Revista SITIO · N.º 1 (1981)

El hombre de los gansos

Desde mi habitación puedo oír el graznido de los gansos. De modo que éste es el lugar que he elegido para morir. Grises, los veo agitar sus plumas, sumergir sus cuellos en el agua y al emerger sacudirlos con violencia. Han repetido este movimiento durante horas para iniciar después un recorrido simétrico, prolijo, y posteriormente retornar al mismo lugar. De manera que estas aves oficiarán de cortejo fúnebre. Se diría que vigilan mi propia muerte, ya que al menor ruido dejan escapar sus ayes lastimeros.

Es al anochecer cuando comienzan sus graznidos inquietantes. Es como un llamado desde el fondo de las aguas. No lo había escuchado antes, nunca había vivido en una granja. Sólo los recuerdo muertos, colgando fríos de algún gancho de carnicería. Por otra parte siempre los confundí con los patos, dicen que su hígado es muy valioso, no su corazón.

Hace un mes que estoy en este lugar. Después de mi acceso de ira en el cementerio decidí buscar refugio en este sitio. Sé que a los que le trasplantan algún órgano no viven mucho tiempo, no veo por qué el corazón habría de ser una excepción. No puedo soportar el secreto que ese hombre se llevó a la tumba. En el cementerio los deudos fingían indiferencias. No querían hablar de la cuestión, había sido una voluntad del difunto, ellos la respetaban como respetaban su secreto. Entonces no era un silencio sepulcral, sino un vulgar silencio y para más vulgar, parecía ser un silencio de familia.

Por otra parte, no fui yo el que eligió este destino. Mi mujer y esa anciana que hace años la acompaña, creo que su madre, decidieron por mí. Ahora me he marchado y soy para ellas un número de una casilla de correos. Por caridad y sabiendo que voy a morir, envían algún dinero. Debía asistir semanalmente a un médico para hacer un tratamiento especial, pero no pude resistir y me marché sin avisar a nadie.

Reuní todos los papeles, hasta el mínimo recorte que poseía de ese hombre y vine a encerrarme hasta que los latidos comiencen a precipitarme hacia el final. Como los gansos no he avanzado mucho, nado siempre en el mismo sitio y con los días el agua comienza a podrirse lentamente.

Cada día lo dedico a estudiar la vida de ese hombre del que he recibido su corazón. Me doy cuenta que su alma, o tal vez su carne, encierran algún pecado oscuro; a punto tal que lo imagino un individuo sumiso, un hombre servil, un intrigante de pequeños favores, digno de una historia de marinos donde siempre hay un alma arrepentida buscando olvidar algún acto de cobardía.

Anoche he tenido un sueño, se podría decir que fue una pesadilla; creo que a partir de ahora sólo me esperan pesadillas. Había un gran baile, las damas y los caballeros vestían galas, tal vez por eso era como si flotasen en el aire. Para llegar hasta ese baile esperaba un tranvía y cada número que aparecía me llevaba por un recorrido distinto. Ciertas damas se inclinaban al costado de las vías mientras una trataba de recoger un pétalo caído entre los adoquines. Los edificios arrojaban las vías a una línea de sombras. Un tranvía se había detenido y una de las damas se aprestaba a cruzar la calle. La presencia de faroles iluminados oscurecía el sueño. Todo estaba muy quieto y el reloj de la estación se había detenido en una hora borrosa. En un fondo de montañas, lejana se podía ver la cúpula de una iglesia. Tal vez las mujeres habían descendido de las montañas y sus pasos pequeños se habían demorado en llegar. Una de ellas caminaba llevando entre sus manos un corazón palpitante. Fue ahí que recordé el relato de la videncia. Una mujer que camina hacia una iglesia para hacer un mal. Camina por una calle cubierta de pétalos. Fue entonces que dudé entre si la mujer caminaba hacia la iglesia o regresaba de ella.

