La carta conoce tal vez un instante de esplendor en lo que la historia de la literatura ha dado en llamar novela epistolar. Pero no nos referimos al auge de ese tópico sino a su destitución histórica, es decir, a aquello que cae de lo que una época reconoce como género o instituye como legible.
Los lugares y los recorridos de una carta tienen su historia. En los diarios, según el diario, el Correo de Lectores aparece segregado como “género menor”; en otro diario, una estética de la decadencia pretende evocar por una iconografía sobrecargada y sepia vaya a saber qué placeres del espíritu. Se trata de arrancar la carta de estas cadencias jerárquicas y arrojarla a circular en otro recorrido, permitir que se desvíe, se detenga, se multiplique y hasta se pierda
No nombraremos todos los lugares en que se puede escribir una carta, ni aquellos en que puede perderse. ¿Acaso las correspondencias entre escritores y las cartas arrojadas al fuego no forman ya parte de la literatura? Lo célebre de los ejemplos no debe reducirlos a la inmovilidad que proponen. Despleguemos pues el movimiento y veremos cómo Kafka y Flaubert desdoblaban y escribían su obra en sus correspondencias, aquel lugar destinado a las tachaduras, a las versiones, que al volver sobre su obra no hacía más que proseguir esa escritura que se podría llamar incesante.
Escribir cartas... y los puntos suspensivos marcan en Gide una frase que insiste a través de “una vida” en cartas que va escribiendo. A tal punto que no tenían “copia”, tal el desconsuelo en que lo sume MadelaineMadeleine al hacerle saber que las había destruido. Y en este registro no habría que reducir a la dimensión de la anécdota esas cartas que Macedonio se guardaba de enviar.
Pasaje de lo manuscrito a lo impreso en que la carta conserva aún un halo de intimidad, en que la materialidad de la letra es el eslabón que si se corta puede resultar fatal y sólo posible de ser conjurado por la multiplicación y la repetición de la copia. Un eslabón más y nos encontramos en otra cadena, la de Bartleby, es decir toda una historia de la literatura.
Pero más acá y más allá de esta historia, en un exterior que no le es ajeno, la carta también se abre a ese lugar tan singular de la polémica que por estar del lado de lo perdido sólo se reconoce como efecto cuando es capaz de producir efectos.
Tendría que dar vergüenza publicar cartas, pero hacerlo revela la vocación que la anima: hacer del azar su destino.
“La noticia del desastre del 27 llegó a la Corte de un modo errante”: rumores de un listado de escribientes, cual divisoria de aguas o frontera, que agrupábalos según las consonancias de un progreso que decae, de una decadencia que avanza: poetas detenidos: como letras: que no van hacia atrás ni hacia adelante: que no acaban. Arbitrariedad de las enunciaciones, despotismo del nombre. Agraciado con una excepcionalidad que, extravagantemente, no me excluye, me apresuro a avanzar, a la manera del leoniano rouge del año 20, por los entrelineados de una Varsovia no por oronda menos desguarnecida, pese a cierto pavor coprofóbico que peligrosamente me azuleja: si la lavanda es un valor, el mal olor me debe ser ajeno ¿y renunciar estoicamente a las fragancias pédicas, a los sudores de axilas proletarias: al lugar de las heces? —mediante una inodora operación: si de los exclusos son las heces, ¿serán de los excepcionales los papeles— pringados de vaselina rusa?: hediondez de una escritura mugrienta y pachulera que se encabrita ante el aerosol de la pureza, ambigüedad de los sermones metafóricos que enchastran lo autopresumidamente inmaculado, descargando sobre la acusada banalidad de un romanticismo (no por tardío trasnochado) las excrecencias de los que deberían, si de la lógica del progreso se trata, sobar gloriosamente los untos de las máquinas, el óleo de los grasas (“Grasitas, grasitas míos...").
Lo programático de una concentualización que se asquea ante la emanación de los anales (y banales) deja fuera de sí el tufillo jacobino que desprende, pero no logra disimular, en ese cuello, las cicatrices de una cabeza ausente. ¿Para servir, una poesía, debe ser sierva” ¿ sierva? ¿montenegrina? ¿servicial? ¿de servicio? ¿servidora? ¿servida? —¿o inservible? ¿Petardo o Sarajevo, cierto texto— cualquiera — no deja de convocar rumores (reservistas) — máquina: de amor? ¿de guerra? —: belismo en el que hostiga la trampa — la tramoya — del verismo: la alusión de lo dicho parece devenir, fantasmalmente, ilusión de lo hecho. Riesgo que la tentación de hacer instrumentable — definible, entendible — (¿o apacible?) el burlón regodeo de la letra, acrecienta proporcionalmente a la prístina opacidad de sus categorías: vida, testimonio, confesión, comunicación, conocimiento, autoconocimiento, experiencia, de uno en todo y de todo en uno, “unidad de lo” adverso y lo “diverso”, suceso, trascendencia, reflejo de su tiempo, indicio del devenir: ¡mas no literatura! Economía de los textos que no por analogía soporta —aunque padece— los fetiches de otras economías.
