De Dabove me gusta la presteza, su imaginación un poco alcohólica, su arte
de prescindir de preámbulos y contar sin exigencias externas, su modo casi
kafkiano de ajustar la pequeñez del texto a las imposibilidades del
argumento. Hay en Ser polvo una corriente de
imágenes a la vez radiante y subterránea. Se trata siempre de una escritura
muy clara, que abusa un poco de la ampulosidad macedoniana del léxico (que
parece impensable sin sus conjunciones antinómicas), y que aísla sus
anudamientos para conseguir una ilación declamatoria y en apariencia
fortuita. El cuidado con que Dabove apunta su frase sin embargo nada tiene
que ver con la inserción de un aforismo: la frase encuentra, aun destacando
su carácter de irrupción, la instancia oportuna, conversacional, discreta,
el pulso que la recupera, haciendo así de esa turbulencia de registros una
superficie de consulta muy precisa. Para invadir el tumulto de sensaciones
que sus cuentos acarrean bastaría entonces restringir el “efecto de
literatura” que la abundancia borgeana reclama en cada uno de los textos que
prologa e interrogar nuevamente el sacrificio de su articulación.
En Ser polvo la muerte va a ser escrita, es por
lo tanto necesario agravar jerárquicamente esos tensores con los que la
literatura empieza y termina resistiendo la inanidad de sus artificios. El
destino, el dolor, la enfermedad: he ahí un orden. (Irrevocabilidad,
irrealizabilidad, inevitabilidad, tal era, para un exégeta de Pushkin, la
triple fórmula de la existencia humana.) Un texto ideal podría empezar, a la
manera de Poe: “Apenas hube sentido el último latido...”Dabove es escribe:
"¡Inexorable severidad de las circunstancias!” Más adelante, con una
severidad consecuente, impugna: “Pero no se diga: yo he agotado el
padecimiento, este dolor no puede ser superado...” Después, profetiza: “Yo
no sé ver en las quejas y expresión de amargura presentes otra cosa que una
de las variaciones sobre este texto único y terrible: no hay esperanza para
el corazón del hombre".
Escribir la muerte es de algún modo lo contrario de escribir un relato.
Ahora bien, aunque Dabove no explicite su procedimiento, aunque el
protagonista hable del “sueño” que precedió a su “muerte” y lo llame
sueño-vela y muerte-vida, aunque admita su estado como una forma de
existencia (“este modo de existir tiene algo de grato, inocente y
deseable”), aunque anuncie su muerte o la disfrace (“Me estoy difundiendo,
voy a ser pronto un difunto”; “Cada vez muero más como hombre y esa muerte
me cubre de espinas y capas clorofiladas”), no es posible pensar en lo que
se escribe como en una metamorfosis: esas múltiples “confesiones” sólo
constituyen una suerte de convención narrativa que soporta con timidez el
hecho contundente que el primer enunciado —el título— hace estallar, puesto
que para escribir la muerte y escribir un relato, el narrador debe
someterse, casi desde el comienzo, a ese infinitivo que se nos propone en
parte como seña de identidad y en parte como ley del relato, vale decir ser —literalmente— polvo .
Ser polvo consiste en esparcir esa muerte que
acontece a lo largo del texto. Dabove tiene que encontrar así un
medio justo de zanjar esa otra convención literaria que hace del relato un
itinerario, aunque más no sea entre la palabra inicial y el último punto, y
suspender la temporalidad para que el polvo de la muerte se difunda. Lo
encuentra: son las ocurrencias.
Las ocurrencias del texto daboviano no son motivos. Los motivos participan
de dos órdenes que Dabove conocía bien: el musical (Dabove tocaba el violín)
y el de la conversación (Dabove conversaba, incansablemente, con Macedonio,
con Borges). Las ocurrencias no progresan
ni regresan, ni siquiera se adecuan a la gravedad del relato: ocurren, son
nada más que eso, capturan momentáneamente la atención. Basta con intentar
una clasificación para que su sentido se desvanezca o se intercale entre
otros, se confunda o gradualmente se amplifique. Para advertir su inocencia,
su gratuidad, sólo es posible situarlas, citarlas: “¡Qué extraña planta es
mi cabeza! Difícil será que dure su singularidad incógnita“. “¡Deseaba ser
planta de tabaco, para no tener la necesidad de fumar!”“¿Cuántas formas
piensan adoptar (las nubes) antes de no ser ya más, nunca más, máscaras de
vapor de agua?”“...Voy a ser vegetal y no lo siento, porque los vegetales
han descubierto ese privilegio de su vida extática y egoísta. Su modo de
cumplimiento y realización amorosos no puede satisfacernos como nuestro amor
carnal y apretado. Es cuestión de probar y veremos cómo son sus
voluptuosidades“.
El cuento de Dabove pertenece a esa tradición silenciosa que las antologías
repiten u omiten con la misma modesta ineficacia. “Mi voz ya era un
semisilencio por la carencia de pulmones”, escribe en Ser polvo. Habrá que inventar el aire.
La muerte y sus textos
“...sentí un vértigo asombrado y ligero que no describiré,
porque esta no es la historia de mis emociones...“
Soñé que leía un cuento de Santiago Dabove que se llamaba Sentirse en muerte. Antes de dormirme en
el sueño, encontraba, entre las hojas del libro, un recorte, una
necrológica. Dabove en mi sueño era igual a Juan de Dios Filiberto;
había muerto en Morón. Cuando me quedaba finalmente dormido, la
necrológica se caía al suelo. Yo tenía que levantarla y volver a ponerla
entre las hojas del libro, pero prefería dormir.
Recordé el sueño uno o dos días después, mientras leía los Diarios de Jünger. Antes de cruzar la línea Maginot, Jünger visita el cementerio de Buschdorf:
“...entré en el
cementerio del lugar que, como en la mayoría de los pueblos de Lorena,
rodea la iglesia en forma de herradura. Allí descubrí una curiosidad: un
osario empotrado, en forma de cueva, en la pared del cementerio.
Contenía por lo menos mil doscientos cráneos en un montón, sobre un
friso de tibias, fémures y sacros ilíacos. Daba la impresión de un banco
de huesos blancos, con un poco de verdín, en el que se hubiera labrado
la blanca filigrana de sus cuencas vacías; me dio la sensación de que
una leve resaca se estrellaba en ese arrecife de muerte“.
¿Qué se decía de la muerte en ese texto que me remitía otra vez al
sueño, a Sentirse en muerte y a Ser polvo? Nada nuevo quizás. Pero en ese
quizás se cifra un ligero vértigo. La mirada de Jünger, habituada a la
muerte, aprecia la negra filigrana de las
cuencas vacías. Se produce un corte incómodo ahora mientras
escribo e intento, con una especie de entusiasmo borroso, relacionar esa
escritura de la muerte de Dabove y la mirada un poco apolínea de Jünger,
capaz incluso de extraer de lo observado una moraleja. “Es una lástima
que hoy se rehúyan estas aleccionadoras imágenes” —escribe—, “y la gran
pompa que se daba a las cosas de la muerte, incluso todavía (?) en la
época barroca“.
Philippe Ariés dice que hay que esperar al siglo XVII para que el
esqueleto o los huesos la morte secca (no
el cadáver en descomposición) se propaguen en las tumbas y cementerios y
hasta en los interiores de las casas. La muerte aleccionadora que Jünger
ve tiene toda vía la solemnidad aposentada de un cuerpo que ha
atravesado diversas etapas y que trasunta la provocativa morbidezza de su abandono y
amontonamiento.
Nada de lo que se nos oculta de la muerte nos pertenece, pudo haber
escrito Dabove; con igual justicia, podríamos agregar: nada de lo que se
nos muestra. La muerte no es el arrecife sino la leve resaca, el sistema
de malentendidos continúa.
Malcolm Lowry vagabundea en Roma y encuentra la inscripción fúnebre de
la casa de Keats; la copia, e inaugura ese tiempo macabro de su libreta
de apuntes 1.
Keats, Shelley, los mártires de la prisión Mamertina... Hasta llegar al
recuerdo de Gogol, muerte literaria ya, escrita.
“Es horrible leer la
descripción del tratamiento torpe y grotesco a que es sometido el pobre
y débil cuerpo de Gogol” —escribe su biógrafo— "cuando lo único que él
pedía era que lo dejaran en paz. En base a un diagnóstico finalmente
equivocado, que era una anticipación de los
métodos de Charcot , el doctor Auvers (u Hovert) sumergió al
enfermo en un baño caliente mientras le regaba la cara con agua fría,
después de lo cual lo hizo recostarse con seis sanguijuelas pega das a
la nariz. El enfermo gemía y se lamentaba y se contorsionaba sin fuerzas
cuando su cuerpo miserable (se podía sentir la
columna vertebral a través del estómago ) era metido en una
tina profunda; en la cama, desnudo, tiritaba y seguía pidiendo que le
sacaran las sanguijuelas: éstas colgaban de sus narices y se metían en
su boca (sáquenlas, llévenselas - pedía —)
y al tratar de espantarlas sus manos tenían que ser retenidas por el
corpulento asistente del doctor Auvers (u Hauvers)”.
Hay juego, acompañado de una ironía bastante cínica e insípida, en esta
presentación; pero al leerla lo que me sorprende no es el énfasis puesto
en el tratamiento equivocado, tampoco el hecho de que la curación se
hiciera con sanguijuelas, sino ese pequeño aparte parentético
(sáquenlas, llévensalas —decía—), de modo que si fuera posible
establecer siquiera por analogía un punctum del relato, yo me detendría
en esa boca que dice —que yo sé que dice— lo que su biógrafo no ha oído
nunca.
Si se insiste en dispersar cada vez más la cuestión de la muerte, si uno
se aparta cada vez más de la muerte y su escritura para coleccionar la
decepción de la muerte y sus textos, tal vez sea porque, perdido el
hilo, sólo se lo puede retomar en ese punto en el que la interrupción
apuesta todo lo escrito a un solo deseo. ¿Cuál? “Yo sustituiría mi gusto
por la muerte, que es un fracaso de la voluntad, por unas ganas de morir
que son la apoteosis de mi voluntad.” La cita, leída fervorosamente y
recuperada sin rigor, señala acaso ese punto.
El protagonista de Felisberto Hernández (narrador-actor, sujeto de la
enunciación que coincide con el sujeto del enunciado para declararse
inasible y denunciarse como fragmentación, escisión de sí mismo) vive una
carencia, y la fruición de acumular sucedáneos para rechazarlos. La carencia
del propio Yo es para el que se enuncia la de algo que no ha conocido ni
poseído nunca. Pero sentido como la falta de un bien que ha perdido o le han
quitado, ese algo le inspira nostalgia o le depara una y otra vez la
experiencia de la desposesión. El narrador-actor de Felisberto Hernández
padece doblemente: víctima de sí, sólo puede concebirse como pura falta de
lo que lo constituiría como un Yo reconocible: como suma, totalidad de
atributos; víctima del Otro o de lo otro: del mundo que él mismo conforma y
pone en marcha para señalarlo como el despojador (y el dador de la
negatividad: la suma imposible convertida en resta, desagregación de
atributos). El Yo que narra y se narra en los cuentos de Felisberto no
cuenta sino eso: que no cuenta, no incluye, no
es incluído. Inasimilable a toda categoría o clase anterior a él mismo,
tampoco cuenta con ningún asidero que le
permita recuperar el ilusorio bien perdido. Su historia es la de un Yo sin
Yo que sólo pormenoriza el fracaso en la empresa de autoapropiación. La
interioridad del personaje felisbertiano es así un vacío central atiborrado
de desechos en ensambladuras irrisorias: montaje de residuos, agresiones
mutuas. Autorretrato a lo Arcimboldo: imagen hecha de metonimias combinadas
en la metáfora del Yo sólo presente como resta (resto inalcanzable).
Complacencia y angustia de sumar para no llegar al total. Acumular
descartando 3.
Mi angustia se movía lentamente y llenaba un espacio desconocido de mí
mismo. Yo ya no era un cuarto vacío; más bien era una cueva oscura en cuyo
fondo de paja húmeda y en un ambiente de viscosidad cálida, se movía una boa
que despertaba de su letargo. A la cabeza me llegaban efluvios que
terminaban en palabras. Pero estas palabras, que parecían haber andado por
muchas bocas, y haberme encontrado en voces muy distintas, que habrían
cruzado lugares y tiempos ajenos, ahora se presentaban a reclamar un
significado que yo nunca les había concedido4.
Boa, boca: gimnasia simbólica. El obstáculo
(la oclusiva) que se interpone en el paso de lo cerrado a lo abierto (o-a)
establece la diferencia de significados y a la vez los contamina. Resurge el
sentido anterior: bucca = cavidad (la boca es
aquí también la “cueva oscura”, el “ambiente de viscosidad cálida” por donde
ha andado la palabra que reclama). Enlace entre la metáfora del Yo y una
metonimia del Otro que intercambian sus predicados: Boa: cuerpo que despierta para engullir; boca: cavidad, guarida-cuerpo que profiere, clama, y también reclama , engulle.
El Yo felisbertiano es siempre el vacío central, el relleno profuso, o bien
la sucesión, encaje de sujetos que se enuncian como el Yo del Otro para
reanudar la serie vacío-relleno: absorción, expulsión.
... parecía que en ese mismo momento hubiera tenido dentro de mí un
personaje que hubiera salido al exterior sin mi consentimiento, y que había
sido despertado por la violencia del ferrocarril. Pero en seguida sentí que
otro personaje, que también se había desprendido de mí, había quedado
mirando en la misma dirección en que antes caminaba, que quería predominar
sobre el anterior y que me empujaba hacia adelante. Si estos dos personajes
no tenían sentido y querían huir, era porque yo, mi personaje central tenía
el espíritu complicado y perdido5.
Desdoblamientos, recombinaciones. El “personaje central” deshace y rearma,
construye un discurso como una red de figuras, instala en su oquedad un
laboratorio de tropos. Boca-boca que clama y reclama, dice y desdice, nombra
para desnominar. La palabra que conjura es expulsada porque lo usurpa o lo
abandona aún más vacío que antes. Enunciarse es condenarse a definirse por
lo que no se es, crecer a la sombra que dejan otros discursos, dejarse
invadir por el significado “nunca concedido” y expelerlo 6. Fascinación y repugnancia de
lo ya dicho, del sentido poderoso por ser anterior, inservible por ser
residual. Anhelo permanente de lo aún no dicho, del discurso original,
fundador del Yo 7.
Literatura fantástica, suspendida entre lo irrisorio y trivial, por un lado,
y lo inquietante, por el otro: incapacidad de nombrar esa oscilación ausente
en los códigos existentes. Carente de sí, fijado en la vacuidad de esa
ausencia, el Yo felisbertiano es la energía de la circularidad, no del
traspaso. Constante movimiento que vuelve sobre la propia nada. “Tal vez un
movimiento": título de un cuasi relato que es en verdad una poética de lo
fantástico, de su incapacidad para nombrar lo inexplicable. Es la ficción
del diario de un loco que urde un proyecto de auto rescate: consiste en
escribir “una idea movida”, a cada instante distinta, puro movimiento
evasivo. O más bien, la idea misma del movimiento, exterior al Yo incapaz de
pensarla: “un movimiento vivo que se realice fuera de mí y que siga viviendo
y moviéndose solo”, Alimentado de sí mismo pero también, quizá, “de otras
cosas que no quiero saber del todo, porque cuando las sepa viene el
pensamiento vestido de negro a hacerle un cajón de medida con agarraderas
doradas". Fijado en sí, pero abominando de toda idea fija, del discurso
anterior pero no original, el recluso denuncia (“He visto fracasar
relacionismos, implicancias, deducciones y determinismos, en la flor de la
juventud”) y sentencia: la idea-movimiento es indecible, es la impotencia
del lenguaje. Seducción del vacío nunca colmable que imanta al Yo
transmutando su fijación en vértigo: “Esa idea para mí —afortunadamente—, es
inmensamente difícil de realizar. Soy dichoso cuando pienso cómo realizar
esa aventura; seré dichoso mientras la esté realizando; pero seré
desgraciado si al estar por terminarla no siento deseos de empezarla de
nuevo”8.
Fijación y vértigo. El narrador-actor de Felisberto no consuma el traspaso;
sueña con él para declararlo imposible o para transformarlo en la energía
del movimiento circular, nunca para hacer del sueño del pasaje un sucedáneo
(esta domesticación del sueño, si aparece, escapa a la suspensión
goce-angustia y es resueltamente cómica: son las sublimaciones de la gorda
Margarita en “La casa inundada”, la mujer-vaca y la vaca misma “sacudiendo
sus cuerpos” en “Ursula”, la mujer enamorada del balcón y sus efluvios
“poéticos”). Girando en el espacio que él mismo instaura, sólo proyecta
actitudes que no derriban fronteras y ni siquiera se institucionalizan en
los estereotipos de la evasión. Es para siempre el acomodador de cine que
“roba” con la mirada los bienes del otro y es expulsado por el dueño; el
artista fracasado que vende las medias de mujer “Ilusión”; el memorialista
que evoca la niñez para no reconocerse en ella; el hombre que recuerda su
pasado en que ha sido un caballo que lamenta no ser hombre por no tener un
bolsillo donde llevarse el retrato de la mujer que desea: todos viven la
certeza de la fijación en el vértigo.
Muchos de los seudotraspasos en los relatos de Felisberto Hernández son, en
verdad, aventuras del des-quite: busca de lo
que se siente como desposición y también empeño en el desquite, la satisfacción y la venganza, el
poseedor es puesto en el lugar del desposeído. El texto de Felisberto lo
hace abriendo una distancia entre el sujeto que enuncia y el enunciado. Si
en los relatos del quitado el narrador es a la vez el protagonista, en los
del desquite el narrador atestigua lo que le
sucede al Otro, o bien es el narrador transparente, “ausente” de lo que
transmite. Tal es la parábola que trazan algunos cuentos escritos en un
período determinado y cuyos extremos pueden situarse en “El acomodador”, por
un lado, y “Menos Julia” y “Las Hortensias”, por el otro 9. El primero de estos cuentos genera las dos réplicas
subsiguientes. Las marcas sémicas de los tres títulos señalan el juego
contrapuntístico: "El acomodador” nombra un oficial servil pero también
contiene los semas del arreglo y el ajuste “Menos Julia” lleva el signo
algebraico (—) que el texto explica doblemente: lo que falta más lo que queda; “Las Hortensias” asume la
pluralidad (en el relato derivada hacia la multiplicación suicida, la
pulverización del protagonista). En los dos últimos cuentos de esta serie
los que concluyen la parábola del desquite, el menos y el más que engendran los
textos entablan entre sí una enconada relación dialéctica, centrada a su vez
en las relaciones que entablan el Yo del Otro (del dueño, del que posee
quitando) con su cuerpo (que denuncia al desposeedor como desposeído: quitado). En “Menos Julia” y en “Las
Hortensias”, el cuerpo se vuelve objeto autónomo, fuera del alcance de la
posesión: parte de la maquinaria que el dueño ha urdido para organizar su
ritual del dominio.
