Revista SITIO · N.º 6 (1987)

La Ley de obediencia debida no es “reserva textual”

En este artículo se parte de la siguiente afirmación: la Ley de Obediencia Debida, en su letra de ley, no es reserva textual1. Después de semejante afirmación se pasará a demostrar, por vía de la argumentación, los efectos que se pueden leer en el campo de la ficción y en el campo de la política de la cultura. Que no es reserva textual, quiere decir que es un punto de pura denotación jurídica; que sanciona —y la sanción de derecho no admite múltiples interpretaciones jurídicas— a partir del principio límite, que es el de la obediencia debida como eximente de culpabilidad. Esto es, que se diferencia de otros acontecimientos que han servido como estofa de invención o como material de análisis, sobre todo en aquello que la literatura se ha dado a ficcionalizar (secuestros, torturas, desapariciones, exilio). La letra de la ley, en su funcionamiento y establecimiento jurídico de hecho, por estar en el código, no es materia de olvido, y produce efectos de discurso que se pueden situar al menos en dos puntos que aparecen como constantes; 1) el pasaje y el deslizamiento entre ficción y política, 2) el análisis del discurso en lugar del discurso político. Al ser traducido en poder del discurso, se puede verificar cómo el análisis político ha cedido su argumentación, su especificidad, a las ciencias llamadas sociales, transformándose en puro aparato tecnocrático, neutralizando con ello las consecuencias de su acción política: Produciéndose un fenómeno mimético por entrar esos discursos a funcionar entre ellos de manera equivalente.

Ficción política, política de la ficción

Si se usa la figura casi del quiasmo como subtítulo será justamente para disolverla como figura, y para ubicar en ese lugar la argumentación que esa misma figura cumple como función puramente retórica, como fenómeno de un estilo metonímico que escamotea sus implicancias políticas. Por lo tanto, no se podrá reducir la Ley de Obediencia Debida ni sus consecuencias políticas a una polarización o enfrentamieno de discursos.

Vamos a partir primeramente del tratamiento que la ficción le otorga a la política, y específicamente en relación a la Ley de Obediencia Debida. Defendiendo nuestra afirmación, no hay reserva textual, y nos remitiremos por el momento a la participación de los escritores que se ha reducido a 1) reportajes, 2) encuestas, 3) notas periodísticas.

En un reportaje a Dalmiro Sáenz, aparecido en la revista Fin de siglo, se encuentra un componente decisivo que va a definir distintas posiciones de las enunciaciones discursivas. Esto es, la seducción, como categoría post-moderna de análisis, y la relación directa que se establece entre esa categoría y el poder de seducción otorgado al discurso. La estética como fenómeno aparece en los campos más diversos como un efecto de mímesis estilística. No se trata de descalificar este tipo de análisis u opiniones, sino de situar la función que cumplen en relación a un hecho como la Ley de Obediencia Debida.

Tomaremos la primera frase del mismo reportaje, que resume paradigmáticamente esta categoría en el discurso político bajo el título de “Sembrar la semilla de la subversión”: “En cuanto al advenimiento de un golpe, no sé si no es un problema más estético que ético”2. El otro punto que no es ajeno a los devaneos que produce la estética post-moderna es en relación a neutralizar el poder político del discurso político:

“En la Argentina la seducción es un arma fundamental. La usa Alfonsín, la usaron todos los caudillos naturales. El conflicto de Semana Santa fue un típico ejemplo de seducción. Los tipos eran lindos, valientes, se vistieron de Malvinas, se pintaron los rostros, sacaron la cara por todos los demás, se enamoraron de sí mismos... Todo esto sin una gota de inteligencia, con seducción, con sabiduría, con instinto. Con la sabiduría de las especies en extinción”.

Las declaraciones del autor, que siempre han asombrado por su matiz escandaloso, no son, sin embargo, singulares. Las encontramos en otros campos más caracterizados políticamente. Seducción que denuncia y que cae víctima de su propia denuncia, seducida por los argumentos que le otorga al discurso de Alfonsín: un poder de seducción tal que llega a alcanzar hasta el mismo Presidente. La seducción y el discurso se “independizan” de quienes lo pronuncian, comienzan a funcionar como personajes, entes, categorías, lugares de la enunciación que al desengancharse del enunciado restan la responsabilidad política de quienes los enuncian:

“Aunque esta ley no tiene antecedentes en el mundo, en tanto legitima el asesinato y la tortura y ha escamoteado a la justicia a innumerables autores de crímenes atroces y aberrantes, el presidente Alfonsín, atrapado quizás por la seducción de su propio discurso, no tuvo inconvenientes en decir el 29 de junio, en Tandil, que 'la Argentina está a la cabeza del mundo en el respeto de los derechos humanos, desde que hemos consagrado la misma pena para el torturador que la que tenía el homicida'”.

