Revista SITIO · N.º 1 (1981)

Anexo: Dinero I

De Judíos, dineros y Bolsas: Drumont, Bloy, Zola, Martel

I

En Buenos Aires, 1981, fuera de los vergeles académicos, bajo el palio de ninguna Jornada de Literatura, en un Sitio que todavía no lo tiene, ocuparse de León Bloy (1846-1917), y tan luego de La salvación por los judíos (1892),* ¿no les parece una exhumación? ¿Qué tiene que ver con nosotros, hoy, ese fósil? Ni Tel-Quel, ni Communications, ni Poétique, ni OrnicarOrnicar?, ni Diwan se acuerdan de su existencia, y eso que son franceses (o barceloneses, que de Francia saben más que en París).

Pero es que Bloy en La Salvación, Edouard Drumont en La France juive (1886), Emile Zola en L'argent (1891) y nuestro Julián Martel en La Bolsa (1891) hablan todos juntos y al mismo tiempo, aunque desde discursos y con escrituras radicalmente enfrentadas, de un solo y mismo tema, el dinero, y su forma libidinosa, la especulación, bajo lo que entonces eran sus más tangibles ectoplasmas: la Bolsa y los grandes financistas judíos, los Rothschild, Pereire, Mirés, Hirsch. ¿Y en qué otra cosa que no sea el dinero, el crach y la débacle le dejan pensar a uno en Buenos Aires, desde hace tres años por lo menos?

Conste que la asociación no es sólo mía. En La Prensa del 27 de julio pasado, Rogelio Garay intitula su columna: “La crisis del 90 noventa años después; de La Bolsa al Escándalo bancario", conjugando, con toda pertinencia, el asombro de dos outsiders, patéticamente energúmeno aquél, virginalmente atónita ésta, como Eneas ante el cuerpo de Polidoro: "¡A qué cosas no obligas los mortales pechos, hambre sacra del oro!” ¡Qué malo es los hombres, Silvinita, viste!

Y Carlos Moyano Llerena, en La Nación del 24 de mayo, en un artículo, “El capitalismo y las virtudes teologales”, que forma parte de una serie de cuasifantasía científica consagrada a “La sociedad postindustrial”, nos informa que a comienzos de este año accedió en EE.UU. de Norteamérica a la confirmación de best-seller un libro, Riqueza y pobreza, de George Gilder, "uno de los intelectuales que mayor influencia tiene sobre el grupo de funcionarios que rodea al presidente norteamericano (Reagan) y que lo guía en la aplicación de “la nueva teoría económica que recibe el nombre de suply-side. Gilder —afirma Moyano—, después de hacer la crítica de Adam Smith y de la teoría del propio interés, sostiene que: “Los economistas [capitalistas] que desconfían de la religión nunca podrán comprender la relación con lo divino por la cual se alcanza el progreso [económico]”. Pienso que Gilder y Bloy podrían llegar a entenderse, o por lo menos a escucharse, mejor entre sí que cualquiera de los dos con Zola, Drumont o Martel. O con Juan Alemann.

Gustavo Martínez Zuviría (Hugo Wast) tuvo a su manera pruritos teológicos análogos, que curó reinsertándose en el discurso antisemita de Martel y de Drumont, amplificado ya por el Gniga Kahal [Libro del kahal] de Branfman Brafman (1870) y Der Talmudjude (El judío del Talmud), de August Rohling (1871) y Los protocolos de los sabios de Sión (1902), cuya autenticidad, con dudosa inocencia, Wast da por descontada. (Dicho sea de paso, Los protocolos pueden adquirirse en este momento a 9.000 pesos viejos en todos los quioscos de subterráneo, junto con La cura por el agua, La vida sexual después de los 50 y los horóscopos de Horangel). Sólo un detalle: Oro y El Kahal son de 1936, Gustavo Martínez Zuviría es el Director de la Biblioteca Nacional, sinecura recibida de Uriburu; Agustín P. Justo, preside a los argentinos; Mussolini y Hitler han reemplazado a Vittorio Enmanuele II y a Bismark, en el interin), y los judíos argentinos, que en la época de Martel eran un puñado, son varios centenares de miles...

¡Qué enternecedor resulta Gerchunoff y sus Gauchos Judíos (1910), los de Mauricio Hirsch, que en sus pingos galopan por los pagos de Estación Domínguez, provincia de Entre Ríos, o tuestan semillas de girasol y de zapallo en Moisés Ville, Santa Fe! ¿Te acordás cuando el peoncito Rogelio, “en su portentoso alazán, venía a todo correr con Myriam en ancas. Pasaron como viento, erguido altivamente el criollo, y ella, suelta la cabellera, envolvió a la gente (los judíos de su familia) con una mirada de desafío, hechos una llama los ojos, y cuando los colonos volvieron de su asombro, la pareja fugitiva era un punto en la distancia” (42)? Perdón, Gerchunoff, ¡ojalá usted, la Alliance Juive Universelle, Crémieux, Rothschild y Hirsch no se hubieran equivocado! Pero ya se lo advirtió Herzl en El estado judío (1896): “El que quiera hacer de los judíos agricultores (,cuando no lo son,) está en un error muy craso” (34). Claro que a Herzl hay que leerlo también en su contexto, y sobre sus otros aciertos (o algunos de sus aciertos), angustiosamente, la Historia no ha dicho la última palabra.

II

Las concordancias de Drumont, Martel, Zola y Bloy no son sólo cronológicas y temáticas, sino también interaccionales e intertextuales.

Bloy escribe La salvación contra Drumont. El detonante es su indignación por un affiche, que según informa Bernanos (P 134), reproducía el cromo de la tapa de una edición popular (resumida) de La Francia judía, mediante la cual se quería propagar la agitación antisemítica entre obreros y campesinos: Drumont, transvestido en Caballero del Santo Sepulcro, alancea, como San Jorge, no a la Sierpe sino a Moisés (infra, página 68). En el “Prólogo” de 1892, suprimido en la edición de 1906 (infra, página 86), relata su misteriosa expedición a MédamMédan después de la lectura de la recién aparecida La débâcle para transmitir a Zola, en calidad de “mensajero del Absoluto”, una admonición, sin duda inspiracional. Sabemos por su Diario Manuscrito (Bollery, III, 40) que en esos precisos días trabajaba en La salvación. El odio que atesoró Bloy y que brama ya en este “Prólogo”, errumpe muchos años después, en pleno Proceso Dreyfus, el 21 de octubre de 1899 y el 4 de febrero de 1900, en la revista Par le Scandale: “La seconde enfance de Zola, recogido en Je m'accuse, de ese mismo año. Si su resentimiento y envidia pueden tener algún atenuante, éste es sólo que su inquina es contra el naturalismo sólo es parangonable con la que terminó profesando a los disidentes Huysmans y Paul Bourget (véase Les dernieres colonnes de l'Eglise).

Drumont, en el “Prólogo” de La Francia judía, se prestigia con el método utilizado:

“Mi libro se filia con todos los trabajos intentados bajo formas diferentes por los psicólogos, novelistas y cronistas de los acontecimientos cotidianos, los Daudet, los Goncourt, los Zola, los Claretie, los Platell, los Scholl, los Maupassant, los Uzanne, los Bonniéres, los Fournel, para pintar ese mundo que cambia de alguna manera ante nuestros ojos
(XVI).

En verdad, tergiversa luego totalmente el trabajo de realistas y naturalistas (uno sospecha si los habrá efectivamente leído), adosándoles opiniones antijudías absolutamente inexistentes. (Tal vez el grado máximo de fraude lo alcance al hablar (40) de George ElliotEliot y su Daniel Deronda, que probablemente no leyó, o calculó que no habían leído sus propios lectores).

El artículo “Pour les juifs”, publicado por Zola en Figaro el 16 de mayo de 1896, que marca su ingreso en la lucha política contra el antisemitismo, está inequívocamente dirigido contra Drumont, aunque no lo menciona por su nombre. (Y es clave para justipreciar el discurso-pastiche antisemita de Saccard en L'argent, 94 y 95). A las 48 horas, Drumont, desde La Libre Parole regurgita incendios contra Zola: sus últimas novelas han tenido poca venta; está desesperado por entrar en la Academia; novel abogado de los judíos, se asemeja a ellos “en la parte cochinamente blasfematoria y obscena (ordurier) de sus libros”; su prosa es la de un farmacéutico de aldea, de un almacenero virulento. En lo referente a los últimos cargos, Drumont y Bloy coinciden en un odium theologicum compartido. No es sorprendente: para los ultras católicos de esa época (Bloy y Drumont lo son) los Tres Enemigos del Alma son cuatro: masones, youtres, protestantes y naturalistas.

También en La Libre Parole, pero dos años antes, Drumont había publicado los materiales secretos sobre el arresto de Dreyfus, que le había pasado el coronel HenriHenry, el amigo de Esterhazy. En 1896 Dreyfus estaba ya en la isla del Diablo; faltaban dos años para que Zola lanzara el J'accuse. Drumont azuzaría entonces junto con Régis los progromos de Argelia, que siguieron al juicio de Zola, su condena y exilio en Inglaterra.

Martel anticipa como folletín La Bolsa en La Nación. En el mismo crepuscular matutino aparece, traducida, y también en folletín, L'argent.

Drumont, en una obra escrita con tanta pasión como talento, y en la cual abundan datos abrumadores que nadie ha rectificado, dice, entre otras cosas, que tienen formada una gran asociación, que se llama Alianza Universal Israelita y cuyas ramificaciones se extienden a todas partes del mundo en que haya modo de lucrar a costillas del hombre ario” (123). “¿Quién ha levantado sus cargos? ¿Recuerdas aquel dato de la sociedad francesa probando... no, no exagero, probando, sí, probando que está sometida al yugo judío? Pues bien, la América, y especialmente la República Argentina, está amenazada del mismo peligro” (124), hace decir Martel a Glow. Y todo el capítulo 7, al que pertenecen estas citas y que constituye más del 10% de la obra, está destinado —congelando el relato— a compendiar prolijamente La Francia judía.

III

El año en que Zola y Bloy deciden ocuparse de los judíos y el dinero se cumplía exactamente un siglo de uno de los actos más trascendentales de la Revolución Francesa, junto con la abolición de la esclavitud: la declaración de los judíos como ciudadanos franceses con igualdad de derechos, el 27 de setiembre de 1791. La Convención enervaba así, civilmente, el decreto del I Concilio Lateranense (1179) que había prohibido la convivencia de judíos y cristianos. El cumplimiento de estas ordenanzas había sido encarecido y reglamentado en 1556 por la Bula Cum nimis absurdum, de Paulo IV, seguida un año después por la fundación del gueto de Roma.

Dentro de esta centuria, el lapso entre las revoluciones de 1789 y 1848 es el de la emancipación (jurídica) de los judíos en todos los países de Europa. Durante las tres décadas siguientes, los salidos del gueto se incorporan vigorosamente a la vida social y cultural global (comercio, finanzas, periodismo, profesiones liberales). En los dos últimos decenios, el de 1880 y el de 1890, cuaja y se organiza el antisemitismo político, que hasta entonces sólo había tenido expresión religiosa o filosófica. Los progromos de Rusia, inmediatamente después del asesinato de Alejandro II, el 13 de marzo de 1881, son su expresión más aterradora. Las emigraciones masivas de los judíos del Imperio Zarista hacia los países europeos del oeste, América del Norte y del Sur (Argentina), Palestina, junto con la articulación del movimiento sionista, son su resultado.

El antisemitismo políticamente organizado (Drumont en Francia, Adolf Stöcker Stoecker en Alemania, Géza von Onody en Hungría) se reúne en el Primer Congreso Internacional Antijudío, con sede en Desde Dresden , en 1882. Del 3 de mayo de ese mismo año son las “Leyes de Mayo” rusas. Cuenta ya con un discurso, iniciado desde el momento mismo en que culminó la emancipación jurídica. Su perímetro es la Judenfrage, la Question Juive.

La literatura francesa, en parte, presencia y testimonia este proceso, en parte interviene, registrándolo y elaborándolo, principalmente desde la novela (que es la que aquí interesamos) y secundariamente desde el drama. Pero es una literatura escrita por no judíos. Cuando, tardiamente y fuera de Francia, autores judíos asumen su especificidad, hablan de ella reflexivamente, aceptándose como dados. No se preguntan por los no judíos: literariamente, no existió nunca una Goienfrage. Cuando, después del holocausto nazi, en 1946, Jules Isaac, por ejemplo, se dedica a una obra sobre la tradición católica respecto de los judíos (Jesús et Israel) todo su muy valioso alegato culmina en proponer a los católicos una revisión de los contenidos tergiversados en la interpretación histórica, teológica y litúrgica de la personalidad de Jesús y la actitud del pueblo palestino respecto de él: Israel en cuanto tal no desconoció ni dio muerte a Jesús. ¿Cuestionar al Otro implicaría cuestionarse a sí mismo como indeterminado, como no necesariamente congelado por alguien, para toda la eternidad, en una modalidad mítica. Conozco una sola excepción: Bernard Lazare.

El hecho es que desde el Shylock de Shakespeare (1600) hasta el Isaac de York en Ivanhoe de Walter Scott (1820), la figura del judío como poseedor eminente del oro y del dinero (argent) no está significativamente representada en las literaturas europeas. El seguimiento que haré aquí de algunos momentos clave estará centrado en sólo dos aspectos: la construcción del personaje y las asignaciones de sentido que hacen los propios autores a propósito de esa construcción. Para ello son fundamentales los "Prólogos". En el caso de Zola, la inclusión de una selección de sus Notas manuscritas (infra, páginas 91 y 95) ha parecido conveniente por su contenido mismo y como contraste con Bloy. El porqué de la remisión a Scott se hará evidente por sí mismo.

Walter Scott tiene detrás de sí (o sobre sí) la agobiante presencia de Shylock, pero sólo en la misma medida que soporta las de Lear, Hamlet, Otelo y la de todos los personajes del ciclo histórico medieval shakesperiano, que él ha decidido reinterpretar. Ivanhoe es de todas sus novelas la que mayor difusión y gravitación tuvo en el Continente. Balzac, por ejemplo, en el "Prólogo" de 1842, describe su aporía en el momento de alumbrar la idea de la Comedia (1834): "Si bien yo concebía la importancia y la poesía de esta historia del corazón humano, no veía ningún medio de ejecución... Fue con ese pensamiento que leí las obras de Walter Scott. Walter Scott, este inventor (trouveur) (trovero (trouvere)) moderno, imprimía entonces una andadura gigantesca a un género de composición injustamente llamado secundario... Walter Scott elevaba, pues, al valor filosófico en la historia, la novela..." (20-21). Y en enumeración de los grandes personajes ficcionales de todas las épocas (Dafnis y Cloe, Rolando, Quijote, Werther, etcétera), el único de Scott que cita es, precisamente, Ivanhoe. Más aún: cuando publica en 1829 El último Chouan y Sainte-Beuve lo critica como imitador de Scott, Balzac responde que “su intención ha sido hacer para la época actual lo que Walter Scott ha hecho para la Edad Media”.

Isaac de York, el judío de Ivanhoe, y su hija, Rebecca, deberían haber tenido en el desarrollo del relato una importancia infinitamente menor. Su función actancial se limita a prestar a Ivanhoe el dinero necesario para adquirir la armadura (Isaac), y servir de objeto para la lujuria del templario Bois-Guibert y de receptora de sus confidencias (según yo las leo) acerca de cómo la reforma, bajo una forma espuria y libertina, corroía ya el catolicismo feudal, no en vano a través del contacto con Palestina y el Oriente (Rebecca).

Pero Scott termina arrasado por sus personajes. Tanto, que en la segunda edición (1830) se ve obligado a aclarar:

“El personaje de la hermosa (fair) judía ha encontrado tanto favor ante los ojos de algunas hermosas (fair), lectoras, que el Autor ha sido censurado porque, al planear los destinos de los personajes del drama, no otorgó la mano de Wilfredo (Ivanhoe) a Rebecca, en lugar de hacerlo con la menos interesante Rowena. Pero, por no hablar de que los prejuicios de la época hacían tal unión casi imposible, el Autor quisiera señalar de pasada que él piensa que un carácter de estampa altamente virtuosa y altiva es degradado más que exaltado por cualquier intento de recompensar la virtud con la prosperidad... y es una doctrina peligrosa y fatal enseñar a las personas jóvenes, que son los lectores más comunes de novelas, que la rectitud de conducta y de principio están naturalmente aliadas con la gratificación de nuestras pasiones o el logro de nuestros deseos”
(215).

La bastardilla no está en el original. Para interpretar el sentido que asigno a mi resalte, téngase presente el encubrimiento de “mujeres que leen” novelas de amor bajo “personas jóvenes” y “lectores”. Jessica no hubiera estado de acuerdo: no sólo huye (eso sí, disfrazada de muchacho) con Lorenzo, sino que despoja a su padre Shylock del oro y de las joyas. “Now, by my hood, a Gentile, and no Jew”, comenta Graciano.

Las pías consignas de lectura que a sus lectoras de la segunda generación imparte Scott (debió sentir que lanzaba al mundo una progenie de Francescas de Rimmini y de Emas Bovary) son importantes por la operación disociativa que introduce en el arquetipo Jessica: la hetaira oriental y la casta Susana. Veremos como Balzac anula y ratifica a la vez en Ester esta disociación. Y como Drumont la reunifica, pero eliminando el segundo de los términos.

Detrás de Isaac de York está el avaro de comedia latina y del Arte (Euclión), que ya es usurero (Harpagón), vale decir, el judío ha sido despojado del aspecto diabólico pero humanizante con que aparecía Shylock. No creo que sería demasiado injusto ver detrás de su sed de sangre el crimen ritual que en la visión auténticamente medieval de Chaucer (“Cuento de la priora") expresa la versión originaria del mito.

Pero Isaac no es una figura degradada, y, lo que más importa, no lo es como judío. No es él, sino Bois-Guibert, el portador activo del Mal. Tampoco es sórdido: su casa de York encierra un refinamiento propio de Oriente, que ni sajones ni normandos pueden emular. La fortuna que atesora procede del comercio y de los préstamos a nobles y reyes. Como cualquier otro judío, es saqueado, encarcelado, torturado por los barones; paga un impuesto especial. Su aspecto físico no es fisionómicamente repugnante. Su nariz, como la de Rebecca, es "aquilina", no ganchuda; lleva cabellos y barba largos; la frente es despejada. Sería positivamente hermoso, comenta Scott, si no fuera porque el aborrecimiento del vulgo y la persecución de los nobles ha desarrollado en él un "carácter nacional” mezquino y unamiable. No obstante ello, está dispuesto a morir antes que entregar a Rebecca.

Scott no conoce aún “la cuestión judía”, porque tampoco ha comenzado, aunque ya los Rothschild inician, precisamente en Inglaterra, su carrera ascendente hacia el status de Midas y de Creso que los convertirá en referencia obvia e inevitable a partir de 1840. Isaac y los hebreos de Inglaterra son, como los sirvientes moros de los Templarios en el mismo Ivanhoe o los gitanos de Wawerley, menciones ineludibles en su fresco rafaeliano de la Edad Media gótica. En notas al pie o al final de las novelas Scott acumula toda la información erudita pertinente. Para que entre en escena el dinero y el judío burgués hay que esperar que el realismo de Balzac liquide el romanticismo. Que la comedia divina, laicicizada en la prosa, se piense a sí misma como Comedia Humana.

IV

Gobseck, Nuncingen y Esther, los tres personajes judíos balczacianos, reiteran y modulan líneas melódicas de Scott. Gobseck es todavía prestamista y usurero: actúa en 1818-1819, en plena Restauración; Nuncingen es ya el banquero, financista, loup-cervier, par de Francia, hechura de la Revolución de Julio. La mansión que compra para Esther se inaugura en 1830. Gobseck es hijo de holandés y de madre judía, Nuncingen, alsaciano, hijo de judío converso. Ambos siguen siendo ancianos: Gobseck tiene 67 años, Nuncingen 60. Esther, la fille galante, no es hija de Gobseck, solamente su sobrina, pero su belleza es fascinante, y su atractivo sexual tan fuerte y misterioso, que los dandies, sus clientes, le han dado como apodo “La Torpille” (pez torpedo, o eléctrico, que paraliza a su víctima). Gobseck lega su fortuna a Esther, cuyo paradero desconoce. Y Esther, bajo la esclavitud, sexual primero, amorosa después, de Lucien de Rubempré, es manipulada por el falso abate Herrera para despojar a Nuncingen del dinero necesario para que Lucien perpetre su casamiento aristocrático con Clotilde de Grandlieu. Esther otorga lealmente, y por el precio convenido, una empeñosa noche a Nuncingen, pero a la mañana siguiente se suicida, como lo tenía decidido. Hetaira primero, heroína luego romántica del amor cristiano: Esther había sido forzada al bautismo por Herrera y educada por las monjas. La codicia de Rubempré es la que la precipita otra vez a la prostitución de alto vuelo y la que deja como única posible expiación el suicidio.

De Nuncingen, Balzac da dos perspectivas complementarias, bien diferenciadas por el tratamiento formal. La primera es épica, en La casa Nuncingen, y llama la atención por un recurso de composición inusitado: el esquema ditirámbico (relator /coro). El Narrador de la historia es alguien que, escuchando detrás del tabique de un restaurante, se entera de la historia de la fortuna de Nuncingen. El corifeo-relator es el pérfido Bixiou; el coro está formado por un gran industrial, un periodista a su servicio y un especulador. La selección de las profesiones y la introducción que hace Balzac a la presentación de los personajes tienen el claro designio de mostrar la articulación de sectores y funciones socioeconómicos que implicó el paso del capital financiero desde la época de Gobseck y D’Alddriger, el ex-patrón de Nuncingen, hasta la ficcionalmente actual, en la que este último actúa. Por supuesto, las tres quiebras fraudulentas que permitieron a Nuncingen “optimizar” el monto de su capital son aplaudidas como tres admirables jugadas que revelan su genio financiero. “A tout seigneur, tout honneur.”

La segunda visión de Nuncingen, en Grandeza y miseria de las cortesanas, es la de su, para Esther, trágica pasión senil. Nuncingen no se autodestruye, como tampoco el oro, el más noble de los metales, se oxida, pero no tiene la ataraxía que Zola habrá de conferirle a Gundermann. Como sea, su dinero no está aún alienado de su trabajo productivo, es decir, del cuerpo, sino que sigue estando a su servicio, bajo la forma del consumo y del placer, más valioso, o más refrendado, cuanto menos según naturaleza.

Las tres figuras judías carecen de cualquier rasgo envilecedor. El aspecto corporal de los dos varones es completamente distinto y no se ajusta a un esquema: Gobseck es pálido, impasible, de cabellos lacios bien peinados, “labios de alquimista”, un “viejecillo seco”. (Leitmotiv del judío cabalista-nigromante.) Sólo sus ojos llaman la atención: “amarillos, sin pestañas”, “de garduña”. De Lázaro. Nuncingen (el único personaje de Balzac caracterizado por su fonética) es bajo, cuadrado, pesado: un renano bebedor de cerveza, que oportunamente apela a las píldoras del serrallo. Y Balzac tiene perfecta conciencia de lo que hace:

“Los judíos, aunque tan frecuentemente degradados por su contacto con otros pueblos, muestran entre sus numerosas tribus, filones que han conservado el tipo sublime de las bellezas asiáticas. Cuando no son de una fealdad repugnante, presentan el carácter magnífico de las figuras armenias”
(Grandeza y miseria, 368).

Es verdad que está hablando de Esther, pero es y, lo que más interesa, coherente con su posición epistemológica de partida:

“¿Acaso la Sociedad no hace del hombre, según el medio donde su acción se despliega, otros tantos hombres diferentes como hay variedades en zoología?… Han existido siempre Especies Sociales, como hay Especies Zoológicas. Pero la Naturaleza ha trazado límites dentro de los cuales la Sociedad no debía mantenerse”
(“Prólogo” a la Comedia, 19).

Y pocas líneas antes había aclarado que la idea de la Comedia le vino a partir de la comparación entre “la Humanidad y la Animalidad”. La Moneda y el Oro.

El “Prólogo” es demasiado conocido, y su análisis minucioso imposible aquí. Pero tampoco puedo dejar de señalar su significación como contraste con las operaciones mitologizantes que habrá de realizar Drumont (infra, páginas 56 y 58) y aun con la matriz interactancial que utilizará Zola. Tampoco pueden omitirse dos leit-motiv ya mejor desarrollados: a) mujer judía - exótica - oriental - joven preservada de la usura que provoca la condición abyecta socialmente del Pueblo Judío - fascinadora de no judíos; b) deformidad askhenazi / belleza sefardí. Que, cargada políticamente, da askhenazi = alemán, “enemigo del francés” y, a partir de cierta época, askhenazi = alemán socialista-bolchevique, genera “enemigo… del género humano”, en cuanto humano. Maupassant era demasiado inteligente y brechtianamente distante para dejarse atenacear por semejantes cosmogonías. Su pulcritud la aprendió en la dura escuela de Flaubert.

V

Los casi 50 años que separan a Grandeza y miseria del Mont-Oriol (1887) de Maupassant son los años de la constitución del discurso antisemítico, proceso que se cumple sustancialmente fuera de Francia y la literatura. Chien-Caillou (1847), de ChampefleuryChampfleury (Jules-Fleury Husson) y Manette Salomon (1867) de E. y J. Goncourt se mantienen dentro de los arquetipos judío-usurero y judía-hetaira. Pero lo que es más importante, no innovan en cuanto al escenario donde actúan protagonistas y antagonistas. Maupassant introduce actancialmente dos sectores sociales hasta ahora ausentes del conflicto: la nobleza terrateniente arruinada por el despilfarro (la familia Ravenel) y el campesino rico (la familia Oriol). Hay dos personajes burgueses: el joven financista judío Andermatt, y Paul de Brétigny, hijo de un industrial, amante de la mujer de Andermatt, que concibe de él una hija, cosa que no había podido con Andermatt. La acción no transcurre en París sino en la ociosidad forzosa de una aldea campesina.

William Andermatt tiene apenas 30 años. No es alto, y ha engordado ya un poco para su talla. Es calvo, mofletudo y rosado, con aire de bebé. Tiene las manos grasosas y los muslos cortos. Posee “gran flexibilidad de espíritu, rapidez de penetración y seguridad de juicio”; habla con “una facilidad asombrosa”. Su capital no es grande: cinco o seis millones, pero ha emprendido negocios que pueden convertirlos en doce. Según su insobornablemente veraz cuñado Gontran de Ravenel es “un hombre muy honesto, de una irreprochable lealtad en asuntos de negocios” (291). Sobre su origen nacional no se dice nada. El nombre propio, William, haría pensar que es inglés. Tampoco se dan precisiones sobre el momento en que se desarrolla la acción. Pero hay un término post quem, una citación de “La beauté” de Baudelaire (Flores del mal, 1851), lo que la sitúa en la misma década del II Imperio en que transcurre la acción de L’argent zoliano.

La anécdota económica es la formación de una sociedad anónima para explotar las fuentes termales descubiertas por azar en el predio de los Oriol, en Auvernia (Oriol habla en patois, como Nuncingen farfulla en alsaciano). Andermatt toma como socio a un ingeniero hidráulico e incorpora al viejo campesino Oriol a la sociedad. Para imponer el balneario compra el patrocinio a varias celebridades médicas.

La alianza capital-ciencia-técnica no estaba presente en Balzac, como tampoco la sociedad anónima por acciones. Maupassant y Daudet (El nabab, 1877) tratan a fondo este tema, pero sin asignarle, como hará Zola, sus consecuencias sociales y políticas. Con todos sus trucos, Andermatt es todavía un empresario, no un financista: “Gracias a él [el ingeniero], que nos ha dicho cosas admirables durante la cena [sobre las posibilidades hidráulicas de la fuente]... yo arruino a la vieja Sociedad [termal] sin tener siquiera necesidad de comprarla” (67). Antes ha opuesto la aldea actual a la ciudad turística que creará, “llena de grandes hoteles, que estarán llenos de gente, con sus ascensores, sus domésticos, sus carruajes”.

No es casual que Andermatt sea el primer protagonista judío desde Gobseck (porque Nuncingen no lo es) ni tampoco su juventud. Es un judío nuevo, con una nueva forma de capital (industrial) que crece y está superando a las anteriores. En primer lugar, al capital terrateniente. La nobleza, lúcidamente decadente, lo sabe. Y no tiene escrúpulo en venderse para salvarse. Para empezar, mediante la consanguinidad. El marqués de Ravenel superó rápidamente sus resistencias a casar su hija Christiane con Andermatt. Y cuando la Sociedad Anónima comienza a prosperar, le dispensa esta edificante homilía: “¡Eh, pequeña! No sería raro que algún día llegaras a ser una de las mujeres más ricas de Francia, y que te nombraran como hoy se nombra a los Rothschild. Will es verdaderamente un hombre notable, muy notable por su inteligencia” (174).

Paul de Brétigny, el romántico flaubertiano, lector de Walter Scott, Dickens, Baudelaire y George Sand, siente celos por este elogio del marido de su amante y se lanza a una tirada en la que contrapone el oro (no el dinero) al desinterés. Gontran asume la defensa de su cuñado: “Se puso a reír, y con su voz maligna, con la que se atrevía a decirlo todo, en sus horas de chanza sincera: —En todo caso, querido, esos hombres tienen un raro mérito: casarse con nuestras hermanas y tener hijas ricas que se conviertan en nuestras esposas” (175).

El cierre de la acción es una verdadera moraleja de apólogo: Brétigny abandona a Christiane a la que sedujo con el mejor estilo de Adolphe, para casarse con una de las hijas del sórdido Oriol; Christiane, dejada, recapacita después del parto, en el que había estado a punto de enloquecer de desesperación, descubre la calidad humana de Andermatt, y decide que la niña no se llamará ni Genoveva ni Margarita, como había elegido Brétigny, sino Arlette. “Yo hubiera querido llamarla Christiane como tú” objeta Andermatt. Pero ella “lanza un profundo suspiro: —¡Oh, eso augura demasiados sufrimientos, llevar el nombre del crucificado. Él se ruborizó, porque no había pensado en esa relación, y levantándose dijo: —Bueno, Arlette es un nombre muy lindo. En seguida vuelvo, querida”.

Los rasgos de avaricia y codicia que hubieran sido esperables en Andermatt aparecen paradójicamente repartidos alícuotamente entre Oriol; su hijo; el increíble cazurro Coloche, que finge parálisis y curación milagrosa en las termas; los Ravenel, padre, hijo e hija (adúltera ésta por conveniencia); Brétigny, en quien Maupassant se encarniza especialmente (¿a través de él con el Romanticismo?). Pero quizá lo más importante es que el judío Andermatt entra en posesión de la tierra. De una tierra tan auroralmente francesa como el nombre de su hija, Arlette. El Bien al cual, durante toda la Edad Media, los judíos habían tenido expresamente prohibido acceder. Las Leyes de Mayo renuevan la prohibición. Con el dinero que se abandonó en sus manos habían podido adquirir hasta el símbolo, el von de los von Rothschild, pero la preposición que supone la posesión originaria, feudal, carecía de un referente real. (Roth-Schild, “De escudo rojo”, es el emblema de la casa de cambio de la familia en el gueto de Frankfurt), y Christiane, privada sálicamente del de, nobiliario, elige para su hija un nombre burgués, mejor dicho, plebeyo.

VI

Mont-Oriol se publica como folletín en el Gil-Blas desde el 23 de diciembre de 1886 al 6 de febrero de 1887. En abril de 1886 había aparecido La France juive. Essai d’histoire contemporaine, de Edouard Drumont (dos tomos, 1200 páginas en total). El primero de los dos tomos se divide en dos partes: la primera, “sistemática”, en la que se expone y fundamenta la tesis central de la oposición inconciliable entre la raza semítica (judíos) y la aria; la segunda, histórica, en la que se analiza el papel de los judíos en Francia desde comienzos de la Edad Media hasta el momento de cerrarse la obra. El segundo tomo es un fichero, con cómodo índice alfabético, que incluye 3.000 nombres, todos los judíos franceses con alguna relevancia económica, política, intelectual.

