El ascensorista tendrá setenta años, tal vez setenta y cinco. Quien podría haberlo dicho con exactitud era el antiguo administrador del edificio porque tenían la misma edad. Desde los treinta años, tal vez treinta y cinco, el ascensorista, todos los fines de mes, iba a su escritorio a retirar el sueldo, y alguna vez descubrieron que tenían la misma edad. Mes a mes intercambiaban frases, pocas; después, con el tiempo, esas frases las retomaban al mes siguiente e iniciaron un diálogo escaso e interminable, que cesó con la muerte del administrador. El ascensorista fue al velatorio. Al principio dudó si correspondía o no, pero pensó que él, como empleado, debía, eso se dijo, que era un deber, presentar el pésame a los familiares. Por otra parte, aquel diálogo retomado los fines de mes, a lo largo de los años se convirtió en una charla, charla en la que el administrador, a veces, sobre todo en los últimos tiempos, dijo cosas que él, el ascensorista, pensó que sólo se le dicen a los amigos. Así que, aunque en realidad no lo fueran, y eso lo sabía bien el ascensorista, era como ir al velatorio de un amigo. Fue, y después de presentarle el pésame a la viuda, estuvo en un rincón, quieto y callado, hasta que vio que la gente comenzaba a irse. Se retiró, sin despedirse; de la gente que estaba allí no conocía a nadie, y la viuda, seguramente, estaría acostada. Al mes siguiente, después de la muerte del administrador, cuando fue a cobrar el sueldo, el sobre se lo entregó una empleada. El nuevo administrador, hijo del anterior, estaba en otra oficina, lo vio a través de los vidrios, joven, impecable, fresco dentro del traje con chaleco. Durante los primeros meses extrañó un poco el intercambio de frases, porque uno se acostumbra, se dijo, pero después también se acostumbró a la interrupción de la charla con el viejo administrador. Con el nuevo no habló nunca, a no ser los saludos que intercambiaban cuando coincidían en la oficina de la empleada que le entregaba el sueldo. El decía buenos días, señor, y el otro respondía, eso era todo. Cuando se enteró que el nuevo administrador se había casado, no se animó a felicitarlo. Esta vez tampoco sabía si correspondía o no, pero pensó que la muerte era diferente a un casamiento, no sólo por las razones aparentes, sino que la muerte, eso que se hace con los muertos, tenía algo de público, cosa de la que carecía un casamiento, que era algo privado, eso le pareció. Mes a mes, a través del vidrio, fue viendo cómo el nuevo administrador engordaba, se le ensanchaba la frente, cómo, en los veranos, aparecía una franja brillante y grasosa en el lugar en que antes había estado el pelo; vio cómo se le ensanchó la cara y el cuello y perdió la frescura dentro de aquellos trajes con chaleco. En realidad no vio nada de esto, sino que, mes a mes, a través de los vidrios el nuevo administrador se iba transformando sin que él, el ascensorista, se diera cuenta, hasta que un día, de golpe, recordó que, hacía unos años, el nuevo administrador había sido distinto. También a través de los vidrios, y de la misma manera, es decir sin llegar a pensarlo con precisión, descubrió que el nuevo administrador ya no se sentaba recto, con aquella tensión que, aunque estuviera quieto en el sillón, producía la impresión de que estaba en constante movimiento. Ahora se sentaba de una manera blanda, como si la gordura, excesiva para él, lo aplastara; como si aquello que parecía tenerlo en movimiento constante, aunque estuviera quieto, se hubiera roto. Mes a mes, sin darse cuenta de que lo veía, fue viendo todo esto a través del vidrio y de los encuentros ocasionales en que intercambiaban un saludo. Al final no pensó más en él como “el nuevo administrador" o “el hijo del administrador”, y hasta es probable que se olvidara del anterior y de las charlas interrumpidas y recomenzadas cada fin de mes, o quizás lo recordara