Desde los primeros textos de Felisberto Hernández, las señas de la carencia
del Yo se dan mediante dos rasgos del personaje: 1) la rivalidad con el
propio cuerpo, que se autonomiza y se fragmenta sin cesar para pulverizar
toda posible instancia de sujeto único, coherente; 2) la dificultad para
producir con el cuerpo algo que vuelva al sujeto dueño de sí y que le
asegure un lugar en el cuerpo social: problema del artista que no puede
producir arte, música.
El cuerpo aparece como dueño de una clave secreta que afianzaría al Yo, pero
que nunca entrega:
... lo he sentido siempre vivir bajo mis pensamientos. A veces mis
pensamientos están reunidos en algún lugar de mi cabeza y deliberan a
puertas cerradas: es entonces cuando se olvidan del cuerpo. A veces el
cuerpo es prudente con ellos y no los interrumpe: se limita a mandar
noticias de su existencia cuando está cansado, cuando está triste o cuando
le duele algo. Yo no sé quién lleva estas noticias ni qué caminos ha tomado
para llegar a la cabeza... Yo creo que en todo el cuerpo habitan
pensamientos, aun que no todos vayan a la cabeza y se vistan de palabras. Yo
sé que por el cuerpo andan pensamientos descalzos10.
El cuerpo es siempre el Otro, el que arrebata traiciona —“habiendo otra
persona ya hay traición”11— “él había estado pensando y escribiendo en mi nombre y
ahora hasta mi propio nombre tiene otro sentido y parece de él, de este
cuerpo con el que fui teniendo tan larga complicidad y al que he terminado
por llamarle 'el sinvergüenza'”12. El desquite ante la
dificultad para producir con el cuerpo —para engendrar arte, música— se
imagina como el dominio del "sinvergüenza” (del sinvergüenza de Otro):
apropiación, penetración del cuerpo de Otro. Al estudiar una partitura, el
concertista de Tierras de la memoria concibe la
música como un proyecto, una idea que aprieta
ante el riesgo de que pueda escapársele.
Enardecido por esa aventura, hasta se complace con la posibilidad de ser
infiel a la partitura estudiada para poseer otras más
... más bien que escapárseme, diría yo que la abandonaría si a los pocos
días oía otra pieza que me gustaba más. Y ahora me aferraba a ésta, no tanto
por el propósito de ser fiel a la obra que me hacía tan feliz, sino porque
al saber que podría serle infiel, me encaprichaba en no dejar escapar esa
inmediata posibilidad de placer ... de esta manera no se me escaparía
ninguna de las dos. Sentía la angustiosa voracidad de tenerla a todas entre
mis dedos, de llevarlas siempre conmigo, y anticipadamente me imaginaba el
goce muscular de apretar en mis manos sus cuerpos de sonidos y de dominar
sus movimientos13.
Tocar la música es tocar un cuerpo con arrebato que llega a la descarga
orgásmica: “Después que el cuerpo y yo habíamos cometido un acto de
violencia —como era el descargarnos sobre el piano— nos quedábamos con la
sensación de estar vacíos”14. El cuerpo
propio, lugar de la carencia; la música, cuerpo del Otro, lugar de la
invasión.
Si no existe la posibilidad de tocar, de
penetrar en otro cuerpo, es del cuerpo propio desde donde se segrega algo
que permita la posesión. El “acomodador” (el sirviente, el que guía a otros
para acomodarlos en los lugares desde los cuales asistirán al espectáculo
que ellos mismos no producen) alterna en tres espacios. En dos de ellos
impera su marginación, su situación al borde del lumpen: son el teatro mismo
y el comedor donde un millonario ofrece comidas gratuitas a los
menesterosos. El tercer espacio es el lugar del dominio ilusorio, de la
apropiación: en su cuarto oscuro, el acomodador segrega una luz de sus ojos
que le permite ver las cosas como “objetos míos”, reacomodados desde la miseria y el despojo. En él se entrega a la
“lujuria de ver”15, que también procura ejercer en
el espacio de la sumisión, en la sala de vitrinas contigua al comedor
gratuito. El acomodador-sirviente “roba”, “desacomoda” así al amo. Lujuria,
por lo demás, doblemente frustrada: en la sala de vitrinas, se pasea
sonámbula la hija del millonario que desliza la cola de su peinador sobre la
cara del lujurioso tendido en el suelo y lo borra en un acto de aparente purificación (“La cola del peinador
borraba memorias sucias y yo volvía a cruzar espacios de un aire tan
delicado como el que hubieran podido mover las sábanas de la infancia”16); descubierto, el acomodar es expulsado del comedor gratuito.
Si la carga erótica de la ejecución musical se ha desplazado ahora a la de
la mirada apropiadora, la música reaparece en “El acomodador” reactivando el
juego sumisión-dominio. El dueño llega al comedor gratuito como “un director
de orquesta”:
El director hacía un saludo al sentarse, todos dirigían la cabeza hacia los
platos y pulsaban sus instrumentos. Entonces cada profesor de silencio
tocaba para sí. Al principio se oía picotear los cubiertos; pero a los pocos
instantes aquel ruido volaba y quedaba olvidado. ... a las pocas reuniones
en el comedor gratuito, yo ya me había acostumbrado a los objetos de la mesa
y podía tocar los instrumentos para mí solo17.
Cuerpo-música; cuerpo-silencio; cuerpo-ruido. Esas asociaciones e
identificaciones imaginarias son matrices que engendran los textos de
Felisberto. El cuerpo, ese Otro constituyente y antagonista del Yo, puede
aliarse con un tercero o enfrentarlo. Boa-boca, devora la limosna y profiere
la música que el Otro consume; pero también profiere el silencio para anular
la música tiránica, aunque es devorado por el ruido invasor. Ludismo
exacerbado, estrategia infatigable de absorciones y rechazos. Identificado
con esos movimientos tácticos del cuerpo, el Yo quiere ver en ellos su
propia imagen como distinta de la del otro. Pero también los denuncia como
los movimientos del Otro. Desborde de la defensa y la agresión18.
Verbalizadas, transpuestas al discurso del personaje que se narra (o que
narra al Otro; también al hablar del Yo “ausente” en la narración en tercera
persona), las revoluciones imaginarias y especulares de la
identificación-repulsa ingresan en la dimensión simbólica. El Yo organiza el
espectáculo del deseo radicalmente perdido: las relaciones de carencia y
plenitud vuelven a traducirse en términos de dominio, coerción, censura. Tal
es el orden que rige en “Menos Julia” y “Las Hortensias”, los relatos del
poseedor quitado .
Coincidencias dispuestas en antítesis integran en un mismo sistema ambos
relatos. En “Menos Julia”, las connotaciones sexuales que enmarcan el ritual
del dominio se desplazan hacia la domesticación: el deseo exacerbado se
enfrenta con la norma, el rigor de la sanción social, el sucedáneo incapaz
de reproducir la satisfacción no alcanzada: el matrimonio. En “Las
Hortensias”, el deseo normalizado en la institución matrimonial avanza por
etapas de desvío y perversión: ambiguas complicidades de los representantes
de la norma —la mujer, el marido—: alianzas y traiciones. En otros aspectos,
las coincidencias entre ambos relatos se reiteran sin polarizarse en
opuestos: los protagonistas organizan rituales en que el silencio es
requisito y símbolo del dominio ejercido. Silencio amenazado por la
presencia del ruido (lo que segrega el cuerpo del Otro). La amenaza
reaparece en las confrontaciones del incesante “cuerpo a cuerpo”: tocar ser
tocado en “Menos Julia”; mirar-ser mirado en “Las Hortensias”.
Tocar, mirar: sustitutos del hablar. Presunción de cifrar un código emanado
del cuerpo, anterior y ajeno al compartido por la comunidad lingüística.
Código imprevisible y excéntrico: alejado del lugar común, del lenguaje. El
ritual del dominio se articula, así, como un ritual del silencio. El
silencio “para sí” de los mendigos en “El acomodador” es ahora el silencio
del amo, que lo impone para eliminar toda forma posible de discurso. Los
protagonistas de “Menos Julia" y “Las Hortensias” son dueños: de las cosas
que venden en sus tiendas, de los empleados que las venden para ellos. Con
esos bienes (capital excluido del circuito de la compra-venta) inventan el
ritual: la adivinanza imposible. Objetos y empleados sustraídos de la venta
ingresan en el sancta sanctorum del dominio para integrar el nuevo código,
que ha de ser secreto, irreductible a cualquier significado, inclusive para
el propio dueño. En “Menos Julia”, el dueño avanza por un túnel donde
“actúan” las empleadas de su tienda; en el silencio, el dueño toca a las
mujeres y toca objetos para adivinar quiénes o qué son, pero sobre todo para
eliminar lo adivinado: lo que puede verbalizarse. En “Las Hortensias”, el
dueño avanza por la galería de vitrinas donde los maniquíes de su tienda
representan escenas cuyo sentido debe ser indescifrable, o no coincidente
con el que les ha atribuido el oficiante que las ha armado.
El sistema de la adivinanza ha de ser in-significante. El juego ritual
exhibe una voluntad imperial: de autoridad —el dueño es donante potencial
del sentido indecible— y de censura —el dueño suprime todo discurso anterior
que vuelva propiedad común el sentido indecible. Delirio de remontarse a un
Yo primordial, aún no distanciado por la palabra de sus identificaciones
imaginarias: cuerpo que toca y mira para desmentir, desdecir el mundo.
Conducta extravagante: del personaje, delirante e irrisorio; de la
literatura que lo inventa, tan cercana del desasosiego como de la
trivialidad y la broma. Josefina Ludmer discierne con admirable nitidez las
dos faces de la estética felisbertiana: “por un lado la singularidad desde
dentro, como un modo en que el sujeto vive su relación consigo mismo (yo soy
único) y sus derivados: estetización de la memoria, los sueños, el pasado
personal, los modos en que habla el cuerpo, los silencios y los ritmos
interiores ... la marca de la literatura 'alta' de principios de siglo. Por
el otro la singularidad desde fuera, para los otros su perspectiva exterior
y social”, que “piensa la diferencia como desgracia, separación del grupo,
irrisión, y se burla de lo que diferencia: su modo de representación es la
caricatura”19.
En “Menos Julia” y en “Las Hortensias”, la caricatura se irisa en una
irradiación prismática. Caricatura del amo que dispone de los medios para
ofrecerse el espectáculo de su excentricidad (manías, ritos, locura).
Caricatura del documento inserto en el análisis clínico: relato, puntual del
testigo, curioso impertinente que registra la extravagancia del Otro.
Caricatura de la “palabra autoritaria” y la “palabra persuasiva” bajtiniana.
Caricatura a priori, incluso, de modelos propuestos para describir las
articulaciones del poder, el discurso y la verdad en la sociedad. “Como la
historia no deja de enseñárnoslo, el discurso no es simplemente aquello que
traduce las luchas y los sistemas de dominación, sino aquello por lo cual,
aquello mediante lo cual se lucha: el poder que se intenta poseer ... En una
sociedad como la nuestra, todos conocemos las reglas de exclusión ... Existen tres tipos de inhibición:
la ocultación de objetos, el ritual con sus circunstancias y el privilegio o
el derecho exclusivo de hablar de un tema determinado” (Michel Foucault).
Para los dueños de la extravagancia en los relatos de Felisberto, eliminar
todo discurso sería asumir un poder total,
pura emanación de la autoridad coercitiva: hacer callar. Arqueología del
silencio dominante. En “Menos Julia” y en “Las Hortensias” los protagonistas
organizan el ritual silencioso y sus complejas circunstancias, que exhiben y
a la vez disfrazan su deseo: rareza y también caricatura que hace reír al
Otro.
Los dos relatos del desquite y el quitado se desarrollan como expansiones
del núcleo que ha generado el relato precedente, “El acomodador”. “Lujuria
de ver”: esta variante metafórica de la expresión directa (ganas de ver) se
proyecta en modos diferentes en los textos subsiguientes. En “Menos Julia”,
la sustitución metafórica se transforma en otra: “enfermedad": “yo quiero a
mi... enfermedad más que a la vida. A veces pienso que me voy a curar y me
viene una desesperación mortal”. (O.C., 2,
pp. 72-73). El predicado “ver” es reemplazado por “tocar": prácticas del
cuerpo, del sujeto impulsado por el deseo de invasión y dominio. En “Las
Hortensias” no aparece otro significante que reitere con desplazamientos la
“lujuria de ver”, pero el texto entero es una expansión de la metáfora
literalizada: lujuria de ver del personaje que avanza entre las vitrinas
para no descifrar el sentido de las escenas
representadas por las muñecas mismas. El núcleo engendrador produce, así,
los relatos por dos vías: en un caso, mediante la reaparición modificada de
un significante; en el otro, ordenando la sintaxis narrativa.
Los desplazamientos y expansiones reaparecen en el nivel de los hechos
narrados. El ritual solitario de “El acomodador” —solo en su cuarto, solo en
la sala de vitrinas— es, en los textos que siguen, exclusivo, secreto, pero
la voluntad y el poder del amo lo organizan con todo un aparato escénico que
requiere oficiantes. Entre los tramoyistas y su maquinaria figuran el músico
y la música: una vez más, a través de la sustitución metafórica o como
presencias “reales". En “Menos Julia”, Alejandro, —empleado del dueño del
bazar y oficiante de su ritual—, “compone el túnel como una sinfonía”, es
“el Schubert del túnel”20 (O.C., 2, p. 46). En “Las
Hortensias”, el pianista Walter (guiño burlón: ¿Walter Gieseking?) debe
ejecutar las piezas programadas de espaldas al amo del ritual (otro guiño
burlón: pianista acompañante de película muda). La devaluación caricaturesca
es la del significante “música”: el ejecutante es ahora el que está al
servicio de quien tiene poder para tocar y mirar, aunque es incapaz de crear lo tocado y
lo mirado (tercer guiño burlón: el mecenas). A Alejandro —el como músico de “Menos Julia"—,
le encanta la soledad y el silencio entre olores de maderas. Una noche dio
un salto sobre los libros porque sonó el teléfono; la que se equivocó de
llamado, si guió equivocándose todas las noches; y apenas él la toca con los oídos y las intenciones. (O.C, 2, p. 76).
El ejecutante servidor se reserva para sí la práctica del cuerpo que —aunque
declarada puramente fantasmática por el amo— es de nuevo el vehículo para la
posesión.
Tocar para sí, tocar para el Otro. La música despliega en el texto una trama
de pugnas y alianzas con otros significantes: silencio, ruido. Relegada a lo
ornamental, la música que produce el servidor no es amenaza. Pero la amenaza
resurge con el ruido que hace estallar el silencio: carga de sentidos
latentes, discurso en potencia. En “Menos Julia”, la risa: oralidad no
verbalizada, significante sonoro y gestual, quasi
sermo corporis. En el túnel donde se desarrolla el ritual
silencioso, se mete un perro. Se oyen ”quejidos mimosos”; después
Alguna de las muchachas se empezó a reír y en seguida nos reímos todos. Mi
amigo se enojó mucho y dijo palabras desagradables; todos nos callamos
inmediatamente; pero en un intervalo que se produjo entre las palabras de mi
amigo, se oyeron con más fuerza los quejidos del perrito y todos nos
volvimos a reír. Entonces mi amigo gritó: —¡Vayánse todos! ¡Afuera! ¿Que
salgan todos! Los que estábamos cerca lo oímos jadear; y en seguida, con voz
más débil, y como escondiendo la cara en la oscuridad, le oímos decir:
—Menos Julia. (O.C. pp. 83-84).
En la superficie anecdótica parece resolverse la ambigüedad del título del
relato. Pero el significante que reaparece en el texto mismo la multiplica
reorganizando, reiniciando la lectura. El signo menos juega con el paradigma opuesto in absentia, más. Dramatización de la opción imposible para
el protagonista, el amo quitado. Menos Julia
significa también menos la “enfermedad”, las ganas. Más Julia (quedarse con Julia) es renunciar, restar: quitar. El
dueño del túnel se confiesa ante el narrador testigo (ahora erigido como
representante de la norma: es casado):
—Hoy fue al bazar el padre de Julia: no quiere que le toque más la cara a la
hija; pero me insinuó que no me diría nada si no hubiera compromiso. Yo miré
a Julia y en ese momento ella tenía los ojos bajos y se estaba raspando el
barniz de una uña. Entonces me di cuenta de que la quería. —Mejor —le
contesté yo—. ¿Y no te puedes casar con ella? —No. Ella no quiere que toque
más caras en el túnel. (p. 85).
”Menos Julia”: no más caras, no máscaras. El deseo queda desnudo, sin
disfraces ante la propia impotencia. Conducta de los significantes:
persecución mutua, acoso en circularidad inexorable.
La circularidad constituye el relato. Entre dos posturas fijas (inmovilidad
de un recuerdo al principio; inmovilidad del personaje, al final: fijado en
la alternativa imposible, repite la imagen de sí paralizada en el recuerdo),
el avance del suceder no es sino suspensión: pormenor del ritual. El
narrador testigo abre el relato evocando el recuerdo:
“En mi último año de
escuela veía yo siempre una gran cabeza negra apoyada sobre una pared verde
pintada al óleo”
(p. 73).
Es la cabeza del amo que ordena el ritual en el
túnel. En el “ahora” de los hechos narrados, el testigo repite la imagen del
recuerdo:
“Tal vez en aquellas mañanas de la escuela, cuando él dejaba la
cabeza quieta apoyada en la pared verde ya se estuviera formando en ella
algún túnel"
(p. 74).
El testigo cierra el relato reimprimiendo la imagen
inicial: si ha habido avance, es sólo el de esa sobreimpresión que corrobora
la desposesión ab initio: el dueño del ritual quiere ocultar el cuerpo,
incapaz de segregar (tocar) el vehículo de la apropiación:
Mi amigo estaba sentado con los codos apoyados en las rodillas y de pronto
escondió la cara; en ese instante me pareció tan pequeña como la de un
cordero. Yo le fui a poner mi mano en un hombro y sin querer toqué su cabeza
crespa. Entonces pensé que había tocado un objeto del túnel. (p. 85).
Clausurar especularmente el texto, terminar el informe de la extravagancia,
es ejecutar (como un músico una partitura; como un verdugo la sentencia) la
inversión tocar-ser tocado, que remata la
parábola del desquite.
