La vendedora mezcla sus dedos con la suavidad del zorro. La zorra. Acaricia las pieles y por entre las perchas aparecen las promesas. Una inglesa en la elegancia y el correaje por las botas de cuero desarma su vaca desdibujando la vulgaridad de su mueca, el actor con los visones en el cuello le asegura juventud. Cuesta marcos una prenda de paz y una promesa. La nutria se relame en el satén de la piel vieja. Otro hombrecito. Ajada, apoltronada.
Cuando el abrigo cubra el cuerpo del maniquí emanarán gotitas, una mujer está llena de gotitas, almibarada, sangrienta, brillante entre los dientes. Mi pan de leche con un copete de crema pastelera te mordisqueo golosamente los poros brioches entre mis dientes y te burbujearas como una mousse para no escapar nunca, pedacitos de vos escupiría sobre la alfombra para caminarte por las noches y el bastón punta a punta cuando te burlaras, hombrecito, con las manecitas como el reloj pasar una y otra vez por entre las bisagras y espolearte despacio, lentamente y tus gemidos de gata se ahoguen, un terrón de azúcar, granulosa gimoteando la piedad que no voy a tenerte.
Y el de cabra doble pelo, enrulado como vos ahora que el actor te acaricia la nuca y sé que me mirás debajo del maquillaje para que esté en el límite justo del ridículo.
Morgan es alto, flaco, huesudo. Nunca un lobo de mar, nada de rosas rojas, nada de Grecia, aunque sobrios tiempos de pancartas. Morgan es medido, exactamente con su misma vara, discreto, casi jesuítico, misógino; pero claro, ideológicamente impertinente, el hombre, come mal. Su dentadura denuncia la precariedad de sus amores. Morgan adora las pieles, adora los relojes, y detiene su peso torvamente, casi latino, entre el rumoreo de algunas poco pero buenas, breves y escolásticas mujeres.
Helena es casi rubia, casi hermosa, casi champagne, pendular y coqueta, tiene los ojos como la miel muy clara, y es cruel, Helena, es casi joven, pero cruel. Casi lúcida, pero mala, completamente mala. Helena es cruel.
Las alas de la polaca. Su blancura. Los pechos lechosos de la polaca. La insistencia casi todo el tiempo fatigosamente como los perros dispuesta, desganada entre los clac de la puerta cada vez que sale para el rincón húmedo en el que juega con los engranajes de los relojes, su alquimia privada. Con ese filtro en los ojos de Goethe será un David en la risa de cada mujer. Su quimera tiene las marcas de la humedad frotándose los burbujones contra las rodillas desplanchadas de los pantalones en el polvillo de la pared, como cráteres.
Un chancro, siempre quiso ver el chancro en la entrepierna de la polaca, para recuperar su tiempo, para recobrarlo, restaurarlo, transformar a la polaca en una vieja criada a la que todos hubieran amado, sus breves gestos atesorando fotográficamente las palabras de Madame Verdurin, y en el pocillo manchado de café deslumbrar en filigrana los salones de los Guermantes, y los amores de las criadas edificados sobre la gracia de sus señoras, el mundano gesto de la cultura que sólo besa como la mantis a unos pocos cuántos escritores.
Desde la marquesina, la boa mima los pétalos del pie. Carmen humilla a Glenn Ford en sus amores para la escena que deja adivinar el abrigo cayendo sobre el maniquí, putas, todas putas, primero niñas, las vírgenes, polaca, las vestales, en la pila ardiente como mariposas pincharlas despacito para que no envejezcan polaca, para que no las alcance el chancro pobrecitas. Como cuando llegaste polaquita, tu blanquez me asqueaba y tu mirada de perro abandonado, blanca, con la resina de tus pecas en la espalda dejándose dibujar en la blancura pero mis manos no tiemblan. El reloj está listo y los actores, su cara maquillada, sus manos aspas a los costados bronce de la cara.
