Revista SITIO · N.º 3 (1983)

A la tibia musa, de un vate desencantado

Perlongher habla y dice. Aprecio cómo habla Perlongher, porque hablando se dirige... y demuestra así, una vez más, que aunque se quiera derivar no hay más remedio, hablando, que dirigirse a. Pero además aprecio que no evite dirigirse a quien su habla se dirige. Envía entonces su carta a Sitio, y le agradezco que simule hablar de “él”, de “nosotros” de mí" para tal vez hacer posible hablar entre nosotros. Cuando pregunta: “¿La desalada guerra nos ha cambiado el Sitio de lugar?”, ese “nos” nos gusta. ¿Nos será posible un sitio para hablar?:

Hablar Perlongher, no es quedarse en un lugar. Hablar es siempre cambiar de lugar, aunque esto no vuelve equivalentes a todos los lugares. Hay gente que busca el lugar, cree elegirlo, para luego echarse un parrafito. También hay gente que va a parar donde la mandan sus palabras. Pero hay palabras que hacen lugar. La palabra es tiempo, Perlongher, la palabra es tiempo y hace lugar. Si la revista ha “cambiado” de lugar, esto sólo significa que ha hablado... allí donde esperabas su silencio. Pero no “se ha dado vuelta” Perlongher, aunque haya que darla vuelta para leer: “La localización termina, como corresponde a todo método intelectual, en la interrogación que pregunta por la ubicación del lugar”. Habremos entonces de escuchar qué dice Perlongher.

Ante todo, su insistencia en el territorio: “el mapa de un patriotismo”, “la torpeza de las territorialidades”, “tenencia de dicho accidente geográfico”, “zambúllese en las marcaciones de una Geografía colorinche, de una Geopolítica enseñante”, “la ilusión de un suelo”, “¿nos ha cambiado el Sitio de lugar, lo ha acercado a unas islas, anclado en aguas territoriales?”. Así pues, para Perlongher, sufriríamos la torpeza de unos lazos que nos atan a un suelo ilusorio, sufriríamos de una cierta obsesión del espacio, de un deseo que marca los límites mezquinos de una geografía terrestre. Para siempre anclados en nuestro cuerpo ¡Ay!, exiliados de la Ciudad de Dios ¡Ay!, arrancados de la vida del Espíritu ¡Ay! ¿No es esto Perlongher lo lamentable? Ese lamento que escucho: ¿lo invento, lo exagero? Veámoslo despacio.

Pero no sin antes aclarar que lo geográfico nunca es tan sólo lo geográfico. Cuando eso ocurre, se incurre en folklorismo, y lo geográfico deviene tópico, tema sustituible. Pero lo geográfico, en especial si es un accidente, tambien puede tener sentido , convertirse entonces en lo que se llama un “problema”; y un problema Perlongher, es algo intransferible, algo no tan fácil, como lo hacés, de delegar en los expertos: “¿Es ese un problema de los juristas, de los poetas...?” Si el problema es de los juristas, los poetas no tienen problemas. Al menos los poetas de las películas que te gustan, los que se mueren cuando Alfonsina se mata, los que flotan cuando ella se hunde. Y que cuando salen del cine se suben las medias para no perturbar a un mundo tan ordenado por las jurisdicciones de los oficios.

“Siempre hubo guerras, pero no siempre (he) estado”, aforiza Perlongher. Pero invocar los tiempos anteriores a la creación del Estado moderno, tiene la función actual de hacer pasar un gesto moral por estética, elevar una estética del gesto amoral a moral, para terminar en la vieja moral del gesto estético. De tantas morisquetas, la cara se llena de tics. Hay un tic de la vanguardia que se llama “transgresión”; si el acento es romántico, el pasado es la causa perdida que me alienta; si el acento es lógico, el pasado es un límite imposible. En los dos casos, el retorno de esos pasados tiene la rara virtud de colocarme a la cabeza del futuro, y la dimensión del héroe es una función de las magnitudes de los obstáculos que su imaginación interpone a su marcha transgresiva. No es pues mera indiferencia, sino argucia impremeditada: parece desentenderse de las fronteras entre los estados, para traducirse en el trabajo diligente de levantar fronteras alrededor de cada estado... del alma esta vez. El cuerpo del poeta se espiritualiza en un universo donde cada discurso tiene indicada su parte.

Perlongher no nos dice: “Soy amante cuando me arriesgo, accidentado cuando tropiezo, poeta cuando invento, un niño cuando me aburro o cuando me divierto, un cobarde cuando me traiciono, un soldado cuando obedezco (¡ay que también me pasa!)”. Perlongher no lo dice porque él sabe qué es un amante, qué es un accidentado. Y sabe entonces qué puede pasarles a cada uno de ellos, qué debe ocurrirles, qué ilusiones tocarles.

