¡Alto! ¡Alto Vicuñita! ¿Cómo te va yendo? Sorongo, el tucumano metalúrgico y mecanicote se me abalanzó tambaleante, en medio de la música chillona con un vaso 'e tinto en la mano, pa darme un abrazo de hermano y compadre. Yo me dejaba abrazar, pero cuidando mi flamante camisa grafa de los barquinazos del vaso 'e vino negro del tucumano. Yo acababa de entrar con la barra en ese bailongo al raso de la costa del Sarandí. ¡Eh!, ¡Eh! ¡Eh! ¡No te me vayas tan fuerte! ¡Vení, vení, chango 'e mierda, vení o te vua 'cer cagar! Pero yo ya seguía de largo, con mis amigotes, hacia el otro lao de la pista, buscando una mesa entre los saucitos. ¡Puta! A este Sorongo me lo conocía desde hacía años, cuando yo andaba por la isla Maciel en aquellos tiempos héroicos. Había nacido en un rancho en la costa del río Loro, en Tucumán. Muy vivaracho, aquí pronto se hizo metalúrgico. Y en seguida ¡mecánico! Había que verlo con su mameluco blanco impecable en la fonda roñosa del Dock Sur donde sabíamos encontrarnos. ¡El Sorongo era un tigre pa meterse en todo tipo de motores! Cuando yo lo conocí ya andaba por los motores marinos. ¡Ya picaba alto este tucumano morochazo y grandote, más fuerte que cebil! Después me enteré que cuanto más se iba pa arriba más se la agarraba con su mujer. Comenzó con el chirlo, siguió con la cachetada, después la mano cerrada, hasta que un día la tiró por una escalera pringosa y larga que llevaba a un sótano. Ahora, la loca vivía con su madre fiambrera en Constitución, Sorongo iba a buscar allí a Filemón, su hijo —ya tendría unos once años— para verlo, pa ventearlo por 'ai cerca nomás. Y cuando se topaba con la loca hasta él metía un guantazo bravo, de los de antes, “pa que te acordés, pa que aprendás".
A todo esto, yo y la barra del bailongo ya se habíamos instalado en un ángulo de la pista, formando un ocho con dos mesitas de fierro redondas y anaranjadas. Eramos una barra medio veteada pero pareja. Estaban la Alcira y el Jeta 'e Bagre. Ya se habían “casado”, mejor dicho encachilado. Don Venancio, el marido de la chirusa, el patrón del remolcador pirata, seguía preso. ¡Que siga bien guardado!, pensaría el Jeta mientras se prendía fuerte de la divina chirucita de calzón fosforescente. También estaba Reynaldo, el santafesino, que esa noche andaba medio incómodo él, tan tranquilo siempre. Estaban también dos morochos nuevos, muy sosegados, que sonreían siempre y decían lo justo. ¿Serían santiagueños? Y una bizquita medio gaita, una retacona de piernas feas, culo grande y tetas abiertas hacia los costados, que se hacía la otra cuando la pellizcábamos sin asco por debajo de la mesa. Creo que en un momento tenía tres manos debajo de la pollera. Pero ella dejaba hacer. Eso sí, si la cosa venía por encima de la mesa, ¡ahí no! Porque se veía, ¿no? Entonces miraba p'al otro lado y rempujaba la mano suelta que la quería tetear. Carmelo, el que faltaba de la barra, se había soltao por un momento pa bailarse unos chamamés y algún valseado con una petisita dientuda y flaca de cabello teñido, prestada por dos o tres piezas nomás por una barra amiga, porque como siempre las minas escaseaban. Yo pellizcaba nomás —¿pa qué iba a bailar?