En este artículo se parte de la siguiente afirmación: la Ley de Obediencia
Debida, en su letra de ley, no es reserva
textual1. Después de semejante afirmación se pasará a
demostrar, por vía de la argumentación, los efectos que se pueden leer en el
campo de la ficción y en el campo de la política de la cultura. Que no es
reserva textual, quiere decir que es un punto de pura denotación jurídica;
que sanciona —y la sanción de derecho no admite múltiples interpretaciones
jurídicas— a partir del principio límite, que es el de la obediencia debida
como eximente de culpabilidad. Esto es, que se diferencia de otros
acontecimientos que han servido como estofa de invención o como material de
análisis, sobre todo en aquello que la literatura se ha dado a ficcionalizar
(secuestros, torturas, desapariciones, exilio). La letra de la ley, en su
funcionamiento y establecimiento jurídico de hecho, por estar en el código,
no es materia de olvido, y produce efectos de discurso que se pueden situar
al menos en dos puntos que aparecen como constantes; 1) el pasaje y el
deslizamiento entre ficción y política, 2) el análisis del discurso en lugar
del discurso político. Al ser traducido en poder del discurso, se puede
verificar cómo el análisis político ha cedido su argumentación, su
especificidad, a las ciencias llamadas sociales, transformándose en puro
aparato tecnocrático, neutralizando con ello las consecuencias de su acción
política: Produciéndose un fenómeno mimético por entrar esos discursos a
funcionar entre ellos de manera equivalente.
Ficción política, política de la ficción
Si se usa la figura casi del quiasmo como subtítulo será justamente para
disolverla como figura, y para ubicar en ese lugar la argumentación que esa
misma figura cumple como función puramente retórica, como fenómeno de un
estilo metonímico que escamotea sus implicancias políticas. Por lo tanto, no
se podrá reducir la Ley de Obediencia Debida ni sus consecuencias políticas
a una polarización o enfrentamieno de discursos.
Vamos a partir primeramente del tratamiento que la ficción le otorga a la
política, y específicamente en relación a la Ley de Obediencia Debida.
Defendiendo nuestra afirmación, no hay reserva textual, y nos remitiremos
por el momento a la participación de los escritores que se ha reducido a 1)
reportajes, 2) encuestas, 3) notas periodísticas.
En un reportaje a Dalmiro Sáenz, aparecido en la revista Fin de siglo, se encuentra un componente
decisivo que va a definir distintas posiciones de las enunciaciones
discursivas. Esto es, la seducción, como
categoría post-moderna de análisis, y la relación directa que se establece
entre esa categoría y el poder de seducción otorgado al discurso. La
estética como fenómeno aparece en los campos más diversos como un efecto de
mímesis estilística. No se trata de descalificar este tipo de análisis u
opiniones, sino de situar la función que cumplen en relación a un hecho como
la Ley de Obediencia Debida.
Tomaremos la primera frase del mismo reportaje, que resume
paradigmáticamente esta categoría en el discurso político bajo el título de
“Sembrar la semilla de la subversión”: “En cuanto
al advenimiento de un golpe, no sé si no es un problema más estético que
ético”2. El otro punto que no es ajeno a los devaneos
que produce la estética post-moderna es en relación a neutralizar el poder
político del discurso político:
“En la Argentina la seducción es un arma
fundamental. La usa Alfonsín,
la usaron todos los caudillos naturales. El conflicto de Semana Santa
fue un típico ejemplo de seducción. Los tipos eran lindos, valientes, se
vistieron de Malvinas, se pintaron los rostros, sacaron la cara por
todos los demás, se enamoraron de sí mismos... Todo esto sin una gota de
inteligencia, con seducción, con sabiduría, con instinto. Con la
sabiduría de las especies en extinción”.
Las declaraciones del autor, que siempre han asombrado por su matiz
escandaloso, no son, sin embargo, singulares. Las encontramos en otros
campos más caracterizados políticamente. Seducción que denuncia y que cae
víctima de su propia denuncia, seducida por los argumentos que le otorga al
discurso de Alfonsín: un poder de
seducción tal que llega a alcanzar hasta el mismo Presidente. La seducción y
el discurso se “independizan” de quienes lo pronuncian, comienzan a
funcionar como personajes, entes, categorías, lugares de la enunciación que
al desengancharse del enunciado restan la responsabilidad política de
quienes los enuncian:
“Aunque esta ley no tiene
antecedentes en el mundo, en tanto legitima el asesinato y la tortura y
ha escamoteado a la justicia a innumerables autores de crímenes atroces
y aberrantes, el presidente Alfonsín, atrapado quizás por la seducción de su propio
discurso, no tuvo inconvenientes en decir el 29 de junio, en Tandil, que
'la Argentina está a la cabeza
del mundo en el respeto de los derechos humanos, desde que hemos
consagrado la misma pena para el torturador que la que tenía el
homicida'”.
