Introducción
El ensayo de Martín Heidegger sobre la poesía de G. Trakl sorprende; y en qué consiste esa sorpresa sino en que el texto cumple con aquello mismo que promete. La práctica de un método intelectual capaz de poner en evidencia en la poesía de Trakl, sus repeticiones, sus relaciones con la lengua, hasta poder localizar uno de los lugares en que ella se ha hecho posible. Devolviendo a la etimología, a través de su escritura, a un sitio olvidado: el de la lectura y el estilo. El método, minucioso en su despliegue, no lo es en sus fines porque no se trata de develar un sentido en una explicación en que la materia poética cedería lugar al modelo. Sin embargo, después de la localización heideggeriana ya no se podría leer a Trakl de la misma manera.
Georg Trakl, una localización de su poesía
Introducción
Localizar significa en este artículo: mostrar el lugar. Quiere decir, además, reparar en el lugar. Ambas cosas, mostrar el lugar y reparar en el lugar, son los pasos preparatorios de una localización2. Ya es mucha osadía que nos conformemos, en lo que sigue, con los pasos preparatorios. La localización termina, como corresponde a todo método intelectual, en la interrogación que pregunta por la ubicación del lugar.
La localización habla de Georg Trakl sólo en la medida en que medita en el lugar de su poesía. Una época interesada histórica, biográfica, psicoanalítica, sociológicamente en la muda expresión tiene a tal procedimiento por una manifiesta parcialidad, si no por un extravío. La localización medita en el lugar.
Originariamente la palabra Ort (lugar) significa la punta de la lanza. En ella todo confluye. Es hacia lo supremo y distante que la punta congrega. Lo que congrega3 penetra y transmina todo.
El lugar, es decir, lo congregante, incorpora custodia lo incorporado, pero no al modo de una cápsula cerrada, sino de tal suerte que brilla y resuena a través de lo congregado y únicamente por esto lo libera en su ser propio.
Ahora se trata de localizar aquel lugar que congrega en su poesía, lugar de la poesía, el decir poético de Trakl.
Todo gran poeta poetiza a partir de una única poesía. Su grandeza se mide por el grado de fidelidad a ella, manteniendo su decir poético puramente en ella.
La poesía de un poeta queda inexpresada. Ninguna de sus poesías, ni siquiera la totalidad de ellas, lo dice todo. Y sin embargo, cada poema habla desde la plenitud de una poesía única, y es ésta a la que siempre expresa. Del lugar de la poesía procede la onda que siempre mueve a que el decir sea poético. Mas la onda en modo alguno abandona el lugar de la poesía, de suerte que al producirse hace replegar todo el movimiento del decir a su origen cada vez más encubierto. El lugar de la poesía como fuente de la onda impulsora, oculta la esencia encubierta de lo que al modo metafísico-estético de pensar puede aparecer como ritmo.
Puesto que la poesía única queda inexpresada, sólo podemos localizar su lugar en la medida en que tratemos de mostrarlo partiendo de lo expresado en algunas de sus otras poesías. Para esto toda poesía particular necesita de una aclaración que provoque un primer destello del elemento puro que resplandece a través de todo lo dicho poéticamente.
Es fácil advertir que una auténtica aclaración presupone ya la localización. Las poesías particulares sólo alumbran y resuenan desde el lugar de la poesía. Inversamente, una localización de la poesía reclama un transitar precursor median te una primera aclaración de poesías particulares.
En tomo de esta referencia mutua entre localización y aclaración gira todo coloquio intelectual del pensamiento con la poesía de un poeta.
El auténtico coloquio con la poesía de un poeta es el coloquio poético: el diálogo poético entre poetas. Mas es posible, y a veces necesario, un coloquio del pensar con el poetizar, justamente porque a ambos les es propia una señalada, aunque siempre distinta, relación con el habla.
El diálogo del pensar con el poetizar está enderezado a reclamar por la esencia (Wesen) del habla, a fin de que los mortales aprendan a morar nuevamente en ella.
Largo es el coloquio del pensar con el poetizar. No expone ni el modo de ver las cosas de un poeta, ni hurga su taller. Ante todo, una localización de la poesía jamás puede reemplazar el hecho de oír las poesías, y menos de guiarlo. A lo sumo, tal localización realizada por el pensar puede examinar la audición y, en el mejor de los casos, tornarla más reflexiva.
En vista de estas limitaciones trataremos de mostrar, en primer término, el lugar inexpresado de la poesía. Para esto las poesías expresa das nos servirán de punto de partida. La pregunta queda en pie: ¿de cuáles partir? El hecho de que cada una de las poesías de Trakl, todas por igual, aunque no en igual forma, señale el lugar de la poesía, es testimonio de la armonía única de su mundo poético fundado en la nota fundamental de su poesía.
Este intento de señalar su lugar ha de valerse de una selección de unas pocas estrofas, versos y frases. Es inevitable que demos la impresión de estar procediendo arbitrariamente. Sin embargo, en la selección nos ha guiado el intento de dirigir nuestra atención, como por un solo haz de luz, al lugar de la poesía.
I
Es el alma un extraño en la tierra.
dice una de sus poesías. Sin que lo advirtamos, ante esta frase nos encontramos con una interpretación corriente. Según ella, nos representamos la tierra como algo terrenal en el sentido de lo caduco. En cambio, el alma es tenida por algo imperecedero, supraterrenal. Desde la doctrina de Platón el alma pertenece a lo suprasensible. Si aparece en lo sensible, es sólo porque está extraviada en él. “En la tierra” no pertenece aquí a la estirpe propia del alma. El alma no pertenece a la tierra. Es aquí “un extraño”. El cuerpo es prisión del alma, aunque no del todo mala. De modo que, al parecer, no queda al alma otra perspectiva que abandonar lo más pronto posible el reino de lo sensible, el cual, desde el punto de vista platónico, es el ente no auténtico, es decir, lo corrupto.
Sin embargo, de qué manera notable la frase
Es el alma un extraño en la tierra
nos habla en una poesía que lleva por título “Primavera del alma".
En este poema no se hace mención a una patria supraterrenal del alma inmortal. Conviene prestar suma atención al lenguaje del poeta. El alma: “un extraño”. En otras poesías Trakl recurre a menudo a otros términos: “un mortal", un (ser) oscuro”, “un solitario”, “un difunto", un enfermo”, “un (ser) humano”, “un (ser) pálido”, “un muerto”, “un silente”. Este término. si hacemos abstracción de su contenido eventual, no tiene siempre el mismo sentido. “Un (ser) solitario”, “un extraño” podría significar algo aislado que unas veces, y por acaso, es “solitario" y, según un sentido especial y determinado, es “extraño”. Lo “extraño” de este tipo se puede disponer y derivar del género extraño en general. Así concebida, el alma sería sencillamente un caso entre otros de lo Extraño.
Pero ¿qué significa “extraño”? Comúnmente se entiende por ese término lo que no es familiar, lo que no agrada, de suerte que más bien agobia e intranquiliza. “Fremd” (extraño), alto alemán antiguo, “fram" significa propiamente "adelante hacia cualquier parte”, “de camino a...", opuesto a “detenido en alguna parte”. El extraño deambula, mas no erra, falto de destino, desconcertado ante su contorno. El extraño se encamina al lugar donde, en cuanto peregrino, puede morar. El “extraño” sigue el llamado, apenas descubierto, que le conduce a lo que le es propio.
El poeta llama al alma “un extraño en la tierra”. Precisamente es a la tierra adonde su peregrinar no podía llegar. El alma busca la tierra, no huye de ella. Buscar la tierra peregrinando, construir poéticamente en ella y habitarla, de modo de poder salvarla en cuanto tierra, colma la esencia del alma. Así pues, en modo alguno el alma es alma y, además, por tal o cual motivo, no perteneciente a la tierra.
La frase:
Es el alma un extraño en la tierra
nombra más bien la esencia de lo que significa “alma”. La frase no contiene enunciación alguna sobre el alma cuya esencia ya conociéramos, como si sólo pudiera establecerse merced a un agregado que le sobreviniese como algo que le es inadecuado y, en virtud de esto mismo, extraño, a saber: no hallar en la tierra ni amparo ni confortación. Por el contrario: el alma, en cuanto alma, es, en el núcleo de su esencia, “un extraño en la tierra”. Es lo que está de camino y sigue, itinerante, en pos de su esencia. Ahora nos acucia la pregunta: ¿adónde dirige sus pasos lo que en el sentido declarado es “un extraño”? Una estrofa del tercer miembro de la poesía “Sebastián en el sueño”, responde:
pensando en cosas olvidadas, mientras en el verde ramaje
el tordo llamaba algo extraño al ocaso!
El alma está llamada al ocaso4. Podría parecer que el alma debe terminar su peregrinaje terrenal y abandonar la tierra. De esto, sin embargo, no se habla en los versos mencionados. Pero, no obstante, hablan de “ocaso”. Es cierto. Mas el ocaso aquí mencionado no es ni catástrofe, ni la simple desaparición en las ruinas. Lo que va al o caso a lo largo del río azul.
Va al ocaso en la paz y el silencio
¿En qué paz? En la de la muerte. Pero ¿de qué muerte? ¿Y en qué silencio?
Es el alma un extraño en la tierra
El verso a que pertenece esta frase prosigue:
Sagrado anochece el azul sobre el bosque talado...
Antes de esto se nombra al sol. Los pasos del extraño se alejan hacia el crepúsculo. “Hacerse crepúsculo” significa tornarse oscuro. “El azul surge en el crepúsculo”. ¿Acaso se oscurece el azul del día de sol? ¿Desaparece en el atardecer que precede a la noche? “Crepúsculo” no significa un mero ocaso del día, entendido como desaparición de su claridad en la tiniebla. Crepúsculo no significa necesariamente ocaso. También la mañana tiene crepúsculo. Con él asoma el día, Crepúsculo es al mismo tiempo asomar. El azul surge en el crepúsculo sobre el bosque “talado", sobre el bosque infranqueable, derribado. El azul de la noche asoma en el atardecer.
