Nota introductoria
Desde la todavía brumosa Inglaterra y de la mano de Max Ernst, Leonora Carrington llegó a París acompañada por todos los prestigios. Su belleza morena sorprendía a la presunción de un origen rubio, y la actualidad de sus amistades se volvía surrealista por contraste con el misterio de las ceremonias de la Corte que habían envuelto su adolescencia. Pero no la hallaremos si buscamos en el cielo sublimado hacia el que algunos hombres han elevado la Dama. Y si la tentación fuera la pendiente lírica, allí sólo la encontraríamos como obstáculo, aguda roca, duro diamante doliendo en el sitio exacto de nuestro deslizamiento.
Leonora Carrington no se deja enredar en la serpentina brumosa de los ensueños ni en la superficie nacarada, centellante del delirio: dos caras de la estética contemplativa y complaciente de algunos surrealistas que han subrayado el valor de su escritura, pero que la han desconocido por reducir la a una función testimonial y reabsorbido en una valoración romántica de la locura que suele ver en el genio poético una práctica iniciática, una introducción a los arcanos de algún monismo oceánico, un viaje a las profundidades de la noche de nuestro ser.
Abajo no es el nombre del dominio subterráneo de nuestra mente, ni siquiera es un lugar. Nombra el momento en que algo tiene lugar, el tiempo de hacerle lugar, lo que Carrington llama “el momento de comprender”. Cuando llega ese momento, y no es metáfora, efectivamente no hay fronteras: no es el sueno sino el ombligo freudiano del sueño, lo que Swift llamó el culo del diablo cagando metralla sobre el mundo: España, 1940.
Al estallar la guerra Max Ernst es internado en un campo de concentración y Leonora Carrington, por intervención de la Embajada Británica en Francia, es enviada por sus padres a Santander a un hospital para enfermos mentales. Acompañada de una enfermera alemana nazi, pasa por Madrid de camino a Portugal. La compañía Imperial Chemicals, de la que su padre era el principal accionista, había arreglado que su guardiana alemana la dejara en Portugal en manos de otra enfermera que debía llevarla al sur de África, en submarino. En Lisboa logra escapar hasta el Consulado Mexicano y se casa con Renato Leduc para obtener un visado que le permite llegar a México.
La enfermedad de Madrid se realiza en el intestino de Leonora Carrington y la disentería se suma a la confusión de lenguas que pide por la paz. ¿Por qué hacer de esto metáfora? ¿Qué resulta insoportable? ¿No es más loco el esteticismo de Benjamin Péret y Pierre Mabille, quienes conciben (y por suerte fracasan) un “documento” en el que este relato estaría doblado por las notas y comentarios de un poeta (sic), un psiquiatra, un hermetista y un ocultista? Hay mayor lucidez política cuando Carrington escucha en el teléfono mudo que rehúsa responderle, la voz interior del pueblo hipnotizado de Madrid. Y hay mayor lucidez poética cuando aclara que lo que dice hay que entenderlo literalmente, preocupada por dejarse ir a la ficción verídica, pero incompleta, por el olvido de algunos detalles esenciales.
Abajo fue escrito en 1943, en México, a pedido del doctor Mabille. Aquellos detalles que faltaban fueron recuperados por Carrington gracias a la inapreciable ayuda de Jeanne Mégnen, quien se atrevió a reavivar el espanto y recogió este texto que se hizo literatura a pesar de la experiencia atravesada. Ofrecemos la traducción de César Moro, quien lo publicó en su espléndida revista Las Moradas. Lima, Perú, 1948. En francés integró la colección “L'Age d'Or”, Editions de la Revue Fontaine (1945).
23 de agosto de 1943
Hace exactamente tres años que fui internada en la Clínica del doctor Morales, en Santander (España), considerada por el doctor Pardo, de Madrid, y por el Cónsul británico, como loca incurable. Desde mi encuentro fortuito con usted, 2 a quien considero el espíritu más lúcido, me he puesto, hace una semana, a reunir los hilos que pudieran haberme ayudado a atravesar la primera frontera del conocimiento. Debo revivir esa experiencia porque, al hacerlo, creo ser útil a usted y porque creo, también, que me ayudará usted a viajar del otro lado de esa frontera, conservando mi lucidez y permitiéndome poner y retirar a voluntad la máscara que me preservará contra la hostilidad del conformismo.
Antes de abordar los sucesos de esta experiencia. tengo que decir que la detención dictada contra mí por la sociedad en aquel momento, era probablemente, y aun seguramente, un bien, ya que ignoraba entonces la importancia de la salud, es decir, la absoluta necesidad de tener un cuerpo que funcione bien para evitar el desastre en la liberación del espíritu. Más importante aún, la necesidad de que otros estén conmigo, para que de nuestros conocimientos nos alimentemos recíprocamente consciente de la filosofía de usted para comprender. No había llegado todavía el momento de comprender. Se trataba de un conocimiento embrionario que voy a tratar de expresar aquí con la más precisa fidelidad.
