Hasta aquí llegué.
No sé muy bien de qué manera me fui acercando. Según parece lo hice con gracia. Saltando de un episodio a otro, demorándome en cada uno apenas lo suficiente como para tomar impulso y pasar al siguiente. Todo esto con la destreza y velocidad de un bailarín.
Eso dicen algunos.
A veces también yo prefiero creerlo así. Por vanidad seguramente o tal vez para no discutir. Después de todo la cuestión no tiene demasiada importancia.
Lo que importa es el presente. ¡No me vengan con historias! A medida que pasa el tiempo y se agota el dinero mi situación se hace cada vez más grave. La incertidumbre puede más que el sueño. La llegada del día se demora. Al fin me sorprende con la cabeza entre las manos gimiendo con desconcierto: ¿Cómo llegué hasta aquí? ¿Cómo?
A los saltitos. Es cierto, a los saltitos.
Insignificantes. Nada destacable. Sin las emociones del vértigo Es preferible no evocarlos. A esos por lo menos. Hubo otros. Saltarines paseos por el Rosedal. Las manos metidas en los bolsillos; los dedos jugando con las monedas, las pelusas. El aire espeso de la tarde. Cálido. El silencio. El sol. Paseos brincadores y alegres. Despreocupados. Aunque no tanto, siempre se corría el riesgo de encontrar a Margarita, la gitana que predice. Un encuentro delicado. En todo momento procuré evitarla. No era nada fácil. Acechaba detrás de los arbustos. Oculta por las sombras del follaje, protegida por el resplandor del lago que enceguece a los paseantes. Fue audaz atreverse sobre los caminos de ladrillo. Margarita solía aparecer inesperadamente. Envuelta en colores brillantes, en tules transparentes. Las enaguas vislumbradas y debajo más tules y más enaguas y otra vez tules y enaguas repetidos. Espejos enfrentados de telas livianas. Espejo profundo. Cada vez que me sorprendió no pude evitar asomarme a él. Al principio con pudor, como quien se observa reflejado en las vidrieras sin detener la marcha, avergonzado de contemplarme. Vistazos tímidos y fugaces. Sin embargo Margarita se encargó siempre de conducirme a través de los pliegues. Tomándome con firmeza la mano del corazón me alentó con su murmullo a que observara los reflejos titubeantes, las edades por venir. Un hombre aguarda. En las trenzas las medallas entrelazadas repiqueteaban entre sí. Cascabeles propiciatorios. ¡Un hombre endiablado! ¡Un diablo de astucia! ¡Lleno de mañas! ¡Me enseña su mano sonriendo! O tal vez no sonriera, el reflejo del lago me impide verlo con claridad, el vaivén incesante de la gitana confunde los tules. Ese hombre me hará daño. ¡Margarita de mal agüero!
En fin, cosas de gitanas. Oráculo dudoso.
A veces me esfuerzo en olvidar a ese que espera. Otras no. Merodeador paciente.
De todos modos carece de importancia. Son evocaciones para pasar las horas; es como hojear una revista que ya leí. Lo importante es el presente. ¿Lo dije? Sí, lo dije. Lo voy a repetir todas las veces que haga falta. ¡Sin trabajo, sin dinero; como para pensar en gitanas estoy! Ni el frú-frú de sus polleras, ni el retín-tín de sus medallas me vuelve a distraer. Ahora hay que atender las obligaciones.
¿Seis meses! ¿Podrán ser siete? ¿Y un año? ¿Estaré un año sin trabajar? Es sorprendente. No digo que sea ni bueno ni malo. Sorprendente, eso es todo. Hace seis meses estoy sin empleo. ¡Me echaron! digamos las cosas como son. Desde entonces el estupor me tiene paralizado. Con la mandíbula caída hasta el cuello, los ojos son dos huevos. Así paralizado. Seis meses. Estupefacto. No atino a mucho. Lo que dije, sólo algunos paseos, unos pocos saltitos por el Rosedal mientras observo, cuando tengo suerte, como los pájaros buscan alimento y hacen su nido. ¡Click! ¡Ya está! Naturalista desocupado. La fotografía siempre es una buena coartada. No me atrevería a salir a la calle sin la cámara. ¿Quién es ese que camina tan despreocupado? ¡Sin nada en las manos: ¡Va para aquí y para allá! ¿De qué vive? ¡Jamás sin la cámara! No sabría qué contestar si las cosas se pusieran graves. ¿Dónde metería el ojo? ¡Siempre con ella! Es una tranquilidad caminar sintiendo los golpecitos que acompañan el vaivén de cada paso. De ese modo voy tranquilo como un avestruz. A nadie llamo la atención. Es como pasear con un perro. Todo el mundo sabe que a los perros hay que sacarlos a pasear.