"De modo sagrado” el azul surge en el crepúsculo. Lo “sagrado” caracteriza al crepúsculo. Tendremos que meditar en lo que significa este “sagrado” (geistlich) tantas veces mentado5. El crepúsculo es el declinar de la marcha del sol. En esto estriba: el crepúsculo tanto es el declinar del día como el declinar del año. La última estrofa de una poesía titulada “Declinar del verano” canta:
tan leve, y resuenan los pasos
del extranjero en la noche de plata.
¡Meditara un venado azul en su sendero
en la armonía de sus años sagrados!
Siempre torna en la poesía de Trakl este “muy suave”. Opinamos que “leve” significa lo apenas perceptible al oído. En este sentido lo nombrado se refiere a nuestra representación. Pero “leise” (leve) significa langsam (lento); gelisian significa “gleiten" (deslizarse). Das leise (lo suave) es lo Entgleitende (lo que se desliza). El verano se desliza en el otoño, el atardecer del año.
del extranjero en la noche de plata
¿Quién es este extranjero? ¿Cuáles son los senderos que debiera recordar el venado azul? Recordar significa “pensar lo olvidado",
el tordo llamaba algo extraño al ocaso.
¿En qué medida “el venado azul” debe meditar en el ocaso? ¿El venado recibe su azul de aquel “azul” que de modo sagrado se hace crepúsculo y cuando asoma la noche? Sin duda la noche es oscura, pero la oscuridad no es forzosamente tinieblas. En otra poesía invoca a la noche con las palabras:
¡Oh, dulce manojo de centaureas de la noche!
Un manojo de centaureas es la noche, manojo suave. Conforme a esto el venado azul significa también el “venado asustadizo”, el “animal suave”. El manojo, partiendo del azul, congrega en el fondo de su ramillete la hondura de lo santo. Desde el azul ilumina, pero al mismo tiempo, se encubre en virtud de su propia oscuridad. Lo santo permanece, mientras se sustrae. Otorga su llegada, mientras se resguarda en la evasión que permanece. La claridad oculta en la oscuridad es el azul. Hell (claro), es decir, hallend (estridente como el clarín) es primitivamente el sonido que desde las entrañas de lo suave llama y, así, se ilumina. El azul, mientras retumba, resuena en su claridad. En su claridad sonora ilumina la oscuridad del azul.
Los pasos del extranjero resuenan en la argentea diafanidad de la noche. Otra poesía canta:
Y en el sagrado azul resuenan los pasos luminosos
En otra parte dice del azul:
conmueve al que contempla
En otra poesía dice:
pasmado ante la santidad del azul.
El azul no es ninguna imagen para ilustrar lo santo. El azul mismo es lo santo en virtud de su hondura congregante que sólo brilla al encubrirse. Ante el azul y, al mismo tiempo, llevado a mantenerse en sí mismo por el resonar del azul, el rostro del animal se pasma mudándose en el semblante del venado.
La rigidez del rostro del animal no es la del muerto. Al pasmarse se estremece el rostro del animal. Su semblante se reconcentra para que, manteniéndose en sí mismo, vea ante lo santo “el espejo de la verdad”. Ver (Anschauen)6 significa: ingresar en el silencio
poderoso es el silencio en la piedra .
expresa el verso que sigue de inmediato. La piedra es la custodia del dolor. La roca, en su pétrea custodia, congrega lo que suaviza, como aquello que aplaca el dolor en lo esencial. “Ante el azul” enmudece el dolor. A la vista del azul el semblante del venado se contrae en lo suave. Pues Sanfte (suave) es, etimológicamente Sammelnde, lo que congrega suavemente. Muda la discordia al calmar en el dolor aplacado lo hiriente y abrasador de lo agreste.
¿Quién es este venado azul al que el poeta reclama que conserve el recuerdo del extranjero? ¿Un animal? Por cierto. ¿Pero sólo un animal? De ningún modo, pues debe recordar. Su rostro debe escrutar y no perder de vista al extranjero. El venado azul es un animal cuya animalidad probablemente no consiste en lo brutal, si no en aquella visionaria rememoración por la que clama el poeta. Todavía se está lejos de divisar esa animalidad. Así la animalidad del animal aquí mentado fluctúa en lo indeterminado. Todavía no ha ingresado en su esencia. Este animal, conviene saber, el pensante, el animal rationale, el hombre, según la expresión de Nietzsche, todavía no está constituido.
Esta declaración en modo alguno significa que el hombre, en cuanto hecho, no haya sido comprobado. Sería demasiado categórica. La expresión significa: la animalidad de ese animal todavía no ha logrado establecerse, es decir no ha llegado “a su morada”, a las entrañas de su esencia encubierta. Por esta con-stitución lucha la metafísica occidental europea desde Platón. Quizás luche en vano. Quizás la senda en que está “de camino” no se halla expedita. El animal aún no con-stituido en su esencia es el hombre actual.
Con el nombre poético de “venado azul”, Trakl invoca aquel ser humano cuya cara (la mirada que se enfrenta), al pensar en los pasos del extranjero, es avistada por el azul de la noche, y, de esa manera, es bañada por el resplandor de lo santo. El término “venado azul" designa a los mortales que debieran recordar al extranjero y peregrinar con él hacia las entrañas del ser humano.
¿Quiénes son los que inician semejante peregrinaje? Probablemente sean pocos y desconocidos, si es que lo esencial acaece en la paz inesperada y rara vez. El poeta alude a ese peregrinar en la poesía “Un atardecer de invierno”, cuya segunda estrofa comienza:
llegan a la puerta por senderos oscuros.
El venado azul, donde y cuando se esencia (uest), ha hecho abandono de la figura actual del ser humano. El hombre actual se degrada en cuanto pierde su esencia, es decir, desnaturaliza su esencia (verwest)7.
"Canto de la muerte a siete voces” llama Trakl a una de sus poesías. Siete es el número santo. La canción canta lo santo de la muerte. No se representa aquí a la muerte de manera indeterminada y en general como terminación de la vida terrenal. “La muerte” significa poéticamente aquel “ocaso” a que es llamado un extraño”. De aquí que el extraño, llamado de esa manera, se llama también “un muerto". Su muerte no es la corrupción, sino el abandono de la forma corrompida del hombre. Dice del hombre. Dice así la penúltima estrofa de la poesía “Canto de la muerte a siete voces”:
noche y espanto de bosques derribados
y la abrasadora ferocidad del animal;
quieto el aire del alma.
La forma corrompida del hombre está entregada al martirio de lo abrasador y a lo punzante de la espina. Su rusticidad no transluce el azul. El alma de esta figura humana no está a merced del santo viento. No tiene itinerario. El viento mismo, el de Dios, permanece solitario. Una poesía menciona al venado azul, que apenas puede liberarse de los “Zarzales”, concluye con los versos:
en los negros muros del viento solitario de Dios.
“Siempre” significa: en tanto el año y el curso solar todavía se aferran a lo sombrío del invierno y nadie conserva el recuerdo del sendero en que los “pasos que resuenan” del extranjero transitan por la noche. La noche misma sólo es el en cubrimiento protector de la marcha del sol. “Gehen”, ἰέναι, (marchar), significa en la lengua indogermánica: ier-, das Jahr (el año).
en la armonía de sus años sagrados.
Lo sagrado del año está determinado por el azul de la noche que de modo sagrado surge en el crepúsculo.
De Camino
El Crepúsculo sagrado reviste tal importancia que el poeta, de intento, titula una de sus poesías “Crepúsculo sagrado”. También en ella se encuentra no el venado azul, pero un venado oscuro. Su fiereza va en pos de la tiniebla y tiende al pacífico azul. Sin embargo, el poeta mismo recorre en “negra nube” el “estanque nocturno del cielo estrellado".
La poesía dice así:
Crepúsculo Sagrado.
bosque
un venado oscuro;
en la colina cesa suavemente el viento del
atardecer,
enmudece el lamento del mirlo,
y las dulces flautas del otoño
callan en las cañas.
Sobre la negra nube
navegas tú, ebrio de amapolas
por el estanque nocturno
el cielo estrellado.
Siempre suena la voz lunar de la hermana
en la noche sagrada.
Se representa el cielo estrellado en la imagen poética del estanque nocturno. Así lo hace nuestra manera común de representar. Pero, en la verdad de su esencia, el cielo nocturno es este estanque. Por el contrario, lo que llamamos noche sólo es la imagen pálida y desvaída de su esencia. Torna a menudo en las poesías del poeta el estanque y el espejo del estanque. Las aguas, ya negras, ya azules, muestran al hombre su propia faz, su mirada reflejada. En el estanque nocturno del cielo estrellado aparece el azul de la noche sagrada que surge en el crepúsculo. Su brillo es fresco.
La luz fresca nace del brillo de la luna Selene. En torno de su resplandor palidecen y se refrescan las estrellas, como dicen los versos de la antigua Grecia. Todo “se hará luna”. El extraño que recorre la noche es “el lunar”. Es la voz “lunar” de la hermana, que siempre resuena en la noche sagrada, la que oye el hermano cuando en su barca aún negra y apenas iluminada por la dorada del extranjero, trata de seguirla en su travesía nocturna por el estanque.
Si los mortales siguen el peregrinar del “extraño” llamado al ocaso, es decir, ahora al extranjero, ellos mismos llegan a lo extraño, tornándose también extranjeros y solitarios.