— y le metía al vinacho y a la cerveza caliente. El aire estaba quieto, húmedo, sofocante. Una bruma rojiza descendía sobre la ribera. El parlante ensordecía, pero yo tranquilo, sirviéndome nomás. Por'ai oía gritos de mujeres, puteadas, amenazas, voces roncas y machazas, ruidos de botellazos y de vidrios rotos. También vi volar unas sillas y hasta tuve que cuerpear una mesa que andaba por el aire buscando dónde aterrizar. Pero yo tranquilo entre tintacho y pellizcón, mano izquierda y mano derecha, ¡el tinto del lao del corazón! Al rato supongo que yo estaría diciendo macanas, pero ya me había instalado, ya estaba sumergido en una densa, en una gran mancha multicolor, con voces distantes. De pronto se iluminaba algún detalle: un brazo, un bracito, una blusita bien rellenita, unos dientachos blancos de jeta sucia, dos o tres cabecitas en la sombra, una enorme boca pintarrajeada de mujer... Después la mancha dentro de la cual estaba, se fue oscureciendo más olitas y cabeceando: ¡poc! ¡poc! ¡poc!, la canoa ancha de al lado. Cuando la mancha se hizo negra del todo, mi cabeza se hundió plácidamente en un mar de tinieblas. Al rato largo, supongo, me desperté sobresaltado. ¡Un grito pelado, agudo, de mujer a la distancia! ¿Lo habría traído la brisa? Ya venía la fresca desde el río inmundo. Yo estaba molido, tirado en un yuyal, en medio de los pajonales y juncales de la costa. ¡Y a mi lado roncaba a pierna suelta la petisita bizca y macetuda! ¿Qué me decís? ¿Yo era el ganador? ¿Me la había ganado a lo macho o me había tocado el último? Nunca lo supe. Pero ahí estaba nomás la galleguita retacona, roncando a mi lado y desnuda debajo de la pollera. Yo estaba roto, me dolía el cuerpo y sentía calor en el brazo derecho: Me fijo: me habían arrancado la mitad de una manga de la grafa nueva. Y la media manga que quedaba, medio desgarrada, se me había pegado a un tajo fresco, debajo del hombro, hecho seguro con un cacho 'e vidrio o una faca desafilada. La tela de la manga que quedaba, ¡dura de sangre seca, bien pegadita a la herida! ¿Para qué despegarla? ¿Para que me duela más? Además, en ese momento, ¿qué mierda me importaba la sangre, la herida y todas esas cosas? Yo quéría seguir durmiendo, pero después de trincármela un rato, ahora con la cabeza fresquita, a la gallega morronga de tetas fofas. Estiré entonces mis manos tembleques hacia sus piernas macetudas, pero... ¡oh!, la petisa ya no estaba. ¿Dónde andaría? Después volví a oír gritos lejanos pero cuando quise acordarme ya me había dormido de vuelta. A la mañana siguiente me despertaron las voces frescas de unos chicos que andarían hondeando cerca. Abrí los ojos y desde el suelo vi pasar sonrientes a unos negritos simpaticones, de ojos grandes, que iban con sus cañitas caseras en dirección del río. ¡Mirá ese flaco mamao tirado en los yuyos!, dijo uno de los changos antes de pasar. Me hicieron reír. Estaba lindo. Eran como las siete y media, ocho de la mañana de ese domingo, un hermoso día. Me levanté a duras penas. Estaba aporreado, magullado, pero ya con la cabeza aireada me fui orientando por los yuyales, pajonales y los juncales sucios de petróleo, para ver qué carajo pasaba o qué me había pasado, pa buscar una salida, pa entender algo, ¡qué sé yo! Caminé un rato siguiendo la costa hasta que reconocí a unos cincuenta metros, más o menos, el tinglado anaranjado y verde del bailongo de anoche. ¿Ya estarán sirviendo café?, pensé un poco en joda, un poco en serio. Y medio distraído por un zorzal que cantaba la melodía más hermosa de la Tierra —¡altro que ruiseñor!