Revista SITIO · N.º 2 (1982)

Entredichos

Las Malvinas argentinas
Del trabajo a la guerra y de la guerra al trabajo
¡Argentinos a recomponer!

Tres son los intereses de la Razón:
¿qué puedo conocer?
¿quó debo hacer?
¿qué puedo esperar?
Immanuel Kant, Crítica de la razón pura, Metodología, capítulo II
¡Surrender!
Why am I to surrender, you sirrah,
when I'm winning? Come down with
the little Princess, so that I...
Pyrgopolinices Furious, Acto 1, Escena 1
No he de suicidarme, porque:
a) soy cristiano;
b) tengo la conciencia limpia
Todo aquel que es de la verdad,
oye mi voz. Le dijo Pilato:
¿Qué es la verdad?
Juan, 18.37-8
Certainly. I enjoyed the horse
riding with Her Majesty very
much. It was real fun!
Ronald Reagan, al Christian Science Monitor
Juan Ward: It's a pity, Juan,
we didn't have leisure enough to
try together a new version of
"Memorioso Funes"!
Juan López: Don't worry, Juan.
We'll try it next time.
Juan Ward: Sure, Juan, at Orbis Tertius.
My compliments to Georgie
Resumen editorial

Este entredicho del segundo número de Sitio, escrito inmediatamente después de la Guerra de las Malvinas (1982), constituye una profunda reflexión sobre el papel y el significado de la literatura en medio de la crisis nacional y la desilusión. En él se articula la lucha de la revista por encontrar su lugar, su crítica a los discursos manipulados y su compromiso con la memoria y el compromiso intelectual en una realidad alterada drásticamente. La Guerra de Malvinas impuso cambios estructurales en la sección de los entredichos: el primer número de la revista contaba con tres textos firmados por diferentes personas que, aunque contaban con una coherencia interna, tenían variedad temática. Es el número de la revista en el que la presencia de la literatura tiene más lugar, aunque parezca que Sitio cede ante la presión de la "circunstancia" al presentar un entredicho donde la actualidad política es insoslayable. No obstante, el anexo de este número es puramente literario, heterogéneo a la situación política. Es el único número donde el entredicho no dialoga con el anexo. La presencia de la guerra sólo aparece en el entredicho.

Casi en su totalidad, el material que contiene este segundo número de SITIO estuvo redactado y se comenzaba a componer tipográficamente el mismo día, 2 de abril, en que se invadían las Malvinas. Supimos que habíamos entrado en guerra, y que SITIO, durante un tiempo que no podíamos calcular, pero imaginábamos largo, era imposible como revista literaria. Setenta y cuatro días después, la guerra había terminado. Apenas comenzábamos a pensar qué lugar le tocaba —o tenía que hacerse— una revista literaria en el seno de un pueblo en guerra.

¿Qué cambio de sentido le cabría a la literatura en un país que, para nuestra memoria histórica, para nuestra corporalidad, para nuestro estar en el mundo, fue espectador neutral de todas las guerras que durante este siglo alteraron sustancialmente la estructura material y cultural de la humanidad? Para nosotros, las guerras habían sido, fundamentalmente, testimonios orales o hechos literarios. Ahora nosotros, en guerra, pasábamos a ser un hecho del que la literatura tendría que dar cuenta. La guerra —imaginábamos—, forzosamente nos dejaría en relaciones sociales nuevas (por momentos las suponíamos fundantes, inaugurales), y nos preguntábamos qué función dentro de ellas nos tocaría cumplir. Materia nueva clamando por formas nuevas; nosotros no seríamos los mismos, habría otros lectores, otras conciencias, otro acceso a ellas; otros objetivos; ¿quizás una nueva eficacia? Ciertamente, un nuevo deber ser.

Estos celajes se desvanecieron, como tantos otros. De la guerra nadie debe preocuparse: sus secuelas están en manos competentes. Hay quien evalúa y juzga responsabilidades militares; hay quien sutura desgarrones diplomáticos; hay quien excogita los procedimientos más convenientes para que paguemos cuanto antes y con intereses razonables los atrasos incurridos, por la guerra, con los bancos ingleses. Hay quien concierta. Hay una democracia moderna, fuerte, eficiente y ordenada a breve plazo, que fue la que todos nos propusimos en 1976. Hay quien ni siquiera esto puede aceptar y manotea para impedirlo.

