Revista SITIO · N.º 3 (1983)

Paraísos naturales

La decisión que me cabe tomar es de aquellas que no dejan a un hombre intacto. Inocente es lo que precede a la vida y yo pertenezco a ella. ¿Dónde más podría situarme? Busco por lo tanto que tenga todas las implicancias necesarias, pero ninguna más. Quiero que concuerde, si es posible, con el orden natural de las cosas. ¿Y si no lo hay? ¿A qué reglas deberé ajustarme? Es lo que tengo que averiguar.

Hace años que tuvo lugar el acontecimiento al que ahora procuro hacer justicia. Hace exactamente cinco años, una noche fría, fui arrancado de mi cama por un llamado tardío a la puerta. Al abrirla se presentó delante de mí el hombre que ahora tengo encerrado en el sótano de mi casa. Venía acompañado de otras tres personas que, sin mediar palabra, me forzaron a acompañarlas. Con los ojos vendados, salí para no volver nunca más, puesto que cuando pude hacerlo, preferí evitar todo contacto con aquellos que podrían reconocerme. El que me dieran por muerto habría de facilitar la tarea que me había impuesto.

De esto último que relato, inferirán que hace cinco años, una madrugada, perdí todo lo que tenía.

Como ya he dicho, no regresé a mi antigua vida. Me busqué pacientemente un trabajo, lo que no resultó fácil, porque al no tener más historia, carecía de antecedentes. Pero lo encontré. Cuando se vive para una obsesión, los obstáculos tarde o temprano se allanan.

Me procuré también una casita en un suburbio alejado, bien precaria por cierto, y como sola condición para encontrarla me impuse la de que tuviera un sótano. En ese sótano finalmente construí con mis propias manos todo lo que habría de necesitar tiempo después. Resulta curioso que jamás dudara de que el huésped adecuado llegaría a su debido momento.

En esa hora tardía de la noche, hace cinco años, se inició para mí un destierro que tal vez no tenga fin. Fui extraído por la fuerza de lo que siempre consideré como la luz y el orden natural de las cosas, tanto, que jamás me pregunté si existía verdaderamente fuera de mi cabeza. De esa manera, aunque no fui expulsado del paraíso, lo perdí. Y me parece ahora que cualquiera ha perdido, al menos una vez, el paraíso.

Lo que siguió a mi secuestro (no sé qué otro nombre darle) fue un período de interminable oscuridad. El horror de no saber qué tortura vendría después, superaba el sufrimiento del momento. Jamás me dirigieron la palabra, pero yo escuchaba las órdenes del que tengo ahora frente a mí, los gritos de todos, sus jadeos y hasta orgasmos. Sin embargo no quiero que las pasiones violentas que todo esto me provocó interfieran con mi decisión a tomar. Debo de ser estrictamente justo. Por eso me he instalado a vivir en el sótano y lo miro, encadenado a la pared, miro su cara permanentemente.

Debo añadir que un día, sin ninguna explicación y de la misma manera en que entraron a mi vida, me sacaron de aquel lugar sin esperanza y después de circular largamente en automóvil, me obligaron a bajar de él.

—Caminá cincuenta pasos, contá hasta cien y sacáte la capucha recién entonces. Y no mirés antes porque no contás el cuento.

La tranquila aparición de las cosas ante mis ojos significó a su manera una fiesta y una exaltación. Desde entonces la vida resultaría cotidiana sólo para los demás. Pero esta maravilla no me hizo olvidar la cara del hombre aparecido en medio de mi vida, a mitad de la noche. Yo lo miro, lo oigo, lo veo sufrir. A través de él conoceré si existe verdaderamente algún orden en este mundo, que no sea el de lo subjetivo. Me propongo ejecutar con él un acto justo. Por eso paso mi tiempo sentado aquí abajo, contemplándolo. Esta fue la cara que tomó mi vida hace cinco años. Allí donde acaban sus pómulos, donde se desvanece su mentón en fuga, donde su pelo negro le pone borde, se ha establecido el límite del campo en que me moveré.

Y me sorprende al mirarlo que su cara no se aparte de lo que se califica como normal. Se supone que alguien capaz de dirigir una operación semejante, con la eficiencia y dedicación con que él la llevó a cabo, carece de rasgos que lo asimilen a la especie humana. Y bien, no. Resulta corriente.

Cinco años le seguí el rastro hasta que lo encontré. El no me reconoció, supongo que porque fui uno entre multitudes. Pero ahora que lo tengo aquí, me invade un desgano, como siempre que se obtiene lo que tanto se ansió. Pensé también que lo odiaría más y más a medida que lo viera, pero sólo siento un inmenso hastío. El acto justo me parece más lejano que nunca. Ni ganas tengo de pensar sobre su posibilidad. Los recuerdos de aquel período me entristecen, pero resultan lejanos, igual que el llanto que me invade y del que sólo percibo un alejado rumor interno.

