Revista SITIO · N.º 4-5 (1985)

El Excalibur de Thiara

Le pregunté a mi madre:

—¿Qué harás en Londres cuando estalle la guerra?

—Haré el amor con los soldados, cabeza abajo para ver cuando se marchen

—¿No tienes miedo de ver sus carnes desgarradas?

—No. Es la carne que devora mi carne. Puedo fabricar cubitos de sangre helada para que mastiques cuando ya no esté. Puedo bailar desnuda para ellos para que no te maten luego. Mi agonía será larga, y los soldados sobreviven todas las épocas.

—Hoy no me lavé los dientes, mamá, ni ayer.

—¿Por qué?

—Tengo miedo de mirar mi boca en el espejo y ver tus pechos, desnudos.

—Mis pechos nunca están desnudos, en cambio tus dientes se caerán antes de que seas vieja.

—Me canso las muñecas agitando nombres espantosos. Ninguna pesadilla es la última.

—Yo saldré con los soldados. No mientas cuando no esté. No quiero que los vecinos te vean mentir., Es una cosa fea no lavarse los dientes. Estás llena de sangre por dentro, si te ven así pensarán que te diste un balazo.

—Te despediré con mi pañuelo más sucio para que te sientas obligada a volver.

—¿Volver para qué? ¿Volver a dónde?

—Volver a la blancura y a las sábanas. Volver al Rouge, volver al Rimmel. Volver a bailar en clubes llenos de italianos con algún soldado fascista. Volver como siempre lo has hecho. De ninguna parte, porque sí. Sin saber y sin querer, y sin terminar de ser.

—Vos sos apenas una hija, y ni todavía una mujer. No le cortes las plantas a la tía. Cerrá bien la puerta. Cuando vuelva, si no es muy tarde, tal vez hablemos.

Lady Thiara

Estas manchas que me salen en la piel, estos monstruos que me crecieron en el vientre enquistados en la carne como la muerte... Ya no los puedo controlar. Crecen y crecen todo el tiempo. Me deforman y me lasceran las carnes. Ensucian y rompen todo, me atan con súplicas y llantos, y protestas. Y siempre tienen hambre. Me comen, me chupan y me muerden como vampiros malditos. ¡Malditos!

No los quiero, no los soporto. Pero no puedo volverlos a donde salieron. Porque ya es tarde y porque salieron de mí. No sé cómo. De pronto se sienten dolores y mareos, como algo que no se ha podido digerir. Entonces vienen las ganas de vomitar y el vómito mismo. Pero aún después del vómito la cosa continúa y luego desaparece, a lo mejor, por unos días, pero siempre vuelve. Y entonces las cosas se me empiezan a caer de las manos, la crema se me corta y sueño con los muertos.

A veces es bueno soñar con ellos, pero no esas veces, porque están ahí, como vigilantes, quieren decir algo pero no lo dicen. Me miran con ojos de Búho, se ponen como locos y empiezan a correr para atrás, y luego en círculo y otra vez para atrás, pero al revés. Y suben escaleras para atrás, y corren y se caen, se tiran al agua y salen secos, o no salen. Se quedan durante mucho tiempo, a veces días, porque sueño durante varias noches que estoy frente al lago y ellos no han salido, y me asfixio. Me asfixio pero los que mueren son ellos.

Antes todo era diferente. Jugaba con mis hermanas, papá traía golosinas y nos sonreía cansado, pero jugaba con nosotras y nos hacía bromas, nos acariciaba la cabeza suavemente, y yo sentía el pelo tan fino y tan suave como su pelo, que se caía, sin que él pudiera evitarlo. Lo ponía tan mal eso. Decía que ya no era tan joven. Nunca decía viejo. A mi tampoco me gusta esa palabra. Me parece que nadie de la familia puede ser viejo, porque viejos son los que se están por morir, y nadie de los que yo quiero se va a morir.

Un día sentí que papá también tenía algo. Un monstruo que le crecía por dentro y lo devoraba. Pero no era un hijo, porque sus hijos éramos nosotros. Cuando papá murió hacía pocos meses que me había nacido el último. Después de eso no hubo más monstruos. Parecía que papá desde el cielo me defendía de ellos. Porque los dos que siguieron murieron antes de nacer..