Empiezo, pues, en el momento en que Max fue llevado por segunda vez a un campo de concentración, ligados los puños, custodiado por un gendarme armado con un fusil (mayo de 1940). Yo vivía en Saint-Martin d’Ardéche. Después de llorar durante horas enteras abajo, en el pueblo, regresé a casa donde veinticuatro horas seguidas tuve vómitos voluntariamente provocados por la ingestión de agua de azahar, apenas interrumpidos por un corto sueño. Esperaba, así, distraer mi pena con esos violentos espasmos que sacudían mi estómago, como lo hubiera hecho un terremoto. Ahora sé que aquello no era más que uno de los aspectos de esos vómitos; yo había comprendido la importancia de la sociedad; quería primero limpiarme y pasar enseguida más allá de su inepcia brutal. Mi estómago era el asiento de aquella sociedad, pero era, también, el lugar en el que los elementos de la tierra se unían conmigo. Era, para emplear una imagen de usted, el espejo de la tierra, cuyo reflejo contiene la misma realidad que lo reflejado. Aquel espejo —mi estómago— tenía que quedar limpio de las espesas capas de mugre (las fórmulas admitidas) a fin de reflejar bien la tierra, claramente y fielmente, y aquí, cuando digo tierra, quiero decir, naturalmente, tierras, astros, soles, en el cielo y sobre la tierra, lo mismo que los astros, soles y tierras del sistema solar de los microbios.
Durante tres semanas, comí muy poco evitando, sobre todo, la carne, bebiendo vino y alcoholes; me alimentaba de patatas y de lechugas, comiendo, quizá, dos patatas por día. Tengo la impresión de que dormía bastante bien. Trabajaba mi viña, sorprendiendo a los campesinos con mi fuerza. Se acercaba la fiesta de San Juan, comenzaba la vid a florecer y se hacía necesario espolvorearla con azufre, a menudo. También cultivaba mis patatas y cuanto más transpiraba más contenta me sentía porque, así, me purificaba. Tomaba baños de sol y me encontraba en una plenitud física que no alcancé antes ni después de esta época.
En el exterior, diversos acontecimientos se desarrollaban: derrumbamiento de Bélgica, entrada de los alemanes a Francia. Todo esto me interesaba muy poco y no sentía ningún temor. Numerosos belgas llenaban el pueblo y algunos soldados que penetraron en mi casa me acusaron de espionaje, amenazándome con fusilamiento inmediato porque, cerca de casa, alguien durante la noche había buscado caracoles sirviéndose de una linterna. Todo esto en realidad me impresionaba mediocremente porque SABIA que no debía morir.
Después de tres semanas de vida solitaria, una vieja amiga inglesa, Catherine Yarrow, llegó, huyendo de París, en compañía de un húngaro llamado Michel Lucas. Pasó una semana y me parece que no notaron en mí nada especialmente anormal. Un día, sin embargo, Catherine, que desde hacía tiempo estaba en manos de los psicoanalistas, me persuadió de que mi actitud transparentaba el deseo inconsciente de liberarme, por segunda vez, de “mi padre”: Max, a quien debía de suprimir para poder buscar otro amante. Creo que Catherine me interpretaba por fragmentos, lo que es peor que no interpretar en absoluto. Sin embargo, de este modo, me recordaba el deseo. Hice entonces frenéticos esfuerzos por seducir a dos muchachos jóvenes pero sin el menor resultado. No quisieron nada conmigo; así, pues, permanecí tristemente casta.
Los alemanes se acercaban rápidamente. Catherine, asustada, me suplicaba que partiera con ella diciéndome que, si no quería seguirla, se quedaría allí conmigo. Acepté. Acepte, ante todo, porque España representaba para mí, dentro de mi evolución, un lugar de descubrimiento. Acepté porque quería hacer visar el pasaporte de Max, con quien estaba siempre ligada. Este documento, con su imagen, se convertía para mí en una entidad y, gracias a él, conservaba mi poder. Acepté un poco conmovida por los argumentos de Catherine que infiltraban en mí un terror creciente. Para Catherine, los alemanes significaban la violación. Yo no temía nada de esto, no le daba ninguna importancia. Lo que hacía crecer el pánico dentro de mí era la idea de seres automáticos, sin pensamiento, descarnados. Michel y yo decidimos ir a Bourg-Saint-Andéol a buscar un permiso de circulación. Los gendarmes, absolutamente indiferentes y desinteresados, se rehusaron a darnos ese papel, escudándose detrás de un “nosotros no podemos nada”, mientras fumaban sus cigarrillos. Estábamos en la imposibilidad de partir pero, a pesar de ello, sabía que ese viaje se haría al día siguiente. Pasamos, después, a casa del notario para hacer donativo de mi casa y de todos mis bienes al patrón del Hotel des Touristes de Saint-Martin. Regresé a casa y, durante toda la noche escogí minuciosamente lo que debía llevar conmigo. Todo cabía en una valija que tenía, por encima de mi nombre, incrustada en el cuero, una pequeña placa de cobre con la inscripción siguiente:
REVELACIÓN
A la mañana siguiente, la maestra de la escuela nos dio los papeles con el timbre de la Alcaldía. Catherine preparó el coche. Toda mi voluntad estaba dirigida hacia ese viaje. Apresuraba a mis amigos, empujaba a Catherine hacia el coche. Catherine tomó el timón, yo me senté entre ella y Michel. El coche partió; yo me sentía llena de confianza en el éxito del viaje pero terriblemente angustiada, temiendo dificultades que me parecían inevitables. Corríamos normalmente cuando, a veinte kilómetros de Saint-Martin, el coche se detuvo con los frenos paralizados. Oí decir a Catherine: “Los frenos paralizados”. “Paralizados”. ¡Yo también, paralizada dentro de mí misma por fuerzas extrañas a mi voluntad consciente!; estaba segura que la fuerza de mi ansiedad había actuado sobre el mecanismo del coche trabándolo. Este era el primer momento de identificación con el mundo fuera de mi cuerpo. Yo era el coche. El coche se inmovilizaba a causa mía, porque yo misma estaba entre dos cuñas: entre Saint-Martin y España. Me sentía horrorizada de mi poder. En esos momentos me atenía a mi propio sistema solar, aún no percibía el de los demás, cuya importancia comprendo ahora.