alguna vez, con un pensamiento fugaz, sin fuerza, es decir, sin alegría o tristeza, igual que cuando recuerda la muerte del hermano, que se ahogó en el arroyo cuando tenía entre diez y quince años, pero igual no, porque cuando piensa en la muerte del hermano a veces le da alegría y otras tristeza, según. El ascensorista no recuerda la edad exacta de su hermano cuando murió, pero lo que tiene en la memoria es la imagen de un muchacho de pantalones cortos con un trapo blanco saliéndole del bolsillo trasero, tal vez un pañuelo, aunque quizá un pañuelo no, porque ellos no lo usaban, quizá fuera un trapo blanco, cualquiera. Por esta imagen decidió, sin miedo a equivocarse, que su hermano, cuando murió, debía tener entre diez y quince años. “Entre diez y quince años”. La frase se la ha repetido muchas veces, siempre se la repite, en esto tiene necesidad de ser preciso, porque siente un vago temor, un temor que es como una dificultad para respirar, de que este recuerdo se le vaya de la memoria. También recuerda, o cree recordar, que ese día él estaba sentado contra la pared del gallinero, a la sombra le parece, y que el hermano, de pie bajo el sol, agitó un brazo y le gritó vamos a pescar y que él se negó porque allí, a la sombra, se estaba bien. Pero de esto no está seguro, sólo le parece, y se lo ha dicho a sí mismo, siempre se lo dice, esto no es seguro, sólo me parece, entre diez y quince años, eso sí que es seguro. Sobre que él estaba sentado en el suelo, apoyado contra la pared del gallinero, sintiéndose bien a la sombra, no podría asegurar si realmente ocurrió así, o lo soñó; o si es algo que, poco a poco, fue creando en su imaginación. No sabe con exactitud si eso fue así, o si es un tejido de sueños, olvidos e imaginación. No lo sabe con exactitud, y eso es lo que se dice. “Entre diez y quince años”, eso sí es seguro, y se lo repite incesantemente, despacio, como si quisiera clavarse la frase, cada vez que ese temor, un miedo impreciso, le oprime los pulmones. Ahora, a excepción de él, nadie podría decir la edad del ascensorista, a no ser que alguien se ponga a revisar entre los viejos papeles de la administración, y esto en el caso de que esos papeles todavía existan, lo que no es seguro, como tampoco es seguro que él, el ascensorista, pueda decir su edad, porque es probable que la haya olvidado. "Entre diez y quince años”. Recordar eso es lo que le interesa, si llegara a olvidarse ese miedo que le oprime los pulmones terminaría por asfixiarlo, eso es lo que siente. No tiene miedo de morirse, al menos en eso, en la muerte, no piensa nunca, es decir, no demasiado, lo que tiene miedo es del miedo.
El ascensorista se para contra el costado metálico del ascensor, al lado de la botonera. Los empleados que trabajan en el edificio suben y dicen “primero”, “segundo”, “cuarto”, “séptimo”, “décimo”, “planta baja”. Algunos dicen “al dos”, “al siete”, “al diez”. Emplean un mismo tono de voz para indicar el piso, y a la hora de entrada y salida de las oficinas los números suenan como una letanía sorda y lejana, como un rodar de piedras en un planeta muerto. El ascensorista parece no escuchar, pero su mano, cerosa y manchada de pecas grandes, color óxido, se mueve lenta y precisa sobre la botonera, independiente de él, como si las voces la golpearan y la llevaran sobre el botón de plástico negro con el número impreso en aluminio, pero esto es una suposición, porque él las oye, aunque por la expresión de su rostro y su manera de pararse contra la pared del ascensor cualquiera diría que no escucha. La mano oprime el primero, el sexto, el décimo y el ascensorista puede pensar que su hermano murió, exactamente, entre los diez y los quince años, o recordar que esa noche tiene que hacer sopa porque al mediodía tomó la que quedaba de la noche anterior, o puede pensar en lo que quiera porque el ascensor es automático.