Bellos momentos esos paseos. Breves sin embargo. Enseguida me asalta la vieja ansiedad. ¡Sin empleo! ¡Desocupado! Es más: ¡despedido! Un tipo sin empleo no puede pasear lo más campante como si no hubiera otro riesgo que encontrarse con gitanas. ¡Debo correr a mi casa! ¡Rápido a casa! Que el merodeador se quede con sus pájaros en los caminos de ladrillo. ¡A casa! ¡A correr antes de que se rompa el hechizo! ¡Zambullirme en los clasificados de Clarín!
La última campanada me sorprende redactando las cartas que solicitan empleo. Redacto con entusiasmo. Siempre es así. Con respeto. Es que puede ser ésta la carta que cambie mi destino. Con las, cartas no se juega. Uno nunca sabe. Son como las fotografías, un instante congelado. Irremediable. ¡Click! y la carta cae en el buzón. ¡Ya no podés echarte atrás! Por eso lo digo: es necesario redactarlas con sumo cuidado, prolijamente. No pueden ser tiradas con indiferencia. Requieren concentración. Justamente ese es mi lado flaco.
¡Concentración! ¡Concentración! bramaba los últimos tiempos mi patrón. En realidad éste era mi amigo. Me había ofrecido trabajo en su empresa cuando la Constructora se fundió y por primera vez quedé sin empleo. En esa oportunidad me sacó de un apuro muy serio. Justo es decirlo. ¡En la calle! así me encontró. ¡Expuesto a las miradas! ¡Un linyera! o algo peor.
Las cosas marcharon bien al principio. No se puede decir lo contrario. Hasta que dejé de concentrarme en mi trabajo. ¡Tenía mis razones! pero esa es otra cuestión. Ya habrá tiempo para eso. Lo cierto es que el sector a mi cargo comenzó a derrumbarse. ¡El colapso! No quiero entrar en detalles, pero eso es lo que se decía.
Malos días aquellos.
Los errores y malentendidos me abrumaban. Implacables caían sobre mi espalda y desconsolaban a mi amigo que estoy seguro hubiera preferido que prosperara en su empresa. ¡Pero no había nada que hacer! Yo empacado. No por capricho, tampoco es necesario ser tan severo. Me distraía a menudo, eso es todo.
Intentó ayudarme. Me hablaba amigablemente, con paciencia, explicando la sencillez de mi trabajo. Largas charlas en las que sugería, de manera delicada, que pusiera más atención en lo que hacía. Contrató más personal para aliviar mi esfuerzo. ¡Hasta llegó a ordenar que pintaran mi oficina! Todo en vano. Me hundía.
Una tarde, en el silencio de su despacho, me soltó con la voz dulce y sosegada: “No lo tomes a mal, pero es necesario que te vayas de la Empresa...” me hablaba con suavidad, de manera casi inaudible; tanto que debía inclinarme hacia él para no perder ninguna de sus palabras, “te indemnizo, pero andate por favor..." a pesar del esfuerzo por escuchar había frases enteras que se me pasaban por alto, “dentro de un mes, dos, tres..." en la cabeza estallaban luminosos fuegos artificiales; "...en fin, cuando consigas otro trabajo”, el resplandor y la música de cocoteros y panderetas animan el baile que se inicia; "...cuando quieras”, un baile furioso apenas iluminado por fuegos fatuos efímeros y lejanos; el son de las sombras se repite; "...pero andate”, se distinguen siluetas vagamente recortadas en la penumbra, se agitan al compás del traca-trá de maracas y tamboriles; el espejo de los tules, el merodeador se destaca por momentos señalando las líneas de la mano, ahora más que nunca debo temerlo; ahora que mi cuerpo se vacía cada vez más cada vez más oigo el eco de sus palabras endiabladas, pero apenas si las oigo ese ruido endemoniado del candombe se impone una y otra vez! los parches retumban duelo, llora la Restauración. ¡Oh-oh-oh!
