Para hablar de revistas y para dejarlas hablar, dejar hablar textos que no pertenecen al pasado que inventa la nostalgia ni al futuro que dibujan nuestros sueños. Tampoco que se conforman a su presente, aunque puedan atormentarlo. Estos textos no son eternos, son esa inflexión temporal que se conoce con el nombre de actualidad. La actualidad es el acontecimiento del tiempo. Antes nada podía predecirlo, pero después, lo inesperado parece un milagro necesario. Lo actual no reduce lo anticipatorio a lo intempestivo ni atempera lo tardío en el retraso. Los frívolos de la profundidad pueden considerarlo un contratiempo; el resto de los frívolos designa así el estado de alerta de una conciencia domesticada por el valor circulante. Pero sólo hablan del presente.
Lo actual es a destiempo, la irrupción del tiempo en el espacio presente.
Nuestro deseo es dejar sitio y facilitar que resuenen, a destiempo, los ecos de aquellas voces singulares. En este número, la continuación del relato de Leonora Carrington Abajo, traducido por César Moro para su revista Las Moradas, Lima, 1945.
ABAJO
Miércoles 25 de agosto
Ya pasaron tres días y sigo escribiendo. ¡Y yo que pensaba liberarme en algunas horas! Todo esto es duro, porque revivo aquella época y duermo mal, turbada e inquieta por la utilidad de lo que hago. Sin embargo, me siento obligada a terminar mi relato a fin de salir de esta angustia. Mis antepasados, mal dispuestos y “glaciales” tratan de asustarme con sus marionetas cristianas. La Razón debe conocer la razón del corazón y todas las demás razones, sentidas desde la punta de los cabellos hasta la extremidad de los dedos de los pies, contra la opinión del señor Pascal, “tenia solium” de la filosofía.
Durante el tiempo en que estuve estrechamente ligada a mi lecho, tuve ocasión de conocer diferentes miembros de esa extraña sociedad: conocimiento que no ayudó a la resolución del problema: ¿dónde estaba y por qué estaba allí? Venían a contemplarme a través del vidrio de la puerta, a veces entraban y me hablaban de su delirio. El “Príncipe de Mónaco” y “Pan América", don Antonio, con su caja de cerillas que contenía un pedacito de excremento, don Gonzalo, perseguido y torturado por el Arzobispo de Santander, el Marqués de Silva, con sus arañas gigantes (mordido en el estómago por varios siglos de alcohol). Este último había sido amigo íntimo de Alfonso XIII, amigo también de Franco, era muy influyente en el partido de los “requetés” (partido carlista), y era muy amable y reblandecido.
Como notara una cierta extravagancia en estos señores, deduje que todos estaban bajo la influencia hipnótica de la banda de Van Ghent, y que este lugar era por consiguiente una especie de prisión para aquellos que habían amenazado el poderío de ese grupo, que yo, la más amenazadora de todos, debía sufrir una tortura más terrible aún, con el fin de ser mejor dominada y de volverme una reblandecida como mis compañeros de desgracia.
Yo creía que los Morales eran amos del universo y poderosos magos que se servían de su poder para sembrar el horror y el pánico. Sabía por adivinación que el mundo estaba congelado, que era yo quien debía de vencer a los Morales y a los Van Ghent, a fin de volverlo a poner en movimiento.
Después de varios días de inmovilidad forzada, comprobé que mi cerebro funcionaba siempre y que no estaba vencida; juzgaba mi poder cerebral superior al de mis enemigos.
Una noche, velada por José y Mercedes, me encontré de pronto horriblemente oprimida, sentía que el espíritu de don Luis me poseía, que su dominación se inflaba dentro de mí como una llanta gigantesca y oía su vasto e inmenso deseo de APLASTAR al universo. Todo aquello me penetraba como un cuerpo extraño y me torturaba más allá de todo poder de descripción. En ese momento estaba convencida de que don Luis había salido (lo que era cierto) y no tenía más que una idea: aprovechar de ello para escapar al inmundo poder de aquel ser. Él me había transmitido su poder, convencido de que yo no sabría contenerlo, seguro de ser mi antípoda, seguro de matarme con la misma facilidad que una inyección intravenosa de veneno virulento. Yo suplicaba llorando a José y a Mercedes que me desataran y que vinieran conmigo a Madrid, lejos de aquel hombre terrible. Ellos me respondían: “pero no es nada práctico partir a Madrid completamente desnuda!” Sin embargo, José me desató y yo preparé mi equipaje (una sábana muy sucia y un lápiz) mientras repetía: “Libertad. Igualdad. Fraternidad”. Me encaminé penosamente hasta el vestíbulo, seguida de mi pequeño cortejo. Mi pierna izquierda me hacía sufrir horriblemente.
Don Luis no tardó en llegar. Oí su coche algunos instantes más tarde y entró, acompañado de dos hombres: uno que se decía mexicano, del que me vengué más tarde en Portugal, y otro del que no me acuerdo ya.
No sé durante cuánto tiempo permanecimos todos inmóviles; creía dominarlos con los ojos. El mexicano se reía, los otros estaban como petrificados. Fue don Luis, creo, quien finalmente rompió el encanto. Mi atención se distrajo un instante. José y Mercedes se arrojaron sobre mí y me arrastraron por fuerza a mi cuarto. Siguió entonces una media hora infernal: yo sujetaba las manos de José y Mercedes y no podía soltarlos; estábamos adheridos unos a otros por una fuerza dominadora. Nadie podía ni hablar ni moverse. Por un violento esfuerzo de voluntad, pude desprender mis manos de las suyas; todo el mundo se puso entonces a hablar con una rapidez aterradora. Si volvía a tomar sus manos, el silencio reinaba de inmediato y las miradas se encontraban de nuevo, trabadas las unas con las otras. Aquello duró quizá varias horas. Para mí era el resultado de una broma infernal de don Luis, probándome que si quería ligarme o fraternizar con José y Mercedes, nos encontraríamos físicamente unidos como hermanos siameses, y que si no, su propio poder me rescataría con el fin de destruirme.
