...y es que no pudiendo la cocinera acceder a las tareas de gobierno, algunos intelectuales han decidido convertirse en cocineras, y de hacer política “de clase” —cosa tan complicada de definir como el gobierno de la cocinera— han pasado a hacer chismografia de grupo, organizando una cocina a lo Ettore Scola, donde cada uno sale rebozado de salsas, pringado de vinagretas, decorado de rábanos y spaghetti, y con un pie calzado en un perol.
A.C.

Hay una palabra que es necesario rescatar de la vergüenza: decadencia. No es cuestión de Spengler, desde ya: no nos sentimos inclinados a matizar insomnios con el destino de Occidente. Ni con el de Oriente, llegado el caso. Tampoco debería remitirse decadencia a nostalgia ni otra cualquiera maniobra del olvido, por más astuta. Justamente, se trata de la memoria en su registro más modesto: el de la localización de la palabra. La palabra “decadencia” —y sus derivados— será localizada aquí, pues, junto al genérico “ensayo”. Y, para más acotamiento, al descriptivo territorial “argentino”. No que el sintagma así conformado —“decadencia del ensayo argentino”, aproximadamente— sea el tema único, ni siquiera principal: lo que hace ocasión es su valor de síntoma. Ocasión y síntoma de esos de “no poder callar” a los que aludíamos a fines del 83. Y de más “no poder callar” ahora (principios del 85), cuando la recuperación de la palabra permite la de una ética de las diferencias, antes disimuladas en la triste incomodidad de un silencio forzoso.

A gritos insistiremos, entonces, en la legitimidad del término “decadencia”. Es casi seguro que “crisis” sería más útil, o al menos más confortable, en la búsqueda de consenso. Pero tiene el inconveniente de permitir su ambiguación por aditamento: “positiva”, “de crecimiento”, etc. “Decadencia”, por su parte, aleja todo intento de domesticación: “deterioro”, “degeneración”, “declinación” “ruina”, “ocaso”, “caducidad”, “debilidad”, “pobreza”, “corrupción", “bastardía” —por listar mínimamente algunas sinonimias autorizadas por Sáinz de Robles en la edición de 1967— no son acepciones aptas para alentar esperanzas. Eso, y no paliaciones compasivas, es lo que quisiéramos hacer escuchar: decadencia (degeneración/ruina/corrupción/bastardía) del ensayo argentino. Y más: de una práctica de la cultura que no hace lugar a esta ética que aquélla recuperación prometía, o dejaba su poner. Y es precisamente porque valoramos la enorme diferencia que va de entonces a ahora que no vacilamos en ocupar el sitio que tres veces hemos afirmado.

No nos exigiremos razones eruditas ni argumentos de saber que nos alivien de una opinión: escribimos como lectores. Lo que no siempre va de suyo: un lector que escribe es una posición bien otra que la de un escritor que lee. En lectores, entonces, nos consta —como a cualquiera— que desde Echeverría, Sarmiento o Alberdi para acá (“acá” no tiene más de, pongamos, quince años) la Argentina ha cultivado, y se ha cultivado en ella, una riquísima tradición ensayística. No nos precipitaremos a acudir a la analogía con el dulce de leche: pero diremos que cierto tipo de ensayo es casi un invento argentino, aunque (o tal vez porque) la denominación misma del género sea un invento francés. Sin excesivos retrocesos, uno se acuerda de Lugones o Manuel Gálvez. De Martínez Estrada, Canal Feijóo, Murena, Astrada, Romero, Franco. Cruzando una calle sinuosa y no muy bien señalizada, se “forjan” Scalabrini o Jauretche. Contorneando esas oposiciones Viñas, Masotta o el mismísimo Sebreli (penosamente amputado, en sus últimas piruetas, de chisporroteos dialécticos que otrora lo hicieron “bestseller”, pero no siempre trivial). Incluso la derecha —cualquiera sea la repugnancia que provoquen sus espasmos conceptuales— no se ausentó de atractivo literario en plumas como las de Castellani o Anzoátegui. Y si uno se atiene al efecto de seducción de cierto pugilismo polémico, puede atreverse a nombrar a Hernández Arregui, Abelardo Ramos o Milcíades Peña. No me estoy privando de Borges: sencillamente lo doy por sentado como “maestro de estilo” de un ensayo conjetural y arbitrario que comparte fronteras con una ficción donde las teorías se trabajan como personajes; o de Arlt, paradójicamente calificado no hace mucho, por Jaime Rest, como el fundador, con sus ensayos, de la visión mítica de Buenos Aires: los aparatos mercadísticos que ofrecen a la consideración del distinguido público el conflicto Borges/Arlt (sinécdoque literaria de la oposición fundante de la cultura argentina, civilización/barbarie) son apenas menos irrisorios que los que publicitan la ya congelada “ficcionalización de la crítica”, reciente invento de un viejo descubrimiento.

