensión del corredor.
La ventana de su cuarto daba a una casa que alquilaba ropas destinadas a cualquier tipo de ceremonias, bailes o recepciones. Aun con un stock variado, su clientela era reducida. Aquella mañana, sin embargo, mostraba un considerable movimiento de personas que entraban y salían, la mayoría cargadas de paquetes. Durante algún tiempo, José Alferes observó sin gran interés lo que pasaba del otro lado de la calle. De pronto se tomó la cabeza, apresurándose a cambiar el pijama por el primer traje que encontró en el ropero. Y, en un acceso de repentina euforia, ensayó un paso de baile abrazado a una dama invisible que más tarde habría de adquirir la solidez del cuerpo de Débora, porque ya se había convencido: la fiesta era inminente. Si no, ¿cómo explicar el proceder de toda esa gente, alquilando indumentarias especiales en esta época del año, cuando el calendario no marcaba ninguna festividad especial?
Al entrar en la tienda, la encontró vacía. El único empleado de la firma, un señor mayor, lo atendió. La agitación de Alferes no le permitió ir directo al asunto. Le preguntó al viejo si tenía noticias de una recepción o algo parecido para aquella noche.
La respuesta poco le aclaró: creía que sí, aunque nada supiera de boca de los clientes que había atendido por la mañana. Le aconsejaba buscar a Faetonte, el chofer de taxi de la parada de la esquina. Era, en el ramo hotelero, el conductor habitual de los que procuraban diversión. José Alferes percibió que su interlocutor ocultaba algo. Prefirió, no obstante, no insistir. Sacó la invitación del bolsillo, y preguntó si podría conseguir los trajes indicados ahí.
El hombre echó una ojeada a los armarios, volvió a mirar el papel, lo enrolló entre los dedos, se limpió los anteojos y, sin prisa, se dirigió a los fondos de la tienda, para reaparecer trayendo bajo el brazo unas ropas negras y un sombrero de plumas.
—No es exactamente lo pedido, pero lo mismo sirven.
Había tal seguridad en la voz y en las maneras del dependiente, que Alferes, aun viendo que no era un bicornio el sombrero, evitó contradecirlo. A una señal del otro, lo acompañó a un cubículo revestido de espejos.
Algo afligido y desmañado, se iba probando las piezas del atuendo, casi todas en seda negra: un jubón, calzones, medias largas, zapatillas, y, para adornar el cuello, una gorguera blanca almidonada. Por último, el espadín.
La billetera abierta, se detuvo un instante en el cálculo de los billetes que habrían de cubrir el pago adelantado del alquiler, como buscando algo perdido en la memoria.
—¿No está satisfecho?, preguntó el viejo, incomodado con el silencio del cliente.
—Sí lo estoy. Trataba apenas de recomponer la imagen de un rey antiguo, con esta misma ropa, en un grabado también antiguo. Tal vez un rey español o el retrato de un desconocido.
De vuelta al hotel, se metió nuevamente en el pijama. Pidió el almuerzo en el cuarto y, contra su costumbre, encargó un vino importado, pregustando el encuentro de la noche. A duras penas sofocó las ganas de telefonear a Débora —si la carta no venía firmada, reflexionaba, es que ella deseaba permanecer en el anonimato. Dada la naturaleza vacilante de la joven, un gesto precipitado de su parte podría llevarla a negar cualquier participación en el envío de la esquela.
Contuvo la impaciencia, a pesar del lento fluir del tiempo. Aprovechó más tarde para prepararse con cuidado amoroso: del baño -un agua tibia perfumada con esencias- pasó a arreglarse la gorguera, a ceñirse las medias largas, eliminando las menores arrugas. Los calzones justos le molestaban un tanto, y la figura reflejada en el espejo desagradábale por su aspecto sombrío. Sonrió al ponerse el sombrero: las plumas atenuaban un poco la austeridad del vestuario. Entre uno y otro pensamiento intentaba recordar dónde había visto a alguien vestido del mismo modo. ¿Un rey español o un desconocido?
Flotaba en el ascensor un perfume vagamente familiar. Hubiera deseado que perteneciese a la taquígrafa, y preguntó al ascensorista si ella había bajado.
—La señorita Débora salió de vacaciones ayer por la tarde.
