Caína

Sí, era marca y la llevaba
Lo que fue contraseña o signo
de herméticos reconocimientos,
la exacta mitad del anillo bipartido
que emisarios sospechables presentaban
a sátrapas fabulosos
(completando a veces el urdido designio de su
muerte),
tras jornadas anuales y camellos.
Ahora no.
Los cuños la prodigan en materias populares,
polímeros obscenos
los turistas se la llevan por docenas:
“¿Te acuerdas, dear, del Hilton de Samarcanda?
¿O fue en el Sheraton de Thule?
Por eso iba así.
Impróvida, sin memoria, cotidiana,
sombra sesgada
en el bando de las sombras migratorias.
Sólo que el talismán el sueño le acuciaba,
inequívoco tábano de níquel,
por planicies inhumanas,
por cavernas de musgo,
por el helicoidal ascenso de los alambiques.

Lacrimatorio

En este valle, Inés, muchas lágrimas
son lágrimas baldías.
Pero no las nuestras.
Los humanos nacimos gemebundos,
y lloramos por cosas excesivas.
Hay congojas ¿quién lo niega? irrefutables,
tan ciertas como los goces;
males sin número, dolores lacrimales;
pérdidas (y es lo mismo), recuperaciones,
el rostro materno de la muerte
Pero cuando lloramos juntos,
yo lloro de piedad, sólo de dulce pavor,
de reverencia.
Como los serafines,
como Narciso,
como llorarían los acabados números pitágoricos.
Un iceberg que aflora enceguecido
bajo la luz lactal
del apenas temperado firmamento.
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