Revista SITIO · N.º 3 (1983)

Preferencias

Dos novelas de Robert Walser. "El ayudante”. Alfaguara. “Jacob Von Gunten”. Barral Editores.

Quizá nunca sabremos qué significaba esa risa estrepitosa de Kafka al leer en voz alta Jacob Gunten, tal vez era el mismo entusiasmo que parecía arrebatarlo al leer sus textos como si fueran de otro. Semejante acto no es quizás suficiente para relegar a Walser al papel de precursor. Semejante honor significa a veces el olvido, y en el mejor de los casos un rescate textual título de la colección en que aparece la primera novela de Walser en castellano.

Pero el demonio de la influencia es una epidemia que se expande, y ahí está la palabra de Musil para reducir a Kafka a un modelo particular de Walser. Y desde Kafka y sus precursores es inevitable ignorar la risa de los dioses, es decir esas marcas que imprimen los nombres que suelen impedir por sus efectos la posibilidad de cualquier lectura que desconozca ese mito fundante. Pero la intención de Borges no parece ampararse en una crítica comparada sino en un procedimiento de escrituras en que una obra no podría ser sin la otra. El nuevo texto encuentra su lugar gracias al anterior, al cual parece borrar en un primer momento para darle lugar posteriormente; esa lectura privada que hizo posible el texto inédito se hace ahora pública a la vista de todos, y cualquier lector podría pronunciar la frase que sorprendió a Borges referida al mismo Kafka: “pasé ante la revelación y no me di cuenta”.

No encontramos en Walser esos papeles comprometedores, aquellos que en Kafka construyen “su vida”, en cambio encontramos la frase: “Nadie puede permitirse tratarme como si me conociera”, que nos obliga a leer sus libros si queremos saber algo de su vida. No se trata evidentemente de reducir una vida a una cuestión de método. Ni Saint-Beuve ni aun Maurón serían la medida justa cuando es la ficcionalización el hacedor que dibuja la trama de una vida cuyas huellas se pierden en la nieve cuando en la Navidad de 1956 un niño encuentra muerto a Walser en el paisaje de Appenzenell, cerca del manicomio de Herisau donde pasó los últimos veintitrés años de su vida. Lo desconocida de ésta se hace aún más suscinto para los lectores en castellano que encuentran reducida su vida a una contratapa que ubica el origen de sus síntomas nerviosos en una teoría de la herencia:su madre había muerto loca.

No tendría tal vez ninguna utilidad enumerar ciertos datos de su vida si no fuera porque es después la literatura que publica la que otorga a esos hechos un estatuto de ficción. Un curso en una escuela para el servicio doméstico, y el haber trabajado como mayordomo en un castillo de Silesia parecen haber inspirado su novela más célebre: Jacob Von Gunten .

Ese aprendizaje de Jacob Von Gunten se desarrolla en el Instituto Bejamenta. Y la palabra desarrollo mide la materialidad exacta de los sucesos que allí van transcurriendo. No quizá a la manera de la provincia pedagógica de Goethe, ni tampoco a la manera de un Emilio a quien el prólogo de Wallon confiere con posterioridad su verdadera dimensión psicológica, y mucho menos a esa práctica de la crueldad que se ejercita en el joven Torless.

No hay ritos de pasaje que vayan marcando este aprendizaje, por lo tanto no puede considerarse un relato de iniciación. No se podría hablar tampoco de transformación a pesar de esa última invocación a Dios. Se podría decir que Jacob se va como ha venido:

“Aquí se aprende muy poco, faltan profesores y nosotros, los muchachos de Instituto Bejamenta, nunca llegaremos a nada; en otras palabras, en nuestra vida futura seremos todos cualquier cosa, pequeñísima y subordinada. La enseñanza que se nos imparte consiste substancialmente en inculcarnos paciencia y obediencia, cualidades que prometen escaso —o ningún— éxito. Exitos subjetivos, ojalá sí. Pero ¿qué provecho sacaremos? ¿A quién dan de comer las conquistas espirituales? A mi me gustaría ser rico, rodar por ahí en berlina y tener dinero para despilfarrar."

De eso se trata justamente en las novelas de Walser: de la relación con el dinero. Ni bien se transforma en alumno del Instituto Bejamenta le es confiscado el dinero; están también los diálogos “filosóficos” y las tribulaciones con sus condiscípulos para ganar dinero. Incluso éste adquiere sonoridades, brillos, tintineos, pero esta "materialidad” alcanza para sacarlo de su circulación ideal:

“¿Cuándo podré procurarme dinero? Esta sí que es una cuestión que tiene sentido. Actualmente el dinero posee para mí un valor, en su totalidad ideal. Me basta imaginar el sonido de una moneda de oro para ponerme casi maníaco."