El día siguiente era sin duda un domingo, pues aún oigo el son de las campanas que venían de fuera y los ruidos de pasos de caballos que me dieron una terrible nostalgia y el deseo de huir. Me parecía imposible comunicarme con el mundo exterior y me preguntaba quién querría ayudar a una persona vestida con una sábana y provista de un lápiz a llegar a Madrid.
Yo había oído hablar de varios pabellones; el más grande era muy lujoso, como un hotel, con teléfonos y ventanas sin rejas. Lo llamaban “Abajo” (En Bas) y se vivía allí muy feliz. Para llegar a ese lugar paradisíaco, era necesario emplear medios misteriosos que creía podían ser, por ejemplo, la adivinación de la Verdad Integra. Reflexionaba en la manera de ir allí lo más pronto posible cuando la llegada del perro “Moro” me anunció la visita de don Luis. Su aspecto era tan diferente del que tenía la víspera que el mundo me pareció regresar sobre sus pasos. Con la noche, su seguridad acostumbrada había desaparecido; estaba despeinado, sucio, agitado, y se portaba exactamente como un loco.
Ayudado por José y por Santos, sacó todos los muebles de la pieza, salvo el lecho desde donde yo vigilaba su extraña actividad. Yo sabía que mis vestidos y algunos pequeños objetos personales estaban encerrados con llave en el armario que se llevaban. Frau Asegurada se mantenía impasible al lado mío. Pensé que el día de la gran limpieza había llegado, que él anunciaba mi libertad, y estaba alegre. Pero cuando terminaron de vaciar la pieza, salieron sin dar explicaciones. Frau Asegurada me dijo que don Luis se había vuelto loco.
Oí entonces por encima de mi cuarto un gran alboroto acompañado de alaridos e injurias. El perro “Moro” estaba inmóvil al lado de mi lecho y miraba hacia el techo. Pensé que era “Moro” en ese momento quien tenía el poder, mientras que don Luis se entregaba a la locura furiosa para tomar unas vacaciones. Yo veía a Asegurada como el hilo telefónico por el cual se transmitía la voluntad de don Luis (Asegurada era la más inmóvil de las mujeres).
Estuve desamarrada aquel día y, de tiempo en tiempo, trataba de escaparme, pero Asegurada me vigilaba y, para escaparme, no quería emplear violencias contra una mujer.
Todo el día el ruido continuó por encima de mi cabeza y yo me regocijaba interiormente con la idea de don Luis vuelto loco furioso. Hacia el fin de la tarde, el ruido cesó bruscamente y oí pasos en la escalera. Me precipité en el hall; un viejito apareció: era don Antonio con su caja de cerillas conteniendo siempre el triste pedacito de excremento. Me imaginé que don Luis se había deslizado en el cuerpo del anciano. Don Antonio no tenía la costumbre de ser violento y nunca me pude explicar los ruidos interminables de aquel extraño domingo.
Después de la caída de la noche don Luis reapareció acompañado por una mujer, Angelita, cuyos vestidos de visita, muy cuidados, me dieron esperanza y la interrogué:
—¿Es usted una gitana?
—Sí.
—¿De dónde viene usted?
—De “Abajo”.
—¿Es bonito “Abajo”?
—Delicioso. Ahí todo el mundo es feliz.
—Lléveme.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no está usted todavía bien para ir ahí.
Sobre lo dicho, don Luis me llevó al “cuarto del sol” que estaba, en ese momento, oscuro. Era mi primera visita a aquella pieza. Don Luis empezó a hablarme de mis visiones como si las hubiera vivido al mismo tiempo que yo. Luego partió bruscamente; quería seguirlo a “Abajo”, con la gitana, pero Asegurada me lo impidió y José volvió para amarrarme. Más tarde Piadosa me preparó un baño. Se me bañó aquella noche por primera vez y limpiaron mi cama. Me decía a mí misma: “preparan mi llegada triunfal a ‘Abajo’”; me imaginaba que se me purificaba para unirme enseguida con Alberto; creía que era el despertar de la libertad.
Cuando me encontré sola y limpia en mi cama, amarrada como de costumbre, la ventanita de la izquierda se iluminó con una tan bella luz anaranjada y cálida que sentí una presencia deliciosa al lado mío. Me sentía feliz. Más tarde José me trajo su cigarrillo.
Una nueva época comenzó entonces con el día más terrible y más negro de mi vida entera. ¿Cómo podría describir aquello cuando siento miedo, solamente al pensarlo? Estoy terriblemente angustiada y sin embargo no puedo continuar viviendo sola con ese recuerdo... Sé que cuando lo haya escrito, me sentiré liberada. Usted debe saberlo, o me sentiré perseguida hasta el fin de mi existencia. ¿Pero podré expresar el horror de este día con simples palabras?
Al día siguiente en la mañana, un extraño entró en mi cuarto: llevaba en la mano un pequeño bolsón de médico, de cuero negro. Me dijo que venía para tomar un poco de sangre, para analizarla, y que era necesario que fuera ayudado por don Luis. Le contesté que me parecía bien recibir a uno de ellos, pero uno a la vez solamente, que había notado que la presencia en mi cuarto de más de una persona me traía desgracia, que, desde luego, iba a ir a “Abajo” y que no permitiría, bajo ningún pretexto, que me pusieran una inyección. Esta discusión duró bastante tiempo. Acabé por insultarlo y salió: Don Luis entró a su vez y le anuncié mi partida. Suave, sinuoso, comenzó a hablarme de ese análisis de sangre. Durante mucho tiempo hablé con él de mi cambio de pabellón, de Alberto y de diferentes cosas que no recuerdo ahora. Hablábamos los ojos en los ojos y me sostenía la mano izquierda. Súbitamente, José, Santos, Mercedes, Asegurada y Piadosa se encontraron en la pieza. Cada uno de ellos tomó una parte de mi cuerpo y vi el centro de todos los ojos fijos sobre mí en una mirada HORRIBLE, HORRIBLE. Los ojos de don Luis laceraban mi cerebro y yo, yo me hundía, me hundía, me hundía en un pozo... muy lejos... El fondo de este pozo era la estación, una estación eterna en el pináculo de la angustia, pero, ¿me comprenderá usted alguna vez lo que quiero decir cuando digo la esencia del colmo de la angustia?