Cambiaron un poco las cosas desde que papá se fue. Tengo sueños con los vivos también. Los mismos sueños. Corren y corren, hablan para atrás, en idiomas que no conozco, que no existen. No sé qué dicen.

A veces por la mañana me acuerdo y me suena alguna palabra que escucho como algo que dijeron en los sueños. Se mezcla todo... No sé.

Al menos ya no sueño con los perros. Eso es muy bueno. Lo otro lo puedo soportar pero los perros... En fin, el doctor dice que no es nada. Yo creo que pronto no tendré más dolores, porque ya no voy a parir más, de eso estoy segura. Creo que pronto voy a poder descansar.

Andrés

Un óxido verde, como de bronce, se apoderó de mis párpados. Mi cuerpo es una lengua muy azul y muy grande. De pronto soy el horizonte en mi cabeza de aire, y en mi nariz un dulce olor a gramilla y a campos sembrados. Es casi accidental este amanecer junto al cuerpo tibio de quien finge que duerme para hacer el despertar más dulce

En la comisura de los labios se le dibuja, con un movimiento mínimo, el rito de la picardía. Los dos sabemos que está despierta y los dos disfrutamos de que no esté dormida.

Dentro de unos minutos despertará con una sonrisa de ojos chiquitos y se desperezará con placer. Esperará que busque su boca y me abrazará fuerte, con toda la tibieza del sueño entre los dedos, que ensayan caricias mientras termina de despertarse.

El ritual del desayuno es diferente. Se levanta despacio, se acaricia la cola como buscando el slip, y arrastra las manos por las caderas hasta la cintura para llegar a los pechos desnudos, contorsionados por su desperezo, y terminar abrazándose al cuello por un largo momento, hasta que lo suelta rápido y su pelo se suelta y se dispersa rápido sobre los hombros, cubriéndole parte de la espalda desnuda y marcada por las sábanas.

Después buscará mi camisa, seguramente tirada en el suelo, de su lado de la cama, siendo preferida a cualquier ropa suya. La dejará desabrochada o abrochará un solo botón, por pura coquetería; e irá a preparar tostadas y café, mientras mordisquea alguna comida salada que haya quedado de la cena.

Yo me duermo sin querer para que esta vez sea ella quien me despierte con una bandeja frugal pero encantadora, y exactamente proporcional a nuestra glotonería de enamorados nuevos.

Se hace difícil terminar el desayuno porque su mirada se pierde en la manteca de la tostada mordida, y hay que rescatarla antes de que caiga en algún pozo de la memoria, donde inevitablemente la esperará lo trágico.

Por eso suspendo mi café, para agarrarle con firmeza una muñeca y luego acariciarla, mientras soplo sus ojos para abrirme paso entre las pestañas larguísimas que están a punto de brillar.

Tal vez, si pudieras garantizar que detrás de las palabras viene un estímulo verdadero. Si estuvieras de pie junto al precipicio y el agua te mojara la boca. Si la tormenta que no cesa fuera más verdadera que esta angustia cansada de ser y de mí, no cabrían tus pelos dentro de esta copa, que es más chica que tu cabeza de azúcar.

Hay quienes dicen madre y se refieren a una estatuilla blanca, se tapan con mantos oscuros y sus pestañas agitan carbonillas suntuosas. Hay hijos de panaderas frágiles que vuelan a la deriva, y tribus segregadas, y personas disueltas en melodías como sopas instantáneas, y ríos y lobos, y catástrofes, y gente de pie que espera la muerte, sin notar que los hijos se les caen de entre las piernas.

Hay muros grandes como castillos, y castillos pequeños como pompas, y todo, todo eso dentro de una sola de tus palabras.

Garabatos y garabatos, como si el aire fuera esponja y hubiera que moverse y respirarlo, y correr de la mano de alguien cuesta arriba, trepando entre pulmones, como polillas viviendo en la madera, en un vientre universal de telgopor quemado. Y el calor, y el olor, asfixiando lo poco respirable que quedaba. Y al final del camino, cuando casi se ve la boca de salida, darse cuenta que se es de plástico.

