Revista SITIO · N.º 2 (1982)

Tres escenas de Victoria Ocampo

Este texto pretende situarse en el privilegio de lo inconcluso. Tal vez porque esta autobiografía se continúa y porque la lectura se ha detenido en el primer movimiento de El Archipiélago.

Sin duda este libro no puede dejar indiferente, su lectura parece exigir la fascinación o el rechazo, nunca el desprecio o el aburrimiento. Las obras de esta autora se han ofrecido como el campo de ejercicio para las ideologías más dispares de las disciplinas más encontradas. Textuales, para estar a la altura de los tiempos, históricas para aquellos que piensan la literatura como evolución. En este punto es necesario entonces referirse al uso que se hace de un texto literario. Se hablará de esteticismo en el primer caso y de sociología en el segundo. Es posible introducir una variante que decline la lectura al lugar de la enunciación en que un texto se escribe y al estado de lengua en que ese mismo texto fue escrito.

Eso no impide avanzar, al contrario. Sobre todo en un libro como este en que la desesperación por librarse de la frivolidad da entrada a una fina ironía, y conservo aquí el uso aristocrático del término. Es en estos dos ejes que el libro se irá escribiendo. No queda entonces otra posibilidad que detenerse en esas dos retóricas, la ironía, la frivolidad, que en el transcurso de las memorias, se complementan, se oponen, se excluyen y se relacionan con los tres idiomas que aparecen en el libro. ¿Por qué se podrían reducir esas apariciones en otra lengua, a mera afectación o a una sintaxis mental de alguien que escribe en distintos idiomas? Esas frases en inglés o francés que van puntuando el texto y lo acompañan con citas literarias, transcripciones de poemas, frases hechas ¿pueden ser anotadas únicamente en el género de la sofisticación, la erudición o la afectación? Esta autobiografía escrita originalmente en francés y traducida por la misma autora deja caer entrelíneas un híbrido literario singular atravesado por dos lenguas. Acaso esas citas literarias pretenden encontrar un estilo (¿no es lo que clama la narradora en cada una de sus páginas?) ante esa acumulación de nombres, a veces literarios, que interrumpen la escritura remitiéndola a un índice de nombres que figuran al final del libro pero que vienen indicados desde la primera página.

Este enunciado que bajo el nombre de autobiografía, memoria, o documento, según las distintas acepciones dadas por la autora, ¿cómo se dispone en relación a la enunciación? o para ser más preciso ¿dónde situarla? Y situar quiere decir que por esa articulación ciertos efectos van a disponer espacialmente, estilísticamente, y en su retórica, la escritura de estas memorias.

Sin vacilar se puede afirmar que el texto en sus distintas partes se organiza o se distribuye territorialmente. Un primer tomo llamado El Archipiélago, un segundo libro El Imperio Insular, un capítulo denominado Hacia el Archipiélago, marcando el movimiento mismo de la escritura bajo el tópico del viaje, va escribiendo el libro. Sin embargo, este viaje aparece detenido, y no es ya el relato de un viaje lo que sucede en la narración, sino dos escenas distintas, Argentina, Europa, dos territorios distintos. Y es en este sentido que el libro se ordena en sus articulaciones mayores, las secuencias se suceden territorialmente y no cronológicamente. Estas escenas parecen conservar la inmovilidad de la tarjeta postal. Alcanzando en su descripción la retórica del retrato o del cuadro, ofreciendo el título y el lugar que encabeza la breve descripción la escritura de un diario íntimo. Si bien como se indicaba anteriormente nombre y territorio están estrechamente unidos y las memorias aparecen distribuidas territorialmente y la ilusión individual, que conoce su universalidad, de querer asimilar cultura a territorio recorren todo el libro, es en relación a la enunciación que el libro se articula de esa manera.

De esta disposición territorial aparecen múltiples ejemplos y metáforas. Y la cita tomará acá el mismo lugar que tiene en el texto de V. Ocampo, como aquello que hace progresar el relato de la autobiografía o, en este caso, la argumentación: “Ahora los recuerdos que me inundan, los de ellos con los míos, abrazan (y el término es exacto) grandes extensiones que corren hacia el norte, hacia el sur de la Argentina, abarcan Córdoba, San Luis, La Rioja, la inmensa provincia de Buenos Aires".