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Ya sea soportando esta seducción, padeciéndola o ejerciéndola, la inflación de un discurso retórico impregna las declaraciones y los análisis de los escritores en dos polos discursivos dispuestos en: 1) análisis de las figuras; 2) instrumentación de las figuras de descripción caracterológica que unen lo psicológico a lo retórico y ocupan el lugar de un lenguaje pséudopolítico.4

Vemos cómo la distancia entre la ficción y la política se acorta. Nos encontramos con quien mediante los puntos suspensivos nos otorga la posibilidad de la polémica. Es D. Viñas, quien en el reportaje: “La literatura como una traición”5 muestra cómo este deslizamiento se hace posible por vía del recurso analógico. También allí, y más allá de las consideraciones literarias con las que se podría acordar o no, se puede leer la operación discursiva de este deslizamiento bajo el tópico de la relación entre el intelectual y la política. Ante la pregunta conclusiva: “Las referencias a lo que ocurre en la sociedad resultan obvias”, D. Viñas responde:

“Desde ya. Yo diría que en la literatura también se reproducen mediatamente el punto final y la obediencia debida. Si tengo un lector que acata mi texto cerrado—donde le propongo la sumisión, la humillación... —eso es la obediencia debida. Es un acatamiento. O un punto final, otra forma de esa metáfora que es la obra cerrada. Punto final. ¿Cómo 'punto final'? Puntos suspensivos para que el otro me replique. El punto final es una metáfora que va más allá del hecho literario. Es un emblema que tilda esta sociedad. 'Pongamos punto final en la política frente a los militares, frente a esto y lo otro y además en la crítica y la literatura'"

y en otro fragmento del mismo reportaje:

“Felices Pascuas. Ese es un texto de cierre, un punto final. Otra versión del famoso 'De casa al trabajo y del trabajo a casa'... Dejame hacer mi propio itinerario, viejo. Pero no: 'Felices Pascuas' y otras vez todo el mundo a casa. Punto final. Una propuesta posible para una práctica crítica y una producción literaria; por de pronto que la gente no rece. Que no dé órdenes tampoco. Y que no se desmovilice. La literatura tiene que ser la revolución permanente, viejo, de lo contrario no es literatura".

Más allá del reino de cada subjetividad, vemos en el tópico que cierra la respuesta cómo las relaciones entre política y literatura resultan ineficaces para dar cuenta, vía un análisis analógico, de las consecuencias políticas de la Ley de Obediencia Debida.

La Ley de Obediencia Debida parece resistirse como reserva textual, y pasa de la crítica literaria a la clasificación retórica. En todo funciona como reserva retórica, y ya que, como referente real que es, no da lugar a una ficcionalización, se la quiere homologar a una serie de producciones verbales en “una retórica perversa” que, vía la exhortación, la declamación, ofrecen lugar a un discurso intimista.6 En una encuesta aparecida en la revista Fin de siglo , bajo el título: “Visiones desde la cultura”, y ante la pregunta: “ ¿Qué está en juego para la vida cultural argentina frente a la posibilidad de un golpe de Estado?”, D. Viñas responde: “1. Una retórica perversa es lo que quizás defina el espacio cultural de la dictadura argentina entre 1976 y el '83, y va de suyo que esa eventual caracterización daría cuenta, en forma mediata y matizada, de los diversos momentos autoritarios que ha padecido nuestro país, por lo menos desde el golpe de Uriburu en 1930 hasta el de Onganía en el '66. Correlativamente, presumo, se podría esbozar una tipología con las más diversas figuras de esa retórica: desde la delación a la tortura pasando por la obsecuencia, el anónimo, la intimidación y las órdenes; en lugar de la metáfora tradicional correspondería describir y evaluar la censura, el eufemismo, la complicidad y las, opiniones unánimes; así como un reemplazo de la sutil ambigüedad del oxímoron, ostracismo, excomunión y el exilio. Y listas negras, ortodoxia, calumnia y sospechas más o menos obscenas en lugar de la elipsis o la metonimia”.7

El encabalgamiento entre ficción y política permite que la literatura funcione como shifter entre política e historia. Se produce ese desplazamiento para que la literatura funcione como reserva en relación al olvido. Una nueva figura, tan concreta como la sociedad, comienza a tomar el matiz de lo abstracto. La literatura ocupa el lugar de una memoria que no hace más que escamotear una posición política que no puede sostenerse desde, el mismo discurso político. Porque la Ley de Obediencia Debida afecta ese discurso a posiciones asumidas políticamente. Por lo tanto, el discurso político se encuentra contaminado de términos que le otorgan una categoría psicológica a lo que es del orden de lo político. El pasado como “traumático” amenaza con retornar:

“Que el pasado como trauma sigue bien presente —coagulado y presto a resurgir— ha quedado evidenciado de un modo brutal en el drama escenificado por esos 'carapintadas' poniendo en acto el espectro del 'chupadero' frente a una ciudadanía que vivaba a la democracia. Está claro que esa escisión está en la sociedad y que no puede hacerse al gobierno responsable de su existencia; también, que como dato de la realidad de esta transición no puede estar ausente del tratamiento de la cuestión militar”.