La parábola vuelve a trazarse en “Las Hortensias”. El relato sin voz desde
dentro —sin testigo que declare organizar los hechos desde su propia
perspectiva— aparenta mostrar un suceder como proyectándose por sí solo
hacia el desenlace espectacular: disolución del sujeto, locura. Texto
clásico, “incompletamente reversible, modestamente plural”, diría R. Barthes
(S/Z), exige la lectura horizontal (relato de aventura privada): sólo a
partir de la conducta del personaje puede percibirse la presencia de los
significantes articulados en antítesis o en falsas alianzas. Pero también
aquí la lógica especular constituye el relato. Estética de la simetría para
narrar la dispersión. Ejes centrales: la duplicidad, la reiteración de los
símbolos actantes. La pluralidad del título es en verdad duplicación: la
mujer de Horacio y la muñeca Hortensia son dobles idénticos (si la mujer se
llama María, su nombre completo es doble: María Hortensia). Ambos son dobles
complementarios:
“Descontarle Hortensia a María era como descontarle el arte
a un artista. Hortensia no sólo era una manera de ser de María sino que era
su rasgo más encantador; y él (Horacio) se preguntaba cómo había podido amar
a María cuando ella no tenía a Hortensia"
(O.C., 2, p. 148).
Pero también:
“Hortensia era un obstáculo
extraño; y él podía decir que alguna vez tropezaba en Hortensia para caer en
María”
(p. 148).
La muñeca es a la vez el doble y la barra divisoria que
hace posible la duplicidad, la antítesis y —escándalo de la significación—
la contaminación de los opuestos. La duplicidad se prolonga en las
relaciones de los pares Horacio-María, Horacio-Hortensia, María-Hortensia:
complicidades, traiciones. Horacio “engaña” a María con Hortensia, a la cual
traiciona y sustituye con nuevos dobles: Herminia, la muñeca en la casita de
Las Acacias, la otra muñeca negra en la misma casa (a la vez reemplazada por
María bajo las mantas de la cama). Las “perversiones“ eróticas de Horacio se
culturalizan: delirio “normalizado” según las pautas de lo conminatorio y lo
facultativo en el medio pequeño burgués, que ya ha previsto las
combinaciones de lo prescrito (matrimonio), lo prohibido (relación con el
fetiche), lo permitido (el adulterio masculino), lo libre (complicidad con
el adúltero para retenerlo; reacción “admisible” de la indignación y los
celos). Lo prohibido mismo se socializa: el fabricante de muñecas las
construye en serie, las instala en el mercado con el aditamento de la su
puesta exclusividad:
“El nombre genérico es el de Hortensias; pero después el que ha de ser su dueño, le pone el
nombre que ella inspire íntimamente”
(p. 161).
La duplicidad es reiteración:
exhibición, justificación, disimulo.
En este relato “veloz” de la aventura privada socializada, la duplicidad lo
organiza todo: los elementos simbólicos, la estructura especular de la
sintaxis narrativa. Horacio sólo teme un doble: la imagen de su cuerpo,
lugar de la carencia, de la improductividad. En la “casa oscura” los espejos
están cubiertos con cortinas, están inclinados para que no reflejen a quien
los mira: son servidores como los oficiantes del ritual silencioso:
“Esa
pequeña inclinación hacia el piso le daba la idea de que los espejos fueran
sirvientes que saludaran con el cuerpo inclinado, consérvando los párpados
levantados y sin dejar de observarlo”
(p. 167).
Los espejos actúan la
inversión que destruye la ilusión de dominio: mirar-ser mirado21.
El ruido-risa (o grito: otra oralidad no verbalizada) determina la sintaxis
narrativa. El ruido abre el texto (“Al lado del jardín había una fábrica y
los ruidos de las, máquinas se metían entre las plantas y los árboles” (p. 137) y lo cierra (“...y cuando María y el criado lo alcanzaron, él iba en
dirección al ruido de las máquinas" -p. 179-). El ruido es la amenaza que
ejecutan el grito y la risa. María se
introduce en una de las vitrinas junto a las muñecas inmóviles. Como el
narrador testigo de “Menos Julia”, toca a Horacio. Viola dos veces las pautas del ritual: se mueve,
grita. El movimiento y el grito, la inminencia del discurso, fijan a Horacio
en la mecanicidad caricaturesca:
“...levantó la cabeza y, con el cuerpo
rígido, empezó a abrir la boca moviendo las mandíbulas como un bicharraco
que no pudiera graznar ni mover las alas”
(p. 179).
Y en el interior mismo
del espacio textual limitado por la doble marca de apertura y cierre, el
ruido rea parece instaurando otra manera de duplicidad: enunciando,
insinuando sentidos (“empezó a darse cuenta de que algunos de los ruidos
deseaban insinuarle algo; como si alguien hiciera un llamado especial entre
los ronquidos de muchas personas para despertar sólo a una de ellas”),
escamoteándolos (“Pero cuando él ponía atención a esos ruidos, ellos huían
como ratones asustados” (pp. 139-140), intercambiando mensajes que excluyen
al dueño del ritual, aislado en su silencio (“Creyó comprender que las almas
sin cuerpo atrapaban esos ruidos que andaban sueltos por el mundo, que se
expresaban por medio de ellos y que el alma que habitaba el cuerpo de
Hortensia se entendía con las máquinas" -pp. 149-150-).
El silencio afirma el poder del amo; el ruido espiritualizado lo amenaza; el
grito, la risa lo denuncian. Entrampado en sus propias estrategias, el amo
se descubre despojado. El cuerpo del Otro clama y reclama: grita, ríe,
acusa: se burla.
Ana María Barrenechea en su artículo “Macedonio Fernández y su humorismo de
la nada”23 despliega una medida que es nota
fundamental para explicar el humor de Macedonio. La firme sentencia es clara
y persuasiva, puesto que se funda en el propio dictamen de Macedonio. El ha
dicho: “Sé que no valgo ni quedaré salvo por algún chiste muy estudiado que
resultó".
A.M. Barrenechea divide la declaración en dos afirmaciones muy distintas.
Una se convierte en medida, la otra, es excluida por ser una petición de
efímera eternidad.
La medida resulta del propio reconocimiento de Macedonio en el ejercicio
prolijo de su meditado humor, que reza así: “por algún chiste muy
estudiado".
En cuanto a la otra, Barrenechea contempla la dificultad de la predicción de
la gloria de un escritor, y la obvia, porque la mirada de un contemporáneo
no está ejercitada para esos menesteres.
Pero la expresión, que es nota fundante, le permite a ella el traslado de
llevar aún más allá 24,
es decir, le permite llevar de una afirmación a otra siguiente (que
enunciará después), o dicho de otro modo, le permite el movimiento del
chiste hacia el humorismo, del mero jugueteo verbal hacia la creación que
rebasa.
Y la declaración es de hierro, pero convincente, porque su esplendor le
viene de lo dicho por el mismo Macedonio: "...se puede reconocer que el
humorismo de M. Fernández rebasa el mero jugueteo verbal, y crea bajo la
aparente dispersión un mundo del no-ser, nítido y coherente".
Vinculadas, por medio del traslado, las dos sentencias (la de Macedonio y la
de Barrenechea) se concluye de este modo: el chiste, en cuanto que es “muy
estudiado” (y según el diccionario estudio significa obra en que un autor
dilucida una cuestión) hace surgir el humorismo que no se detiene en el mero
jugueteo verbal, por el contrario, se mueve para rebasarlo y así concluir en
la creación, convirtiendo lo verbal en “un mundo del no-ser, nítido y
coherente”. Es decir, se eleva de su condición, y con ello deviene otra
cosa, o dicho del siguiente modo, el lenguaje del humor expresa el mundo del
no-ser, creándolo.
Al decir Barrenechea “el humorismo crea un mundo” se ve obligada a medir, a
sopesar la gravedad de este verbo, llevándolo hasta sus procedimiento
últimos: “Macedonio lo construye con el ingenioso manejo de abstracciones,
como objetos concretos, lo enloquece con el disparate llevado
congruentemente a sus últimas consecuencias” (corto la aseveración aquí
porque su última frase escapa a mi convicción; ver artículo de
Barrenechea).
Crear tiene el sentido de construir, y se construye por medio del manejo de
abstracciones como objetos concretos. Es decir, rebasar el mero jugueteo
verbal significa convertir las abstracciones en objetos concretos.
En rigor, ahora, cabe la pregunta que se rezuma de lo ya dicho; pregunta
que, al hacerla Barrenechea, lleva al fundamento, o sea, lleva a la
explicación: “¿cómo y por qué llegó a crear ese mundo de la nada? El fallo
es definitorio: En No todo es vigilia la de los ojos
abiertos expone ideas filosóficas que lo explican”. Es decir, ese
mundo de la nada tiene su explicación en “las ideas”. El cómo y el por qué
conduce a su metafísica.
Yo tomé algunas de esas ideas, para ello me detuve en un artículo inédito
que Adolfo de Obieta incluye en las reediciones de 1967 y 1977 de “No todo
es vigilia” (Centro Editor) porque lo considera como perteneciendo a la
constelación de este libro. Dice que es uno de “los textos introductorios o
sensibilizantes” para aliviar la primera lectura del mismo. Abandono la
intención de indagar si tal afirmación es correcta o no, tampoco la
desestimo.
Mi artículo es el comentario de ciertos problemas, no la defensa de una
tesis. En ese caso no estoy obligado a decirlo todo, a agotar lo dicho por
Macedonio. Siendo éste un modo menos rígido que el otro y aunque atento al
“amor" de algunas palabras y “amigo” de conducirlas a otras, o sea, de
llevarlas aún más allá, entonces, es más menesteroso, puesto que se puede
obviar con la lectura directa de Macedonio, y surge sólo por el enigma y la
fascinación que puede ejercer Macedonio, y por el íntimo placer de la
meditación.
El artículo, “Bases en Metafísica” (1908, inédito). El problema, saber por
dónde se conduce la Metafísica, adónde llega con su más allá y qué son Bases
en ella. El comentario, un movimiento que despliega dividiendo y vinculando
la trama de cuestiones, que se tejen entre sí completándose con fragmentos,
pero sin disolverlos.
Si se considera el término Metafísica cuya procedencia griega es ineluctable
y sin demorarse en cómo entendían o comprendían los antiguos aquello que
concibe la Metafísica, tampoco en la vaguedad del surgimiento mismo de la
palabra, que un minucioso y distraído bibliotecario según cuentan los
eruditos acuñó como una forma de clasificación. Si lo consideramos en su
composición por amor a la división, no ignoramos por múltiples manuales, que
Metafísica es una palabra compuesta de un prefijo y un núcleo, cuyo
significado es “más allá de la física".
Fijado el lado terminológico, y no cayendo en una predicción debida a la
vocación por lo profético, adelanto un doble sentido de Metafísica, sin
voluntad de agotar las significaciones que da Macedonio, puesto que hay un
tercer sentido que más adelante se expresa.
Por un lado, es “una tentativa de ineludible solucionalidad”, y por otro,
“la busca de las causas del asombro de existir", “que constituye (la)
perplejidad única de la metafísica”25.
Si se vincula de un modo amplio atendiendo más a la simetría que a la
oposición, a lo común y no a lo diferente, estrujando y apretando estas
palabras, gotea un meditado y fino voluntarismo. Pero basta mencionarlo.
Tentativa, según el diccionario, es una acción que experimenta, ensaya una
cosa, y busca; una acción de buscar, o sea, hacer diligencias para encontrar
alguna cosa. Lo simétrico, que son acciones; lo diferente, una, quiere
encontrar alguna cosa, otra, experimenta una cosa.
Me detengo parsimoniosamente en la senda de la perplejidad macedoniana y en
esa demora nos enfrenta al único problema de la Metafísica. Cabe, entonces,
la pregunta: ¿en dónde surge la perplejidad? Según Macedonio se condensa en
la siguiente oposición entre “la no visión del niño” y “el conjunto mental
del hombre”. Y ahí, en ese punto equidistante, surge el asunto que urge
solución.
Al inicio Macedonio solicita al lector, sin preámbulo, que se ubique por
medio de la imaginación en condiciones ambientales ideales, y con el
agregado de la virginidad de su visión que se homologa a la visión del niño.
Y así, de este modo, efectúa una doble pregunta vinculada por una
conjunción. La primera, ¿Qué habría en tal situación en el Espíritu y en la
realidad exterior del niño? O sea cuál es su haber, qué tiene y no
tiene.
Pero la explicación se vislumbra con plenitud en la segunda pregunta: ¿Y qué
puede añadirle de esencial, es decir, de fenomenal a la experiencia de un
hombre?, o sea, la pregunta es, si el niño adolesce o no. La firme réplica
es filosa puesto que niega: “Nada absolutamente puede añadir la experiencia
al fenómeno y el hombre al recién nacido".
Queda sólo la visión del niño frente al fenómeno. El hombre con su
experiencia nada le añade. Y ¿cómo es ese fenómeno o qué es el fenómeno? La
negación de la experiencia que añade por medio de su separación, conduce
hacia la manifestación, lleva al fenómeno: “sonidos, contactos, aromas,
temperaturas, formas, colores incluso los de su cuerpo—, sensaciones
musculares y de cinestesia dolorosas y gratas, tal es toda la Realidad del
niño y la única posible".
No sólo es toda la Realidad del niño, el fenómeno, sino que también es la
única posible Realidad, es decir que va más
allá de la visión del niño puesto que comprende a la experiencia del hombre
como perplejidad Y ¿qué es esta experiencia? Es un añadir; y ¿qué añade?,
añade lo que no es.
Pero consideremos “lo que no es” la realidad: “ni exterior, ni interior, ni
material, ni psíquica, ni espacial, ni temporal”, estas nociones son
añadidas, la navaja de Macedonio es este dictamen del ni.
Retomo el hilo de lo anterior, para contemplar la perplejidad. Esta surge
porque el hombre las añade con su experiencia y, por eso, se asombra el
existir de este modo y se hace preguntas improcedentes.
Corto esta palabra “la única posible”, y sangra potencia. Potencia es lo que
puede, o sea, el querer, basta indicarla nada más.
El conjunto mental del hombre es la experiencia con las ubicaciones, lo que
se añade, y por tanto, el abandono de la visión del niño. Pero, la
Metafísica, en cuanto es la busca de la causa del asombro del existir, da
cuenta de este abandono como perplejidad que debe ser resuelta, o sea, es la
tensión de la Apercepción que se ciñe frente a la Percepción.
Pero, conviene llevar aún más allá el otro concepto de Metafísica, el otro,
que reza como “la tentativa de ineludible solucionabilidad”, de ahí,
proviene la pregunta que fija: ¿Cómo llegamos a esa solucionabilidad? Según
Macedonio, “en ciertos momentos de plenitud mental” es decir, accedemos a
ella, a su positividad, por medio de la plenitud mental, pero limitada a
ciertos momentos.
“Ciertos momentos” significa que la plenitud mental se fracciona en alguno
de ellos, o a la inversa, ella no se cumple en todos los momentos, o sea, no
es siempre. La plenitud mental no es continua, sino que es por algunos de
los momentos, es la fracción de uno de ellos que tiene la propiedad de ser
cierto. La fragmentariedad sobrevuela, se filtra en su meditado voluntarismo
casi como nota del fenómeno. La Metafísica llega a su destino, pero en
ciertos momentos le es vedada la continuidad, puesto que ésta se funda en la
Apercepción.
Detengo esta plenitud mental, puesto que ella es dinámica, y lo es porque
niega la Apercepción. En su negar deja algo atrás y va más allá. Cabe la
pregunta: ¿dónde se detiene, frente a qué cosa se fija?
Así, como por el imaginar se trasladó hasta la visión del niño, con la
plenitud mental llega a lo otro de ésta, llega a lo que tiene frente a sí,
la visión del niño.
Sentencia Macedonio: “En ciertos momentos de plenitud mental olvido mi yo,
mi cuerpo, mis vinculaciones, mis recuerdos, el pasado, todas las
impresiones y actos que determinaron mi alejamiento y todo el largo trayecto
de evasión y distanciamiento."
El olvido niega despojando todas esas notas y se traslada hacia lo nudo.
Pero, qué hallamos o “qué me parece”. “Paréceme que siempre he estado allí o
que acabo de comenzar mi existencia”. El olvido lleva a la existencia que se
muestre en esta doble oposición. El “siempre he estado allí” se forma “como
acabo de comenzar” y el "acabo de comenzar” se contiene en el “siempre he
estado”. De este modo, se concibe, o sea, se comprende la expresión “en
ciertos momentos" trasladándola al fragmento, que brilla como tal en la
oposición donde se vincula y se liga, pero, recortándose.
Llegado ahí Macedonio indica que: “tiempo y espacio son ya nociones
desvanecidas” y por tanto “todo ocurre sin ubicación alguna: ni próximo ni
separado, ni durando o perdurando, ni anterior o posterior".
Conviene ahora dar respuesta a la pregunta configurada: "¿qué tiene ante sí
la plenitud mental”? La firme réplica esplendece: “Tiene El Fenómeno, el Ser
en su plena realidad, es decir el color, el sonido, el contacto, el pro, el
fenómeno, ocurriendo en el Ser, es decir ni en mí ni exteriormente a mí” y
culmina: “Fuera de esto nada existe".
Con el imaginar y la plenitud mental se traslada, lleva aún más allá el
Percibir frente a la Apercepción, lo suelto ante lo atado, el viento frente
a la tierra.
Pero ¿qué cosa certifica que el traslado es la medida justa? o preguntado de
otro modo, ¿Cómo sabemos que no es un delirio, o sea, un salir del
camino?
Sin ánimo hacia la paradoja, no vacilo si esta medida es punto de origen o
de invención. Se trata, tanto de un comienzo inmediato, o sea reciente, como
de un comienzo que fue siempre. En este aspecto la ambivalencia reina; en
tanto comienzo, no, puesto que permite el traslado.
El comienzo es el punto de inflexión desde dónde cabe el retorno. Retorno de aquello por el cual se reflexiona.
Lo cierto que hace de mi una flexión, o a la inversa, soy lo que soy al contemplarlo.
Pero lo que permite la flexión tiene que nombrarse, y el nombre lleva a la
palabra. Y ¿qué son las palabras? Macedonio señala “La realidad, pues, el
ser son palabras, series de sonidos de laringe o de letras escritas que
aplicamos a todo lo que es”.
Primero, establece la identidad entre la realidad, el ser, y las palabras.
Luego, las palabras tienen un doble aspecto, por un lado son sonidos y por
el otro son letras escritas. Quiere decir que escuchando o leyendo estamos
frente al Ser. Se funden las palabras con el Ser. Esto proviene de la
aplicación de las palabras a todo lo que es y no es.
Aplicar: otro término que hace surgir a la voluntad como un hilo que teje la
trama. Macedonio postula: “Parece que para que de alguna cosa dijéramos que
es, que existe, que es un fenómeno, es preciso que haya otras que no sean,
que no existan; y efectivamente tal es lo que ocurre y esta diferente noción
surge de una distinción sentida".
La aplicación deviene de una distinción sentida. Sentida conviene al sentir
de los sentidos. Se siente la sensación, se la percibe, también se percibe
la imagen y por tanto se la siente26.
