Revista SITIO · N.º 1 (1981)

La inquisición y los Tegobitos

La inquisición no se caracterizó precisamente por el hecho de inquirir, ya que se decía “menos averigua Dios y perdona”. Y ¡Zas! los leños ardientes desarticulaban cualquier pensamiento que se hubiera formado en un rincón de algún judío, puesto que al calor de las llamas sentían la nostalgia de posponer su fe y la de su familia. Todos se quedaban quietitos cuando la gente decía: “Ahí viene la inquisición”. Un pariente muy remoto, un antepasado, fue interceptado por la inquisición y él se sentó a esperarla y dispuesto a rebatir cualquier ocurrencia que estos monjes pudieran presentarle; como por ejemplo: “Me dijeron que una vez ud. se quejó y estando cerca de una iglesia no fue capaz de hacer una reverencia”. Mi antepasado fue incendiado por una simple reverencia. Si yo tuviera que padecer nuevamente la inquisición, y la gente me dijera: “Eh, amigo, ahí vienen los inquisidores”, lo primero que haría sería no creer, porque nadie puede creer que a fines del siglo XX pueda haber algo que se le pareciera. Pero supongamos que yo estoy soñando que viene la inquisición y que me quieren inquirir por haber estado leyendo la biblia con malos ojos, o acusaran de enjuiciar el libro de los Jueces. Bueno, insisto, yo no podría creerlo aunque fuera un sueño y les diría: “eso sí que no, así no es”. Y de repente un calor abrasador me quemaría el órgano de los sentidos y después mis plumas de ganso y mis papiros empezarían a rodar cuesta abajo. Pero no hay que temer a los sueños, que como grietas del infierno se nos abren delante de los ojos, solamente, porque el sueño, engañoso y perverso, es capaz de cometer estas crueldades.

Una vez le preguntaron a un señor: “¿Ud. cree que el mundo gira alrededor del sol?” y éste contestó: “SIIIII”. Los monjes se sacaron las capuchas y haciendo una mueca de desagrado volvieron a preguntarle: “¿Ud. está Seguro, pero seguro, pero seguro que la tierra gira alrededor del sol?” Y el señor contestó: Siiiiiiiiii. Entonces, Zas, uno de ellos le pinchó el otro ojo, para lo cual este señor, que también era pariente mío, atinó a decir: “me parece que todavía algo se mueve”. Los inquisidores en el colmo de la ofuscación se alejaron haciendo ondas con sus capas.

Mientras tanto, en un pueblito de Salamanca otro señor obcecado machacaba un huevo delante de un montón de gente, que estaba convencida que América no existía y uno de los sabios dijo en tono burlón: “ni por las patas existe América” (ellos consideraban que el mundo estaba sobre una mesa).

Pero esta vez, el machacador de huevos tomó su sombrero e insultando en italiano se dio a la mar, sin más ni más que su corazonada y el afecto de la reina, que se decía a sí misma: “Mejor que se vaya y nos deje en paz corriendo a los moros por toda España, que esto es divertidísimo”. Aún cuando los moros eran muy inteligentes y rápidamente se vestían de españoles y ya está. Y la reina estaba requetecontenta cabalgando por España, hasta llegó a decir: “donde pase mi caballo no volverá a crecer el moro” (pensando que los moros tenían algo que ver con los matorrales o el matto grosso). No obstante a pesar de todo a otros le caían manzanas en la cabeza, inexplicablemente, y el otro puso en venta su telescopio porque ya ciego no le servía para nada, el telescopio lo compró gente inescrupulosa que se puso a mirar el cielo todo el día y a uno se le ocurrió inventar los horóscopos aduciendo que en los astros estaba el porvenir, nunca se supo con certeza si hablaba del porvenir de los otros o de su propio porvenir.

Pero la inquisición no cejaba. Preguntaba a todo el mundo por esto y por aquello y nada le venía bien y la gente contestaba con dificultad: “Bueno, tal vez, quizá, en fin..." y de esta manera muchos fueron absueltos. Lo más curioso de todo esto, fue que la inquisición de la noche a la mañana desapareció de la faz de la tierra (o no sé) a algún lado tuvo que ir, porque había un tipo que decía todo el tiempo: “Nada se pierde, todo se transforma... nada se pierde todo se transforma, etc. etc..." Otro individuo, altamente distraído respondió: “yo creo que todo es relativo, que nada es absoluto, yo creo que todo es relativo”. Y todos pensaron que la inquisición tenía que estar en algún lugar.

“Ah, no, no no,” —dijo un viejito Vienés— el problema es inconsciente. Y allí mismo inventó un método mediante el cual si la gente se acostaba y hablaba en esa posición no se le caía el alma a los pies y así podían decir cuanto se les ocurriera...

Ya sé, ya sé —dijo el viejito Vienés— la inquisición está escondida abajo de la solapa del saco de la gente”. Nadie podía entenderlo, hasta tal punto no se lo entendía que una nueva inquisición de tegobitos lo corrió por todo el viejo mundo.

Por eso yo digo, si a ud. alguien le hace una pregunta, no lo dude, tómese su tiempo para contestar y recuerde: en la pregunta está escondida la respuesta, siempre está la respuesta.

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