Pero ¿se puede reducir esta cuestión del dinero a las necesidades del personaje, a una actualidad económica? Porque si antes hablamos del dinero, otro de los temas preferidos de las novelas de Walser es el de la servidumbre. En el Instituto Bejamenta se va a aprender a servir. Pareciera sin embargo que una cosa no es posible sin la otra: el dinero y el trabajo. Durante todo el transcurso de la novela Jacob está deseoso de una “colocación”. Pero de ninguna manera se trata en sus libros del tópico de la explotación. No se pueden leer allí las vicisitudes de esa familia de pastores que, perseguidos por sus ideales progresistas, se habían empobrecido y proletarizado. Tampoco sus libros son la analogía puntual de algún estado agónico o floreciente de la sociedad industrial. No es fácil hacer de las máquinas inventadas por el ingeniero Tobler en su novela El ayudante, una maquina metafísica, escritural o política según las conveniencias de la interpretación, para reducir el texto a una colonia penitenciaria.

Pareciera que en las novelas de Walser se trata de otra cosa: la relación entre amo y criado. No a la manera de la novela picaresca en que el criado se convierte en el héroe de la narración, o en el de la comedia donde aparece en el lugar de la intriga amorosa, o en el de la tragedia como mensajero fatal, pero siempre desencadenante de la trama. Nada de esto sucede y más bien pareciera captarse cierta atmósfera de la novela rusa, que es la que retoma esos tópicos de la relación amo y criado. De manera épica en Amo y criado de Tolstoi donde ambos se confunden en la muerte; de manera morosa en OblomoyOblomov hasta llegar a esa fraternización total que aparece en las novelas de Dostoyevski. Tampoco es una relación de camaradería como en las novelas de aventuras o la que en cierta zona de la literatura norteamericana da lugar a cierta epopeya expansivamente withmaniana.

El hecho de que en las novelas de Walser no haya ritos de pasaje, elemento común en las novelas de iniciación, parece sumirlas en una atemporalidad. Atemporalidad que no es cronológica como pretende Robert Roberto Calasso en su trabajo de “El sueño del calígrafo” que acompaña la edición de Jakob Von Gunten poniendo el énfasis sobre el espacio cerrado del universo Walser. Porque en El ayudante nada de esto sucede. Hay continuas referencias al tiempo en que el personaje permanece sirviendo en La estrella vespertina, la residencia de los Tobler. Y el paso de las estaciones interrumpe la narración para marcar ciertos lugares de transición en el transcurso del relato. Ese espacio se abre al mundo merced a los paseos del ayudante, a las cartas que envía o a los viajes realizados por el amo, el ingeniero Tobler. ¿Dónde se produce entonces la clausura? Tal vez, como en Jacob Von Gunten, en lo que se refiere a la circulación del dinero. Por eso cuando éste no se puede conseguir, cuando es imposible sostener su ausencia, la novela concluye.

En El ayudante, el dinero amenaza con aparecer, provoca, induce la posibilidad del relato. De entrada J. Marti se da cuenta que no ha arreglado ningún sueldo. Come, bebe, duerme, se viste con las ropas del amo. La economía de La estrella vespertina consiste en el crédito. J. Marti gusta de los mismos puros, de los mismos vinos que su amo. El dinero nunca entra en escena, siempre es demorado. En su lugar aparecen letras, cuentas a pagar. De vez en cuando el amo deja caer algunos francos como para que la historia prosiga. Con el ayudante anterior ha sucedido lo mismo, finalmente termina por marcharse. Sin embargo, no puede dejar de rondar por el lugar. En el final de la novela, cuando J.Marti abandona su empleo se encuentra con el antiguo ayudante y se marchan juntos. A pesar de sus distintos caracteres, cosa constantemente sugerida en la novela, ese destino común borra sus diferencias, los vuelve intercambiables. Tratándose de un ayudante podría ser lo mismo uno que el otro, los nombres Wirsh o Marti no importan.

Es por eso quizás que se trata del lugar del amo y del lugar del criado. Y es notable cómo en las dos novelas en determinado momento del relato el personaje necesita escribir una memoria o un curriculum que lleve su nombre: Jacob Von Gunten o J. Marti, como delimitando un espacio propio. Porque aun el estilo en que está escrita la novela El ayudante en que cierto soliloquio del personaje podría sugerir una introspección continua y que produciría el efecto de cierta “subjetividad”, se trata sin embargo de un diálogo entre el criado y el amo donde J. Marti se pierde en sus obligaciones.

Después de un arranque de ira, no exenta de cierta teatralidad, el ayudante llega a injuriar al amo; y llega a reclamar lo que no ha podido reclamar en toda su permanencia en La estrella vespertina : “Páguese el dinero prometido.” Para agregar en la frase siguiente: “No sabía bien lo que decía, sólo tenía una clara conciencia de que el final se acercaba."

Reclama aquello que él sabe que el amo no puede pagar, ya nadie puede fingir que es un trato de dinero. La ficción se arruina como la causa de los Tobler.

J. Marti, el ayudante, saca uno de los puros de Tobler, lo enciende y se vuelve por última vez hacia la casa. Marti y Wirsh, los ayudantes, siguen su camino, la novela concluye.

En esa partida, en ese final, el relato sin embargo parece entrar en otra temporalidad eterna, como si Marti y Wirsh siempre hubieran viajado juntos. Como los ayudantes del agrimensor, como los mensajeros de Beckett.

Pero para hacer ese viaje es necesario antes recorrer la ficción construida por Walser. Ficción que conoce ese privilegio que pocos alcanzan en la literatura: que una manera inédita de combinar y disponer las palabras sea capaz de crear un universo singular.

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