Durante el viaje por el estanque nocturo de estrellas, que es el cielo sobre la tierra, el alma ex-perimenta la tierra en cuanto tierra de “fresca savia”. El alma se desliza en el azul del año sagrado que surge en el crepúsculo vespertino. Se convierte en el “alma otoñal” y viene a ser como ésta, “alma azul".
Las pocas estrofas y versos hasta ahora mencionadas muestran el crepúsculo sagrado, llevan al sendero del extranjero, señalan el modo y la ruta a aquellos que, meditando en sí mismos, le siguen al ocaso. Por el tiempo de “Declinar del estío” el extraño, en su peregrinar, se torna otoñal y oscuro. "Alma otoñal” llama Trakl a una poesía cuya penúltima estrofa canta:
Alma azul, oscuro peregrinar
nos alejó ya de los amados, de los otros.
El atardecer cambia el sentido y la imagen.
Los viajeros que siguen al extranjero, se ven al punto apartados8 del “amor”, que, para ellos, son los “otros”. Los otros constituyen la estirpe de la corrupta figura del hombre.
Nuestro idioma (alemán) llama Geschlecht9 (género), a la condición humana acuñada de un golpe (Schlag), la cual logra su carácter específico a raíz de ese golpe ( verschlagen). La palabra designa tanto el género humano, en el sentido de humanidad, como las estirpes en el sentido de linajes, grupos y familias, todo a su vez acuñado en la duplicidad de los géneros. Género de la "corrupta figura” del hombre llama el poeta al género “que se corrompe”. Ese género se ha apartado de su esencia específica y por tanto se ha tornado el género enajenado.
De qué modo este género ha sido sacudido, es decir golpeado por una plaga. Plaga se dice en griego πληγή, que corresponde a nuestro término “Schlag” (golpe). La plaga del género corrompido consiste en que este viejo género está hendido a golpes (auseinanderschlagen) en la discordia de la especie. Por ella cada uno de los dos géneros tiende a la rebelión del siempre aislado y mero salvajismo del venado. No la duplicidad en cuanto tal, sino la discordia es la plaga. Partiendo de la rebelión del ciego salvajismo, esta discordancia lleva el género a la desarmonía asestándole un mal golpe (verschlagt) que lo sume en el desamparo. Por tanto, inarmónico y quebrantado (zerschlagen) “el género corrupto” ya no puede encontrar por sí mismo el golpe exacto. Pero el exacto golpe sólo se da en aquel género cuya duplicidad, apartándose de la discordia, se anticipa en el viaje a la suavidad de una candorosa dualidad, el cual, de esta manera, es un “extraño” y sigue, por esto, al extranjero.
Con relación a ese extranjero todos los descendientes de la raza corrupta son los otros. Sin embargo, el amor y la veneración dependen de ellos. El oscuro peregrinar en pos del extranjero conduce, no obstante, al azul de la noche de ellos. El alma peregrina se hace “alma azul".
Pero al mismo tiempo se aparta. ¿Hacia dónde? Hacia allí donde va el extranjero que, a veces, es nombrado poéticamente con el demostrativo “Jener” (aquél). En el antiguo idioma Jener (aquel) suena “ener” y significa der “andere ” (el otro). “Enert dem Bach” es el otro lado del arroyo. “Jener” es el extranjero, es el otro para los otros, es decir, para el género corrupto. Aquél es el que es llamado a apartarse de los otros. El extranjero, es el apartado.
¿Hacia dónde apunta aquel que asume la esencia del extraño, esto es, el preceder peregrinando? ¿Adónde es llamado el extraño? Al ocaso, que es el perderse el crepúsculo sagrado del azul. Acontece en el declinar hacia el año sagrado. Cuando tal declinar tiene que pasar a través de lo desolador del próximo invierno, es decir, pasar a través de noviembre, aquel perderse no significa precipitarse en lo inconsistente y en la extinción. Perderse (sich verlieren) significa más bien, según el sentido literal: desprenderse y deslizarse lentamente. El que se pierde desaparece en la destrucción, mas no por eso desaparece en la de noviembre. Se desliza a través de ella hacia el crepúsculo sagrado del azul, “hacia las vísperas”, esto es, el atardecer.
Helián
destrucción de noviembre
entre ramajes pútridos junto a muros llenos de lepra,
donde antaño llegó el hermano santo
sumido en la dulce música de su delirio.
El atardecer es el declinar del día del año sagrado. El atardecer consuma un cambio. El atardecer que declina en lo sagrado, hace ver otra cosa, da otro sentido.
El atardecer cambia el sentido y la imagen .
Lo que brilla, cuyas imágenes cantan los poetas, por obra del atardecer aparece de otra manera. Lo que se esencia, en cuya invisibilidad reflexionan los pensadores, por obra de este atardecer adviene a una nueva palabra. Desde otra imagen y otro sentido el atardecer cambia el decir del poeta y del pensador, y el coloquio de ambos. Tiene este poder sólo porque él mismo cambia. A través de él el día va hacia una declinación que no es un término, sino que tiende solamente a preparar aquel ocaso por donde el extranjero ingresa en el comienzo de su peregrinaje. El atardecer cambia su propia imagen y su propio sentido. En esta mutación se oculta un apartarse del orden hasta ahora predominante de los días y las estaciones.
Pero ¿hacia dónde el atardecer conduce el oscuro peregrinar del alma azul? Hacia allí donde todo está reunido de otra manera, oculto y custodiado para otro levante.
Las estrofas y versos anteriormente mencionados nos muestran una congregación, esto es, un lugar. ¿De qué tipo es este lugar? ¿Cómo debemos llamarlo? Tenemos que ajustarnos al habla del poeta. Todo el decir de las poesías de Georg Trakl se concentra en el extranjero peregrino. El es y se llama “el apartado”. Por obra suya, y en tomo a él, el decir poético se templa de conformidad con la tónica de un único canto. Puesto que las poesías de este poeta se reúnen en la canción del apartado, llamamos al lugar de su poesía el apartamiento.
La localización, mediante un segundo paso, se dispone ahora a considerar el lugar hasta el presente sólo indicado.
II
¿Puede el apartamiento, en cuanto lugar de la poesía, elevarse aún más, hasta convertirse en tema de reflexión? Conviene ahora que sigamos con ojo más lúcido el sendero del extranjero y preguntemos: ¿quién es el apartado? ¿Cuál es la región de sus senderos?
Corren por el azul de la noche. La luz que alumbra sus pasos es fresca. La frase final de una poesía que expresamente se llama “El apartado”, nombra “los senderos lunares de los apartados”. Nosotros llamamos apartados también a los muertos. Pero ¿de qué muerte está muerto el extranjero? En el poema “Salmo” dice Trakl:
El delirante ha muerto .
La estrofa siguiente dice:
Se entierra al extraño .
En la “Canción de la muerte a siete voces” habla del “blanco extranjero”. La última estrofa de la poesía “Salmo” dice:
En su tumba juega el blanco mago con sus serpientes.
El muerto vive en su tumba. Vive en su aposen to tan tranquilo y ensimismado que juega con sus serpientes. Estas nada pueden contra él. No están sofocadas, pero su mal se ha metamorfoseado. A su vez, en la poesía “Los malditos" dice:
se revuelve en su agitado seno.
El muerto es el delirante. ¿Alude esto a una enfermedad mental? No. Wahnsinn10 (delirio) no indica ese género de fantasías a que se entrega el insensato. “Wann” pertenece al alto alemán antiguo wana y significa: sin. El delirante apunta a un sentido mejor que ningún otro. Pero se en cuentra sin el sentido de los otros. Tiene otro sentido. “Sinnan” significa originalmente: viajar, tender hacia..tomar una dirección; la raíz indogermánica sent y set significa camino.
El apartado es el delirante, porque está de camino hacia otra parte. De ahí que su delirio debe llamarse “suave”, pues tiene puesto el sentido en la paz más profunda. Una poesía que habla del extranjero simplemente como de “aquél”, el “otro", canta:
una sonrisa azul en el semblante y extrañamente envuelto.
en el capullo de su más apacible infancia y murió;
La poesía lleva por título “A uno que murió en la aurora”11. El apartado, de camino, ha muerto en la aurora. Por eso es el “tierno difunto”, en vuelto en aquella niñez que preserva, en la mayor placidez, todo lo ardiente y abrasador de la espesura. Así, el que ha muerto en la aurora aparece como “el rostro oscuro del frescor”. De ella canta el poema titulado “Al pie del Mönschberg":
por la descarnada senda, la voz de jacinto del adolescente
diciendo muy quedo la olvidada leyenda del bosque...
"El rostro oscuro del frescor” no va tras el caminante: lo precede, mientras la voz azul del adolescente resucita lo olvidado y lo sugiere.
¿Quién es este joven muerto en el albor de la vida? ¿Quien es este joven cuya
antiquísimas leyendas
y el augurio sombrío del vuelo de las aves?
¿Quién es este muerto que marcha por un sendero descarnado? El poeta lo invoca con la frase:
¡Oh, cuánto hace, Elis, que estás muerto!
Elis es el extranjero llamado al ocaso. Elis en modo alguno es la figura con la que Trakl alude a sí mismo. Elis se distingue tan esencialmente del poeta como del pensador Nietzsche la figura de Zaratustra. Pero ambos personajes coinciden en que su ser y peregrinar comienza con el ocaso. El ocaso de Elis se dirige hacia la antigua aurora, que es más antigua que el género corrupto que se ha hecho también antiguo; más antigua porque cavila con más sentido; más cavilosa por que es más pacífica; más pacífica porque ella misma es más pacificadora.
En la figura del adolescente Elis la adolescencia del joven no consiste en oponerse a la adolescencia de la jovencita. Tal condición humana es la aparición de la más pacífica infancia, que alberga y resguarda en sí misma la tierna duplicidad de los géneros, tanto del joven como el de la "dorada figura de la jovencita"
Elis no es un difunto que se corrompa en la consunción. Elis es el muerto cuyo ser está destinado (entwest) a la aurora. El extranjero despliega el ser humano hacia adelante, hacia el comienzo de lo aún incumplido (alto alemán antiguo, giberan). El poeta llama inengendrado al incumplido, que descansa con más sosiego y, por tanto, más pacíficamente.
