I
Mansa llamarada blanca
en el azul del cielo.
Allá en la colina
un árbol y otro parecen
sus tempranas cenizas azuladas,
mientras las sombras
buscan un remanso en la hierba.
Nada augura la aparición de la noche
en este instante,
cuando un sendero
me lleva al umbral de las voces,
donde otra llama me desvasta
y me deja apenas
un silencio donde sueño
con el resplandor de la tarde.
en el azul del cielo.
Allá en la colina
un árbol y otro parecen
sus tempranas cenizas azuladas,
mientras las sombras
buscan un remanso en la hierba.
Nada augura la aparición de la noche
en este instante,
cuando un sendero
me lleva al umbral de las voces,
donde otra llama me desvasta
y me deja apenas
un silencio donde sueño
con el resplandor de la tarde.
II
Se van los tonos,
los matices,
el color,
queda el oscuro hueso,
relámpago inútil,
que quiebra
el tono,
el matiz.
Queda un silencio
que me deja
sonidos sin fuego:
susurro de la muerte
señala ausencias,
piedra en mi cuerpo,
me tiendo en la luz.
los matices,
el color,
queda el oscuro hueso,
relámpago inútil,
que quiebra
el tono,
el matiz.
Queda un silencio
que me deja
sonidos sin fuego:
susurro de la muerte
señala ausencias,
piedra en mi cuerpo,
me tiendo en la luz.
III
La luz apenas se desliza.
Ese cuerpo es una sombra que se diluye,
agua que se esconde
en su transparencia,
llama que en su fuego arde.
Me acerco, busco
su piel cálida.
Su voz se apaga, se desliza
en sí misma hacia el espejo.
En el terso borde del espejo
quedan las cenizas,
palabras destrozadas,
veladas hojas de sombra.
Esa mujer no existió nunca.
Ese cuerpo es una sombra que se diluye,
agua que se esconde
en su transparencia,
llama que en su fuego arde.
Me acerco, busco
su piel cálida.
Su voz se apaga, se desliza
en sí misma hacia el espejo.
En el terso borde del espejo
quedan las cenizas,
palabras destrozadas,
veladas hojas de sombra.
Esa mujer no existió nunca.
