El último número de SITIO se publicó en mayo de 1985. Nuestro silencio pide una justificación. No fue producto de una decisión reflexiva: el intervalo se nos fue alargando insensiblemente, como si no dependiera de nosotros o estuviera determinado por la espera de algunas condiciones que desconociéramos o sobre las que no tuviéramos poder. Sólo sabíamos que el desgano, acedia casi, era compacto y unánime entre nosotros.
Nos habíamos asignado un lugar en el campo intelectual tal como estaba configurado en 1981 cuando comenzó a aparecer nuestra revista, y esta configuración había cambiado esencialmente al inaugurarse el gobierno constitucional: cese de la represión, eliminación de la censura, vigencia de los derechos y garantías individuales, apertura de las instituciones educacionales y de acción cultural, nuevas relaciones internacionales, revisión de lo actuado durante la dictadura miliar en lo referente a ilícitos económicos y violaciones de los derechos humanos, federalismo. Dentro de este marco: retorno de los exiliados —con discursos nuevos o con los de siempre—, aparición de una prensa política (semanarios), activa producción cinematográfica, conciertos multitudinarios, manifestaciones incesantes, huelgas no reprimidas, volantes y propaganda mural casi hasta la saturación, programas “cuestionadores” en televisión y radio. Se habló de “destape”. Muchos lo creyeron en exceso.
Aliviada, SITIO sucumbió a las delicias de Capua. Estábamos mucho menos solos, renacía la división del campo intelectual. Había otra vez, cada uno en lo suyo, literatos, artistas políticos, educadores, filósofos, sofistas. Además, nos sentíamos tutelados y relevados en preocupaciones fundamentales. Comisiones de Derechos Humanos a cargo de prohombres y promujeres que daban plenas garantías; juristas que velaban por la justicia; filósofos en ministerios y asesorías que vigilaban la ética y eran escuchados o consultados por el Príncipe tanto como Platón, Agustín o Campanella hubieran podido desear; humanocientistas que encuestaban, describían, planificaban; lingüistas que desmontaban las insidias de los discursos, psicoanalistas de por aquí y de ultramar que acorralaban a Ello para que, pronto, cuanto antes, allí donde él había estado, adviniera Yo. “Democracia, Racionalidad, Modernización, Postmodernidad, Diálogo”. Diálogo, sobre todo; con FMI, con los Bancos Acreedores, con la Comunidad Económica Europea, con Juan Carlos, con Reagan. Y no por necesidad o conveniencía meramente empírica, contingente, sino “por una profunda vocación".
Toda una Primavera. Una Primavera Kitsch, que demasiado duró, si bien se piensa. Pero la última Pascua no vino a cerrar la Cuaresma, sino a inaugurarla. Lo inimaginable para muchos en 1984 se ha hecho Realidad. Una Realidad que retorna con rasgos reconocibles, pero que puede —y es de temer que lo haga— desembozarse mucho más. Como a la Ley de “Punto Final” la siguió la Ley de “Obediencia Debida”, a ésta la seguirá... lo que se quiera pedir. Sería más que ingenuidad esperar otra cosa. No pedirán, previsiblemente, menos que la Ley de “Autoamnistía” derogada en 1984. Se hará de mala gana, bajo protesta; “no gustará“ a nadie; será el último escuerzo que se trague, el último ricino; la postrer renuncia que permitirá salvar la Democracia al menos para la Posteridad... Pero se hará.
SITIO se siente nuevamente convocada. En medio del retintín monocorde de los gingles, de la destemplada polifonía de estos años, no escuchó ninguna voz a la que pudiera sumar la propia, y ésta se le quedaba en la garganta. Vio, con pena, que muchos no supieron administrar su silencio ni preservar su palabra. Hablaron demasiado; demasiado pronto; donde no era pertinente. Exultaron en exceso, profirieron lo irrecuperable. Y se quedaron afónicos. Por supuesto, convalecerán —tienen una larga práctica— y se las ingeniarán para graznar su nuevo canto del Fénix.
Nuestro despertador fue un “¡Compatriotas, Felices Pacuas!”, que en el momento de escucharlo recibimos más bien crédulamente, como los representantes de los partidos políticos reunidos en el Congreso, los millones de argentinos que, delante del balcón de la Casa Rosada, de las alambradas de Campo de Mayo o en las plazas de todas las ciudades y pueblos de la República, aguardaban hacía 48 horas el desenlace de un enfrentamiento en que se jugaba todo lo ocurrido en la Argentina durante los 11 años que han pasado desde 1976, nuestro presente inmediato y nuestro futuro, por un lapso imposible de prever.
En efecto; el Presidente de la Nación Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas (así reza la Constitución) había decidido trasladarse en persona al baluarte de los sublevados, un grupo de oficiales, pequeño, pero que el resto de sus “camaradas de armas" se negaba a reprimir. Iba —dijo— a exigirles, en persona , la obediencia debida y la rendición. Y lo que las armas de la ley no habían logrado, mágicamente, pareció lograrlo el Diálogo, o la diosa Peithó.
Con muy pocas excepciones, el Presidente fue creído: segundo milagro de Peithó.
