Cuando la mujer entró, yo ya había escuchado su voz y pensé que me iba a saltar encima como lo haría un animal. Entonces me contraje —estaba medio sentada sobre un diván— y me apoyé con más decisión en los almohadones, que eran muchos y distintos. La mujer que iba a saltarme se sentó en el mismo diván y la que la custodiaba, en un sillón. Me di cuenta de que la cuidadora era la “sana” porque la saltarina no se apoyaba del todo en los otros almohadones que tenía el diván en el extremo opuesto. Ella se había sentado como yo antes de que entrara ella. Tomé un libro para leer en la semioscuridad: tenía miedo del animal. De vez en cuando vi que me miraba y empecé a animarme a levantar la vista y a hacerle un poco de frente. Como veía muy mal en la penumbra, también empecé a desinteresarme del libro que tenía en las manos y la mujer me preguntó algo ingenuo, como para no estar sola, porque la cuidadora seguía en silencio. Advertí que debía contestarle con afecto: había dejado de ser un animal dispuesto a saltarme encima y ya era una criatura a quien la vida había disfrazado de mujer. Saqué de mí las palabras como caricias, intenté tranquilizarla respondiéndole también cosas ingenuas que imaginaba irían a parar a la cartera que llevaba la cuidadora, y continué el diálogo con la mujer que se achicaba y se agrandaba. Pensé en los chicles que no me gustaba masticar y saqué un sobrecito de caramelos. Las dos aceptaron como si hubiera sido lo que esperaban que alguien les diera allí
Del otro lado del silencio apareció él acompañado del que yo siempre encontraba. Cuando a mí me tocaba entrar, el otro salía siempre medio risueño. Esta vez el risueño se fue solo, sin que él le abriera la puerta, porque estaba ocupado en decirme que ya podía entrar. Ahora me tocaba a mí enfrentarme con el silencio. Salí de la salita despavorida porque de nuevo se me ocurrió que la “enferma” podía llegar a saltarme como lo había intentado antes. El me pidió que lo esperara un poco. Qué más quería yo, que llevaba el cuerpo molido de viajar por la ciudad en colectivos repletos, donde nunca se conseguía un asiento, que tirarme un rato en el diván verdadero para recuperarme del todo. En un florero había un ramo de jazmines y por la ventana entraba el aire viciado de la tarde, con su smog. Traté de pensar en cosas felices y me encontré con el almohadón de los otros lugares. Pintado, tenía un motivo donde una parejita de chicos miraba como espiando a través de los árboles. Yo me interné con ellos y sentí una gran frescura, dispuesta a cortar las flores que encontrara por el camino. Cuando cortaba la última margarita apareció él, se veía que volvía de hablar con las alimañas. Me quedé un rato sentada con los chicos para despedirme hasta otro día y después decidí atreverme a oír lo que me diría el silencio.
¿Tengo que decir ahora por qué estoy aquí? ¿Acaso hay que decirlo una vez más? Podría continuar enunciando preguntas hasta agotar las variaciones de este estilo, sin responder jamás. Sé que hace tiempo que ando de visitas por los consultorios y que con el capital invertido ahí tendría cosas que no tengo. Nadie quiere o puede sacarme de mi pasión; no saldré. Tampoco nadie puede absolverme de mi crimen. He matado a una mujer y me he convertido en su doble silencioso: la que nunca hablará. Ando recolectando algunas cosas para saber, cada vez con menos sentido, que olvidé otras. Que olvidé a otra, a la que maté. Es imposible resucitarla, es imposible dejarla que viva esta vida imaginaria que vivo a causa de ella. Un grabador sobre el escritorio —no sé si graba o no— me recuerda dónde estoy y puedo volverme con la pareja de chicos que siguen mirando asombrados porque ya deben haber descubierto algo que antes era sólo una sombra lejana. Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Escribir, por ejemplo, escribir sin ejemplos. No hay viento, sólo el recuerdo vago de un crimen que quiero olvidar porque no sé cuándo lo urdí. El verdadero crimen está en su trama, digo, no en su realización. Qué efectos causa lo imaginario: todos los efectos que andan en el aire y en el agua con la pasión del que está cautivo. Han colgado una pila de ladrillos en las esquinitas de un balcón y se me pueden caer en la cabeza como todo lo que está haciéndose; la obra le dicen a ese edificio que será. Las hormigas invadieron los rosales y me quedaré sin comer pétalos. Puede ser que en otros canteros las rosas no tengan hormigas y los pétalos sean ricos y jugosos. Afuera los yuyales esconden mi búsqueda y el andar tranquilo de un hombre que pasa con la pala al hombro. Los chicos no deben andar por ahí, los chicos no deben, no deben. No deben. ¿Y cómo esos chicos andan y vuelven del río y los siguen los perros y se ríen y corren? El río es traicionero, lleva gente, y los chicos no conocen dónde está el peligro, por eso no deben. No deben. No deben.
No veo el Aleph desde aquí. Puedo ensayar alguna de las escenas preferidas y conseguir así un poco de paz interior, como le dicen. De nuevo vuelvo a seguir el efecto de los jazmines y a necesitar que las palabras, una detrás de la otra, ocupen algún lugar. La frase sale sola. La pasión sale sola, a buscar sus obsesiones sin que nadie la dirija ni acompañe. A veces, la pasión desmerece todo lo que encuentra y vuelve como desligada de las cosas, de sus cambiantes obsesiones. Otras, encuentra que las cosas a su alrededor cambian la temperatura del silencio. La sombra lejana se descuida. La observo. El ha abierto la puerta a la sombra para que entre sin miedo y se enfrente conmigo. Al final, ella, tan sólo es una sombra que tiene su sentido cuando no se la deja pasar, si no no tiene cuerpo y es la sombra. Sola.
