“...Algo en la conversación le había anticipado a Renzi esa pregunta; no exactamente esa pregunta sino la vehemencia que la pregunta transportaba. En verdad, se daba cuenta que él mismo la había permitido e incluso provocado al contar primero aquellos años en los que todas las noches se reunían, cuando el desprecio por los que despreciaban los envolvía reproduciendo lo burlado en sus burlas de las “amistades literarias", hasta llegar a declarar, inevitablemente, que la literatura ha muerto, que no existe, aunque siempre había tiempo de “rescatar” algún muerto o “descubrir” un inédito que caía en desgracia cuando le tocaba en suerte publicar y que pasaba a engrosar la clase de los mediocres si además el libro se vendía. Aun así, agradecía que ese ejercicio de pedantería lo hubiera apartado de la pedantería jergosa e ignorante de la crítica moderna, “estructuralista y carnavalesca”, que creía poder ahorrarse la lectura de un libro y tomarlo como excusa para exponer la teoría del último ruso descubierto por el último francés descubierto y que, casualmente, no dejaba de explicar lo que en estos confines del mundo se escribía. Pero no era nada de todo esto lo que había provocado esa pregunta. No era sobre todo una idea ni nada que hubiera pensado antes que esa palabra dijera su cansancio: todo eso me aburre, había dicho Renzi desprevenidamente y, como un tic, Marconi preguntó si se trataba de un tardío despertar sartreano o de un anacrónico retorno a una psicología del gusto. Eso mismo, dijo Renzi, y tal vez fue su odio al inventor de la transmisión inalámbrica lo que le hizo repetir eso mismo: eso mismo repitió Renzi, el gusto, el gusto de leer perdido en la costumbre de adivinar lo que hay que decir de un libro de haber sido posible leerlo, o peor todavía, cuando se lee para recortar lo que el supuesto lector ya se supone escribiendo... El gozo de leer, siguió Renzi, y pensó pero no pensó nada que la ausencia de Guzmán lo liberaba de discutir el estilo brilloso de Lugones, y como tampoco estaba Zelarayán, corazón de león, para hacer resonar bajo su poncho la voz del interior en nombre de la literatura oral, pensó Renzi que también él podía tal vez ausentarse de ese esquema que hacía de Borges la clausura de lo que el siglo XIX escribió en nuestra literatura y que convertía a Arlt en el fin de la moderna literatura argentina. Tanta insistencia en la inmensidad de lo que se les debe, ¿no es ya buscar un modo de no pagar y, simultáneamente, ignorar que ésa es una forma de “pago”, lo que se llama propiamente un ahorro? Siempre escribir es contraer una deuda, pero ¿por qué no hacerlo bajo el modo del lector, irresponsablemente? El gusto de leer, había entonces repetido Renzi, es el único que nos puede decir dónde se inicia la literatura, cuando el final, el cierre, la inexistencia, el asesinato o la imposibilidad de la literatura son los modos sin sorpresa en los que concluye el binarismo semiológico, y casualmente, en los mismos lugares en los que la explicación histórica ya ha confesado su impotencia. Pues habrán advertido, prosiguió Renzi, que si digo que Borges es un escritor del siglo XIX, eso quiere decir algo justamente porque Borges no es un escritor del siglo XIX. Y lo primero que quiere decir es que la literatura de Borges es una lectura de lo que se ha escrito aquí a partir de la fascinación de ese siglo que todavía llega hasta nosotros. Así pues, jóvenes escritores, antes de quejarse por ese epíteto en virtud de andar cerca de los cuarenta y tener cuatro o cinco libros publicados o no, déjame continuar, dijo Renzi, ya sé que no hay que madurar, y Renzi continuó diciendo que hay que advertir que lo que se escribe no se explica por lo que se escribió sino a la inversa, y que si la lectura se distingue de lo que ella lee, eso mismo la excluye de lo leído y le da un lugar diferente... que hay que nombrar. Si la respiración se entrecorta al hablar, escribir es un truco que permite respirar sin dejar de decir. Fue a esa altura, recordaba Renzi, que había dicho que él no era adivino para saber si el libro de Piglia le hubiera gustado igual diez años antes o después, y que no tenía la menor importancia la fecha u otras famosas circunstancias que no lo eran, pues pertenecían a la dimensión retórica de cualquier escritura. Así que no habiendo otra cosa que la lectura para transformar la literatura joven en literatura, creía recordar Renzi que iba diciendo cuando lo interrumpió Piglia: Estimado Renzi, había terciado Piglia, seguro de su mano apoyada en el brazo de Marconi, pero molesto por advertir que no se trataba de una fórmula de cortesía, molesto consigo mismo por el aprecio que involuntariamente le arrancaba ese Renzi, estimado Renzi había dicho, y mientras vacilaba iba adivinando lo que había descubierto: que mientras más coincidentes eran aquellas opiniones con las suyas, algo se liberaba con ánimo levantino y ya se lo estaba agradeciendo, ya se sentía agradecido por encontrar una encarnación perfecta de su discurso que por fin lo aliviaba, y no como podía creerlo el propio Renzi, por dejar de estar solo, por encontrar esa felicidad de hallar en este mundo un alma fraterna, aunque también todo eso no dejaba de ocurrir, y tal vez entonces gracias a eso, ahora si no era imposible introducir ese matiz siempre resignado en favor de la claridad, un matiz que las estupideces más gruesas obligaban a callar, entonces ya decidido en esa misma vacilación, Piglia se encontró diciéndole a Renzi: Estimado Renzi, en esa teoría tuya que no voy a decir que la respeto porque la amo, y si se hubiera permitido una expansión literaria (pero habría sido una forma de ignorarlo) habría dicho que la ama en el sentido bíblico de la palabra, en esa teoría sobre Arlt y Borges, y cuando la voz raspó el vidrio grueso del vaso transformó el pudor en desafío, ¿qué lugar hay, me preguntaba, para un libro, digamos, como el mío?
