Epístola al amantísimo lector
Como la presente obra sea para no mas de algún pasatiempo y recreo humano (discreto lector) no te dés a entender que lo que en el presente libro se contiene, sea todo verdad, que lo mas es fingido y compuesto de nuestro poco saber y bajo entendimiento; y por mas aviso, el nombre del te manifiesta clara y distintamente lo que puede ser; porque Patrañuelo se deriva de patraña, y patraña no es otra cosa sino una fingida traza tan lindamente amplificada y compuesta, que paresce que trae alguna apariencia de verdad. Y así semejantes marañas las intitula mi lengua natural valenciana Rondalles, y la toscana Novelas, que quiere decir: tú, trabajador, pues no velas, yo te desvelaré con algunos graciosos y asesados cuentos, con tal que los sepas contar, como aquí van relatados, para que no pierdan aquel asiento y lustre y gracia con que fueron compuestos. Vale.
El patrañuelo
Patraña quinta
Un niño en la mar hallado Un abad le doctrinó, Y Gregorio le llamó, Y después fué rey llamado.
Gabano, rey de Palidonia, viniendo al paso de la muerte, llamó un hijo suyo llamado Fabio y una hija dicha Fabela, ya después de habelles dado con muchos sollozos y lágrimas su bendición, enderezando la plática á Fabio, le dijo: “Mira, hijo, que te dejo el reino con tal condición, que no te puedas casar sin que primero cases á tu hermana Fabela, y mires por ella como por tu propia persona“. Muerto el padre y hechas aquellas honras que á un rey pertenescian, tanto miraba Fabio por su hermana, que cuando comia la hacia comer y servir en su misma mesa, y aderezóle una cama que no pudiese entrar en ella si no fuese por su real aposento. Fué tanta la conversacion de Fabio con su hermana Fabela, que se enamoró della, y á mal de su grado cumplió su carnal apetito y la hizo preñada. Pues como ella tal se sintiese, de contino lloraba por haber cometido tan ignorme pecado. Habiendo sentimiento Fabio del afligimiento y tristeza de su hermana y de su yerro tan grande, tomando parecer de hombres sabios, determinó de irse á Roma para alcanzar del papa cumplido perdon, y ansí llamó muy en secreto un senescal suyo, de quien mucho se fiaba, y con juramento que á ninguno descubriese lo que le queria decir, le manifestó el pecado cometido, y cómo su hermana estaba preñada, y que por cuanto determinaba de irse á Roma á ponerse á los piés del papa, se la dejaba encomendada y señora y reina absoluta de todo su reino, si otro fuese de su vida. Contento el senescal, el rey se despidió de su hermana, se partió solo sin ningun criado, con su esclavina, lo mas secreto que pudo, como pobre peregrino. El senescal, porque mejor y cautamente la reina Fabela fuese servida, hizo que su mujer en persona la sirviese y consolase del afligido pensamiento. De allí a pocos días vino nueva que el rey Fabio, habiéndose embarcado en una nave camino de Roma, fué su desdicha que pereció en una terrible tormenta sin quedar persona á vida; de la cual nueva la reina Fabela recibió en su corazón grandísima tristeza, y por no tener presente la muerte del padre ni el pecado cometido, determinó echar de su presencia lo que pariese; y así mandó que le aderezasen una cajuela de madera muy bien embetunada. Hecha que fué, aforróla de su mano de par de dentro de brocado. Acercándose el día de su parto, parido que hubo un hijo muy enrmoso, envuelto en ricos y preciados pañales, púsole dentro con gran cantidad de plata y oro para que lo criasen y doctrinasen en letras; y escribió en una plancha de oro lo que se sigue:
Quien hallare esta criatura Déle de cristiano nombre, Y prosiga, pues es hombre Su buena ó mala ventura.
Y mandó al senescal á que, pena de la vida, vista la presente, lo echase en la mar. Siguiendo el inocentísimo niño su ventura, vino á aportar una isla que eran salidos á pescar unos pescadores, y á respecto que un abad de un rico monasterio que estaba muy cerca tierra les había rogado que trabajasen para ciertos convidados que tenía, de sacar algún pescado fresco; y como ya se saliesen, encontraron con la cajuela, y sacándola á tierra entregáronla al abad, y él abriéndola vido el niño, que en miralle la cara se tomó á reir y llorar juntamente. Y leida la plancha de oro, vista la presente, así como estaba, mandó llevarle a la abadía y le baptizó llamándole Gregorio, que era el mismo nombre del abad. Y los pescadores determinaron que el oro y la plata guardase el abad para criar y doctrinar el niño. Y el mas anciano de todos ellos dijo: señor, si manda su paternidad, mi mujer lo criará, porque está para destetar un hijo que tengo, y crea que lo ternemos á muy buena suerte si esta merced nos quisiere conceder; porque niño de tanta beldad y tal compostura no puede dejar de ser de muy buena parte y noble linaje. El abad, como lo hubiese en buena reputación, se lo entregó que lo criase en cuenta de hijo.