Ya sea soportando esta seducción, padeciéndola o ejerciéndola, la inflación
de un discurso retórico impregna las declaraciones y los análisis de los
escritores en dos polos discursivos dispuestos en: 1) análisis de las
figuras; 2) instrumentación de las figuras de descripción caracterológica
que unen lo psicológico a lo retórico y ocupan el lugar de un lenguaje
pséudopolítico.4
Vemos cómo la distancia entre la ficción y la política se acorta. Nos
encontramos con quien mediante los puntos
suspensivos nos otorga la posibilidad de la polémica. Es D. Viñas,
quien en el reportaje: “La literatura como una traición”5 muestra cómo este deslizamiento se hace posible
por vía del recurso analógico. También allí, y más allá de las
consideraciones literarias con las que se podría acordar o no, se puede leer
la operación discursiva de este deslizamiento bajo el tópico de la relación
entre el intelectual y la política. Ante la pregunta conclusiva: “Las referencias a lo que ocurre en la sociedad
resultan obvias”, D. Viñas responde:
“Desde ya. Yo diría que en la literatura también se reproducen
mediatamente el punto final y la obediencia debida. Si tengo un lector
que acata mi texto cerrado—donde le propongo la sumisión, la
humillación... —eso es la obediencia debida. Es un acatamiento. O un
punto final, otra forma de esa metáfora que es la obra cerrada. Punto
final. ¿Cómo 'punto final'? Puntos suspensivos para que el otro me
replique. El punto final es una metáfora que va más allá del hecho
literario. Es un emblema que tilda esta sociedad. 'Pongamos punto final
en la política frente a los militares, frente a esto y lo otro y además
en la crítica y la literatura'"
y en otro fragmento del mismo
reportaje:
“Felices Pascuas. Ese es un texto de cierre, un punto final.
Otra versión del famoso 'De casa al trabajo y del trabajo a casa'...
Dejame hacer mi propio itinerario, viejo. Pero no: 'Felices Pascuas' y
otras vez todo el mundo a casa. Punto final. Una propuesta posible para
una práctica crítica y una producción literaria; por de pronto que la
gente no rece. Que no dé órdenes tampoco. Y que no se desmovilice. La
literatura tiene que ser la revolución permanente, viejo, de lo
contrario no es literatura".
Más allá del reino de cada subjetividad, vemos en el tópico que cierra la
respuesta cómo las relaciones entre política y literatura resultan
ineficaces para dar cuenta, vía un análisis analógico, de las consecuencias
políticas de la Ley de Obediencia Debida.
La Ley de Obediencia Debida parece resistirse como reserva textual, y pasa
de la crítica literaria a la clasificación retórica. En todo funciona como
reserva retórica, y ya que, como referente real que es, no da lugar a una
ficcionalización, se la quiere homologar a una serie de producciones
verbales en “una retórica perversa” que, vía la exhortación, la declamación,
ofrecen lugar a un discurso intimista.6 En una encuesta aparecida en la revista Fin de siglo , bajo el título: “Visiones desde
la cultura”, y ante la pregunta: “ ¿Qué está en
juego para la vida cultural argentina frente a la posibilidad de un
golpe de Estado?”, D. Viñas responde: “1.
Una retórica perversa es lo que quizás defina el espacio cultural de la
dictadura argentina entre 1976 y el '83, y va de suyo que esa eventual
caracterización daría cuenta, en forma mediata y matizada, de los
diversos momentos autoritarios que ha padecido nuestro país, por lo
menos desde el golpe de Uriburu en 1930 hasta el de Onganía en el '66.
Correlativamente, presumo, se podría esbozar una tipología con las más
diversas figuras de esa retórica: desde la delación a la tortura pasando
por la obsecuencia, el anónimo, la intimidación y las órdenes; en lugar
de la metáfora tradicional correspondería describir y evaluar la
censura, el eufemismo, la complicidad y las, opiniones unánimes; así
como un reemplazo de la sutil ambigüedad del oxímoron, ostracismo,
excomunión y el exilio. Y listas negras, ortodoxia, calumnia y sospechas
más o menos obscenas en lugar de la elipsis o la metonimia”.7
El encabalgamiento entre ficción y política permite que la literatura
funcione como shifter entre política e
historia. Se produce ese desplazamiento para que la literatura funcione como
reserva en relación al olvido. Una nueva
figura, tan concreta como la sociedad, comienza a tomar el matiz de lo
abstracto. La literatura ocupa el lugar de una
memoria que no hace más que escamotear una posición política que no
puede sostenerse desde, el mismo discurso político. Porque la Ley de
Obediencia Debida afecta ese discurso a posiciones asumidas políticamente.
Por lo tanto, el discurso político se encuentra contaminado de términos que
le otorgan una categoría psicológica a lo que es del orden de lo político.
