Revista SITIO · N.º 3 (1983)

La Argentina, tango-canción. Para desmontar un discurso

Ningún escrúpulo podrá inducirnos a eludir la verdad en favor de pretendidos intereses nacionales.
Sigmund Freud
Por supuesto que me siento polaco, incluso muy polaco. Sólo que no hago ningún esfuerzo por serlo. Debe ser a pesar mío. Y como es a pésar mío, resulta ser auténticamente polaco. Si me esforzase en hacer el polaco, en jugar a serlo, todo se irra al diablo. Por ejemplo, toda la literatura latinoamericana, que se propone encontrar un tipo: ¿Quiénes somos nosotros? Quiere definirse así. Naturalmente, eso no tiene ningún sentido.
Witold Gombrowicz

Hay momentos que frente a ciertos acontecimientos públicos, sabemos que no podemos callar. No siempre se trata de una exigencia ética o de dar a conocer una opinión o un juicio, definir, como a veces decimos torpemente, nuestra posición. Tampoco se trata de una necesidad de hablar. No poder callar, todavía no es hablar. Y esto es lo que ha estado ocurriendo aproximadamente hasta comienzos de 1982: en silencio, un “no poder callar” atronador. No poder callar se dice “no”, palabra breve, que puede durar años, palabra decisiva, rotunda, que no admite matices cuando se trata del rechazo de los asesinatos y de la destrucción económica y política de un país.

Un no que dura años deja aparecer sus relieves; no es que se ablande, pero su duración le enseña las modulaciones desconocidas de la respiración, y aprende a coexistir riesgosamente con la vida. Para quienes lo han hecho, nada fácil ha sido decir no, rechazar, no aceptar. Todo lo contrario. Y habría que admitir que tal vez no estaba mal que ese “no” haya preferido disimular las diferencias que albergaba: Pero ahora, aquel “no” que parecía caer por su propio peso, ser una palabra obvia idéntica en cada uno, comienza a revelar sus diferencias. Cuando el “no poder callar" se pone a hablar, se descubre que aquel “no” ya no es el mismo, o mejor, que ya no alcanza para reunirnos a todos. Y esto significa no tan sólo que compartir el mismo odio es razón insuficiente para amarnos. Ocurre que, además, no odiamos lo mismo.

Hemos dicho que el “no poder callar” pudo, sin embargo, decir “no”. Había pues un “no" que no podía callar. Pero ahora, aquel “no” aparece sostenido por un discurso, o por más de uno. Si también nosotros nos decidimos pues a hablar, no es por “necesidad” de hacerlo, sino porque nos parece oportuno decir una diferencia con algunas palabras que, si bien provienen de aquel “no” originario, se traducen ahora en ciertas formas tradicionales de lo que suele llamarse, un poco eufemísticamente, conciencia intelectual. Las más conocidas de estas formas, son las dos más difundidas: una que denuncia y reprocha que otros(rivales o enemigos políticos) no habrían practicado la política deseada, disimulando así que se constituye en un polo necesario de la política que critica. La otra, menos candorosa, se plantea como en impasse : la conciencia que tiene una aspiración política no puede, sin renunciar a esa aspiración, privarse de lo que se podría llamar el lenguaje público que prevalece en el comercio e intercambio entre los hombres en ese determinado tiempo social. Pero simultáneamente, el propósito que la inspira se traicionaría si tuviera que pensar con los términos que le suministra el discurso que rechaza. Sólo desde otro discurso, terciaríamos nosotros- puede interpretarse el lenguaje que prevalece en el discurso político: así se nos revelaría como el discurso de una política. Pero se nos volvería a interrogar: “de esta forma, ¿no se abandonaría acaso aquel discurso público autolimitando las consecuencias que se pretende acarrear?” ¿Se advierte que en esta pregunta la conciencia desespera por la comprensión del otro? Y agreguemos: en la demanda de comprensión, es la convicción lo que vacila.

No tendremos nada que imaginar sobre estas formas de la conciencia intelectual: las mismas están sostenidas por un discurso que brinda la puerta de entrada a nuestra crítica. Este discurso es el discurso del exilio.

No consideraremos el tópico literario del escritor exiliado de la lengua, ese extranjero del que Hölderlin, Heidegger o Blanchot nos anotician. Dejaremos de lado aquel acto inaugural por el que Sócrates rehúsa el ostracismo, así como los estudios etnológicos sobre la aniquilación simbólica de un sujeto cuando es expulsado del espacio de su cultura. No haremos el análisis de una política que fracasó obligando a algunos a salvaguardar su vida en el exterior, ni confrontaremos con quienes, en otro siglo, eligieron el destierro para continuar su política. Tampoco atenderemos la situación de aquellos a quienes sus orientaciones o “desorientación”, sus negocios o imaginación, su sensibilidad, deseos, temores o picardías, los han llevado a pasearse por el mundo, detenerse en un lugar y hacer lo que pueden con lo que quieren. De nada de todo esto hablaremos. Lo que significa: no hablaremos del exilio como asunto, ni de la condición del exiliado.

