SITIO publicó poemas de Néstor Perlongher en sus dos primeros números (más improvisados). Lo hace en éste (menos ingenuo). Lo seguirá haciendo mientras Perlongher lo quiera, si —como todo lo indica— mantiene su rango de uno de los mejores y significativos poetas argentinos actuales. Le agradece que se haya jugado al criticar nuestro Editorial del N° 2 (“Entredichos”); que lo haya hecho de frente y por escrito; que lo que escribió lo haya enviado para que lo publicáramos en esta mística estafeta. Hay algo más importante: Perlongher —como me lo hizo ver una de mis Aristarcos, Susana Cerdá— quiere contrastar su visión de la Guerra con la nuestra: pudo publicar su crítica en otro lugar. Mi respuesta aspira a ser una vuelta de tuerca más sobre una cuestión pendiente y mantener a SITIO como recipiente abierto y lo más osmótico posible. Perlongher me motiva a ejercitarme en una dialéctica de la inclusión, para la cual todos mis vicios de formación y mis surtidas psicopatologías me habilitan parcamente.
Perlongher ha sido duro con nosotros. Explota sin compasión todos los rigores que su código le permite. Nos viste de chinas vivaqueras y nos envía en chalupas estultíferas tras nuestros hombres que bogan al combate. O nos fabrica, como la Storni, una casita de cristal, en el fondo del mar. Un acuario inverso, desde el cual veamos flotar los cadáveres de los ahogados del Belgrano o del Sheffield. Tampoco fue honestísimo. Nos asigna intenciones que sabe no podemos tener, como la “obsesión por la buena letra”, al servicio de Galtieri, Anaya & Lami Dozo, o sus presentes y futuros representantes en el Estado, dictatorial o democrático. Nos subvalora como arrastrados por un “patriotismo infanto-juvenil acneico"; como “ilusos vates legañosos”; como capaces de "darnos vuelta” ¡...! Nos cita, además, de un modo tan descuidado (o mañoso) en el uso de las comillas, que quien no haya leído el “Entredicho” del número 2° puede quedar completamente mal informado. Tanto, que decidí apelar a notas o “postdatas” (la ficción es que nos intercambiábamos cartas) para corregir esas citas sin cortar el hilo de mi ideación.
Para rebatirnos, Perlongher recurre a una elección estilística difícil de caracterizar, pero cuyos instrumentos principales son: 1) una libre asociación ficta (porque su carta no es el protocolo de un gabinete de psicología experimental ni de una sesión analítica); 2) cuya función es disociar y/o encubrir las relaciones lógicas que articulan los enunciados parciales (porque Perlongher no hace, clínicamente, “ensalada de palabras” ni tampoco “dadá”); 3) organizada sobre el modo del delirio, 4) meliorativamente ideologizado, que se vuelve más atáctico, y casi descontrolado ya, en los cuatro párrafos finales, aquellos donde parecerían insinuarse sus propuestas alternativas, teórico-prácticas.
A esta técnica de Perlongher quiero que mi texto oponga una escritura algo más estructurada, que me dificulte (y dificulte a los lectores) tirar la piedra y esconder la mano o puentear el audífono. No es por caridad. Perlongher no la necesita ni la merece, sino porque cuestiono su código politico, ético y estético, que es quien le recomienda o prescribe la forma que eligió. Pero más que nada porque lo de Malvinas sigue siendo para mí algo demasiado patético como para resbalarme hacia lo que —desde mis referencias— no puedo sentir sino como frivolidad. Aun sabiendo que el delirio —el real, y peor aún el ficto— marca un comienzo de desintegración del sujeto frente a una realidad que le resulta demasido intolerable o, lo que es más grave aún, un intento de reconstruirla. Es decir, de remodelarla imaginariamente, nominándola en vez de intentar modificarla. Otras literaturas y escrituras, ilusas ellas, lo pretenden. Modificar aquello que lo dado tiene de modificable. No que un meridiano pase por Greenwich, por ejemplo, sino la decisión humana de tomarlo como cero en la medición de las longitudes terrestres. O la presunción de que, si pasa por Londres, debe ser más serio y fidedigno que si pasara por otro lugar. Cambiar lo cambiable. En primer lugar, homoplásticamente, la (propia) literatura, borde más cercano de lo real.
Además de subvaloraciones y tergiversaciones, la carta contiene dos modalidades de enunciación situadas en un nivel lógico diferente, arduas de entresacar de entre los juegos de palabras, las paradojas, los saltos pindáricos y otras bonitas “subversionesdelenguaje”, donde, lamentablemente, Perlongher no da su Do de pecho.