Thiara

Piel de mis piernas. Excitación, goce culposo. Roce de carnes suaves que se impone sobre cualquier sensación, aún sobre el dolor. La antagonía está dada por mis propias tripas. Haría una bolsa con ellas... es decir, ya mamá hizo una bolsa con ellas, pero adentro también estaba yo. Escuchaba el aullido de sus órganos comprimidos y sus glándulas estranguladas. Era yo quien se hinchaba allí adentro, y podía escuchar sus maldiciones, sus gritos de dolor, sus súplicas y suspiros. Era un techo muy bajo, que bajaba cada vez más amenazando con aplastarme la cabeza.

Namur, gorrión de Setiembre. Un príncipe llegó y la poseyó por un instante eterno, y por ese instante fue feliz y eternamente desdichada. De la bolsa no hubo quien se hiciera cargo. Ya no estaba en el cuerpo pero pesaba más que antes.

Gargajo de mujer, desecho orgánico. Monstruo que crece.

Ella apenas hablaba, pero yo escuchaba su mirada que me absorbía como una ventosa.

Araña tejedora de redes mortales, crecí como un junco buscando el sol para salir del pantano, y soñaba con ser una vara firme y rígida de la que poder hacer un buen bastón. Pero nadie hace un bastón con un junco.

Como dolía en mis orejas el zumbido del viento, agudo y lastimoso. Amenazaba en mi garganta con gritos que jamás podría lanzar. Las tormentas se anunciaban haciéndome llorar de miedo desde mucho antes. En noches de invierno imaginaba una ciudad de murales altísimos, alumbradas por una luna violeta, y a cuyas espaldas dormía un sol polar, eternamente generoso y estéril.

Quisiera incendiar la noche, destruir el universo con una implosión que comience en estas tripas, en estos huesos resecos.

Cada vez soy menos una mujer. Ansío el oscuro aroma de tus axilas, aleteando peces rojos en la espesa ausencia.

Qué difícil es recordarte. Ya no sé en qué momento ni por qué te fuiste. Sé que nos amábamos distraídamente, noche a noche, cuando todavía el amor era algo más cálido que los pies desnudos sobre la cerámica helada. Y la urticante frazada, siempre corta, siempre escasa como el amor mismo. Cuánto más desnuda me he sentido a veces después de hacer el amor, cuánto más sola

Lagarto entregado, durmiendo entre mis piernas de zorra rapada. De rata arrinconada, garra de gorila, mono-tonta. Rasgarme la blusa y arañarme los pechos para que beses mi sangre hasta vaciarme. Entregarte mis colores, quemar mis trapos y ser toda piel, todo cuerpo que se bate en tomo a tu presencia, esa imborrable forma de estar que se extiende hasta después del recuerdo, atravesando la memoria de todo lo que respira a tu alrededor.

Supe encerrarte en un espejo. Paralizar tus manos para siempre para que no toques otros cuerpos. Pero de esta manera tampoco yo te tengo. Te he buscado en el cristal inútilmente. Estarás abrazada a alguna estatua de acero.

A través y a pesar de la carne, y ahora lo estoy pagando con mi cuerpo. No conoceré a ningún hombre hasta que te haya traído de vuelta a este lado del espejo. A veces me parece escuchar tu queja tras los hilos de plata. Una queja metálica, como un campanilleo vital que atraviesa por un momento tu cárcel de vidrio. Pero sabes que es inútil, y por eso cuando quiero contestar tu mensaje el vidrio se empaña para no dejar pasar mi imagen, para que ni siquiera puedas verme. Es sólo en esos momentos, porque el resto del tiempo se que me vigilas y me odias desde allí. A veces cuando me toco desnuda frente al espejo, siento tu mirada fría incrustrarse entre mis pelos, y eso me produce escalofríos, como una mezcla de placer y temor. ¿Pero qué puedo hacer? En las palmas gastadas de mis manos, las arrugas vetean la textura de los poros, como surcos trazados por las uñas del aire, las peores, omnipresentes uñas del tiempo.

Lady Thiara

Están afuera, golpean el vidrio de la ventana con sus duras cabecitas. Me han estado devorando y ahora son mi sangre. Nada puedo hacer contra ellos. El dice que soy yo la poseída, pero está loco y miente. No quiere que me agite. Dice que no tengo alas y que si salto me mataré. No le preocupa. Soy su estandarte y puede enarbolarme mejor muerta que viva. Aunque creo que le da lo mismo, me desprecia, y yo a él. Lo ignora todo. Yo siento crecer mis alas cada día. Siento el dolor en mis espaldas y un poco de placer que se extingue lentamente. Es una sensación deliciosa que él nunca conocerá. Capón de capa caída, se ha desheredado de la vida para necesitarme, pero sigue vivo y se está dando cuenta de que no me necesita, aunque sin mi no tendrá alas.