Gracias a una extraña convulsión de mi centro vital, volví a subir, con vertiginosa rapidez, a la superficie. Veía de nuevo los ojos fijos, horribles, y empecé a gritar: “no quiero... no quiero más esta fuerza inmunda. Yo quisiera liberarlos pero no podré, porque esta fuerza astronómica me destruirá si antes no los aplasto a todos... todos... todos... Debo destruirlos, lo mismo que al mundo entero, porque esto aumenta... esto aumenta... y el universo no es bastante grande para esta necesidad de destrucción. YO CREZCO... YO CREZCO... y tengo miedo, porque ya no quedará nada por destruir”.
¡Y de nuevo me hundí en el pánico eterno, como si mi ruego hubiera sido escuchado!
¿Tiene usted una idea, ahora, de lo que es el Gran Mal epiléptico? Es esto mismo, justamente, lo que provoca el Cardiazol. Supe más tarde que ese estado había durado diez minutos; tenía convulsiones, estaba lamentablemente horrible y hacía muecas que se repetían en mi cuerpo entero.
Al fin me encontré desnuda, por tierra. Grité a Asegurada que me trajera limones que tragué enseguida con la cáscara. Ya no quedaba nadie más cerca de mí que ella y José. Me precipité y arrojé agua sobre mí, sobre ellos dos, sobre todo lo que me rodeaba. Después, me acosté y conocí entonces, íntimamente, la desesperanza.
Me confesaba a mí misma que un ser suficientemente poderoso para hacer nacer semejante tortura era más fuerte que yo. Me confesaba vencida y al mundo conmigo, sin ninguna esperanza de liberación. Estaba dominada, pronta a ser la esclava del primero que llegara, pronta a morir; aquello me importaba poco. Cuando don Luis vino a verme, más tarde, le dije que yo era el ser más débil del mundo entero, que podía responder a sus deseos, cualquiera que ellos fuesen, y lamería sus zapatos.
Debí dormir durante más o menos veinticuatro horas. Me desperté en la mañana; un hombrecito viejo, vestido de negro, me miraba: reconocía a un amo porque, de la minúscula pupila de sus ojos claros, brotaban los rayos rojizos que me habían hipnotizado ya en las miradas de Van Ghent y de don Luis. Este hombre era don Mariano Morales. Me habló en francés, muy cortésmente, cosa a la que no estaba ya acostumbrada, “¿está usted mejor, señorita?... Ya no veo un tigre sino a una señorita”.
Parecía conocerme y me sorprendía de ello cuando don Luis entró en la pieza y me dijo:
—Está usted con mi padre.
Fue don Mariano el que ordenó entonces que me desataran y me condujeran a la recámara del sol. Hacían de mí lo que querían, yo me limitaba a obedecer como un buey. El cuarto del sol era una pieza bastante grande, uno de sus lados era de vidrios opacos que daban una luz cegadora. Beata de sol, me parecía haber dejado detrás de mí el sórdido y doloroso aspecto de la materia y entrar en un mundo que fuera la expresión matemática de la vida. Esta pieza estaba amueblada con algunas sillas, un diván de cuero y un pequeño escritorio de madera blanca. El “parquet” era de mosaicos azules y blancos. Extendida durante horas al sol, no hacía sino seguir lentamente su camino a través de los vidrios. Tomaba dócilmente mis alimentos y no me movía.
Jueves 26 de agosto
Fue, estoy casi segura, la noche que precedió a la inyección de Cardiazol, que tuve esta visión:
El lugar se parecía al Bosque de Boulogne; yo estaba en la cima de un pequeño camino bordeado de árboles; un poco hacia abajo, sobre el camino, se encontraba un obstáculo semejante a aquellos que había visto a menudo en el Concurso Hípico; al lado mío dos grandes caballos estaban ligados el uno al otro; y yo esperaba con impaciencia que franquearan la palizada. Después de largos titubeos, saltaron y galoparon hacia la parte baja de la pendiente. De pronto, un caballito blanco se desprendió de ellos; los dos grandes caballos desaparecieron entonces y ya no hubo en el camino más que el potrillo que rodó hasta abajo donde quedó de espaldas, agonizante. Yo misma era el potrillo blanco.
Días bastante silenciosos siguieron a la terrible caída provocada por el Cardiazol. Hacia las ocho de la mañana oía, lejana, la sirena de una fábrica y sabía que esa era la señal de Morales y Van Ghent para llamar al trabajo a los zombies y también para despertarme, a mí que estaba encargada de libertar el día. Piadosa entraba entonces con una charola sobre la cual se encontraban un vaso de leche, algunas galletas y fruta. Yo absorbía los alimentos siguiendo un ritual especial.
1° Sentada sobre la cama, bebía la leche de un solo trago.
2° Semi acostada, comía las galletas.
3° Acostada, absorbía toda la fruta.
4° Hacía enseguida una corta aparición en el cuarto de baño, donde comprobaba que mis alimentos pasaban sin ser digeridos.
5° De regreso a mi cama, me sentaba de nuevo muy derecha y estudiaba los restos de la fruta: cáscaras y semillas. Los arreglaba de manera a obtener dibujos que representaban soluciones de problemas cósmicos. Creía que don Luis y su padre, al ver los problemas resueltos en mi plato, me permitirían ir a “Abajo”, al paraíso.