Preocupación por los nietos (letrados) que ata la producción de la poética a las cadenas de la producción ética. Deseo que en la obtusa —a— ¿pologénita? — referencia a una familiaridad prolífica delata lo vergonzoso de sus máculas, lo sospechoso de su silencio.
Ni la salvación ni lejanía, ni “parte infinitesimal del Gran Espíritu”: pero, acaso, me pregunto, digo, ¿no es demasiado ciega esta justicia que de social, latinoamericana, se orna? Optimismo tembloroso que por rehuir el carro de los vencedores, se monta al bus (oh-bús) de la derrota: no de quien vive, sino de lo que escribe. Quizás ese desdén por la escolaridad de una caligrafía de provincias conlleve la repulsa al bordoneo: quiérese ir, directamente, al grano — pustuloso y acneico. Si el llamamiento a la reescritura de una historia no roza el oriflama de sus presuntas (suntuosas, disputadas) leyes, no habrá más turbación que la de ese colegial que, en el examen, copia un texto vedado —al que la prohibición torna precioso debajo de la mesa, del pupitre: líneas que tras el roce —o el rasguido— no restan sino como eclipses de un furor hierático: el borrón en los lienzos, el manchón, el enchastre.
A la pringosidad de ese lamé baboso entrégome: aun bajo la amenaza de que este embarrocamiento (toma y daca) me excluya de la sugerida antología de exceptuados (¿del servicio militar?), escribo de la misma manera que escribo: “la rosa es una rosa es una rosa es una rosa”: y no hay en esta obcecación ni militancia ni heroísmo.
Néstor Perlongher Buenos Aires 19 de junio de 1981Si mi carrera literaria fuera un éxito, la actitud de Ud, podría ser, o no, envidia. Como fracasos no se envidian, seguro estoy de la sinceridad de su juicio. (“Latitud”, No. 1) Pero, tan, tan justo no es. Tan, tan mal no escribo.
Quizá no le guste saber que Ud. me ayuda: siempre he creído que la simple “mención de autor” beneficia a éste, igual con adjetivaciones adversas que con aprobaciones. Los dos estamos en lo mismo: en cobrar existencia. Yo paso todo el invierno en quitarme el frío. Y todo el año en quitarme la inexistencia. A ello Ud. me ayudó, no tanto como para hacerme resucitar, como hicieron conmigo tantas veces Scalabrini Ortiz, Borges, Hidalgo, González Lanuza, Soto, Bernárdez, González Carbalho, Marcos Fingerit. G. Laferrere, Denis-Krause (de Gómez de la Serna no digo que me resucitó pues hasta puedo decir que me nació). Particularmente H. Rega Molina inventó un Obituario de Resucitados e inauguró la Sección conmigo, el más muerto y resucitado por año.
Todo viviente es inmortal, sólo el hombre lo es con miedo de muerte; y sólo se lo quita consiguiendo que le tuesten la “existencia”, y este tostado, esta consistencia se la da a su existencia la mirada (mención, publicación) a su existir y su nombre. Las ciudades, en parte las patrias y la unidad universal de la humanidad, no han sido hechas porque el hombre sea sociable; no lo es, sino conventillero: toda la publicidad, cátedras, libros, oratoria, arte, es para que nos vean la existencia: sin color, olor ni sabor el agua no tuesta el pan. La vida que nos miran se calienta. Quedemos agradecidos. (Sería largo enumerar todo lo que, de puro conventillero, ha hecho el hombre: casi toda la Historia. Mandar, entrometerse, enjaular a las tribus felices y hacerlas trabajar, a horario, cambiar iconos misionar, imponer opiniones, cambiar modos de vivir y gobiernos). Me quedé pues sin lo único que hubiera podido darme creencia en un éxito: me sigue faltando el primer envidioso. Creo muy certera su critica en cierta parte; creía saber yo solo donde estaba mi falla principal. También se puede acertar descubriendo algo bueno en un autor. No hay que especializarse tanto. Creo en su éxito y se lo deseo, en los talentos de crítico, que son dos.