El extranjero muerto en la aurora es el aún no nacido. La expresión “un no nacido” y “un extraño” dicen lo mismo. En la poesía “Serena primavera”, se encuentra el verso
Y el no nacido vela por su propia paz .
Cuida y protege la niñez más pacífica ante el inminente despertar del género humano. Así, en paz, vive el que ha muerto en la aurora. El apartado no es el difunto en el sentido del privado de vida. Al contrario, el apartado prevé en el azul de la noche sagrada. Los blancos párpados que amparan su visión relucen en el adorno nupcial que promete la delicada duplicidad del género.
párpados del muerto.
Este verso pertenece a la misma poesía que dice:
Es el alma un extraño en la tierra .
Ambos pasajes están en estrecha conexión. El “muerto” es el apartado, el extraño, el no nacido. Pero todavía más:
Canción
de las horas.
que pasa por sórdidas aldeas, estíos solitarios
Su camino pasa a lo largo de lo que no lo acoge como huésped, pero ya no lo atraviesa más. En verdad, también el viaje del apartado es solitario, pero su soledad es la del “estanque nocturno del cielo estrellado”. El delirante recorre este estanque, no sobre “negras nubes”, sino en una barca dorada. ¿Qué es esto de dorado? La poesía “Winkel am Wald” responde con el verso:
lo dorado, lo verdadero.
El sendero del extranjero conduce a través de los “años sagrados” cuyos días se encaminan al verdadero comienzo, a partir del cual están regidos, es decir, son justos. El año de su alma está congregado en torno a lo justo.
¡Oh, Elis, cuán justos son todos tus días!
canta la poesía “Elis”. Este clamor sólo es el eco del ya oído
¡Oh, Elis, cuánto hace que estás muerto!
La aurora en que ha muerto el extranjero encubre la justicia que concierta esencialmente con el no nacido. Esta aurora es un tiempo sui generis, el tiempo de los “años sagrados".
Trakl tituló a unas de sus poesías escuetamente con las palabras “Año”. Comienza así: “Oscura paz de la infancia”. Ante ésta, la aurora en que el apartado fue al ocaso no es otra que la más clara infancia —más clara, porque es aún más pacífica y, por tanto, es otra infancia. El verso final de la misma poesía llama comienzo a la pacífica infancia.
Ojo dorado del comienzo, paciencia oscura del fin .
El fin no es aquí la continuación y la extinción del comienzo. El fin, esto es, el fin del género corrupto, precede al comienzo del género aún no nacido. Sin embargo, el comienzo, en cuanto aurora más temprana, se adelanta ya al fin.
La aurora custodia la esencia siempre oculta y original del tiempo. Este permanece escondido al pensar vigente, tanto que desde Aristóteles se mantiene en vigor la representación oficial del tiempo. De conformidad con ella el tiempo, represénteselo mecánica o dinámicamente o como caída de átomos, es la dimensión de la medida cuantitativa o cualitativa de la duración que corre en sentido sucesivo.
Pero el verdadero tiempo es advenimiento de lo sido. Este no es el pasado, sino el congregar lo que es, el cual precede a todo advenimiento futuro, al parque, en cuanto congregación, torna a lo que siempre le es anterior. Al fin y a su cumplimiento corresponde la “oscura paciencia” que lleva al encuentro de su verdad. Lo que soporta conduce todo al ocaso en el azul de la noche sagrada. Al comienzo, sin embargo, corresponde un mirar y un meditar que resplandece con brillo aúreo, porque lo baña lo “dorado, lo verdadero" que se refleja en el nocturno estanque estrellado, cuando Elis, en su viaje, abre el corazón de la noche:
mece tu corazón, Elis, en el cielo solitario.
La barca del extranjero se balancea, pero por juego, no “angustiosamente” como la barca de los descendientes de la aurora que se limitan a seguir al extranjero. La barca de estos últimos no llega aún a la altura del espejo del estanque. Naufraga. ¿Pero dónde? ¿En la caída? ¿En la vacía nada? En modo alguno. Una de las últimas poesías, “Lamento”, termina con los versos;
mira cómo se hunde una barca espantada
bajo las estrellas
el rostro callado de la noche.
¿Qué esconde este callar de la noche, callar que se enfrenta desde el resplandor de las estrellas? ¿Dónde se encuentra la correspondencia que guarda con la noche? En el apartamiento que no se agota en su mero estado, el de estar muerto en que vive Elis, el adolescente.
Al apartamiento pertenece la aurora de la más pacífica infancia, pertenece a la noche azul, pertenecen los senderos nocturnos del extranjero pertenece el nocturno aleteo del alma, pertenece ya el crepúsculo como portal del ocaso.
El apartamiento congrega todo esto que le pertenece, pero no con posterioridad, sino de modo tal que se despliega en su congregar que ya se va imponiendo.
Al crepúsculo, la noche, el año del extranjero. a sus senderos, a todo esto llama el poeta “sagrado”. El apartamiento es “sagrado”. ¿Qué indica esta palabra? Su significación y su uso son antiguos. “Sagrado” significa lo que está en el orden del espíritu, lo que surge de él y sigue su esencia. El lenguaje corriente ha restringido lo “sagrado a la relación con la condición “sagrada” de los sacerdotes y su iglesia. Por lo menos al oído superficial pareciera que Trakl alude a esta relación cuando la poesía “En Hellbrunn” dice:
las encinas sobre los olvidados senderos de los muertos.
Antes se mencionan “las sombras de los príncipes de la iglesia y las de nobles damas”, “las sombras de los muertos de antaño” que parecen flotar sobre el “estanque de primavera”. Pero el poeta, que aquí canta “nuevamente el azul lamento del atardecer”, no piensa en esa “condición sagrada” cuando para él las encinas “con hálito sagrado verdecen". Medita en la aurora del que ha muerto hace tiempo, que promete la "primavera del alma”. No otra cosa canta la poesía cronológicamente anterior “Canción sagrada”, si bien lo hace aún más encubierta e intrincadamente. El espíritu de esta “Canción sagrada”, que juega con rara ambigüedad, se hace más claro a lo largo de la última estrofa, en las palabras:
parece muerto en oración,
dulcemente un pastor desciende la colina
y un ángel canta en el bosque,
en la cercanía del bosque
para los que ingresan en el sueño.
Pero el poeta —dado que no alude a lo “sagrado” de la condición eclesiástica— pudo sencilla y llanamente llamar espiritual ( Geistige ) a lo que está en relación con el espíritu y, de ese modo hablar del crepúsculo espiritual, de noche espiritual. ¿Por qué evita la palabra “geistig” (espiritual)? Porque “ Geistige " designa lo opuesto a material, oposición que representa la heterogeneidad de ambos dominios y expresa, platónica y occidentalmente hablando, el abismo entre lo supersensible (νοητóν) y lo sensible (αὐθυτóν).
Lo espiritual, entendido en este último sentido, que a través del tiempo se convirtió en lo rationale, en lo intelectual e ideológico, pertenece, junto con sus contrarios, al modo de ver las cosas del género corrupto. De esto se aparta el “oscuro peregrinar” del “alma azul”. Al crepúsculo vespertino, en que perece el extraño, lo mismo que al sendero del extranjero, no puede llamárselo “espiritual”. El apartarse es sagrado, es decir, condicionado por el espíritu, pero no espiritual en sentido metafísico.
Pero, entonces, ¿qué es el espíritu? Trakl, en su última poesía, “Grodek”, habla de la ardiente "llama del espíritu”. El espíritu es flamígero y sólo en cuanto tal quizás sea un soplo. Trakl no entiende, en primer lugar, al espíritu como pneuma, es decir como spiritus, sino como llama que inflama, impulsa, trasporta, libera. La llama es el encendido iluminar. Lo llameante es lo que, al estar fuera de sí, ilumina y hace brillar, pero también es lo que puede seguir devorando y consumiéndolo todo hasta la blancura de la ceniza.
“La llama es el hermano de lo más pálido", se dice en la poesía “Metamorfosis del mal” Trakl ve la esencia del espíritu según lo nombra la significación originaria de la palabra “Geist" (espíritu); pues significa gheis , estar abierto, transportado fuera de sí.
El espíritu así entendido esencia (west) en el poder de lo suave y de lo destructor. Lo suave en modo alguno abate aquel estar fuera de sí de lo que inflama, sino que lo mantiene congregado en el sosiego de lo amistoso. Lo destructor procede de lo desenfrenado, el cual se consume en su propia rebelión y, así, da origen a lo malo. Lo malo es siempre la maldad de un espíritu. Lo malo y su maldad no es lo sensible, lo material. Tampoco es de naturaleza meramente “espiritual”. Lo malo es sagrado en cuanto rebelión de lo aterrador —el cual se consume ciegamente trasladando a la dispersión de lo no-santo y amenaza quemar el despuntar de lo suave.
Pero ¿en qué reside lo congregante de lo suave? ¿Cuáles son sus frenos? ¿Qué espíritu los sujeta? ¿Cómo el ser humano es y llega a ser "sagrado"?
En tanto la esencia del espíritu consiste en inflamar, abre la ruta, la alumbra y pone en camino. En cuanto llama, el espíritu es la tempestad "que fuerza al cielo” y “asalta a Dios”. El espíritu persigue al alma en aquel ir de camino por donde transita el viaje anticipador. El espíritu se trasplanta a lo extraño. “Es el alma un extraño en la tierra”. El espíritu es lo dotado de alma. Es lo que anima. Pero el alma, a su vez. ampara al espíritu, y de modo tan esencial, que el espíritu sin el alma probablemente no podría ser espíritu. El alma “alimenta” al espíritu. ¿De qué modo? ¿De qué otro sino prestando al espíritu la llama peculiar de su esencia? Esta llama es el ardor de la tristeza profunda, “la suavidad del alma solitaria".