¡Siguen golpeando el vidrio! ¡Me aterrorizan! ¡Dejenmé en paz! ¡Monstruos repugnantes! ¡No dejaré que entren, malditos! ¡Blandiré mi bastón y los moleré a golpes!

Atacan por grupos. Por las noches, cuando él duerme a mi lado los veo aletear, como ahora, y llamarme. Quieren que sea su reina. Me adoran. Rondan en ronda, vuela que te vuela. Juegan como palomas negras con los ojitos encendidos. Pero no ha llegado el momento. No seré su novia todavía. Debo destruir el castillo primero. Voy a incendiar las torres principales para que todos sepan que la descastada será reina. Para que aprendan cuál es la verdadera estirpe. Los maldeciré con mi último grito antes de ser eterna. Los haré llorar de miedo y llamarán a sus madres dentro de las torres ennegrecidas por el humo. Toserán y se revolcarán por el suelo. ¡Y él será el primero! Destruiré su arrogancia. Acabaré para siempre con su aire de suficiencia. No será nada sin mi.

¡Pero basta! ¡Dejen de golpear ese vidrio! ¡Dejen de estarme encima! ¡Yo decidiré cuando haya llegado el momento!

La cara se me está poniendo cada vez más hermosa. Dentro de poco seré una niña.

La dulce Thiara del campanario. La niña de las trenzas negras.

Thiara

Grandes conciertos cerebrales. Los enanos de la mente, parados sobre sus umbrales, se desgañitan a gritos. No estamos contentos. Las lentes son oscuras y ya casi no se ve. No podemos desnudarnos. Estamos en algunos lugares del cuerpo y no en todos. Nos pinchan las miradas del afuera. Nos meten dentro del balde y nos traspasan con trapos sucios para limpiarlos con nuestros poros. Somos los filtros del loco. Somos el brillo de la luz que no encendió.

El deseo nos pisa los talones, ya no corre adelante. Nos sigue como desafiándonos a que sigamos el camino sin él, a que le mostremos qué somos capaces de hacer.

¿Qué nos queda? Los perros saltarán enfurecidos tratando de morder los trapos y los destrozarán como a un pedazo de jabalí. Los cuerpos se entierran en la polvareda que levantan los perros y nos llenan el balde de baba y asco.

Sólo nos puede salvar la alcantarilla con su promesa de mundos subterráneos, donde las ratas nos mirarán pasar, corriendo hacia el río lleno de huesos.

Frenadas que rebanan el suelo. La de-función debe continuar. Uno, dos, tres, las marcas rítmicas determinan. Adelante y atrás. Las marcas monotonizan. Separemos las lenguas, mi amor, y nos daremos cuenta de que no es posible, porque tenemos una sola. Cuatro manos veinte dedos, diez normales y otros no. Las retroletras me lastiman la boca. Las lenguas del fuego.

Digo que si tienen lenguas deberían hablarme. Quisieras poder ganarme. Entendido. No te daré oportunidad

Yo no voy a incendiar ningún castillo Lady Thiara. He descubierto en la memoria de papá más cosas que las que había en sus labios. Ahora me doy cuenta de que no supe escucharlo. Me dolían sus palabras cuando hablaba de vos. Se ponía rojo y malo como un cura irlandés. Pero era más que eso. El Merlín de los Hamilton.

Guardó tu bastón hundido entre sus carnes como un Excalibur sagrado, para reflotarlo justo al filo del ahogo, en la bruma espumosa de su espejo de agua, retina azul, como un cielo que llora.

Es una muerte que sea demasiado tarde. Es una suerte.

Es una lástima que sea demasiado muerte.

Estoy podrido de cartílagos y lloros, bastones y besos temblequeantes, salivados de salva. Arropados con mantas enlechadas, como patriotas conquistando desiertos.

Basta de putas malas. Basta de bestias insolventes. Me enredo la lengua como siempre, soy una mancha de tinta que se expande entre los dientes, debajo de la lengua.