—¿Viajó? La sorpresa casi desarmó el tono de naturalidad que había imprimido a su pregunta. Sentía desmoronarse los planes de un día enteramente construido para una noche singular. Su primer impulso fue regresar al departamento y librarse de aquel incómodo atavío. Los gastos ya hechos, la dificultad de reemplazar por otro el programa idealizado y, principalmente, el miedo de caer en el ridículo si descubrieran que había sido invitado a una fiesta por una mujer que viajara en la víspera, le hicieron seguir adelante.
—Ah, sí, me había olvidado.
Le dio una propina mayor que de costumbre, como si ello lo redimiese de la decepción sufrida.
No sabría explicar por qué entre los varios taxis parados en el estacionamiento, escogió justamente el de Faetonte. Sería tal vez por el poco común uniforme que lucía -una túnica azul con alamares dorados y pantalones rojos. Poco importaba eso, pues ya se acomodaba en el asiento posterior del coche.
—Supongo que nuestro destino es el barrio Stericon, en la parte residencial de la ciudad.
—No estoy seguro -respondió Alferes-, apenas sé que debo ir a una recepción, para la que exigen una ropa como ésta.
—Entonces es allí, repuso el chofer, poniendo en marcha el vehículo.
Anduvieron durante media hora, pasando por ricas mansiones, de exquisita arquitectura unas, otras de mal gusto. Se detuvieron al dar con una casa de dos pisos mal iluminada y semiescondida detrás de altos muros.
—¿Está seguro de que es aquí, Faetonte?— La ausencia de otros automóviles frente a la casa, y la escasa iluminación, justificaban su escepticismo.
—Absolutamente. Mire, ahí viene el portero.
En efecto, se dirigía hacia ellos un hombre de traje azul y boina verde. Hizo una exagerada reverencia, girando enseguida la manija del coche.
—Tenga la bondad de bajar, caballero.
Alferes apreció la diferencia
¿Esta ropa sigue las indicaciones del protocolo?
—Disculpe, mi función no va tan lejos. Me fue encargado solamente recibir al convidado
—Perfecto, eso simplifica las cosas. Soy la persona que usted espera. Y le mostró la invitación,
El portero le pidió que esperase: iría a comunicar su llegada al comité de recepción. Minutos después, tornaba acompañado de tres señores discretamente vestidos. Movieron levemente la cabeza en un saludo inexpresivo. Examinaron a Alferes de punta a punta, denotando una visible inseguridad por la dificultad de reconocer en él a la persona esperada. Silenciosos, retrocedieron algunos pasos para cerrarse en círculo, las manos de unos apoyadas en los hombros de los otros, como si conspiraran,
Volvieron relajados, y cupo al más anciano interpretar el pensamiento de los tres.
—Estamos de acuerdo con que su traje obedece a las normas preestablecidas, y la autenticidad de la invitación es irrefutable. Además, fue la suya la única enviada por correo. Los demás convidados fueron avisados por teléfono. Pese a la evidencia, el instinto nos dice que nuestro homenajeado aún está por llegar. No podemos, no obstante, impedir su entrada, incluso sabiendo de antemano los trastornos que su presencia ha de acarrear, pues muchos lo confundirán con el verdadero convidado. Cuando ello suceda, nos apresuraremos a aclarar el equívoco.
Entraron juntos, por un corredor estrecho y oscuro. De pronto, al abrirse una gran puerta, dieron con un salón copiosamente iluminado y lleno de personas conversando, riendo, mientras los mozos servían bebidas. Alferes fue arrastrado de un lado para otro. Todas las veces que alguien se encontraba frente a frente con él, le pedía disculpas, saludándole efusivamente. Los miembros de la Comisión intervenían al punto, deshaciendo el engaño. Siguieron así por otros salones, igualmente repletos, repitiéndose los equívocos y los desmentidos.
La noticia de la presencia de un falso convidado en la fiesta circuló rápidamente, lo que permitió a Alferes atravesar sin ser molestado los últimos salones y llegar a los fondos de la casa. Una leve brisa refrescó su rostro empapado de sudor. Venía del parque, donde numerosas personas en ropa sport se reunían en grupos dispersos entre los árboles y los bancos del jardín. Estos se prolongaban por dentro del terreno, separados unos de otros, a intervalos regulares, por cercas de higueras cortadas formando estrechos pasadizos.