Lo solitario no queda aislado en aquella dispersión a merced de la cual se encuentra el simple abandono. Lo solitario lleva el alma ante lo único, la congrega en lo uno e impulsa así su esencia al peregrinaje. En cuanto alma solitaria es alma viajera. Al ardor de su ánimo es confiado el peso de lo destinado en el viaje, y de ese modo el alma sale al encuentro del espíritu.
Cede al espíritu tu llama, ardiente tristeza ,
comienza la poesía “A Lucifer”, esto es, al portador de la luz que arroja las sombras del mal (Volumen de escritos póstumos).
La tristeza profunda del alma se enciende sólo cuando el alma, durante el viaje, ingresa a la más dilatada vastedad de su propia, esto es, de su peregrina esencia. Tal cosa ocurre cuando mira de frente el rostro del azul y ve lo que de éste aparece. Así, vidente, el alma es “el alma grande".
La Tormenta
del alma grande!
La grandeza del alma se mide por el modo como ella es capaz de la visión llameante mediante la cual se familiariza con el dolor. Al dolor pertenece una esencia en sí adversa.
“Llameando” el dolor arrebata. Su arrebato pone al alma itinerante en la disposición (Fuge), del tomar por asalto y del atrapar, que, forzando el cielo, querría apoderarse de Dios. Así parece como si el arrebato dominara aquello que arrebata, en lugar de dejarlo imperar en su encubierto iluminar.
Pero esto último es lo que puede hacer la “visión”. No extingue el llameante arrebato, sino que lo dispone en dócil recepción contempladora. El ver es el arrebato que remonta a la raíz del dolor, a través del cual éste logra mitigarse y, por ello, logra su poder de descubrir y guiar.
El espíritu es llama. La llama ilumina ardiendo, lo cual tiene lugar en la visión instantánea. En tal visión acontece el arribo de lo que brilla en que se presenta (anwest) lo que se esencia (Wesende). Esta visión llamente es el dolor, cuya esencia no se devela a la opinión que lo representa partiendo de la sensación. La visión llameante condiciona la grandeza del alma.
El espíritu que da un “alma grande” es, en cuanto dolor, lo que anima. El alma así dotada es lo que da vida. Por eso, lo que vive, según el sentido de ella, está siempre dominado por el rasgo fundamental de su propia esencia, el dolor. Todo cuanto vive está aquejado de dolor.
Sólo lo que vive lleno de alma puede colmar su destino esencial. En virtud de este poder sirve al concierto del sufrimiento incesante, a través del cual se hermana todo lo viviente. De acuerdo con esta referencia al servicio que cumple, todo cuanto vive es servicial, es decir, es bueno. Pero lo bueno es dolorosamente bueno.
Lo animado, de conformidad con el rasgo fundamental del alma grande, no sólo es dolorosamente bueno, sino que sólo de este modo es también verdadero; pues en virtud de la “adversidad” propia del dolor, lo viviente permite descubrir, sin privarlo de su ocultamiento —es decir, permite que sea verdadero— lo que se presenta junto con él según el modo en que cada caso es suyo. La última estrofa de una poesía comienza
Así dolorosamente bueno y verdadero es cuanto vive.
Podría pensarse que el verso roza sólo superficialmente lo doloroso. En verdad, guía el decir de toda la estrofa que está templada de conformidad con la meditación silenciosa en el dolor. Para escucharla, no debemos pasar por alto, ni en modo alguno alterar la puntuación, que ha sido puesta cuidadosamente. La estrofa continúa:
Y quedamente te toca una vieja piedra.
De nuevo suena este “quedamente” que siempre se desliza en los pasajes esenciales. Nuevamente aparece “la piedra” que de ser lícito aquí un recuento estadístico, podría señalarse en más de treinta pasajes de la poesía de Trakl. En la piedra se encubre el dolor que, petrificándose, se preserva en el hermetismo de la roca, en cuyo brillo resplandece el antiquísimo origen que procede del pacífico ardor de la aurora más temprana, la cual —en cuanto comienzo anticipador— sale al encuentro de todo lo que deviene, peregrina, brindándole el acontecimiento jamás agotable de su esencia.
La antigua roca es el dolor mismo, en tanto contempla terrenalmente a los mortales. Los dos puntos detrás de la palabra “piedra”, al final del verso, muestran que aquí habla la piedra. El dolor mismo tiene la palabra. Durante largo tiempo, calladamente, narra a los peregrinos que siguen al extranjero nada menos que su propio poder y perdurar.
¡En verdad! Estaré siempre con vosotros .
A esta sentencia del dolor, los peregrinos que escuchan al muerto en la aurora a través del ramaje frondoso, replican con las palabras del verso que sigue a continuación:
¡Oh boca que estremeces a través del sauce plateado!
Toda la estrofa de esta poesía y el final de la segunda estrofa de otra dedicada “A uno que murió en la aurora” se corresponden:
acechando en el follaje o en las antiguas rocas.
La estrofa comienza:
Así dolorosamente bueno y verdadero es cuanto vive.
proporciona el contracanto al comienzo de la tercera parte de la poesía, a la que pertenece:
que está en devenir!
Lo perturbado, impedido, desgraciado, desesperado; todo lo doloroso de lo vencido, es, en verdad, sólo la apariencia única en que se oculta lo “verdadero”: el dolor que perdura a través de todo. Por eso el dolor no es ni lo contrario ni lo provechoso. El dolor es el atender a lo esencial en lo que se esencia (Wesende) La simplicidad de su esencia adversa condiciona el devenir a partir de la aurora más temprana y oculta, y lo templa en la serenidad de las grandes almas.
y quedamente te toca una antigua piedra:
¡En verdad! estaré siempre con vosotros.
¡Oh boca que estremeces a través del sauce plateado!
La estrofa es el puro canto del dolor, cantado para completar la tripartita poesía llamada “Serena primavera”. La serenidad de la aurora más temprana de la esencia que inicia todo se estremece ante la paz del dolor oculto.
Según el modo común de pensar parece sencillamente contradictorio que la esencia “adversa" del dolor arrebate verdaderamente sólo en cuanto desgarrón que se desgarra a si mismo. Pero en tal apariencia se oculta la esencial simplicidad del color, que conduce, llameante, hacia lo más vasto, si ella se mantiene con una visión dirigida hacia la intimidad.
Así, el dolor, como rasgo fundamental de grandes almas, se encuentra en pura correspondencia con la santidad del azul. Pues ésta ilumina el rostro del alma mientras se retira a su propia hondura. Lo santo perdura, en caso de que surja, sólo cuando se mantiene en este retiro remitiendo la mirada a lo dócil.
La esencia del dolor, su oculta relación con el azul, a través de la última estrofa de una poesía que se llama “Transfiguración” se torna palabra:
que suena quedo en la amarillenta roca.
La “flor azul” es el “tierno manojo de centaureas” de la noche sagrada. Las palabras cantan el manantial de que se origina el poetizar de Trakl. Son decisivas, aportando al mismo tiempo la "transfiguración”. El canto es canción, tragedia y epopeya a la vez. Esta poesía es única entre todas porque en ella la amplitud de la visión, la hondura del pensamiento, la sencillez de la exposición brillan de indescriptible manera, íntimamente y para siempre.
El dolor sólo es verdadero cuando sirve a la llama del espíritu. La última poesía de Trakl se titula “Grodek”. Se la ensalza como poesía guerrera. Pero es infinitamente más porque es otra cosa. Sus últimos versos dicen:
un dolor inmensurable,
los nietos no nacidos.
Los aquí llamados “nietos” en modo alguno son los hijos que quedaron sin ser engendrados de los hijos muertos que procedían de la raza corrupta. Si sólo se tratara de la interrupción en la continuidad del género precedente, el poeta debería rebosar de júbilo ante semejante fin. Pero se sume en honda tristeza; indudablemente es una “altiva tristeza” que contempla llameante la paz de los no nacidos.
Los no nacidos son los nietos, porque no pueden ser hijos, esto es, descendencia inmediata del género corrupto. Entre ellos y ese género vive otra generación. Es otra porque es heterogénea, conforme a su diferente procedencia esencial de la aurora del no nacido. El “poderoso dolor” es la visión que todo lo inflama, que ve, de antemano, en la aurora que se recoge en sí, al muerto ante el cual murieron “los espíritus” de los tempranamente caídos.
Pero ¿quién ampara este poderoso dolor, a fin de que alimente la ardiente llama del espíritu? Lo que pertenece a la estirpe de este espíritu se llama “sagrado”. Por eso el poeta debe llamar “sagrado” antes que a ninguna otra cosa, y exclusivamente, al crepúsculo, la noche, los años. El crepúsculo hace surgir el azul de la noche, lo inflama. La noche llamea como el espejo luminoso del estanque estrellado. El año se inflama cuando pone en su ruta el curso del sol, es decir en su nacimiento y su ocaso.
¿Cuál es este espíritu del que emana y procede lo “sagrado”? Es aquel espíritu al que, en el poema “A un muerto en la aurora” se llama expresamente “el espíritu del muerto en la aurora”. Es el espíritu que expone al mendigo de la “Canción sagrada” al apartamiento, de modo que él, como dice la poesía “En la aldea”, es "el pobre” “que muere solo en el espíritu".
El apartamiento se esencia como el espíritu más puro. Es el brillo del azul que descansa en su profundidad, que arde en paz; apartamiento que inflama una niñez más pacífica en el áureo del comienzo. A esta aurora dirige sus miradas el rostro de la figura de Elis. En la mirada que ella devuelve vela por la llama nocturna del espíritu del apartamiento.