¿Se justifica publicar ahora algo escrito en una coyuntura tan distinta? Hemos vacilado largamente. Dos razones nos decidieron: la impotencia en que nos debatimos todavía para imaginar qué y cómo escribiremos cuando hayamos terminado de asumir lo que el país vivió durante setenta y cuatro días oniroides; y el haber caído en la cuenta de que por el momento es el único modo que tenemos de negarnos a olvidar. Que es lo que se nos sugiere, se nos suplica, se nos intenta imponer por todos los medios.

Recordar nos causa angustia, miedo, y si la palabra tuviera todavía algún contenido en Argentina, diríamos que terror. Pero es un terror distinto del que atormenta a los que necesitan que olvidemos a las Malvinas para que todo vuelva a ser como antes. Tal vez en este momento se feliciten, en tan pocos días de posguerra, de haber avanzado, o sea retrocedido, tanto. Les reconocemos, sin ninguna dificultad, que lo que tenemos es muy distinto de lo que se prometía durante la fraternidad de la guerra y con lo que acaso se logró ilusionarnos. Pero sabemos que la decepción de los combatientes (civiles movilizados o militares profesionales), vencidos o triunfadores; la de los familiares de los difuntos; la de los mutilados; la de la población, es el estado emocional inevitable en cualquier posguerra.

Hay otra decepción objetiva, que es infinitamente más importante: la de los “triunfadores” en la guerra, Estados Unidos y Gran Bretaña. El triunfo de las potencias imperialistas en la Primera Guerra Mundial le costó el trono a los Romanov e implantó el socialismo en Rusia; la victoria de la Segunda dejó a Gran Bretaña sin imperio y la URSS llegó a Berlín Oriental. Las Malvinas, ya, le han costado a Estados Unidos el TIAR y la OEA. Que se logre o no éxito en lograr nuestra amnesia histérica (todo indica lo contrario) tiene, frente al proceso nacional e internacional desencadenado, muy poca relevancia.

II

Decíamos que el 3 de abril nos enteramos de la ocupación de las Malvinas. Con otros 80 millones de súbditos británicos y argentinos, más 2.000 kelpers, tuvimos que inferir: “Entonces estamos en guerra”. Literatos, nos dijimos: ¡el Aplazamiento! Más que ninguno —o no menos que cualquier otro— proyecto argentino que no fuera matar o morir, la literatura quedaba aplazada. O por lo menos la literatura en el sentido habitual del término, la que SITIO hasta ese momento en pequeña parte generaba y la asumía toda: la de la exacción, la de la atrocidad, la del oprobio, la de 1976-1981. Toda ella: la intersticial; la impávida; la amorosa del Fatum; la cifrada; la ladina; la autografiable en Expolibro; la subvierte-discursos; la de exhibición reservada o prudencial; la exilial; la tontuela; la coeditable; la jackobsina; la neobarroca; la lacaniana; la antibúmica; la capitular: la Nuestra.

Pero Littera horret vacuum. Con las páginas de los suplementos, ¿qué hacemos mientras tanto? A los de la OEA, a nuestros propios pardos, ¿qué se les dice? Sus almas, ¿cómo las confortamos? ¿De una movilización total, puede la escritura estar ausente? Tuvimos infraliteraturas de guerra. Canallescas, en general, moviéndose en esa zona letrinal de los masmedia, la publicidad, los semanarios, los servicios. Como exocets y kamikazes, tuvimos nuestra Rosa de Tokio que “par de los leves vientos / al volátil simílima sueño”, masajeaba a la semana los tractos medulares de tommies y gurkhas juntamente. Un error de cálculo hizo que, a pesar de la cortina musical de campanadas de Big Ben y Let It Be, su eficacia emoliente fuera menor de la prevista a bordo del Queen Elizabeth, decrépito Sheraton flotante; los tommies traían sus propias kinesiólogas y taquígrafas. En cuanto a los gurkhas, según Crónica, preferían dictarse entre sí, o mejor aún, que les dictaran nuestros mocetones criollos.

La infraliteratura escrita no pudo, sin embargo, horadar el esteticismo de nuestros exigentes, alienados como siempre: “Pasatismo, caducidad” gruñían. Ensayos de Paul Groussac y de Alfredo Palacios, sonetos y octavas reales de poetisos y poetisas, la mayoría clínicamente seniles. Y en verdad no faltó quien metiera su zambita en Mesa de Entradas de Propiedad Intelectual dejando placé, por una nariz apenas, al bardo más cercano.