—Por qué tendría que acompañarlos —les había dicho—, soy un hombre correcto.

—Lo que es o no correcto lo decido yo—, me contestó el que estoy mirando.

Ahora, cinco años después, lo dispongo yo.

El instrumental eléctrico está listo para ser usado y dispuesto sobre la mesa. La mesa está dentro de la visión del hombre. El hombre la mira. Yo lo miro a él. En esa relación están dispuestas las cosas en el mundo que se desarrolla aquí. En esta relación tendrá que ser pensada la justicia. ¿Haré uso o no de los objetos que pacientemente construí?

Ya en el aparecer de las cosas, en el presentarse como son, existe una cierta ética. Porque esa es su función. Es lo que debe ser. Al menos así lo pensé hace años, cuando el mundo volvió a aparecer ante mis ojos, después de haber permanecido encapuchado durante tanto tiempo. ¿Cómo ligar esto a la aparición de este hombre tal cual es? ¿Qué hay de ético en el hecho de ser un hombre, así, sin más?

También sus ojos me observan, nos observamos. Por más que se encuentre encadenado y no ofrezca peligro para mí, su presencia me resulta amenazadora y siento miedo. ¿De qué? Me dan por muerto, nada de lo que suceda aquí tendrá consecuencias, porque no se sabrá. Y por otra parte, ¿cómo puede algo tener consecuencias, si ya no hay para mí un mundo en el cual transcurren las cosas? He perdido la relación con mis semejantes, con lo razonable, con todo lo anterior que tal vez por eso existe en mi memoria como un paraíso. Aun si yo quisiera retomar aunque más no fuese una apariencia de normalidad, sé irreversiblemente que la vida no es razonable, que no concuerda con las cosas, que es enemiga de sí misma. He perdido el mundo por lo tanto, y no deseo recobrarlo. Por eso estoy aquí, encerrado con este hombre y lo miro y él me mira y de ese intercambio nace un nuevo mundo que odio y en el que odio y que es el único que me resulta familiar y que no exige lo imposible: una serenidad de conciencia.

Una mosca vuela y se detiene sobre la nariz de mi prisionero. Se la espanta con un movimiento de la cabeza. La mosca sigue su vuelo y viene a detenerse en mi frente, me la espanto con la mano. Me invade repentinamente una desgraciada sensación: yo tengo con ese individuo algo que me une. ¿Por cuál costado vulnerable se ha instalado ese hombre dentro de mí?

Entre él y yo están dispuestos ahora los instrumentos delicadamente construidos por mi tesón y mi paciencia, por mis propias manos. A nuestro alrededor las paredes desnudas, blanqueadas a la cal, el piso de cemento alisado y la mosca, destacándose sobre el blanco de la cal, sobre su cara, sobre la mía, único otro habitante del mundo que se gasta en el sótano de una casa y habrá de reemplazar al perdido.

El hombre no habla, ¿se imagina? ¿trata desesperadamente de saber qué habrá de sucederle? Yo tampoco hablo. La incertidumbre agrega a su sufrimiento. También en eso hemos comenzado a parecernos. Mi sueño de liberación está condenado al fracaso. Me doy cuenta ahora de que eso y no el acto justo era lo que yo buscaba. ¿Cómo pude hablar de un orden natural de las cosas? El hecho mismo de la existencia del hombre es la prueba de que no existe y por lo tanto no hay justicia posible. Yo sólo quería desesperadamente volver a ser lo que era antes de que él me contaminara, introduciéndome en su existencia. Ya no es posible. Me pongo de pie y tomo uno de los instrumentos que están sobre la mesa. El hombre da vuelta la cara, pero no sabe que he abandonado ya la idea de hacer uso de todo lo que preparé durante cinco pacientes años. Nada hay que pueda reparar el daño hecho. El desequilibrio producido es tan grande que no hay con qué equipararlo. Si algo resulta tan importante como el daño infligido, eso es mi propia vida. Rocío el sótano con nafta, el hombre comprende mis intenciones y por primera vez habla, pide perdón, no sabe de qué, no recuerda quién soy, pero intuye que yo correspondo a su vida. Pide perdón una y otra vez, pero no sabe cuáles son todas mis intenciones. Se las comunico. Le digo que por lo que ha hecho merece morir, pero que yo lo acompaño. Después me siento, veo subir las llamas y experimento en estos momentos por él algo casi parecido a la solidaridad. Algo que seguramente va en contra de la justicia, sí, algo parecido al amor. Estoy de vuelta en el paraíso.

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