Sin embargo, alcanza con advertir que me toma como “contraejemplo”, para darse cuenta que también él —no sé si quiere o no enseñar— tiene un discurso enseñante. Enseñar nada más que “lo que se puede” y nada menos que lo que “no se puede”. Como esas torpezas que en el final de la contorsión se disfrazan de saludo, una desenvoltura para con la moral termina siendo una moral de la desenvoltura. ¡Tan juguetón, y tan serio para equivocarse! Pero nunca fue necesario ponerse serio para equivocarse en serio.

Perlongher se protege, podríamos decir que arriesga protegerse, y nos advierte: “Nuestra crítica no será literaria”. Pero en “siempre hubo guerras..." hay toda una estética. Cuando digo lugar, Perlongher, tiempo, estoy diciendo: particular. No peculiaridad elevada a rango universal como valor exótico; “particular” nombra las coordenadas mitológicas en las que está anclado mi cuerpo y que pueden arrastrar desde los ecos de una tradición ignorada de mí mismo hasta los fantasmas más singulares que viven en una literatura. Y esto es lo que aplasta o lo que ignora, pero es lo mismo, esa homologación de cualquier cosa como caso de lo general: “Siempre hubo guerras..." ¡Y al fin humanos!

“Hay una gran diferencia —nos dice Goethe— entre el poeta que busca lo particular con miras a lo general y el que ve lo general en lo particular. El primero da nacimiento a la alegoría, donde lo particular vale únicamente como ejemplo de lo general; el segundo nos entrega la naturaleza propia de la poesía: ésta enuncia lo particular sin pensar en lo general, sin apuntar a él”. Homologar, y contra tus propias palabras, “el fango de Ganso Verde” con “el barro de Victoria”, es aplastar lo mismo contra lo mismo desconociendo todas las diferencias, es apoyar la moralidad de la alegoría en la oposición “limpio / sucio”, y es incluir lo “manchado”, estremecedor escándalo, en los dominios ahora extendidos del Bien. ¿Todas las guerras, la guerra? Pero no toda es vigilia, la de los ojos abiertos. Ni poesía un verso que se quiere despierto.

Hasta aquí, lo que el discurso de Perlongher dice. Sólo que Perlongher agrega lo que cree comprender. Y en esto, Perlongher es ilimitado. Así que abrevio: no entendiste ni jota, Perlongher, de Jinkis, ni del “nosotros”. La ironía que marca a un enunciado, Perlongher, divide entre el autor, el firmante, y la enunciación de ese enunciado. Al no leer la ironía, me identificás a un enunciado, imaginás lo que pienso y te mostrás en desacuerdo. Yo me encontraría entonces en la situación de estar de acuerdo con tu desacuerdo. Pero nada de esto. Y precisamente porque, entre otras cosas, el Entredicho del 2 fue escrito contra una modalidad del izquierdismo ideológico que reducía la guerra, como lo hacés vos, a un recurso para convertir a los esclavos en soldados. Reducir la guerra a un “recurso” es convertirse en psicólogo del motivo y de la intención. (En cuanto a la freudiana mosca, hay que recordar que Freud se negó a hacer una condena global de la guerra, en plena guerra, diciendo que no eran todas equivalentes).

Cuando se le confía el argumento a la ironía se extiende esa confianza a la lectura. Es esperable que el lector discrepe, o rechace el modo, o conceda a la ironía un lugar inesperado para aquel que escribe. Pero también es esperable que el lector lea la ironía. Dos veces Perlongher la ha dejado pasar inadvertida. Casi otra ironía, pero no diré del Destino que es otra figura. La primera explica —presumo— su simpatía por el Entredicho 1, la segunda, su crítica del Entredicho 2. Su imaginación lo ausenta de esa figura que llamamos “lector”: lamentable, pues lectura es el nombre de ese sitio que haría posible hablar entre nosotros.

Puedo ahora, en ese portorriqueño básico que tienta a Perlongher, resumir también mi impresión: Es cierto chico, no hay como “leer de ojito” para meter la pata, y no alcanza la disculpa "rengueamos en este punto” para hacer acabar la Coja, musa, como por acá se dice.

La localización entonces, termina en la interrogación que pregunta por la ubicación del lugar. Un “nosotros”, dice Perlongher, está encerrado en las fronteras de un patriotismo ilusionado. Perlongher se encuentra más allá. Pero ¿dónde precisamente? Su “pasión brasilera", ¿no localiza esa pasión en “las marcaciones de una Geografía colorinche”, en “las torpezas de las territorialidades” según “el mapa de un patriotismo infanto-juvenil acneico"?

Vayamos al grano: la brasilera pasión es una pasión no menos argentina, argentinísima, un lugar donde el alma delicada del liberalismo progre ha encontrado en estos últimos años el clima tibio en el que pueden florecer sus manifestaciones expresivas. Es, también, otra política.

Retengamos por último, esta inocente letrilla gongorina:

Lo artificioso que admira,
y lo dulce que consuela,
no es de aquel violín que vuela
ni de esotra inquieta lira;
otro instrumento es quien tira
de los sentidos mejores.

Buenos Aires, junio de 1983
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