Pero, retomando: a los que se conciernan con el vértigo metonímico que procure la acumulación de nombres cumplimos en tranquilizarlos argumentando: 1. Que el listado podría ser mucho mayor, nunca menor ni menos impertinente. 2. Que vale un descargo tomado de la vulgata de los lugares públicos: la casa se reserva el derecho de admisión y/o permanencia. No pretendemos sugerir que todos esos nombres hagan el orgullo de nuestra biblioteca imaginaria. Sí que sus diferencias producen, precisamente, aquello que los une: una misma convicción de que la escritura es un campo de batalla, del que se puede huir pero al que no se puede entrar impunemente; un mismo vínculo con el estilo —con ese punzón de tallar letras— que evoca y convoca lo que no nos privaremos de llamar una pasión —término, contra lo que se dice, de resonancias estoicas, lo cual no obliga a ningún sufrimiento—: nada hay allí de pasivo, pese a la ilusión etimológica, salvo que se acepte la aporía de una pasividad activa : un apasionado “ir hacia” un reposo (que sólo podría ser el del guerrero) de y en la palabra.

Por esa vía se reencuentra la actual decadencia, ahora en la acepción (ligada a la chochera de sustituir la tragedia por patetismo) que propone P. Chaunu: la de la extrema pobreza de nuestros discursos sobre la muerte. Al revés —por una vez ayuda el quiasmo—: lo que se ve enriquecerse es la muerte del discurso. Mejor —o peor—: un languidecimiento del discurso en las tibiezas del "universitarismo” y el mercado cultural, que promueve la figura del ensayista aséptico y profesional, que no escribe: se limita a describir, o a declamar un recocido ecléctico de discursillos ajenos. Figura inexistente en la tradición argentina, en la que el ensayista fue frecuentemente además, poeta o novelista, y siempre “hombre político" (no miembro de un partido, no recetador de idiologemas: politico, es decir, interpelador de la polis, cualquiera fuese su "tema").

Languidez del discurso: donde la protagonía del escritor va de la mano con la agonía de la escritura. Donde la Feria de Vanidades concita cada año una mayor puntualidad de los que se afirman como autores firmando para sus lectores. O firmando solicitadas para poder depositar el nombre y luego hacer circular el cuerpo por otras solicitudes. Pero eso no importa: la vanitas ha producido excelente literatura. Lo que no ha logrado es sostenerse a sí misma como sustituto de la escritura. Ni mucho menos sustituir a la convicción, a la pasión, como instrumento y objeto del ensayo, del ensayista. Como práctica polémica de afirmación de un saber provisional, hipotético, pero siempre desafiante de los discursos —hegemónicos o no— que lo rodean.

Oigo Voces: “¿convicción?": ¿“pasión”? Pero ¡esta gente es anacrónica! Desde ya, si es que uno es tan omnipotente como para pretender hacer jugar al Tiempo (por no decir la Historia) a su favor. Sólo que anacronismo —o sea; una diferencia temporal que necesariamente juega sus efectos en el presente, como sabía San Agustín (otro anacronismo)— no equivale forzosamente a vetustez: se diría más bien lo contrario.Las Voces, se sabe, están siempre del lado de lo nuevo, ¡qué decimos!, de lo novedoso; hay que distinguir, en efecto: lo nuevo modifica un modo de pensar el mundo, lo novedoso impone una moda de mundanizar el pensamiento. La identificacion entre lo anacrónico y lo vetusto elimina, pues, una diferencia, para producir una homogeneidad: lo novedoso excluye todo el resto como desperdicio, como “pérdida” (de tiempo). Lo cual, por un efecto de venganza del discurso, instaura, entre otras vetusteces, las querellas de antiguos, y modernos en las filosofías y las letras porteñas.