Nos retendrá, en cambio, el discurso del exilio. El exilio, en tanto aparece reivindicado en un discurso, es decir, elevado a valor. Nos interesa la explotación de esa palabra, su cotización aquí, en peso argentino, pero también en bolívares, mexicanos y su fácil convertibilidad en el mercado común europeo. Y podemos adelantar por qué nos interesa: porque por su intermedio regresa una política que es, casualmente, la política de muchos de los que regresan. Y esa política puede regresar porque es la política de muchos que no se fueron... de donde estaban. Porque es la política de muchos que no saben dónde se encuentran, háyanse ido o quedado. Regresa un discurso que, al no encontrar un nuevo lenguaje lo suficientemente poderoso como para decir lo que pasó y lo que pasa en el país, cree encontrar el campo libre para sus mismas ciegas y envejecidas palabras de siempre. Regresa inmodificado para ocupar los lugares ya dispuestos en los altavoces de la cultura liberal progresista... de la Cultura Liberal Progresista... de la CULTURA LIBERAL PROGRESISTA.

Términos insatisfactorios para designar lo que quiero nombrar. Pero mi dificultad es la del objeto: ¿cómo hablar de un discurso cuya presencia es dominante entre profesionales, intelectuales y literatos, y que, sin embargo, no tiene las características de un discurso teórico, ni los límites y precisiones que la escritura suele imponer a un pensamiento? ¿Cómo hablar de un discurso que sólo existe en estado de opinión, que no puede identificarse con un cuerpo de textos pero que, apenas abre su boca la opinión de esos sectores, allí está, atravesado en su garganta? Es un discurso cuyo lenguaje adopta categorías que no carecen de filiaciones teóricas, pero lo hace según el estilo rápido y liviano de un cierto periodismo. Llamémoslo, para abreviar, “discurso Hystericus”. Es cierto que el periodismo suele preservar las fuentes de su información; Hystericus las desconoce alegremente. Y tampoco se lo puede referir a un partido político, aunque quienes están sostenidos por ese discurso (no puede decirse que lo sostienen) siempre se cuelgan de alguno: Hystericus ha votado por Palacios sin ser socialista, por Frondizi sin ser desarrollista, por CámporaPerón sin ser peronista, y lo hará por Alfonsín sin por eso renovarse ni cambiar para nada. Por supuesto, no hablo de estos votos, de su valor político, sino de la significación que los mismos tienen para esta conciencia. Para resumirla, alcanza con recordar que Hystericus, cada vez, puntualmente, se ha sentido traicionado. Y esto significa que, cada vez, no votaba por aquellos nombres de discursos, sino que apostaba a lo que sus votos podían obligar a aquellos "candidatos”. Término porteño para una canchereada provinciana: se apuesta a la propia fuerza, disimulándose que ella se encuentra negada por aquella transferencia. Se vota por una expectativa cuya esperanza sólo se funda en un voto de esperanza. La decepción que sobreviene renueva el desconocimiento. Y se entiende entonces por qué no es un discurso político: porque éste siempre da una interpretación, y esta interpretación es un acto que impone una decisión sobre el cálculo de una conjetura. El discurso Hystericus, en cambio, no da nada, siempre espera, es de una pasividad inclaudicable que procede según modos reactivos que privilegian un moralismo de reproche y denuncia, un aire de racionalización justificativa. Hystericus es pura psicología.

Nos parece oportuno comenzar a ocuparnos de este discurso hoy, justo un día antes de su Victoria (que será segura), hoy, cuando su prudencia política (que no es prudencia subjetiva) todavía le aconseja una cierta timidez, un modo de presentarse como pidiendo disculpa o, digámoslo claramente, dejando todavía advertir que se origina en la culpa. Pero la culpa, lo mostraremos, no es su debilidad, es su alimento, es el lugar donde se apoya para comenzar a elevar la voz, una voz teñida de tristeza, transida por la nostalgia, búsqueda de un tiempo perdido que devuelva una imagen menos incómoda y envejecida.

La nostalgia es el rincón tibio en el que se calienta un desconcierto actual; la tristeza el nombre de una ceguera terca, un modo de aplastarse contra las certezas pasadas; y la culpa es culpa de una inocencia: una conciencia inocente no puede ser responsable, pero puede sentirse culpable. Interesa menos indicar que la culpa es una medida de protección contra la angustia, como señalar que, en el discurso del exilio, la culpa es una metáfora irresponsable de la responsabilidad política. Es interesante: este discurso nuevo que regresa y que parece hacerlo con paso dubitativo, exploratorio, con cierta conciencia de inadecuación, se acompaña de la reedición, española, venezolana o mexicana, de libros escritos hace diez o más años, sin prólogos, aclaraciones o advertencias, como desmintiendo el tono “autocrítico” de las opiniones exiliadas. Por eso no decimos que el discurso del exilio sea la repetición de un discurso; decimos que hay un discurso que retorna del exilio (no sólo desde el exterior) por mediación de un discurso del exilio que prepara ese retorno . Y esto es así hasta el punto de que el discurso del exilio no es el discurso de la mayoría de los exiliados, pero la mayoría de los exiliados son transportados de regreso por ese discurso.