Eso ya pasó. Son viejas cuestiones, viejos pliegues en el tul. Ahora es necesario encontrar un buen trabajo. O por lo menos el dinero suficiente para pagar otro mes de alquiler. Es alarmante, pero si no pago el alquiler me echan a la calle. Así de cruel. ¡Redactar! ¡Redactar! ¡No puedo perder más tiempo! ¿Qué vas a esperar —me dijeron— estar con tus cosas en la vereda? ¡No! ¡Eso sí que no! ¡Mis cosas tan queridas! Apiladas en la vereda como las ramas que se juntaban para la fogata de San Pedro y San Pablo una semana antes del día señalado. Altar valioso aquél que debíamos proteger de la codicia de los dueños de otras fogatas; montando guardia por turnos, vigilando admirados la pila de ramas y maderas que conocíamos de memoria de tanto mirarla. Terminábamos distinguiendo una rama seca de otra; sabiendo sobre la procedencia de los cajones de fruta, de las sillas viejas, de los trapos, los listones de madera, los restos de muebles. Cada mañana realizábamos una y otra vez el inventario. Siempre la misma pregunta: ¿Cómo arderá? ¿Cómo la silla? ¿Y el cajón? ¿Y el aserrín? ¿Estarían las ramas suficientemente secas? ¿Cómo ardería el muñeco que se colocaba recién el último día, a última hora, en la parte más alta de esa pila que habíamos levantado? ¿Ahora quién se turnará conmigo para montar guardia en torno a la otra pila, la de mis cosas? El merodeador entrevisto. ¿Quién si no? ¡Guardián traicionero! Agazapado en los pliegues del espejo, aguardan do un descuido, espiando mis gestos.
Mientras tanto estaré ocupado en evitar la mirada de los que pasan murmurando: ¡Ya no está en edad de jugar a la fogata!.
No vale la pena exponerse tanto. Hay que ser más cuidadoso. Es una imprudencia. Nuevamente en mi casa. Mejor así. Como un criminal arrepentido que suplica la horca a sus jueces. Buscando y rebuscando un trabajo en los clasificados. ¡Trabajo! ¡Trabajo! Para éste que quiere reunirse con sus semejantes. La tibieza. Cordero extraviado.
¿Qué pensarán de mí los patrones después de tanto tiempo? Todos estos saltitos. ¡Imprudente! ¿Creerán que siempre fui lo que ahora soy? ¡De ningún modo deben hacerlo! ¿¡Seis meses! ¿Qué son seis meses en la vida de un hombre joven? ¡Despedido! No tienen porque saberlo. Un tema muy delicado. Hay que redactar las cartas con cuidado, siempre lo digo. Las fisuras. ¡Muy delicado! Las buscan. Escarban hasta encontrarlas. Les temen. Si no hallan nada es peor: sospechan. Son así. No hay remedio. Suspicaces. Ojos de lince. ¡Seis meses! Nada se les escapa. Reparan en los detalles. ¡Despedido! Minuciosos. Se saben expuestos.
Sin embargo tengo mi pasado. Antecedentes. Debo aclararlo. ¡Antecedentes de lo mejor! ¿Acaso no cuentan? ¡Tengo papeles que lo prueban! ¡Estoy dispuesto a enseñarlos! ¡Papeles certificados! Por otra parte poseo una instrucción, eso hay que decirlo también, ¿por qué no? soy... en fin, ¿cómo explicarlo? Bueno, soy Perito Mercantil. ¡Sí! Perito Mercantil, ¿qué tiene de malo? Es una manera de ser como cualquier otra. Perito Mercantil, así como suena. Como el Perito Moreno digamos, pero Mercantil. No es una vocación pero tampoco un destino ¿O sí lo es? ¡Quién puede saberlo! ¿Margarita? ¡Ni hablar de esas mujeres! Las conozco. Hay cosas que un hombre jamás debe saber. Es preferible ser Perito Mercantil. Un saber honrado. Llano. No admite pliegues. Están las fisuras. ¡Es cierto! ¡Las fisuras! ¡Las fisuras! Bueno, pero ¿quién no las tiene? No es para alarmarse. No tanto. Apenas seis meses. Casi siete. El tiempo pasa volando. ¿Ya seis meses? ¡Casi siete! Es mejor redactar. ¡Concentración! me lo advirtieron. Es preciso concentrarse. Como lo hacía mi padre. El sí que podía. Así tocaba el bandoneón. Tenía una orquesta típica, una vez Tita Merello le estrenó