Ni el ruido lejano del tren, ni el de las hojas agitadas, ni el de los muebles que crujen, ni el de los postigos mal cerrados, ni el de los insectos, ni el de las aves, ni los ladridos, ni los croares, ni los chistidos, ni los susurros me distraen del silencio que vaga por las escaleras que conducen a mi habitación.
Tendido sobre la cama aguardo noticias de mi sirviente que hace días partió en busca del dueño de la kermesse y que anunciará su regreso haciendo resonar con descuido los escalones de madera. Una misión nada sencilla, no será fácil dar con aquel hombre. Quizás haya viajado al interior como lo hace a menudo; sin embargo, también es posible que aún estemos a tiempo de encontrarlo, habitualmente espera a que el verano esté más avanzado para impartir la orden de cargar nuevamente los camiones con las guirnaldas y decorados, con los paneles de cartón y madera, con las lonas impermeables que lograron resistir las inclemencias del invierno. Es probable que todavía tenga instalados los kioskos en algún descampado de la ciudad, siempre cuenta con el permiso para hacerlo, tiene influencias, funcionarios corruptos o asuntos políticos nunca lo aclaró definitivamente. No habla de más, un hombre de pocas palabras. Precisas. Preciosas. Una palabra suya puede cambiar un destino, no lo digo porque sí, hay antecedentes. Lo conozco de viejos tiempos, de cuando todavía podía bailar, bellos tiempos. Bailando le hice ganar mucho dinero, después sufrí el accidente y tuve que retirarme. Se llegó a temer por mi vida, fueron los antibióticos quienes me salvaron, ya habrá tiempo para hablar de aquello.
Romero, al marcharse, prometió no regresar sin antes haber encontrado la kermesse; del resultado de sus averiguaciones depende mi salvación y también la suya, hace tiempo que su destino se encuentra enlazado con el mío. Entró a mis servicios cuando aún permanecía internado en el hospital. En aquel entonces se ocupaba, con balde y cepillo, de la limpieza de la sala. Todos los días a primera hora, antes que las enfermeras aparecieran, le daba a las baldosas con el trapo húmedo, sin displicencia, con fervor. No había gotita de sangre, ninguna mancha dudosa, que escapara a su empeño. Refregaba aplicadamente en los rincones más apartados, debajo de las camas, de las sillas, de los austeros muebles de la sala, embebiendo el trapo a cada rato en la mezcla de agua y lavandina. Ese olor y el ruido del balde, que corría con el pie a medida que avanzaba, eran los que me despertaban cada mañana. Las primeras luces descubrían, a esa mirada vigilante, las huellas de noches agitadas.
Cuando los médicos decidieron reducir la dosis de calmantes que me suministraban para adormecer los dolores, pude notar que, al acercarse a mi cama, esa mirada atenta vacilaba. Un fugaz titubeo, de las baldosas a la silla donde habían dejado mi ropa de artista: la chaqueta con lentejuelas, la camisa con volados; de los pantalones solo quedaban harapos, girones, negras manchas de sangre coagulada sobre los restos de mis hermosos pantalones de terciopelo. ¿Dónde estarían mis botas? No me decidía a preguntar por ellas a pesar de que ya me sentía capaz de balbucear algunas palabras. No me hubieran hecho caso, hasta se habrían ofendido: en el hospital las personas son muy susceptibles, la vida y la muerte, imperan los grandes temas; aprendí a no hablar si no me lo piden, mejor permanecer cauteloso. Romero también lo era, pero no tanto; el titubeo fue siendo cada vez menos fugaz, más desvergonzado. Con descaro se detenía frente a la silla mirando los volados; perdiendo, con el brillo de las lentejuelas, algunos minutos que enseguida se esforzaba en recuperar con trapazos apresurados cuando oía los pasos de las enfermeras sobre las baldosas todavía húmedas. Se aproximaban laboriosas, sus voces estridentes ahuyentaban cualquier pereza.
