Me había trasladado a vivir a un sector de la ciudad conocido por su intensa actividad, eran cuadras y cuadras de edificios con balcones de hierro y puertas muy altas de madera labrada sobre las que había letreros de sociedades comerciales dedicadas a la exportación de máquinas para cultivar la tierra. Desde el viernes al mediodía y hasta el lunes a la mañana, los oficinistas suspendían su trabajo y cesaba el entrar y salir de personas a los distintos edificios. Casi al mismo tiempo podía escucharse el ruido de las llaves girando en las cerraduras, saltando de una puerta a otra y perdiéndose luego en las calles laterales. Los encargados de cerrar se alejaban haciendo tintinear los llaveros colgados de sus cinturas. Se adelantaban en forma ostensible a los grupos de empleados que iban conversando y desaparecían rápidamente.

La habitación que yo ocupaba pertenecía a un edificio donde aún vivían dos o tres familias muy pobres que raramente salían. Un amplio departamento de la planta baja estaba asignado al portero, quien se encargaba de barrer el zaguán y las escaleras, y atendía además el único teléfono de la casa. Los paraísos plantados en los canteros de las veredas rozaban los frentes de los edificios. Acodado en el balcón de mi cuarto miraba la compacta fila de árboles uniéndose al fondo de la calle. Luego de varias horas de trabajo salía a respirar el aire fresco de la tarde y con templaba las calles solitarias de los fines de semana. Pasaba a máquina un largo manuscrito dividido en capítulos que estaba redactando una mujer a quien le habían dado mi domicilio, o había leído mis anuncios en algún bar. Revisaba con mucho cuidado las copias, no me demoraba en advertir los errores, pero jamás trataba de descubrirlos si estaba cansado. Estas precauciones me eran muy útiles para ganar un poco de dinero y seguir con mi vida de siempre.

El portero se había acostumbrado a llevarme todas las tardes una taza de té. Golpeaba suavemente la puerta y enseguida entraba con una bandeja de metal. “El té para el señor”, anunciaba mientras caminaba por el centro de la habitación hacia una mesita redonda pegada a la base de la ventana. Allí extendía una servilleta y dejaba la taza y una azucarera. Yo tomaba el té de pie al lado de la mesita, mientras el portero se iba acercando lentamente a la máquina de escribir. Sacaba entonces unos anteojos de su bolsillo y trataba de leer las líneas escritas, rozando con el dedo índice el papel. “No se olvide que puedo ayudarlo a corregir..”, murmuraba dando un paso atrás y guardando sus anteojos “¿Falta mucho todavía?”, preguntaba después sin desviar los ojos del papel. Yo golpeaba entonces la cuchara contra el borde del plato y el hombre se marchaba dejando la puerta abierta. Estos encuentros se repetían siempre de la misma manera, pero si alguien había acudido a retirar algún trabajo el portero entraba sin hacer ruido y dejaba el té humeante sobre la mesita.