Juguemos el juego polaca, la ceremonia de las criadas que no vas a igualar, la noche conoce todas las rejas, cuadraditos pequeños, rombos negros, muros de penumbras exhibiendo las pieles detrás de sus custodios, un peletero viejo y un vidrio que se astilla solamente un vidrio, solamente las pieles que te vistan para el actor mientras me digas debiera retirarse, mis manos aún no tiemblan y el maniquí está solo con la polaca, para que la fiesta se prepare todos los péndulos se ajusten y a la señal la red cayendo sobre los hombros un poco de piedad que no voy a tenerte, no te preocupes alemana, el actor siempre va a quererte como un gran pez y el chef que seas mi langosta.
Cuando la fiesta termina, los invitados demoran la partida, la alemana, dijeron, va a quedarse, que la esperen un rato, una taza de chocolate y un anillo de oro con una piedra negra, para mirarte con el ojo que no puede engañarse, y la cinta de terciopelo sujeta al Camafeo alrededor de tu cuello y las manos firmes junto al reloj donde las doncellas se miran mientras la polaca retira los brazos maniquí de entre las pieles y el borde de seda de tus pies imagina la gracia de las doncellas del reloj para que la piel las cubra a las tres y todos los pliegues de la seda dejen de reírse en tu cara y en la muñeca mientras la polaca se lleva los piecitos, las uñas redondeadas de lacre, un trato es un trato, los zapatos de raso también puede llevarse.
La polaca tiene una de esas mentes simples que suponen que cada uno puede vivir tan sólo su propia vida, y una sola vez, la polaca desnuda los relojes.
Las damas en la corte. Tan rubia como está bien serlo a una alemana, toma una de sus rodillas entre las manos, la seda dorada de la media hace fru fru entre los dedos, la rodilla sedosa en los ojos de Morgan, la risa cocotte de la alemana, el discurso le dice, en su cara plegada la baba. Las manos del relojero preparan la muñeca. Parte por parte. El monje alado mueve todo el largo de sus dedos alrededor de la peluca dorada. Un frankestein.
Un músculo, es solamente un músculo entre las pieles y las sedas su culito caminando como una mousse de chocolate ni un bocado para hundirle el cuchillo calentito. Después de la guerra la bufanda a cuadros o el pañuelo de seda cubren las marcas de la herida. En la semipenumbra de los gobelinos la bandeja de plata prepara una nueva cirugía.
La cabeza también llena de músculos pequeños, rubicunda rubiona no tan blanca en la espuma la vedette asesinada busca la crónica policial. Una enfermera, un casquete nevado y la mano pequeña acariciando el borde del plato porcelana, un sorbo en la tasa de té, la marca de la boca pintada en la servilleta de hilo, una acuarela con las iniciales de su nombre y el resto de los hombres que la aman,
Usted Morgan debiera retirarse, de la relojería, y el cuerpo se acomoda lentamente en la pana amarillenta del sillón mientras la punta del pie hace círculos pequeños sobre la alfombra vieja, en las rosas metálicas su mirada y la dentadura manchada de nicotina del músico que acaba de llegar. El actor se retira de la escena.
Voy a convertirte en una reina polaca, te gustaría dejar de suspirar. Se burla de mí, otra vez se burla de mí. El señor. Y concretar tu sueño. El juego que jugamos cuando prepara mis vestidos. Y pieles nuevas, esta vez vamos a jugar el juego con algunas variaciones. Me comprendes. Para siempre. Por ser una muñeca. Y del miedo. Que no voy a jugar el juego. Para ir a dónde. Reluciente macaco. Consumida. Desagradecida. Sabiendo. Y no creerte. Polaca fea.