— me metí como un idiota en un pantano disimulado por los yuyos altos en la ribera. Menos mal, pude zafarme sudando, y ya volvía a embelesarme con la melodía del zorzal, divino cantor alado, cuando me la tapó una voz machaza, bien ronca, que venía del bailongo de anoche, del tinglado verde y naranja y soleado de aura. ¡Pero mirá quién está!, me dije sin verlo todavía. Y a medida que me acercaba ya oía las palabrotas, el vozarrón de Sorongo, que también canturreaba a ratos para lanzar después sórdidas, zafadas amenazas. Ya a escaso metros pude verlo. ¡Allí está nuestro hombre! ¡Mirenmeló! Dueño de la desierta pista de baile y arremetiendo cuchillo en mano contra los árboles. ¡Pajarucho despintao, ya te vua a cortar las alas, maula! ¡Vení, si sos macho, balde dao vuelta! ¡Y arremetía como una fiera, aunque a los tumbos y hecho un harapo, contra los pobres saucitos! En una de esas se abalanzó con tal ímpetu que se desbarrancó hasta la orilla. Pero volvió, volvió gritando, hecho una furia, cubierto de barro hasta la manija. ¡Eh, tramposo, traidor, maleta! ¡Así no vale! ¡Aura vas a ver, marica! ¡A ver, a ver, de frente, de frente, a lo macho! —¡Vamos Sorongo!, le grité entonces. ¡Vamos Sorongo que estás machado! ¡Vamos a tomar un cafecito, vamos a pitar unos fasos! ¡Vamos Sorongo! —¿Cafecito, cafecito? ¿Qué?, dijo un poco confundido bajando el cuchillo y tambaleándose siempre. ¡Ah...!, tronó, ¡Vicuña! ¡Sos vos, tape 'e mierda! ¡Traidor! ¡Vení mierda que te vua 'cer cagar, vení maula! Y con el fierro filoso que destellaba al sol, se puso a machetear sin asco y al voleo las hojas y las ramitas de los pobres saucitos. ¿En qué mancha andará metido este pobre Sorongo?, me pregunté sin acercarme más. Y me lo imaginaba metido en una mancha verde translúcida, ¡en una enorme uva moscatel! ¡Allí andaría él, en medio de la pulpa de la uva, queriendo achurar frenético las oscuras semillas del centro que se le escapaban! ¡Y la erraba pero no cejaba! ¡Pobre tucumano!, dije alejándome de allí. ¿En qué macha, en qué mancha te has metido? Y me fui nomás sin saludarlo en dirección contraria al río. Pasaron otros chicos tempraneros con sus cañitas y me miraron sonrientes como si ya supieran todo. “Güen día, señor”, dijeron poniéndose serios. A los ochenta, cien metros, se me cruza un gringo en medio de los yuyales. Me mira foscamente y enseguida dice: “mruk, trock, unk, fonk”, como perdido. ¿Sería mudo, tartamudo, polaco o todo junto? Lo esquivé y seguí de largo. Más allá, en una lomita a un costado, me esperaban un gordo rubicundo, medio pelado y panzón, con una mujer de pañuelo en la cabeza. Me siguieron un rato siempre a un costado, detrás de los yuyos altos, como quien está cercando a un chancho. Yo seguía caminando por ese desierto verde desparejo donde no parecían aflojar las ánimas diurnas ni las nocturnas. Pero yo seguía encantado al mismo tiempo con los ruiditos de las tucuritas y los grillitos entre la maleza, el ¡plop! de algún sapo que retozaba en un charco entre los pajonales, algún pirincho que pasaba volando lentamente, ningún zorzal... Y ¡zas!, otro personaje. Otra alma en pena de carne y hueso girando sobre sí mismo como un trompo, con los brazos extendidos! Vestía un traje viejo y un sombrero igual. —¿La trajo? ¿La trajo?, me preguntó deteniéndose. ¿Qué?, dije yo. —¿La trajo? ¿La trajo?, insistió ansioso. Pero, ¿qué puedo traer yo? —¡Ah! ¡Entonces no es usted! ¡Pero usted es igualito! ¿No la trajo? —¡No señor! ¡Y no traigo nada! ¡Yo voy, ando de paso! Me hice a un lado y pasé. Y allí quedó el hombre, dando vueltas y vueltas sobre sí mismo como espantapájaros suelto. Yo ya llevaría una hora y pico caminando. Había dejado atrás unos cuantos ranchos. Oí ladrar un cuzquito.