Para conseguir algún lugar donde comer a la noche, yo recorría varias cuadras, saliendo de la zona de las oficinas comerciales, hasta hallar los restaurantes cercanos a la antigua estación del ferrocarril. Casi todos estaban alrededor de una plaza situada en un plano más alto que el de las calles. Cada veinte metros había escalinatas de cemento para llegar a los senderos de la plaza, los cuales desembocaban en una fuente con surtidores iluminados de distintos colores durante la noche. En época de verano, después de cenar, la gente solía pasearse por las sendas de la plaza, hablando desganadamente, en un estado de tenue felicidad que envolvía todos sus movimientos. Debido al calor, las luces habían sido apagadas y desde lejos los contornos y las sombras cruzándose entre los arbustos recordaban acaso un sueño que se iba borrando a medida que se escuchaban las voces de los caminantes. A menudo me encontraba con varios amigos que se reunían allí y con versaban hasta la madrugada. Siempre era el mismo restaurante, en una mesa reservada por el mozo al lado de una ventana que se abría subiendo el vidrio. Uno de ellos, Estanislao, regresaba a su casa en el campo todos los fines de semana, luego de haber permanecido trabajando los demás días en la ciudad. El nudo flojo de su corbata, el cuello de la camisa y el saco arrugados, una mirada anunciando pasiones ardidas por los años, es decir, triunfos arrancados de cuajo por una vida que no acepta ni por un instante el pasado, que apenas si escucha a los desgraciados implorando un descanso sobre los caminos de la tierra. “¿Por qué ir mas lejos, por qué ir más lejos?”, repetía Estanislao con su voz pausada. Los demás atendían sus pequeños razonamientos. El narraba sus viajes de una hora en el tren, el brazo apoyado sobre la ventanilla, el fresco de la mañana filtrándose bajo los párpados o el difuso morir de la tarde, los pasajeros bebiendo el cognac de sus petacas, el roce de las medias de una mujer al cruzar las piernas. De cualquiera de sus impresiones sacaba entonces una hebra al azar. Un chisporroteo para su fuego fatuo. Así, la charla se prolongaba y caía por la ventana abierta, se iba volcando a la oscuridad de la noche, se arrastraba por la vereda y se mezclaba por fin al murmullo de la plaza.

Al volver a mi cuarto recobraba nuevamente el olor vivo de la sal brotando de las paredes húmedas, el silencio del resto del edificio durmiendo, sólo perturbado por el sonar de unos pasos lejanos. ¿Qué decir de los pedazos de palabras que resuenan en los huecos de un viejo edificio, palabras de las que tal vez sólo queda un aliento relajado y sucio? Sin embargo, era preciso aguzar el oído para distinguirlas del crujir de la escalera de madera que llevaba al primer piso. Los peldaños, los barrotes el pasamanos, el primer rellano, la base que soportaba todo el conjunto, cada parte pronunciaba sus ruegos, a veces eran blasfemias que sólo duraban un instante, subían y bajaban los despojos de esa soledad, el remolino de tantas vergüenzas oscuras flotando además en los rincones o a ras del suelo. Antes de acostarme copiaba una o dos páginas a máquina, luego me tendía vestido en la cama, fumando, evocando los diversos momentos del día, y antes de apretar la perilla del velador, esperaba aquellos sonidos nocturnos azuzándose para hacerse oír. Sin embargo, algunas noches, un silencio de polvo en el aire golpeaba violentamente las paredes y los techos. Nada ni nadie hubieran podido detenerlo, hasta que se apaciguaba como si buscara algo escondido debajo de la tierra, tal vez el eco hundido de pasos dados por moradores de la casa o casuales visitantes de otro tiempo.

La mujer que me había enviado la primera parte de su manuscrito vino a retirarla una mañana, antes del mediodía, cuando yo aún estaba durmiendo. El portero subió a avisarme que la mujer me aguardaba en el hall de entrada. Usaba anteojos de sol y guantes de cuero negro que le ceñían las articulaciones de los dedos. El cuero era tan delgado y se adhería tan profundamente a la piel que, por un instante, mientras me acercaba, creí que las manos estaban sólo pintadas. Se marcaban las hendiduras que rodean a las uñas, así como los filos de éstas, y al abrir las manos, el cuero se tensaba y permitía reconocer las líneas de la vida dibujadas sobre las palmas. Revisó al azar las copias a máquina que yo había hecho y me alcanzó una carpeta con nuevas hojas manuscritas. Sacó varios billetes de su cartera y me pagó por adelantado la continuación del escrito que acababa de entregarme. Nos habíamos sentado en el mismo sofá, frente a otros sillones y a una mesa adornada con un florero vacío, el sol caía oblicuamente desde la entrada y el resplandor de la luz se propagaba hasta el fondo del pasillo. El portero se paseaba ante el hueco de la puerta, bajaba a la vereda, luego volvía y frotaba sus zapatos contra la arista del umbral. A cada momento miraba hacia nosotros y apenas vio que la mujer se ponía un cigarrillo en la boca se acercó a ofrecerle su encendedor. La mujer aspiro intensamente el humo y se demoró un poco antes de arrojarlo hacia un costado, girando levemente el cuello. El rouge había manchado el filtro del cigarrillo, una mancha sensual para la ilusión de mis ojos y sus falsos misterios. Cruzado de brazos, el portero esperaba que siguiera nuestra charla. Cada tanto levantaba el mentón e iba haciendo descansar el peso de todo el cuerpo en una pierna distinta. Al sonar el timbre del teléfono, rompió bruscamente su posición y fue a atenderlo. La mujer se puso entonces de pie y yo caminé a su lado hasta el cordón de la vereda, le hizo señas a un taxi y luego de subir me saludó a través de la ventanilla con la mano. Cuando iba a entrar, el portero salía para decirme que la llamada era para mí. La voz de Estanislao llegaba junto a los fragmentos de una canción y al bullicio de mucha gente reunida en un mismo sitio. Estaba jugando al billar y me pedía que fuera allí a comer con él.