Me refiero a las enmoralizaciones a las que sesgadamente nos somete, recompensándonos o puniéndonos por el grado de realidad y honestidad de nuestras ilusiones, evaluadas desde su ideología política, un anarquismo estetizante; y a las teorizaciones ultracondensadas sobre el sentido del Patriotismo (el término es suyo, no nuestro); la Guerra; el Estado; la Literatura; la Historia. Esta última, con la mayúscula ironizante o con la minúscula afectuosa de nuestra común pertenencia a parroquiales vicisitudes literarias. Inmediatas (los dos primeros números de SITIO); cercanas (la década, alboral o inaugural, para Perlongher, del Fiord); míticas (la trajinada Alfonsina).
Y aquí percibo el más dolorido de los reproches, por no expresado (das Ungesagte), lo “no-dicho” o lo “sin-decir”, (ya que en este número convivimos con Heidegger). ¡Cómo, muchachos? ¿No habíamos quedado en que...? ¿Cómo han cambiado desde que me fui!
Es verdad. Cambiamos . En parte, nos cambiaron; pero, mucho más, quisimos cambiar o dejarnos cambiar. Si no lo hacíamos, nos quedábamos solos. Solos de quienes nos interesan . De lectores reales o imaginados. Solos, en esa monserga del “exilio interior”, de la “catacumba”, novedosísima argucia, que no define nunca el lugar de la expulsión (o del irse a baraja); una especie de jubilación reversible, de la que afloraremos algún día, “los puños llenos de verdades”, tan rizaditos como Alicia del Pozo de Melaza. Y mucho mejor legitimados por nuestro martirologio que los mersas eyectados hacia los Pontos no tan brumosos de París, Barcelona, Río de Janeiro, M.I.T. , México D.F.
Pero tengo que preguntarme hacia dónde exactamente viré o cambié yo, si es que lo hice, porque aquí no puedo hablar corporativamente por los demás de SITIO. Hacia asumirme mejor como vate, antiironizando a Perlongher. La palabra me parece hermosa. Y reaparece, ella misma o bajo algún visaje sinonímico, cada vez que la literatura no duda de sí misma, usurpa irreverente los vocablos más litúrgicos, birla el podio a pontífices y augures, invade, imperializándolos, los discursos ya vanos o insuficientes de la religión, la ciencia, la filosofía, se tutea con los Grandes de la Tierra ( audi, tu, filia Sion ), los amonesta, los hace y deshace a su gusto, como lo que son, como figmento. La literatura de Isaías, de Hesíodo, de Esquilo, de Horacio, de Dante, de Molière, de Schiller, Víctor Hugo, Zola, Sarmiento, Hernández... Eso quiero. Cosa distinta —y más que dudosa— es que me salga bien, que logre hacerlo en mínima decorosa medida, plumífero de fin de semana, bala perdida temperamental que siempre fui.
Pero Malvinas no me deja otra instancia. ¿Qué haría, si no? ¿Cazaría rimas y antónimos en el Gradus ad Parnassum, me documentaría en Charcot o Kraft—Ebbing; me dejaría quemar el pico, trabado por mis alas de albatros; increparía a Amarillis, “sorda cual mármol a mis quejas”; fabricaría con Hugo Savino, María Carranza, Florencia Dassen, cadavres exquis ?
No sonreid tan pronto, alacranes: no es que propicie ningún retomno enmoralizante al “compromiso social y político de la literatura”, no me precipito a la más cercana Mesa de Trabajo. Tampoco quisiera adoctrinar a nadie. Opino, nomás, que la literatura en la Argentina (o algunos escritores argentinos a los que les interese) tenemos que aprender o a reaprender, a ser trágicos si no queremos terminar en bufonescos. Algo parecido, creo, sintió Raúl Gustavo Aguirre ya en 1979, cuando, en el “Prólogo” a Malditos los gallos, de Raschella, escribía:
“Importa en este tiempo, en que el lugar de la literatura, y el más sagrado aún de la poesía, está siendo ocupado por los artífices de la distracción, por técnicos del lenguaje, que voces como ésta [del prologado] vuelvan a recordarnos la seriedad y la gravedad de la poesía”
“Tragedia” tiene muchas acepciones y muchas modalidades. Las de Antígona, Hamlet, Pascal, la apócrifa de Unamuno. Más cercanas en el tiempo (y hago una deliberada paradoja), las de Faulkner, de Dos Passos, la de Céline. La del “Daisy” de Néstor Perlongher, en este mismo número de SITIO. En este camino de acceso o de recuperación de lo trágico, sin cuya presencia no conozco literatura nacional que haya ascendido al interés y la perduración universales, los escritores argentinos de 1976—1983 tienen una ventaja: la de haber sido sumidos y haber quedado atrapados en la tragicidad transubjetiva de una historia que parece cerrada como destino de deshumanización. El Proceso, Malvinas, y (aunque no quiero ser grajo de mal agüero) todo lo que nos queda por pasar.