Nuestro coche había corrido toda la noche. Yo veía, delante de nosotros, en el camino, carros con brazos piernas colgando por la parte trasera, pero como no estaba segura de mi, tímidamente, me atreví a decir: “Toma: Hay camiones delante de nosotros”, para saber qué responderían. Cuando dijeron: “El camino es ancho. podremos pasarlos”, me sentí tranquilizada; pero no sabía si veían ellos lo que contenían esos camiones y no osaba preguntarlo, presa de una gran vergüenza que me inmovilizaba. Filas de ataúdes bordeaban el camino, pero no encontraba pretexto alguno para llamar la atención de mis amigos sobre asunto tan enojoso. Tenía un miedo atroz: Apestaba a muerte. Evidentemente eran los cadáveres de las gentes que los alemanes habían matado. Supe después que, en Perpignan, había un gran cementerio militar.
En Perpignan, a las siete de la mañana, no había ya cuartos en los hoteles. Mis amigos me dejaron en un café: desde ese momento, el reposo había terminado para mí. Estaba persuadida que yo era responsable de ellos. Pensaba que era inútil, para atravesar la frontera, ir a ver a las autoridades superiores y consultaba, mejor, a los limpiabotas, a los mozos de café y a los transeúntes que me parecían poseer un gran poder.
Teníamos cita, a dos kilómetros de la frontera de Andorra, con dos naturales que debían ayudarnos a atravesarla mediante el abandono de nuestro coche. Catherine y Michel me dijeron, muy seriamente, que era necesario no hablar. Acepté, sumergiéndome en un coma voluntario.
Cuando llegamos a Andorra, ya no podía caminar derecha. Caminaba como un cangrejo, perdía el control de mis movimientos: Subir una escalera provocaba de nuevo la paralización.
En Andorra —país desierto y olvidado—, fuimos los primeros refugiados recibidos en el Hotel de France, por una sirvienta, sola responsable del establecimiento extrañamente vacío.
Los primeros pasos en Andorra significaban para mí los primeros pasos del acróbata sobre la cuerda tensa. En la noche mis nervios chillaban como cotorras exasperadas, al ruido de un arroyo que no cesaba de correr sobre las rocas: ruido hipnotizante, monótono.
En el día ensayábamos paseos por la montaña, pero me bastaba subir una pequeña pendiente para volver a trabarme, como el “Fiat” de Catherine, y verme obligada a bajar. Me trababa en mi angustia fuera de todo poder de descripción. Me trababa en los movimientos de mi cuerpo.
Fue entonces cuando comprendí que, por medio de esa angustia, mi espíritu, si usted quiere, se estaba uniendo dolorosamente a mi cuerpo; mi espíritu no podía ya manifestarse sin tener un efecto inmediato sobre mi cuerpo, sobre la materia. Más tarde, esta acción se ejercía sobre otros objetos. Me puse entonces a estudiar seriamente ese vértigo: mi cuerpo no obedecía ya a las fórmulas establecidas en mi espíritu, las fórmulas de la vieja Razón limitada; mi voluntad no engranaba ya mis facultades de movimiento; puesto que mi voluntad no tenía ya poder, era necesario liquidar primero la angustia que me paralizaba y buscar después un acuerdo entre la montaña, mi espíritu y mi cuerpo. A fin de poder circular en aquel nuevo mundo, con mi herencia de diplomacia británica, puse de lado la fuerza de mi voluntad y, suavemente. busqué la fusión entre la montaña, mi cuerpo y mi espíritu.
Un día fui sola a la montaña. De primera intención no pude subir; me acosté entonces sobre la pendiente con la sensación de ser enteramente absorbida por la tierra. Al subir los primeros pasos, tenía la sensación física de caminar, con inmenso esfuerzo, sobre una materia espesa como el fango. Poco a poco, claramente, aquello se hizo más fácil, y al cabo de algunos días saltaba, trepaba sobre muros a pico, con la facilidad de una cabra. Casi nunca me lastimaba y comprendí entonces inmediatamente, que una posibilidad de alianza muy útil existía, que yo no había percibido hasta entonces. Finalmente, llegué a no dar nunca un traspié y a circular a mi voluntad entre las rocas.
Es evidente que todo aquello, observado por buenos burgueses, tomaba un aspecto extraño y alocado; una joven dama inglesa, bien educada, saltando entre las rocas, divirtiéndose de manera tan irracional, se prestaba a provocar sospechas sobre su equilibrio mental. Pensaba poco en el efecto que mis experiencias pudieran producir en los seres humanos que me rodeaban y, al fin, fueron ellos los que ganaron.
Como consecuencia de mi alianza con la montaña, cuando ya me movía con entera libertad en los sitios más ingratos, me propuse una alianza con los animales: caballos, cabras, pájaros. El entendimiento se hizo por medio de la piel, por medio de un lenguaje del tacto que me es sumamente difícil de describir, ahora que mis sentidos han perdido la agudeza que entonces tenían. El hecho es que podía acercarme a los animales en libertad, ahí, donde la proximidad de otros seres humanos provocaba la huida inmediata. Durante un paseo con Michel y Catherine, por ejemplo, me adelanté corriendo para alcanzar un tropel de caballos y mezclarme con ellos. Cambiaba caricias con ellos cuando la llegada de Catherine y de Michel los hizo huir.