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El pasado traumático parece retornar en diversos artículos bajo la figura del olvido. En un artículo de B. Sarlo: “Los militares y la Historia. Contra los perros del olvido”.9 El aparato represivo se demostraría ahora impotente —por la resistencia que la literatura ahora le ofrece, porque habría “que construir un aparato de leer que pueda borrar los restos de miedo y la esperanza irrisoria”. ¿Por qué la literatura aparece ahora como resistencia, cuando la lucha se plantea en otro frente? Sólo porque la literatura es la criada de turno que puede otorgar consistencia a un discurso que, al no poder sostener su discurso político, se desplaza hacia el lugar de lo literario. No es que la literatura históricamente no pueda aparecer como resistencia, sino que justamente los textos citados en referencia a la posibilidad de borramiento y de olvido (“para lograrlo, habría que suprimir buena parte de la literatura argentina de estos últimos diez años”) hacen de la Ley de Obediencia Debida en vigencia un hecho del pasado.

Veremos ahora de qué manera actúa esa reserva literaria:

“Leyes podrán amnistiar a quienes echaban abajo las puertas; pactos de olvido podrán ser suscriptos.; otros podrán contar la historia según lineas de interpretación impuestas por la fuerza... Los textos existen. No me refiero solamente a discursos fuertemente referenciales, como el informe de la CONADEP y la actas de los juicios”.

¿Por qué en este momento en que lo que está en juego es la Ley de Obediencia Debida, ligada de manera directa a las actas de los juicios y al informe de la CONADEP, se produce un cambio de referente? Parece que es necesario desplazar el eje de lo judicial a lo literario:

“Hay novelas, poemas, testimonios que van desde la extrema representación realista hasta las transformaciones más distanciadas. Son obstáculos puestos ante la invitación, la posibilidad o la imposición del olvido; se obstinan frente a la hipocresía de una reconciliación amnésica que quiere hacer callar lo que, de todas formas, se sabe”.

A esta altura el destinatario del mensaje se ha vuelto tan difuso que se podría preguntar ingenuamente: ¿quién lo sabe?, y desde qué lugar o quién es el responsable de un pacto de olvido, cuando no existe nada más actuante que una ley vigente.

Es entonces, de manera tan singular, como la literatura se convierte en reserva textual actuante cuando la situación política obliga a cambiar de discursos:

“¿Qué hacer con estos textos: encerrarlos, esconderlos, quemarlos? Hablan sin detenerse, construyen y reconstruyen lo que, desde otros lugares de la sociedad argentina, se pretende cegar: para lograrlo habría que suprimir buena parte, de la literatura argentina de estos últimos diez años. Y seria una empresa inútil o una impensable operación que destruyera por completo lo que ya es materia de la memoria. Si el discurso oficial, bajo el reclamo militar, establece la reunificación por el olvido, otros discursos son portadores del pasado”.

No se puede en la cita desconocer la función actuante de los verbos que definen el poder de los textos (“construyen, reconstruyen”), pero no se puede homologar una decisión política con sus implicancias y efectos jurídicos a la ambigüedad de un discurso oficial. Se trata en realidad de que se acude a esos textos para situarlos en el lugar de una decisión política con la cual es difícil de acordar.10 Y la figura social de la subjetividad escindida homogeniza un discurso oficial más allá de cualquier subjetividad. Esta instrumentación de la literatura en relación a un discurso político es una operación que se repite desde otros lugares. Términos como “historia” , “pasado” y “sociedad” serán los tópicos en juego cuando se entre en el análisis del discurso como análisis político.

La función política del análisis del discurs

La predominancia del análisis del discurso parece instalarse en un lugar ya conocido cuando se habla de política, el debate perpetuo entre discurso y acción o entre discurso/realidad.

El campo político se transforma en corpus político, y los trabajos de E. Verón son paradigmáticos respecto a este tipo de análisis. Justamente en su apartado: ”El cuerpo político11 la remisión a una especificidad no alcanza a cubrir bajo el matiz de la cientificidad los efectos que se desprenden del hecho de que sea el análisis del discurso el principal instrumento que impera en el análisis político, lo cual indica un déficit y una homogenización en este análisis llevado a cabo por los intelectuales de la política, y que conoce otras versiones: los intelectuales y la política, los intelectuales y la sociedad, donde por la conjunción y la sumatoria se configura una bolsa donde el eclecticismo siempre encuentra algo cada vez que mete la mano.