Percibir es saber algo de algo, y saber algo de algo es sentirlo, por lo
tanto percibirlo.
Pero en esta distinción sentida ¿qué sentimos? Sentimos lo que es y lo que
no es, entonces, sabemos el ser del no ser. Sabemos lo que no es: “el
tiempo, la materia, el espacio, la relación, etcétera”. Sabemos lo que es:
“el color rojo, un sonido grave, un olor grato, un contacto áspero, un
deseo, etcétera”.
De este modo, se llega a que la distinción sentida es un comienzo, pero,
sólo un comienzo, porque ella deviene base, punto que sostiene y conduce a
la aplicación de las palabras a lo que existe y no existe antes que se
convierta en Visión, o sea, su fin; fin que no es continuo sino fragmentado,
puesto que es Percepción.
Pero, cuando se llega a la visión se suprime la diferencia entre ser y no
ser, sólo tenemos al Ser pleno, puesto que no hay ni interior ni exterior
según Macedonio. Por consiguiente, al inicio, el no existir, como es
nombrado cae en forma de añadido, cae como modo de la Apercepción, que,
luego, tanto el método de la contemplación, como el humor disolverán esos
agregados, esas ubicaciones.
Retomo lo que fue dicho, resulta que el traslado, el llevar aún más allá, se
efectiviza con las palabras, puesto que se aplican a lo que es y no es,
fundiéndose el existir y el no existir en forma de palabras. La distinción
sentida deviene en palabras cuya medida sostiene a la división, o sea, la
división se objetiva en palabras.
Esta distinción sentida es el punto de inflexión y así se convierte en
medida justa. Cabe preguntar sobre su posibilidad, es decir, de dónde viene
esta capacidad de saber qué es la dimensión sentida. La pregunta se aclara
más adelante. Flexiono lo que fue sentenciado. Metafísica es busca y también
tentativa de ineludible solucionabilidad. Pero cómo surge ésta. Declara
Macedonio:
“Metafísica es el temperamento que se inclina persistentemente a pesar que
puede llegar a la más plena y clara explicación de la esencia y la
existencia de la Realidad".
Surge del temperamento que hace de alguien un Metafísico. Y si es
Metafísico. Y si es Metafísico entonces se inclina persistentemente a pensar
que puede. De nuevo se tiene aquí el poder, a la potencia que persiste a
pensar, se la tiene, pero del lado del temperamento; aún falta otra
dimensión que sea la del Ser. El voluntarismo se despeja, se muestra
llevando al pensamiento a su fin, llevando al Ser. Cabe la pregunta: ¿Se
puede llegar a la plena y clara explicación? Macedonio sentencia que sí.
Se llega por el “Contemplar puro”. Y con la plena y clara explicación “el
Fenómeno quedará suelto del asombro Metafísico”. La perplejidad se disuelve,
el asombro metafísico se volatiliza. Por tanto, la Metafísica lleva aún más
allá del asombro, lleva hacia la Percepción. Es una vía para disolver el
asombro, una vía que persiste en pensar que puede, una vía que alcanza su
fin, disolver el asombro.
Haciendo una anáfora vuelvo al Contemplar puro, y expreso: ¿qué es la
Contemplación? Macedonio sentencia que es uno de los métodos de la
Metafísica, el otro método es la pasión27. Los dos son
mecanismos que proporcionan la Percepción pura de cualquier estado. “Ambos
suprimen el asombro de existir o el asombro del Ser, dan plena Visión".
Si la Metafísica es una vía de “tentativa de ineludible solucionabilidad” y
también “la busca de las causas del asombro de existir” (la única
perplejidad metafísica), entonces, cuando alcanza a la plena visión, o sea
su fin, es otro modo, es otra vía, la vía de la Visión, es decir, también
Metafísica es Visión.
La Metafísica en cuanto Vía, en cuanto llevar aún más allá de la
Apercepción, es el movimiento de estos tres sentidos que conducen a la
plenitud, plenitud fragmentada, no continua. Ahora titila otra pregunta:
¿quién posibilita a la plenitud? Queda en vilo este interrogante.
Si uno se aproxima un poco más a la Contemplación, nota que Macedonio declara: “Es el esfuerzo de atención conducente a depurar la
Percepción de los fenómenos o estados".
Y ¿en qué consiste este esfuerzo de atención? “Nos sustrae por un esfuerzo disasociativo de la eficiencia y peculiaridad
de la Apercepción".
El esfuerzo de atención es una actividad de negar lo asociado, como lo
denomina Macedonio, es un esfuerzo desasociativo que nos sustrae de la
Apercepción. Y ¿Cómo nos sustrae de ella? Por medio de “la inspección
concreta y lógica de cada forma de ubicación”. Produciendo así: “la
evanescencia de esa forma”, y de este modo se llega a que “la perplejidad
Metafísica se disuelva naturalmente.”Efectivizándose en lo siguiente: "Entonces realízase la plenitud
de intelección y el fenómeno nos aparece autoexistente, es decir
inteligible".
Detengo esta explicación; cuando el Fenómeno se muestra autoexistente, se
muestra en sí mismo sin añadidos, entonces se torna inteligible.
Inteligible es lo que se comprende, lo que se piensa en sí mismo, es aquello
que no se sustrae a un otro. Y el Ser consigo mismo que no es en otro se
vuelve inteligible.
Pero ¿qué es la Apercepción en cuanto que añade? Macedonio enuncia: “Es el
proceso constructivo, ubicativo, congénito a nuestra estructura
psicológica”. No explica Macedonio en este artículo qué significa congénito
y por qué produce no existencia. Pero se lo puede inferir del siguiente
modo: En cuanto la visión del niño es ocultada por el proceso de madurez con
la experiencia de lo vivido que deviene lo propio de la actividad de la
Apercepción con su asociacionismo; y tampoco atendemos a la diferencia
sentida que es la medida cierta en la aplicación de palabras al existir como
al no existir (aquí se funde en palabras tanto lo que es como lo que no es),
es decir, no se considera esta dimensión, no se tiene en cuenta a los
sentidos, al Percibir, al saber algo por medio de la sensación y la imagen
sin relaciones, a saber lo que es, de lo que no es. Caen las palabras que
nombran lo que existe confundiéndose, tejiéndose, sin que medie la
distinción sentida, con las palabras que nombran a lo que no existe, y de
este modo damos prominencia a la experiencia que establece relaciones, a lo
añadido por la Apercepción, que es una actividad congénita a nuestra
estructura psicológica.
Siendo la Apercepción un proceso constructivo, ¿cómo opera? Actúa “en la
confluencia del asociacionismo interno o espiritual con la causalidad
exterior o material”. ¿Y qué produce? “Crea la inmediación o contigüidad de
todos los fenómenos que siempre entre sí se han modificado”. Es decir que
"cualquiera de ello que percibamos o evoquemos es seguido de la leve pero
real reviviscencia de todos los otros”, o sea, que “llena todos los
intervalos de la Percepción”.
¿Cómo hace la Apercepción para que surja la contigüidad? “Seleccionando
todos los casos que no han sufrido excepción en su experiencia”. Y ¿a qué
llega con esto? A que: “En la Apercepción el Mundo y el Yo se nos aparece
como el Ser en continuidad de existencia, o sea como una sustancia continua
y permanente desenvolviéndose sin interrupción".
Formulo con el otro término lo siguiente: ¿qué es la Percepción? “La
Percepción por su naturaleza es fraccionaria y discontinua”. Tenemos la
naturaleza de la Percepción y ¿cómo se sabé esto? Se la siente tanto “en la
conciencia o sensibilidad del niño” como “en un estado contemplativo en el
hombre”Macedonio homologa la sensibilidad del niño al estado contemplativo,
pasa de una a otro por medio del imaginar, como se vio al comienzo de su
artículo y así de este modo se puede comprender la conciencia o sensibilidad
del niño, o sea, que la visión del niño es inteligible.
Por un lado, establece Macedonio la unidad de la Percepción en cuanto
fraccionaria y discontinua. Y de este modo ocurre que “cada Percepción se
produce suelta y desligada como caen las campanadas de un reloj en nuestras
orejas distraídas".
Por el otro lado, está el fenómeno que veremos luego como se manifiesta.
El método de la contemplación depura la Percepción mediante el esfuerzo
disasociativo, que consiste en la inspección concreta y lógica de cada forma
de ubicación. Y ¿qué tiene enfrente la Percepción, puesto que ella está
suelta y desligada?
Tiene el Fenómeno, el Ser en su plena realidad, y así accede a la
“Percepción perfecta, la aquiescencia intelectual plena con la existencia de
la existencia, del fenómeno, del ser, de la Realidad”, llegando al
conocimiento perfecto.
Ahora cabe tal pregunta: ¿es posible el conocimiento perfecto? Macedonio
declara: “El conocimiento perfecto es un caso de la ilimitada posibilidad
del Ser o fenómeno, cuya ilimitada posibilidad significa que el fenómeno o
el Ser no está sometido a necesidad alguna, o sea a relación o forma alguna
necesaria".
El conocimiento perfecto proviene de la ilimitada posibilidad del Ser. El
Ser posibilita el conocimiento perfecto que él puede dar. El conocimiento es
producido por la potencia del Ser, el Ser quiere al conocimiento, por eso lo
posibilita.
De este modo, por lo dicho anteriormente, teníamos de un lado al carácter
que se inclina persistente a pensar que puede; o sea, se tenía al poder del
lado del carácter, siendo así metafísico; del otro lado del carácter se
tiene ahora el conocimiento perfecto que llega del Ser que puede. Por tanto,
se condensa el poder de un lado con el del otro, alcanzando así el
conocimiento perfecto y de esta manera la Metafísica conviene con la visión.
De este modo el voluntarismo deviene visión.
Para que alcance la Visión se tienen que suprimir las formas: Causación,
Espacio, y Tiempo, el Número o la pluralidad y la diferenciación. ¿Y cómo se
llega a la supresión de ellas? Se las suprime “mediante un estado de gran
exaltación intelectual”, o también “después de una larga preparación del
espíritu”. Concedido esto ¿cómo se muestra al Ser? Se manifiesta como un
fenomenismo inubicado, o sea como “una discontinuidad de estados sin
ubicación en lo Exterior ni en lo Interior, es decir como produciéndose ni
en el Yo ni en el Mundo Exterior".
Fenomenismo inubicado significa discontinuidad de estado sin ubicación. Y
con el acontecer de estados sin ubicación niega a lo Exterior y lo Interior;
al yo y al mundo exterior. Confirma Macedonio declarando: “En la
contemplación más próxima, última, más perceptiva de la Realidad o del Ser,
aparece como una pluralidad inubicada".
Pero la pluralidad es problemática. Conduce a la diferencia, a lo múltiple,
y de este modo se introduce de nuevo la Apercepción. Aunque si consideramos
dos aspectos de la pluralidad, uno como categoría propia de la Apercepción,
el otro ocurriendo en el Ser, se logra salvar dicha apreciación.
Una pluralidad que conduce a la diferencia entre espíritu y materia interior
y exterior, yo y mundo tiene la trama de la Apercepción.
En cambio la otra ocurriendo en el Ser, en los acontecimientos puros de
estados, sin ubicación, es de la misma naturaleza que la percepción
fraccionaria y discontinua, suelta y desligada.
Me demoro en esto: el Ser se manifiesta como "una pluralidad inubicada”.
Pluralidad inubica da significa “discontinuidad de estados sin ubicación". Y
la percepción en cuanto forma del conocer es “fraccionaria y discontinua”,
“suelta y desligada”. Conviene tanto al Ser como a la percepción el término
discontinuidad: ambos son discontinuos. Pero ¿qué conoce la percepción?
Conoce al Ser. Lo conoce mediante el esfuerzo de la contemplación y de este
modo se llega a la percepción del Ser. Y como Ser y percepción son
discontinuos, este termino permite la identidad de ambos. Mas si son
idénticos, dirá Macedonio, son intelegibles. Homologa Ser y percepción
mediante la discontinuidad. Manifiesta, de este modo, una identidad
fraccionada por la discontinuidad tanto en un término como en el otro, y así
deviene inteligibilidad.
Sentencia Macedonio: “la Realidad, el Ser es un fenomenismo inubicado” y la
percepción es la percepción perfecta cuando capta al Ser, y lo capta cuando
es “suelta y desligada”. Tenemos así la identidad de un término con el otro.
Y así el Ser, la existencia se muestra idéntico y “por tanto plenamente
inteligible".
Inteligibilidad significa identidad del ser, en cuanto fenomenismo
inubicado, con la percepción fraccionada y discontinua, y de este modo se
alcanza la plenitud del saber.
Y si alcanzamos la plenitud del saber, entonces la metafísica llega a la
visión. Visión es la identidad alcanzada por medio de la discontinuidad que
hace plenamente inteligible al ser con la percepción.
Pero si la Metafísica es tentativa, ensayo, también busca y por tanto
visión, ¿qué significa bases en Metafísica? “Bases” son estas vías seguidas
por la metafísica cuyo punto de unidad es ir más allá como comienzo, y cuyo
resultado es la plenitud de la visión por medio de la discontinuidad que se
identifica en sus fragmentos.
En cuanto la plenitud mental se da en ciertos momentos, no en la continuidad
de ellos sino en el fragmento, tenemos que el momento de la tentativa
conduce a la busca, y el momento de la busca a la visión y todo ocurre así
por que metafísica es llevar aún más allá. Y como metafísica es un saber
pleno del ser. Y el saber pleno es posibilitado por el Ser. Y Ser es
potencia que concede al saber, saberlo, entonces, es voluntad del Ser
conducirnos de ciertos momentos a otros momentos ciertos. La metafísica es
el despliegue que vincula fragmentos sin disolverlos en ciertos momentos que
trascurren en otros momentos ciertos.
“Bases” son los caminos que se asienta en la identidad fragmentada. Por
tanto, la metafísica no es un sistema puesto que es fragmento, tampoco una
ciencia porque no clasifica ni ubica, pero, sí visión idéntica que se
fragmenta. Y los fragmentos se vinculan discontinuos en la visión. En esto
consiste la coherencia y la convicción de Macedonio. El argumento que no
merezca replica en cuanto consolida un sistema sin contradicción no figura
como un único plan, como un único fin. El fin más fuerte es desacomodar a la
Apercepción con su juego de desvío que añade ubicaciones a la percepción.
Quiere disolver las ubicaciones para que, la percepción surja suelta y
desligada.
Pero, si el mundo de la apercepción son las continuas ubicaciones en el
tiempo y en el espacio donde se da la serie de lo múltiple, conjugadas en
Causalidades, y si nombramos al mundo de la apercepción como mundo de la
vida que se compone de vida histórica, vida política y social, vida natural,
entonces, cabe la siguiente pregunta: ¿qué papel juega el humor en él? o
dicho de este modo, ¿qué función cumple el humor en el mundo de la
apercepción? La función es desacomodar, disolver las ubicaciones. El prolijo
y meditado humor con su leve sonrisa prodiga un suave escepticismo que niega
lo que es habitual. Lo niega por medio de un lenguaje que construye un mundo
de la nada cuya explicación nos conduce hacia su metafísica. Pero, si el
humor es un procedimiento que desubica y construye con el lenguaje un mundo
de la nada frente al mundo de la apercepción (como él lo llama), y el mundo
de la nada recibe su explicación en su metafísica, entonces, se puede
considerar al humor como un procedimiento metódico que nos conduce hacia
ella.
De este modo hay un tercer método que conduce hacia la visión y como visión
es una vía de la Metafísica y como bases son vías, por tanto, tenemos otra
base en metafísica. Sentencia Macedonio: “el Ser tiene que ser perfectamente
inteligible”; para ello son estas bases, estas vías para que “cada
percepción se produzca suelta y desligada” como ya caen y y caen las
campanadas de un reloj en mi oreja distraída.
Hablamos, quizá demasiado, acerca de corpus, de cuerpos escritos, de cuerpos textuales, de textos de goce o de
textos de placer: erótica de la escritura. Pero hay una escritura del
erotismo. Escrituras que reverberan sobre cuerpos imaginarios; golfos de
luz que fulguran sobre sombras oscuridades; flancos súbitamente nítidos
entre voladuras de palabras. El lenguaje oculta y deso culta un cuerpo
deseado y fugitivo:
“La fugitiva ninfa en tanto, donde hurta un laurel el tronco al sol ardiente, tantos jazmines cuanta yerba esconde la nieve de sus miembros dá a una fuente"
escribe Góngora. Si el lugar del erotismo es aquel donde la vestimenta
se abre (Barthes, 1978, 17) la escritura erótica comienza en la
desviación de tropo. El cuerpo de Galatea, nieve y jazmín, aparece en el
mismo instante del desvío metafórico: aparece, paradójicamente, cuando
se lo oculta. Cuerpo análogo al jazmín y a
la nieve, su peso imaginario ya no puede separarse del jazmín o de la
nieve. Lezama Lima anotó este fenómeno: “Yo creo que la maravilla del
poema es que llega a crear un cuerpo, una sustancia resistente enclavada
entre una metáfora, que avanza creando infinitas conexiones; y una
imagen final que asegura la pervivencia de esa sustancia, de esa poiesis" (citado en: Sarduy, 1969,
68).
Cuerpo imaginario
El cuerpo imaginario de la poesía erótica alcanza su materialidad
poética a través de sucesivas desapariciones. Cuerpo real como cuerpo
deseado; cuerpo deseado como cuerpo imaginado; cuerpo imaginado que, por
virtud translaticia de la metáfora, alcanza una sustantividad distinta,
al punto que ese cuerpo sólo puede ser deseado bajo palabra, como
cristal o llama, transparencia o combustión; palabra que, además, entra
en una vorágine reverberante donde el cristal es agua o la llama,
crepúsculo. Vértigo connotativo: palabras que, predicando acerca del
cuerpo, espejean unas a otras y predican acerca de lo poético. En este
punto comprendemos que el lugar del poema es aquél donde el erotismo se
abre, es decir, el erotismo es una extensión utópica donde la poesía se
realiza para hablar de sí. Extensión utópica como no-lugar del cuerpo,
objeto del erotismo, y lugar de la poeticidad, como cuerpo visible. O,
inversamente, el cuerpo del poema como imagen aparece a través de las
sucesivas mutaciones metafóricas del cuerpo del erotismo, representando
así un antiguo drama: el amoroso, tantálico afán del poema por alcanzar
el cuerpo del mundo, nombrándolo y la
consiguiente desaparición del mundo cuando aparece como mundo imaginario.
Monólogo amoroso
El poema sería un antiguo drama, pero también un pequeño drama, tal como
lo definieron los new critics:
“every poem can be —and in fact must be— regarded
as a little drama”
Según
este aserto, el poema supone un hablante, un agonista. La ambigüedad del
lenguaje y los puntos de vista complejos puestos en juego en el poema no
se resuelven mediante la lógica sino según principios análogos a los de
la dramaturgia. Poema: monólogo dramático, puesto en escena de una voz.