(Daniel, marinero conscripto c/63, obtuvo finalmente que lo embarcaran en el General Belgrano. Hasta entonces, era asistente del Capitán de Fragata y paseaba los afghanos de su esposa por la Base. No es un lumpen ni un villero. Vive en una Tarzán muy decorosa, sobre un lote propio, o propio de un tío o un compadre que faltó un día. Manotea con la lectoescritura y la Klassen-bewusstsein, su conciencia de clase, a pesar de que él y sus correntinos progenitores hablan, con ocasionales añamembüíes, uno de los castellanos más castizos que jamás escuché, incluido el de mi abuela, que era de Santillana del Mar, donde tenía fincas, y hermanas en las Huelgas de Burgos. Vive allí, en un pseudopodio rural del conurbano, desde donde se viajan dos horas para llegar a la fábrica o a la obra, cuando las hay. La Capital, a la que el padre de Daniel, que tiene 45 años y hace 20 que llegó de la chacra tabacalera de Goya, no conoce sino por haberla cruzado una vez, cobra ahí perfiles de Catay o de Tierras del Preste Juan. Los chicos de primer grado, en sus casas, toman la sopa íntegra, se dejan vacunar contra la parálise o se lavan sin chistar los pieses (las niñas las partes pudendas) antes de meterse en la cama, con el compromiso de que, cuando sean grandes y cumplan 15 años, irán a conocer el zológico y la escalera mecánica del suterráneo. Por promesas a la Virgencita, en cambio, la familia camina en una noche los 30 kilómetros a Luján, los tres últimos trechos con garbanzos en los zapatos, y sube de rodillas la escalera del Camarín, menos doña Tarsila, por la artrosis. Dice Daniel que, cuando oyeron el sacudón y la explosión, y empezó a salir fuego de la sala de máquinas, todos corrieron a las balsas. El llegó cuando no quedaban, y tuvo que tirarse al agua, para que lo alzasen. Pero en una de las dos a las que llegó nadando, un oficial, con la 45, no dejaba subir, porque estaba repleta y si subía uno más, se hundían todos al carajo. En la otra iba un flaco santiagueño, que había viajado con él desde Constitución cuando los incorporaron, y lo alzó. Anochecía. Al ratito empezaron a oír los gritos de los que estaban en la otra balsa, que venía suelta porque no la habían podido amarrar a las demás con los cabos que se tiraron. Había nada más que dos o tres tripulantes, que no podían calentar con la irradiación de sus cuerpos la carpa hermética, y tenían mucho frío. “Viera como gritaban. Nosotros no podíamos hacer nada. Después se hizo oscuro del todo. No los veíamos, pero los seguíamos oyendo. A eso de las cuatro, dejamos de sentirlos. Entonces me dormí, aunque se me helaban los pies. Al principio, soñaba todas las noches. Pero el dotor de la Base me dijo que no tenía que pensar más. Ahora no sueño casi nunca".
Daniel volvió indemne al Barrio. En el Pul de la estación, los sábados que se corre hasta allá, lo saludan como un Agamenón; la Perla, el rosquete que durante lustros le negó, lo entrega ahora de buen grado. Un cuerpo taragüí, que ningún año olvida el vasito de caña con hojas de ruda los 21 de junio (tiene que ser ruda macho), no es fácil de gangrenar, y no necesita que le amputen piernas sin anestesias, como hubo que hacer en Puerto Argentino, dos horas antes de la rendición de Menéndez, porque se había acabado.)
Cuerpos supervivientes como el de Daniel son los que me interesan para lectores. Ilusionadamente, siento que para ellos hay que escribir, como hay que hacerlo para los mutilados, los torturados o para esos nietos de mis amigos a los que algún día los abuelos tendrán que contarles que, “Bueno, resulta que un día estábamos mirando la televisión y nos hablaron de la comisaría. Que te pasáramos a retirar del Patronato de la Infancia. —¿Y yo cuántos meses tenía? —A ver, dejáme pensar... y tendrías 18 porque...” Y no basta escribir para ellos Solicitadas o Hábeas Corpus. Eso, por supuesto. Pero también habría que escribirles, de alguna manera especial, de lo que la literatura escribe, es decir, de todo: de Aquiles, de Clitemnestra, del piadoso Eneas, de Beatriz y de Laura, de las cloacas de París, de la Walpurgisnacht, del perro Cipión y del perro Berganza (sin olvidar al compendioso Kater Murr), de las catleyas que Swann y Odette hacían juntos después que aquél encontró la primera en el corsage de ésta, y hasta de lo que le aconteció a Sancho la noche de los batanes, o a Estrepsíades cuando vio llegar a las Nubes. De la rosa, también, ¿por qué no?. Y de la “gota de agua donde se ve el universo entero”. Los sobrevivientes ¿no lo somos todos? necesitan que se les hable de esto. No he de ser yo quien los deje solos con esa cancelación de sentido del mundo, esa pérdida de orientación que, argentinos, vivimos y seguimos viviendo. Y no es la misma que la de Eva Gardner, Raskolnikof, Gregorio Samsa.