Las mesas de billar se hallaban distribuidas en casi todo el espacio de un salón con ventanas a la calle. Sin embargo, había un sector separado por un biombo de madera, con mesas para los jugadores de cartas y dominó. Al lado del mostrador, del cual los mozos retiraban las bebidas y el café, una puerta batiente comunicaba a un patio con árboles y un parral en el medio. Si hacía buen tiempo preparaban allí las mesas para el almuerzo o la cena, pero en caso de viento o lluvia las dejaban bajo un vestíbulo con mampara. Mientras esperaba su turno, Estanislao frotaba la tiza sobre la contera de su taco, el polvillo azul que no se adhería iba cayendo al piso, espolvoreaba la punta de sus zapatos. “Una raya más y terminamos”, dijo Estanislao mirando el afortunado juego de su rival. Este anotaba en el tablero cada nueva carambola empujando la ficha con el extremo de su taco. “Tiene la cábala de que perderá si se aleja de la mesa”, me dijo Estanislao en voz baja. “Con la mano izquierda toca permanentemente el paño de las bandas y quita la vista cuando golpea las bolas”, agregó en el mismo tono. De pronto, el impulso demasiado brusco dado a una bola la hizo caer. La bola rebotó pesadamente dos o tres veces y corrió luego atronando la madera del piso. El hombre la siguió con los ojos hasta que escuchó el impacto contra la pata de alguna mesa. Sin perder aún su velocidad, la bola continuó su carrera. “Ahora creo que tendrá más fuerza que nunca”, dijo Estanislao buscando también el nuevo itinerario de la bola. Entretanto, los jugadores más desconfiados se habían alejado de las mesas y se acercaban a las paredes del salón, esperando tal vez hasta que la bola se detuviera. Pero la bola todavía rodaba libremente por algún lugar, avanzaba y retrocedía como si no supiera dónde esconderse, acaso no lograba salir de su propio movimiento y eso la exasperaba. Al cabo de unos minutos todos dejaron de interesarse en la bola suelta y reiniciaron nuevamente las partidas interrumpidas. El hombre que jugaba con Estanislao caminaba alrededor de la mesa, arrastrando el taco y con la mirada perdida. Estanislao le trajo una silla y el hombre se sentó bajando la cabeza. Parecía atormentado por alguna culpa que hubiera esperado durante años y que recién ahora empezaba a surgir. De improviso, el hombre apoyó el taco de billar sobre las rodillas y aferrando sus dos extremos empezó a doblarlo lentamente. La vara se arqueaba hasta formar casi un círculo, pero resistía cada nuevo intento sin quebrarse. Cuando llegaba a su punto de máxima inflexión, brotaba de la madera un sonido semejante al de un cartílago que se desgarra. Uno de los mozos se acercó al hombre y le pidió que le entregara el taco. El hombre lo observó un instante y enseguida los músculos de su rostro, endurecidos por el esfuerzo, empezaron a ablandarse, mientras sus brazos también aflojaban la presión que curvaba el taco. El mozo hizo una leve inclinación de su torso y colocó el taco sobre una plancha de madera con varias hendiduras que había sobre la pared. Pero el taco estaba torcido y se deslizaba fuera de su canaleta. Entonces, el mozo trató de enderezar la madera doblándola en sentido contrario al arco que había formado un rato antes el hombre. Mientras tanto, éste discutía con Estanislao la continuación del juego en otra mesa, pero sin perder la ventaja de los puntos ganados. Estanislao le susurró unas palabras al oído y el