Nota introductoria
Este prólogo escrito por W. Gombrowicz acompaña la primera edición de Ferdydurke en español, aparecida en el año 1947 en la Editorial Argos. La edición posterior —Sudamericana, 1964— no reproduce dicho prólogo ni tampoco las notas sobre la traducción que se encuentran en la primera edición, apareciendo en cambio precedida por un prólogo de E. Sábato. No hemos de detenernos aquí en los efectos de tal sustitución, ni intentaremos constatar en la comparación la figura adecuada para que una mal llamada “investigación histórica de la literatura” obtenga por las pruebas de lo documental el origen de su fundamento; su publicación tampoco responde a una supuesta “legitimidad”, porque no está en juego ninguna reivindicación; no se trata del rescate o del olvido (zona despreciable que suelen recorrer las revistas literarias), mucho menos de “curiosidad”.
Ocurre simplemente que un prólogo es una de las formas de la cortesía, y que a veces bajo el tópico de la amistad o del agradecimiento puede dar lugar al recorrido de una lectura. Tal vez si una mano retenía a la otra en el instante de escribir, el gesto gombrosiano de llevarse la mano a la oreja nos señala el momento mismo de la lectura, porque basta el vuelo de una mosca para que este acto se interrumpa. O porque esas muecas que disponen la escritura de Gombrowicz agrietan siempre, por duro que sea el mármol, el destino de cualquier busto literario.
Este libro vio la luz del día en Polonia, un año antes de la guerra y para comprender su clima no hay que olvidarse de esta fecha. Yo antes había publicado un volumen de cuentos intitulado Memorias del período de la maduración.
Como la mentalidad polaca de preguerra iba por caminos completamente distintos del que yo había elegido, no abrigaba al publicar Ferdydurke mayores esperanzas de éxito. Si a fin de cuentas las cosas no salieron tan mal, esto se debe a un grupo de decididos y fervientes partidarios de esta aventura, que eran en su mayoría gente joven. Gracias a ellos el libro fue ampliamente analizado y lo que se ha escrito sobre Ferdydurke en estudios polémicas, comentarios, etc., sobrepasa varias veces su tamaño. No obstante, ni yo ni Ferdydurke hemos entrado de lleno en la literatura oficial polaca lo que, por cierto, nos apena muy profundamente.
Cuando las olas de la polémica estaban por calmarse y pensaba en escribir algo nuevo, fui invitado a participar en el viaje de inauguración de un nuevo transatlántico nuestro, puesto en servicio entre Polonia y la Argentina. Llegué aquí para tres semanas solamente, pero ellas se prolongaron en más de seis años, ya que estalló la guerra. Los que a través de Ferdydurke captarán ciertas particularidades de mi alma, comprenderán también por qué el alma, en vez de buscar vinculaciones con los “círculos" locales llevaba una vida anónima y bohemia muy cercana, desgraciadamente, a la miseria. Perdido en este país, entontecido y aplastado por los acontecimientos europeos, vagaba por las calles sin ganas de hacer nada, o, bajo una mesa de café, lloraba amargamente. Me alejé por completo de las letras, y sólo debo a mi feliz inclinación hacia el infantilismo que, a pesar de toda índole de desastres y humillaciones, lograra conservar un grano de alegría. Últimamente me ha vuelto el ánimo para el trabajo literario y creo que en breve tendré el placer de publicar alguna nueva obra.
Ahora ya sabéis de dónde os cayó este librito. Claro está que no se trata aquí de una novela realista y por lo tanto no hay que imaginarse que —digamos— los escolares polacos en realidad se preocupan hasta tal punto por su inocencia o que los criados fueran abofeteados por sus señores. Tampoco se trata de un libelo político, pues este libelo no tiene nada que ver con la derecha ni con la izquierda. ¿De qué se trata, entonces? Comprobé en Polonia que, a pesar de la abundancia de prefacios y aclaraciones, el sentido general de Ferdydurke escapó a muchos lectores, al extremo que varios llegaron a dudar si Ferdydurke tendría algún sentido. Sin embargo lo tiene y no hay inconveniente en exponerlo así nomás —de modo sencillo y sin ninguna clase de muecas— si esto puede facilitar la lectura.
Los dos problemas capitales de Ferdydurke son: el de la Inmadurez y el de la Forma. Es un hecho que los hombres están obligados a ocultar su inmadurez, pues a la exteriorización sólo se presta lo que ya está maduro en nosotros. Ferdydurke plantea esta pregunta: ¿no véis que vuestra madurez exterior es una ficción y que todo lo que podéis expresar no corresponde a vuestra realidad íntima? Mientras fingís ser maduros vivís, en realidad, en un mundo bien distinto. Si no lográis juntar de algún modo más estrecho esos dos mundos, la cultura será siempre para vosotros un instrumento de engaño.