Cuando la administración tomó la decisión de vender el edificio donde él se había iniciado como ascensorista y compró el otro con ascensor automático, coincidió con la fecha de su jubilación. Un fin de mes, cuando fue a retirar su sueldo, el nuevo administrador lo llamó para informarle que ya estaba en condiciones de iniciar los trámites de su jubilación, puesto que la administración había cumplido, como lo exigían las leyes, con todas las disposiciones previsionales. El ascensorista regresó a la semana y pidió al administrador si podía permanecer en su puesto. Imposible, le dijo el administrador, la ley exige que usted se jubile. El instió: dijo que hacía muchos años, toda mi vida, dijo, fui ascensorista y sé manejar bien un ascensor. En el nuevo edificio el ascensor es automático, explicó el administrador, y aunque no fuera así usted ya está en edad de descansar. Yo no descanso, señor, dijo el ascensorista; tantos años subiendo y bajando que ya no descanso, incluso cuando estoy acostado sigo subiendo y bajando, yo no descanso. Si permitiéramos que usted continuara en el trabajo, dijo el administrador, nos pondríamos fuera de la ley. El ascensorista volvió a los tres días y le dijo al administrador que había estado mirando el nuevo ascensor. Le pedí permiso al portero para dar una vuelta, dijo; es distinto al otro, pero puedo apretar los botones. Eso es imposible, dijo el administrador, la ley dispone que usted se jubile. Si es así, dijo el ascensorista, yo me jubilo, pero quisiera que usted me permitiera seguir en el ascensor, sin cobrar sueldo, no hace falta, pero si usted dejara que siguiera en el ascensor, tantos años subiendo y bajando, toda mi vida, imagínese, quedarme quieto, además nunca estoy quieto, siempre subiendo y bajando. El administrador pensó que siendo así no había, en realidad, ningún inconveniente, sólo que iba a ocupar un lugar en el ascensor, lo que le restaría capacidad. Eso fue lo que le dijo y agregó que lo sentía mucho, créame, lo siento mucho, dijo, pero no puede ser. El ascensorista regresó al día siguiente. Yo soy delgado, dijo, y cada vez adelgazo más, si me aprieto contra un costado prácticamente no voy a ocupar lugar. El administrador comprobó que, en efecto, el ascensorista era flaco, y terminó por acceder. Al principio, cuando le indicaba los pisos, el ascensorista bajaba la mano haciendo el movimiento que durante años había hecho para empujar la palanca del antiguo ascensor. Después se acostumbró a eso y también a no saber por qué piso iban, se acostumbró a la cabina brillante, sin una abertura para mirar hacia afuera, que subía sola, se detenía sola, abría y cerraba las puertas sola y volvía a ascender o descender sola, sin que él hiciera nada, nada más que apretar los botones una sola vez y para todo el viaje, se acostumbró a hacer eso, nada más, sólo eso, y, según lo prometido al administrador, a apretarse contra la pared del ascensor. También al principio intentó saber cuántas veces subía y bajaba el ascensor. Llegó a contar setecientos ocho viajes antes de darse cuenta de que había olvidado la cifra; comenzó de nuevo y volvió a olvidarse, pero esto ya no tenía importancia porque lo que él quería saber era cuántos viajes hacía en un día y no en una fracción de él. Al día siguiente comenzó de nuevo, durante meses pasó la mañana y la tarde en eso. La cifra máxima a la que llegó fue a novecientos setenta y tres viajes, pero antes de completar ese día volvió a olvidarse. Desistió de hacerlo, pero no se dio cuenta que había desistido, simplemente dejó de contarlos.
El ascensorista se levanta a la madrugada, cuando todavía está obscuro, porque casi no duerme, no se viste casi porque se acuesta prácticamente vestido, calienta el agua para el desayuno, mira la llama del calentador hasta que siente hervir el agua, come el pan ablandado en el café con leche, sube al ascensor, desciende a la planta baja, allí lo detiene con la puerta abierta y la luz encendida (un trapecio de luz que ilumina sólo una parte del pasillo de entrada), se sienta en la obscuridad al lado del ascensor, está ahí quieto, esto es lo que se ve, pero él dijo que siempre está subiendo y bajando, aparentemente quieto está ahí, hasta que una luz grisácea comienza a pegarse en los vidrios de las puertas de entrada, hasta que baja el portero y lo saluda, hasta que el portero comienza a lavar los mármoles del piso, hasta que abre las puertas, hasta que comienzan a llegar los empleados, hasta que sube al ascensor, se aprieta contra un costado, “primero”, “segundo”, “tercero”, “el cuatro”, “séptimo”, “el diez”, “noveno”, “planta baja".
Esto del lunes hasta el sábado al mediodía, porque ese día, después de comer, hasta el portero, con toda la familia, se va y no regresa hasta el domingo a la noche. Después del sábado al mediodía, el edificio es una caja vacía, obscura, la única luz que hay es la del ascensor, que sube y baja, con el ascensorista apretado contra un costado, en la posición de siempre.