¿De qué manera se abrazan nombre y territorio, cuando la pregnancia del nombre funciona como el referente necesario pero no suficiente para abarcar cualquier territorio? Sin embargo, algo falla una y otra vez. Hasta repetirse tres veces la escena del aljibe, referida por la autora sin que quizás nunca podamos arrancar el secreto de lo que aquella voz inclinada sobre el aljibe gritó y que fue lo que el eco respondió; ya que esa escena contada una y otra vez pareciera, bajo la forma de un juego, cifrar el destino de una vida.

El libro, no la autobiografía, comienza con el capítulo Antecedentes que a manera de exordio va desplegando los haces de un árbol genealógico profuso y que se remonta hasta la conquista. La rama paterna de los Ocampo, la rama materna de los Aguirre, después La Mezcla.

Los Ocampo es una enumeración prolija e histórica a la que acompañan relatos sucedáneos de amor, suicidio y muerte. Y es la figura del Tata Ocampo (bisabuelo) la que va adquiriendo para sí todos los privilegios de la descripción desde el esplendor del adjetivo hasta el prestigio de la historia. La figura de Manuel S. Ocampo, el padre, que se diluye apenas nombrada hasta que su única referencia es un retrato borroso de un joven estudiante de ingeniería.

Los Aguirre admiten en su blasón el honor de que sea una loba la que ordena con letras doradas las inscripciones heráldicas y que ostente cinco cabezas de moros chorreando sangre haciendo surgir una pasión literaria que se asienta en Los siete pilares de la sabiduría. Los misteriosos papeles de los Dogan, una rama de la familia, que también serían parientes de José Hernández, hace surgir una vocación literaria que se realiza en ese relato sobre una mujer de la familia: Florentina Ituarte. Encerrada en un claustro vegetal en San Isidro, y después de haber cubierto todos los espejos de su casa, deambula en los jardines leyendo en voz alta los poemas que ella misma escribió. La narradora encuentra el espejo en una flor de su época y se insinúa ya un destino literario.

Es en el capítulo La mezcla cuando la autora, haciendo referencia a lo que daría renombre a esta autobiografía, “inventa” irónicamente una genealogía que para estar a la altura de dicho renombre ha de iniciarse con el padre o acaso sin él con la madre si es que no hubiera hecho abandono de la hija en las puertas de un asilo. Hasta ahí, se podría decir, una novela familiar como tantas otras. Pero es necesaria esta ironía en el inicio del árbol genealógico para referirse a la filiación más próxima después que la autora ha descrito minuciosamente, con la voluptuosidad del detalle, hasta el último miembro de su familia. Ese árbol genealógico que parece cristalizarse en la persona de su bisabuelo. Hasta tal punto que el tercer tomo de su autobiografía se denomina La rama de los Salzburgo, encontrando en el mito citado por Stendhal al comienzo de su libro Del amor la frase en que la metonimia se cristaliza en la metáfora de los diamantes deslumbrantes. No encontrando esa alma delicada y sensible, en la teoría de la herencia una salida digna para sus especulaciones.

Sorprende también que donde los Aguirre y los Ocampo aparecen como familias la narradora parece perderse; y es en ese lugar de sus Propósitos (cuando piensa para su autobiografía el título de documento en el sentido de ilustrar o comprobar algo) donde tiene que decidir quién es el narrador en las memorias, la primera o la tercera persona. Ninguna máscara parece satisfacerla y dejarlo a cuenta de un titubeo respecto a la convención literaria, sería abandonar las cosas demasiado pronto.

Las memorias no podrían empezar sino por el olvido. Es cuando en la autobiografía el Archipiélago se hunde en el océano. Y es por el olvido que se entra en esa dimensión de la repetición evocada por Blanchot en que la relación del deseo con el olvido se equipara a lo que se inscribe previamente fuera de la memoria. Relación con esto, de la que no puede haber recuerdo, y que siempre precede a la experiencia de una huella nunca articulada, inarticulable.

Un párrafo antes de la escena del aljibe anotamos una nueva referencia al nombre: “La historia del nombre es la historia de mis peores angustias”. Despleguemos ahora esas tres escenas que parecen ser las mismas pero que surgen en distintos lugares del texto y escritas de distinta manera.

Esa primera, en que el prestigio del nombre de Sarmiento en contigüidad con Tata Ocampo es el que connota toda la descripción: “Este iba a ser Tata Ocampo, el amigo de Sarmiento, el bisabuelo que yo alcancé a conocer nonagenario, y que tanto se asustó un día, creyendo que su biznieta (yo) se iba a caer en el aljibe de la casa de Florida y Viamonte, donde vivía ella".