Pero Ferdydurke no sólo se ocupa de lo que podríamos llamar la inmadurez natural del hombre, sino ante todo de la inmadurez lograda por medios artificiales: es decir que un hombre empuja al otro en la inmadurez y que también —¡qué raro!— del mismo modo actúa la cultura. Existen muchas razones por las cuales uno tiene interés en que otro caiga en la inmadurez, pero la más importante es nuestro amor por la inmadurez en sí. Ahora, la cultura infantiliza al hombre porque ella tiende a desarrollarse mecánicamente y por lo tanto le supera y se aleja de él.
El héroe de Ferdydurke, infantilizado primeramente por el temible Pimko, se ve arrastrado en el proceso de mutua inmadurización que constituye el gran goce secreto de la humanidad, su diversión más dulce y su dolor más terrible. ¿A qué tipo de psicología nos lleva este proceso? Los personajes de Ferdydurke no tienen ideales, ni dioses sino “mitos inmaduros” que podríamos definir como un ideal adaptado al nivel de la auténtica realidad íntima del hombre (mito del peón, de la colegiala, de la tía, etc.). Ellos no hacen lo que quieren, ni tampoco sienten según su propia naturaleza, sino que la mayoría de sus sentimientos y actos les es impuesta desde el exterior. Se empujan mutuamente hacia actitudes, situaciones, sentimientos o pensamientos ajenos a su voluntad y sólo después se adaptan psíquicamente a lo que se les ha ocurrido cometer buscando ex post una justificación y explicación... siempre amenazados por el absurdo y la anarquía. Sus dos rasgos característicos más destacados son los siguientes: primero, el aparato de las formas maduras de la cultura no es para ellos nada más que un pretexto para entrar en contacto entre sí —y para gozar y excitarse recíprocamente— y para armonizarse en sus dolorosos, inmaduros juegos. Lo importante para ellos es bailar; qué baile bailan, no les importa. Segundo: ellos sin cesar producen la forma, pero nunca la logran. No tienen creencias, ideales, convicciones, aptitudes, sentimientos, sino se los fabrican según sus necesidades y las necesidades de la situación. A cada momento se fabrican entre sí sus personalidades —uno crea al otro.
Ferdydurke sostiene que es justamente nuestro anhelo de madurez lo que nos arrastra hacia esa inmadurez número dos, inmadurez artificial —y nuestro anhelo de forma el que nos lleva a una forma mala. Parecidos a alguien, que temiese su propia desnudez, echamos mano a cualquier vestimenta a nuestro alcance, aún la más grotesca, y así se crea ese mundo hecho de indolencia, insuficiencia, no-seriedad e irresponsabilidad, mundo de la subcultura, de las formas caducas, malogradas, desviadas e impuras, donde se desarrolla nuestra vida íntima. Allí se fabrican sorprendentes sub-ideales, sub-religiones, sub-sentimientos, y varias otras sub-cosas muy diferentes de las del mundo oficial. Y lo importante es que todo eso se efectúa por vía formal: para que en tal sentido, dos personas se obliguen a la regresión no hace falta que sean pacientes de Freud y del freudismo, porque aquí se trata de algo tan elemental como que el estilo de ser de una persona influye sobre el estilo de ser de la otra.
