Libro y cine
Una noche, en el Havre, antes de la guerra, dos mujeres asistían a una sesión de cine en una sala de barrio. En esta época una sesión de cine comprendía actualidades y un film. ¿No habían ido estas dos mujeres jamás al cine antes de esta noche? ¿O habían ido siempre de “esta manera”? El testigo de la cosa no lo sabía. El hecho es que estas dos mujeres que ignoraban la existencia de las actualidades han visto esa noche un film en el cual el primer episodio se desarrollaba antes del entreacto. ¿Las decepcionó esta velada? En absoluto. El testigo (ubicado detrás de ellas) cuenta que después de cierta vacilación, de un montón de hipótesis diversas, de razonamientos , pudieron integrar perfectamente las actualidades al relato del film. Esto no les llevó demasiado tiempo. Bastante rápidamente decidieron el contenido del film, de su film. En éste, entre otras peripecias, los personajes asistían a un partido de fútbol —¿por qué no?— y mientras lo hacían, el jefe del gobierno inauguraba, en alguna otra parte, un puente, mientras que en otro lugar se desarrollaba un temblor de tierra, etc. Después que se hubo diluido en una conjetura cotidiana, familiar, la narración principal retomó su curso hasta el fin de la sesión.
Es verdad que estos espectadores —en este aspecto creadores— no existen más. La sintaxis del cine no tiene que ser ya enseñada. Un niño de siete años sabe leer un film a través de su montaje. Pero lo que aún puede decirse a propósito de esto es que es en el lugar del espectador que se hace el cine. El libro supone un acceso a él, el film no. Una práctica es suficiente para volverse espectador de films.
Es allí donde reside la diferencia esencial entre el cine y el resto. En el número —la mayor cantidad— por consiguiente la más salvaje.
Usted sale de su casa una mañana, el cielo está azul, hay sol. Usted recibe ese shock del cielo azul y del sol desde que franquea el umbral de su casa. En alguna parte en usted, en su organismo físico o mental, la cosa se traduce con la fulgurancia de la sensación por: “El cielo azul esta mañana, sol”. Más tarde, cuando esta fulgurancia sea recubierta por el tiempo pasado, si usted quiere asegurarse, decírselo a otro, lo traducirá en una frase, ya sea oral o escrita, frase que explicitará en qué circunstancias una bella mañana, saliendo de su casa, fue impresionado por el cielo azul, el sol. Es éste, sin ninguna duda, el destino más habitual que correrá el suceso vivido por usted. Pero hay otros, miles, el poema por ejemplo o el cine.
De todos los modos de decir, el cine será sin duda el último porque se presenta como el más inaccesible —por el hecho de la técnica— y el más separado del acontecimiento. Pero de hecho, al contrario, es el medio más apto para recrear el acontecimiento ocurrido: “El cielo azul esta mañana, sol” y para transmitirlo al mayor número. Cuatro palabras, dos imágenes articuladas entre ellas por una sintaxis muda, invisible, muy próxima a coincidir, en un no-dicho, con la sensación original. Ese mayor número ¿quién es? ¿De dónde viene?
El trabajo de un cineasta en un film —no hablemos de la dificultad, del frenado de este trabajo por el aparato técnico— se sitúa en un lugar diferente que el del escritor respecto a un libro. Antes de lograr el film, el cineasta pasa por un libro en el cual la escritura no tendrá lugar sino como valor de escrito en cuanto a su ubicación en la cadena creadora. Pasa por encima este libro y se reencuentra en el lugar de su lectura , justamente aquella del espectador. Mire bien ciertos films: se leen, la trama de lo escrito se lee allí. El estudio de la escritura ocultada, conscientemente o no, se ve, su lugar, su pasaje se ven. (No estamos hablando por cierto de un cine comercial hecho de recetas de cocina y que se sitúa en las antípodas de toda escritura).
En este lugar de su creación, el lugar del cineasta se encuentra en el polo opuesto del escritor en relación a su libro. ¿Puede decirse que en el cine se escribe al revés? Podría decirse algo así, me parece. Es justamente en el lugar del espectador que el cineasta ve , lee su film, mientras que el escritor se sostendrá en una oscuridad que ninguna lectura puede leer, indescifrable aun para aquel que va a abordarlo. Es después de esta oscuridad que se encuentra el cineasta. Hacer cine cuando se han escrito libros, es cambiar de lugar en relación a lo que va a hacerse. Estoy delante de un libro a hacer. Estoy detrás de un film a hacer. ¿Por qué? ¿Por qué se experimenta la necesidad de cambiar de lugar, abandonar aquello en que se sostenía? Porque hacer un film, es pasar a un acto de destrucción del creador del libro, del escritor, precisamente, es anularlo.