Frau Asegurada llegaba entonces para darme un baño y me conducía enseguida al cuarto del Sol. Allí, libre de todos mis objetos familiares que pertenecían al pasado turbio y emocional, y que hubieran oscurecido mi trabajo, sola y desnuda, con mi sábana y el sol —la sábana se unía a mi cuerpo en una danza que concretizaba la abstracción de los números— encontraba esencial resolver el problema de mi YO, en relación con el Sol.
Yo pensaba que me hacían sufrir las torturas de pacificación para hacerme alcanzar el Conocimiento Absoluto y que entonces podría vivir en “Abajo”. Aquel pabellón era para mí la Tierra, el Mundo Real, el Paraíso, el Edén y también Jerusalén. Don Luis y don Mariano eran Dios y su Hijo. Yo los creía judíos y pensaba que siendo aria, celta y sajona, soportaba aquellos sufrimientos para vengar a los Judíos de las persecuciones de que eran víctimas. Más tarde, en plena lucidez, iría a “Abajo”, como tercera persona de la Trinidad. Sentía que, por el sol, era yo: andrógina, la luna, el Espíritu Santo, una gitana, un acróbata, Leonora Carrington y una mujer. Debía ser también, más tarde, Isabel de Inglaterra. Yo era la persona que revelaba las religiones y cargaba sobre sus espaldas la libertad y los pecados de la tierra cambiados en conocimiento, la unión del hombre y de la mujer con Dios y el Cosmos, todos iguales entre sí. La hinchazón de mi muslo izquierdo parecía no formar cuerpo conmigo misma y se hacía un sol al lado izquierdo de la luna; todas mis danzas y giraciones en el cuarto del Sol tomaban esta prominencia como pivote. La hinchazón dejó de hacerme daño, pues me sentía integrada al sol. Mis manos: Eva (la izquierda), Adán (la derecha), se comprendían y su mutua habilidad se encontraba decuplicada.
Con algunos pedazos de papel y un lápiz que José me había dado, hacía cálculos y deducía que el padre era el planeta, el Cosmos; el padre estaba figurado por el signo del planeta Saturno. El hijo era el Sol y yo la Luna, elemento esencial de la Trinidad, con el conocimiento microscópico de la tierra, de sus planetas y de sus criaturas. Yo sabía que Cristo estaba muerto y acabado, que yo debía tomar su lugar, porque la Trinidad, privada de mujer y de conocimiento microscópico, se había vuelto seca e incompleta. El Cristo había sido reemplazado por el Sol. Yo era el Cristo sobre la tierra, en la persona del Espíritu Santo.
Tres días, quizá, después de mi segunda inyección de Cardiazol, me devolvieron los objetos que me habían confiscado a mi entrada y me dieron otros objetos más. Comprendí entonces que con todo aquello debía comenzar a trabajar: a combinar sistemas solares a fin de regular el manejo del Mundo. Tenía algunas piezas de moneda francesa que representaban la caída de los hombres por la pasión del dinero; esas fichas debían entrar dentro del sistema solar como unidades y no como elementos particulares; si ellas se unían a los otros objetos, la riqueza no engendraría ya la desgracia. Mi lapicero, rojo y negro, sin carboncillo, era la inteligencia. Dos botellas de agua de Colonia, una de forma achatada: los Judíos, la otra de forma cilíndrica: los No Judíos. Una caja de polvos de marca “Tabú”, cuya tapa era mitad gris, mitad negra, significaba eclipse, complejo, vanidad, tabú, amor. Dos potes de crema, uno de los cuales tenía una tapa negra: la noche, el lado izquierdo, la luna, la mujer, la destrucción; el otro, una tapa verde: el hombre, el hermano, los ojos verdes, el sol, la construcción. Mi pulidor evocaba el viaje en lo desconocido y también el talismán que protegía ese viaje: el “Barco de vela”. Mi espejito debía captar el Todo. En cuanto a mi lápiz labial, marca “Tangee”, tengo un recuerdo impreciso de su significación; era probablemente el lugar de reunión del color y de la palabra, de la pintura y la literatura: el Arte.
Feliz de mi descubrimiento, dispuse los objetos, unos alrededor de los otros; circulaban unos por el camino celeste, los unos por los otros, formando un ritmo completo. Yo daba a los objetos, siguiendo su colocación y su contenido, una vida alquímica. Dentro de su pote de tapa negra, la noche —mi crema contenía el limón que se había vuelto para mí el antídoto de Cardiazol.
Lúcida y alegre, esperaba con impaciencia la llegada de don Luis. Me decía a mí misma: “he resuelto los problemas que él me ha planteado, seré seguramente llevada a ‘Abajo’”. Y quedé horrorizada al ver que, lejos de apreciar mi trabajo, me ponía una segunda inyección de Cardiazol. Organicé entonces mi propia defensa. Sabía que cerrando los ojos, evitaba la aparición del más intolerable dolor: la mirada de los otros. Permanecí, pues, mucho, mucho tiempo, sin abrirlos; de este modo expiaba mi exilio del resto del mundo; éste era el signo de mi salida de Covadonga (que para mí era Egipto) y de mi entrada a “Abajo” (a Jerusalén) donde debía llevar el conocimiento; había pasado demasiado tiempo en complacerme dentro de mi soledad con mi propio saber.