¿Cuál debería ser nuestra actitud, en tanto que seres conscientes, frente a aquel infra-mundo? El supremo anhelo de Ferdydurke es encontrar la forma para la inmadurez. Pero esto es imposible. Podemos en forma madura expresar la inmadurez ajena, podemos, por ejemplo, describirla artística o científicamente, pero con eso no logramos nada, porque así no expresamos nuestra propia inmadurez, sino que de modo maduro describimos la inmadurez ajena. Aun si nos pusiéramos a analizar y confesar nuestra propia insuficiencia cultural siempre lo haríamos desde el punto de vista de la cultura y en forma madura. Mas para que esta insuficiencia fuera expresada de modo consciente y a la vez directo, sería menester que nos esforzásemos en escribir no-libros sabios sobre el tema de la tontería, sino sencillamente libros tontos —y malos— e indolentes— lo que, claro está, sería un disparate. Por eso ni la ciencia, ni el arte, ni ningún otro medio de expresión cultural, permite al hombre manifestar por vía directa su propia realidad inmadura, condenada al eterno mutismo. Mas por otra parte, si todos vamos a seguir con esa mascarada obligatoria e inevitable, la cultura irá convirtiéndose en un juego cada vez más mecánico y fragmentario, y por fin perdería todo contacto con nosotros mismos. Si yo, hablando con Fulano, trato siempre de ser lo mejor educado posible y él hace lo mismo respecto de mí, nuestra conversación pronto se volverá tan bien educada que terminaremos por sentirnos muy molestos —y eso es lo que ocurre con nuestro arte que se vuelve demasiado “artístico”, con nuestra sutileza que se vuelve demasiado sutil o nuestro heroísmo que se vuelve demasiado heroico. ¿Qué nos queda entonces por hacer? Estamos en la situación de un niño que se ve obligado a llevar un traje demasiado grande para él y en el cual se siente incómodo y ridículo; el niño no puede quitárselo puesto que no tiene ningún otro, pero, por lo menos, puede proclamar en voz bien alta que el traje no está hecho a medida, y de tal modo establecerá una distancia entre el traje y su persona. Esto significa: tomar distancia frente a la forma. Cuando logremos compenetrarnos bien con la idea de que nunca somos ni podemos ser auténticos, que todo lo que nos define —sean nuestros actos, pensamientos o sentimientos— no proviene directamente de nosotros sino que es producto del choque entre nuestro yo y la realidad exterior, fruto de una constante adaptación, entonces, a lo mejor la cultura se nos volverá menos cargante.
Ferdydurke, además de plantear este postulado teóricamente, se propone realizarlo en la práctica. Desde luego yo no podía hacer otra cosa sino tratar de escribir un libro bueno y no un libro malo. Pero lo que quería conseguir a toda costa, era una mayor libertad de palabra en este campo de la cultura, donde el escritor malo no puede decir nada porque es malo y el bueno tampoco puede decir algo porque es bueno —esclavo de su nivel y de su estilo— asustado por su grandeza, su situación social y sus múltiples (a menudo ilusorias) responsabilidades. Por eso en vez de ocultar mi propia persona en tanto que autor, la puse en juego junto con las personas de mis héroes. En vez de esconder mi insuficiencia cultural, mi dependencia de la esfera inferior y los móviles personales de mi trabajo, como lo hacen otros autores, los desnudé con toda crudeza y además demostré mi propia inconformidad con la forma de la obra: el lector puede ver cómo me enloquece la tiranía de las formas idiomáticas, el mecanismo del estilo, la construcción y la armonización de las partes, etc., etc. Así que Ferdydurke tiene un doble aspecto: por un lado es un relato y una novela, una descripción y, por otro, un acto de mi lucha personal con la forma. Aquí el autor, confesando su propia inmadurez, consigue —supongo— más soberanía y libertad frente a la forma y, al mismo tiempo, deja entrever el mecanismo de su inmadurez.
¡Uff! Este sería el esqueleto intelectual de Ferdydurke. Yo no soy ni filósofo, ni psicólogo, y pido disculpas por las eventuales fallas de exposición. Ni siquiera sé si mis puntos de vista son nuevos y originales; y eso no me preocupa porque no espero realizar descubrimientos, sino proyectar al exterior con la mayor energía posible todo un cúmulo de asuntos, que, indudablemente, me hicieron sufrir mucho. Cada uno se queja de lo que le duele y yo hago lo mismo. Me cuido muchísimo que mi voz no suene nunca como la de un “escritor”, “filósofo", “poeta”, “intelectualista”, sino como la de una persona privada. En verdad, cuando empezaba Ferdydurke no sabía casi nada de esas ideas y ellas me vinieron por sí mismas a medida que escribía. Al crear este poema orgullosamente práctico sabía sólo que debía emprender algo así como una “crítica desde abajo”, y que llegaba la hora de arreglar cuentas tanto con el mundo superior como con el inferior, pues ambos me fastidiaban bastante. Y francamente me cuesta reducir una obra tan alocada en sus absurdos y desenfrenada en sus intenciones a un esqueleto seco, duro y rígido.
Me atrevo a creer que en todo caso la publicación de Ferdydurke en la América Latina tiene su razón de ser. Existen varias analogías entre la situación espiritual de Polonia y la de este continente. Aquí como allá el problema de la inmadurez cultural es palpitante. Aquí como allá el mayor esfuerzo de la literatura se pierde en imitar las “maduras” literaturas extranjeras. Aquí y allá los literatos se preocupan por todo menos por verificar sus derechos a escribir como escriben. En Polonia como en Sudamérica todos prefieren lamentarse de su condición inferior de menores y peores, en vez de aceptarla como un nuevo y fecundo punto de partida. Pero mientras en Polonia la formidable tensión de la vida echa por tierra toda esa “escuela literaria” (la palabra “escuela” está aquí plenamente justificada) la apacible existencia del feliz sudamericano le permite eludir la revisión básica de esas cuestiones, le induce a menudo al cultivo de cominerías estéticas e intelectuales, y un estéril formalismo sofoca toda su expresión. Dudo mucho si mis razones serán compartidas por los maestros consagrados de ambas literaturas, pero fijo mis esperanzas en los maestros que están por nacer.