Todo esto sucedía durante los meses de junio y julio y los refugiados se acumulaban. Michel enviaba telegramas a mi padre para obtener pasaportes visados para España. Fue un cura el que trajo un papel misterioso y muy sucio, proveniente de no sé qué agente de I.C.I. (Imperial Chemicals), que debía permitirnos continuar nuestro viaje. Antes habíamos ensayado dos veces atravesar la frontera española; la tercera vez, con el papelito del cura pudimos, Catherine y yo, llegar a Seo de Urgel. Desgraciadamente, Michel no pudo pasar; nosotras partimos entonces, en el “Fiat”, para Barcelona. Al día siguiente tomamos el tren de Madrid.
El hecho de tener que hablar una lengua desconocida jugaba un papel muy importante para mí. No me sentía molesta por la idea preconcebida de las palabras y no comprendía sino a medias su significación actual. Ello me permitía atribuir un sentido hermético a las frases más corrientes.
Llegando a Madrid, nos hospedamos en el Hotel Internacional, cerca de la Estación, para dejarlo más tarde e ir al Hotel de Roma. En el Hotel Internacional, la primera noche, cenamos en la azotea; estar en un techo correspondía, en mí, a una necesidad profunda pues me encontraba allí en un estado de euforia. Dentro de la confusión política y el calor terrible, me convencí que Madrid era el estómago del mundo y que yo era la encargada de sanar ese aparato digestivo. Creía que toda la angustia se había acumulado en mí para, finalmente resolverse y eso me explicaba la fuerza de mis emociones. Me creía capaz de llevar ese peso atroz y de sacar de ello una solución para el mundo. La disentería que padecí después no era sino la enfermedad de Madrid realizada en mi intestino.
Algunos días más tarde, en el Hotel Roma, conocí a un judío holandés, Van Ghent, agente nazi, cuyo hijo trabajaba en “Imperial Chemicals”, Sociedad Inglesa. Me mostró su pasaporte pululante de cruces gamadas. Progresivamente sentía necesidad de desprenderme de las obligaciones sociales; con ese fin, regalé mis papeles de identidad a no sé quien e intenté regalar el pasaporte de Max a Van Ghent, que lo rechazó.
Esta escena sucedió en mi cuarto; la mirada de este hombre me era físicamente dolorosa, tanto como si me hubieran hundido alfileres en los ojos. Cuando rehusó aceptar el pasaporte recuerdo haberle respondido: “¡Ah! comprendo, yo misma debo matarlo”.
No contenta con dar mis papeles, me sentía obligada a despojarme de todo. Una noche, sentada al lado de Van Ghent en la terraza de un café, veía desfilar al pueblo le Madrid, que yo sentía poseído por la mirada de este hombre. En ese momento me hizo notar que no llevaba ya sobre mi blusa el pequeño broche que había comprado hacía algunos instantes como una insignia del dolor de Madrid y añadió: “Mire usted en su bolsón, ahí lo encontrará”. En realidad, la insignia estaba ahí, lo cual fue para mí una nueva prueba del poder maléfico de Van Ghent. Me levanté, disgustada, y entré al café, resuelta a distribuir, a los oficiales que ahí se encontraban, todo lo que tenía en mi bolsa. Ninguno aceptó. Todo esto me pareció muy rápido, y de pronto me encontré sola con dos de los oficiales. Van Ghent había desaparecido. Los dos hombres se levantaron y me llevaron en un coche. Algunos momentos más tarde me encontraba delante de una casa cuyas ventanas tenían rejas españolas de hierro forjado. Uno de ellos me dejó, el otro, me hizo pasar a un cuarto decorado con chinerías de pésimo gusto, me arrojó sobre la cama después de haber destrozado mis vestidos y trató de violarme. Yo le oponía tal fuerza rígida que se cansó y dejó que me levantara. Mientras, ensayaba ante el espejo de poner orden en mis vestidos, vi que abría mi bolso y tomaba lo que contenía. Me pareció absolutamente normal, lo mismo que el hecho de sentir que bañaba mi cabeza con una botella entera de agua de Colonia. Luego me llevó en un taxi a mi hotel. Desde mi hotel —eran más o menos las tres de la mañana— llamé por teléfono a Van Ghent que dormía ya. Me parecía evidente que solamente con ver a este oficial comprendería la fraternidad y cambiaría de sentimiento frente al pueblo. Furioso, me injurió y colgó el fono. Mientras tanto, el velador había puesto a la puerta al oficial. Subí a mi cuarto y, sobre mi cama, encontré ropa interior de noche que la lavandera había puesto ahí por error, ya que pertenecía a Catherine. Me pareció que Van Ghent, reconociendo mi poder, hacía las paces y me enviaba aquel regalo; pensé entonces que era indispensable vestirme con aquellas camisas. Así pasé el resto de la noche tomando baños de agua fría y poniéndome alternativamente las camisas: una era de seda verde pálido, la otra era de color rosa.
Seguía convencida de que Van Ghent era el que hipnotizaba Madrid, sus hombres y su circulación, él quien volvía zombies a las gentes y él quien distribuía la angustia como bombones con el fin de volverlos esclavos.
Una tarde, después de haber destrozado en las calles una inmensa cantidad de periódicos que juzgaba como un nuevo medio de hipnotismo de Van Ghent, me encontraba en la puerta del hotel, aterrorizada de ver pasar por la calle de la Alameda hombres que me parecían de madera; me precipité a la azotea del hotel donde lloré, mirando a mis pies la ciudad encadenada que tenía que libertar. Bajé al cuarto de Catherine suplicándole mirara mi rostro y le dije: “¿No ves que mi cara es la representación exacta del mundo?” Catherine no quiso escucharme y me despidió. Bajé entonces al vestíbulo del hotel donde encontré, en medio de otras personas, a Van Ghent y a su hijo, quienes me acusaron de locura, de obscenidad, etc., asustados sin duda por mi hazaña de la tarde con los periódicos. Me fui entonces corriendo hasta el jardín público donde estuve jugando un momento sobre la hierba, con gran sorpresa de los pasantes. Un oficial de la "Falange" me trajo al hotel donde pasé la noche bañándome con agua fría.