Soporté, pues, mucho menos mal esta última prueba y, muy pronto, me levanté diciendo a Asegurada: “vístame, debo ir a Jerusalén para decirles lo que he aprendido”. Asegurada me vistió y fui al jardín sin encontrar ningún obstáculo, Frau Asegurada iba detrás de mí. Seguí la avenida, entre los árboles, dejando a mi derecha los manzanos y “Villa Pilar”; a medida que avanzaba, todo se hacía alrededor mío más rico y bello. No me detuve sino en la puerta de entrada de “Abajo”. Una vieja mujer, doña Vicenta, hermana de don Mariano, salió de la casa con un vaso de agua y un limón que me dio. Bebí el agua y guardé el limón como talismán para llevar a cabo mi peligrosa misión. Llegué al pie de la escalera de mi “paraíso” con angustias atroces, angustias comparables a aquellas que había tenido otra vez ante la montaña de Andorra. Pero, como en Andorra, volví a encontrar la fuerza de luchar contra las potencias invisibles que trataban de detenerme y al fin triunfé.
Había tres pisos; en cada uno de ellos, una puerta abierta. Vi, en los cuartos, sobre las mesas de noche, otros sistemas solares, perfectos y completos como los míos. “¡Jerusalén sabía ya!” Ellos habían penetrado el misterio al mismo tiempo que yo. En el tercer piso, llegué hasta una pequeña puerta ojival; estaba cerrada, sabía que abriéndola me encontraría en el centro del mundo. La abrí y vi una escalera en espiral. La subí y me encontré en una torre; una pieza redonda alumbrada por cinco ventanas en ojo de buey: una verde (la tierra y sus plantas), una translúcida (la tierra y sus hombres), una amarilla (el sol) y una malva (la luz, la noche, el futuro). Una columna de madera que servía de eje a este extraño lugar partía del techo, pasaba al centro de una mesa pentagonal sobre la que había un mantel rojo, destrozado y cubierto de polvo, y atravesaba el piso. Tomé el gran desorden que reinaba sobre la mesa, por el resultado del trabajo de Dios y de su Hijo: desorden en los diversos objetos que ahí se encontraban, desorden en las ruedas de la máquina humana, que inmovilizada, guardaba el mundo dentro de la angustia, la guerra, la miseria y la ignorancia.
Veo todavía, con mucha precisión, esos objetos: dos trozos de madera gruesos, recortados, que tenían la forma, en mayor dimensión, de un agujero de cerradura; una cajita color de rosa conteniendo polvo de oro; redomas de laboratorio en vidrio espeso, unas en forma de luna creciente, otras en media luna, otras perfectamente redondas (me parece recordar que algunas eran triangulares), una caja oblonga de latón sobre la que estaban pegadas etiquetas con el nombre de Franco y que contenía alguna suciedad; por fin un disco de metal y una medalla de Jesucristo. Fijos en el muro de manera que trazaban un triángulo en la pieza circular, noté tres recipientes de superficie rectangular, hechos de un metal que no pude reconocer pues estaba cubierto de suciedad en el exterior y en el interior recubierto de una espesa capa de pintura. Uno era malva, el otro rosa, ya no me acuerdo del color del tercero; cada uno de ellos tenía uno de sus lados agujereado y por cada agujero pasaba el mango de una gran cuchara.
Coloqué primero el disco cerca de la columna y puse encima los dos trozos de madera (macho y hembra); luego vertí todo el polvo de oro sobre ellos, cubriendo así de riquezas el mundo entero. Puse en seguida las redomas en los recipientes, la medalla de Jesucristo y la caja de Franco en mi bolsillo. Abrí todas las ventanas como si hubiera abierto las ventanas de la Conciencia, a excepción de la ventana malva, la de la Luna. La angustia me impidió hacerlo.
Habiendo terminado la Obra, bajé las escaleras y regresé “a Egipto”.
Viernes 26 de agosto
Leo en la página 341 de “Miroir du Merveilleux”, este pasaje de Jarry:
“O, la lubricité de leurs yeux verts et le givre de leur regard de marronnier”.
Los ojos verdes y el limón son, yo creo, las claves de esta historia.
En el camino de Covadonga, seguida por Asegurada, encontré a don Mariano, Dios el Padre, vestido como siempre con su traje negro que, a la altura del estómago, tenía una costra de comida seca por el tiempo. Vigilaba a un niño muy pobre que lloraba recogiendo hojas secas. Pregunté lo que el niño había hecho y don Mariano me contestó: “Ha robado una manzana en mi jardín”. Indignada, le grité: “¡Usted que posee tantas manzanas! Con semejante moral, no es sorprendente que el mundo esté oprimido y sea tan miserable. Pero acabo de romper su mala suerte en la torre, y, ahora, el mundo se ha liberado de la angustia.”
El nieto del Marqués de Silva pasó corriendo y Dios el Padre, reconfortado por la presencia de un niño tan “bien educado”, “tan decente”, le sonrió con benevolencia.
Regresé a Egipto, bastante asqueada de la Sagrada Familia... Por la ventana del cuarto de baño contemplé largo tiempo un paisaje verde y triste: llanuras hasta el mar; cerca de la costa, un cementerio: lo Desconocido y la Muerte.
Supe por Asegurada que Covadonga (la hija de don Mariano) estaba enterrada en aquel cementerio. Asegurada me hablaba a menudo de Covadonga y rodeaba su muerte de misterio; yo pensé que era don Luis quien la había matado torturándola como a mí para hacerla perfecta. Creía que don Luis buscaba en mí, una hermana que, más fuerte, resistiría a sus pruebas y alcanzaría con él la Cima. Para ello no contaba con mi fuerza sino con mi habilidad. Creía haber sido magnetizada en Saint-Martin d’Ardéche y atraída hasta Santander por un poder misterioso. Don Luis trató un día de hacerme dibujar el plan de aquel viaje. Como yo no pudiera, tomó el lápiz de mis manos y comenzó a trazar el camino. Puso en el centro una “M” figurando Madrid. Tuve en este instante mi primer relámpago de lucidez, la “M” era yo y no el mundo entero; este asunto me concernía a mí sola y de poder repetir el viaje, al llegar a Madrid, me recobraría, establecería de nuevo el contacto de mi espíritu con mi “yo”.