Los días siguientes Diálogo se transforma en tromba. Con otros interlocutores: los legisladores del partido oficialista y los de los partidos pequeños; los jefes militares; los jueces. Recalcitran algunos. Se los convoca a nuevos diálogos más íntimos, se les exponen razones de estado, argumentos que no son para catecúmenos, sino que suponen almas más templadas y firmes en la fe. El whip1 Jaroslavsky y el entonces procurador general de la Nación. Juan Octavio Gauna, promovido ahora a secretario del Interior (por lo tanto, dicho sea incidentalmente, el superior inmediato del jefe de la Policía Federal) trajinan en los detalles menos limpios del acatamiento que habrá de asegurar la exculpación por obediencia debida en los hechos de la guerra sucia. El mensaje del Poder Ejecutivo se vota gregaria mente como ley. La Suprema Corte acelera el fallo en el recurso interpuesto contra la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Criminal y Correccional por los defensores de los implicados en la “Causa Camps”. La mayoría (jueces Caballero, Belluscio, Fayt, Petracchi) revoca la sentencia del tribunal a quo y dispone la absolución de Norberto Cozzani, cabo de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, y la del “médico” Jorge Antonio Bergés, adscripto como oficial principal a la misma repartición como coautor, de tormentos, en repetidas ocasiones a personas secuestradas y encarceladas clandestinamente. (La intervención del facultativo había sido para controlar el estado cardíaco de los torturados y aconsejar o desaconsejar la prosecución del tormento; es decir, no dejar morir a las víctimas hasta que hubieran revelado la información que ocultaban, real o supuestamente.)
Todos estos hechos son de público dominio y SITIO no aportará ninguna información o anécdota nueva. Cree, sí, que resultará útil contribuir a la difusión de algunos textos oficiales (Autos del juicio) escatimados por los diarios o publicados en compilaciones de circulación restringida al público especializado, como es la revista La Ley. Y también cree que debe rendir homenaje a los jueces de la Cámara Nacional y al doctor Jorge A. Bacqué; a éste por lo ejemplar de su voto y por haber sido el único de los miembros de la Corte Suprema que propuso declarar inconstitucional la Ley de Obediencia Debida ¡Hay —pocos— jueces en Berlín! El dictamen del abogado Gauna lo incluimos: a) para contraste; b) para oprobio; c) como una confirmación más de que “el hombre es el estilo".
En este número no publicamos poemas, relatos, ensayos o notas de crítica literaria. La Literatura —la que nos interesa— no ha tenido tiempo aun de replantearse su sentido en una sociedad cuyo sistema de valores ha quedado trastocado por la sanción de la Ley de Obediencia Debida y por la aplicación jurisprudencial que de ella hizo la Corte Suprema. No sólo la Literatura, por supuesto, sino también las restantes prácticas culturales articuladas con aquel sistema arquitectónico. Tebas “se agostaba en las semillas sembradas en su tierra en sus rebaños de bueyes, en los partos esté riles de las mujeres”, y Apolo exigía que expulsara al impuro cuyo crimen había poluido a todos o que “compensara una muerte con otra muerte”. Mientras tanto, la ciudad contaminada no podía producir sino contaminación, ya emprendiera solemnes procesiones, torneos o himnos. Nuestra purificación es más difícil de imaginar, o mucho menos, según se mire. De todas maneras, el primer acto posible y al alcance de cualquiera es no dejarse distraer. Evitar que la angustia se nos disipe aventada por una cotidianidad que nos sigue reclamando las mismas tareas, los mismos gestos. La sanción de la Ley, el fallo que la aplica, no son dos “eventos” más, enhebrados entre cuales quiera otros dos, grises ya en una memoria domesticada para el olvido lo más acelerado posible... de cualquier cosa que obstruya el ingreso del nuevo bit que empuja impaciente porque el que viene detrás lo está empujando a él. La capacidad de horror también se embota y llega a atrofiarse, ¿Cómo, si no, explicar la acción de los exculpados y la de los exculpantes? ¿Cómo entender el repudio que en su momento concitaron los verdugos y la indiferencia tan generalizada con que se recibió el voto de los legisladores que los exime no sólo de castigo (lo que podría aceptarse como acto de conveniencia puramente política a cambio de evitar un mal mayor o conseguir un bien) sino de culpa? Los legisladores no tuvieron siquiera la obligación de los jueces, —que no hacen las leyes sino las aplican— de circunscribirse a un cuerpo de normas preexistente. Su único límite, en la medida en que es la fuente misma de su potestad, la Constitución Nacional, fue precisamente el que trasgredieron, y en un punto, el Artículo 18°, que es su razón de ser. Se negaron a sí mismos, y nos implicaron a todos en su negación, en cuanto sujetos de derecho .
SITIO no acepta ningún nihilismo. Este presente contaminado y este futuro inmediato de culpabilidad y de vacío axiológico no es —como el de Tebas o el de Sodoma y Gomorra— resultado de actos privados llevados a cabo en la intimidad por instrumentos de la malignidad de los dioses, no se transmite ineluctablemente de padres a hijos generación tras generación. Es el producto de un pasado politico, es decir generado por nosotros mismos, los ciudadanos, en nuestros enfrentamientos por el poder dentro de la civitas. Una obra nuestra que podemos anular con un obrar contrario.