Esta traducción fue efectuada por mí y sólo de lejos se parece al texto original. El lenguaje de Ferdydurke ofrece dificultades muy grandes para el traductor. No domino bastante el castellano. Ni siquiera existe un vocabulario castellano-polaco. En estas condiciones la tarea resultó tan ardua, como, digamos, oscura y fue llevada a cabo a ciegas —sólo gracias a la noble y eficaz ayuda de varios hijos de este continente, conmovidos por la parálisis idiomática de un pobre extranjero.
La realización de la obra se debe ante todo a la iniciativa y el apoyo de Cecilia Benedit de Debenedetti, a la cual deseo expresar mi mayor agradecimiento.
Bajo la presidencia de Virgilio Piñera, distinguido representante de las letras de la lejana Cuba, de visita en este país, se formó el comité de traducción compuesto por el poeta y pintor Luis Centurión, el escritor Adolfo de Obieta, director de la revista literaria “Papeles de Buenos Aires”, y Humberto Rodríguez Tomeu, otro hijo intelectual de la lejana Cuba. Delante de todos esos caballeros y gauchos me inclino profundamente. Pero, además, colaboraron en la traducción con todo empeño y sacrificio tantos representantes de diversos países y de diversas provincias, ciudades y barrios, que de pensar en ello no puedo defenderme contra un adarme de legítimo orgullo. Colaboraron: Jorge Calvetti, Manuel Claps, Carlos Coldaroli, Adán Hoszowski, Gustavo Rotkowski y Pablo Manen (pacientes pescadores del verbo), Mauricio Ossorio, Eduardo Paciorkowski, Ernesto J. Plunkett y Luis Rocha (aquí se juntan Brasil, Polonia, Inglaterra y la Argentina), Alejandro Russovich, Carlos Sandelín, Juan Seddon (obstinados buscadores del giro adecuado), José Taurel, Luis Tello y José Patricio Villafuerte (eficaces e intuitivos). Debo también eterno agradecimiento a un simpatiquísimo señor, ya de edad, y muy aficionado al billar, que en un momento de feliz inspiración me procuró la palabra “remover,” de la cual me había olvidado por completo. Tengo que agradecer —¡por Dios!— a todos esos nobles doctores en la “gauchada,” y a los criollos les digo sólo eso: ¡viva la patria que tiene tales hijos! Si a pesar de un número tan serio de colaboradores el texto castellano tuviese alguna falla proveniente, no de las insuperables dificultades de la traducción, sino del descuido, esto se debería, creo, al exceso de amenas discusiones que caracterizaba las sesiones, realizadas casi todas en la sala de ajedrez de la confitería Rex bajo la enigmática y bondadosa sonrisa del director de la sala, maestro Paulino Frydman.
Me alegro que Ferdydurke haya nacido en castellano de tal modo, y no en los tristes talleres del comercio libresco? Todavía una palabra: a lo mejor el libro pasará desapercibido, pero seguramente algunas personas de mi amistad se sentirán obligadas a decirme una o dos frases, de esas que siempre se dicen cuando un autor publica un libro. Quisiera pedirles que no digan nada. No, no digan nada, porque, debido a toda clase de falsificaciones, la situación social del así llamado “artista”, se ha vuelto en nuestros tiempos tan pretenciosa que todo lo que se le pueda decir suena a falso y, cuanta más sinceridad y sencillez pongáis en vuestro “me gustó muchísimo” o “estoy encantado”, tanta más vergüenza para él y para vosotros. Callaos, pues, os lo ruego. Callaos en espera de un futuro mejor. Por el momento —si queréis expresar que os gustó—, tocad sencillamente, al verme vuestra oreja derecha. Si os agarráis la oreja izquierda sabré que no os agradó, y la nariz significaría que vuestro juicio está en el medio. Con un leve y discreto movimiento de la mano agradeceré esta atención para con mi obra y así evitando situaciones incómodas y aún ridículas, nos comprenderemos en silencio. Muchos saludos a todos.