Poco tiempo después de mi visita a “Abajo”, don Luis decidió instalarme en “Amachu”; este era un pabellón situado fuera de los muros del jardín y que yo debía ocupar sola con mis domésticas. ¿Por qué me encontré ahí nuevamente oprimida y tan angustiada? ¿Por qué, pensaba yo, me juzgaban indigna de vivir en el jardín del Edén? Aunque dejaba detrás de mí los sufrimientos de “Covadonga”, sin embargo, pensaba que “Amachu”, cuya vista exterior había evocado en mí la China, estaba a mitad de camino entre “Covadonga” (Egipto) y “Abajo” (Jerusalén), pero tenía siempre cerca de mí a Piadosa, a José y a Asegurada, y don Luis me había dicho que pensaba no tener ya necesidad de continuar con el Cardiazol; añadió: “esta casa será la suya, su hogar (yo prestaba a hogar un sentido amplio, un sentido cósmico y lo colocaba extrañamente bajo el signo del número 6), y usted será responsable de ella”.
A pesar de la confianza que se me acordaba, a pesar del aspecto banal del pequeño bungalow que no suscitó en mí ninguna desconfianza, cuando penetré en el corredor interior que distribuía los cuartos, tuve la impresión de haber caído en la trampa como una rata. Las puertas del corredor parecían estar recortadas en el muro y formaban parte de él, tanto que, cuando estaban cerradas, se hacían casi invisibles. Me encontraba ante un juego chino, una especie de rompecabezas que tenía que reconstituir en China con la conciencia adquirida en Egipto.
Don Luis me anunció un día la visita de Nanny, mi nodriza, que me había seguido hasta la edad de veinte años. Nanny llegó, muy exaltada, después de un terrible viaje de quince días en un estrecho camarote de barco de guerra. No se imaginaba encontrarme en un manicomio y se imaginaba volver a ver a la niñita sana que había dejado cuatro años antes. Yo la recibí fríamente y con desconfianza: me había sido enviada por familiares hostiles y sabía que su intención era de llevarme a ellos. Trastornada por mi actitud, Nanny se puso nerviosa. Asegurada consideraba su llegada como un acontecimiento penoso, si no peligroso para mí. Nanny se sintió mortificada y horriblemente celosa de ver que otra había tomado su sitio cerca de mí. Yo me veía pues encargada de realizar un equilibrio casi imposible, dentro de mi hogar. Cuando partía con Asegurada al gran jardín, daba a Nanny una tarea que la retuviera en la casa. Esto se hacía cada mañana, a las once, siguiendo un verdadero rito.
Yo me preparaba a franquear la puerta de mi Paraíso; desde el umbral, dominábamos toda la propiedad y el valle; mi gozo era tan pleno que debía detenerme algunos minutos y volver los ojos con delicias hacia una pradera muy verde donde un muchachito armado de un palo guardaba las vacas. Luego seguíamos la gran avenida que conducía a “Abajo”; pasábamos ante una enramada bajo la cual me sentaba; enfrente de mí, mi paraíso, a mi izquierda, el garage de don Luis donde esperaba siempre verlo venir. Permanecía allí, interesada y tranquila, y dejaba a Asegurada penetrar en el pabellón; instantes más tarde salía llevando una charola con un vaso de leche, galletas, miel y un cigarrillo de tabaco rubio: el alimento de los Dioses que yo saboreaba con éxtasis. (En aquel momento, comenzaba a engordar). Entraba después a mi querido “Abajo”, iba directamente a la biblioteca luego de haber atravesado el hall: éste era una pieza rectangular amoblada con un escritorio y una pequeña biblioteca. La pieza abría sobre dos cuartos: por la puerta entreabierta del cuarto de la izquierda, reconocí un día el cuarto de mi visión en “Covadonga”, con su techo abovedado pintado como un cielo; inmediatamente lo llamé mi cuarto, el cuarto de la Luna, y pensé que la otra pieza, la de la derecha, era la del Sol, mi andrógino. Me sentaba en el escritorio después de haber escogido un libro en el que había escrito: “gracias a Dios, tenemos una pluma y tinta”; en ese momento Angelina me traía pluma y papel y yo hacía el horóscopo del día, que le confiaba para que lo entregara a don Luis. La biblioteca daba sobre una gran terraza donde yo iba un instante a descansar, ahí estaba encima del comedor de los Morales; me dejaba penetrar por la atmósfera de aquella casa que tanto tiempo había soñado. Bajaba entonces la escalera de la izquierda que conducía al fondo del jardín; sobre un montículo, una enramada bastante deteriorada se levantaba; Asegurada me traía una silla y me sentaba allí, mirando el valle a través de la reja, luego me ponía a trabajar en los tres números que me obsesionaban siempre: el 6, el 8 y el 20: después de largos cálculos, llegaba al número 1600 que para mí evocaba la idea de la reina Elizabeth... Yo me creí la reencarnación de ella. Bajaba enseguida de mi enramada y bordeaba el montículo de tierra detrás del cual había una especie de caverna donde depositaba los útiles de jardinería. Se amontonaban ahí las hojas muertas y el montón tomaba una forma de tumba que para mí era la tumba de Covadonga y la mía. Un día, en el camino que limitaba el fondo del jardín, encontré a don Luis. Le pregunté si quería venir conmigo a China. Él me respondió: “sí, pero no hay que decirlo a nadie, usted habla demasiado, aprenda a guardar dentro de sí misma todo lo que le preocupa” (esta fue la señal de mi primer rechazo, mi entrada al hermetismo), luego me dio un bastón que él llamó mi bastón de filosofía y que se hizo el compañero de todos mis pasos... Regresaba en seguida al jardín, bajo los manzanos y volvía a “Amachu” para la hora del almuerzo.
