Revista SITIO · N.º 2 (1982)

El reservoir

¿Dónde se te ofrece una guarida
suspendido de algo que se crispa
y te arroja aquí y en otras horas por
la playa, talud que nunca
te fue sino extraña telaraña
en los ojos de un reptil gastando el refilón
de esta batalla frente al precipicio,
horribles sombras de un verano
que nadie conoció y conocimos sin
otra contraseña que el retorno
de cualquier imagen? Dondequiera que
estés te he
venido a buscar, salpicadura,
hundimiento otra vez, montón sin fecha,
catalejo
donde sin patetismo te recoja
y te vuelva a arrojar. Sabiendo que has
olvidado todo, lo que no olvidas
no te da tregua en esta remota
isleta, re-
siduo apenas aletas se remueven
y acomodan a la invasión de légamo.
Entonces encontraron a tu padre
flotando en la pileta, y eso sin contar que
tu padre también estuviera allí fuera
y más tarde
¿quién iba a venir si tus dos padres
quedaron, cada cual por su lado, dur-
miendo la siesta sino el espíritu, semillas
de contradicción por un acaso
cualquier cosa menos ensimismado
aunque buscando el enigma y el privilegio de
sí mismo en absoluto reinado
de infinitas misericordias donde
el pecado rescatado por la gracia en una
misa solemne resultara
trocado en lo que nunca ni siquiera
aparentara ser ya que su trajín
era empeño suficiente para entretener
la baratija de los días porque ninguna convocatoria
sería ineludible salvo hasta más tarde?
Una acción de gracias es todo lo que se pide
en este hemisferio de la consagración
repentina e insospechada y hasta aquí lo dicho
al entrar en conflicto con otros alegatos
más contundentes, no menos
olvidables, se entiende por cir-
cunstancia que viene a nivelar lo perdonable
con lo que nunca tuvo un amanecer propiamente dicho.
Al oído: un raccourci
frente al olvido,
despertar súbito aspirando pétalos
o maniquíes de alambre,
esguinces en el carbón del entreluz,
apiladas conmemoraciones
en medios
variados de registro,
exhalación
interpretada con tantas
consideraciones de tono y lugar que se pierde en la
refracción de otra década,
revistas a apiñarse
frescas aún, retorcidas
en el rincón de la fotografía
del cactus de arcos blancos
con pantallas
cuya refracción traía
curvas del bongó,
momentos de caída de la fruta.
Una reedición es lo que necesitábamos y el tiraje
satisfizo las más desaforadas esperanzas: increíble
y efectivamente el verano estuvo aquí como quisimos
y la inédita relación mostró lo que en viejas imágenes
era sólo sortilegio apenas sospechado:
rotundo amarillo,
dos décadas atrás mangos de ámbar
en cuchillos, vasos con mexicanos
pintados en un desierto de dos rayas de amarillo
hoy entregaron el mensaje que llevaban escondido,
hoy de atrás he vuelto a ver aquella silueta
desproporcionada con las alas
negras en la nuca cerrando una cabeza minúscula, reluciente.
Entre tanto sudor, entre tantas páginas
entresaca tu fajina el reservoir
que viene a ser el centro del parque alrededor del cual y tras
tejido de alambre corren tantas figuras comparables a
caballos. La fajina los saca limpios, fotos
del agua, para que sigan corriendo y orienta
sus peripecias vagamente, con em pujones y codazos
hasta el día de mañana.
Una y otra vez, en los inter-
valos del té y las evacuaciones, el agua
se levanta y se vuelve a posar, nunca más entrealfileres
que la vez anterior, y una memoria
no muy venerable refracta y sigue refractando otro es-
lanque, otra casa de tres pisos, otra línea arbolada,
el corredor siempre alargado hacia un extremo doblado en pinza
del primer cuarto donde perdiste la vista
y te dijeron --toda sospecha cabía,
cualquier asunción resultaba justificada: las arúspices de Macbeth
se acercaban -- eso, que llegaste a leer entonces,
allí estaba lo que te decían, la invasión de la sombra, sin duda,
y oías como chasquidos desde abajo del escenario
y de un costado un viento entre inmensos árboles de plata.
Y después vinieron muchas madrugadas donde los rostros pálidos
de algunos jóvenes habitantes trajeron otoñales óptimas cosechas
en que se recapitulaba lo que nunca supiste que estuviera
allí en primer lugar.
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