El pasado como “traumático” amenaza con retornar:
“Que el pasado como trauma sigue bien presente —coagulado y presto a resurgir— ha
quedado evidenciado de un modo brutal en el drama escenificado por esos
'carapintadas' poniendo en acto el espectro del 'chupadero' frente a una
ciudadanía que vivaba a la democracia. Está claro que esa escisión está
en la sociedad y que no puede hacerse al gobierno responsable de su
existencia; también, que como dato de la realidad de esta transición no
puede estar ausente del tratamiento de la cuestión militar”.
El pasado traumático parece retornar en diversos artículos bajo la figura
del olvido. En un artículo de B. Sarlo: “Los militares y la Historia. Contra
los perros del olvido”.9
El aparato represivo se demostraría ahora impotente —por la resistencia que
la literatura ahora le ofrece, porque habría “que
construir un aparato de leer que pueda borrar los restos de miedo y la
esperanza irrisoria”. ¿Por qué la literatura aparece ahora como
resistencia, cuando la lucha se plantea en otro frente? Sólo porque la
literatura es la criada de turno que puede otorgar consistencia a un
discurso que, al no poder sostener su discurso político, se desplaza hacia
el lugar de lo literario. No es que la literatura históricamente no pueda
aparecer como resistencia, sino que justamente los textos citados en
referencia a la posibilidad de borramiento y de olvido (“para lograrlo, habría que suprimir buena parte de la
literatura argentina de estos últimos diez años”) hacen de la Ley
de Obediencia Debida en vigencia un hecho del pasado.
Veremos ahora de qué manera actúa esa reserva literaria:
“Leyes podrán amnistiar a quienes echaban abajo las
puertas; pactos de olvido podrán ser suscriptos.; otros podrán contar la
historia según lineas de interpretación impuestas por la fuerza... Los
textos existen. No me refiero solamente a discursos fuertemente
referenciales, como el informe de la CONADEP y la actas de los
juicios”.
¿Por qué en este momento en que lo que está en juego es
la Ley de Obediencia Debida, ligada de manera directa a las actas de los
juicios y al informe de la CONADEP, se produce un cambio de referente?
Parece que es necesario desplazar el eje de lo judicial a lo literario:
“Hay novelas, poemas, testimonios que van desde
la extrema representación realista hasta las transformaciones más
distanciadas. Son obstáculos puestos ante la invitación, la posibilidad
o la imposición del olvido; se obstinan frente a la hipocresía de una
reconciliación amnésica que quiere hacer callar lo que, de todas formas,
se sabe”.
A esta altura el destinatario del mensaje se ha vuelto tan
difuso que se podría preguntar ingenuamente: ¿quién lo sabe?, y
desde qué lugar o quién es el responsable de un pacto de olvido, cuando no
existe nada más actuante que una ley vigente.
Es entonces, de manera tan singular, como la literatura se convierte en
reserva textual actuante cuando la situación política obliga a cambiar de
discursos:
“¿Qué hacer con estos textos:
encerrarlos, esconderlos, quemarlos? Hablan sin detenerse, construyen y
reconstruyen lo que, desde otros lugares de la sociedad argentina, se
pretende cegar: para lograrlo habría que suprimir buena parte, de la
literatura argentina de estos últimos diez años. Y seria una empresa
inútil o una impensable operación que destruyera por completo lo que ya
es materia de la memoria. Si el discurso oficial, bajo el reclamo
militar, establece la reunificación por el olvido, otros discursos son
portadores del pasado”.
No se puede en la cita desconocer la
función actuante de los verbos que definen el poder de los textos
(“construyen, reconstruyen”), pero no se puede homologar una decisión
política con sus implicancias y efectos jurídicos a la ambigüedad de un
discurso oficial. Se trata en realidad de que se acude a esos textos para
situarlos en el lugar de una decisión política con la cual es difícil de
acordar.10 Y la figura social de la subjetividad escindida
homogeniza un discurso oficial más allá de cualquier subjetividad. Esta
instrumentación de la literatura en relación a un discurso político es una
operación que se repite desde otros lugares. Términos como “historia” ,
“pasado” y “sociedad” serán los tópicos en juego cuando se entre en el
análisis del discurso como análisis político.
La función política del análisis del discurs
La predominancia del análisis del discurso parece instalarse en un lugar ya
conocido cuando se habla de política, el debate perpetuo entre discurso y
acción o entre discurso/realidad.
El campo político se transforma en corpus
político, y los trabajos de E. Verón son paradigmáticos respecto a este tipo
de análisis. Justamente en su apartado: ”El cuerpo político”11 la
remisión a una especificidad no alcanza a cubrir bajo el matiz de la
cientificidad los efectos que se desprenden del hecho de que sea el análisis
del discurso el principal instrumento que impera en el análisis político, lo
cual indica un déficit y una homogenización en este análisis llevado a cabo
por los intelectuales de la política, y que conoce otras versiones: los
intelectuales y la política, los intelectuales y la sociedad, donde por la
conjunción y la sumatoria se configura una bolsa donde el eclecticismo
siempre encuentra algo cada vez que mete la mano.