Así, pues, el apartamiento no es sólo el estado del muerto en la aurora ni el indeterminado espacio dispuesto para su estada. El apartamiento, en el mismo modo de encenderse, es el espíritu y, como tal, lo congregante. Lo que así congrega reconduce el ser de los mortales a su más pacífica infancia, pone a buen resguardo la especificidad incumplida de ellos que ha de acuñar la raza venidera. Lo congregante del apartamiento conserva lo aún no nacido por encima de lo caduco, en una inminente resurrección del género humano a partir de la aurora. Lo congregante, en cuanto espíritu de lo suave, aplaca al mismo tiempo al espíritu de lo malo. La rebelión de la maldad se eleva a su máxima malignidad cuando se desata en la duplicidad de los géneros e irrumpe en lo fraterno.
Pero también en el más pacífico candor de la infancia se esconde la duplicidad del género humano reunida allí fraternalmente. En el apartamiento, el espíritu de lo malo no es ni aniquilado ni negado, ni puesto en libertad, ni afirmado. Lo malo se transfigura. Para que exista tal transfiguración”, el alma debe volverse hacia la grandeza de su esencia. La magnitud de esta “grandeza” está determinada por el espíritu del apartamiento, que es lo congregante, aquello por lo cual el ser humano vuelve a ser resguardado en su más pacífica infancia, y ésta en la aurora de otro comienzo. En cuanto congregante, el apartamiento posee la esencia del lugar.
Ahora bien, ¿hasta qué punto el apartamiento es el lugar de una poesía, de aquella poesía que expresan los poemas de Georg Trakl? ¿El apartamiento, en general y por sí, tiene alguna relación con el poetizar? Y aun cuando esta relación exista, ¿cómo el apartamiento puede asumir un decir poético, en cuanto su lugar, y desde allí determinarlo?
¿No es acaso el apartamiento el silencio majestuoso de la paz profunda? ¿Cómo el apartamiento puede poner en marcha un decir y un cantar? Sin embargo, por apartamiento no entendemos la desolación de lo muerto. En el apartamiento el extranjero mide la distancia que lo aparta de la generación actual. El está de camino en su sendero. ¿De qué tipo es este sendero? El poeta lo dice con suficiente claridad en el verso final, puesto en forma destacada, de la poesía "Declinar del estío".
en la armonía de sus años sagrados!
El sendero del extranjero es la “armonía de sus años sagrados”. Los pasos de Elis resuenan. Los pasos que resuenan iluminan durante la noche. ¿Se extingue esta armonía en el vacío? ¿Aquél que ha muerto en la aurora es apartado en el sentido de lo que se desprende o es separado en el sentido de lo escogido, es decir, recogido en una reunión que congrega más suavemente y con más intimidad llama?
La segunda y tercera estrofa del poema “A un muerto en la aurora” da un especial sesgo a nuestra pregunta:
una sonrisa azul en el semblante y extrañamente envuelto
en el capullo de su más apacible infancia, y murió,
y en el jardín quedó el rostro plateado del amigo
acechando en el follaje o en las antiguas rocas.
y fue el murmullo del bosque
el ardiente clamor de lo salvaje.
Siempre tañían desde torres crepusculares las campanas azules del atardecer.
Un amigo escucha al extranjero. Así, escuchando sigue el apartado y, de ese modo, se convierte él mismo en peregrino, en extranjero. El alma del amigo escucha al muerto. El rostro del amigo es “un rostro de muerto”. Escucha mientras canta al muerto. Por eso esta voz que canta es “la voz del ave que se asemeja al muerto". Ella corresponde a la muerte del extranjero, a su ocaso en el azul de la noche. Pero con la muerte del apartado él canta, al mismo tiempo, la “verde corrupción de aquel género del que lo “aparta” el oscuro peregrinar.
Cantar significa celebrar, y amparar lo celebra do en el canto. El amigo que escucha es uno de los “pastores celebrantes”. Sin embargo, el alma del amigo que “deleitado escucha los blancos cuentos fantásticos”, puede imitar, cantando, al apartado, sólo cuando el apartamiento hace vibrar al que sigue, cuando retumba la allí resonante armonía, “cuando” como dice el “Canto del atardecer”, “oscura armonía invade el alma".
Ocurrido esto, el espíritu del que ha muerto en la aurora aparece en el brillo matutino. Sus sagrados años son el verdadero tiempo del extranjero y su amigo. En su brillo, la antes negra nube se torna dorada. Se parece ahora a la “dorada barca”, en la que el corazón de Elis se balancea en el cielo solitario.
La última estrofa de la poesía “A uno que ha muerto en la aurora” canta:
a menudo convidas al muerto como huésped,
en íntimo diálogo bajo los olmos, vas descendiendo el verde río.
A la visita armoniosa de los pasos del extranjero responde la invitación al diálogo por parte del amigo, cuyo decir es el peregrinar río abajo, es decir, el ir en pos del ocaso en el azul de la noche que anima el espíritu del muerto en la aurora. En tal diálogo el amigo cantor ve al apartado. Gracias a su visión, donde las miradas se cruzan, se convierte en hermano del extranjero. Peregrinando con el extranjero el hermano alcanza a la más serena estancia de la aurora. Puede exclamar en el “Canto del apartado”:
!Oh, morar en el animado azul de la noche!
Pero mientras el amigo que escucha canta el “Canto del apartado” y de ese modo se hace hermano de aquél, el hermano del extranjero, y a través de éste solamente, se transforma en hermano de su hermana, “cuya voz lunar resuena en la noche sagrada”, según dicen los últimos versos de la poesía “Crepúsculo sagrado".
El apartamiento es el lugar de la poesía, pues la armonía de los pasos resonantes e iluminadores del extranjero inflama el oscuro peregrinar de los que lo siguen en el canto auscultante. El oscuro peregrinar —pues sólo es un peregrinar que va en pos— ilumina sus almas en el azul. La esencia del alma hecha canto es, pues, sólo el presentimiento del azul de la noche que encubre aquella aurora más serena.
Un instante azul es nada más que alma .
Así se completa la esencia del apartamiento, que es el cumplido lugar de la poesía cuando congrega en sí, como reunión de la más sosegada infancia y como tumba del extranjero, a los que en el ocaso siguen al que ha muerto en la aurora; mientras ellos, escuchándolo, llevan la armonía de su sendero a la sonoridad de lenguaje hablado y se transforman así en los apartados. Su canto es el poetizar. ¿En qué sentido? ¿Qué significa poetizar?
Poetizar significa: volver a decir (nach-sagen), a saber: volver a decir la sugerente armonía del espíritu del apartamiento. Poetizar, en lugar de ser un decir en el sentido del expresar, la mayoría de las veces sólo es oír. El apartamiento incorpora el oír a su armonía, a fin de que esta armonía vibre a través del decir en el cual ella resuena. La frescura lunar del santo azul de la noche sagrada suena y luce a través del ver y decir, cuyo lenguaje torna a decir, se torna expresión poética. Lo dicho en esta expresión ampara la poesía en cuanto lo esencialmente inexpresado. El volver a decir reclamado en el oír se torna de esta manera piadoso, esto es, dócil a la sugestión del sendero, en cuya marcha precede el extranjero desde la oscuridad de la infancia hacia la más sosegada y diáfana aurora. Por eso el poeta que torna a escuchar puede decir:
Infancia.
frescor y otoño en cuartos solitarios.
y en el sagrado azul resuenan los pasos luminosos.
El alma, que canta el otoño y la declinación del año, no se desploma en la ruina. Su piedad está inflamada por la llama del espíritu de la aurora, y por eso es ardiente
del junco amarillento, ardorosa piedad!
dice la poesía “Sueño y anochecer”. Así como el delirio no es errancia, el aquí llamado anochecer tampoco es mera opacidad del espíritu. La noche que oscurece al hermano cantor del extranjero, es la “noche sagrada” de aquella muerte de que ha muerto el apartado en “los dorados escalofríos” de la aurora. Viendo a este muerto, el amigo auscultante eleva su visión a la frescura de la tranquila infancia. Tal visión es un apartarse del género hace largo tiempo nacido, el cual ha olvidado la más sosegada infancia, en cuanto comienzo aun vigente, y jamás hizo suyo el legado del aún no nacido. La poesía “Anif”, que es el nombre de un castillo rodeado de agua en las inmediaciones de Salzburgo, dice.
escalofríos de la muerte
mientras el alma sueña flores más frescas.
Pero no sólo el apartarse del antiguo género está en el "¡Ay!” del dolor. Este apartarse está ocultamente decidido en el destino de la partida que clama desde el apartamiento. Su peregrinar en la noche es “tormento infinito”. Esto no alude a una pena sin fin. Lo infinito no se ve afectado por ninguna limitación finita ni por ninguna restricción. El “tormento infinito” es el dolor consumado que llega a la plenitud de su esencia. En el peregrinaje por la noche sagrada, la cual se aparta siempre de la no sagrada, se torna puro juego la simplicidad de lo adverso que domina al dolor. La suavidad del espíritu es invocada en el apresar a Dios; su horror ante el asalto del cielo. En la poesía “La noche” se dice:
que apresaras a Dios
suave espíritu.
suspirando en las cascadas
en los oscilantes pinos.
El llameante arrebato de este asalto y apresamiento no derriba “la escarpada fortaleza”; no mata lo apresado, sino que lo deja subsistir en la contemplación del espectáculo del cielo, cuya pura frescura encubre a Dios. La reflexión hecha canto de ese peregrinaje pertenece a la frente de un jefe afectada por el dolor consumado. Por eso la poesía “La noche” finaliza con los versos:
una cabeza petrificada.