¡Al carajo con las lagañas! Me lo tengo bien ganado. No quiero saber nada de todo esto. Si me quedo me quedo. Pero si me voy no volveré con los coleccionistas de ceremonias. Mitad simios, mitad serpientes. Haciendo lo bueno y lo malo. Lo que nos hace dudar y durar. La meta es salvarse, así de miserable.

Acumulando saber se pueden economizar palabras, pero se gastan pensamientos. ¿Cómo será posible ahorrar pensamientos? ¡Son tan costosos al alma de este cuerpo! La he perdido. Perdí una hoja en el otoño. Una mínima cosa entre tantas otras grandes e importantes

Perdedora entre perdedores, me adiestraron para eso. Y lo hago mejor que nadie. Hasta tengo estilo para perder.

No me enorgullezco, pero algo es algo entre tanta consagración de santos y malos curas, y vírgenes profesionales.

Soy yo quien necesita las leyes. Soy la majestuosa culpa.

Los reversos sólo se ven al filo del biselado. Si no se está estratégica o casualmente allí, sólo una de las partes se nos hacé visibles.

Ganarte de manos, ¡eso es! Robarte el reflejo y el brillo. Condenarte a vos y a ningún hombre a la cárcel de cristal. Lejos de las llamas, fuera de la órbita de los cuerpos que al frotar el vacío te alimentan de energía. Dejarte sin alimento, sin eternidad. Devolverte la muerte que me regalaste al parir.

Mejillas de porcelana. Cara de muñeca blanca. Tus muñecos y mis máscaras enfrentándose para siempre. ¡Te ganamos! ¡No lo quieres admitir! Pero ahora que lo he descubierto tu poder se extingue segundo a segundo. Te quemarás sola.

Quedará un poco de cartón piedra carbonizado, mezclado con la tierra del jardín, que la lluvia lavará para siempre de nuestras frentes.

Thiara, Andrés

Las caras. Me dan miedo las caras que pasan a mi lado. Son gente que no tiene cara. Nunca se sabe lo que sienten... ¡porque no sienten! Se les arruga la frente, pero sólo frente tienen. Toda la cara es una frente que se estira hasta el cuello. Y a veces tienen más de una,cabeza. Tienen una sombra al lado que es como una cabeza negra, de contorno brilloso, casi fosforescente.

Van por la calle, se sientan en los bares, en los colectivos, en todas partes, y zumban o ronronean, con las cabezas bajas y los hombros apretando el cuello... Los que tienen cuello, porque a algunos les sale la cabeza de los hombros, así. Y a veces se agitan y mueven los brazos, que son muy cortos, como la mitad de mis brazos, y terminan en muñones gordos como codos. Y gritan, pero sus gritos tampoco son humanos, son chillidos como de ratas y como aullidos de lobos.

A veces, los que están en los bares hacen un ademán como de llevar algo a la boca, ¡pero no tienen boca! Y se tiran líquidos en la cara y siguen zumbando o aullando como si nada hubiera pasado

Con la comida hacen lo mismo. Se sientan en la barra y con sus muñones apretan un sandwich contra esa especie de cara que tienen, y apretan y apretan hasta que el sandwich se deshace o desaparece.

También ellos desaparecen tras puertas que no existen, o se estrellan contra un vidrio y se diluyen en el piso como un plasma muy líquido y muy espeso.

Son asquerosos, a veces quieren tocarme. Todo el tiempo me zumban en el oído, y a veces se me ponen delante amenazando con no dejarme pasar. Entonces quiero gritar y matarlos a patadas, pero no puedo por que me dan asco y no podría tocarlos ni con la punta del zapato...

—¿Qué te pasa, Thiara? Dame la mano, mi amor...