Para hablarles como necesitan oír y como necesito escribirles, mi mano tiene que apretar la pluma o pulsar la tecla de la Lettera 22 con un pulso distinto, que todavía no sé cuál es. Me va mucho en descubrirlo, y sé que dejando territorio argentino no lo he de encontrar, o por lo menos que el abandonarlo no me lo garantiza ni me lo facilita. A otros posiblemente sí. Eso se sabe después. O en el ínterin. De todas maneras, si me fuera, no estaría mirando con el rabillo del ojo hacia atrás. Como Orfeo o la señora Lot.
Y comprendo que a Perlongher, que optó por lo contrario, le resultemos patéticos los de SITIO, con nuestras ilusiones tan gélidas, tan desérticas, con nuestros guardapolvitos blancos cantando “Salviargentina” en Puerto Riberino o tomados de la mano con nuestras noviecitas de Parque Lezica, cambiando Nerudas por Alfonsinas. Perlongher, retrotraído a un Estado en el que no está ; si no mira mucho a su alrededor, ni se dará cuenta del Escuadrâo, de Macunaima, de Joâo das Mortes Matador do Cangaceiro. No necesitará correr como nosotros, iluso, tras imposibles ilusiones de “relaciones sociales nuevas”. Fuera de su Estado (el de su pertenencia originaria), escribe como si viviera fuera de todo Estado. Como los animales y los dioses (diz Aristóteles) como el filósofo (diz Nietzsche). No como Demódoco, que cantaba las hazañas de los aqueos a cambio de un pernil de cerdo bien dorado, chorreante de grasa y de sangre. Tal vez como Epicuro: “Ibi patria, ubi bene” (donde bien me va, ahí está mi patria). No vivió nuestras ilusiones. Tampoco el odio, la humillación, el dolor reales, que vivimos los de SITIO. Manténgase en su ínsula, Perlongher con su ilusión extraterritorial, pero acepte, aunque más no sea como hipótesis, que podamos haber cambiado, y no por mala fe.
La preocupación por la literatura y cómo escribir me ha distanciado demasiado de la política concreta, cuya evaluación es el fulcro semitácito de la evaluación que Perlongher hace de nuestras ilusiones como infantiles —por ser de realización imposible — y, consiguientemente, ilegítimas, inmorales. La enajenación en que incurrimos no hubiera sido factible, si no nos hubiéramos encontrado incluidos en una política incorrecta. En una guerra perdida de antemano, por la desigualdad de fuerzas entre los contendientes; lanzada por un Estado siniestro (el argentino) contra otro Estado (no se aclara si no siniestro o menos siniestro) que, si por él hubiera sido, nunca habría recurrido a la guerra para retener la undisturbed possession (la posesión incontrovertida o "pacífica”, como dicen los jurisconsultos) sobre unas tundras subpolares. Perlongher ni siquiera toma en cuenta que, para que haya guerra, tiene que haber dos bandos, que cualquiera fuera el desatino del gobierno argentino al invadir las islas, el gobierno inglés pudo haberse abstenido de la guerra y el estadounidense pudo no haberlo ayudado, política y militarmente. Sin Ascensión, sin satélite, sin espionaje de CIA en Argentina, sin armamento y materiales avanzadísimos, la recuperación inglesa de Malvinas hubiera sido mucho más difícil, y acaso impracticable. En cualquier caso, infinitamente más costosa.
Borges condena las guerras por parcelas territoriales, en última instancia, cualquier guerra, pues siempre hay un territorio en juego. Acrata consecuente, “con la tripa del último fraile" —como Riego— “ahorcaría al último rey”. Perlongher, elípticamente, exceptúa: hay guerras y guerras. Si SITIO se hubiera hecho cargo de otra guerra en Argentina, la que alude mediante zanjas, SITIO hubiera estado históricamente en lo cierto y políticamente en lo recto. Su opinar sobre Malvinas habría sido menos progobiernos militares del Proceso.
Por ahora, Perlongher, no voy a hablar de esa guerra que usted dice que obliteramos. Pero le propongo un trato. Usted viene a Buenos Aires y explica públicamente las coincidencias que ve entre Prado del Ganso (o Ganso Verde) y Tapiales o Azul. Me comprometo a exponer mi punto de vista en igual número de páginas, para ver si en qué discrepamos al respecto. Pero con una condición: usted me presta por un tiempo su deptito de Sâo Pablo, por si las Tres Moscas.
Con estas aclaraciones previas, intentaré explicar mis ilusiones personales, no la de los otros integrantes de SITIO.
Ante todo, me parece imperdonable que se nos presente como si en algún momento hubiéramos creído que la intención de la Junta fue llevar hasta sus últimas consecuencias el enfrentamiento contra el imperialismo estadounidense e inglés y contra sus aliados de la NATO, o que estuviera dispuesta a cumplir en lo interno las transformaciones políticas y económicas que ese enfrentamiento, para tener sentido y alguna posibilidad de éxito, requería. Todo el “Entredicho” (aunque con palmaria ineficacia, puesto que un lector como Perlongher pudo leerlo al revés) plantea exactamente lo contrario. Es verdad que lo hace por la vía preferencial de la lítote, el sarcasmo, la oblicuidad. Pero también por la aserción directa. Decimos abundantemente que la guerra fue puesta en marcha por razones imposibles de conjeturar y que un año después siguen siendo desconocidas; movilizando lo peor de los medios de manipulación masiva para engañar a la opinión popular; poniendo de manifiesto la miseria moral más tremenda por parte de personajes clave en su conducción.