¿Y aura? Ahora, después de un rato largo por esos andurriales me había metido al azar en un campito verde, en un prado entre tanto pajonal, basural y taperas de cartón y chapas. Después de una peleíta de rutina dominguera por un mate mal cebado y, desde otro vividero, como escupida en la oreja, una vieja guaracha desafinada por una antigua victrola.
Pero ahora, estaba, pisaba un largo campito con pasto transplantado, con pasto civilizado, con césped, ¡bah! Un campito verde parejito, un campito irlandés, green field, ¿qué tal? Y me encantaba el ruidito que hacían mis zapatos embarrados en ese césped disciplinado traído de afuera, bien gringo: ¡chips, chips, chips, chips, chips! Unos cuántos metros más... y de pronto se aparece una masa, un fantasma diurno de muchas cabecitas... ¡Una manifestación ingresaba rumorosa por un costado del prado irlandés! Una tracalada de hombres, mujeres, chicos, irrumpía triunfal en el campito por la derecha para luego enderezar por el medio, hacia el fondo, en dirección, supongo, este-oeste. ¡Y giraron disciplinadamente! Yo iba por allá y por un tiempo iba a incorporarme sin querer a esa extraña manifestación. Las hormiguitas humanas seguían dócilmente su senda por el verde campito hacia allá, a lo lejos, donde ondeaba una bandera roja y se divisaba una mesa sobre el pasto con tres hombrecitos, uno de ellos vociferando megáfono en mano.
Remate, rematador, martillo... De pronto, un ítalo-porteño confianzudo, desprendido de la caravana, me toma enérgicamente del brazo: y me dijo secamente: “¿Tenés fasos?” Me quedaba un solo puchito loco, un pobre pucho doblado en el paquete estrujado. ¿Tendrás otro paquete, lungo, no? Yo fumo rubios pero por esta vez pasame esa tagarnina. Y me arrancó el fasito de las manos. “Ya vas a ver pibe, dijo retozón, conmigo vas a llegar lejos, ¿eh?” Y enseguida me palmeó con fuerza pegándome bien la grafa sudada en el lomo.
Al final lo dejé hablando solo. ¡Pum, pum, pum! ¡Toc, toc, toc! Siempre me atrajeron los martillos. ¡Pensar que un año después de ese remate del tano confianzudo me enamoré de Laurita, una chinita hermosa y hasta del martillo de su tata, un astuto martillero de Lanús! Yo, un Juan sin Tierra, no tenía en ese momento la menor idea de su existencia; todavía no podía pensar en ella. Al salir del prado verde sólo tuve la visión premonitoria del tano desesperado, cercado por la inundación en su chalet californiano...
Y siempre manchas, manchas. Manchas planas y tridimensionales. Pelotas. Ya me alejaba de esa gran mancha verde prolija donde me había metido de paso, sin querer, mancha verde con toque rojo de remate. Ahora me iba a meter sin ganas en esa mancha enorme, sofocante, destellante, pegajosa y húmeda, la gran mancha metropolitana. ¡Puaf!
¡Y una pelota, la pelota del pasado, se metía en mi presente! ¡La pelota de romper los vidrios de mi frágil equilibrio presente! Laurita, la hija del rematador de Lanús, o la bizquita, mi casual compañera de anoche... Caminaba entonces pensativo, cuándo no, por yuyales con campanillas azules y tártagos ya muy de vía de ferrocarril. De pronto recordé un domingo gris del invierno pasado y las primeras caricias de Amalia, la empleadita de la inmobiliaria, en una oficinita de apuro, madera y vidrio, delante de un edificio en construcción en Caballito. Y yo, ahora metido en este amarillo rojizo y abrasador saliendo apenas de ese mar de verdura y piltrafas humanas muertas de calor, arrastrándome por espontáneos basurales, vidrios rotos, latas, palanganas cachadas en medio del tierral picoteado por gallinas sueltas. Y a lo lejos en el asfalto reverberante de la calle inmediata, el espejismo anunciando una invasión de culebras mezcladas con yararás tratando de ganar a nado las copas de los árboles durante la inundación. “En los tiempos de los apostóles, cuando vivían los barbáros, Se subían a los arbóles y se comían los pajáros”...