Esta “preparación” es psicológica, en el sentido más fuerte del término, esto es, que el discurso del exilio hace la elección ética de optar por el lenguaje de la psicología. Un tal Albino Gómez (Clarín, 7/1/82) nos cuenta que “más de dos millones de compatriotas, cualquiera haya sido el motivo de su decisión —político, personal, económico o laboral— se sienten 'exiliados”, aún en el caso de que estén desempeñando una misión oficial”. El autor de la nota seguramente siente que se le ha ido la mano en la generosidad del concepto: por eso coloca “exiliados” entre comillas. Sin embargo, todo el peso de su argumento está en las palabras “se sienten”. La condición del exilio se refugia en un “yo siento” o “nosotros sentimos”: de esta forma, la afirmación más idealmente subjetivista se convierte en la posición más objetiva. ¿Quién podría discutir que “lo sienten”? (Aquí hay que escuchar la disculpa, la confesión de la culpa). Si afirmaran, creyeran o pensaran, o incluso sospecharan... tal vez podríamos... pero no: lo sienten, se sienten exiliados aunque estén desempeñando una misión oficial. ¿Qué cabe frente a este sentimiento que nos engloba a todos? ¿Pinchar el globo o el don de una generosa comprensión?

A esto último nos exhorta Mario Benedetti (Humor /106): “Todo dependerá de la comprensión, palabra clave”. Pero es interesante cómo reparte esa comprensión: “¿Hasta qué punto los que se quedaron van a comprender el exilio cuando sepan todos sus datos... y hasta qué punto los que regresen van a comprender ese país distinto que van a encontrar?” Traduzco: los que se fueron deben comprender al país, los que se quedaron deben comprender, no al país, sino a los que se fueron. Esta diferencia la hará Rozitchner, más patético, más desgarrado, y, como además piensa —a diferencia de Benedetti—, más profundamente equivocado: en su caso quien sufre el exilio ya no es el “espíritu”, pero sigue siendo la cabeza pensante de una unidad perdida, es un yo “que no tiene cuerpo en el cual prolongarse”. Y cuando agrega:

“La población, en su resistencia sofocada, tiene la permanencia de los ríos, las montañas y las praderas de nuestro país”
(T.M. 170),

¿acaso entiende que somos el cuerpo... deshabitado?. Y por casualidad, ¿no habremos extraviado nuestro espíritu por México o España?

La comprensión entre exiliados y los que no, se convierte en la reconciliación entre cuerpo y espíritu: ... "estoy seguro, confía Benedetti, que la reunión nos rejuvenecerá a todos y mutuamente nos rehabilitará para el trecho que a cada uno le reste. Ese es, después de todo, el destino del hombre (y de la mujer), no sólo del exiliado o la exiliada.... Es gracias a esa compensación inacabable que nuestra memoria y nuestra vida se enriquecen, y nuestra muerte (ese exilio sin retorno ni desexilio ) no tiene más reredio que otorgarnos nuevas y fecundas moratorias” ¡Aleluya Benedetti!, pero antes de reencontrarnos en el cielo deberá admitir que no a todos les toca la felicidad de alcanzar en la tierra esa sabiduría que le permite reconocer que el exiliado o la exiliada también son humanos. Si la muerte es un aplazamiento, se puede seguir soñando, pero en el cielo de su comprensión, Benedetti, la mujer es un infierno puesto entre paréntesis.

El sueño de Rozitchner es más complicado, es de esos sueños en los que el yo se dice “estoy soñando”... para seguir durmiendo. Rozitchner concibe el psicoanálisis como un camino que se emprende desde posiciones imaginarias hacia una realidad que se ha escabullido, es decir, como un retorno del “exilio”. Y como, son sus términos, las “ilusiones y delirios políticos” han llevado al exilio a tantos argentinos, el regreso a la “realidad del país” exige la mediación de un psicoanálisis de estos delirios.

“En un tratamiento individual, nos dice, el médico actúa como 'principio de realidad para el enfermo” y permite distinguir lo que es real de lo que no es sino fantaseado. ¿Pero cuál es el criterio que mide la eficacia cuando se trata de discernir el rol de la ilusión y del delirio en los procesos sociales? ¿Dónde reside, en la actividad política, el criterio de su realidad sin ilusión?”
(T.M. 158).

¿Pero de dónde extrae Rozitchner su confianza para hacer de un médico identificado al principio de realidad un modelo para “curar” las ilusiones de la política, cuando son precisamente los médicos que así conciben su lugar en el psicoanálisis quienes llegaron al “exilio” viajando en esos mismos delirios políticos? Rozitchner no se lo pregunta, sigue adelante, y ofrece su respuesta: “El criterio de la verdad política está en la guerra”. Por un instante nos alborozamos: un filósofo puede pensar que

“nada puede ser pensado sin consecuencia para quien lo piensa
(T.M. 159).