Por la tarde, iba a visitar al “príncipe” en Villa Pilar, escuchábamos juntos “radio-Andorra”; me sentía feliz mientras que el “príncipe” escribía furiosamente, sobre su máquina, interminables cartas diplomáticas. Cuando se detenía, intercambiábamos, muy seriamente, nuestras ideas de grandeza. Su cuarto estaba tapizado de cartas geográficas; una de ellas me interesaba particularmente: la de Francia y el norte de España sobre la que mi viaje estaba marcado con lápiz rojo. Yo creía al “príncipe” un hombre inteligente que me planteaba problemas en estilo simbólico.
A media noche, con curiosidad, don Luis venía a visitarme; su presencia en mi cuarto, a esta hora, me producía un violentísimo deseo de él. Don Luis me hablaba suavemente y yo me imaginaba que venía en busca de mi “idea fija”. Sin esperar que él me preguntara a este respecto, le decía: “yo no tengo idea fija, juego. ¿Cuándo cesará usted de jugar conmigo?” Él me miraba, estupefacto al verme lúcida... y reía. Yo decía entonces:
—¿Quién soy yo? Mientras pensaba: ¿quién soy yo para usted?
El se iba sin responder, completamente desarmado.
En un instante de lucidez, comprendí la necesidad de extraer de mí los personajes que me habitaban. Sólo la resolución de arrojar a Elizabeth me quedó. Entre todos, era el personaje que me disgustaba más. Tuve la idea de construir su imagen en mi cuarto: una pequeña consola de tres pies figuró las piernas, coloqué encima, a guisa de cuerpo, una silla, y sobre la silla, una garrafa que me imaginaba ser la cabeza. Coloqué en la garrafa dalias y rosas amarillas y rojas: la conciencia de Elizabeth. La vestí enseguida con mis vestidos y coloqué en tierra, a los pies de la consola, los zapatos de Asegurada. Había reconstruido el ser humano a fin de que pudiera dejarme. Me era necesario desprenderme de todo lo que mi enfermedad me había traído—primera expulsión de excremento—principio de la liberación.
Feliz de mi éxito, fui al jardín, hacia “Abajo”, y noté un enorme ramillete de juncos que había crecido en un antiguo agujero de obús; espontáneamente, llamé a este lugar “el África” y me puse a recoger las ramas y las hojas cubriéndome con ellas completamente. Regresé a “Amachu” en un gran estado de excitación sexual. Me pareció natural encontrar a don Luis en mi cuarto, examinando el maniquí de Elizabeth. Me senté cerca de él, acarició mi rostro y puso suavemente sus dedos en mi boca. Aquello me procuró un goce real. Tomó entonces mi libreta y escribió, en español, sobre una página: o Corte o cortijo. Entonces comencé a desearlo terriblemente y a escribirle cada día.
Un día me sentí violentamente incómoda, durante mi almuerzo, por el olor nauseabundo que reinaba en la pieza—extendían el abono sobre los campos vecinos—; no podía comprender que Dios el Padre permitiera que se envenenara así la hora de mis comidas. Indignada me levanté de la mesa y, seguida por Asegurada, fui a ver a don Mariano al comedor. Don Luis se volvió hacia mi enfermera y le dirigió la palabra en alemán; irritada de no comprender lo que le decía, celosa de ver que le hablaba a ella y no a mí, fui a sentarme entre los dos. Muy fríamente, comprobé que una corriente eléctrica iba del uno al otro, atravesándome. Para asegurarme de ello, me levanté, me separé de ellos y sentí inmediatamente que la corriente me abandonaba. Comprendí que se trataba del fluido del miedo que uno y otro tenían de mí.
Don Mariano me dio la autorización de cambiarme y así fui admitida en “Abajo”. Nanny, asustada de ir a vivir en el jardín grande, donde temía encontrar a los locos, trató de disuadirme de instalarme en “Abajo”. Era, me decía ella, un lugar peligroso y maléfico. Insistí de tal modo que por fin cedió.
Llegué por fin al cuarto cuya visión había tenido al principio de mi enfermedad. La pieza era tal y como la había visto, pero más pequeña y el techo era plano y no abovedado. Entré allí sin emoción, casi decepcionada. Examiné prolijamente las ventanas, cuidadosa de saber si no se les había adaptado micrófonos, cuando una libélula grande entró y se posó sobre mi mano, las patas prendidas a mi piel; sus alas temblaban, se adhería a mí como si ya no debiera desprenderse jamás; permanecí algunos minutos mirándola, conservando mi mano inmóvil, hasta que cayó muerta, sobre los mosaicos...
Por la noche, a la hora de la cena, cuando entré al comedor redondo, se me dijo que podía escoger mi mesa; yo comprendí que era necesario encontrar mi sitio en el círculo y me senté a 45 grados y a la izquierda de la puerta. Este era el mejor sitio de donde podía, en el cuarto, captar todas las corrientes interesantes.
Don Luis me propuso, algunos días después, mi primera salida en coche y me llevó a hacer sus visitas. Entré con él en casa de una señora joven a la que tenía que poner una inyección (pensé que se trataba del Cardiazol y que era yo misma el niño que ella llevaba en su seno). La señora me dio una cajetilla de cigarros y ambos me dejaron sola en un oscuro salón. Me precipité a la biblioteca y escogí una Biblia que abrí al azar. Caí sobre el párrafo en que el Espíritu Santo descendiendo sobre los Apóstoles les comunicó el poder de hablar todas las lenguas. Y era el Espíritu Santo y me creía en el limbo, el limbo—mi cuarto—donde la luna y el sol se encuentran al alba y al crepúsculo. Cuando don Luis bajó, acompañado de la señora joven, ésta me habló en alemán y, aunque yo no conocía esta lengua, comprendí lo que me dijo; ella me dio entonces la Biblia que apreté bajo mi brazo, ansiosa de regresar a la casa y encontrar mi bastón de filosofía que don Luis no me había permitido llevar conmigo.