En fin, que se produzcan estos cambios no tiene, justamente, nada de nuevo: es sabido que puede haber cambio sin renovación, y viceversa. Basta asegurarse su legitimación con un adjetivo elevado a la categoría de valor: ¿es moda ser droite? Antepongamos una nouvelle, y ya no seremos tan despreciables ante nosotros mismos; nuevos demócratas (por tomar en préstamo un término acuñado por los colegas de Pie de Página) o “postmarxistas”, suena a ganancia, contra la pérdida que sugeriría ser, por ejemplo, “ex marxistas” o “marxistas arrepentidos”. No sabemos si este galimatías se ha producido por culpa del marxismo o del arrepentimiento. O de ambos. Sí sabemos esto: es un inequívoco cambio en el punto de vista. Lo cual no significa necesariamente que el anterior nos gustara más: no hace falta “haber sido” para situarse ante “el dolor de ya no ser” de los otros. Oigo Las Voces: pero si cambia la realidad, ¿no debería cambiar el discurso sobre ella? Concedido, de buen grado. Claro que no es lo mismo cambiar el discurso que el lugar desde el cual se habla (o desde el cual se mira, ya que la vista es el punto). Peor aún cuando se cambia de lugar sin someter a crítica aquél en el cual se estaba. ¿O no se estaba?

Pero no habría por qué extrañarse —es decir, por qué salirse del lugar—: ya sabemos que toda lectura implica el riesgo de una transformación; lo que no significa, como le reprochaba Sartre a Calvez, que para leer bien haya que transformarse. Sobre todo, cuando ocurre que la mentada “transformación” no resulta más (ni menos) que trasposición mecánica de unos debates —a dónde va la cultura argentina, y todo eso— envejecidos antes de nacer, incluso en su lugar de origen, y empeñados en trazar el ideograma de lo que no es sino un montón de ruinas: como cuando Lévi-Strauss ironizaba a propósito de esas sociedades primitivas, citadas una y otra vez como ejemplo, pero que sólo existen en los manuales etnográficos. Así es como la Ciudad Letrada —como diría el bueno de Ángel Rama— ritualiza una reverencia por lo escriturario (que no por lo escrito, lo que requeriría una lectura situada), camuflando detrás de las “novedades" históricas su voluntad de (poder) ser fija e intemporal como los signos. Si es posible con pasaje reservado —y regreso abierto, por las dudas— a las arcas socialdemócratas: ya se sabe que la Ciudad Letrada no se preocupa de fronteras y otras minucias inventadas por la malignidad de los estados. Ya dijo alguien —un filósofo de Tréveris, si no nos equivocamos— que en las épocas de decadencia toda la cultura se volvía irresistiblemente cómica.