Lo que aquí se afirma es que la cientificidad del discurso político es una política. Una especificidad que intenta sustituir a una teoría política: el marxismo. Una constante que se podría verificar en la bibliografía utilizada por este “cuerpo político”. Una renovación técnica del discurso que va desde el post-modernismo, hasta Ducrot y Récanati. Y la única referencia a Marx aparece vía Lyotard: “A partir de Marx y Freud”, en una extensísima bibliografía de un libro que se titula: El discurso político. Lenguajes y acontecimientos.

Horacio González12 señala este punto, y aparece como excepción cuando al analizar el discurso de Alfonsín desmonta la perífrasis “socialismo científico” por “marxismo”:

“Es obvio que mencionar al marxismo, supone un debate teórico muy específico que el Presidente no tiene por qué abordar. Pero cuando el Presidente quiere acusar a todas esas doctrina de 'reduccionistas y deterministas' no debe ignorar primero que en el marxismo existe esa polémica resuelta de modos muy diversos (basta recordar la obra de Gramsci, del estructuralismo marxista francés o de la Escuela de Francfort, en sus representantes actuales o pasados)”.

Sucede que esa perífrasis a la que se hace mención (“socialismo científico”) viene desde otro campo, (los “ghost writers” del Presidente, a los que el mismo González hace referencia en otro artículo), si no habría que pensar que el Presidente debería conocer flaubertianamente los debates entre la Escuela de Francfort y el estructuralismo marxista francés. Es obvio que hay un desplazamiento de fuerzas del cuerpo político como discurso científico en relación al campo político. De tal manera funciona la referencia a un discurso supuestamente compartido (la Escuela de Francfort, el estructuralismo) que se le podría criticar al Presidente no conocer; pero sí en cambio se le podría disculpar no abordar un debate teórico y específico sobre el marxismo.

En el mismo artículo, González, sitúa con acierto una nueva variante: la política que se torna un asunto de profesionales:

“Es cierto que esto ha dado lugar a deformaciones, tanto del lado de los profesionales de las ciencias sociales, como del lado de los profesionales de la actividad política”.

Este es el espectro en que parece dividirse el campo político argentino. Esta dicotomía que se reconoce en diferentes lugares bajo el nombre de: “dos discursos”, “teoría de los dos demonios” “democracia/teoría del conocimiento”. Esta brecha entre profesionales de las ciencias sociales y profesionales de la actividad política delimita claramente, como lo establecen sus términos, una relación entre ciencia y actividad, que recuerda, sólo que de otra manera, la brecha entre teoría y práctica. Sin embargo, esta dicotomía va a encontrar su fractura en un lugar muy particular que es: el de la enunciación política. Porque en ese lugar confluye, de manera diferente, el sujeto. Por lo tanto, según se lo ubique en relación a esa enunciación, se definirá al sujeto político, ya que se deslindarán dos posiciones aparentemente opuestas: un sujeto como pura marca discursiva, abstracta; o un sujeto concreto, histórico. Es en ese punto que los semiólogos de la política encontrarán una diferencia efímera para reunirse nuevamente en un discurso homogéneo en nombre del paradigma de la cientificidad.

Veremos cómo la semiología del discurso político se desplaza lentamente de un lugar más semiológico hacia una teoría de la argumentación como análisis del discurso político. Un nuevo tópico surge entonces: una realidad discursiva, que pareciera ser para los distintos autores producto de múltiples y diferentes factores. Por lo tanto, el campo del análisis del discurso político se va a disponer de la siguiente manera: enunciación política, semiosis discursiva, producción de sentido, porque son éstos los lugares por los que ciencia y actividad, práctica y teoría, sociedad y sujeto van a ser articulados.

En el artículo de L. Aseff, “Predominancia del discurso. (Una crítica.)”13 encontramos una de esas versiones:

“los hechos conocidos transformaron la sociedad haciendo que sus intelectuales escaldados por tanta acción y por tanto sufrimiento dirigieran como tantas otras veces su mirada hacia otros lenguajes".

La autora define esta inflación del análisis del discurso como una nueva hermenéutica dogmática que sería una obturación para las posibilidades del sujeto social. El discurso oficial, el oficialismo de un discurso, obligaría a una modernización del conjunto discursivo como medio de superar la crisis. Modernización que el gobierno ejerce como consigna en otros planos. Ante un pensamiento político global la autora advierte que una fragmentación del discurso haría perder la globalidad del conjunto. En una cita de Julia Kristeva, que transcribe, la autora resume los puntos que aquí se han querido señalar: sujeto social, práctica política, definidos como crítica a la preeminencia discursiva; sin embargo, los hace equivaler bajo el paradigma de la cientificidad:

“En un movimiento decisivo de autoanálisis, el discurso (científico) vuelve en la actualidad a los lenguajes para extraer sus (y de él) sus modelos. Dicho de otro modo, ya que la práctica social, es decir, la economía, las costumbres, el arte, es considerada como un sistema significativo 'estructurado como un lenguaje', toda práctica puede ser estudiada científicamente en tanto que modelo secundario con relación a la lengua natural, modelada sobre esa lengua y modelándola. Es justamente en ese lugar donde se articula la semiótica, o más bien se la busca”.