Van Ghent era mi padre, mi enemigo y enemigo de los hombres, me encontraba sola para poderlo vencer; para vencerlo me era necesario comprenderlo. Me daba cigarrillos —cosa bastante rara en Madrid— y, una mañana en que estaba particularmente exaltada, comencé a pensar que mi estado no provenía únicamente de causas naturales y que sus cigarrillos contenían droga. La consecuencia lógica de este pensamiento fue poner al corriente a las autoridades de la horrible dominación de Van Ghent y tomar medidas para la liberación de Madrid. Un acuerdo entre España e Inglaterra me parecía la mejor solución. Me fui enseguida a la Embajada de Inglaterra donde vi al Cónsul. Traté de convencerlo de que la guerra mundial estaba hecha a base de hipnotismo por un grupo de gentes, Hitler y Cía, representados en España por Van Ghent, que bastaría tomar conciencia de ese poder hipnótico para vencerlo, para detener la guerra y liberar al mundo trabado como yo y el “Fiat” de Catherine: que en lugar de perderse en los laberintos políticos y económicos, era preciso creer en esta fuerza metafísica, distribuirla a todos los seres humanos que quedarían liberados de esta manera. Aquel buen burgués británico comprobó inmediatamente mi locura y telefoneó a un médico llamado Martínez Alonso, quien estuvo enteramente de acuerdo con él, apenas conoció lo que le expuse de mis teorías políticas.
Mi libre circulación en la vida llegó a su término ese mismo día. Estaba encerrada con llave en mi cuarto de hotel, en el Ritz, donde me encontraba perfectamente contenta; lavaba mis vestidos y combiné, sirviéndome de las toallas de baño, diversos trajes de ceremonia, con el fin de preparar mi visita a Franco, el primero que tenía que liberar de su sonambulismo hipnótico. Una vez liberado, Franco se pondría de acuerdo con Inglaterra, Inglaterra con Alemania, etc... Mientras tanto, Martínez Alonso, enteramente desorientado por mi caso, me colmaba de bromuro y de súplicas para que no permaneciera desnuda cuando los mozos entraban con las comidas. Estaba enteramente agitado y cretinizado con mis teorías políticas y, después de un calvario que duró quince días, se retiró a una playa de Portugal dejándome al cuidado de un médico amigo suyo: Alberto N... Alberto era hermoso; me apresuré a seducirlo pues me decía a mí misma: “Este es mi hermano, el que viene a liberarme de mis padres”. No habiendo hecho el amor desde que Max se fue, tenía ahora grandes deseos de hacerlo. Desgraciadamente, Alberto era —¡también él!— un valiente imbécil y, probablemente, un canalla. En realidad creo haberle gustado, más aún cuando supo el poder de papá Carrington y de sus millones representados en Madrid por la I.C.I. Alberto me sacaba a pasear y conocí de nuevo una especie de libertad provisoria que no duró desde luego.
Iba cada día a visitar a Mr. Gilliland, jefe de la I.C.I. en Madrid; pronto se cansó de mis visitas que tenían por objeto ilustrarle sobre el tema de la política y declararle que lo consideraba lo mismo que a papá Carrington y a Van Ghent, como un personaje pequeñísimo y villano; y naturalmente todo esto en su propia cara y a su mujer, a sus sirvientes, a los mozos del hotel o a no importa quien que quisiera oírme. Mr. Gilliland hizo venir al Dr. Pardo y me animó a comunicarle y explicarle mis ideas sobre las cuestiones mundiales. Caí en la miserable trampa y pronto me encontré en una clínica quirúrgica llena de religiosas. Esto tampoco duró: las religiosas no pudieron dominarme. Era imposible encerrarme; llaves y ventanas no eran obstáculos para mí, continuamente merodeaba alrededor de mi cuarto mirando el techo como el único sitio donde podría permanecer. Pasados dos o tres días Gilliland me dijo que Pardo y Alberto querían llevarme a la playa de San Sebastián, donde me dejarían absolutamente libre. Salí de la clínica y subí al coche... con destino a Santander... En el camino me dieron Luminal tres veces y me pusieron una inyección en la columna vertebral: anestesia. Y fui entregada al doctor Morales, en Santander, como un cadáver.
24 de agosto de 1943
Temo dejarme ir a la ficción, verídica, pero incompleta, por falta de algunos detalles que no me vienen hoy a la memoria y que debieran procurarnos más luz. Esta mañana, la idea del huevo me obsesiona y pienso emplearla como un cristal en el que viera Madrid en los meses de julio y agosto de 1940; ¿por qué no reflejaría él mi propia experiencia como también la historia pasada y futura del Universo”? El huevo es el macrocosmos y el microcosmos, la línea divisoria entre lo Grande y lo Pequeño, que hace imposible la visión total. Poseer un telescopio sin su parte contraria esencial —el microscopio— me parece un símbolo de la más sombría incomprensión. El deber del ojo derecho es el de mirar en el telescopio mientras que el ojo izquierdo interroga al microscopio.