Y así es también como reaparece, vean ustedes por dónde, un personaje ya conocido por los lectores de Sitio, y que seguramente seguirá siendo un habitué de nuestras páginas mientras siga siendo un habitante de nuestras pampas: nos referimos al compañero Hystericus, al que habíamos descripto como aquel que “ha votado por Palacios sin ser socialista, por Frondizi sin ser desarrollista, por Cámpora-Perón sin ser peronista, y lo hará (lo hizo) por Alfonsín, sin por eso renovarse ni cambiar para nada”. Y, lógicamente, cada vez se ha sentido traicionado, suponiendo que era el otro el que debía plegarse a su política. Y uno se siente tentado de extender: Hystericus ha “ensayado” primero con Sartre o con Althusser, después con Roland Barthes, Derrida o la Kristeva. Eso sí: casi siempre con el último francés, para que no haya dudas de que es “el primer trabajador” de la cultura argentina. Y como Hystericus no puede eludir la conversión, cada vez se ha sentido, no digamos traicionado: seducido (y a menudo abandonado) por discursos de los cuales sólo fue capaz de retener los tics y los mecanismos de seducción. Lo cual requirió un cambio de verdad para hacerse evidente: una de las desventajas (si bien no la mayor) de la censura es que a veces, como sucede con la ropa, sirvió para ocultar que no había nada digno de ser ocultado. Y una de las ventajas (y no la menor) del “destape”, es que terminó con las ilusiones de que hubiera muchos “tapados”. Pero quizá somos injustos con el esforzado odonellismo de Hystericus, y no sabemos apreciar su cruzada pedagógica: cualquiera sabe que, saliendo de una dictadura, el pueblo tenía un apetito insoportable de Cultura. Y los intelectuales/trabajadores de la cultura —que por algo merecemos ese nombre—, ¿hemos estado a la altura de las circunstancias? Parece que sí, a juzgar por la cantidad de obreros y “cabecitas” que desfilan cotidianamente por el sanmartín inquiriendo ávidamente por las fascinantes disputas del jacquesalainmillerismo, y otros alimentos espirituales que sus sindicatos no sabrían procurarles. Desde luego, cabe aclarar, por si acaso, que nada hay que oponer a la existencia de bienvenidos entre-actos culturales: pero además Hystericus cree (y si no lo cree, peor) que con ello está produciendo alguna Revolución Cultural —así, con mayúsculas— y lo discursea a los cuatro vientos.

Pero es obvio que Hystericus, hoy, sigue cambiando: ya no es el Extraño, sino el Prójimo; campea a sus anchas por las mesas redondas y los escenarios circulares, y en general por los “centros” —ya que Hystericus ha retornado de los márgenes— culturales, donde intentará demostrar que, si no siempre ha leído, al menos ha conocido a alguien que escribía... En fin, allí donde droite y gauche resignan sus diferencias en honor a nouvelle, allí donde la tibieza del recuerdo del que ha conocido a alguien sustituye al calor interrogador del que se desconoce a sí mismo, allí donde el progreliberalismo de Hystericus redes cubre el relativismo y la neutralidad valorativa (y a eso llama “pluralismo”), allí mismo es donde se certifica la decadencia (degeneración/ruina/corrupción/bastardía) del ensayo argentino.

No es que haya desaparecido, no: al contrario, está por todas partes, haciéndose cargo de nuestros arrepentimientos mientras las novelas se hacen cargo de, o se cargan a, nuestra historia. Pero estar por todas partes habla, precisamente, de la equivalencia de las parcialidades, por la cual Hystericus se exime de tomar partido. Retorno a un punto de inflexión del pensamiento “crítico" marcado por esta frase de Spinoza: “no se trata de reír ni de llorar, sino de comprender”. Patetismo, ahora, de la comprensión. Que es, nuevamente, coartada del relativismo y la neutralidad valorativa. Hystericus ha interpretado un cierto nihilismo seudonietzscheano traduciéndolo al “está todo bien” que aprendió excursionando a países vecinos. Ha retenido del estructuralismo el desprecio por la historia y la política. Del psicoanálisis, la fatalidad del inconsciente, que lo disculpa de la responsabilidad de elegir. De la cuestionadora relatividad científica, el reaccionario relativismo cientificista.

Casi no hace falta decir que, al revés de Hystericus, tratamos de no confundir los discursos con algunos de sus efectos: esto no dice nada contra Spinoza, Nietzsche, el estructuralismo, el psicoanálisis o la ciencia. Dice solamente que Hystericus no ha leído que la “comprensión” de Spinoza no ayudó a que fuera mejor comprendido, que el “nihilismo” de Nietzsche era una afirmación, que el estructuralismo fue, en su momento, un aguerrido combate contra el reduccionismo historicista, que el “fatalismo” freudiano fue una recusación del narcisismo antropocéntrico para introducir el deseo en la historia, que la relatividad científica fue una batalla contra el oscurantismo. No ha leído, en definitiva que la decadencia del ensayo argentino, por sólo nombrar, ya lo dijimos, un síntoma, es la de un abandono del combate por la Verdad. Porque —ya que para Hystericus la filosofía también tiene precio, hagámosla barata— si la Verdad existe, no puede ser más que una: tal vez distinta para cada cual, pero no muchas para cada uno. Y si la Verdad no existe, eso no es una excusa para cultivar la Mentira. Cada uno de esos discursos que Hystericus ha desleído, se ha afirmado en esa convicción, muchas veces desesperando, nunca encogiéndose de hombros.