Drumont nació en París, en 1844. Es cuatro años menor que Zola y dos años mayor que Bloy. Su padre era un ínfimo empleado municipal, entusiasta republicano, como su esposa, durante el II Imperio. Muere cuando Edouard tiene 17 años. A éste, una beca le había permitido estudiar en el Liceo Carlomagno. Heredó el puesto de su padre, pero renunció a los seis meses para dedicarse al periodismo. En 1869 ingresa en La Liberté, propiedad de los banqueros judíos sansimonianos Isaac y Émile Pereire, rivales de los Rothschild. Trabaja allí 10 años. Indiferente en materia religiosa (Víctor Hugo le había aconsejado abandonar la fe), se convierte tardíamente (como Bloy) a la práctica fervorosa del catolicismo.

El antisemitismo que se define como católico preexiste en Francia a Drumont. Comienza a tomar cuerpo en 1880 con las obras de E.A. Chabauty y los intentos abortados de periódicos antisemitas (véase infra, Bibliografía). Dos hechos habían contribuido a exacerbar la prédica contra los judíos, considerados, junto con protestantes y masones, por la mayoría del clero y la nobleza terrateniente como sustentos de la III República: la encíclica de León XIII contra la masonería (1884) y la quiebra de L'Union Générale, compañía financiera dirigida por un Eugène Bontoux, en 1882 (transformados, respectivamente, por Zola en la Unión Universelle y en el Saccard de L'Argent), quiebra que Bontoux atribuyó a un complot de la banca judía. La Unión de Bontoux había reclutado sus accionistas entre la nobleza, el clero y la pequeña burguesía católicos.

Drumont, empero, fue sí el artífice y el brazo secular del antisemitismo político. La France juive, su plataforma. En el momento de su salida se venden sólo 25 ejemplares. Una polémica entre los reseñantes de los diarios católicos y republicanos atrae la atención sobre ella. A fin de sólo ese primer año, se habían vendido 100.000. Para evaluar esta cifra, es útil compararla con la venta de L'Argent. A pesar de su enorme popularidad antes, y sobre todo después, del proceso Dreyfus, Zola vendió 89.000 ejemplares de L'Argent entre la fecha de aparición (1891) de la novela y 1902, año en que fallece. En 1891 Drumont funda su diario antisemita La Libre Parole y se lanza de lleno al dirty work de la acción agitativa y directa.

La difusión de La France juive explica que haya sido la referencia necesaria de Zola y de Bloy, y que no haya dejado de serlo hasta el presente en Francia como prolegómeno de todo antisemitismo virtual o real. Qué puede haber inducido a nuestro Martel a convertirlo en 1890 en texto de crestomatía antijudía (La Bolsa sigue siendo lectura recomendable para los chicos de 4to. y 5to. de la enseñanza secundaria) supera mi imaginación, por lo anacrónico. Pero me divierte imaginármelo a Miró confraternizando con Juárez Celman al grito de “Hermano” (o, en indogermánico más castizo, ¡Bhrater!”) ante la atónita mirada de celtas (gallegos), longobardos (piamonteses) o vándalos (andaluces), recalados en nuestras demasiado acogedoras y desprevenidas playas para, todos unidos con judíos y siriolibaneses, infestar nuestro Ser Nacional. Además, tengo dos hipótesis: esnobismo (para qué hacía falta que Mackser fuera barón y al mismo tiempo ejecutivo volante de los Rothschild ingleses, como si éstos estuvieran tan holgados de baronazgos que pudieran desparramarlos por los cuatro continentes. Bastante trabajo les había costado conseguir el suyo. Pero Buenos Aires, aun para el mal, no puede ser menos que París), y socialismo: Mackser muestra la pata caprina.

De todas maneras, Drumont no se compromete en una obra de ficción sino en un análisis histórico-sociológico. No por ello su práctica es menos ficcional, pero no literaria sino mitologizante. Construye su artefacto sincrético, El Judío, mediante la adición aparentemente caótica de rasgos negativos e imputaciones truculentas, que extrae de los discursos más diversos y hasta recíprocamente excluyentes: historia, sociología, etnografía, religión, literatura, medicina. Pero ese caos recibe sentido unitario a través de sucesivas operaciones dialécticas y retóricas.

1. Afirmación de la historicidad concreta y parcialmente autónoma de un proceso (la judaización a la que ha llegado la Francia contemporánea, empíricamente comprobable) para negarle esa misma historicidad, reduciéndolo a momento dialéctico necesario dentro de una filosofía de la historia bipolar y etnocéntrica, entroncada sin solución de continuidad con los tiempos míticos. La evolución de la humanidad es sólo el devenir, el despliegue en el tiempo, de una contradicción óntica entre dos razas, la aria y la semítica, que a lo largo de los siglos se disputan el imperio sobre la superficie de un planeta donde el resto de la humanidad carece de razón de existir, y apenas es mencionada. Los ni arios ni semitas son las mutae personae, presentes sólo como comparsas, menos aún, como utilería, en un escenario de auto sacramental. (No hago metáfora: de esto, literalmente, se trata, de distinta manera, en Drumont y en Bloy). Ya los troyanos eran semitas, como los helenos eran arios. Y la perversidad del hebreo y exitoso Ludovico Halévy se muestra, previsiblemente, no explicitándolo en su opereta La Belle HellèneHélène.

2. Homologización de raza (humana) con especie biológica. El motor del conflicto de exterminio entre arios y semitas no es la incompatibilidad de intereses humanos sino el determinismo automático que lanza una especie zoológica contra otra: carnívoros devoran herbívoros, no por preferencias o refinamientos gastronómicos, sino porque les es tan imposible dejar de hacerlo como a los rumiantes metabolizar proteínas animales.

Los semitas muestran, fenoménicamente, con más uniformidad que los arios sus caracteres o rasgos específicos: de ahí la “monotonía” del biotipo judío. Drumont hace un salto mortal de espaldas y cae mucho más atrás que Balzac (véase supra, página 54.) y hasta de Isidore Geoffroy de Saint-Hilaire (ergo, de Taine), quien 36 años antes, en 1850 decía: Los caracteres específicos de las especies zoológicas son “fixés, pour chaque espèce, tant que elle se perpétue an au milieu des mémes circonstances: ils se modifient si les circonstances ambiantes viennent à changer” (citado por Darwin en El origen de las especies, 1859) .

Biotípicamente, el judío se presenta con: ojos parpadeantes o lagañosos; dientes apretados; orejas sobresalientes; torso muy largo; pie plano; rodillas demasiado sobresalientes; a veces un brazo más corto que otro. Hasta aquí, el retrato es antropométrico, el del etnógrafo físico, trasladable como modelo a la descripción (por contrastes implícitos) de cualquier etnia distinta de aquella a la que pertenecen el etnógrafo, o el explorador o el misionero y su público, para ser leída con algún espejo de bolsillo sobre la mesa y verificar las desviaciones significativas respecto de la norma, Uno.

Pero la prosopografía vira hacia la etopeya cuando la mirada se dirige hacia las manos: las uñas son cuadradas, no almendradas (rasgo susceptible de medida y comparación), pero la mano en su totalidad es blanduzca y húmeda: “la del hipócrita y traidor”. Al juicio de valor negativo (“monotonía”) comienza a sumarse la asignación de significaciones. Ingresamos ya en el discurso mítico. De la misma manera, los judíos “alemanes, del norte” tienen ojos huidizos, su piel es amarillenta, el cabello color cola de pescado, la barba rojiza, con reflejos indefinibles, a veces negros, a veces de un verde desagradable, los judíos "portugueses, del sur" tienen los dedos tan curvos (crochues) que se ven obligados a “esconderlos usando siempre guantes”, y son los suyos “dedos estremecidos siempre por la avidez, siempre contraídos para el rapto. Sintéticamente, el Judío Alemán es “el tipo del viejo mercader de hombres, del usurero de baja estofa, del mercachifle sórdido”.

Es significativo que el salto semiológico de la descripción de rasgos a las asignaciones de significados se produzca precisamente en el tránsito de la visión actual al contacto imaginado, a la interacción virtual de persona a persona. Pero hay más: la sensación de repugnancia táctil es sólo una condensación de un saber intuitivo, corporal, directo: el judío, en efecto, es excelente portador de enfermedades, a la vez que él mismo resiste mejor a las epidemias; la mayoría de las veces, es anémico de tercer grado, y el debilitamiento de su sistema nervioso lo hace especialmente apto para la neurosis. De hecho, Charcot “ha comprobado la gran incidencia de la neurosis entre los judíos rusos”, morbo que los hebreos han transmitido durante los últimos veinte años a la generación cristiana joven (es decir, los crecidos bajo la III República).

Con alimañas de esta clase, todo contacto tendría que ser, por norma, imposible o, por lo menos, sólo funcional o, como última hipótesis, perverso. Sin embargo, en Francia, los matrimonios mixtos son cada vez más frecuentes, aunque desastrosos. ¿Inconcebible!, porque El Judío es hediondo, emite un fetor judaicus que ya Marcial había percibido.

Es que en el Judío subsiste siempre un residuo, irreductible para la antropología de Drumont, una Emanación plotiniana del Uno Judaico que perturba todas las oposiciones: La Judía. Esta no es meramente la hembra del judío o El Judío hembra, sino un alófono muy especial.

Partamos, sobrios, de los hechos. Es cosa averiguada que entre las prostitutas predominan las judías. Y que los judíos son fatalmente proxenetas. No vacilan en vender sus propias hijas. Y lo logran fácilmente, porque La Judía es sobrehumanamente hermosa (aquí Drumont empalma con Shakespeare, Scott, Balzac, los Goncourt), hermosa como se es hermosa en Oriente, como Esther, la Reina de Saba, Herodías. Hermosas mujeres que seducen y matan o hacen matar. Y de esa siniestra beldad Drumont habla con conocimiento de causa. Cuando visitó el gueto de Presburgo (Bratislava), vio “junto a viejos de fealdad asombrosa, mujeres adorablemente bellas”. (Este flash del gueto hay que retenerlo para compararlo con el gueto de Hamburgo visitado por Bloy, infra, página 69). Que los judíos descriptos literariamente sean casi sin excepción ancianos y que vayan sistemáticamente acompañados o conectados con una judía joven es un punto esencial del tratamiento mitológico del tema. La heteróclisis de Andermatt la hemos explicado.

Pero el enigma biológico es sólo aparente. En todas las especies, las hembras difieren de los machos: el pavo real hembra no tiene cola ni el canguro macho marsupio. Dios o la Selección así lo dispusieron, para beneficio de la especie en su conjunto, sólo que en la especie homo judaeus, la hermosura de la hembra es funcional hacia afuera de la especie: la Judía es, en realidad, una prótesis cibernética del Judío, mediante la cual expresa y “arruina a la juventud aristocrática y obtiene informaciones” secretas que luego emplea contra los arios. (La apelación a la “aristocracia” es transcripción desprolija de Branfman Brafman , El Kahal).

3. Drumont ha cumplido una tercera operación: la suspensión (Aufhebung) del determinismo natural, que le había sido necesario para sustentar su filosofía de la historia, mediante la afirmación de lo espiritual, pero sólo bajo el modo de lo concreto negativo: el espíritu del Mal se ha objetivado en la naturaleza. El puente es la Physiognomique de Lavater, a quien cita en nota de la página 34.

El Pastor ginebrino, tras enumerar aproximadamente los mismos rasgos somáticos que Drumont (éste, evidentemente, lo viene utilizando como fuente) y a propósito de la "barbe rare" que atribuye al Judío, dice de ésta: “Marca ordinaria de los temperamentos afeminados... la degradación física sigue siempre a la degradación moral; se hace notar más fuertemente en los hebreos y es el resultado de una completa depravación. El judío, rescatado por un momento de la naturaleza, y humanizado por el mal uso de su libertad, es devuelto a ella, pero el determinismo que lo eximía de culpa se ha transformado en destino, como una retribución por el mal.

4. Hipostasiar la raza semítica ha sido relativamente sencillo, bastó una sinécdoque, que deja afuera a todas las etnias árabes actuales, por ejemplo, y se desentiende en el pasado de acadios, babilonios, cananeos, etcétera. El hebreo, pueblo sin Estado, sin territorio, es el Otro para todos los otros pueblos en cuyo seno está instalado. Su cultura, de contenido exclusivamente religioso, es unitaria. Su lengua, el hebreo, también. Las dos grandes ramas de la diáspora, “alemanes” y “portugueses", pierden sus diferencias en la medida en que los no-judíos no se las reconocen jurídicamente. Para el Derecho Eclesiástico, como para el Derecho Civil, son un solo y mismo sujeto.

Más difícil, aparentemente insoluble, es la sustancialización funcional de los no-judíos. La cristiandad medieval se ha fragmentado en Estados, en naciones; la unidad de la fe se ha desmembrado; los rasgos étnicos reniegan del común origen; en la lengua se ha llegado al babelismo. Y Drumont, a diferencia del Santo Sínodo Ruso, sueña con un antisemitismo internacional como soporte de su Internacional del Antisemitismo. ¿Cómo hermanar en una acción común contra el común enemigo a eslavos, germanos, griegos, celtas y latinos, que desde 1500 años por lo menos sólo cruzan sus fronteras respectivas para invadirse, saquearse, anexarse? Y para no salir de Francia, ¿qué propuesta viable puede hacerse a comunardos y anticomunardos, a Louis Blanc y a Thiers, por ejemplo?

Un solo saber, laico, puede ofrecer ese fundamento: la lingüística histórica comparada. La Gramática comparada de Bopp es de 1833. Su difusión, mucho más tardía. De las tres designaciones en curso, “indoeuropeos”, utilizada por Bopp; “indogermanos”, favorecida por los lingüistas alemanes; y “arios”, preferida por los ingleses, Drumont se queda con la última. Lo cual tiene varias ventajas: 1) la hipótesis, indemostrable, de que así se autodenominó la etnia originaria; 2) la eliminación de tensiones semánticas y políticas (germanos); 3) el refuerzo del etnocentrismo (eliminación de los “indos”), con simultánea ampliación del horizonte apelativo (eliminación de “europeos”). Con sólo que los coloniales argelinos, por ejemplo, se reconozcan como judíos, se tornan arios, dóciles al sometén para el progromo.

5. La Naturaleza, que en la suspensión se le quitó al judío para convertirlo en el mal empírico, se le devuelve ahora, pero como Sobrenaturaleza, para potenciarlo en un exceso de mal, un pleroma, un Mal Inhumano: el judío es el Deicida. No todos los judíos, apunta pedantemente Drumont, porque los karaitas de Wilna, Wothinia, Odesa, Crimea habían emigrado antes de Palestina, única razón por la que no vociferaron en favor de Barrabás y en contra de Jesús.

Pero el dios que los semitas mataron era, en realidad, el dios de los arios. O el Dios del que los arios no renegaron, pero los semitas sí. Semita por la carne, Jesús es ario, solar, por su naturaleza divina. Cualesquiera hayan sido los arcanos e inefables designios que tuvo ese dios para revestir carne semita, cuando pudo haber elegido otra (céltica, gala, por ejemplo), subsiste el hecho de que el Deicidio es un Segundo Pecado Original, un miasma heredable e irredimible, pero no universal, como el de todos los que pecamos en Adán, sino particular, privativo de los descendientes de lo que en el pretorio le gritaron en latín a Pilatos: “Tolle, tolle, crucifige”.

Esta teología herética y delirante, en parte explicitada, en parte latente en sus premisas, y objeto de una catequesis entre los católicos franceses, es la que enardece a Bloy. El catolicismo de Drumont es blasfematorio porque niega la irrevocabilidad de la Elección y la Promesa a Israel, la universalidad de la Redención y, por consiguiente, el principal de los atributos divinos: el Amor.

Es incuestionable que tiene razón. Como el mismo Drumont, los románticos, los simbolistas y medanistas disidentes (Huysmans), Bloy ama la Edad Media, sólo que el Medioevo que él ama es el gótico; el de Drumont es el druídico, el de las Eddas. Para advertirlo, basta comparar los estilos de ambos, hiperbólicos, exasperados los dos. Pero Drumont es épico; Bloy, flamboyante. Si Drumont hubiera podido, habría querido escribir como Zola o como Michelet. Además, el barroco simbolizante, exegético, melismático, de Bloy no hubiera sido eficaz frente al público de épiciers que Drumont quiere agitar. Un público, después de todo, idólatra de la clarté francaise.

6. Porque hay un recorte del Judío en el que Drumont particulariza su discurso y habla de ario francés a ario francés. Los semitas, explica a Monsieur Jourdan, son mercantiles, ávidos, intrigantes, sutiles, terrenales, atenidos sólo al presente, negociantes por instinto, incapaces de creatividad: sólo saben explotar la ciencia, la técnica, las aplicaciones productivas descubiertas por los arios. Es decir, son enemigos directos, competidores por nuestra clientela de comerciantes, artesanos, burócratas y profesionales. (Estos habían sido los capítulos de cargo de Brétigny, supra, página 55).

Y tanto más ominosos para la contabilidad por partida doble, cuanto que el Ario es entusiasta, heroico, caballeresco, desinteresado, confiado hasta la ingenuidad; hijo del Cielo (Zeus, Júpiter, dyaúnh), preocupado por aspiraciones superiores, por el IDEAL, agricultor, monje y sobre todo, soldado. La síntesis de Lo Semita son Las mil y una noches; la de Lo Ario, Parsifal. (Juro que este epifonema es mérito exclusivo de Drumont: no retoco nada, le soy indogermánicamente leal).

VII

El propósito que, según él afirma, tuvo Drumont fue mostrar cómo una minoría judía está conquistando a Francia, y que esta conquista es fundamentalmente económica: hace 70 años, cuando los Rothschild franceses llegan a Francia, no tenían los 3.000 millones de francos que ahora tienen; no hicieron inventos, no descubrieron minas, no desmontaron tierras. Hoy, todo un pueblo (francés) trabaja para otro pueblo (judío) que se apropia del producto de su trabajo, realiza un descuento anticipado (prélèvement) sobre el trabajo del primero.

Sin embargo, La France contiene muy poco análisis político-económico, aunque rebose de chismografía periodística sobre negociados, estafas, peculados. Drumont no quiere demostrar a su público; quiere patetizarlo. Es didáctico, y su obra es, más que nada, una historia natural del judío, una guía práctica de comportamiento para el hónnete homme francés desorientado, que sólo por casualidad y en París exclusivamente ha tropezado jamás con uno.

En cambio, para Zola y para Bloy lo importante no es el judío en cuanto tal sino el judío como detentador mítico o real del dinero. La función y/o el simbolismo del dinero, que en definitiva es quien hace del judío lo que el judío es, y no a la inversa.

Las perspectivas de ambos no podrían ser más opuestas. Zola busca primordialmente la función, y secundariamente el simbolismo, en el mundo profano histórico y social contemporáneo, descrito e investigado sin juicios previos de valor:

"El dinero, sin atacarlo ni defenderlo. No oponer lo que se llama nuestro siglo del dinero a los que se denominan siglos del honor (los de otrora). Mostrar que el dinero se ha convertido para muchos en la dignidad de la vida... Luego, la fuerza irresistible del dinero. No existe más que el amor y el dinero".
(Véase infra, página 91).

Bloy se desinteresa por completo de la función económica del dinero como mediador de relaciones materiales entre los hombres y como expresión de los dinamismos sociales que mueven la historia, para centrarse exclusivamente en su estatuto simbólico, dentro del devenir sagrado de la manifestación de Dios en la temporalidad humana:

“Se ha escrito mucho sobre el dinero. Los políticos, los moralistas, los psicólogos y los mistagogos se han agotado en ello. Pero no observo que ninguno de ellos haya expresado jamás la sensación de misterio que suscita esta palabra asombrosa”
(infra, página 70).

Bloy vuelve a Pascal, como Zola a Balzac y Adam Smith.

Zola había leído El capital (la traducción francesa del primer volumen apareció en 1873, sobre la segunda edición alemana, con modificaciones en el texto hechas por el propio Marx). Lo relee para trazar el personaje del menor de los hermanos Busch. En cambio, no conoció el “Capítulo del dinero” de los Elementos fundamentales para la crítica de la economía política, escritos en 1857-1858, pero que permanecieron inéditos hasta 1939. Marx pudo ser para Zola lo que Balzac había sido para Marx. Ello no obstante, L'argent cumple una labor de desmitificación del dinero en la que Zola supera los límites iniciales de su optimista humanismo burgués:

Ella (Caroline) es la esperanza. Ella ama la vida. ¿Por qué? No lo sabe en absoluto. Ella es como la humanidad, que vive en la miseria aterradora, rejuvenecida por la juventud de cada generación... Ponerse todo entero allí. Como la humanidad, ella no sabe a dónde va, ella quiere creer que es hacia algo alegre y feliz. Alegre en medio de los desastres y corajuda, sintiendo en sí la invencible esperanza”
(infra, página 93).

Optimismo, por otra parte, impregnado de vitalismo, que, ya sobre el cierre de su roman fleuve o Ziklenroman (L'argent es la 17.ª de las novelas; faltan 2 para la terminación), hace reinterpretar a Zola el sentido de toda su Comedia:

“La vida tal como es, pero aceptada, pese a todo, por amor a ella misma, en su fuerza. Lo que yo quisiera, en resumen, que resultara de toda mi serie de los Rougon-Macquart
(infra, página 91).

La biología de la herencia superada por el sentido de la historia”. No se equivocaba Anatole France (Le Temps, 22 de marzo de 1891) :“Yo no me había dado cuenta (antes de esta novela) hasta qué punto el señor Zola es apocalíptico" . Porque, indudablemente, lo es; sólo que lo que preanuncia no es el Fin de los Tiempos, como Bloy, ni el Reino Universal del Kahal, como los antisemitas Drumont o epígonos, sino la sociedad socialista. Tímida, contradictoriamente.

Esta premisa no dicha, o no llevada a sus consecuencias, es la que permite a Zola retomar el leitmotiv del judío con el mismo distanciamiento comprometido que habían adoptado Balzac y Maupassant, simétrico del que practica Alfonso Daudet en El nabab respecto del capitalismo financiero (La Caja Territorial de Córcega, que a su vez, como Las Termas de Mont-Oriol, reencarna la Casa Nuncingen, es el antecedente inmediato de La Universal).

“No olvidar que la cuestión judía se encontrará en el fondo de mi tema, porque no puedo tocar el papel del dinero sin evocar todo el papel de los judíos, antes y hoy. Tendré, pues, el triunfo judío sobre la nobleza, el judío despreciado otrora, abajo, que se encuentra en lo alto... Pero yo quisiera que mi hombre fuerte llegando y limpiando al judío, o más fuerte que él, o alguna otra cosa, en fin, que muestre la fuerza del dinero, por encima mismo de esta cuestión de los judíos, que, según pienso, lo trivializa todo
(infra, página 91).

Drumont, de haber tenido acceso a estos apuntes, hubiera ya entonces echado espuma por la boca.

Zola tuvo que enfrentarse por tres veces con la “cuestión judía”. La primera, en L'argent, donde, según hemos comenzado a ver, el judío es lo secundario y su función económica lo principal. Aunque no mencionado de manera explícita, su referencia es La Francia judía, cuyos argumentos compendia en el relato del monólogo interior antisemita de Saccard el día de su visita a Gundermann:

“¡Ah, el judío! él (Saccard) tenía contra el judío el antiguo rencor de raza, que uno encuentra sobre todo en el mediodía de Francia; era como una revuelta de su carne misma, una repulsión de piel, que a la idea del menor contacto lo llenaba de asco y de violencia fuera de todo razonamiento, sin que pudiera vencerse. Pero lo singular era que él, Saccard, ese terrible urdidor de negocios, ese verdugo del dinero de manos aviesas, perdía la conciencia de sí mismo; no bien se trataba de un judío, hablaba de él con una aspereza, con indignaciones vengativas de hombre honesto que vive del trabajo de sus manos, puro de todo negocio usurario”.

Y después de afirmar que los cristianos necesariamente pierden frente a los judíos en todo negocio dudoso:

“Es el don de la raza, su razón de ser a través de las nacionalidades que se hacen y se deshacen. Y profetizaba con arrebato la conquista final de todos los pueblos por los judíos, cuando hayan acaparado la fortuna total del globo, cosa que no tardaría... y se podía ver ya en París, reinar a un Gundermann sobre un trono más sólido y más respetado que el del emperador”
(94-95).

La misma referencia a La France supone la breve descripción de la judería cercana a la Bolsa y de la persona de Busch el usurero, justificada narrativamente por la introducción del propio Busch y de su socia, madame Méchain, que es la que descubrirá el rastro del bastardo de Saccard.

La segunda ocasión para enfrentarse con la cuestión judía se la da también Drumont, que actúa ahora desde su diario La Libre Parole, fundado en 1891. La campaña antisemita ha conseguido ya la degradación de Dreyfus (Teodoro Herzl asiste como corresponsal a la ceremonia) y su deportación a la Isla del Diablo. En esta primera etapa del proceso, Zola no había intervenido. Pero el 16 de mayo de 1896 publica sorpresivamente en Figaro un artículo, lleno de fuerza serena y lucidez, dirigido directamente contra La Libre Parole:

“Desde hace algunos años sigo la campaña que se intenta llevar a cabo en Francia contra los judíos, con una sorpresa y repugnancia crecientes... Hay personas, entre las que se cuentan inclusive algunos amigos míos, que dicen que no los pueden sufrir, que no les pueden tocar la mano sin sentir en la piel un estremecimiento de repugnancia”.

Resume luego todos los capítulos de cargo antisemitas, y prosigue:

“Pero, en verdad, esta razón de la hostilidad de raza a raza no es suficiente... el proceso serio es, sobre todo, de orden social: se acusa a los judíos de ser una nación dentro de la nación... de llevar una vida de casta religiosa, de ser, por encima de las fronteras, una suerte de secta internacional... capaz un día, si triunfara, de adueñarse del mundo... que en menos de cien años han acumulado entre sus manos fortunas enormes, y que parecen asegurarles la realeza en un tiempo en que el dinero es el rey. Y todo esto es verdad. Sólo que si se constata el hecho, es necesario explicarlo. Lo que hay que añadir es que los Judíos, tales como existen hoy día, son nuestra obra, la obra de nuestros 1800 años de imbécil persecución... Sobre todo, se les abandonó desdeñosamente el dominio del dinero, que entonces se menospreciaba, haciendo socialmente de ellos traficantes y usureros... Si todavía hay judíos, es culpa vuestra. Habrían desaparecido, se hubieran fundido, si no se les hubiera forzado a defenderse, agruparse, empecinarse en su raza. Y aún hoy, su mayor poder real proviene de vosotros... El día que el judío sea sólo un hombre como nosotros, será nuestro hermano... La táctica indicada es la absolutamente opuesta (al exterminio): abrir de par en par los brazos, realizar socialmente la igualdad reconocida por el código.

En circunstancias muy distintas a las de Marx, cuando éste escribe en 1844 La cuestión judía, Zola llega a la misma conclusión. Subsiste como problema el sentido que asignaba a la “fusión”. Personalmente creo que, desde sus premisas, “fusión” no implica “asimilación” (metáfora fisiológica y química, acertadamente criticada por Robert Misrahi, 1967) en cuanto anulación de la particularidad, sino su libre mantenimiento. Pero no hay que perder de vista que el problema de la autoconciencia judía no podía tener en la última década del siglo pasado la complejidad teórica y práctica que cobró después, sobre todo desde la instalación del estado de Israel.

Esta segunda confrontación de Zola con Drumont es ya política, aunque mantenida en el terreno de la polémica de ideas. La tercera, con J'accuse, la Lettre à la jeunesse y la Lettre à la France, que culminan en su juzgamiento y condena, la huída a Inglaterra, los motines de París y los pogromos promovidos por Drumont, rebasa la literatura y el debate intelectual. Imposible examinarla aquí, y está ampliamente documentada.

De estos sucesivos tratamientos de la “cuestión judía”, el único que se hace en función del análisis del dinero es el ficcional, el de L'argent. Que es el más fecundo. La construcción de los personajes es el eje principal. La confrontación del esquema preparatorio, contenido en las Notas Manuscritas, (infra, páginas 93 y 94) con el texto definitivo, además de hacernos ver el imperio despótico de Zola sobre sus materiales, permite discernir con toda claridad la matriz interaccional. (Por otra parte, asombra la calidad literaria de las Notas, que nos muestran un Zola bastante distinto del recolector y rapsoda de historiales clínicos, estadísticas o noticias policiales al que nos tienen acostumbrados muchas historias literarias).

Este modelo interaccional es estereoscópico, pentaédrico, pero termina achatándose, a través de sucesivas neutralizaciones parciales, en la antítesis Gundermann-Saccard. Lo integran tres judíos alemanes y dos católicos (indiferente uno, practicante el otro) franceses. La acción ficticia se sitúa en 1867, tres años antes del colapso del II Imperio y de la guerra franco-prusiana. El argumento lo da la quiebra de La Unión Génerale y es, además, una metáfora y un signo premonitorio del derrumbe del Imperio, que tratará en La débacle un año después (1892).

Los judíos son tres: Gundermann (ficcionalización de Rothschild, véase infra, página 95); el youtre anónimo Busch (ni siquiera tiene nombre propio); su hermano menor Segismundo, ficcionalización de Carlos Marx. Los católicos: el Arístides Rougon (que había adoptado al nombre de guerra de Saccard) de La curée y el ingeniero Georges Hamelin (Bontoux), que ha vivido muchos años en Oriente y tiene un portafolio rebosante de proyectos para la construcción de ferrocarriles, unificación de empresas de navegación, etcétera. Zola ha escindido en dos al ingeniero Bontoux. Pero en vez de hacer de Hamelin, como hubiera podido, un personaje secundario lo convierte en socio de Saccard y le da una hermana, Carolina, cuya importancia central como portapalabra de Zola ya hemos mencionado. Es difícil no ceder a la tentación de ver en la figura de Hamelin, por sobredeterminación, una reelaboración del ingeniero François Zola, el padre de Emilio, trotamundos hijo de dálmata y de griega, que actuó en Oriente y en Argelia, participó como topógrafo en la instalación del primer ferrocarril europeo y formó una Sociedad Anónima para construir un canal en Aix, durante cuya excavación murió. “En su portafolio” el ingeniero François había tenido una nueva fortificación de París, construcción de un segundo puerto en Marsella, etcétera. Mayor audacia, en cambio, requeriría ver en Carolina rasgos de la madre de Zola, viuda desde joven, cuya abnegación le permitió a éste completar su educación secundaria.

Independientemente de ello, Hamelin (como el ingeniero de Mont-Oriol) es el representante de la ciencia, de la técnica y del conocimiento de los países exóticos donde el capitalismo europeo, en este caso francés, accede a la etapa colonialista-imperialista. Capitalismo imposible de concebir sin el desarrollo de las sociedades por acciones, la Bolsa, y la publicidad (envilecimiento profesional de los intelectuales) para la captación de fondos, confiada en L'argent a Jantron, al que Saccard pone al frente del periódico financiero que compra para promover su Unión Universelle. Capital acumulado; ciencia positivista; fantasía participatoria en el dinero, el placer, el consumo ostentoso o, por lo menos, en una seguridad frente a la vejez y la muerte.