Pero yo estoy cautiva y juego a ver de qué. Ser o estar cautiva. Le verbe être no tiene estos matices que aquí se complican; al sonar igual, todo es del sentido. Soy cautiva, estoy cautiva: suenan y difieren. Púrrame una jarra d'agua. Quiero seguir comiéndome los pétalos de las rosas, andar descalza por el patio, rodar por la barranca todo el día, hablar con las plantas sin ser vista ni escuchada. Toda una historia tienen ellas que los demás no conocen y no entenderían nuestros diálogos. No se puede pasar volando el alambrado ni divisar si hay gente en la isla. En esta hora todos duermen y dormirán después como ahora. En este silencio estoy cautiva, en el filo de la vida que sueña en los otros un sueño que no es el mío. Aprovecho este silencio para pensar cosas que después olvidaré. Todavía me queda un cachito de tiempo para seguir pensando. Cuando haya terminado de subir la escalera alguna voz me llamará preguntándome dónde estaba y qué hacía. Qué le voy a responder: la misma respuesta, pero cambiando el tono de la voz, para que parezca diferente. Que estaba jugando. Si digo que pienso, o que miro, que es lo mismo, empezarán a buscarme recodos y a alarmarse. Debo aparecer como una tontita, como una buena nena que siempre está obedeciendo y diciendo que sí a todo. Esa es la manera de quedarme en libertad. Me cuesta horrores cumplir este programa. Cada mañana cuando me levanto me propongo la tontería, y me disgusto conmigo misma cuando cualquier pequeño desliz me aparta de ella. Es como si mi cuerpo quisiera ir para un lado y el otro cuerpo mío me llevara a los empujones para el otro. Cuando los dos se juntan, es un esfuerzo titánico. Titán, Titán, llamaban a un perro. Quiero ir para el lado de la barranca a rodar y el cuerpo me pelea las intenciones y me vence los pasos hasta llevarme junto al portón; rompí su llave ayer y quién sabe si se podrá abrir ahora o nos quedaremos todos aquí cautivos. Afuera la gente pasa y mira sabiendo la cautividad de este lugar. Pasan religiosos, con los ojos llenos de esto que ven aquí y me gustaría seguirlos hasta donde van y ver cómo es la vida de despiertos que hay en los otros. La que pasa es gente que tiene el asombro en la mano y lo suelta a cada rato. Aquí la gente no tiene asombros y si los tiene —esto lo observé bien— no los suelta hasta que se les transformen en relato de asombro. Dicen: “No se debe decir que eso es lindo a cada rato. Todo no es lindo. Hay que saber distinguir porque parece que pidieras que te dieran todo lo que ves.” Esa es la manera con que me dicen calláte. Veo que otros hablan mucho de lo lindas que son las cosas y nadie piensa en dárselas, nadie cree que se las están pidiendo. Debe ser una forma de vida de otros sueños. Ya voy llegando al último descanso y aquí vive una de las plantas amigas, hoy no la saludé porque no había pasado todavía por aquí ante el terror de la colmena. La colmena está abajo, pero el palo borracho amigo mío puede tener abejas volando y picando. Desde que anda la colmena, no ando por aquí, o paso rápido para que no me vea, es un modo que inventé de ser transparente: me confunden con el aire y la luz, esta luz que cae sobre las cosas de esa manera violenta y clara, la que también cae sobre mí y me diluye. Ahora que llegué, me voy a sentar en el banco largo a pensar un ratito. Ese es mi lugar de pensar. Los otros días hicieron aquí un asado y yo pensé que se me volarían todos los pensamientos. Ahora me sentaré a juntar otra vez pedacitos de cosas que se me ocurren, hasta que alguien se despierte y me llame y deba decir: ¿Qué? Estoy aquí, mirando.
Esta es más o menos, la cosa que a una le viene dando vueltas y vueltas. Arriba está la parra y enfrente el río, con lanchitas. El río que tengo en los ojos me sale ahora para afuera y está ahí, y es el que vi y es el que veo y es y no es el mismo. Qué hermoso es verlo, mirar las lanchitas blancas quietas de la orilla, mecidas por las olas, esa grande que pasa cerca de las islas. En realidad, es un barco. Suena una voz llamándome desde lo alto de la barranca, no es la voz que pensaba, es otra, alegre, que me invita a ver pasar el barco sin preguntarme qué estoy haciendo. Voy. En esa piedra creció un pastito desparejo, y le queda bien a la piedra, es su madre, la madre del pastito. La voz de él vuelve a llamarme cuando ya estoy llegando y me extiende un largavista. Difícilmente me olvide de esta escena que ahora evoco. Este es un lugar de privilegio, y me ha tocado a mí pasar por él, gozar y herirme los sentimientos de la pobreza. Sé desde ahora que crecí como el barco visto con el largavista, de mentira de aumento. Los pies descalzos se aferran al césped y vivir en la luz es lo que más me gusta. Esta luz clara de la mañana que hoy me sirve para escribir esto, es y no es la luz de esa atmósfera de la costa. Veo, con placer, que el perfume de los jazmines es como la luz, por él y por su blancura. Quien pueda procurarse la luz, está más cerca del lado del cuerpo que le pertenece. Sin tironeos. Trato de que uno de los lados de mi cuerpo vaya para donde va el otro de los lados, quiero decir que ambos lados vayan juntos, para donde quieran.