Irreprochada, en cambio, ubérrima, el ars dicendi, la oratoria, silente desde la época de nuestros Grandes Tribunos, de Juan Domingo Perón. En todos sus géneros y especies, pre y posquintilianos: deliberativo, por Costa Méndez; homilético, por R.P. Fernández; castrense, por M. Benjamín Menéndez; epitáfico, por Wojtyla y Marenkus. ¡Y qué consolación, por las mañanitas, qué iluminación excelsa, qué acendrado celo anticolonial, en los diálogos de Neustadt, vía satélite! ¡Gracias, Neustadt por ser como es! La guerra, sin usted, ¿habríamos podido deletrearla? Con Calíope se consorció Euterpe: rock nacional y Vueltas de Obligado (“¡La pucha tantos gringos, venirse al cuete!”) nos hicieron redamar a los que diez años antes, cuando adolescentes locos, pisoteábamos contra el asfalto por toxicómanos; o sentirnos, en el colectivo, de botas de potro y chiripá punzó. Literaturas de disfraz para una realidad con antifaz y dominó.

III

Nos sobrecogió, decíamos, la guerra. La Nuestra. No como entre Lapitas y Centauros; no por los respectivos coños de Helena y Dido; no por el Sepulcro Santo ni por el Grial; no en la que tempestivos heraldos introducen carteles de desafío o arrojan guantes de malla ante damiselas demudadas en cámaras del trono retumbantes; tampoco de las burguesas: parlamento mayoría un tercio aprueba declaración hacerse efectiva 0.1 próximo lunes. Todas ésas se pronostican, se ciernen, se temen, se imaginan, se desean durante meses, años, lustros. La nuestra se ajustó más bien al modelo intergaláctico o Batman. Las Excelsitudes, deshibernadas tres milenios después en sus tres nichos de topacio por el rayo de megapositrones de la computadora autoprogramable, intercambian entre sí ósculos de enternecimiento y sonríen: “Eran de siempre nuestras; ahora son nuestrísimas”. Y fuimos en guerra.

En guerra fuimos. Para pensarla, para sentirla, los letrados vimos que no nos servían los enquiridios de cabecera: ni La araucana, ni Sin novedad en el frente, ni El viaje al fin de la noche, los Invictos, La guerra y la paz, Trampa 22. Lo que en nuestra guerra podíamos reconocer era nada más que lo puramente genérico, lo accesible a cualquier humanismo enajenado en lo abstracto, lo que realismo y naturalismo desmenuzaron sin clemencia hasta la última posibilidad, y el expresionismo resintetizó en hipérbole. Lo que el cine nos refregó contra las pupilas en Mash, Franco Tirador, Apocalipsis Now.

Los dos límites antropológicos de la guerra: Leónidas muriendo hermosa y noblemente en dáctilos y espondeos (“Extranjero, anuncia a los lacedemonios que aquí yacemos, obedientes a sus palabras”) y el Thénardier que repta en el crepúsculo del Waterloo de >Los miserables, despojando de anillos y arrancando dientes de oro a sus compatriotas semivivos. Es verdad que entonces las bombas estallaban todas y Thénardier no había llegado más que a sargento. La logística era rudimentaria, los cañones se fundían con bronce de campanas, en vez de encargarlos por número de catálogo, y ninguna fragata de Napoleón navegaba con motores Rolls Royce y fuel oil de la Shell. Reyertas pastoriles, por unos ojos bellidos, de Títiros y Melibeos.

IV

Desembarcar, no podían: desembarcaron; consolidar una cabecera de playa, era imposible; la consolidaron, a Puerto Argentino, no llegarían: llegaron; jamás nos rendiríamos: con tachaduras, nos rendimos. La guerra había terminado. La primavera sudamericanista, anticolonialista, unión nacional, huyó al primer soplo del cierzo de la derrota. Ahora, a enmendarnos.

Lo primero esto, a las ocho horas fue el discurso de la guerra, escrito y oral. No es mucho mérito: se toma un secretario de redacción, un columnista, un comentarista de radio y televisión, se aprieta el botón stop-eject, se saca el rollito “Antiimperialismo”, se introduce, digamos, "Mundial España”, se aprieta el start.