hombre asintió varias veces con la cabeza. Luego extendió la mano y recibió un billete doblado por la mitad que le daba Estanislao. “Nadie quiere jugar con él porque es un profesional”, me dijo Estanislao a media voz. “Acá le permiten jugar sólo dos veces a la semana siempre y cuando se deje ganar algún partido, y eso si encuentra a alguien que no lo conozca”, agregó Estanislao. En ese momento pasó a nuestro lado el mismo mozo llevando una bola de billar en la mano. “Aquí está la perdida”, dijo apretando firmemente la bola con sus manos. Desde el mostrador, un hombre que anotaba los pedidos de cada mozo nos llamó para avisarnos que iban a servirnos el almuerzo. El otoño que ya tenía casi un mes de empezado, aún no mostraba su herrumbre en el follaje de los árboles. La tierra del jardín había sido rociada con arena fina que se espesaba alrededor de los canteros, y allí se mezclaba con escarbadientes y colillas de cigarrillos. Cuando estábamos terminando el café, Estanislao abrió su portafolios y me alcanzó un escrito suyo recién impreso titulado El alfiler de corbata. Las hojas se hallaban sin abrochar, sujetas por los pliegues de la contratapa, en cuyo ángulo inferior se podía leer una frase de tres o cuatro palabras.

“Es una breve historia del alfiler de corbata”, dijo Estanislao, “y aunque tiene algunos datos que no están muy documentados y que sería necesario revisar, me parece que el conjunto del trabajo casi no tiene errores, al menos errores de método. Hay ciertas fuentes a las que debí recurrir, pues no lograba hallar otras más serias, que parecen un poco ingenuas o hasta forzadas. Por ejemplo, el capítulo dedicado al material empleado para fabricar los alfileres: el oro, la plata, el diamante, el bronce, el vidrio, el sándalo, incluso el papel; en una época los alfileres de corbata de papel eran los únicos impuestos por el uso. Otro capítulo curioso es el último, donde hablo de la relación entre el alfiler de corbata y el suicidio. Sin embargo, esta relación me ha sido mu difícil de establecer y explicar, por eso me limito a enunciarla y a dejarla, como se dice, librada a su suerte, que vaya hacia dónde quiera...” De vez en cuando caía una ramita o una hoja del árbol sobre el mantel y la voz de Estanislao se asemejaba al rumor de un insecto arrastrándose entre el pasto, pero enseguida recuperaba su pronunciación habitual y yo volvía a escuchar todo lo que iba diciendo.

No bien llegué a mi casa me senté a leer el trabajo. A medida que pasaba las páginas me di cuenta que el texto era casi idéntico al comentario de Estanislao, excepto el capítulo final, que no coincidía y hasta parecía escrito por otra persona. Esta sensación trajo a mi pensamiento una gran tranquilidad y me dio ánimo para seguir el resto de la tarde con mi tarea. La luz que atravesaba los cristales de la ventana se demoraba en alejarse, el aire del cielo tenía una nitidez excesiva que atraía la mirada. Toda mi vida está dirigida, o presionada, a hacer copias, o al menos existía un segmento, una parte oscura de lo que era mi vida que desplazaba a las otras, que las obstruía para dedicarse exclusivamente a hacer copias, copiar, copiar, un fino martilleo sin muchas pausas. El orden de las teclas de la máquina formaba palabras que yo no era capaz de leer, palabra y frase eran lo mismo, pues no había palabras que empezaran y terminaran, sólo un rotar de letras yendo y viniendo, ¿eso era copiar?