Mi corazón latía entre esas manos, bastaba que lo dejara caer para que estallara entre los adoquines de esos arrabales. Mi vida dependía de la que, en videncia, transitaba entre tranvías inmóviles, y lo que hacía palpitar aún más mi corazón era que su mirada no estaba perdida sino que parecía conocer un rumbo fijo. Nunca llegaría a ese baile. De pronto, la dama en videncia subió a uno de los tranvías y éste se puso en movimiento. Desde la ventanilla engalanada la pasajera me hizo un saludo con las manos. El tranvía, silenciosamente, desapareció en las sombras. Detrás del tranvía que se había marchado, apareció un espacio iluminado por un palacio. Entré al salón y frente a un espejo me apoderé de uno de los brazos de las bailarinas y comencé a roerlo parsimoniosamente. No me sorprendió darme cuenta que ese brazo era un choclo dorado cubierto de granos que mi boca desgajaba sin odio sino, se diría, hasta con cierta dulzura.

Me desperté y fui corriendo hasta la ventana. Allí seguían esas aves extrañas realizando su morosa ceremonia. Decidí que debía informarme sobre las costumbres de esas aves. Morirían en el agua y sus plumas se esparcirían permaneciendo para siempre en ella, mientras sus cuerpos se hundían lentamente en el estanque. Recordé las figuras embalsamadas con que un curandero adornaba una repisa y me pareció divisar la figura de un ganso. Recordé vagamente un cuento en que una mujer embalsama un ave en el momento de su muerte para donarla al altar de la que era devota. Creo que su nombre era Corazón Sencillo. Recordé los brillos en sangre de un ave chillona y de plumas verdosas que había encontrado la muerte en la loza blanca de un baño de damas.

Pensé que los granos dorados pertenecían a buches engordados para el sacrificio. Bolsas transparentes que van cobrando las formas del tiempo que le falta para la muerte. La mano del matarife se acerca y soba esa carne colgante de manera más cariñosa que técnica, como agradeciendo que se hayan alimentado con resignación; porque le bastaría mirarlos para calcular los días justos que les quedan de vida, fecha que aparece ya marcada por una cruz en su almanaque; sin embargo, es necesario que esa mano carnosa tantee diariamente el garguero. Creo que suelen emborracharlos. Los alimentan a pequeñas dosis de vino. Viven en brumas hasta el momento de su muerte.

No sucedía lo mismo con el hombre del gaznate. Se diría que rebosaba de vida. Un enorme buche colgaba de un lado de su cuello. Una bola de grasa brillante se movía al compás de esa cabeza que se erguía no sin cierta dificultad sosteniendo semejante peso. Y el hombre, lejos de avergonzarse, exhibía orgulloso su buche que contrastaba con su torso bronceado y semidesnudo; si no fuera por el color de su piel, su cabeza parecería surgida de una de esas fotos que sólo hay en los libros de medicina.

Lo encontré en el negocio donde venden alimentos. Inmediatamente bajé la mirada y evité su camino. Temía a cada instante encontrarlo en esas estrechas calles comestibles. Ver surgir su cabeza en medio de botes de goma, latas de conserva, sábanas de colores tropicales. De pronto, emergió en un laberinto de fiambres expuestos en heladeras vidriosas y transparentes. Me distraje entonces tocando un ave congelada expuesta en una bolsa plástica; sin darme cuenta, estaba palpándole el cogote, tal vez en busca del maíz dorado.

Pero miré la forma congelada y me dí cuenta que no era un pavo sino un pollo. Fue en ese instante que detrás de un jamón bamboleante apareció la cabeza archimboldesca. No pude dejar de hacer una pequeña exclamación mientras veía cómo mi piel se ponía de gallina. Desde sus ojos acamaronados brilló un destello de indignación. Gotas de transpiración caían por su tez que pese al bronceado ofrecía un matiz aceitunado. Sus labios carnosos esbozaron una mueca. De una de sus orejas pendía un aro collar. Tal vez para que uno desviara la mirada a la belleza de la perla. Una mujer se acercó y le musitó unas palabras al oído. Las suaves palabras le hablaban a la perla. Aproveché que el hombre se distrajo con lo que le decía la mujer y salí volando. Cuando me dí cuenta de mis propias palabras, quedé paralizado.