Con el correr de las semanas, Romero se iba demorando más audazmente junto a mi cama, repasando siempre las mismas baldosas, hipnotizado por el brillo y el terciopelo desgarrado, tal vez también por las negras manchas de la sangre.
—Cosas que pasan —dije finalmente una mañana.
—¿Artista?
—Zapateo americano.
—Vi una película, bailaban.
Las enfermeras interrumpieron nuestra charla. Sin embargo, ya habíamos sellado nuestra amistad. Todas las mañanas agregábamos algunas palabras. No muchas, algunas; para eso la lenta cura de mis heridas nos daba tiempo. En realidad yo era el más locuaz; el otro escuchaba, quizás embelesado, mi vida de artista; aunque tal vez solo esperara mi muerte para robarme las lentejuelas. ¿Y mis botas?
Me incorporo con dificultad para acercarme a la ventana, no llego a acostumbrarme a este andar desparejo que impone mi pierna recortada; a cada paso la extiendo confiado en que el taconeo llegará antes de lo que en realidad llega. Esos centímetros que faltan son un instante en que permanezco suspendido en el vacío, un vértigo sorpresivo. Mi memoria se empeña en recordar la vieja larga pierna que cómodamente rozaba el suelo en el momento adecuado, aquel caminar distraído. Ahora son estos pasos irregulares que deterioran mis zapatos en forma inusual.
En vano observo la calle desierta, mi sirviente ya no regresará. No esta noche por lo menos. Lo habrá sorprendido nuevamente el crepúsculo interrogando a los vecinos de los arrabales acerca de nuestra kermesse. Se habrán apartado de él con desconfianza, su aspecto miserable no produce simpatías. Quién sabe dónde pasará la noche esta vez: a la intemperie seguramente, no será algo nuevo para él, es un hombre sacrificado, no tanto al sentido del deber como a la ambición; prometí promocionarlo una vez que nos hayamos reunido con mis viejos compañeros. Romero también quiere ser artista, me lo confesó durante una de nuestras breves charlas una mañana en el hospital; resultó ser un viejo anhelo ése de vestir lentejuelas. Mientras tanto dependo de su habilidad, de su astucia que nunca fue mucha, un riesgo que no puedo evitar; a veces su torpeza me produjo más de un disgusto, “debería despedirlo”, pienso en esos momentos, sin embargo no me decido nunca; le debo favores. Cuando me dieron de alta me trajo a vivir a su pieza, no hay lujo pero es un techo. Además está la comida.
Ni los médicos, ni los enfermos, ni las enfermeras -que solían estar al tanto de todas las intrigas- sospecharon que Romero entraba a mis servicios. Lo planeamos con discreción. Partí solo. En la despedida hubo emociones y sollozos: me deseaban los mejores augurios, decían; los que podían incorporarse me estrecharon entre sus brazos como queriendo retenerme. Analía, la cabra, me regaló una estampita bendecida que aún conservo, a la que le rezo cada noche, de rodillas junto a la cama con las manos apretadas, entrelazadas, rozando los labios que murmuran la plegaria. No es cierto, en realidad la tiré por la ventanilla al subir al colectivo; a la estampita y al pergamino firmado por los enfermos de la sala: “al bailarín -decía- que supo mitigar nuestras horas de dolor”. Caligrafía esmerada, luego seguían las firmas, vacilantes las de los agónicos, un empeño desmedido ése de repetir el nombre; titubeos como el de sus corazones, latidos débiles, postreros, cualquiera podía notarlo. Fue una fiesta en la que no faltaron los brindis. Un milagro, decían. "Una desgracia con suerte”: me quedaron buenos recuerdos y una pierna más corta, no me quejo, pudo suceder lo peor; las consecuencias son apenas un titubeo que solo se nota al andar, tal vez haciendo ejercicio pueda retomar el baile, uno nunca sabe, la voluntad hace milagros, se conocen casos.