Como Nuncingen, Gundermann es banquero, pero la banca de 1830 no es la banca de 1867, como tampoco el Saccard enriquecido con la especulación inmobiliaria a comienzos del Imperio (La curée) es el Saccard que quiere rehabilitarse especulando en la Bolsa con acciones de su sociedad anónima cuasi ficticia. Zola lo dice expresamente en las Notas: “El judío, el dinero viejo. Mi personaje central, el dinero nuevo” (infra, página 91) . Y, a propósito de Gundermann: “Fortuna enorme, no juega (a la Bolsa) más que con sus capitales; de ahí la base sólida de sus operaciones”, mientras que a Saccard decide “ponerlo arriba, bruscamente, no como un Rothschild, después del ahorro de todo un linaje de banqueros, sino por sí mismo, como capitán de corsarios que triunfa de un golpe” (infra, páginas 92 y 93). Saccard, pues como Glow, son los advenedizos, los sedientos de lujos y placeres inmediatos, de poder ostentado. La autoconsigna de Zola lo explicita: “Oponerlo [Gundermann] a Saccard apasionado: un ser frío y acumulador”. Vicio y virtudes drumontianas aparecen subvertidos: el ario “preocupado por intereses superiores, por el IDEAL” ha revestido una vez más la avidez carnal, la rapacidad judaica.

Gundermann, financista, amo de la Bolsa, no está ya en contacto de intercambio con mercancías ni con personas, ni siquiera los margraves, grandes duques, electores palatinos y Serenísimas Altezas con que negociaban empréstitos sus antepasados. Ha salido del reino de la cualidad para entrar en el de la cantidad, del reino de lo sensible para acceder al de la idea.

No trata con firmas, razones sociales a cargo de propietarios visibles y tangibles, con sus honestidades o deshonestidades personales bien conocidas en plaza, su conducta comercial, su buen o mal trato con empleados y clientes, su capital en instalaciones, stock de mercancías, efectivo y efectos de comercio, que crece mediante el trabajo de la producción o circulación de bienes.

La empresa industrial o comercial que conoció en su juventud tenía cuanto podía mostrar concretamente al fisco, a un proveedor o cliente, al departamento de informes del Banco. Valía por lo que tenía. La Sociedad por Acciones vale por lo que el tenedor, comprador, vendedor de sus cuotas partes calcula o imagina que la Sociedad tendrá en el momento de repartir dividendos. Y mucho más importante, por lo que todos los otros posibles compradores o vendedores de acciones, es decir, desde el obrero o empleado ahorrativo hasta la condesa de Beauvilliers “que otrora, sin contar sus inmensos dominios de Turena y Anjou, poseía en la Rue Grenelle una mansión magnífica” (L'argent, 69), imaginan también que la SA tendrá. Un sistema objetivamente persecutorio. Speculari “especular”, es término militar: “explorar, observar al enemigo”, de la misma raíz que está en “espía”. El teatro de operaciones, la Bolsa.

Lo más grave es que el enemigo peor es el interno. Lo que mis acciones valgan dentro de una semana, este mediodía, no depende de mí: depende de lo que hagan el enemigo externo (la competencia), pero también —y decisivamente— mis aliados, los otros tenedores de acciones. Si los socios de Saccard no hubieran vendido secretamente, y en contra del compromiso contraído, sus acciones en el momento en que Gundermann jugaba a la baja, Saccard no hubiera quebrado.

Gundermann, a pesar de sus 60 años, es como Andermatt otro judío nuevo o una nueva forma de la judaeidad, porque posee también una nueva forma del dinero. Al “perro infiel” Isaac de York podían robarle los nobles y el porquerizo Wamba podía negarse a sentarse con él en la misma mesa: no era un peligro, para cualquiera que supiera abstenerse de tomar sus préstamos usurarios. También Shylock. Pero Gundermann es un peligro para todos, para cada francés y para La Francia como sus congéneres alemanes lo son para todo alemán y para Alemania. Y, como poseedores antonomásicos de esa nueva forma del dinero, efectivamente lo son. Si actúan de consumo, suyo es el imperio del Mundo, de un mundo que ni Drumont ni Martínez Zuviría pueden imaginar independizarlo de ese dinero nuevo. Martínez Zuviría fisiocráticamente: el alquimista Julius Ram, mediante la piedra filosofal, transforma el plomo en oro (¡elimina el dinero y conserva las clases!). Drumont no hubiera aceptado esa solución: si no se elimina al Judío, se apoderará del plomo y lo impondrá otra vez como dinero. Zola y Bloy tomaron muy en serio la propuesta genocídica de Drumont. Visionarios.

Gundermann es el nuevo judío real; Segismundo Busch, el nuevo judío virtual, el judío posible cuando el dinero (la forma del dinero) de Gundermann alcance el máximo de su desarrollo. Su hermano mayor es el youtre de los youtres. Su descripción acumula deliberadamente todos los rasgos del estereotipo denigrado: vestimenta desastrada, cráneo calvo rodeado de mechas “pálidas”, cara alargada y aplastada. Usurero, comerciante clandestino en piedras preciosas, es una abominación sólo superada por los Tres Viejos de Bloy (infra, página 69). “Adora con pasión maternal a su hermano menor” que mantiene y atiende en su enfermedad consuntiva (¡tisis!). Segismundo ignora totalmente los negocios infames de su hermano, aunque viven en sólo dos piezas contiguas, pero ¿podía ignorar el Busch mayor los “negocios” del menor? ¿O es el modo no dicho que tiene Zola de asignar a Israel la misión salvífica que para Bloy contiene la clave de su misterio, del misterio de su supervivencia histórica?

Segismundo ha sido discípulo y colaborador de Marx, en Colonia, en la Nueva Gaceta Renana. Mantiene con él asidua correspondencia desde que el maestro se exilió en Londres. Poco antes de morir, recibe la recién aparecida edición de El capital (la cronología ficticia, vimos, coincide exactamente con la real). Encerrado en su habitación: “Gastaba su vida... en mejorar la sociedad de mañana, cubriendo de cifras inmensas páginas... retiraba el capital a los unos para repartirlo a los otros, removía los millares de millones, desplazando con un trazo de pluma toda la fortuna del mundo” (39-40)... Muere sobre su mesa de trabajo.

VIII

Para quien conociera sus antecedentes (El desesperado) y su posición ideológica, la comparecencia irruptiva de León Bloy en la querella antisemítica trabada por Drumont era tan imprevisible como paradójico resultó su alegato. Introduce un corte abrupto en la secuencia que venimos siguiendo dentro de la literatura francesa y la descentra del eje en torno del cual giraba. Lo que el realismo y el naturalismo se habían propuesto era dar cuenta mediante el recurso de la ficción de los judíos como grupo social que había venido a alterar empíricamente la distribución de clases y sectores de clase heredada del Antiguo Régimen. Si junto con ello tomaron implícitamente partido contra el antisemitismo orgánico y político, esto es un epifenómeno, como lo fueron cualesquiera otras de sus definiciones en materia religiosa, política, moral o estética, impuestas por el racionalismo del iluminista que son continuadores. Con un mérito muy destacable: al dar cuenta del judío, profundizaron también en lo histórico concreto de todas las capas sociales, y en la propia situación, por ende, cumpliendo una tarea que ni la filosofía, ni la historia, ni las rudimentarias ciencias del hombre podían acometer, pero que supieron luego utilizar y de ella siguen medrando. En pocos momentos históricos logró la literatura hacer más actual su virtualidad de instrumento cognoscitivo privilegiado para el estudio del hombre. El propio Zola, según vimos, se vio arrastrado a la acción política por un imperativo ético, que se le impone desde fuera de la literatura.

En cambio Bloy desde un primer momento se propuso una praxis. Para la cual rechazó siempre enconadamente la designación de política. Su desplante a propósito del Proceso Dreyfus es tan célebre como ideológicamente manoseado, en gran medida por descontextualización: “No soy dreyfusista ni antidreyfusista: soy anticerdos”. Pocos días antes de aparecer La salvación, y aludiendo a ella, escribe a un príncipe Urusof: “Los que me busquen en el bando judío se engañarán; los que me busquen en el bando antijudío, se engañarán. Los que me busquen entre ambos, se engañarán de una manera absolutamente monstruosa” (Bollery, 3, 47-49). Coartada verbal que, conociendo a Bloy, no contradice de ninguna manera su carta del 2 de enero de 1910, incluida en El viejo de la montaña, y que es una síntesis compacta de todas sus definiciones posteriores a La salvación: “Dos crímenes, dos ultrajes, han colmado la medida irreparablemente... El primero es la desobediencia... a Nuestra Señora de la Sallette, el segundo, contemporáneo, y consecuencia del primero... se llama antisemitismo, propagado por Drumont, primero, y por los Padres de la Asunción, después”. Al antisemitismo político que se proclama religioso Bloy no puede verlo como una mera política (no le hubiera interesado), sino como una prevaricación.

Desde su remota Praga, el sionista Franz Kafka leyó a Bloy como éste reclamaba ser leído:

“Conozco un libro de León Bloy contra el antisemitismo, La salvación por los judíos. Un cristiano defiende en él a los judíos como parientes más pobres. Y además, Bloy puede injuriar. Bloy posee un fuego que recuerda el ardor de los profetas. ¿Qué digo? Bloy injuria mucho mejor. Es fácil explicarlo, porque su fuego se alimenta de todo el estiércol de los tiempos modernos”
(Janouch, 47).

La judía Raíssa Umansof y su entonces novio Jacques Maritain, dos jóvenes sorbonards, hicieron en 1905 la misma lectura que Kafka. Raíssa consigue los fondos para reeditar La salvación y se convierten ambos al catolicismo. Jacques, cuando en 1938 pronuncia su conferencia “Los judíos entre las naciones” en el Théâtre des Ambassadeurs (traducida y editada aquí ese mismo año por Sur), fundamenta su oposición teológica al antisemitismo nazi precisamente con una cita de su padrino de bautismo, Bloy: “¿Cómo expresar la enormidad del ultraje y de la blasfemia que consiste en vilipendiar la raza judía?” (40) . Por otra parte, la argumentación teológica empleada por Maritain deriva explícitamente de La salvación.

No sólo en el nivel discursivo sino, quizá más, en el de la forma literaria y en el del lenguaje, la irrupción de Bloy es innovadora. La salvación no entra en ningún género: ¿diatriba polémica? ¿ensayo teológico? ¿testimonio autobiográfico de una experiencia mística? ¿poema en prosa poética, al estilo de Las canciones de Maldoror?

Esa prosa es lo que tempranamente sedujo al esteticismo de Rubén Darío (Los raros). Y la caracteriza así:

“Una mezcla de deslumbrantes metáforas y bajas groserías, verbos impuros y adjetivos estercolarios... Como a todos los castos, a Bloy lo persiguen las imágenes carnales, y, a semejanza de los profetas y videntes, como Dante y Ezequiel, levanta las palabras más indignas e impronunciables y las engasta en sus metáforas y deslumbrantes períodos”
(76).

Coprología, “grosería” (= plebeyismo), carnalidad de la imagen, fulgurancia del periodo, fuego, gema, profetismo escatológico. Dos registros tan opuestos como el de Kafka y el Modernista (que escribe su caracterización desde Buenos Aires ¿alguna conferencia en El Ateneo?) absorben las mismas señales, no por casualidad, aunque Rubén tergiversa por completo el pathos. No es de extrañar: no se lee lo mismo desde el gueto de Praga y desde el Pedemonte. Aquí las centellas de la lava se imaginan a partir de las burbujas de Poméry: Épocas Bellas generan bellas lecturas. ¿Qué hubiera dicho, de conocer la dedicatoria que escribió Bloy en uno de los recién publicados ejemplares de La Salvación: “A mi amigo Henry Cayssac, mientras espero la lluvia de mierda que debe preceder inmediatamente al diluvio de fuego” (Diario Inédito).

Bloy comienza a escribir a los 38 años, desprovisto de toda formación literaria sistemática y abrumado por el veto de su padre contra la literatura como profesión:

“No discerniendo más que una rebelión impía... pero absolutamente penetrado de su impotencia, me dio, sin embargo, una última prueba de la más inaclarable ternura al no maldecirme jamás lisa y llanamente”
(El desesperado, 12-13).

Desobedecer tal interdicción significó para Bloy matar —no sólo simbólicamente— a ese padre: “Soy parricida, por lo tanto, tal es la única visión de mi espíritu” (ibídem, 11). Aparte de que El desesperado es una autobiografía apenas novelada, que se complace en mostrarse como tal, su correspondencia, sus diarios publicados e inéditos, los datos recopilados por Bollery, reafirman, haciendo ociosa toda interpretación, la certidumbre triunfal que poseyó a Bloy de haber elegido el escribir como una operación parricida, sacramentalmente eficaz en cada trazo, renovada en cada punto y seguido, que es lo que imprime a su escritura la exacerbación y el sadismo orgásmico (quejumbroso siempre, sin embargo, porque sufre de su ilegitimidad) que convierten a su lectura en una complicidad forzosa y ambivalente.

Accede, sin embargo, a un estilo. La salvación, junto con Las últimas columnas de la Iglesia, es su acabamiento. Pero no lo encontró propuesto por ninguna tradición ni corporizado en ningún modelo, no lo apuntaló en ninguna escuela. “Ausente de todas partes”, como el Espíritu Santo (infra, página 84), lo constituye premiosamente mediante una síntesis, absolutamente arbitraria y personal, de elementos heterogéneos y discordantes: romanticismo, simbolismo, latín litúrgico y de la Vulgata, escritores místicos. De esa construcción fue plenamente consciente, como del efecto buscado. (Véase La mujer pobre, página 135).

Adueñado de él, como se va adueñando en los años inmediatamente posteriores a su conversión religiosa —tutelada por Ernesto Hello y el sacerdote René Tardif de Mondrieu—, de una anárquica formación teológica, especialmente escrituraria, lo asume como única retórica posible para: 1) comunicar una experiencia que él considera místico-inspiracional; 2) horadar la red de catacresis, verbales y conceptuales, en la que está apresada y englobada contra cualquier porosidad la conciencia católica burguesa. Los títulos irritantes de cada una de sus obras, los autoapelativos (Empresario de Demoliciones, Desesperado, Licántropo, Mendigo, Ingrato, Invendible, Cautivo en Cochons-sur-Maine) y, sobre todo, la Exégesis de lugares comunes, son lo que muestran con más concisión este sentido programático.

Bloy está escribiendo El desesperado cuando aparece La Francia judía. Caín Marchenoir, en la jugada decisiva del aquelarre que fue la Cena Literaria, o de VIPS literarios, a donde lo arreó —así se excusa el impróvido Caín— Propercio Beauvivier, cuando la conversación deriva sobre “el duelo, tan desdichado como ridículo, de un cofrade católico [Edouard Drumont] suficientemente independiente, por milagro, y suficientemente valeroso para haber escrito un libro contra la sociedad judía, pero suficientemente inconsecuente para haber aceptado cruzar el hierro con uno de los más desacreditados representantes de esa gentuza [Arthur Meyer, el director del Gaulois]” y le preguntan su opinión, responde así:

“Pienso que es un asunto idiota... Un hombre que demuestra hasta la evidencia, en muchos centenares de páginas, que los judíos son ladrones, traidores, asesinos, una raza de cerdos ilegítimos engendrados por perros bastardos, y que se apresura, inmediatamente después, a aceptar un duelo con el más vil de ellos... Su libro, aunque mal construido, le hacía bastante honor”
(El desesperado 283).

El pasaje (284-286), lleno de matices, no tolera ser citado, pero es decisivo para penetrar en la posición de Bloy respecto de Drumont y el antisemitismo, tal como se concreta seis años después en La salvación. Drumont, al aceptar batirse, incurre en dos derogaciones: 1) se autoniega como católico; 2) no sabe darse su lugar: “El duelo es una proeza de hidalgos, y nosotros (Drumont y Caín) somos goujats1. O sea, que, como los judíos, los neocatólicos Caín y Drumont, no ocupan un lugar tan cierto que no puedan perderlo o mejorarlo. ¿Si uno pudiera retornar a la Cristiandad, a esa Edad Media “llena de patíbulos y basílicas”, de Verlaine (infra, página 78)? ¡Ojalá!, pero, sería desertar de una tarea: encontrar ahora el lugar asignado en el Plan Divino a Israel, estatuto privilegiado del que el youtre reniega y contra el que blasfema Drumont. Lugar, además, ocultado por un oculto Dios, al que hay que desemboscar, como San Pablo, de los enigmas, las borrosas imágenes especulares, las prefiguraciones, los símiles, las figuras, las parábolas. Que, loco en la Cruz, se manifestó enloquecidamente a la demencial Verónica, a la que León tuvo que llevar aullando en un fiacre al manicomio de Santa Ana. Drumont hubiera podido hacerlo, lo entrevió, pero se echó atrás, rebajando el misterio de Israel a una “cuestión de portamonedas” de youtres y de épiciers.

Sólo Caín Marie-Joseph Marchenoir podía atreverse.

“Su padre... lo había mamarrachado, por consejo del Venerable de su Logia y a modo de desafío, con el nombre de Caín, ante el inexpresable horror de su madre, que se había apresurado a hacerlo bautizar con el vocablo cristiano de Marie-Joseph”
(Desesperado, 37).

Protegido por su Marca, Caín ambula con comodidad por las tinieblas de su fratricidio; José, abandonado por sus hermanos en la cisterna del desierto, se ingenia para interpretar, en beneficio de Israel, los sueños del Faraón (alucinada, Verónica confunde a Bloy con Jesús y con San José). Los hermanos de José saben conformarse con su minoridad, como Esaú acepta el fraude de Jacob, gestado por Rebeca, guardiana de la promesa de Jahvé. Un dios veraz que sólo consigue ser verídico gracias al fraude de quienes se entremeten para salvarlo de su humanización de prometer y no poder cumplir. Un dios especulador que apuesta a la necesidad de su criatura. Después de todo, un dios farisaico, semítico, incapaz de envidia, como envidioso era el prepotente Zeus. A Bloy se le fue la vida en entenderlo:

“No hice lo que Dios quería de mí. He soñado, por el contrario, lo que yo quería de Dios. No cabe duda, y aquí estoy, a los 68 años, teniendo en la mano sólo papel”
(Carta a Jean de Laurencie, 4 de febrero de 1915, un año antes de morir).

Autoacusación excesiva. La salvación por los judíos, en primer lugar, es la única respuesta católica al antisemitismo confesional, por lo tanto, teológico, en que está comprometido militantemente gran parte del clero francés sin que los obispos, ni conjunta ni individualmente, se den por enterados. Pero, además, ultima una imagen de Dios (aristotélico-tomista) con no menos de siete siglos de vigencia. El motor inmóvil, eterno e impasible en sí, que se interpone entre lo divino y la necesidad de lo divino que acucia al hombre religioso. Un velamen teológico-ideológico que no es ya otra cosa que el fundamento de una estructura de poder eclesiástico, clerical: talmudismo y rabinato católicos. Sólo hoy puede valorársele a Bloy, el literato-profeta, la liberación de Dios que sus sueños parricidas produjeron. Tarea en la que le precedió Dostoievsky, y que Nietzsche (La gaya ciencia, 1882) estaba llevando a cabo paralelamente.

La “cuestión judía” se eleva primero a “enigma histórico” y luego al “misterio de Israel”; el dinero, a través de una cadena de polinomios simbólicos, es desenajenado y reconectado con su referente “la sangre del pobre”. Las categorías de Bloy no podrían ser socioeconómicas, por supuesto. Opera con el rudimentario código económico de los Evangelios: pobres/ricos; Mammona de iniquidad / elemosüme [compasión, misericordia, caridad por agapé, no “limosna”] y toma a lo terco, a lo necio, las Bienaventuranzas, las Parábolas, los camellos y el ojo de la aguja, no el Ojo de la Aguja. La oposición maniquea-drumontiana ario/semita se reitera en su bipolaridad, pero trasladada a una totalidad concreta histórica: los hombres, desde su creación hasta su inminente deificación. Circunciso/incircunciso, con la circuncisión paulina de los corazones y el bautismo por el agua, primero, y por el fuego del Espíritu Santo en cualquier momento.

Bloy consideraba a La salvación “el único libro del siglo XIX donde se habla de la Tercera Persona Divina”... “un compendio asombroso de años de trabajo, plegarias y dolores... absolutamente por encima de la medida”... “el único después de diecinueve siglos en el que se ha hecho oír una voz cristiana en favor de Israel... “el único libro que me atrevería a presentar ante Dios”... “un alegato puramente exegético cuyo alcance podría suponerse incalculable si la humanidad contemporánea fuera curiosa aún de los símiles revelados”. Y lo presenta como una mera paráfrasis del capítulo XI de la Epístola a los Romanos (sabe bien que lo está desbordando ampliamente). Pero su preocupación por Israel tiene un predecesor insigne que apenas menciona. “Ver lo que hay de claro en todo el estado de los judíos, y de incuestionable”, se había dado Pascal como escueto mandato en los Pensamientos (fr. 602). Y a cumplirlo dedica las secciones VIII a XII inclusive. Los temas fundamentales de La salvación también son pascalianos: la locura de la cruz y la prolongación mística del suplicio; la preocupación por la exégesis de las figuras (túpoi), en sentido escriturario, y, en primer lugar, el misterio teologal de la preservación del pueblo de Israel a pesar de la diáspora y todas las persecuciones, y su detentación de las Escrituras.

Por eso le es fácil revolcar a Drumont en el ridículo. En sólo tres de los 23 capítulos de La salvación:

“¡Y basta, de una vez por todas! No entra en mi propósito... insistir en este personaje. Pero ¿cómo no nombrarlo en el momento de abordar esta incomparable cuestión de Israel, que él se vanagloria de haber rebajado hasta el nivel cerebral de los burgueses más imbéciles?”
(infra, página 69).

Es que, en realidad, Drumont ha sido para Bloy sólo un desencadenante, si no un pretexto, para terminar de sistematizar la masa de hallazgos que ha ido acumulando durante los 23 años transcurridos desde su conversión religiosa. En la miseria siempre, pero humillado en míseros empleos de copista y de escribiente; de la Trapa a la Cartuja; de una redacción de semanarios a la otra, para hacerse despedir no bien logra una ocupación permanente (Gil Blas); cohabitando con una prostituta, Ana María Roulé (Verónica) a la que convierte y empuja hacia el misticismo del cual pasa ella a la demencia y a la reclusión por muerte en dos sucesivas casas de orates, no sin haberle legado antes el núcleo inspiracional de La salvación, refrendado por Ernest Hello; en el concubinato con Berta Dumont y la madre de ésta (Berta, una griseta trágica, fue obrera doradora, contrajo en su explotación el saturnismo y murió dantescamente de tétano convulsivo, mientras Bloy corre de un amigo a otro mendigando para llamar a un médico); en “cabarets literarios” (Le Chat Noir); generando hijos naturales que no reconoce, sino que despacha “en nourrisse” a la campaña. Sólo a partir de su matrimonio con Jeanne Molbech, dinamarquesa y protestante (1890) se encauza su vida y su producción, aunque lo mejor, El desesperado, queda atrás.

Bloy sabe lo que San Pablo formuló de una vez para siempre: la elección de Israel por Jahvé como primogénito es irrevocable, a pesar de que no reconoció a Jesús como el Mesías prometido; la crucifixión y el deicidio tenían que cumplirse para que la expiación y la redención pudieran realizarse; esta redención es virtual (“en esperanza”) y sólo culminará cuando, según lo prometido a sus apóstoles, el Cristo retorne “en el esplendor de su gloria”; la “obcecación” y la “dureza de corazón” del pueblo de Israel es, precisamente, la exigencia de que se cumpla esa promesa: “Descienda de la cruz, y creeremos en él”. Sobrenaturalmente —afirman Pascal y Bloy— la historia humana ha quedado congelada: Jesús sigue en la cruz, padeciendo místicamente en su cuerpo (el Pobre, dice Bloy): no puede descender si su pueblo no cree, y su pueblo no cree si él no desciende. ¿Cómo y por qué? San Pablo no lo supo o no lo quiso decir. Tampoco lo sabe la Iglesia, que, con Jeremías, se limita a reiterar ritualmente las Lamentaciones y los Improperios, cada Viernes Santo. (Como la liturgia hebrea repite cada Rosh-Ashanna: “El año que viene en Jerusalén.)

El misterio de la supervivencia de Israel, de su abyección actual (simétrica de la de los católicos: Iglesia y Sinagoga, las dos hermanas prostitutas, infra, página ), es tan sólo una faceta del misterioso plan de Dios: creación-pecado original-encarnación-muerte en la cruz-resurrección-fundación de la Iglesia-fin de los tiempos-parousía-unión beatífica con Dios. Misterio en su doble sentido: 1) ocultado; 2) incomprensible para el entendimiento humano. Lo oculto puede ser revelado, y de hecho, Dios no ha cesado de revelarlo, sólo que siempre parcialmente y in aenigmate, en enigma. Y esa revelación reviste formas distintas: 1) la revelación escrita de Dios (los dos Testamentos de la Escritura); 2) la manifestación directa (Lourdes, La Sallette); 3) la prefiguración a través de la acción histórica de individuos y pueblos.

Escrituras e Historia tienen que ser interpretadas. El intérprete es necesariamente profeta, en su sentido originario: portavoz, portapalabra. Y el profeta puede ser creído o no; también, lapidado. Pero le incumbe hacer todo lo posible para que lo escuchen. Por el contenido de lo que anuncia; por la autoridad (Dios) que lo habilita; por la forma en que lo enuncia. Bloy se sabe investido de una misión profética: anunciar el advenimiento inminente del Espíritu Santo y el fin de los tiempos. Y sabe que su testimonio será el martirio.

“La sociedad cristiana está condenada sin remisión. Todo es inútil ya, excepto la aceptación del martirio... Observará usted que yo muestro el mal sin ofrecer ninguna reforma. Indudablemente, porque sé que no hay manera de escapar al castigo, y podría ser muy bien que el castigo comenzara este mismo año. Yo me preparo para el martirio y preparo a mis hijas para él y estoy absolutamente persuadido de que no queda otra cosa que hacer”
(Carta del 2 de enero de 1910, en El viejo de la montaña, el párrafo siguiente es el citado supra, página 61 sobre el antisemitismo como signo escatológico).

Bloy cree tener la clave del misterio de Israel. Sólo la clave, no, por supuesto, la imposible comprensión: Israel es una figura del Espíritu Santo, “que procede del Padre y del Hijo”, y es, por consiguiente, el hermano menor. Está prefigurado en todos los segundogénitos preferidos por el Padre: en Abel, en Isaac, en el Hijo Pródigo, Jacob: “Los hermanos anatematizados o perseguidores representan siempre el Pueblo de Dios contra el Verbo de Dios” (infra, página 79). Pero Israel es también una figura de la Cruz mística, donde el Verbo estará enclavado hasta que los judíos ejerciten su “poder de abrogar la ley de tormento que dictaron sin saber lo que hacían, por una asombrosa impulsión de Abajo” (infra, página 79).

Es decir —y la conclusión a la que se lanza Bloy rebasa ya la exégesis para convertirse en teologema—, por más que parezca “absurdo, monstruoso y blasfematorio suponer un antagonismo en el seno mismo de la Trinidad, no es posible presentir de otro modo el inexpresable destino de los judíos... Todas las violaciones imaginables de lo que se ha convenido en llamar la Razón pueden aceptarse de un Dios que sufre (infra, página 80).

IX

Lo hasta aquí expuesto sobre La salvación es tan sólo una parte mínima, aunque central, del complejo sistema gestado por Bloy para hacerse inteligible la historia en que vive y asumir su lugar propio en ella. Su reflexión sobre los judíos y el dinero no terminó en esta apología, sino que fue permanente. Culmina en La sangre del pobre (1909) en “El Abogado del Santo Sepulcro”, el poeta del idisch Morris Rosenfeld, a través del cual Bloy toma conciencia de la existencia del proletariado judío; del cual nada sabía al escribir La salvación.

“Por grande que sea la variedad de su obra, todo quedó dicho de Rosenfeld cuando se lo nombró el poeta de los proletarios. Lo es más que nadie, porque el judío es esencialmente proletario. Pero el proletario —como las lágrimas— pertenece a todos los pueblos y todos los tiempos. Sólo que las lágrimas judías son las más pesadas. Tienen el peso de muchos siglos. Las de este poeta han sido generosamente vertidas sobre un gran número de desdichados que no eran de su Raza, y están ahora ahí, esas lágrimas preciosas, en la balanza del Juez de los dolores humanos, que no hace acepción de pueblos más de lo que la hace de personas”.

El aporte de Bloy a la desmitologización del judío es de una trascendencia que retrospectivamente cuesta imaginar: se hace cargo del único aspecto del discurso de Drumont que Zola no podía desmontar, el deicidio, y, todo lo anárquicamente que se quiera, inaugura un pensamiento social-católico que, con todos sus meandros y contradicciones, quizá contenga ingredientes para la superación del economicismo reduccionista que tanto daño ha hecho y sigue haciendo al pensamiento y la acción políticas socialistas.

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La salvación por los judíos

EX QUIBUS CHRISTUS SECUNDUM CARNEM
12 Rom. IX,5

A Raïssa Maritain dedico estas páginas escritas a la gloria católica del Dios, de Abraham, de Isaac y de Jacob

La Salvación por los Judíos, publicada en 1892, estuvo enterrada doce años. Como el editor —un hombre excelente y digno, formado del limo terrenal expresamente para la producción tipográfica de esta única obra— cambiara repentinamente de oficio, llevó a su nueva morada, a manera de presa, la multitud apreciable de los ejemplares no vendidos. No teníamos contrato, y como esa masa de impresos le pertenecía, durante dos lustros y medio debí resignarme al secuestro arbitrario del más importante de mis libros. He relatado esta aventura dolorosa y este perjuicio enorme en las páginas de Mon Journal.

Esta nueva edición ha sido corregida en diversos pasajes, sin modificaciones esenciales. Se ruega, no obstante, tomar en cuenta que los menores cambios tienen extrema importancia en un alegato puramente exegético, cuyo alcance podría suponerse incalculable si la humanidad contemporánea tuviera aún curiosidad por las Afirmaciones o Símiles revelados. Aparte de la inspiración sobrenatural, puede decirse que La Salvación por los Judíos es, sin duda alguna, el testimonio cristiano más enérgico y más apremiante en favor de la Raza Primogénita después del capítulo onceno de San Pablo a los Romanos. “Si su delito —dice este Apóstol— es la riqueza del mundo y su disminución la riqueza de las naciones, ¿cuánto más lo será su plenitud? “Si su pérdida es la reconciliación del mundo, ¿cuál será su asunción, sino la vida de entre los muertos?”13

La Salvación por los Judíos, que se creería una paráfrasis de ese capítulo de San Pablo, hace notar, desde la primera línea, que la Sangre que fue vertida sobre la Cruz para la Redención del género humano, lo mismo que la que se vierte invisiblemente, cada día, en el Cáliz del Sacramento, es natural y sobrenaturalmente sangre judía, el río inmenso de la Sangre Hebrea que tiene su fuente en Abraham y su desembocadura en las Cinco Llagas de Cristo. Esto es todo. No hay otra cosa que saber. ¿Advertirá, por fin, el mundo judío este libro que lo honra más allá de toda esperanza y que nada le ha costado?

19 de noviembre de 1905 Octava de la Dedicación de las Iglesias León Bloy

DE PROFUNDIS

DESDE EL FONDO DEL ABISMO, JESÚS CLAMA A SU PADRE, Y ESE CLAMOR DESPIERTA. EN LAS ENTRAÑAS MÁS ÍNTIMAS DE LOS ABISMOS —INFINITAMENTE POR DEBAJO DE LO QUE PUEDEN CONCEBIR LOS ÁNGELES, INDECIBLEMENTE MÁS ABAJO DE TODOS LOS PRESENTIMIENTOS Y DE TODOS LOS MISTERIOS DE LA MUERTE—, EL MUY SOFOCADO, EL MUY LEJANO, EL MUY PÁLIDO GEMIDO DE LA PALOMA DEL PARÁCLITO QUE REPITE COMO UN ECO EL TERRIBLE DE PROFUNDIS.