Con esto se corresponde el final de la poesía “El corazón":
¡Oh corazón!
que resplandece a través de la nívea frescura.
Como el terceto de las tres poesías tardías “El corazón”, “La tormenta”, “La noche” está afinado de tan secreta manera en la unidad y mismidad del cantar del apartamiento que la ya investigada localización de la poesía queda confirmada al dejar que las tres mencionadas poesías, sin necesidad de aclaración alguna, difundan el sonido de su canto.
El peregrinaje en el apartamiento, la contemplación del rostro de lo invisible y el dolor consumado, se corresponden unos con otros. Al desgarro del dolor se somete el paciente. Sólo él permite perseguir el retorno a la más temprana aurora del género, cuyo destino custodia un viejo álbum, en el que el poeta inscribe bajo el título “Para un álbum antiguo” la estrofa:
resonante de armonías y de suave delirio
¡Mira! Anochece ya.
En tal armonía del decir el poeta hace aparecer los semblantes luminosos, en los que Dios se oculta a la caza delirante.
Por eso es sólo en “Susurrado al atardecer" cuando el poeta canta, en la poesía así titulada:
otea los dulces vuelos del delirio.
El que poetiza sólo se hace poeta cuando sigue a aquel “delirante” que murió lejos, en la aurora, y que llama desde el apartamiento y a través de la armonía de sus pasos, al hermano que lo sigue. Así, el rostro del amigo mira al rostro del extra ño. El brillo de esta “mirada fugaz” conmueve el decir del oyente. En el conmovedor brillo, que resplandece desde el lugar de la poesía, ondea la onda que impulsa el decir poético a tornarse habla.
¿De qué tipo es, según esto, el habla de la poesía de Trakl? Esta última habla cuando corresponde a aquél estar de camino en que el extranjero siempre precede. El sendero que éste ha tornado se desvía del viejo género corrupto. Conduce hacia el ocaso, hacia la aurora aún vigente de la raza aún no nacida. El habla de la poesía, cuyo lugar es el apartamiento, corresponde al retorno del género humano aún no nacido al sosegado comienzo de su esencia más pacífica.
El habla de esta poesía se expresa a partir de la mudanza. Su sendero lleva desde el ocaso de lo caído hacia el ocaso en el crepúsculo azul de lo santo. El habla de la poesía se expresa desde la travesía por y a través del estanque nocturno de la noche sagrada. Esta habla canta el canto del extraviado que desde la tarda corrupción retorna a la patria en la aurora del más pacífico comienzo que todavía no ha sido. Con tal habla se expresa el que está de camino, a través de cuyo brillar aparece iluminada y resonante la armonía del año sagrado del extranjero apartado. El “Canto del apartado” canta, según palabras de la poesía “Revelación y ocaso”, “la belleza de un género que retorna”.
Puesto que el habla de esta poesía se expresa desde el estar de camino del apartamiento, por eso, al mismo tiempo, expresa lo que abandona en el apartarse y aquello a lo que se dirige al apartarse. El habla de la poesía es esencialmente polivalente, y esto de un modo peculiar. Nada percibiremos del decir de esta poesía si salimos a su encuentro sólo con un romo sentido simplista.
Crepúsculo y noche, ocaso y muerte, delirio y vida agreste, estanque y roca, vuelo de ave y barca, extranjero y hermano, espíritu y Dios, y, del mismo modo, los colores: azul y verde blanco y negro, rojo y plateado, dorado y oscuro, expresan siempre y constantemente un pensamiento polivalente.
"Verde” es lo que se corrompe y florece, “blanco” lo pálido y lo puro, “negro” es lo que sume en tinieblas y lo que resguarda en la oscuridad, “rojo” es lo purpúreo de la carne y la sonrosada ternura. “Plateado” es la palidez de la muerte y el brillo de las estrellas. "Dorado” es el brillo de lo verdadero y la "monstruosa risa del oro".
La polivalencia aquí aludida es, ante todo, ambigüedad. Pero tal ambigüedad viene a estar ella misma todavía, en cuanto totalidad, sólo en uno de los lados y determinada en el otro por el más íntimo lugar de la poesía.
La poesía habla a partir de una equívoca ambigüedad.
Pero esta polivalencia del decir poético no flota, sin más, en una multitud indeterminada. El tono polivalente de la poesía de Trakl procede de una congregación, esto es, de una consonancia que, en sí misma, permanece siempre inexpresada. La polivalencia de este decir poético no es la imprecisión negligente, sino el rigor del que libera el ser, entregándose al cuidado de “la visión justa”, sometiéndose a su orden.
Con frecuencia nos es difícil delimitar este decir polivalente, absolutamente seguro de sí que es propio de las poesías de Trakl, con respecto del lenguaje de otros poetas cuya multivocidad procede del carácter indeterminado e inseguro del andar poéticamente a tientas porque carece de la auténtica poesía y de su lugar. La estrictez, única en su género, del lenguaje esencialmente polivalente de Trakl es, en un sentido superior, tan unívoca, que incluso supera infinitamente a toda exactitud técnica del concepto únivo meramente científico.
En la misma polivalencia del lenguaje, determinada desde el lugar de la poesía de Trakl, hablan también las numerosas palabras que pertenecen al mundo de la representación bíblica y eclesiástica. El tránsito del viejo género al aún no nacido se lleva a cabo valiéndose de ese mundo y de su lenguaje. Es un problema esencial saber en qué medida y en que sentido la poesía de Trakl habla de un modo cristiano, de qué manera el poetizar fue “cristiano” y qué valor tienen aquí los términos “cristiano”, “cristiandad", "cristianismo”. La localización pende de vacío en tanto no se determine, de modo cuidadoso, el lugar de la poesía. Pero la localización exige un tipo de reflexión para el que no bastan los conceptos de la teología metafísica, ni los de la teología de la Iglesia.
Un veredicto sobre el cristianismo de Trakl debería tener en cuenta ante todo, sus dos últimas poesías “Lamento” y “Grodek”. Tendría que preguntar: ¿por qué el poeta, en la necesidad extrema de su último decir, no clama por Dios y por Cristo, si es que era tan decididamente cristiano? ¿Por qué en lugar de éstos nombra la “sombra oscilante de la hermana” y a ella como “la que otorga la salud”? ¿Por qué la canción no termina con una visión confiada en la salvación cristiana sino con el nombre de los “nietos no nacidos”? ¿Por qué aparece la hermana también en la otra poesía “Lamento”? ¿Por qué “eternidad” significa en ella “onda glacial”? ¿Está concebido todo esto de modo cristiano? Ni siquiera se trata de una desesperación cristiana.
Pero ¿qué canta este “lamento”? ¿Con este "hermano... mira..." no canta acaso la íntima simplicidad de aquellos que, a pesar de toda amenaza, en virtud de la extrema atracción que ejerce lo santo, permanecen en el peregrinaje frente al “rostro áureo del hombre"?
La rigurosa trabazón del habla polifónica des de la cual habla la poesía de Trakl (lo que quiere decir al mismo tiempo: calla), corresponde al apartamiento como lugar de la poesía. Prestar la debida atención a ese lugar, da que pensar. A la postre, apenas nos hemos atrevido a preguntar por la esencia de dicho lugar.
III
La última alusión al apartamiento como lugar de la poesía nos la brinda, desde los primeros pasos de su localización, la penúltima estrofa del poema “Alma otoñal”. Allí se nombra a los peregrinos que siguen el sendero del extranjero a través de la noche sagrada, a fin de que moren en su “animado azul”.
Alma azul, oscuro peregrinar
nos apartó ya de los amados, de los otros.
A la región que promete y otorga un morar, nuestra lengua la llama “Land” (país). El pasaje al país del extranjero tiene lugar a través del crepúsculo sagrado del atardecer. Por eso el último verso de la estrofa dice:
El atardecer cambia el sentido y la imagen .
El país en cuyo ocaso sucumbe quien ha muerto en la aurora, es el país de este atardecer. La esencia del lugar que la poesía de Trakl congrega en sí, es la esencia oculta del apartamiento y significa “Abendland” (literalmente: país del atardecer o poniente, en castellano: Occidente)12. Este Occidente es más antiguo, a saber, más temprano, y, por lo mismo, más promisorio que el platónico-cristiano y aun que el europeo. Pues el apartamiento es el “comienzo” de un año cósmico que se gesta, no el abismo de la decadencia.
El Occidente oculto en el apartamiento no sucumbe, sino que permanece, mientras aguarda a sus moradores como país del ocaso en la noche sagrada. El país del ocaso es el tránsito al comienzo de la aurora oculta en él.
¿Podemos hablar de coincidencia —en caso de pensarlo—, cuando dos de las poesías de Trakl nombran expresamente el Occidente? Una se titula “Occidente”, la otra “Canción de Occidente”, y canta lo mismo que el “Canto del apartado”. La canción se inicia con esta invocación que sorpresivamente se desliza:
¡Oh aleteo nocturno del alma!
El verso termina con dos puntos que encierran todo lo que sigue hasta el tránsito que va del ocaso al levante. A esta altura de la poesía, antes de los versos finales, se encuentran nuevamente dos puntos a los que sigue la simple expresión “un género”: “un” va (en alemán) acentuado. Es, que yo sepa, la única palabra escrita espaciadamente en las poesías de Trakl. La expresión “un género”, donde se acentúa el primer término, encubre la nota fundamental a partir de la cual la poesía de este poeta calla el misterio. La unidad de u n género surge del golpe que, a partir del apartamiento, a partir de la paz que más sosegadamente domina en él, a partir de las “leyendas del bosque”, a partir de su “medida y ley”, a través de los senderos lunares del apartado, candorosamente congrega en suave dualidad la discordia de los géneros.