En Madrid, no había conocido aún el sufrimiento “en su esencia”. Erraba en lo desconocido con el abandono y el valor de la ignorancia. Cuando miraba los anuncios en las calles no veía solamente las cualidades comerciales de las conservas del Sr. X, sino también las respuestas herméticas a mis preguntas; así, cuando leía: “Amazon Company”, o “Imperial Chemicals”, leía: también: “Química y Alquimia”, un telegrama secreto que me estaba destinado por intermedio de la voz de un fabricante de máquinas agrícolas. Cuando el teléfono sonaba o permanecía mudo, contestando o rehusando responderme, era la voz interior del pueblo hipnotizado de Madrid. (Esto no es un símbolo, hablo literalmente.) Cuando me sentaba a una mesa, con otras personas, en el salón del Hotel Roma, oía vibrar a los seres con la misma claridad con que vibran las voces, comprendía en cada vibración particular la actitud de cada uno frente a la vida, su grado de poder y de bondad o de malevolencia respecto a mí. No me era necesario traducir los ruidos, los contactos físicos o las sensaciones en términos racionales o en palabras. Comprendía cada lenguaje en su dominio particular: ruidos, sensaciones, colores, formas, etc.. cada uno de ellos encontraba su correspondencia gemela en mí y me daba una respuesta perfecta. Cuando, de espaldas a la puerta, escuchaba las vibraciones, sabía perfectamente si Catherine, Michel, Van Ghent o su hijo entraban al comedor. Mirando a los ojos, conocía a los amos y a los esclavos y a los (raros) hombres libres.
Me adoraba a mí misma en aquel momento, me adoraba porque me veía completa —yo era todo, todo era yo—; me regocijaba al ver milagrosamente mis ojos vueltos sistemas solares, iluminados por su propia luz; mis movimientos, danza libre y vasta, en la que cada gesto reflejaba idealmente todo, danza clara y fiel; mis intestinos que vibraban de acuerdo con la dolorosa digestión de Madrid, me satisfacían del mismo modo. En aquel momento cantaban en la ciudad “Los Ojos Verdes”, canción sobre un poema de García Lorca. Los ojos verdes habían sido siempre para mí los ojos de mi hermano y, ahora, los de Michel, los de Alberto y los de un muchacho de Buenos Aires que encontré en el tren, entre Barcelona y Madrid.. Los ojos verdes, los ojos de mis hermanos que me liberarían al fin de mi padre. Dos otras canciones me obsesionaban: “El Barco Velero”, el barco de vela que debía de llevarme hacia lo desconocido y “Pour moi, vous étes jolie”, cantada en todas las lenguas y que significaba sin duda la paz del mundo.
Mis reglas se detuvieron en este momento, para no reaparecer sino tres meses más tarde, en Santander. Yo transformaba esa sangre en energía comprensiva, masculina y femenina, microcósmica o macrocósmica y también en vino que bebían el sol y la luna.
Ahora debo volver a tomar mi relato en el momento en que salí de la anestesia (entre el 19 y el 25 de agosto de 1940). Al despertarme me encontré en un cuarto muy pequeño, ninguna ventana daba al exterior, había una ventana en el muro de la derecha que me separaba de la pieza vecina. En el ángulo izquierdo, frente a mi lecho, había un armario de madera blanca barnizada, género “Bon Marché”; a mi derecha, una mesa de noche del mismo estilo, con cubierta de mármol, una gaveta pequeña y, abajo, la caballeriza vacía del vaso de noche; luego, una silla; del otro lado del velador había una puerta que, según supe más tarde, era la del cuarto de baño; frente a mí, una mampara con vista a un corredor y a otra puerta de vidrios opacos que espiaba ansiosamente, porque era clara y luminosa, imaginándome que abría sobre una pieza inundada de sol.
Mi primera crisis de conciencia fue dolorosa; me creía víctima de un accidente automovilístico; el sitio evocaba un hospital; una enfermera de aspecto antipático, semejante a una enorme botella de agua de Javel, me espiaba. Sentía dolor y me di cuenta que tenía ligados manos y pies con correas de cuero. Más tarde supe que había entrado a este lugar luchando como un tigre; que, la noche de mi llegada, el médico jefe de la Clínica, Don Mariano, había ensayado de hacerme comer y que yo lo había arañado, que él me había abofeteado, amarrado y obligado a absorber el alimento por medio de tubos puestos en las narices. No he guardado ningún recuerdo de todo aquello.
Trataba de comprender dónde estaba y por qué estaba ahí, ¿Hospital o campo de concentración? Hacía preguntas, probablemente incoherentes, a la enfermera que me daba, en inglés, con un acento americano muy desagradable, respuestas plenamente negativas. Después supe que se llamaba Asegurada (“Asegurada”, en el sentido comercial de la palabra), que era alemana, natural de Hamburgo, y que había vivido mucho tiempo en Nueva York.
Nunca he podido saber cuánto tiempo permanecí inconsciente, ¿días o semanas? Cuando volvía a estar tristemente razonable, me contaron que los primeros días, alternativamente, había adoptado la conducta de diversos animales: que saltaba con la agilidad de un mono sobre el armario, que arañaba y rugía como un león, que relinchaba, ladraba, etc.