Y TODOS LOS BALIDOS DEL CORDERO VIBRAN ASÍ EN LA HORRENDA FOSA, SIN QUE SEA POSIBLE SUPONER UNA SOLA QUEJA EXHALADA POR EL HIJO DEL HOMBRE QUE NO RESUENE IDÉNTICAMENTE EN LOS IMPOSIBLES EXILIOS DONDE SE ACURRUCA EL CONSOLADOR...?

I

Salus ex Judaies est. ¡La salvación viene de los Judíos!14

He perdido algunas horas preciosas de mi vida leyendo, como tantos otros infortunados, las elucubraciones antijudías del señor Drumont, y no recuerdo que él haya citado esta palabra simple y formidable de Nuestro Señor Jesucristo, referida por San Juan en el capítulo cuarto de su Evangelio.

Si ese periodista copioso se dignó alguna vez informarse en los Textos sagrados, y si está en condiciones de demostrar, para mi confusión, que este importante precepto se menciona en éste o aquél de los voluminosos libelos con que abruma periódicamente a los pueblos cristianos, habrá que decir que tal homenaje al Libro santo es tan maravillosamente afónico, penumbral, rápido y discreto, que resulta casi imposible advertirlo y completamente imposible sentirse conmovido por él.

¡Algo significa, sin embargo, ese testimonio del Hijo de Dios!

Se bien que San Agustín debilitó de manera terrible el alcance en su menguada exégesis de las “dos murallas", que es viable consultar en el decimoquinto tratado del comentario famoso de este venerable Doctor.

Pero estábamos entonces en el siglo V; la Reprobación de Israel había comenzado después de la exorbitante catástrofe de Jerusalén; la especie humana, conquistada ya a medias por los sucesores de San Pedro, había irremediablemente fruncido su corazón y se había endurecido por toda la duración de los tiempos contra la descendencia execrada de los verdugos de Cristo.

La aterrorizante quemadura de las primeras persecuciones se cicatrizaba por fin y las grandes siembras de la sangre de los Mártires estaban cumplidas.

La Pedagogía de lo Sobrenatural quedaba a cargo de los teólogos, de los explicadores, de los filósofos desilusionados, y la embarazosa afirmación de Aquél a quien se llamó el Hijo del Trueno podía hacerse respetuosamente a un lado sin peligro alguno de escándalo o de simple asombro para una Iglesia toda teñida de rojo que daba aún vagidos en su cuna.

Aquella palabra perdura, sin embargo. Subsiste, a pesar de todo, en su fuerza misteriosa, y se asemeja a una gema muy sombría, de brillo turbado, a la que la temeraria desatención de los ecónomos o los controladores de la Fe vuelve más inestimable.

¡La Salvación viene de los Judíos! ¡Texto desconcertante que nos coloca furiosamente lejos del señor Drumont! ¡No quiera Dios que yo le declare la guerra a ese triunfador. La lucha, verdaderamente, sería demasiado desigual!

El libelista de La Francia judía puede vanagloriarse de haber encontrado el buen ángulo y el buen lugar. Considerando con una profunda sabiduría y con la sangre fría de una cabeza sutil que el guijarro filosofal del buen tacto consiste en dar a los vientres humanos las bellotas que más apetecen, inventó contra los Judíos la volcánica y pertinaz reivindicación de las monedas de cinco francos.

Era el infalible secreto para domeñarlo todo, para abrirse paso por todas partes, para encaramar su persona a las crestas más altísimas.

Decir al primero que pase, aunque sea el más zaparrastroso recipiendario en el pudridero de los desesperados: “Esos pérfidos hebreos, que te salpican de barro, te han robado todo tu dinero: ¡Recupéralo, pues, oh Egipcio! ¡Perfórales el pellejo, si te atreves, y persíguelos en el mar Rojo!"

¡Ah! decir eso perpetuamente, decir eso por todas partes, berrearlo sin tregua en libros y diarios, tener de vez en cuando un duelo para que resuene noblemente más allá de los montes y de los ríos, pero sobre todo ¡oh, sobre todo!, no hablar jamás de otra cosa: he ahí la receta y el arcano, el medium y el retentum de la balística del gran éxito. ¿Quién, Dios mío, resistiría esto?

Agreguemos que este gran hombre reivindicaba en nombre del Catolicismo. Ahora bien, todo el mundo conoce el desinterés sublime de los católicos actuales, su inquebrantable desprecio por las especulaciones y los chanchullos financieros y el celestial desprendimiento que enarbolan. Yo mismo he compuesto libros para expresar la admiración casi dolorosa con que me saturan estos escolares de la caridad divina, y sé muy bien que me hubiera sido imposible abstenerme de hacerlo.

Es fácil, pues, concebir la impetuosidad de su celo cuando las manos hurgonas del Antisemita vinieron a cosquillear en ellos el presentimiento de la Justicia. Hasta puede decirse que en esta ocasión las escamas cayeron de un gran número de ojos y que generoso Drumont apareció como el apóstol de los tibios que no sabían que la religión fuera tan provechosa.

Algunos profanos se preguntaron, es verdad, qué victoria decisiva podría resultar para la moral —siquiera práctica— del hecho innegable de haber emprendido la tarea de reemplazar el famoso Becerro de oro por un cerdo del mismo metal, y qué ventaja preciosa reportaría el catolicismo de esas recriminaciones de agiotaje.

Porque, en definitiva, el señor Drumont entraba en Babilonia como un héroe, después de haber derrotado a todas las naciones semíticas, y los admiradores de este conquistador olisquearon sobre él el polvo del santo rey Midas, mezclado con los ungüentos y cinamomos con que se acicala habitualmente la osamenta de los dioses mortales.

La cosa, para hablar menos líricamente, marchaba en firme: las grandes tiradas se multiplicaban y los derechos de autor ingresaban en caja con una precisión rothschildiana que hacía babear de concupiscencia a todo un celoso populacho de plumíferos de la misma calaña, que no habían tenido esta fructífera idea y que resolvieron de inmediato encarnizarse en las mismas empresas.

Todos los lívidos comedores de cebollas cristianas del Alto y Bajo Egipto comprendieron admirablemente que la guerra a los Judíos podía ser —al fin y al cabo— un excelente truco para cicatrizar más de un desastre o vigorizar más de un negocio valetudinario.

Se vio, incluso, a sacerdotes sin número —entre los cuales debía haber, con todo, no pocos cándidos siervos de Dios— inflamarse con la esperanza de una próxima embestida en que la sangre de Israel sería derramada en cantidad suficiente para embriagar a millones de perros, mientras los íntegros carneros del Buen Pastor ramonearían bendiciendo a Dios, los quinquefolios y los tréboles de oro en las pasturas enviadas desde la Tierra de promisión.

El ardor había sido tan repentino y tan prodigioso el impulso, que, aún hoy, ni uno solo de ellos parece haberse interesado por saber —decididamente— si no habría algún peligro grave, para un corazón sacerdotal en peticionar así el exterminio de un pueblo al que la Iglesia Apostólica Romana ha protegido diecinueve siglos, en favor del cual su Liturgia más dolorosa habla a Dios el Viernes Santo, de donde salieron los Patriarcas, los Profetas, los Evangelistas, los Apóstoles, los Amigos fieles y todos los primeros Mártires; sin osar hablar de la Virgen Madre y de Nuestro Salvador mismo, que fue el León de Judá, el JUDIO por excelencia de naturaleza — ¡un Judío indecible!—, y que, seguramente, había empleado una eternidad previa en codiciar esta extracción.

Pero, ¡qué! ¿No era preciso, acaso, seguir hasta el fin al ávido saltimbanqui, organizador y predicador de esta cruzada en favor de los ahorrillos, que no cesa de sermonear de semana en semana 15 sobre lo pequeño que es el número de los elegidos de la Todopoderosa Caja de Caudales? ¿Y podría citar alguien una sola protesta católica cuando, sobre nuestros muros, que se echaban atrás, se exhibió la abominable efigie de ese Bufón sacrílego con armadura de caballero del Santo Sepulcro y hollando bajo sus plantas... ¡¡¡A MOISÉS!!!?

¡Ah! eso lo dice todo.

¡Y basta, de una vez por todas!

No entra, lo repito, en mi propósito ni en mi tema insistir particularmente sobre este personaje, cuyo triunfo hubiera podido ser mayor aún sin el desconcertante ridículo de su vanidad de celador de colegio advenedizo, y a quien, por otra parte, la justicia del crimen acaba de aplicarle una rigurosa sanción 16.

Pero ¿cómo no nombrarlo en el momento de abordar esta incomparable cuestión de Israel, que él se vanagloria neciamente de haber rebajado hasta el nivel cerebral de los burgueses más imbéciles?

Debo ser poco sospechable de un tierno amor para con los descendientes actuales de esta raza famosa. He aquí, para empezar, lo que escribía hace seis años en un libro de cólera que la hostilidad general se esforzó por sofocar por todos los medios imaginables:

"La Edad Media —decía yo, hablando de los Judíos— tenía el buen sentido de acantonarlos en zahurdas reservadas para ellos e imponerles una indumentaria especial que permitía a todos evitarlos. Cuando uno tenía absoluta necesidad de tratar con esos hediondos, uno lo ocultaba como una infamia y uno se purificaba enseguida. La vergüenza y el peligro de su contacto eran el antídoto cristiano contra su pestilencia, visto que Dios se empeñaba en la perpetuación de tal canalla".

"Pero hoy, cuando el cristianismo parece dar los últimos estertores bajo el talón de sus propios creyentes y cuando la Iglesia ha perdido todo crédito, nos indignamos estúpidamente al ver en ellos los amos del mundo, y los contradictores furibundos de la Tradición apostólica son los primeros en asombrarse. Prohíben el desinfectante y se quejan de tener fétido el aliento. Tal es la idiotez característica de los tiempos modernos." 17

No veo cómo podría cambiar un cuarto de línea de esta página benévola. Hoy, más que nunca, es evidente para mí que la sociedad cristiana está apestada por una ralea bien asqueante, y es terrible saber que es perpetua por la voluntad de Dios.

Desde el punto de vista moral y físico, el Marrano 18 moderno parece ser la confluencia de todas las deformidades del mundo.

El año pasado, hallándome en Hamburgo, tuve la curiosidad, al estilo de los viajeros más ordinarios, de ver el Mercado de los Judíos.

La sorprendente abyección de ese emporio de detritos enfitéuticos es difícilmente expresable. Me parecía que todo lo que puede asquear de vivir era el objeto lucrativo de aquellos logreros impuros cuyos clamores obsecuentes me aferraban, me asían, se pegaban a mí físicamente, infligiéndome el malestar fantástico de una especie de flagelación gelatinosa.

Y todos esos rostros de lucro y de servidumbre tenían el mismo timbre terrible que expresa claramente el Desprecio, el Hartazgo divino, la Separación irrevocable del resto de los mortales y que los hace tan profundamente idénticos, en cualquier rincón del mundo, sea el que fuere. Porque es una ley singular que ese pueblo de anatematizados no haya podido asumir la reprobación colectiva con la cual se honra sino al precio fabuloso del protagonismo eventual del individuo. La Raza repudiada no ha logrado producir jamás ninguna clase de César.

He ahí por qué desconfío de la tradición, ingeniosa pero poco conocida, imagino, que da al pueblo romano por antepasados a los Hebreos y reemplaza a los compañeros de Eneas por una colonia de Benjamitas, explicando la leyenda de la loba y de los dos Gemelos fundadores por medio de la inescrutable predicción de Israel moribundo: Benjamin, LUPUS rapax, mane comedet praedam et vespere dividet spolia. “Benjamín, lobo rapaz, por la mañana devorará la presa y por la tarde dividirá los despojos”. 19

Los inmundos ropavejeros de Hamburgo pertenecían por entero, en verdad, a esa homogénea familia de menecmos 20 avarientos al servicio doméstico de todos los indecentes demonios de la identidad judaica, tal como se la ve pulular a lo largo del Danubio, en Polonia, en Rusia, en Alemania, en Holanda, en Francia misma ya, y en el África septentrional, donde los Árabes algunas veces hacen con ella un odioso emplasto, bueno para frotar los carneros sarnosos.

¡Pero cuando mi náusea, lo confieso, sobrepasó toda conjetura y toda esperanza, fue cuando la aparición de los Tres Viejos!

Los llamo los Tres Viejos porque no conozco ninguna otra manera de designarlos. Son tal vez cincuenta en aquella ciudad privilegiada, que no parece enorgullecerse más por ello. Pero yo no tenía más que tres ante mis ojos, y era bastante para que los dragones más insólitos se me aparecieran.

Todo aquello que llevara una impronta cualquiera de modernidad se desvaneció de inmediato para mí, y los marranos subalternos que me codeaban hormigueando como mosquitos de matadero interrumpieron su existencia. No tenían ya derecho a ella, pues no eran absolutamente nada al lado de éstos.

Su ignominia, que yo había juzgado completa, irreprochable y tan sabrosa como puede serlo un elixir de maldición, no tenía ya la menor sapidez y parecía nobleza en comparación con aquella indesvelable pesadilla de oprobio.

El aspecto de estos tres fantasmas emanaba una tan sin par calidad de horror, que sólo el blasfemo podría ser admitido a interpretarla simbólicamente.

¿Imaginemos, si es posible, los Tres Patriarcas sagrados: Abraham, Isaac y Jacob, cuyos nombres, obnubilados por un impenetrable misterio, forman la Delta, el Triángulo equilátero donde dormita, en los cortinajes del rayo, el inaccesible Tetragramal!

¡Figurémonos —apenas oso escribirlo— estos tres personajes, mucho más que humanos, de cuyo flanco todo el Pueblo de Dios y el mismo Verbo de Dios salieron: supongámoslos, un minuto, vivos aún; habiendo, por un milagro muy único, sobrevivido a la más centenaria primogenitura de los inmoladores de su gran Hijo crucificado; habiendo tomado sobre ellos —¡sabe Dios con vista a qué irrevelables retroventajas!— la destitución perfecta, la basura sin nombre, la vileza infinita, el inagotable tesoro de las execraciones del mundo, los abucheos de toda la tierra, el vilipendio en todos los abismos— y el asombro eterno de los Serafines o de los Tronos al verlos arrastrarse así en el lodo de los siglos...!

Porque, en efecto, en el espíritu de esta visión, que parecerá sin duda insensata, los tres seres horrendos realizaban bien el arquetipo y el fenómeno primordial de la Raza indeleble, que cumple, desde hará ya pronto dos mil años, el prodigio sin par de sobrevivir, ella también a sus exterminadores y de apelar eternamente ante todos los infiernos en favor de su sustancial revocación.

Pero, ¡Santo Dios!, ¡qué espantosos antepasados!

Eran verdaderamente demasiado clásicos para no manifestarse tan abominables como sublimes. Desde Shakespeare hasta Balzac se ha machacado terriblemente sobre el tipo del viejo Hebreo sórdido y encorvado, rebuscando el oro en las inmundicias, en los tumores de la humanidad, para adorarlo por fin como un sol de dolores y un Paráclito de amor coigual y coeterno de su Jehová solitario.

Realizaban por triplicado ese monstruo en sus idénticas personas, agregando al horror trivial de ese viejo mito literario las ansias desmesuradas de su verídica presencia... ¡Abraham, Isaac y Jacob descendidos hasta esos limbos nefastos...! Porque mi imaginación desarbolada por el espanto, les acordaba instintivamente los apelativos divinos.

¡Y a fe mía que renuncio a pintarlos, dejando ese decimotercer trabajo de Alcides a los documentadores de la carroña y a los cosmógrafos de las fermentaciones verminosas!

Durante largo tiempo me acordaré, sin embargo, de aquellos tres incomparables crapulosos, a los que veo todavía con sus guiñapos putrefactos, inclinados frente contra frente sobre el orificio de un saco fétido que hubiera espantado a las estrellas, donde se amontonaban, para la exportación del tifus, los innominables objetos de algún negocio archisemítico.

Les debo este homenaje de un recuerdo casi afectuoso, por haber evocado en mi espíritu las imágenes más grandiosas que puedan entrar en el habitáculo sin magnificencia de un espíritu mortal. Diré todo esto de inmediato y tan claramente como me sea dado decirlo.

Entretanto, afirmo, con todas las energías de mi alma, que una síntesis de la cuestión judía es el absurdo mismo, sin la previa aceptación del “Prejuicio” de una restricción esencial, de un secuestro de Jacob en la más abyecta decrepitud, sin ninguna esperanza de avenencia o de remisión, hasta tanto su “Mesías”, ardiendo todo él en gloria, no haya caído sobre la tierra.

Hasta ese día, la perfecta justicia de lo alto o de lo bajo continuará exigiendo imperiosamente que se lo execre vomitándolo. En rigor, sé bien que los Israelitas pueden ser llamados nuestros “hermanos”, con igual título, mucho me temo, que las plantas y los animales, denominados así por el seráfico San Francisco, que jamás se equivocó. Pero amarlos como tales es una propuesta que subleva la naturaleza. Es la exageración milagrosa de la santidad más trascendente o la ilusión de una religiosidad imbécil.

Se necesitó nada menos que la autoridad de uno de los Doce para certificar que “Elías fue semejante a nosotros”, pues este profeta, que tuvo al Fuego por servidor, parece haber sido mucho más que un hombre: pero los Judíos nacidos o por nacer después de la Misa Solemne del primer Viernes Santo no pueden ser jamás nuestros semejantes.

Su carne triste, refractaria a toda mezcla durante un número tan grande de siglos, nos advierte sobreabundantemente acerca de su prodigioso estado de excepción en la humanidad.

Es la Cepa, a pesar de todo, de Nuestro Señor Jesucristo y está, en consecuencia, reservada, inarrancable, inmortal, espantosamente podada, sin duda, desde el día siguiente del solemne “Crucifigatur” 21, pero intacta en su soporte y con las raíces adheridas a lo más profundo de la Voluntad divina.

Por ello todos son imperturbablemente idénticos y están completamente resorbidos en la personalidad exterior de sus pánicos ancianos. Los harapos negros y la pestilencia senil no cambian absolutamente nada, y porque yo veía con precisión a todos los millonarios contemporáneos, machos o hembras, que son el orgullo de nuestras sinagogas perfumadas, en las tres osamentas mencionadas antes, por eso fue que me impresionaron tan durablemente.

La historia de los Judíos obstruye la historia de la humanidad como un dique obstruye un río, para elevar su nivel. Están para siempre inmóviles, y lo único que puede hacerse es franquearlos saltando sobre ellos, con más o menos estrépito, sin esperanza alguna de demolerlos.

Ya se intentó bastante ¿no es cierto? y la experiencia, de sesenta generaciones, es irrecusable. Soberanos a quienes nada resistía pretendieron borrarlos. Multitudes inconsolables de la Afrenta hecha al Dios viviente se lanzaron a su matanza. La Viña simbólica del Testamento de Redención fue infatigablemente escardada de estos parásitos venenosos; y este pueblo, diseminado en veinte pueblos, bajo la tutela sin merced de varios millones de príncipes cristianos, cumplió, a lo largo de los tiempos, su destino de hierro, que consistía simplemente en no morir, en preservar siempre y en todas partes, en las ráfagas y en los ciclones, el puñado de barro maravilloso del cual se habla en el Libro santo y que aquél cree que es el Fuego divino.22

Esa nuca de desobedientes y de pérfidos, que Moisés encontraba tan dura, fatigó el furor de los hombres como un yunque de un metal poderoso que desgastaría todos los martillos. La espada de la Caballería se melló allí y el sable finamente templado del jefe musulmán se quebró allí igual que el garrote del populacho.

Está, pues, bien demostrado que no hay nada que hacer y, considerando lo que Dios soporta, conviene, seguramente, a las almas religiosas preguntarse de una buena vez, sin presunción ni rabia imbécil y cara a cara con las Tinieblas, si algún misterio infinitamente adorable no se oculta, después de todo, bajo las especies de la ignominia sin rival del Pueblo Huérfano condenado en todas las instancias de la Esperanza, pero que, acaso, en el día señalado, no se verá privado de apelación.

¡Paciencia! Escuchad esto, vosotros, pobres gentes por quienes Jesús quiso sufrir. Si algún fanático de mi prosa pudiera un día ser suscitado, acaso el desdichado podría descubrir, con la ayuda del cielo, las líneas siguientes, tan perfectamente ignoradas, imagino, como la página citada anteriormente:

“Se ha escrito mucho sobre el dinero. 23 Los políticos, los economistas, los moralistas, los psicólogos y los mistagogos se han extenuado en ello. Pero no observo que ninguno de ellos haya expresado jamás la sensación de misterio que emana de esa palabra asombrosa".

“La exégesis bíblica ha señalado esta particularidad notable, que, en los Libros Sagrados, la palabra DINERO es sinónima y figurativa de la viviente Palabra de Dios. 24 De donde se deduce esta consecuencia, que los Judíos, antiguos depositarios de esta Palabra, a la que terminaron por crucificar cuando se convirtió en la Carne del Hombre, retuvieron, posteriormente a su propia decadencia, el simulacro de ella, a fin de cumplir su destino y no errar sin vocación sobre la tierra".

“Es, pues, en virtud de un decreto divino que poseen, no importa cómo, la parte mayor de los bienes de este mundo. ¡Gran alegría para ellos! Pero, ¿qué hacen con aquéllos?” 25

Lo que hacen con el dinero, voy a decíroslo, lo crucifican.

Pido perdón por esta expresión bastante generalmente inusitada, creo, pero que no es más extravagante, si bien se mira, que esta otra: “Comerse el dinero” 26, cuya monstruosidad real, divulgada, haría morir de espanto a los innumerables humanos que la emplean. He dicho exactamente lo que quería decir. Lo crucifican, porque esa es la manera judía de exterminar lo que es divino.

Los símbolos y las parábolas del Libro Santo son para siempre, puesto que la Iglesia, infalible, no ha raspado de él las figuras más de lo que ha dado de baja a las profecías. Sólo la eternidad posee la medida de ellas, y los Judíos que degollaron al Verbo hecho carne después de haberlo guardado celosamente durante todo el tiempo que no resplandeció a sus ojos carnales, desposaron sin saberlo la espantosa penitencia de quedar para siempre fijados a su sacrilegio y de continuar con rabia sobre el indestructible Símbolo lo que habían hecho con la carne pasible del verdadero Dios.

¿Crucificar el dinero? ¡Pero si eso es exaltarlo en el patíbulo, como a un ladrón; es enhestarlo, ponerlo en alto, aislarlo del Pobre, de quien es precisamente la sustancia...!

El Verbo, la Carne, el Dinero, el Pobre. Ideas análogas, palabras consustanciales que designan en común a Nuestro Señor Jesucristo en el lenguaje que el Espíritu Santo habló.

Porque, tan pronto como se toca una u otra de esas espantosas Imágenes, que son tan numerosas, acuden todas a la vez presurosas y mujenmugen desde todas partes como torrentes que se apresurasen saltando hacia un abismo único y central.

—¡Soy yo!— grita cada una de ellas.

—¡Soy yo, el Dinero, el que soy el Verbo de Dios, el Salvador del mundo! ¡Soy yo, el que soy la Senda, la Verdad, la Vida, el Padre del siglo futuro...!

—¡Soy yo, la Carne, la Carne débil, la que soy, a pesar de ello, la alegría de los Ángeles, la Pureza de las Vírgenes, el Cordero de los agonizantes y el Buen Pastor de los muertos...!

—¡Y soy yo, siempre yo, el Pobre, el Padre de los pobres, el que soy el Tesoro de los fieles, tesoro de gusanos y de abyección, al mismo tiempo que el Rey de los Patriarcas y la Fuerza de los Mártires! ¡Sí, soy yo, el Esclavo, el Escarnecido, el Humillado, el Leproso, el Mendigo horrible de quien todos los Profetas han hablado... y el Creador de las vías lácteas y de las nebulosas, por añadidura!

Pero, ¿quién podría tener pensamientos dignos de tales objetos?

¡Ah! cuando Jesús clamaba hacia su Padre: “Perdónalos, porque no saben lo que hacen”, una tal plegaria de tal moribundo, aun cuando se pretendiera que no debía ser acogida —suposición bien desconcertante, que implica la más audaz blasfemia—; una semejante deprecación de agonías, debió llegar infinitamente más allá de lo que puede ser concebido o presentido por los hombres o por los Espíritus de los cielos.

Como la naturaleza de los gritos divinos es lanzarse hacia todas partes a la vez, debió atravesar la corteza del globo y repercutir eficazmente en las sombrías vetas de la tierra, donde yacen los minerales peligrosos mantenidos en reserva y encubiertos con cuidado por la desesperación de los Ángeles vencidos.

El impasible Dinero, el execrable y santo Dinero por medio del cual quiso Dios que a Él mismo lo comprasen como una res, fue investido entonces, para espanto del género humano, de la Supervivencia misteriosa y profundamente simbólica, cuyos curadores iban a ser los hijos de Jacob.

Por el prodigio de un enceguecimiento que sobrepasa toda miseria y descorazona toda piedad, el más pálido de los metales reemplazó, para un pueblo condenado a durar eternamente, al Dios lívido que expiraba entre dos ladrones.

Por consiguiente, estimo que es puerilidad sin inocencia de una emulación mercantil incriminar obstinadamente a esa muchedumbre melancólica por su felonía y su codicia sin límites. Más valdría, sin duda, esforzarse por percibir, aunque sólo fuera en un surco de relámpago a través de la columna de humo fétido que se alza siempre sobre su frente de guerra, el espectáculo prodigioso de su castigo sin fin.

Yo decía, hace sólo un instante, que en vano se ha aporreado, abrasado, abatido a los Judíos durante siglos y sobre la superficie de todos los imperios. Están forzados por Dios, invencible y sobrenaturalmente forzados, a cumplir las abominables cochinerías que necesitan para acreditar su deshonor de Instrumentos de Redención.

Se recomenzaría hoy la misma carnicería con el mismo fracaso, ya que no pueden en absoluto evitar ser lo que son, y porque necesitan, por lo menos, la llegada de Elías y el desclavamiento de las Manos y de los Pies de Cristo para obtener su perdón.

La simpatía por los Judíos es un signo de bajeza, eso es algo bien sabido. Es imposible merecer la estima de un perro cuando uno no tiene la repugnancia instintiva de la Sinagoga. Esto se enuncia tranquilamente, como un axioma de geometría rectilínea, sin ironía y sin amargura.

En lo que a mí respecta, me tiene sin cuidado lo que los teólogos o los economistas les reprochan. Me basta saber que han cometido el Crimen supremo, en comparación con el cual todos los crímenes son virtudes, el Pecado sin nombre ni medida que toca a la Integridad divina y que no tendría ninguna posibilidad de remisión si la plegaria insensata de Jesús, ebrio de tormentos sobre su Cruz loca, no se interpusiera.

Ellos han detestado al POBRE con detestación infinita. Lo han detestado a tal punto, que para ultrajarlo y torturarlo a su antojo, fue necesario que se congregaran desde todas partes y que llamasen en su socorro la energía del fuego subterráneo de los resentimientos hereditarios contra un Sabaoth que castigaba, tan terriblemente, otrora, sus transgresiones.

Fue necesario que con la paciencia de un millón de hormigas que se encarniza en construir una montaña, acumulasen por anticipado, durante generaciones, contra el Hombre Único y voluntariamente desarmado, los más feroces testimonios del Libro implacable donde el Espíritu del Dios de Israel había escrito su cólera.

Volviendo contra él la excesiva amenaza de sus viejos textos, parecían decirle: “Tu Padre nos castigó con varas, pero nosotros te castigaremos con escorpiones” 27 “Trillaremos tu carne con las espinas y los abrojos del desierto” 28.

Los clamores de poseídos que precedieron a la Sentencia y que acompañaron, como un bajo continuo, el inconmensurable Suplicio, fueron seguramente la más completa manifestación del horror humano por la Pobreza.

Ese delirio sobrenatural no podrá jamás ser sobrepasado, y cuando la marejada de los populachos demenciales ruja de júbilo sobre los cadáveres de los “Dos Testigos” cuya inmolación ha profetizado el Apocalipsis, 29 no será más espantoso.

No hace falta haber hecho poderosos trabajos de exégesis para saber que en efecto Jesucristo ha sido el verdadero Pobre —designado como tal en cada página del Antiguo o del Nuevo Testamento—, el único entre los más pobres, insondablemente por debajo de los Job más verminosos, el diamante solitario y el carbunclo de Oriente de la Pobreza magnífica, y que él fue por fin la Pobreza misma anunciada por Videntes inflexibles que el pueblo había lapidado.

Tuvo por compañeras las “tres pobrezas”, ha dicho una santa. Fue pobre de bienes, pobre de amigos, pobre de Sí mismo. Y esto en las profundidades de la profundidad, entre las paredes viscosas del pozo del Abismo.

Puesto que era Dios y no había aceptado venir sino para probar que era Dios manifestándose verdaderamente pobre, lo fue en la irradiación y la plenitud infinitas de sus Atributos divinos.

No hubo, pues, otra Víctima que el Pobre, y los excesos absolutamente incomprensibles de esa Pasión siempre actual, flagrante a perpetuidad, cuyo espanto el propio ateísmo no puede atenuar, son inexplicables para aquellos que no saben qué es la Pobreza, “la elección en el horno de la pobreza”, según las palabras de Isaías, que mostró las cosas futuras y que fue aserrado entre dos postes.

A los Judíos les cabe el indeleble honor de haber traducido, para el uso de la humanidad, el odio al Pobre en un estilo de tormentos cuya elocuencia excede a todos los espantos conocidos.

Hasta tal punto supieron la enormidad de su tarea, que inventaron la Coronación de espinas, para que fuera irrefragable desde entonces que habían tenido el poder de investir 30 por lo menos un verdadero Rey de la abyección y del dolor.

Ceremonia sin ejemplo hasta entonces, cuyo sentido profundo no debían ignorar los sabios del viejo Templo. Las Espinas son el ingrediente esencial de la maldición suprema, desde el Desastre inicial, y “la cosecha de espinas en lugar de la cosecha de trigo candeal” es uno de los lugares comunes más hebraicos.

Recordaban sin duda el grito del Lamentador: “Humillaos, sentaos en el suelo, tristes siervos del Señor, porque la corona de vuestra gloria cayó de vuestras cabezas”. 31 Y acaso los pétalos de sangre viviente que brotaban de la frente del Cristo les hacían pensar con rabia en el Coronemus ROSIS del cántico blasfematorio de la Sabiduría. 32

Pero, ¿sabían, esos doctores llenos de ironía y crueldad, que esa Corona horrenda reinaría para siempre sobre ellos y los oprimiría más duramente que el Faraón, puesto que estaba colocada sobre la cabeza muriente de Aquel que no podía tener otro sucesor que el odioso dinero, del cual, después de su muerte, se convirtieron en miserables esclavos?

Porque es éste un misterio muy perturbador. La muerte de Jesús separa esencialmente el Dinero y el Pobre, el prefigurante y el prefigurado, del mismo modo que separa el cuerpo del alma en los óbitos ordinarios. La Iglesia universal nacida de la Sangre divina tuvo al Pobre como hijuela, y los Judíos, atrincherados en la inexpugnable fortaleza de una recalcitrante desesperanza, guardaron el Dinero, la pálida plata arañada por sus sacrílegas espinas y deshonrada por sus salivazos, ¡como hubieran guardado sin tumba el cadáver de un Dios sujeto a la corrupción, para que emponzoñase el Universo!

Pero ¿quién puede interesarse por esas venerables Imágenes, por más que el mundo haya vivido de ellas y quién querría esforzarse por comprenderlas? Un trabajo como éste no permite casi descartarlas, ¿y cómo escapar a la desalentadora certidumbre de que uno no será escuchado?