El “u n” en la expresión “u n género” no significa “uno” en vez de “dos”. El “uno” tampoco significa monotonía de una sosa igualdad. La expresión “u n género” no alude aquí a ningún hecho biológico, ni al “hecho de ser un género", ni al hecho de ser “de igual género”. En el subrayado “u n género” se oculta aquello que unifica desde el azul congregador de la noche sagrada. La expresión proviene de la canción en que se canta el país del atardecer. De conformidad con esto, la palabra “género” conserva aquí su plena significación que tantas veces hemos mencionado. Nombra el género histórico del hombre, la humanidad, a diferencia de otros vivientes (planta y animal). La palabra “género” nombra entonces las generaciones, las estirpes, grupos, familias de este género humano. El término “género” designa, al mismo tiempo, la dualidad de los géneros sexuales.
El golpe que lo acuña en la simplicidad de “u n género” y, de ese modo, restituye los grupos del género humano y, por ende, a éste mismo a la suavidad de la infancia más pacífica, ese golpe golpea permitiendo que el alma tome el camino de la “primavera azul”. Es a ese sendero al que el alma canta mientras calla. La poesía “En la oscuridad” comienza con el verso:
Calla el alma la primavera azul .
El verbo “callar” es empleado aquí en su significación transitiva. La poesía de Trakl canta el país del atardecer. Es un llamado único que clama por el acontecimiento del golpe justo, que realiza el tránsito de la llama del espíritu en la suavidad. En la “Canción de Kaspar Hauser” se dice:
¡Oh el hombre!
El “hablaba” se usa aquí en la misma significación transitiva que el anteriormente mencionado “calla” y el “sangra” de la poesía "Al joven Elis” y el “murmura” en el último verso de la poesía “Al pie del Mönschberg".
El hablar de Dios es el llamar (Zusprechen) que asigna al hombre una esencia más pacífica y, mediante tal llamado, le insta a que, del ocaso que le es propio renazca en la aurora. El “Occidente” oculta el despuntar de la aurora del género que es “uno".
¡De qué manera superficial pensamos cuando opinamos que el cantor de la “Canción de Occidente” es el poeta de la decadencia! ¡Qué poco o nada oímos cuando, de la otra poesía de Trakl que se llama “Occidente”, sólo aludimos a su último miembro, el tercero, y desoímos obstinadamente el miembro intermedio de ese tríptico, junto con la preparación que se hace en el primero! Nuevamente aparece en la poesía “Occidente” la figura de Elis, mientras que en las poesías posteriores no se menciona más a “Helián” y “Sebastián en el sueño”. Los pasos del extranjero suenan. Los afina el “espíritu suave" de las antiquísimas leyendas del bosque. En el miembro intermedio de esa poesía se olvida el miembro final en que se mencionan “las grandes ciudades construidas de piedra en la llanura”. Estas tienen ya su destino, diferente del que se expresa en la “verde colina” donde “resuena la tempestad primaveral”; en la colina, decimos, a la que es propia una “justa medida”, y que también se llama “colina del poniente”. Se ha hablado de la “íntima ahistoricidad” de Trakl. ¿Qué significa en este juicio “historia” (“Geschichte")? Si el término sólo alude a crónica (Historie), es decir, a la representación del pasado, entonces Trakl es ahistórico. Su poetizar prescinde de "objetos” históricos. ¿Y por qué? Porque su poesía es histórica en el sentido más elevado. Su poesía canta el destino (Geschick) del golpe que especifica el género humano en su esencia más recóndita y, de esa manera, lo salva.
La poesía de Trakl canta el canto del alma, alma que, “cosa extraña en la tierra”, sólo al peregrinar llega a la tierra entendida como la patria más pacífica del género que retorna a su lugar propio.
¿Romanticismo soñador, apartado del mundo técnico-económico de la moderna sociedad masificada? ¿O bien, es el claro saber del “delirante" que ve y piensa otra cosa que los periodistas de lo actual, que se agotan en la “crónica” del presente, cuyo calculado porvenir sólo es la prolongación de lo actual; porvenir que permanece sin el advenimiento de un destino, que sólo al comienzo de su esencia concierne al hombre?
El poeta ve el alma, “un extraño”, destinada a un sendero que no lleva a la degradación, sino por el contrario, al ocaso. Este se inclina y se so mete al poderoso morir que muere prematuramente el muerto en la aurora. A su muerte le sigue el hermano, que se ha hecho cantor. Mientras se extingue, el amigo, que sigue al extranjero, pernocta en la noche sagrada del año del apartamiento. Su cantar es la “Canción de un mirlo cautivo”. Así titula el poeta una poesía dedicada a L. von Ficker. El mirlo es esa ave que llama a Elis al ocaso. El mirlo cautivo es el canto del que se ha tornado semejante al muerto. Está cautivo en la soledad de los pasos dorados, que corresponden a la trayectoria de la barca dorada, en la que el corazón de Elis recorre el estanque estrellado de la noche azul y de ese modo señala al alma la ruta de su esencia.
Es el alma un extraño en la tierra .
El alma emigra al país del atardecer que está dominado por el espíritu del apartamiento y, de acuerdo con él, es “sagrada”.
Todas las fórmulas son peligrosas. Fuerzan lo que se dice a incurrir en la superficialidad de la opinión precipitada, perjudicando la meditación. Pero pueden servir de ayuda, por lo menos de impulso y de asidero para una perenne reflexión. Con estas reservas podemos enunciar la siguiente fórmula:
Una localización de su poesía nos muestra a Georg Trakl como poeta del Occidente (AbendLand) todavía oculto.
Es el alma un extraño en la tierra .
La frase se encuentra en la poesía “Primavera del alma”. El verso que sirve de tránsito a las últimas estrofas a que pertenece esta frase, dice así:
Poderoso morir y llama que canta en el corazón.
Sigue luego la ascensión del canto a la pura resonancia de la armonía de los años sagrados que el extranjero recorre, al cual sigue el hermano, que comienza a morar en el país del atardecer (Occidente).
juegos de los peces
Hora de duelo, taciturna mirada del sol;
es el alma un extraño en la tierra. Sagrado anoche el azul
sobre el bosque talado y tañe
largamente en la aldea una oscura campana; pacífica escolta.
En paz florece el mirto sobre los blancos párpados del muerto.
Suavemente suenan las aguas en la tarde que declina
y verdea más oscuro el desierto en la ribera,
alegría del viento rosado;
Notas
Tradujo: HERNAN ZUCCHI
El término Erörterung, que aquí traducimos por el poco elegante localización, en el lenguaje corriente significa discusión. Pero es evidente que Heidegger no lo emplea en este último sentido, sino en su significación etimológica proveniente de Ort, lugar. En el opúsculo titulado Aus der Erfahrung des Denkes, escrito en 1947 y publicado en 1954, dice Heidegger en la página 23:
Aber das denkende Dichtem ist in der Wahrheit die Topologie des Seyns
(Pero el poetizar pensante es en verdad la topología del ser). El término Topologie (de topos , lugar, y logos, lectura, teoría) nos ha decidido a emplear el término localización (de locus , lugar y el sufijo izar) que creemos mantiene la etimología del Erörterung de Heidegger. ↩El verbo versammeln y sus derivados lo hemos traducido por congregar y sus derivados. E. Estiú (en la traducción de la Introducción a la metafísica, Nova, 1956) opta por traducirlo por reunir y sus derivados. ↩
Untergang significa ocaso, pero ocaso, en español significa también occidente. En alemán Abendland no proviene como se verá, de morir, como nuestros ocaso y occidente (de occido, morir). En esta acepción, y sólo en ésta, nos parece que el español se adecua más al pensamiento de Heidegger. ↩
El término geistlich proviene de Geist, espíritu. Sin embargo, nuestro espiritual, en este artículo, debe quedar reservado para traducir a geistig, traduciendo en cambio, a geistlich por sagrado. Nos reservamos el término santo para heilig. ↩
Anschauung y sus derivados lo traducimos por visión y no por intuición que es término técnico de filosofía. ↩
Veruesen, cuya traducción correcta es corromper, significa literalmente perder la esencia, el ser. Ortega y Gasset en Historia como sistema forja el gerundio “dessiendo”. Nosotros hemos preferido el ortodoxo corromper. ↩
Scheiden, como su compuesto abscheiden, lo hemos traducido por el apartar de Santa Teresa y San Juan de la Cruz. Abgeschieden es, entonces, el apartado y Abgeschiedentheit, apartamiento o el hecho de estar apartado. El término soledad hubiera sido mucho más literario y rilkeano, pero, en este caso, hubiéramos traicionado la intención fundamental del autor. ↩
Schlag, golpe, tiene la misma raíz que Geschlecht, género, estirpe. De Schlag derivan también schlagen, zerchslagen, etc., que no siempre son posibles de traducir literalmente. ↩
Todo este pasaje es muy difícil de verter en castellano. El autor se vale del sustantivo Sinn, sentido, pero el verbo que de él deriva, sinnen, así como la voz Wahnsinn, cuya traducción literal sería el neologismo “sinsentido” son difíciles de verter. Nosotros hemos preferido la voz delirio que tiene, entre otras, la ventaja de su curiosa etimología. En efecto, delirio proviene del término latino delirare, compuesto de de y lirare que literalmente significan: salirse del surco, que es un modo de adoptar otra dirección o sentido. ↩
La palabra Frühe que hemos traducido por aurora significa también temprano, mañana. El término aurora tiene más resonancia en la mística española y, adernás está cronológicamente más delimitado que mañana, Frühe, término caro a Heidegger, podría también traducirse por origen, lo primitivo, etc. Cf. Holzwege (los caminos del leñador), sobre todo en la pág. 301. ↩
Cf. nota 3. El vocabulario de este artículo ha sido empleado ya en el último capítulo de Holzwege, titulado Der Spruch der Anaximander. ↩