La llave de la luz está junto a la puerta de entrada. La débil claridad de las estrellas apenas si ilumina las cortinas que cubren la ventana. Debo atravesar la habitación tanteando en la oscuridad para llegar hasta la cama, confiando más en la memoria que en mis ojos inútiles. Los tropiezos se suceden, alguna silla olvidada se interpone en mi camino. Antes era Romero quien se encargaba de apagar la luz, hace años que vive en este lugar y se encuentra habituado a deslizarse a ciegas esquivando los obstáculos que ahora aparecen a cada paso y que hacen más torpe mi andar vacilante.
En la mejilla siento un roce áspero. Es mi ropa de artista que, desde que llegué a esta habitación una tarde de invierno, permanece colgada de la pared. Fue Romero quien tuvo la idea.
—En el armario se arrugará —me dijo mientras martillaba al clavo que habría de sostenerla. Yo me encontraba demasiado confundido para atender a esos detalles. Así colgada, la chaqueta con lentejuelas caería libremente sin soportar estrecheces que la hubieran estropeado. Por el polvo no había que preocuparse. Romero se encargaría de sacudirlo todas las mañanas. Al respecto no tengo quejas, cuidaba de ella con verdadera devoción mientras yo deshacía los bizcochos en el té del desayuno.
Ese roce me sirve de guía para situarme en esta oscuridad. Al acostarme hago con mi cuerpo un ovillo procurando que toque lo menos posible las sábanas heladas. Espero. Lentamente comienzo a distinguir las sombras habituales de cada noche, los ruidos nocturnos del edificio, y más cerca el zumbido del reloj eléctrico, y más cerca el sonido de mi respiración, y más cerca el latido del corazón que se agita en la almohada, y más cerca ya todo es silencio otra vez.
Para dormir me recuesto sobre mi lado izquierdo, con las piernas recogidas -la sana y la otra- con las rodillas casi tocando el mentón, entrelazadas mis manos con los dedos de los pies. Me gusta jugar con ellos mientras aguardo el sueño. En esta posición puedo observar la pieza a mi gusto, cubierto hasta la cabeza, subrepticiamente entreveo todo lo que sucede en ella. En realidad los sucesos ahora son pocos, sólo el vago resplandor que se filtra a través de la ventana y que lentamente se desliza por las paredes hasta los pies de mi cama.
Hubo noches más animadas. Romero, que aún no había partido, para dormir echaba sobre el suelo un colchón que durante el día permanecía enrollado en el armario. Parecía quedar dormido al instante de haberse acostado sobre él, su respiración profunda y algo ruidosa lo delataba.
En aquellas primeras noches me costaba conciliar el sueño, tal vez lo novedoso de la situación me lo impidiera, lo cierto es que permanecía despierto hasta altas horas sin hacer el menor movimiento, creyendo que la quietud de mi cuerpo alentaba la llegada del sueño. Algunas veces dejaba fija la mirada en las cortinas que, en ocasiones, una leve brisa agitaba; otras, recorría la minuciosidad de los dibujos del empapelado que cubría las paredes; era inútil dirigirla hacia donde descansaba Romero; ni la luna más brillante lograba iluminar ese rincón, sólo el resoplido acompasado imponía su presencia.
Así dejaba transcurrir las horas confiado en dormirme antes del amanecer, sin más preocupación que ésta. Una noche, sin embargo, me invadió una intensa inquietud. No pude adivinar su origen inmediatamente a pesar de que recorría la habitación una y otra vez con la mirada ansiosa. Nada que pudiera ser visto se había alterado. El silencio me indicó que el resoplido, que había escuchado hasta hacía unos instantes, había cesado. Luego de unos minutos estuve seguro que Romero no dormía. ¿Debía dirigirle la palabra? ¿Descubrirme también yo despierto? En ese caso: ¿qué decirle en medio de la noche? Mientras dudaba si poner o no en evidencia mi vigilia pude percibir los cuidadosos movimientos de mi vecino, procurando deslizarse silencioso, aprovechando su conocimiento del terreno. Romero se incorporó lentamente. Cuando estuvo parado pude observar su silueta recortada en la ventana y después el sigilo con que se dirigió hacia el armario. Antes de que extendiera los brazos hacia mi chaqueta brillante en la pálida luz adiviné que se la probaría.