La autora concluye que estos efectos discursivos producen un desajuste entre lengua y práctica, y que en estos dos registros a dilucidar se presenta la crisis del conocimiento: fragmentación del saber y preeminencia del análisis de lo discursivo. A los intelectuales se les abre un debate imprescindible:

“el de la articulación de los fragmentos y las parcialidades alrededor de un sentido histórico, en pos de las transformaciones que contribuyan a una organización social más justa y más racional”.

14 Si la autora es coherente con su lectura crítica, no se entiende cómo puede terminar coincidiendo con una cita de E. Verón que se situaría paradigmáticamente en una posición diferente:

“Ya que, como manifiesta E. Veron, no hay saber ni cuerpo teórico que no favorezca determinados intereses y obstaculice otros, por lo que los miembros de una comunidad científica, institucionalizada o no, deben tener claridad sobre eso, ya que nada en el funcionamiento de una sociedad es extraño al sentido”.

15 Es la mirada objetiva de la comunidad científica que vuelve impoluta a la ciencia que da cuenta del funcionamiento de la sociedad. Es decir que la crítica se junta a la cita en el tópico “comunidad científica”, que aquí quiere decir discurso oficial homogenizado, oficial no en cuanto discurso del gobierno sino de una comunidad cultural. Es decir, que las diferencias sujeto social, versus “una perspectiva empirista de la enunciación” formulada por E. Verón, es una diferencia “teórica”, a discutir científicamente, que implica posiciones políticas claramente diferentes, pero que se encuentra reunida nuevamente bajo el tópico comunidad científica. Comunidad científica es una caracterización política de la política.

Trataremos de demostrar ahora el otro punto de lo que se venía argumentando: de cómo el análisis semiológico se desplaza hacia el análisis del discurso, fundamentalmente a una teoría de la argumentación, y qué lugar político va a ocupar justamente este punto de forzamiento. Esto quiere decir, casi equivalente al de comunidad científica. La política se va a reducir a un mero enfrentamiento de adversarios discursivos, perdiendo su carácter de teoría política. En esta economía discursiva vemos surgir el contexto de una polémica como dimensión del discurso político. Estos mecanismos de la enunciación política se definen de maneras específicas:

“Desde nuestro punto de vista, la enunciación corresponde a un nivel de análisis del funcionamiento discursivo. En consecuencia, expresiones como enunciación y enunciado designan 'objetos abstractos' —como diría Chomsky— integrantes del dispositivo conceptual del analista del discurso, y no entidades o procesos concretos”.

Por supuesto, que esta abstracción es la que le permite a E. Verón decir que la hipótesis sólo se aplica al discurso político. Se refiere a que “la enunciación política parece inseparable de la construcción de un adversario”16 y que “la cuestión del adversario significa que todo acto de enunciación política supone necesariamente que existen otros actos de enunciación, reales o posibles, opuestos al propio. En cierto modo, todo acto de enunciación política, es a la vez una réplica, y supone (o anticipa) una réplica”. Es en ese nivel de abstracción que se puede aplicar el mismo “modelo científico” a los discursos de De Gaulle, Miterrand o Perón.

En el discurso político como objeto, intervienen, para E. Verón, dos instancias: por un lado los discursos; por otro, las instituciones, que serán analizadas en relación a otros discursos sociales, lo que implica lo siguiente: como “una teoría de los discursos sociales parte del supuesto de que las unidades de análisis significativas en lo que hace al discurso, deben estar asociadas a condiciones sociales de producción más o menos estables, parece lógico situarse dentro del marco de contextos institucionales fácilmente identificables, y sobre todo respecto de los cuales existen desarrollos teóricos abundantes, como es el caso del sistema político de las sociedades democráticas.”17 Alguien que se refiere al discurso político no puede ignorar que hay una relación entre las condiciones sociales de producción —vale la elipsis— y los medios de producción con una teoría política. Lo cierto, entonces, es que las entidades discursivas de enunciación abstractas, no lo son tanto. Ya que las condiciones de producción “ideales” son el sistema político de las sociedades democráticas.

La argumentación refuerza la abstracción cuando la función política pasa a definirse como la disposición retórica de adversarios polarizados en “Otro positivo, Otro negativo” como instancias discursivas. Si se aplica esta metodología, se puede ir efectivamente desde Miterrand a Perón con idénticos resultados. En ese punto encontraremos el reforzamiento del tópico: democracia/cientificidad.