A los pocos días de haber hecho estas reflexiones, alguien vino a golpear mi puerta. La esposa del portero tenía la cara enrojecida por el llanto y gemía sin poder hablar. Permaneció durante un rato inmóvil, sin alzar la cabeza, respirando profundamente para dominar las lágrimas. Tuve entonces la certeza de que ella no quería hablar, no había venido a hablar, y sin embargo, yo esperaba que lo hiciera, pues su llanto me parecía insultante, como suele serlo en cualquier circunstancia el llanto. Pero la mujer lloraba y lloraba tratando de no derramar lágrimas, en lo posible trataba de esconder sus lágrimas, y eso le impedía saciarse. Allí estaba, frente a mi puerta, la insaciable, la plañidera, cuyos recovecos se multiplicaban gracias a ese llanto. Nunca antes había observado tanta concentración del dolor clamando por un dolor todavía más exacerbado, porque ese era el fondo invisible del llanto. “Mi esposo está muy enfermo. Empezó a sentirse mal y se acostó. Y después vino lo demás. Hay días que amanece casi sano, como si nunca hubiera estado enfermo, pero a la mañana siguiente vuelve otra vez a sentirse atacado, o amenazado, como dice él. Si usted quisiera visitarlo..., esta mañana, delante de toda la gente, me hizo acercar y me susurró al oído un mensaje para usted”. Cuando la mujer terminó de hablar mantuvo los ojos fijos en el suelo, como si hubiera preparado las palabras que había dicho y no supiera después si debía irse o añadir tal vez algo improvisado y difícil de comprender incluso para ella misma. Luego tomó el picaporte y fue llevando lentamente la puerta hasta cerrarla. Escuché a continuación sus pasos en la escalera de madera y decidí que esperaría un rato antes de bajar. Me asomé al balcón, en la calle los empleados no podían detener su hervidero de papeles, consultas, artimañas. Algunos, con las mangas negras hasta el codo, entraban al edificio, sin duda porque ya la mujer del portero los había autorizado a visitar al enfermo. Un rato más tarde la mujer me abrió la puerta, y avancé por un pasillo a oscuras aplastando una alfombra esponjosa. La luz de las ventanas era absorbida por altísimos cortinados que casi tocaban el cielorraso. El departamento donde vivía el portero había sido el más lujoso de todo el edificio y aún conservaba el antiguo decorado de consolas, espejos y sillones, lámparas de mármol y paredes empapeladas. En el fondo de un salón convertido en dormitorio se hallaba acostado el portero. En torno a la cama había algunas banquetas y varias sillas tapizadas, arriba del respaldo de la cama el color claro de la pared indicaba la marca de un cuadro, los diarios se iban acumulando sobre una mesa de luz. Sobre una repisa colgada de la pared había frascos de vidrio marrón y una fuente esmaltada con flores de cera cubiertas de polvo. El portero dormitaba con la cabeza caída sobre el hombro, respirando serenamente, las manos sobre el pecho, en ese cuerpo la enfermedad parecía aliviarse de su pasión, algún sedimento de la enfermedad deseaba continuar allí, pero el resto se iba separando, no quería encerrarse y morir, acaso quedaría un signo ubicuo, y éste sería el desenlace de su travesía por el cuerpo. “Está agotado después de haber recibido a tanta gente”, dijo la mujer con un susurro. Ella se obstinaba en razonar y razonar. La enfermedad se había despegado del cuerpo del portero, había expulsado su parte menos sutil y flotaba como un vapor sucio y violento por todo el recinto, se restregaba contra las paredes, rebotaba contra el cielorraso, incluso profería algunos sonidos, hablaba con su voz insensata, un clamor de silbidos empecinado en hallar una sintaxis desconocida, esa voz insensata giraba en el aire con su danza majestuosa pronunciando fórmulas que nadie podría repetir. Y cuando ese bulto de tartamudeos tomara su descanso, aplacándose durante unos minutos, sería para inventar un nuevo pretexto con el que podría seguir al lado del enfermo. Por fin el portero abrió los ojos y miró confusamente