También opina que el libro es innecesario. ¿Pero qué hago yo ahora? O Ud. no es un crítico necesario o si lo es debe darme el remedio. ¿Cómo hago para que no exista, si ya está publicado? Ayúdeme Ud. a financiar su inexistencia de presente. O si no, Ud. es un mal convivente pues es antisocial señalar defecto no remediable: la critica necesaria vale por lo que ilumina y auxilia y hasta reconduce a uno a la auto-crítica, en la que somos tan remolones.
Ya dije, a propósito de la Historia, lo que no debemos ser; hay que elegir entre no entrometerse o ayudar.
Es fuerte cosa verse clasificado “autor innecesario"; en mi inocencia me fié: los críticos por usual cortesía no ponen tanta Cantidad en sus vocablos de censura. Nos han preparado mal para la Verdad, que es la única preocupación de Ud.
Agradezco la mención y lo saludo. Macedonio Fernández 5 de enero de 1981ANOCHE, querido amigo, anoche yo dormía; un fantasma vino y llenó todas mis facultades; un velo fúnebre cubría su semblante tétrico y descarnado. Sus cóncavos ojos despedían mil flechas que traspasaban mi corazón. El pavor heló toda mi sangre; su vista me devoraba; levantó al fin su ronca voz y me dijo: Tú duermes, insensato, tranquilamente, pero llegará la hora en que te sea demandada cuenta de este reposo; llegará el día en que cada uno de los pesares que ocasionaste a tu madre cada lágrima de las que la hiciste derramar, entrará con el peso de una montaña en el plato de la culpa. La balanza se moverá entonces y el plato de la redención subirá al cielo y el plato del pecado se hundirá en el abismo. ¡Infeliz del gusano que duda que llegará el día en que los justos sean remunerados según sus obras y los impíos según sus iniquidades! Estas voces me aterraban, desperté y levantéme dando gritos como un furioso. Parecíame que el fantasma me seguía repitiendo a mis oídos: "¡Matricida matricida!” Huye de mi vista, horroroso fantasma, exclamaba yo, con descompasadas voces, yo soy inocente; yo idolatro a mi madre y con ella se fue mi felicidad. ¿No basta que saboree a cada instante la copa del dolor sin que tú vengas a colmar mi desesperación? Pero no, yo iré y me postraré ante el trono excelso del Altísimo; le diré mi inocencia, mi juventud, las pasiones que cegaban mi espíritu, llamaré por testigo a mi madre y el irrevocable fallo de su justicia pronunciará mi salvación. ¡La muerte... la muerte...! Abrí entonces maquinalmente la ventana; el viento fresco del río penetró en mi aposento; toquéme el pulso y estaba febril... Mi agitación se calmó un tanto y poco a poco mi sangre tomó su curso ordinario, mi fantasía se despejó y vi que todo era un sueño. Así los pálidos destellos de la conciencia ofuscan la razón y nos hacen ver mil terríficos fantasmas. Cuando algún espectáculo imponente de la naturaleza viene a conmoverme y a dar pábulo con emociones terribles y violentas a mi fantasía, me reconcentro en mí mismo, y me entrego involuntariamente a mis cavilaciones sombrías. Ninguna idea riente se despierta en mi espíritu. Mi pensamiento es mi mayor enemigo; él me sigue por todas partes como un fantasma sonbrío, que sale al paso a todos los contentos de mi corazón y los devora. Esta tendencia de mi imaginación a analizar y desear todos los objetos y ver el fondo de las cosas, me pierde y me hace feliz. Un velo mágico y misterioso encubre la naturaleza moral. Desdichado del que ose levantarlo, porque se revelará a sus ojos atónitos el esqueleto horrible y las formas monstruosas y descarnadas de la realidad. El hombre no nació para conocer la verdad porque ella repugna a su naturaleza. ¿No es infinitamente más feliz el gaucho errante y vagabundo que no piensa más que en satisfacer sus necesidades físicas del momento, que no se cura de lo pasado ni de lo futuro, que el hombre estudioso, que pasa lucubrando las horas destinadas al reposo? — Aquél vive por vivir, muere por morir, ignora todo, o más bien, sabe todo, pues que sabe ser feliz, y pasa su vida sano, robusto satisfecho, mientras éste, obcecado de dudas, de pesares y de dolencias, arrastra una vida fatigosa y sin prestigios, buscando el fantasma de la verdad y alejándose del camino de la felicidad hasta que lo sorprende en sus sueños la muerte, y devora todas sus esperanzas. Por esto dijo un sabio: el árbol de la ciencia no produce el fruto de la vida. Sólo recoge el que siembra en terreno feraz.