La literatura está otra vez sola con su silencio. Puede comenzar a hablar. Se demora todavía, replegada sobre sí misma, tentada de acogerse a la amnesia, rumiando sus propias culpas y las de todos los demás. Dos poemas “Cambalache”, de Osvaldo Rossler, en La Nación y “Juan López y Juan Ward”, de Jorge Luis Borges, en Clarín, son su primera elocución. Conjuntamente, Borges prodiga declaraciones políticas, cada vez más "radicalizadas”. Osvaldo Rossler, en una “Carta del Lector”, informa que, poco después de publicado el poema, fue agredido una noche, en Adán Buenosayres, por un coronel en situación de retiro. No da su nombre.

Nos identificamos con la seriedad ética, con la fidelidad al testimonio en favor de los que no tienen palabra o no tienen donde decirla, de ambos poemas. Con el contenido político implícito en ambos, tenemos esenciales desacuerdos. Una misma ideología, a nuestro juicio, sigue hermanando, como desde sus orígenes, por la vía de dos estéticas diferentes, a Florida y Boedo. Martínez Estrada se habría solazado: “invariantes históricas".

V

Rossler, para designar enfáticamente la situación argentina de 1982, busca una metáfora. Y elige una que, por estar codificada, ya es un símbolo: “cambalache”. Si a lo que quiso aludir fue a “anomia, subversión de valores”, pudo haber recurrido a otra, codificada también: "tugurio de esclavos negros”, quilombo. Porque tugurio fétido, la Argentina indudablemente lo es. Y hiede con un olor mucho más nauseabundo que la “catinga”. Hiede a Blonde Bestie, bestia blonda, extracto importado, de fragancia muy persistente, destilado y patentado por Nietzsche en lo más oscuro de su Selva Negra.

El vocablo “quilombo”, con la acepción que se emplea actualmente en el Río de la Plata, significa aproximadamente “lupanar tumultuoso”. Es pues, como el cambalache, un lugar revuelto. Pero aseable y ordenable. Sólo hace falta una regencia experta. (Rosarinos de edad muy provecta recuerdan que, hasta que llegó Saphó, su establecimiento era una Casa de Tócame Roque. En dos semanas se convirtió en un modelo de eunoimia y sophrosyne. Los Niños Bien retornaban matutinos a sus hogares con paquetes de manteca intactos o habiéndoselos ingerido in situ por sugerencia del conserje. La casa era una tacita de plata; las pupilas dejaron de comerse las uñas y las eses de plural, rezaban el Ángelus al mediodía y el rosario por la tarde, y andaban derechitas como juncos. No ha podido dilucidarse la especie de que sor Agustina, la superiora de las Adoratrices de a la vuelta, tomó con Saphó clases particulares de administración de empresas.)

Países quilombo o países enquilombados hubo más de uno en la historia. Hasta que llegó alguien (o muchos), mandó parar, y acabó la diversión. Y al final de cuentas, un quilombo no es tan dantesco. Los cambalaches, en cambio, desde La piel de Zapa y Old Curiosity Shop, son, como diría Cortázar, deprimenciales.

Admitimos que esto último es cuestión de gustos. Lo que realmente importa, semiológicamente, es que un cambalache, en cuanto cambalache, no es ordenable. Además de ser una contradicción en los términos, se fundía en una semana. ¿Se imagina, Rossler, a los don Chicho y San Martín, Don Bosco y Napoleón, clasificados en estanterías y según tamaño? Salvo que pensemos en los cambalaches de San Telmo, los de la placita Dorrego, tan amorosos. Pero esos son pra os garotos, Rossler.

Un cambalache en serio es como Discépolo y usted lo imaginan. Y me temo que lo deseen (si el que imagina desea siempre) “para el 202 y para el 2.000 también”. Para nosotros, el 2.000 está ahí. Para Discépolo, “2.000” era como “cincocientos mil millones” para un nene que está aprendiendo a contar, o 10.000 para los griegos, es decir, el número infinito, que en unidades de tiempo es: siempre, eternidad. ¿Desee esto Rossler? Nosotros preferimos, para 1986 digamos, un quilombo argentino en buen orden donde Rossler pueda hacerse sus nochecitas donde le dé la gana y los Mavortes briosos —en situación de retiro— tengan sus surcos que cavar o sus tubérculos que plantar —si son incapaces de imaginar un ocio más productivo— con más provecho para su presión arterial, menos ridículo para su institución y menos vergüenza para el país.