Coincidencia con Bajtin quien, desde
una posición teórica diversa, afirmaba el carácter monológico del
discurso lírico. Un discurso donde no hay voces en disputa, sino un yo
organizador y autosuficiente, que no es el yo romántico, sino el eje
pronominal de una enunciación unitaria (1978 107-110).
El poema concebido como un monólogo dramático o soliloquio podría ser
relacionado con el discurso amoroso. Cuando Barthes debió referirse a él
en los Fragments djun discours amoureux,
sólo pudo dramatizarlo, poner en escena la enunciación, restituir el
discurso a la primera persona del singular. Pero podría afirmarse que
Barthes recreó los términos de una lírica del discurso amoroso. Esto es,
el “método dramático” se hallaría más cerca del poema que del drama o,
al menos, a igual distancia. Si el discurso amoroso se plantea como un
soliloquio, como un aparte; si, además, no puede librarse de un yo fundamental; si, en fin, comporta un
habla íntima de cara al objeto amado, que no habla (Barthes 1977, 5-12),
puede afirmarse que el discurso amoroso es afín al discurso lírico.
Monólogo de un yo, de cara a un mundo mudo que, ilusoriamente, debe ser
fundado en cada poema. Establecido el parentesco, sólo resta aceptar que
la poesía es el lugar donde más agudamente aparece el discurso amoroso.
O, dicho de otro modo, el discurso amoroso en el poema es una epifanía
de la más pura poeticidad, tal que, dilucidando el eros poético, se
dilucida una poética.
Desnudez con poeticidad
En la “Oda a la desnudez”, de Leopoldo Lugones, podemos interrogar la
relación entre erotismo y poesía. Para decirlo con palabras de Tinianov,
sería posible observar como se matiza el indicio fundamental del vocablo
desnudez, a partir de la orientación
de las palabras vecinas, anulándose parcialmente mediante la
intensificación de los indicios fluctuantes de significado y dando lugar
así a un significado imaginario28.
Hablamos otra vez de un deslizamiento del discurso amoroso en el
discurso lírico, pero ahora en términos de procedimiento constructivo.
Desnudez comporta la sustantivación de
cuerpo desnudo de mujer en un primer
desplazamiento. Esta imagen se verá dinamizada, en un segundo y más
complejo desplazamiento que involucra otros matices, hasta alcanzar un
significado no objetivo, imaginario. Desnudez será, entonces, poeticidad y, asimismo, carácter femenino, erótico y sagrado
de lo poético. Sin embargo, no estamos ante una alegoría, sino ante una
instancia metafórica que, como la definió Lezama Lima, crea desvíos y
conexiones hasta alcanzar una imagen final, entre cuyos límites se
dilata el cuerpo del poema. Una mujer que es un cuerpo desnudo que es un
cuerpo flagelado que es una noche sagrada que es un poema. Napas de
sentido en y a
través de una materialidad poética, conjunto de haces
significativos.
Escribe Lugones en la “Oda a la desnudez" (1919, 27-29):
“la noche, — su negra desnudez de virgen cafre — enseña, engalanada de
fulgores — de estrellas, que acribillan como heridas — su enorme cuerpo
tenebroso"
En esta frase, tomada como modelo, hallamos ya una serie de
desplazamientos que se reiteran en todo el poema. Si atendemos al
indicio fundamental de la noche, sometido
a una tensión semántica frente a la metáfora su
negra desnudez de virgen cafre, percibimos una primera
asociación con enorme cuerpo tenebroso, a
través de los indicios secundarios “vastedad” y “oscuridad”, reforzada
por la disposición rítmico sintáctica. El vocablo noche se matiza así como cuerpo. A su vez,
el indicio fluctuante “cuerpo de mujer oscuro y bárbaro”, a través de
negra desnudez de virgen cafre,
modifica el indicio fundamental de noche,
hasta desplazar su significado constituyéndolo como “dilatado y oscuro
cuerpo femenino”. A partir de la comparación estrellas, que acribillan como heridas se produce un conflicto
de indicios fundamentales que comportan una sustitución y un nuevo
desplazamiento: “estrellas de la noche como heridas de un cuerpo”. En la
frase elegida, la naturaleza se corporiza femeninamente, o bien el
cuerpo femenino se confunde con la naturaleza al punto de insinuar un
híbrido: espacio animizado o grandioso cuerpo extendido hasta el límite
del mundo natural. Por otra parte, aparece el erotismo como violencia,
flagelación, herida. Modo de relación del yo que enuncia y el objeto
poetizado. El éxtasis amoroso se une a la aniquilación y la muerte,
donde las uñas son “dagas de oro” y los besos “estallan como golpes”.
Esta serie de cruces entre cuerpo femenino, naturaleza y violencia
erótica también puede apreciarse en la frase siguiente:
“Rompe — el seno de una nube y aparece — crisálida de plata, sobre el
bosque — la media luna, como blanca uña, — apuñalando un seno"
Decadente, el poema de Lugones hace aparecer “le
vice anglais” como tópico literario. La “Oda a la desnudez”
comienza:
“¡Qué hermosas las mujeres de mis noches! — En sus carnes, que el látigo
flagela, — pongo mi beso adolescente y torpe, — como el rocío de las
noches negras que restaña las llagas de las flores"29
Ritualístico, el imaginario modernista prodiga una decoración vinculada
a la religiosidad y al misticismo, pero como adyacencia del sensualismo.
Cuando Darío sacraliza el cuerpo femenino:
“su espíritu es la hostia de
mi amorosa misa, / y alzo al son de una dulce lira crepuscular”
(Darío,
1949, 125)
procura divinizar la escritura poética y conjurar un vacío,
el vacío del Verbo. Oscilación entre la blasfemia y la creencia, entre
la fe en la letra y la duda. Darío sacraliza el texto poético para que
el lector crea en él con el goce y la unción que le depararía contemplar
un ícono religioso.
“El arte puro como Cristo exclama: —escribe Darío—
Ego sum luz et veritas et vita”
(Darío,
1949, 158).
A diferencia de la vanguardia, donde el poeta aparece como un
hacedor (el “pequeño dios” de Huidobro), esto es, un constructor, el
modernismo considera al poeta un médium. Ve en la letra un dios oculto,
es decir, la escritura poética como latencia de lo sagrado, que el poeta
de velaría. Pero lo religioso es una “escenografía" y consiste en tornar
verosímil el espacio donde una voz se profiere. La voz de lo sagrado
requiere una puesta en escena “a lo divino”. Escribe Lugones:
“dame tus pechos, — cálices del ritual de nuestra misa"
O bien:
“Que mis brazos rodeen tu cintura — como dos llamas pálidas, unidas —
alrededor de un ánfora de plata en el incendio de una iglesia
antigua"
donde el indicio fundamental de “cuerpo femenino” se matiza con la idea
de “templo”. A su vez, la violencia erótica también se desplaza al
ámbito de lo religioso, matizándose con alusiones a la culpa, a la
transgresión, el pecado, la maldición que se padece o se castiga:
“los filtros del pecado, con el polen — de rosas ultrajadas"“muerde en
el corazón de las prohibidas — manzanas del edén"“dame tus uñas, dagas
de oro — para sufrir tu posesión maldita"
El “cuerpo femenino”, se matiza, además, con el indicio opuesto al que
informaba la vinculación del cuerpo con la noche oscura: el blanco. Silvia Sylvia Molloy observó en Darío la
relación entre el blanco y el cuerpo de la mujer:
“La mujer es espacio
blanco colmado por una voz que la somete, al final, a un doble proceso.
Por un lado, a fuerza de colmatación, la vacía definitivamente de
identidad, si es que alguna vez la tuvo. (...) Por otro lado —y acaso
como consecuencia de esa colmatación que lleva al anonimato— la vuelve
lugar de descanso que propicia la posesión y la entrega. (...) Hay en
Darío, en el texto Darío, un espacio, blanco, inerte, que pide ser
llenado. A menudo ese espacio coincide, no hay duda, con el cuerpo
femenino, pero es por sobre todo página blanca, hueco textual, lugar de
poema"
(1981, 122).
Esa coincidencia también se da en el texto de
Lugones:
“Surgida de los velos aparece — (ensueño astral) mi pálida consorte
(...) palidece de amor como una grande — azucena desnuda ante la
noche"
“y que brille tu frente de Sibila — en la gloria cirial de los altares,
— como una hostia de sagrada harina: — y que triunfes, desnuda como una
hostia, — en la pascua ideal de mis delicias".
Pero en Lugones, el cuerpo del poema no es un blanco para llenar, sino
un blanco para nombrar y un blanco para callar. El cuerpo blanco de la
mujer es un doble del negro cuerpo de la noche: ambos, extensiones de un
espacio sagrado.
Tributario de las doctrinas místicas, el texto de Lugones habla para
expresar mejor lo inefable. Proceso similar, pero inverso al de Darío:
un espacio que se colma para develar mejor un blanco, un vacío: el
silencio.
Lugones expresó esta relación en un fragmento de Prometeo:
”Y así, existe para nosotros una relación evidente de la blancura con la
soledad, el silencio y la poesía. Probablemente es una sensación de amor
y paz que debe formar el concepto de nuestra dicha. (...) La plenitud
del silencio nos proporciona una felicidad correlativa de lo que
podríamos llamar la poesía de la blancura. Demasiado llenos de ideas
contradictorias, en ese elemento se reintegra nuestro ser consigo mismo.
(...) El silencio habita en la sombra de los sepulcros y en la luz total
de las estrellas. La paz suprema, es silencio. La inmensidad, silencio
es. Y la población del silencio son esas ideas, calladas y sublimes a su
vez como las estrellas y las tumbas” (1910a, 374-373).
Lugones adopta un procedimiento que, como señala Tinianov, era utilizado
habitualmente por los simbolistas. Consiste en utilizar palabras con
relativa autonomía respecto del indicio fundamental del significado (en
este caso desnudez) incrementando los
indicios fluctuantes hasta alcanzar el significado imaginario (aquí poeticidad). Autoriza este vínculo la
última frase del poema:
"¡Entrégate! La noche bajo su amplia — cabellera flotante nos cobija — Yo
pulsaré tu cuerpo en la noche, — tu cuerpo pecador será una lira".
Noche sagrada como un cuerpo de mujer gigantesco: ámbito donde su doble,
el blanco cuerpo de la mujer, es flagelado, pulsado como una lira, es
decir, mutada en poema. La concepción lugoniana de la poesía posee
rasgos neoplatónicos. Para Lugones el poeta es un héroe porque persigue
un ideal: exceder la fortaleza de su individualidad para ser portador de
un espíritu colectivo y tornar conciente lo Absoluto en el poema. Asumir
el ideal es ponerse en situación de heroísmo. Cualidad humana por
excelencia, el heroísmo se certifica en el sacrificio, lindante con lo
sagrado; en la muerte como sanción y trascendencia. Análogamente, el
anhelo amoroso implica un excederse a sí mismo en la busca del objeto
erótico, que dramatiza el enigma de amor del Comos y el poeta. El
Poeta-Héroe, a costa de su dolor y de su sacrificio, se reintegra con lo
Absoluto, y en el mismo acto, lo Absoluto deviene conciencia en él. Así,
sólo la muerte torna trascendente el anhelo eróticos30.
La poesía erótica de Lugones revela un curioso sincretismo de ideas
neoplatónicas, resabios del amor cortés, tópicos decadentistas,
procedimientos y estética simbolista reunidos en el modernismo literario
imperante a principios de siglo.
Biografía fabulosa y anti-historia
Vinculando la serie biográfico-histórica y la serie textual, David Viñas
eludirá el mito de un Lugones versátil sólo en la superficie,
vislumbrando con justeza una unidad esencial. En esta idea del
Poeta-Héroe, Viñas advierte el inicio de la parábola que culminará en el
suicidio de 1938, como último gesto heroico del poeta autosacrificado
(1974, 70-77). Desde otro punto de vista, Bernardo Canal-Feijóo
relaciona el mentado arrebato de 1924 “Ha llegado para bien de todos la
hora de la espada” como una concepción erótica:
“La espada será el
símbolo manifiesto de su erotismo, en su lírica y en su doctrina (y
hasta en su conducta, probándolo en este terreno a mayor abundamiento
sus aficiones de esgrimista). Símbolo palacino, al final, de su
autocratismo. Puede advertirse cómo en su simbólica, la idea de la
espada transcurre por su estro enredada en claros sobreentendidos
fálicos”
(1976, 54).
Tentación ineludida de unir poesía y biografía,
poesía e historia. Reconociendo el poeta-héroe del poema lugoniano en la
conducta suicida de 1938 o advirtiendo en la espada fálica un sucedáneo
del yo poético y del yo real, la tentación es plausible proponiendo
biografía o historia como textos. En ese
circuito, el poema lugoniano aparece como anti-historia y como biografía
fabulosa. Su helenismo y su nacionalismo racista son caras de una misma
moneda: el intento por “espiritualizar el país”, es decir, por mitificar
la historia. Asimismo, el yo heroico imaginado por el texto poético de
Lugones se revierte sobre el yo de la biografía y lo aniquila.
Suicidio para sustraerse a la historia e inscribirse en un tiempo
mítico, en el tempus del poema. Pero estos
cruces, esta hibridación donde biografía e historia pasan al crédito del
poema, fagocitadas, ¿no es un triunfo del texto de Lugones, que obliga a
poetizar lo extra-literario? ¿Acaso
también estamos mitificando?
Una interpolación
Valéry proponía una historia de la literatura que fuera una “historia
del espíritu”, como productor o receptor de literatura, sin pronunciar
el nombre de un sólo escritor. Si esto ocurriera, no sería difícil
apreciar en la poesía erótica de Lugones un registro temático
coincidente con aspectos de la sensibilidad erótica del romanticismo,
tal como los señaló y estudio Mario Praz en La
carne, la muerte y el diablo en la literatura romántica. Según
el artificio de Valéry, tampoco sería imposible seguir una serie de
flujos y reflujos similares entre el romanticismo, el decadentismo, el
simbolismo, el modernismo hispanoamericano y el surrealismo. Wölfflin
simplificaría el problema sindicando estas manifestaciones como
movimientos del pathos; D'Ors vería
sucesivas manifestaciones del “eterno barroco”. Lo cierto es que, no
arbitrariamente, Mario Praz vio en el decadentismo de fines del siglo
pasado una consecuencia de la literatura romántica (1969, 7) y Octavio
Paz, por su parte, señala:
“Una y otra vez se han destacado las
semejanzas entre el romanticismo y la vanguardia. Ambos son movimientos
juveniles; ambos son rebeliones contra la razón, sus construcciones y
sus valores; en ambos el cuerpo, sus pasiones y sus visiones —erotismo,
sueño, inspiración— ocupan un lugar cardinal; ambos son tentativas por
destruir la realidad visible para encontrar o inventar otra —mágica,
sobrenatural, superreal”
(1981, 147).
Pero existe otra vinculación. Paz
declara que el modernismo fue el verdadero romanticismo americano y
cumplió una función histórica semejante a la de la reacción romántica en
el comienzo del siglo XIX:
“como en el caso del simbolismo francés, su
versión no fue una repetición; sino una metáfora: otro
romanticismo”
(1981, 128).
Siguiendo este juicio, cabría afirmar que el
proyecto de los románticos americanos se ve consolidado en el movimiento
estético modernista. El afrancesamiento preconizado por los hombres de
la generación de 1837 que, paradójicamente, implicaba en su concepción
el afianzamiento de una cultura nacional y americana, inicia una
parábola que culminará en la efectiva renovación modernista. Y aún puede
percibirse en el seno del modernismo un primer momento “cosmopolita” y
en un segundo período donde se privilegia el nacionalismo cultural y se
remoza la tradición literaria hispánica.
Romanticismo y vanguardia, romanticismo y modernismo: modernismo y
vanguardia. Transitividad de una tradición edificada con el código de
lectura que Borges promueve en “Kafka
y sus precursores” y según el cual sería posible este aserto, en primera
instancia ilícito: nuestra lectura de la poesía surrealista “afina y
desvía sensiblemente” nuestra lectura de la poesía erótica de Lugones.
Lo cual lleva a la irrisión de todo sistema literario construido en base
a oposiciones y divergencias. Y, sin embargo, sería posible leer un
poema erótico de Lugones a partir de algunos presupuestos que se hallan
en El erotismo, de Georges Bataille,
adláter y opositor del surrealismo. Es decir, leer el poema a partir de
una interpolación.
“Venus victa"
Según Bataille, en la base de la vida hay dos posibilidades de
reproducción: la asexuada y la sexuada. En la primera, un ser unitario
muere como tal para producir dos seres distintos; en la segunda, dos
seres unitarios se funden en uno que es distinto de ellos. Cada
individuo es discontinuo en su individualidad. La muerte implica un
abismo entre los seres discontinuos, pero una continuidad en el Ser. El
hombre es discontinuo, pero tiene la nostalgia primordial de su
continuidad. Si la muerte es la mayor violencia a nuestra
individualidad, el erotismo (que propicia la disolución del amante en el
amado) implica también una violación del ser discontinuo. El erotismo
alcanza al ser en su punto más intimo, allí donde desfallece. En su
pasión erótica, el amado sólo ve la posibilidad de fusión en la
continuidad fusionándose con la persona amada. Busca esa violencia
amorosa en su individualidad. ¿Quiere disolver su conciencia individual
o, en otras palabras, su discontinuidad? El vértigo amoroso en el cuerpo
de la persona amada conlleva a una fusión con el todo, pues para el
amante el ser amado es la transparencia del mundo. Si el hombre, ser
discontinuo, anhela la continuidad primigenia, sólo la disolución de su
individualidad revelará lo continuo. Bataille razona que esta revelación
constituye lo sagrado en el sacrificio religioso: en el rito, la víctima
es entregada a la continuidad del Ser, mediante la violencia a su
discontinuidad, es decir, mediante la muerte. Por estos sutiles
vínculos, Bataille relaciona el erotismo, la muerte y lo sagrado. Y
vindica el erotismo como afirmación de la vida a pesar de la muerte. El
sacrificio y la conjunción erótica están así unidos: El cuerpo sobre el
que gira el deseo se transforma, por contigüidad, en espacio sagrado.
Todo objeto que el cuerpo toca lo simboliza; todo objeto es sacralizado
por el cuerpo. Bataille finaliza incluyendo la poesía en este
razonamiento:
“La poesía lleva al mismo puto que cada forma del
erotismo: a la indistinción, a la confusión de los objetos distintos.
Nos lleva a la eternidad, nos lleva a la muerte, y por la muerte de la
continuidad: la poesía es la eternidad”
(1964, 24).
Transcribimos, para interrogarlo según este código, el poema “Venus
victa” de Leopoldo Lugones, perteneciente a la serie de sonetos “Los
doce gozos".