Aun cuando supieran de la delicada situación de Alferes, nadie lo trataba con distancia u hostilidad. Por el contrario, trataban de rodearlo de atenciones, insistiendo se uniese a las alegres ruedas, formadas de señoras y caballeros excesivamente corteses. Pero pronto él se retraía y se apartaba ante la imposibilidad de acompañar los diálogos, que giraban en torno a un único y extenuante tema: la cría y las carreras de caballos.
No permanecía mucho tiempo solo. Otros participantes de la reunión se le aproximaban, dispuestos a hacer lo que fuera para interesarlo en potrancas, boxes, sillines, tilburis, pura sangres. Oíalos enfadado, como que nunca había ido a hipódromos, ni a estancias, ni montado jamás siquiera un burro. Trataba de desviar la charla, hablando del hombre esperado, de aquel que daría sentido a la reunión. Le respondían con evasivas: no lo conocían, ignoraban tanto su aspecto físico como los motivos del homenaje. Sabían, empero, que sin él no se daría inicio a la fiesta.
Sentado en un banco de piedra, Alferes siente aumentar su irritación ante las lisonjas, las presentaciones ceremoniosas, los ademanes delicados. Rechazaba firme, a veces duramente, nuevas incitaciones a adherirse a los grupos.
Acababa de repeler la embestida de algunos disconformes con su aislamiento, cuando vio caminar en su dirección a una bella mujer. Alta, vestida de terciopelo oscuro, el rostro muy claro, el cabello entre castaño y negro, parecía nacer de la noche.
Venía sonriendo, el vaso de whisky en la mano. Sus ojos brillaban como humedecidos por la neblina que comenzaba a caer.
—Vamos, tome. No todo es feo en esta fiesta—, dijo, extendiéndole el vaso.
La voz agradable, los dientes perfectos realzaban su belleza, que crecía a medida que iba aproximándose.
—Su nombre todos lo saben, el mío es Astérope.
Rindióse a la espontaneidad de ella, recelando de una sola pregunta que de inmediato sobrevino.
—¿Acostumbra ir al hipódromo?
Lamentó su dificultad para mentir o eludir situaciones embarazosas.
—Francamente, ése es un tema que me causa un profundo tedio.
Turbada, ella trató de disimular la decepción, preguntándole si le gustaría conocer los otros jardines de la casa. Sin esperar la respuesta, le tendió el brazo.
—Son lindos.
A Alferes los buenos modales le rehuían, de ahí la necesidad constante de excusarse por las frases bruscas, lanzadas sin intención de herir.
—Discúlpeme, no quise ofenderla. ¿Aquí se reúnen únicamente aficionados a los caballos?
—Simple coincidencia, nada programamos en ese sentido.
El terreno era peligroso. Cambió rápidamente de tema.
—¿Usted conoce al convidado?
Vagamente, por referencias. Voy a conocerlo mejor hoy en la cama, pues dormiremos juntos.
—¿Cómo? ¡Si usted ni sabe quién es él!
—Fui escogida por la Comisión.
—Creo que eso es una estupidez. ¿Y si fuera un hombre enfermo, feo o lisiado?
—Vale la pena correr el riesgo.
Aparte del desagrado de saber que más tarde ella estaría acostada con otro, algo inquietante emanaba de Astérope. ¿De la excesiva belleza, o del brillo de sus ojos?
Fueron atravesando jardines. Intranquilo, sumido en dudas, Alferes prestaba poca atención a su compañera.
A veces, mirando en derredor, encontraba al parque demasiado extenso. Callaba su desconfianza, preocupado en saber si habría visto a una joven señora parecida a ella en un cuadro, un almanaque, un libro.
Se detuvo: los jardines interminables, su incapacidad de hablar el lenguaje de los invitados, un convidado cuya ausencia retardaba la realización de la fiesta. La belleza de Astérope. La tomó por los hombros, obligándola a encararlo. ¿Sería acaso el brillo de sus ojos? Tuvo miedo.
Retrocedió apresuradamente, haciendo el mismo trayecto de horas antes, atropellando personas, empujándolas. Todos deseaban detenerlo, pero él se desprendía de los obsequiosos caballeros, de las amables damas.
