Si Alemania hubiese ganado la guerra este relato comenzaría con la oración “wenn Deutschland dem Krieg gewinnen hatte...” y sería aún más contradictorio, pues si esa nación hubiera vencido, la estructura de la frase condicional llevaría a decir, en alemán que si Alemania hubiese perdido la guerra las siguientes palabras afirmarían en español que si Alemania hubiera ganado el relato sería más contradictorio. Pero si algo sucedió en la historia de la humanidad durante los treinta y ocho años que transcurrieron desde la Derrota, —o desde la Victoria, según las perspectivas—, eso escapa a la percepción de la protagonista de este relato. Ella se disponía a leer, había prendido un cigarrillo, dio una primera pitada larga, arrancó la brasa con el filo del borde del cenicero de cristal de su mesa de noche y el cigarrillo se apagó. Cierta vez había dejado de fumar. Evitando comprar cigarrillos y rechazando los frecuentes convites de sus compañeros de oficina estuvo un tiempo sin fumar. Al mes ya no sintió más ganas de fumar; en cambio se sentía mejor, ya no tosía y una noche, sin saber que había dejado de fumar, alguien la sorprendió diciendo que le notaba la piel más fresca y los ojos más brillantes, o más descansados. Después su amiga perdió un bebé, los ladrones vaciaron la caja fuerte de la contaduría de su patrón y en el living volvieron a aparecer las manchas de humedad del año anterior. Ella interpretó esa conjunción de hechos dispersos como una señal de mala suerte y, —parecerá una estupidez— atribuyó la mala suerte a la ausencia de su marca de cigarrillos. Por eso volvió a comprar un paquete y estuvo llevándolo en la cartera durante dos semanas, hasta que en un almuerzo arrancó la tirilla de celofán, abrió el papel metálico y sacó un cigarrillo y se lo hizo prender por el mozo que acababa de servirles el postre. Desde entonces han pasado tres años, —treinta y ocho meses—, y ella sigue comprando y fumando la misma marca. Si ella hubiese dejado definitivamente de fumar ya no sería la protagonista de este relato: sería la protagonista de otro relato, no pensaría que fumar es algo necesario o natural, ni estaría en su cama tratando de leer y sosteniendo un cigarrillo apagado entre los dedos de su mano izquierda. Pero ella ha vuelto al hábito de fumar mecánicamente, inconcientemente, tal como vuelve las páginas de la revista buscando el relato que le han recomendado. Encuentra el título: dos palabras, dos manchas negras sobre el papel. Mira las letras y empieza a leer el primer párrafo hasta encontrar una serie de palabras que por la multiplicidad de consonantes y por la proximidad de una frase referida a Alemania le parecen escritas en alemán. Siente deseos de fumar, piensa que el alemán es un pueblo metódico y calculando que en su lugar una mujer alemana no habría vuelto a fumar, estira el brazo, toca su encendedor, lo prende y acerca la llamita a la punta apagada del cigarrillo. Basta una breve succión para que la zona negra de ceniza se vuelva una trama de puntos colorados chisporroteantes que avanzan unos milímetros quemando, como comiéndose el papel. El sabor del humo le recuerda las imágenes de una publicidad que repetía la frase "por el placer de fumar”. Puede reproducir en la memoria nítidamente la cara de la protagonista de una de las películas de esa propaganda, pero no puede recordar el nombre de la marca, una palabra inglesa, letras azules, fondo blanco. Tampoco puede recordar el nombre del relato ni el primer párrafo que ya ha leído, y vuelve a leer: “Si Alemania hubiese ganado la guerra...” y piensa en el placer de la lectura. Habría que preguntarse si existe el placer de la lectura: leer no es fumar. Quien fuma siente urgencia por pitar y se satisface desde la primera bocanada de humo. La frase del relato no satisface, no hay placer y el encuentro con esas palabras en alemán parece interrumpir algo. ¿Qué es? Habría que saberlo. Lee más adelante la frase referida a la protagonista de ese relato y vuelve al primer párrafo, buscando algún indicio sobre esa mujer; no lo encuentra: le habían advertido cuando le prestaron la revista: “es un cuento muy raro, se parece a Cortázar, pero no lleva a ninguna parte...” Después, la misma persona le recomendó: “¡Leelo... Es muy bueno!” Ahora obedece y vuelve a leer la frase en alemán y en el renglón donde comienza la palabra treinta se detiene y piensa que el párrafo puede pertenecer más a un artículo sobre política, o economía, que a un relato literario. Mira la página buscando guiones que indiquen la presencia de diálogos. A veces con la lectura de los diálogos se pueden obviar párrafos de aburridas reflexiones para concentrarse en el seguimiento de la acción verdadera, que es lo que los personajes van diciendo a lo largo de las páginas. Pero no encuentra guiones: sólo un espacio en blanco que anuncia el final. Decide leer. Mirando el último párrafo se puede averiguar el desenlace y a partir de él decidir si vale la pena volver atrás y seguir la trama prestando más atención a lo que verdaderamente importa en la historia. Elige una línea cerca del final y lee en ella al azar la palabra música. Mientras, una música parece venir desde la calle. Sonidos de una banda militar, ruidos de pasos, o de tambores que simulan el ritmo de una marcha. ¿Soldados por aquí? ¿O algún vecino subió el volumen de su televisor? Es medianoche: a veces, las familias, a medianoche, aumentan el volumen de sus televisores para seguir despiertas mirando esas películas que empiezan demasiado tarde. Ella teme que vuelva a suceder y que cuando dejen de oírse los últimos ruidos de la calle algún televisor a todo volumen no la deje dormir. Por eso da la última pitada al cigarrillo, lo apaga, apaga la luz y cuando se estira en la cama procurando dormir antes de que los ruidos de los televisores se vuelvan insoportables, ella piensa que si la historia acaba así no vale la pena. ¿Para qué? Piensa así: “¿para qué?”, y deja la revista sobre la cama, da la última pitada a su cigarrillo, lo aplasta contra el cenicero de cristal y oprime el botón del velador. La oscuridad es como una espesa sustancia negra salida de la lámpara que invade el dormitorio y flota en el aire mientras ella se estira en la cama y hunde la cabeza bajo su almohada buscando desaparecer, porque para dormirse siempre necesitó evocar la sensación de estar hundiéndose y desaparecer.