VI

Rossler, ex post factum, reivindica militantemente el sentido político de su poema. Así anuncia una conferencia con el título: “Cambalache 82, poema de denuncia”. Borges presenta su Juan López y Juan Ward sin ninguna clase de comentario. Quiere que el poema hable por sí mismo, que diga su propuesta política. Tratemos de saberla escuchar.

“A Juan López y Juan Ward les tocó una época extraña” (...) “El planeta había sido parcelado en diversos países (...) su arbitraria división era favorable a las guerras” (...) “Ward había estudiado castellano para leer el Quijote (...) el otro profesaba el amor de Conrad (...) que le había sido revelado en un aula de la calle Viamonte” (...) “Hubieran sido amigos, pero se vieron una sola vez (...) en unas islas demasiado famosas, y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel. Los enterraron juntos. La nieve y la corrupción los conocen”.

Dice el poeta que el hecho que refiere “pasó en un tiempo que no podemos entender. Nos deja, con ello, frente a una primera tarea: establecer quiénes son los “nosotros” apelados por la desinencia verbal. Descartamos, por obvio, que se trate de un “plural mayestático” o de un “plural de autor”, un sujeto singular intentado en plural. Hay que rastrear algún sujeto colectivo. Pero este “nosotros” no remite ni anafóricamente a alguien previamente mencionado e incluido en la función de relatar; ni deícticamente a un “nosotros los que estamos aquí”. Tampoco es un “plural de encubrimiento”, un yo que quiere disimular su nombre. Parecería que sólo nos queda interpretarlo como alguna forma de “plural de generalización”, que abarcaría al poeta y a todos los miembros de alguna clase lógica en la cual el poeta pueda ser congruentemente incluido. Aquí, el “nosotros” podría designar a “todos los poetas, todos los argentinos, todos los argentinos y los británicos, todos los humanos”. En cambio excluye infinitas clases virtuales, tales como: “los cojos de ambos pies, los cíclopes, las Hijas de María, los que no colaboramos en el suplemento literario de Clarín”.

Tenemos que inferir que el “nosotros” —la clase lógica que el poeta constituye mediante la acción de enunciar— es la de todos los que no pueden entender el tiempo en que les cupo morir a los dos Juanes. Nuestra primera tentación es reconocernos como pertenecientes a esa comunidad de no entendedores: los que no entienden del todo; los que creen entender, mas no están ciertos.

Pero un malestar difuso nos arredra, y decidimos primero escuchar más y con mayor cautela. Advertimos que el poeta no habla de un hecho contingente, de una falta de intelección por insuficiencia de datos o porque no se han descubierto aún las conexiones que los articulan. Parecería hablar de un tiempo necesariamente imposible de entender, porque no se puede, y aun no se debe, comprender. Si esto fuera lo que intenta persuadir, la operación del “nosotros” generalizador sería impráctica, performativa, política. La misma que se consumía en las interrogaciones retóricas (“¿Pasaremos en silencio este agravio?”) o en los mandatos en indicativo, como los que se dirigen a los pequeñines (“Ahora hacemos pis, y nos vamos a la cama”). A un “nosotros” así, no aceptamos que el poeta nos lleve.

No por ello nos separamos de él: seguimos escuchando. Ahora, eso sí, con prevenciones. De los políticos (sobre todo cuando democráticos y mucho más si populistas) durante décadas nos ha enseñado Jorge Luis Borges a desconfiar: son fértiles en ardides. Hay que sopesar cada una de sus palabras. En la más intrascendente —como “una víbora entre las hierbas”— puede estar oculto el entimema. Un oportuno “¡Compañeros!” tiene, de pronto, más eficacia persuasiva, motivadora de acción, que el más riguroso de los polisilogismos en “Bárbara”.

Descondensados sus entimemas, el raciocinio del poeta discurre así: “Dos hombres, que se llamaban Juan López y Juan Ward, estaban recíprocamente interesados en el lenguaje y la literatura del otro; ergo pudieron ser amigos, al encontrarse. Si no lo fueron, es porque algo ajeno a ellos lo impidió”. Y el locus que funda este raciocinio es el que ya Aristóteles enseñaba a Nicómaco: la verdadera amistad es amor entre iguales, y se funda en la virtud que cada uno de ellos reconoce en el otro.