¡Tienen a veces un aire tan contradictorio esos vocablos, familiares o raros, cuyo sentido literal es tan diverso y su acepción espiritual tan invariable, que dicen todos a su manera la Sustancia infinita y que no son sino velos de un tisú cambiante delante del mismo tabernáculo!

Uno siente tentaciones de creerlos incoherentes o caprichosos, porque a veces se precipitan los unos sobre los otros, y parecen ora devorarse, ora abrazarse amorosamente. Cuando se los mira con fijeza, se compenetran súbitamente y se coaligan en un solo frente para multiplicarse de nuevo tan pronto como pretendemos asirlos.

Y cuando, llenos de lasitud, nos desviamos de ellos para contemplar vanas sombras en los enigmáticos espejos de este universo, vuelven insidiosamente, como sitiadores muy sutiles, y rodean el espíritu con sus trincheras silenciosas.

Por más que uno sepa que son las olas de un idéntico Océano y que no puedan romper los diques de la Unidad absoluta, la ondulación perpetua de sus aspectos y el conflicto aparente de sus colores desconciertan infaliblemente la orientación más atenta.

Es necesario resignarse a no obtener jamás sino intermitentes relampagueos, puesto que Jesús mismo, que vino, decía, para "cumplirlo” todo, sólo se expresó en parábolas y símiles.

La interpretación de los Textos sagrados era en otros tiempos considerada el más glorioso esfuerzo del espíritu humano, puesto que, según el testimonio del infalible Salomón, la “honra de Dios es encubrir la palabra” 33.

Era, entonces, el tiempo de los amos y del reinado tranquilo de las especulaciones de arriba. Ahora es la hora de los siervos y de la victoria decisiva de las curiosidades de abajo.

Es, pues, por lo menos superfluo esperar un poco de atención, y yo me cuidaría muy bien de pretenderla, si no supiera que en los establos de Pastor hay quienes mueren de hambre y que un gran número de voces reclaman ya la llave del siglo próximo, donde los indigentes suponen que la Providencia ha guardado en reserva la saciedad de los espíritus.

Tengo el dolor de no poder proponer a mis ambiciosos contemporáneos un revelador auténtico. La conserjería de los Misterios no es mi empleo y yo no he recibido la consignación de las Cosas futuras. Los profetas actuales, están por otra parte, tan privados de milagros, que parece imposible discernirlos.

Pero si es verdad que se los reclama, como una consecuencia natural de ese punto de fe de que debe llegar su día, yo me pregunto por qué no se los pide nunca al único pueblo del cual salieron todos los Secretarios de los Mandamientos de Dios.

No olvido, por cierto, la historia de la higuera maldecida porque fue encontrada sin frutos cuando Jesús tenía hambre. Es verdad que “no era todavía el tiempo de los higos”. El Evangelio lo hace notar.

Y hasta dice que no hay razón de desesperar del todo si se cava alrededor de ella y se echa allí “excrementos” 34. Un poco de paciencia; siempre habrá tiempo para abatirla si se obstina en no producir fruto alguno.

Esa pobre higuera que no tiene nada que ofrecer al pobre Cristo, porque el tiempo de sus higos no ha llegado, me interesa apasionadamente. Porque es el indiscutible símbolo del pueblo judío, cuya prosperidad expresa soberanamente.

¿Mas no era menester que, a la espera del diluvio de inmundicias para la exuberancia de una fecundidad ulterior, diera de todas maneras un fruto cualquiera a ese Redentor impaciente que la había maldecido, y no es lícito conjeturar que el impenetrable Traidor que resumía con tanta exactitud la Raza bífida se colgó precisamente de ese árbol de desesperación, a cuya sombra todos los buenos Hebreos de la tradición se sentaban con confianza?

Debe ser el asombro de los Espíritus del cielo —a partir de esa horrible primicia— comparar la suerte de los judíos con las antiguas promesas de dominación gloriosa y de alegría in aeternum de la que sus Libros están saturados.

Con la aparición del Pobre —imprevista al cabo de mil años— huyó por completo todo lo que había en ellos de espiritual y su naturaleza carnal de idólatras contadores de dinero se manifestó.

Judas es su tipo, su prototipo y su supertipo, o, si se quiere, el paradigma cierto de las innobles y sempiternas conjugaciones de su avaricia, hasta el punto que se los creería a todos salidos, al mismo tiempo que los intestinos, del vientre reventado de ese cambalachero de Dios.

Era un ratero vulgar —Cleptes, según el griego— dice el dulce evangelista San Juan, y era él quien “tenía la bolsa”. La tiene todavía, más que nunca, y es eso —exclusivamente— lo que nos proporciona el espectáculo generoso de las indignaciones periodísticas del acéfalo denigrador de Sem. 35

La Edad Media, que apenas tenía la noción del portamonedas y cuyo corazón zozobraba de amor, no iba más allá de las treinta monedas de plata, que le parecían tal vez una suma fabulosa y que hubiera preferido sin duda menos considerable, para que el oprobio de su Dios fuera aún más primo hermano de la humillación de los míseros que pedían una limosna en su Nombre.

Los cristianos de entonces comprendían muy bien que en el drama tumultuario de Viernes Santo no hay más que dos personajes: los Judíos y el Pobre, y repartían equitativamente sus almas simples entre la oración dolorosa y el horror sin límites, abandonando todo lo demás a los doctores sutiles que hablaban latín.

No sé ya exactamente dónde leí la aventura bastante ingenua de ese anciano caballero que presidía en su calidad de distinguido notable un sínodo reunido para el juicio eclesiástico de un rabino turbulento que había puesto en circulación ciertas vituperables glosas contra la Virgen María.

Después de una larga disputa en que el audaz circunciso había confundido fácilmente a los teólogos ignaros que se le oponían, y cuando el equívoco silencio que precede la evacuación de un fallo sin misericordia había comenzado ya, el anciano revestido de hierro, que no había dado hasta ese momento señal de vida, descendió lentamente del alto sitial donde había parecido dormitar y, aproximándose al talmudista, le dijo: “Judío, has hablado muy bien, pero queda un argumento que tú no habías previsto y que te dejará sin respuesta”.

Tras estas palabras, desenvaina su inmensa espada de Ptolomeo o Antíoco y lo parte en dos, como a un Sarraceno felón, de la cabeza a los pies. Anécdotas como ésta son preciosas para exasperar a los imbéciles y refrescar la imaginación de los buenos cristianos.

¡Humilde y grande Edad Media, época la más cara a todos aquellos a quienes importunan los clamores de la Desobediencia y que viven retirados en el fondo de sus propias almas!

Los tres últimos siglos han hecho mucho por borrarla y desacreditarla, alterando por medio de todos los opios las gloriosas facultades líricas del viejo Occidente. Hasta existe una corriente nueva de historiadores críticos y documentarios, para quienes esta odiosa tarea es la permanente preocupación.

Pero estoy persuadido de que los Mil años de llantos, de cruentas locuras y de éxtasis continuarán escurriéndose a través de los dedos de los pedantes, mientras el corazón humano no haya dejado de existir, y es curioso observar que los Judíos son, en definitiva, los testigos más fieles y los conservadores más auténticos de esa cándida Edad Media que los detestaba por el amor de Dios y que quiso tantas veces exterminarlos.

Evocaba yo al comienzo el recuerdo de aquellos indecentes y sublimes individuos que me fue dado contemplar en Hamburgo, animales tan bien conservados en sus líquidos excrementales, tan intactos, tan prodigiosamente inmaculados de todo lo que no fuera la miseria de sus ascendientes y de sus allegados, que sentí la angustia de hallarme en presencia del mismo rebaño que hacía vomitar a las personas nacidas en el reino de Felipe Augusto o de Federico Barbarroja, diseminadas bajo la tierra o en los surcos de los cielos, después de tantas generaciones de haber muerto recordando la muerte de Cristo.

Entreví la enorme grandeza de aquellos tiempos lejanos en que la militante Iglesia, que había sojuzgado al universo y cuyos pies de Inmaculada Concepción se posaban sobre la cerviz de los reyes, trituraba, sin embargo, su poderío contra un pueblo de lombrices que le resistía sin morir jamás.

Hasta hubiera podido decirse, al parecer, que aquel obstáculo imposible de vencer le advertía, en plena victoria, acerca de su condición precaria de desposada de un Dios sangrante a quien todo había resistido.

Convertida en semejante al mar, tuvo, estremecida que tomar para sí misma la concisa prohibición del Señor: "Hasta aquí llegarás y no pasarás más adelante, y ahí quebrantarás la hinchazón de tus olas" 36.

Sin embargo, la guerra a los Judíos no fue jamás, en la Iglesia, otra cosa que el esfuerzo mal dirigido de un gran celo caritativo, y el Papado los cobijó generosamente contra el furor de todo un mundo.

Exspectans exspectavi, 37 cantaban los cristianos, esperando la Resurrección de los muertos. ¡Exspectaveram et adhuc exspectabo!, 38 rectificaban con profundidad los gemidos de Israel. Había esperado y quiero esperar aún. ¡Vuestro Mesías no es mi Mesías, y aunque todas vuestras tumbas se abrieran, yo esperaré siempre!

La paciente Iglesia de Jesús consideraba silenciosamente a esos suspensos eternos, fortificados por una esperanza indecible, y cuya penitencia espantosa ningún salvador hubiera podido soportar, mientras las basílicas y los monasterios hacían sonar sus carillones para gloria de un Niño Judío que había muerto en la ignominia para salvar a los vagabundos.

Los sollozos o los cantos de las campanas, que hacían estremecer de amor a todos los imperios cristianos, golpeaban en vano el alma obstinada de esos huérfanos de Leviatán 39.

Acreedores de una Promesa imperecedera, que la Iglesia consideraba cumplida y válidos de un Pacto sempiterno inscripto por el Espíritu Santo hasta trescientas veces, el Hijo de María les parecía apenas el igual de aquel rey leproso, que reinó sobre Jerusalén, que estuvo “lleno de lepra hasta el día de su muerte”, terrible habitante de una casa solitaria, por el crimen de haber usurpado el incensario de los hijos del gran sacerdote 40.

¡Cómo debían despreciar las pompas dolorosas del Cristianismo, esos harapientos indómitos que pensaron siempre que la Gloria del Dios de Ezequiel tenía necesidad de su propia gloria!

¡Ah! Por más que la Iglesia les dijera: "Aquel que vendió a su hermano, un hijo de Israel, y que recibió el precio por ello, debe sufrir la muerte”, 41 toda la posteridad de Jacob podía responderle:

—Si nos crees semejantes a Caín porque andamos errantes y fugitivos sobre la tierra, recuerda que el Señor señaló con el SIGNO a ese asesino, para que quienes lo encontraran no lo matasen, 42 y mira, después de eso, qué vanas son tus amenazas de exterminio.

Nosotros tenemos la palabra de honor de Dios, que nos juró su alianza eterna, y nos negamos a desligarlo de ella. Esa palabra subsiste para siempre, y cuando ella se cumpla, te convertirás en nuestra esclava.

Si el que hemos crucificado es su Hijo, que se salve a sí mismo, ese Salvador de los otros, ya que hemos prometido creer en él cuando haya descendido de su Cruz.

Y la Madre de los fieles, helada de horror, continúa en la imperturbable serenidad de su Liturgia, las Lamentaciones sublimes:

"¡Cómo se ha tornado solitaria la ciudad antes tan populosa! La Dominadora de las naciones ha quedado como viuda; la Soberana de las provincias es ahora tributaria."

"Ella llora inconsolable en la noche, y corren las lágrimas por sus mejillas; entre los que fueron sus amigos no hay quien la consuele; todos los que la amaban la desprecian y se han convertido en enemigos suyos."

"Emigró Judá, por verse oprimido con muchas maneras de esclavitud. Fijó su morada entre los gentiles, mas no halló reposo; todos sus peregrinos lo oprimieron con angustias."

"Lloran los caminos de Sión, porque no hay quien vaya a su Solemnidad; destruidas están todas sus puertas gimiendo sus sacerdotes, tristes sus vírgenes y ella, oprimida de amargura."

"Los extranjeros se han enseñoreado de ella y los que la odiaban se han enriquecido, porque el Señor habló contra ella a causa de la muchedumbre de sus iniquidades, sus pequeñuelos han sido llevados al cautiverio en presencia del que los oprimía."

"Jerusalén, Jerusalén, conviértete al Señor, tu Dios."

"La hija de Sión ha perdido toda su hermosura; sus príncipes han venido a ser como carneros que no hallan pasto, y han desfallecido delante del que los conduce. Jerusalén ha recordado los días de su aflicción y la inconstancia de todos aquellos bienes de que gozó desde los tiempos antiguos, cuando su pueblo se arruinaba por obra de sus perseguidores, sin que nadie acudiese a socorrerlos; la vieron sus enemigos, y se burlaron de sus solemnidades."

"Enorme pecado fue el de Jerusalén; por eso ha perdido su estabilidad. Todos aquellos que la glorificaban la han despreciado, por haber visto su ignominia; y ella misma, sollozando, ha vuelto hacia atrás su mirada."

"Hasta sus pies llegaron sus inmundicias, y ella no pensó en su fin. Está profundamente abatida y no tiene quien la consuele. Considerad, señor, mi aflicción, porque el enemigo se ha envanecido."

"¡Jerusalén, Jerusalén, conviértete al Señor, tu Dios!"

"El enemigo se adueñó de cuanto Jerusalén más apreciaba, y ella vio que su santuario era invadido por los gentiles, que tenían prohibido entrar en tu Iglesia."

"Todo su pueblo está gimiendo y anda en busca de pan; todo cuanto tenía de precioso lo ha dado para conseguir un mendrugo a fin de reanimar sus fuerzas. Considera, Señor, cuánto estoy envilecida."

"¡Oh, vosotros, cuantos pasáis por este camino, atended y considerad si hay dolor como mi dolor! Porque el Señor, según anunció el día de su gran furor, me ha despojado de todo."

"Desde lo alto envió fuego dentro de mis huesos, y me hizo comprender; tendió una red a mis pies y me hizo retroceder. Me ha dejado desolada, consumida todo el día por la tristeza."

"Vio el yugo de mis iniquidades y las arrolló con su mano alrededor de mi cuello. Mi vigor se ha debilitado extremadamente y el Señor me ha abandonado a una fuerza de la que no podré desasirme." 43

"¡Jerusalén, Jerusalén, enmiéndate, por el amor de tu pobre Dios que te implora!"

XVIII

Jesús agonizará hasta el fin del mundo, escribía Pascal, 44 el más deplorable, a mi juicio, de los grandes hombres que se han equivocado mucho.

Pensamiento de una elevada belleza triste, que el huraño jansenista, seguramente, no hubiera explicado y podía ser, ante sus propios ojos, sino una hipérbole de piedad.

No sería muy fácil, sin embargo, expresar hasta qué punto esa combinación de sílabas tiene el poder de obsesionar a un corazón profundo, que la supusiera más humana...

A fuerza de amar, la Edad Media había comprendido que Jesús está siempre crucificado, siempre sangrante, siempre expirante, escarnecido por el populacho y maldicho por Dios mismo, según el texto preciso de la antigua Ley: “Aquel que pende del madero está maldito por Dios” 45. ¿Cómo, pues, hubiera podido no aborrecer a los Judíos?

¡La Pasión era para ella tan contemporánea, tan flagrante, la Sangre de Cristo tan tibia aún, tan bermellón, y en sus oídos bordoneaba tan fuerte el clamor execrable!

¿Ese pueblo demoníaco no aullaba, acaso, dirigiéndose al Cobarde condenado a lavar eternamente sus manos homicidas: “Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos”? Era menester, pues, satisfacerlo, cumpliendo, para vilipendio eterno de un pueblo entero, el penal versículo de ese Nuevo Testamento, profético tanto como el Antiguo, del que se dijo que no pasará una iota ni un punto mientras subsistan la tierra y el cielo.

Los sufrimientos de Jesús fueron el pan y el vino de la Edad Media, su escuela primaria y el pináculo ceñudo de su clerecía. Fueron su morada, su hogar lleno de blandones y de chispas, su lecho para nacer y para morir y, a veces, el paraíso de sus Santos, que no imaginaban nada mejor que llorar con la Madre de las Siete Espadas y con el Buen Ladrón durante eternidades.

Fueron y tenían que ser, en efecto, la gran emoción, el poema siempre nuevo, la rediviva peripecia de un drama siempre angustiante, para una sociedad ingenua cuyas facultades de entusiasmo y de dilección flamearon con una magnificencia que sólo las hogueras del Paráclito podrían volver a encender un día.

Esas tiernas multitudes sentían maravillosamente la Pobreza del Señor, y la compasión por un Dios tan lamentable hacía a veces morir a otros pobres que aceptaban voluntariamente, encima de sus propias miserias, todo lo que podían llevar de la carga de aquél.

Para sufrir mejor con él, se estrechaban contra la Virgen afligida que sostiene sobre sus rodillas —como una nueva cruz— 46 a su gran Hijo muerto y arranca de su Cabeza, con preciosas tenazas, las duras espinas que le hundieron en ella.

“Sois doliente y lacrimal, Virgen María, Señora nuestra”, le decían, “¿con quién compararos o igualaros? Vuestra contricción es como el mar. Hacedme llorar con vos, hacedme llevar la muerte de Cristo, haced que sea el convidado de su Pasión y el espejo de sus llagas.” 47

Sólo ella podía narrarles la pena infinita del Dios Sin haber que había traído humildemente al mundo entre animales y que nunca había descansado de tener pesares y de festejar la tribulación.

XIX

Y la inmensa mirada desolada con que la Estrella de la mañana anegaba a los que se condolían con Ella era para estos una respuesta de la más desgarradora suavidad.

—Los pérfidos Judíos —creían escuchar— han acusado a mi divino Hijo de ser un hombre glotón y bebedor, 48 lo cual es bien cierto, os aseguro, porque aun estando en su Cruz gimió para que le dieran de beber ¡Tenéis razón en decir que en ese momento él veta MIS LÁGRIMAS!

Esas lágrimas estrechamente emparentadas con su Humanidad santa y armadas entonces contra él con la omnipotencia de impetración en favor de un universo herido de locura, se elevaron como una multitud de olas en torno de su Cruz solitaria...

Antes que todo se consumara, cuando todas las antiguas profecías habían terminado de engendrar sus horribles cumplimientos, —cuando, al cabo de cuatro mil años de humillación, la Mujer está, por fin, de pie ante el Árbol de vida, con su planta sobre la cabeza de la Serpiente y la frente en las doce estrellas—, toda la descendencia miserable del primer Desobediente, magnificada por mi Compasión, se manifestó en el esplendor de mis lágrimas.

El Cáliz de amargura infinita que Jesús pidió a su Padre que apartara de él, bajo los olivos, y que llenó de espanto a su Alma sagrada hasta el Sudor de sangre y hasta la Agonía, era preciso que lo bebiera ahora de manos de Aquella que él había elegido desde el comienzo para ser el ministro sin tacha de la parte más cruel de su Suplicio.

¡Pues se había quejado de sed, era preciso que lo apurase hasta la última gota, y que no le fuera permitido expirar hasta que todas las lágrimas de las generaciones hubieran salido de ese verdadero Cáliz de su Agonía que era Mi Corazón!

El Ángel que lo había asistido la víspera había huido al cielo, su Padre acababa de abandonarlo, la rigurosa sentencia: "¡Ay del que está solo!” se cumplía en Él de manera infinita y sin ejemplo.

Su misma Madre se había convertido para él en una extranjera, desde que se había despojado de Ella en favor de su discípulo, antes de pedir de beber.

Estaba ahora solo para siempre y frente a frente con Judit, como un Holofernes clavado en el lecho de su perdición. 49

El sol ya se oscurecía para escapar al horror de esa confrontación silenciosa y los muertos comenzaban a menearse en sus sepulcros...

—Bebed, Hijo mío —decían las voces desoladas de mi abismo—; bebed estas lágrimas de tristeza y de cólera. La hiel no tenía suficiente amargura y el vinagre no tenía suficiente acidez para apagar una sed semejante a la vuestra.

Bebed estas lágrimas de huérfanos, de viudas y de exilados; Bebed estas lágrimas de adúlteros, de parricidas y de desesperados; Bebed también esto, que es el océano de las lágrimas de la Avaricia, de la Concupiscencia carnal y del Orgullo; Bebed, en fin, estas lágrimas de plata, que serán en adelante el único patrimonio de Israel y que algún día la sacrílega irrisión de los falsos cristianos esparcirá sobre el catafalco agusanado de la vanidad de los muertos.

Todo esto es lo que el Pueblo de Dios ha guardado para alivio de vuestra segunda Agonía, y os lo ofrece por mi intermedio, porque es a mí a quien designasteis cruelmente para abrevaros antes de vuestro último aliento.

Vos habéis dicho que “los que lloran son bienaventurados", y porque yo lloro las lágrimas de todas las generaciones, “todas las generaciones me llamarán Bienaventurada”.

Yo no había hablado más que seis veces en el Evangelio. Tal fue mi Séptima Palabra, que no oyeron ni el Evangelista, a mi derecha, ni Magdalena, a mi izquierda, la cual respondió el clamor poderoso del Consummatum.

Jesús bajó su Cabeza aterradora para que la muerte pudiera aproximarse... Y el Velo del Templo fue desgarrado de arriba abajo, como la túnica de Calfás o el vientre del Entregador, para expresar que los Judíos crueles no tendrían ya sino tabernáculos desiertos.

XX

Las desolaciones y los terrores del Evangelio eran hasta tal punto ambientes para aquellas buenas gentes de antaño, que su aversión a los Judíos tomaba prestado a la naturaleza misma de su sensibilidad algo de profético.

Los Judíos no solamente habían crucificado a Jesús, ¿qué digo?, no solamente lo crucificaban actualmente de ellos sino que, además, rehusaban hacerlo descender de su Cruz creyendo en él.

Porque todas las palabras del Texto son vivientes. Para esas almas profundas y amorosas no podía ser cuestión de retórica o de vana literatura, cuando se trataba de la Palabra de Dios.

Los pergeñadores de libros, que todo han dilapidado, dormían todavía en los limbos de las maternidades futuras, y el horror hubiera sido grande si alguien hubiera osado suponer que el Espíritu Santo podía haber contado una anécdota o relatado un incidente accesorio, amputable sin inconveniente.

No encontraban, en el Libro, una sílaba que no se refiriese al mismo tiempo al pasado y al porvenir, al Creador y a las criaturas, al abismo de arriba y al abismo de abajo, envolviendo a todos los mundos a la vez en un único resplandor, como el remolineante espíritu del Eclesiastés, que “pasa considerando los universos in circuitu, y que retorna siempre en sus propios círculos”.

Este fue, por otra parte, en toda época, el infalible pensamiento de la Iglesia, que amputa de sí, a la manera de un miembro podrido, a quienquiera toca esta Arca santa repleta de truenos; la Revelación por las Escrituras, eternamente actual en el sentido histórico y universal, absolutamente, en el sentido de los símbolos.

En otros términos, la Palabra divina es infinita, absoluta, irrevocable en todo sentido, iterativa, sobre todo, prodigiosamente, pues Dios no puede hablar sino de Sí mismo.

Aquellas almas simples se hallaban, pues, “razonablemente” persuadidas de que la Burla judía, consignada por los dos primeros Evangelistas, no es nada menos que un vencimiento profético de la historia de Dios contada por Dios, y su instinto les advertía que el “Reino terrenal" del Crucificado y el fin glorioso de su permanente Suplicio dependían, de alguna manera inexpresable, de la buena voluntad de esos infieles.

XXI

Pero he aquí la voluntad de éstos, precisamente, era infernal. Aquellos malditos se sabían poderosos y su abominable alegría consistía en retardar indefinidamente ese Reino glorioso aguardado por los cautivos, eternizando a la Víctima.

La Salvación de todos los pueblos se veía así, por la malicia de aquéllos, diabólicamente suspendida —en sentido figurado y en sentido propio— y aquel de los Apóstoles que había sido fariseo y que comprendía sin duda estas cosas mejor que nadie, se había visto forzado a confesar que nadie estaba salvado sino “en esperanza” solo en esperanza, y que hacía falta aún esperar la Redención, exhalando, con el doliente Espíritu del Señor, gemidos inenarrables. 50

La negativa de esos canallas inmovilizaba espantosamente, por minutos y segundos, los más rápidos episodios y todas las peripecias de la Pasión.

El fétido Judas besaba siempre a su Maestro en el Jardín y el deplorable hijo de la Paloma, Simón Pedro, no cesaba jamás de negarlo, mientras “se calentaba” en el Vestíbulo.

Salivazos, Bofetadas y Magulladuras llovían sin interrupción ni merced, al mismo tiempo que la batahola de las Injurias y el estrépito sobrenatural de los Cinco mil Golpes de correas con plomos, mencionados por la tradición, resonaban más horriblemente que nunca, acrecidos y multiplicados por todos los ecos del Dolor de la tierra, como el carillón de los huracanes.

Bajo el alto pórtico de una colosal morada donde parecían salir las tinieblas, el moroso Pilatos se lavaba las manos desde hacía mil años, pensando sin duda lavárselas mil años más, para ver si obtendría de algún océano lo que en vano había esperado de todos los ríos.

Y ante ese juez oblicuo, la imperdonable Corona, la auténtica “Zarza ardiendo”, que era el tocado del Hijo de la Virgen, hundía siempre sus puntas atroces en la Cabeza divina del Ajusticiado, que el trabajo de los flageladores había puesto incandescente como una brasa.

La enorme grita de los asesinos de Dios rugía más fuerte que el bramido obstinado de una catarata, agravada por la voz planidera de los corderos destinados a la inmolación pascual, que se escuchaba a cada instante del lado de la Piscina probática...

Y esa Cruz de demencia, el enclavamiento y el desclavamiento de Cristo, languideces inexplicables y las Siete Palabras que pronunció, la Estación de la Madre y esa Muerte de entre las muertes, que espantó al sol durante tres horas; todos los detalles, en fin, de esa orgía escandalosa de torturas, cuyo solo presentimiento consume a los extáticos, estaban despiadadamente determinados y discernibles, fijos para siempre en el tiempo y en el espacio, anquilosados por un infrangible querer.

Descendat NUNC de cruce... Que descienda ahora de su cruz y creeremos en él Destructor del templo de Dios, sálvate a ti mismo”. No había cómo salir de este ultimátum. Nada terminaba porque nada podía terminar, y porque las cosas que terminaban renacían de inmediato por todas partes.

Todos sangraban con Jesús, todos eran acribillados con sus llagas, todos agonizaban con su sed, todos eran abofeteados por brazos que se turnaban, al mismo tiempo que su Majestad sagrada, por toda la canalla de Jerusalén, y hasta los niños que no habían nacido aún se estremecían de horror en el vientre de sus madres cuando se oía el Martillo del Viernes Santo.

Los labradores sollozantes encendían entonces míseras antorchas en los surcos de la tierra, para que este nodriza de los desdichados no fuera esterilizada por la inundación de las tinieblas que se expandían desde lo alto del Calvario, a la manera de un largo penacho negro en el momento del Último Suspiro.

Era, en ese día, el gran Interdicto de la compasión y del temblor. Las aves migratorias y las fieras moradoras de los bosques se asombraban de ver tan tristes a los hombres, y los animales sin cólera sudaban de angustia en el fondo de los establos al oír llorar a sus pastores.

Los cristianos, a imagen de un Dios Altísimo descendido tan bajo, se reprochaban amargamente haberlo hecho a su semejanza y temían mirar el techado de los cielos...

Desde los Maitines del Jueves absoluto hasta el inmenso aleluya de la Resurrección, el mundo estaba lívido y silencioso, ligadas las arterias, paralizadas las fuerzas, “cabeza lánguida y corazón doliente”. Arbitrario absoluto de la Penitencia. Una sola puerta lúgubre rodeada de pálidos monstruos acusadores, estaba entreabierta para ir hacia Dios. Los resplandecientes vitraux se amortecían. Las buenas campanas no tañían más. Apenas se tenía la audacia de nacer y casi no se osaba morir.

En vano trataban de consolar a la Virgen de las Espadas, cuyos ojos abrasados por las lágrimas se asemejaban a dos soles muertos. Esa Faz maternal, que parecía desterrar todo consuelo, se había convertido en un volcán de horror, y echaba por tierra las multitudes...

“¡Que descienda!”, seguían aullando los chacales de la Sinagoga. ¿Y para qué, oh Israel? ¿Acaso para devorar a ese nuevo José engendrado en tu vejez, a quien hiciste una tan hermosa “túnica de diversos colores” 51, y que está allí en los brazos en cruz de esa Raquel inmóvil a la que no se puede consolar?

XXII

“Oremos también por los pérfidos Judíos, para que Dios Nuestro Señor quite el velo de sus corazones y reconozcan también ellos a Nuestro Señor Jesucristo. Oh Dios Sempiterno y Omnipotente, que no excluyes de tu misericordia ni siquiera a la perfidia judaica, oye las plegarias que te hacemos por la obcecación de ese pueblo, para que, reconociendo la luz de tu verdad, que es el Cristo, sea arrancado de sus tinieblas". 52

Tales eran y tales serán hasta el FIN las plegarias de la Iglesia por la asombrosa descendencia de Abraham. Plegarias absolutamente solemnes que no se recitan públicamente más que el solo día del Viernes Santo.

En ese momento, sin duda, los corazones de antaño cesaban de latir y el silencio de las cóleras era prodigioso, en la esperanza universal de oír llegar de los lugares subterráneos el preliminar suspiro de la conversión del Pueblo obstinado.

Se comprendía confusamente que esos hombres de mugre y de ignominia eran, a pesar de todo, los carceleros de la Redención, que Jesús era su cautivo, que la Iglesia era su cautiva, que el consentimiento de ellos era necesario para la difusión de las alegrías, y que ése era el fin para el cual un milagro persistente guardaba su primogenitura.

En cumplimiento de la más impenetrable de las leyes, estaban poderosamente anclados en su voluntad perversa de adormecer la Fuerza de Dios y aplazar implacablemente su Gloria, para que en efecto una y otra parecieran ociosas en presencia de las desesperaciones de la humanidad —hasta la hora admirablemente oculta en que la Propiciación dolorosa del Verbo hecho Carne sería consumada en todos sus miembros.

Y esta hora furtiva, Jesús mismo había declarado no conocerla, afirmando que “nadie, excepto el Padre, la conocía..." 53

Pero cuando el misterio se hacía intolerable por completo era ante la idea de que ese momento único, deseado famélicamente, desde todas las edades, por la universalidad de las criaturas, dependía aún ahora y siempre de esos mismos Judíos, acreedores inexorables del Espíritu Santo, que interponían oposición de derechos sobre la Sangre de Cristo.

Los siglos habían fluido como el agua y las generaciones vivientes se habían apilado sobre las generaciones muertas. En vano se exhibían títulos o cédulas rubricados con esa preciosa Sangre y refrendados con la sangre de todos los Mártires; jamás se encontraba otra cosa que el rostro odioso de esos usureros del Consolador y la magnificencia de Dios permanecía cerrada.

En este sentido es que los Judíos, tan duramente oprimidos por los adoradores de la Cruz, hacían correr, en desquite, tantas lágrimas cristianas detrás de ellos y tan terribles lágrimas, que hubiera podido en verdad creerse que el Mar Rojo se había lanzado en su persecución, y por eso es que la Iglesia tenía el valor de rogar por ellos con un corazón destrozado.

XXIII

Los Judíos no se convertirán hasta que Jesús haya descendido de su Cruz, y precisamente Jesús no puede descender de ella hasta que los Judíos se hayan convertido.

Tal es el imposible dilema en que se retorcía la Edad Media como entre los brazos en un torno. De ahí que no cesaran de maldecir y exterminar a esos antagonistas abominables sino para arrastrarse a sus pies, suplicándoles, con sollozos, que tuvieran piedad del Dios sufriente.