Lo que aquí se afirma es que la cientificidad del discurso político es una
política. Una especificidad que intenta sustituir a una teoría política: el
marxismo. Una constante que se podría verificar en la bibliografía utilizada
por este “cuerpo político”. Una renovación técnica del discurso que va desde
el post-modernismo, hasta Ducrot y Récanati. Y la única referencia a Marx
aparece vía Lyotard: “A partir de Marx y Freud”, en una extensísima
bibliografía de un libro que se titula: El discurso
político. Lenguajes y acontecimientos.
Horacio González12 señala este punto, y aparece como excepción
cuando al analizar el discurso de Alfonsín desmonta la perífrasis “socialismo científico” por
“marxismo”:
“Es obvio que mencionar al marxismo,
supone un debate teórico muy específico que el Presidente no tiene por
qué abordar. Pero cuando el Presidente quiere acusar a todas esas
doctrina de 'reduccionistas y deterministas' no debe ignorar primero que
en el marxismo existe esa polémica resuelta de modos muy diversos (basta
recordar la obra de Gramsci, del estructuralismo marxista francés o de
la Escuela de Francfort, en sus representantes actuales o pasados)”.
Sucede que esa perífrasis a la que se hace mención (“socialismo
científico”) viene desde otro campo, (los “ghost writers” del Presidente, a
los que el mismo González hace referencia en otro artículo), si no habría
que pensar que el Presidente debería conocer flaubertianamente los debates entre la Escuela de Francfort y el
estructuralismo marxista francés. Es obvio que hay un desplazamiento de
fuerzas del cuerpo político como discurso
científico en relación al campo político. De tal manera funciona la
referencia a un discurso supuestamente compartido (la Escuela de Francfort,
el estructuralismo) que se le podría criticar al Presidente no conocer; pero
sí en cambio se le podría disculpar no abordar un debate teórico y
específico sobre el marxismo.
En el mismo artículo, González, sitúa con acierto una nueva variante: la política que se torna un
asunto de profesionales:
“Es cierto que esto ha dado lugar a deformaciones,
tanto del lado de los profesionales de las ciencias sociales, como del lado
de los profesionales de la actividad política”.
Este es el espectro en que parece dividirse el campo político argentino.
Esta dicotomía que se reconoce en diferentes lugares bajo el nombre de: “dos
discursos”, “teoría de los dos demonios” “democracia/teoría del
conocimiento”. Esta brecha entre profesionales de las ciencias sociales y
profesionales de la actividad política delimita claramente, como lo
establecen sus términos, una relación entre ciencia y actividad, que
recuerda, sólo que de otra manera, la brecha entre teoría y práctica. Sin
embargo, esta dicotomía va a encontrar su fractura en un lugar muy
particular que es: el de la enunciación
política. Porque en ese lugar confluye, de manera diferente, el
sujeto. Por lo tanto, según se lo ubique en relación a esa enunciación, se
definirá al sujeto político, ya que se
deslindarán dos posiciones aparentemente opuestas: un sujeto como pura marca
discursiva, abstracta; o un sujeto concreto, histórico. Es en ese punto que
los semiólogos de la política encontrarán una diferencia efímera para
reunirse nuevamente en un discurso homogéneo en nombre del paradigma de la
cientificidad.
Veremos cómo la semiología del discurso político se desplaza lentamente de
un lugar más semiológico hacia una teoría de la argumentación como análisis
del discurso político. Un nuevo tópico surge entonces: una realidad discursiva, que pareciera ser
para los distintos autores producto de múltiples y diferentes factores. Por
lo tanto, el campo del análisis del discurso político se va a disponer de la
siguiente manera: enunciación política, semiosis discursiva, producción de
sentido, porque son éstos los lugares por los que ciencia y actividad,
práctica y teoría, sociedad y sujeto van a ser articulados.
En el artículo de L. Aseff, “Predominancia del discurso. (Una
crítica.)”13 encontramos una
de esas versiones:
“los hechos conocidos
transformaron la sociedad haciendo que sus intelectuales escaldados por
tanta acción y por tanto sufrimiento dirigieran como tantas otras veces
su mirada hacia otros lenguajes".
La autora define esta inflación del análisis del discurso como una nueva
hermenéutica dogmática que sería una obturación para las posibilidades del
sujeto social. El discurso oficial, el
oficialismo de un discurso, obligaría a una
modernización del conjunto discursivo como medio de superar la crisis.