Las pieles saben las campanadas tranquilas de las torres. Por la callecita de los empeños dos meninas rosadas reverencian el péndulo de oro. Luis XV marca el tiempo de sus amantes en el círculo dorado de su vientre bultoso. La casa de antigüedades guarda los restos del canapé, jarras de peltre, abanicos de plumas y en el centro rococó pequeñas amapolas de menguados colores, el marco dorado de un espejo guarda un segundo reloj, redondas las patitas batracias si pudiera tomarlo. Las doncellas del reloj se sonríen, se complacen en sus caras gemelas sus vestidos en los pliegues blancos que dejan asomar la punta de los piecitos, dos doncellas descalzas giocondas sobre los números romanos, son felices sus risas de muñecas, sólo se miran. De noche están solitas. El anticuario no sabe de las pieles. Abrigarlas para que no se cuarteen sus caritas y un camafeo pendiente de la cinta negra de terciopelo que anuda sus cuellos para siempre.
Vamos polaca, las monedas. La película polaca y la piernita, la marca polaca, polaquita.
Tengo: una mujer frívola. Una polaca servidora. La promesa incumplida pero nunca pronunciada de la alemana, una risa en la boca y los ojos antifaz. Que se rían los ojos de la alemana, que no envejezca su piel de las caricias.
El maniquí de paño amarillo sin cabeza sin brazos sin piecitos donde se probaban los trajes de mi madre. Una vieja película. Una peluca suave, un reloj antiguo en un anticuario con dos vírgenes sonriéndose. Una polaca prisionera. Un pacto que la protege de los húmedos corredores del asilo. Un ojo que no engañan piedras falsas. Mis manos que aún no tiemblan, una botella de ginebra y un anillo de oro con una piedra negra, una gioconda pequeña, una leyenda egipcia y una ofensa torciéndome la cara.
Un maniquí como una reina descabezada, un torso redondeado y las hombreras, después el traje sastre y el sombrero ladeado en la plumita, y la risa de la alemana con esos saltimbanquis, entre bambalinas putos todos putos tocándose el culito entre escena y escena.
Su reloj de pulsera su muñeca, los postizos sostenidos por peinetas de carey en bananitas y el abrigo de pieles.
Como lentejuelas escamarte, ir, enhebrarte.
Los párpados grises del escritor en el cuero de la campera. El ama de llaves debiera llamarse Perkins en el suave pelo del labio superior que me ofende sólo trapos, ni una puntilla Bovary en el borde de los zapatos negros si al menos el fino tacón de una botita realzara sus tobillos.
Desangrarte el poco jugo vieja avara. Tengo otros planes para, tí que digo para vos.
La mano dibuja lentamente a trasluz los planos de la muñeca, una robot alemana, todo lo rubia que hoy se puede ser.
Iridiscente el filamento toma el cuerpo y el aro del borde de la virgen se anima y ningún niño hasta que la hoja de papel prende su mano que la estruja y la estruja y la risa de la marquesa se tuerce pliega pergamino hasta ser carbonilla entre las uñas y el bollo se arranca del rodillo cayendo junto a todos los papeles las frases inconclusas del mono y las manecillas se clavan en los ojos pipipí la remington sigue sonando la vejez de sus teclas, los papelitos debajo del rancio parafinado, irreconocible un reloj de papel sus mismas viejas letras y el sonido del teclado agonizante para que el estetoscopio estrelle su impotencia contra el vidrio y salpique en el piso sus gomitas tacatán tacatán yegua maldita.
El juego y el pelo amarillo de la polaca, ese desmedido blanco de sus tetas y el juego de la egipcia en la diadema. Tengo que construir la maquinaria, y en el final los ojos, como dos rubíes. Una maquinaria suiza. Un laboratorio de sedas. Repasemos: tengo un maniquí de lienzo amarillento de un metro setenta aproximadamente, un busto un poco más, dos redondeces y una suave cadera sin piernas subido a un taburete sin asiento su pata trípode garfio bien parado. Un reloj francés con damiselas de porcelana, un cuadrante dorado en el reloj que nunca se detiene. Ningún niño roto, ni un pedazo de niño ni una puber. Una alemana austríaca como una reina preocupada por unos actorcitos, una polaca asquerosa de blanqueza y una ofensa.