Sólo que nos negamos a que se encubra todavía más el sentido que para Argentina, Hispanoamérica, el mundo colonial, las clases oprimidas de los mismos países centrales, cobró la guerra una vez trabada. Cuestionábamos a Borges y Rossler porque contribuyen a ese encubrimiento a través de la ideología que sustenta sus poemas. Pero ellos, de todas maneras, convivieron con nosotros, aquí, la guerra. Perlongher no estaba en Austria-Hungría, sino a dos horas de avión o 48 de ómnibus de Buenos Aires. Con irreprochable derecho decidió quedarse, mientras en la embajada argentina y en los consulados se anotaban voluntarios brasileños (psicópatas, sin duda; ilusos, ni que hablar, muchos de ellos) para combatir por Argentina contra Gran Bretaña y Estados Unidos. También, si tanto era su desacuerdo, pudo regresar para tratar de impedir la guerra. No necesariamente quemándose como bonzo. Hubiera bastado un poema.
Mis personales ilusiones sobre la guerra, en las cuales, sin embargo, sé que no estoy solo, son dos: 1) cualesquiera hayan sido las intenciones, las circunstancias y el modo como se la inició y se la llevó a cabo, la guerra pudo ganarse y estuvo a punto de ser ganada, pero fue vendida; 2) esta guerra entre un país dependiente y las dos mayores potencias imperialistas, más sus aliados de la NATO, implicaba forzosamente la aparición de condiciones sociales nuevas. Pude creer que esas condiciones serían promovidas, lo más limitada y contradictoriamente que fuera, por quienes estaban conduciendo la guerra. Pero lo creí porque imaginé —sobre todo en las fases iniciales— que la guerra se iniciaba para no perderla. Puedo haber sido ingenuo. Pero esto no me parece lo importante. Sí, en cambio, que las nuevas condiciones sociales están dadas, y que lo están como consecuencia no querida de la guerra. Que se las desarrolle o se las aborte (o que se las intente abortar) es algo que ya no depende del Triunvirato que decidió la invasión. Depende de todos los argentinos. De lo que políticamente hagamos.
Personalmente no soy belicista. Las guerras no me gustan. Pero si mi país se encuentra embarcado en una, prefiero que la gane y no que la pierda. Me consta que más de un argentino —civil, militar, financista, ejecutivo multinacional, vate o bardo—, en el caso de Malvinas, prefiere y hasta necesita, objetiva y subjetivamente, lo contrario. Se lo imponen sus intereses, materiales (y esto, en definitiva, es menos preocupante) o ideológicos, y esto sí que es grave, por lo gratuito y suicida. Creo que esta última actitud es la que se oculta bajo los “pecados originales”, las “invariantes históricas”, los “seres nacionales”, etcétera, en cuya extracción, con obstinación alquímica, está empeñado el irracionalismo idealista, de droite o de gauche. O algunas avantgardes .
Aun mal planteada, la guerra pudo ganarse. Por lo que hasta ahora sabemos sobre el desarrollo real de las operaciones (no por las versiones de la propaganda argentina y británica), con sólo que los torpedos del San Luis y los exocet y bombas convencionales que hicieron impacto en las unidades más importantes de la fuerza expedicionaria hubieran estallado, la flota anglonorteamericana habría tenido que retirarse y renunciar a la recuperación. La otra alternativa que le quedaba, ampliar la escala de la guerra bombardeando el territorio continental sin posibilidad de ocuparlo, le era politica y militarmente imposible . Todo esto, sin necesidad siquiera de que Argentina recurriera al apoyo de la ex aliada de Gran Bretaña y Estados Unidos en la II Guerra Mundial, es decir, la URSS y sus asociados.
Sobre cómo fue posible el desembarco, la cabecera de playa, la descarga de la inmensa cantidad de materiales que la Flota puso en tierra; sobre la marcha hasta Puerto Argentino y sobre todos los otros detalles de la defensa terrestre, me abstengo de opinar. Esperaremos el “informe”. O nos informaremos por propia cuenta, antes o después.
