Se decía que en la guerra había sido artillero. Días ardientes en el norte de Africa durante los que no conoció el silencio y olvidó el sonido de las voces. Los largos meses de convivencia con el estampido le obligaron a abandonar su cuerpo a la exigente gimnasia de vivir en el trueno.
Nunca vio al enemigo hasta el día en que, ensordecido, cruzó las líneas y se entregó prisionero. Lo tomaron por un desertor algo loco, la opinión de los médicos fue terminante: fatiga de combate, y lo enviaron a Canadá donde permaneció hasta el fin de la guerra. Las vastas soledades heladas y silenciosas mitigaron sólo en parte su aturdimiento.
Cuando regresó a su pueblo lo encontró destruido. Los que no habían muerto estaban dispersos por países alejados, los que permanecían no deseaban sino emigrar a regiones más prósperas. Con su hermano, próximo a partir, tejió planes para encontrarse en América cuando éste, una vez instalado, le enviara noticias y algún dinero.
Lo contempló alejarse una mañana temprano, la escarcha aún no se había derretido y cubría el camino. Raffaele perdió de vista a su hermano antes de que se dejaran de oír sus pasos quebrando el hielo.
Endurecido por los años pasados en cautiverio pudo soportar la escasez de ese invierno. En la primavera abandonaron el pueblo sus últimos vecinos y el verano amenazó secar el agua de la fuente.
Años más tarde volvieron a reunirse. Raffaele encontró a su hermano al frente de una familia que crecía con rapidez y en la que mi padre hacía tiempo era el primogénito. Este solía sorprenderme cuando aseguraba que en aquel tiempo lo escuchó pronunciar algunas palabras, sólo unas pocas y en dialecto. Después las palabras fueron siendo más escasas, menos frecuentes las charlas entre mi abuelo y Raffaele, hasta que dejó de hablar por completo. Mucho antes de mi nacimiento se retiró hacia los fondos de la casa, una habitación separada del resto por lo que entonces era el gallinero y más tarde fue un patio embaldosado, y en aquellas lejanías vivió en silencio y sin ser molestado.
Ocasionalmente se asomaba a la puerta de su habitación, observaba el tiempo o el picoteo interminable de las gallinas. En verano se lo podía ver más a menudo. Al atardecer, cuando los habitantes de la casa comenzaban a reunirse bajo la higuera, solían encontrar a Raffaele todavía frente a su pieza después de haber pasado la tarde sentado al sol.
—Raffaele, ¿no tenés calor?
Decían elevando la voz, resignados a no obtener jamás respuesta. Ese saludo no correspondido se extendió a los demás miembros de la familia. Cuando alguien era sorprendido con la mirada perdida en vaguedades, envuelto en ensoñaciones, se lo llamaba a la vigilia entonando el: “Raffaele, ¿no tenés calor?”. El distraído volvía en sí y todo se resolvía en sonrisas.
Los parientes distantes que nos visitaban solían interesarse brevemente por él. Despertaba curiosidad ese ser discreto que vivía con la lentitud de los vegetales y que parecía indiferente a los movimientos de la casa.
—Recuerda... se les respondía habitualmente, cerrando así el paso a toda consideración. El incesante interés en la memoria era su rasgo venerable, aquél que lo situaba más allá de nuestras preocupaciones cotidianas.
Durante las horas calurosas y lentas de la tarde me aventuraba hasta sus dominios acompañado por mis primos. La serenidad sólo era rota por algún higo maduro que se abría paso entre las hojas y se estrellaba contra el suelo. Llegábamos sigilosos, la habitación en la que vivía generalmente estaba cerrada y silenciosa, pocas veces pudimos ver a través de la puerta entornada la pared desnuda contra la que había arrinconado su cama. Dormía sin quitarse los pesados zapatos negros. Con gestos cautelosos nos recomendábamos silencio al sentarnos en círculo sobre el piso de tierra. Permanecíamos susurrando lo que creíamos saber sobre él, palabras oídas al azar y restos de frases entrelazadas reconstruían una historia en la que el remordimiento y la muerte no estaban ausentes. Hasta que nos llamaban imperativos desde el otro lado de la casa.
En Navidad mi abuelo cruzaba la tierra de nadie en su búsqueda. Sólo él era capaz de convencerlo a abandonar su destierro para pasar unas horas con nosotros. No parecía costarle demasiado trabajo, al poco tiempo de haber partido volvían tomados del brazo como si regresaran de un largo paseo. Raffaele, imperturbable, se dejaba conducir por su hermano quien finalmente lo sentaba a la mesa junto a sí.
Estábamos acostumbrados a esa presencia esquiva y distante. Sólo una cosa parecía alterarlo: los ruidos estridentes. La caída de un plato, el golpe de una puerta cerrada por el viento, el arranque repentino de un motor lo estremecían de tal forma que, durante esas visitas excepcionales, procurábamos evitar todo estrépito imprevisto. Cuando estaba con nosotros nos deslizábamos por la casa subrepticiamente y nuestras charlas eran delicados murmullos que apenas si se oían a la hora de la siesta.
Una tarde, después del almuerzo, la familia dormitaba debajo de la higuera. Aun las voces más suaves habían cesado. Quienes permanecían con los ojos abiertos observaban distraídos el movimiento leve de las hojas o el vuelo de las moscas sobre los restos de comida que oscurecían en los platos. Una de las mujeres, vencida por el sopor, se había abandonado sobre el sillón de mimbre; con la cabeza inclinada sobre el hombro, dormía con la boca abierta. Raffaele mismo dormitaba plácido con las manos entrelazadas.
De pronto, los que seguían despiertos, a pesar de la modorra escucharon un sonido que les era familiar: un higo maduro, produciendo rumores de hojas agitadas, caía como un obús en la boca abierta.
El higo y el grito desesperado fueron escupidos al mismo tiempo con una violencia no sospechada en esa mujer naturalmente apacible.
Raffaele de un salto se arrojó contra el suelo.
Cubriéndose la cabeza con las manos movía el cuerpo como una serpiente queriendo enterrarse en las baldosas del patio. Enceguecido reptaba buscando lo que el instinto le indicaba como lugar seguro. Su empeño silencioso le impedía emitir ningún sonido, apenas un jadeo acelerado impuesto por el esfuerzo.
Los hombres acudieron en su auxilio pero él los rechazó con movimientos feroces. Desconocía las voces familiares que le rogaban cordura. Alguien recordó que el agua atempera los ánimos, en la emergencia se utilizó el resto de líquido que quedaba en los vasos. No era fácil acertar, el cuerpo zigzagueante eludía casi todos los tiros. El blanco preferido era la cabeza, pero también el más difícil. Su energía en aquel momento aún es recordada. Algunos no olvida ron las heridas que recibieron al intentar contenerlo y las reverencian exagerando su magnitud. Debieron pasar minutos interminables antes que la fatiga comenzara a vencerlo, todavía entonces fue necesaria la intervención de todos los hombres para arrastrarlo hasta la farmacia de la que nunca volvió.