Modernización que el gobierno ejerce como consigna en otros planos. Ante un
pensamiento político global la autora advierte que una fragmentación del
discurso haría perder la globalidad del conjunto. En una cita de Julia
Kristeva, que transcribe, la autora resume los puntos que aquí se han
querido señalar: sujeto social, práctica política, definidos como crítica a
la preeminencia discursiva; sin embargo, los hace equivaler bajo el
paradigma de la cientificidad:
“En un movimiento
decisivo de autoanálisis, el discurso (científico) vuelve en la
actualidad a los lenguajes para extraer sus (y de él) sus modelos. Dicho
de otro modo, ya que la práctica social, es decir, la economía, las
costumbres, el arte, es considerada como un sistema significativo
'estructurado como un lenguaje', toda práctica puede ser estudiada
científicamente en tanto que modelo secundario con relación a la lengua
natural, modelada sobre esa lengua y modelándola. Es justamente en ese
lugar donde se articula la semiótica, o más bien se la busca”.
La
autora concluye que estos efectos discursivos producen un desajuste entre
lengua y práctica, y que en estos dos
registros a dilucidar se presenta la crisis del conocimiento: fragmentación
del saber y preeminencia del análisis de lo discursivo. A los intelectuales
se les abre un debate imprescindible:
“el de la
articulación de los fragmentos y las parcialidades alrededor de un
sentido histórico, en pos de las transformaciones que contribuyan a una
organización social más justa y más racional”.
14 Si la
autora es coherente con su lectura crítica, no se entiende cómo puede
terminar coincidiendo con una cita de E. Verón que se situaría
paradigmáticamente en una posición diferente:
“Ya
que, como manifiesta E. Veron, no hay saber ni cuerpo teórico que no
favorezca determinados intereses y obstaculice otros, por lo que los
miembros de una comunidad científica, institucionalizada o no, deben
tener claridad sobre eso, ya que nada en el funcionamiento de una
sociedad es extraño al sentido”.
15 Es la mirada
objetiva de la comunidad científica que vuelve impoluta a la ciencia que da
cuenta del funcionamiento de la sociedad. Es decir que la crítica se junta a
la cita en el tópico “comunidad científica”, que aquí quiere decir discurso
oficial homogenizado, oficial no en cuanto discurso del gobierno sino de una
comunidad cultural. Es decir, que las diferencias sujeto social, versus “una
perspectiva empirista de la enunciación” formulada por E. Verón, es una
diferencia “teórica”, a discutir científicamente, que implica posiciones
políticas claramente diferentes, pero que se encuentra reunida nuevamente
bajo el tópico comunidad científica. Comunidad
científica es una caracterización política de la política.
Trataremos de demostrar ahora el otro punto de lo que se venía argumentando:
de cómo el análisis semiológico se desplaza hacia el análisis del discurso,
fundamentalmente a una teoría de la argumentación, y qué lugar político va a
ocupar justamente este punto de forzamiento. Esto quiere decir, casi
equivalente al de comunidad científica. La política se va a reducir a un
mero enfrentamiento de adversarios discursivos, perdiendo su carácter de
teoría política. En esta economía discursiva vemos surgir el contexto de una
polémica como dimensión del discurso político. Estos mecanismos de la
enunciación política se definen de maneras específicas:
“Desde nuestro punto de vista, la enunciación
corresponde a un nivel de análisis del funcionamiento discursivo. En
consecuencia, expresiones como enunciación y enunciado designan 'objetos
abstractos' —como diría Chomsky— integrantes del dispositivo conceptual
del analista del discurso, y no entidades o procesos concretos”.
Por supuesto, que esta abstracción es la que le permite a E. Verón decir que
la hipótesis sólo se aplica al discurso
político. Se refiere a que “la
enunciación política parece inseparable de la construcción de un
adversario”16 y que “la
cuestión del adversario significa que todo acto de enunciación política
supone necesariamente que existen otros actos de enunciación, reales o
posibles, opuestos al propio. En cierto modo, todo acto de enunciación
política, es a la vez una réplica, y supone (o anticipa) una
réplica”. Es en ese nivel de abstracción que se puede aplicar el
mismo “modelo científico” a los discursos de De Gaulle, Miterrand o
Perón.
En el discurso político como objeto, intervienen, para E. Verón, dos
instancias: por un lado los discursos; por otro, las instituciones, que
serán analizadas en relación a otros discursos sociales, lo que implica lo
siguiente: como “una teoría de los discursos
sociales parte del supuesto de que las unidades de análisis
significativas en lo que hace al discurso, deben estar asociadas a
condiciones sociales de producción más o menos estables, parece lógico
situarse dentro del marco de contextos institucionales fácilmente
identificables, y sobre todo respecto de los cuales existen desarrollos
teóricos abundantes, como es el caso del sistema político de las
sociedades democráticas.”17 Alguien que se
refiere al discurso político no puede ignorar que hay una relación entre las
condiciones sociales de producción —vale la elipsis— y los medios de
producción con una teoría política. Lo cierto, entonces, es que las
entidades discursivas de enunciación abstractas, no lo son tanto. Ya que las condiciones de producción “ideales” son el
sistema político de las sociedades democráticas.