Ahora nos dedicaremos a demostrar el punto de fractura. Lo encontramos inmediatamente en lo que para E. Veron define ese cuerpo político como objeto abstracto, es decir, el lugar de la enunciación:

“A mi juicio para evitar toda perspectiva empirista de la enunicación, como por ejemplo, la que aparece en los trabajos de Ducrot. Dice Ducrot: 'Llamaré enunciación, el acontecimiento histórico constituido por la aparición del enunciado'”.

No se es menos empirista si uno reemplaza “acontecimiento histórico” por “sistema político de las sociedades democráticas”.

O. Landi en su libro El discurso sobre lo posible. (La democracia y el realismo politico)18 basa sus argumentaciones en una metodología semejante, sólo que preocupado por la realidad política tiene que encontrar su diferencia respecto de la homogenización que el análisis del discurso propone en tanto modelo aplicado. Por lo tanto, será en el lugar de la enunciación donde se encuentre esa fractura. Es por eso que el punto fuerte de su argumentación es esta cita de Greimas, que le permite cubrir la brecha entre sujeto de la enunciación y el enunciado. Es por eso que apela a una relación contractual que actualiza la relación sujeto (histórico, social, político) y sociedad o historia o política)

“El discurso es ese frágil lugar en el que se inscriben y se leen la verdad y la falsedad, la mentira y el secreto, sus modos de veridicción resultan de la doble contribución del enunciador y del enunciatario, sus diferentes posiciones no se fijan sobre un equilibrio más o menos estable proveniente de un acuerdo implícito entre los dos actuantes de la estructura de la comunicación. Es este entendimiento tácito el que es designado con el nombre de contrato de veredicción”.

Pasaremos ahora a indicar el pasaje del sujeto semiótico a la constitución del adversario como lugar retórico. O. Landi la sitúa correctamente, aunque se pueden discutir sus conclusiones:

“El lenguaje quedaba así reducido a sus funciones expresivas de entidades ya constituidas, cuando no ontologizadas: la sustancia clase, nación, estado, mercado... El descubrimiento de sus efectos llevó luego a la tentación semiológica. Un discurso remitía a otro, del que derivaba o al que se le oponía... El sujeto semiótico reemplazó al natural del mercado o de las relaciones de producción”.

Este sujeto que define O. Landi es un sujeto político. Sin embargo, gira en su argumentación desde la “tentación semiológica” hacia el lugar del adversario como localización retórica:

“Las formaciones discursivas homogéneas con competencia argumentativa, se generan mediante una serie de operaciones de constitución discursiva del adversario, desarticulación de su discurso, capaz de definir las preguntas de la sociedad y su temario público”, pero siempre privilegiando el lugar de la enunciación política.

O. Landi hace pivotear su argumentación fundamentalmente sobre el carácter performativo del acto ilocutorio, como uno de los componentes en que basa su análisis del discurso político. Para esto parte de Ducrot:

“Para este autor, un acto ilocutorio contiene la pretensión de la creación de derechos y obligaciones entre los interlocutores, esto es, de operar una transformación jurídica entre ambos".

Dicha premisa le permite a O. Landi concluir justamente en la posibilidad de darle al lugar de la enunciación político-discursivo una definición que se acerque más a un realismo político:

“Para el análisis del discurso político, la dimensión contractual que un enunciado ilocutorio instaura entre los interlocutores remite a su constitución mutua, a la definición de los atributos de sus identidades, a las posicionalidades simbólicas de poder que ocupan”.

En19 “La crisis de abril”, al referirse a la Ley de Obediencia Debida señala con precisión cómo “las filosofías del derecho” realizaron malabarismos para otorgarle un soporte a esa misma ley. Esta “crisis en los discursos” incumbe a los intelectuales de la política por la homogeneización que le otorgan al análisis del discurso como análisis político.

Una racionalidad abominable

Analizaremos ahora esas “filosofías del derecho”en su tratamiento de la Ley de Obediencia Debida como “categoría jurídica”. La encontramos en “Un hecho de nuestra historia”20 de A. Katz. ¿Quién podría no acordar con el encabezamiento del artículo?:

“El concepto de obediencia debida es construido por una serie de discursos y prácticas que definen sus límites, que intentan establecer del modo más riguroso su campo semántico y así determinar las maneras de su posible utilización. Pero las sombras de las ideas propician la astucia de los lenguajes: la obediencia debida se convierte lenta, firmemente en una categoría jurídica”.

Sin embargo, es necesario aclarar que la obediencia debida no es un concepto y mucho menos una categoría jurídica, es letra de ley. Porque en lo que se nos invita a seguir leyendo veremos que esa “categoría jurídica” funciona como una invitación al silencio (ya transformada en “Un hecho de nuestra historia”):

“En torno de la obediencia debida no se podrán de ahora en más, producir enunciados éticos, ni morales, ni ideólogos ni de ninguna otra índole”.