Lo cierto es que el “león británico” resultó bastante de papel, de gasa, gaseoso. Sus últimos rugidos, o estertores, los había dado por boca de Churchill; por boca de Maggie Thatcher, babea senil o a lo sumo, eructa. No sé si esto es triunfalismo revisionista. Pero es una convicción que se me impone, no a partir de un cómputo de acorazados, fragatas, portaviones “tocados” o “hundidos”, como cuando jugaba a la “Batalla Naval” en la escuela, sino a través de la evaluación de todos los enfrentamientos ocurridos en el mundo colonial desde 1914 hasta la fecha. Menos David fueron, sucesivamente, Cuba, Argelia, Vietnam, Irán, Nicaragua, etcétera, y más Goliath era Estados Unidos, nuestro ex Big Brother de la OEA y el TIAR. Porque lo comprendió así, interviene política, económica, militarmente en la guerra al lado del Coloso democrático, desafiado por un pueblo de pigmeos desconcertantes, que tres días antes enfrentaban al fascismo con una huelga general y ahora se dejan llevar entusiasmados a una degollina...
Hay más. Perdida la guerra, tenemos que elegir si la damos o no por perdida definitivamente. Y en cualquiera de los dos casos qué tenemos que hacer. Alsogaray, Mucich y todos los “recomponedores de relaciones”, locales o extranjeros, presentes y futuros, elocuentes, sibilinos o susurradores, quieren que demos el asunto por terminado, que olvidemos el desvarío. Porque las guerras sólo terminan de perderse cuando los vencidos lo eligen así. O cuando la victoria inicial va seguida del exterminio, el genocidio, el arrasamiento del territorio. Como los muchos que Gran Bretaña y cualquier potencia colonial tiene en su haber. Esta vez no nos sucedió, ni podía sucedernos, porque a Gran Bretaña no le hubiera convenido . ¿Cómo matar la gallina de los huevos de oro que ha sido siempre, para ella y sus testaferros o socios locales, la Argentina?
¿Usted está proponiendo una nueva aventura bélica? No exactamente. Lo que propongo es retomar el enfrentamiento emprendido, para que se vuelva eficaz. Algo en la línea de Lisandro de la Torre, de Scalabrini Ortiz, de FORJA. Pero actualizado. Que utilice la lucidez de conciencia surgida por la guerra en todos los sectores de la población. Hasta en la literatura. No exclusiva ni primordialmente en los campos de batalla. Que no descarto tampoco en nombre de ningún principio. El lujo del pacifismo humanista, abstracto, me lo podré permitir cuando mi país se haya liberado, lo hayamos liberado.
Tampoco exclusivamente en los “Foros Internacionales”. Si lo ignorábamos, hemos aprendido suficientemente qué podemos esperar de esos antros. Con mucho menos esfuerzo para nosotros y más segura efectividad. Por ejemplo, expropiando, para empezar, sin indemnización, o con alguna indemnización simbólica o razonable a nuestro juicio, por supuesto—, la estancia El Cóndor de su Majestad la Reina, sita en Cabo Vírgenes, (Provincia de Santa Cruz), con 60 kilómetros de costa, sobre el Atlántico y el Pacífico, y frontera interna con Argentina y Chile a 600 kilómetros de Malvinas. Por supuesto, negando lisa y llanamente la deuda con los bancos ingleses, o decretando una moratoria sine die , hasta que nos convenga pagar lo que realmente debamos. Ejemplifico, solamente. Cuando llegellegue, que llegará, la hora de la Verdad de la explotación británica de la Argentina, desde la Colonia hasta nuestros días, más de un Vate se sorprenderá de lo mal que leyó su Shakespeare.
Como ahora voy a coincidir —muy tangencialmente por cierto— con el discurso de Perlongher, el cual, a su vez es una modalidad del discurso del exilio y con el antimilitarismo del 95 por ciento de la adorable clase media a la cual, con menos marginalidad de la que quisiera, pertenezco (las clases populares, terminemos de aprenderlo, antimilitaristas en abstracto no lo son); tiemblo. Tengo, inevitablemente, que hablar de nuevas relaciones sociales en la Argentina, y no podré evitar algunas categorías políticas, como nación y patria, que han servido tanto para un barrido como para un fregado, pero que me parecen insustituibles. Algo me tranquiliza recordar que el Filósofo de Tréveris, hablando en 1847 sobre fantasmas que recorrían Europa, decía: “Los trabajadores no tienen patria. Mal se les puede quitar lo que no tienen. No obstante, siendo la mira inmediata del proletariado la conquista del poder político, su exaltación a clase nacional, a Nación, es evidente que también en él reside un sentido nacional, aunque ese sentido no coincida, ni mucho menos, con el de la burguesía”. Al citar así, me siento un poco demodé, lo confieso, aunque intuyo que el año próximo lo seré un poco menos. De todas maneras prefiero quedar fuera de moda, y no obsoleto, como a mi entender ha quedado todo discurso de exilio que no se haga cargo de la novedad introducida por Malvinas en las relaciones sociales internas e internacionales. Aunque sea difíicil percibirlo desde los recaladeros prestigiosos de la Diáspora. Y más difícil desde el “exilio” o la expatriación “internas".