un tango. Un artista. El mismo lo decía: “...es que soy un poco bohemio”. Y esto lo decía, más que nada para hacer rabiar a mi madre la que no veía nada bien que una persona mayor se dedicara a esas cosas. Sobre todo teniendo la responsabilidad de una familia. Más le hubiera valido progresar en su empleo que estar por ahí escribiendo versos o tocando el bandoneón. Pero, en fin, él era así: medio bohemio, medio poeta. La otra parte trabajaba en el Subterráneo, pero de eso no le gustaba hablar. Se pasaba las tardes tocando el bandoneón. Se iba a la terraza a tocar porque era el lugar más apartado y solitario de la casa. Después de la hora de la siesta se ponía dale que te dale con un cigarrillo colgando de los labios. Tocando hasta el anochecer, con los ojos entrecerrados, un poco por la inspiración y otro poco por el humo del cigarrillo que le colgaba de la boca y que dejaba consumir así, sin importarle las cenizas que caían encima del fuelle que abría y cerraba convirtiéndolas en un polvito gris que luego de un rato se desparramaba por el suelo y la brisa de la tarde hacía desaparecer. Un artista. Cuando terminaba con la música se iba silencioso ¡quién sabe adónde! Entonces mi madre subía a la terraza con la regadera, porque a las plantas —en verano— hay que regarlas una vez que se fue el calor. Mientras lo hacía miraba descontenta los puchos sobre las baldosas. Esas huellas que reprobaba. Junto con el olor de la tierra húmeda subían los reproches. ¿Es que no se daba cuenta cómo se agigantaba la distancia económica con el resto de la familia? Todos los tíos, los tíos maternos quiero decir, habían empezado como empleados y alcanzaron posiciones realmente envidiables. Llegaron a disfrutar de un bienestar que nunca hubieran soñado en aquellos tiempos remotos en los que el único auto de la familia era el de mi padre. Después las cosas comenzaron a marchar mal para nosotros. Cada vez peor. Hasta que nos quedamos sin auto, ni vacaciones, ni un traje nuevo cada temporada. Los otros, los de mi mamá, se convirtieron en los ricos de la familia y nosotros en los parientes pobres. Subrepticiamente empezamos a vivir de la caridad. Un sobretodo. Una frazada. Siempre se piensa que los pobres tienen frío. Se los abriga hasta que apesten sudorosos. ¡Meta lana! ¡Meta paño! Eso sí: con discreción. La susceptibilidad. No herirla. Asunto espinoso. Mucho.
¡Qué es lo que quiere esta mujer! aullaba cuando se decidía a responder los reproches. ¡Qué humos se te subieron! ¡A la cabeza se te subieron! Furioso. El descontrol. Marcando el ritmo de los gritos con golpes sobre la mesa. El hule arrugado. Cada manotazo hacía retumbar los platos, trastabillar las botellas. ¡Toda la mesa un yunque inestable! El sifón peligroso. Una explosión inminente. ¡Que explote así reventamos de una buena vez! y otro manotazo más fuerte que el anterior. A veces con la mano abierta, otras con el puño cerrado. Contra la mesa. No una vez. Varias. ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! a la hora de comer. El único momento del día en que nos enfrentábamos los tres. El resto del tiempo correteábamos por la casa evitando tropezarnos uno con otro cada cual en su mundo. Pero con cada comida se renovaban las amenazas. ¡No lo molesten al señor! ¡Tiene que hacer versos! ¡Tocar el bandoneón! Se enseñaban los dientes. ¡Un artista! Gestos feroces, como de loco. ¡Dale contra la mesa! ¡Dale! ¡Dale! ¡Dale!
Si mi padre se levantaba de la mesa, ella detrás de él. Así iban por toda la casa, ferozmente. Desfigurados los rostros que en ocasiones me hablaban con dulzura.
Yo cauteloso. Clavaba los ojos en el Quácker que se espesaba. Un engrudo asqueroso. Cada vez más espeso a medida que pasaban los minutos y los alaridos crecían.