¡Cuánto siento, amigo, haber venido a encerrarme en esta estrecha prisión; yo no puedo respirar entre los muros de las ciudades. Mi sangre no circula casi, aquí no hay alimento para mi fantasía, el horizonte de mi vista es muy limitado y me voy consumiendo a mí mismo poco a poco. A veces, me imagino estar en medio de los llanos desiertos de nuestros campos y respirar libre su aire vivificante; me levanto, salgo de casa y camino veloz mente por la primera calle que se me presenta, con la vista inclinada al suelo; pero el ruido de los paseantes, los encontrones que me dan, disipan bien pronto mi ilusión y me retiro fatigado y con el corazón oprimido. Así es, que he tomado el partido de no salir a pasear sino al claro de la luna y cuando el sueño retiene a los habitantes en sus moradas. Nunca olvidaré esos placenteros días que he pasado en la campaña. Allí yo podía entregarme libremente a los caprichos de mi fantasía; la naturaleza con toda su pompa y majestad se ostentaba a mis ojos, podía contemplar el oriente y el ocaso del sol en lejano y diáfano horizonte, e ir a contar a la luna silenciosa y a las estrellas, la angustia de mi corazón.
Esteban EcheverríaEn los primerísimos conciliábulos pro Sitio (enero de este años) estuvimos todos de acuerdo en que lo verdaderamente grave que está pasando en Argentina es una remodelación forzada e irreversible de su estructura económica. Todo lo social, político y cultural es una compleja consecuencia. Y convinimos en no desentendernos. Pensamos también que la práctica de la lengua y la literatura donde todos los sitientes nos encontramos, por distintas que sean nuestras situaciones actuales e historias, tiene que aportar a romper, aunque más no sea con un testimonio de ironía, la monotonía de los discursos ideológicos-económicos que nos abruma. Si el tiempo me hubiera dado para tanto, lo que me hubiera gustado, precisamente, hacer era un análisis retórico de ese discurso. Una de cuyas más evidentes marcas es la total opacidad, el pseudohermetismo en favor de los “iniciados”. Sin contar con la aparición de formas literarias inéditas y una ruptura con el lenguaje conceptual para introducir una coloquialidad entre frívola y canallesca, como lo que se publica todos los domingos en La Nación con una firma, D. Home. (En honor de la objetividad, lo discepoliano de “Home" se ha autocensurado en las últimas semanas, y ha recuperado un poco el savoir faire estilístico, de verbi grata, Isaac Isaacson.) No sé qué les parecerá a ustedes: a mi me recuerda el Festín de Trimalción, Los 120 días y los cabarets de Berlín vistos por Liza Minelli. Y me estremezco un poco. Mejor dicho, estoy aterrado. Me parece una especie de Danza de la Muerte.
De hecho, lo que he terminado haciendo es retraducir a Bloy, nausearme con Drumont, reencontrarme con Zola. Por ese asunto del dinero. No sé si vale algo lo que hice, pero les aseguro que me desquicié las sinapsis. Ahora me queda una malévola satisfacción: pasarles, como pidieron, la posta. A vos Luis, para saber qué le podés ver a Martel que no le haya visto el Volkgeist local y los confeccionadores de papers para el master en Argentine Literature. (Esos Informadísimos que te remiten tus amigotes y se te instalan —no sin alguna complacencia tuya— en tu librería, para salir de dudas si el London de Perú y Avenida es el mismo que menciona Cortázar, y si la pensión de Onetti, o la de Gombrowicz, está en el exacto número de la calle Independencia que anotaron en Schenectady.) A vos, Jorge, para que le sigas dando al simbolismo del dinero. Que, si te entendí bien, es lo que querés hacer en nuestro próximo número. Una buena oportunidad para vos, psicoanalista. Lo digo porque hay quienes creen, por lo visto, en las Ruedas Virgilianas; que hay tres estilos, humilde, medio, sublime, y que no hay que salirse del andarivel: que los psicoanalistas escriban de psicoanálisis, pero que los “escritores” escriban y opinen de cualquier cosa, antes que nada de psicoanálisis.
Ramón Alcalde