Mientras tanto, atormentada por las correas de cuero, pedí cortésmente a Frau Asegurada: “Desáteme por favor”. Me contestó con desconfianza: "¿Será usted juiciosa?” Aquello me sorprendió de tal manera que permanecí aturdida algunos instantes, sin poder responder. ¡Yo no había querido sino el bien para el mundo entero y me amarraban como a un animal salvaje! No podía comprender, no guardaba ningún recuerdo de mis pasadas violencias y todo aquello me parecía una injusticia estúpida que no podía explicar sino por el maquiavelismo de mis guardianes. —“Dónde está Alberto?— pregunté, —Partió —¿Partió? Si, partió a Madrid. (Alberto en Madrid... imposible:) —¿Dónde estamos ahora, aquí? ¿lejos de Madrid?— Muy lejos...” Y así continuamos. Me parecía alejarme más y más, a medida que la conversación se prolongaba; al fin me encontraba en un país desconocido y hostil. Asegurada me dijo, luego, que yo estaba allí para descansar... ¡Descansar! Finalmente, a fuerza de dulzura y de argumentos muy sutiles, la convencí de que me desatara y me vestí, llena de curiosidad por lo que había afuera. Caminé por el corredor sin tratar de abrir la puerta de vidrios opacos y llegué a un pequeño hall cuadrado con ventanas estrechamente cuadriculadas con barrotes de hierro. Pensé: “¡Curioso sitio de reposo! Aquellos barrotes están ahí para impedirme salir. Voy a acercarme a uno de ellos para convencerlo de la urgencia de devolverme la libertad"
Me encontraba estudiando el asunto de cerca, sosteniéndome a los barrotes con los pies, como un “murciélago”, dando la espalda a la pieza, los examinaba por todos lados, en todos los ángulos, cuando alguien saltó sobre mí. Cayendo milagrosamente de pie, me encontré frente a un individuo que tenía la expresión y el aspecto de un perro bastardo. Más tarde supe que se trataba de un idiota de nacimiento, pensionado del doctor Morales. Como era un enfermo gratuito servía de perro guardián en Villa Covadonga (pabellón de locos peligrosos o de casos desesperados). Comprendí que la discusión con semejante individuo, era perfectamente inútil. En consecuencia tomé rápidas medidas para aniquilarlo. Desde un sillón, Frau Asegurada contemplaba la lucha.
Yo era superior a mi adversario en fuerza, voluntad y estrategia. El idiota huyó derramando lágrimas, ensangrentado y terriblemente castigado por mis arañazos, (supe más tarde, que si le hubieran amenazado de muerte, hubiera preferido morir voluntariamente antes que acercárceme después de esta batalla).
Tras de explicar mil veces que deseaba solamente ver el jardín, Asegurada aceptó finalmente acompañarme fuera. El jardín estaba muy verde a pesar de los vapores azulosos de los altos eucaliptos; delante de Covadonga había un huerto de árboles cubiertos de manzanas. Comprendí entonces que era el otoño y, por el sol bajo, que venía la noche. Mirando el plano se podrá ver la coloración de Villa Pilar, Radiografía, Covadonga, Amachu y Abajo; podrán, también así, orientarse por el jardín.
Me encontraba, probablemente, todavía en España. La vegetación era europea, el clima suave, la arquitectura de Covadonga era más bien española. Pero no estaba completamente segura de ello y, recordando la extraña moral y la conducta de quienes me rodeaban, me sentí aun más perdida, si cabe, y terminé por creer que estaba en otro mundo, en otro tiempo, en otra civilización y, quizá, en otro planeta que contenía el pasado, el futuro al mismo tiempo, el presente. Mi enfermera quiso hacerme sentar juiciosamente en una silla pero rehusé pues me urgía resolver el problema lo más pronto posible. Me desplazara a derecha o a izquierda, la enfermera me seguía. Por fin me senté bajo una enramada y un joven vestido con un traje azul de obrero, José, apareció súbitamente para vigilarme con interés. Me sentía aliviada al oírlo hablar en español: “¡Estaba entonces en España!” El muchacho me parecía guapo y simpático. El y Asegurada me siguieron cuando me dirigí hacia Villa Pilar para examinar aquel pabellón. Este era una casa gris, de piedra, con ventanas también enrejadas. Con gran sorpresa mía, alguien, oculto detrás de las rejas, gritó desde el primer piso: "¡Leonora! ¡Leonora!” Me sentí transtornada. "¿Quién eres?” “¡Alberto! ¡Alberto!” ¡Luego, él estaba allí! Quería alcanzarlo a toda costa pero la figura que entrevía, medio oculta, era horrible y deforme. En realidad se trataba de una broma de las enfermeras que sugirieron todo esto a un loco llamado Alberto. Me regocijé sin embargo de este incidente, creyendo que Alberto me había seguido, que no me había traicionado y que estaba preso como yo.
Me puse a saltar de gozo entre los manzanos, sintiendo de nuevo la fuerza, la agilidad y la belleza de mi cuerpo. Pronto apareció por la avenida una pequeña, muy pequeña enfermera, Mercedes, corriendo a triple galope, seguida de un perro negro, Moro; detrás de ella venía más despacio un hombre grande y grueso, vestido igualmente de blanco. Reconocí en él un ser poderoso y me apresuré a alcanzarlo diciéndome: “Este tiene la solución”. De cerca me sentí desagradablemente impresionada al verle unos ojos semejantes (más aterradores aun) a los de Van Ghent. Yo pensaba: "¡Es de la misma banda, poseído como los otros, cuídate!” Era Don Luis Morales, hijo de Don Mariano.
No me acerqué a él sino a prudente distancia pero trató de asirme y, permaneciendo cerca de él, evitaba que pusiera la mano sobre mí. En ese momento apareció José, que me agarró entre sus brazos. Yo traté de defenderme honorablemente mientras llegó otro hombre, Santos, que intervino en la lucha. Don Luis se había sentado confortablemente entre dos raíces de árboles y se regalaba con el espectáculo. Bien pronto los dos hombres me arrojaron por tierra. José se sentó sobre mi cabeza, mientras Santos y Asegurada trataban de controlar mis miembros que no cesaban de debatirse. Mercedes, armada de una jeringa que blandía como si fuera una espada, hundió la aguja en mi muslo.