(Hay una variante del discurso exiliar 1976-1983 que merecería ser analizada con detención. Me refiero a los reportajes a exiliados . Algunos de nuestros Medios han logrado hacer de ellos casi un género literario, de tanto rigor estructural y pureza de estilo como un Apólogo o una Canción de Amigo o un Rigodón. De la misma monotonía, por cierto El Reportaje se presenta bajo dos formas: 1) Lúcido Reporteado-Actualmente-Residente-En + Interrogante, por lo general con propensiones literarias; 2) Lúcido Reporteado-de-Paso-por-Buenos Aires (por razones particulares o, por ejemplo, para première de película o presentación en feria de su nuevo libro, édito en Cataluña) + Interrogante, igualmente propenso que ut-supra. En ambos casos, con mayor o menor frivolidad, se pregunta, se contesta, sobre casi todo lo humano y lo divino. La dictadura, la censura, el monetarismo, los desaparecidos, las torturas, las penurias de la ausencia, el trémulo apetito del retorno, la tenaz memoria de la infancia, el barrio, ese Buenos Aires que tiene un no sé qué, ¿viste? Lo que Interrogante e Interrogado se cuidarán como de la enuresis de mencionar es la Guerra de Malvinas.
Me he preguntado por qué. Entiendo o creo entender lo que le pasa al exiliado: se fue de la Argentina premalvinas y a ésa quiere retornar. Esa la conoce bien, su certeza opinativa lo demuestra. La otra, la posmalvinas, ni él, ni el interrogante, ni los sumisos lectores, ni nadie, la conocen, ni pueden conocerla, porque todavía no es, no está constituida, como lo estaba la preexiliar o la coexistente con el exilio, por lo menos bajo la congelación con que el exiliado que define su exilio como político necesita imaginarla. Una Argentina de imposible permanencia en ella. Imposibilidad política, por supuesto, donde no hay tarea política posible salvo (¿por qué no?) morir. Y la Argentina posmalvinas parece haber perdido esa condición. Quizás no del todo ni para todas las personas, pero sí para casi todos los discursos. De ahí ese singular fenómeno, inconcebible en la España de Franco, para no retroceder demasiado en el tiempo, o en la Argentina de Rosas, de la presencia del ausente a través de aquello que sería la causa misma de su no querida (?) ausencia, su palabra. Y no una Iskra clandestina introducida por los pasos de frontera por barbudos militantes disfrazados de buhoneros o de Hermanitas de los Pobres, sino en tiradas dominicales de supersuplementos. ¿Puede evitarse el duro término de “complicidad”? Me cuesta imaginar cómo. Y me interesa menos el Interrogado que el Interrogante, porque con éste convivo. Este tiene el poder, y lo puede utilizar conmigo. Aunque sea el triste poder de una pluma alquilada. No para ganarse el arduo pan en “Policiales” o en “Deportes”, “La mujer y el hogar", sino para fabricar ideología, o para ponerla al día, no preguntando, por ejemplo: “¿Qué hiciste allá con Malvinas?”)
La derrota específicamente militar, tecnocrática, latente en el solo hecho de decidir la invasión sobre el modelo de las Operaciones Comando, con un sigilo que fue riguroso sólo para la totalidad de la población civil y la inmensa mayoría de los cuadros de las tres armas, pero no para los servicios de inteligencia de EE.UU. e Inglaterra es, efectivamente, inseparable de la estructura actual de nuestras fuerzas armadas y de la ideología que se ha ido imponiendo en ellas desde el fin de la II Guerra Mundial, concretamente, de la subordinación a los proyectos e intereses nacionales de EE.UU. De la misma ideología dependen, en última instancia, la dictadura impuesta en 1976, los métodos empleados para contrarrestar a las organizaciones insurreccionales armadas (secuestro, tortura, ajusticiamiento, confinamiento clandestino, etcétera), la política económica iniciada por Martínez de Hoz y continuada casi sin modificaciones hasta la fecha, los intentos de traspaso condicionado del gobierno, la perduración de los grupos paramilitares, los negociados, la censura, la política cultural y educacional.
Otras fuerzas armadas, o las nuestras, en otra etapa histórica, aun adueñadas del Estado, o no hubieran decidido la invasión, o la hubieran ligado con una causa nacional mediante la cual pudieran contar con el consenso previo de la mayor cantidad de sectores sociales internos, ya que nunca, y menos en un país dependiente, es posible contar con la unanimidad. Ese consenso no sólo es necesario para lograr la movilización eficaz de los efectivos militares, asegurar la logística y sostener la guerra un tiempo prolongado, sino para que los propios combatientes profesionales, los cuadros de oficiales y suboficiales, se sientan legitimados subjetivamente para ir a morir y hacer morir.
Esa causa nacional, en principio, pudo articularse legitimamente en torno de las Islas, mal que le pese a Borges y a Perlongher. Siempre, claro está, que no se la hiciera girar en torno de un mito histórico, que no se la redujera a la recuperación de un territorio más que marginal, aunque geopolíticamente clave, sino que se la incluyera en el rescate pleno y conquista de la soberanía política y económica.