Al final del pasillo, el portero quiso retenerlo y fue apartado de un codazo.
Sintióse aliviado al dejar atrás la atmósfera opresiva de la recepción. Dentro de media hora estaría en su departamento contando los días que faltaban para el fin de las vacaciones de Débora, mujer saludable, entrada en carnes.
No se veía casi bajo la fuerte neblina. Pisando con cautela, se dirigió a un automóvil estacionado en las inmediaciones, por fortuna el de Faetonte. Subió rápidamente.
—De prisa, al hotel.
—Lo siento, me han pedido que aguarde al convidado. Después de él llevaré a los señores de la Comisión, correspondiéndole a usted el último viaje, ¿entendido?
—¡Hipócrita! ¡Usted y ese hato de simuladores saben que el convidado no vendrá nunca!
El chofer ignoró el exabrupto del pasajero, respondiéndole delicadamente:
—Tenga paciencia, el acontecimiento es inminente.
Alferes bajó del coche rezongando, dispuesto a enfrentar la niebla. De acuerdo con sus cálculos, bastaría caminar un kilómetro para llegar a la parte más poblada del barrio, donde encontraría transporte fácilmente. Apenas había andado unos cien metros, cuando las dificultades comenzaron a surgir. Tropezó con el cordón y fue a chocar contra un muro. Permaneció allí recostado durante un corto espacio de tiempo y a poco se lastimó las manos en una cerca de alambre de púa. Separándose de ella, tuvo la impresión de haberse internado en una breña. De ahí en más, se perdió. Iba de derecha a izquierda, avanzaba, retrocedía, arañándose con los arbustos.
Perdió el sombrero de plumas, la ropa se le rasgó en varios lugares, rompiéronse las zapatillas en el pavimento irregular de los diversos sitios por donde fue pasando.
Le sangraban los pies. Angustiado, buscando en la oscuridad la luz de alguna casa o calle que pudiera orientarlo, perdió el equilibrio y rodó por un declive. Al levantarse, avistó bien cerca de él, muellemente iluminado, el edificio que ha poco dejara.
El portero lo recibió con la agotadora cordialidad de los que en aquella noche de todo hicieran para integrarlo a un mundo desprovisto de sentido. Ajeno a saludos y reverencias, se encaminó directo hacia Faetonte, a quien intentó conmover, mostrándole el estado de su ropa, la sangre coagulada en las heridas. Lloroso y servil, adulaba al motorista, resaltaba cualidades, virtudes en él inexistentes: sé de su bondad y el favor que le ruego es pequeño, basta acercarme hasta la parada del ómnibus. Usted regresa rápido, a tiempo para atender sus compromisos.
Viendo que sus palabras no alcanzaban el objetivo deseado, acudió al soborno. Le ofreció una elevada suma de dinero. Faetonte rehusó: permanecería en el lugar, aguardando las determinaciones de la Comisión.
Corrían las horas, caía la neblina. Alferes renovaba de tanto en tanto el ofrecimiento de recompensar generosamente al chofer por el viaje. A cada nuevo rechazo, iba hasta la puerta de entrada, espiaba el corredor con la ilusión de que otros, también cansados de esperar el inicio de la fiesta, apareciesen y lo condujeran al centro de la ciudad.
Resignado, aceptaba ya, en su desconsuelo, la idea de volver al parque, cuando le tocaron el brazo. Asustóse: era Astérope. Ella fingió no percibir el temor estampado en su rostro y lo arrastró consigo:
—Sé el camino.
¿Sabría? De los ojos de Alferes emanaba una avasalladora duda; empero, se dejó llevar.
Notas
Tradujo: Néstor Perlongher
Fardao, en el original: traje simbólico de los miembros de la Academia Brasileña de Letras ↩
Murilo Rubião, brasileño, pertenece a la misma generación literaria de Guimarães Rosa y Clarice Lispector. Su primer libro de cuentos O Ex-Mágico, fue publicado en 1947. Toda su obra permaneció prácticamente desconocida hasta 1974. Poco traducido al español, su cuento “Ex-Mago” apareció en la Pequeña Antología de Cuentos Brasileños, traducción de Raúl Novarro, Ed. Nova, Bs. As., 1946, y en el número de octubre/diciembre de la Revista Nacional de Cultura, Caracas, Venezuela.