En el escenario de la guerra, Rozitchner descubre que hasta “la razón ...encuentra su castigo por haber pensado mal... en la pérdida de la vida...”. Pero agrega:

“quien está en el exilio ha abandonado el campo de la realidad donde podría verificarse en la muerte cierta el terror que lo ha llevado al exilio”
( T.M. 170).

Debemos entonces retractarnos, no es cierto que el filósofo haya encontrado en la muerte un límite pues Rozitchner nos dice que el exilio es la culpa de haberse salvado de la muerte y esta culpa es el límite del pensamiento de Rozitchner. “Pues el enemigo estaba en nosotros mismos y es sólo luchando contra la forma despótica que el 'yo' habría de conquistar su eficacia en la acción”. Esta es pues la escena verdadera, la que revela la real envergadura del héroe: el combate definitivo es un combate intelectual, es la lucha del intelectual contra las ilusiones que enredaron su conciencia. Y si bien me importa que Rozitchner haga uso de Freud sin entender nada de Freud, debo admitir que al psicoanálisis no le pasa nada por eso. Pero el efecto nefasto es ideológico, Rozitchner. Pues desde la culpa no se origina ni un discurso político ni un discurso teórico; puede, en cambio, es lo que usted hace, construirse una imagen del intelectual como Patcher , un discurso patchy y alimentar así la patchwork's culture de nuestro liberalismo progre.

Pues debo decirle. Rozitchner, que no es usted el único, y que por aquí, la voz de la conciencia ha alcanzado ratings inigualables. De casualidad, ¿no ha visto Mefisto? Luis Gregorich, sí.

Y ha creído (Humor/106), llegado el “momento de poner las cartas sobre la mesa”, esto es, “identificar amigos y adversarios y distinguirlos de los enemigos”. Su discurso, mucho más discriminativo que el de Benedetti, no se baña en la misma tibia y dulce humedad lacrimógena de éste. Hay que agradecérselo. Pero como no da un solo nombre de amigo, de adversario o de enemigo, las cartas quedan como estaban y no sorprende que en el mazo bien mezclado todos vuelvan nuevamente a reencontrarse: "...uno de los actos más nefastos del Proceso consistió, en definitiva, en haber conseguido dividir a los militantes de las mayorías nacionales enfrentándolos estúpidamente en exiliados y no exiliados, colaboracionistas y no colaboracionistas, como si estas categorías no debieran ceder ante un interés político mayor”. Comentaremos esta afirmación paso a paso Gregorich, pues aquí está escrita, ocasión privilegiada, una manera de pensar que resume bien la opinión vigente de muchos que no escriben pero se reconocen en lo que leen.

Usted me concederá, Gregorich, que leerlo es leer lo que usted escribe, escucharlo, escuchar lo que usted dice, y que nada tiene que hacer aquí algún esfuerzo por imaginar lo que habrá querido decir. Leer pues, no es ni reconocerme en lo que leo ni sólo leer aquello donde me reconozco. Esta aclaración se vuelve necesaria porque usted plantea un asunto de conciencia, el caso de una conciencia desgarrada entre la culpa y la responsabilidad. Un intelectual, un literato, un periodista (¡virtudes de la contigüidad!) que presta oídos a la voz de su conciencia. Y como la voz es el objeto ideal en su grado de mayor pureza, como la voz le llega a la conciencia sin intermediación significante, sin mediación de alguna materialidad, sin esa síntesis empírica que implicaría su pasaje por el mundo, resulta entonces que la voz es el objeto “interior” por excelencia, la entraña íntima de la conciencia. La voz que le llega a la conciencia termina siendo la voz de la conciencia. La conciencia, ante la inmediatez instantánea de la voz, se encuentra pasmada frente a esta presencia pura, preservada de la ruina de la vacilación y del equívoco, por la exclusión de cualquier nota de exterioridad. La voz goza de una autoridad que proviene de esta falta de mediación, y esta autoridad de la voz es lo que se conoce en el plano de la conciencia con el nombre de certeza. Certeza informulada. Todo acto es el comienzo de la ruina de esta certeza y la materialidad de las palabras introduce una diferencia que la conciencia, identificada con la voz, no puede escuchar. Cuando es otro quien escucha y lee, y siempre es otro quien escucha o lee, la conciencia no se reconoce al no poder identificar la voz con estas palabras “suyas”. La conciencia dirá entonces que no ha sido comprendida o que ha sido tergiversada en lo que quería decir, por aquél que sólo lee o escucha palabras escritas o dichas.