Pero esto implicaba —¡nada menos!— crear la conciencia de que en el siglo XX colonialismo significa imperialismo; que el imperialismo inglés y estadounidense, sobre todo, es nuestro enemigo estructural y permanente, en la medida en que sus intereses nacionales y los de las clases que en ellos ocupan el Estado son necesariamente opuestos a los nuestros, en todas y cada una de las dimensiones de nuestra vida social y nacional. Obviamente, esta prédica, esta creación de conciencia generalizada, no podía estar a cargo de Galtieri, Costa Méndez, Alemann.
Y esto me lleva otra vez a mi ilusión de relaciones sociales nuevas. El enfrentamiento eficaz con el imperialismo, en la medida en que requiere comenzar por el enfrentamiento interno con los representantes y beneficiarios locales de la sumisión, supone necesariamente la participación decidida de todos los sectores populares (clase obrera, capas de la clase media, burguesía con intereses relativamente autónomos), y esta participación sólo puede pedirse con sentido si a cada uno de estos sectores se le ofrece una situación económica y social mejor de la que poseen. Desde la Cruzada de los Niños, a ningún pueblo se lo puede movilizar para una guerra sin asegurarle alguna ventaja. Por eso Gran Bretaña, que lo sabe, no emplea conscriptos sino mercenarios o gurjas. A los conciudadanos punk los mantienen para atraer turismo japonés. Si no, ya estarían convertidos en abono nitrogenado. “La Argentina después de la guerra no puede volver a ser la de antes”, decía Lami Dozo, profético.
La democratización precaria y condicionada, incierta, que estamos viviendo; la creciente integración (reversible, por supuesto, en cualquier momento) en los No Alienados; la revisión profunda que se está produciendo sordamente en el seno de las fuerzas armadas; el peso de una tarea nacional no resuelta (recuperar las Malvinas), son todos efectos de la guerra y expresiones incipientes de relaciones sociales nuevas, ya constituidas, cuyo desarrollo nos implica a todos los argentinos.
Presentes o ausentes del territorio, estamos incluidos en una nueva estructura de problemas o en una nueva fase dinámica de la estructura consolidada alrededor de 1880. Dentro de esta estructura reformulada, la Literatura tiene que moverse. O para no hacer metonimias, los que en ella de alguna manera, de muy distintas maneras, estamos. Su curso, por supuesto, no es determinable, ni mucho menos exigible, desde ninguna estética. Cada cuál elegirá —tiene que reelegir— para quién, en dónde, cómo, sobre qué escribe. Cuidándonos todos, pienso yo, de no girar en el vacío. De no encontrarnos otra vez frente a la “sorpresa” que a algunos los llevó a la expatriación, exilial o no, a los otros a la permanencia impotente frente a una guerra terminada casi antes de empezar, de la cual la literatura, convidado de piedra, sólo puede hacerse cargo posthumamente. Sero uenientibus, ossa, “para los que llegan tarde, los huesos”.
Buenos Aires, 1° de septiembre de 1983Posdata
Párrafo 3. El “Entredicho” de SITIO, N° 2 dice:
“La guerra —imaginábamos— forzosamente nos dejaría en relaciones sociales nuevas (por momentos las suponíamos fundantes, inaugurales), y nos preguntábamos qué función dentro de ellas nos tocaría cumplir”.
Perlongher reemplaza dentro del paréntesis “fundantes” por “triunfantes”, simpática paronomasia irónica, pero lo hace dentro de comillas de transcripción textual. No, Perlongher: el carácter de “fundantes” para nosotros no supone el de “triunfantes”. ¿Para usted sí?
Párrafo 5: Lo que decimos que “fue espectador neutral en todas las guerras que durante este siglo alteraron sustancialmente la estructura material y cultural de la humanidad” es el país, la Argentina, no el Estado, como intenta hacernos decir. No nos referimos a guerras ni limpias ni sucias, entre naciones o entre metrópolis y sus colonias, guerras entre estados o guerras civiles. Las englobamos a todas. ¿Por qué a usted le parecerá que nosotros hablamos sólo de Estados y de guerras según el De iure pacis et belli o la convención de Ginebra? ¿Somos tan oscuros o sibilinos? ¿O usted no puede imaginar algo distinto?
Párrafo 7. ¡Perlongher! ¡Perlongher! ¿Por qué un golpe tan bajo, de savate, di furca, de capoeira ? ¿Me va a decir que la alusión a la “democracia, fuerte y ordenada... que todos nos propusimos en 1976” puede entenderse de otra manera que como sarcasmo?
Párrafo 8. Gracias por la rememoración de Psicología de las masas. Se lee en Introducción a la Psicología, en primero de la facultad. Habla sí, de la “libidinosidad de los vínculos militares”, pero entre los miembros del mismo ejército, no entre enemigos. Si el poema analizado conyuga, es en el nivel de la metáfora, lo cual es mucho más terrible. Relea bien.