Yo pensaba que era cuestión de un somnífero y decidí luchar para no dormirme. A mi gran sorpresa, no tenía sueño y veía hincharse el muslo hasta el límite de la aguja, hasta alcanzar las dimensiones de un pequeño melón.
Asegurada me dijo que habían provocado un absceso artificial en el muslo; el dolor y la idea de que estaba infectada me impidieron, durante dos meses, poder caminar libremente. Apenas me dejaron, me arrojé furiosa sobre don Luis y lo arañé hasta sangrarlo, antes que José y Santos hubieran tenido tiempo de llevarme. Santos me estrangulaba casi, con los dedos. En Covadonga arrancaron con brutalidad mis vestidos y me amarraron desnuda sobre la cama. Don Luis entró entonces para contemplarme. Yo lloraba desconsoladamente y le pregunté por qué estaba presa y por qué me maltrataban así. Don Luis se levantó y se fue pronto sin responderme. En ese momento Frau Asegurada vino de nuevo. A las preguntas que le hice me respondió: “Es necesario que sepa usted quién es don Luis; todas las noches viene a hablarle; de pie, sobre el lecho, usted responde a gusto suyo”. De todo aquello, nada recordaba. Me juré entonces, a partir de ese momento, permanecer vigilante día y noche, no dormir nunca y proteger mi conciencia.
No sé durante cuánto tiempo permanecí atada y desnuda. Días y noches, acostada en mis propias inmundicias, orina y sudor; torturada por los mosquitos, cuyas picaduras volvían mi cuerpo horrible; yo creía que los mosquitos eran los espíritus de los españoles aplastados que me reprochaban mi internamiento, mi falta de inteligencia y mi pasividad. El impulso de mis remordimientos hacía que sus picaduras me fueran soportables y que la suciedad me molestara apenas.
En el día, Asegurada me vigilaba; en las noches, José o Santos se turnaban. José, a veces, ponía entre mis labios su cigarrillo para permitirme así el placer de tragar algunas bocanadas de humo. Otras veces pasaba sobre mi cuerpo, siempre quemante, una toalla húmeda. Yo le estaba agradecida de sus cuidados. Una criada que bizqueaba (la llamaban Piadosa), me traía un alimento compuesto de legumbres y de huevos crudos que introducía en mi boca, a cucharadas, teniendo cuidado de que no la fuera a morder. La quería y no la hubiera mordido . Yo creía que Piadosa quería decir pies dolorosos... ¡Me daba tanta lástima que hubiera caminado tanto!
En las noches, sobre todo, estudiaba mi situación. Examinaba las correas que me ligaban, los objetos y las personas que me rodeaban y me examinaba a mí misma. Adivinaba en la molestia de mis dientes la cualidad del dolor inmenso que paralizaba mi muslo izquierdo, la enormidad de su hinchazón y sabía que liberando mi mano izquierda podría sanar. (Mis manos están siempre frías y el calor de la pierna tenía que evaporarse bajo la frescura de mi mano, el dolor y la hinchazón desaparecer.) No sé a costa de qué esfuerzos logré liberar mi mano izquierda y, muy pronto, el dolor y la inflamación disminuyeron como lo había previsto.
Una noche, enteramente despierta, tuve el sueño siguiente: un dormitorio inmenso como el escenario de un teatro, un techo abovedado pintado como el cielo; todo ello deteriorado pero lujoso, un lecho de antaño, guarnecido de cortinas desgarradas y de cupidos pintados, o reales... no recuerdo ya; un jardín, bastante parecido a aquel en que me había paseado la víspera, rodeado de alambradas defensivas entre las que mis manos tenían la facultad de poder hacer crecer plantas que se enredaban alrededor de ellas y, al cubrirlas, las volvían invisibles.
Al día siguiente de esta visión, don Luis vino a hablarme. Tenía la intensión de pedirle una curación para mi muslo, pero esta idea se me fue de la cabeza enseguida. Quería también preguntarle dónde estaba Alberto, pero también aquello se escapó de mi espíritu y me encontré, sin quererlo, en plena discusión política. Mientras hablaba, me sorprendía encontrarme en un jardín semejante al de mi sueño. Estábamos sentados en un banco, a pleno sol, y yo estaba muy limpia y vestida; me encontraba feliz y lúcida, le decía entre otras cosas: “Yo sé hacer todo, gracias al Conocimiento”, y él me respondía: “Entonces, haga de mí el mejor médico del mundo".
—Déme la libertad y lo será.
También le decía:
—Fuera de este jardín, tan verde y tan fértil, hay un paisaje árido; a la izquierda, una montaña sobre la que se erige un templo de druidas. Ese templo, pobre y arruinado, es mi templo: ha sido construido para mí, pobre y arruinada también; no guarda sino leña seca y será el sitio en que viva; vendré a visitarlo todos los días; entonces, le enseñaré mi “Conocimiento".
Este fue el sentido exacto de mis palabras. Sin embargo, cuando más tarde me permitieron salir, no encontré ningún templo y el paisaje era enteramente fértil.
El pensamiento de Alberto y de mi muslo me volvieron súbitamente al espíritu. De pronto me encontré desnuda, miserable y sucia en mi cama. Don Luis se levantó para salir.
Después de esta conversación, le envié con José un triángulo dibujado sobre papel (había tenido las más grandes dificultades para obtener lápiz, papel y el permiso de liberar mis manos para dibujarlo). Aquel triángulo, para mí, explicaba Todo.
Notas
[N. del T.] Traducido por César Moro
El Dr. Pierre Mabille, a cuya indicación hizo este relato Leonora Carrington ↩
Continúa en el próximo número.