Porque será en nombre de la sociedad en cuanto ente abstracto que ésta funcionará como causa en relación a la Ley de Obediencia Debida. Esa figura que en el artículo comienza a tomar la forma de un plural:

“Detrás de ella no se esconde el rostro del Gran Ejecutor del Poder, sino que es producida por el libre juego de las voces que emergen de la polis”.

Por supuesto que el autor no informa sobre estas voces ni de este“exceso de jurisprudencia” que es “producto de un fenómeno que Foucault denunció con claridad: 'La racionalidad abominable'". Ante este “hecho de la historia contemporánea”, toda la sociedad es responsable, y ahí es donde el autor encuentra la pluralidad que está buscando:

“La obediencia debida como eximente de culpabilidad es, pues, de una triste manera, la culminación de ese proceso de racionalización de lo abominable, es el modo que, justo es decirlo, la sociedad toda encuentra para reterritorializar una historia cuyos lindes con la locura le provocaban un profundo temor de sí misma”.

Seguramente Katz encuentra en el término sociedad el exorcismo para una racionalidad abominable. Una teoría antropológica acerca de la extraterritorialidad, o del cuerpo extraño “bastidiano” parecen otorgarle a Katz una consistencia topológica que le permite deslindar campos y responsabilidades:

“En efecto, esto no es más que un reordenamiento topológico o, digámoslo de otro modo, una retaxonomización de los territorios de lo idéntico: al separar claramente —excluyéndolos de la ciudad— a aquellos, pocos, que planificaron la represión, al redimir a los demás —a los ejecutores— se ahuyenta la peligrosa posibilidad de que el mal habite en cada uno de nosotros, se exorciza ese lado perverso que no resistiría la tentación de profanar los cuerpos indefensos”.

No habiendo una marca irónica, salvo una argumentación por el absurdo, se supone que semejante posición se erige como crítica ante esa Ley, pero al fundamentarla en una racionalidad abominable se encuentra excedida por aquello mismo que esgrime como crítica:

“No hay que lamentarlo: la convivencia con la locura propia no es cómoda. No es fácil aceptar que algunos hombres—hijos y padres, amigos de amigos: cualquiera que es todos— se hayan convertido en máquinas cebadas, en bestias amorosas del olor a sangre”.

No, Katz, claro que es difícil, prefiero no hacerlo. Es verdad que cuando se trata de amores y de bestiarios, cada cual se ceba donde quiere. Usted es bastante claro al respecto:

“La instauración del principio de obediencia debida no responde tanto, pues, a negociaciones secretas ni a presiones de las Fuerzas Armadas como a la necesidad, compartida por la mayor parte de la sociedad, de expulsar de sí misma la posibilidad de la locura: ser torturador es una cosa, obedecer como se debe es algo muy distinto. Es más exactamente, lo contrario: el amor a la sangre se convierte en amor al deber... Al redimir al asesino la sociedad se redime a sí misma... Lo aberrante y lo atroz están siendo domesticados. La racionalización de lo abominable es, sin duda alguna, un hecho de nuestra historia”.

De esto último, de que es un hecho, no hay ninguna duda, sólo cabría agregar, un hecho actuante. Evitando leer las intenciones, leyendo lo que está escrito para un lector que no es ingenuo, cabría preguntar: ¿Quién encarna lo racional abominable?

La aplicación aberrante de una categoría socioantropológica como lo hace el autor del artículo citado, es de una racionalidad abominable.

Está demostrado que: crítica cultural, ejercicio de la política, una política de la cultura nombran un conjunto de hechos discursivos homogeneizados que permite fácilmente el pasaje y la rotación entre todos estos lugares. Ficción política, análisis del discurso, política, muestran que dicha homogeneidad es dominante como discurso oficial, más allá de cada posición política. Donde en nombre de una supuesta “especificidad”, los “especialistas” ceden sus argumentaciones políticas a los referentes de su propio discurso. En este caso, referentes señala la metodología o los instrumentos utilizados para sus propios análisis. Este discurso de las ciencias sociales acerca de la política, es una política.

Este referente homogéneo es un código compartido más allá de las diferencias, ya que hay un reconocimiento común en el paradigma científico. Por eso se produce un fenómeno mimético en el registro de las argumentaciones cuyos puntos de contacto y distanciamiento han sido marcados de manera exhaustiva. Pero este mimetismo se encuentra también como fenómeno estético y estilístico. Los dichos políticos, las frases estereotipadas, los gestos teatrales, las descripciones caracterológicas conforman una jerga “política” con restos de la literatura, las ciencias sociales, la psicología o el psicoanálisis, produciendo un lenguaje inédito que entra en relación mimética con esos discursos y funciona como un aparato formalmente vacío que deja espacio a una hibridez política.