Ahora sí, volvamos a nuestra cita. Y no habremos de discutir si efectivamente son o no militantes de alguna mayoría los que se dividen entre exiliados y no exiliados. Retendremos que Gregorich afirma que su enfrentamiento es estúpido y, por un instante, estamos de acuerdo. Estamos de acuerdo si esto significa rechazar la estupidez de un discurso que esgrima como valor la permanencia en el país durante todos estos años. Pero no es esto lo que nos dice, su frase continúa invitándonos a olvidar las divisiones y diferencias en nombre de un interés político mayor.

El pequeño inconveniente es que se nos exhorta al olvido de las diferencias desde un discurso que es, como por casualidad, un término de esa diferencia. Habría que acallar la crítica al discurso del exilio en aras de un interés político mayor, nos dice el discurso del exilio. ¿O acaso no resuena en estas frases de Gregorich la lógica de Rozitchner?: “Los rasgos del 'apagón cultural”, tales como la censura, la autocensura, la persecución de los disidentes y la tendencia a la desnacionalización, no fueron inventados por los militares, sino que son, lamentablemente, datos permanentes de la vida argentina, exigencias más o menos imperiosas de su inconsciente colectivo, fundadas a su vez en cierta estructuración política, económica y social. De tal modo, en principio todos fuimos cómplices..." No vaya a creerse que Jung merezca más que Freud esta expropiación de sus términos fuera de los límites que le dan algún valor conceptual. Pero lo que importa es que por esa mediación, la culpa (“todos fuimos cómplices”) en parte se reparte, y en parte principal, alcanza su expiación al presentarse como racionalidad ideológica. No sé si Gregorich escribe lo que piensa, pero si pienso lo que escribe, debo preguntarle: ¿cuál es su interés político mayor para querer hacer desaparecer las diferencias entre los colaboracionistas y los no colaboracionistas?

Esta manera suya de pensar, que me interesa porque no sólo es suya, ignora que reproduce el autoritarismo contra el que dice rebelarse. Comienza como una invitación: "En aras del bien común olvidemos nuestras diferencias...", y según quien la enuncie, esa frase siempre termina en: “Quien no lo hace es un traidor a la patria" o “Quien no lo hace es un reaccionario”. No se me escapa que los supuestos enunciadores de estas frases son enemigos políticos, pero piensan según el mismo molde. O no piensan porque entran en el mismo molde.

Nuestro epígrafe freudiano quiere recordar que a la empresa trascendente de investigación de la verdad suele anteponérsele algún valor trascendental como obstáculo, y la firma de nuestro epígrafe bien podría aclarar con su ejemplo, que no es lo mismo quien se divide por arriesgar todo en algo, que aquel que se multiplica para ser uno en todas partes.

Pero también tenemos nuestro ejemplo para esto último. En su estilo cansino y complaciente, ataviado con sus debilidades según el valor de una impudicia que reproduce el peor modo de Simone de Beauvoir, Juan José Sebreli ha entregado su última pirueta, Los deseos imaginarios del peronismo: "¿Cómo explicar que durante más de diez años apoyé críticamente a un movimiento tan contradictorio con mis rasgos personales, con mi bagaje cultural, con mis convicciones humanistas y universalistas?”. La palabra "críticamente” ya es un resguardo, una manera de anunciar que el supuesto cambio no habrá sido tan grande, un modo de prometerse alguna identidad, esperanza de que alguna coherencia oculta se conserva. Y tratándose de Sebreli, la explicación hará el rodeo necesario de la confesión: "Este libro no es sólo una crítica del peronismo, sino también una autocrítica del autor”. Si admitiéramos que existe algo que pueda llamarse “autocrítica”, habría que imaginar que el autor se toma como otro en su crítica y que, sediento de claridad, agrega: “autocrítica del autor”. Pero si advertimos que es el autor quien dice la autocrítica... del autor, ¿la otredad que la crítica inventa no viene a disolverse igualando lo mismo con lo mismo? No otra cosa persigue el autor (habría que decir el autoautor, pues todo es auto en Sebreli): "¿Cómo cambié conservando no obstante mi identidad?”. Autocambiando Sebreli, autocambiando...

Sebreli es tal vez el ejemplo más acabado de esa embustería mañosa que actualmente se vende como exilio interior. La racionalidad de este desgarramiento oportunista se halla condensada en la contratapa de su libro, donde el elogio reúne los nombres de Verbitsky y Viñas hasta Murena e Isaacson. ¿Cómo hacer para estar en tantos lugares diferentes? La respuesta se alcanza con una pregunta: ¿En qué se parece Sebreli a...? Pongamos cualquier cosa que, como en los chistes, el reguero metonímico encontrará a Sebreli en el lugar adecuado.