No hay poema que pueda compararse con esa genuflexión insensata de todas las naciones ante un rebaño de brutos fangosos, para implorar en Nombre de la Sabiduría eterna en agonía:

¿Quid feci tibi, aut in quo contristavi te? ¡Pueblo mío! ¿Qué te hice o en qué te contristé? Respóndeme."

“Porque te saqué de la tierra de Egipto, preparaste una cruz a tu Salvador..."

“Porque te guié cuarenta años por el desierto y te alimenté con maná y te llevé a una tierra muy buena, preparaste una cruz a tu Salvador..."

“¿Qué más debí hacer por ti que no haya hecho? Yo te planté como mi viña magnífica, que se volvió para mí muy amarga, pues abrevaste mi sed con vinagre y traspasaste con una lanza el costado de tu Salvador..."

“Por ti flagelé a Egipto con sus primogénitos, y tú me entregaste para ser azotado..."

“Yo marché delante de ti en la columna de nubes y tú me condujiste al pretorio de Pilatos..."

“Yo te sacié de maná en el desierto, y tú me diste bofetadas y golpes de vara..."

“Por ti golpeé a los reyes de los Cananeos, y tú golpeaste mi cabeza con una caña..."

Yo te di el cetro real, y tú diste a mi cabeza una corona de espinas..."

“¿Qué te hice, pues?... oh pueblo mío... Yo te exalté con gran poder y tú me suspendiste en el patíbulo de la Cruz..." 54

Imploración vana y rechazo insultante siempre idéntico. “¿El puso su confianza en Dios. Pues entonces que Dios lo salve ahora, si lo ama, ya que ese salvador de los otros pretendió ser su Hijo!” La amenaza del derrumbe de los cielos no hubiera podido arrancarles otra respuesta.

XXIV

La raza anatema, pues, fue siempre, para los cristianos, a la vez un objeto de honor y la ocasión de un temor misterioso.

Sin duda, el cristiano era parte del rebaño sumiso de la dulce y poderosa Iglesia, infalible e indefectible, en cuyo seno tenían la seguridad de no perecer; pero sabían también que el Señor no lo había dicho todo, que su revelación parabólica o similitudinaria era penetrable sólo hasta una escasa profundidad...

Sentían allí algo que no estaba explicado, que la misma Iglesia no conocía del todo y que podía ser infinitamente temible...

De no ser así, ¿por qué esos furores, esas súplicas? Si alguien tenía la fuerza y la audacia de aventurarse hasta el borde del abismo, de inclinarse sobre el pavoroso embudo de los arcanos no develados, era para morir por el vértigo de sólo imaginar que Israel, tan “fuerte contra Dios” y que menospreciaba tanto las lecciones de Cristo, era, sin embargo, el único, tal vez, que había tenido verdaderamente el derecho y la desconcertante prerrogativa de exhalar —a partir del quinto milenio de la Catástrofe primordial— la quinta reivindicación del Padre Nuestro:

“¿Perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores?"

¿Qué deudas? ¿Qué deudores? Puesto que los hijos de Jacob tienen por acreedor al Pobre —el Pobre que es Hijo de Dios—, ¿por qué no admitir que sean a su vez, en un sentido más misterioso, los acreedores de ese pródigo Espíritu Santo, cuyas Escrituras Jesús, con su muerte, habría dejado protestar?

Y esa misma muerte, obra de ellos, ¿no sería entonces, y por consecuencia, la bellaquería profunda y perfecta, la perversidad en abismo que la precisión litúrgica ha designado con el nombre muy particular de “perfidia judía”?

¿No se trataba, en efecto —para no salir de las comparaciones abyectas que convienen tan perfectamente al Dios de la abyecta humanidad—, de hacer anticipos al Consolador para obligarlo a pagar, con una extremada usura, aunque fuera a veinte siglos de plazo, a expensas del doliente Cristo que continuaría sangrando y muriendo sobre el leño de oprobio, hasta que los exactores crueles consideraran haber percibido todos los intereses?

Porque la Salvación no es una broma de sacristanes polacos, y cuando se dice que costó la sangre de un Dios encarnado en la carne judía, eso quiere decir que ella ha costado todo desde los tiempos y desde las eternidades.

Recuérdese ese Padre que espera siempre, también Él, y que espera mucho más que nadie, puesto que es el único que conoce el Fin.

La historia del Hijo pródigo es una parábola tan luminosa de su eterna Ansiedad beatífica en el fondo de los cielos, que se ha vuelto trivial y ya nadie la comprende.

Id a decir, si no, a los católicos modernos que el Padre del que se habla en el relato de San Lucas, que reparte la SUSTANCIA 55entre sus dos hijos, es el propio Jehová, si es lícito nombrarlo por su Nombre terrible; que el hijo primogénito, que se mantuvo cuerdo y que “está siempre con él”, simboliza, sin lugar a dudas, a su Verbo Jesús, paciente y fiel; y, en fin, que el hijo menor, aquél que viajó “a una región lejana donde devoró su sustancia con prostitutas”, hasta el punto de verse reducido a guardar cerdos y a “desear henchir su vientre de las bellotas que comían esos animales", significa, muy seguramente, el Amor Creador, cuyo soplo es vagabundo y cuya función divina parece ser, en verdad, al cabo de seis mil años, alimentar a los cerdos cristianos, después de haber apacentado los puercos de la Sinagoga.

Agregad, si os divierte, que el Becerro gordo “que se mata, se come y con el cual uno se regala” para festejar el arrepentimiento del libertino, es aún ese mismo Cristo Jesús, cuya inmolación entre los “mercenarios” es inseparable siempre de la idea de emancipación y de perdón.

¡Intentad por un momento hacer penetrar esos símiles grandiosos, familiares cuanto más a algunos leprosos, en la pulpa untuosa y cataplasmática de nuestros devotos acostumbrados desde la infancia a no ver en el Evangelio otra cosa que un edificante tratado de moral, y escucharéis clamores muy bonitos!

XXV

No tengo, ciertamente, motivo para suponer que los cristianos de la Edad Media poseyeran, en general, tan transcendentes percepciones acerca de Dios y de su Palabra. Pero, como no habían visto el siglo XVII ni la Compañía de Jesús, eran simples y cuando no creían con un alma amorosa, creían aun así con un corazón trémulo, como está escrito de los demonios, 56 y eso bastaba para que por lo menos adivinaran algo, para que sus temores y sus esperanzas llegaran más allá de los horizontes de dehesa entrevistos por las soñolientas reses de la piedad contemporánea.

“No es en broma que te amé”, oyó un día la visionaria sublime de Foligno. Esta palabra ingenua cuenta la historia de muchas centenas de millones de almas.

La religión no era risible entonces y la Vida divina percibida por doquier era, para esas gentes simples, la cosa más seria, más perentoria.

En el Evangelio se habla de cierto Simón de Cirene a quien los Judíos obligaron a llevar la Cruz con Jesús que sucumbía bajo su peso. La tradición nos dice que era un hombre pobre y compasivo, que inmediatamente quiso hacerse cristiano para tener el derecho de llorar sobre sí mismo recordando a la Víctima cuya ignominia había tenido la gloria de compartir.

¿No os parece, como a mí, que tal asistente del Redentor mortificado es una evidente prefiguración de esa Edad Media llena de patíbulos y de basílicas, 57 de tinieblas y de espadas sangrantes, llena de sollozos y de plegarias, que durante el lapso de mil años cargó sobre sus hombros todo lo que pudo de la inmensa Cruz, caminando así por los negros valles y sobre las colinas dolorosas, criando a sus hijos para la misma angustia y sin tenderse sobre la tierra hasta que éstos habían crecido lo suficiente para relevar fácilmente con su compasión la propia?

¡Prodigiosa, infatigable resignación!

Sin pan a veces, nunca con reposo,
Su mujer, sus hijos, los soldados, los impuestos,
Los acreedores y las prestaciones
Le pintan el retrato cabal de un desdichado.
Llama a la muerte. Ella viene sin tardar,
Le pregunta qué se ofrece:
—Es para que me ayudes
A cargar nuevamente este Leño... 47
58

La Fontaine se equivocó. No era un haz de leña lo que los leñadores pedían a la Muerte que les ayudara a cargar otra vez sobre sus hombros. Era el LEÑO de la Salvación del mundo, la “Espe única” del género humano, que los Judíos los obligaban despiadadamente a llevar.

Ellos no decían nunca que no, por mucho que estuvieran exterminados de fatigas, envueltos en una perpetua bruma de miserias, y si a veces se rebelaban contra los pérfidos, era, como he dicho, porque estos se negaban a poner fin a las Languideces de Cristo; ¡sentimiento de una ternura inefable que nadie comprenderá jamás!

XXVI

Cierto es que los Circuncisos mismos están condenados a llevar la Cruz desde hace diecinueve siglos, pero de muy distinta manera.

Dije antes que los Judíos de la Edad Media, perseguidos a la vez por todas las jaurías de la indignación o de la generosidad cristianas, tenían aún el recurso de oponerles, echando espumarajos, el Signo terrífico desenterrado de entre los huesos del primer Caín, en virtud del cual nadie podía exterminarlos con la espada de la Cólera o con la espada de la Dulzura sin ser castigados siete veces, 59 es decir, sin exponerse a la represalia infinita del Septenario omnipotente a quien los cristianos llaman Espíritu Santo.

Ahora bien, el signo con el cual fue marcado el Patriarca de los asesinos y que Moisés no tuvo autorización para revelar, muy bien pudo haber sido el Signo de la Cruz, si tenemos como regla cierta la inspiración perpetuamente reiterativa de los Textos sagrados.

Esta historia maravillosa de Caín, de la cual los moralizantes excogitadores de exégesis sólo han sacado la conclusión de que está mal degollar al propio hermano, da, en unos pocos versículos de una concisión estremecedora, el itinerario completo de la Voluntad divina explícitamente declarada en los setenta y dos libros sobrenaturales cuyo conjunto constituye la Revelación.

No existe en la Escritura una condensación más prodigiosa. Hasta el punto de que los nombres de Abel y Caín, confrontados, forman una especie de monograma simbólico del Redentor: Agnus / Bafulans / Ego / Lignum / Crucis / Amanter / Infamian / Nobilitavi 60, etc., etc. Podría multiplicarse hasta el infinito este juego de iniciales, que hacía las delicias de los maestrescuelas de otros tiempos.

Pero se trata aquí de un punto central, del eje de las parábolas futuras, del cubo de las Ruedas de Ezequiel, y si se quiere hablar en serio de esos dos primeros hijos de Adán, que están en el alba de los antagonismos humanos, todas las Ideas esenciales se precipitarán lanzando alaridos...

Baste observar que el Señor, no pudiendo hablar sino de Sí mismo, está necesariamente representado al mismo tiempo por el uno y el otro, por el victimario y por la víctima, por ésta, que no tiene guarda, y por aquél que no es “guarda” de nadie.

El inocente Abel, "pastor de ovejas”, muerto por su hermano, es una evidente alegoría de Jesucristo; y el fratricida Caín, maldecido por Dios, errante y fugitivo sobre la tierra, es otra no menos cierta, puesto que, habiéndolo asumido todo, el Salvador del mundo, es, a la vez, la Inocencia misma y el Pecado mismo, según la expresión de San Pablo. 61

La aventura del Pródigo, rememorada hace un instante, no es, en el fondo, sino una de las innumerables versiones de esta primera aventura de la humanidad.

Es verdad que el compañero de los puercos no mató a su hermano, pero éste es, sin embargo, inmolado bajo la apariencia del Becerro gordo, y el bienvenido porque rizo recibe —también él— de la mano del Padre y Señor algunos signos misteriosos de una muy extraña solicitud...

En la inmensa selva penumbral de las Asimilaciones escriturarias, se repite siempre la misma historia y la trama infinitamente complicada del mismo secreto.

Bajo el impulso de tan insólitos pensamientos, decir que los Judíos están marcados con la Cruz tanto como los cristianos y tanto como pudo estarlo el Fratricida, es arriesgar, cuanto más, una Perogrullada —escandalosa, convengo en ello, como todas las Perogrulladas.

¿No vemos, en efecto, que al cumplir lo que podía ser imaginado como más idéntico a la carnicería del viejo Caín, ellos determinaron el Cristianismo, tan imposible sin ellos como el “Clamor de la sangre de Abel” sin el primer asesinato? Así como los cristianos llevan la Cruz en resalto sobre sus pechos o en los frentes de sus tabernáculos, ellos la llevan en hueco en sus almas devastadas y en las cavernas peligrosas de sus Sinagogas.

Digan lo que digan y hagan lo que hagan, no pueden dejar de ser el entalle del Sello de la Redención.

He aquí por qué su repugnante aspecto es más demostrativo que el de los mejores cristianos, que pueden tan fácilmente alterar —por propia voluntad— el relieve de la Efigie salvadora.

Esta impronta de labios abiertos, ensanchada como el precipicio del Caos, por la dilatación ecuménica del Catolicismo, ellos intentaron colmarla rellenándola con dinero, y no han logrado sino dar a este cáncer terrible la apariencia de un astro lívido, haciéndose ellos mismos enteramente semejantes a espejos de concupiscencia y de muerte.

XXVII

¿Osaré yo ahora, aunque sea con timideces de paloma o prudencias de Serpiente, corriendo el riesgo de pasar por un miserable fomentador de sofismas heterodoxos, hablar del conflicto adorablemente enigmático entre Jesús y el Espíritu Santo?

Hablé ya de Caín y Abel, del Hijo Pródigo y de su hermano, como hubiera hablado del mal Ladrón y del buen Salteador, que tan extrañamente los evocan.

Hubiera podido recordar asimismo la historia de Isaac e Ismael, de Jacob y Esaú, de Moisés y el Faraón, de Saúl y David, y cincuenta otras menos populares, donde la Competencia mística de los Primogénitos y el Segundogénito, decisiva y sacramentalmente promulgada en el Gólgota, fue notificada a todo lo largo de las edades en el modo profético.

Los hermanos anatematizados o perseguidores representan siempre al Pueblo de Dios contra el Verbo de Dios. Es una regla invariable y sin excepción que la Eternidad no cambiaría.

Ahora bien, el Pueblo de Dios es el lamentable pueblo de los Judíos particularmente librados al Soplo del Sabaoth que tantas veces los hizo resonar como las arpas de los bosques seculares.

Israel está, pues, investido, por privilegio, de la representación y de no se sabe qué muy oculta protección de ese Paráclito errante, del cual fue el habitáculo y encubridor.

Para quien no se halla desprovisto de la facultad de contemplación, separarlos parece imposible, y cuanto más profundo es el éxtasis, más unidos aparecen. Esto termina por asemejarse, en la perspectiva de los abismos, a una especie de identidad.

Pero he aquí algo singular. La Cruz representa también al Espíritu Santo. ¡Es el Espíritu Santo mismo!

"¡La Tierra sabrá un día, para agonizar de espanto que ese Signo era mi Amor, vale decir, el ESPÍRITU SANTO oculto bajo un disfraz inimaginable...!"62

La Cruz es un Signo esencialmente Septenario. En consecuencia, los Judíos, tan prodigiosamente armónicos para el Espíritu Santo, cuya voz judía se escucha perpetuamente en el contrabajo de nuestras liturgias porque ese Espíritu sopló sobre ellos como el huracán: los Judíos dan precisamente la Cruz al Verbo de Dios, para que el Amor abrumador esté sobre Él en su forma simbólica más perfecta y más dura.

En esta Cruz, por la cual los Siete Días se afligen clavan fuertemente al mismo Verbo de Dios que es el pobre Jesús, como los bárbaros campesinos clavan el ave de la Sabiduría en la puerta de su casa.

Lo clavan en forma potente para que no pueda descender sin su permiso.

Siete golpes de martillo para la Mano derecha, Siete para la Mano izquierda y Siete más para la espantosa punta astillada que traspasa los dos Pies del Buen Pastor, para que se complete el número significativo de veintiuno, que fue el de los años del irrisorio Sedecías, el del Nombre magnífico 63, a aquel que “no se ruborizó ante el rostro de Jeremías” cuando subió al trono mancillado de Jerusalén, cuyo triste pueblo iba a ser hecho cautivo.

Pero eso no es todo. La Cruz es innoble, y hace al Verbo de Dios innoble como ella.

La Cruz es loca y el Verbo de Dios, por voluntad del pueblo hostil, se convierte en el Esposo de su demencia.

La Cruz es débil, capaz sólo de torturar, y la todopoderosa PALABRA encarnada del “Dios de los Dioses”, acostada en sus brazos, se torna débil como ella, incapaz de movimientos y verdugo de los que le son más caros, que deberán “configurarse” a su suplicio...

¿Ah, si pudieran ser separados algún día! Pero sólo los Judíos tienen el poder de abrogar la ley de tormento que dictaron, sin saber lo que hacían, por una asombrosa impulsión de Abajo.

La gloria de esa Palabra que ellos desconocieron y el advenimiento del Amor, tan anunciado por sus profetas, no pueden llegar juntos sino el día en que Jesús haya cesado de estar en la Cruz, y eso depende exclusivamente de la Voluntad desconocida que suscitó la malicia de aquellos.

Pero era un millón de veces necesario clavarlos previamente el uno al otro con crueldad, para que así fueran milagrosamente certificados, en el futuro, los imposibles esponsales de los dos Testamentos.

Algunos relámpagos más rápidos que la luz: he ahí todo lo que podemos esperar. La Revelación es un firmamento muy pálido, oscurecido por montañas de nubes tenebrosas de donde a veces sale, para volver a hundirse de inmediato, la extremidad del brazo del rayo.

En cuanto al Sol, no ha podido todavía reponerse de su emoción del Viernes Santo, y nosotros sabemos que las “iotas o los puntos” no perdonan, que son tan implacables y se dejan penetrar tan poco como los apólogos o las oraciones más grandilocuentes de esa Escritura sellada Tres y Cuatro veces, de la cual tantos cristianos han imaginado tan confortables interpretaciones.

XXVIII

Sé muy bien hasta donde debe parecer absurdo, monstruoso y blasfematorio suponer un antagonismo en el seno mismo de la Trinidad; pero no es posible presentir de otro modo el inexpresable destino de los Judíos, y cuando se habla amorosamente de Dios, todas las palabras humanas parecen leones que se han vuelto ciegos y que buscaran una fuente en el desierto.

¡Se trata, a no dudar, de una rivalidad que puede ser concebida por los hombres!

Todas las violaciones imaginables de lo que se ha convenido en llamar la Razón pueden aceptarse de un Dios que sufre, y cuando se sueña en lo que es necesario creer para ser apenas un mísero perro cristiano, no es un gran esfuerzo conjeturar por añadidura “una especie de impotencia divina, provisionalmente concertada entre la Justicia y la Misericordia con miras a una inefable recuperación de Sustancia dilapidada por el Amor”.64

Puesto que desde el comienzo de la vida se nos enseña que fuimos creados a imagen y semejanza de Dios, ¿es tan difícil presumir buenamente como otrora, que en la Esencia impenetrable debe haber algo correspondiente a nosotros, sin pecado, y que la sinóptica desoladora de los desórdenes humanos no es sino un reflejo tenebroso de las inexpresables conflagraciones de la Luz?

Si existe en el mundo un hecho notorio, verificado por la experiencia más rectilínea, es la imposibilidad de consociar y atalajar eficazmente el Amor con la Sabiduría. Los dos incompatibles caballos de tu coche fúnebre se devoran mutuamente desde siempre, ¡oh idéntica Humanidad!... El que pueda entender que entienda, pero seguramente es ahí donde se esconde el Secreto de Dios.

Y he ahí que en este momento viene a mí, desde el fondo de los hipogeos de la memoria, un apólogo sublime de Ernesto Hello sobre la Justicia y la Gloria, reduplicativas denominaciones de esos antagonismos eternos.

Esta parábola asombrosa que acaso jamás fue escrita y que verosímilmente su autor no hubiera osado publicar, la comunico de buen grado, casi tal cual me la contó él mismo algunos años antes de morir.

El Juez llega a su hora, que nadie conoce. Al acercarse él, los muertos resucitan, las montañas tiemblan, los océanos se desecan, los ríos se disipan, los metales entran en fusión, las plantas y los animales desaparecen; las estrellas, que han acudido desde el fondo de los cielos, trepan unas sobre otras para asistir a la Separación de los buenos y los malos. El terror humano va más allá de lo que puede ser pensado.

—Tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; era peregrino y no me recogisteis; estaba desnudo y no me vestisteis; estaba enfermo y cautivo y no me visitasteis... 65

Es todo el Juicio, espantosamente infalible, espantosamente sin apelación.

Por fin, un hombre se presenta, un ser horrible, negro de blasfemias y de iniquidades. Es el único que no ha tenido miedo.

Es éste, y no otro, el que fue maldecido con las maldiciones del cielo, maldecido con las maldiciones de la tierra, maldecido con las maldiciones del abismo de abajo. Es aquel por quien la maldición descendió hasta el centro del globo, para encender allí la cólera que debía dormir hasta el Día de la suprema Audiencia.

Es el que fue maldecido por los gritos del Pobre más terribles que el rugido de los volcanes, y los cuervos de los torrentes han afirmado a los guijarros rodados en el lecho de los ríos, que había sido verdaderamente maldecido por todos los soplos que pasaban sobre los campos en flor.

Fue maldecido por la blanca espuma de las olas exaltadas en la tempestad, por la serenidad del cielo azul, por la Dulzura y el Esplendor, y maldecido, en fin, por el humo que sale de las chozas a la hora de la comida de la gente muy humilde.

Y como si todo eso fuera nada aún, fue maldecido, en su infame corazón por AQUEL, que tiene necesidad, eternamente necesidad, y a quien jamás socorrió.

Acaso se llama Judas, pero los Serafines, que son los más grandes de los Ángeles, no podrían pronunciar su nombre.

Tiene el aire de marchar en medio de una columna de bronce.

Nada lo salvaría. Ni las súplicas de María, ni los brazos en cruz de todos los Mártires, ni las alas desplegadas de los Querubines o de los Tronos... ¡Está pues, condenado, y con qué condenación!

¡Apelo!— exclama.

¡Apela!... Ante esta palabra inaudita, los astros se extinguen, los montes descienden bajo los mares, la Faz misma del Juez se oscurece. Sólo la Cruz de Fuego ilumina los universos.

¿Ante quién apelas tú de mi Justicia?— pregunta a ese réprobo Nuestro Señor Jesucristo. Es entonces cuando, en el silencio infinito, el Maldito profiere esta respuesta:

—¡Apelo DE TU JUSTICIA ANTE TU GLORIA!

XXIX

Entre todos los prejuicios u opiniones congénitas a los cuales se adapta la muchedumbre, no existe nada tan fuertemente remachado en el alma cristiana como el lugar común architrivial que consiste en explicar la famosa codicia judía y el instinto de mercantilismo universal del pueblo errante por un riguroso decreto que lo castigaría así por haber traficado con su Dios.

Incontestablemente, a partir de la venta de Cristo donde ese instinto se desencadenó, los judíos quedaron fijados en su infidelidad, exactamente en el punto matemático en que se consumaba innoblemente su vocación de depositarios de las profecías; del mismo modo que todos los hombres, según la Teología, están irremisiblemente amarrados a la circunstancia precisa del pecado del cual son impenitentes, cuando la muerte viene a sorprenderlos allí.

No he dicho jamás otra cosa y hasta creo haber entreabierto bastante sobre los lugares oscuros esta lívida puerta de lo Irrevocable.

Pero el “Gusano” de su condenación los roía en su interior, mucho tiempo antes cuando apareció. Porque la esencia de las cosas no se desvía, los más atroces perversos no tienen el poder de suplantar su propia naturaleza y sería contrario a las disposiciones indeclinables de Dios que los Judíos no hubieran sido siempre, sustancial-mente, eso que se los ve ser hoy, y ello desde el origen, hasta en los flancos de Abraham que los engendró a todos.

La inmensidad de ese Nombre, bendito por sobre todos los nombres, y la imponente santidad del Patriarca nada pueden en ese sentido.

Pero, ¿qué digo? ¿No dan precisamente ellas, para pavor del pensamiento, cierta medida apreciable de la caída en torrente de sus innumerables hijos, que no cesan de dar tumbos a través de la historia humana, rebotando contra todas las paredes sonoras?

En ese tabernáculo sublime que se llama por la eternidad el “Seno de Abraham” debió existir, desde el primer momento, en estado de indefinible germen, la horrible cizaña de maldición y de asco que cultiva exclusivamente, con tanto celo, la posteridad cadavérica de "El Llamado” de Jehová.

En otros términos, aquel que fue designado el “Amigo de Dios para siempre” y que no tuvo jamás su “semejante en gloria”, debía llevar dentro de sí —bajo las especies de la luz— toda la perrería de las usuras y de las cambalacherías de las cuales su lejana descendencia repudiada por el género humano, habría de subsistir en los tiempos futuros.

La admirable negociación de la amnistía de Sodoma en el capítulo XVIII del Génesis, es un aplastante ejemplo de ello.

Séame permitido, pues, para descargar definitivamente mi alma, citar aquí una paráfrasis un poco más que extraordinaria...

El autor, cuyo anónimo he prometido respetar y que es, creo —al mismo tiempo que un pestífero— el último fervoroso de la alta exégesis de los viejos días, aparece aquí como un intratable especulativo de Absoluto, no consintiendo en desplazarse un solo instante de este punto: que Abraham es absolutamente el Padre del Hijo de Dios por María, y que es en nombre de la Virgen Madre que le es preciso hablar...

Quede bien entendido que esta página se ofrece como esos caracteres en relieve que sirven para la educación literaria de los jóvenes ciegos.

Los lectores de tacto lúcido encontrarán en ella, con seguridad, una singular prueba de la judeidad del Patriarca, que regatea paso a paso —como un Marrano de Argel o de Varsovia regatearía un sucio harapo— el muy justo aplacamiento de su Señor encolerizado.

¡Misericordiosa, adorable judeidad de los comienzos, cuando no existía todavía ni siquiera el nombre de los Judíos y los cabritillos de los pastores podían exultar en colinas llenas de perfumes y de incensarios, que no había profanado la abominación del Pueblo de Dios!

XXX

LA PRIMERA ESPECULACIÓN JUDÍA

El clamor de Sodoma y Gomorra se ha multiplicado, dijo el Señor, y el pecado de ellos se ha agravado en extremo. 66

Esta palabra fue dirigida confidencialmente a Abraham, a continuación de la promesa de un Hijo, en quien todas las naciones de la tierra serán bendecidas. Promesa que hizo reír a la anciana Sara “detrás de la puerta del tabernáculo”, como había hecho reír, algunos días antes, al centenario Abraham.

La risa es muy rara en la Escritura. Abraham y Sara esos dos antepasados de la dolorosa MARIA, Madre de las Lágrimas, son los encargados de inaugurarla, y esta circunstancia misteriosa es de considerar, hasta tal punto que el nombre de la primera rama del roble genealógico de la Redención, en el momento en que este árbol sale de la tierra, es precisamente Isaac, que significa Risa.

Cuando el aire vibra aún con esa risa sorprendente, entonces es el momento en que Dios cuenta a su Patriarca el clamor de las ciudades culpables y comienza la sublime historia de los Cincuenta Justos.

La belleza infinita de ese pasaje impone tanto respeto y tan temblorosa admiración, que parece casi imposible esperar que no se blasfemará al intentar comentarlo.

Hay que recordar que nos hallamos en el origen de todo y que el Pueblo elegido, vale decir, la Iglesia militante, acaba de ser convocado.

Abraham, el Padre elevado de la muchedumbre, el Hombre único, de quien Noé no era más que la figura, y en cuyo Seno las almas vivientes de los justos deben un día guarecer su gloria; Abraham ofrece la hospitalidad de su tienda a las Tres Personas divinas que se le aparecieron en el valle de Mamre, a la hora del gran “fervor” del día. 67

En su celo por servirles, el Abuelo de María multiplica los símbolos y las figuras, y, después de una serie de actos que hacen pensar en el Sacrificio de la Misa, termina por quedarse de pie cerca de ellos, DEBAJO DEL ARBOL, muy cerca de ellos.

Es la hora de la renovación de la Promesa. El Señor volverá en el tiempo marcado, y Sara, la habitante del tabernáculo, tendrá un Hijo. Moisés, David, Salomón y los diecisiete Profetas de la ley de espera, no tendrán ya otra cosa que hacer, en adelante, sino repercutir en ecos este anuncio beatífico del nacimiento del verdadero Hijo de Abraham, que será el Salvador de los otros.

Después de semejante don, en el cual la Ternura infinita, por así decirlo, se agotó, el mismo Señor “no puede” ya ocultar nada a aquel que ama, y le hace conocer su terrible designio de arrasar Sodoma y Gomorra, cuyo clamor ha subido hasta él.

La especie de metonimia escrituraria empleada aquí para expresar la enormidad inaudita del pecado que Dios va a castigar, deja en el pensamiento una singular impresión. Parecería que el crimen tiene una voz como la inocencia, y que la abominación de Sodoma grita como la sangre de Abel.

—Yo descenderé— añade el temible Interlocutor —y veré si sus obras responden al clamor que ha llegado hasta mí; quiero saber si es o no es así.

Estas últimas palabras son una provocación inefablemente paternal a la plegaria audaz que vendrá luego. Lo que el Señor quiere ver, sobre todo, es la humildad de su servidor, humildad que resplandecerá más cuanto más apremiantes sean sus súplicas, y, en apariencia, más temerarias. Para eso desciende, y ese prodigio de su Gracia es lo que quiere testimoniarse a sí mismo.

Para sentir la sublimidad de esta escena no está de más pensar en lo que Jesús expresa tan profundamente cuando habla del “Seno de Abraham”.68 El Patriarca lleva en sí a Jerusalén, y suplica con toda la fuerza de la Bendición universal que acaba de recibir, proyectando así esta parábola infinita de proféticos éxtasis que comienza en él, y que, después de franquear toda la peregrinación de Jacob, termina con esplendor en el último versículo del “Magnificat”.

Sodoma es la ciudad del Secreto, y Gomorra la ciudad de la Rebelión. 69 Ambas parecen representar dos formas desconocidas del atentado contra el Amor, con agravación especial para la primera, en favor de la cual Abraham intercede particularmente, como si la salvación de los rebeldes dependiera del perdón acordado a los clandestinos y a los idólatras.

Como María no debía hablar más que seis veces en el Evangelio, Abraham, encargado de figurar la Intercesión de esta Madre de los vivientes, sólo pedirá SEIS veces gracia para los culpables, y la pedirá, no para que el crimen sea perdonado, sino para que “el justo no sea envuelto en el castigo del impío"

—Si hay CINCUENTA justos en la ciudad, en la verdadera Ciudad que será el Corazón de vuestra Madre, ¿no perdonaréis? Cincuenta codos hacían todo el ancho del Arca donde la raza humana fue salvada. 70 No, en verdad, no es posible que hagáis eso: que exterminéis al justo con el impío, y que el inocente sea tratado como el culpable. Eso no sería digno de vos que juzgáis toda la tierra. No, no podéis, de ningún modo, ejecutar un juicio así.71

—Perdonaré por causa de ellos, pronuncia el Señor.

Abraham se repliega sobre sí mismo. Considera que no es más que “ceniza y polvo”, pero en fin, ya que ha comenzado, ¿por qué no seguirá hablando a su Señor?

—¿Y si faltaran cinco, aventura, para que haya cincuenta justos? ¿Destruiríais toda la ciudad porque no hubiese en ella sino CUARENTA Y CINCO justos?

El Señor considera, a su vez, que siendo omnipotente puede aniquilarlo todo, pero que harán falta cuarenta y cinco columnas perfectamente rectas y magníficas para sostener la cúpula del palacio místico de Salomón,72 y promete no destruir a la ciudad si encuentra en ella cuarenta y cinco justos.

Abraham habla una tercera vez.