La igualdad (que no es lo mismo que la identidad, sino la síntesis de lo idéntico y lo otro) se prueba entimemáticamente aquí porque ambos comparten el mismo nombre propio, “Juan” que, junto con “Pedro”, es el más difundido en los países occidentales de cultura cristiana. La diferencia objetiva reside en que uno es inglés y el otro argentino. Es lo que quieren demostrar sus apellidos progenéricos.

Y aquí nos reaparece el mismo malestar: si el poeta quiso caracterizar inequívocamente desde el eje de la nacionalidad, los apellidos progenéricos que eligió no resultan eficaces. “López” no es más peculiarmente argentino que Pietrafessa o Goldenberg. Distinto, si se hubiera llamado “Fierro”. Y “Ward”, semiológicamente, no puede rivalizar con “Bull” ni, estadísticamente, con “Jones” o “Smith”. Para peor, los semas que porta no son muy alentadores para un proyecto de amistad. Ward es “tutor, guardián, vigilante, carcelero”.

Tal vez el malestar se disipe si consideramos el modo como cada uno adquirió competencia en el idioma del otro. Ward estudió castellano para leer el Quijote. No se aclara cuándo, dónde, ni cómo. Si de niño, si de adolescente, si de adulto. (Siendo Ward mercenario pudo tener entre 18 y 39 años, ser Fellow de Oxford o autodidacta.) Si solo; si con Linguaphone; si con un profesor particular. El poeta prefiere no informarlo: Ward lo quiso, trabajó activamente (studere), lo logró. En cierto momento el Quijote fue suyo.

El acceso de Juan López al anglosajón fue un Sendero Espiritual, como el de Christian en el Pilgrim's Progress. López devino el receptor de una revelación, en un lugar preciso, “un aula de la calle Viamonte”. El poeta asigna tanta importancia a la localización, que “calle Viamonte” es el único topónimo que aparece en el poema. Todos los otros lugares, Londres, Buenos Aires, Malvinas, son mentados sólo perifrásticamente. La precisión del lugar hace que también el momento pueda establecerse (por lo menos dentro de términos post quem y ante quem) mediante inferencia directa: ni antes de que en la calle Viamonte hubiera aulas ni después que dejara de haberlas. Antonomásicamente, aulas de Filosofía y Letras.

Lo revelado a Juan López fue algo concerniente a Jósef Konrad Korzeniowski (a) Joseph Conrad, escritor polaco, que tras haber tenido que renunciar por razones políticas a su patria y a su lengua materna, se convirtió en uno de los máximos estilistas del inglés. No el único: uno de ellos. Y lo que se le reveló a López es que Korzeniowski es “alguien al cual se debe profesar amor”. Modo reverencial, pasivo, latréutico del amor.

El nombre del revelador tampoco consta. Pero si ese hierofante actuaba “en una aula de la calle Viamonte”, lo hacía con las debidas licencias, y la iniciación se consumó dentro de la asignación burocrática de incumbencias, la ostentación mistérica tuvo lugar con más probabilidad en el aula de literatura inglesa, no en la de geografía física ni la de psicología experimental. Aulas de Letras en la calle Viamonte existieron desde 1941 a 1969. Luego fueron trasladadas a otras calles. Y en esas aulas, literatura inglesa la enseñaron Rafael Alberto Arrieta y Jorge Luis Borges, con sus respectivos adjuntos. Entre ellos habría que buscar el Juan Bautista de Juan López.

Pero, el iluminado, ¿habrá sido efectivamente Juan López? El poeta vuelve a desconcertarnos. Lo cual es indicio de que quiere decirnos algo más de lo que parece decir, o que es algo que dice a pesar suyo. No nombra al iniciado por su nombre y apellido, como acaba de hacerlo con Ward, lo alude como “el otro”. Un bautismo al revés: López no recibe un nombre nuevo, simbólico de su nacimiento a la gracia, sino que pierde el que lo singularizaba (aunque con la tenuidad que hemos visto): renace como “El otro que Ward”, cualquiera no-inglés capaz de pasmarse ante Conrad.

Si López y Ward hubieran llegado a conocerse, su amistad no habría sido simétrica, sino complementaria. ¿Dice eso el poeta cuando relata que “los enterraron juntos”? Para saberlo, tendríamos que saber quién los enterró y si “la nieve y la corrupción los conocen” juntos en una fosa común con la multitud innominada de otros caídos. Porque el enterramiento por parejas en una misma tumba es de alguna manera conyugación. Abelardo y Eloísa.