“
Pidiéndome la muerte, tus collares desprendiste con trágica alegría y en su pompa fluvial la pedrería se ensangrentó de púrpuras solares.
Sobre tus bizantinos alamares gusté infinitamente tu agonía, a la hora en que el crepúsculo surgía como un vago jardín tras de los mares.
Cincelada por mi estro, fuiste bloque sepulcral, en tu lecho de difunta: y cuando por tu seno entró el estoque
con argucia feroz su hilo de hielo brotó un clavel bajo su fina punta en tu negro jubón de terciopelo"
El título “Venus victa” precipita los versos en un obvio simbolismo
erótico. En este poema, como en el conjunto de “Los doce gozos” (1905
27-52), si por un lado se magnifica el cuerpo virgen, la traición a esa
virginidad permite la unión con lo sagrado. El acto erótico en este
poema de nota el sacrificio religioso y connota la operación poética. La
violencia ejercida sobre el objeto amado es una instancia iniciática
“trágica” y ”alegre”: el cuerpo entrega su materia a la continuidad en
el Ser. Pero tal como el cuerpo disuelve su individualidad en la sagrada
indistinción del Ser, el poema disuelve la identidad de las cosas
mediante sucesivas analogías. Así el cuerpo sacrificado de la mujer se
diluye, repite y recupera en el crepúsculo, como tránsito hacia la
noche; así el rojo de la sangre se confunde con el rojo del clavel o con
las piedras púrpuras que, a su vez, remedan el crepúsculo en lo
diminuto: así tras la pompa fluvial de los collares surge un rojo solar,
como tras de los mares el crepúsculo.
En el poema de Lugones, la discontinuidad es imposible y toda posible
distinción es sumida en la contigüidad. El estro del poeta —cincel
fálico o estoque— hace del sacrificio un monumento: el poema.
En “Venus victa”, además, la vestimenta es metonimia del cuerpo amado y
el yo del poema por consiguiente, nombra ese cuerpo a través de
fetiches. Escribe Sarduy:
“Apoderamiento del objeto amado en la
reproducción del espacio que lo rodea, en la destrucción de su doble, en
una relación fetichista”
(1969, 40).
Pedrería, bizantinos alamares en un
negro jubón de terciopelo como extensiones del cuerpo. Paisaje o
vestimenta, el cuerpo sacraliza todo espacio ocupado o recorrido. En el
poema, el cuerpo hace transparecer el mundo y es, en cierto sentido, todo el mundo. Si el paisaje es ámbito
sacralizado donde el cuerpo se continúa, esta contigüidad también obra
sobre términos comparativos que se desplazan del objeto amado al
paisaje. De ese modo, las vestiduras de un cuerpo sagrado pueden también
metaforizar el paisaje que ese cuerpo habita. Esto ocurre en dos versos
del poema ”Tentación”, que Borges
deplora: “Se extenuaba de amor la tarde quieta / con la ducal decrepitud
del raso”(Borges, 1955, 30). Esa
relación metafórica sólo comporta un error desde otra estética. En el
verso cuestionado, “con la ducal decrepitud del raso”, el signo poético
anhela lo suntuario. Relación fetichista doble: con el cuerpo amado y
con el cuerpo del poema. La vocación modernista por las gemas, las
vestiduras lujosas y la suntuosidad —que Lugones no olvida— supone una
aspiración estética y una creencia. La palabra sería un vehículo mágico
de la gema o de la vestidura cuando, en verdad, los valores fónicos,
expresivos, de las palabras que las designan no implican este
intercambio de valores. Diríamos, gracias a esta traslación, que para el
poeta modernista las palabras son como gemas o suntuosas vestiduras. Si
todo objeto que el cuerpo toca lo simboliza, las gemas y vestiduras del
poema erótico modernista dramatizan la aspiración simbolista del poema:
contener la escritura del Cosmos. Fetichismo del cuerpo en el poema, que
mimetiza el fetichismo de la palabra.
Las relaciones establecidas en “Venus victa” completan su circuito
significativo con las señaladas en la “Oda a la desnudez”. Estos
vínculos, si bien con notables variantes estilísticas, pueden rastrearse
en toda la obra poética de Lugones. Allí el discurso amoroso hace
aparecer el cuerpo textual del poema, es decir, un cuerpo es pulsado
como lira.
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Una realidad eje y dos mitologías conexas (forjadas en los códigos sociales
y en sus espejismos ideológicos) sostienen siempre la narrativa de
Manuel Puig: la realidad que subyace en la fabulación es la diferencia de los
sexos; las mitologías irrisorias, imposibles, que tejen los personajes son
lo masculino en sí —el hombre ideal— y el “eterno” femenino —la esencia de
la femineidad.
Un hombre, Molina, es el prototipo de lo mujeril; la belleza masculina
relumbra en el donjuanismo pueblerino de Juan Carlos (y se repite en el
proletario Josemar); un vacío primitivo, producido por la figura del padre,
se colma median te una conversación paterno-filial en la que se tratan de
aclarar los misterios del poder masculino y de la ley31. El pensamiento acerca
de estas diferencias se revela esencial para los presupuestos que rigen la
génesis de su universo narrativo.
1. De la voz a la escritura
La traición de Rita Hayworth en su
disposición misma indica el proceso que ha de narrar voces
indiferenciadas en los capítulos iniciales, escritura en los finales.
Bildungsroman, muestra a través de qué
peripecias, malentendidos y circunstuncias previas alguien se hace
escritor; Maldición eterna a quien lea estas
páginas (novela de reiniciación) vuelve sobre el mismo tema,
contando cómo un hombre, pasada su treintena, y a punto de perderse32, inicia una actividad que ha de
autoafirmarlo: aquí la novela, semejante a la anterior, parte del
diálogo entre dos voces y concluye con un epílogo escrito en forma
epistolar.
La lectura de los dos primeros capítulos de LTRH sumerge al lector en la imprecisión —en la confusión—
acerca de los locutores predominantemente femeninos. Hay allí una
ausencia que ocupa ya su lugar en ese universo simbólico determinante
—el “nenito” innominado, Toto— y dos voces masculinas ahogadas, tapadas,
cubiertas, escondidas por ese diálogo: el abuelo materno (cap. I) y
Berto, el padre (cap. II), en trance de escribir la carta que, a modo de
revelación, encontraremos al final.
Tejido (texto) urdido por mujeres, la nove la se autorrepresenta en sus
primeras frases:
“Me dio más trabajo este mantel que el juego de
carpetas que son ocho pares..."
(p.7);
LTRH
tiene dos pares (partes) de ocho capítulos cada una y lo que teje —para
destejerlo— es un ocultamiento, una ilusión apresada en reverberos incantatorios33. Lo femenino, la
voz femenina, es lo que fascina, y, por tanto, promueve la imitación;
pero también, según la ley de autoengendramiento del corpus, la reproducción es un posible
ocultamiento, una trampa, una traición, una mentira.
2. La copia y la oralidad: principios
femeninos
Lo femenino rige el principio de copia y reproducción en una escritura
consagrada como hábil para registrar los más finos matices del habla.
Puig mismo concibe los orígenes de su actividad novelística en términos
de reproducción; lo que el escritor naciente reproduce en el instante
primero es una voz femenina: “[...]
recordé la voz de una tía. La voz de ella me vino muy clara [...].
Empecé a registrar esa voz [...]. A lo único que me animaba era a
registrar voces”34. La oralidad una característica
insistente en Puig (Maldición, El beso y Sangre de
amor correspondido son fundamentalmente diálogos); LTRH confirma esta prominencia de lo oral
ligándola con lo femenino en un episodio que podríamos llamar “la
representación de una escena de lectura”, por dos veces se nos cuenta
(p. 53, p. 85) que Mita lee el diario “en voz alta” a Berto: una voz
(femenina) que (se) lee.
Toto reflexiona sobre este principio de la copia durante lo que en el
texto es la escena originaria de la escritura, la siesta parental:
“Sin
modelo no sé dibujar, con modelo dibujo mejor yo”
(p. 73.
La madre es el modelo primero, pero ella misma se
rige por la copia:35 ha elegido a Berto
porque se parece, en su belleza, a un artista de cine; Berto es la copia
de su primer modelo/novio, cinematográfico, el actor Carlos Palau (pp.
19-29). Así como su madre ha dibujado para él los “cartoncitos” —copia
gráfica de los films—, Toto “copiará” una película en su primer intento
literario. Mita tiene dos deseos que Toto colmará uniéndolos en su
composición: el cine y las letras (quiso inscribirse en la Facultad de
Letras y tiene “la locura del cine”, pp. 18-19)
En un principio Toto, capturado en esta ley repetitiva, sólo puede
ejercitar una mímesis sin entenderla del todo: dibujará el aparato
digestivo-reproductor “como habla un loro”(p. 76). Loro que él mismo
convierte —feminiza— en ”loritas”, animalejos fascinados por la luz,
pero que “no ven, son como ciegas”(p. 115). Estas “loritas” se estrellan contra un cuaderno (la escritura)
y muestran el otro principio antagónico del hablar-repetir: ver es
saber;36 escribir (leer) es
revelar lo oculto. El gran peligro que LTRH
esquiva es ese “no saber”:
“por la luz que me alumbra, que me quede ciega”
(p. 27),
jura Amparo, la sirvienta.
Las voces femeninas del comienzo mencionan un personaje, una actividad y
un lugar que funcionan como antítesis del mundo que ellas representan;
se trata de Sofía (sabiduría) Cabalús
(luz), la amiga de Mita que, loca por la lectura y encerrada en la
biblioteca, ya no aparece más por la casa. Por otra parte, la menos
sabia, la anti-Sofía, la que menos ve (tiene miopía), la más “ciega” es,
precisamente, Adela, agente introductor de confusión porque hace
tambalear la ley paterna (of. la carta de Berto). Sabiduría y traición
son las dos caras “éticas“ del principio femenino.
La verdad, tanto en LTRH como en Maldición, se busca y se halla en lo
escrito, en la ley paterna que quedó cifrada en los libros (Les liaisons dangereuses) o en una carta.
Si el padre escribe en LTRH, despeja un
enigma de la trama y levanta los velos de una “traición”; por el
contrario, el ámbito de Mita coincide con la fabulación: su padre pide
que en una carta se la engañe (“Decile que estuviste con Sofía Cabalús
dicele una mentira”, p. 18). Si Mita escribe, lo hace para fraguar la
voz de Delia, miente por escrito en una carta (a los padres de Yamil, p.
128).
En el capítulo IV de LTRH estas coordenadas
(copia-oralidad-ocultamiento) coinciden con un personaje paródicamente
femenino: Choli, la amiga no letrada de Mita (pero sí espectadora del
cine). Es un diálogo-monólogo-espejo donde la falta de réplicas de Mita
indica que ella misma es la réplica de su amiga, su copia especular.
Choli que habla sola en los hoteles y se mira extasiada en pisos
brillosos y en espejos, está construida por entero sobre la temática del
reflejo: miente, y para disimular una aventura que ha tenido con un
hombre, inventa un doble, otra viuda (“viajaba como yo”, p. 69) que “al
tercer día que lo conoció... le aflojó”(p. 68). Choli vende cosméticos,
se pinta, oculta: “con un vestido bien cortado que tape los defectos una mujer queda regia”;
“(...) atrae más, parece que oculta un
pasado”(p. 72). “Hollywood cosméticos”: el cine en LTRH es un reflejo, un brillo que
oculta.
Brillo, espejo u ocultamiento cifrados en dos objetos que circulan por
todo el relato; o, por mejor decir, un objeto (el cubrecama)37 y una cualidad
ilusoria (el brillo). El cubrecama que tejen voces maternales (capítulo
I) cuando irrumpe el “nenito” reaparece en la composición transformado
en tul de mosquitero, objeto materno que, escribe Toto, “me cuida bien
(...) y me observa (la madre) mejor de lo que soy, esfumado por la trama de un tul..."(p. 270). Objeto dual: mejora, pero a la vez ahoga, esfuma. En cuanto al
brillo, LTRH exhibe una obsesionante
apoteosis de lo que brilla y refleja: “brillan como espejos” se dice a
cada momento de las superficies que reflejan lo imaginario mismo sujeto
a la especularidad, el sueño sin forma de lo cotidiano, lo doméstico, la
minucia pequeñoburguesa reflejándose a sí misma, pero brillando
amplificada en su propia superficie fascinadora.38
En LTRH lo que se escamotea es el cuerpo,
el sexo y la identidad (Ricardo Piglia);39 por ello, "cubrir", “tapar", “vestir",
“velar" y “ahogar", son acciones homologables a “no ver”, ”no saber”. En
este mundo novelístico en el que hasta el mismísimo Dios se disfraza (p. 116), rige la ley moral del disimulo. Apresado en esta ley (“el sexo desnudo sin el maravilloso ropaje del amor es acto puramente animal”,
p. 222), Toto hace su entrada en la novela interesado por los vestidos
de unos muñecos, por un acto donde los niños se disfrazan y por una
careta “rosa” (color de “nenas").
3. Toto/Teté: La careta rosa
Pintura en cartoncitos, cosméticos, máscara ”rosa” o promotor del anhelo
mimético (tal la cadena asociativa), en LTRH lo femenino oculta mejor: Toto, que tiene seis años, para
esconderse prefiere a los pantalones paternos las polleras de la madre
(p. 34).
El disimulo femenil o la propiedad del “espejo que oculta” no es
solamente anecdótico o explicación de “psicologías”, tiene una
manifestación estructural en el nivel de los personajes: Teté es el
espejo femenino (la máscara) textual de Toto (nótese la similitud
fonética de los sobrenombres). En primer lugar, las dos figuras son
inversas y simétricas respecto del eje Mita-Berto: en el discurso de
Teté, Mita sustituye a la madre ausente y enferma de la niña (es
benéfica: le proporciona un “buen” alimento, la naranja colorada que el
monólogo opone a los colores de la fantasía mortuoria —azul, blanco
gris—); del mismo modo, ausente Berto a la hora de la siesta, el padre
de Teté lo reemplaza y juega con Toto, cumpliendo así su deseo de
intimidad con la figura paterna. En segundo lugar, igualdades: el padre
de Teté y Berto no tienen “ni papá ni mamá”(p. 117); a Toto se le
prohíben juegos de “nenas” (vestidos de muñecas, cartoncitos), a Teté le
indican que no debe montar a caballo como los varones (p. 104). Teté se
identifica con su mamá por medio de la enfermedad, la muerte y la
obsesión de rituales, promesas, rezos: Toto se identifica con la suya
por medio de otra religión, el cine (y sus rituales: cortar, dibujar,
colorear, archivar cartoncitos). La madre de Teté es religiosa; Mita,
atea (perfecta simetría). La especularidad de las dos figuras queda
dicha en el texto: “se le pegó todo de la Teté”(p. 185).
Lo que fundamentalmente se “esconde” en esta especularidad textual
(Toto/Teté) es una relación tanática.40 Toto,
celoso de su hermanito ha deseado “con el pensamiento” la muerte de su
madre; la relación dual, destructiva y mortífera41 se
desarrolla —o se piensa— en dos monólogos estrechamente ligados entre
sí: el de Mita (que narra la muerte de su niño) y el de Teté. En ellos
dos se concentra la mayor cantidad de referencias al movimiento de ahogo, de asfixia, que obsesiona a los personajes en Coronel
Vallejos42. Teté en su discurso imagina cómo
Mita ahoga a Toto (p. 119); el bebito ha nacido con un “defecto de
respiración” y muere por asfixia; como compensación a esta muerte, Mita
empequeñece imaginariamente a Toto casi hasta restituirlo a su cuerpo:
“Me ha quedado nada más que un brote, un botón”(p. 163), dice haciendo
una asociación botánica (Mita ama las plantas). Asociación botánica que
no carece de importancia, pues el pequeño Toto, ante las revelaciones
sexuales de cierta vecinita, recuerda una devoradora planta carnívora
que crece en el fondo del mar. La planta carnívora es una oscura mezcla
de terrores fantásticos primitivos, en la que se conjugan lo materno
devorador y dos significantes textuales adheridos a lo masculino: el mar y los
pelos.43
Terror. Y justificado, pues la novela indica que las posiciones
masculinas son, para su héroe, imposibles. Para urdir este destino, dos
“traiciones” se alían: la del padre y la de Mita. Esta última acapara la
mayor cantidad de dobleces: frente a la ley paterna (de lo cual la carta
final es una queja); en sus objetos (tiene dos amigas antagónicas que
representan principios opuestos: Sofía vive encerrada, es la
intelectual; Choli, la frívola, viaja y, casi ignorante, no sabe dónde
queda Londres); en sus objetos-hijos que divide tajantemente: “[su]
nene-hombre” (Héctor) y su nene... (Toto);45 en el lenguaje:
ella, que se muestra “tan fina” —observa Delia—, tiene “una lengua de
carrero”, etc. Taimadas, escondedoras, de las mujeres que recorren LTRH no se puede estar seguro. Es lo que
Toto descubre en una temprana figura femenina, Alicita; quiere ser su
novio, pero una imperceptible nadería le infunde desconfianza: “no me
contesta si le hablo y me dice mentiras guiñando los ojos”(p. 87).
Moldeada en esta dualidad imaginaria, la ley paterna bascula entre las
posiciones irreconciliables del todo-nada. En LTRH como en Maldición su
estructura hay que referirla a lo que se conoce como padre ideal o padre
idealizado.46 Contradictorio rostro de
Jano, se presenta como una blanda bondad, o bien como sentencia de
aniquilación total. “Tu papá es el más bueno de todos”, le dicen a Toto;
lo que no invalida la amenaza implícita en el otro polo de su ley dual:
“el día que te ponga la mano encima te deshago”. O todo bondad o
aterrorizador poder de destrucción, su inmediatez deshace.
La ley paterna es débil e ineficaz porque vacila: prohíbe que juegue con
vestiditos y luego perdona el castigo; dice que “los hombres no lloran”,
y el hijo descubre el llanto del hombre cuando talan los árboles (que,
como veremos, se relacionan, en Puig, con el poder genésico masculino).
La “doble faz”(pp. 306-307) se revela en una película que Toto cuenta a
Herminia: un señor feudal educa a sus hijos según dos códigos
contradictorios y los conduce a un desastre que luego castiga
implacable. Al subsumirse en la instancia materna, la posición del padre
es la del "bobo”, según descubre Toto en la única identificación
cinematográfica de Berto: “A papá le gusta cuando [Rita Hayworth] le
hacía 'Toro, toro' a Tyrone Power, él arrodillado como un bobo (...) y
ella se reía de él que al final lo deja”.
LTRH , que transforma frases del lenguaje
popular en secuencias narrativas47, muestra esta debilidad desde el
inicio: mientras que el abuelo materno
puede matar una gallina, Berto no se anima a matar una araña. “Incapaz
de matar una mosca” (“araña”, en este caso) es la frase que genera la
escena y define la ley.