Y si no hay más que CUARENTA, ¿qué haréis: Sí, ¿qué haréis Señor? El Diluvio duró cuarenta días y otras tantas noches, al cabo de los cuales cerrasteis las fuentes del abismo; vuestro pueblo está predestinado a lamentarse cuarenta años en el desierto, antes de llegar a la región de su deseo; Ezequiel, el vidente de vuestra gloria y ujier de vuestros Evangelistas, anunciará dentro de algunos siglos la asunción por parte vuestra de la iniquidad de Judá durante los cuarenta días de vuestro ayuno,73 ¿Qué haréis de Sodoma si descubrís tantos justos como veces está contenida vuestra incomunicable Unidad divina en el número simbólico de la Penitencia?

—Por consideración a los cuarenta, consiento en no castigarla.

—No os indignéis, os ruego, recomienda el Patriarca, si hablo otra vez. ¿Qué sucederá si no hay más que TREINTA? Recordad que el Arca, que llevaba en sus entrañas la Reconciliación,74 sólo tenía treinta codos de altura.75 Fuísteis vos mismo el que dísteis esa medida al justo Noé, y ése será precisamente el número miserable de las piezas de plata que servirán un día para compraros para el Sacrificio, cuando haya en el mundo una total penuria de holocaustos capaces de apaciguaros.

—Nada haré, respondió inmediatamente el Señor si encuentro aquí el número de treinta.

Insistir más es evidentemente temerario. Un hombre de gran discreción y de fe módica se detendría allí. Sin embargo, Abraham espera todavía. Se dice, como David, que no es posible que Dios se despoje de su misericordia, que se olvide de tener piedad, y que aprisione su clemencia en su furor. 76 Entonces, este hombre de todos los comienzos se resuelve.

—Puesto que comencé una vez, hablaré aún a mi Señor. Si no se encontraran más de VElNTE. Si aconteciera que no hubiese más que veinte hijos verdaderamente fieles en el corazón de la Madre que debo daros un día. Si el atrio de vuestro Tabernáculo estuviera sostenido sólo por veinte columnas de bronce con capiteles de plata cincelada,77 ¿vuestra Morada Inmaculada se desplomaría por ello...? Y eso no es todo, Señor. Sabéis que seréis vendido una segunda vez a los madianitas,78 vale decir, a gente de justicia, en la persona de mi bisnieto José, y que en esta circunstancia seréis comprado sólo por veinte piezas de plata, porque hay que venderos a cualquier precio ¡oh Dios mío!

Por deferencia al número veinte, no mataré, dijo el Señor.

La Escritura llama a Abraham el “predilecto” de Dios. .. Le queda una última plegaria sobre el corazón. Es preciso que la diga, y es tanto más difícil cuanto es absolutamente semejante a las otras. Pero, después de todo, ¿no es de él de quien debe salir un día Aquella cuyas entrañas y pechos serán llamados bienaventurados? Con tal título, puede osarlo todo.

—Os suplico— dice— que no os encolericéis si hablo todavía una vez, una sola vez. ¿Qué decidiréis si encontráis DIEZ justos en ese lugar. . .? ¿No ha de llegar un día en que diez hombres, en efecto, “diez hombres de todas las lenguas”, llegados para buscar la Faz de Dios, se asirán al ruedo del Hombre Judío y le dirán: “Queremos ir contigo, porque Dios es tu compañero...?79 ¿Esos diez hombres son tan necesarios para vuestros designios como los Diez Mandamientos de la Ley que escribiréis con vuestra mano en el Sinaí formidable?

En el luminoso crepúsculo de su oración de profeta, el Patriarca entrevé, sin duda, a esos diez forasteros del fin de los fines... ¡Pero si con todo, se encontraran en Sodoma, ciudad del misterio!. .. ¡el Señor se vería por cierto forzado a perdonar!

Y perdona, en efecto, comprometiéndose a no destruir la ciudad si esos diez justos se encuentran allí.

Aquí termina el diálogo de la Omnipotencia vengadora y la Omnipotencia suplicante.80 El Señor, vencido seis veces, se marcha y deja de hablar a Abraham, como si temiera ser vencido una séptima y no poder luego “reposarse” en su justicia.

XXXI

Tales son los Judíos, los Judíos auténticos, semejantes en todo a aquel Natanael visto debajo de la emblemática higuera, que hacía decir, pese a todo, a Aquel que se llamó la Verdad: “He aquí un israelita verdadero, SIN FICCION".81

Tales plugo a Dios formarlos en su origen, y tal no temió configurarse El mismo por amor, en cuanto Hijo de Abraham según la carne, pasible y mortal.

He renunciado demasiado, hace ya mucho tiempo, a no desagradar para que me detenga ahora el temor de congestionar a algunos sacristanes fogosos diciendo que Nuestro Señor Jesucristo debió cargar también eso como todo el resto, es decir, con una exactitud infinita.

Sin volver a hablar del gran Holocausto que fue evidentemente la “especulación” más audaz que un Israelita haya concebido jamás, no sería muy difícil encontrar en lo exterior de las palabras infinitamente amables y sagradas del Hijo de Dios cierto vínculo de familia con el eterno espíritu judaico del que borbotea la Gentilidad.

El Mayordomo infiel, por ejemplo, ¿no es elogiado precisamente por su fraude y la inaclarable conclusión de Jesús no es, acaso, el precepto formal “de hacerse amigos con las riquezas de iniquidad?” 82

Es, en suma, la tradicional recomendación de despojar y fe-mentir, antiguamente notificada a los seis mil hebreos del Exodo que se marcharon de Egipto cargados de tesoros tomados en préstamo para no devolverlos, ayudados en esto por el Señor mismo, que los protegió en su huida. 83

Identidad perpetua en la profundidad de esos Textos santos, cuyo sentido literal escandaliza a tantos malhechores y cuya sublime interpretación por los símbolos es para siempre inaccesible a todos los escrofulosos.

Uno tiene la impresión de caer en un abismo cuando piensa que la palabra Egipto —“Mizraïm” en hebreo— significa literalmente Angustia o Tribulación; que el primer José, vendido por sus hermanos, tan claramente figurativo del Verbo hecho carne y que fue obedecido por todo ese reino salvado por él del hambre, “fue llamado en lengua egipcia Salvador del mundo”,84 y que, por consiguiente, Jesús mismo, el “consumidor” o concentrador hipostático de las profecías y de los símbolos, exclusivamente venido de su Padre para reinar sobre el universal Dolor, no hizo otra cosa, después de todo, cuando se evadió por el oprobio de su suplicio, que llevarse los tesoros de angustia hereditaria y las economías de tribulaciones que había tomado en préstamo, para no devolverlos jamás, a todos aquellos que habían tenido confianza en él.

Después de la desaparición de ese Fallido 85 adorable de la desesperación, los Judíos, que acababan de crucificar en Su Persona, “sin saber lo que hacían”, la conciencia misma de su Primogenitura, continuaron, no obstante, el Instinto de la Raza, que la Encarnación milagrosa había amalgamado de manera tan potente —aunque tan en vano para ellos— con la Voluntad divina... Y ya no quedó en sus manos otra cosa que ese pobre Dinero masacrado que debía reemplazar a su Mesías.

XXXII

Pero ese instinto de mercantilismo y de trapacería, despojado de sus atinencias misteriosas, no era ya entonces sino una pendiente que se despeñaba hacia los lugares muy bajos de la avaricia y la concupiscencia.

La palabra “suplantación” del pobre coloso Esaú, ante quien Jacob, fuerte contra Dios solo, jamás dejó de temblar, y el despojo universal de los Egipcios, se convirtieron en funciones triviales, inadecuadas para prefigurar otra cosa que el Castigo definitivo, cuya forma, ignorada empero, será tal, que aquel que la conociera por confidencia del Espíritu Santo, sabría, seguramente, el indescifrable secreto del desenlace de la Redención.

Indetenibles en su caída, rodaron todo lo que pudieron hasta el más ínfimo peldaño de la Escalera de los Gigantes de la ignominia.

No habiendo retenido de su patrimonio soberano otra cosa que el Simulacro del poder, que es la Plata, este metal infortunado se convirtió en una inmundicia entre sus garras de aves de los muertos, y exigieron que trabajara a su servicio en el embrutecimiento del mundo entero.

En el temor de que este servidor exclusivo se les escapara, lo encadenaron ferozmente, y se encadenaron a él con cadenas monstruosas que daban siete vueltas a sus corazones, empleando así su despotismo bravío para convertirse ellos mismos en sus esclavos.

Y el alma de los pueblos, a la larga, se enmugreció de su pestilencia.

Puesto que habían esperado más de dos mil años una oportunidad para crucificar al Verbo de Dios, bien podían seguir esperando diecinueve veces cien años a que una colosal explosión de la Desobediencia hubiera transformado en puercos a los adoradores de esa Palabra dolorosa para que al menos la piara del “Hijo Pródigo” no faltara a ese Israel que había disipado su sustancia.

¡Y en efecto, se ha convertido tan completamente en ese pastor!

Las naciones cristianas renegadas, invadidas por la lepra blanca de su sucio dinero, le obedecen, y los mercenarios potentados, que descendieron humildemente de sus viejos tronos, se revuelcan a sus pies, en sus deyecciones.

Así queda cumplida, en lo absoluto de la irrisión y del sacrilegio, la literal profecía del Deuteronomio: “Prestarás a interés a muchos y no pedirás préstamo a ninguno. Dominarás a muchas naciones y ninguna te dominará a ti".86

Ese imperio de la plata, que hace fruncir el ceño de indignación al blanco vicario de Cristo y que se me aparece —creo que harto lo he dicho— como un insondable arcano, es aceptado a tal punto por la descendencia católica de los sublimes desinteresados de la Edad Media, que aquellos que sueñan con la humillación de los Judíos se ven forzados a pedirla en nombre del propio fango, vencido por la cloaca superior de esos verminosos extranjeros.

Sólo los amantes de la Pobreza, los buenos menesterosos de la penitencia voluntaria —si alguno queda aún— tendrían acaso el derecho de execrarlos por haber oxidado con plata el viejo oro purísimo de los tabernáculos vivientes del Espíritu Santo; por haber innoblemente amalgamado su alma sórdida con el alma generosa de las naciones sin perfidia que los Santos habían formado “como las abejas forman los panales de su miel”; por haber, en fin y sobre todo por haber —con menosprecio de las Normas eternas y por medio de una espantosa dilatación de la Envidia— sugerido entre los pueblos cristianos la sustitución de los Mandamientos del Señor por los mandamientos fratricidas del Mal Pobre.

Porque es indudable que han hecho bajar diabólicamente el nivel del hombre en este último siglo en que su poder de envilecer ha resplandecido tanto.

Fue por medio de ellos como se instauró la moderna concepción del Fin de la vida y flamea el crapuloso entusiasmo por los Negocios.

Es por medio de ellos como esa álgebra de vileza que se llamó el Crédito ha reemplazado definitivamente al antiguo Honor, con el cual se contentaban las almas caballerescas para cumplirlo todo.

Y como si ese pueblo extraño, condenado, pase lo que pase, a ser siempre, en cierta forma, el Pueblo de Dios, no pudiera hacer nada sin dejar traslucir de inmediato algún reflejo de su eterna historia, la PALABRA viviente y misericordiosa de los cristianos, que bastaba antaño para las transacciones equitativas, fue nuevamente sacrificada, en todos los negocios de injusticia, a la rígida ESCRITURA incapaz de perdón.

Victoria infinitamente decisiva, que ha determinado el desastre universal.

Abierto el precipicio, las fuentes puras de la grandeza y del ideal se volcaron en él sollozando. La Razón se exfolió como una vértebra herida de necrosis, y cuando la peste judía llegó por fin al tenebroso valle de los escrofulosos, en el punto confluente donde el tifus masónico se lanzaba a su encuentro, un pujante cretinismo desbordó sobre los habitantes de la luz, condenados así a la más abyecta de las muertes.

Felizmente, los animales ponzoñosos no se libran jamás de su veneno que los hace reventar a ellos mismos algunas veces, y fue sin duda preciso que Israel se inoculara el cretinismo con el cual gratificó al universo.

Y hasta es muy posible que este mal verdaderamente caduco, del cual el imbécil mandil de las Logias es el emblema más expresivo y el síntoma más alarmante, haya sido aceptado por él, en su rabia no aplacada, como un suicidio, como una inmolación necesaria...

He ahí, ¡oh gran Dios!, un lastimero consuelo para las sociedades en delicuescencia, enviscadas y confundidas con su vencedor en las hediondas colicuaciones de la irremediable decrepitud.

XXXIII

¡Silencio! Una Voz de Abajo. Voz de destierro, infinitamente lejana, extenuada, casi muerta, que parece agrandarse al subir de las profundidades: —La Primera Persona es Aquella que habla La Segunda Persona es Aquella a quien se habla La Tercera Persona es AQUELLA DE QUIEN SE HABLA.

Esa Tercera Persona soy Yo, Israel, praevalens Deo, hijo de Isaac, Hijo de Abraham, generador y bendecidor de los doce Leoncillos instalados en las gradas del Trono de marfil,.87 para vigilancia del gran Rey y perpetuo recelo de las naciones.

Yo soy el Ausente de todas partes, el Extranjero en todos los lugares habitables, el Disipador de la Sustancia, y mis tabernáculos están plantados en colinas tan lúgubres, que hasta los reptiles de los sepulcros hicieron leyes para que los senderos de mi desierto fueran borrados.

Ningún velo es comparable a mi Velo y ningún hombre me conoce, porque nadie, excepto el Hijo de María, ha podido adivinar el enigma infinitamente equívoco de mi condenación.

Ya en los tiempos en que yo parecía fuerte y glorioso, en esos antiguos tiempos plenos de prodigios que precedieron al Gólgota, mis propios hijos no me reconocieron siempre, y con frecuencia se rehusaron a recibirme, pues mi yugo carece de dulzura y mi carga es muy pesada.

¡Me acostumbré de tal suerte a cargar el Arrepentimiento espantoso del Jehová, “pesaroso de haber hecho los hombres y los animales",88 y se ve muy bien que lo cargo de la misma manera que Jesús cargó con los pecados del mundo!

He ahí por qué estoy polvoriento de tantos siglos. Hablaré, sin embargo, con autoridad de Patriarca inamisible, investido cien veces de la elocución del Todopoderoso.

No amo mucho a mis hijos de Judá y Benjamín por haber crucificado al hijo de Dios. Bien se advierte que son la posteridad de sus dos antepasados, engendrados por mí, y a quienes otrora comparé con dos animales feroces.

Pero ellos han sufrido su castigo y yo no rehusé ser el esposo y titular de su excesiva reprobación.

Como recuerdo que despojé pérfidamente a mi hermano Esaú, era conforme a la justicia que asumiese hasta mi última descendencia, la complicidad de una perfidia que prepararía la Salvación del género humano, despojándome a mí mismo de la dominación sobre todos los imperios.

Cierto es que esos hijos miserables no sabían que cumplían así la traslación de las imágenes y las profecías, y que, por medio de su crimen sin nombre ni medida, se inauguraba el Reino sangriento de la Segunda Persona de su Dios, sucediendo a la Primera, que los había sacado del doloroso Egipto.

Es preciso que tenga lugar ahora el advenimiento de la Tercera Persona, cuya IMPRONTA llevo en mi rostro, por la cual todos los velos serán desgarrados en todos los templos de los hombres, y todos los rebaños serán confundidos en la Unidad luminosa.

Sin embargo, estas cosas no sucederán antes de que se haya visto “la abominación de la desolación en el Lugar Santo”, vale decir, no antes de que los cristianos, reprobadores tan constantes de mi infiel progenitura, hayan consumado a su vez, con un encarnizamiento mayor, las atrocidades de que acusan.

Escuchad, ¡oh cristianos!, las palabras de Israel confidente del Espíritu de Dios: Aquel que es no sabe otra cosa que repetirse a Sí mismo, y el Señor de los Señores tiene siempre sed de sufrir...

Cuando el Prometido llamado Consolador venga a posesión de su herencia, será preciso necesariamente que Cristo os haya abandonado, puesto que él declaró que el Paráclito no podría llegar si él no se marchaba primero.89

Porque un día parecerá abandonaros, como su Padre había abandonado a Jerusalén y él mismo la abandonó, y os veréis entregados, tan rigurosamente como los Judíos, “al oprobio sempiterno y a la ignominia perdurable que jamás será olvidada".90

¿No veis que unos y otros somos desde hoy convivientes del mismo festín de oprobio y que marchamos juntos bajo el látigo del exactor?

Después de tanto tiempo que os instruyen, ¿no han comprendido vuestros doctores que las dos hermanas prostitutas de que habla Ezequiel han sobrevivido a Jerusalén y a Samaria; que siguen viviendo en la perennidad del símbolo, y que se llaman hoy la Sinagoga y la Iglesia?

“Puesto que has andado en el camino de tu hermana, dice a la más joven el Señor Dios, yo pondré su cáliz en tu mano".

"Beberás el cáliz de tu hermana, el ancho y hondo cáliz, y estarás en irrisión, en colosal subsanación".

“Serás colmada de embriaguez y de dolor por ese cáliz de duelo y tristeza, el cáliz de tu hermana mayor. guardiana infiel que se ha mancillado en las inmundicias de las naciones".

Lo beberás y lo apurarás hasta la hez, y devorarás sus fragmentos y te desgarrarás los senos...".

"Y seréis entregadas las dos al tumulto y al pillaje lapidadas por todos los pueblos y traspasadas por sus espadas". 91

Se apartará, pues, de vosotros a distancia de un tiro de piedra, 92 ese Redentor impotente para despertaros, y vuestras almas quedarán desiertas de Él, como los tabernáculos de sus altares el día mortificado del Viernes lamentable.

En ese abandono de Aquel que es vuestra fuerza y vuestra esperanza, el universo, humeando todo de horror, contemplará el irrevelable Tormento del Espíritu Santo perseguido por los miembros de Jesucristo.

La Pasión recomenzará, no ya en medio de un pueblo feroz y detestado, sino en la encrucijada y en el ombligo de todos los pueblos, y los sabios aprenderán que Dios no ha cerrado sus fuentes, sino que el Evangelio de Sangre que ellos creían el fin de las revelaciones, era a su vez una especie de Antiguo Testamento encargado de anunciar al Consolador de Fuego.

Ese Visitante inaudito, esperado por mí durante cuatro mil años, no tendrá amigos y su miseria hará que los emperadores se parezcan a los mendigos.

Será el estercolero mismo donde el indigente Idumeo raía sus úlceras. Habrá que inclinarse sobre él para ver el fondo del Sufrimiento y de la Abyección.

Cuando se aproxime, el sol se convertirá en tinieblas y la luna en sangre; los ríos soberbios retrocederán huyendo como caballos desbocados; los muros de los palacios y los muros de las cárceles sudarán de angustia.

Las carroñas en putrefacción se cubrirán de perfumes poderosos comprados a navegantes temerarios, para preservarse de su pestilencia, y, en la esperanza de escapar a su contacto, los envenenadores de los pobres o los asesinos de los niños dirán a las montañas que caigan sobre ellos.

Después de haber exterminado la piedad, el asco matará hasta la cólera, y ese Proscripto de todos los proscritos será condenado silenciosamente por magistrados de una irreprochable dulzura.

Jesús no había obtenido de los Judíos sino odio, ¡y qué odio! Los cristianos harán la dádiva al Paráclito de lo que está más allá del odio.

Es hasta tal punto el Enemigo, hasta tal punto el idéntico de aquel LUCIFER que fue llamado Príncipe de las Tinieblas, que es casi imposible —aun en el éxtasis beatífico— separarlos...

El que pueda entender, que entienda. 93 La Madre de Cristo ha sido llamada la Esposa de ese Desconocido, al que la Iglesia tiene miedo, y seguramente por esa razón la Virgen prudentísima es invocada con los nombres de ESTRELLA MATUTINA Y VASO ESPIRITUAL.

Será preciso, sin embargo, a fin de provocar el "desencadenamiento" del Abismo, que esa Iglesia de los Mártires y de los Confesores, de hinojos a los pies de María renueve contra el Espíritu Creador —con una pacífica ferocidad— el desencadenamiento de la Sinagoga.

Pero el corazón de los hombres se desecaría ante el pensamiento de ese solsticio abrasador del estío del mundo, en que la Esencia misma del Fuego rugirá en las Siete hogueras del Amor victorioso; y en que la avarienta Higuera, tanto tiempo maldita, tanto tiempo regada de inmundicias, se verá al fin obligada a dar el único Fruto de delectación y de consuelo capaz de detener los vómitos de Dios.

Será muy sencillo entonces que él descienda, el Crucificado, puesto que la Cruz de su oprobio es precisamente la imagen y semejanza infinita del Liberador vagabundo a quien llamó diecinueve siglos, y seguramente también se comprenderá entonces que yo mismo soy esa Cruz, de la cabeza a los pies.

Porque LA SALVACIÓN DEL MUNDO ESTA CLAVADA SOBRE MI, ISRAEL, y es de Mí de donde debe “descender".

Antony, Decapitación de San Juan Bautista, 1892.

In Excelso

Ezéchiel, XXXVII

I FACT EST SUPER ME MANUS DOMINI, ET EDUXIT ME IN SPIRITU DOMINI: ET DIMISIT ME IN MEDIO CAMPI. QUI ERAT PLENUS OSSUBIS.

2 ET CIRCUMDUXIT ME PER EA IN GYTO: ERANT AUTEM MULTA VALDE SUPER FACIEM CAMPI, SICCAQUE VEHEMENTER

3 ET DIXIT AD ME: FILO HOMINIS, PUTASNE VIVENT OSSA ISTA? ET DIXI: DOMINE DEUS, TU NOSTI.

4 ET DIXIT AD ME: VATICINARE DE OSSUBUS ISTIS: ET DICES EIS: OSSA ARIDA, AUDITE VERBUM DOMINI.

5 HAEC DICIT DOMINUS DEUS OSSIBUS HIS: Ecce ego intromittan in vos SPIRITUM et vivetis.

6 ET DABO SUPER VOS NERVOS, ET SUCCRESCERE FACIAM SUPER VOS CARNES, ET SUPEREXTENDAM IN VOBIS CUTEM: ET DABO VOBIS SPIRITUM, ET VIVETIS, ET SCIETIS QUIA EGO DOMINUS.

7 ET PROPHETAVI SICUT PRAECEPERAT MIHI: FACTUS EST AUTEM SONITUS, PROPHETANTE ME, ET ECCE COMMOTIO: ET ACCESSERUNT OSSA AD OSSA, UNUMQUODQUE AD JUNCTURAM SUAM.

8 ET VIDI, ET ECCE SUPER EA NERVI ET CARNES ASCENDERUNT: ET EXTENTA EST IN EIS CUTIS DESUPER, ET SPIRITUM NON HABEBANT.

9 ET DIXIT AD ME: VATICINAER AD SPIRITUM, VACITINARE, FILI HOMINIS, ET DICES AD SPIRITUM: HAEC DICIT DOMINUS DEUS: quatuor ventis veni Spiritus, et insuffla super interfectos istos, et reviviscant.

10 ET PROPHETAVI SICUT PRAECEPERAT MIHI: ET INGRESSUS EST IN EA SPIRITUS, ET VIXERUNT; STERUNTQUE SUPER PEDES SUOS, EXCERCITUS GRANDIS NIMIS VALDE.

11 ET DIXIT AD ME: FILI HOMINUS, ossa hac universa, DOMUS ISRAEL EST: IPSI DICUNT: ARUERUNT OSSA NOSTRA, ET PERIIT SPES NOSTRA, ET ABSCISSI SUMUS.

12 PROPTEREA VATICINARE, ET DICES AD EOS: HAEC DICIT DOMINUS DEUS: ECCE EGO APERIAM TUMULOS VESTROS, ET EDUCAM VOS DE SEPULCHRIS VESTRIS, POPULUS MEUS: ET INDUCAM VOS IN TERRAM ISRAEL.

13 ET SCIETIS QUIA EGO DOMINUS, CUM APERUERO SEPULCHRA VESTRA ET EDUXERO VOS DE TUMULIS VESTRIS, POPULE MEUS:

14 Et dedero SPIRITUM hieum in vobis, ET VIXERITIS, ET REQUIESCERE VOS FACLAM SUPER HUMUM VESTRAM: ET SCIETIS QUIA EGO DOMINUS LOCUTUS SUM, ET FECI, AIT DOMINUS DEUS.

Notas manuscritas para L'Argent94

Para un hombre que creyó en la ley, la idea de legado no le es extraña: cosa espiritual recibida de los que vivieron antes. Estas notas son “la prosa de lo que luego será la poesía de los resultados”, su novela El Dinero. Como el siglo XIX (Balzac, Stendhal, Flaubert, Melville, Poe) le sigue hablando a la modernidad, a los pocos textos que se atreven a leer la tradición en lugar de caer en la cita, en la costumbre, nos preguntamos: ¿de quién es prisionero Zola? En literatura un prisionero es alguien a quien no se lee o se recluye en los manuales. Zola es de los primeros. Quizá, con la publicación de esta lección de escritura, de montaje, llegó el tiempo de ver si es verdad “que ya pasó la hora de jugar el ridículo juego de Zola que extraía su grandeza de la miseria de los hombres y permanecía extraño a los miserables” (Bataille). Ahora que la lucha es por los lugares y el dinero es toda la verdad, estas notas y su novela merecen una lectura atenta. Para que el dinero ingrese en la tradición y para entender que la saga de los Rougon-Maquart habla de la miseria de los hombres desde la literatura.

Plan general de la obra

En esta novela, no quisiera terminar en el hastío de la vida (pesimismo). La vida tal cual es, pero aceptada, a pesar de todo, por el amor a ella misma, con su fuerza. En resumen, es lo que yo quisiera que se desprenda de toda mi serie de los Rougon-Maquart.

El tratamiento de esta novela será muy simple, sin afectaciones literarias, en lo posible sin descripciones, de un tirón y llena de vida. Un poco lo que hice en Pot-Bouille, pero también menos irónica. Quisiera agregarle uno o dos personajes cómicos, escenas vigorosas y divertidas.

En lo que respecta al dinero, ni atacarlo, ni defenderlo. No oponer eso que se llama nuestro siglo del dinero a lo que se designa como los siglos de honor (aquello de otros tiempos). Mostrar que el dinero se ha vuelto para muchos lo más digno de la vida: libera, es la higiene, la limpieza, la salud, casi la inteligencia. Oponer la clase acomodada a la clase pobre. Además, la fuerza irresistible del dinero. No hay otra cosa que el amor y el dinero.

De esta manera estaría forzado a entrar en la cuestión social, porque al fin de cuentas ella se resume casi por entero en el tema de la riqueza. Aquellos que tienen y aquellos que no tienen. Dos familias opuestas quizás, o en la misma familia dos ramas, una muy rica, la otra muy pobre, y lo que esto produce en los hábitos, en las maneras de ser, el lado físico, la inteligencia incluso: en los dos extremos.

Esto lo podría sacar de los Rougon (?). Por otra parte, como en mi serie no tengo ningún noble, me gustaría introducir el desastre en una familia de muy antigua nobleza, muy digna, muy orgullosa y que un crac acabaría por reducir a la mendicidad.

Por último, no olvidar que la cuestión judía se encontrará en el fondo de la novela; porque no puedo abordar la cuestión del dinero sin evocar todo el papel de los judíos, antes y hoy. Tendría pues el triunfo del judío sobre la nobleza, el judío, antes despreciado, rebajado, y que ahora se encuentra encumbrado; en tanto que el noble, que estaba tan alto, ha caído. Pero yo querría que mi hombre fuerte llegue y desplume al judío, o que sea más fuerte que él, o, en fin, algo que muestre la fuerza del dinero por encima de esta cuestión de los judíos, que a mi modo de ver empequeñece todo.

Creo que preferiría un hombre de baja condición, empleado de un banquero judío, que se educa con él, que se vuelve banquero a su vez, realiza un negocio colosal, con una idea genial, y se eleva más alto que su patrón (o asociado), y cerniéndose por un instante sobre París, lo conquista todo. De allí, el triunfo sobre el elemento judío (cuya falla buscaré y del cual haré un estudio en pocas palabras). Por otra parte, tengo de un lado a los nobles y del otro, a la familia pobre, lo que me da los dos lados del rostro social.

Lado horroroso de la miseria, sin dinero. Lado de la degeneración de una raza, sin dinero. El judío, el dinero viejo. Mi personaje central, el dinero nuevo.

Por último, me había prometido darle lugar a un diario, porque todavía no tengo uno en mi serie y además hoy en día, el dinero, sin un diario no se entiende. Sería preciso, por lo tanto, en cierto momento, que mi personaje central comprase un diario, y en él yo podría mezclar al rico o al pobre. Quizás a ambos. Uno, ordenanza u otro empleo ínfimo; el otro, ejercitándose en la redacción (un Coëtlogon). Esto conviene.

No veo dónde estaría mi personaje cómico, una figura pintoresca al menos. Debo buscarla.

Apenas si tengo a Saccard como héroe central. Un Saccard con otra apariencia, más gordo, restablecido. La mansión del parque Monceau, vendida, totalmente restaurada. Por el lado pobre le daré un hijo de una obrera, lo más bajo que pueda existir (el parecido lo decidirá); y lo habría tenido en los primeros tiempos de su estadía en París. Este hijo podría terminar mal, por falta de dinero. Compararlo con Maxime, ordenado, muy correcto; ver todo esto. Rougon pasaría como está en La curée. También Sidonie.

Saccard sería el socio de un banquero judío; es él quien le robaría una idea y se separaría.

No olvidar a la pequeña señora Conin, a quien quiero emplear desde hace mucho tiempo. Igualmente pensar en la razón social “Lys soeurs”, lenceras por ejemplo.

Así, retomo a Saccard después de La curée. Se asoció a un banquero judío para rehacerse. Sin duda haré que deje la mansión del parque Manceau. Tiene una idea, o roba la de su socio, luego, se separa. He aquí un conflicto a causa del dinero, uno queriendo estafar al otro.

La Unión General. Bontoux, ingeniero, creo, tenía una cartera llena de proyectos, cuenta que se dejó nombrar presidente del consejo cuando la Unión, naciente, estaba en peligro. Y le dio un impulso formidable, al poner en ejecución sus proyectos. Esto sería muy bueno para Saccard, quien podría tener también todo un conjunto de proyectos. Pero Bontoux montó todo su negocio apoyándose en los católicos, cuyos fondos absorbió. Y me haría falta, hacia el fin del Imperio, algo correspondiente, que vaya con el movimiento político.

Es preciso agregar que Bontoux pretende haber caído bajo los golpes de los judíos y de los masones (o gobierno republicano). Así, ¿sobre qué bases podría establecerse Saccard? No hay que olvidar que hice de él un militante bonapartista. Estamos en vísperas del Imperio liberal y de la guerra. Admitamos por un momento que hago de él un autoritario absoluto, contra el Imperio liberal. Se encuentra del lado de la oposición, incluso puede estar con los católicos reagrupados, luego fuera de ello; y tiene en su contra a los hombres que acaban de entrar en el gobierno. Y también a su hermano Rougon, el ministro, que le asestará el último golpe. Por otra parte, los judíos están en su contra, y por consiguiente Alemania, los banqueros de Francfort (?), de modo tal que la ruina de la Unión podrá, según él, ser el preámbulo de nuestras derrotas. Así, Saccard, con una cartera llena de proyectos, funda un banco que se apoya en todas las fuerzas reaccionarias; se pasa al catolicismo a ultranza, primero respetuoso del Emperador, luego en su contra, a favor de Enrique V, ya que el Imperio nuevo lleva a Francia al desastre; por lo tanto, cuando se eleva tiene a los judíos en su contra; después, también al nuevo gobierno, al que le hace la oposición. Todo esto puede arreglarse muy bien, gracias al movimiento liberal de fines del Imperio, que se puede asimilar al movimiento republicano producido después de la guerra. Dilucidar únicamente el negocio con los judíos, en relación con Alemania.