Criándose Gregorio en poder del pescador, cuando ya fué de edad de diez años, jugando un día á la pelota con el hijo del pescador, sobre falta es, no es falta, alzó la mano Gregorio, y dióle un bofetón. Viniendo llorando delante de su madre, y como le dijese quién le había dado, empezó a decir á Gregorio: este bellaco, ribal do borde, ¿quién lo ha de sufrir en su casa? Viniendo el pescador a la noche, Gregorio le suplicó, que pues él no era su padre, que le dije se de quién era hijo. Fué tanta la importunación, que le dije: el reverendo abad Gregorio te lo dirá mejor que yo, porque él te me dió a criar, y a él tengo de dar razon del tiempo que hasta aquí te doctriné. Ido delante del abad, y rogándole con buena crianza, que le dijese cuyo hijo era, le respondió: decirte quién es tu padre y madre, Gregorio, yo no lo se por cierto: mas de cuanto te sacamos del mar de dentro de una cajuela, con una plancha de oro, que tengo muy bien guardada, escripta, que decía que te baptizaran, y así te puse mi nombre. Cuando oyó aquello de la plancha, le suplicó que se la diese, porque determinaba de ir por el mundo á buscar á su padre y madre. El abad con buenas razones y doctrinales ejemplos le indució á que sosegase, porque era muy mochacho, y que mas le convenia que estudiase, asi en letras como en otros ejercicios de virtud. Contento, le encomendó á hombres espertos y sapientísimos en letras y arte militar. De tal manera aprovechó Gregorio, que cuando vino á edad de quince años, salió tan hábil, así en letras como del arte de caballeria, que fué cosa de espanto, que todos lo alababan y bendecian.
En este mismo tiempo, viniendo á pedir por mujer á su madre la reina Fabela infinitísimos príncipes, á ninguno quiso aceptar por marido, entre los cuales era el príncipe de Borgoña, y se sintió por mas agraviado que todos, de verse él mayor en estado y linaje que no ella, y con tanto desdén aborrecido; y así determinó de hacelle cruelísima guerra, de tal manera, que sujetó gran parte de su tierra, y teniéndola en muy grande aprieto, fué Gregorio despedido del abad con la plancha de oro que le dió, y muchas joyas y dineros, y armado caballero, vino á aportar adonde su madre la reina estaba cercada del príncipe de Borgoña, y compadeciéndose della y de su trabajo, asentóse en su real por hombre de armas. De tal suerte se avino con su contrario el príncipe de Borgoña, que, por su respecto, en breve tiempo le hizo retraer, y cobrar las plazas perdidas. No sabiendo con qué recuperalle tal beneficio, los principales del reino suplicaron á la reina, que por satisfacer a Gregorio, tan esforzado y generoso caballero, no hallaban otra cosa mas conducente que casarse con él si a ella le placia de ello. Satisfecha la reina, pues ellos eran contentos, hiciéronse las bodas tan solemnes y regocijadas cuanto á reyes pertenecieron. Encerrándose á la noche los dos en su camara real, sacó Gregorio la plancha de oro que en los pechos llevaba, y dándosela a la reina para que la guardase, en tenella en sus manos, cayó de su estado, y tornando en si, con un gravísimo suspiro dijo: “¡ay hijo mio!” y consolándola cuanto podia Gregorio, rogóle que no dejase de descubrirle su pena. Respondióle: “pláceme, Gregorio y señor mio, pero primero quiero saber de vos de qué provincia y cuyo hijo sois?” Respondióle Gregorio: “sepa vuestra alteza, que tan poca razón le daré de mi patria, como de cuyo hijo soy; pues siendo niño de teta, de una cajuela me sacó de la mar un reverendo abad, y me armó caballero con toda la honra del mundo, y despedirme dél, después de haber recibido muchas mercedes de su mano, me dió esta presente plancha escripta, la cual dijo haber hallado dentro la cajuela. —¡Ay, respondió la reina, abrazad me, Gregorio, que vos sois sin duda mi hijo y mi sobrino, y agora de nuevo mi marido, no lo pudiendo ser, que esta plancha de oro que veis es mia sin falta; y la letra que aquí está, escripta de mi mano!“
Preguntándole Gregorio de qué suerte era su hijo y sobrino, para contárselo, hizo llamar á la mujer del senescal que quedaba viuda, á causa de ser muerto su marido en la postrera batalla que se dió con el principe de Borgoña, y contándoselo todo por estenso, Gregorio quedó atónito y espantado, y muy mas la mujer del senescal en saber que aquel era el niño que "a echaron en la mar; por lo cual dijo la reina: “Dos cosas te conviene, hijo, que hagas, para mas honra tuya y mia: la primera es, que lo que te tengo dicho tengas muy en secreto; la segunda, que te cases aquí con la mujer del senescal, por pagalle los buenos servicios recibidos della y de su marido, que en gloria sea su alma. Y esto se ha de hacer muy cauta y escondidamente, por pacificación del reino“. Contentos todos de lo que la reina habia propuesto, casóse Gregorio con la mujer del senescal, y la reina votó castidad, los cuales vivieron muy honradamente por muchos alegres y prósperos años á servicio de Dios.