Maldición, con no menos claridad, pero con
mayor esquematismo psicoanalítico, reitera esta imagen y la bifurca en
las dos voces que hablan. Larry (catálogo de idées recues) dice de su padre:
“Tenía una parte buena mansa
y otra violenta, ciega. Tal vez porque ante mi madre agachaba la cabeza
a cada rato”
(p. 44);
Ramírez, por su parte, reproduce con su familia
las mismas características amenazantes de Berto:
“No se animaban
siquiera a respirar (...) si yo dormía (...) tenían que permanecer
callados (...) yo explotaba en cóleras atemorizantes”
(p. 257).
Sin embargo, la ley paterna no es “boba” en lo que se refiere a sus
determinaciones simbólicas. Obsérvese que en las siestas (lugar que LTHR piensa como origen) Berto ejerce con
sus amenazas apocalípticas una interdicción capital en la génesis de la
escritura: su ley es efectiva cuando impide el ruido y la palabra. Hace
desconectar el timbre, impone el silencio y obliga a Toto a esfumar su
voz o a escribirla (éste, respetando el sueño paterno, dibuja, pinta
letras chinas y árabes, p. 74). Silencio que se impone desde el
comienzo, cuando Toto aún no habla; las primeras palabras del padre que
la novela registra se refieren a la interdicción de la voz: “Hacé callar
a ese chico..."(p. 23).
El silencio está en el engendramiento de la escritura, pero también en
el molde con que LTRH forja sus personajes
masculinos, abrevando coincidentemente en ciertos estereotipos sociales.
Un primer corolario de semejante ley textual sería: los hombres no hablan. Un dependiente
“bochinchero" inspira tal desconfianza a Berto que “está seguro que no
va a durar un mes y lo va a echar”(p. 75). Choli traza el estereotipo
cuando describe a su marido: “de pocas palabras, (...) que le gusta
estar en silencio al lado tuyo”(p. 67); Herminia sigue el modelo, el
marido ideal que no tuvo debería haber sido “callado” (p. 311); y
Esther, en su diario, describe a Héctor, prototipo machista, “silencioso
como la primera letra de tu nombre”(p. 243). Teté permite corroborar
que la ley paterna se conecta con el silencio y la escritura: su abuelo
no puede hablar porque tiene parálisis (o bien habla “despacio”); su
padre ha sido periodista, tuvo una imprenta y le escribe versos (p. 141)
Segundo corolario: los hombres no cuentan.
Berto, en su primera aparición, prohíbe a Amparo revelar que él ha
espiado la conversación entre su mujer y Adela. Esta prohibición, tan
contundente como la anterior, deja sus huellas en el cuerpo de la
sirvienta, reclama juramentos. El mismo se somete a la ley: no enviará
la carta, no contará lo que ha visto, lo que ha sabido. Pero, por ello
mismo, su silencio es sujeción al orden femenino, exhibe con claridad
que los hombres “no cuentan” (no importan) porque se rinden ante un
poder al que se hallan sometidos. La prohibición paterna de contar recae
sobre Toto en forma desplazada, es Raúl García quien lo amenaza con
“romper[le] la cabeza”(p. 101) si revela la escena erótica que
protagonizó con Paqui. Contar lo visto (lo sabido) equivale a ponerse,
en una posición transgresiva, y Toto (“cuentero”, “charlatán”,
“alcahuete”) es quien va más lejos en esta transgresión, ocupando el
mismo lugar que la novela asigna a Ramos, un amigo perverso de Choli.
Ramos (“tan educado [...] que ni una niña”, p. 61) no sólo exige que
Choli revele intimidades de su marido, sino que convierte —como Toto con
el cine— un espectáculo teatral en relato (p. 61).
La potencia de verdad que encierran las narraciones de Puig se halla en
este núcleo productivo: un transgresor, ubicado en el intersticio de la
ley, fabula sobre una fábula y con ello desnuda a la vez la modificación
y el poder opresivo del orden: es lo que cuenta El beso de la mujer araña al unir dos excluidos, dos
exclusiones, dos transgresiones.
5. El circuito voraz del contar
Escapado de la ley masculina, el contar un espectáculo supone, en este
universo, participar de lo que podría llamarse “un circuito narrativo
voraz”. Unido; por el contrario; al mundo materno, es imaginario; oral y
revestido con atributos nutricios. LTRH
tematiza la voracidad con las abundantes referencias a la comida que
diseminan los personajes (Toto, el “cuentero”, es precisamente el más
voraz); pero también presenta una escena donde es posible probar que la
apetencia es narrativa, deseo de ficción. Mita, enferma, no ha podido ir
al cine (p. 149) y describe así ese circuito ansioso en el que se
intercambian narraciones:
"'La puerta de oro' me contó el Toto a la ida
y a la vuelta me iba a contar otra que yo no vi [...] y a la vuelta
[...] le conté yo. Con los ojos abiertos, abiertos, 'más y más' que le
contara".
El beso y Maldición contienen abundantes referencias a la comida; en la
primera se trata de un factor ligado con la trama (la comida que Molina,
el homosexual, finge traída por su madre es un señuelo concedido por la
policía para ganar la confianza de Valentín). El
beso, en la voz femenina y “materna” de Molina, hace circular
dos elementos que sostienen la estructura narrativa: la comida y el
alimento imaginario de las películas que relata (“me acostumbró —dice
Valentín— a contarme películas como un arroró", p. 285). En LTRH como en Maldición —fuertemente ligadas entre sí— se establece la misma
homología entre comer y copular48, pero en la última, además, se
trabaja con una voz "ingenua” (Ramírez) que “vampiriza” a la obra
solicitando relatos, detalles, verosimilitudes realistas: “Usted es como
un vampiro; se alimenta de la vida de los demás”(p. 89), dice Larry;
“[...] Es como si quisiera que lo llenase de pensamientos, ideas,
sensaciones: A veces me da la impresión de que me quiere sorber la vida;
como una coca-cola”
(p. 55).
Esta voracidad; este vampirismo, pueden leer se en Puig como la
representación de su propia “máquina" narrativa (insaciable “compendio
de minucias”49 en cuanto reproducción realista, y especie de
fabulosa, cascada diegética, cuan do usa géneros menores u otros códigos
narrativos).
Narrar implica en Puig ejercer la seducción, contar es ejercitar un
poder que el erotismo confiere; por eso Toto, en su composición, imagina
la felicidad amorosa como un intercambio de relatos: “finalmente podrán
contarse tantas cosas”(p. 269), dice de Carla y Johann, la pareja
protagonista de “la película que más [le] gustó". En El beso está claro que la donación de
alimentos: y relatos es el mecanismo seductor que Molina despliega para
atraer a Valentín, pero en esencia se trata del mismo artilugio con: que
el homosexual Ramos —otro relator de espectáculos— ha fascinado a Choli.
Sin duda, en la narrativa de Puig el lector, ante todo, debe ser
seducido, atrapado en los efectos de un contar que se define como
posición “femenina”. El poder de la fabulación se muestra en su origen
ligado a una frase del lenguaje infantil: a los niños que dicen mentiras
les salen jorobas o les crecen colitas. Toto evoca con complacencia esta
amenaza; que en vez de horrorizarlo lo fascina: luego de recordar con
odio a su maestra, que blande un puntero, en sucesión metonímica aparece
la mentira y su consecuencia, la colita. El capítulo concluye con una
imagen de poder: Toto, entre las nubes, ve pequeñito a Vallejos y, como
revancha, “la maestra con el puntero está chiquita abajo en la escuela”(p. 47). Toto siente crecer su propio poderío: la fabulación, la
ficción.
Hay una escena matriz en LTRH donde se
concentra una enorme cuota de deseo (deseo de comunicación, deseo
narrativo y erótico); es una fantasía de intimidad con Raúl García,
forjada por Toto como una película de aventuras:
[...} y me salva y en la cabaña tiene preparado un cívico con sánguches
de miga [la comida], y yo le cuento todo como es Buenos Aires y después todas
las noches le cuento una obra distinta y después empiezo a contarle
cintas...(p. 91).
Si el mundo de Raúl García se presenta previamente como el reinado de lo
pura y exclusivamente masculino (“no tiene madre”, “viven los dos
hermanos con el padre [...] y no se hablan nunca”, pp. 91-92), si los
hombres no hablan ni cuentan, el deseo de hablar y narrar se teje sobre
la necesidad de intimar con la figura paterna (los “sánguches de miga”
son los que Toto no comió cuando luego de ver “Sangre y arena” no fueron
con su padre a la confitería, p. 88). Escena matriz porque permite
desarrollar situaciones que llamaríamos “de intimidad coloquial entre
hombres solos”; ésa es la estructura que sostiene El beso de la mujer araña y Maldición eterna a quien lea estas páginas,
donde justamente dos hombres hablan y cuentan, revirtiendo así lo que en
LTRH se daba como situación
escamoteada.
6. Las relaciones peligrosas
Maldición es en su anécdota un diálogo
entre dos hombres que intercambian alternativamente los papeles de padre
e hijo en una estructura circular e imaginaria: el pasado de Ramírez
sirve como referencia paterna a Larry, pero la indefensión casi infantil
del argentino lo constituye en hijo. Re-escribe LTRH, y no es una figura retórica: el eje de la relación son
unos libros sobre los que Ramírez ha escrito en clave; allí en
particular reproduce una carta del hijo, lamento de decepción y
reproche. Esta Carta al padre de la
literatura hispanoamericana actual (Angel Rama),50 en verdad continúa la carta de decepción y reproche que
escribiera Berto, carta que no es del
padre, sino al padre, pues está dirigida a
su hermano mayor, que ha oficiado como tal. Con Maldición se escribe en clave sobre Les liaisons dangereuses (novela epistolar), se vuelve sobre
el tema de la carta y las relaciones peligrosas, que no son sólo las
familiares. En efecto, la pérdida de la memoria del argentino convierte
su pasado en referente vacío o vaciado, signo de una zona de la que no
se quiere hablar. Otra relación peligrosa.
Puig, que en sus narraciones siempre se ha preocupado por insertar la
historia política argentina (el centro es el peronismo), a partir de Pubis angelical la hace girar en torno a
personajes enfermos que determinan la
trama; significativa inmovilidad de Ana, amnesia en Ramírez:
congelamiento y olvido.
En LTRH se liga la escritura con la
memoria: Toto posee una memoria excelente (p. 112) y Herminia parece
desarrollar —negándola— una teoría de la escritura como huella material
en los cuerpos: escribir es recuperar el cuerpo que el enunciado
representa como oculto, “transparente”, o tapado. LTRH, al volverse cronológicamente sobre
el pasado (1933-1948-1933), ostenta en su estructura temporal ese gesto
de rememoración, de recuperación, que ha emprendido el sujeto de la
escritura. Se rememoran las relaciones familiares y sociales. En cambio,
Ramírez, narratario minucioso, voraz y realista, pretende saber qué hay
dentro de una canasta de picnic y luego qué
dentro de los emparedados; “no hay nada adentro, cubren un hueco"(p. 185) es la respuesta de Larry, que inscribe un vacío referencial (el
reciente pasado argentino es un débil marco sin desarrollo narrativo),
pero también un “hueco” lingüístico: los personajes hablan una jerga
neutra, sin localismos ni sabor. Si “la vida social entra en correlación
con la literatura, ante todo, por su aspecto verbal”,51Maldición deja sólo en pie las relaciones
familiares centradas en la filiación masculina.
En Boquitas pintadas, cerca de la tumba de
Pancho, que ha muerto dejando descendencia florece y da frutos una
higuera;52 en
su primer paseo Ramírez se interesa por un árbol y luego lo sueña
cargado de fruta (pp. 10-11); en la carta final Larry menciona “la buena
semilla de su consejo que germinó por fin”(p. 278). Se trata,
obviamente, del árbol genealógico, que se ubica en Maldición fuera de la familia y de la
sangre.
La metáfora paterna determina toda la estructura de Maldición, cuyo mecanismo básico es la sustitución: un padre que se vuelve hijo y
viceversa, el destinatario de la carta final reemplaza a Ramírez, éste
intenta suplantar a Larry por una enfermera, los diálogos alucinatorios
del viejo tienen como tema la rivalidad y la sustitución final, uno
intercambia su vacío de pasado con el vacío de futuro del otro,
etcétera.
7. La verdad y la ficción
Son los excluidos o los transgresores quienes LTRH escriben y trazan una concepción de la escritura.53 A la
etérea y ascensional fantasía cinematográfica se opone la memoria y el
cuerpo (Cuaderno de Herminia), el trabajo y la conciencia política
(Diario de Esther). Esta última reproduce los delirios de ascensión que
proliferan en la novela, pero al enmarcarlos en su condición proletaria,
revela que, en el fondo, lo que mueve a todos los personajes es un
anhelo de ascenso social. La política es el deslinde que permite separar los ilusorios devaneos de las condiciones concretas que los
generan. A través del Diario de Esther, la política penetra en la novela
desenmascarando las ilusiones; fantasía y realidad tienen por primera
vez una barrera que franquea o impide el pasaje entre una y otra, es el
dinero: “Las vi [unas telas importadas] realidad y sueño netamente
separadas por un cristal de escaparate”(p. 260).
En el Diario de Esther se menciona una escritura de la mentira y del
ocultamiento, una escritura que “tapa”, que se ubica del lado de la ley
y de la ñoñez pequeñoburguesa, la asume una profesora de castellano:
no me venga usted —dice Esther— con que hay que ocultar el trabajo y su
sudor, y alabando a ese rascacielo porque oculta de la vista de los
ricachones [...] el espectáculo feroz [...] del trabajo(pp. 261-262).
Es el discurso político el que devuelve la conciencia del cuerpo,
uniendo materialidad, escritura y lucha de clases. Así lo indica la
transcripción hecha por Esther de un discurso peronista54:
...la oligarquía verá las necesidades del obrero aunque éste tenga que
abrirle de un machetazo el cráneo y escribírselo en el seno con los dedos; y la tinta será su misma sangre oligarca(p. 262).
La moral del disimulo que asfixia a los personajes con sus consignas
queda develada por otro registro del discurso, cuyo efecto es situar
concreta y socialmente cualquier fantasía.
La escritura se piensa en Puig como un producto material que muestra su
íntima ligazón con el cuerpo, la memoria, el trabajo y la verdad. Cumple
siempre una función develadora, aclaratoria, desalienante, echa luz
sobre la confusión o la ceguera en la que se mueven los personajes de
clase media. “Pero poniendo todo por escrito me ayudo a ver más claro”,
afirma la atribulada Ana de Pubis
angelical, luego que el politizado Pozzi le revela “brutalmente” lo
incurable de su enfermedad.
Perseguido, Toto no sabe si es culpable o no, no entiende la película
que cuenta por escrito a su madre —“Cuéntame tu vida”—, cuyo
protagonista con “una nube en la memoria” huye por crímenes que no
cometió. LTRH por entero se muestra como un
“contar la vida” por escrito de quien enhebra todos sus episodios, para
no olvidar y para entender los equívocos de una ley que persigue —como
el contradictorio señor feudal— a aquellos mismos que ella ha
engendrado. Lo importante es que la ficción contiene la verdad y que
ésta refulge en la escritura.
¿Y la escritura de Toto no es acaso la ilusión y la ceguera? Ficción en
segundo grado, espejo textual, la composición se construye con los
residuos que la novela desplegó, códigos de clase, ideologías,
lenguajes, prejuicios, ficciones. Narrar una película es adherir al
relato las proyecciones imaginarias que desnudan al narrador. Están ahí
reconocibles en forma de lenguaje sin dueño, dialogando entre sí, porque
en realidad, LTRH no tiene monólogos, toda
su estructura —incluyendo los monólogos— consiste en desplegar voces y
lenguas que hablan por sí mismas para exhibir las ideologías en las que
están encanadas. La verdad se habla y se escribe y “tiene estructura de
ficción"55.
Si, como vio Bajtin, la novela es el
género dialógico por excelencia56, si la novela se
constituye a partir de un diálogo que es el entrecruzamiento, las
alianzas, mezclas y pugnas de la ideologían, nadie, entonces, en la
literatura argentina actual, ejecutó mejor este despliegue de voces
encontradas y desencontradas que Manuel Puig.
Notas
Malcolm Lowry: El raro consuelo que da la profesión ,
en Escúchanos, oh Señor, desde el cielo tu
morada. Editorial Tiempo Nuevo, Caracas, 1971. ↩
Juego de las sumas: si el cómputo
final del Yo es imposible, el total de la adición es cómico en el Otro:
“De pronto vi a mi compañero como si fuera una suma que por primera vez
le hiciera el total. Eso me produjo una sensación y una reacción tan
rara que me reí toda la noche. Al verlo un poco lejos le encontré
proporciones que antes no había visto: era alto, delgado, la cabeza
elegantemente un poco grande en relación al cuerpo, y la nariz que de
cerca era demasiado grande, de lejos era una pincelada muy ocurrente...
El total de la suma era que al mismo tiempo que su carácter, su actitud
escondía sus pensamientos, su cuerpo delgado despistaba sus
dificilísimas digestiones”
. “La suma", Obras
completas de Felisberto Hernández , tomo 1, Arca Calicanto,
1981, p. 117.
Tierras de la memoria, O.C., tomo 3,
1983, p. 53. ↩
“Las dos
historias”, O.C., tomo 2, 1982, p.
129. ↩
Puesta en escena de la “revolución copernicana” de
Freud y las reformulaciones
posteriores: “No soy, allí donde soy el juguete de mi pensamiento,
pienso en lo que soy, allí donde no pienso pensar” (J. Lacan, “La
instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud”, Escritos I, trad, de Tomás Segovia, México, Siglo XXI
Editores, 1971, p. 202). Lectura fundante del Yo felisbertiano: Ana
María Barrenechea, “Ex-centricidad, di-vergencias y con-vergencias en
Felisberto Hernández”, en Textos
hispanoamericanos. De Sarmiento a Sarduy, Buenos Aires, Monte Avila
Editores, 1978, pp. 159-194. Walter Mignolo describe la poética del Yo
ex-céntrico en Felisberto Hernández desde J. Lacan, R. Laing, M. Bajtin
(“La instancia del yo en Las dos historias", en Alain Sicard,
comp., “Felisberto Hernández ante la crítica actual”, Caracas, Monte
Avila Editores, 1977, pp. 169-186. ↩
En la aguda lectura de Jorge
Panesi, el relato “La casa inundada” es campo de lucha entre un discurso
previo y otro posterior:
“relación de poder y de apropiación. De poder, puesto que el relato se
despliega como una relación dual entre discursos: uno, posterior y transcriptor de otro, primitivo y potente ... De apropiación, porque, revirtiendo la
situación anterior, presentándose como cita de un relato ajeno (toda
cita es una propiedad adquirida por la ley del entrecomillado o una
inconfesa apropiación ilegal: un robo), marca el ejercicio de un acto de
dominio sobre el discurso del otro”. “Los dos discursos que arman el
texto, el del personaje, el del narrador, se repiten, reiteran los
contenidos. “Diseño que pretende atrapar arcaicas relaciones, paroxismo
de lo especular, los dos ... nadan en las mismas aguas de un narcisismo
que sólo puede repetirse en un autoengendramiento incesante“
.