La argumentación refuerza la abstracción cuando la función política pasa a
definirse como la disposición retórica de adversarios polarizados en “Otro
positivo, Otro negativo” como instancias discursivas. Si se aplica esta
metodología, se puede ir efectivamente desde Miterrand a Perón con idénticos
resultados. En ese punto encontraremos el reforzamiento del tópico:
democracia/cientificidad.
Ahora nos dedicaremos a demostrar el punto de
fractura. Lo encontramos inmediatamente en lo que para E. Veron
define ese cuerpo político como objeto abstracto, es decir, el lugar de la
enunciación:
“A mi juicio para evitar toda
perspectiva empirista de la enunicación, como por ejemplo, la que
aparece en los trabajos de Ducrot. Dice Ducrot: 'Llamaré enunciación, el
acontecimiento histórico constituido por la aparición del
enunciado'”.
No se es menos empirista si uno reemplaza
“acontecimiento histórico” por “sistema político de las sociedades
democráticas”.
O. Landi en su libro El discurso sobre lo posible.
(La democracia y el realismo politico)18 basa sus argumentaciones en una metodología
semejante, sólo que preocupado por la realidad política tiene que encontrar
su diferencia respecto de la homogenización que el análisis del discurso
propone en tanto modelo aplicado. Por lo tanto, será en el lugar de la
enunciación donde se encuentre esa fractura. Es por eso que el punto fuerte
de su argumentación es esta cita de Greimas, que le permite cubrir la brecha
entre sujeto de la enunciación y el enunciado. Es por eso que apela a una
relación contractual que actualiza la relación
sujeto (histórico, social, político) y sociedad o historia o política)
“El discurso es ese frágil lugar en el que se
inscriben y se leen la verdad y la falsedad, la mentira y el secreto,
sus modos de veridicción resultan de la doble contribución del
enunciador y del enunciatario, sus diferentes posiciones no se fijan
sobre un equilibrio más o menos estable proveniente de un acuerdo
implícito entre los dos actuantes de la estructura de la comunicación.
Es este entendimiento tácito el que es designado con el nombre de
contrato de veredicción”.
Pasaremos ahora a indicar el pasaje del sujeto semiótico a la constitución
del adversario como lugar retórico. O. Landi la sitúa correctamente, aunque
se pueden discutir sus conclusiones:
“El lenguaje
quedaba así reducido a sus funciones expresivas de entidades ya
constituidas, cuando no ontologizadas: la sustancia clase, nación,
estado, mercado... El descubrimiento de sus efectos llevó luego a la
tentación semiológica. Un discurso remitía a otro, del que derivaba o al
que se le oponía... El sujeto semiótico reemplazó al natural del mercado
o de las relaciones de producción”.
Este sujeto que define O. Landi es un sujeto político. Sin embargo, gira en
su argumentación desde la “tentación semiológica” hacia el lugar del
adversario como localización retórica:
“Las
formaciones discursivas homogéneas con competencia argumentativa, se
generan mediante una serie de operaciones de constitución discursiva del
adversario, desarticulación de su discurso, capaz de definir las
preguntas de la sociedad y su temario público”, pero siempre
privilegiando el lugar de la enunciación política.
O. Landi hace pivotear su argumentación fundamentalmente sobre el carácter
performativo del acto ilocutorio, como uno de los componentes en que basa su
análisis del discurso político. Para esto parte de Ducrot:
“Para este autor,
un acto ilocutorio contiene la pretensión de la creación de derechos y
obligaciones entre los interlocutores, esto es, de operar una transformación
jurídica entre ambos".
Dicha premisa le permite a O. Landi concluir
justamente en la posibilidad de darle al lugar de la enunciación
político-discursivo una definición que se acerque más a un realismo
político:
“Para el análisis del discurso político,
la dimensión contractual que un enunciado ilocutorio instaura entre los
interlocutores remite a su constitución mutua, a la definición de los
atributos de sus identidades, a las posicionalidades simbólicas de poder
que ocupan”.
En19“La crisis de abril”, al referirse a la Ley de Obediencia
Debida señala con precisión cómo “las filosofías del derecho” realizaron
malabarismos para otorgarle un soporte a esa misma ley. Esta “crisis en los
discursos” incumbe a los intelectuales de la política por la homogeneización
que le otorgan al análisis del discurso como análisis político.
Una racionalidad abominable
Analizaremos ahora esas “filosofías del derecho”en su tratamiento de la Ley
de Obediencia Debida como “categoría jurídica”. La encontramos en “Un hecho
de nuestra historia”20 de A. Katz. ¿Quién podría no acordar
con el encabezamiento del artículo?:
“El concepto
de obediencia debida es construido por una serie de discursos y
prácticas que definen sus límites, que intentan establecer del modo más
riguroso su campo semántico y así determinar las maneras de su posible
utilización. Pero las sombras de las ideas propician la astucia de los
lenguajes: la obediencia debida se convierte lenta, firmemente en una
categoría jurídica”.