Cierto día, después de una larga discusión, mi madre soltó con la voz cortada por el hipo y los sollozos: ¡Si estuviéramos solos ya te cantaría cuatro verdades! En esa oportunidad la pelea transcurría en el patio. Mientras tanto yo seguía en la cocina, con los ojos fijos en el engrudo. ¡Desesperado! sabía que finalmente siempre debía tragarme esa pasta pegajosa. Me gustara o no. Era habitual que sobrara algo de la furia de esos dos. La suficiente como para obligarme a comer una rata si hubiesen querido
¡Cuatro verdades! Al oírla mi padre se enfureció aún más. ¡El dedo en la llaga! De un salto se lanzó hacia la cocina. ¡Revolver el cuchillo! Enloquecido gritaba: ¡Decilo! ¡Decilo que él ya es grande! ¡Decilo! Se abalanzaba. El rugir de una horda pisoteando. Aterrorizado cerré la puerta de un golpe. ¡Justo a tiempo! ¡No quiero! ¡No quiero oír! Todo cede ante el rugir. Con toda la fuerza de que era capaz apoyaba el cuerpo contra la puerta que el otro abría implacable. El esfuerzo era en vano. No tenía ningún lugar donde afirmarme para sostenerla. Al levantarme bruscamente había volcado el Quácker y ahora patinaba sobre él. La puerta se abría arrastrándome. El suelo cedía. ¡Una ciénaga! ¡Me devoraba! ¡Siempre sospeché que ese engrudo maldito sería mi perdición! ¡Ya es grande para saberlo! Imposible resistir ¡No! ¡No quiero! ¿Por qué se meterían conmigo? ¡Que me dejaran tranquilo! Bastantes disgustos ya tenía con el Quácker como para participar en sus rugidos. ¡A rugir a otra parte! ¡Fuera! ¡Fieras! Inútil oponerse. Todos de nuevo en la cocina. ¡Decilo que ya es grande! Insistía. A todo pulmón. Mi madre no quería saber nada con decirlo. Aullaba guardando en secreto las cuatro verdades amenazadas. El la aferraba del brazo. ¡Decilo...! Sólo un ronquido. ¡No podía escapar! Me lo impedían. Estacionados en la puerta la clausuraban. ¡El Quácker! Los tres chapoteando pegoteados. Triturando los restos del plato. ¡Crack! ¡Crack! con cada paso. Un zapateo sobre las brasas. Machacando las uvas. El vino fluye. ¡Me corté! ¡Mierda, me corté! Mi padre saltando en una pata se agarraba con las manos el otro pie. Se enrojecía. Goteaba. Otro que se aleja a los saltitos. Hacia el baño. Rastrearlo era fácil. Una gotita, dos, tres. Otra.
Se oía el rumor del agua corriendo. La canilla de la bañadera la arrojaba con fuerza. ¿Sobre el pie caería? Seguramente. Una catarata repiqueteante. ¡Lavate bien! apenas si se distinguía la indicación de mi madre. Su voz la ocultaba el ruido atronador. Un arroyo rosado. Los sedimentos. Cuando la sangre llegaba al río los gritos cedían. Después de todo no eran mala gente. Una cosa era discutir y otra muy distinta la sangre.
Todos los matrimonios discuten. ¡Claro, todos! Yo no tenía que hacer caso. ¡Para nada! Una pelea sin importancia. ¡Sólo eso! Cuando la madre terminara de lavar la cocina continuaríamos con el almuerzo. ¡Unidos! Como siempre. Mejor que nos tranquilizáramos. Todos. Muchos nervios.
Una gotita oscura, un poco oculta por la sombra de una maceta, no había sido descubierta por los trapazos apresurados. Redonda, con rayos como un sol. Oscura. Un eclipse. Permanecería hasta la próxima lluvia. Tal vez menos.
Las siete de la tarde.
Me distraje con este asunto de la sangre. Ahora el Correo ya está cerrado. Nada de cartas hoy. Otro día que pasa y yo sigo sin empleo. Habrá que hacer los aprestos necesarios para pasar la noche. Instalarse sobre los almohadones. La luz tenue de la lámpara. Tal vez un poco de ajedrez. Algún licor. Esperar el sueño. Quizás mañana. ¿Por qué no? Uno nunca sabe. ¿Qué otra cosa puedo hacer a esta hora? Sólo los almohadones y la luz tenue. Licores.
¡Parezco un príncipe! Un príncipe desgraciado, tal vez. Príncipe al fin. Después de todo las desgracias nunca vienen solas. Es algo sabido. Junto al desempleo más desdichado acuden corruptoras las delicias del linyera. Linyera en la vigilia, príncipe al caer la noche.
Sin duda hay algo principesco en todos estos meses sin actividad. Algo imperdonable. Nadie olvida que el trabajo es un castigo de Dios y quien lo elude un convicto, un prófugo del resto de los hombres.
El castigo es el exilio. Un castigo inevitable.
La cabeza de los príncipes es inestable. No existen hombros que la soporten durante mucho tiempo. Es su destino. Mientras tanto los licores. Por lo menos a la noche. Y el ajedrez. Y los almohadones.