algo muy lejano. Flexionó las piernas y consiguió erguir el torso hasta apoyar la espalda en un almohadón que puso la mujer. La palidez de la piel afinaba todos los rasgos del rostro, la forma de los labios se contraía hacia la profundidad de la boca, se diría que buscaba nerviosamente esa profundidad para que así ésta tuviera algún sentido. “Hay ciertos inquilinos que empiezan a preguntarse cuánto durará mi enfermedad, quién se ocupará del edificio”, dijo de pronto el portero con una voz tranquila, quizás levemente crispada por algo que iba a preocuparlo más adelante. “Son los que me deben dinero y a los cuales he ayudado siempre, los mismos que ahora andan por los pasillos con sus cuchicheos y sus quejas, y después me visitan para traerme regalos o versos escritos por sus niños”. El portero hablaba y hacía sus razonamientos con la mirada fija en su mujer. Poco a poco se había ido olvidando de mí y esa intimidad entre los dos esposos se encendía con nuevas ilusiones, dejando oír el ajetreo de dos tramoyistas orgullosos de contemplar el reverso de gigantescos bastidores. Retrocedí unos pasos y esperé que la conversación llegara a un punto ciego. La mujer cubrió luego la pantalla de la lámpara con un pedazo de tela gruesa que parecía una toalla y se acercó para decirme que su esposo estaba durmiendo de nuevo. En el extremo opuesto del salón se recortaba la forma ovalada de una claraboya con vidrios de colores suaves que atenuaban el paso de la luz. “Está amaneciendo", pensé como si alguien me hubiera dictado esas dos palabras, obligándose acaso al error. "Un nuevo día”, dijo casi al mismo tiempo la mujer mirando la claraboya. “La enfermedad no sería nada, exclamó la mujer mientras me acompañaba por el pasillo, pues si sólo fuera la enfermedad sabríamos a qué atenernos. Pero hay otra cosa: él tiene una pequeña herida en la cintura que gotea un líquido casi transparente. El médico lo ha visto y dice que no es pus y que, por lo tanto, no hay infección. Todos los días supura un poco, deja una mancha que apenas se distingue sobre la gasa, pero la herida no se cicatriza, sigue abierta a pesar de todos los remedios y precauciones aconsejadas por el médico. Hace unos días, mi esposo me advirtió que él ya tenía la herida cuando empezó su enfermedad. Incluso me confesó que la herida está ahí desde hace varios años, pero cuando se lo dije al médico, éste me miró un rato en silencio y luego me explicó que a causa de su enfermedad mi esposo ha perdido la noción del tiempo y que por eso no es capaz de separar el antes del después. Además me aclaró que es posible curar la enfermedad, lo cual sería un verdadero triunfo (tal fue la expresión usada por él), pero lo incierto sería conseguir que la herida se cierre definitivamente”. En la semipenumbra del pasillo la voz de la mujer tenía un acento de fastidio, tal vez por no hallar los argumentos más escépticos para convencerme. Al volver a mi habitación, miré el reloj y recién entonces comprobé que había permanecido varias horas con el portero, pero este cálculo era distinto al que yo hacía mientras estaba allí, pues la duración de mi visita no podía medirla si la enfermedad de ese hombre era excluida. Solamente la enfermedad tenía un tiempo propio. Como no estaba cansado resolví que podía seguir pasando el manuscrito de la mujer y, tras algunas dificultades con letras tachadas o corregidas, llegué a la última página, donde había sido dibujada la palabra fin con una pluma más gruesa y rodeada por un marco de líneas onduladas sin ninguna simetría. Saqué la hoja de la máquina y traté de recordar ciertos pasajes del texto que me habían llamado la atención. Me detuve en uno que contaba cierta discusión de la mujer con su madre que había concluido en una ruptura casi definitiva. También le había ocurrido algo semejante con una hermana, pero más adelante, en un capítulo posterior, se reconciliaban y en seguida se reproducía un diálogo entre las dos invadido de acusaciones risueñas y