Cuando este “militante sin partido” afirma que el peronismo

“careció de la grandeza wagneriana de la maldad nazi”
(p. 14),

¿esperará que tomemos esto como ironía? Si lo fuera, sólo indicaría que la impotencia de su análisis lo empuja a ese recurso snob de tantos “socialistas solitarios” (otro autobautismo). Pero entender a Sebreli es sencillo: hay que recordar que él es existencialmente complicado. No se trata de un izquierdista que juega la comedia del cinismo social, ni del discurso que tradicionalmente se llama de “derecha” y que simula ser de izquierda para que se lo tome como tal: “izquierda y derecha” son insuficientes facies para nuestro dodecaédrico Sebreli. Es cierto que las nostalgias son todas nostalgias, pero no todas las nostalgias son equivalentes. ¿Por qué no reconocer en la nostalgia la verdad de la ironía?. “La maldad nazi” entonces, sería la ocasión perdida de que la “grandeza wagneriana” quedase del lado de nuestro retortijado intelectual. Quede así precisado el lugar del autoautor, que no habré de mentar por no “plagiar” a Manrique ni citar a Cervantes.

Aquí una pausa, pues nombrado Viñas, debo aclarar que el aprecio despertado por la lectura de sus libros, le reserva un lugar diferente en este desfogue. Sin embargo, piensen ustedes: finales de 1981, y Les Temps Modernes le cede a Viñas 400 de sus páginas. Es cierto que esa revista agoniza desde hace tiempo, y que en tiempos de Sartre, éste no se hubiera privado de decir lo suyo. Pero aun así, ¿desperdiciar la posibilidad de un acto político por puro revival? (la palabra es del mismo Viñas, en Clarín 4/8/83). ¿O habrá que pensar que el revival, que la nostalgia enternecida, ignora los servicios que presta a una política que desconoce? No otra cosa decimos.

Los tiempos modernos se abren con una nota de César Fernández Moreno: “Las ilusiones del enamorado”. La misma infaltable palabra que en Sebreli, que en Rozitchner, que en Gregorich: llamar ilusión al error político es el modo en que esa ilusión se alimenta de su propia decepción.

Citemos extensamente el final de esta exquisita nota inaugural:

“Este número especial no sólo nos servirá de catarsis sino, quizás, también de clave que nos permita resolver el problema capital que nos plantea nuestra patria bienamada: continuar amándola tal como creemos que ella es, o, si ella no es tal como la soñamos, extraer las consecuencias e intentar olvidarla, es decir, asumir así nuestro error afectivo”.

Tal cual se lee. Pero para que el lector no se pierda el color local, la cita sigue desde aquí sin traducir: “Un dénouement de tango, tragicomique, ainsi que l´a exprimé, avant la lettre, le (métaphoriquement) visionnaire Enrique Santos Discépolo:

A eux tous ils m'ont tondu au rasoir
ta silhouette a été l’hamecon où je me suis embroché.
Vous avez englouti, toi, “la veuve” et “le guerrier”.
ce qui m'a coûté dix années de patience et de boulot...
(T.M.9).

Es cierto que se usa “catarsis” en un sentido médico—psiquiátrico, y de hecho, todo el número (palabra de espectáculo) está plagado de “ilusiones”, “delirios”, “esquizofrenia”, “impotencia", “inmadurez”, “enfermedad mental”, “locura", es decir, la misma metafórica moral que el discurso médico—psicológico presta a la política que se pretende combatir.

Si hemos dicho que el discurso del exilio hace la opción ética de elegir el lenguaje de la psicología, ahora se aclara que esa psicología es la de los moralistas del siglo XIX, para quienes la responsabilidad coincide con los límites de la conciencia. Entonces, cuando se dice que si la Argentina no coincide con nuestros sueños, hay que intentar olvidarla..., esto sólo significa que el valor trascendente es poder no despertar.

“No despertar” es el deseo pueril que gobierna a este número de Les Temps Modernes. Fernández Moreno es tan conmovedor cuando aclara que Discépolo es visionario tan sólo en un sentido metafórico, como cuando explica:

Perón ha suscitado... una gran excitación (populista) pero no la ha hecho seguir de ninguna catarsis (que habría podido ser socialista). Es por esta razón... que no es realista querer hacer alguna comparación, algún acercamiento entre Perón y el Che Guevara
(T.M. 32).

No seguiremos: que el lector abra cualquiera de las 400 páginas (con la sola excepción de un artículo) para convencerse que estas estupideces no son escogidas. Pensar a la Argentina como una mina que no se deja, es exactamente lo que habría que llamar “populismo”. Populismo, con ese toque estetizante del histérico. Bastaría restituir a “catarsis” su sentido aristotélico ( purificación de las pasiones por contemplación de la tragedia), para permitir que retorne al autor el valor siniestro ( unheimlich) de su ingenuidad política.

Viñas no parece sino hacer suya esta originalidad de concebir la “autocrítica” como un “asumir nuestro error afectivo”. Lo que significa: perseverar en él. “Este exilio... ya se había esbozado en gran parte desde el instante en que habíamos comenzado a tener una actitud crítica". ¿Exageramos si aquí leemos que la crítica conduce al exilio?. Pues sigamos leyendo:

“¿Era un proceso cuyo itinerario se esbozaba en sus propias exigencias? ¿Del no-conformismo a la crítica, del criticismo a la heterodoxia y de allí a la marginalidad? ¿Y de los confines de esta marginalidad, al afuera?... ¿Cómo hemos llegado todos nosotros —el Che y cada uno de los exiliados argentinos que hoy colaboran en Temps Modernes — a pensar que el exilio era una manera de darnos cuenta de los límites de la Argentina?"
(T.M. 54).