Todas las formas de la piel, desesperante lagarto. Erase un cocodrilo a cuadritos. Pero tal vez conviniera una tortuga, unos cuadrados grandes y marinos yendo despacio, inexorablemente. Pero despacio, seguro, lentamente, como prisiones los cuadrantes. Y la máquina un dispositivo, una trampa, lo más dorada posible, algo barroco pero austero, exactitud, presición.
Vestir al maniquí con las ropas de la cantante desaparecida en el folletín, en el bodeville, o en el arroyo, un asunto turbio, una modistilla no, las mujeres no son comunes, una cantante, tetona felliniana o aristócrata bermagniana, casi otra alemana. Y la polaca, qué hacer con la polaca. Una servidora espiona a lo hichcock que se vuelve estrábica por momentos y se extravía al final con una vocecita. La polaca no tiene nombre porque las polacas no, tienen nombre, son polacas. Y pecosas. Por todos lados. Nada de prostíbulos. Una historia limpia, sensata, nada de andar de un castillo al otro, dudosamente. Precisión.
Era una soleada mañana de otoño. No debo mentirles: era la primera mañana de sol de un invierno muy frío en el que la lluvia no cesaba de entristecerme. Una fiesta de luz entre los pájaros que piaban buscando en los jardines sus granos de alimento. Los pichones intentaban sus primeros vuelos. Un gato agazapado detrás de una mata de malvones vigilaba estrechamente sus breves aletazos mientras el almuerzo se demoraba y los invitados iban llegando, algunos, canturreaban esos estribillos. La alemana iba guardando en la cocina los cubiertos que completaban su ajuar. Si los platos no hubieran sido azules mi desazón se hubiera amortiguado.
Cuando el actorcito llegó pudimos sentarnos alrededor de la mesa en los lugares que ya nos habían sido asignados. Si no se hubiera sentado junto a ella. Entre brindis el almuerzo transcurrió para ellos alegremente. El vino blanco para el salmón ahumado, y el licor de los postres me fueron aletargando. Después el juego para la sobremesa. Una poetiza alborotada leía unas estrofas. Las mujeres, todas, se reían.
Yo iba siguiendo la hilera blanca de sus dientes, los huesos comenzaron a dolerme. Libarla.
Los tubos de cristal formaban circuitos de colores como aros de humo en el espacio. En la probeta mayor esencias de colores empezaron a seguir el diseño multifacético inundando de un vaho rosado la esfera que guardaba el escorpión.
Fue entonces que supe que debía montar la maquinaria.
Una gran caja, un cuarto propio, para que el escorpión pudiera caminar.
Recapitulando: Un reloj de pared que no se detiene, una máquina de escribir que odia a los niños, y a las alemanas, claro, y a las estudiantes de letras que me persiguen, que me asedian, que me queman la garganta como el aguardiente cuando el teléfono no deja de sonar.
La muñeca de la alemana condenándome con su reloj. La alemana como una muñeca con su boquita toda junta que se insinúa junto a los ojos y el tiempo que la marca. Para después peinarla y en el ocre dorado de su pelo anudar la cinta musgosa del camafeo. La seda de sus medias vistiendo el maniquí y las burbujas del tubo de ensayo en el que el químico destila su elixir.
El ponche en la ponchera. En el enorme porrón bebo agua muy clara, pero es sólo el sueño de una lavandera promiscua que conocí en el borde de la noche mientras la polaca, malhumorada, preparaba las pieles.
En el clave bien temperado la manecilla grande comienza a girar, el reloj con las doncellas de porcelana espera, las doncellas esperan, sonríen, la manecilla gira mi corazón acompasadamente.
La piel de la alemana no debe marchitarse si meto el cucharón en la ponchera y su boca frambuesa se derrama de risa mientras el actorcito está de gira y un viento fuerte de primavera afuera apaga sus sollozos entrecortados y la polaca por fin sí va a ayudarme por otra muñeca de porcelana en el negro aterciopelado del camafeo y las pieles del maniquí cubren los hombros tan suaves de la alemana cuando la probeta estalla sus burbujas rumbo a su corazón para que las manecillas brillantes como sus ojos se detengan allí.