Pero la especialidad de Hystericus es, desde siempre, oír campanadas sin saber dónde resuenan, ocupado como está en ubicarse en todas las capillas al mismo tiempo. Eso sí: con un librito de oraciones abierto para cada objeto, y un discurso máximo para cada librito. Porque ya no se trata de demostrar nada, sino de mantener la máquina engrasada, y poco importan ya rigores, metodologías y justificaciones epistemológicas: es cuestión de reproducir con certeza apenas in partibus infidelibuslas banalidades de dominio público y enarcar las cejas, claro, ante el ingenuo (o el impertinente) que osare preguntar: ¿Y por qué? Y el enarcamiento de cejas va a cuenta de esa indudable superioridad que le otorga la asignación (ya no pública, sino de camarilla) de un "supuesto saber” por el cual se deduce que él nunca está exactamente donde dice estar: es que Hystericus es como una de esas maestritas de “Educación y crisis del hombre” de Sarmiento sólo que tal vez ha leído de ojito su Roberto Arlt (al que sin duda llamará Dostoievsky porteño) y sin dejar de ser maestrita quisiera ser un poquito demoníaca: no perversa, porque su profesión filantrópica no se lo permite, pero un poquito, como quien dice, “abierta al abismo". A lo que se une la necesaria ilusión de tener que presentarse como margen, para situar su propia academia frente a la oficial.

Así, entre el relativismo aséptico y un tímido malditismo esteticista, Hystericus (antes liberal a pesar de su progresismo, o progresista a pesar de su liberalismo, ahora progre y liberal) ha conquistado el nirvana de la indiferencia. La decadencia del ensayo es la corrupción de un imaginario de la Verdad, que no ha dejado de producir efectos verdaderos en la cultura, mas allá de los contenidos de “verdad” que sostuvieran sus afirmaciones. El abandono de ese lugar virtual —siempre a construir— es, en la Argentina, una gesticulación mimética con las novedades europeas (el problema no es la europa, sino la gesticulación) desprovista de lo que, quizá generosamente, uno podría sospechar en aquéllas: cierta voluntad autocrítica. “Autocrítica” no en el sentido vulgarmente ideológico, sino en el sentido (hegeliano, por qué no) de una Aufhebung que no se permite la crítica de su tradición sin antes haberla interrogado. La tradición ensayística argentina, lejos de haber sido interrogada, apenas ha sido desechada, transformada en material ruinoso: no para el ejercicio placentero del bricoleur, sino para la mediocridad tediosa de la peor de las historias: la literaria. Apoltronado en su(s) lugar(es) bajo el sol, Hystericus no tiene de qué preocuparse: lleva todas las de ganar, porque nunca ha tenido nada que perder.

Resumen editorial

Este editorial diagnostica la "decadencia del ensayo argentino" como un síntoma de un problema cultural más profundo en la nueva democracia. Dicha decadencia se define como el paso de una tradición ensayística combativa, apasionada y políticamente comprometida (en un sentido amplio), a un nuevo modo de escritura profesional, académica y aséptica. El texto construye la figura del "Hystericus" —una caricatura polémica del proyecto intelectual de la revista Punto de Vista— como el agente de esta decadencia. Se le acusa de una volatilidad política sin autocrítica, de seguir modas teóricas europeas de manera superficial, y de una "deslectura" que neutraliza el potencial crítico de esas mismas teorías para justificar una postura de indiferencia y relativismo. El núcleo de la crítica, y la tesis central del texto, es que esta nueva práctica intelectual representa un "abandono del combate por la Verdad". No se trata de poseer una Verdad absoluta, sino de abandonar la convicción y la pasión por la búsqueda misma, un compromiso ético que Sitio reivindica para sí y considera esencial para la vitalidad del ensayo y la cultura.

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