Sin embargo, es necesario aclarar que la
obediencia debida no es un concepto y mucho menos una categoría jurídica, es
letra de ley. Porque en lo que se nos invita a seguir leyendo veremos que
esa “categoría jurídica” funciona como una invitación al silencio (ya
transformada en “Un hecho de nuestra historia”):
“En torno de la obediencia debida no se podrán de ahora en más, producir
enunciados éticos, ni morales, ni ideólogos ni de ninguna otra
índole”.
Porque será en nombre de la sociedad en cuanto ente
abstracto que ésta funcionará como causa en relación a la Ley de Obediencia
Debida. Esa figura que en el artículo comienza a tomar la forma de un
plural:
“Detrás de ella no se esconde el rostro del
Gran Ejecutor del Poder, sino que es producida por el libre juego de las
voces que emergen de la polis”.
Por supuesto que el autor no
informa sobre estas voces ni de este“exceso de
jurisprudencia” que es “producto de un fenómeno que
Foucault denunció con claridad: 'La racionalidad abominable'".
Ante este “hecho de la historia contemporánea”, toda la sociedad es
responsable, y ahí es donde el autor encuentra la pluralidad que está
buscando:
“La obediencia debida como eximente de
culpabilidad es, pues, de una triste manera, la culminación de ese
proceso de racionalización de lo abominable, es el modo que, justo es
decirlo, la sociedad toda encuentra para reterritorializar una historia
cuyos lindes con la locura le provocaban un profundo temor de sí
misma”.
Seguramente Katz encuentra en el término sociedad el exorcismo para una
racionalidad abominable. Una teoría antropológica acerca de la
extraterritorialidad, o del cuerpo extraño “bastidiano” parecen otorgarle a
Katz una consistencia topológica que le permite deslindar campos y
responsabilidades:
“En efecto, esto no es más que
un reordenamiento topológico o, digámoslo de otro modo, una
retaxonomización de los territorios de lo idéntico: al separar
claramente —excluyéndolos de la ciudad— a aquellos, pocos, que
planificaron la represión, al redimir a los demás —a los ejecutores— se
ahuyenta la peligrosa posibilidad de que el mal habite en cada uno de
nosotros, se exorciza ese lado perverso que no resistiría la tentación
de profanar los cuerpos indefensos”.
No habiendo una marca irónica, salvo una argumentación por el absurdo, se
supone que semejante posición se erige como crítica ante esa Ley, pero al
fundamentarla en una racionalidad abominable se encuentra excedida por
aquello mismo que esgrime como crítica:
“No hay que
lamentarlo: la convivencia con la locura propia no es cómoda. No es
fácil aceptar que algunos hombres—hijos y padres, amigos de amigos:
cualquiera que es todos— se hayan convertido en máquinas cebadas, en
bestias amorosas del olor a sangre”.
No, Katz, claro que es
difícil, prefiero no hacerlo. Es verdad que cuando se trata de amores y de
bestiarios, cada cual se ceba donde quiere. Usted es bastante claro al
respecto:
“La instauración del principio de
obediencia debida no responde tanto, pues, a negociaciones secretas ni a
presiones de las Fuerzas Armadas como a la necesidad, compartida por la
mayor parte de la sociedad, de expulsar de sí misma la posibilidad de la
locura: ser torturador es una cosa, obedecer como se debe es algo muy
distinto. Es más exactamente, lo contrario: el amor a la sangre se
convierte en amor al deber... Al redimir al asesino la sociedad se
redime a sí misma... Lo aberrante y lo atroz están siendo domesticados.
La racionalización de lo abominable es, sin duda alguna, un hecho de
nuestra historia”.
De esto último, de que es un hecho, no hay
ninguna duda, sólo cabría agregar, un hecho actuante. Evitando leer las intenciones, leyendo lo que está
escrito para un lector que no es ingenuo, cabría preguntar: ¿Quién encarna
lo racional abominable?
La aplicación aberrante de una categoría socioantropológica como lo hace el
autor del artículo citado, es de una racionalidad abominable.
Está demostrado que: crítica cultural, ejercicio de la política, una
política de la cultura nombran un conjunto de hechos discursivos
homogeneizados que permite fácilmente el pasaje y la rotación entre todos
estos lugares. Ficción política, análisis del discurso, política, muestran
que dicha homogeneidad es dominante como discurso oficial, más allá de cada
posición política. Donde en nombre de una supuesta “especificidad”, los
“especialistas” ceden sus argumentaciones políticas a los referentes de su propio discurso. En este caso,
referentes señala la metodología o los instrumentos utilizados para sus
propios análisis. Este discurso de las ciencias sociales acerca de la
política, es una política.
Este referente homogéneo es un código compartido más allá de las
diferencias, ya que hay un reconocimiento común en el paradigma científico.