La construcción de la frase es de por sí singular, las aclaraciones que aparecen entre paréntesis son excesivas; por otra parte, en el transcurso del relato de las memorias se había hecho mención al parentesco entre la autora y la persona a la que alude el párrafo citado. ¿Entonces quién es el sujeto de enunciación de este enunciado? Lo menos que se podría decir es que es equívoco.

Quizás las escenas que siguen puedan ir articulando ese posible lugar. Es al comenzar las memorias y en la forma en que éstas se van a distribuir que aparece nuevamente la escena del aljibe que en segunda instancia es pensada como cronología que organiza el relato. Y es en esta segunda que bajo la forma de tres se repetirá en el relato donde surge la muerte: El recuerdo de Tata Ocampo, el día del aljibe, irá en primer término. “Yo tenía cinco años cuando murió”.

“No sé si los recuerdos que ordeno a continuación de éste son anteriores o posteriores. En cuanto a la historia del aljibe, mi madre (a quien le pregunté treinta años después si ella sabía algo del asunto) me la confirmó. Tata Ocampo había comentado el susto que involuntariamente le di y su terror de que por intervenir o no intervenir cayera yo de cabeza al agua y me ahogara antes de que pudieran salvarme.”

El patetismo de la escena no puede disimular la posibilidad de su metáfora. La caída del árbol genealógico, que se clausura y se abre como posibilidad al mismo tiempo en ese nombre del Tata Ocampo al que es necesario invocar una y otra vez a lo largo del relato.

La escena que en primer término fue referida casi como una orden de filiación, que en su segundo movimiento pareciera ser la articuladora de las memorias, adquiere en su tercer momento el estilo de un micro relato con la inmovilidad y la fijeza del retrato: El Aljibe: Trepé sobre algo para llegar hasta el aljibe. Por el agujero miraba el agua. Grité. El aljibe gritó también. Volví a gritar. Me divertía. Nadie en el patio. Era dueña del patio. De pronto, levanté la cabeza y vi a Tata Ocampo de pie en el umbral de su cuarto. Llevaba su bastón en alto, de manera amenazante, me pareció. Decía algo... ‘Niñita, niñita...’ No le gustaba que me hubiera subido al aljibe. Quería que bajase enseguida. Avanzaba hacia mí, sin apoyarse en el bastón. Primero fue la sorpresa, después la indignación y el miedo. La indignación sobre todo me ahogaba. ¡El bastón! ¿Por qué lo levantaba? No podía creer lo que estaba viendo. Bajé a toda prisa y no sé cómo. Corrí, corrí hasta el cuarto de Vitola. Estaba en cama con un pañuelo atado en la frente. Me eché sobre la cama sollozando. Le grité: ‘Tata Ocampo me quiere pegar’”.

Las últimas palabras de la frase nos arrojan a un tiempo singular que domina hasta ese momento las memorias: “La vida era puro presente para mí”, presente que por ser del orden de la repetición clausura el relato en una escritura de retrato, de escena congelada, metáfora de un nombre cristalizado que imposibilita la metáfora.

Es después de esa escena que, merced a ciertos tropismos, el relato comienza a desarrollarse lentamente sin interrupciones hasta alcanzar a veces una prosa fragmentada en pequeños bloques pero ya no en retratos o cuadros que se circunscriben a un espacio y tiempo determinado y que aparecen en referencia a un título como ocurre con la primera parte que inaugura El Archipiélago. Donde las escenas se agrupan bajo el título de: El Aljibe, El Caballo, París Londres, El Libro.

Posteriormente el recuerdo contamina el relato y éste se despliega fluidamente tal como parece acontecer en los libros en que la autobiografía continúa. Los nombres y la genealogía ya no obstaculizan el relato y bajo el verosímil de la discreción o de la intriga amorosa, los nombres llegan incluso a reducirse a la inicial de una letra.

Así como ese tópico literario de la contemplación, esa voz inclinada sobre el aljibe, dejaba algo inconcluso, y por ser éste también un tópico, una convención literaria como otras, un efecto, es otra forma de lo inconcluso haber detenido la lectura de las memorias en este punto.

Volver al índice del número

Mantenido por hdlabconicet

  • 2026 Revista SITIO. https://hdlab.space/revista-sitio-digital/
  • Biblioteca digital. ISSN 3072-7715
  • CC BY 4.0
  • Marcelo T. de Alvear 1694 – Buenos Aires (CABA) – Argentina
  • secrit@conicet.gov.ar / hdlabconicet@gmail.com
  • Teléfono +54-11-4129-1158
We use TEI