VII

Muchos otros pares de guerreros jóvenes pudieron ser amigos y encanecer ejercitando la amistad. En Niso y Euríalo “un mismo amor había y a la par se lanzaban a las guerras”. Hostigaban a los mismos rútulos. Pero Niso muere sobre el pecho de Euríalo muerto y “descansó, por fin allí con una plácida muerte”. También a ellos les “tocó una época extraña”. Ya el “planeta había sido parcelado en países”: helenos, troyanos, cartagineses, latinos, rútulos. Y “esa arbitraria división era favorable a las guerras”. Antes no era así. Cuando las hojas de las encinas sudaban miel y por el cauce de los ríos fluía la leche; cuando reinaba Saturno y no había Abeles y Caínes.

Alonso Quijano, “después que hubo satisfecho su estómago / y / tomó un puñado de bellotas en la mano”, filosofando sobre los orígenes de la caballería andante y de la cultura, explica a los cabreros que en la “dichosa edad y siglos dichosos (...) a quienes los antiguos pusieron nombre de dorados (...) los que en ellos vivían ignoraban estas dos palabras de 'tuyo' y 'mío'”. Hay quienes consideran que estos dos pronombres tienen que ver con la parcelación y la arbitraria división del planeta. En tal caso, López y Ward hubieran sido partes interesadas en la posesión de esas “islas demasiado famosas”, como Gungha Din o los jinetes de La carga de la brigada ligera. Previamente a la amistad, habrían tenido que ponerse de acuerdo sobre la tenencia de dicho accidente geográfico. Como en cualquier juicio sucesorio: la cónyuge supérstite, por ejemplo, y los huérfanos del occiso. Son bien conocidas las enternecedoras escenas de consanguínea piedad a las que puede dar origen una discrepancia por una parcela en este trámite rabulesco.

El poeta prefiere que Ward y López mueran inocentes del tuyo y mío, con la inocencia del devenir, y esas muertes, esa temporalidad, le resulta, lógicamente, incomprensible. Sólo que abarca la totalidad del tiempo humano, la historia. Por eso el poeta no se rebela, sino que se limita a quejarse de la inhumanidad de ese tiempo humano. Quejarse es aceptar: lo inhumano es, además, inhumanizable. Un tiempo así, hay que negarlo como maya, suspenderlo como sueño deshumanizarlo en eterno retorno. Rossler —ya lo hemos visto— piensa algo semejante, sólo que su Musa tiene un poco menos de Mala Pata.

Buenos Aires, 5 de noviembre, 15,30 horas

Notas

  1. [N. del E.] El año 1982 fue un punto de inflexión decisivo y traumático en la historia argentina, marcado por la confluencia de dos crisis: la etapa final de la dictadura cívico-militar autodenominada "Proceso de Reorganización Nacional" (1976-1983) y la derrota en la Guerra de Malvinas. Este entredicho de la revista Sitio se publica en el epicentro de esta convulsión. Para 1982, el régimen militar, liderado en ese momento por el general Leopoldo Galtieri, enfrentaba una profunda crisis de legitimidad. Tras seis años de terrorismo de Estado —caracterizado por la desaparición forzada de decenas de miles de personas, la censura, la persecución política y el exilio—, el modelo económico neoliberal implementado por el ministro José Alfredo Martínez de Hoz también había colapsado, dejando una enorme deuda externa y una severa crisis social. El descontento popular era creciente y las primeras manifestaciones públicas de organismos de derechos humanos, como las Madres de Plaza de Mayo, ganaban visibilidad y erosionaban la autoridad del régimen. La invasión de las Islas Malvinas el 2 de abril de 1982 fue una medida desesperada de la Junta Militar para desviar la atención de la crisis interna y generar un consenso nacionalista que revitalizara su poder. Inicialmente, la estrategia pareció relativamente exitosa: una ola de fervor patriótico unió a gran parte de la sociedad en apoyo a la causa. Sin embargo, la rápida y humillante derrota militar ante el Reino Unido el 14 de junio provocó el efecto contrario. El colapso fue estrepitoso y definitivo. La derrota no solo expuso la incompetencia militar de los líderes, sino también la red de mentiras y censura con la que habían manejado la información durante el conflicto.

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