En serio Viñas, ¿cómo han llegado a pensarlo? Pero no importa, quienquiera puede hacer de cualquier cosa la ocasión de darse cuenta. Pero a condición de darse cuenta Viñas. Darse cuenta que un discurso crítico, y aun más tratándose de política, no podría resultar, como usted lo describe, un viaje hacia los espacios exteriores (y no digo otro país). Y si este número de Temps Modernes significa para usted un “requiem” de Contorno (no hago más que citarlo: Clarín 4/8/83), pregunto: ¿Cómo considerar a un discurso que se pretende crítico cuando sustituye la posibilidad de un acto político por una ceremonia religiosa de enternecimiento generacional? Intentaré la respuesta que, como se debe, ha de estar en lo que usted mismo dice.

Ocurre con Viñas que ha escrito mucho y bien contra las dicotomías simplificadoras, contra las interpretaciones basadas en tipos excluyentes y arquetipos definitorios, contra las dualidades que permiten una exclusión que tranquiliza, contra el enfrentamiento de términos polares superados por alguna neutralidad, en fin, contra la estirpe maniquea de nuestra historia política y literaria. Y esta crítica del beatismo liberal, del bizantismo declarativo de las grandes fórmulas eufemísticas, ha producido análisis valiosos y un estilo que podríamos llamar “gritón”, y que no dejamos de apreciar. Pero (y esto necesita el tiempo de otro trabajo para ser demostrado), la violencia de las palabras ha terminado por enamorarse de sí misma, de su fuego, de su fuerza y de su impulso. El odio a la mediocridad de los buenos modales eleva la informalidad a un valor, el movimiento se transforma en cruzada y la distancia que recorren los ecos de su voz mide las dimensiones de su verdad.

Viñas se rebela contra el pasatismo del hombre prolijo que fundamenta su seriedad en acotar el espacio reservado para la fiesta. Y esto lo lleva a “confundir —como dice de Arlt— el ámbito vital con el ámbito festival”. Entonces no extraña que añore aquella campaña de 1961 de Alfredo Palacios. Y que proponga reeditarla con la candidatura a senador de Ernesto Sábato:

“como Sábato ha declarado que al intelectual argentino sólo le queda el exilio o el suicidio, sería quizás una manera de sustraerse a esa alternativa y consistiría, precisamente, en encabezar ese movimiento de renovación independiente e imaginativa en el ámbito de la Capital
(Clarín, 4/8/83).

Como terapéutica hay que admitir que es imaginativa, pero si es cierto que Sábato afirma eso, me temo que, de eso, nadie lo salve. ¿Pero qué desea Viñas cuando recuerda a Palacios?

"Para empezar por algún lado, lo que se va insinuando en España, en Brasil y hasta en Bolivia: la apertura de una cotidianeidad democrática"
(El Porteño, abril 83).

Es difícil, pues ¿quién no desea, para empezar, esa cotidianeidad?. Pero ¿para quién —ojo de turista— existe esa democrática cotidianeidad en Brasil, en Bolivia? ¿Habrá que presumir que Viñas se ha paseado en exceso por la Rambla barcelonesa y que el huracán sartreano se ha disuelto en el recuerdo tibio de las tonadas de Puebla?

Nada de eso. Viñas no se ha suavizado, sino que nosotros hemos detenido el movimiento. Pero dejemos que siga hablando y aparecerá lo contrario de lo que estábamos presumiendo: la riqueza de sus contradicciones alimenta un estilo que es el ejercicio explícito de esta seducción. La dificultad que plantea Viñas, estriba en que se equivoca... a propósito. Quiero decir que lanza la opinión hacia adelante, en forma de hipótesis, en su precariedad naciente, una opinión en peligro que

“me gustaría que abriese polémica, que fuese discutida
(El Porteño),

una hipótesis que es pues, un llamado al otro. Pero Viñas rebalsa cualquier lugar, y volvemos a encontrarlo en ese lugar otro que la misma hipótesis construye: ellos soy yo y yo ocupa todo el escenario. Advertimos entonces que la opinión corría un falso peligro o, mejor dicho, que su peligro es el modo de adelantar su defensa.

“Pienso que el Che Guevara, en tanto rasgo de unión implícito pero decisivo entre Sartre y los escritores de Contorno, puede ser tomado como emblema 'generacional”. Emito así una hipótesis que..."
(T.M. 52).