Dos palabras sobre Ferdydurke en español: La lengua usada en Ferdydurke se aparta de la convención general del idioma, de sus leyes universales, de su ritmo regular y diario. Una de las sorpresas de esta obra —entre muchas que ofreció al lector polaco— fue su insólita manera de manejar el idioma. Manera que abarcaba desde la distorsión de la frase o del período hasta la aportación de nuevas palabras o locuciones enteras.
El lector español no avisado de estas peculiaridades estilísticas creería que Ferdydurke ha sido incorrectamente vertido: podría estimar que en algunos pasajes, cierta dureza propia a la frase, cierto sabor arcaico, se deben a incompetencia por parte de los colaboradores en la labor de traducción.
Se trata, por el contrario, de un nuevo y distinto enfoque del lenguaje; enfoque que va, en consecuencia, a proponer al lector una nueva y distinta forma de lectura. Por ejemplo, pasajes como el que a continuación transcribimos aparecen persistentemente aquí y allá en Ferdydurke:
“Al oír eso perdí los restos de fe en la eficiencia de mis protestas; no, ya no me creerá nunca que soy adulto, pues por efecto de mi presencia gustó más los encantos de sí misma y de su hija. Y cuando a la madre le gusta más su hija con alguien, ya no hay caso, ya tienes que ser así como es necesario para los encantos de la hija. Podría yo protestar,—¿quién dice que no podía?— podía en cada momento levantarme y a pesar de todas las dificultades aclarar sencillamente que no tenía dieciséis años sino treinta. Podía —pero no podía, porque me faltaban ganas.”
Otro aspecto estilístico lo constituye la serie de palabras inventadas por el autor —unas originadas de otras palabras polacas, las demás, de pura creación— y que, prima facie, podrían desconcertar a los lectores. Importa decir que dichas palabras no son, en ningún caso, soluciones verbales o puro juego conceptual; todas ellas son “llaves” en la narración. Por ejemplo, la palabra “culeito” (y sus casi infinitas variantes) constituye, por así decir, la simbólica del problema capital en Ferdydurke —esto es: la infantilización. Asimismo, se encontrarán palabras tales como “podermiento” y “nopodermiento,” “ingusto,” “tial,” “tiobagatela,” “cocinal,” “fachalfarra” y “farra fachal,” “muslano,” “piernal,” “facha” (ésta usada exclusivamente en su acepción latina de cara) y muchas más, que, o por no encontrárseles un equivalente exacto en español, o por tenérselas que usar perifrásticamente, fue preciso crearlas en nuestro propio idioma.
Pondremos un solo ejemplo. La palabra “podermiento” expresa, como es lógico presumir, condición o estado de poder. Ahora bien, en la economía propia de Ferdydurke soluciones perifrásticas o gramaticalmente correctas de nuestro verbo español “poder” hubieran sido letra muerta. Expresar la palabra polaca moznosč a través de frases como “la voluntad de poder” o “el poder posible” significaba nada menos que anular el íntimo sentido y fuerte poder de evocación que dicha palabra encierra en el texto original. Fue entonces que nos decidimos por el barbarismo y neologismo salvador. Así nació “podermiento,” y tantas y tantas otras palabras que galvanizarán constantemente al culto lector. Por otra parte, aunque en principio tomamos como norma al español literario, hemos puesto que Ferdydurke está muy lejos, repetimos, de todo academicismo y purismo idiomáticos.
Respecto a la traducción en sí, ya se sabe, por la extensa explicación del Prefacio, cómo fue llevada a cabo y en qué circunstancias. Pero a fin de entregar más claridad a los lectores, añadiremos un breve comentario sobre la técnica que presidió a este difícil trabajo de traducción, retraducción y versión final. Seguidamente, transcribimos unas líneas del comienzo de la obra en las que se podrá advertir cómo se operaba con la “palabra en bruto,” todavía medio polaca y medio española, para llevarla a una decente, honesta propiedad idiomática.
El autor nos presentaba su versión de primera mano: “El martes me desperté a esta hora inanimada y vacía, cuando la noche ya estaba acabando y sin embargo todavía no ha nacido la madrugada.” Entonces, con la colaboración del autor y la de “esos pacientes buscadores del verbo,” la cosa quedaba así: “El martes me desperté a esa hora inanimada y nula en que la noche ya está por terminar y sin embargo todavía no ha nacido el alba.”
Finalmente, el título mismo de la obra constituye una invención más del autor. Este nos dice que Ferdydurke no tiene género en polaco, o los tiene todos. Así, el Ferdydurke, la Ferdydurke, lo Ferdydurke. El lector puede escoger.