promesas. El papel del manuscrito exhalaba un perfume que había sido intenso, aunque ya empezaba a mezclarse con otros olores que alteraban en cada golpe de aire su pureza del comienzo. Cuando la mujer volvió a buscar las copias reconocí el mismo perfume brotando de cada uno de sus ademanes. El rouge de sus labios brillaba y aturdía como la sangre. Esta vez no usaba los anteojos de sol, leía algunos párrafos y levantaba la vista hacia un punto impreciso del espacio, el nerviosismo de su cuerpo acompañaba el flojo compás de su respiración. “¿Tengo muchos errores en la redacción?”, preguntó repentinamente, admitiendo así sus esperanzas más ocultas. “Ninguno”, le respondí casi sin pensar, aunque sin saber muy bien a quién le daba esa respuesta. “Lo llamaré en cuanto escriba lo que me falta”, me dijo al partir, mientras el taxista encendía el motor del automóvil. El vehículo se alejó sin acelerar demasiado y dobló en la primer esquina. Unos empleados cruzaban la calle discutiendo y luego tomaban distintas direcciones al subir a la vereda. Otros se saludaban desde los balcones levantando los dos brazos o se arrojaban pelotas de papel mojado con saliva. La vida sólo quería que nadie desconfiara, la buena suerte y la mala suerte se desplomaban en unos segundos, alguna vez las cosas empezaban a perder su lastre, pero si todo esto tardaba se podía asistir entonces al desfile de los suspicaces murmurando entredientes sus más recónditas esperanzas. Detrás de mi frente había un cansancio que iba desapareciendo con la llegada del sueño. La ventana de la habitación se hallaba entreabierta y desde allí la claridad del aire buscaba cada vez más lentamente mis ojos. Un pedazo de tela semitransparente que bien podía ser el visillo de la ventana flotaba muy cerca, quizás ya muy adentro de algo que yo desconocía, y a continuación, una figura y un rostro ostentando un parecido levemente distinto al de mis rasgos verdaderos caminaba por una rotonda aspirando el perfume de un pañuelo, el mismo perfume que aún recordaba saliendo del manuscrito. Después, esta imagen recibía el halo de una luz muy potente y el volumen de la figura que me representaba se iba vaciando. La voz del portero y sus golpes en la puerta me despertaron. Traía un sobre marrón que alguien había dejado para mí. En la nota prendida al sobre se indicaban la fecha de entrega y otros detalles relacionados con los espacios entre cada renglón y los subrayados de palabras. El portero, como lo hacía a menudo, jugaba con sus anteojos antes de ponérselos y miraba la hoja en blanco centelleando por encima del rodillo de la máquina. Tengo que agradecerle sus atenciones por haberme acompañado durante mi enfermedad. Todos decían ya se corta, ya se corta, está colgando de un hilo, hasta yo mismo me había resignado, pero un mañana conseguí levantarme, me sequé la transpiración de to do el cuerpo y caminé un largo rato por la habitación tratando de acordarme del primer día en cama”. El hombre hizo luego un sencillo relato de su convalecencia. Para los demás la enfermedad seguía su curso, evolucionaba, nadie se iba a oponer a su fuerza desatada, sin embargo, cada noche él escuchaba un lejano estrépito, trozos de piel seca y polvorienta crujiendo, pedazos de costras vociferando su desconsuelo. Una tarde que lo dejaron solo envolvió en un papel las cáscaras de epidermis des prendidas de su cuerpo y las quemó en la estufa del salón-habitación. “Para algunos me he recuperado milagrosamente, según otros, el médico me sacó del pozo”, dijo finalmente el portero al torcer el picaporte para marcharse, llevándose tal vez para siempre el inconfesable secreto de su historia.

Volver al índice del número

Mantenido por hdlabconicet

  • 2026 Revista SITIO. https://hdlab.space/revista-sitio-digital/
  • Biblioteca digital. ISSN 3072-7715
  • CC BY 4.0
  • Marcelo T. de Alvear 1694 – Buenos Aires (CABA) – Argentina
  • secrit@conicet.gov.ar / hdlabconicet@gmail.com
  • Teléfono +54-11-4129-1158
We use TEI