Al entrar a la biblioteca de mi pabellón, encontré a Nanny armada de mi bastón. Era, decía ella, para defenderse de los locos. ¿Cómo podía pensar hacer tal uso de mi querido compañero, de mi más seguro medio de conocimiento? En ese instante, la detestaba.
Hice mi segunda salida en coche de caballos. Don Luis me condujo a Santander, a casa del enterrador, donde alquiló, para mí, un coche tirado por un caballito negro. Se me dio por compañero a un muchacho muy pequeño que se sentó al lado mío... Conduje mi caballo rápidamente y alcancé muy pronto una velocidad vertiginosa, mientras que el niño excitado gritaba: “más rápido, más rápido”. Encontramos, en una gran avenida, una compañía de soldados que cantaban: “Ay, ay, ay, no te mires en el río”. Volví a casa, convencida de haber llevado a cabo un acto de la más alta importancia.
Una mañana, don Luis me aconsejó comenzar a leer. Don Luis dio a Asegurada una lista de libros y le dijo que me condujera a la librería de la ciudad. Me sentía tranquila y bastante contenta ante tal cantidad de libros entre los cuales me imaginaba poder escoger libremente. Sin embargo, bruscamente tuve que convencerme que mi mano iba en una dirección opuesta a la que mi voluntad marcaba y que cogía libros que yo no deseaba. Vi entonces a Asegurada de pie detrás de mí, inmovilizada en su actitud de aspirador. Cada vez que sacaba un libro de los anaqueles consultaba la lista, esperando que el título no estaría ahí, cada vez, por tanto, la lista tenía el título de aquel libro. Rogué entonces a Asegurada que dejara mi cerebro tranquilo y le reclamé con violencia la libertad de mi voluntad. Hice el camino de regreso en un estado de gran rabia; Asegurada permanecía pasiva, insensible, como retirada de la escena. Don Luis apareció en mi cuarto inmediatamente después de mi llegada. Le grité: “yo no acepto su fuerza, la de todos, contra mí; yo quiero mi libertad de actuar y de pensar; y rechazo las fuerzas hipnóticas de ustedes”. El me tomó por el brazo y me condujo hacia un pabellón vacío:
—Yo soy el amo, aquí.
—Yo no soy propiedad pública de la casa. Tengo, también, pensamientos y valor propio. No les pertenezco.
Y, bruscamente, prorrumpí en llanto. Él me tomó entonces por el brazo y comprendí, horrorizada, que iba a ponerme mi tercer Cardiazol. Yo le prometí todo lo que estaba en mi poder darle, con tal de que no me pusiera la inyección. Mientras caminaba, recogí un pequeño fruto de eucaliptus, pensando que esto me ayudaría. Don Luis me condujo, vencida, al pabellón de radiografía. Me resigné a tomar el lugar de su hermana y a sufrir la última prueba que le devolvería a Covadonga en mi propia persona.
La pieza estaba tapizada con un papel de pinos plateados sobre fondo rojo; vi, dentro del pánico más completo, pinos bajo la nieve. En las convulsiones, reviví mi primera inyección, atrozmente, y volví a encontrar el estado del primer Cardiazol: ausencia de movimiento, fijación, horrible realidad. No quise cerrar los ojos pensando que el momento del sacrificio había llegado, decidida a oponerme con todas mis fuerzas. Después me condujeron a “Abajo” en un estado cataléptico. Nanny repetía, incansable: “qué es lo que te han hecho... qué es lo que te han hecho”... y lloraba cerca de mi cama, creyéndome muerta, pero su emoción, lejos de enternecerme, me exasperó, pues sentía en ese momento que mi familia trataba todavía por intermedio de ella de atraerme. La arrojé del cuarto, pero desde la pieza vecina, donde se retiró, me hacía víctima de esa succión. Me di cuenta cuando terminó, y al fin entré, sin sufrimiento, en el estado de postración que sigue a esa clase de tratamiento. Cuando desperté, Don Mariano estaba cerca de mi lecho. Me aconsejó no irme con los míos a Inglaterra. En ese momento recobré la lucidez. Los ojos curiosos que me rodeaban me parecieron definitivamente inútiles y su presencia estúpida.
En esa época puedo situar la aparición de Echeverría. Yo estaba sentada en el jardín cuando Gonzalo avanzó hacia mí y me dio un libro de parte de Echeverría, quien se excusaba de no traerlo personalmente por verse obligado a guardar cama ese día. Dos días más tarde, en la biblioteca, encontré un hombrecillo de semblante gris, literalmente cubierto con ropas de abrigo: era Echeverría. Me habló largamente, con benevolencia, de mi país; en el comedor, se sentó en la mesa contigua a la mía y, tras mirarme con detenimiento, me dijo por fin: “Usted, usted no permanecerá mucho tiempo aquí”. Experimenté un gozo muy dulce, que crecía con lentitud dentro de mí, al hablar con un hombre razonable que no me inspiraba temor alguno y que me tomaba en serio, con mucha simpatía. Le hablé de mi poder sobre los animales. Él me respondió, sin ironía: “El poder sobre los animales es cosa natural en una persona tan sensible como usted”. Y así supe que el Cardiazol era una simple inyección y no un hecho de hipnotismo, que Don Luis no era un mago sino un bandido, que Covadonga, Egipto, Amachu, la China eran pabellones donde se trataba a los locos y que me era necesario salir de allí lo más pronto posible. Develó el misterio que me envolvía, misterio que parecía que hubieran tratado de hacer impenetrable alrededor mío.
Después de largas conversaciones sobre el deseo, Echeverría me aconsejó hacer el amor con José. Cesé entonces de interesarme por Don Luis y comencé a desear a José. Lo encontraba en un rincón lejano del jardín y, vigilados por Asegurada y Mercedes, cambiábamos besos rápidos e incómodos... José me quería mucho. Me colmaba de cigarrillos... Cuando me fui, lloró.
Notas
(Conclusión)