Los puntos más importantes de la novela pasan a ser: 1°) Saccard, en busca de dinero, a punto de sucumbir, con una cartera atiborrada de proyectos. Allí, plantear la rivalidad que más tarde estallará con el banquero judío, de quien se separa, para hacerse cargo de La Unión; 2°) Comienzo y marcha ascendiente de La Unión, bajo la conducción de Saccard. Ascenso vertiginoso durante dos o tres años; 3°) La crisis, el juego loco al alza, y todo el drama de la Bolsa, con el derrumbe.

Esto, me da simplemente un drama de Bolsa. En perfecto, agitado; y es en suma lo que quiero, el tráfico con el dinero. Pero esto no basta, quisiera tener un lugar para el drama pasional. Tengo a Saccard, con su fortuna y su poder en ascenso. Quiero que en un momento tenga a París y al mundo en sus manos. Encontrar la forma para que esto se note. La omnipotencia que da el oro. Quizás sería preciso comenzar con un Saccard totalmente desplumado, sin un centavo, desacreditado, acabado, menos que la nada, menos que un principiante, pero que conservaría la ilusión y la esperanza. Probó todo, y no se hartó; no ascendió lo suficiente, y tiene pocas esperanzas de volver a subir tan alto como ambiciona, y sobre todo de mantenerse allí: luego del insignificante acontecimiento que va a reubicarlo, a elevarlo, a llevarlo a la cima, bruscamente, no como un Rotschild, después del ahorro de una estirpe de banqueros, sino por él mismo, al modo de un capitán de corsarios que triunfa de un solo golpe. Veo entonces, el primer capítulo en la Bolsa, afuera, sin una gran escena interior, alrededor del Monumento, con Saccard como centro y todo el análisis que hace, lo que yo acabo de decir, plantear toda la filosofía del tema, el dinero rey del mundo. Luego, hacer pasar todos los personajes secundarios, plantearlos, poner en diálogo los diferentes puntos de vista. Toda la novela se desarrolla, y termina sin duda en una celda de Mazas, con el derrumbe. Saccard no tiene ya nada. La magnificencia del pasado, todo lo que ha corrido por sus manos. Y todas las desdichas que ha causado, las ruinas, las lágrimas, las muertes. Y también el bien. No condenar el dinero. Lo peor y lo mejor de las cosas. Las grandes cosas que uno hace con él. Es preciso que alguna vez haya tenido una idea fecunda, y que algunos miserables lo bendigan, y que otros lo maldigan. Por lo tanto, en alguna parte, una obra de caridad, un negocio noble que triunfa. Finalmente, tener este concierto de bendiciones y execraciones.

Para la parte pasional, todavía no veo nada claro. Tengo la familia noble, una madre, una hija y un hijo. Me resulta fácil mostrarlos colocando sus últimos recursos en La Unión y totalmente arruinados.

Esto puede ser por consejo de un sacerdote. Tendría la pintura de un interior alegre. La pobreza de una familia noble que salva las apariencias. Y no serán todos hermosos, la hija encantadora, ya madura, raza degenerada. Pero no veo muy bien qué lazos se anudan entre Saccard y ellos. Saccard se interesará en ellos, ¿por qué? Sólo la hija podría interesarle. Al menos haría falta una madre de 60 años y hacer de ella una mujer de honor, de orgullo nobiliario, que se ha matado para criar a sus hijos. Ella quiere preservar el honor del nombre. No hacerlos muy pobres. Hasta ocupar una mansión bastante bien, en el barrio Saint Germain. Y explicar bien en qué situación se encuentran: no la miseria, sino la escasez, pero conservando todavía las buenas apariencias. Para casar a su hija, es preciso darle una dote; por otra parte, su hijo no hizo el servicio militar, es cojo o algo semejante, no hace nada, ella lo aleja de todas las actividades. Todo lo que podría ser, si él tuviera dinero. Todavía hay una granja en alguna parte, que se venderá.

En todo esto está metido un sacerdote. Ver cómo entra Saccard. Se vincula con esa gente que se lo impone. De buena fe, toma su dinero para aumentárselo diez veces. Toda la fortuna de ellos está en sus manos. Estudiar la función del dinero con la madre imbuida de las viejas ideas; la vieja Francia con ella. Y Saccard toma a su hijo, y lo pone en un diario; puede escribir, ya que no puede hacer otra cosa y lo pierde; mostrar en qué se transforma ese hijo en su contacto con el siglo. Por otra parte, la hija a quien desea y a quien puede seducir (?).

En fin, en el desenlace, el desmoronamiento absoluto de esta familia. La madre sola, expulsada de su mansión, habitando una pieza de alquiler amueblada, y la hija que vuelve y llora, el hijo muerto sin duda, las dos mujeres que sollozan y que sólo tienen la miseria y el abandono. Todo esto no me da una gran pasión central. Será difícil encontrar una y si es preciso me las arreglaré sin ella.

(Páginas 378 a 394)

Es preciso ver si no debo poner una mujer en el centro, que conduzca todo. Sin embargo, no lo creo. La idea del dinero debe dominar, y como el dinero da mujeres, me hará falta simplemente una mujer muy cara, muy bella, que Saccard se pagará. Una diosa para este hombre feo. No olvidar todo ese mundo de rameras que merodean alrededor de la Bolsa. Si Saccard se paga una diosa, puedo mostrarlo fracasando con todo su dinero con una muchacha a la que desea. Mi hombre de negocios tramposo sería el personaje cómico, habría que hacer de él un tipo extraordinario. Si es socialista, explicará su socialismo, sin caridad, sin justicia. Está en contra de la caridad cristiana, sólo quiere justicia. Su profesión de comprador de créditos en bloque, en realidad casi un policía recorriendo París, que conoce a todo el mundo. Así es como él conoce al hijo de Saccard; otros episodios, en todos los ambientes. Quizás no haría falta hacer de él un socialista, sino tener un soñador que arregla la sociedad: basta de caridad, sólo la justicia; y la vida admirable de este hombre, la frugalidad, la ausencia de toda necesidad, la indigencia absoluta en medio de la cual hace malabarismos con los millones, es el verdadero sabio, siempre sonriente, que vive en el mundo de las cifras, por encima de las necesidades materiales. Se agota para dar una renta a cada uno, y él se las arregla sin nada. Sería preciso vincularlo a la acción. ¿Quizás podría convertirlo en el hermano del hombre de negocios tramposo? Eso me gustaría mucho: los dos hermanos, viviendo juntos, el menor cuidando al mayor, que es mi soñador, lo que dará a mi sinvergüenza una gran ternura fraterna; no de una sola pieza entonces: bueno para con uno, un lobo para los otros. Y querría esto en todos los personajes de la novela. Para apretar más los lazos, la soberbia mujer que Saccard se pagará en un momento dado podría ser hermana de ellos.

El dinero robado o al menos comprado a bajo precio (notas de crédito) después revendido, que sirve para alimentar al noble y dulce soñador, que no se da cuenta. Él es superior.

La mujer superior, que Saccard se paga, podría enamorarse de un joven noble, quererlo y hacerle cometer tonterías que lo perderán. Cuidar de resolver bien este personaje, que puede a partir de ahora llegar a ser central.

(Páginas 378 a 400)

Mi Drugeon será el personaje pintoresco, casi cómico, y su hermano me dará el socialista. El hijo natural me da la miseria, el vicio y el crimen por falta de dinero, y Maxime puede darme también el vicio y el crimen a causa del dinero, las dos caras de la bajeza humana. El socialista, es la miseria también, pero el dinero del mañana; mientras que mi familia noble, es siempre la miseria, pero el dinero de ayer. Me haría falta por consiguiente otro ángulo, si quiero mostrar la honestidad, la salud, la belleza lograda por el dinero. Esto también podría darme lo que yo quiero: el amor por la vida a pesar del pesimismo; todo se derrumba, pero subsiste la esperanza invencible en la vida que continúa sin cesar. Decir la verdad a pesar de todo y esperar. El amor a la vida por la vida misma. Esto quisiera encarnarlo en una mujer, que haya vivido, de treinta y cinco años, todavía muy bella, muy fuerte (no Pauline, no sacrificios, la vida mediante la rectitud, la franqueza).

Ella tuvo algunos amantes, uno o dos, no los oculta, es leal ante todo. Sin sensiblerías, sin prejuicios. Conoce todo lo innoble del hombre, delicada, y se salva de ello a fuerza de franqueza y de coraje. Ha estado casada, le pagaron, pasó por todas las miserias, y sigue siendo alegre, valiente y bella. Ella es la esperanza. Ama el vivir. ¿Por qué? No lo sabe. Es como la humanidad que vive en la horrible miseria, revigorizada por la juventud de cada generación. A partir del momento en que ella está en la calle, a pleno sol, vuelve a amar, a esperar, a ser feliz. La edad que avanza no le hace mella. Ponerme por entero ahí dentro. Como la humanidad, ella no sabe adónde va, quiere creer que se dirige hacia algo alegre y feliz. Alegre en medio de los desastres y valiente, y sintiendo en ella la esperanza invencible. Ahora sería necesario darle en la novela un papel decisivo, central, y de una importancia capital. Prefiero no mezclarla a Maxime, a quien deseo conservar joven, viviendo cómodamente en su mundo, en oposición al hijo natural de Saccard: las dos podredumbres, con el dinero y sin él. Por lo tanto, si sólo la pongo en la casa de Saccard, lo original sería hacer de ella una mujer que depende de él, una suerte de administradora, de ama de llaves, que gobierna su casa, y que poco a poco tiene en ella un lugar preponderante. Él la consultaría, la respetaría. No querría ni casarse con ella, ni acostarse. Pero sería necesario vincularla íntimamente a la acción, lo que no resultaría cómodo.

Para que ejerza su coraje, su aceptación de la vida, sería necesario crear desdichas a su alrededor, al menos tres. Primero su ruina, que la hace entrar al servicio de Saccard, muy triste y que luego da serenidad a su alma. Después, abandonada por un hombre a quien amaba y gracias al cual ha podido ubicarse; y la ruptura que le parte el corazón, pero crisis de la que sale con calma. Después, la ruina de Saccard, por la que puede sufrir, y que supera nuevamente. Pero no sería cómodo mezclarla en el relato, si no la complico con los intereses. No puedo de ninguna manera hacer que se case con Saccard: él no es digno de ella, la ensuciaría. O al menos, si se casa con ella, sería en un acto de abnegación extremo. Quizás podría crear un vínculo entre ellos y la familia noble: una parienta pobre, mal casada.

Sería preciso entonces encontrar al hombre a quien ella ame, entre mis personajes. Saccard sería el indicado, pero no es joven y apuesto. Y además, es un bribón. Es difícil que ella se apasione por él. De ser él, ella habría perdido con seguridad su dinero en alguno de sus negocios; después se habría ubicado como administradora en su casa; se habría acostado con él, y él la habría engañado con la mujer comprada. Luego, es afectada por el desastre y es ella quien terminaría el libro con la esperanza. Esto bastaría, incluso se produciría esta singularidad: ese bribón de Saccard amado por una naturaleza profundamente honesta, y amado por su vitalidad, valentía, continua esperanza. Ella tiene treinta y cinco años; él cincuenta. Él, el lobo cerval. Para que ella lo ame, es necesario que vea en él la pepita de oro, el filón que seguiré de un extremo al otro del libro: la idea de caridad que lo hará bendecir por todos. Es ella quien desde el comienzo se ocupa de este asunto, y quien se ocupará también del hijo natural de Saccard. La característica de esta mujer será sobre todo la actividad, y además la bondad. Es preciso que en algún momento se le diga quién es Saccard: sufre mucho por eso, lo ignora y, cuando lo sabe, es preciso que aunque lo sepa no lo deje. La propia esperanza frente al mal. Espera sacarlo de allí, pero llega demasiado tarde para impedir la catástrofe. Por lo tanto, aun cuando conoce todo su terrible pasado, no desespera, y cuenta con llevárselo lejos.

Pero no hacer de ella una ingenua, una crédula. Tiene que saber, tiene que darse cuenta, de lo contrario su bondad, su esperanza terminarían en la estupidez. Termina por ver a Saccard tal cual es, y para ella es naturalmente un gran dolor, y también una fuerza el superarlo, el creer todavía en la vida, el no desesperar, el decirse que de todas formas algo bueno debe salir de todo esto: no sabe qué, pero sin embargo espera. Es más original hacer de ella una mujer de baja condición, metida en historias equívocas, que convertirla en una figura impecable en medio de naturalezas nobles. Para que ejerza la virtud lo mejor es ponerla en contacto con cosas y gente dudosa.

Esto completa bastante mis personajes. Tengo a esa mujer, que llamaré sin duda con un nombre propio, por ejemplo, Mme. Caroline. Ella me dará una mujer en la vida de Saccard; y se opondrá a la cocotte rica, bella interesada, que terminará vendiéndose. Será un poco como en el coro antiguo, el personaje que juzgará, que representará la bondad, la justicia, por encima de todas las calamidades; sobre todo la esperanza en la vida, en medio de la confirmación del pesimismo. Haré de ella una Maintenon, burguesa, pero una Maintenon como yo la entiendo. Este es su final; en la ruina, la esperanza, el deseo de vivir. Va a ver a Saccard a la cárcel de Mazas, y sus lágrimas a causa de los desastres, un poco de sol en la tormenta, y además su esperanza.

(Páginas 404 a 412)

La psicología de mi Saccard. Querer ganar dinero, ¿por qué? No como Grandet para ocultarlo. Saccard, quien ha hecho muchos chanchullos, tiene pasión por el agio. Varias veces, ha llegado a tocar el poder mediante el dinero, pero jamás lo tuvo de manera sólida, definitiva; de ahí, su furia. Cuando lo tomo, una vez más arruinado, en la calle, frente a la Bolsa, le doy el furor interior del hombre que anhela tanto más conquistar cuanto que la conquista debe emprenderse nuevamente. Por cierto, quiere tener dinero, para satisfacer sus necesidades, para gozar del lujo y de las mujeres, sobre todo para ser el amo de París, para deslumbrarlo, ahogarlo en una lluvia de oro. Y por consiguiente, apetitos, necesidades de lujo, de mujeres. Pero también está la pura alegría de pelear, la conquista por la conquista misma, esa alegría del jugador, gane o pierda. Está en su elemento, allí vive más intensamente. Por último, esta alegría de la acción aumenta a causa de las venganzas que debe cumplir. Un príncipe de las finanzas, un judío, lo arruinó, y sólo sueña con atacarlo: por un momento, es preciso mostrarlo a punto de destruirlo. Se embriaga con su triunfo, cree que lo hará saltar o al menos que lo hará vacilar.

(Páginas 423 y 424)

Además yo podría utilizar la historia de Du Camp: una rivalidad entre Saccard y un magistrado, un procurador imperial. Este habría sorprendido a Saccard en la casa de una amante a quien él mantenía; y las penosas explicaciones y Saccard que queda como dueño del lugar. Más tarde, el procurador se convierte en Ministro, justo en el momento de la caída de La Universal y es quien hace enjaular a Saccard. ¿No podría mezclar las dos cosas? Mi jugadora sería la amante del procurador, extraordinariamente rica, pero que pagaría bastante mal sus diferencias (es una lástima que el juego no baste). Ella aceptó al procurador para que pague: embolsa el dinero y ni siquiera se lo da al agente de cambio (muy mala clienta). De ahí, su jugada con Saccard, por la información y por el dinero; y ella se hace descubrir. Por consiguiente, una vez ministro, el procurador se venga. Y es así que su pasión mata a Saccard, después de haberlo elevado. Rougon dejará hacer para desembarazarse de Saccard. Esta vez, todo eso funcionará bien. Al comienzo, debo mostrar a la baronesa Sandorff en su coche detenido en la calle del Banco; y al corredor de agente de Bolsa que va a recibir sus órdenes: Saccard sabe por el corredor que el procurador la mantiene. Por último poner esto; y sólo la cabeza que sale por el coche. Me gustaría que fuese el corredor, futuro director del diario, quien la impulsa, mientras que el verdadero corredor va a recibir sus órdenes.

(Páginas 455 a 467)

II. Algunos personajes

Paul Jordan, 26 años.— Un muchacho grande, moreno, bigotes finitos. Apariencia decidida y voluntariosa. No rehacer demasiado a Sandoz, sino crear una figura de este tipo. Muy alegre y valeroso. Quiere hacer literatura, teatro, y como no tiene un centavo, hace periodismo mientras espera: lo que sea, todo lo que concierne a su profesión, desde los hechos diversos y los tribunales hasta las crónicas y los grandes estudios literarios. Llegará.

Se casó con Marcelle por amor, sin un centavo de dote. Hijo de una familia arruinada: hijo de un banquero que se ha suicidado después de una conmoción en la Bolsa. Tiene horror por los negocios, por temperamento y porque los odia. La madre murió de pena. No tiene ni un centavo. Debía casarse con Marcelle cuando era rico. Luego los padres trataron de impedir el matrimonio, pero Marcelle se resistió. Y ellos consintieron, con la condición de no dar un centavo; lo que entraba totalmente en las ideas de Jordan. Ellos dicen que este poeta (comenzó por un libro de versos) se comería el dinero de su hija. Más tarde, ella tendrá todo.— Y cómo la pareja se instaló, sin nada. Son muy encantadores.— Tenían, él 16 años y ella 12 cuando los pusieron de novios: hace diez años de esto, y ella no ha cedido. El padre de Jordan se suicidó hace nueve años, las deudas de Jordan vienen de esa época, entre los 18 y los 20 años (se ha mudado con frecuencia). Después, entra como empleado en la administración pública; se queda allí hasta los 25 años, y ahora acaba de dejar todo para dedicarse a la literatura. No ha dejado de ver a Marcelle. Ella es fiel.

Quiero salvarlo al final, el éxito de una obra en la que trabaja además de hacerlo en el diario, sobre la gente de la Bolsa sin duda. No, eso sería estúpido. Una obra pasional, idea que hay que encontrar. En todo caso, la literatura triunfa.

Viven en la avenida Clichy. Definitivamente lanzado. Un escritor que atraviesa, escéptico, este mundo de las finanzas, con desdén por el dinero.

(Páginas 324 a 326)

Gundermann, 60 años.— El tipo conocido del judío de Francfort. Bajo y rechoncho, cabeza gruesa y cuadrada, con grandes orejas. Nariz enorme, ojos saltones, muy calvo. Grandes y sólidas mandíbulas. No lo haré hablar con acento. Sacar todos los detalles acerca del barón de Rothschild (de Feydeau y de otros). Instalarlo en una vieja e inmensa mansión de la calle Provence. Está casado, tiene 5 hijas y 5 hijos. Tres de sus hijas y 3 de sus hijos están casados y ya tiene 14 nietos. Eso hace pues, con sus yernos y nueras, una familia de 29 personas, a quienes aloja en su mansión, a todos: si se lo cuenta a él y a su mujer, son 31. La vida familiar de toda esa gente. Dos de sus hijos y uno de sus yernos lo ayudan; los otros hacen otras cosas.— Gundermann, muy afectado por una enfermedad en el estómago, sólo soporta la leche. Además, sin pasión, jamás tocó a otra mujer que no fuera la suya, y no podría hacerlo. Sin embargo, trabajando desde las seis, lleva una vida de perro, nunca la disfrutó y sigue sin disfrutarla. Sumergido en un trabajo, que ni siquiera uno de sus empleados haría. Enorme fortuna, lo único que hace es jugar con sus capitales; de ahí la base sólida de sus operaciones. Oponerle por lo tanto a un Saccard apasionado: un ser frío y acumulador.

(Páginas 341 y 342)

Massias, 30 años.— Corredor de agente de bolsa. El prototipo del corredor. Busnach, Becque, otros. Un joven fuerte, apoplético, rubicundo, de labios rojos, con grandes ojos azules y saltones. Alegre, pero con una suerte negra. Sufre todas las humillaciones de la profesión. El corredor, el viajante de comercio en valores de Bolsa. No triunfa, no triunfará jamás. Juega y pierde. Hago de él un católico, que se pelea siempre con la Bolsa, y que no puede hacer otra cosa, pues, está metido ahí dentro. Condenado a ser corredor de agente de bolsa a perpetuidad.— Para darle algo de movimiento a este personaje, mostrarlo al comienzo con alguna esperanza; después, altibajos, y poco a poco caído; y por último la convicción de que llevará eternamente esta cruz a cuestas, tocando siempre la fortuna, sin alcanzarla.— Francés, católico, lo que no le resulta divertido.

Lo haré un poco venido a menos, hijo de un magistrado de Lyon que terminó mal. Hizo estudios incompletos de abogacía, o incluso se recibió, se descorazonó y se encontró metido en la Bolsa.

(Páginas 353 y 354, B.N. 10268)

III. La política

Mantengo la aventura de México como detalle de fondo. Por otra parte, tengo el empréstito mejicano de 1865; y sobre todo quiero tener la muerte de Maximiliano, estallando como una nota lúgubre en medio de las fiestas de la Exposición. Mantener también la cuestión de Roma, de la cual tengo necesidad para un Banco Mundial. El Papa está siempre en Roma, pero el Emperador comienza a abandonarlo, cuando el 15 de septiembre de 1864 firma la convención por la cual debe retirar el ejército francés en un plazo de dos años. A partir de ese momento, los clericales endurecen sus posiciones en contra del Imperio. Sus temores aumentan después de Sadowa. Thiers defendía el poder temporal. Rouher también y su “¡Jamás!” en diciembre de 1867.

Si quiero que Saccard, de acuerdo con mi ingeniero, sueñe con la instalación del Papa en Jerusalén, es preciso entonces que él prevea el porvenir, la hora en que el Papa será expulsado de Roma, ocupada por Italia. Es un sueño: el Papa yéndose allá lejos, una Jerusalén comprada nuevamente a los turcos, con vías férreas atravesando el país. Un banco que asegura su vida. Me harían falta también tres o cuatro negocios preparatorios, ferrocarriles, un conjunto de minas, una sociedad de transportes. Mi ingeniero habría viajado con su hermana allá lejos, a África, a Egipto, a Palestina: la conquista de Oriente, una nueva cruzada. Entonces, tres o cuatro negocios de zapa, luego el golpe del Papa, pero en sueños.— Los negocios podrían ser, repito, un negocio de ferrocarriles, lejos, un negocio de buques transatlánticos, por todos los puertos del Mediterráneo, un negocio de centralización de minas, un negocio de explotación de un producto. Y entonces tengo este sueño de Oriente en mi mujer central, porque ella conocería muy bien el país.

Pero, lo que aún me molesta, es el empleo de mi ministro Rougon. Al término de Son Excellence Eugène Rougon, lo mostré abandonando el Imperio autoritario para defender el Imperio liberal que comenzaba. Es pues Rouher, poderoso y aburrido. Pero, como Rouher, lo mostraré atacado por el tercer partido que se forma (Ollivier y los otros). Si bien pudo dejar el Imperio autoritario, hay abandonos que no se anima a hacer, y un día, en 1869, el Emperador lo echa. Está en lucha con el partido parlamentario que crece; y por otra parte, combate también al clericalismo muy ardiente, hace concesiones a uno y otro partido, muchas veces para mantener su equilibrio. No puedo entonces imaginar que, en 1868 cuando grita “¡Italia no se apoderará jamás de Roma!, ¡Jamás! Francia no soportará nunca esta violencia cometida en contra de su honor y de la catolicidad” él está seguro que ella se apoderará de Roma (en septiembre de 1870), y deja que su hermano se hunda para acabar de una vez con los católicos. Saccard se ha separado de él en el transcurso del libro, y, al final, Rougon lo abandona. Veamos, sería necesario resolver cuidadosamente las relaciones entre los dos hermanos.

La banca judía. Querría interesarla en el movimiento político. Creo que lo más simple sería hacer de mi banquero judío, un judío de origen prusiano que hace votos por el triunfo de Alemania, lisa y llanamente, y que la sostendría de buen grado con su dinero, pero siendo lo suficientemente prudente como para no descubrirse. En el golpe de Bolsa después de Sadowa, no es advertido, pero sabía por sus informaciones que los Austríacos serían derrotados, y por fuerza tuvo que jugar a la baja. Pero no podía prever la decisión del Emperador de Austria que cedió Venecia a Napoleón III. Rougon se lo hace saber a Saccard, el judío pierde de 8 a 10 millones; y su odio contra Saccard, incluso contra Rougon. Ya me la pagarán. Y es él quien obliga a Rougon a ejecutar a Saccard. Rougon lo hace para salir del apuro, seguro de que Saccard no hablará. Al fin, dejan escapar a Saccard, a menos que muera. El judío triunfa más de lo que prevé en 1870. Al término, algunas palabras suyas que anuncian la futura grandeza de Alemania.— Entonces hago de mi judío simplemente un Prusiano, nacido en Francia, por ese mismo hecho naturalizado.

(Páginas 54 a 57)

Notas

  1. [canallas, pero de vassus, vasallo, ibídem, 284]

  2. BALZAC, Honoré de. Gobsek. Scènes de la vie privée, Tome II. La Maison Nuncingen. Scènes de la vie parisienne. Tome III. Splendeurs et Misères des Courtisanes. (I. Partie: “Esther heureuse”; II Partie: “A combien l'amour revient aux viellards vieillards ”; III Partie) Scènes de la vie parisienne. Tomes III y IV. Oeuvres complètes de H. Balzac. Paris, Alexandre Houssiaux, 1868.

  3. (Hay traducción: Buenos Aires, Desclée de Brouwer, 1945).

  4. (Traducción: Buenos Aires, Federación Sionista Argentina, s/f. Prólogo de Chaim Weizmann.)

  5. (Segunda edición; la primera es de 1946).

  6. (Obra póstuma, recogida por su gran amigo Charles Péguy en Les Cahiers de la Quinzaine, 11 (1910) y precedida de un ensayo del propio Péguy.)

  7. (Tesis doctoral, con bibliografía exhaustiva hasta esa fecha.)

  8. (Conferencia pronunciada en el Théatre des Ambassadeurs, Paris, 5 de febrero de 1938.)

  9. (Hay traducción: Buenos Aires, Desclée de Brouwer, 1945.)

  10. (Oeuvres Complètes de Guy de Maupassant.)

  11. ( The Wawerley Novels The Waverley Novels . Author’s Edition Entire. Volúmen II.)

  12. De quienes [procede]Cristo según la carne

  13. Bloy junta dos párrafos distintos, el 12 y el 15, de los cuales da una traducción bastante libre. La sigo, en vez de reemplazarla por alguna de las que están en uso.

  14. Salus EX Judaeis, quia Salus A Judaeis. Respuesta con el matiz de las preposiciones latinas ex (proveniente de) y a (por). El texto de la Vulgata trae ex.

  15. A la petite semaine: de manera oportunista (gouverner a la petite semaine) pero también preter a la petite semaine, prestar a muy corto plazo y con usura.

  16. La Salvación por los Judíos fue escrita en 1892.

  17. León Bloy: Le désésperé, página 201. Edición Soirat, única recomendada por el autor.

  18. Youtre, término despectivo del argot

  19. Génesis, 48: 27.

  20. Los Menecmos, comedia de Plauto cuyos protagonistas son dos gemelos.

  21. "Sea crucificado"

  22. 2 Macabeos, 1

  23. A partir de aquí hay que tener presente que en francés argent designa por igual la “plata” (metal) y el “dinero”. Las complejas ecuaciones simbólicas de Bloy —decisivas para su razonamiento— reposan o sobre las características sensibles de la plata o las abstractas del dinero. En esta traducción se procura mantenerlas en función de cada contexto.

  24. Salmos, 11: 7.

  25. Léon Bloy: Christophe Colomb devant les Taureaux.

  26. En Exégese des lieux communs y en muchos otros pasajes de sus obras, Bloy hace la ecuación simbólica dinero (argent) = sangre del pobre. De ahí que el “lugar común” comerse el dinero implique: 1) vampirismo, canibalismo; 2) eucaristía, ya que “pobre”, por su parte, = Jesucristo.

  27. 2 Reyes, 12: 11.

  28. Jueces, 8: 7

  29. Apocalipsis, 11.

  30. Téngase presentes las acepciones de accomoder, que es el verbo empleado aquí por Bloy: 1) hacer el tocado, cubrir la cabeza; 2) instalar; 3) sazonar para comer; 4) ridiculizar.

  31. Jeremías, 13: 8.

  32. Sabiduría, 2: 8.

  33. Proverbios, 25:2.

  34. Lucas, 13: 8.

  35. Alusión a Drumont

  36. Job, 38: 11.

  37. Esperé esperanzado

  38. Había esperado y aún esperaré

  39. Job, 40 y 41.

  40. 2 Paralipómenos, 2: 26.

  41. Deuteronomio, 24: 7.

  42. Génesis, 4: 15.

  43. Oficio de Tinieblas, Primer Nocturno del Jueves Santo. .

  44. Pensées, fragmento 253 (Brunschvicg). .

  45. Deuteronomio, 21: 23.

  46. Santa Brígida, Revelaciones, libro 1, capítulo 10.

  47. Oficio de los Siete Dolores.

  48. Ecce homo vorax et potator vini (Mateo 11: 19).

  49. Epístola de la Misa de Los Siete Dolores.

  50. Romanos, 8: 24, 26.

  51. Génesis, 37: 3.

  52. Oficio Matutino del Jueves Santo

  53. Marcos, 13: 32.

  54. Oficio del Viernes Santo. Adoración de la Cruz (“Improperios”).

  55. Bloy juega con el doble sentido latino (y griego, ousía) del vocablo = “hacienda, bienes”, conservado en francés y en español, y el filosófico-teológico de “sustancia”.

  56. Epístola católica de Santiago, 2: 19.

  57. Paul Verlaine

  58. Juego de palabras con bois = “leña” y “leño” (= cruz).

  59. Génesis 4: 15.

  60. El cordero, que lleva en hombros, yo, el leño, de la cruz con amor la infamia ennoblecí [Mantengo el hipérbaton latino].

  61. 2 Corintios, 5: 21.

  62. León Bloy, Le Désesperé, p. 367. (Edición Soirat).

  63. Sedecías quiere decir “el Justo del Señor”. Paralipómenos, 36: 11 y 12.

  64. Léon Bloy: Le Désésperé, página 51 (Edición Soirat).

  65. Mateo 25: 35-36.

  66. Génesis, 18: 20.

  67. Génesis, 18: 1 y 2.

  68. Lucas, 16: 22 y 23.

  69. Tal es el sentido hebraico de estos dos hombres.

  70. Génesis, 6: 15.

  71. Génesis, 18: 25.

  72. 3 Reyes, 7:3.

  73. Ezequiel, 4:6.

  74. Eclesiástico, 44: 17.

  75. Génesis, 6: 15.

  76. Salmos, 77 (Vulgata 76): 9 y 10.

  77. Exodo, 27: 10.

  78. “Madián” significa juicio e implica la idea de litigio.

  79. Zacarías, 8: 23.

  80. Omnipotentia supplex.Este nombre magnífico de la virgen fue revelado por San Bernardo.

  81. Juan, 1: 47.

  82. Lucas, 16: 9.

  83. Exodo, 12: 35 y 36.

  84. Génesis, 41: 45.

  85. Banqueroutier. 

  86. Foenerabis gentibus, et ipse a nullo accipies mutuo. Dominaberis nationibus plurimis, et tui nemo dominabitur

  87. 1 Reyes, 10: 18-20.

  88. Génesis, 6: 7.

  89. Juan. 16:7.

  90. Jeremías. 23: 40.

  91. Ezequiel. 23: 31-47.

  92. Lucas. 22: 41

  93. Estas últimas líneas han tenido el honor de conmover al jesuita, que pretendió que eran contrarias al dogma

  94. Extracto del manuscrito conservado en la Biblioteca Nacional de París.

  95. [N. del T.] Traducido por Hugo Savino

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