Por eso se produce un fenómeno mimético en el registro de las
argumentaciones cuyos puntos de contacto y distanciamiento han sido marcados
de manera exhaustiva. Pero este mimetismo se encuentra también como fenómeno
estético y estilístico. Los dichos políticos, las frases estereotipadas, los
gestos teatrales, las descripciones caracterológicas conforman una jerga
“política” con restos de la literatura, las ciencias sociales, la psicología
o el psicoanálisis, produciendo un lenguaje inédito que entra en relación
mimética con esos discursos y funciona como un aparato formalmente vacío que
deja espacio a una hibridez política.
Notas
El término “reserva”, en su
procedencia ecológica, nos parece que mide con exactitud un campo que
articula lo que se ha dado en llamar política de la cultura y lo que se
podría denominar con cierta extensión “teoría del discurso”. Una cita
extraída del apartado “La crisis en los discursos” muestra en su cita la
riqueza del término. Riqueza en términos de capital que se reproduce.
Haciendo referencia a los sucesos de Semana Santa, O. Landi escribe:
“¿Qué cambió cualitativamente en la configuración política del país? Por
lo pronto, podemos ir conjeturando que produjo un profundo impacto en la
ecología cultural y discursiva generada desde 1982”
, en Landi O. “La
crisis de abril”Unidos, Bs. As., n°15,
agosto de 1987.↩
Sáenz D. “Sembrar la semilla de
la subversión” en Fin de siglo, n°1, Bs.
As., julio 1987. ↩
Paz C. “La otra cara de la
obediencia debida” en Crear, n° 21, Bs.
As., agosto/septiembre 1987. ↩
En relación a este punto,
confrontar la crítica que H. González hace del uso caracterológico que
utiliza O. Soriano. Mostrando el deslizamiento entre ficción y política
señala concretamente cómo el escritor describe la figura del Presidente: “Rostro de boxeador vapuleado que busca aire en el rincón”. H.
González encuentra una analogía entre esa descripción y los personajes
de Cuarteles de invierno. Unidos, n° 15, en González H. “¡Ah! si yo
fuera del MAS”, Bs. As., agosto de 1987. ↩
Viñas D. en “La literatura como una traición” Reportaje al cargo
de G. Saavedra. La Razón, Bs. As., 21 de
junio de 1987. ↩
Viñas D. en
“Alfonsín, recapitulación,
insidias y pronósticos”. Vemos cómo el autor establece una analogía
entre los hechos de Semana Santa, la Ley de Obediencia Debida, y la
muerte del poeta H. Constantini Costantini, mediante un diálogo intimista con el
Presidente en un estilo, también del mismo tenor:
“¿Que los militares
son de piedra, Alfonsín?” De
lejos y con pistola al cinto; pero mirándolos de más cerca, a los ojos,
Alfonsín ¿no son de piedra
pómez?”
Encuesta realizada por G. Saavedra bajo el título
“Visiones desde la cultura” en Fin de siglo
n°1, Bs. As., julio de 1987. ↩
Vezzetti H. “La democracia posible” en Punto de vista, n° 30, Bs. As.,
julio/octubre de 1987. ↩
Sarlo B. “Los militares y
la historia. Contra los perros del olvido” en Punto de vista n° 30, Bs. As., julio/octubre de 1987. ↩
Sarlo B. Respuesta a la rncuesta realizada por G. Saavedra bajo el título
“Visiones desde la cultura” en Fin de siglo
n°1, Bs. As., julio de 1987. Vemos
aquí cómo la autora se expide de manera crítica y sin ambigüedad
respecto a la Ley de Obediencia Debida, cuando no hace equivaler
literatura y política: “La ley que se acaba de aprobar no sólo disuelve
todos los lazos de responsabilidad, sino que también comete el escándalo
jurídico y moral de excluir a la tortura y al asesinato como delitos
punibles”. ↩
El cuerpo político:
“La principal limitación del
esquema que acabo de presentar reside en el hecho de que trata el
discurso político, como si éste fuera sólo un fenómeno de lenguaje, un
ente de palabra.”
Verón E. “La palabra adversativa. Observaciones sobre
la enunciación política” en: Verón E., Landi O. y otros: El discurso político, lenguaje y
acontecimientos, Bs. As., Hachette, marzo de 1987.↩
González H., “El discurso
presidencial y la crisis argentina”, en Cuadernos de la comuna, n°1, Puerto General San Martín (Santa
Fe), junio de 1987. ↩
Aseff L. “Predominancia del
discurso. Una crítica”, en Cuadernos de la
comuna (op. cit.), n° 2, julio de 1987. ↩
Landi O. El discurso sobre lo posible. (La
democracia y el realismo político), Bs. As., Estudio Cedis,
marzo de 1987. ↩
Landi O. “La crisis de abril” en Unidos n° 15, Bs. As., agosto de 1987. En
la página 13, apartado “Desde el lunes” se puede leer con claridad la
posición crítica del autor en referencia a la Ley de Obediencia
Debida. ↩
Katz A. “Un hecho de nuestra
historia” en La ciudad futura, n° 5,
Buenos Aires, julio de 1987. ↩