¡Puta esta Buenos Aires cafishia del quilombo nacional! ¡Puta, con qué derecho, con qué instrumento, decime patrona guacha, vieja puta franchuta con dientes de oro! ¿Hasta cuándo guacha? ¿Qué mierda te creés, marsellesa bigotuda? ¿Que porque me alcés tu montón de Kavanases, Saficos y Alotas me vas a joder? Gringa poltrona 'e mierda, ¿Por qué no te me mandás mudar toda afuera, a tu tierra, con tus porteñitos cursientos? ¡No me hagás gritar, gringa hija e' una gran puta! Y'ai no más me mandé una patada grande en el aire pa espantar esos espanta pájaros de cemento y caí de culo en el suelo. Una yegua suelta galopaba a todo tranco. La corría un cojudo relinchando más que un tren. Y en su atropellada el tungo hirsuto se me lleva por delante y la voltea a la vieja pared solitaria en medio 'el pajonal. ¿Dale que allá te está esperando! ¿Dale que la tenés! El cacho de potrero se alarga hasta la primera avenida. ¡Una gota grande como Güenos Aires! ¡Una gota grandota, elástica, ¿no te rompás!, pa ver si la ahogamos! Arena, tierral, mugre, roña pero, ¡qué buen plop de sapo, qué panzada en el agua! ¡Dale gota no aflojés! ¡Qué sonora, escombrera inundación parduzca con bigotachos verdes en los bordes! Y que siga el balanceo, la marejada, el mundo cabeza abajo, la curva a velocidad, el mareo y unos nudos huesudos sobre la jeta fofa, si es que no se escurre. ¡Jeta con jareta 'e upite 'e pollo mojao! ¡La vomitada guresa, espesa, luego traslúcida hasta hacerse transparente? ¡Y el agua viscosa que arrastra la mesita con hule verde del rematador, el martillero! ¡Y el martillo de platino del padre de Laurita! ¡Y el sol, pesado lagarto y la piel pegajosa del veranote porteño y napoledano! ¡Y mi media manga de camisa grafa bien pegadita con mi vieja sangre de anoche? ¡Y la bizquita de piernas gordas, también de anoche? ¡Los relumbrones grasientos del verano y las uvas tiernitas, medio ácidas! ¡Y una iguana, de las que aquí no hay, llegando a cococho sobre la pelota del pelotazo del pasado! ¡Ah! ¡Ah! ¡Crash! ¡Crash! ¿Los vidrios rotos, los rotos vidrios de mi tenue equilibrio de aura! ¡Y los vidrios color habano de la cabinita de la inmobiliaria de la Amalia en el edificio hormigonado en construcción en Caballito, el año siguiente! ¡Las hormigas frescas en la cresta de la inundación, arrastrando inefables sus dóciles hojitas verdes! El volcán del amor entrando en erupción en el frío y gris invierno que siguió, ese domingo inclemente en la cabinita de vidrio y palo de la inmobiliaria en el edificio por verse en Caballito, donde me encontraba con Amalia, la empleadita...
¡Amalia-Rosa, Rosa-Boya, creciendo y creciendo para mí ese invierno en el invernadero-oficinita de la inmobiliaria, un año antes de orientarme por la boyita de la hija del martillero de Lanús! ¡Rosa de invernadero! ¡Amalia tenía bellas espinas de dorado también! Y yo que te añoraba queriendo subirme rosa por tus espinas, tus fuertes espinas, ahora en el recuerdo, Queriendo subir por ellas como por escalera de obrerito telefónico. ¡Oh, enorme rosa con la cual viví sobre mis zancos infantiles. Rosa fresca y cálida a la vez, Amalia-Rosa-Boya. Fresca como la lluvia de verano colmando las canaletas del techo de mi casa en Paraná, inundando el patio a borbotones! ¡Rosa-Amalia, canaleta fresca y abundante, espinas de dorado, talle de escalera de telefónico! ¡Rosa de invernadero, más semáfora que boya tal vez!
Notas
Fragmento de la novela inédita del mismo título (1974/75)