Notas

  1. El término “reserva”, en su procedencia ecológica, nos parece que mide con exactitud un campo que articula lo que se ha dado en llamar política de la cultura y lo que se podría denominar con cierta extensión “teoría del discurso”. Una cita extraída del apartado “La crisis en los discursos” muestra en su cita la riqueza del término. Riqueza en términos de capital que se reproduce. Haciendo referencia a los sucesos de Semana Santa, O. Landi escribe:

    “¿Qué cambió cualitativamente en la configuración política del país? Por lo pronto, podemos ir conjeturando que produjo un profundo impacto en la ecología cultural y discursiva generada desde 1982”
    , en Landi O. “La crisis de abril” Unidos, Bs. As., n°15, agosto de 1987.
  2. Sáenz D. “Sembrar la semilla de la subversión” en Fin de siglo, n°1, Bs. As., julio 1987.

  3. Paz C. “La otra cara de la obediencia debida” en Crear, n° 21, Bs. As., agosto/septiembre 1987.

  4. En relación a este punto, confrontar la crítica que H. González hace del uso caracterológico que utiliza O. Soriano. Mostrando el deslizamiento entre ficción y política señala concretamente cómo el escritor describe la figura del Presidente: “Rostro de boxeador vapuleado que busca aire en el rincón”. H. González encuentra una analogía entre esa descripción y los personajes de Cuarteles de invierno. Unidos, n° 15, en González H. “¡Ah! si yo fuera del MAS”, Bs. As., agosto de 1987.

  5. Viñas D. en “La literatura como una traición” Reportaje al cargo de G. Saavedra. La Razón, Bs. As., 21 de junio de 1987.

  6. Viñas D. en “Alfonsín, recapitulación, insidias y pronósticos”. Vemos cómo el autor establece una analogía entre los hechos de Semana Santa, la Ley de Obediencia Debida, y la muerte del poeta H. Constantini Costantini, mediante un diálogo intimista con el Presidente en un estilo, también del mismo tenor:

    “¿Que los militares son de piedra, Alfonsín?” De lejos y con pistola al cinto; pero mirándolos de más cerca, a los ojos, Alfonsín ¿no son de piedra pómez?”
    Fin de siglo, n°1, Bs. As., julio 1987.
  7. Encuesta realizada por G. Saavedra bajo el título “Visiones desde la cultura” en Fin de siglo n°1, Bs. As., julio de 1987.

  8. Vezzetti H. “La democracia posible” en Punto de vista, n° 30, Bs. As., julio/octubre de 1987.

  9. Sarlo B. “Los militares y la historia. Contra los perros del olvido” en Punto de vista n° 30, Bs. As., julio/octubre de 1987.

  10. Sarlo B. Respuesta a la rncuesta realizada por G. Saavedra bajo el título “Visiones desde la cultura” en Fin de siglo n°1, Bs. As., julio de 1987. Vemos aquí cómo la autora se expide de manera crítica y sin ambigüedad respecto a la Ley de Obediencia Debida, cuando no hace equivaler literatura y política: “La ley que se acaba de aprobar no sólo disuelve todos los lazos de responsabilidad, sino que también comete el escándalo jurídico y moral de excluir a la tortura y al asesinato como delitos punibles”.

  11. El cuerpo político:

    “La principal limitación del esquema que acabo de presentar reside en el hecho de que trata el discurso político, como si éste fuera sólo un fenómeno de lenguaje, un ente de palabra.”
    Verón E. “La palabra adversativa. Observaciones sobre la enunciación política” en: Verón E., Landi O. y otros: El discurso político, lenguaje y acontecimientos, Bs. As., Hachette, marzo de 1987.
  12. González H., “El discurso presidencial y la crisis argentina”, en Cuadernos de la comuna, n°1, Puerto General San Martín (Santa Fe), junio de 1987.

  13. Aseff L. “Predominancia del discurso. Una crítica”, en Cuadernos de la comuna (op. cit.), n° 2, julio de 1987.

  14. Op. cit., en (13)

  15. Op. cit., en (13)

  16. Op. cit., en (11)

  17. Op. cit., en (11)

  18. Landi O. El discurso sobre lo posible. (La democracia y el realismo político), Bs. As., Estudio Cedis, marzo de 1987.

  19. Landi O. “La crisis de abril” en Unidos n° 15, Bs. As., agosto de 1987. En la página 13, apartado “Desde el lunes” se puede leer con claridad la posición crítica del autor en referencia a la Ley de Obediencia Debida.

  20. Katz A. “Un hecho de nuestra historia” en La ciudad futura, n° 5, Buenos Aires, julio de 1987.

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