Durante unos días me recluí en la casa por temor a encontrarme con el hombre abuchonado. Llegué a pensar que vivía en el mismo edificio. Que sus alas mortales podían atravesar el cristal nocturno y estrellarse contra él como un insecto aturdido.

Era necesario conversar con alguien. Me encontré con un morador en el restaurant del lago. Había pasado el verano y las mesas blancas se abandonaban lentamente en un color indefinido. En medio de ese silencio el graznido de los gansos parecía perforar los oídos. Le pregunté si sabía algo acerca de la vida de los gansos y me respondió algunas generalidades. Después traté de averiguar si había visto rondar por el lugar el hombre abuchonado. Sin duda, se lo describí con emoción ya que dejó de acariciar el vaso y me miró a los ojos para designar el hecho como un tumor inoperable.

Me preguntó por qué me interesaba por las costumbres de los gansos. Le respondí que me interesaba por la mitología. El comenzó a recordar fábulas, pero ninguna en que aparecieran esas aves. Las fábulas lo llenaban de miedo. Me preguntó entonces: ¿Ha leído un libro más sanguinario que Cuentos de la Selva? Ahí todo se animaliza”.

Es al revés —le respondí— ahí todo se humaniza. Por eso es escolar. Un tratado de caracteres, exótico, tropical. Una selva exhuberante, una geografía lujuriosa, sin embargo cada palabra representa el relato de un vicio o una virtud. El hombre permaneció en silencio, y en el instante que habló me pareció que desviaba su mirada hacia las aguas del lago. A mí me siguen dando miedo, dijo. Y agregó: “Siempre me asustaron esas figuras combinadas. Pingüinos que visten fracs, garzas enfundadas en finas medias de seda. Tersos cuellos de cisnes transformados en pálidas damas de encajes”

El hombre prosiguió hablando. Recordé entonces que otras eran las aves que volaban en el cielo de la bahía. En su vuelo no formaban una letra que cantara la victoria de mi muerte. Pero qué se podía esperar de esas aves que al caminar sus patas rojizas se confundían con las huellas de su propia sangre. No se podía esperar otra cosa de esas aves de corral. Por más que la dama judía volviera esas aves delicadas cuando inclinaba su cabeza, no sin cierto encanto, ante la mesa y disponía sus manos pálidas a comer ganso asado. Tal vez era el contacto de esas manos lo que volvía finas esas carnes rústicas, o su manera de mirar la presa que hacía irradiar un resplandor azul de sus párpados que invitaban a la tentación. Un cisne hubiera encontrado la muerte en la quietud de la nieve tenue. Pero no podía respirar, un peso enorme aplastaba mi corazón, un animal de lodo se agitaba en mi pecho. Un ave que no pertenecía del todo al agua, un ave que no pertenecía del todo a la tierra. Fue entonces que volví a entender lo que el hombre me decía.

“Me sucede lo mismo con las cartas españolas. Sobre todo con la figura del caballo. Hay un momento en que pienso que es un jinete montando un caballo. Después me parece un centauro. Hasta que con el transcurrir del juego, el naipe se convierte en “el caballo” y que, según la suerte, puede alcanzar el brillo del oro o la temible sombra de la espada”.

Lo miré a los ojos y se me ocurrió pensar que el oscuro pecado del donante podía haber sido una trampa de juego. Una inocente partida de cartas entre compañeros de trabajo se había convertido, al ser descubierto, en una afrenta insoportable. Nunca más los había podido mirar a los ojos. Nunca creyó en las frisas alegres que quisieron acompañar lo que para él fue un oprobio y para los otros un hecho sin importancia que pronto cayó en el olvido.

Sentí que mi corazón comenzaba a latir precipitadamente, necesitaba ir a consultar los papeles, sin duda estaba cerca del secreto. Me quise levantar y sentí que me desvanecía, todo el espejo estancado del lago había estallado y pequeñas gotas vidriosas salpicaban mi cara. Entre brumas ví como la mano del hombre desabotonaba el cuello de la camisa y con manos seguras buscaba mi garganta.

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