(“Felisberto Hernández, un artista del hambre“ —Análisis de “La casa
inundada”—, artículo inédito.↩
O.C., tomo 1, pp. 183-186. El “Pre-original de
TAL VEZ UN MOVIMIENTO. Novela metafísica”, como tantos otros textos de
Felisberto, sugiere muy poderosamente el testimonio autobiográfico del
escritor (que en este período, anterior a 1944, inicia su literatura del
personaje o el caso extraño y su vertiente anti intelectualista e
intuitiva, su lógica de las combinaciones y contaminaciones oníricas):
“Muchas veces me he prometido iniciar la aventura de describir, cierto
sentimiento que tengo de la vida y su misterio. Mientras tenía la
ilusión de poder siquiera iniciar esa aventura, me lo pasaba pensando,
sintiendo, haciendo y deshaciendo formas, estructuras, abstracciones,
etc."
(O.C. p. 18).
Este pre-texto insiste en el mientras (p. 189) que señala duraciones múltiples y
constitutivas de los relatos posteriores a 1944: lo fantástico
(suspensión entre lo trivial y lo inexplicable), el proceso del Yo
construyéndose y deshaciéndose, el transcurso mismo de la escritura que
entrecruza perspectivas. Cf. el riguroso análisis de Ana María
Barrenechea del mientras en El caballo perdido y su relación con el
pre-texto anterior a 1944 donde se inicia y se expone el proyecto de
engendramiento textual (op. cit., p. 181,
190-194). ↩
"El acomodador” aparece en Los Anales de Buenos Aires, año I, N° 6, junio de 1946; “Menos
Julia” en Sur, año XV, N° 143, setiembre
de 1946; “Las Hortensias“ en Escritura, año III, N° 8, diciembre de
1949. ↩
“Tierras de la memoria”, O. C., tomo 3,
pp. 29-30. ↩
“Diario del
sinvergüenza”, O.C., tomo 3. p.
192. ↩
Ibid. p. 33. Silvia Sylvia Molloy señala “la
fuerte carga erótica del ejercicio musical en Felisberto”, fuente de
goce solitario pero negativa y catastrófica cuando la ejecución musical
se hace pública. (“Tierras de la memoria:
la entreapertura del texto”, artículo inédito.) ↩
Yo en, ante, contra el propio cuerpo que quiere
ser Otro. Dramatización de la dificultad que los lingüistas encuentran
al definir el significado voluble y errático de los pronombres yo y tú, en
los cuales se manifiesta la función intermitente de sujetos distintos.
Evidentes en el niño, “que no se acostumbra fácilmente a términos tan
enajenables ... y a veces trata de monopolizar el pronombre de primera
persona: No te llames yo. Sólo yo soy yo, y tú sólo eres tú”. (Roman
Jakobson, “Los conmutadores, las categorías verbales y el verbo ruso”,
en Ensayos de lingúística general,
Barcelona, Editorial Seix Barral, 1974, p. 311.) Felisberto, el artista,
el niño: juego de apropiarse de la primera persona para reacomodar desde
ella. ↩
“La tragedia cómica. Anotaciones
sobre Felisberto Hernández”, artículo inédito. ↩
La “Serenata” de
Schubert es en Tierras de la memoria la
pieza musical descrita con mayor detalle para exhibir la degradación del
concierto ritual en lo cómico: ”... yo toqué primero la “Serenata” de
Schubert en un arreglo donde la serenata aparecía despedazada y uno
reconocía los trozos tirados al descuido entre yuyos y flores
artificiales”. (O.C., tomo 3, p.
25). ↩
Guiñada burlona al
psicoanálisis: el protagonista sueña la
inversión (“En el sueño vio una luz que salía de la pantalla y daba
sobre una mesa. Alrededor de la mesa había hombres de pie. Uno de ellos
estaba vestido de frac y decía: 'Es necesario que la marcha de la sangre
cambie de mano; en vez de ir por las arterias y de venir por las venas,
debe ir por las venas y venir por las arterias'” -p. 137-.) Al despertar
caricaturiza las interpretaciones vulgarizadas o las sumisas
aplicaciones de cierta crítica literaria: la reelaboración de lo vivido
en la vigilia (“en ese país los vehículos cambiarían de mano" -p. 138-).
Es significativo que al sueño y a esa típica explicación falsa
felisbertiana siga de inmediato en el texto la minuciosa explicación de
cómo trabajan los tramoyistas y su utilería para organizar el ritual de
la adivinanza imposible: el amo ordena de
antemano el sueño y su explicación. ↩
a Andrés Mercado Vera, filósofo.
Nueva novela latinoamericana 2. Letras
Mayúsculas. Ed. Paidós, 1974. ↩
La noción de “traslado de
llevar aún más allá”, pero sin la connotación de creencias religiosas o
funerarias se ha ejecutado a lo largo del pensamiento moderno y se lo ha
denominado de modo diverso: como un pasaje de reglas, como límite y
posibilidad de la acción de la razón consigo misma, como movimiento
negativo que despliega, como salto al nihilismo, como suspensión del
juicio con el paso de la variación hasta llegar a un invariante o el
camino que pregunta por lo oculto sin conducir a ninguna parte. ↩
(Las frases,
que van entre comillas, son de Macedonio. Las comillas me
pertenecen). ↩
La distinción
entre imagen y sensación es motivo de otro comentario. Lo señalo nada
más pero no abundo, otro es el camino que opté. ↩
Falta un
tercer método que puede inferirse. Luego se hará. ↩
En el artículo
“El sentido de la palabra poética” pueden leerse estas precisiones
teóricas:
“Existen líneas generalizantes de la unidad lexical
gracias a las que la palabra se comprende como única a pesar de sus
cambios ocasionales. El dualismo puede considerarse como una
fundamental división de los indicios de los significados en dos
clases principales: indicio fundamental e indicios secundarios del
significado. (...) las peculiaridades del uso verbal originan
indicios secundarios, a los que podemos denominar fluctuantes a causa de su
inestabilidad, (...) lo cierto es que pueden surgir, determinados
por la compacidad de la serie (por una compacta propincuidad), indicios fluctuantes de significado que
pueden intensificarse a costa del indicio fundamental o, en cambio
de él, dar lugar a una apariencia de significado, a un 'significado
imaginario'"
En un artículo excelente, “El signo prohibido de Leopoldo
Lugones”, aparecido en “Tiempo argentino" el 15 de enero de 1984,
Juan José Hernández escribe:
“Si la esencia del erotismo —como
piensa Bataille— se da en el terreno de la violencia, el mismo
designio en el poeta parecería satisfacerse en la descripción
preliminar de una profanación que no se consuma. La víctima es escamoteada: el deseo sensual se rinde ante la doncella transfigurada
por Lugones en 'hermana solícita', en 'compasivo serafín'. (...) El
terreno de la violencia está, pues, separado del erotismo en los
versos de amor de Lugones. Cualidad masculina, guerrera, la
violencia forma parte de la mitología heroica del poeta y se opone a
la anestesia lunar y crepuscular de su erotismo. (...) El héroe y el
enamorado jamás coinciden en el universo poético de Lugones”.
A
pesar de coincidir en muchos aspectos con el artículo de Juan José
Hernández, en estas notas procuramos afirmar lo contrario de la cita
transcripta. ↩
Reiteramos nuestra diferencia con la lectura de Juan José
Hernández. En la poesía erótica de Lugones el héroe y el enamorado
pueden reunirse. Un fragmento del ensayo “El templo del himno” así
parece demostrarlo:
“Y, después de todo, joven de veinte años que me
escuchas y que teniendo veinte años te hallarás enamorado
seguramente: viendo estoy como late tu pecho en el anhelo de
afrontar la estocada que te cueste la prenda de tus amores; pues no
hay corona de juventud más generosa que un desafío por la dama, y
aunque la dama llore con sus bellos ojos, su corazón, también
heroico, estará, no lo dudes, ansioso de deshojarse en besos sobre
tus labios, para compensarte con su ternura, como quien cambia
flores, la vida que le jugaste en la punta de tu florete”
En El beso de la mujer araña
(Barcelona: Seix Barral, 1976), Boquitas
pintadas (Buenos
Aires: Sudamericana, 1969), Sangre de amor correspondido (Barcelona: Seix Barral, 1982),
La traición de Rita Hayworth
(Buenos Aires:
Jorge Alvarez, 1968) y Maldición eterna a quien
lea estas páginas (Barcelona: Seix Barral, 1980),
respectivamente. Citamos La traición de Rita
Hayworth por la 7a edición (Buenos Aires: Sudamericana,
1974), abreviando LTRH; Boquitas pintadas por la 16a edición
(Buenos Aires:
Sudamericana, 1974) y Pubis angelical por
la 1a edición (Barcelona: Seix Barral, 1979). Los subrayados de las
citas, en todos los casos, nos pertenecen. ↩
Dos caras de la misma iniciación: “(...) LTRH, que es un poco mi infancia y la
explicación de por qué yo estaba en Roma, a los treinta años, sin
carrera, sin dinero (...) Escribir esta novela fue tratar de
comprender mejor este fracaso”(reportaje a Manuel Puig por Saúl
Sosnowski, Hispamérica, núm. 3, 1973, p. 71). Larry de Maldición, a punto de “encaminarse”,
tiene treinta y seis años, la misma edad de Puig al publicar su
primera novela. ↩
La apertura y cierre de cada
parte coincide con el eje masculino-femenino: la primera se abre con
las voces femeninas en casa de Mita y concluye (capítulo VIII) con
el monólogo de ésta; la segunda comienza con Héctor (familia
paterna) y concluye con la carta del padre. ↩
Sosnowski, op. cit., p. 71. El sistema Puig
introduce una mutación importante a partir de Pubis angelical: la reproducción del habla se trueca en traducción. Una argentina dialoga y
“traduce” modismos porteños a una mejicana, ésta hace lo mismo con
los mejicanismos. Maldición y sangre lo incorporan como proceso
genético: estas novelas, en su totalidad, se declaran traducción del
inglés y del portugués (idiomas en los que —hay que suponer— los
personajes dialogan). ↩
Como señalara para las “ciegas” de
Boquitas pintadas (Nené y Celina)
Josefina Ludmer en su lectura “Boquitas pintadas, siete recorridos”,
Actual (Revista de la Universidad
de los Andes), Mérida, enero-diciembre 1971, año II, 8-9, p. 21. En
el primer capítulo se encuentran significantes que se refieren a la
visión en los nombres de los personajes: Ber-to, Vio-leta y la citada
Caba-lús, unidos al tema de los
anteojos y la vista deficiente de Adela. ↩
El cubrecama, en efecto, aparece en el monólogo
de Paquita (p. 193), en los dos monólogos de Toto (pp. 78-94), en el
de Teté (p. 106) y en la composición (p. 281). ↩
Jean Baudrillard trató de establecer una retórica objetal de
la clase media; entre sus características destaca: la proliferación
de elementos que cubren o tapan (indicadores o signos que subrayan
la posesión) y el gusto por lo barnizado, brilloso o esmaltado, que
reduplica los objetos. Redundancia especular en la que puede leerse
“la ecuación fundamental de la propiedad: A es A”.
“La simetría,
junto con la higiene y la moralidad, constituyen la representación
'espontánea” que las clases medias tienen de la cultura”
(cf. “La
moral de los objetos. Función-signo y lógica de clase”, en Los objetos (Buenos Aires: Tiempo
Contemporáneo, 1971, pp. 37-75).
El obsesivo brillo en los pisos y
el interés por la comida son en LTRH
índices de diferenciación social: las sirvientas tienen piso de
tierra (no puede brillar), pero reproducen los pruritos de limpieza
pequeñoburgueses: “mi casa será un rancho pero barremos el piso”(p. 22); Delia, perteneciente a un estrato más bajo de la clase media,
observa: "gente que coma caro como en lo de Mita...”(p. 126); Amparo
se muestra arrobada por las milanesas (p. 28). ↩
Cf.
Ricardo Piglia, “Clase media: cuerpo y destino (Una lectura de LTRH de Manuel Puig)” en Nueva novela latinoamericana 2 (Buenos
Aires: Paidós, 1972). "(...) Toto ha elegido enmascararse...”; “(...)
lo que hace es negarse a usar, a vivir
su cuerpo”(p. 353). ↩
Desde
luego, también se “esconde” o se escamotea el narrador: una
característica constante en la literatura de Puig. ↩
Destructiva y mortífera un mismo significante cuchillo/bisturí permite unir
“madre-hijo” en dos escenas agresivas y tanáticas: a) Toto (p. 142)
clava un cuchillo a una sirvienta, acto comentado por Delia: “¿Si
está siempre pegado a Mita, dónde se volvió asesino este chico?” He
ahí la causa, sería la respuesta. b) Mita, al enterarse de la muerte
de su hijo, insistentemente metaforiza su dolor por medio de un
bisturí que revuelven en su cuerpo (pp. 155-156). ↩
Ahogo que tiene un agente
productor: el polvo, la tierra, característicos de Coronel Vallejos.
Por eso Mita, encerrada en su mundo de sueños, ha hecho sellar las
puertas para que no penetre el invasor (p. 144). El pueblo (la
realidad) y su atmósfera son lo asfixiante. El cuerpo escamoteado
(cf. R. Piglia, op. cit.) vuelve —como lo reprimido— en forma de
enfermedades. Predominan las pulmonares, que suponen la asfixia: el
nuevo bebé de Mita sufre un ahogo (p. 204); Herminia padece asma y
cree estar tuberculosa (p. 29); Celia, tía paterna de Paquita, muere
por igual causa (p. 190); se citan novelas cuyos protagonistas
padecen de tuberculosis: María, El loco, La
montaña mágica . ↩
a) Mar. Los dos prototipos del machismo (Hector-Cobito) están
asociados con el agua: Cobito tiene pasión por pescar en el río
Paraná(p. 233); Héctor se prepara para ingresar en el Colegio
Naval. El modelo de belleza masculina se llama Adhemar. Asociación que Herminia la
virgen solterona, confirma: “nunca vi el mar”(p. 313). Nótese que
el protagonista de Sangre de amor
correspondido es Josemar. b) Pelos: “pelos en el pito”, (p. 43); “que se dice cabello,
pelo es para los hombres o los animales”(p. 77). En Héctor, con su
pasión por los animales, estas cadenas se asocian: una forma de
desavalorizar el machismo (p. 170). ↩
Dos procesos de
transformación subyacen en LTRH y se
narran: 1°) cómo se convierte la voz en escritura; 2°) cómo un
espectáculo predominantemente visual se transforma en un relato oral
o escrito. ↩
Los puntos suspensivos pertenecen al texto (monólogo de Mita):
“con
él [el bebé muerto] sí que iba a estar contento Berto, no con este
flojo, con este... gallina de Toto”
Cf. Moustapha Safouan,
“La figura del padre ideal y sus incidencias sobre la relación del
sujeto con la verdad”, en Estudios sobre el
Edipo (México: Siglo XXI, 1977), y Guy Rosolato, “Del
padre”, en Ensayos sobre lo simbólico
(Madrid: Anagrama, 1974). La dualidad de la ley paterna, las
dualidades oralidad-escritura y masculino-femenino se reúnen en los
dos legados contradictorios del Sr. Ramírez: un testamento escrito
en el que deja su verdad a un hombre (Larry) y su donación hecha
verbalmente, que tiene a una mujer como testigo (la enfermera). Una
imagen capital de la vacilación la encontramos en LTRH cuando Toto solicita a Berto que
lo lleve al baño de varones (p. 33)↩
Esther es el
desarrollo de un estereotipo femenino que proviene del tango Milonguita. Cf. I. Vilariño Tangos, vol. I (Buenos Aires: Cedal,
1981), p. 22. Esther tiene su cuaderno manchado de grasa: esto ilustra el calificativo
que en Argentina se daba a
los obreros peronistas. Otra equivalencia que la novela desarrolla
abundantemente (proviene también del lenguaje familiar) es la de
comer-copular-violar (cf. el monólogo de Cobito). Quien más come es
Toto (“come todo”, “como morfa”, “tragalibros”); es un comilón, un morfón, apelativo con que el argot masculino designa a los homosexuales pasivos. La
novela calla este apelativo, pero por otro lado trabaja la
equivalencia, la exhibe. ↩
”Una vez le
pregunté al médico sobre esas sensaciones (sexuales). Me pidió que
pensara en una comida muy apetente...” (Maldición, p. 75)↩
Alicia Borinsky, Ver/Ser visto (Notas para la poética) (Barcelona: Bosch; 1978), p. 58: Se
refiere a El beso de la mujer
araña. ↩
Angel Rama, “El diálogo imposible”, en Sábado (suplemento de Unomásuno), México, 21 noviembre
1981. ↩
J. Rynianov Tynianov, “De
l'evolution littéraire”, en Théorie
de la littérature (Paris: Seuil, 1965), p. 131. ↩
Esther no irá con los demás a la Confitería
Adlon. Cobito escribe un anónimo: ha sido expulsado por transgredir
el orden (se burló de un celador, p. 256). Berto ha sido excluido de
los estudios por su hermano y queda al margen cuando las dos mujeres
“confabulan”. Herminia está excluida del sexo y hasta de la vida:
aparentemente “espiritual”, es el exacto negativo de la materialista Delia: la presencia o ausencia del sexo, el sueño y la comida
es lo que permite oponerlas. Novela primeriza, LTRH parece conjurar mediante esta
artista fracasada el peligro de un fracaso artístico. ↩
En Esther hay parodia, pero no es el peronismo
en sí lo parodiado, sino la sublimación populista que espiritualiza
la noción de pueblo, otorgándole un alma, un corazón, un soplo. Una
ideología sentimental, paternalista y finalmente,
reaccionaria. ↩
Frase de Jacques Lacan, quien
retoma las teorías de Jeremy Bentham:
“el hecho de la operación
poética debe hacernos detener en el rasgo que ciertamente se
olvida, es que la verdad se confirma en una estructura de ficción"
,
en “Jeunesse de Gide ou la lettre et le désir", Ecrits (Paris: Seuil, 1966), p. 742.
“De otro lugar y no de la realidad es de donde la verdad extrae su
garantía: de la Palabra. De ella recibe la marca que la instituye en
una estructura de ficción”, op. cit., p. 803 (“Subversión du sujet
et dialectique du désir dans l'inconscient freudien”). Traducción
mía. ↩
Cf. Mikhail
Bakthine, La poétique de Dostoievski
(Paris: Seuil, 1970) y Esthétique et théorie
du roman (Paris: Gallimard, 1978)↩