—...No tienen ropa. Cuando se desnudan se sacan la piel, que es como de latex, y se quedan con la carne al aire. Las venas azules les cuelgan y se mueven como muñecos, cuando llega la noche se empiezan a mover como muñecos, como robots... y se acuestan en camas sin sábanas, con el colchón que les roza la carne... No sueñan, no duermen, se quedan ahí, como muertos... pero se mueven, o más bien tiemblan, con movimientos mecánicos, y no se levantan, una vez que se acuestan no se levantan más, por eso nunca se acuestan. Caminan por la calle, toda la noche, con esos movimientos de miedo, y todo está oscuro, y no se ven, por eso se chocan y se desgarran contra las paredes... A veces camino de noche y miro el piso para no verlos, pero de pronto me encuentro con los pies de uno que está a punto de chocarme, y grito, y lo esquivo, y corro y me corre, pero por suerte en seguida se cae y se desangra en un charco repugnante y gomoso, donde otros patinan y también caen y se deshacen. Y yo grito de asco y de miedo, pero nadie me puede ayudar porque todos son iguales, y cuando grito es peor porque vienen otros, y apenas puedo esquivarlos, y se caen y siempre alguno consigue tocarme y me dejan ese olor asqueroso y la piel pagajosa, y no me puedo lavar con nada. El olor me dura días y cuando se me va me vuelve a pasar lo mismo... Ya no puedo salir a la calle, pero tampoco en casa estoy segura, porque los veo por la ventana y ellos saben que los miro y hacen como que no saben y siguen caminando o se que dan parados simulando que esperan a otro y le dan algo que tienen en las manos...

—¿Qué estás diciendo. Thiara? ¿Qué te pasa? Tranquilizate, por favor...

—... ¡No tienen manos! ¡Ya te dije que no tienen manos! ¡Soltáme, asqueroso! ¡Hijo de puta, soltáme!

—¡Basta, por favor! Tranquilizate...

—¡...Soltáme!!!

—¡No, no te voy a soltar! ¡Yo soy igual que vos, mirame! Mi amor no te vayas!

Thiara había conseguido soltarse una mano y le había marcado las uñas en toda la cara. Andrés no quería pegarle pero Thiara no dudaba y comenzó a patearlo. Finalmente Andrés no pudo más y la soltó.

Thiara no le dio tiempo a reaccionar. Cuando lo hizo ella ya estaba en la calle.

Desde el suelo la vio cruzar de un salto la ventana y correr hasta el coche con la cartera en la mano. Estaba casi desnuda. La gente en la vereda no prestaba atención a los gritos de Andrés. Miraban a Thiara sin necesidad de entender, conformándose con presenciar el magnífico espectáculo que les ofrecía esa mujer corriendo casi desnuda por la calle y en pleno día. La censuraban y la deseaban. Hombres y mujeres por igual, querían violarla, matarla y conservarla para sí. Querian lastimarla, pero nadie se atrevió a mover un dedo. Esperaban que surgiera dios de alguna parte y les dijera: ¡Es para ustedes, mis perros fieles, Devórenla!

Cuando Andrés llegó al coche Thiara arrancó a toda velocidad y él apenas pudo agarrarse de la puerta.

Thiara aceleró más y Andrés quedó colgando de la puerta durante más de una cuadra. El coche dobló sin aminorar la velocidad y se deslizó hasta el cordón. Andrés salió despedido y se estrelló contra la reja de un jardín. Thiara no se detuvo, ni siquiera intentó cerrar la puerta, ni siquiera aminoró la marcha antes de cruzar la primera bocacalle, ni la segunda, ni ninguna otra, hasta que vio delante suyo a uno de los monstruos sin cara, agitando sus bracitos temblequeantes antes de ser atropellado.

Thiara sintió sus pies abrigados por las botitas de piel de conejo que le regalara papá, y quiso correr hasta la casa, donde la esperaba para abrazarla y decirle a Andrés que atara a los perros. Corrió acariciando el suelo con las botitas, apretando el acelerador para que el motor gruñera como los perros, y se escuchara de nuevo el grito de papá, y Andrés obedeciera y detuviera el coche antes de llegar a la esquina, para que ella bajara un momento a mirar la oscuridad del bosque, el agua donde sus botitas se arruinaron y que ahora le manchaba el tapado de un color rojo sucio.

Subió al coche, un poco más tranquila, y le dijo a Andrés que ya no volvería al bosque y que tampoco él debería ir. Después de todo era apenas un niño y tenía que cuidarlo de esas cosas, como él la cuidaba de los perros. En el siguiente semáforo se detuvo y lo miró dormir en el asiento. Siempre se dormía en los viajes largos. Lo cubrió con su tapado, y mientras esperaba la luz verde, se juró que esa misma noche le diría a papá que ya era hora de que Andrés usara pantalones largos. Ya tenía pelitos en las piernas y además estaba empezando a hacer frío.

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