Freser vivía con sus abuelos en las afueras de la ciudad. Hablaba poco. La mayor parte del tiempo estaba callado. Sin gestos. A medida que fue creciendo, la prohibición de jugar se hizo más estricta. Y cuando alguna vez lograba escapar a las miradas, quedaba paralizado por el miedo. La voz de su abuelo era a sus espaldas como una extensa sombra de la que no tenía posibilidades de escapar. Pero tan pronto se daba cuenta que sólo se trataba de repentinos temores, regresaba a su habitación con los ojos tendidos. No obstante, el recuerdo de algo extraño en los fondos lo llenaba de inquietud. Sólo eso. Por lo demás, esa tierra alargada, invadida de malezas, lo incomodaba.
Tales eran los pensamientos de Freser mientras intentaba recordar la imagen de su abuelo masticando tabaco, sentado en el mismo lugar en que él estaba ahora.
—Todo irá bien —repetía el abuelo.
—Nada importa ya —decía su mujer—. ¿O te olvidas que llevas esas heridas?
Con la vista perdida en la tierra, el abuelo pronunciaba palabras indefinidas. Finalmente, dijo:
—Sí, es posible que no pueda caminar, pero no me atraparán.
Freser permanecía sentado. El abuelo se retiró; en la cama, rodeado de papeles, hacía extrañas anotaciones. A hora tardía despertó de repente, y sin saber qué extraño azar lo conducía, marchó hacia el río. Tarde, regresó pesadamente.
—¿Qué ocultas en ese sobretodo? —preguntó ella.
—Será mejor que no hable —dijo él, y permaneció de pie, con las manos en los bolsillos.
Ella murmuraba: “Alguna de estas noches no regresará más”. Este pensamiento la inquietaba. “No, no es posible que este hombre me lleve a la locura”. Y acaso para tranquilizarse evocó el destino. Sería el “destino” y no ella quien lo tendería en la muerte.
Freser no comprendía, no decía nada. Tampoco le preocupaban sus pensamientos. Se había acostumbrado a sacar deducciones en el sueño, y permanecía vagando en la quietud de la noche como un cuerpo suspendido.
En ese patio ni el más leve ruido hendía el silencio. Desde la calle el traquetear de los carros se escuchaba lejano. Finalmente, ella resolvió hacer esa pregunta en la que no había pensado antes:
—¿Para qué esa fosa?
Él persistía en el silencio, ella continuaba insistiendo. Pero él no contestaba, no tenía qué decir. Sin embargo, pasado un momento habló:
—He estado pensando... Un gesto áspero lo condujo a su pasado. Cuando en aquella tarde sin sol subía a un bote que rápidamente lo alejaría de ese lugar. Y en el que con todas sus fuerzas comenzaría a mover los remos alejándose, mientras que con el corazón apresuraba la marcha y que por esta razón no podía recordar cuánto se había internado en el mar. No recordaba. Sólo un intenso dolor. Y que antes de cerrar los ojos por completo oyó varias voces. Y que esas voces venían hacia él. Pero que antes había visto cómo esas personas uniformadas se reían, lo sostenían y le tapaban la boca para que no gritase; lo apuntaban con armas filosas asediándolo, coléricos y vengativos. Y recordó también la orden del jefe de cortarle los talones por haber intentado escapar. Si lo intentaba nuevamente —le advirtió— le cortarían las piernas y luego los brazos, hasta el final.
Ella lo interrumpió en voz baja como si temiera hacerle daño. El abuelo no dijo nada. Su pensamiento resbalaba como si no pudiera hacer pie. Quedó parado sin contestar. En ese instante, Freser regresó muy agitado.
—Ven aquí —el abuelo lo arrastró de los brazos.
—¿Qué pasa? —preguntó Freser asustado.
Ella se había quedado en el patio. Su gesto marcaba la constante inutilidad de lo que la rodeaba.
—¡Hombre! ¿Qué te ocurre con el chico? —Freser cayó pesadamente en asombroso estruendo.
No había nadie a la vista cuando bajó corriendo por la calle del río. Tiempo después concluiría el día. El abuelo recorrió la casa, mirando cada lugar, y salió sin pronunciar palabra. Los carros pasaron. Ella no se había movido del lugar y no apartaba la vista de la calle del río. ¿Una sepultura?, pensó. Un gesto lleno de ira condensó el desprecio brutal por el duro carácter del abuelo. Luego se interrumpió bruscamente, dando lugar a una regocijada expresión de venganza. “Si no muero antes...” Un sonido que no había oído le llegó entonces con nitidez.
Después, otra vez la lucha entre ese pasado y su violencia actual. Y una vaga sensación de soledad invadió su ánimo. El corazón palpitaba seco. “¿Para qué haber estado tantos años al lado de este hombre?”, se preguntó. Y la figura del abuelo se le agolpó en un sórdido apasionamiento. “¡Ha muerto!”, imaginó. Y quedó tendida sin gestos ni movimientos. Cuando el abuelo regresó, la incipiente luz del amanecer iluminó la figura de su mujer, el cuerpo hacia adelante, los brazos a los lados. Se dio cuenta enseguida de que estaba muerta. Reunió sus fuerzas para respirar, guardó un puñado de monedas en una bolsa y la arrojó a la fosa junto al cadáver. “Ese dinero descansará con ella”.
—Ya no regresaré a mi tierra —dijo. Así permaneció largo tiempo sin moverse, apretando los labios.
Freser volvió en el momento en que el abuelo gemía con pesadez. Pero permaneció oculto, mirando aquellos movimientos sin inquietarse. A través de las ventanas abiertas oía el ruido de la tierra cayendo a la fosa. Aquella escena se le hizo intolerable. Ensayó un gesto para taparse los oídos, pero la monotonía de la tierra al caer lo irritaba. Caminó por la casa. Más tarde, salió a la calle. Siempre era igual. El sonido se precipitaba con mayor intensidad. Una vez más, bajó por la pendiente del río. Y aunque no supo en qué momento, decidió no retornar hasta la noche. Así sería. Y oyendo el traqueteo de los carros se quedó dormido apoyado en una pared donde estaba dibujado el contorno de otro cuerpo que parecía la sombra exacta del suyo.
A la mañana siguiente se marchó de allí. Los carros se movían con lentitud. Freser prestó atención al escucharlos. Pero nada parecía indicarle que fueran los mismos de los sueños. “En otro momento” —dijo, emprendiendo el camino de regreso. El sol aún no indicaba el mediodía cuando le asaltó la idea de algún cadáver. Apresuró el paso confundido en el temor. Y le pareció estar siempre en el mismo lugar. La casa estaba silenciosa. Ninguna voz, nada que diera señales de vida. Todo dormía como en exhausto reposo. Lanzó un gran suspiro y se encontró en paz. Su cara parecía natural en la sonrisa vaga. “Ahora me toca a mí”, pensó. Y mientras regresaba a la calle del río le pareció que aquel sonido tan antiguo estaba a sus pies.