Y la Literatura (como la entiende SITIO), cualquiera sea la estética que adopte es, o tiene que quererlo ser, productora de efectos , de cambios en las conciencias, cambios que, de alguna u otra manera, antes o después, se transforman en conductas. Tiene, sobre cualquier otra práctica cultural, la ventaja de poder darse cada vez un comienzo absoluto, de estar exenta de cualquier condicionamiento o respecto (aun los preestablecidos por ella misma) al que tuviera que atenerse como norma.
Elige su plano de referencia: lo histórico real; lo puramente imaginario; lo simbólico; lo posible lógico y lo lógicamente imposible: el epos, el apólogo, la canción, el oxímoron, el emblema o el enigma. No tiene que dar cuenta a nadie, pero elige tener que dar cuenta a todos y sobre todo. Acepta ser irresponsable para ejercitar con mayor plenitud su responsabilidad consigo misma.
¿A quién recurrir más pertinentemente para imaginar una política como la Argentina necesita inventar? Y que tiene que comenzar por ser declaradamente utópica, situada más allá del horizonte de posibilidades al que remite la trajinada definición de la Política como “arte de lo posible”, que hasta ahora y entre nosotros sólo ha servido de taparrabos para todas las claudicaciones ante los Dueños de La Realidad.
Resumen editorial
Este editorial final funciona como el testamento y la autocrítica del proyecto SITIO. El texto traza el recorrido intelectual de la revista a través de la convulsa historia argentina de los años 80, explicando su propia evolución y su silencio final. El recorrido de la revista comienza con el momento inicial (Nº 1), un gesto de fundación en plena dictadura militar. En un contexto de extrema represión y censura donde el discurso político explícito estaba clausurado, SITIO optó por crear un espacio crítico en el terreno de la teoría literaria y filosófica. Su interés se situaba en definir teóricamente una literatura autónoma, concebida como una práctica heterogénea a la cultura oficial y resistente a cualquier forma de utilidad social o instrumentalización política. Bajo la influencia de pensadores como Nietzsche y Blanchot, se postulaba una literatura que desafiaba la representación y se afirmaba en su propia soberanía. Esta apuesta por la complejidad teórica y la autonomía del lenguaje no era un escape esteticista, sino una forma de resistencia política indirecta: un modo de oponer un pensamiento riguroso y no sometido al discurso monolítico y empobrecedor del régimen militar. Luego, el recorrido describe un momento intermedio (Nº 2-5), que coincide con la conmoción de la Guerra de Malvinas y la posterior transición democrática. Al reabrirse el espacio público, la revista abandona su posicionamiento más elíptico y se vuelca de lleno a la intervención polémica directa. El interés se desplaza desde la teoría pura hacia los efectos de los acontecimientos históricos y las disputas dentro del propio campo intelectual. Primero, analiza críticamente los discursos generados por la guerra, demoliendo tanto la propaganda oficial como las respuestas que considera insuficientes desde la alta cultura. Posteriormente, el foco se centra en el rol del ensayo y la crítica en la nueva democracia. Es aquí donde la tensión entre "saber" y "política" se vuelve central y explícita, ejemplificada de manera paradigmática en la polémica con la revista Punto de Vista (caricaturizada en el editorial como el personaje "Hystericus"). SITIO acusa a esta corriente intelectual de adoptar las herramientas del "saber" crítico europeo de manera superficial, neutralizando su potencial político para justificar una práctica académica y relativista. Frente a ello, SITIO reivindica el ensayo como un "combate por la Verdad", un compromiso ético que no separa el conocimiento de una intervención "polémica" en la polis. Finalmente, este último momento (Nº 6) representa la claudicación de esa tensión. La crisis política y ética desatada por las leyes de Punto Final y Obediencia Debida es tan profunda que, para los autores, anula la posibilidad misma de la práctica literaria y teórica. La literatura es suspendida porque el pacto social y el sistema de valores sobre los que opera han sido destruidos. El único acto intelectual posible que le queda a la revista es abandonar la literatura para convertirse en un vehículo de testimonio jurídico, publicando los textos que la historia oficial busca ocultar. El editorial cierra con una defensa paradójica y utópica de la literatura, no como una práctica posible en el presente, sino como la única fuerza capaz de "imaginar" una política futura más allá de las claudicaciones del "arte de lo posible".
Notas
Whip: “Azote, látigo, zurriago, fusta”; en política, “diputado encargado de velar por los intereses de su partido en el Parlamento o Congreso, exhortador, llamador”. No nos tomará a mal el diputado Jaroslavsky que usemos con él esta rancia metáfora, tomada del vocabulario legislativo de las dos Grandes Democracias, nuestra inspiración y modelo institucional; ni tampoco los señores diputados integrantes de su bloque. Ellos sabrán pasar por alto los “comparantes” de la relación metafórica: canes/mozo de traílla, que en el uso actual de la designación están absolutamente sublimados. ↩