Y luego sigue el enunciado de algunas objeciones al término “generacional” que cumplen una doble función: primero, como la opinión se arriesga en una situación dialógica, polémica, distraer al adversario del argumento principal; segundo, acompañar la hipótesis de algunas objeciones secundarias, como si su sola mención pudiera disolverlas. De la repetición de este procedimiento, del hecho de ocupar a la vez los dos lugares de una contradicción, proviene esa “fiereza”, esa “garra” que Viñas estima tanto, y por la que tanto se lo estima a él.

“No toleraba la coherencia de esos textos, de ahí que me resolví a usar una palabra tabú en el río de la Plata: cojer. Cojer con jota, de manera deliberadamente provocativa ... para que la literatura tuviera carne, para encarnar el verbo” (El Porteño ) .

"Me resolví”, dice Viñas y agrega “de manera deliberadamente provocativa”: así pues, no es contra las “poses” y “maneras” que se pelea, sino contra algunas, pues también hay otras que le gustan.

“Entiendo que ese cojer —nos explica— marca un itinerario secreto desde Amalia ... hasta encallar por lo menos en Rayuela de Cortázar... Esto es, el eje de esa constante sería cojer/no ser agarrado; violar/conjurar la penetración... en 1982, el ademán decisivo de las novelas de Asís es la violación; el de Piglia, el conjuro”
(El Porteño ).

Concebir la historia de la literatura en nuestro país repartida entre “cojer y no dejarse” no es sexualizar la literatura Viñas, es hacer obra de sexólogo, como esos psicoanalistas que en vez de hablarles de la cigüeña, le cuentan a sus hijos el cuento de la obstetricia. Usted Viñas, está demasiado encandilado por esos ademanes cuya ampulosidad le esconden que cuando dice “violación” repite “barbarie”, o cuando dice “conjuro” repite “civilización”. Es decir, que se las arregla para esconderse que reproduce lo que critica. Usted Viñas, es David, pero también es Goliat. Y está encantado. Encantado de dar la cara, no importa qué pueda caer sobre su rostro, en ese combate cuerpo a cuerpo que a nosotros nos parece un abrazo.

En este encantamiento nos interrumpimos. Hemos querido indicar que existe un discurso liberal progresista en el campo de la cultura, que adquiere la racionalidad de un síntoma en lo que hemos llamado el discurso del exilio. A pesar de su incidencia política, hemos subrayado que no es un discurso político. Ahora nos toca aclarar que tampoco es, en el sentido tradicional del término, ideológico. No es meramente un discurso de desconocimiento, sino un discurso que ignora lo que desconoce.

Cuando se afirma que “el exilio es una condición para darse cuenta de los límites de la Argentina", lo importante no es que se racionalice y al mismo tiempo se confiese no haber advertido esos límites, sino que ambas, racionalización y confesión, ignoran lo que desconocen: el asunto nacional, cuestión difícil, que se vuelve cada vez más intratable, pero planteada, imposible de escamotear. Si se nos dice que el exilio es de la patria, no es posible, después de decirlo, desentenderse de haber colocado en ese lugar una mina, el aroma inefable de unas medialunas a la madrugada, o el colectivo 60. Pues todo eso no es lo perdido sino lo recuperado, los condimentos de ese caldo melancólico del recuerdo en el que el sujeto es el fideo principal.

Este artículo está escrito para decir que a todas las estupideces sobre el “ser nacional”, desde un lugar inesperado, ha venido a agregarse otra más. Un sujeto sentimentalmente empalagoso, resbaladizo, de afectos chorreantes, levanta un reduccionismo psicológico para elevar como elemento protopático, como rasgo idiosincrásico de nuestra nacionalidad, la imagen serenísima del Dulce de Leche. Un discurso que insiste en “tomar conciencia” sin advertir que esa conciencia está tomada, y sin poder hacerse cargo de aquello contra lo que choca a cada instante: que los resortes que explican la eficacia de la transmisión de un discurso no coinciden con los límites de la conciencia. Entonces imagina, y siente, y la Argentina es un tango-canción.

Notas

  1. Nuestra nota hace referencia principalmente al número doble (420-421) de Les Temps Modernes de Agosto de 1981, y que fue titulado: Argentine, entre populisme et militarisme. Estuvo dirigido por David Viñas y César Fernández Moreno y compuesto por artículos sobre historia política, sociología, economía, literatura, cine, poemas, relatos confesionales, testimonios y algún análisis semiológico. El sumario agrega a nombres conocidos (O. Braun, H. Solari-Yrigoyen, Cortázar, Jitrik, Saer, Khun, Rozitchner, Bauleo, Gelman y otros) algunos seudónimos. De esta revista citamos apenas lo indispensable, y hemos intentado compensar esto extrayendo citas de publicaciones más accesibles (Clarín, El Porteño, Humor). El artículo de L. Rozitchner al que aludimos “Psychanalyse et politique: la lecon de l'exil”, también figura en su libro: Freud. y la cuestión del poder, Bs. As., Folios, 1982. Los deseos imaginarios del peronismo , de J.J. Sebreli, fue editado por Legasa, 1983.

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