Ya se trate del autor de un libro “hueco” o de un libro “pleno”, el escritor será destruido por el film. El escritor que está en cada cineasta y el escritor a secas. Por lo menos se habrá expresado. Pero la ruina en que se transforma será el film. Su “dicho” será esta materia lisa, el camino de las imágenes.
Entre alguien que no ha escrito jamás y un escritor, hay menos distancia que entre un escritor y un cineasta. Aquel que no ha escrito y el cineasta no han mellado lo que yo llamo “la sombra interna” que cada uno lleva en sí y que no puede salir, fluir hacia afuera más que por el lenguaje. El escritor la ha desgarrado. Ha desgarrado la integridad de la “sombra interna”: el silencio esencial común, ha operado la irreductibilidad de este silencio. Y todo acto que frene esta irreductibilidad, por ejemplo el cine, hace regresar la palabra escrita. No es verdad que el cine diga tanto lo escrito como el lenguaje escrito. El cine hace remontar la palabra escrita hacia su silencio original. Una vez que la palabra es destruida, no vuelve a ninguna parte, en ningún escrito. Y en el cineasta, es el pliegue mismo de su destrucción lo que se transformará en una experiencia creadora.
Es sobre esta derrota de lo escrito que —para mí— se construye el cine. Es en esta masacre que reside su atracción esencial y determinante. Porque esta masacre es justamente el puente que le conduce a usted al lugar mismo de toda lectura. Y aun más lejos: al lugar mismo del sufrimiento a secas que supone toda existencia vivida en la sociedad actual. Se puede decir esto de otra manera: que la opción cuasi universal de la juventud por el cine es una opción —conciente o intuitiva— de orden político. Que querer hacer cine es precisamente querer ir directamente hacia el lugar de su sufrimiento; el espectador. Y esto eludiendo, destruyendo, el estadio siempre privilegiado— de lo escrito.
Hablo a lo escrito. Hablo también de lo escrito aún cuando parezco hablar de cine. No sé hablar de otra cosa. Cuando hago cine, escribo, escribo sobre la imagen, sobre aquello que debería representar, sobre mis dudas en cuanto a su naturaleza. Escribo sobre el sentido que aquella debería tener. La elección de la imagen que hago luego es una consecuencia de este escrito. Lo escrito del film para mí— es el cine. En principio un escrito (script) está hecho para un “después”. Un texto, no. Aquí, en cuanto a mí, es lo contrario.
Quiero lograr una imagen comodín, indefinidamente superponible a una serie de textos, imagen que no tendría en sí misma ningún sentido, que no sería bella ni fea, que no tomaría su sentido más que del texto que pasa sobre ella. Ya con la imagen de Aurelia Steiner Vancouver no estoy muy lejos de la imagen ideal, aquella que sea suficientemente neutra —seamos serios— para evitar la pena de hacer una nueva. Aquellos que hacen kilómetros de imágenes son originales y ¿lo ha observado usted? no llegan a nada generalmente. Con el film negro habré pues llegado a la imagen ideal, a aquella del asesinato confesado del cine. Esto es lo que creo haber descubierto en el último tiempo en mi trabajo.
Si no reencuentro el texto tal como sobrevino en la página, la voz escrita, recomienzo. He recomenzado la Noche cuatro veces. Con El Camión y Aurelia he encontrado enseguida el primer camino de la voz. Ve usted, no busco simplemente profundizar el sentido del texto cuando lo leo, no, no absolutamente, nada parecido, lo que busco es el primer estado de este texto, como uno busca acordarse de un suceso lejano, no vivido sino “escuchado”. El sentido vendrá después, no tiene necesidad de mí. La voz de la lectura es la única que le dará sentido sin intervención de mi parte. La lectura se propone en voz alta de la misma manera que se ha propuesto para usted solo, la primera vez, sin voz. Esta lentitud, esta indisciplina de la puntuación es como si yo desvistiera las palabras, las unas después de las otras y descubriera lo que está por debajo, la palabra aislada, desconocida, desnudada de todo parentesco, de toda identidad, abandonada. A veces es el lugar de una frase por llegar lo que se propone. A veces nada, apenas un lugar, una forma, pero abierta, a tomar. Pero todo debe ser leído, el lugar vacío también, quiero decir: todo debe ser reencontrado. Esto se percibe cuando se dice, cuando se escucha, cuán pulverizables son las palabras y cómo pueden caer en cenizas.
Notas
( Traducción: Beatriz Castillo)
